Mostrando entradas con la etiqueta Obituarios. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Obituarios. Mostrar todas las entradas

jueves, 23 de abril de 2026

El mejor disco de Michael Tilson Thomas

Tenía previsto entre hoy y mañana terminar una comparativa discográfica de la Italiana de Mendelssohn, pero después de un fallecimiento en la familia –una de mis tías– y pasar la tarde en el tanatorio no me apetece escuchar esa maravillosa música, así que dejaré la tarea para más adelante. Sí que quiero decir algo sobre Michael Tilson Thomas, que nos acaba de dejar después de que tan solo hace unas semanas su marido abandonara este mundo. Valgan las siguientes líneas extraídas de mi inconcluso libro sobre directores de orquesta –líneas que a su vez reelaboran lo escrito en la siguiente entrada– para rendir homenaje al maestro.



Las mayores dudas que hemos tenido a la hora de escoger un disco por director las hemos tenido en el caso de este maestro nacido en Los Ángeles. Sensacionales son sus recreaciones de La mer y los Nocturnos de Debussy. Espléndidos sus discos dedicados a Charles Ives. De muy alto nivel su Stravinsky, de manera particular La consagración de la Primavera. Acertadísima su larga selección de Romeo y Julieta de Prokofiev. De referencia la Quinta sinfonía de Shostakovich. Una revelación la Tercera sinfonía de Aaron Copland: ¡qué manera de descubrirnos esta música! Soberbio el compacto que dedicó a Villa-Lobos. Y una delicia, por su fuerza y swing irresistibles, el musical On the TownUn día en Nueva York– de su maestro Leonard Bernstein.

El carácter ecléctico de sus hitos discográficos, centrados en el siglo XX sin que ello suponga exclusividad alguna, nos habla de un maestro que se mueve con absoluta comodidad en estilos y en ambientes expresivos muy distintos entre sí, así como de una técnica que tiene que ser de primerísimo nivel para salir airosa de la complejidad de todos los universos musicales citados. Los recreó con una sinceridad, una convicción y una capacidad comunicativa desbordantes, pero con bastante más autocontrol que el Bernstein juvenil y sin esa tendencia a enfatizar la brillantez sonora que acostumbramos a identificar con “lo norteamericano”.

Al final nos hemos decidido por el registro que hizo de la versión completa de El martirio de San Sebastián, de Claude Debussy. Primero, porque esta es una música absolutamente maravillosa que no muchos melómanos conocen: bellísima y evanescente, sensualísima y altamente espiritual al mismo tiempo –no es contradicción–, este “drama sacro” sobre textos de Gabriele d'Annunzio es la más perfecta traducción a la música de arte simbolista que se había extendido por Europa décadas atrás.

Segundo, porque en este registro de octubre de 1991 Tilson Thomas rozó el cielo, nunca mejor dicho. Con la absoluta complicidad de una orquesta a la que amó especialmente, la Sinfónica de Londres, así como de la ingeniería de sonido cortesía de Sony Classical, ofreció un Debussy de estilo absolutamente perfecto, en ese punto de equilibrio tan difícil de conseguir entre levedad y tensión sonora, entre claridad y atmósfera, dejando que la música fluya y respire con enorme holgura sin caer en el peligro de lo excesivamente estático y contemplativo. Sí que hay misterio, sugerencia y sentido de lo inquietante. También hedonismo, pero en el mejor sentido: el que le corresponde a una música que por sí misma, con independencia de cualquier circunstancia programática –en este caso, los cargantes textos de d'Annunzio–, está pensada para activar al cien por cien los sentidos, que no necesariamente la “emoción”. La soprano Sylvia McNair, a veces algo cursi, se mueve aquí como pez en el agua.

Hay una tercera razón por las que recomendamos especialmente este disco: las intervenciones de Leslie Caron. Sí, la protagonista de las películas Lilí y Gigí. Su recitado en francés resulta una experiencia embriagadora.

lunes, 11 de agosto de 2025

En la muerte de Pedro González Mira

Cuando a las ocho de la tarde del sábado 9 salí del concierto de Daniel Barenboim y la WEDO en Bremen le envié varios mensajes de WhatsApp. Yo sabía que él nunca fue partidario de semejante tipo de explosiones de júbilo (“esa vieja historia de que la última interpretación es la mejor de todas me la sé perfectamente”, me espetó una vez). Sin embargo, por una parte sentía enormes ganas de contarle lo recién escuchado a quien tanto me había ayudado a apreciar el arte de la interpretación musical. Por otra, pensé ingenuamente que a quien arrastraba una dolorosa enfermedad desde hace tiempo –cuatro años atrás me confesaba que le habían dado cinco de vida, y que ya entonces los había consumido– le podría venir bien saber que un señor nacido en Buenos Aires y con aspecto físico seriamente desmejorado había sido capaz de dirigir, además de un enorme Mendelssohn, la Sinfonía Heroica más hermosa, humanística y emotiva jamás escuchada; la de más mórbido empaste, la de flexibilidad más lógica y sutil, la mejor cantada en sus melodías, la más rústica y valiente (¡qué trompas!) en el Trío del Scherzo, la capaz de ir más lejos en carácter visionario sin hacer por ello una interpretación “romántica”, sino manteniéndose estrictamente dentro del más depurado clasicismo… Los mensajes no fueron leídos. Debe de estar más chungo, pensé. A la mañana siguiente me enteré de que Pedro González Mira había fallecido.

