Un cajón de sastre para cosas sobre música "clásica". Discos, conciertos, audiciones comparadas, filias y fobias, maledicencias varias... Todo ello con centro en Jerez de la Frontera, aunque viajando todo lo posible. En definitiva, un blog sin ningún interés.
Saqué la entrada que pude, una localidad de palco sin visibilidad a precio considerable. Pensé que iba a ocurrir como en muchos asientos del Teatro Real, que estando de pie todo el tiempo podría ver algo, pero no: solo haciendo terribles contorsiones pude enterarme muy ligeramente de la producción se ambientaba en el siglo XIX y de que la Netre sigue estando muy guapa. Experiencia a medias, por tanto, e incluso menos que a medias, porque ni siquiera pude seguir el ritual de los aplausos. Dicho esto, se trataba de Nabucco en La Scala, justo el mismo sitio donde se estrenó esta primera obra maestra de Giuseppe Verdi allá por 1842. No me arrepiento de haberme gastado el dinero. En la entrada, quiero decir, porque el viaje lo hice para ver arte, no por la música.
Me considero incapaz de decir casi nada sobre el elenco all-stars congregado. Luca Salci me pareció un Nabucco bastante solvente. Anna Netrebko me gustó muchísimo, pese a que en la cabaletta el maestro tuviera que ralentizar el tempo para que la diva rusa pudiera con ella. Francesco Meli fue un maravilloso Ismaele de la más sagrada tradición italiana. Me pasó un poco inadvertida Veronica Simeoni, Fenena oficial de los últimos tiempos. Por cierto, que a la pobre la pusieron calva en esta producción. Michele Pertusi hizo un insuficiente Zaccaria: este gran cantante debería jubilarse ya. Se le aplaudió por mera cortesía y con un poco de pena.
De lo que sí puedo decir algo es de la dirección de Riccardo Chailly, lo mejor que le he escuchado últimamente al desigual maestro milanés. ¿Cómo fue su Verdi? Pues miren ustedes, esta vez se dejó de experimentos con gaseosa y se olvidó de veleidades "históricamente informadas", lo que de paso significaba romper con la línea de interpretación verdiana que va de Toscanini a Muti y que prioriza la electricidad, el vigor rítmico y una cierta sonoridad "a banda" en el foso. Que sí, que esta es admirable y a mí mismo me gusta una barbaridad, pero Chailly se fue por otro camino. Algunos despistados dirán que hizo un Verdi germánico, por aquello de los tempi amplios y tal. Para nada. Hizo un Verdi latino, mediterráneo, maravillosamente italiano, lo que significa sensualidad, calor humano, mucha luz y, sobre todo, delectación melódica. La palabreja, aunque no exista, es cantabilidad.
Creo haberlo escrito alguna vez: el asunto consiste en frasear justo como cantaba Carlo Bergonzi. Y eso es justo lo que hizo Chailly. También ofreció sentido teatral, contrastes y todo eso, pero la plasticidad del tratamiento de la orquesta, la flexibilidad en el discurso horizontal, la lógica en el engarce de los diferentes números y el vuelo melódico se pusieron en primera fila. Durante buena parte del espectáculo entorné los ojos y me dejé llevar por la gloria bendita que salía del foso. Y por el descomunal trabajo del coro, que no se me olvide: en muchísima mejor forma que hace pocas décadas, las señoras y los señores del Coro del Teatro alla Scala firmaron una de las mejores recreaciones de Va, pensiero que un servidor haya escuchado. No la más dramática o patriótica, desde luego, pero sí la más plena de musicalidad. ¡Qué manera tuvo Chailly de bordar la conclusión!
En fin, como la función del 26 se retrasmitirá por La Scala TV, pagaré para ver cómo fue visualmente aquello. Y si no, esperaré a que haya edición comercial oficial, porque se ha anunciado que las cuatro primeras funciones conocen filmación. Por cierto, la fotografía la tomé cuando los señores que tenía delante me hicieron el favor de echarse a un lado a tal efecto. ¡Ojalá hubiera visto así de bien durante el espectáculo!
La entrada original es del 16 de junio de 2022. Reviso y comento de nuevo la grabación de Boulez/Chicago y añado los dos vídeos del maestro francés, así como los CD de Rattle y Slatkin. Al final de la lista, un vídeo con Ivan Fischer que termina siendo opción número uno, no por él sino por la coreografía.
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El mandarín maravilloso es una de mis obras sinfónicas favoritas. Para mi desgracia y la de todos los amantes de ese enorme genio que fue Béla Bartók, la mayoría de los directores optan por grabar la suite y no el ballet completo, seguramente por una razón de lo más prosaica: se ahorran el coro, cuya participación en el final es tan breve como decisiva. Vayan aquí algunas versiones de la versión íntegra; en otro momento hablaremos de la suite.
1. Boulez/Filarmónica de Nueva York (Sony, 1971). El compositor y director francés no solo ofrece el sentido de la arquitectura, la precisión rítmica y la claridad en él esperables, sino también, ya desde un arranque de enorme virulencia, esa expresividad –incluyendo no solo el sentido de la ironía, sino también el vuelo lírico– que no suele considerarse como su punto fuerte. Escúchese para romper todos los tópicos, por ejemplo, cómo las cuerdas cantan angustiadas durante el crescendo con coro. Lástima que la orquesta no sea mejor, aunque el maestro extraiga de ella un partido admirable. Tampoco la toma, originalmente cuadrafónica, es ninguna maravilla. El reprocesado en alta resolución sigue sonando mate, pero otorga el merecido relieve a los sonidos graves: el bombo, fundamental en esta obra, es de impresión. (9)
2. Dohnányi/Filarmónica de Viena (Decca, 1977-79). Aunque un arranque particularmente “ruidoso” –en el buen sentido– haga pensar que nos vamos a encontrar ante una interpretación expresionista ante todo, lo cierto es que el aún joven maestro demuestra utilizar un trazo muy fino y poseer una elevadísima sensibilidad para el refinamiento en las texturas, la variedad en el color y las sutilezas en el fraseo, sacando un enorme provecho de la incomparable belleza sonora de la orquesta sin dejar de hacer que esta, cuando le corresponde, se transforme por completo para ofrecer grandes dosis de aspereza e incisividad. Falta, quizá un punto de magia e inspiración en algunas frases, pero el nivel es extraordinario. La toma sonora ofrece una amplísima gama dinámica. (9)
3. Abbado/Sinfónica de Londres (DG, 1982-83). El milanés todavía en su mejor momento dándonos una lección no solo de técnica –asombroso el manejo de la paleta tímbrica, de los ritmos y de las tensiones– sino también de convicción expresiva, sabiendo moverse como nadie entre lo sórdido, lo irónico, lo misterioso y lo desgarrado, lo que significa desplegar tanta fuerza bruta como concentración y vuelo lírico, pero también no dejarse llevar por el efectismo ni el descontrol. Todo está aquí increíblemente bien medido, a lo que no es ajeno el talento de los músicos de una orquesta en plena forma. Participación de lujo de los Ambrosians Singers. La grabación, curiosamente, se realizó en dos locales y en dos años distintos. (10)
