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martes, 16 de julio de 2024

Concierto para violín de Sibelius: discografía comparada

ACTUALIZACIÓN - 24.VI.2024

La entrada original es del 17 de junio de 2017. He añadido siete grabaciones más, a la espera de incluir la reciente de Jansen/Mäkëla y alguna otra más.

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Sobre un irreal trémolo de las cuerdas con sordina se va elevando, tímidamente, un tan hermoso como desgarrado lamento de violín. Tras una serie de acrobacias en la mejor tradición del concierto romántico, una orquesta de sonoridad oscura y potente termina de establecer el carácter trágico y no poco rebelde de lo que se va a escuchar. Algunos podrían pensar de manera inmediata en un territorio vasto y desolado, sin rastro de la presencia humana. Y en ese momento se pregunta uno si tiene sentido la afirmación tantas veces repetida según la cual esta soberbia página, como el resto de la producción sinfónica del autor, no es sino la plasmación musical de los paisajes de su Finlandia natal.


Por un lado, las investigaciones musicológicas apenas encuentran rasgos del folclore finlandés en su obra. Más bien, dada la falta de tradición musical en Finlandia y la formación de Sibelius, es perceptible la influencia tanto del denso romanticismo germano como del encendido, trágico y a veces grandilocuente lirismo de Tchaikovsky. Al menos en la primera de las dos etapas que se distinguen en su trayectoria creativa, la cual culmina precisamente en este concierto; a partir de la Tercera Sinfonía su estilo se hará más austero, concentrado y personal.

Por otro, e independientemente del hecho de que Sibelius fuera un nacionalista convencido, se percibe un aliento profundamente nórdico en su música, como en la del noruego Grieg o el danés Nielsen, que efectivamente nos podría traer a la mente paisajes fríos, extensos y desolados, habitados por almas recias y curtidas de gran potencia interior

Para complicar aún más este problema podemos acudir a la descripción que el propio Sibelius realiza del tercer movimiento de la obra estrenada en 1903 bajo su propia dirección y luego sustancialmente revisada: "una danza macabra a través de los páramos de Finlandia". Sí, en esto no hay duda: el dolor y la rebeldía del primer movimiento, y la desolada melancolía del segundo, sólo podían conducir al frenesí de la danza última: tal como ocurre en El Séptimo Sello, del sueco (¡qué casualidad!) Ingmar Bergman

¿Una danza macabra? ¿A través de los páramos de Finlandia, o quizás de los del corazón? De momento dejémoslo en la Muerte, simplemente.

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Las líneas anteriores las escribí –ahora han sido parcialmente modificadas– hace ya dieciocho años para unas notas al programa. Queda claro que son reflexiones muy personales. Quizá demasiado. Desde entonces mi manera de entender la obra no ha cambiado mucho, pero lo cierto es que en fechas recientes Lisa Batiashvili casi ha logrado convencerme de que la partitura se puede interpretar igual de bien desde una óptica apolínea, sin necesidad de subrayar aristas ni de caer en el desgarro emocional, concediendo amplio espacio a la belleza formal y al poder evocador de la música. O sea, justo lo contrario de lo que hacía mi violinista todavía hoy favorito en esta obra maestra, Pinchas Zukerman. Maxim Vengerov, tercero en discordia a la hora de disputarse el podio en esta partitura dificilísima de tocar e interpretar, supondría un perfecto punto de equilibrio entre ambos enfoques. Los tres, curiosamente, contaron con la complicidad de Daniel Barenboim en el podio. Un Barenboim ya admirable en los años setenta pero considerablemente más maduro en la última de sus grabaciones. Adelanto al lector que esas tres son, para quien esto suscribes, las claras referencias.




1. David Oistrakh. Sixten Ehrling/Orquesta del Festival de Estocolmo (EMI-Testament, 1954). Resulta difícil ponerle pegas a este violín recio, viril, ardiente a más no poder pero siempre controlado, de una rusticidad muy adecuada para una obra como esta y en todo momento dispuesto a poner de relieve los aspectos más tensos y rebeldes de la partitura. Y lo logra como pocos lo han hecho. Sin embargo, hay que reconocer que, entregado por completo al dramatismo, el enorme violinista ruso no termina de sintonizar con la vertiente más lírica de la obra, echándose de menos mayor dosis de sensualidad, de poesía y de fuerza evocadora para redondear su, en cualquier caso, impresionante acercamiento. El joven maestro sueco –treinta y seis años– sintoniza con la visión del solista para lo bueno y para lo menos bueno, ofreciendo un acercamiento muy escarpado pero de escaso vuelo poético, amén de más atento al trazo global que al detalle. La toma sonora, monofónica, ha resistido bien el paso del tiempo. (7)



2. Heifetz. Hendel/Sinfónica de Chicago (RCA, 1959). Tocar, lo que se dice tocar, es difícil hacerlo mejor que como lo hizo aquí el celebérrimo violinista de origen lituano, con un sonido de extraordinaria firmeza y sorteando cualquier escollo técnico de la endiablada partitura. Pero interpretar… Literalmente, la interpretación no existe. Su fraseo es mecánico, aséptico, anodino. Hay tensión en su fraseo, sí, pero esa tensión no va en ninguna dirección expresiva. Ni dolor interno, ni rebeldía, ni nostalgia, ni lirismo más o menos contemplativo. Nada de nada. La dirección de Walter Hendl es todo lo vistosa que le permite la formidable Chicago Symphony, pero resulta no menos superficial que la intervención del solista. La toma sonora en SACD de tres canales, impresionante pese a faltarle un punto de gama dinámica. (5)


3. Ferras. Karajan/Filarmónica de Berlín (DG, 1964). Sin ser su virtuosismo el mayor posible, resulta admirable el violín, de sonido bello y carnoso, gran variedad expresiva y apreciable aliento lírico, sin llegar al carácter doliente y la tensión extrema de otros colegas. Karajan ofrece una dirección de enorme belleza y sonido opulento, siempre sensual y poderosa, rocosa en su grado justo, pero mirando antes a la dimensión romántica del autor que a la expresionista, y por ende no muy electrizante ni encrespada. Así las cosas, lo mejor es un formidable segundo movimiento y lo menos conseguido un tercero trazado con naturalidad y poesía, pero sin el carácter bronco, obsesivo y demoníaco, de danza macabra, que aquí resulta tan atractivo. Muy buen sonido en la última remasterización, que en Blu-ray audio se ofrece en formato Atmos. (9)



4. Szeryng. Rozhdestvensky/Sinfónica de Londres (Philips-Mercury, 1965). Una pena ver a ese inmenso violinista que fue Szeryng tan despistado. Toca maravillosamente y con irreprochable gusto, eso por descontado, pero no solo se muestra excesivamente lírico, sino muy ajeno al espíritu de la pieza, parco en pliegues expresivos e incluso desganado. Rozhdestvensky sí que sabe lo que se trae entre manos y sabe hacer sonar a la magnífica orquesta lo suficientemente poderosa, pero tampoco termina de desplegar poesía. A la postre, lo mejor es la toma sonora realizada por Vittorio Negri, recientemente restaurada a nada menos que 192 kHz. (7)



5. Perlman. Leinsdorf/Sinfónica de Boston (RCA, 1966). Veintiún añitos contaba Perlman cuando realizó este registro, dejando a todo el mundo patidifuso por su enorme capacidad técnica para enfrentarse a una obra semejante. Por desgracia, ya desde los primeros compases se aprecia que le queda aún bastante para madurar su acercamiento: sin ser tan mecánico como Heifezt y mostrando ya un temperamento adecuadamente dramático, el joven violinista israelí frasea de manera muy superficial, a veces con nerviosismo y casi siempre pasando por encima de las posibilidades poéticas que le plantea esta música. No le ayuda precisamente la no menos despistada dirección de un Leinsdorf más bien ajeno al espíritu de la partitura. En cualquier caso, la interpretación va de menos a más, desde un primer movimiento flojísimo por parte de solista y batuta hasta un tercero muy correctamente encaminado. (7)



