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domingo, 23 de marzo de 2025

25 años de Ismael Jordi: triunfo por todo lo alto

“Felicidades por los 25 años de carrera”, rezaba el sobretítulo que proyectó el Teatro de la Maestranza al finalizar el recital –lo adelanto ya: sensacional, inolvidable– que conel hilo conductor de un homenaje a Sevilla ofreció ayer sábado 22 Ismael Jordi acompañado por Rubén Fernández Aguirre al piano. ¡Quién lo diría, un cuarto de siglo ya! Parece que fue hace nada cuando pasó toda la noche a la intemperie para ser el primero en sacar entradas para el recital de su admiradísimo Alfredo Kraus que reinauguraba el Villamarta allá en el otoño de 1996; que fue ayer cuando el tenor canario le admitió como discípulo; o cuando debutó en la Sala Turina cantando un aria de Così fan tutte. Desde entonces ha desarrollado una carrera en la que, como él mismo ha repetido una y otra vez, su consigna básica ha sido saber decir no, justo como le recomendaba su maestro. Si se hubiera dejado llevar por los cantos de sirena que le llegaban años atrás probablemente hubiera alcanzado algunos éxitos importantísimos para luego apagarse de manera irremisible. Con enorme sabiduría y no menor honestidad decidió evitar el camino rápido y ofrecer solo aquello que era capaz de hacer al máximo nivel, en un perfecto cálculo de las posibilidades. Porque esa es otra: su instrumento es limitado, así que se equivocan los que dicen que triunfó por una voz bonita. Ahí también ha seguido a Kraus: no se canta con la garganta, menos aún con el corazón, sino con la cabeza. Técnica se llama eso. Esfuerzo, conocimiento, renuncia, maduración… Todo lo que ya no se lleva. Ahora bien, Ismael ha triunfado gracias a una admirable mezcla entre algo absolutamente objetivo, la cabeza, y algo por completo subjetivo y que, efectivamente, no tiene nada que ver con la técnica: el más exquisito gusto.

Ahí llegamos al meollo de la cuestión. Mi paisano posee una sensibilidad fuera de serie. ¿La sacó de escuchar repetidamente cintas de Alfredo Kraus en el walkman? En parte sí, pero no solo es eso. En sus primeros años –es lógico– le seguía fielmente, también en ese carácter flemático que caracterizaba al mítico tenor. Luego se fue haciendo más cálido, más variado en la expresión, aun siempre desde una óptica eminentemente apolínea. No creo que fuera una exageración por mi parte contraponer a Ismael en la entrada de ayer con quien a la misma hora tocaba en otro lugar de Sevilla, Lina Tur Bonet, porque nuestro artista representa todo lo contrario que la violinista ibicenca: moderación, elegancia y buen gusto. Belleza equilibrada con la emoción. Ausencia de afectación. Alejamiento del efecto gratuito. Clasicismo puro y duro, vamos. Por eso mismo no le perdono a mi paisano que no haya cantado más ese repertorio de finales del XVIII y principios del XIX que tanto le conviene: la sintonía con el estilo es absoluta.

Esto último lo demostró –paso por fin a hablarles del recital– en las tres canciones de Manuel García que abrían el programa. Se pueden hacer de otra forma, con más garbo y sabor popular, y ahí está el arte inmenso de Teresa Berganza para demostrarlo –increíble la manera castiza de decir “la mosca” en Caramba–, pero Ismael quiso llevarlas al terreno de la ópera y, de paso, añadir unos largos melismas que resultaron convincentes. Cierto es que la voz se quedó un poco corta en el grave, pero a cambio el tenor jerezano nos ofreció una prístina dicción que, a decir verdad, se echa de menos en muchos colegas hispanohablantes.

Las tres canciones del desconocido sevillano Isidoro Hernández (1847-1888) fueron una recuperación del pianista acompañante: acierto total, porque han resultado ser preciosas. Con la voz empezando a calentarse, Jordi las bordó hasta llevarlas a un nivel interpretativo que ya no bajó de lo más alto en todo el recital.

Le llegó el turno a Joaquín Turina: primero un zorcico para piano solo, luego cuatro preciosas canciones entre las que, sin ser la que cantó mejor desde el punto de vista técnico, brilló con especialísima sensibilidad la célebre Saeta. A ver, les confieso que cuando Ismael y yo hablamos no acostumbramos a hacerlo de música, sino de eso que tanto nos gusta que se llama Semana Santa. Es buen amigo de un señor de aquí de Jerez que, además de contar chistes bajo el nombre artístico de Comandante Lara, canta unas fabulosas saetas. Y la Virgen de Ismael es la Esperanza de la Yedra, cofradía que no es sino la versión jerezana de la Macarena: justo la imagen a la que está dedicada a la obra de Turina. Todo cuadraba. La suya no fue la versión de un cantante clásico “haciéndose el andaluz” e imitando las inflexiones y los melismas de un saetero, sino la de un cofrade del sur que ha mamado desde siempre esta música, que la tiene completamente interiorizada y que ahora ha tenido la oportunidad de materializarla gracias a su formación clásica. Nos puso los pelos de punta.


Lo mejor de la noche –aunque todo fue de enorme altura– llegó precisamente con las piezas más difíciles. Primero Il mio tesoro del Don Giovanni de Mozart. Importa poco que las agilidades no fueran espectaculares, porque tuvo su recreación todo eso que necesita el de Salzburgo y que tantos descuidan: solidez en la emisión, cálido legato, amplio fiato para construir amplias frases llenas de cantabilidad, atención a las dinámicas, calidez expresiva sin necesidad de “romantizar” la música –esto es, de romper el equilibrio clásico–, sensualidad… Por cierto, no estoy de acuerdo con Kraus en que Don Ottavio es un señor mayor de esos que se casaban con jovencitas a manera de protector. No es un estirado. Es un joven que siente amor tan tierno como sincero por Doña Ana, y así lo retrata Jordi.

Otro peso pesado a continuación: Ange si pur de La favorita. Donizetti siempre le ha gustado muchísimo a Ismael, pero con eso no basta. Me hice una playlist con versiones de esta aria y pude comprobar como tenores con voces de primera calidad no terminan de acertar, justo por la carencia de eso que nuestro artista posee sobradamente: recursos belcantistas. En el control de la respiración y en uso de los reguladores es un maestro, particularmente en los pianísimos y en los filados. Los usa sin reparos y nos seduce con ellos sin caer en el abuso: Ismael “canta bonito”, pero no es narcisista.

Ya fuera de peligro, Ismael llegó a Jacinto Guerrero para ofrecernos una memorabilísima versión de Raquel, de El huésped del sevillano. ¿Recordó a Kraus? Mucho, pero resultó más inmediato y comunicativo que su maestro. Mejor aún, si es que eso es posible, Sevilla de Agustín Lara. Sustituyó "alma mexicana" por "alma jerezana" y aportó, como señalé antes, andalucismo de pura cepa en línea y en dicción.

Tras la bonita Morisca de Henri Collet, interpretada con sensibilidad por Rubén Fernández, le tocó rendir homenaje a Luis Mariano con tres distendidas canciones de Francis López: música de fácil consumo que Ismael, sencillamente, canta mejor que su destinatario original. ¡Qué pena que no le pudiéramos ver por aquí ese Cantor de México que hizo en la vistosa producción en el Châtelet!

Para terminar, Sevilla de Manuel Álvarez-Beigbeder, más conocido como Manuel Alejandro. Confieso mi animadversión a la música del compositor jerezano –que se incrementa hacia las letras de sus canciones–, pero también reconozco que cantadas así, sustituyendo las ampulosas orquestaciones originales por un piano y con el arte de Ismael de por medio –no se me ofendan los amantes de Rocío Jurado, grandísima artista–, estas piezas multiplican muchísimo su valor.

Si el aplauso con que fue recibido Ismael Jordi al comenzar el recital es de los más largos que recuerdo en la entrada de un artista en toda la historia del Maestranza –no exagero–, los del final fueron el delirio. Todo el mundo en pie, palmas por sevillanas, grandes ovaciones –también las mías– y muchísima emoción. Llegó entonces la apoteosis con Adiós, Granada y –era previsible– Se nos rompió el amor. La Furtiva lágrima donizettiana, auténtica marca de la casa, nos devolvió el equilibrio y nos hizo recordar que nuestro artista sigue siendo un depositario de la más pura tradición del belcanto.

 Fotografías: Guillermo Mendo.

jueves, 17 de noviembre de 2022

Roberto Devereux en el Maestranza: una función redonda

Atención: las soberbias fotos se las debo, como siempre, a Julio Rodríguez. Pueden encontrar más en este enlace.

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Cosas de la ópera en vivo: acudí a la tercera y última función –sábado 19 de noviembre– del Roberto Devereux que ha ofrecido el Teatro de la Maestranza fundamentalmente por escuchar a mi paisano y amigo Ismael Jordi en el rol titular, sin saber muy bien qué me iba a encontrar, y terminé entusiasmado con una función redonda. Todo, absolutamente todo, estuvo bien, muy bien o bastante más que eso, de tal modo que se pudo disfrutar de principio a fin de una partitura, la de Gaetano Donizetti, bastante desigual: de ahí quizá que el público no aplaudiera con especial entusiasmo a lo largo de la velada, aunque al final todos terminamos de pie.

A nivel sobresaliente la batuta de Yves Abel: se podrán pedir aproximaciones con más nervio y sentido de los contrastes, pero imposible ir más allá en algo tan fundamental en este repertorio como es el sentido del canto. ¡Qué diferencia con tantos presuntos especialistas que dirigen con una rigidez y una machaconería una música que necesita, ante todo, respirar con la misma amplitud melódica, delectación y naturalidad con que lo han de hacer los cantantes! Consiguió, además, un rendimiento óptimo de la Sinfónica de Sevilla, a cuya cuerda hizo sonar con un carácter mórbido y aterciopelado que hace tiempo no le escuchábamos. Su batuta galvanizó de manera magistral todo el apartado musical de la función.