4. Dorati/Sinfónica de Detroit (Decca, 1983). Solo un año después de la interpretación de Abbado nos llega esta, no tan bien grabada como aquella a pesar de las cosas que hacían por entonces los ingenieros de Decca, que se pone casi a la altura interpretativa de la del milanés por idioma y convicción. El “casi” se debe a que Dorati no llega a ofrecer la extrema garra dramática y la trepidante inmediatez expresiva de su colega, si bien ofrece un sentido tímbrico más sensual que pone de relieve el parentesco de esta obra con el impresionismo; alcanza quizá unos clímax más atmosféricos, densos y opresivos. Flojea un poco el final, a partir de la sección coral: la concentración y el misterio podían ser aún mayores. (9)
5. Boulez/Filarmónica de Viena (Medici TV y YouTube, 1992). Esta filmación del Festival de Salzburgo nos trae todavía al Boulez eminentemente expresionista de su grabación con Nueva York veintiún años anterior –va incluso más rápido: antes eran 31’ y ahora solo 30’40’’–, solo que con una orquesta aplastantemente superior a aquella, nada menos que una Wiener Philharmoniker a la que hace sonar con una incisividad y una fiereza desacostumbradas en ella. Por lo demás, el maestro francés hace gala un tremebundo sentido del ritmo y sabe hurgar en los aspectos más inquietantes de la música sin perder el control de la forma. Un prodigio, en definitiva, en el que solo hay que lamentar una calidad de imagen y sonido muy inferiores a los estándares de la actualidad. (10)
6. Rattle/Sinfónica
de Birmingham (EMI, 1993). No hay
genialidad alguna -el maestro británico nunca ha acostumbrado a ofrecerlas-,
pero lo cierto es que Rattle derrocha aquí su incuestionable talento al tiempo
que demuestra una enorme sintonía –piensen en el Concierto para piano nº 2
junto a Lang Lang– con la música de Bartók. La violencia y la incisividad están
ahí sin necesidad de forzarlas, hay misterio sin necesidad de romantizar la
música, el fraseo respira como es debido, la narratividad se encuentra a flor
de piel y el buen gusto impera en todo momento. Un modelo. (9)
7. Slatkin/Sinfónica
de Saint Louis (RCA, 1993?).
Hay nervio, garra y vistosidad en esta interpretación. También hay teatralidad
y un desarrollado sentido del descaro tímbrico: el maestro norteamericano no se
corta precisamente a la hora de poner en primer plano metales y percusión. El
problema es que con frecuencia confunde la electricidad con la precipitación –repárese
en la célebre danza con que se cierra la versión de suite orquestal–, la violencia
con la brutalidad, la personalidad con el rebuscamiento en la agógica y la
brillantez con el numerito de cara a la galería. La orquesta le funciona de
maravilla, pero no está en modo alguno tratada con la claridad de un Boulez: el
francés sí que sabía combinar la violencia con un tratamiento meridiano de los
planos sonoros. Sensacional la toman en la que hay que destacar los increíbles
los graves y una amplísima gama dinámica. (8)
8. Ozawa/Sinfónica de Boston (Philips, 1994). El maestro de origen oriental y los suyos se deciden a grabar la versión completa, pero sin aportar mucho más en lo interpretativo con respecto a su registro anterior de la suite. Quizá ahora haya una mayor dosis de aspereza, particularmente en el tercio final antes no abordado. El chasco viene por parte de la toma, con mayor amplitud dinámica que la realizada para DG, pero bastante plana en lo que a relieve de planos sonoros se refiere. (9)
9. Boulez/Sinfónica de Chicago (DG, 1994). No fue Boulez un director que modificara mucho sus planteamientos desde la era analógica a la digital, pero a partir de su contrato con el sello amarillo a principios de los noventa fue poco a poco suavizando su tendencia expresionista para abrirse más a la atmósfera, el misterio y la abstracción. Precisamente este Mandarín, aun no muy distinto del de dos años atrás en Salzburgo, pierde un poco de electricidad y potencia expresiva para hurgar, con ayuda de tempi algo más lentos (31’54’’ frente a los 30’40’’ con Viena) en aquellos recovecos de la partitura que quedaban por explorar. Como la orquesta es la idónea para sus fines y la toma de sonido un verdadero prodigio, el resultado es una grabación de indispensable conocimiento. (10)
10. Nagano/Sinfónica de Londres (Erato, 1997). Ya desde un comienzo especialmente intenso, rabioso y explosivo, Nagano deja bien claro que la suya va a ser una interpretación de corte expresionista, áspera a más no poder, implacable en su sentido del ritmo, pero poco a poco también hace gala de una buena flexibilidad, de capacidad para recrear atmósferas y de una gran inteligencia a la hora de narrar la historia, e incluso de buscar la onomatopeya, todo ello sin desatender la claridad ni la riqueza en el color. Lástima que la toma, aun de notable calidad, resulte algo seca. (9)
11. Chailly/ Orquesta del Concertgebouw (Decca, 1997). Un prodigio en todos los sentidos: tensión interna, sentido del ritmo, riqueza de color, tratamiento de las texturas y, sobre todo, expresividad en cada una de las frases y de las intervenciones solistas, las de una Concertgebouw en estado de gracia y admirablemente recogida por los ingenieros de Decca. Puede que algún pasaje se haya escuchado aún con mayor inspiración en los registros de Boulez, Abbado o Dorati, o en las espléndidas suites grabadas por Solti, pero al maestro milanés, visceral en alto grado mas no precisamente desatento a la sensualidad ni el misterio, mantiene casi siempre el listón en lo más alto, particularmente en los tres sucesivos intentos de asesinato del mandarín, recreados de manera magistral. (10)
12. Alsop/Sinfónica de Bornemouth (Naxos, 2004). Obteniendo aceptable partido de una orquesta discreta, la directora neoyorquina va más allá que Ozawa recreándose en una atmósfera y una sensualidad netamente impresionistas, lo cual estaría muy bien si no fuera porque hay pasajes resueltos con más escándalo de la cuenta y el final con coro dista de ofrecer la magia poética deseable. Muy decepcionante la toma sonora: lejana, difusa y con graves exageradísimos –al menos en SACD–, la que nos hace pegar un respingo –y obliga a bajar el volumen– cada vez que el bombo cobra protagonismo. (7)
13. Boulez/Filarmónica
de Berlín (Medici TV, 2010).
Boulez termina su recorrido por esta partitura con tempi considerablemente más
amplios que en las ocasiones anteriores (33’28’’, tres minutos y medio más que
en su antiguo registro para CBS). El no va más en claridad, claro está, lo que
en esta obra es importantísimo. Pero también es verdad que también lo son el
nervio y la acción dramática, lo que significa que muchos melómanos preferirán
el enfoque mucho más inmediato de sus interpretaciones con Nueva York y Viena.