6. David Oistrakh. Rozhdestvensky/Sinfónica de la Radio de Moscú (BMG-Melodiya, 1966).  De nuevo nos encontramos aquí ante un violín recio, viril, ardiente pero siempre controlado, de una rusticidad muy sana y muy adecuada, también muy cantable y de honda belleza, aunque poco dado a la ternura y la sensualidad lírica. Ahora cuenta con una dirección más interesante que la de Ehrling: bronca, hosca, muy dramática, mirando más al futuro que al pasado del compositor. La interpretación pierde puntos por la orquesta, que se queda corta. La toma sonora, en estudio, es mejor de lo que se podía esperar. (9)



7. Chung. Previn/Sinfónica de Londres (Decca, 1970). En la primera de sus tres grabaciones de la página, Previn demuestra gran sintonía con el idioma de Sibelius en una recreación adecuadamente tensa, poderosa y escarpada, situada en el punto justo entre la tradición romántica y el lenguaje maduro del autor en el que la partitura, por su cronología, se encuentra situada, y todo ello lo hace demostrando sinceridad expresiva y la excelente capacidad de concertación que ya le conocemos, pero todavía sin terminar de profundizar en las notas, e incluso mostrándose un poco menos concentrado de la cuenta, particularmente en una introducción a la que le podía sacar más partido. Quizá por eso la violinista coreana, en su deslumbrante debut discográfico con tan solo veintidós años de edad, no logre tampoco redondear una lectura no tan escarpada como la de Oistrakh, Zukerman o Perlman, ni tan sensual y poética como la que muchos años más tarde hará Batiashvili, pero hermosísima en lo tímbrico, cantada con enorme naturalidad y pletórica de virtuosismo. Tampoco vamos a negar que carezca de temperamento: en el Adagio sabe resultar no solo lacerante, sino también rebelde, mientras que en el último movimiento despliega una garra irresistible. La toma sonora, ofreciendo gran equilibrio de planos y una buena gama dinámica, deja en evidencia su edad. (8)


8. Masuko Ushioda. Ozawa/Filarmónica Sinfónica de Japón (EMI, 1971). Nos encontramos aquí ante una hoy olvidada violinista de 29 años de hermoso sonido –carnoso en el centro– y virtuosismo sobrado que se muestra bastante ajena a la expresión de un primer movimiento que le queda bastante descafeinado, para luego destapar el tarro de las esencias en un Adagio cantado con tanta belleza somo intensidad poética; eso sí, desde una visión ajena a grandes conflictos y negruras. Aún ajeno a las blanduras de las que hará gala en el futuro. Ozawa se muestra voluntarioso y eficaz, saca buen partido de la orquesta –metales algo ásperos, como también lo es la toma–, traza bien la arquitectura y resulta comunicativo sin necesidad de implicarse hasta el fondo. (7)



9. Zukerman. Barenboim/Filarmónica de Londres (DG, 1975). El de Buenos Aires ofrece una dirección tan atractiva como discutible: rabiosa y muy escarpada, llena de tensión, en ese sentido más juvenil que madura, pero en cualquier caso sincera y con mucha fuerza. Lo asombroso de este registro, en cualquier caso, es un Pinchas Zukerman intensísimo y visceral, lleno de imaginación, de teatralidad y de sentido de los contrastes, capaz de volar con lirismo y de ser ensoñado pero, sobre todo, atento a la dimensión más amarga y rebelde de la página. El resultado, una interpretación de una inmediatez, una intensidad y un dramatismo impresionantes, pero sin que se resientan la arquitectura ni la belleza sonora: todo está bajo control. A mi entender, todavía hoy es la número uno. La toma sonora es francamente buena para la época. (10)



10. Kremer. Rozhdestvensky/Sinfónica de Londres (RCA, 1977). Tras un arranque sin suficiente concentración ni poesía, sorprende muy gratamente encontrarse ante un Gidon Kremer –treinta años– no solo con un sonido menos gatuno de lo que en él va a ser habitual, sino también resplandeciente en el agudo, fluido a más no poder en el fraseo y muy centrado en lo expresivo, y si bien es cierto que en el primer movimiento no va a lograr cogerle el pulso poético a la obra, en el segundo ofrece una recreación sincera, intensa y comunicativa a más no poder, la propia de un violinista de primera categoría. Desdichadamente en el tercero aparece el Kremer que todos conocemos, arañando la música con sonoridades poco gratas y ofreciendo excentricidades diversas en plan exhibicionista. Quizá por no contar esta vez con una orquesta rusa sino con la London Symphony, la dirección de Rozhdestvensky –quien asimismo alcanza su mayor inspiración en el Adagio– resulta mucho menos bronca y escarpada de la que ofreció junto a Oistrakh. Espléndida la toma. (8)



11. Perlman. Previn/Sinfónica de Pittsburg (EMI, 1979). Tan solo ocho años después de su registro con la Chung, Previn redondea su aproximación tomándose las cosas con un poco más de calma, moderando los tempi al mismo tiempo que añade una dosis extra de vuelo lírico e intensidad dramática: la fuerza que adquiere el gran clímax del segundo movimiento resulta muy emotiva. Perlman, muchísimo más maduro que en su primera aproximación, es ya el gran Perlman, y sin lugar a dudas resulta más adecuado para esta obra que la Chung, tanto por lo afilado de su sonido como por su personalidad particularmente encendida y visceral, lo que no le impide someter en todo momento las pasiones al más absoluto control técnico. Ofrece así una lectura ante todo doliente y rebelde, cargada de sentido trágico, desdichadamente sin la belleza sonora y la hondura contemplativa de las recreaciones de otros colegas, pero impactante en lo expresivo y en perfecta sintonía con la batuta. La remasterización en alta definición la hacen sonar bastante mejor que la de Previn con Chung. (9)



12. Kremer. Muti/Orquesta Philharmonia (EMI, 1982). Aunque su sonido sea más gatuno que en su grabación anterior y no falten las “travesuras” marca de la casa, el violinista letón confirma que es un importante recreador de esta página, pues hay en su acercamiento intensidad emocional, sinceridad y un muy marcado carácter dramático que le sienta como anillo al dedo. En cualquier caso, el protagonista aquí es un Muti en uno de sus escasos acercamientos al compositor: dirección bronca y abiertamente conflictiva, sin concesiones, todo ello en perfecta sintonía con la batuta. La aspereza sonora de la orquesta, todavía soberbia y recordando un tanto a la era de Klemperer, resulta la ideal para los objetivos de los dos artistas. La toma, realizada en el Kingsway Hall, dista de ser la mejor posible, pero escuchada a buen volumen ofrece una considerable gama dinámica. (8)


 

13. Mullova. Ozawa/Sinfónica de Boston (Philips, 1985). El suntuoso sonido de la orquesta norteamericana, al mismo tiempo aterciopelado y oscuro, en principio ideal para esta partitura, es lo único remarcable dentro de una lectura a todas luces decepcionante en la que dos grandes artistas se encuentran como pez fuera del agua. Ni por sonido –hermoso pero poco denso– ni por temperamento –ajeno a tensiones y conflictos– la Mullova es capaz de hacer justicia a la mezcla de poesía y dramatismo que exige la obra, mientras que el siempre refinado y elegante Ozawa parece preocuparse tan solo de ofrecer grandes sonoros –y su habitual exquisitez para el color– sin profundizar en las asperezas de la página. Tanta blandura por parte de uno y de otro termina irritando. (6)