Claro que si de Donizetti hablamos, no hay nada que hacer sin grandes cantantes. Y aquí los hubo. Gran sorpresa, por cierto, en lo que a Ismael se refiere: su voz ha cambiado de manera, diría que a mejor, por un ensanchamiento y oscurecimiento considerable de la zona grave. Es verdad que no termina de casar con un centro al que le sigue faltando algo de cuerpo, pero en la zona aguda ha desaparecido todo rastro de las nasalidades de antaño, manteniendo ese brillo plateado en la punta tan especial y que tanto le beneficia. Si vocalmente el tenor jerezano está en su mejor momento, lo mismo se puede decir en lo que se refiere al dominio de los recursos técnicos, que maneja con una óptima mezcla de inteligencia e intuición sabiendo sacar el mejor partido de sus posibilidades. Expresivamente sigue en su línea: canto eminentemente apolíneo, más interesado por la belleza que por la intensidad emocional, elegante sin resultar flemático –no es “tan Alfredo Kraus” como algunos piensan– y refinadísimo sin caídas en el preciosismo. Fue de menos a más y alcanzó muy altas cumbres belcantistas en su gran escena del tercer acto.


Dicho sea con enorme admiración hacia los dos artistas, me parece que Yolanda Auyanet representa el caso opuesto a Ismael. Ni su instrumento es tan atractivo ni su técnica alcanza la solidez de la de su colega –el rol de Elisabetta es tremebundo en sus exigencias–, pero a cambio aporta una dosis mucho mayor de tensión dramática. Por eso mismo las desigualdades dieron igual: en la escena final nos puso a todos con el corazón en un puño gracias a una espectacular combinación de buen gusto, desgarro y control de los medios. Por si fuera poco, demostró ser una actriz descomunal –voluntaria y necesariamente histriónica– y le importó muy poco ocultar su belleza natural con la fealdad que demandaba la puesta en escena.


Nancy Fabiola Herrera es una de mis cantantes españolas favoritas. Hace ya años le escuche en el Villamarta una Carmen de primerísimo rango, comparable a las grandes que se han escuchado en disco. Desde entonces su instrumento ha perdido un poco, y de hecho en la zona grave evidenció insuficiencias, pero el arte sigue ahí: dominio pleno del estilo, fraseo exquisito, calidez tímbrica y emotividad sincera.

Franco Vassallo fue especialmente aplaudido, entiendo que más por la calidad de una voz muy rica en armónicos y muy bien proyectada que por un fraseo que se me antojó algo plano, que no inexpresivo; en la escena del enfrentamiento con su esposa Sara supo ofrecer acentos de ironía y desprecio por completo pertinentes. Alejandro del Cerro y Javier Castañeda estuvieron espléndido en sus breves intervenciones. Aplausos también para el coro.


De la puesta en escena, que venía de la Ópera Nacional de Gales, me había hablado fatal un amigo que la vio en Madrid. A mí me ha gustado muchísimo, porque el señor Alessandro Talevi sabe poner su talento y su mirada en absoluto tradicional al servicio de la música y del texto. Él no necesita hacerse el gran creador o el artista sufriente empeñado en contarnos los traumas de su pasado, las neuras de su presente y sus ideas políticas. Lo suyo es contar la historia de Donizetti y Cammarano, solo que prescindiendo de lo accesorio y centrándose en el drama interno de los protagonistas. Ubicación atemporal, escenografía neutra y mucha, mucha negrura que, al contrario que en otras producciones “modernas”, resultaba muy bien traída. La metáfora de Isabel I como tarántula, irreprochable como concepto y como realización plástica. Movimientos escénicos, los justos. La iluminación, al servicio de los cantantes. No hay necesidad de distraer al personal. Tampoco de ofrecer hallazgos innecesarios. Las ideas están ahí, y luego cada espectador será responsable de realizar sus propias reflexiones: nada de dárselo todo mascado. En definitiva, un modelo de cómo puede hacerse una producción “renovadora”, sin cartón piedra ni movimientos convencionales, al servicio de una ópera musicalmente sujeta a las más estrictas reglas belcantistas.

miércoles, 2 de febrero de 2022

Merecido triunfo de Ismael Jordi en Manon

En febrero de 2004 el Teatro Villamarta ofrecía unas funciones de Manon protagonizadas por Ángeles Blancas y Juan Lomba, bajo la dirección de Enrique Patrón de Rueda y en producción escénica que venía del Arriaga. Ahora ha vuelto al título de Jules Massenet en producción propia. Creo que ha conseguido unos resultados musicales netamente superiores, gracias ante todo al trabajo del elenco vocal congregado, si bien la propuesta dramática del madrileño Alfonso Romero resulta desigual.

El regista parte de una idea innecesaria: Manon es una señora de clase media de algún momento indeterminado del siglo XX que, casada con Des Grieux y progenitora de dos niños, se evade de la realidad soñando toda la acción de la novela del Abate Prévost. Ello permite ofrecer una escenografía única marcadamente onírica a cargo de Ricardo Sánchez Cuerda, iluminada de manera muy sugerente por Félix Gama, así como desplegar al figurinista Jesús Ruiz su imaginación más libre y alocada. 

Romero, por su parte, acumula objetos y figurinistas de manera excesiva, combina ideas interesantes con chistes bastante discutibles –el tenor baja al Telepizza y se trae una como cena mientras ella canta “Adieu, notre petite table”– y desatiende la dirección de actores para centrarse en el efecto visual. El resultado a ratos fascina, a ratos divierte y a ratos molesta, hasta llegar a un quinto acto que desentona por completo: la señora vuelve a la realidad y todo transcurre en la grisura de un apartamento moderno con los nenes tomando la sopa, su marido volviendo del trabajo y la protagonista atiborrándose de pastillas, todo ello en flagrante contradicción con una partitura que pide primero atmósfera y luego un grandísimo vuelo romántico. No hay diálogo entre música y escena: la segunda destroza a la primera y el público se queda con dos palmos de narices. ¿Cuántos años tendremos que seguir soportando a esos registas empeñados en cambiar la dramaturgia para ofrecer su propia idea aun a costa de las intenciones expresivas del compositor? Por lo pronto, en el Villamarta habrá que tragarse el Winterreise de Schubert al servicio del divismo insoportable de Rafael Villalobos, que por allí andaba preparando el terreno.

Ismael Jordi firmó una de las mejores noches –hablo de la segunda función, la del domingo 30 de enero– que le recuerdo. En parte, por presentarse en mejores condiciones vocales que nunca: la voz corre ahora mejor por la sala, se han corregido del todo las nasalidades de antaño y hay mayor comodidad en el grave, aunque el instrumento siga siendo muy lírico. Pero creo que la clave está en la sintonía. Todos lo sabíamos desde que comenzó a cantar. Él también lo sabía y supo hacer caso omiso de los cantos de sirenas que le animaban a abordar papeles italianos que demandan instrumentos más pesados y temperamentos más expansivos. Lo suyo, con total claridad, es este repertorio francés. Mi paisano posee exactamente las cualidades que para él se demandan: fraseo muy mórbido y sensual, sentido de lo aéreo y de lo difuminado, un punto de elegancia sofisticada y cierto distanciamiento expresivo bien entendido. La pasión debe estar calculada en su punto justo, siempre en equilibro con más cuidadosa la belleza formal y coqueteando un poco con el preciosismo, mas sin llegar a caer en él.

Así las cosas, Ismael ofreció un Des Grieux canónico, musicalísimo y magistral, a la antigua en el mejor de los sentidos, en el que el estudio, el trabajo esforzado, le ha servido para perfilar determinadas frases y superar los escollos de ciertas limitaciones vocales, pero no para alcanzar el estilo: este lo posee de manera espontánea, por su propia naturaleza de artista. Estuvo bien en el primer acto, destapó el tarro de las esencias en un segundo sublime (¡qué “sueño de Manon”!), compensó su falta de peso vocal en el muy exigente acto de Saint-Sulpice gracias al squillo de su instrumento –el fulgor plateado de su agudo le hace ganar en brillo lo que pierde en morbidez– y llegó a emocionarnos en el final pese al muy inconveniente carácter prosaico de lo que se veía sobre el escenario. El uso de los reguladores resultó tan seguro, sensible y subyugante como siempre. Bravísimo.

A Sabina Puértolas la encontré irregular, pero pienso que su trabajo se merece un fuerte aplauso. Debutaba el papel, y este no es precisamente ninguna tontería: larguísimo, muy exigente en lo vocal y harto complicado a nivel expresivo dada las múltiples facetas psicológicas del personaje. Me gustó muchísimo en los dos primeros actos, en los que hizo gala de un hermosísimo canto ligado y de un muy plausible estilo, además de recrear a la joven sin caer en ñoñerías. Mucho menos me interesó en su complicadísima gavota del tercer acto, en la que la encontré destemplada, no del todo suelta en las agilidades y escasamente seductora. Mejor en el resto de la función, aunque aún deberá solucionar algunos cambios de color en la franja grave y la tendencia al grito en los sobreagudos. Como actriz fue quizá la mejor de todo el elenco.

Magnífico desde el punto de vista vocal, Damián del Castillo fue un Lescaut expresivamente de una pieza. No se puede hacer más dada la extrema ridiculización al que este y el resto de los personajes fueron sometidos por Alfonso Romero y Jesús Ruiz. Contra semejante circunstancia tuvieron que luchar también Javier Castañeda, Manuel de Diego y César San Martín, con resultados musicalmente plausibles. Poquita cosa las tres coquetas.

