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viernes, 12 de junio de 2026

Concierto para piano nº 2 de Chopin: discografía comparada

Como usted probablemente sabrá, el Concierto para piano nº 2 de Chopin fue en realidad el primero de los que escribió. Lo estrenó él mismo en marzo de 1830, cuando contaba tan solo veinte años. La bisoñez está ahí. También su escaso dominio del material orquestal. No es una obra maestra, pero sí una música bellísima en la que el piano recibe todo el protagonismo al tiempo que tiene que ser capaz de extraer toda la poesía que esconde entre las notas, de manera particular en un segundo movimiento que esconde verdadera pasión romántica en la que el anhelo y el dolor se mezclan irremisiblemente.

Como siempre, es necesario recordar que los puntos del uno al diez no tienen mayor significación: no es más que un juego. Lo relevante es descubrir qué es lo que puede descubrirnos sobre la partitura cada uno de los artistas congregados.

Son sus movimientos:

1. Maestoso
2. Larghetto
3. Allegro vivace


1. Rubinstein. Barbirolli/Sinfónica de Londres (EMI, 1931). Una auténtica experiencia viajar en el tiempo –soberbia la restauración sonora de 2020- y escuchar a un Rubinstein de cuarenta y cuatro años tocando esta obra con un fraseo de una intensidad y una flexibilidad extremas, verdadero fuego hiperromántico mezclado con esa particular elegancia que caracterizaba al arte del maestro polaco, pero no (¡ay!) sujeto al autocontrol, a la lógica de la arquitectura o a la sensatez. Ni siquiera a la musicalidad: aunque encontramos aquí y allá pasajes resueltos con la maestría que anuncian al genio, globalmente el artista fracasa al dejarse llevar por el temperamento e incurrir con frecuencia en la precipitación, en el nerviosismo e incluso en el exhibicionismo de cara a la galería. También el joven Barbirolli dista de convencer: su dirección es enérgica pero poco sensible, amén de escasamente depurada en el trazo, cuando no chapucera. (6)


2. Arrau. Jochum/Sinfónica de la RIAS de Berlín (Reference Recording, 1954). Andaba don Claudio cerca de cumplir los cincuenta y uno cuando ofreció este concierto recogido de manera discreta en toma radiofónica. Aún tendría que madurar más, darle una vuelta adicional de tuerca a las cosas, pero era ya un grandísimo chopiniano –sencillamente, nunca lo ha habido mejor que él– dotado de una técnica de esas “que no se notan”, una perfecta mezcla de apasionamiento y poesía, cantabilidad suprema y un insuperable dominio del estilo: el rubato chopiniano, la manera de jugar con la agógica en general, es de no dar crédito. Jochum dirige con exceso de empuje el primer movimiento y francamente bien en el resto. (9)


3. Ashkenazy. Gorzynski/Filarmónica Nacional de Varsovia (Decca, 1955). En la portada del vinilo original se presentaba a Ashkenazy como segundo premio de la quinta edición del Concurso Chopin. Toca de manera admirable, desde luego, y ofrece no pocos aciertos expresivos, pero interpretar, lo que se dice interpretar, lo hace de manera irregular: con prisas y escaso en poesía un primer movimiento tan solo aceptable, muy bien el segundo y francamente mal un tercero mecánico y dicho de cara a la galería. La dirección de Zdzislaw Gorzynski, buena sin más, destaca por su vehemencia. Por cierto, hay cortes en la partitura. Discreta toma en falso estéreo. (6)


4. Haskil. Markevitch/Orquesta de Conciertos Lamoureux (Philips, 1960). La orquesta toma un protagonismo que no le corresponde merced a una personalísima dirección de Igor Markevitch, por momentos genial –tremenda inmediatez dramática de la sección central del Larghetto– Zdzislaw Gorzynski, de vez en cuando violenta, incluso desencajada, electrizante siempre, pero a la postre poco adecuada al incurrir en la precipitación y no dejar que la música vuele. La pobre Clara Haskil se deja contagiar y ofrece una recreación más extrovertida que sensual en la que su fraseo, a pesar de ser elegante, cae más de una vez en lo cuadriculado. (7)



5. Ashkenazy. Zinman/Sinfónica de Londres (Decca, 1965). Segunda, y por desgracia última, oportunidad de Ashkenazy de dejar testimonio grabado en estudio de su visión de esta obra. Injusto. Está muchísimo mejor que diez años atrás, mucho más controlado, consigue un mucho más satisfactorio equilibrio entre pasión y poesía, matiza con más riqueza, pero aún no da la talla del enorme chopiniano que será más adelante. El tercer movimiento, la verdad, está dicho muy de cara a la galería. Parte de la culpa recae en la dirección de David Zinman, vistosa pero vulgarota. Toma en el Kingsway Hall menos buena de lo esperable a cargo del gran Kenneth Wilkinson. (7)



6. Rubinstein. Ormandy/Orquesta de Philadelphia (RCA, 1968). Han pasado treinta y siete años desde su grabación con Barbirolli, ahí es nada. Este es otro Rubinstein, no ya distinto sino diametralmente opuesto al de antaño. Se fue el músico temperamental, arrebatado, falto de control y un tanto exhibicionista de entonces. Ahora tenemos a un maestro apolíneo, elegantísimo, señorial en el mejor de los sentidos, que sustituye la efervescencia por el equilibrio, la brillantez por la cantabilidad, el descontrol por la naturalidad, aportando además ese punto de elegancia viril que caracteriza su enorme arte. Podrán preferirse enfoques de mayores contrastes, pero el maestro hace música por los cuatro costados. Amplia y cálida, también un poco pesadota, la dirección de Eugene Ormandy. (8)



7. De Larrocha. Comissiona/Suisse Romande (Decca, 1970). Notable la pianista catalana, natural y muy flexible en un fraseo lleno de acentos sensibles, galantes pero también con salero, a veces con admirables hallazgos. Y no siempre en una línea sensual y perfumada, que es la que predomina, porque también sabe ofrecer pasión y toques dramáticos. Lástima que en el tercer movimiento haya pasajes en exceso virtuosísticos y que, en general, necesite un poco más de sabor chopiniano. Batuta enérgica, extrovertida, de gran inmediatez comunicativa pero algo tosca, con altibajos, contrastando su carácter musculado con la línea más noble y femenina de la solista. Orquesta con fagot no muy allá y metales algo pobres. La remasterización de HDTT no convence. (7)



8. Arrau. Inbal/Filarmónica de Londres (Philips, 1970). El chileno vuelve a dejar clara su absoluta sintonía con Chopin. Sabe ser lírico, elegante, íntimo y sincero a más no poder, pero encuentra también momentos para la pasión romántica perfectamente controlada. En cualquier caso, hay algún pasaje al que aún le podría sacar todavía mayor partido. Inbal dirige con energía, con ganas y con buen trazo, pero de manera algo expeditiva, algo cuadriculado y sin finura de trazo. (9) 

9. Rubinstein. Previn/Sinfónica de Londres (DVD DG y Stage+, 1975). Siete años desde el registro con Ormandy. Ochenta y ocho (¡qué barbaridad!) tiene ya Rubinstein. Toca de manera aceptable, algo mermado de dedos. La musicalidad excelsa sigue ahí, pero se nota cierta pérdida de concentración. ¿Se ha vuelto otoñal? En absoluto, aunque vamos a reconocer que al primer movimiento le faltan la tensión interna que esta música necesita. El resto, Chopin de muchísima altura. André Previn pone el colchón adecuado al maestro con tempi amplios, fraseo de gran cantabilidad, tensiones bien organizadas –mucho mejor en este sentido que Ormandy– y tanta atención a la globalidad como al detalle. La plataforma Stage+ recorta la filmación al formato 16:9. (8)