14. Mintz. Levine/Filarmónica de Berlín (DG, 1986). El violinista ruso-israelí ofrece uno de los sonidos más hermosos que se hayan escuchado en este concierto, como también un virtuosismo a la altura del de los más grandes. Expresivamente, sin embargo, no termina de sintonizar con la partitura: consigue excelsos resultados en el Adagio y bastante menos en el resto. Levine dirige bien, con sensatez y mucho más centrado que en otros acercamientos suyos a este repertorio, pero dista de conseguir la garra y la intensidad deseables; los clímax, como era de esperar, suenan más opulentos que sinceros. La orquesta es la ideal para la obra y se encuentra recogida por una espléndida toma realizada en la Jesus-Christe-Kirche. (8)

 

15. Kennedy. Rattle/Sinfónica de Birmingham (EMI, 1987). En contra de lo que se podía esperar de un violinista tan comercial y de un director aún por madurar, lo que aquí encontramos es una muy hermosa versión de trazo claramente lírico, muy sensata y muy musical, aunque un tanto escasa de temperamento, de garra y de carácter, sobre todo en un tercer movimiento más bien descafeinado. Esto no le impide a Rattle, en cualquier caso, ofrecer un notable clímax dramático hacia el final del primer movimiento; en la conclusión de la obra se precipita innecesariamente. (8)


 

16. Shaham. Sinopoli/Philharmonia (DG, 1991). Hay que descubrirse ante la tremebunda exhibición técnica del joven violinista estadounidense (¡veinte años, uno menos que Perlman cuando grabó por primera vez la partitura!) en una partitura tan endiablada como esta. ¡Qué sonido más hermoso, qué homogeneidad, qué afinación! ¡Qué manera de resolver con pasmosa facilidad los pasajes más endiablados! ¡Qué habilidad para moverse entre los pianísimos más sutiles y el enfrentamiento con la masa orquestal! Por si fuera poco, en lo expresivo demostraba ya ser un artista comprometido, sincero, alejado de la mera exhibición y dispuesto a hurgar en los aspectos más dramáticos de la música, aunque es necesario reconocer que no termina de redondear su acercamiento, sobre todo en un segundo movimiento con tremendos picos de tensión pero algo ajeno a la sensualidad, la ternura y la emotividad lírica que asimismo alberga. Tampoco la tremenda cadenza del primer movimiento resulta del todo aprovechada. A Sinopoli le pasa un poco lo mismo: la labor técnica es colosal y el enfoque resulta adecuadamente escarpado, pero hay más vistosidad que hondura en su, en cualquier caso, muy notable acercamiento. La toma sonora es sensacional, una de las mejores que haya recibido esta página. (8)


17. Midori. Mehta/Filarmónica de Israel (Sony, 1993). Desagradable sorpresa: la partitura en principio resulta ideal para un Mehta que siempre se ha movido a gusto entre sonoridades opulentas y musculadas, pero aquí da la impresión de que el maestro de Bombay estuviese dormido. Por descontado que su profesionalidad está ahí, pero su lectura de los dos primeros movimientos se ve lastrada por cierta flacidez, falta de pulso y ausencia de contrastes; solo en el Allegro, ma non tanto parece animarse algo, pero ya es tarde. La interpretación la salva una Midori que, sin haber cumplido aún los veintidós, luce un sonido absolutamente increíble y frasea con una cantabilidad de belleza abrumadora. Eso sí, lo hace desde una perspectiva abiertamente lírica y romántica, así que deben buscar en otra parte quienes busquen aproximaciones más “modernas” o, al menos, de perfil más inquietante. (8)




18. Mutter. Previn/Staatskapelle de Dresde (DG, 1995). En su tercera y última aproximación discográfica, el ya anciano Previn se pone al frente de una orquesta soberbia –maravillosamente recogida por los ingenieros de Deutsche Grammophon– para ofrecer una lectura de enorme depuración sonora, muy bella y con frecuencia minuciosa –se escuchan detalles generalmente desapercibidos– que alcanza un perfecto equilibrio entre lo poderoso –sin resultar muy escarpado– y lo poético en una demostración no de genialidad, pero sí de plena madurez; el clímax del Adagio vuelve a estar muy bien construido, siempre haciendo gala de una muy natural planificación de las tensiones. El problema está en la que iba a ser en el futuro su señora esposa. Mutter es dueña del sonido violinístico más bello jamás escuchado y de una técnica insuperable, pero aborda la página oscilando entre un preciosismo narcisista proclive al amaneramiento y, en el extremo opuesto, un temperamento dramático algo artificioso, no del todo creíble. Entre un polo y otro, ofrece pasajes admirables en los que sabe aunar cantabilidad y carácter emotivo derrochando un lirismo de la mejor ley. Desconcertante. (7)



19. Vengerov. Barenboim/Sinfónica de Chicago (Teldec, 1996). Veintiún años después las cosas han cambiado y Barenboim, aunque sabe ser poderoso cuando debe –tremenda la garra de los clímax– y aprovecha el tercer movimiento para hacer gala de su siempre desarrollado sentido de lo trágico, se muestra menos escarpado, quizá también menos vehemente, al tiempo que más atento al vuelo lírico –Adagio algo más lento y mejor paladeado–, más dado a la reflexión y más profundo. Más maduro, en definitiva, aunque se pueda preferir el enfoque más inmediato de la anterior ocasión. La orquesta aporta, además de virtuosismo en grado superlativo, una sonoridad oscura y densa en la cuerda grave que el director aprovecha de maravilla. Por su parte, el entonces joven Vengerov sabe encontrar el punto perfecto de equilibrio entre la calidez humanista de la vertiente lírica de la página y el dolor y la tensión interna que asimismo demanda la partitura; sin necesidad de acentuar ninguno de los dos extremos, pero mostrándose conmovedor en grado extremo. Todo ello lo hace, además, con un sonido carnoso y de enorme belleza, una agilidad incontestable y un fraseo de enorme concentración. Lástima que la toma sonora, como tantas realizadas por Teldec en el Orchestra Hall de Chicago por aquellos años, resulte algo turbia y difusa, aunque a cambio ofrezca una amplia gama dinámica. (10)



20. Vengerov. Barenboim/Sinfónica de Chicago (DVD Arthaus, 1997). De nuevo impresionante el violín, de sonido firme y bellísimo, un punto aristado, fraseando con una intensidad doliente fuera de lo común, también con hondura y reflexión en el segundo movimiento y con su pizca de humor en el tercero, siempre dentro de un enfoque sobrio y dramático, poco dado a las ensoñaciones poéticas, pero no precisamente escaso de cantabilidad. El mismo enfoque es el de la batuta, intensa y poderosa, que hace sonar a la portentosa orquesta de manera particularmente bronca y oscura, mirando hacia el Sibelius maduro antes que al juvenil en esta obra de transición. Eso sí, en algún clímax resulta un punto nerviosa, muy escarpada pero sin toda la grandeza opresiva posible: quizá la grabación que los mismos intérpretes hicieron en disco sea un poco mejor. La toma sonora se beneficia de la acústica extraordinaria de la Philharmonie de Colonia, pero posee un punto de distorsión que la hace algo áspera. (9) 


21. Suwanai. Oramo/Sinfónica de la Ciudad de Birmingham (Decca, 2002). Otra maravillosa violinista en la lista de enormes recreadoras de la partitura. Sonido hermoso, fraseo cálido, virtuosismo sobrado… Si entramos en comparaciones hay que reconocer que en ninguna de estas virtudes es la número uno, pero toca con tan enorme soltura y alcanza tan admirable equilibrio entre belleza, vuelo lírico y emoción –al drama se acerca un poco, guardando las distancias- que termina ganando la partida. Sakari Oramo ofrece una dirección absolutamente idiomática que mira mucho antes al Sibelius maduro que al juvenil, y que por ende apuesta por las sonoridades ocres, la adustez y la tensión sonora sin dejarse tentar por bellezas ni opulencia, pero también sin necesidad de cargar las tintas; únicamente encuentro discutible alguna decisión en los tempi del primer movimiento. Excelente la orquesta, de la que el maestro finlandés era por entonces titular. (8) 