Una vez más en el foso del Villamarta Carlos Aragón, director “de la casa”. Sinceramente, no sé si admirar la capacidad de trabajo de este señor o si más bien irritarme por la clara prioridad que Isamay Benavente le concede frente a otras posibles batutas. Al maestro le he escuchado cosas buenas, cosas dignísimas y cosas muy discretas, más una Novena de Beethoven que era para ponerle al teatro una denuncia: ¿es posible seguir contratando a una batuta que en una obra como la señalada fuera incapaz de marcar un solo matiz expresivo? Parece ser que sí, que en Jerez es posible si a la señora directora le sale del alma, que para eso es la que manda y tiene sus favoritos. Manon la ha dirigido con discreta corrección, intentando que la Filarmónica de Málaga sonara ajustada –lo consiguió, aunque sonar ajustada no significa sonar bella– y que las voces de un Coro del Teatro Villamarta en baja forma no se fueran de madre más de lo debido. El estilo fue correcto, no hubo excesos decibélicos ni tampoco puntos muertos. Me conformo con todo ello, dadas las circunstancias.

Próxima parada, Diálogo de Carmelitas en nueva producción escénica a cargo de, oh sorpresa, Francisco López. ¿A nadie se le cae la cara de vergüenza de que este señor siga acaparando una proporción escandalosamente elevada de los encargos del teatro del que fuera director? Dudo que en ningún otro centro lírico del mundo ocurra algo así. Mientras tanto, los críticos tan críticos con otras cosas miran para otro lado, que para algo son fieles a la causa.

domingo, 27 de septiembre de 2020

Veinte años de Ismael Jordi

Ayer 26 de septiembre pudo por fin ofrecerse en el Teatro Villamarta de Jerez el concierto que iba a tener lugar el pasado abril celebrando los veinte años en la lírica de nuestra gloria local, Ismael Jordi. Un chico de mi barrio –de la barriada de al lado: su padre tenía la ferretería de la zona–, completamente “normal” en su manera de relacionarse –mucho fútbol, mucha playa, mucha Semana Santa y novia guapísima de toda la vida con la que termina casándose y teniendo una feliz vida juntos–, y de carácter extraordinariamente educado y afable. Siempre tiene palabras buenas con todo el mundo. Conmigo en todo momento ha sido cordial, pese a que del círculo de melómanos de Jerez que le rodea he sido el único que, de vez en cuando, le ha puesto algún reparo a su arte. Entiéndase: reparos dentro de una valoración global que siempre ha sido muy positiva. Otra cosa es que algunos hayan intentado meter cizaña entre ambos intentando venderle la moto de “este ignorante te tiene manía, yo soy quién de verdad reconoce lo inmenso que eres”.

Después de estas dos décadas, la carrera de Ismael es un perfecto ejemplo de lo que, para mí, merece la mayor admiración: trabajo duro, plena consciencia de las posibilidades y de los límites de los medios –vocales, en este caso– con los que se cuenta, perfecta planificación, capacidad para la renuncia y una sensibilidad que parte de lo apolíneo –es decir, del equilibrio y del respeto a las normas elementales de la tradición belcantista– y que a veces resulta más distante de la cuenta, incluso poco variada en la expresión, pero a la que no le faltan brillo y comunicatividad. Prácticamente la antítesis de un Rolando Villazón, un señor de voz y de enorme atractivo que, después de haber ofrecido algunas cosas maravillosas –y otras no tanto– arruinó su carrera mezclando desinterés por el estilo, descontrol en la expresión, falta de cálculo y muchas prisas. Recuerdo que ambos cantaron el Romeo de Gounod en la producción del Villamarta: al tenor mexicano, al contrario que Ismael, no le conocía todavía nadie por aquí, deslumbró con luz cegadora y duró lo que duró. El de Jerez sigue con la voz en perfecto estado, ha crecido como artista, no ha recibido nunca –que yo sepa– una mala crítica y tiene contratos con teatros muy importantes. Nunca será Plácido Domingo, ni lo pretende: quiere ser Ismael Jordi. Nada más, pero tampoco nada menos. Me quito el sombrero. Solo le reprocho que no haya cantado con mayor frecuencia al más grande, un tal Wolfgang Amadeus.

El recital, afortunadamente, se planteó con piano y sin invitados especiales. Hubo piezas menores interpretadas con enorme belleza canora y emotividad a flor de piel –Tosti– y otras que no tanto –Turina–. Hubo arias de gran belleza interpretadas a pedir boca –M'appari de Flotow– y otras que estuvieron muy bien pero que aún podrá madurar –Pourquoi me réveiller, que cantaba por primera vez en público–. Y hubo pesos pesadísimos que fueron una verdadera lección: Tombe degli avi miei es, a priori, un aria que le podía quedar grande a sus medios –la voz no es ancha por abajo ni tiene mucha carne–, pero de la que es capaz de ofrecer una recreación “de libro” tanto en lo técnico como en lo expresivo. Sus bazas están claras: perfecto control de la respiración, legato embriagador, calculadísimos reguladores, dicción clara –consonantes bien marcadas– y unos agudos valientes cuando deben serlo, muy bien proyectados y con unos tintes metálicos –en el buen sentido: color plata– que le sientan de maravilla. Por no hablar, claro está, de sus justamente celebradas medias voces, un recurso del que venturosamente sabe no abusar.

El éxito entre el público, aunque garantizado de antemano, tuvo plena justificación. Los intensísimos aplausos tras las arias de Martha y Lucia señalaron los puntos más memorables de la velada, aunque luego vinieron recreaciones cálidas, valientes y entregadas a más no poder de “Por el humo” y “No puede ser”, y una no menos extraordinaria de “Adiós, Granada”, siempre muy bien aocmpañado por el piano de Rubén Fernández Aguirre. Como propina simpática, una pieza del jerezano Manuel Álvarez-Beigbeder Pérez, más conocido como Manuel Alejandro: nada menos que “Se nos rompió el amor”, que nuestro artista quiso recrear a la manera de Raphael.

¡Muchas felicidades, Ismael!

 

PD. No les ofrezco fotos porque no las hay a mi disposición. No soy prensa. Francisco López e Isamay Benavente hace tiempo que me dieron la patada, por díscolo: en ese teatro solo se admiten críticas positivas al cien por cien y que digan que en el Villamarta se hacen las cosas mucho mejor que en el Maestranza.

 

jueves, 26 de septiembre de 2019

Una ocasión muy especial

Hoy he tenido un día muy especial en el trabajo. Ha sido nada menos que Ismael Jordi el encargado de ofrecer la conferencia inaugural del presente curso académico del IES Padre Luis Coloma, el más antiguo Instituto de Educación Secundaria de Andalucía. En él he tenido la ocasión de estudiar, en él pude ejercer la docencia de manera puntual hace años y en él llevo ya cuatro como parte de su plantilla orgánica. Confío en jubilarme aquí. Ismael ha estado al mismo tiempo sencillo, equilibrado y cercano, como también muy acertado en sus apreciaciones. Su simpatía y su calidez humana triunfaron por todo lo alto entre los chavales. ¡No digamos cuando se animó a cantar a capella su parte del brindis de La Traviata!


Luego Ismael –que por si ustedes no lo saben es de aquí "de Jeré", de la barriada al lado de la mía–pudo visitar el alucinante museo de nuestro centro acompañado de quien en su momento tuvo la idea de crearlo allá por las fechas en las que ella me daba clases de Historia del Arte en el curso 1987-88: la profesora María Dolores Rodríguez Doblas.
 

Tristemente no ha podido estar con nosotros el profesor Miguel Hernández, que tuvo a su cargo toda la parte "de ciencias" de la colección: falleció hace poco. Pero sí han estado Justo Cuenda, compañero jubilado de Ciencias Sociales que ahora cuida el museo con María Dolores, además de nuestro director José Ángel Aparicio y otros miembros del equipo directivo.


La colección de aves disecadas, el herbolario, los fósiles, los libros de texto antiguos, los discos de pizarra, los materiales antiguos de física y muchos otros objetos llamaron poderosamente la atención de Ismael, como también –una vez más– de todos los que hemos visitado repetidamente el museo.
 

Tampoco es una tontería la lista de personajes ilustres que fueron alumnos o de los que se conservan expedientes, de Miguel Primo de Rivera y su hijo José Antonio a Eduardo Mendicutti –su hermana, por cierto, es profesora aquí mismo– pasando por Pedro Muñoz Seca, Rafael de León o Manuel Alejandro, por citar dos personalidades del mundo musical.

 
 
La foto que va en último lugar resulta para mí muy emotiva, porque tanto Ismael como María Dolores han sido dos personas muy importantes en mi vida. Él es uno de los pocos artistas que ha tenido a bien considerarme su amigo. Y ella es la persona que, después de mi madre, consolidó mi amor por la Historia del Arte y logró que me terminara de decidir por realizar esos estudios: ser uno de sus sucesores en el IES Padre Luis Coloma es para mí un enorme motivo de satisfacción, en cierto modo el logro de una meta personal. Haber estado hoy con ella y con Ismael, una ocasión irrepetible.

martes, 30 de enero de 2018

Oscuro y aburrido Fausto en el Villamarta

Si la tarde del sábado 27 me aburrí soberanamente con la Tosca del Met en el cine, la del domingo lo hice con el Fausto del Villamarta en directo. Pero esta vez la culpa no fue de la interpretación, sino más bien del señor Charles Gounod. A mí esta ópera me gusta solo a ratos. La encuentro débil –incluso ridícula– en su libreto e irregular en su inspiración. Cierto es que hay algunas melodías pegadizas, a veces incluso muy hermosas. Que la orquestación es muy notable y que la escritura evidencia la profesionalidad de quien fue un músico importante. Pero el conjunto se resiente de superficialidad, de preciosismo de cara a la galería y de escasa garra dramática. Compárese con ese Verdi relativamente menor que es Un ballo in maschera, estrenado el mismo año de 1859: no hay color. Así las cosas, o se ofrece una recreación musical de primera fila, o uno termina desinteresándose lo que escucha. Y la del Villamarta a mí me pareció muy meritoria para el presupuesto con que ahora cuenta el teatro jerezano, pero en modo alguno excepcional.