Nunca tuve una relación intensa con él –ni siquiera llegué a conocer a su esposa–, pero sí que tuvimos apasionadas conversaciones telefónicas a lo largo de estos últimos veinticinco años; a veces extremadamente breves, a veces muy largas. Nos parecíamos mucho en determinadas cosas. En los gustos musicales, por ejemplo. También en padecer enormes despistes. Y en el temperamento, muy combativo al tiempo que con una importante dosis de introversión. Detestaba adular o que le adularan. Le importaba poquísimo quedar bien, y era capaz de soltarte en la cara lo que realmente pensaba sin importarle un pimiento tu reacción. Ahora recuerdo cuando en Valencia tuve que comprarme una camisa de manera improvisada, en cuanto me vio me dijo que me quedaba horrible, que se me notaba en exceso el barrigón y que tenía pésimo gusto vistiendo. Todo era verdad, por supuesto. Tampoco yo me callaba la boca. Recuerdo que una vez le eché en cara que no había sido sincero en sus críticas positivas del lamentable ciclo Beethoven de Abbado con Berlín y de la Sexta del mismo autor por Carlos Kleiber. Me reconoció lo referente a lo primero, no así lo de la polémica Pastoral: es una enorme versión, me terminó diciendo. Tendré que volver a escucharla. Se lo debo.

Algunos le acusan de aplaudir acríticamente todo lo que hacía Barenboim. Falso: en nuestras conversaciones a veces ponía seriamente en entredicho determinadas posturas del músico porteño. Sí que es cierto que fue uno de sus grandes defensores en España en unos momentos en los que otros críticos –todos ellos por entonces jóvenes, pero ya muy relevantes– se mostraron incapaces de reconocer el talento del maestro aferrándose a aquello, bochornosamente escrito en las páginas de Scherzo, de “correcto pianista metido a director" (sic). Y sin duda fueron Ángel Carrascosa y él quienes iniciaron toda una línea de crítica musical que fue pronto contestada por otra, radicalmente opuesta en casi todo, abierta por Arturo Reverter y Enrique Pérez Adrián. Líneas ambas que van mucho más allá del “Barenboim sí/Barenboim no”, como también del “cantantes de ahora/cantantes del pasado”, dicho sea de paso.

Como ya dije cuando tuve la oportunidad de reseñar su novela autobiográfica, Pedro ha sido el crítico que más me ha influido de todos. Pero mucho ojo, no tanto en lo que se refiere a “revelarme” cuáles son los grandes artistas y cuáles no, los mejores discos y los peores, sino en algo bien distinto: en la necesidad de estar continuamente discutiendo con uno mismo y con los demás todas las ideas, especialmente aquellas que vienen preconcebidas. Le encantaba llevar la contraria. ¡Y llevársela a sí mismo! Lo hacía en sus textos, y lo hacía también en las conversaciones de tú a tú, en estas últimas –lógicamente– con mayor vehemencia y sin pelos en la lengua. Aprendí mucho leyéndole, y más todavía conversando con él, porque no era de los de “tal versión es un poquito mejor que esta y mucho mejor que aquella otra, pero no tanto como esa que todos sabemos”, sino de los de “¿y si la cosa es distinta a lo que tú piensas?”. González Mira era el antidogmático por excelencia. O sea, todo lo contrario de la inmensa mayoría de los críticos musicales.

Tuve la suerte de que prologara mi libro sobre Daniel Barenboim. No estaba seguro de que fuera a aceptar la invitación, porque las cosas no habían quedado del todo bien entre él y yo después de mi marcha de Ritmo. Pero escribió. Y lo hizo a su manera particular, relatando cómo se inició en esto de la música. Yo sabía lo que en realidad era ese prólogo, y no podía sentirme más honrado: era su testamento. Pedro se estaba despidiendo, pero eso solo lo sabíamos los pocos que estábamos al tanto de su enfermedad. El crítico Javier del Olivo vapuleó el citado libro en Platea Magazine precisamente por eso, porque en algunas pocas –muy pocas– páginas tanto el prologuista como yo hablábamos de nosotros mismos. Me hubiera gustado decirle “mire usted, señor Del Olivo, si esta persona nos cuenta todo eso es porque se está muriendo y, por una vez, quiere compartir sus experiencias de juventud con otros melómanos”, pero por razones obvias no podía hacerlo.

Por entonces tuve una idea loca que no se llegó a materializar: publicar una selección con las más interesantes críticas a lo largo de su trayectoria. Tenía editor plenamente dispuesto, y a Pedro le hizo mucha ilusión, pero topé con un problema: no había conservado copia digital de casi nada. Había que extraer de cada una de las páginas de Ritmo ya previamente escaneadas en su web. Compré el mejor programa de OCR posible y empecé con la labor, pero al cabo de algunas semanas tuve que dejarlo: el escaneo que se había hecho era defectuoso, las columnas se mezclaban unas con otras, y tras el reconocimiento de texto había que realizar una extremadamente minuciosa labor de corrección. Tengo por ahí un documento con montones de críticas ya transcritas y corregidas, pero me temo que nunca serán editadas en formato físico. Una pena.