22. Tetzlaff. Dausgaard/Sinfónica de la Radio Nacional Danesa (Virgin, 2002). Queda claro que el violinista de Hamburgo posee destreza digital sobrada para abordar esta obra, pero su sonido pequeño y bonito no parece el más adecuado para la misma –necesita más carne–, ni su expresividad termina de resultar comprometida, pareciéndose interesar más por la belleza sonora y la elegancia –arranque tan apolíneo y luminoso como falto de garra– que por el mundo de tensiones que anida en la partitura. Tampoco Dausgaard, en todo momento correcto, parece dejar volar su inspiración, mostrándose un tanto insípido en los pasajes líricos y más nervioso que desgarrador en los dramáticos. Tampoco se preocupa mucho de matizar las diferentes líneas del entramado orquestal ni de graduar las tensiones. La toma sonora es buena, pero solo eso. (7)

 
23. Khachatryan. Emmanuel Krivine/Sinfonia Varsovia (Naive, 2003). Aquí se bate el récord de Shaham: el violinista armenio graba la obra a sus dieciocho años. Pasmoso. Pero ocurre lo que tenía que ocurrir: si bien es cierto que muestra una tremenda agilidad, su sonido no es del todo poderoso y su enfoque no todo lo tenso que debería; incluso algún pasaje resulta un pelín blando. Siendo su interpretación globalmente notable, Khachatryan no era todavía el genial artista que es a día de hoy. No le ayuda una batuta muy solvente pero un tanto plana e impersonal. Toma sonora con relieve pero turbia e incluso con distorsión en los tutti. Esperemos que Khachatryan tenga en el futuro una nueva oportunidad para dejar testimonio de su visión de la partitura. (7)



24. Kraggerud. Engeset/Sinfónica de Bournemouth (Naxos, 2003). Siguiendo la tónica habitual en el sello Naxos, lo que aquí se nos ofrecen es una interpretación más que digna, pero solo eso, a cargo de artistas desconocidos en toma sonora notable sin más (ni siquiera en el SACD multicanal, que es lo que he escuchado). En este caso nos encontramos con un violinista, Henning Kraggerud, de sonido no ya pequeño sino un punto canijo, que toca bastante bien y se muestra sensible dentro de un enfoque fundamentalmente lírico –no puede permitirse otra cosa–, y ante un director, Bjarte Engeset, que dirige con solvencia y cierta prisa en el tercer movimiento, pero sin demostrar especial interés por desmenuzar la partitura ni derrochar mucha inspiración. Prescindible. (7)



25. Hahn. Salonen/Radio Sueca (DG, 2007). Resulta muy atractivo el enfoque tenso, austero, dramático y escarpado por parte de los dos artistas, ajenos a cualquier devaneo sonoro, pero se echan de menos vuelo lírico, calidez humana y emotividad. En cualquier caso, hay que quitarse el sombrero ante la exhibición de técnica que realiza la violinista norteamericana. La grabación podría ser mejor. (8)



26. Zjnaider. Juraj Valcuha/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2011). Nos encontramos aquí ante un violinista de sonido no muy potente pero sí robusto, capaz de adelgazarlo hasta el límite sin perder solidez, amén de pletórico de agilidad y poseedor de una amplia gama de colores, abordando la partitura en una línea introvertida pero de enorme tensión interna, muy doliente, en absoluto narcisista o ensoñado. Dirección sobria, rocosa, sin concesiones frente a una orquesta increíble. Resultado, una importantísima interpretación. (9)


 

27. Esther Yoo. Ashkenazy/Philharmonia (DG, 2014). Violinista de sonido hermoso y gran técnica que ofrece una interpretación lírica y luminosa en el buen sentido, es decir, en absoluto blanda ni meramente contemplativa, pero que se queda corta a la hora de desplegar el sentido dramático y la emotividad intensa de esta obra. Es decir, lo mismo que le había ocurrido antes a otros colegas. Por su parte, y aun sin terminar de sintonizar con la partitura, Ashkenazy demuestra, muchos años después de su magnífica integral sinfónica para Decca con esta misma orquesta, seguir sintonizando perfectamente con el idioma de Sibelius, tratándolo en el punto justo de equilibrio entre romanticismo tardío y modernidad, evitando la tentación de quedarse en la belleza epidérmica y sabiendo hacer que suena hosco, poderoso y hondo sin necesidad de forzar las cosas. Muy buen sonido en alta definición, pero hay un poco de soplido o de ruido electrónico que no soy capaz de identificar. (8)



28. Kavakos. Rattle/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, Atenas, 1 mayo 2015). El violinista griego posee un sonido robusto y un punto rústico, en absoluto almibarado, que le sienta de maravilla a la obra. Sin embargo, su interpretación no termina de conectar con el espíritu de la misma, resultando adecuadamente escarpada y doliente mas no del todo cálida, ni humanística, ni tierna, que también debe serlo. En cualquier caso, va de menos a más, y tras un excesivo distanciamiento el primer movimiento se va calentando hasta alcanzar un clímax muy escarpado y, a partir de ahí, mantener un nivel sostenido. Rattle hace sonar a la orquesta con la adecuada suntuosidad, pero tampoco se encuentra demasiado metido en la partitura, a la que ve quizá con excesivo carácter contemplativo, y solo llega a interesar realmente cuando ofrece asombrosas ráfagas de electricidad en el movimiento conclusivo. (8)


 

29. Batiashvili. Barenboim/Staatskapelle Berlín (DG, 2016). Violín de sonido muy hermoso, quizá excesivamente lírico, ofreciendo una interpretación de maravillosa cantabilidad que quiere ser ante todo contemplativa y evocadora. Es decir, lo mismo que ya intentaron muchos otros con anterioridad sin lograr redondear los resultados. Pero esta vez las cosas funcionan de maravilla: además de lo dicho, la violinista georgiana sí que se muestra muy atenta a los aspectos dolientes de la partitura y a su marcado carácter trágico, sabiendo ofrecer tensión interna, acentos lacerantes y apasionamiento bien controlado, aunque haciéndolo sin necesidad de subrayar asperezas, extremar los contrastes expresivos ni caer en el desgarro, sino más bien alcanzando un equilibrio con la extrema belleza formal de la propuesta. Una aproximación apolínea, en definitiva, pero por completo convincente, en magnífica sintonía con un Barenboim que desde los tiempos de su grabación con Zukerman conoce a la perfección el dolor que se esconde tras las notas, pero que en esta más reciente fase de su carrera sabe asimismo ser esencial y ofrecer un lirismo concentrado y esencial de altísimo vuelo poético. Impresionante la Staatskapelle berlinesa, a la que el maestro hace sonar de manera poderosa y escarpada ideal para Sibelius. Una toma soberbia redondea un disco (¡menudo Tchaikovsky!) imprescindible. (10)

viernes, 4 de noviembre de 2022

Mullova en Jerez, Barenboim con Schumann

Me prometí a mí mismo no tocar este blog hasta el Roberto Devereux del Maestranza, por la alarmante falta de tiempo del que dispongo. Sin embargo, hay dos cosas de las que me gustaría escribir, siquiera brevemente.

Vengo del Villamarta. Recital de Viktoria Mullova y Alasdair Beatson. Obras de Beethoven, Takemitsu, Pärt y Schubert en los atriles. Violín “moderno” y piano Steinway, puntualización importante porque los dos artistas han grabado hace muy poco este repertorio –salvo las obras recientes, claro está– con cuerda de tripa y fortepiano. En este caso, la influencia historicista solo se ha dejado notar en la incisividad de los ataques y en la relativa, muy relativa, moderación del vibrato, porque en líneas generales se puede decir que han sido interpretaciones “tradicionales”.