10. Argerich. Rostropovich/Nacional de Washington (DG, 1978). El maestro plantea una introducción más lírica que dramática, dando paso a una Argerich de fulgurante virtuosismo, pero eminentemente felina e innecesariamente agresiva. Todo parece apuntar a una colisión de temperamentos, pero lo cierto es que poco a poco ambos caracteres van convergiendo. Cuando llega el Larghetto, los dos artistas dan lo mejor de sí mismo y destilan la música con una cantabilidad y una poesía infinitas dentro del mejor estilo chopiniano. El tercer movimiento está francamente bien, pese a la consabida tendencia de la solista a dejarse llevar por el nerviosismo. La toma sonora podría ser mejor, incluso escuchada en Blu-ray Audio. (8)



11. Zimerman. Giulini/Filarmónica de Los Ángeles (DG, 1979). Esta es una interpretación maravillosamente apolínea, elegantísima y de musicalidad exquisita, en la que sobresale un piano de digitación extremadamente limpia, rica pulsación, maravillosa cantabilidad y perfecta capacidad para emocionarse e incluso resultar lacerante cuando corresponde (¡qué Larghetto!) sin apartarse ni un pelo del equilibrio sonoro y expresivo por el que apuesta. Podrán preferirse interpretaciones más temperamentales y contrastadas, pero en su línea es de admirar. Giulini acompaña con enorme solidez y en perfecta sintonía expresiva con el solista, pero sin que la inspiración vuele por lo más alto. Procuren escuchar el reprocesado en alta definición. (9)



12. Pogorelich. Abbado/Sinfónica de Chicago (DG, 1983). El procedimiento del pianista es de una extrema pedantería: tiene que demostrar que él nos redescubre esta Op. 21 chopiniana, así que se dedica a cambiar todos los acentos sin ton ni son, sin la menor lógica expresiva, de tal modo que el fraseo resulta desarticulado, cuando no pretencioso o sumamente afectado –silencios eternos sin venir a cuento, pianísimos extremos solo por hacer bonito, etc.–, pero lejos de servir a la poesía que desprenden los pentagramas. Por si fuera poco, hay muchas frases en los que sustituye los excesos de imaginación por carreritas carentes de matices realizadas solo para demostrarle al personal que sus dedos son los más ágiles del planeta. Lo consigue, claro, pero a costa de que dichos pasajes suenan muy cuadriculados. Que Pogorelich toque de escándalo, que su gama dinámica sea asombrosa, que su paleta de colores parezca infinita o que haya, justo es reconocerlo, algunos momentos muy hermosos, sobre todo en el Larghetto, no justifican semejante cúmulo de despropósitos. Batuta un pelín más nerviosa de la cuenta, pero en conjunto muy fluida, vibrante, entusiasta y con admirables acentos dramáticos en el pasaje anhelante e interrogativo (¡genial Chopin!) del segundo movimiento. (6)



13. Perahia. Mehta/Filarmónica de Israel (Sony, 1989). Arranca vehemente el maestro indio, con ese músculo que tanto le gusta y un punto de contundencia. También con tendencia a un nerviosismo que le impide otorgar a la música la nobleza que necesita. Así las cosas, Perahia no termina de centrarse, y junto a un sonido muy bello, un fraseo suelto y muchos detalles de enorme clase, hay frases cuadriculadas y una cierta tendencia al virtuosismo superficial. Mejor el Larghetto, sobre todo en una sección central en la que los dos artistas despliegan vibrante garra dramática. El movimiento conclusivo comparte las virtudes e insuficiencias del primero. Grabación en vivo no muy allá. (7)




14. Pires. Previn/Royal Philharmonic (DG, 1992). Esta es la mejor Pires posible, la que hace gala de sus mejores virtudes sin caer en ninguno de sus defectos. La que sabe ofrecer un sonido de enorme belleza, asombrosa exactitud y pasmosa claridad, frasear aunando elegancia, delicadeza e imaginación –memorable cómo conjuga estos tres ingredientes en el arranque del último movimiento–, equilibrar todos los aspectos expresivos posibles de la pieza y, en definitiva, ofrecer la mejor de las lecturas posibles desde un enfoque mayormente apolíneo. Sí, apolíneo, pero sin resultar blanda, ni preciosista ni en exceso ensoñada, sino conservando un punto de sobriedad, distinción y carácter decidido, añadiendo además un suave toque de humor sofisticado –otros artistas, como Barenboim, lo prefieren más rústico y socarrón– que resulta adecuadamente salonesco en el buen sentido del término. Previn acompaña sintoniza plenamente con el enfoque de la solista, ofreciendo ricos matices poéticos y sabiendo mostrarse decidido cuando las circunstancias lo requieren. Falta por su parte un punto de mayor de intensidad y compromiso, al igual que por el de la solista algo de sentido humanista, de confesión íntima, de profundidad, que no se termina de intuir en medio de la asombrosa belleza sonora desplegada. (9)



15. Ax. Mackerras/Orchestra of The Age of the Enlightenment (Sony, 1997). En esta primera grabación con instrumentos originales el piano Érard de 1851 se revela como un instrumento formidable en manos de un Emmanuel Ax que toca divinamente, con sensibilidad y con estilo, sin que se evidencian limitaciones de ninguna clase y ofreciendo un enfoque de sensato equilibrio entre lo apolíneo y lo dionisíaco sin escorarse ni hacia lo contemplativo ni hacia las carreritas de cara a la galería. A destacar particularmente su dominio de los aires de mazurca del tercer movimiento. La dirección de Mackerras es de enorme solidez y muy musical, si bien carece de la personalidad de que hará gala Haitink dos años más tarde cuando Ax vuelva a grabar la obra. Muy notable toma realizada en el Henry Wood Hall londinense. (8)



16. Argerich. Dutoit/Sinfónica de Montreal (EMI, 1998). Aun manteniendo su fraseo elástico, agresivo y contrastado, Argerich modera sus maneras y enriquece su toque para ofrecer una interpretación más plural y madura en la que, como en la ocasión anterior, lo mejor es un Larghetto de admirable poesía. Su exmarido es todo profesionalidad, rigor y sensatez, si bien el primer movimiento resulta un poco más nervioso de la cuenta y carece de la hondura que necesita. Lástima que la toma, aun muy notable si se escucha en Atmos, se enfrente a una acústica muy reverberante. (9)



17. Ax. Haitink/Filarmónica de Berlín (DVD TDK y Digital Concert Hall, 1999). Ya desde los primeros compases queda claro que este Haitink se muestra bastante más implicado de lo que suele. No es que renuncie a su proverbial objetividad ni a ese punto de distanciamiento expresivo que le caracteriza. Lo que hace es aportar mayor tensión interna, convencer a la orquesta para que toque con fuerza, garra y convicción sin necesidad de inventar nada. Menos aún de incurrir en las blanduras y preciosismo inútiles que atraparán a Zimerman tres meses más tarde cuando se atreva a dirigir la página. Puede que el enfoque de Haitink resulte un poco más severo de la cuenta, pero a la postre parece ideal para un Emanuel Ax que también busca apartarse de la imagen tradicional de un Chopin delicado para apostar por lo que esta música tiene de conflicto, al tiempo que hace gala de una pasmosa naturalidad en el fraseo y una enorme habilidad para hacer que lo difícil parezca fácil. Una pena que la acústica de la hermosísima Basílica de Santa María en Cracovia sea tan reverberante. A cambio, se nos regalan algunos hermosísimos planos del retablo de Veit Stoss. (9)