Da igual: lección magistral sobre la partitura, en perfecta sintonía con una
orquesta excepcional que toca con una depuración sonora extrema. El único
reparo serio es que la parte del coro ha sido reemplazada. Toma de sonido e
imagen muy superiores a las de la filmación en Salzburgo, aunque sin alcanzar
la calidad alucinante del CD de Chicago. (10)
14. Salonen/Orquesta Philharmonia (Signum, 2011). El maestro finlandés ofrece, lidiando con la siempre complicada acústica del Royal Festival Hall, una interpretación particularmente afilada, nerviosa y virulenta, por momentos más aparatosa de la cuenta, circunstancia que se ve subrayada por el deseo de la batuta de contrastar semejante visceralidad con algunos pasajes resueltos de manera particularmente misteriosa. El resultado es muy vistoso y atractivo, aunque también algo superficial. La toma ofrece amplia dinámica y una percusión bien presente. (8)
15. Iván Fischer/Orquesta del Festival de Budapest (YouTube, 2017). Esta interpretación es especial. Orquesta y director se encuentran sobre el escenario, pero se deja un espacio para que unos excelentes bailarines desarrollen una coreografía de Krisztián Gergye sensacional: hermosa, muy expresiva y absolutamente fiel a la dramaturgia original. Quien quiera saber “de qué va esta música” en lo que al argumento se refiere, aquí tiene la solución a sus interrogantes. La interpretación musical es notable: muy bien dicha, irreprochable en el idioma –lógico– y particularmente atenta a os aspectos más curvilíneos, atmosféricos y sensuales de la música, aunque –también era de esperar– más artesanal que otra cosa y a veces algo floja en las tensiones. En cualquier caso, opción número uno para quien se acerque a la obra por primera vez, como también para quienes no la terminan de disfrutar. (8 interpretación musical – 10 coreografía)
Se incorporan Buniatishvili/Paavo Järvi y Wang/Dudamel.
Actualización: 28-12-2022
Añado las grabaciones de Istomin/Ormandy, De Larrocha/Dutoit y Ousset/Rattle.
Actualización: 12-04-2021
Realizo un nuevo comentario de la grabación de Rubinstein con Ormandy, que ha recuperado su cuadrafonía.
Actualización: 6-10-2019
He vuelto a escuchar la versión de Weissenberg/Karajan, reformando su comentario, y he añadido las de Ashkenazy/Kondrashin, Orozco/De Waart, Licad/Abbado, Ortiz/Atzmon, Hough/Litton, Lugansky/Oramo, Lazic/Kirill Petrenko, Matsuev/Temirkanov y Dong-Hyek Lim/Vedernikov. Treinta y nueve referencias en total.
Actualización: 17-04-2016.
Esta entrada se publicó por primera vez el 27 de diciembre de 2013. Además de reformar la reseña de Ashkenazy/Previn, añado ahora comentarios de las interpretaciones de Janis/Dorati, Entremont/Bernstein, Vásáry/Ahronovitch, Grimaud/López Cobos, Grimaud/Ashkenazy, Kawamura/Belohlavek y Kissin/Chung. Lamento no haber podido escuchar la mayoría de las grabaciones recomendadas por los lectores.
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La historia la conocen ustedes de sobra: Rachmaninov cayó en una tremenda depresión tras el estreno de su Primera sinfonía, pero este Concierto para piano y orquesta nº 2, compuesto entre 1900 y 1901,le sacó de la postración y le convirtió en uno de los artistas más populares y queridos del siglo XX, mal que le pese a los pedantorros comprometidos con la modernidad.
No es, con todo, la mejor obra concertante del autor ruso: creo que ese puesto se lo merecen sus muy tardías Variaciones sobre un tema de Paganini. En cualquier caso, se trata de una partitura muy bella a la que con sumo placer le he dedicado en las últimas semanas unas cuantas horas de audición que me ha permitido realizar esta pequeña comparativa. No hay la menor intención de sentar cátedra: no son más que unos apuntes para intercambiar opiniones.
Son sus movimientos: 1- Moderato; 2 – Adagio sostenuto; 3 – Allegro scherzando
1. Rachmaninov. Stokowski/Orquesta de Philadelphia (Naxos, 1929). El gran interés de este registro es, obviamente, escuchar al propio compositor al piano. Desde luego está magnífico, haciendo gala de una gran agilidad, naturalidad y flexibilidad en su parte. Lo curioso es que no se preocupa tanto de la vertiente melancólica como de la más extravertida de su música, como si le quisiera dar la razón a los que ven en él –muy injustamente– un creador superficial y exhibicionista. Muy meritoria la encendida y entusiasta batuta de un Stokowsky que también sabe recrearse bien en la parte lírica de la obra, si bien es cierto que algunas frases podrían estar más paladeadas y que hay algún que otro exceso y contundencia marca de la casa. La toma sonora deja mucho que desear. (8)
2. Istomin. Ormandy/Orquesta de Philadelphia (CBS, 1956). Comienza muy bien el piano, decidido y poderoso, pero en cuanto se le ofrece la oportunidad, se echa a correr para demostrar una incuestionable agilidad digital que no quiere saber nada de matices ni de intención expresiva. A partir de ahí, la desigualdad está servida. Ormandy conoce y ama este repertorio, y maneja a la portentosa orquesta con plasticidad admirable pero aún es un Ormandy inmaduro, expeditivo, volcado en el efecto de cara a la galería: nada que ver con su registro de 1971 con Rubinstein. En cualquier caso, es capaz de ofrecer unos soberbios minutos conclusivos. Correcto sonido monofónico. (6)
3. Rubinstein. Reiner/Sinfónica de Chicago (RCA, 1956). Del pianista polaco hay que admirar la prodigiosa naturalidad, fluidez, transparencia y sinceridad de su trabajo, aquí no especialmente personal ni inspirado, pero sí apasionado, flexible, variado y lleno de virtuosismo, pero su conjunción con Reiner no termina de redondearse. El primer movimiento, encendido, rústico y viril, decepciona relativamente por una batuta que se precipita un tanto y que no profundiza todo lo que debe en el lado lírico y sensual de la obra. Magnífico el segundo, muy bien paladeado por la batuta pero dotado también de un punto de dramatismo y rebeldía. El Allegro scherzando tiene altibajos, pero alcanza un final de innegable grandiosidad y apasionamiento. Sonido estupendo para la época. (8)
4. Richter. Sanderling/Filarmónica de Leningrado (Praga, febrero 1959). Un director de fraseo cálido, humanístico y ajeno a excesos. Un pianista de fraseo lento y concentrado, sensibilidad honda y gran creatividad al que le interesa mucho antes la sustancia dramática –y la relación entre una nota en la siguiente, siempre llena de significado– que la belleza sonora o el mero virtuosismo. Entre dos artistas de tan grande calibre se supone que la interpretación debería ser colosal, mas no termina de ser así: en el primer movimiento el célebre tema principal suena un punto enfático, incluso hinchado, en la sección central del segundo el solista se echa a correr y en el tercero vuelve, poco antes del final, el fraseo algo hipertrofiado e insincero. (8)
5. Richter. Wislocki/Filarmónica de Varsovia (DG, abril 1959). Un par de meses después de su registro en vivo, Richter se metió en el estudio de grabación para dejar su grabación oficial de la obra. Las frases enfáticas de la orquesta en los movimientos extremos siguen aquí, lo que deja claro que no eran cosa de Sanderling sino del propio pianista. Desgraciadamente, Richter no consigue aquí la escalofriante introducción de la anterior ocasión, si bien en la sección rápida del Adagio sostenuto esta vez no se precipita como entonces. Por otra parte, Stanislaw Wislocki carece de la personalidad cálida y comunicativa de su colega, y la formación polaca no posee la belleza sonora de la Filarmónica de Leningrado, así que la interpretación en vivo resulta globalmente preferible. Esta de DG suena, lógicamente, mucho mejor. (7)