Tradicionales, sí, pero insuficientes: el sonido del violín no es muy agradable, sufre problemas de afinación, incurrió en agresividades innecesarias –ahí sí se puede hablar, quizá, de la nefasta influencia de algunos artistas HIP muy concretos– y la violinista rusa hizo gala de su proverbial incapacidad para transmitir calidez, poesía y emoción. Fue un témpano de hielo; con aristas, eso es cierto, pero verdaderamente glaciar. El pianista, aunque menos pimpante que cuando toca el pianoforte, se movió más bien dentro de una aseada superficialidad.

Distance de fée de Takemitsu y Fratres de Pärt no ofrecieron sensualidad, atmósfera ni misterio. Lo mejor –lo menos malo– vino con el Rondó en si menor de Schubert, en el que al menos los dos artistas desplegaron electricidad y sentido de los contrastes. De propina, el segundo movimiento de la Sonata Primavera de Beethoven, correcto pero tan aburrido como el resto del concierto.


Nueva grabación de las sinfonías de Robert Schumann con Barenboim y su Staatskapelle de Berlín. Se ha convertido en mi integral favorita, claramente por encima de las clásicas de Kubelik, Szell, Sawallisch o Karajan, como también de las dos anteriores del propio Barenboim. Por supuesto, el concepto no es muy distinto al de aquellas grabaciones, pero esta nueva grabación pierde en densidad, en gravedad y en hondura filosófica lo que gana en ligereza, luminosidad, elegancia y –no es contradicción– frenesí: el de Buenos Aires no mira ahora tanto a Brahms –cuyas sinfonías son obras de madurez, es necesario recordarlo– como al propio Schumann, con toda esa maravillosa dialéctica juvenil entre Eusebius y Florestán. También gana este nuevo acertamiento del maestro en sutileza, en riqueza a la hora de poner matices, en sentido orgánico del fraseo y –aunque parezca imposible– en belleza sonora. 

Total, uno de los mejores testimonios sinfónicos de Daniel Barenboim, que alcanza dos picos particularmente altos: una Renana y una Sinfonía nº 4 geniales a más no poder. Estoy deseando que me llegue el Blu-ray audio que edita DG, porque he podido comprobar que el sonido Dolby Atmos –en Tidal– es muy superior al estereofónico de alta resolución que ofrecen otras plataformas.

sábado, 28 de julio de 2018

Patinazos de la joven Mullova

Según cuenta la Wikipedia, Viktoria Mullova ganaba el Concurso Internacional Tchaikovsky en 1982 y se fugaba de la Unión Soviética al año siguiente dispuesta a comerse el mundo. Su primer disco lo grabó para el sello Philips –sensacional toma sonora– en octubre de 1985, junto a Seiji Ozawa y la Sinfónica de Boston: la artista no había cumplido aún los veintiséis. El programa estaba integrado por los conciertos para violín de Sibelius y, como no, Tchaikovsky.


Un servidor conocía la interpretación del Sibelius, que comenté en este blog en términos no precisamente elogiosos:
“El suntuoso sonido de la orquesta norteamericana, al mismo tiempo aterciopelado y oscuro, en principio ideal para esta partitura, es lo único remarcable dentro de una lectura a todas luces decepcionante en la que dos grandes artistas se encuentran como pez fuera del agua. Ni por sonido –hermoso pero poco denso– ni por temperamento –ajeno a tensiones y conflictos– la Mullova es capaz de hacer justicia a la mezcla de poesía y dramatismo que exige la obra, mientras que el siempre refinado y elegante Ozawa parece preocuparse tan solo de ofrecer grandes sonoros –y su habitual exquisitez para el color– sin profundizar en las asperezas de la página. Tanta blandura por parte de uno y de otro termina irritando.”
Bueno, pues por fin esta tarde he podido escuchar la interpretación del concierto de Tchaikovsky. Y esta me ha interesado sobre todo por la labor de Ozawa. Gran recreador del autor de El cascanueces dentro de una línea mucho antes apolínea que dionisíaca, el maestro oriental ofrece la interpretación que de él podíamos esperar: sonada en el punto justo entre ligereza y músculo, elegante sin llegar al amaneramiento, admirable en su depuración sonora y, sobre todo, maravillosamente cantada, aunque también algo falta de pathos, de garra dramática y de fuerza expresiva en una obra que pide un mayor compromiso. Ahora bien, el distanciamiento de Ozawa parece pura inflamación al lado de una Mullova extremadamente pulcra pero de una frialdad glacial: todo está en su sitio, pero sin que se le mueva un pelo. Y sin emoción aquí las cosas no funcionan.

Resumiendo: patinazo de Ozawa en Sibelius y de Mullova en los dos autores. Es disculpable, pues una joven virtuosa de veinticinco años no tiene por qué hacer gala de madurez suficiente como para lograr hacer justicia a estas música. Otra cosa es que después la haya alcanzado. Porque, ¿cuantos discos verdaderamente grandes, de esos que consideramos "de referencia", nos ha legado la violinista moscovita?

domingo, 28 de diciembre de 2014

Concierto para violín nº 1 de Shostakovich: discografía comparada

Dmitri Shostakovich escribió su Concierto para violín entre 1947 y 1948. Las terribles circunstancias de política musical de la era estalinista la mantuvieron guardada en el cajón hasta el 29 de octubre de 1955, cuando fue estrenado por la Filarmónica de Leningrado, Yevgeny Mravinsky y quien fuera asesor técnico, dedicatario y genial recreador de la partitura durante muchos años, obviamente David Oistrakh.

El primer movimiento, Nocturno: moderato, es una fantasmagoría que según el interprete de turno puede resultar lírica y evocadora o más bien doliente. Le sigue un Scherzo demoníaco, lleno de ese humor negro tan típico del autor, que pone verdaderamente a prueba la habilidad digital del violinista, quien si logra resolver el laberinto se tiene ganado ya en este momento al aplauso del respetable. La Passacaglia: andante es el corazón de la obra, una reflexión lírica llena de hondura trágica, de rebeldía y de potencia expresiva ante la que no resulta difícil caer en la tentación de interpretarla como una especie de memoria fúnebre por todas las víctimas del totalitarismo.

La transición al siguiente movimiento se realiza sin pausa a través de una larguísima Cadenza que se puede prolongar hasta cerca de minutos, según el solista. Es aquí donde el violín, solo y desnudo ante el público, tiene que demostrar que tiene mucho más que dedos: la dificultad para mantener la concentración (¡y la atención de la audiencia!), bucear en los significados ocultos (mención del DSCH  incluida) e ir acumulando tensiones hasta el clímax resulta extrema. La rabia acumulada desemboca en un Burlesque: Allegro con brio que de nuevo exige virtuosismo en grado superlativo para solista, orquesta y batuta.

Por fortuna, no son pocos los que han logrado interpretar la obra a plena satisfacción, aunque hay un señor –Maxim Vengerov– que lo hace tan increíblemente bien que nos obliga a "rebajarle nota" a las numerosas grabaciones del admirable e imprescindible Oistrakh.