18. Zimerman/Polish Festival Orchestra (DG, 1999). Amanerada hasta lo estomagante la introducción al primer movimiento: al polaco no le falta técnica para dirigir a una orquesta, pero sí (¡qué cosas!) buen gusto. En el tercero también hay detalles orquestales, aquí y allá, que nos desconciertan por completo, porque en la parte solista Zimerman derrocha sensibilidad y vuelo poético –exquisitez extrema sin preciosismos– para dejar claro lo grandísimo pianista que es. Literalmente, Doctor Jekyll y Mister Hyde. A destacar de manera especial la manera rapsódica, muy elástica, movida por el impulso romántico, del solo central del segundo movimiento, que parece más que nunca una improvisación violinística. También es de justicia aplaudir cómo el polaco matiza las dinámicas de su instrumento, por no hablar de la belleza sonora que extrae del mismo. Diez para el piano, cinco para la dirección. La toma, realizada en Turín, no llega a ser óptima. (8)




19. Lang Lang. Mehta/Filarmónica de Viena (DG, 2008). Por fin, primera –y de momento– única oportunidad para escuchar a la Filarmónica de Viena en esta página. Se presenta como formación ideal para esta obra bajo la batuta de un Mehta antes gran artesano que artista, pero capaz de ofrecer una dirección muy ágil y fluida, también con el músculo sonoro y una dosis suficiente de intensidad dramática, amén de grandes dosis de belleza sonora. Esta última preside la actuación de un Lang Lang de extraordinario virtuosismo, inmejorable limpieza y asombrosa capacidad para matizar en colorido y fraseo. ¿Su visión? Clásica y equilibrada, ajena a grandes conflictos emocionales, pero siempre de una musicalidad fuera de lo común. A destacar la delicadeza bien entendida que consigue en un segundo movimiento que demuestra un pleno conocimiento del idioma musical de Chopin, así como la combinación de elegancia, espíritu galante y sentido del humor –amable antes que socarrón– en el tercero. Toma algo reverberante: la Musikverein no suena realmente así. (9)

20. Barenboim. Fisch/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2009). Barenboim espera hasta casi cumplir los sesenta y siete años, ya sin los dedos en estado óptimo, para dejar testimonio de su acercamiento a los conciertos de Chopin. Su sonido es denso, rico en armónicos, muy sensual, al tiempo que su fraseo se aleja de la ligereza efervescente de otros pianistas para optar por la nobleza y el carácter reflexivo, siempre buscando el carácter orgánico del discurso frente a la brillantez del arrebato puntual. Todo hay que decirlo: el de Buenos Aires no ha sido nunca campeón de la agilidad digital, y aquí hay algún momento emborronado que no es de recibo. Ni que decir tiene que roza el cielo en un segundo movimiento que se aleja del tópico del Chopin quebradizo y frágil para ofrecernos en su lugar una intimidad teñida de cálido contenido humanista en el que sobrecogen sus trinos de asombrosa naturalidad y la manera de calcular el peso de los silencios. Escúchese, por ejemplo, cómo “pone” la nota que cierra el Larghetto, dando paso a un Allegro vivace en el que también ofrece algunos momentos de sublime poesía, además de un acertado sentido del humor rústico. La batuta la toma Asher Fish. Arranca un tanto desvaído, sin fuerza, pero poco a poco se centra y logra sostener un más que correcto primer movimiento que suena corpulento, amplio y ajeno al nerviosismo. Los otros dos están muy bien, dentro de una propuesta algo plana y sin aportaciones de relevancia. Levanta el nivel orquestal la sonoridad suntuosa de la formación alemana y la asombrosa musicalidad de sus solistas. (8)



21. Nebolsin. Wit/Filarmónica de Varsovia (Blu-ray Audio Naxos, 2009). Dirección no imaginativa ni personal, pero sí bien trazada, dicha con exquisito gusto en una línea particularmente lírica y sensual, mucho antes que escarpada. Toda ella al servicio de un pianista apolíneo, de toque transparente y sensible, que frasea con naturalidad y sutiles matices, aunque sin toda la variedad, el sentido de los contrastes y la tensión interna que se podrían desear. (8)



22. Kissin. Wit/Filarmónica de Varsovia (Blu-ray Accentus, 2010). Parece imposible tocar mejor esta música, tal es el virtuosismo extremo de un Kissin no solo ágil, limpio y exacto como nadie, sino también dueño de un sonido de asombrosa gama dinámica, de un fraseo tan firme como pródigo en acentos y de un admirable dominio de la agógica. Expresivamente se muestra siempre musical y alcanza un equilibrio diríamos que perfecto entre los aspectos más líricos e íntimos de esta música con aquellos que demandan brillantez, extroversión y –sección “interrogativa” del segundo movimiento– garra dramática. Ahora bien, da la impresión de Kissin no termina de comulgar con la esencia última de esta música, de que le falta un último punto de emotividad, mezcla de sensualidad y de congoja sincera, que otros pianistas han sabido encontrar en una página todavía juvenil, pero ya dotada de un carácter de confesión personal. La dirección de Wit, sin desdeñar la potencia expresiva en algunos pasajes, es ante todo noble, amplia y elocuente, atendiendo a la cantabilidad y tratando a la orquesta polaca, irreprochable, siempre con pinceles finos y mucha sensibilidad. (9)

23. Barenboim. Nelsons/Staatskapelle Berlín (DVD Arthaus y CD DG, 2010). Los dedos del maestro van a peor, y en el tercer movimiento hay algún pasaje más problemático de la cuenta. Lo que sigue en plenitud es la cabeza: concentración absoluta, insuperable naturalidad en el fraseo y –de manera particular– en el rubato chopiniano, elegancia sin rastro de flema y sensualidad en el toque caracterizan una interpretación que logra el milagro de aunar los aspectos “masculinos” y “femeninos” de la partitura al tiempo que pone de relieve toda la desazón que alberga el núcleo del Larghetto. En cualquier caso, quien eleva esta grabación a lo más alto es un Andris Nelsons que entiende la obra con la misma riqueza conceptual que el solista, y materializa la idea haciendo gala de una cantabilidad y una belleza sonora para derretirse sin olvidarse, en modo alguno, del pulso, la tensión dramática y el sentido de los contrastes, fraseando con una flexibilidad de la mejor ley y obteniendo de la orquesta el más adecuado sonido posible. Es su batuta la que convierte a esta grabación en la que quizá sea la mejor de todas, por ser la única con pianismo de altura que cuenta con una dirección superlativa. (10)



24. Olejniczak. Brüggen/Orquesta del siglo XVIII (DVD Glossa, 2010). Piano Érard de 1849, de sonido mate en los agudos, pero cálido y agradable, en manos de un artista centrado y musical que resulta algo plano, poco poético en el primer movimiento, para luego convencer con un sensible Larghetto y ofrecer un muy digno Allegro Vivace. La dirección tiene como virtud ofrecer sentido dramático y no dar pie a ningún tipo de amaneramiento, pero necesita una dosis muy superior de sensualidad y de poesía, como también de imaginación. Los instrumentos originales aportan una tímbrica muy diferente a lo acostumbrado y permiten relevar detalles nuevos en la orquestación, quizá más aquí que con el más tradicional Mackerras. La toma sonora en principio es de enorme calidad en 5.1, pero uno de los micrófonos roza con algo y se escuchan continuos “golpes”. (7)


25. Sermet. Heras-Casado/Nacional Danesa (YouTube, 2010). Antes de iniciar su tremenda caída cuesta abajo y sin frenos, el maestro granadino ofrecía aquí una dirección lenta y concentrada, robusta en lo sonoro, totalmente alejada del preciosismo o la delicadeza mal entendida, cuyo enfoque tenso y dramático resultaba particularmente atractivo. Destacando en lo expresivo la sección central del segundo movimiento, es de justicia aplaudir igualmente la claridad de texturas conseguida. El pianista turco Hüseyin Sermet se mostraba igualmente tenso, muy sobrio, alejado de la rutina y de lo mecánico, desmenuzando la partitura con sosiego, desplegando una enorme cantabilidad y, sobre todo, haciendo gala de una gran fuerza interior. A destacar su manera de enfrentarse al primer movimiento con decisión y al segundo con un dolor interno y una palpitación fuera de lo común. De manera coherente con el resto de la interpretación, el tercero resulta poco lúdico sin por ello dejar de ofrecer decisión y belleza. (9)