Más recientemente, y habiéndole concedido la naturaleza una importante prórroga sobre esos cinco años inicialmente previstos, Pedro decidió retomar la idea del prólogo del libro de Barenboim y convertirla en presunta novela, en realidad mitad autobiografía y mitad reflexión sobre el valor –quizá el nulo valor– de la crítica musical. Aquí hablé de ella, pero me arrepiento muchísimo de no haberle enviado a tiempo el cuestionario de preguntas que le prometí. ¡Cuántas cosas interesantes podría haber añadido! È tardi.

Ah, la música de Brahms que he puesto es exactamente la que él pedía para su entierro en El poder de la música. Gracias, Pedro, por hacernos pensar.

viernes, 27 de junio de 2025

Adiós a Lalo Schifrin

Decimos adiós, a sus nada menos que 93 años, a Lalo Schifrin. Estudió con Enrique Barenboim sí, el padre de Daniel– en su Buenos Aires natal, pero pronto se decantó por el jazz. Un vistazo a la Wikipedia nos permite comprobar que por su juventud pasaron nombres como los de Quincy Jones, Astor Piazzola y Xavier Cugat. Intercambié brevísimas palabras con él hace muchos años en Valencia, a raíz de unos encuentros de música de cine y de un concierto que protagonizó él a la batuta y al piano. Parecía un hombre simpático y nada presuntuoso.


Lo que más se aplaudió en aquel concierto fue su sintonía para Misión Imposible, sin duda su música más recordada, pero en mi caso le guardo un especialísimo cariño a lo que hizo para una serie de televisión de los años ochenta llamada Anno Domini. Descanse en paz.

jueves, 16 de enero de 2025

Adiós a David Lynch

Se nos ha ido un enorme artista. Con sus ticks, manías y pretenciosidades, ciertamente, David Lynch ha sido uno de los grandes creadores de cine y televisión de las últimas décadas. Podía haber puesto en su homenaje cualquiera de las músicas escritas para él por Angelo Badalamenti, pero prefiero escoger una escrita por el propio Lynch: "The Pink Room", de esa tremenda e infravalorada obra maestra que es Fire Walk With Me. Descanse en paz.

Bueno, vale, pongamos también el tema principal de la cinta escrito por Badalamenti. Bien que lo merece: es una auténtica maravilla.


domingo, 7 de mayo de 2023

Pressler

Ayer fallecíó Menahem Pressler. Tuve la oportunidad de pedirle un autógrafo en enero de 2000, cuando visitó el Villamarta con el que era "su" trío, el Beaux Arts. Imaginen ustedes cómo se me cayó la baba cuando me refirió que mis notas al programa le habían gustado mucho. Por supuesto que lo diría para halagar, que a lo mejor no se las había ni leído; pero ya me dirán ustedes qué necesidad tenía un mito de la interpretación musical de quedar bien ante un joven melómano de provincias. Lo diré de otra maneras: lejos de mirar a la gente por encima del hombro, a este señor le gustaba hacer felices a las personas. Y eso dice mucho de su interior. Descanse en paz.



sábado, 14 de mayo de 2022

Berganza: no llegué a tiempo

Vi dos veces a Teresa Berganza sobre la escena. La primera fue en la Carmen del Teatro de la Maestranza durante la Expo '92. Fue triste, porque desde mi asiento en el paraíso no se la escuchaba. Las críticas fiables que llegaban de las funciones inmediatamente anteriores en el Teatro de la Zarzuela confirmaban mi apreciación, pero ella se defendió con una desafortunadísima carta abierta acusando a los "fans histéricos" (sic) y a no sé cuántas circunstancias más. No estaba dispuesta a reconocer que sus días de gloria habían acabado.

Años más tarde la tuvimos aquí en el Villamarta. Me aseguré de colocarme cerca del escenario y disfruté mucho de su arte, que no de su voz, en un repertorio a base de Monteverdi y compañía bajo la dirección de Álvaro Marías. Ya está. Luego siguió ofreciendo recitales que recibían críticas extremadamente laudatorias por parte de los críticos que la noche del evento se había ido a cenar con ella, pero para mí estaba claro que las cosas no podían ser como antes. Nunca pude escuchar "de verdad" a esa gran, grandísima artista que fue Teresa Berganza. Descanse en paz.

sábado, 20 de marzo de 2021

Adiós a García Abril

El coronavirus se ha llevado a Antón García Abril (Teruel, 1933). Como músico tenía insuficiencias, incluso defectos más o menos evidentes, pero una parte de él quedará siempre en mi corazón de melómano. Y no solo por pura nostalgia, por haber sido responsable de sintonías de televisión y partituras cinematográficas que formaron parte de mi infancia y juventud. También porque fue defensor de la melodía en unos momentos en que hacerlo estaba mal visto en ámbitos que presumían de selectos, de comprometidos y de no sé cuántas cosas más. Y porque lo hizo precisamente regalándonos melodías, muchas melodías, bellísimas e inolvidables melodías de exquisito gusto y enorme vuelo poético.

