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martes, 27 de septiembre de 2016

Imprescindible Shostakovich de Rostropovich y Ozawa

Interrumpo las entradas programadas con antelación –con bastante antelación, porque la mayoría las escribí este verano, cuando tenía más tiempo libre– para dejar unas notas sobre un verdadero clásico de la Deutsche Grammophon que me conozco de memoria desde hace tiempo, y al que hoy he podido volver en una edición japonesa en SACD –circula por la red en cierto sitio ruso– con la que la portentosa toma sonora, increíble para el año 1975, alcanza aún mayor esplendor: Chant du ménestrel de Glazunov y Concierto para violonchelo nº 2 de Dmitri Shostakovich a cargo de Mstislav Rostropovich, Seiji Ozawa y la soberbia Sinfónica de Boston. La primera de las piezas, tan breve como deliciosa, recibe una interpretación inmejorable a cargo de una batuta elegante y sensible y de un solista dueño de un hermosísimo de sonido y emotivo a más no poder en su fraseo, pero es en la segunda de ellas, escrita precisamente para el violonchelista de Baku allá por 1966, donde este disco alcanza la categoría de imprescindible.


Y es que los dos artistas, aun con personalidades bien distintas entre sí, coinciden en ofrecer una lectura que, sin renunciar a los aspectos corrosivos de la obra pero sin hacer tampoco hincapié en ellos, se consigue una asombrosa fusión entre los dos facetas de la partitura. Por un lado, toda su componente ambigua, inquietante, sombría y en más de una ocasión ominosa, teñida de un considerable humor negro. Por otro, la profunda reflexión humanística, trágica y por momentos rebelde, pero también de resignada aceptación del irremediable destino final: no hace falta decir que, como tantas obras del autor, esta es una partitura sobre la muerte.

Por destacar algo, podríamos señalar la increíble manera de cantar del violonchelo, con enorme vuelo poético, un fraseo muy flexible y ofreciendo una amplia gama de colores y de matices expresivos. Tampoco es que nos sorprenda: hablamos del mejor violonchelista del siglo XX. La batuta aporta su consabido dominio del color acentuando los ocres de las maderas –siniestras, no incisivas– y sabe ofrecer su habitual elegancia y refinamiento sin estar fuera de tiesto; por el contrario, aporta un fraseo tan amplio y pausado como bien sostenido –no es fácil mantener la tensión interna en una obra tan desmaterializada– y poniendo su olfato para la atmósfera, que tan bien le viene en las interpretaciones del impresionismo, al servicio de esta recreación más ambigua que visceral, más misteriosa que rebelde, un poco en la línea de lo que Rostropovich hará con la batuta, en la década siguiente, dirigiendo las sinfonías del compositor.

Lo dicho, un clásico verdaderamente imprescindible. Si no lo han hecho ya, escúchenlo cuanto antes, y si es posible disfruten asimismo del registro de 1967 del propio Rostropovich con Svetlanov (Russian Disc), menos misterioso y más virulento que este dirigido por Ozawa. Ah, permítanme presumir: tengo la edición en CD de la serie Galleria dedicada por Rostropovich himself.

jueves, 3 de marzo de 2016

Debut discográfico de Esther Yoo

Esther Yoo es una muy joven –nació en 1994– violinista estadounidense que, después de recibir una formación netamente europea y conseguir varios premios a tempranísima edad, ha ascendido con rapidez hasta conseguir debutar discográficamente nada menos que en Deutsche Grammophon y junto a Vladimir Ashkenazy y la Philharmonia. Y atreviéndose con el concierto de Sibelius, nada menos, ese mismo en el que se han estrellado unas cuantas grandes figuras del violín.


¿Supera la prueba? A mi entender, no. O no del todo: el sonido que extrae de su Stradivarius es francamente bello, y desde luego posee una técnica más que suficiente para tocar esta obra de dificultad extrema. El problema está en el enfoque. Yoo se muestra lírica y luminosa en el buen sentido, es decir, sin dejarse llevar por la blandura ni quedarse en lo meramente contemplativo, pero al mismo tiempo se queda bastante corta a la hora de desplegar el sentido dramático y la emotividad intensa de esta no poco oscura y torturada página. Su lectura, por ende, resulta en exceso unilateral, poco variada en la expresión y carente de toda la tensión interna deseable; incluso puede resultar algo apagada, sobre todo en un tercer movimiento sin apenas garra.

Aunque quizá no llegue a calar a fondo en la partitura, Ashkenazy demuestra –muchos años después de su magnífica integral sinfónica para Decca con esta misma orquesta– seguir sintonizando perfectamente con el idioma de Sibelius, tratándolo en el punto justo de equilibrio entre romanticismo tardío y modernidad, evitando la tentación de quedarse en la belleza epidérmica y sabiendo hacer que suena hosco, poderoso y hondo sin necesidad de forzar las cosas. En fin, el resultado de la combinación entre batuta y solista una lectura notable, pero lejos de las maravillas de Barenboim con Zukerman y Vengerov, de Ferras/Karajan o de la de Znaider/Valcuha, grabaciones todas ellas comentadas por aquí, por no hablar de la radical y discutible de Oistrakh/Rozhdestvensky.

El disco incluye también el hoy bastante olvidado Concierto para violín de Glazunov. Bien acompañada de una batuta que sintoniza con el universo algo decorativo del compositor y sabe ofrecer garra cuando debe al igual que plegarse a las sutilezas, la señorita Yoo se desenvuelve de maravilla derrochando chispa, coquetería y encanto. Por desgracia, vuelve a haber un problema de concepto: su lirismo resulta un tanto blando, incluso un punto lastimero, carente del calor humano, de la intensidad y de la garra que en su momento supieron ofrecer Mutter con Rostropovich, Perlman con Mehta  y, sobre todo, Vengerov con Abbado. He vuelto a escuchar las dos últimas grabaciones citadas y esta de Yoo con Ashkenazy no tiene nada que hacer frente a ellas.

Al final, lo más interesante del disco está en las propinas, la Suite para violín y orquesta de cuerda de Sibelius y el Grand Adagio de Glazunov, dos páginas infrecuentes pero deliciosas que se escuchan con enorme placer. Las interpretaciones parecen muy buenas, pero en el caso de la obra del finés he podido comparar con Tetzlaff/Dausgaard y se evidencia que la presente podía ser más redonda: la solista atiende más a la vertiente lírica de la página que a lo mucho que tiene de extroversión, mientras que Ashkenazy no termina de parecer motivado. En la obra del ruso los resultados, siempre dentro del lirismo digamos "frágil" en que se mueve la intérprete, son irreprochables.

La toma sonora es de mucha calidad –al menos, escuchada en HD–, pero hay un sonido en el fondo, diría que electrónico, que no debería estar ahí. Disco de relativo interés, pues.

Sensacional debut discográfico de Lahav Shani y Múnich

En 2019 quedé hondamente impresionado por el Pelleas und Melisande de Schönberg que vi en un video, actualmente no disponible, en el que en...