26. Cho. Noseda/Sinfónica de Londres (DG, 2016). El pianismo de Seong-Jin Cho no se caracteriza por su efusividad ni por su humanismo. Menos aún por bucear en los aspectos más inquietantes de la música. Lo suyo es la belleza apolínea, elegante, refinada en el mejor de los sentidos, pero no por ello insulsa ni trivial. Como además pone su portentoso virtuosismo al servicio de la expresión –no hay ni una frase mecánica, ni carreritas de cara a la galería– su recreación del primero de los dos conciertos que escribiera el polaco, sin ser la más conmovedora, se disfruta plenamente, sobre todo cuando se trata de descubrir aquí y allá detalles exquisitos de perfecto estilo chopiniano. Noseda dirige bien, con decisión pero sin precipitaciones, dejando que la música respire, si bien le falta un punto adicional de personalidad, como también de sal y pimienta. Sonido no del todo bueno. (8)

27. Wang. Tilson Thomas/Sinfónica de San Francisco (YouTube, 2016). Sorprende que la orquesta no esté del todo fina en la introducción. Luego el maestro la ajusta y realiza una notable prestación, pero lo cierto es que la batuta no termina de sintonizar con la obra: hay solvencia y buen gusto, pero la poesía no levanta el vuelo. Aceptable respaldo, en cualquier caso, para que Yuja despliegue su pianismo efervescente, ágil y fluido, lleno de picardía y en todo momento hermosísimo. Eso sí, aunque no se puede decir que caiga en lo mecánico, sí que se nota cierta tendencia a la superficial, o al menos a llegar al público por la vía más fácil: esta partitura esconde más música de la que ella obtiene. (8)



28. Cho. Noseda/Orquesta Joven de la Unión Europea (Stage+, 2018). Lo mismo de antes, pero esta vez la orquesta no es tan espléndida y Noseda incorpora en la introducción algunos detalles que convencen poco. Magnífico Cho en los “interrogantes” del segundo movimiento, aunque también hay que elogiar especialmente la flexibilidad y belleza de un fraseo que sabe ser brillante sin dejarse llevar por el numerito de cara a la galería. (8)


29. Lisiecki/Orquesta de Cámara de Noruega (Stage+, 2022). Una formación de tamaño camerístico –y esta es excelente– se revela como ideal para la Op. 21 de Chopin. Al menos, para conseguir los fines expresivos que el joven artista canadiense Jan Lisiecki se busca tocando y dirigiendo al mismo tiempo: ofrecer un Chopin juvenil e impulsivo, contrastado y con un cierto grado de agitación, aunque no por ello exento de finura e intimismo. Como si Schumann se pasase por aquí. El resultado, expuesto con gran limpieza en la parte orquestal y con enorme capacidad para regular el sonido desde el piano, es interesantísimo por lo renovador de la propuesta. (9)

lunes, 23 de febrero de 2026

Noseda y la London Symphony Orchestra en Sevilla: reflexiones a posteriori

El concierto se había ofrecido dos veces en el Barbican de Londres dentro de la programación de abono: la segunda función es la que retransmitió Stage+ y pueden ustedes ver en espléndida imagen 4K si están suscritos a la misma. Luego la London Symphony y Gianandrea Noseda empezaron su gira y ofrecieron este mismo programa en Valencia, recalando más tarde en el Teatro de la Maestranza de Sevilla. Como en esta otra entrada ya realicé un comentario de los resultados de lo que se puede ver en la plataforma arriba citada, no puedo añadir mucho más sobre lo dicho entonces, toda vez que las cosas han discurrido de manera similar. 

 

Divertimento de El beso del hada magnífico, emotivo e irónico al mismo tiempo sin traicionar el neoclasicismo de Stravinsky. Concierto para piano nº 2 de Chopin dirigido con mucha solidez y fabulosamente tocado por un Seong-Jin Cho que se decidió por una interpretación eminentemente lírica, apolínea en el mejor de los sentidos, muy ágil y un punto aérea, ricamente matizada sin caer en preciosismos vacuos y, en cualquier caso, más hermosa (¡hermosísima!) que emotiva. Luego vino una propina de la que hablaré al final. En la otra mitad del programa, Sinfonía nº 2 de Borodin enérgica y bronca, rápida en los tempi, sanamente rústica, quizá también -lo añado ahora- más rígida de la cuenta, pero cargada de electricidad y fabulosamente desmenuzada. También hubo propina: Polonesa de Eugenio Oneguin de Tchaikovsky

Lo que sí quiero es verter aquí las reflexiones que no dejaron de llegar a mi mente mientras escuchaba el concierto. Reflexiones que de manera inevitable giraban en torno a la muy sustancial diferencia con lo que solo cuarenta y ocho horas antes escuché en el mismo teatro a la Sinfónica de Sevilla bajo la batuta de György Ráth. A ver, no es que el nivel en directo de la London Symphony me fuera desconocido. Si no me fallan las cuentas, primero la escuché en los Proms con Gergiev, también con Haitink y López Cobos en Granada; más tarde en el Barbican con Colin Davis y la Uchida, unos cuantos años después en Úbeda con Temirkanov, luego otra vez en el Barbican con Rattle y Kozhukhin, y finalmente en Madrid con Pappano y Alice Sara Ott. ¿Por qué me ha deslumbrado ahora de manera especial? Con independencia de que Noseda ha realizado un trabajo técnicamente superlativo, hay una fácil explicación: en todos esos casos quien a ustedes se dirige iba a un "acontecimiento especial" en un sitio poco habitual, pero ahora era el Maestranza "de toda la vida" a solo dos días de escuchar a la orquesta "de siempre", con la misma acústica y todo eso. Lo siento, pero la diferencia entre una formación y la otra es brutal.

Mucho ojo, no quiero caer en la estupidez de "lo que tenemos no vale un pimiento, lo bueno es lo de fuera". La ROSS sonó bien con Räth, salvando una sección de metales que, a pesar de realizar una labor maś que meritoria en el dificilísimo Segundo de Bartók -justo lo que escuché con Rattle en el Barbican, aquí tienen una muestra-, no terminaron de empastar. Por otra parte, la London Symphony no es una orquesta cualquiera. Pasados los tiempos de gloria de la Philharmonia de Klemperer y Muti, hoy es la mejor de las tierras británicas. En Europa solo la superan las tres grandes: Berlín, Viena y Ámsterdam, citadas sin orden de preferencia. Es equiparable a las dos Staatskapelle, como también a la maravilla que hay en Leipizig, por mucho que no posea la personalidad de ninguna de ellas. Es aún mejor que a las grandes formaciones de la radio alemana. No es inferior a la Orquesta de París -que se encuentra en un momento de dulce-, se muestra más homogénea y segura que la Filarmónica Checa, y supera ampliamente a lo que hay en latitudes meridionales, España incluida. Finalmente, debemos recordar que detrás de la LSO no se encuentra solo una de las ciudades más musicales del mundo, sino también muchísimo dinero respaldando el proyecto.

 

Dicho esto, la comparación nos hace poner los pies en la tierra. Los melómanos no llenaron el Maestranza para escuchar a la London, mientras que la Sinfónica de Sevilla cuenta con suficientes abonados para realizar dos funciones por programa. Ahora bien, los que estuvieron reaccionaron con un entusiasmo delirante -incluyendo palmas por sevillanas-, nada habitual en los conciertos sinfónicos. Sencillamente, se dieron cuenta de que aquello era aplastantemente superior en lo técnico a lo que se escucha cada semana a la ROSS. La cuerda es una gloria bendita, un conjunto maravillosamente homogéneo que suena con singular tersura y ductilidad. Las maderas, muy notables en lo expresivo, tocaron con agilidad y limpieza portentosa el segundo movimiento de la sinfonía de Borodin. La percusión, no muy importante en este programa, estuvo muy medida. Y los metales dieron todos ellos una tremenda lección: potencia, redondez, equilibrio entre ellos, empaste con la orquesta... ¡Qué trombones en Borodin, cielo santo!