Mención aparte merecen sus arreglos de marchas procesionales para la película Semana Santa producida en 1992 por Juan Lebrón, grabada con la mismísima London Philharmonic. Hubo en ellos aciertos y desaciertos, momentos sublimes y momentos desafortunados, pero ese disco sirvió para poner en valor unas músicas, las escritas para pasos de palio, que con frecuencia poseen unos valores que las hacen merecedoras de mayor aprecio. Aquel trabajo marcó, sencillamente, un antes y un después en nuestra manera de mirar ese repertorio. Descanse en paz el maestro García Abril.

jueves, 18 de marzo de 2021

Se fue Levine

Un amigo me pide que escriba sobre James Levine, el maestro norteamericano cuyo fallecimiento se acaba de conocer. Me da pereza, porque nunca me gustó su arte. Creo que fue un director de considerable mediocridad. Es posible que sea verdad eso que dicen, que era extraordinario a la hora de acompañar a los cantantes. Pero como director de orquesta era, en mi opinión, un maestro muy vulgar. A medio camino entre el insufrible Leopold Stokowski y el no menos lamentable Valery Gergiev, Levine se caracterizaba por la búsqueda del espectáculo a toda costa. Espectáculo en el peor de los sentidos.

Ciertamente tenía un enorme instinto teatral, un sentido del color muy desarrollado y una gran capacidad para hacer rugir a la orquesta, pero esas virtudes no las usaba de la misma manera que, por poner dos ejemplos de batutas instaladas en Estados Unidos, un Reiner o un Solti, esos sí grandísimos directores. Su intención era epatar al público de gustos menos cultivados, ese mismo que acude a los grandes eventos más para presumir que para otra cosa. Ese que, cuando le sobraba el dinero, él iba a seducir para convertirlo en mecenas del Met. He ahí la clave de su éxito: desplegar cañonazos orquestales y cursilería en grandes dosis para que los burgueses que costeaban los enormes gastos –y salarios, entre ellos el suyo propio– del Metropolitan no solo no se aburriesen, sino que además saliesen con la convicción de haber escuchado algo importante. Si a ello sumamos su capacidad para convocar –talonario en mano– a los mejores cantantes del mundo y su escaso interés por poner coto a las producciones rancias y acartonadas que les gustaba a esa presumida burguesía –cuando se atrevió a hacer el Tristán de Dieter Dorn se le echaron encima–, llegamos al resultado que todos conocemos.

Su prestigio en EEUU y sus buenas relaciones le llevaron en los años ochenta y noventa a grabar de todo con algunas de las mejores orquestas del orbe. ¿Cuántos discos realmente importantes salieron de esas colaboraciones? Poquísimos. El de Gershwin en Chicago, ciertas cosas de la Segunda Escuela de Viena y no sé si alguno más. En los años setenta sí que había dejado algunos testimonios significativos, al menos en ciertos títulos de ópera y en Gustav Mahler. Pero luego fue tomando atajos para triunfar de la manera más fácil. De sus titularidades en Múnich y Boston, mejor ni hablar. ¿Cuestiones de estilo? Qué más da. ¿Indagación a ver qué hay detrás de las notas? Ni soñarlo, no hagamos que el público tenga que realizar algún esfuerzo mental. ¿Tratamiento clarificador y refinado de la masa orquestal? No perdamos el tiempo, lo importante es que todo suene fuerte y vistoso. Hay algo que sí me gusta muchísimo de su batuta: un enorme sentido del humor. Es justo por eso por lo que considero El Barbero de Sevilla y Falstaff dos de sus mayores logros operísticos.

Bueno, ¿y “lo otro”? Eso se lo dejo a la justicia y a los buitres carroñeros con forma de periodista musical.

domingo, 1 de diciembre de 2019

Adiós a Jansons

Finalmente hemos perdido a Mariss Jansons. Más de dos décadas se ha llevado luchando contra sus problemas de corazón, demostrando una enorme fortaleza de la que ha sabido servirse para seguir dedicándose a lo que más le gustaba, hacer música, en todo momento con las más grandes orquestas y los más reputados solistas. Desde siempre los testimonios dejaron constancia de que se trataba de una gran persona, o al menos de un artista educado, afectuoso y muy alejado del prototipo del "maestro iracundo" que tan ridículo prestigio parece seguir teniendo para algunas mentes. No, nada tiene que ver el chillarle mucho a los músicos y tener arrebatos de cólera con la excelencia artística. Aunque habría que recordar también que la amabilidad, aunque contribuye a crear un buen clima de entendimiento, tampoco garantiza grandes resultados.

En este sentido, y sin cuestionar una técnica de batuta a todas luces excelsa, discrepo abiertamente con los que han visto en él a un enorme artista. En su obituario para El País, Pablo L. Rodríguez afirma que "Su secreto artístico residía en una personal aleación de la influencia rusa de Yevgueni Mravinski y alemana de Herbert von Karajan, para quienes trabajó como asistente". Permítanme que, en mi ignorancia, no reconozca en modo alguno el influjo de estos dos maestros de tan poderosa personalidad. También dice que "su huella en el mundo sinfónico ha sido inmensa". Tampoco lo veo: una cosa es haber dirigido muchísimo y otra muy distinta haber dejado huella.