Shostakovich Concierto para violin 1 Oistrakh Mitropoulos

1. Oistrakh. Mitropoulos/Filarmónica de Nueva York (Sony, 2 enero 1956). Parece mentira, pero en la primera grabación de la obra se alcanzó ya un nivel deslumbrante gracias sobre todo a un solista que, luciendo un sonido de increíble densidad y solidez, inyectó una enorme dosis de tensión, sinceridad y fuerza expresiva a los pentagramas, sorteando de manera increíble todos los escollos técnicos sin la menor concesión al virtuosismo vacuo. La batuta comparte la visión incandescente y viril del solista añadiendo una buena dosis de virulencia e incisividad, siendo su gran aportación un tercer movimiento mucho antes rebelde que nostálgico o pesimista, si bien en los movimientos pares se precipita un poco y la claridad, quizá en parte debido a la grabación, no está del todo garantizada. (9)


Shostakovich Concierto para violin 1 Oistrakh Mravinsky

2. Oistrakh. Mravinsky/Filarmónica de Leningrado (Praga Digitals, 18 de noviembre de 1956, según otras fuentes 18 de febrero o 30 de noviembre). Otra enorme recreación por parte del violinista, en este caso acompañado de un Mravinsky mucho más romántico que Mitropoulos, pero igualmente intenso, que frasea con enorme aliento lírico y gran hondura trágica en el tercer movimiento. Un pelín más rápido de la cuenta el segundo movimiento. Suena muy bien en SACD, aunque la reverberación final artificial canta demasiado. (9)


Shostakovich Concierto para violin 1 Oistrakh Rozhdestvensky

3. Oistrakh. Rozhdestvensky/Philharmonia Orchestra (BBC Legends, 1962). Esta toma realizada en Edimburgo por la BBC, en estéreo pero sin mucho acierto en el equilibrio de planos y con escaso relieve, nos trae a un Oistrakh nuevamente formidable, aunque quizá un punto menos intenso que en ocasiones anteriores, acompañado por un Rozhdestvensky tan incisivo y visceral como era de esperar en los momentos en que debe serlo, pero también muy valiente a la hora de plantear la Pasacagglia de manera desafiante e implacable, como si quisiera no tanto rendir un homenaje fúnebre como arrojar un guante a la cara del Régimen; arrollador el movimiento final, tanto por la batuta y el solista como por la formidable orquesta de Klemperer. (9)



4. David Oistrakh. Heinz Fricke/Staatskapelle de Berlín (YouTube, 1967). Esta filmación en blanco y negro de correcto sonido monofónico por fin nos permite disfrutar con imágenes el enorme arte de un Oistrak haciendo lo que mejor sabe –importan poco algún roce esporádico frente a tan descomunal dosis de virtuosismo e inspiración– con una obra que al fin y al cabo era suya. Sólida pero un tanto lineal la batuta frente a una orquesta de buen nivel. (8)


Shostakovich Concierto para violin 1 Oistrakh EMI

5. Oistrakh. Maxim Shostakovich/New Philharmonia (EMI, 1972). El violinista vuelve a dejar claro su inmenso talento y su sintonía con la obra, pero no está del todo bien de dedos ni tan comprometido como en otras ocasiones. Dirección solvente, muy centrada, pero no del todo tensa, ni visceral, ni poética, sino más bien algo mortecina y cuadriculada. ¡Y eso que Shostakovich padre vigilaba! La toma sonora podría ser mejor. (7)


Shostakovich Concierto para violin 1 Perlman Mehta

6. Perlman. Mehta/Filarmónica de Israel (EMI, 1988). Violinista de sonido no carnoso, sino más bien delgado y afiladísimo, capaz de empequeñecerse hasta el límite sin merma alguna de su tremenda solidez, todo ello fraseando con una tensión interna, una garra dramática y una comunicatividad proverbiales, y haciendo gala además de un virtuosismo completamente alejado de lo mecánico; quizá le sobren algunos portamentos, pero Perlman termina siendo uno de los grandísimos recreadores de la partitura. Mehta no hace genialidades ni resulta todo lo virulento que pudiera, ni muy profundo, pero se encuentra muy centrado, no se precipita y sintoniza con el estilo. (9)



7. Mullova. Previn/Royal Philharmonic (Philips-Decca, 1988). Previn da buena cuenta de su conocida sintonía con el compositor con una dirección perfecta de estilo, sin romanticismos ni excesos expresionistas, muy bien planificada y comunicativa siempre. La Mullova está impresionante, de sonido muy sólido y afilado –no tanto como el de un Perlman– y una expresividad particular de “hielo ardiente”, sobria e intensa, sin el menor devaneo ni tentación circense a pesar de su virtuosismo extremo. En el primer movimiento empieza muy contenida para ir incrementando la tensión hasta una sección central desgarradora, intensísima, pero sin arrebatos. Espléndida en el segundo, y muy bien el tercero pese a no alcanzar la grandeza humanística de un Oistrakh. De nuevo sobrio y con empuje el violín en la enorme cadenza, para ofrecer un último movimiento arrebatador.  (9)


Shostakovich Concierto para violin 1 Vengerov Rostropovich

8. Vengerov. Rostropovich/Sinfónica de Londres (Teldec, 1994). Ralentizando los tempi de manera considerable pero sin perder nunca el pulso, construyendo las tensiones (¡asombrosa la manera en que se asciende al clímax que abre la obra!) de manera pausada pero implacable, teñiendo de colores ocres –más que incisivos– el entramado orquestal y destilando una atmósfera densa y opresiva de un marcado pesimismo, pero también de una enorme hondura humanística, Rostropovich llega más lejos que nadie en la dirección de esta partitura; pueden preferirse enfoques más viscerales, extrovertidos e inmediatos, pero difícil es cuestionar esta aproximación sincera y emotiva a más no poder que demuestra hasta qué punto Slava sintonizó con lo más recóndito de la música del compositor. A su lado, un joven Vengerov llega también más lejos que nadie, tal vez incluso más que Oistrakh, haciendo que su técnica formidable –solidez del sonido, homogeneidad, afinación, agilidad, capacidad para tensar el fraseo, matización de las dinámicas– plasme con absoluta perfección un concepto que sintoniza con la batuta al mirar al mismo tiempo al pasado digamos que romántico –impresionante la cantabilidad– y al presente expresionista –su violín corta como un cuchillo–, y nos conmueve en lo más profundo por la intensísima congoja interna con que recrea la partitura; todo ello sin dejar precisamente a un lado el humor negro del segundo movimiento, el carácter elegíaco del tercero –de una emotividad demoledora– ni la desesperación de esa huida hacia delante –nada de mera pirotecnia– del movimiento conclusivo. Por si fuera poco, la toma sonora ofrece naturalidad y amplia gama dinámica. (10)


Shostakovich Concierto para violin 1 Midori Abbado

9. Midori. Abbado/Filarmónica de Berlín (Sony, 1997). Una pena que ofreciendo un sonido de increíble belleza, poseyendo un virtuosismo superlativo y siendo capaz de frasear con cantabilidad incomparable, la violinista se muestra tan despistada en esta lectura no lírica sino blanda, no reflexiva sino carente de tensión interna, incluso de sentido de la progresión en las tensiones, y en cualquier caso muy ajena al desgarro, el hondo dramatismo y la fuerza expresiva que demandan los pentagramas. Un Abbado tan solvente como aburrido, desganado y fuera de estilo, desaprovechando además el instrumento suntuoso que tiene a su disposición, contribuye en buena medida al fiasco. (6)


Shostakovich Concierto para violin 1 Gringolts

10. Gringolts. Perlman/Filarmónica de Israel (DG, 2001). Violinista de asombrosa agilidad digital, pero de sonido muy pequeño, bonito y algo dulzón, y expresividad en exceso lírica, poco viril, muy alejada de la tensión, la rebeldía y la garra dramática que exigen los pentagramas. Quien recreara de manera portentosa años atrás la parte del violín toma ahora la batuta para ofrecer una dirección rutinaria, aburrida, poco clara en el segundo movimiento. Solo en el último se animan los dos artistas. (6)