6. Janis. Dorati/Sinfónica de Minneapolis (Mercury, 1960). Dirección bien
delineada pero seca, fría y escasamente sensual, muy ajena al estilo, al
servicio de un pianista de enorme virtuosismo pero bastante cuadriculado en el
fraseo que se queda en la mera brillantez en los movimientos extremos, para
ofrecer entremedias un Adagio sostenuto tan bonito como insustancial. Incluso
escuchada en HD-audio, la toma sonora queda por debajo de lo que el mito de
Mercury Living Presence hace esperar. (6)
7. Entremont. Bernstein/Filarmónica de Nueva York (Sony, 1960). Hay que
distinguir aquí entre el Bernstein del Adagio sostenuto, lento y concentrado,
atento a paladear las melodías con delectación –aunque sin terminar de resultar
todo lo emotivo que debiera–, del Bernstein de los dos movimiento extremos,
extrovertido y con gancho pero al mismo tiempo de fraseo
impulsivo, por no decir exhibicionista, más atento al golpe de efecto que a la
planificación minuciosa y a la creatividad, además de un tanto ajeno al estilo. El joven Entremont –treinta y cuatro años– transita por senda
parecida, ofreciendo más fuego que sensualidad, humanismo o poesía, y cayendo no
pocas veces en la pura exhibición de agilidad pianística ajena al matiz
expresivo. La orquesta no puede ocultar sus limitaciones, y la toma sonora
tampoco está a la altura. (6)
8. Van Cliburn. Reiner/Sinfónica de Chicago (RCA, 1962). El joven pianista tejano aporta incuestionable virtuosismo, un fraseo sin precipitaciones y gran sensatez expresiva. El veterano maestro húngaro, romanticismo objetivo, viril y sin devaneos, además de un fabuloso control de los medios. A ambos les falta riqueza de matices, variedad expresiva y una buena dosis de emotividad. De temperatura emocional, incluso: el gran clímax del primer movimiento sobre el tema principal le falta fuerza. El sonido en SACD es bueno sin más. (7)
9. Ashkenazy. Kondrashin/Filarmónica de Moscú (Decca, 1963). Aunque
todavía tenga que matizar más algunas frases, alcanzar clímax de mayor
tensión emocional y, en general, ofrecer un punto adicional de brillantez,
cosa que hará en sus dos absolutamente referenciales grabaciones
siguientes, lo cierto es que a sus veintiséis años Ashkenazy se mostraba
como un perfecto intérprete de este concierto haciendo gala de tres
virtudes importantísima, a saber: un virtuosismo enorme que apenas se
hace notar como tal, porque está pensado únicamente en función de la
música y no de la exhibición, un toque de gran variedad en dinámicas y
colores, y un fraseo lleno de naturalidad que recoge a la perfección,
sin melifluidades ni gestos de cara a la galería, el lirismo ensoñado,
nostálgico y un punto agridulce propio del compositor. Kondrashin quizá
no sea el más inspirado recreador de la página desde el podio, pero sabe
lo que se trae entre manos, frasea holgadamente para que
el piano respire y hace sonar a la cuerda con la voluptuosidad y la
emoción que la música necesita, además de obtener un formidable
rendimiento de una orquesta –tres años atrás había alcanzado su
titularidad– que luce mucho más en Londres con la ingeniería de Decca
que bajo los terribles micrófonos de la URSS. (9)
10. Wild. Horenstein/Royal Philharmonic (Chesky-Chandos, 1965). La dirección de Horenstein, aunque muy poco afín con el estilo y no muy emotiva, es globalmente digna por su buen pulso y acertado sentido dramático. El problema es Wild: pulsación nítida pero más bien neutra, fraseo de monocorde, escasez de aliento poético y búsqueda exclusiva de la espectacularidad. Al final, cascadas de notas una detrás de la otra, todas iguales, concatenadas sin la menor intención expresiva. Muy buena la toma sonora, como era habitual en las producciones de Charles Gerhardt. (5)
11. Ashkenazy. Previn/Sinfónica de Londres (Decca, 1970). El más grande pianista
en Rachmaninov se encuentra con la mejor batuta para este repertorio. El primero
ofrece variedad en el sonido, efervescencia controlada –hay
virtuosismo a más no poder, pero con sentido expresivo– y una gran riqueza de
matices que no conoce narcicismos. El segundo, un fraseo tan natural como
flexible donde abundan retenciones de tiempo maravillosamente resueltas y de un
enorme impacto expresivo. Entre ambos alcanzan resultados memorables, por todo:
idioma, calidez, vuelo poético, melancolía en su dosis justa, claridad, riqueza
tímbrica, rusticidad bien entendida, energía… La orquesta londinense está muy
aprovechada y alcanza un sonido ideal para el autor, luciendo más aún en la
reciente remasterización en HD, que ha hecho mejorado de manera considerable la
anterior encarnación en compacto. La versión ideal. (10)
12. Rubinstein. Ormandy/Philadelphia (RCA, 1971). A sus ochenta y cuatro añitos de edad, Rubinstein nos deja su interpretación definitiva, clásica y alejada de toda afectación, avanzando con respecto a su registro con Reiner en flexibilidad, variedad y emoción. Muy distinta a la de aquel es la dirección de un Ormandy que, aunque siempre tuvo especial sintonía con Rachmaninov, en el último tramo de su carrera alcanzó una inspiración muy especial. Su fraseo sabe ser voluptuoso y otoñal, trata con enorme plasticidad a la formidable orquesta, de maderas muy carnosas, y sabe ofrecer una dosis importante de melancolía incluso en el tercer movimiento, que su batuta se toma sin ninguna prisa y desgranando muy bien las texturas orquestales. Dutton Vocalion ha recuperado en SACD la cuadrafonía original, con bastante información en los canales traseros pero, venturosamente, sin caer en el efectismo. (9)
13. Orozco. De Waart/Royal Philharmonic (Philips, 1972). El joven Orozco
fue visto fundamentalmente como un virtuoso, y en este sentido aquí
deja bien claro su irreprochable técnica, pero no se puede decir que su
toque sea monolítico, ni su fraseo rígido, ni escasa su implicación
emocional. Antes al contrario, el pianista cordobés matiza con
sensibilidad, canta las melodías con amplitud y consigue un perfecto
equilibrio entre los aspectos más temperamentales de esta obra y los más
introvertidos, entre garra dramática y vuelo poético, solo dejándose
llevar por los más externos en determinadas
secciones del movimiento conclusivo. Quizá hubiera podido profundizar
más en su aproximación con una batuta más inspirada que la de De Waart,
en general correcto pero escaso de fuego y de carácter viril,
incluso algo anémico en algunos pasajes. La toma se ha conservado bien
para la época. (8)
14. Weissenberg. Karajan/Filarmónica de Berlín (DVD DG y CD EMI, 1973). Todo está colocado en su sitio con perfección asombrosa, las sonoridades
son muy hermosas y opulentas al tiempo que refinadas, el trazo es
seguro, pero la batuta, que opta por la vertiente lírica y
evocadora, no parece lograr sus objetivos. A la postre el resultado es
frío, aunque no le podemos regatear a Karajan un clímax final muy
encendido. El pianista es todo agilidad y venturosamente no se precipita
ni se deja llevar por el nerviosismo, pero su sonido no es muy variado,
matiza poco y, en general, resulta más bien plano y cuadriculado. Una reciente remasterización en alta resolución ha otorgado nueva
vida a la edición en audio de EMI, en general satisfactoria pero con problemas en los
tutti. (6)
15. Vásáry. Yuri Ahronovitch/Sinfónica de Londres (DG, 1975). Excelente toma
sonora –salvo en los fortísimos– para una interpretación sosegada, dicha con
enorme belleza sonora y fraseada con tanta sensualidad como sentido cantable,