Sencillamente, porque Jansons no ha tenido ninguna huella que dejar. Si por algo se distinguía la batuta del letón es por su carácter neutro, por su apatía intelectual, por ver en las notas sonidos y nada más que sonidos. Alguien dirá que eso mismo es lo que hacía el gran Bernard Haitink, uno de sus antecesores en la Concertgebouw. Pues sí, pero con la diferencia de que el holandés, aun siempre objetivo y negándose a aportar una mirada personal, procuraba comprometerse a fondo en lo expresivo. A mí me parece que Jansons no lo hacía así. O al menos, que lo hacía solo en contadas ocasiones, con partituras con las que parecía tener una conexión muy especial.

Una de ellas fue la Sinfonía litúrgica de Arthur Honegger, una soberbia, escalofriante música que grabó con excelentes resultados para EMI en 1993 al frente de su Filarmónica de Oslo y que repitió en 2004 frente a la citada Concertgebouw. La propia orquesta editó el resultado en un SACD sobre el que ya dije algo por aquí. Hoy he descubierto que hay vídeo disponible en YouTube. Lo he visto y he vuelto a quedar conmocionado. Y no solo por la temperatura que alcanzan las partes más escarpadas y terroríficas de la obra, sino también por la profundísima belleza de sus secciones líricas. Este es, sin duda, el Mariss Jansons que quiero recordar. Descanse en paz.

domingo, 27 de enero de 2019

Adiós, Michel

Nunca he sido gran amante del jazz –aunque me gusta, por descontado– ni me he visto especialmente atraído por la chanson. Tampoco he sentido particular interés por la música de Michel Legrand. Pero hete aquí que ayer me dejó mal sabor de boca conocer el fallecimiento del compositor parisino. Decidí ver en su homenaje un blu-ray que tenía hace mucho tiempo aparcado, el del recital junto a Natalie Dessay filmado –con verdadera excelencia en la planificación visual– en los jardines de Versalles en el verano de 2014, cuando el artista contaba 82 años. Y quedé más tristre.


Porque el señor Legrand, aparte de un extraordinario maestro del jazz al piano –deliciosa la serie de imitaciones de grandes maestros que realiza en este recital–, es el autor de algunas de las canciones más bellas que se hayan compuesto. Canciones forman parte de nuestras vidas, independientemente de que hayamos visto o no las películas para las que muchas de ellas fueron compuestas o incluso de que sintamos interés por el citado género lírico: su enorme inspiración las ha hecho formar parte del imaginario popular del siglo XX.

Legran toca al piano de maravilla a su edad. Cantar, canta rematadamente mal, pero solo lo hace aquí dos veces. Dessay está estupenda, por las mismas razones que la yan llevado al olimpo de la clásica: no por su cualidades canoras sino por su capacidad por recrear con intensidad y sinceridad la expresión exacta que demanda cada frase. Su señor marido Laurent Nauri también está espléndido en sus apariciones sorpresa. Y los cuatro instrumentistas que se trae Legrand son sensacionales.

En fin, querido Michel, olvidaré de una vez por todas tu terrible banda sonora para Nunca digas nunca jamás y te recordaré como lo que a todas luces has sido: uno de los grandes músicos del siglo XX.

jueves, 5 de julio de 2018

Tristísima pérdida

Copio la fotografía y el texto que ha puesto en Facebook el Maestranza. Permítanme que me una al dolor de todos cuanto hemos frecuentado el teatro sevillano. Qué pérdida más triste.


"La familia del Teatro de la Maestranza se encuentra hoy de luto debido al fallecimiento de nuestra compañera Pilar Ruiz.

Durante más de 20 años tuvimos la gran suerte de poder disfrutar de esta sonrisa. Quedará para siempre en nuestros corazones.

Descansa en paz, Pilar."

jueves, 22 de febrero de 2018

¿Qué vamos a hacer sin él?

Eso es lo que exclamaba esta mañana mi amigo Ángel Carrascosa cuando le di la noticia del fallecimiento de Antonio Fraguas Forges. Y es que el madrileño no ha sido solo el mejor humorista gráfico español de los últimos cincuenta años –con permiso de El Roto, tan distinto y tan parecido a su paisano–, sino también un referente para todas las personas que seguimos considerándonos de izquierdas. Sus viñetas han sido una bocanada diaria de aire fresco que nos han permitido respirar en un ambiente cada día más viciado en el que la gran mayoría del país vota a la derecha –PP, Ciudadanos, Junts per Catalunya, PNV– y las redes sociales se llenan de insultos a todo lo que suene más o menos progre; cosa que no resulta difícil, ciertamente, si tenemos en cuenta la mezcla de estulticia y puritanismo que aqueja a buena parte del progresismo actual. Pero Forges siempre mantuvo la lucidez: pocas personas han luchado tan denodadamente desde una tribuna impresa para defender a la mujer, pocos tan feministas como Don Antonio, sin necesidad de caer en las estupideces que hoy tenemos que aguantar (lo de “machos y machas” siempre ha ido, obviamente, con esa mezcla de simpatía y cachondeo que le caracterizaban).