Shostakovich Concierto para violin 1 Hahn

11. Hahn. Janowski/Filarmónica de Oslo (Sony, 2002). La violinista de Virginia posee un sonido no especialmente hermoso, pero sí muy firme y homogéneo, además de maleable y capaz de admirables sutilezas. Ahora bien, la Hanh no termina de profundizar del todo en la obra, quizá porque Marek Janowski se muestra ajeno al sentido de la misma, particularmente en un primer movimiento deslavazado, falto de continuidad y sin garra, aunque al menos resulte adecuadamente lúgubre. El Scherzo el veterano director lo resuelve con muchísima velocidad, haciendo que las maderas suenen incisivas y recortadas; el resultado es más vehemente, incluso angustioso, que sarcástico y demoledor. Tampoco termina de conseguir la hondura humanística del tercero, aunque aquí la Hanh sí que acierta por completo en el tono elegíaco y rebelde de su parte, resolviendo además de modo convincente, aunque sin la inspiración suprema de otros colegas, la dificilísima Cadenza. En el cuarto vuelve la vehemencia de la batuta y la solista ofrece una verdadera lección de virtuosismo. (8)


Shostakovich Concierto para violin 1 Chang Rattle

12. Chang. Rattle/Filarmónica de Berlín (EMI, 2005). En principio puede chocar escuchar esta obra a un violín con sonido pequeño, hermoso y aparentemente frágil –no lo es, en absoluto– y a una artista con un temperamento antes lírico que dramático, pero lo cierto es que la Chang lleva la obra a su terreno de manera admirable. De este modo, en el primer movimiento procura ser fantasmagórica y huidiza antes que hiriente, bien secundada por un Rattle que, al igual que ella, no olvida la negrura que anida en el fondo de la obra. El Scherzo no es –no puede ser– especialmente ácido, pero toda su esquizofrenia está puesta en sonidos sin que solista ni batuta se dejen llevar por el nerviosismo. La Passacaglia, intensa y emotiva, podía estar dicha con mayor hondura desde el podio, pero la Chang se muestra admirablemente sincera, para continuar con una Cadenza impresionante que va desde una aparente impotencia hasta la más espeluznante rebeldía, acumulando las tensiones de manera implacable sin olvidarse de ofrecer sutiles inflexiones expresivas. El Finale es un prodigio de virtuosismo y visceralidad por parte de solista y batuta, como también de una orquesta ideal para esta obra por su sonoridad grave y robusta. (9)


Shostakovich Conciertos para violin Katchatryan Masur

13. Khachatryan. Masur/Orquesta Nacional de Francia (Naïve, 2006). Uno no sabe qué admirar más del joven violinista armenio, si la belleza de su sonido –no particularmente robusto, pero de homogeneidad absoluta y afinación increíble–, la indesmayable tensión que inyecta en todos los compases o el perfecto equilibrio entre rebeldía y vuelo lírico –su aproximación no es tan desgarradora como la de un Vengerov, pero tampoco renuncia precisamente a las aristas– con que aborda esta obra que en su violín resulta tan bella como emotiva. Lástima que la dirección de Masur, en todo momento muy centrada, sea un tanto morosa y carezca de la suficiente fuerza interna. La toma sonora tampoco termina de convencer: la orquesta suena un tanto borrosa. (9)



14. Vengerov. Barenboim/Staatskapelle Berlín (toma radiofónica disponible en YouTube, 2006). El violinista ruso repite su absolutamente referencial acercamiento con Rostropovich haciendo gala de un sonido de solidez y homogeneidad absolutas, incandescencia perfectamente contenida y un profundo carácter humanístico, además de una riqueza de matices –incluido algún estupendo hallazgo- aún mayor que doce años atrás. La dirección de Barenboim, no es tan lenta y atmosférica como la de Rostropovich, quizá también algo menos profunda, pero sí igualmente poderosa y dramática. Esto último no le impide –y eso que apenas ha trabajado en su carrera el lenguaje de este compositor– hacer que los solistas de la muy entregada orquesta berlinesa maticen sus intervenciones con el adecuado carácter burlesco en unos movimientos pares, llevados con menos prisas de lo habitual pero certerísimos en la expresión; aunque se pueden abordar con mayor brillantez, pocas veces se habrán escuchado de manera más convincente, muy en especial el Scherzo, donde un imaginativo Vengerov se supera con creces a sí mismo mientras que el de Buenos Aires desmenuza la polifonía de las maderas de modo asombroso y hace sonar a éstas con un recochineo considerable. (10)



15. Sasha Rozhdestvensky. Rozhdestvensky/Capella Russian State Symphony Orchestra (Nimbus, 2007). El veterano maestro ruso ralentiza de manera apreciable los tempi –salvo en el último movimiento– para ofrecernos una interpretación más atmosférica, densa y paladeada que la suya de 1962, pero extrañamente el resultado, aun perfecto en estilo y expresión, no es todo lo intenso ni creativo en él esperable. Su hijo Sasha no posee ni la solidez del sonido de un Oistrakh ni la intensidad extrema de un Vengerov, pero toca con sinceridad, valentía y con perfecta comprensión del contenido de la obra. La toma sonora es algo borrosa, como suele ser habitual en Nimbus. (8)



16. Braunstein. Bychkov/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2009). La dirección resulta un tanto morosa y blanda en el primer movimiento y superficial en el Scherzo, convenciendo bastante más en el final, pero siendo en cualquier caso de brocha gorda y andando más bien escasa de claridad y atención al detalle. Puro Bychkov. Guy Braunstein, por esas fechas todavía concertino de la formación, está bien en los dos primeros movimientos, quizá sin la variedad de colores y la tensión de los grandes, pero resulta impresionante desde cualquier punto de vista en la Cadenza y en todo el final, haciendo gala de un compromiso y una expresividad extraordinarias sin mácula en lo técnico. Con ya hiciera con Abbado y Rattle, la Berliner Phiharmoniker aporta un sonido oscuro en la cuerda grave de lo más adecuado. (8)



17. Batiashvili. Salonen/Radio Bávara (DG, 2010). Dueña de un sonido dulce y delicado, aunque en absoluto frágil o pequeño, y en cualquier caso muy bello, así como de una espléndida afinación y un enorme virtuosismo digital, la violinista georgiana demuestra, siguiendo el camino que abriera Sara Chang, que es posible acercarse a esta obra desde una perspectiva eminentemente lírica, mucho menos visceral y desgarrada que lo acostumbrado, sin caer en la blandura ni perder la tensión interna y el carácter doliente que los pentagramas demandan. No es quizá la opción más adecuada, pero está admirablemente resuelta y, eso desde luego, en el último movimiento se ofrece una buena dosis de brillantez sin quedarse en la superficie de la obra. Salonen dirige con su habitual rigor arquitectónico y capacidad para analizar la obra alcanzando el adecuado punto de equilibrio entre el expresionismo shostakoviano y el enfoque más poético de la solista, sin necesidad de subrayar las aristas pero sabiendo mantener la tensión interna y el dramatismo necesarios. Solo se podía pedir algo más de grandeza en la passacaglia. (8)


Shostakovich Concierto para violin 1 Moreno Temirkanov

18. Leticia Moreno. Temirkanov/Filarmónica de San Petersburgo (DG, 2013). La joven violinista madrileña toca con vertiginosa agilidad digital, ofrece colores y texturas de gran riqueza, canta con admirable vuelo poético la honda Passacaglia –se nota que su mentor fue Rostropovich– y sale indemne de la imposible cadenza tras esta última, pero hubieran sido preferible un sonido más robusto, una planificación más calculada de las tensiones internas y, en cualquier caso, una visión no tan lírica de la obra, aunque a la postre no es este el problema: a Sara Chang y Lisa Batiashvil sí que les funcionó. En este concierto en vivo Yuri Temirkanov dirigió en su línea habitual, es decir, con enorme solvencia pero sin particular inspiración. Tampoco la toma sonora acaba de convencer. (7)

viernes, 29 de noviembre de 2013

Caja Decca con conciertos y suites de Shostakovich

SHOSTAKOVICH: Conciertos. Suites orquestales. Jazz Suites 1 & 2. Sinfonías de cámara.
Orquesta del Concertgebouw, Royal Philharmonic Orchestra, Orquesta Sinfónica de Boston, Orquesta de Filadelfia, Orquesta Sinfónica de la Radio Bávara, Orquesta Sinfónica de Goteburgo, Orquesta de Cámara e Europa, Orquesta Sinfónica de la Radio de Leipzig. Varios coros y solistas vocales. Brautigam, Ortiz, Mullowa, Kremer, Schiff, Masseurs. Dirs: Vladimir Ashkenazy, Rudolf Barshai, Ricardo Chailly, Bernard Haitink, Neeme Järvi, Herbert Kegel, Seiji Ozawa, André Previn, Maxim Shostakovich.
Decca 475 7431
9 CDs 637’53’’
ADD/DDD
Universal
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Shostakovich Conciertos Suites Decca

