Quien se ha llevado la parte del león de las funciones de La tabernera del puerto –comento la del sábado 9 de febrero– que ha ofrecido el Teatro de la Maestranza ha sido la estupenda soprano granadina María José Moreno. Llevo escuchándola ya muchos años –con menos regularidad de la que quisiera– y no parece que el instrumento, no muy personal y desde luego nada grande de volumen, haya perdido apenas: sigue homogéneo, carnoso y esmaltado. Como también está ahí su facilidad para las agilidades o su capacidad para regular el sonido. Y, sobre todo, su exquisito gusto: su sólida técnica belcantista no conoce narcisismos, ni siquiera en una canción del ruiseñor estupendamente resuelta. Sin ser una actriz profesional, la Moreno se mueve bien por la escena y sabe componer un personaje. Brava.
Antonio Gandía resolvió su parte con solvencia plena: su gran baza es un agudo sólido y de apreciable brillantez, lo que unido a un canto valiente y entregado le permitió ser muy aplaudido por un público que probablemente iba buscando más bravura que otra cosa. Como actor presenta sus limitaciones, pero parecía dirigido con minuciosidad y convenció sin problemas.
Mucho más interesante –pese a su naturaleza detestable– es el personaje de Juan de Eguía, y quizá por ello ese sólido cantante que suele ser Ángel Ódena nos dejara un poco a medio camino: pone entrega pero faltan matices. Em contrapartida, en el terreno actoral fue quizá el mejor del trío protagonista.
Voz no muy allá y canto discreto el de Ernesto Morillo para Simpson, amén de descoordinado con el foso en su “Despierta, negro”. Maravillosa Ruth González como Abel: aparte de que cantó muy bien, desde mi localidad parecía por completo el adolescente que tiene que encarnar. ¡Qué talento escénico el de esta chica! Los veteranos Pep Molina y Vicky Peña compusieron una estupenda pareja cómica, divertida y estrambótica mas sin pasarse de rosca. En esa misma línea de caricatura sin trazo grueso se mostró Ángel Ruiz a la hora de encarnar a Ripalda. El irreprochable Verdier de Abel García redondeó un elenco globalmente notable.
Me pareció irregular la labor de batuta de Óliver Díaz: arrancó con mucha sensualidad y un tratamiento depurado de las texturas, pero a partir de ahí comenzó un extraño tira y afloja en el que se alternaron momentos muy dignos en los que las hermosas melodías de Pablo Sorozábal estuvieron bien cantadas con otros más bien deslavazados, faltos de garra y de tensión interna. A menudo Díaz parecía limitar en exceso el volumen del foso para permitir que se oyera bien a los cantantes, lo que terminó dejando en segundo plano a una orquesta que no se debía limitar a a acompañar. Por otro lado, los desajustes con estos fueron unos cuantos y no estoy nada seguro de que la culpa fuese siempre de quienes estaban sobre el escenario. La Sinfónica de Sevilla tampoco sonó muy allá: se nota que estos títulos los hace con cierta desgana. El Coro sí que estuvo bastante bien.
La producción de Mario Gas me dejó muy frío. Hubo en ella profesionalidad por los cuatro costados, buen gusto y enorme respeto hacia el compositor. Nada de utilizar la dramaturgia para servir al propio ego, como tantas veces ocurre; ahí está, sin ir más lejos, ese Orfeo de Gluck de Rafael Villalobos en el Villamarta del que muchos melómanos jerezanos –soy testigo– ha echado pestes y al que ahora algunos intentan vender como un éxito que, como comprobamos durante los aplausos los que allí estuvimos, en absoluto fue.
Pero volviendo a Mario Gas, a mí me parece que por muy minucioso que fuera su trabajo, por muy sólida que fuera la dirección de todos y cada uno de los cantantes-actores, por muy vistosas que fueran secuencias como la de la tempestad, faltaron garra dramática, emoción y credibilidad en una historia que, junto con pasajes más o menos cómicos o distendidos que aportan su punto de contraste, resulta más bien escabrosa. De acuerdo con que no es necesario explicitar a la manera de un Calixto Bieito, pongamos por caso, cómo Juan de Eguía comete incesto con su hija, la usa como reclamo sexual, la agrede físicamente para guardar las apariencias y hasta manipula sus sentimientos amorosos para traficar con cocaína. Pero todo quedó demasiado convencional, demasiado suave, demasiado... ¿burgués? Claro que tampoco se puede pedir que al regista saque petróleo de dónde no hay, porque el libreto, como teatro, es teatro mediocre. Y es que lo peor de esta representación de La tabernera del puerto ha sido, precisamente, La tabernera del puerto. ¡Cómo pasa el tiempo por el género de la zarzuela! Pero eso da para muchas entradas más, y de momento no estoy dispuesto a escribirlas.