La función giraba en torno a la estrella local, Ismael Jordi, que se ofrecía a debutar el papel en su tierra antes de hacerlo en el Real. Ya no es una joven promesa a la que hay que estimular. Hace tiempo que canta papeles de protagonista en teatros de primerísima categoría junto a artistas de relevancia. Por eso mismo he tenido que realizar una profunda reflexión sobre qué debo escribir y cómo debo decirlo. Ismael ha evolucionado y yo también lo he hecho.

Miren ustedes, debo confesar que a mí cada día me interesa menos la manera de entender el canto en la que lo bello prima sobre lo expresivo. Una cosa es cantar bonito –Ismael canta muy, pero que muy bonito– y otra muy distinta construir un personaje a través no solo de la belleza, sino también de una serie de acentos expresivos que hagan psicológicamente creíble las diferentes situaciones del libreto. Pasé años haciéndome creer a mí mismo que me gustaba Alfredo Kraus, hasta que perdí la vergüenza y logré confesar que siempre he encontrado al tenor canario frío, distante y un punto redicho. Ismael fue alumno de Kraus y es heredero de esa escuela, circunstancia que ha quedado bien clara en su encarnación de Fausto.

Su “Salut!, demeure chaste et pure”, de una belleza sobrecogedora, fue una buena demostración de la herencia de Kraus, de quien nuestro tenor fue alumno aventajado: se canta más con la inteligencia que con la voz, siendo posible soslayar las limitaciones canoras para ofrecer ese canto ligado mórbido y sensual, un punto distinguido –tan diferente de la inmediatez y la carnalidad italianas–, que exige la ópera francesa. Me gustó muchísimo Ismael en el aria: estilo perfecto, belleza en los labios y gusto exquisito. Pero ahí quedó la cosa. Me aburrí con él durante el resto de la función. Y no solo por la inadecuación de una voz bonita pero pequeña, sin carne suficiente en el centro y corta en el grave para este papel, sino también por lo insulso de su canto. Vuelvo a lo de antes: no es lo mismo ofrecer un aria hermosísimamente cantada que levantar psicológicamente un personaje para el que se carece de autoridad vocal y de variedad expresiva. Por si fuera poco, su actuación escénica dejó muchísimo que desear. Ni lo que se escuchaba ni lo que se veía resultaba mínimamente creíble.

Alexander Vinogradov, al igual que Ismael, despertó enormes aplausos entre el respetable. Lo entiendo, porque su voz es soberbia, amén de por completo adecuada para el personaje. Y el bajo ruso cantar, lo que se dice cantar, canta estupendamente. Tenerle en Jerez –la primera vez que le escuché fue haciendo Daland con Barenboim– es un verdadero lujo. Pero Mefistófeles necesita una cantidad de matices que a este señor se le escapan: ironía, sarcasmo, chispa, crueldad… Tiene que resultar al mismo tiempo atractivo y repelente, algo nada sencillo de conseguir. Moverse por la escena sí que lo hizo estupendamente, y en este sentido fue el rey de la función.

Me ha hecho muchísima ilusión escuchar por primera vez en directo a Isabel Rey, una señora del canto seria, profesional y musicalísima. Obviamente su instrumento ya no es el de hace veinte años: ha perdido esmalte y sufre en el agudo. Pero también se ha ensanchado, ganando el peso y el cuerpo necesarios para cantar a Margarita. Se desenvolvió con suficiencia en el aria de las joyas, evitó riesgos innecesarios y se mostró en todo momento irreprochable en el estilo, amén de sensible y cuidadosa. Como además es muy buena actriz, logró realizar un retrato completo y bastante digno de su personaje, al que para mi gusto aún le faltaba una dosis de emotividad, de fuerza expresiva, para terminar de convencer.

Francamente bien Alexandra Rivas como Siebel. Entiendo que la punta metálica de su voz pueda desagradar, pero expresivamente la encontré entregadísima, por completo convincente. Además, quizá por su larga experiencia en papeles travestidos, la mezzo vienesa –vinculada desde hace mucho al Villamarta– resulta de lo más creíble haciendo de chico. ¡Brava! Xavier Mendoza cantó de manera aceptable a Valentín y lo encarnó admirablemente en lo escénico. Gran dignidad en Mireia Pintó y Pablo López, Marta y Wagner respectivamente. Sin embargo, no fue la noche del Coro del Teatro Villamarta: hubo momentos muy buenos por su parte, pero también considerables desajustes y apreciables insuficiencias canoras, sobre todo en la parte masculina de la agrupación. Al público no le pareció así, porque lesaplaudió muchísimo.

La Filarmónica de Málaga, a mi entender la menos satisfactoria de las cuatro grandes orquestas andaluzas, ofreció una de sus mejores actuaciones en su ya muy larga lista de representaciones en el foso del Villamarta. Con ello debió de tener mucho que ver la presencia del veterano maestro brasileño Luiz Fernando Malheiro, que la hizo sonar con suficiente empaste y apreciable belleza. Su fraseo, además, fue amplio y cantable, atento a las posibilidades melódicas de la escritura orquestal, irreprochable en el estilo y de exquisito gusto. Eché de menos un toque adicional de chispa, de nervio y de entusiasmo, de convicción expresiva, pero todo estuvo en su sitio y la musicalidad se encontraba garantizada.

Me resulta extremamente difícil valorar la puesta en escena, porque me pareció ver en ella triunfos considerables junto evidentes insuficiencias y errores garrafales. El planteamiento de Alfonso Romero (web oficial), aun con algunos elementos más o menos simbólicos, es mayormente naturalista. Pero naturalista de muy exiguo presupuesto, lo que significa que hay que prescindir de escenografía y echar mano de proyecciones sobre telones, de cuatro elementos de atrezo y de una iluminación que consiga efectos dramáticos. Si todo eso no se hace muy bien, la sensación de pobreza termina imperando, y eso es justo lo que aquí ocurre: un telón que subía y bajaba, una farola comprada en “los chinos”… Y oscuridad, muchísima oscuridad. Visualmente esta producción de los Amigos Canarios de la Ópera me parece feísima.

Luego está la cuestión del concepto. Romero apuesta por dejar a un lado el confort del libreto original para optar por la pesadilla alucinada, lo que me parece un completo acierto. Pero de nuevo esas cosas hay que saber hacerlas. El género del terror resulta harto difícil de llevar a la práctica, porque la línea que separa lo horrendo de lo ridículo es muy delgada. Creo que fue muy desagradable, y por ello adecuado, ver cómo Margarita ahoga en la bañera a su hijo y luego intenta suicidarse rebanándose el cuello. También fue una idea brillantez visualizar la paliza que previamente Valentín ha propinado a su hermana. No fueron pocas las cosas que estuvieron fenomenalmente resueltas y demostraron talento teatral. Pero otras no funcionaron. Mefistófeles nunca llegaba a dar miedo. Con su cara pintada recordaba más bien al Joker de los Batman de Christopher Nolan, mientras que sus dos demoníacos asistentes, con las cabezas enfundadas en sacos, eran un trasunto del Scarecrow –el personaje de Cillian Murphy– de la misma serie. La orgía satánica de Walpurgis parecía montada por una escuela de ursulinas: Fausto acariciaba a las chicas con la misma lascivia con que yo acaricio a mi gato –ninguna, no se vayan ustedes a pensar–, mientras que entre los demonios deambulaba el payaso de It. Más referencias cinematográficas: en la escena final en la cárcel, aquí un ciertamente inquietante hospital psiquiátrico, colgaban del techo numerosos ganchos que parecía referencia directa a Hellraiser.

De los soldados vestidos a la manera de la I Guerra Mundial con la bomba atómica de fondo, ni hablemos. Aunque sí tenemos que dejar testimonio de la extrema ridiculez de la escena de la iglesia, en la que varios personajes –incluidos el Cristo y la Virgen de una Piedad– asustaban a la chica mostrando ojos de un rojo intenso fosforescente y labios de las mismas características. El final, que presentaba a Margarita ahorcándose para seguidamente reencontrarse con su hijo en el más allá, dejaba igualmente que desear. A la postre, parece que no fue el pobre Gounod el único culpable de que la velada se me hiciera eterna.

domingo, 11 de diciembre de 2016

Anna Bolena en Sevilla: fuera de lo común

Con la Anna Bolena que ha ofrecido los días 8 y 10 de diciembre –estuve en la función de ayer sábado– y aún ha de presentar el martes 13 y el viernes 16, el Teatro de la Maestranza ha ofrecido uno de los más redondos espectáculos líricos de toda su historia. Y también la oportunidad de escuchar una labor canora verdaderamente memorable, de esas que hacen historia: la recreación que de la desdichada protagonista del título de Gaetano Donizetti realiza Angela Meade.