pero en exceso centrada en los aspectos más ensoñados y contemplativos de esta
música –sobre todo en el segundo movimiento, claro–, echándose de menos tanto el
regusto amargo de la particular melancolía del autor como esa incisividad y
esa garra dramática que también deben ser ingredientes de la misma. Una recreación,
en definitiva, para escuchar a la luz de la luna dejándose embriagar por las
fragancias del jardín, pero no para profundizar en la partitura. (8)
16. De Larrocha. Dutoit/Royal Philharmonic Orchestra (Decca, 1980). El aún joven Dutoit da la campanada mostrándose ya como un enorme intérprete de Rachmaninov, y eso que aún no tiene –como tendrá en su ciclo de sinfonías- a ese instrumento perfecto tan asociado al compositor como es la Orquesta de Philadelphia. Sea como fuere, aquí están el sonido carnoso, la voluptuosidad en el fraseo, la mezcla de rusticidad y morbidez, la atmósfera al mismo tiempo melancólica y malsana del compositor ruso expuestas en todo su esplendor bajo una batuta que lo controla todo. La excepcional De Larrocha no llega al grado de sintonía estilística ni de profundización de un Previn, pero hace gala de una desarrolladísima sensibilidad y, no menos importante, de una técnica equiparable a la de los más grandes virtuosos. Magnífica la toma. (9)
17. Licad. Abbado/Sinfónica de Chicago (Sony, 1983). Veintiún años contaba la pianista filipina Cecile Licad cuando realizó
este debut discográfico por todo lo alto sin que, por lo que hemos
podido saber, su carrera fonográfica haya terminado de cuajar. Lo cierto
es que ofreció una lectura notable en la que hizo gala de un toque
sensible y de un fraseo efervescente, pero no por ello menos
concentrado, aunque también es verdad que ofreciendo una visión en
exceso lírica de la partitura y sin profundizar en sus pliegues expresivos. Abbado sintonizó con su planteamiento y supo
paladear la música sin prisas, con gran delectación melódica, aunque
escorándose hacia lo ensoñado y sin mostrar la suficiente sintonía con el compositor. Espléndida la orquesta, aunque no siempre
trabajada con la excelencia esperable. Sorprende en este sentido que
apenas se escuchen los maravillosos diseños de las flautas al final del
segundo movimiento, sin que sepamos a ciencia cierta si esto se debe a las
circunstancias de una toma poco lograda para la época, a pesar de su
amplia gama dinámica. (7)
18. Ashkenazy. Haitink/Orquesta del Concertgebouw (Decca, 1984). Haciendo gala de su habitual objetividad, claridad, ausencia absoluta de devaneos sonoros y buen pulso, Haitink construye una interpretación lenta y maravillosamente paladeada, muy introvertida y meditativa, pero no por ello falta de brillantez y garra cuando debe. Impresionante toda la última sección del tercer movimiento, intensa y conmovedora sin perder lo más mínimo la lentitud del pulso, y de una grandeza unida a la mayor sinceridad. Ashkenazy vuelve a mostrarse pletórico de virtuosismo y perfecto en el idioma, variado en el sonido, sensible en su punto justo, paladeando y matizando con minuciosidad y sentido. La orquesta holandesa, fabulosa en lo técnico y rebosante de musicalidad. Toma sonora a la altura de las circunstancias. Otra referencia. (10)
19. Ousset. Rattle/Ciudad de Birmingham (EMI, 1984). Un verdadero placer escuchar a dos músicos jóvenes haciendo música así: no solo con enorme técnica y profesionalidad, sino también con una enorme dosis de sensatez. Ciertamente no ofrecen especial inspiración, pero que renuncian al “aquí estoy yo”, al efecto de cara a la galería, para interesarse por los aspectos más líricos de la música haciendo gala, tanto la batuta como el piano, de un fraseo mórbido, sensual y lleno de inflexiones. Eso sí, tan apolíneo es el enfoque que se echa de menos una dosis adicional de tensión interna, de rusticidad bien entendida y de garra dramática, sobre todo en lo que a la solista se refiere. (8)
20. Ortiz. Atzmon/Royal Philharmonic (Decca, 1986). Una introducción
apresurada y lineal hace pensar que no va a sintonizar con el espíritu
de la obra, pero lo cierto es que la pianista brasileña va a mostrar no
solo pleno virtuosismo a la hora de abordar la página, sino también
sensatez expresiva y apreciable sensibilidad, ofreciendo a la postre una
recreación bastante correcta, incluso notable en un Adagio sostenuto
que también conoce los mejores momentos de Moshe Atzmon, atento a
paladear las melodías con amplitud y sensualidad. En el primer
movimiento termina perdiendo el norte con ciertas rigideces,
contundencias y hasta trompeterías, mientras que en el tercero cae en
cierta languidez, para luego recuperarse y llegar a un final brillante y
encendido. (7)
21. Kissin. Gergiev/Sinfónica de Londres (RCA, 1988). A sus diecisiete años Kissin está sensacional, arrebatador pero muy controlado al mismo tiempo, exhibiendo un sonido riquísimo de amplia gama dinámica, una enorme claridad y una gran atención a los matices sin caer en amaneramientos. Gergiev se encuentra en su salsa en los momentos más extrovertidos, dichos con garra y sonido apropiado, pero se pierde en los más íntimos, cayendo con frecuencia en lo blando, en la timidez expresiva e incluso en la ñoñería. ¡Qué oportunidad perdida! (7)
22. Gavrilov. Ashkenazy/Royal Philharmonic (EMI, 1989). El artista que mejor ha interpretado la obra desde el teclado se encuentra todavía por estas fechas –poco después comenzaría un largo declive– en su gran momento como director, y al empuñar aquí la batuta ofrece una recreación vehemente, apasionada, perfecta en estilo y rica en detalles de elevada inspiración, aunque también algo precipitada por momentos. Quien desconcierta es el pianista, dueño de un toque riquísimo y pletórico de virtuosismo, pero considerablemente desigual en la concentración, alternando pasajes maravillosamente paladeados con otros interesado en hacer alarde de la agilidad digital y dichos por completo de pasada. La toma sonora del CD –existe una filmación comercializada en su día y ahora disponible en YouTube– dista de convencer para la fecha pese a estar realizada contando con la excelente acústica de la Gran Sala del Conservatorio de Moscú. (8)
23. Bronfman. Salonen/Orquesta Philharmonia (Sony, 1990). Ciertamente el maestro nórdico hace honor a su fama de artista analítico y objetivo con una interpretación de magnífico trazo, admirablemente desmenuzada, sometida a un riguroso control de la forma y por completo ajena a efectismos, amaneramientos y cualquier suerte de devaneo sonoro, pero no puede considerarse que su realización resulte fría ni distanciada. De hecho Salonen se toma las cosas con calma, paladea con singular nobleza las melodías y sabe ofrecer una serena calidez poética un Adagio sostenuto esencial y contenido, sin dejar de ofrecer en los movimientos extremos, ya que no especial garra dramática, una irreprochable construcción de las tensiones. Bronfman, de toque ágil e incisivo, se muestra sobrado de virtuosismo y sabe atender a todas las facetas expresivas de la partitura, solo en contados momentos dejándose llevar por el mero mecanicismo con que algunas frases de la partitura suelen tentar al solista. (9)
24. Grimaud. López Cobos/Royal Philharmonic (Denon, 1992). Una Grimaud de tan
solo veintidós años hace gala de un sonido muy bello –más que musculado o
poderoso–, una enorme agilidad y un asombroso dominio de la gama dinámica para
ofrecer una interpretación apolínea ante todo, fluida y equilibrada, de
admirable cantabilidad y delicado lirismo, aunque no por ello exenta de garra.