PD. La fotografía es de Julio Rodríguez. En su blog encontrarán muchas imágenes más, no menos excelentes que esta.
Un cajón de sastre para cosas sobre música "clásica". Discos, conciertos, audiciones comparadas, filias y fobias, maledicencias varias... Todo ello con centro en Jerez de la Frontera, aunque viajando todo lo posible. En definitiva, un blog sin ningún interés.
Mostrando entradas con la etiqueta Sorozábal. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Sorozábal. Mostrar todas las entradas
martes, 12 de febrero de 2019
martes, 2 de octubre de 2018
Todavía no
Llevo ya casi un mes con el blog abandonado. Varias personas cercanas me han
insistido en que vuelva. La última, esta misma mañana. Y he vuelto a responder
que no. Todavía no.
Qué quieren que les diga, he invertido muchísimo tiempo y esfuerzo en escribir sobre música. Durante demasiados años, desde aquella revista digital que se llamaba Sevilla Cultural a finales de los noventa hasta ahora mismo en este blog que abrí allá por 2008, pasando por Mundo Clásico, Filomúsica y Ritmo. Y me he cansado. Del tiempo y del esfuerzo invertido, sobre todo. Pero también del escaso “feedback” positivo que he encontrado: directores de teatro que te desprecian porque consideran que tu obligación es escribir críticas siempre positivas, responsables de revistas y diarios locales que afirman hacerte un favor dejando que les trabajes gratis, personas que se dedican a lo mismo que te dejan claro que “no eres de los nuestros”, colegas que entran en tu blog para decirte que lo que haces es una puta mierda al mismo tiempo que ellos violan cotidianamente las reglas básicas del código deontológico, responsables de comunicación que deciden dejar de contar contigo sin mediar explicación pero ofrecen encargos remunerados a personas que les entregan textos plagiados de aquí y de allá… Demasiado para el cuerpo.
Por otra parte, mi labor investigadora sobre arte medieval no ha avanzado como debería haberlo hecho por culpa de este deseo de compartir impresiones sobre música. Muchos amigos afirman que con ello me estoy perdiendo cosas muy interesantes en ese otro terreno: llevan razón. Además, tengo que cumplir mis compromisos con el Centro de Estudios Históricos Jerezanos, a los que no quiero ni debo eludir: hay diferentes proyectos que sacar adelante y eso requiere una considerable inversión de tiempo.
El problema es que si no dejo constancia por escrito de lo que he visto en directo, mi memoria borrará pronto las impresiones. Sobre lo que escucho en casa dejo siempre unas líneas escritas en mi bloc personal, pero los eventos se escuchan y se olvidan. Por eso mismo voy a escribir unas pocas, muy pocas líneas sobre los dos espectáculos a los que he asistido en fechas recientes.
El jueves 13 de septiembre estuve en la inauguración de la temporada de la Sinfónica de Sevilla. Se estrenaba una obra del mexicano Samuel Zyman: Concierto para guitarra y orquesta, “Sefarad”. Me pareció insufrible, no porque su lenguaje sea “tradicional” –lo que no me parece mínimamente censurable–, sino por hortera, ruidosa, tópica y chabacana. Incluso mal escrita: en los fortísimos no habían quien distinguiera una línea de otra, si bien en este sentido buena parte de la responsabilidad fue la de un John Axelrod que para la ocasión sacó lo peor de sí mismo. José María Gallardo del Rey hizo lo que pudo. Un horror, sin paliativos.