¿A qué quiero llegar con esto? Uno: es imprescindible que las grandes formaciones europeas sigan desfilando por el Maestranza, una iniciativa que está marcando de manera altamente positiva la labor de Javier Menéndez como director del teatro. Dos: la Sinfónica de Sevilla tiene que aspirar a más. Necesita condiciones laborales estables y atractivas para que los mejores músicos no vuelen a otros sitios. Necesita añadir nuevos músicos del máximo nivel posible. Necesita solistas invitados de altura que hagan atractivo el proyecto. Y necesita, sobre todo, un trabajo técnico intenso, echando las horas que haga falta -pagadas, por supuesto- con directores de primera.

Echen un vistazo, por ejemplo, a la Filarmónica de Gran Canaria: mientras György Ráth ofrecía con la ROSS una mediocre obertura de Egmont, allí tenían a Ton Koopman haciendo la Militar de Haydn. Miren su programación y examinen la relación de batutas y solistas. ¿Acaso Las Palmas de Gran Canaria, con 381.000 habitantes, es una ciudad más grande y rica que Sevilla, que cuenta con 688.000? ¿Qué demonios ocurre en la ciudad de la Giralda? ¿Qué les pasa a nuestros políticos, a nuestros potenciales patronos, a los programadores, a todos los implicados en general? ¿Escaso presupuesto? ¿Corta agenda de contactos por parte de los directores artísticos? ¿Desinterés de los empresarios? ¿Conformismo del público? Quizá todo ello a la vez. Nunca podremos aspirar por aquí, ni sería remotamente sensato plantearlo, a financiar una orquesta de primerísima fila, pero el nivel que ahora tenemos con la ROSS que queda en lo correcto. Los que estuvimos el sábado en el Maestranza lo percibimos con meridiana claridad, y luego bien que lo comentamos.

Más pies en la tierra: la London Symphony tampoco es infalible. La propina tchaikovskiana estuvo dirigida por Noseda con muchísima garra -y alguna frase mas dulce de la cuenta en la cuerda-, pero en ella la claridad de texturas no fue óptima, mientras que la sección de metales no empastó con la debida corrección. Nadie es perfecto,salvo quizá esa Filarmónica de Berlín que podemos escuchar casa semana a través de la Digital Concert Hall y que raramente comete fallo. Y cuando los hay, dicho sea de paso, bien que los corrigen en la edición posterior, justo como hace la London Symphony en el sello LSO Live. Lógico y natural.

 

Se me quedaba en el tintero la propina del solista: Vals Op. 64 nº 2 de Chopin, nada menos. Fue lo mejor de la noche. Ahí el surcoreano no se conformó con ofrecer belleza infinita dentro de la más estricta ortodoxia chopiniana, como había hecho durante el concierto. Seong-Jin Cho quiso también crear, ofrecer una opinión personal. Por ello, adoptando un tempo lento (¡nada de exhibicionismo!) y especialmente flexible, se decidió a jugar con la agógica y la dinámica para ofrecer una recreación matizada con tanta creatividad como acierto en la que, comprendiendo a la perfección el carácter orgánico del discurso musical, nos reveló la confesión más íntima y sincera de la escritura chopiniana.

 

Fotografías: Guillermo Mendo/Teatro de la Maestranza 

domingo, 22 de febrero de 2026

Un Nº 2 de Chopin aún mejor: Hüseyin Sermet con Heras-Casado

Sí, me gustó una barbaridad el Concierto nº 2 de Chopin que ayer escuché a Seong-Jin Cho, Gianandrea Noseda y la Sinfónica de Londres en el Teatro de la Maestranza. Y más me gustó aún la sublime propina que ofreció el pianista surcoerano, de la que hablaré en otro momento porque bien que se lo merece. Pero he llegado esta tarde a Jerez y, después de ir a visitar algunos besamanos con mi madre, he decidido volver a la versión de Hüseyin Sermet, Pablo Heras-Casado y la Orquesta Nacional Danesa, un registro de 2010 que conocía por toma radiofónica y que ahora he podido ver con sus correspondientes imágenes gracias a YouTube. Calidad audiovisual deficiente, pero ¡qué maravilla de versión!

En realidad, confirmo que esta manera de hacer Chopin, sin ser ni más ni menos válida que la que disfrutamos en el Teatro de la Maestranza con el corazón en un puño, a mí es la que más me interesa. Sonido pianístico más denso, con más peso armónico; también más contrastado, aunque sin tanta capacidad para los detalles de orfebrería. Fraseo no tan interesado por la galantería y más atento la efusividad poética. Belleza sonora no como fin en sí misma, sino al servicio de la expresión. Menor frescura, mayor sentido reflexivo. Enorme fuerza interior, además de considerable hondura trágica en el segundo movimiento. ¿Madurez frente a juventud? Podría ser, porque como diga "masculino" frente a "femenino" o "recio" frente a "perfumado" me pueden acusar de machista heteropatriarcal. 

En la misma línea del pianista turco un Heras-Casado dramático, decidido y de una pieza: eran los tiempos que los que algunos considerábamos al granadino una de las grandes promesas para el futuro. A destacar el musculado, al tiempo que muy claro sonido que obtiene de la orquesta, así como la articulación de los trémolos de la cuerda en la anhelante sección central del Larghetto. A ver si hay suerte y aparece un vídeo en mejores condiciones.

miércoles, 18 de febrero de 2026

Volodos en el Maestranza: el clasisismo, y más allá

Tras las reflexiones generales realizadas ayer en esta entrada, vamos allá.

La primera parte del recital de Arcadi Volodos en el Maestranza la ocupó la hermosísima Sonata nº 18, D. 894 de Franz Schubert. Siguió las líneas generales de la interpretación disponible en YouTube del año 2000 que comenté aquí: tempi amplios, fraseo muy concentrado, deseo de apartarse de la imagen más amable del compositor y, por consiguiente, búsqueda del equilibrio entre la elegancia, el sentido melódico, la delicadeza y el recogimiento, por un lado, con las tensiones internas, los claroscuros y el pathos que la música demanda. En este sentido, resultó significativo el modo el que le vimos usar el pedal en el teatro sevillano, muy atrevido cuando necesita serlo (¡nada de convertir a Schubert en una mosquita muerta!) pero en general moderado e inteligente, alargando cada nota no de manera más o menos uniforme, sino en función de las necesidades expresivas y prestando especial atención a la limpieza, cosa bien difícil de controlar cuando se tiene un sonido tan tremendo como el suyo. De esta forma, su portentosa mano izquierda le permitió ofrecer unos graves de impresión sin emborronar el conjunto y, con ellos, ofrecer momentos de tremenda intensidad dramática, por no decir rabia y negrura sin que se le moviera u pelo, es decir, sin recurrir a lo tempestuoso en la forma. ¿Una visión otoñal? No, no es eso. Lo otoñal implica un cierto sentido de lo dulce y lo decadente que aquí no se dio. Yo hablaría más bien de una suerte de clasisicismo intemporal, o incluso de algo que va más allá. Lo de música callada que mencioné en la primera entrada no era solo un guiño a su adorado Mompou.