En cualquier caso, le falta aún una vuelta de tuerca en lo expresivo, y le sobra
la tendencia a lo cuadriculado en la sección virtuosística del segundo
movimiento. La dirección de López Cobos es cuidadosa y de apreciable belleza,
antes que atmosférica o apasionada, y sabe ofrecer brillantez bien entendida en
el movimiento conclusivo. No muy lograda la toma, a pesar de estar realizada en
Abbey Road. (8)
25. Thibaudet. Ashkenazy/Orquesta de Cleveland (Decca, 1993). Técnicamente la interpretación resulta inobjetable. Ashkenazy controla de maravilla a la fabulosa orquesta, haciéndola sonar además en el punto justo de equilibrio entre lo rocoso y lo sensual que necesita Rachmaninov, mientras que Thibaudet, de sonido afilado pero poderoso, ejecuta las cascadas de notas con una limpieza fuera de lo común. Interpretativamente el asunto es harina de otro costal, porque los dos artistas, aun desenvolviéndose de maravilla en el estilo –faltaría más en el caso del de Gorki–, evidencian una extraña irregularidad en la concentración y escaso interés por los matices expresivos. El primer movimiento comienza con irreprochable corrección pero de desarrolla de manera un tanto lineal hasta llegar a un clímax central adecuadamente poderoso para a partir de ahí ofrecer –sobre todo en la orquesta– una calidez en el fraseo y una emotividad absolutamente acongojantes. El Adagio sostenuto está desgranado con esa peculiar mezcla de delicadeza y nostalgia que necesita, pero incomprensiblemente en la sección rápida central el pianista se echa a correr para realizar una exhibición del más vacuo virtuosismo. Flojo, finalmente, el Allegro scherzando, con una batuta que desaprovecha por completo las posibilidades melódicas del tema principal en su primera aparición y un pianista de nuevo obsesionado por dejar clara su agilidad. La apoteosis final sí alcanza mucha garra dramática, pero no puede evitar el agridulce sabor de boca. Magnífica la toma. (7)
26. Ogawa. Owain Arwel Hughes/Sinfónica de Malmö (BIS, 1997). La gran virtud de esta interpretación en la amplitud de sus tempi y la manera en la que, amparándose en ellos, se frasea con naturalidad y vuelo lírico, dejando a la música respirar y no cayendo en la menor precipitación. Ahora bien, mientras la pianista oriental se mueve muy bien dentro de este concepto haciendo gala de un fraseo muy bello y sensible, ya que no de un sonido del todo adecuado para el compositor ni de un temperamento con toda la garra dramática que debiera, el maestro galés no logra tensar la arquitectura ni inyectar teatralidad, ni elocuencia ni variedad expresiva a las intervenciones de una orquesta que tampoco es muy allá: a la postre la arquitectura se le viene abajo. Soberbia la ingeniería de sonido. (7)
27. Volodos. Chailly/Orquesta del Concertgebouw (YouTube, Proms 1997). De los BBC Proms nos llega una interpretación pletórica de virtuosismo, de entusiasmo y de brillantez, a la que le falta un punto más de emoción y de idioma para ser excepcional, así como algo más de poesía en los pasajes en los que el solista se deja llevar por los fuegos artificiales. Como sale gratis, merece la pena conocerla. (8)
29. Grimaud. Ashkenazy/Orquesta Philharmonia (Teldec, 2000). Han pasado ocho años
desde su primera grabación y, aun siendo el enfoque de nuevo lírico y
apolíneo ante todo, la pianista francesa ha madurado su lectura y ahora ofrece
mayores dosis de apasionamiento, más atención a los matices –sigue
habiendo alguna frase un punto mecánica– y, en general, mayor sensibilidad.
Claro que lo que marca la gran diferencia es la dirección de un Ashkenazy que
conoce como pocos el lenguaje del compositor y, haciendo ahora gala de mayor
concentración que cuando dirigía a Gavrilov y a Thibaudet, se lanza en plancha a poner de
relieve los aspectos más emotivos de la obra, atendiendo de forma especial a la
atmósfera, a la melancolía y a la voluptuosidad bien entendida, ofreciendo
además detalles de gran elegancia y sutileza. Entre los dos artistas ofrecen
momentos verdaderamente mágicos, como el final del primer movimiento, y
consiguen el que quizá sea el Adagio sostenuto más hermoso de todas las
grabaciones comentadas. Se podrán preferir enfoques más
dramáticos y escarpados, pero como interpretación lírica esta es la número uno.