No es la aún joven soprano californiana una recreadora de primerísima categoría. Le falta un punto de intensidad dramática, de atención a los pliegues psicológicos, de intencionalidad y de variedad expresiva. Pero estamos ante una voz que es pura crema, y ante una línea que logra aunar una perfección estilística intachable con una belleza canora difícilmente superable. Hay que irse a las muy grandes para escuchar un legato así, tan mórbido y sensual; un fraseo tan amplio –imprescindible aquí un absoluto control de la respiración–, tan atento a los grandes arcos melódicos, dicho con tanta lógica y naturalidad; unos filados tan mágicos y acariciadores; una sensibilidad tan grande en los matices, un uso tan sensato de los reguladores y un gusto tan exquisito cantando. No hay en ella asomo de narcisismo, ni languideces ni desmadres en la ornamentación (como ocurre con algunas sopranos mucho más afamadas y queridas por cierto tipo de público, dicho sea de paso). Y en la escena final –quizá la música más inspirada de este desigual título– Meade puso toda la carne en el asador y se implicó en lo expresivo para ofrecer quince minutos sublimes incluso para quienes, como un servidor, solo se entusiasman con eso de “el canto por el canto” cuando hay alguien con enorme talento sobre la escena. Ha sido el caso.

Magnífica Ketevan Kemoklidze. La mezzo georgiana no posee una voz lo suficientemente amplia en el registro grave para Giovanna Seymour, y además su virtuosismo no es tan extremo como el de su colega, pero iguala a esta en sensibilidad, en clase y en estilo, y la supera en el aspecto expresivo: su recreación no fue solo muy hermosa, sino también muy intensa y adecuadamente atenta a las contradicciones del personaje. Es además muchísimo mejor actriz, lo que beneficia de manera considerable su labor..
 
A mi paisano y amigo Ismael Jordi le encontré con poco fuelle en la primera escena, particularmente en la cabaletta, pero a partir de ahí se fue centrando, hizo gala de sus hermosísimas medias voces, ofreció también gran intensidad dramática –nada de distanciamiento aristocrático– y destiló las mejores esencias belcantistas en un “Vivi tu” memorable. Simón Orfila tuvo que apechugar con el ingrato –difícil pero sin lucimiento– papel de Enrico, y lo hizo con esa voz muy sonora pero de emisión un tanto peculiar que algunos aficionados discuten; sea como fuere, su encarnación del monarca tuvo arrojo y potencia expresiva. Dignísimo el Smeton de Alexandra Rivas, voz no muy interesante pero intérprete sensible. Ese veterano y gran profesional que es Stefano Palatchi sonó mucho, mas no siempre bien. Manuel de Diego redondeó con solvencia el elenco.

Las excelencias canoras no hubieran servido de mucho si el del foso hubiera sido uno de esos batuteros que se creen que en este repertorio vale con llevar tempi cómodos para los cantantes. Maurizio Benini estuvo atento a las voces, yo diría que atentísimo, respiró con ellas y galvanizó los resultados con mano maestra. Pero no se limitó a eso, ni a hacer sonar estupendamente a la Sinfónica de Sevilla y a sacar buen partido del Coro de la A. A. del Teatro de la Maestranza, sino que además ofreció un Donizetti modélico. El que pocos hacen. El asunto consistió en dejarse de rigideces metronómicas, evitar darse prisa por aquello de que no decaiga la tensión –que no lo hizo, aunque habrá quienes prefieran enfoques más electrizantes–, y en hacer frasear a la orquesta como pide la música, es decir, modelando las frases con amplitud, con una cantabilidad para derretirse, pensando en grandes líneas melódicas, en tensiones muy cuidadosamente planteadas, en dinámicas matizadísimas, en empastes aterciopelados… Es decir, hizo en el foso lo mismo que Meade sobre el escenario. La empatía fue absoluta. Los resultados, memorables.
 
Me gustó mucho la propuesta escénica que, llegada desde Verona, se debía nada menos que a Graham Vick. A medio camino entre lo naturalista y lo conceptual, como también entre lo tradicional –aquí incluso convencional, en el peor sentido del término– y lo imaginativo, el regista británico vuelve a demostrar su capacidad sacar petróleo de libretos imposibles –guardo estupendo recuerdo de su Curro Vargas en la Zarzuela– ofreciendo ideas de gran clase –el cristal roto a través del cual la protagonista intuye la boda de Enrico con Giovanna– y algunas otras algo más discutibles, pero siempre con buen sentido del ritmo teatral. Encontró plena complicidad con la luminotecnia de Giuseppe di Iorio y la escenografía y el imaginativo vestuario de Paul Brown a la hora de conseguir unos resultados plásticos espectaculares, circunstancia que podrán ustedes calibrar en las magníficas fotografías que me ha prestado Julio Rodríguez.

En fin, para qué seguir: no lo duden y, sin tienen medios para hacerlo, desplácense a Sevilla a escuchar alguna de las dos últimas funciones. Esta Bolena es algo fuera de lo común.

martes, 14 de julio de 2015

Traviata en el Liceu: irregular la música, excelente la escena

Si prolongué, tras los dos conciertos de Barenboim, mi estancia en Barcelona para ver la Traviata que se ofrecía en el Liceu, era movido por la ilusión de escuchar a mi paisano Ismael Jordi en este teatro tan emblemático, más aún cuando junto a él –hay otro elenco alternándose en estas funciones– cantaba nada menos que Leo Nucci, un señor que nunca ha sido santo de mi devoción pero al que hay que reconocerle que mantiene vivas las esencias de esa "ópera a la antigua usanza" que hoy parece definitivamente perdida. Me saqué segunda fila de patio de butacas para disfrutar en condiciones. Al final vi una representación que me gustó mucho en la parte escénica –intentaré explicarlo luego–, pero que en lo musical me pareció francamente irregular.

Personalísima, llena de talento pero muy discutible en lo que a concepto se refiere la dirección musical de Evelino Pidò, un señor que aborda a Verdi desde la ligereza en todos lo sentidos: no solo en lo que se refiere a los tempi, sino también en sonoridad y, lo que es más importante, en expresividad. Esto es, un Verdi en las antípodas del que ofreció Barenboim unos días antes en el Palau, donde precisamente interpretó, entre otras paginas, los preludios de los actos primero y tercero de esta ópera.


Ya se pueden imaginar que si lo del de Buenos Aires me entusiasmó, lo de Pidò me gustó poco. Permítante radicalizar mi postura y confesarles que a mí me parece, sencillamente, que este señor carece de buen gusto musical. Porque por mucho que hiciera sonar francamente bien a la orquesta de la casa –que parecía contentísima con él–, sacase a la luz detalles en la orquestación rara vez escuchados, fraseara tanta fluidez como imaginación y ofreciese pasajes llenos de dinamismo, no me parece de recibo que esta partitura sonara ante todo frívola y distendida –el clímax del "Amami, Alfredo" fue el más flácido que jamás haya escuchado–-, que la electricidad se confundiera con el nerviosismo, que la agilidad rozara lo pimpante, que el drama avanzara a trompicones y, sobre todo, que el foso no respirase con las voces: en más de un momento los cantantes parecían demandar un tempo más lento mientras Don Evelino, a su bola, no dudaba en ponerles en apuros para batir todas las marcas de velocidad. Repaso mi blog y descubro que de su Boccanegra en Valencia opiné algo muy parecido a lo de esta Traviata, así que este es el modus operandi habitual de Pidò. ¿Cómo es posible que esté haciendo semejante carrera?

Anita Hartig (Romanía, 1983) era para mí una completa desconocida. En su currículo figuran Mimí, Butterfly, Micaela y poco más. Debutaba como Violetta precisamente esa noche del 9 de julio de 2015 en Barcelona. En el primer acto no me gustó nada: voz sin personalidad, aquejada de vibrato excesivo, incómoda en el fraseo, discreta en las agilidades e indiferente en lo expresivo. ¡Menudo cambio en el segundo acto! No diré que me pareciera una maravilla –en el dúo con Germont me quedo con lo que hizo Maite Alberola en Madrid unos días atrás, junto a Plácido Domingo–, pero ahí sí que estuvo centrada en todos los sentidos. Pensarán ustedes lo que se piensa en estos casos: claro, la chica será una lírica ancha y no una lírico-ligera, así que es de las que meten la pata en el "Sempre libera" para luego mejorar. Pues no, no me parece que sea así. Simplemente, estuvo más ajustada. A lo mejor era cosa de los nervios. Cierto es que su "Amami, Alfredo" fue de una frialdad glaciar –lógico, con ese señor en el foso–, pero en los actos segundo y tercero, concertante final en la casa de Flora incluido, estuvo bien; en el "Addio del passato" la voz se enturbió en el pianísimo conclusivo, pero aun así su labor fue estimable. Interesante debut, pues, de una Violetta que puede mejorar de manera considerable en el futuro.

Ismael Jordi ofreció, con sus virtudes y limitaciones, el Alfredo que ya le conocíamos desde su debut en Jerez junto a Gallardo-Dômas, pasando por el ya más madurado que le escuché en 2010 en el Maestranza: voz de pequeño tamaño y escasa en densidad, pero muy bien proyectada y manejada con exquisito gusto. Ismael es consciente de lo que puede y no puede hacer con ella, así que se centra en los aspectos más belcantistas del personaje: legato para derretirse, medias voces y reguladores admirables, sensualidad a flor de piel, etc. Sigue habiendo sonoridades molestas en el sobreagudo ("Amor è palpito" off stage) y cierta falta de evolución psicológica en el personaje, al que desde luego ve mucho antes desde la óptica de un Kraus que la de, pongamos por caso, un Villazón, pero aun así su labor resulta globalmente notable. Y no se piensen que lo pasa mal en los momentos más comprometidos: su trabajo va de menos a más, y donde mejor está es, precisamente, en el concertante del final del segundo acto, así como en toda la escena conclusiva.