Dicho esto, hubo algunos cambios tras estos veintiséis años. Avances diría yo, porque más que de modificación se debe hablar de profundización, de nuevas ideas, de madurez. Madurez expresiva, se entiende, porque técnica este señor siempre ha tenido toda la que ha querido. Los tempi han sido en Sevilla algo más lentos: se ha pasado de 38'27'' a 40 segundos exactos, bien cronometrados. Por consiguiente, los silencios han alcanzado mayor peso. Con esa misma intención, la de extraer la mayor significación expresiva de cada pausa, en el primer movimiento hizo gala de una serie de ritenuti -perdonen la pedantería- que nos dejaban con el corazón en un puño sin que por ello (¡auténtica cuadratura del circulo!) se quebrara el discurso musical. A destacar el carácter combativo del Scherzo, y también la manera en la que restó un poco de la alegría con que antes recreaba el movimiento conclusivo para dar paso a ese sabor agridulce tan típicamente schubertiano. Lo dicho, una interpretación de absoluta madurez.

Chopin en la segunda parte. Las tres Mazurcas estuvieron expuestas con lentitud, muy a la luz de las velas, pero no por ello sonaron decadentes ni melancólicas, como tampoco perdieron el ritmo de danza original: Volodos no intentó realizar una deconstrucción, sino explorar las posibilidades más reflexivas de las notas. El Preludio op. 45 fue excelso, de nuevo un Chopin lentísimo que, milagrosamente, mantiene tosa la tensión interna para que las melodías vuelen lejos y el oyente se concentre en las notas sin dejarse llevar por el espectáculo.

Como plato fuerte, la Sonata para piano nº 2 del polaco. Su interpretación parece seguir la línea de Gilels y Sokolov -esta última la he escuchado a posteriori, por eso no está en mi discografía comparada-, solo que con mayor personalidad (¡aún!) y superior inspiración. Lo parece no solo por el sonido, macizo, severo y de tremendo volumen, sino también por un enfoque abiertamente dramático, sin espacio para la sensualidad, la galantería ni el encanto, como tampoco para los arrebatos románticos. En este sentido, los dos primeros movimientos fueron una especie de cuadratura del círculo: tensión máxima, apasionamiento extremo, pero todo expuesto con un rigor cartesiano, bajo el más absoluto control y olvidando cualquier tentación de exhibicionismo.


La Marcha fúnebre, lentísima -10’15’’, casi tanto como Fou Ts’ong-, fue toda una experiencia: muy doliente en la primera sección, increíblemente hermosa, paladeada y humana en la segunda -sin bajar la guardia, por descontado- y abrumadora en la tercera. Nadie, en ninguna otra recreación de las que haya escuchado, se acerca ni de lejos a lo que aquí consiguió el domingo Volodos, quien con una mano izquierda sobrenatural marcó acordes impotentes, de volumen casi insoportable en lo anímico, que recordaban más que nunca a una campana de difuntos. Uno no puede dejar de preguntarse si, como en la grabación de Sokolov editada por Naive -que no llega tan lejos, ni mucho menos- el artista no se ha pasado un poco de rosca, si no ha pretendido asustarnos con un efecto tan marcadamente teatral, pero lo cierto es que terminamos -creo que hablo por todos los que estábamos allí- por completo conmocionados. Así las cosas, el brevísimo Presto conclusivo no solo con él ni con tempestuosidades románticas ni con ambigüedad protoimpresionista, sino terriblemente abstracto, tenso y visionario. Y aquí sí, por cierto, nuestro artista se decidió a ir rapidísimo sin perder claridad, dejando muy claro que puede ir tan rápido como el que más manteniendo la más absoluta nitidez digital. Sorpresa al final: vuelta del tema del primer movimiento, no sabemos si por tratarse de una edición infrecuente de la partitura o por ser una morcilla del pianista.

Éxito apoteósico entre el público -no demasiado abundante- del Teatro de la Maestranza y tres propinas. La primera fue uno de los highlights de su sobrenatural disco Brahms: el primero de los Tres Intermezzi op. 117. Volvió Schubert con el célebre Impromptu op. 142 nº 4. Bach, que había desaparecido del programa inicialmente previsto, cerró la memorable velada con la Siciliana de la BWV 596, que ya estaba en su disco Volodos en Viena. 

PS. Vuelvo a abrir los comentarios, a ver. 

Fotografía: Guillermo Mendo/Teatro de la Maestranza

domingo, 15 de febrero de 2026

Sonata para piano nº 2 de Chopin: discografía comparada

Como esta noche Arcadi Volodos hace la obra en el Maestranza, improviso esta comparativa sin tiempo siquiera para hacer una introducción. Vamos allá.


1. Block (DG, 1960). Michel Block no logró ganar el prestigioso concurso Chopin de Varsovia en 1960, pero recibió un premio especial otorgado a voluntad del mismísimo Arthur Rubinstein. El sello dorado se aprestó a realizar allí mismo este registro que nos muestra a un pianista técnicamente admirable y muy apasionado, pero también algo nervioso en los dos primeros movimientos y sin toda la elegancia que esta música demanda. Lentísima la Marcha fúnebre, contrastando en exceso con su sección central, que suena más rápida de lo habitual y se encuentra fraseada con tendencia a lo salonesco, por no decir a lo trivial. (8)


2. Benedetti Michelangeli (Praga Digitals, 1960). Live en el Rudolfinum Praga donde un virtuosismo descomunal no viene parejo con una idea expresiva coherente de la obra. El primer movimiento ofrece ímpetu, pero resulta en exceso nervioso. El segundo parece seguir la misma línea, pero todo el Trío está dicho con delectación y verdadera exquisitez. La marcha fúnebre no tiene nada de atmosférica ni de ominosa, resultando más bien seca, implacable, tremendista e incluso machacona, pero de nuevo la sección central, paladeada de manera exquisita y haciendo gala de un increíble dominio del fraseo, es de una poesía insuperable. En el último movimiento solo parece preocuparle alcanzar la mayor velocidad posible, dando un resultado expresivo seco y aséptico. Sonido discreto en SACD. (7)


3. Rubinstein (RCA, 1961). Elegancia, nobleza y virilidad bien entendida son etiquetas que asociamos habitualmente al arte del gran Rubinstein. Queda bien de manifiesto no tanto en un primer movimiento planteado con adecuado espíritu anhelante, aunque sin nada especial que destacar, como en un Scherzo sensacional, lleno de empuje bien controlado, portentoso en el dominio de la dinámica y con maravillosos rubatos marca de la casa, destilando la más sublime poesía chopiniana en el hermosísimo Trío. La marcha fúnebre resulta antes solemne que ominosa o dramática; es su sección lírica central donde el maestro puede dar lo mejor de sí: sin resultar del todo acongojante, se muestra delicada en el mejor de los sentidos, ofrece incomparable belleza en la sonoridad y está paladeada por los dedos del anciano con verdadera exquisitez. Muy limpio el Presto conclusivo. (9)


4. Gilels (IDIS, 1961). Esta precaria toma en vivo realizada en Moscú nos permite acercarnos a las maneras de hacer de un pianista de similar altura a la de Rubinstein, pero muy distinto. La sonoridad del de Odessa es mucho más robusta y maciza, también más poderosa, pero en contrapartida pierde maleabilidad. Su temperamento es altamente severo y dramático. Con él no hay, pese a la enorme concentración de su fraseo, concesiones a la delectación lírica. Por eso mismo el movimiento inicial resulta mucho más ardiente en los dedos de Gilels, como también un Scherzo que sale perdiendo en el Trío con respecto a su colega. La marcha fúnebre se encuentra mucho más cargada de pathos con Giles, de enfoque apreciablemente tenso y rebelde; como era de esperar, en la sección central no vuela con toda la poesía posible, pero aun así esta recreación es toda una experiencia. Abstracto a más poder el Presto conclusivo. (9)


5. Rubinstein (YouTube, 1964). Otra vez Rubinstein. O sea, la más maravillosa mezcla de apasionamiento, elegancia señorial, cantabilidad, belleza sonora y poesía. Hay recreaciones más personales, más atentas a unos aspectos de la partitura u a otros, pero pocas tan redondas e inspiradas. Ni siquiera la suya tres años anterior llega a semejante altura. Por lo demás, el sonido es suficiente -al parecer, la afinación ha sido corregida con respecto a la edición comercial- y la imagen nos permite ver al genio pasando por las notas como si aquello fuese de una simplicidad extrema. (10)