Forges, además de luchar por las cosas en la que creía –la mujer, la necesidad de romper fronteras– y de enfrentarse a quienes consideraba oportuno –la herencia franquista, la Iglesia Católica, los nacionalismos en general y el catalán en particular, el FMI, los liberales–, nos hacía reflexionar y unirnos a esa lucha. Y lo hacía sin acritud, sin necesidad de insultar ni de resultar virulento. Con una insólita capacidad para retratar nuestros aspectos más risibles manteniendo el respeto por las infinitas debilidades del ser humano. ¡Qué agudeza mostraba en esas hilarantes conversaciones matrimoniales! Por no hablar del “costumbrismo de alcoba” protagonizado por Concha y Mariano, o de las agridulces reflexiones de ese Blasillo con el que siempre se identificó.


Todo ello lo conseguía el maestro haciendo gala de un estilo visual personalísimo –nada sencillo: el autógrafo de aquí arriba tardó un buen rato en dibujármelo– y con una enorme creatividad en el uso del lenguaje, sin duda los dos puntos fuertes de su enorme arte. Hasta la prensa más reaccionaria reconoce hoy jueves semejante circunstancia. No es para menos.

Con el mismo talento que siempre, pero más necesario que nunca, Forges se nos ha ido a los setenta y seis años de edad víctima de un cáncer. Vayan desde aquí mis infinitas gracias a quien tanto ha aportado a mi vida, y a la de algunos (¡muchos, muchísimos!) más. A ver ahora qué hacemos sin él.

sábado, 3 de junio de 2017

Dos que se van: Belohlávek y Tate

Dos grandes maestros han muerto en días consecutivos: Jiri Belohlávek y Jeffrey Tate. Lo han hehco demasiado pronto, a los 71 y 74 años respectivamente. Al primero le recordaré un muy buen concierto Britten-Martinu y Prokofiev en los Proms, una memorable Quinta de Bruckner en Valencia y una gran Katia Kabanova en el Real. El ciclo Dvorák que estaba grabando para Decca lo conozco parcialmente y me parece espléndido. Se nos ha ido en el mejor momento de su carrera. ¡Qué lástima!



Al segundo le pude escuchar en directo al menos un par veces. Una hace ya muchísimos años con la English Chamber en Madrid. Me parece que en Maestranza también le vi. O quizá fuera en Valencia: me falla por la memoria. La última fue un Rosenkavalier en el Real que, a decir verdad, me pareció mediocremente dirigido. El maestro británico dejó grandes cosas en disco, sobre todo en el repertorio mozartiano, pero lo que más admiro de él es su actitud vital. Fue uno de los pocos maestros –junto con Raymond Leppard– que reconoció públicamente su homosexualidad en los años ochenta, una época en la que semejante circunstancia estaba aún muy mal vista entre los directores de orquesta. Pero fue más valiente aún en otro aspecto. Tate estaba aquejado de una enfermedad que le causaba una considerable deformidad en su cuerpo: andaba cojeando de manera muy marcada, siempre con bastón, y lucía una enorme joroba en su espalda. Jamás pareció importarle el qué dirán (y les juro que se decía: recuerdo comentarios alrededor de mi butaca en aquellos conciertos). Nunca sintió vergüenza ni tuvo miedo de subirse a un escenario. Bravo.

Descansen en paz dos grandes maestros y un hombre muy valiente.

miércoles, 8 de febrero de 2017

Arteaga

Solo escribo obituarios en este blog cuando el fallecimiento me afecta de manera especial. Es el caso: José Luis Pérez de Arteaga nos ha dejado con tan solo sesenta y seis años de edad. Mi faceta de melómano debe mucho a este señor. Él contribuyó de manera considerable, allá por la segunda mitad de los años ochenta, a desarrollar mi afición por la música de cine, tanto por algunos textos suyos que se incluían en la enciclopedia Los grandes temas de la música –que mi padre había coleccionado pacientemente y yo consultaba de vez en cuando– como por la costumbre que tenía de programar bandas sonoras en su ya mítico programa El mundo de la fonografía. Aún recuerdo cómo daba instrucciones de ordenar siguiendo la secuenciación de la película, y no la del disco, bandas sonoras como la de Las brujas de Eastwick, que a su vez yo grababa en casete y escuchaba una y otra vez. Fue precisamente esa –todavía hoy, magnífica– obra de John Williams uno de los primeros vinilos que compré en mi vida. También gracias a él escuché por primera vez El imperio del Sol o El último emperador, por ejemplo. Como ya pueden imaginar, de ahí a interesarme por el resto del programa y empezar a aprender –al mismo tiempo que devoraba ejemplares de la revista Ritmo– sobre grandes figuras de la interpretación musical solo había un paso.


Fueron sus escritos –junto con una modélica comparativa de mi querido amigo Ángel Carrascosa sobre la Octava sinfonía– los que asimismo despertaron muy pocos años más tarde uno de mis grandes amores musicales: Dmitri Shostakovich. Fue Arteaga quien me reveló, entre otras muchas cosas sobre el autor, qué es lo que realmente había detrás de la fantasmagórica Decimoquinta sinfonía, una música que lleva años obsesionándome. Y fue él también que me descubrió –lamento decir que Ritmo andaba despistada al respecto– que no fue sino Gennady Rozhdestvensky quien realmente ofrecía (¡y no Haitink, señores míos!) un Shostakovich verdaderamente rebelde, contestatario y desafiante con respecto a las interpretaciones más o menos oficiales, más o menos domesticadas. En Mahler, sin embargo, Arteaga nunca me dijo gran cosa: todavía soy incapaz de encontrar criterios claros a la hora de colocar estrellitas en la completísima discografía que incluye en su monumental monografía sobre el autor de La Canción de la Tierra.