(10)
30. Zimerman. Ozawa/Sinfónica de Boston (DG, 2000). Increíble de virtuosismo por su claridad digital, riqueza sonora y variedad del sonido, el pianista polaco ofrece una recreación intensa y sentida, pero no muy dada al vuelo lírico, ni al exceso de melancolía ni a los arrebatos románticos, sino manteniendo siempre ese punto de “intelectualidad” que caracteriza su arte. El maestro oriental acompaña con muchísima claridad y gran refinamiento. A ambos se les habría de pedir un punto más de garra, así como de idioma, para que la interpretación fuera genial. La toma sonora no termina de convencer: pone en muy primer plano al piano. (9)
31. Scherbakov. Yablonsky/Snfónica del Estado Ruso (Naxos, 2002). Aunque el interés del sello Naxos al grabar este disco era mostrar las posibilidades del SACD y el DVD-Audio (no lo consiguió del todo: la naturalidad de la reproducción es grande pero la toma original no especialmente memorable), lo cierto es que nos encontramos ante una interpretación de muy buen nivel a cargo de un pianista que frasea con sensibilidad, sin la menor rigidez, acompañado de una batuta que hace sonar con gran belleza a la orquesta –magnífica la cuerda– y desgrana la partitura con apreciable aliento lírico. Para terminar de convencer sería necesario un enfoque menos ensoñado, con más garra dramática, un toque más variado al piano y, en general, una dosis mayor de imaginación y compromiso expresivo. (8)
32. Lang Lang. Gergiev/Orquesta del Mariinsky (DG, 2004). Tras una introducción lentísima y genial, Lan Lang empieza a vacilar entre momentos muy logrados y otros en los que se precipita en el más insustancial virtuosismo. Y es que el pianista oriental tiene una vena exhibicionista que de vez en cuando sale a flote, llegando a ponerse por encima de su incuestionable talento: este es el caso. No ayuda precisamente la batuta (¡oh, no, otra vez él!) de Valery Gergiev, en exceso robusta, gruesa y vulgar. En suma, una interpretación tan vistosa como deslavazada e insincera. A olvidar. (6)
33. Hough. Litton/Sinfónica de Dallas (Hyperion, 2004). La extrema
rapidez con la que el pianista aborda los acordes iniciales, en exceso
nerviosa y ajena al misterio, hace temer lo peor de esta interpretación a
la postre no mala, pero sí bastante irregular, particularmente en un
primer movimiento con muy buenos momentos tanto por parte de la batuta
como por la del solista, pero carente de unidad. Mucho mejor el Adagio
sostenuto, expuesto con concentración y sensibilidad, quizá también con
cierta tendencia a lo frágil y, en el caso del solista, dejándose llevar
por la tentación del mecanicismo en los pasajes más virtuosísticos.
Algo parecido le pasa a Hough en el Allegro scherzando, al tiempo que a
Litton se le escapan portamenti de todo punto innecesarios volviendo a
confundir ensoñación con blandura, lo que en cualquier caso no le impide
ofrecer inflamación y voluptuosidad cuando corresponde. El SACD
multicanal recoge bien la acústica de la sala –y los ruidos del público–
en esta toma en vivo. (7)
34. Leif Ove Andsnes. Pappano/Filarmónica de Berlín (EMI, 2005). Pappano procura acentuar contrastes, haciendo que las partes extrovertidas suenen especialmente juveniles e impetuosas y que las introvertidas lo hagan con lirismo especialmente delicado. Por fortuna logra no caer ni en la brutalidad ni en la blandura, respectivamente, si bien el resultado es más vistoso que profundo. El pianista ofrece virtuosismo sobrado y una apreciable objetividad, aunque le falta un punto de imaginación y emotividad. Registro notable pero innecesario. (8)
35. Lugansky. Oramo/Sinfónica de la Ciudad de Birmingham (Warner, 2005). Dotado de un
sonido anguloso y bien perfilado, alejado de lo suave y de lo difuminado
sin que falten variedad en el color ni en la dinámica, y
haciendo gala de una enorme agilidad por completo ajena al nerviosismo y
de una claridad pasmosa, el pianista ruso ofrece una interpretación
intensa y comprometida, muy viril y plena de comunicatividad, que se
interesa ante todo por los aspectos más visionarios de esta música no tanto por lo que tiene de voluptuoso y ensoñado, lo que tampoco le
impide ofrecer momentos líricos de gran concentración. A menor nivel
expresivo se mueve un Sakari Oramo notable concentrador e interprete muy
centrado, pero en exceso parco a la hora de desplegar esa particular
efusividad que esta página necesita; en cualquier caso, paladea la
música sin la menor precipitación y sabe ofrecer momentos de
incuestionable grandeza y aliento épico. (8)
36. Grimaud. Abbado/Orquesta del Festival de Lucerna (DVD DG, 2008). Batuta y solista coinciden en huir de la ampulosidad, el decadentismo y la retórica para ofrecer una lectura sobria, elegante y analítica, de enorme transparencia, muy fluida, en la que en cualquier caso la enorme poesía y concentración de la pianista, que consigue un bellísimo pero nada almibarado Adagio sostenuto, se pone por encima de una batuta más preocupada por el refinamiento y la levedad del sonido que por la calidez expresiva. (9)
37. Dejan Lazic. Kirill Petrenko/Filarmónica de Londres (Channel
Classics, 2008). A sus treinta y seis años y aún sin haber llegado a la
titularidad del foso de Baviera, el maestro ruso evidenciaba ya
importantes virtudes y graves limitaciones en el repertorio sinfónico.