En la segunda parte Axelrod dirigió la Sinfonía nº 3, Kaddish de Leonard Bernstein de manera irreprochable, con excelente gusto y enorme convicción expresiva –aun sin llegar, ni de lejos, al increíble logro de Antonio Pappano en su registro recién salido al mercado–. Pero aquí el director norteamericano traicionó a su presunto maestro sustituyendo los textos del propio compositor por otros de Sam Pisar que, por muy necesaria que siga siendo la denuncia del Holocausto –algunos hijos de puta se empeñan en negar este hecho histórico–, transformaban la intención original de “cagarse en Dios” del agnóstico Lenny en un fervoroso y autocomplaciente cántico de alabanza y agradecimiento a la divinidad. Insisto, una traición en toda regla que no merece el menor aplauso.
El viernes 28 de septiembre presencié en el Villamarta Black el payaso. No conocía la obra. ¿A estas alturas necesito ocultar que la lírica española me interesa poquísimo? Sorozábal es quizá una excepción: en esta partitura encontré cosas muy bellas –sensibles, inteligentes– y cosas banales. Creo que la dirección musical de Juan Manuel Pérez Madueño estuvo muy bien encaminada, pero la Orquesta Álvarez Beigbeder presentaba serias limitaciones: los violines, literalmente insufribles. Mediocre la Coral de la Universidad de Cádiz, particularmente las voces femeninas. Javier Galán no me gustó como cantante ni como actor. Carmen Jiménez tampoco me convenció en lo escénico, pero al menos cantó con sensibilidad y buen gusto.
El nivel de la función subió en gran medida gracias a la admirable labor de José Julián Frontal, muy bien de voz –pelín corta en el grave– e inmenso en lo escénico interpretando a White. Hubo solvencia en el resto de los cantantes-actores, con especial mención para el simpatiquísimo y muy desenvuelto Marat de Álvaro Bernal. Pobretona de medios pero rica en sabiduría la producción escénica a cargo de Miguel Cubero, francamente satisfactoria y digna de elogio.
Y ahora vuelvo a mi refugio. Hasta otra.
Qué quieren que les diga, he invertido muchísimo tiempo y esfuerzo en escribir sobre música. Durante demasiados años, desde aquella revista digital que se llamaba Sevilla Cultural a finales de los noventa hasta ahora mismo en este blog que abrí allá por 2008, pasando por Mundo Clásico, Filomúsica y Ritmo. Y me he cansado. Del tiempo y del esfuerzo invertido, sobre todo. Pero también del escaso “feedback” positivo que he encontrado: directores de teatro que te desprecian porque consideran que tu obligación es escribir críticas siempre positivas, responsables de revistas y diarios locales que afirman hacerte un favor dejando que les trabajes gratis, personas que se dedican a lo mismo que te dejan claro que “no eres de los nuestros”, colegas que entran en tu blog para decirte que lo que haces es una puta mierda al mismo tiempo que ellos violan cotidianamente las reglas básicas del código deontológico, responsables de comunicación que deciden dejar de contar contigo sin mediar explicación pero ofrecen encargos remunerados a personas que les entregan textos plagiados de aquí y de allá… Demasiado para el cuerpo.
Por otra parte, mi labor investigadora sobre arte medieval no ha avanzado como debería haberlo hecho por culpa de este deseo de compartir impresiones sobre música. Muchos amigos afirman que con ello me estoy perdiendo cosas muy interesantes en ese otro terreno: llevan razón. Además, tengo que cumplir mis compromisos con el Centro de Estudios Históricos Jerezanos, a los que no quiero ni debo eludir: hay diferentes proyectos que sacar adelante y eso requiere una considerable inversión de tiempo.
El problema es que si no dejo constancia por escrito de lo que he visto en directo, mi memoria borrará pronto las impresiones. Sobre lo que escucho en casa dejo siempre unas líneas escritas en mi bloc personal, pero los eventos se escuchan y se olvidan. Por eso mismo voy a escribir unas pocas, muy pocas líneas sobre los dos espectáculos a los que he asistido en fechas recientes.
El jueves 13 de septiembre estuve en la inauguración de la temporada de la Sinfónica de Sevilla. Se estrenaba una obra del mexicano Samuel Zyman: Concierto para guitarra y orquesta, “Sefarad”. Me pareció insufrible, no porque su lenguaje sea “tradicional” –lo que no me parece mínimamente censurable–, sino por hortera, ruidosa, tópica y chabacana. Incluso mal escrita: en los fortísimos no habían quien distinguiera una línea de otra, si bien en este sentido buena parte de la responsabilidad fue la de un John Axelrod que para la ocasión sacó lo peor de sí mismo. José María Gallardo del Rey hizo lo que pudo. Un horror, sin paliativos.