Fue muy interesante escuchar a Leo Nucci como Germont tan solo unos días después de que un colega de su misma edad llamado Plácido Domingo, tenor por más señas, ofreciera el dúo con Violetta en el Real. Ya saben ustedes que soy rendido admirador de Domingo. Pues bien, en el referido dúo me quedo con Nucci, todo lo gastado que se quiera pero con una voz potentísima, rotunda, con una pasta mucho más adecuada para hacer justicia al personaje: no solo hay que "dar las notas", sino darlas con el color que les conviene. Además el italiano parece dominar los resortes psicológicos de tan crucial secuencia mucho mejor que el madrileño sin sufrir, además, los agobios de fiato por los que pasa éste. Ahora bien: ¿qué ocurre en el "Di Provenza"? Pues ahí, aun sin haber tenido la oportunidad de escuchar cómo lo hace, sí que eché de menos la efusividad, la elegancia, el humanismo y el estilo de Plácido. Nucci, todo lo sonoro que ustedes quieran, carece de cantabilidad –su legato me parece pobre– y resulta muy prosaico; estuvo mejor en la no muy frecuente cabaletta, que por fortuna no se eliminó.

Bien el resto de los cantantes: Gemma Coma-Alabert como Flora, Jorge Rodríguez-Norton como Gastone, Toni Marsol como Douphol, Marc Canturri como d'Orbigny, Fernando Radó como Grenvil y Miren Urbieta Vega como Annina. Muy digna la labor del coro.

Lo que más me gustó, ya lo dije antes, fue la producción escénica firmada por el irregular David McVicar, "realista" pero no excesivamente minuciosa ni mucho menos recargada, esencial pero no aséptica, respetuosa con el libreto pero no encorsetada, y desde luego mucho antes atenta al drama que a ofrecer espectáculo: estamos en las antípodas de la propuesta de Zefirelli que se vio en Sevilla. ¡Y qué alivio que se hiciera una relectura con mucha guasa de la escena de Piquillo! Cuando algún regista en vena andaluza se la toma en serio resulta insoportable.

Gran acierto, por otro lado, la escenografía y el vestuario de Tanya McCallin, de apreciable belleza y lograda elegancia aun recurriendo casi en exclusiva a un negro fúnebre que, por fortuna, nada tuvo que ver con el carácter tristón, pesado y sin matices de la producción que vi hace años en Berlín a cargo, nada menos, que de Götz Friedrich. Lo de McVicar, sin que vaya a pasar a la historia, es mucho mejor.

Al terminar la función subí a camerinos para saludar a Ismael, pero no me permitieron acceder: ultima vez que me gasto más de ciento cincuenta euros en el Gran Teatre del Liceu, un lugar al que –lo confieso– le tengo antipatía desde que acudí ilusionadísimo a ver el Makropulos y me encontré con subtítulos exclusivamente en catalán. Pero esa es otra historia.

sábado, 6 de diciembre de 2014

Ismael Jordi por AFANAS

En este mundo en crisis donde cada uno va exclusivamente a lo suyo y la generosidad parece reservada a los anuncios de lotería, todavía hay gente capaz de darlo todo por quienes más lo necesitan. Por ejemplo AFANAS Jerez, la asociación que en mi ciudad lleva cincuenta años promoviendo la integración de los discapacitados intelectuales. O el tenor Ismael Jordi, que actuó ayer en un recital pensado para recaudar fondos para la entidad citada. De algunos melómanos jerezanos no se puede decir lo mismo: el Villamarta presentaba un aspecto desolador, teniendo en cuenta la bondad humana de la propuesta y la calidad artística de la misma. ¡Qué pena!

Ismael Jordi Afanas

Se abrió la velada con el Ave María de Schubert y el Adestes Fideles. Sirvieron para calentar la voz y poner la nota navideña, nada más. En el Cantique de Nöel de Adam, sin embargo, Ismael Jordi empezó a demostrar por qué el repertorio francés es claramente lo suyo: el refinamiento y la elegancia íntima de su canto son ideales para la lírica del país vecino. En el Lamento de Federico de Cilea –una música que siempre me ha resultado acongojante– mi paisano tiene aún que pulir algunas frases, porque en lo técnico se quedó lejos de la perfección absoluta de su maestro Kraus; en lo expresivo, la emoción más honda brotó todo el tiempo de sus labios.

Tras un Torna a Surriento muy aplaudido por el respetable, Ismael nos hizo disfrutar de lo lindo con tres canciones de El cantor de México, el musical que –con toda justicia, circula una filmación por ahí– triunfó en el Chatelet ya hace algún tiempo; sin la espectacularidad de la orquesta, acompañado solo por el pianista jerezano José Miguel Román, ofreció recreaciones íntimas y sensuales, ricas en morbidez, en difuminados y en medias voces, todo ello sin recrearse en exceso en los alardes de fiato u otros exhibicionismos. Creo que todos nos fuimos encantados al intermedio.

La segunda parte se abrió con el “Vivi tu” de Anna Bolena, la ópera de Donizetti con que debutó en el Covent Garden este verano junto a la mismísima Joyce di Donato: la cantó con clase, estilo y distinción, pero aquí vocalmente hubo algunos escollos que empañaron los resultados.

A partir de ese momento, ya en canción y zarzuela, Ismael estuvo siempre admirable: Morucha, Adiós Granada, Bella enamorada, Tengo nostalgia de ti, El árbol del olvido, Por el humo… y No puede ser le dieron la oportunidad de lucir la belleza de su timbre, el refinamiento de su legato,la sensibilidad de sus reguladores y la entrega expresiva que, siempre dentro de un estilo más acariciador que brillante –en la antípoda, para entendernos, de un Jorge de León– caracterizan a Ismael Jordi en sus mejores noches. La de ayer viernes 5 se cerró con la inevitable Furtiva lágrima y con una entrañable actuación “flamenca” de un grupito de discapacitados que nos recordaron que todavía existen la buena voluntad y el deseo de superarse a uno mismo. Enhorabuena a todos.

domingo, 15 de diciembre de 2013

Elixir en el Real: la sonrisa en los labios.

Cuando voy a la ópera no ando buscando voces, sino que me cuenten una historia a través de la música y de la escena. Para eso hacen falta buenos cantantes, desde luego, pero hay otros ingredientes no menos importantes que hasta cierto punto pueden paliar las insuficiencias vocales y llevar de vida, de credibilidad y de inmediatez a lo que se está viendo y escuchando. Por eso mismo me lo pasé bien ayer sábado 14 y me lo he vuelto a pasar bien esta misma tarde de domingo en el Elisir d'amore que anda ofreciendo el Teatro Real de Madrid: plausible dirección musical y excelente dirección escénica han hecho disfrutables las dos veladas. Vayamos por partes pero rápido, que mañana me tengo que levantar muy temprano para "volver al redil".


De la dirección de Marc Piollet me había dicho un amigo muy sabio que era rossiniana. Estoy por completo de acuerdo: hubo más de la fluidez, del bullicio, de la agilidad y del carácter risueño que caracterizan el mundo del de Pésaro que de la expansión lírica y la relativa (¡solo relativa!) densidad del propio Donizzetti, con todas las virtudes y limitaciones que semejante enfoque supone. Personalmente me hubiera gustado un poco más de retranca (la que tiene Sir John Pritchard en su grabación, por ejemplo) y una mejor calculada acumulación de tensiones en los concertantes, pero en cualquier caso el nivel de la batuta, bien secundada por la Sinfónica de Madrid y el Coro Intermezzo, fue notable.

Sobre la producción de Damiano Michieletto ya hablé en la entrada anterior. Ha mejorado mi juicio sobre ella: no solo es trepidante e imaginativa, divierte mucho y está muy bien resuelta, sino que además sabe adaptarse a la personalidad de los cantantes de turno. El caso más claro es el de Dulcamara: un heterazo musculado, macarra, vulgar y un punto siniestro con Erwin Schortt, una auténtica loca –mucho más que en la filmación de Palermo disponible en YouTube– con Paolo Bordogna, que sale cogiéndole el culo a un señor, suelta plumas por todas partes y, tras haber intentado cepillarse a una guapa chica en el segundo acto, se presenta al final vestido de drag queen, tetas y tacones incluidos. ¿Que pese a la ubicación de la acción en una playa de nuestros días se trata de una propuesta en el fondo muy tradicional? Muy cierto, pero siendo yo un defensor de muchas regies "modernas", me parece que Elisir tiene que ser sobre todo una comedia y no, pongamos por caso, un tratado sobre la alienación humana.

Los cantantes. Ayer sábado se llevó el gato al agua Ismael Jordi, que repitió el excelente Nemorino que ya le escuché otras veces en mi tierra. La voz no es grande, pero mi paisano canta con enorme belleza, multitud de detalles belcantistas de gran clase (¡hermosísimo doble regulador con que cierra la "Furtiva lagrima"!) y convence plenamente en su visión ensoñada y tierna del personaje. Como actor se maneja ahora mucho mejor que hace años y obedece fielmente las exigencias del director de escena, incluyendo la buena idea de hacerle cantar su aria sobre el tejado del chiringito que regenta Adina. Además, no tiene miedo de hacer el ganso ni de que le hagan toda clase de perrerías. Uno se cree el personaje en todos los sentidos.


Muy decepcionante Camilla Tilling, sobre todo habiendo esta señorita deleitado mis oídos –por mediación de su admirador Gerard Mortier– en esa obra maestra que es el San Francisco de Asís de Messiaen y en esa otra página no menos genial que es el Pelléas de Debussy. Como Adina tuvo ayer detalles muy bonitos, siempre dentro de un canto elegante y musical, pero la técnica hace aguas por los cuatro costados; las desigualdades a lo largo de la tesitura son evidentes, y en el primer acto ni se la oyó. Tampoco se puede decir que sintonice con el espíritu del personaje. Paolo Bordogna me decepcionó musicalmente con respecto a la función siciliana arriba referida (¿cosa de los micrófonos?), pero teatralmente estuvo arrollador: simpatiquísimo, desvergonzado, lleno de matices y pletórico de energía. Eso sí, casi se pega el castañazo con los tacones. El Belcore de José Carbó pasó por completo desapercibido, no así la excelente Gianetta de Mariangela Sicilia.