Nunca tuve la oportunidad de conocerle personalmente. Le vi muy poco en persona, casi siempre de lejos. La excepción fue una conferencia que dio aquí en Jerez de la Frontera, en la que tuve la única oportunidad de escucharle en vivo. Por desgracia los organizadores, con el recientemente fallecido José Luis de la Rosa a la cabeza, no solo no tuvieron la deferencia de presentármelo sino que se cuidaron de que me mantuviera a distancia. Aquello me dolió bastante: me hubiera encantado acercarme y decirle lo mucho que había aportado a mi vida musical.

¿Lo peor de todo? Los melómanos nos quedamos sin el gran trabajo que nos debía: un libro sobre Shostakovich que a buen seguro se hubiera convertido en verdadera referencia. Descanse en paz.

martes, 27 de diciembre de 2016

Se fue Carrie Fisher

Con la muerte de Carrie Fisher se nos va una parte de nuestra infancia. O de la adolescencia, para los que son un poco más mayores. A mí me ha dolido más su fallecimiento que el de algunos músicos famosos, y por eso dejo aquí esta música. La única posible.


sábado, 23 de julio de 2016

Una triste historia

Me daba ayer Ángel Carrascosa la noticia del fallecimiento del crítico musical jerezano José Luis de la Rosa Retamero, corresponsal durante largo tiempo de la revista Ritmo y colaborador semanal en Diario de Jerez (obituario). Tenía tan solo cincuenta y nueve años de edad.



Conocí a José Luis hace ahora dos décadas justas. Fuimos amigos cordiales durante bastante tiempo. Nos parecíamos muy poco en lo personal, pero compartíamos un temperamento inflamable y la pasión por la música clásica en general, y por Beethoven –y su mejor intérprete, Barenboim– en particular. También compartíamos el vicio de acumular discos y más discos en las estanterías.

Poco a poco, y con el Teatro Villlamarta como decisivo trasfondo, la relación se fue deteriorando seriamente. Al final la situación estalló y nos convertimos en enemigos irreconciliables. No tiene sentido ahora entrar en los porqués. Simplemente diré que la noticia me ha dejado muy triste. Descanse en paz.

domingo, 6 de marzo de 2016

De luto

Sí, ya sé que ha muerto Nikolaus Harnoncourt. Y créanme que, a pesar de lo que escribí sobre su último disco, lo lamento mucho, porque era un señor que dijo e hizo cosas muy importantes en torno a la interpretación musical: se compartan o no sus maneras, se soporten o no sus provocaciones, la historia de la música en el siglo XX hubiera sido muy distinta sin él. Pero a mí me ha dolido más la noticia –también hoy mismo– del fallecimiento, a sus setenta y nueve años, de Joaquín Yarza Luaces, sencillamente uno de los más grandes historiadores del arte de los últimos tiempos, y un investigador excepcional sobre la Edad Media y, muy en especial, el mundo de la iconografía.


Llegué a conocerle personalmente hace muchos años, pues cuando era estudiante una compañera y yo le invitamos a dar una conferencia en nuestra facultad; también le pude escuchar en más de un curso de verano y en algún congreso. Mi trato con él fue muy puntual, pero lo suficiente para intuir a una persona sumamente amable y alejada de divismos. Sabio modesto, pero sabio. Lo cierto es que sus escritos y conferencias me supusieron un aliciente para dedicarme a lo que me dedico en los ratos libres, esto es, a investigar –dentro de mis obvias limitaciones– en el mundo del arte medieval. Recuerdo que me dijo que le gustaba mucho escuchar música barroca, "a ser posible con instrumentos originales". Pues dediquemos a su memoria este vídeo dirigido, faltaría más, por Harnoncourt.

 

sábado, 22 de agosto de 2015

Adiós a Daniel Rabinovich

Anoche mismo soñé con su fallecimiento. Esta tarde nos ha llegado la noticia: Daniel Rabinovich ha muerto. No creo en las dotes premonitorias, así que se trata de pura casualidad. O quizá no tanto, porque hace algún tiempo que me llevaba temiendo lo peor, a tenor del silencio que el resto de los integrantes de Les Luthiers mantenían con respecto al estado de salud de su compañero, que venía cancelando sus actuaciones durante los últimos meses, y sobre todo por el hecho de que en la fotografía promocional de su nueva gira latinoamericana aparecieran fotografiados sus reemplazantes en lugar de él.

Problemas cardíacos, al parecer. Da lo mismo: con tan solo 71 años de edad, Daniel Rabinovich abandona este mundo. Nos quedamos sin un humorista excepcional y excelente músico. Y un melómano de los de verdad, añadiría yo, que tuve la oportunidad de verle hace años entre el público del Teatro Villamarta, en compañía del también luthier Jorge Maronna, disfrutando del mítico Cuarteto Melos.