6. Ashkenazy (Medici TV, 1972). Armado de un sonido poderosísimo y de una agilidad digital pasmosa, como también de una formidable capacidad para el matiz, Ashkenazy nos entrega una interpretación que debe de impresionar al gran público por su vehemencia, su brillantez y su desarrolladísimo sentido de los claroscuros, pero que a la postre resulta un tanto “teatrera”, exagerada, de un apasionamiento excesivamente nervioso y postizo: a veces parece que está pensando en Rachmaninov, incluso en Prokofiev, más que en Chopin. Lo mejor terminan siendo el Trío del scherzo y la sección lírica de la Marcha fúnebre, cuando el de Gorki se remansa y logra dar salida a su sensibilidad poética. El movimiento conclusivo parece más virtuosismo que otra cosa. Correcto sonido monofónico, y buena filmación de Christopher Nupen. (7)


7. Perahia (CBS, 1973). Veintiséis años contaba el pianista neoyorkino cuando realizó en Londres este registro. Se entiende que su aproximación sea juvenil, fresca, poco interesada por la gravedad o por las grandes densidades, aunque por ventura no cae en el error de la trivialidad, como tampoco en el nerviosismo. Lo suyo es ofrecer virtuosismo con sentido, apasionamiento controlado y comunicatividad, procurando no exigir mucho al oyente sin por ello convertir la partitura en algo salonesco. Tampoco en una cajita de música en los pasajes más íntimos, que nuestro artista recrea –Trío del Scherzo– con particular inspiración poética e inconfundible sabor chopiniano. (8)


8. Barenboim (EMI, 1974). No es el sonido del pianista porteño, carnoso y robusto, el más chopiniano posible. Tampoco su sentido de la brillantez –para que negarlo, una parte importante de la personalidad chopiniana– el más desarrollado. Sin embargo, en los dos primeros movimientos convence gracias a su admirable manera de combinar apasionamiento y control, así como por su fraseo al mismo tiempo voluptuoso, holgado y flexible. Triunfa por completo en una Marcha fúnebre lentísima, concentrada a más no poder, cuya atmósfera particularmente lúgubre y llena de congoja, aunque siempre sobria, da paso a una sección central de una belleza, una emotividad –siempre amarga, por descontado– y una belleza humanística acongojantes; la hondura reflexiva que sabe alcanzar en las notas está al alcance solo de los más grandes genios del piano. Únicamente se queda algo corto en el Presto conclusivo, poco adecuado por sus terribles exigencias en lo que agilidad digital se refiere para las limitaciones del maestro en este terreno. Lástima que la toma no sea mejor. (9)


9. Argerich (DG, 1974). Solo un mes después del registro de Barenboim, su paisana nos deja testimonio –con más satisfactoria toma sonora, realizada en la Herkulessaal de Múnich– de su visión de la partitura. No pueden ser más diferentes. Frente a las densidades sonoras y expresivas de Barenboim, su colega nos ofrece una lectura extrovertida, llena de garra, de electricidad y apasionamiento, brillante en el mejor de los sentidos, dicha con una agilidad y una fuerza comunicativa impresionantes, como también muy sutil en la agógica cuando ello es necesario. Eso sí, resulta algo irregular en su desarrollo, y quizá un punto superficial. Los dos primeros movimientos llegan con mayor inmediatez que los de su colega, pero el nerviosismo que caracteriza al toque de la pianista termina restándoles calidez al fraseo. La Marcha fúnebre, mucho más rápida que la de Barenboim, sustituye atmósfera por rabia y rebeldía, mientras que en la sección central, aun dicha con una concentración y una belleza sonora exquisitas, se echa de menos una dosis mayor de efusividad poética. En el brevísimo movimiento conclusivo, Argerich suaviza aristas y se centra en la variedad del color, ofreciendo así una visión protoimpresionista de lo más sugerente. (8)


10. Ts’ong (CBS, 1978?). Personal e interesante, más que otra cosa, la del pianista de Shangai desaparecido en la pandemia. Abundantes los juegos agógicos y dinámicos los de un primer movimiento en el que, como tantos colegas, apuesta por el nervio para caer por el nerviosismo; por momentos, incluso en la crispación. Gran agilidad y brillantez la del segundo movimiento, cuyo Trío no funciona. Lentísima la sección central de una Marcha fúnebre que se extiende hasta los nada menos que 10’27’’; en ella Fou Ts’ong toma algunas decisiones arriesgadas que la hacen sonar muy impresionante, pero quizá también algo teatrera. El Finale es, más que nunca, una verdadera miríada de notas. (7)


11. Pogorelich (YouTube, 1980). Morbazo enorme este documento del concurso Chopin de Varsovia en el que Ivo “el divo” fue eliminado, provocando aquella furiosa reacción de una Argerich que proclamó a los cuatro vientos lo de “Pogorelich es un genio”. Visto desde la distancia, parece incuestionable que su dominio del instrumento es apabullante: el joven artista toca con una limpieza asombrosa, delinea una perfecta arquitectura, despliega todos los colores y sabe descender a finísimos matices. Otra cosa es la interpretación propiamente dicha, personal y libérrima. Los dos primeros movimientos enganchan de principio a fin por ser una alucinante demostración de cómo se pueden conseguir la máxima tensión y una arrolladora fuerza expresiva sin perder lo más mínimo de control, aunque por momentos da la sensación de que la fuerza que despliega resulta un poco aparatosa, como si no se creyera la música a fondo. La impresión va a más en una marcha fúnebre que, decididamente, no parece sincera: apabulla, pero no emociona. El cuarto movimiento nos deja estupefactos: milagroso conseguir semejante claridad a tal velocidad. (8)


12. Pogorelich (DG, 1981). Poco después de su discutidísimo y a la postre altamente beneficioso fracaso en Varsovia, el sello amarillo se apresta a grabar con el joven rebelde esta Op. 35. Lo hace en la Herkulessaal de Múnich, justo en el mismo sitio donde la registró Argerich, con una soberbia toma analógica que nos permite calibrar mucho mejor que en testimonio televisivo ese sonido poderosísimo y macizo de un Pogorelich que se decide a recortar las notas –las corcheas de la mano derecha, especifican las notas de Gregor Willmes– en un primer movimiento que sigue siendo arrollador, como también percibir en su justa medida la increíble planificación de las dinámicas en la Marcha fúnebre o volver a caer rendidos de admiración por la increíblemente minuciosa digitación del Presto conclusivo. Parafraseo a Pedro González Mira: podrá no convencer, pero este señor toca demasiado bien como para ignorar su trabajo. Hay que escucharlo. (8)


13. Ashkenazy (Decca, 1981). El maestro ralentiza el tempo con respecto a la filmación con Nupen –pasa de 23’35’’ a 24’57’’– y ofrece ahora una Marcha fúnebre mucho más paladeada –de 8’02’’ se extiende hasta los 9’02’’– en cuya sección central consigue, por fin, demostrar hasta qué punto puede sintonizar con el agridulce lirismo chopiniano. Lo malo es que, a la postre, el problema sigue siendo el mismo: excesivo nerviosismo y agresividad innecesaria, sobre todo en el segundo movimiento. La toma, lógicamente, es muy superior. (8)