Hoy domingo el protagonista era Celso Albelo. Ha estado bien en lo musical, pero me quedo sin duda con Ismael, mucho más imaginativo y refinado, además de mucho menos interesado por imitar a cierto tenor canario que fue maestro de ambos. Teatralmente la cosa es más censurable. Comentando el vídeo de Palermo escribí que Albelo era mal actor y se empeñaba en adoptar poses de divo. La comparación con Ismael no deja lugar a dudas: este señor se pasa la escena por el forro y suprime buena parte de los detalles que considera inapropiados para un primo tenore. El resultado es que el personaje funciona escénicamente mucho menos bien, claro, aunque el pensará que así queda mucho más digno.

Bien a secas Nino Machaidze, lejos de las maravillas de su recientemente premiada Thais hispalense. A diferencia de su colega, la voz corre de manera aceptable y posee cierta personalidad –pelín sosa, aunque por fortuna nada ñoña–; de todas formas, tiene aún mucho que recorren en belcanto para terminar de convencer. Voz muy sonora la de Erwin Schrott para Dulcamara. Y ahí queda la cosa: su línea resulta más bien tosca y en la escena, siendo buen actor, no posee ni muchísimo menos el gancho y la simpatía de Bordogna.

Fabio Maria Capitanucci entró mal esta tarde, con problemas en la emisión, pero luego los fue resolviendo y ha ofrecido un digno Belcore. Excelente mi admirada sanluqueña Ruth Rosique como Gianetta.

¿Conclusión? Lo dicho al principio: excepción hecha de Ismael y, hasta cierto punto, de Albelo y Machaidze, el nivel vocal ha sido más bien gris, pero la mayoría de los que hemos estado en el teatro madrileño nos lo hemos pasado muy bien gracias a un foso y a una escena que han sabido dar vida a la obra pergeñada por Donizetti y Romani. Salimos con la sonrisa en los labios: no es poco.

martes, 26 de noviembre de 2013

Discreto Palumbo en el Teatro Real

Mientras el foso del Real era ocupado por los chicos de la Ópera de Perm bajo la dirección de su titular Teodor Currentzis para las maravillosas representaciones de The Indian Queen ya comentadas, los cuerpos estables del teatro madrileño, esto es, la Sinfónica de Madrid y el Coro Intermezzo, preparaban junto al maestro Renato Palumbo un programa sinfónico-coral en torno al Stabat Mater de Rossini, bellísima obra que se toca y graba bastante menos de lo que debería, para ser ofrecido el jueves 14 y el sábado 16 de noviembre. Estuve en la segunda de ellas.

Comenzó la velada con la muy infrecuente Sinfonia su temi dello Stabat Mater del celebre Rossini, una breve y agradable fantasía sinfónica escrita por Saverio Mercadante precisamente para prologar la obra en cuestión. Estuvo sin duda bien interpretada y parecía anunciar una gran noche. No fue así.

La Sinfonía nº 104, Londres, de Haydn estuvo muy mal interpretada. El problema no fue tanto que el maestro italiano parezca desconocer por completo el lenguaje haydiniano, con lo que tiene de vivacidad, de rusticidad bien entendida y de garra teatral; tampoco lo fue que Palumbo quisiera destacar los aspectos más melódicos y cantables de esta música frente a los que habitualmente suele llamar la atención, porque la intención fue buena; ni siquiera lo fue la apreciable lentitud de los tempi, porque cosas más lentas se han escuchado que alcanzan la genialidad (¡Klemperer!). El problema estuvo en la terrible flacidez de las tensiones: todo sonó blando, desganado, sin la menor agilidad, rutinario en el fraseo y plano en la expresión. Inaceptable de todo punto el Menuetto; el Finale funcionó bastante mejor, pero ya era demasiado tarde.

Buena sin más la dirección del plato fuerte de la velada, el Stabat Mater propiamente dicho: hubo nobleza, sensualidad, cantabilidad y un espíritu muy italiano por parte de la batuta. Faltaron teatralidad, fuerza dramática –no confundir con decibelios– y tensión sonora; de nuevo Palumbo sonó un tanto blando y descafeinado, aunque sin llegar ni muchísimo menos a los extremos del Haydn. Orquesta y Coro funcionaron con solvencia, solo eso.

Lo más interesante del Rossini estuvo en las voces solistas. Me gustó mucho de nuevo Julianna Di Giacomo, a la que ya había escuchado aquí mismo en Suor Angelica: voz de lírica con cuerpo, muy bien timbrada, que aunque sufrió un tanto por arriba puede desarrollar una importante carrera, porque la artista posee tanto estilo y como sensibilidad. Quizá un punto menos expresiva pero más redonda en lo vocal la mezzo Ann Hallenberg, globalmente estupenda. Y reencuentro con Dmitri Ulyanov (hace poco le vi en Aida) para confirmar que posee una voz y una técnica de primerísima línea, aunque esta vez no le encontrase del todo metido en la partitura.

Queda Ismael Jordi. Hace poco me congratulaba aquí mismo que mi paisano fuese a cantar un par de funciones de la Traviata de Les Arts con Zubin Mehta, aunque al final en la mía quien cantó fue el inicialmente previsto Ivan Magrì. Casualmente en el Real ha realizado este otro remplazo y por fin le he podido ver después de bastante tiempo sin escucharle en directo. Eso sí, me hubiera gustado que fuese en otra obra, porque la tan bella como ingrata parte de tenor de este Stabat Mater en absoluto es adecuada para un instrumento como el suyo. Ismael intentó resolver la papeleta –ha sido una petición expresa de Mortier– procurando llevarla a su terreno, ofreciendo detalles de delicadeza belcantista muy hermosos y haciendo gala de la enorme elegancia en el fraseo que caracteriza al tenor jerezano. En el Elixir que ya empieza a preparar el propio Teatro Real seguro que le encontraremos mucho más en su terreno. Y en julio, esto es novedad, Maria Stuarda nada menos que en el Covent Garden junto a una de mis cantantes favoritas, Joyce di Donato. ¡Enhorabuena!

viernes, 1 de noviembre de 2013

Ismael con Mehta

Sin ser yo precisamente patriotero, esta noticia me ha llenado de alegría: mi paisano y amigo Ismael Jordi –no Saimi Pirgu– será quien sustituya al enfermo Ivan Magri en dos funciones –días 2 y 7 de noviembre– de la Traviata en el Palau de Les Arts bajo la dirección de Zubin Mehta. Obviamente no soy imparcial en esto, pero (¡qué quieren que les diga!) es todo un orgullo que alguien de mi tierra, a quien además he seguido con atención y aprecio mucho en lo personal –independientemente de que algunos tipos hayan intentado meter cizaña–, tenga la oportunidad de cantar uno de los grandes roles verdianos de tenor bajo la batuta de un maestro de semejante categoría.


Yo estuve además en su debut de Alfredo, allá por noviembre de 2004 en el Teatro Villamarta junto a Cristina Gallardo-Domâs –debut que está en discos–,  y también en la Traviata que hizo en Sevilla en junio de 2010: puedo dar fe de la enorme evolución a mejor en el rol, así que si vuelve a alcanzar semejante nivel me parece que los aficionados de Valencia no van a quedar en absoluto decepcionados. Por cierto que la producción de Willy Decker se la sabe bien ya que la cantó en Amsterdam, así que no creo que tenga ningún problema a la hora de integrarse en la misma. Desde aquí le deseo la mejor suerte, a la espera de ver si surge la oportunidad de que, en el caso de no retornar Magri, sea él quien cante en la función del día 10 para la que tengo entrada. ¡Feliz estancia en Valencia, Ismael!


miércoles, 16 de junio de 2010

Doble Traviata en Sevilla: el triunfo de Cantarero

Cinco funciones y doble reparto conformaban esta Traviata sevillana que iba a ser la de Zeffirelli, por la aparatosa producción procedente de la Ópera de Roma, y ha terminado siendo la de Cantarero, por el espectacular éxito de la soprano granadina en el que ha sido su debut en el complicadísimo papel de Violetta, aunque el jerezano Ismael Jordi no le ha ido muy a la zaga retomando el rol de Alfredo. Presencié la primera función de ambos repartos, viernes 11 y sábado 12 de junio respectivamente. Intentaré ordenar mis impresiones.

Zeffirelli

Al contrario de lo que ocurrió con su Bohème de hace años (en el Don Giovanni del 92 no recuerdo si contamos con su presencia), esta vez no ha venido el veteranísimo regista y cineasta italiano a Sevilla. Ni falta que ha hecho, porque esta producción respira su peculiar personalidad por los cuatro costados, para lo bueno y para lo malo. Zeffirelli conoce muy bien el mundo de la ópera y sabe manejar las claves del melodrama romántico, eso es indiscutible. Pero teatro, lo que se dice teatro, ofrece poco: con tanta obsesión por llenar la escena de figurantes, mobiliario y decoración, los personajes principales parecen un elemento más de la escenografía que otra cosa, con el resultado de que no solo la psicología de los mismos queda desdibujada, sino que por momentos su acción puramente física sobre las tablas resulta difícil de seguir. Por eso el artista debería tener guardada su afiladísima lengua cuando desea atacar a otros colegas, porque hay quienes aun ofreciendo esas “reinterpretaciones” que tanto molestan al director de Hermano Sol, Hermana Luna, se muestran mucho más respetuosos con el drama servido por compositor y libretista, elemento que para Zeffirelli parece ser una mera excusa para dejar volar su imaginación como escenógrafo y figurinista.