Entre las primeras, una gran técnica y una apreciable
capacidad para cantar las melodías, cosas que aquí hace con enorme
delectación en un Adagio sostenuto sensual y ensoñado a más no poder; su belleza subyuga siempre y cuando
se acepte un enfoque meramente contemplativo de la página. Entre las segundas, una tendencia a la
levedad tanto sonora como expresiva que resulta inconveniente en los movimientos extremos, sobre todo
cuando se incurre –a Petrenko le pasa en varios momentos– en una
blandura manifiesta. Por si fuera poco, el celebrado retorno “marcial”
del gran tema del primer movimiento resulta hinchado y artificioso,
dejando bien claro que el maestro no se cree esta
música. Deján Lazic se encuentra en perfecta sintonía con el enfoque
hiperlírico de la batuta, y por ende no se muestra muy variado en lo
expresivo, pero aquí hay que descubrirse ante un toque muy sensible y un
fraseo poético, rico en matices, que en general evita el mecanicismo y
busca la poesía escondida entre las notas. La toma, en vivo, no es la
mejor posible. (7)
38. Yuja Wang. Abbado/Mahler Chamber Orchestra (DG, 2010). En este registro en vivo el director italiano vuelve a ofrecer una dirección tan vistosa y eficaz como superficial y obsesionada por esas texturas leves, refinadas y muy pulidas que tanto gustan al maestro. Muy por debajo de la Grimaud la pianista oriental: agilísima, objetiva y sin narcisismos, pero cuadriculada, aséptica y tendente al mero virtuosismo. (6)
39. Kawamura. Belohlavek/Filarmónica Checa (RCA, 2013). Ya desde los
acordes iniciales del piano, particularmente decididos y amenazantes, queda bien
claro que esta no va a ser una interpretación rutinaria. Efectivamente, solista
y director coinciden en alejarse del Rachmaninov sensual, evocador y ensoñado
–estamos aquí en las antípodas de Vásáry con Ahronovitch, para entendernos– y
ofrecer una visión ante todo encendida e impetuosa, de pasiones de altos vuelos,
por momentos muy escarpada, a veces rotunda, y de una vehemencia que, por
fortuna, no hace caer a ninguno de los dos en el mecanicismo ni en lo
cuadriculado. Antes el contrario, la joven pianista japonesa –de sonido
poderoso, algo percutivo– y el maduro maestro checo frasean de manera flexible e
imaginativa, ofreciendo numerosos detalles personales que, todo sea dicho, no
siempre acaban de convencer. De hecho, aunque globalmente la lectura engancha, el
vuelo poético no termina de surgir, en parte por lo unilateral del enfoque, en
parte porque probablemente ninguno de los artistas termina de sintonizar con el
universo sonoro y expresivo de Rachmaninov. La toma sonora, realizada en vivo,
es muy buena, y escuchada en HD audio ofrece gran relieve a los contrabajos –aquí
a la izquierda–, pero se echa de menos espacio en la sala: todo suena en exceso
apegotonado. (8)
40. Matsuev. Temirkanov/Filarmónica de San Petersburgo (Blu-ray Euroarts,
2013). Hay que admirar la dirección del veterano maestro ruso, sensualísima en
sonoridad (¡qué empaste el de la cuerda de San Petersburgo!) y en
fraseo, magníficamente paladeada, pero en absoluto rezagada en lo
decadente, sino también llena de fuerza, de expresividad y de
convicción, a despecho de algún pasaje –algo lineal el arranque del
tercer movimiento– que podría estar más aprovechado. El problema es
Matsuev, dueño no solo de una impresionante agilidad digital sino
también de un enorme control de los colores y dinámicas del piano, pero
insulso en lo expresivo –apenas hay algunos detalles de
emotividad en el tercer movimiento– y tendente al puro mecanicismo
en los pasajes más virtuosísticos, algunos de los
cuales –sección central del segundo movimiento, coda conclusiva– suenan
como mecanografía pura. El público, encantado. Toma sonora solo en estéreo –nada de multicanal– con fuerte compresión
dinámica. (7)
41. Kissin. Chung/Filarmónica de Radio Francia (YouTube, 2014). A tenor de lo
que le estamos escuchando en los últimos años, Kissin parece haber entrado en
una fase en la que le preocupa más el análisis objetivo de la partitura que la
intensidad emocional. Efectivamente, este Segundo está todo lo increíblemente
bien tocado que en él se puede esperar, con un sonido tan poderoso como bien
controlado en la dinámica, y se encuentra clarificado en todas sus líneas de una
manera difícilmente superable por cualquier otro pianista, pero ese fuego, esa
imaginación, ese compromiso interpretativo de antaño parecen hoy en cierto modo
atenuados. La dirección de
Myung-Whun Chung, curvilínea y rica en el color, se escora claramente hacia lo
sensual y lo ensoñado, ofreciendo un Adagio sostenuto muy bello pero quedándose
falto de fuego en los movimientos extremos, hasta llegar a incurrir –tema lírico
del Allegro scherzando– en una blandura bastante molesta. (8)
42. Buniatishvili. Paavo Järvi/Filarmónica Checa (Sony, 2016). La pianista georgiana hace gala de un sonido hermoso y flexible, así como de una muy considerable limpieza digital y de una importante capacidad para desplegar brillantez. El problema es que ni ese sonido es el más adecuado para Rachmaninov, por su falta de densidad y e incluso potencia, ni la agilidad va acompañada de la suficiente concentración ni el brillo resulta sincero. Su lectura es más bien una sucesión de momentos inconexos en los que la ligereza mal entendida, la delicadeza seductora, el nerviosismo y hasta la precipitación mezclada con la mecanografía se alternan alegremente sin que afloren ni la poesía nostálgica propia del autor ni la grandeza que requieren determinados momento clave, entre ellos el final. Falta de estilo y superficialidad, en definitiva. A la batuta se le pueden poner los mismos reparos: a veces sabe obtener voluptuosidad de la orquesta –notable, mas no en óptima forma– y hay frases de mucha sensibilidad, pero también pasajes muy triviales, ingravideces y una evidente ausencia de tensión armónica. No solo eso: hay clímax bastante emborronados que hacen dudar de la capacidad técnica –o de las ganas de trabajar– del hijo de Neeme. (7)
43. Trifonov. Nézet-Séguin/Orquesta de Filadelfia (DG, 2018). El pianista
ofrece una interpretación apolínea, clásica en el mejor de los
sentidos, de una impresionante depuración sonora, de apabullante
claridad –la lentitud de los tempi ayuda– y muy bien planificada en sus
tensiones, pero también algo más distante de la cuenta, en exceso
alejada del arrebato y la pasión. El maestro canadiense se amolda al
concepto y refrena de manera considerable el ímpetu de su batuta, pero
lo hace sabiendo ser voluptuoso, sensual y emotivo desde un absoluto
control de los medios a su disposición. Muy notable, pero no excepcional la toma. (8)
44. Dong-Hyek Lim. Vedernikov/Sinfónica de la BBC (EMI, 2018). Sin ser en
absoluto mala, esta interpretación se queda a mitad de camino. El
pianista coreano Dong-Hyek Lim da las notas sin problemas, evita lo
cuadriculado y es sensible a los acentos, pero no parece capaz de
destilar toda la poesía que piden las notas, e incluso por momentos
resulta algo bruto. El director pone entusiasmo y frasea con una
voluptousidad adecuada para Rachmaninov sin mostrarse del todo interesado
por diseccionar la partitura –el trazo no es fino– y evidenciando blanduras en el tratamiento de los violonchelos. Ni
quiera la toma es todo lo excelente que debería: aunque ofrece una
enorme naturalidad tímbrica, al estar realizada a un volumen muy alto
resulta amazacotada y pierde gama dinámica. (6)
45. Yuja Wang. Dudamel/Filarmónica de Los Ángeles (Stage + vídeo, 2023). No funcionan las “campanadas” del arranque, tan separadas unas de otras que suenan un tanto pretenciosas, pero a partir de ahí la pianista oriental ofrece un primer movimiento francamente centrado en el estilo y en la expresión; no resulta particularmente emotiva, pero tampoco se puede hablar de mecanicismo ni de carreras gratuitas. Otra cosa es el Adagio: aquí la Wang, aun extremadamente pulcra en el fraseo y capaz de ofrecer ricos matices, se muestra más bien ajena a la emotividad al mismo tiempo sensual y doliente propia del compositor, para en la sección central –les pasa a muchos– se deja tentar por el virtuosismo puro y duro. En el Finale, dicho con ese sentido de la agilidad y del nervio del que hacía gala el propio compositor sentado al piano, Yuja Wang ofrece un poco de todo, bueno y menos bueno, hasta rematar en una coda que rompe todos los récords de velocidad habidos y por haber sin perder nitidez en la pulsación ni que se le mueva un pelo. Lo mejor es Dudamel, que ya ha madurado lo suficiente como para sintonizar plenamente con el particular mundo expresivo del compositor: aun no renunciando a la brillantez, hay aquí mucho de atmósfera, nostalgia y voluptuosidad bien entendida. (8)