14. Pollini (DG, 1984). El italiano ha pasado con justa fama por ser uno de los pianistas de digitación más limpia de cuantos se han escuchado. Es cierto, y precisamente uno de los grandes atractivos de esta grabación es percibir con total nitidez todo lo que está escrito en la partitura, incluyendo los geniales garabatos del último movimiento. Pero es que, además, en lugar de ese excesivo distanciamiento que tantas veces encontramos en sus interpretaciones, hay aquí una perfecta planificación de las tensiones armónicas y melódicas, valentía en los contrastes sonoros, intensidad bajo el más absoluto control y mucha, mucha convicción expresiva. Falta ese grado de sensualidad y de poesía íntima al que el italiano siempre ajeno, como también un punto de espontaneidad que otorgaría excepcionalidad a un registro en buena medida cerebral, pero aun así los resultados son impresionantes. (9)


15. Uchida (Philips, 1987). Vehemente y algo nerviosa –aunque sus tempi no se precipitan en absoluto– se muestra la pianista oriental en dos primeros movimientos de la partitura, sin ofrecer una especial riqueza en los matices ni de encontrar sintonía con el sonido y el fraseo chopinianos; tal vez no sea casualidad que este sea su único disco dedicado al polaco. Mejor el Trío del Scherzo y, sobre todo, la sección lírica de la marcha fúnebre, en la que, aunque de nuevo sin terminar de encontrar el estilo, sí que le es posible desplegar esa elegancia y ese lirismo apolíneo en que suele brillar. Distanciado, incisivo y muy “moderno” el movimiento conclusivo. (8)


16. Gavrilov (DG, 1991). La técnica de Gavrilov –no solo en lo que a dedos se refiere– es impresionante, pero la óptica expresiva no termina de convencer. Los dos primeros movimientos resultan en exceso angulosos, mientras que la Marcha fúnebre, increíblemente bien planificada en dinámicas y tensiones, no suena del todo atmosférica ni visionaria, como tampoco lo suficientemente emotiva en su bellísimamente tocada sección central. Al brevísimo Presto, dicho con insólita limpieza y subrayando aristas, le otorga un aire especialmente caleidoscópico que subraya su insultante modernidad. Soberbia la toma. (8)


17. Kissin (RCA, 1999). Desplegando un sonido y color riquísimos, ofreciendo una capacidad de matización infinita pero siempre sutil y evidenciando una concentración admirable, Kissin nos ofrece una absolutamente genial interpretación en la que se decide a subrayar el carácter visionario y alucinado de la página. El primer movimiento, en este sentido, ofrece es de una pasión tempestuosa sin perder –como le ocurre a otros– el control de la arquitectura. Decidido el segundo. Irrepetible el tercero, creativo a más no poder, terrorífico en las sonoridades, planteado con abrumadora y calculadísima tensión; emotividad, ternura y vuelo lírico infinitos en la sección central. El cuarto resulta más moderno que nunca. (10)


18. Grimaud (DG, 2004). Grimaud lo tiene todo: pulsación nítida a más no poder, sonido hermosísimo capaz de ir desde las más exquisitas sutilezas al fortísimo más atronador, fraseo extraordinariamente natural y cantable –aunque siempre tenso, sin laxitudes–, control soberbio de agógica y dinámica (¡qué increíble arranque el del cuarto movimiento!), enorme imaginación a la hora de aportar matices… En lo expresivo, su lectura sabe ser al mismo tiempo lírica y dramática, bella e intensa, delicada y valiente, conmovedora e intemporal. Cierto es que a la marcha fúnebre se le podría dar –en las tres secciones– una última vuelta de tuerca, pero globalmente el resultado es excepcional y se beneficia de una toma de verdadero lujo. (10)


19. Olejniczak (Narodowy, 2007). Janusz Olejniczak toca muy bien, extrayendo además ricos colores y una muy amplia gama dinámica del Erard de 1849, pero en los dos primeros movimientos, interpretados con un encomiable espíritu tempestuoso, el fraseo se ve lastrado en más de un momento por un exceso de nervio. Nada de eso ocurre en la Marcha fúnebre, concentrada y de asombrosa belleza lírica, más que dramática. En el breve Presto el instrumento ofrece unas texturas fascinantes. (8)


20. Barenboim (Blu-ray Accentus y CD DG, 2010). Haciendo gala de un sonido cálido y musculado, de un toque poderoso mas no exento de los más sutiles matices y de unos trinos asombrosos –nada mecánicos, llenos de significado–, el de Buenos Aires ofrece una interpretación ortodoxa pero nada salonesca, viril en el mejor de los sentidos, muy rotunda y valiente en el segundo movimiento, sobria y llena de dignidad antes que desgarrada en la marcha fúnebre. Lo más interesante es que, en lugar de subrayar los aspectos más visionarios de esta música, se interesa por los paralelismos con Beethoven, tanto en la sonoridad como en su hondo sentido trágico y filosófico. Sublime la sección central del tercer movimiento y la enorme naturalidad, más “atmosférica” que abstracta, del intrigante Presto conclusivo. La toma ofrece surround auténtico y, por ende, recoge de maravilla la acústica de la sala, como también los ricos armónicos del piano. (9)


21. Cho (DG, 2015). Es verdad eso de que hoy se toca mejor que nunca. El nivel del concurso Chopin lo deja claro: el flamante ganador de la edición de 2015, un Seong-Jin Cho de veintiún años, posee una técnica fuera de serie. Por todo, desde la belleza del sonido y su capacidad para modelarlo hasta el dominio de las dinámicas, pasando por limpieza digital, sentido del rubato y, muy particularmente, una regulación de la gama dinámica –no hablo de fortísimo y pianísimos, sino de todo lo que hay por medio– como pocas veces se haya escuchado. ¿Interpretación? De altura, pero irregular. Lo que menos convence es el primer movimiento: la agilidad y la efervescencia se ponen por delante de la elegancia, la nobleza y el carácter majestuoso que la música también necesita. Formidable el segundo, no solo porque la partitura encaja mejor con el temperamento electrizante del pianista surcoreano, sino también porque este se muestra más interesado por la evocación poética. Marcha fúnebre elegante más que densa, matizada con un sentido del “balanceo” muy atractivo; su sección lírica central vuelve a dar la oportunidad de que el joven artista demuestra su sintonía con el lirismo chopiniano. Soberbio el Presto conclusivo. Hay filmación paralela en YouTube con soberbia calidad de imagen. (8)


22. Perianes (Harmonia Mundi, 2021). Vale, de acuerdo con que una toma sonora sensacional, justo como la que luce este registro, puede hacer que una interpretación parezca mejor de lo que es, pero yo le escuché esta sonata a Javier pocos meses antes de la que la grabara y ya me dejó anonadado. Así que no, lo que hacen los ingenieros es que luzca en su esplendor una técnica pianística absolutamente descomunal, no ya en dedos sino en control del sonido, en capacidad para planificar, en respiración de los grandes arcos melódicos… Todo esto al servicio de una idea expresiva al mismo tiempo ortodoxa y valiente: respeto absoluto al estilo pero intentando conseguir al mismo tiempo el más alto grado de elegancia, equilibrio y belleza sonora sin que la pasión se resienta. Cuadratura del círculo. En este sentido, el primer movimiento es una lección magistral de cómo se puede jugar no ya con el rubato chopiniano, que también, sino con toda la agógica y la dinámica para matizar e incluso fragmentar aún más un discurso que ya de por sí es bastante quebradizo dando como resultado justo lo contrario, una interpretación que otorga absoluta lógica arquitectónica y expresiva a la página. En el Scherzo el de Nerva no se deja llevar por el temperamento; al contrario, permite que la música respire y se eleve con infinita poesía que sabe ser señorial, también íntima y evocadora, al tiempo que aclara las texturas de manera asombrosa merced a una prístina digitación. De antología la Marcha fúnebre: honda, atmosférica, reflexiva, pero en absoluto compungida o lastimera. El breve movimiento conclusivo me hubiera gustado más visionario. Perianes parece preferirlo ambiguo, también un punto sensual. Importa poco. Hay que decirlo, porque es verdad: versión de referencia junto con la de Kissin. (10)

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