Sobre el aspecto plástico también habría mucho que discutir. En esta Traviata la casa de Violetta está muy conseguida, beneficiándose además de un espléndido vestuario, mientras que el invernadero del primer acto del segundo cuadro es de una belleza espectacular. Ni los más “modernos” deberían discutir que el mero goce de belleza visual es un elemento fundamental del género operístico. El problema es que de vez en cuando Zeffirelli se suelta la melena y evidencia una vena (esa vena, ustedes me entienden) megalómana y de mal gusto que le caracteriza, que es justamente lo que ocurrió en su recreación de la casa de Flora, tanto por la escenografía (propia de una caseta de feria hortera, incluyendo farolillos psicodélicos) como por los figurines (dignos del Orgullo Gay más descocado). El público aplaudió nada más levantarse el telón de este cuadro, lo que me deja seriamente preocupado.

El foso

La Sinfónica de Sevilla sigue siendo una muy buena orquesta. No en balde ha sido durante años una de las mejores de las que, al margen de sus temporadas de concierto, actuaban regularmente en fosos operísticos en España. El problema es que los que nos estamos acostumbrando a acudir al Palau de Les Arts empezamos a notar que aquí falta algo: virtuosismo, rotundidad, precisión, brillantez… Por otra parte no tenemos derecho a quejarnos en este sentido, porque el presupuesto del teatro valenciano es muy superior al del Maestranza. El coro tampoco es el de la Generalitat, pero realizó una labor realmente satisfactoria, sobre todo en la función del sábado. Tuvo además la suerte de que el director escénico de la reposición, Pier Paolo Pacini, dirigió a sus miembros muy bien sobre las tablas, cosa que no hizo con los solistas.

Dirigía musicalmente Andrea Licata. No me terminó de convencer, ni por estilo (no sonó del todo a Verdi) ni por convicción (no hubo mucha fuerza dramática, y sí algunos caprichos innecesarios). Ni siquiera en los aspectos técnicos (se apreciaron algunos desajustes y en más de un momento sepultó a las voces). Pero al menos ofreció una labor de aceptable rutina, sin el aburrimiento y el mal gusto que caracterizan a no pocos de los directores de foso que deambulan por ahí.

Así las cosas, con una escena tan vistosa como superficial y una batuta solvente sin más, la función no podía bajar de lo correcto pero tampoco aspirar a lo brillante. Fueron las voces las que terminaron marcando la diferencia entre una función más bien aburrida, la del viernes, y otra realmente emocionante, la del sábado.

Las voces

A Norah Amsellen le escuché en Madrid una estupenda Mimì y le he visto dos filmaciones en las que encarna irreprochablemente a Micaela. Pero en la reciente Liù en Sevilla (enlace) ya se notaba que algo no iba bien. Su voz no corre con la facilidad de antaño, y se la ve tan preocupada por los problemas técnicos que no termina de matizar un personaje, el de Violetta, al que en cualquier caso sabe dotar de sensibilidad y de adecuada presencia escénica. Se mantuvo a un nivel muy mediocre en el primer acto para luego mejorar de manera considerable (no hace falta insistir en las muy distintas exigencias vocales de Verdi a lo largo de la función) y ofrecer una actuación correcta en la que por momentos llegó a emocionar con unos reguladores de gran belleza. Cumplió sin convencer, pues, aunque fue salvajemente braveada por un admirador incontrolado que al terminar la función la llenó de flores.

La gran triunfadora, como ya dije, ha sido -está siendo, aún queda una función para ella- Mariola Cantarero. Existen hoy día Violettas con un instrumento más bello y suntuoso (Netrebko), con una técnica superior (Devia), más emocionantes (Gallardo-Domas) o con más glamour sobre la escena (Gheorghiu), pero dudo que haya muchas que reúnan en tan alto grado los componentes que debe tener toda intérprete que aborde este rol, sin fallar en ninguno de ellos: voz extensa y flexible, dominio de los recursos belcantistas, sensibilidad a la hora de matizar en lo expresivo -sin caer ni en el distanciamiento ni en el narcisismo- y credibilidad escénica. Por eso pienso que Mariola Cantarero, cantante de muy buena técnica (preciosos filados), enorme musicalidad e innatas dotes teatrales, es sencillamente una de las mejores Violettas del momento. ¡Y eso que está debutando el papel! Que en la cabaletta hubiera algún sobreagudo metálico es lo de menos. El Maestranza se puso todo en pie cuando la granadina salió a saludar, corroborando un triunfo del que se va a hablar durante mucho tiempo.

En los Alfredos también hubo diferencias sustanciales. Teodor Ilincai posee una buena y adecuada voz de tenor lírico, pero la emisión parece forzada, muscular, por lo que el timbre, que no es feo, suena muy empobrecido. Canta con buen gusto, eso sí, aunque tiene que mejorar mucho su técnica para desarrollar el potencial que tiene. También debería pensarse dos veces dar el agudo de la cabaletta: tan breve resulta toda una decepción para quien guste de semejante tipo de exhibiciones, aunque a mí esa nota me parece una horterada con él, con Jordi y con cualquier otro.

Ismael sí que estuvo estupendo. Es verdad que mi paisano y amigo (ojo: soy quien mayores palos le ha dado) sigue teniendo una voz pequeña y no muy adecuada para Verdi, pero esta vez ha redondeado una actuación sobresaliente. La evolución desde el debut del rol en noviembre de 2004 es clara. Precisamente hace unos días estuve repasando un vídeo de 2005 en La Coruña (con Ángeles Blancas) y las diferencias saltan a la vista. La voz (aunque pequeña, insisto) corre muy bien (nada que ver con Ilincai, que la tenía más grande y adecuada pero muy atrás). La dicción es estupenda. Sus medias voces siguen siendo de una belleza extrema. Pero ahora la seguridad es mayor y los matices no ya son más ricos, que también, sino que están más sabiamente administrados. Y la cabaletta, donde en alguna ocasión ha tenido problemas (recuerdo ahora una retransmisión radiofónica con Poplavskaya) le ha salido con una naturalidad pasmosa. Únicamente sigue sin gustarme el sobreagudo final con que la remata (supongo que hay que complacer al público). En el plano escénico ha mejorado muchísimo. Confío en que siga progresando para ofrecer un Alfredo más entregado y más claramente verdiano.

Cancelando a última hora Fabio Maria Capitanucci, Giorgio Germont quedó exclusivamente en manos de George Petean, quien puso una voz hermosa y una buena línea de canto al servicio de una concepción del personaje demasiado distanciada, sin los pliegues psicológicos que debe tener en su fundamental dúo con Violetta. Se le escuchó con placer, pero nada más. Como actor tiene muchísimo que mejorar. Entre los secundarios (Menxaka, Amores, Guerrero, Miotto, Galán, Todisco, Morales) hubo de todo, bueno y malo, aunque el nivel medio fue más bien alto.

Total, una velada -la del sábado- no redonda, porque para ello hubiera hecho falta una dirección musical y escénica de fuste, pero sí muy emotiva y emocionante merced a la labor de los dos jóvenes cantantes andaluces que la protagonizaron. El triunfo es para ellos.

sábado, 23 de enero de 2010

El burlador de Jerez, ossia, il dissoluto non punito

Mis denuncias en este blog (enlace), como era de esperar, no han servido de nada, y los jerezanos debemos otra vez sufrir la vergüenza de ver cómo las críticas de las funciones del Villamarta las sigue escribiendo -cuando le dejan- José Luis de la Rosa, bajo su habitual pseudónimo "R.D.", en Diario de Jerez (enlace). Qué quieren que les diga, no me parece de recibo que se implique de semejante manera, y menos aún para -como en él es habitual- elogiar indiscriminadamente, una persona que canta en el coro del teatro, aunque en esta ocasión concreta, la mediocre producción propia de Don Giovanni a cargo de Francisco López que se acaba de reponer, no suba al escenario.

Una persona que, en su por lo demás encomiable esfuerzo -como presidente de la asociación La Arcadia- por organizar actividades diversas en torno a las óperas representadas y por editar los correspondientes libretos bajo patrocinio de -no casualmente- Diario de Jerez, se codea continuamente con los artistas implicados en los diferentes títulos operísticos. Una persona que ve cómo en su casa entra con regularidad dinero del teatro jerezano, toda vez que su esposa fue escogida hace tiempo como regidora de las producciones líricas. Y una persona que va presentándose -lo hizo al menos, que yo sepa, en el Maestranza y en el Palau de Les Arts- como “relaciones públicas” y/o “responsable de comunicación” del tenor jerezano Ismael Jordi, que ha debutado como Don Ottavio en esta producción y que recibe en el texto, cómo no, unos cuantos elogios.

Si cosas tan graves ocurrieran en el vecino Maestranza más de una firma pondría en evidencia semejante desvergüenza. Si ocurriera en el Real, el escándalo sería mayúsculo. Pero nadie dice nada, porque ocurre en el Villamarta, un teatro pequeño, que está realizando un asombroso esfuerzo por salir adelante en medio de la crisis... y cuya conservadora programación lírica, dicho sea de paso, levanta muchas menos ampollas que la "germanófila" de Pedro Halffter o la "eslavófila" de Antonio Moral.

Y por favor, que no me venga la señora directora del teatro jerezano diciendo que ella no tiene nada que ver con lo que se escribe en la prensa, entre otras muchas cosas porque Diario de Jerez es patrocinador de su temporada. Mientras tanto, buena parte de las críticas que reciben sus espectáculos no son más que una bochornosa burla al aficionado. Una burla que parece no va a recibir su merecida punición.

Sensacional debut discográfico de Lahav Shani y Múnich

En 2019 quedé hondamente impresionado por el Pelleas und Melisande de Schönberg que vi en un video, actualmente no disponible, en el que en...