La mayor parte de las interpretaciones contenidas en esta caja alcanza un extraordinario nivel. Es el caso de los tres discos grabados por una insuperable Orquesta del Concertgebouw y un Ricardo Chailly que supo aunar frescura, chispa, sentido del color, refinamiento e imaginación en fenomenales lecturas de páginas a veces maestras (el Concierto para piano nº 1, con excelentes Brautigam y Masseurs), en ocasiones deliciosas (la mal llamada Jazz Suite nº 2) y con frecuencia en exceso convencionales y faltas de inspiración (buena parte de la música cinematográfica aquí incluida, con excepciones como el soberbio Hamlet).

De noble clasicismo -en el mejor sentido del término- e indiscutible sinceridad expresiva las lecturas registradas por Rudolf Barshai de sus orquestaciones de los cuartetos Tercero, Cuarto, Octavo y Décimo, beneficiadas asimismo por una admirable intervención de la Orquesta de Cámara de Europa. Espléndida la muy menor Obertura sobre temas rusos y kirguís de Haitink y, para terminar con las joyas de esta colección, portentoso el Primero para violín con una Victoria Mullowa que es en esta ocasión un auténtico témpano ardiente bajo la batuta de un arrollador André Previn.

Sin llegar a semejante nivel, son francamente sólidas las lecturas de Askenazy de obras como la vistosa Obertura Festiva, los fascinantes Cinco fragmentos op. 42, el infumable panfleto comunista La canción de los bosques, el convencional poema sinfónico Octubre y el tan fuera de su tiempo como emocionante Concierto para piano nº 2, aunque aquí Cristina Ortiz evidencie un sonido monocorde y una expresividad limitada. Asimismo más que notable la Ejecución de Stepan Razin registrada allá por 1968 por Sigfried Vogel y Herbert Kegel, único registro analógico de esta, por lo general, magníficamente grabada selección.

Interesan bastante menos las suites del Hamlet escénico, La edad de oro y El perno a cargo de Neeme Järvi, llenas de vida y entusiasmo pero trazadas con brocha gorda y no muy bien tocadas, el Segundo para violín –obra aburrida como ella sola– lastrado por un Kremer en su línea habitual a pesar de contar con una buena dirección de Ozawa, y los dos conciertos para violonchelo –ahora sí, soberbia música– registrados en 1984 por un Schiff de sonido bellísimo pero mucho antes lírico y evocador que aristado, sarcástico y dramático, y encima bajo una batuta escasa en cafeína de Maxim Shostakovich.

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Artículo publicado en el número de octubre de 2006 de la revista Ritmo.

sábado, 14 de abril de 2012

El concierto para violín de Beethoven, en plan historicista

Como más adelante quiero hablar de la nueva grabación de Isabelle Faust y Claudio Abbado, he pensado presentar aquí tres registros del Concierto para violín beethoveniano con un denominador común: su historicismo. Confieso que a mí me gusta escuchar a Beethoven (también) con instrumentos originales, pero no por la pretensión de autenticidad, sino porque pienso que estos aportan un colorido y un equilibrio de planos que dicen muchas cosas nuevas sobre la música del autor. Además, enfocar la obra del sordo genial en su contexto no solo organológico, sino también expresivo, resulta conveniente para recordar que Beethoven, como su contemporáneo Goya, fue no solo un visionario, sino también una persona de su tiempo que se alimentó de la mentalidad ilustrada, la vivió plenamente y partió de ella para realizar su particular revolución. Otra cosa muy distinta son los resultados del intérprete de turno, pero aquí la cosa no tiene tanto que ver con los instrumentos utilizados como con la capacidad de traducir los sonidos en una idea, y viceversa.

bruggen_zehetmair_beethoven

De 1997 data el registro de Frans Brüggen para Philips -reeditado por Decca a buen precio- al frente de su espléndida Orquesta del siglo XVIII. No lo recomiendo. Su enfoque áspero, adusto y dramático resulta muy atractivo, pero el holandés, otras veces admirable beethoveniano (enlace), dirige de manera excesivamente marcial y aséptica, cayendo además en sonoridades ingrávidas y muy insulsas. Lo peor, en cualquier caso, es la ausencia de vuelo lírico y profundidad emocional: la consabida sobriedad de Brüggen se transforma aquí en sosería. El austríaco Thomas Zehetmair se muestra en la misma onda. Mejor ambos en las Romanzas.

mullova_beethoven_mendelssohn_violin_concertos

Para el mismo sello se grabó en 2002 una interpretación más interesante a cargo de Viktoria Mullova y John Eliot Gardiner. Sorprendentemente, el maestro británico se muestra aquí mucho más concentrado que en sus irregulares -y muy toscaninianas- grabaciones de las sinfonías, paladeando la obra sin precipitaciones y ofreciendo una grandeza puramente beethoveniana; por descontado, el director de la Orquesta Revolucionaria y Romántica sigue mostrándose un tanto marcial, distanciado a ratos, y no termina de lograr la emotividad requerida. En uno de sus primeros acercamientos al violín con cuerdas de tripa, la Mullova ofrece un interesante sonido para una recreación objetiva y sólida, sin amaneramientos ni frivolidades, aunque le sobre distanciamiento y le falte variedad expresiva. ¿Frialdad neoclásica? Algo así, para entendernos. El Mendelssohn que acompaña el registro me ha gustado bastante menos.

Schoonderwoerd Beethoven 3 6

Peculiar a más no poder es la tercera interpretación que presentamos, un registro del sello Alpha realizado en 2007. Y no porque se sirva de la transcripción para teclado y utilice un excelente fortepiano original de hacia 1807-1810, sino porque los presupuestos interpretativos de que hace gala el solista y director Arthur Schoonderwoerd al frente de su conjunto Cristofori, son -al igual que en resto de la integral, que conozco completa- muy radicales: un instrumento por parte. La gracia está en que con una plantilla de cámara el fortepiano, al contrario que en otras ocasiones, parece llevarse bien. La sonoridad es muy distinta a lo que estamos acostumbrados, ofreciendo nuevos y desconcertantes colores que unas veces convencen y otras no, pues se producen desequilibrios sonoros y determinadas líneas de la cuerda no se escuchan bien.

Lógicamente el planteamiento expresivo de Schoonderwoerd no tiene más remedio que plegarse a estas características, resultando interesante cómo los aspectos más “rococós” de esta música contrastan con los más avanzados. Por otra parte, el artista saca un buen partido al instrumento ofreciendo musicalidad y sensatez, pero no puede evitar que el primer movimiento resulte un tanto plano y que en el tercero se alternen pasajes de adecuado carácter sanguíneo con otros no ya triviales, sino abiertamente cursis. Aun así, a mí el resultado me ha parecido interesante. Más quizá que el de los otros dos discos comentados.

Sensacional debut discográfico de Lahav Shani y Múnich

En 2019 quedé hondamente impresionado por el Pelleas und Melisande de Schönberg que vi en un video, actualmente no disponible, en el que en...