He sido entusiasta del grupo argentino desde principios de los ochenta –tendría yo diez o doce años-, cuando mi padre nos ponía en el coche la casete de Mastropiero que nunca. Desde entonces Les Luthiers me han acompañado toda mi vida: además de conocerme todos sus vídeos, he tenido la oportunidad de disfrutarles en directo en repetidas ocasiones, cuatro de ellas en Sevilla, dos en Jerez –la última el pasado octubre, aún con Rabinovich–, una en Granada y cuatro o cinco más en Madrid. Ya pueden imaginar lo que me ha entristecido su desaparición. Quizá tengamos aún la oportunidad de verles en el futuro, pero sin Daniel ya no será en modo alguno lo mismo. Descanse en paz.

Y ahora, a esperar que no tarden mucho en editar comercialmente su última filmación junto a Les Luthiers: La historia del soldado y el Carnaval de los animales con Daniel Barenboim, Marta Argerich y un puñado de músicos de la West-Eastern Divan. Casualidades.

lunes, 15 de abril de 2013

Sir Colin, un caballero

No suelo escribir obituarios en este blog, pero en el caso de Sir Colin Davis voy a hacer una excepción. No por la admiración enorme que me suscita el arte de quien sin duda ha sido una de las más grandes batutas de los últimos cincuenta años, a la que pude escuchar en directo un par de veces en Londres (enlace) y otras tantas en Granada, sino por algo más personal: de los muchos músicos a los que he tenido la oportunidad de acercarme para pedir autógrafos, este ha sido uno de los que "mejores vibraciones" me ha transmitido en lo personal. Educado, cordial, elegantísimo, atento, todo un caballero.



Sé que parece una tontería, pero hay mucho de todo ello en sus sensacionales interpretaciones de Haendel, de Haydn, de Schubert, de Sibelius, de Britten y -gran especialidad de la casa- de Berlioz. Significativamente, su último disco ha sido el Réquiem del autor francés al frente de la Sinfónica de Londres. Quede aquí un fragmento del concierto celebrado el pasado junio en la Catedral de St. Paul en que se realizó la grabación, donde pueden ver cómo el maestro tuvo ya que resignarse a dirigir sentado. Descanse en paz.


jueves, 3 de diciembre de 2009

Adiós a Sutej

La leucemia se acaba de llevar, con tan solo cincuenta y ocho años, al maestro Vjekoslav Sutej, en gran medida el "creador" de la Sinfónica de Sevilla, toda vez que fue él el encargado de seleccionar a la plantilla de la formación hispalense allá por 1990. Por aquellas fechas declaró a la revista Ritmo que las administraciones públicas le habían pedido una orquesta de alto nivel y que él se había esforzado para satisfacer la demanda. Lo consiguió: desde el primer momento, y pese a los diversos baches que ha vivido a lo largo de su trayectoria, la ROSS ha estado entre las cuatro o cinco mejores formaciones sinfónicas del estado español. Sutej supo escoger los mejores mimbres entre los pocos que había por entonces disponibles en España (no teníamos músicos malos, insistió en la referida entrevista, sino escasos en número). También supo "cazar" a un montón de instrumentistas del Este sobrados de talento pero no tanto de seguridad laboral: recordemos que se vivían los convulsos años de la caída del comunismo.


Como estuve viviendo en Sevilla hasta 1993 -y luego seguí acudiendo allí regularmente-, le pude escuchar a Sutej casi todos los programas que dirigió. Fue con él con quien descubrí, creo que en estupendas condiciones, dos de mis obras favoritas: la Sinfonía nº 7 de Prokofiev y el Romeo y Julieta del mismo autor. También le recuerdo notables interpretaciones de Petrushka, La consagración de la Primavera y la Sinfonía de los salmos, en las que mostró un excelente sentido del ritmo y una gran sensibilidad para la tímbrica incisiva. En otros repertorios se mostraba más irregular, y me parece recordar que en el Clasicismo y primer Romanticismo resbalaba de manera considerable, si bien trabajó poco ese terreno.

Sutej inauguró el Maestranza antes de que comenzara la Expo'92, con su Sinfónica y el llorado Rafael Orozco. Ya a mediados de los noventa allí se le escucharon, si la memoria no me falla, una Bohème y una Butterfly, que en su momento nos dejaron buen sabor de boca. En 1996 el maestro se marchó de Sevilla en busca de un futuro en la ópera, siendo recordado por su participación en las cuatro primeras ediciones de aquellos terroríficos Christmas in Viena organizados por Plácido Domingo. Últimamente ha sido director de la Filarmónica de Zagreb.

No hace muchos años el maestro croata tenía que haber vuelto para un programa de abono de la ROSS, precisamente con la Séptima de Prokofiev, pero canceló por otro compromiso que, según se dijo, le parecía más interesante. No lo recordaremos por eso, sino por lo mucho bueno que hizo por la música en Sevilla en aquellos heroicos años. Descanse en paz.

Sensacional debut discográfico de Lahav Shani y Múnich

En 2019 quedé hondamente impresionado por el Pelleas und Melisande de Schönberg que vi en un video, actualmente no disponible, en el que en...