En la segunda parte Axelrod dirigió la Sinfonía nº 3, Kaddish de Leonard Bernstein de manera irreprochable, con excelente gusto y enorme convicción expresiva –aun sin llegar, ni de lejos, al increíble logro de Antonio Pappano en su registro recién salido al mercado–. Pero aquí el director norteamericano traicionó a su presunto maestro sustituyendo los textos del propio compositor por otros de Sam Pisar que, por muy necesaria que siga siendo la denuncia del Holocausto –algunos hijos de puta se empeñan en negar este hecho histórico–, transformaban la intención original de “cagarse en Dios” del agnóstico Lenny en un fervoroso y autocomplaciente cántico de alabanza y agradecimiento a la divinidad. Insisto, una traición en toda regla que no merece el menor aplauso.
El viernes 28 de septiembre presencié en el Villamarta Black el payaso. No conocía la obra. ¿A estas alturas necesito ocultar que la lírica española me interesa poquísimo? Sorozábal es quizá una excepción: en esta partitura encontré cosas muy bellas –sensibles, inteligentes– y cosas banales. Creo que la dirección musical de Juan Manuel Pérez Madueño estuvo muy bien encaminada, pero la Orquesta Álvarez Beigbeder presentaba serias limitaciones: los violines, literalmente insufribles. Mediocre la Coral de la Universidad de Cádiz, particularmente las voces femeninas. Javier Galán no me gustó como cantante ni como actor. Carmen Jiménez tampoco me convenció en lo escénico, pero al menos cantó con sensibilidad y buen gusto.
El nivel de la función subió en gran medida gracias a la admirable labor de José Julián Frontal, muy bien de voz –pelín corta en el grave– e inmenso en lo escénico interpretando a White. Hubo solvencia en el resto de los cantantes-actores, con especial mención para el simpatiquísimo y muy desenvuelto Marat de Álvaro Bernal. Pobretona de medios pero rica en sabiduría la producción escénica a cargo de Miguel Cubero, francamente satisfactoria y digna de elogio.
Y ahora vuelvo a mi refugio. Hasta otra.
miércoles, 30 de abril de 2014
Payasos en La Zarzuela
Ha sido la primera vez que he escuchado Black, el payaso, la opereta que compuso Pablo Sorozábal sobre libreto de Francisco Serrano Anguita y conoció su estreno en Barcelona el 21 de abril de 1942. Debo decir que me ha encantado: sus melodías vuelan alto, su emotividad es sincera pese a la dosis de edulcoramiento propia del género, su orquestación manifiesta un pleno control de los medios y sus planteamientos rítmicos y armónicos le otorgan cierto aire moderno –relativo: en la fecha de la que hablamos ya ha pasado mucha agua bajo el puente– que aportan frescura sobre otras páginas del autor más célebres, pero a la postre en exceso convencionales. Pagliacci sí que es vieja conocida, para mí y para todo el mundo. Hay quienes opinan que su música se encuentra sobrevalorada: estoy de acuerdo, pero la integración entre la música y el texto escritos por Leoncavallo funciona con tal perfección teatral que el resultado es una obra maestra del género operístico.
La yuxtaposición en una sola velada de ambas creaciones ha sido, más allá de la ambientación circense de las mismas, un gran acierto por parte del Teatro de la Zarzuela, como se explica con mucho fundamento en unas notas –sin firma– incluidas en la página 10 del libreto editado para la ocasión:
En cuanto a la escena de Pagliacci, esta sí nueva producción, poco hay que decir: encaja muy bien con la anterior, posee personalidad dentro de su ortodoxia y está admirablemente realizada, aunque cosas aún mejores se han visto (pienso ahora en la realización de Del Monaco y, sobre todo, en la película de Zeffirelli).
Los protagonistas musicales masculinos fueron Juan Jesús Rodríguez y Jorge de León, Black y Canio respectivamente. Artistas ambos que suelen gustar mucho a un determinado de público: al más tradicional, al que se recrea antes en la fuerza de la voz como fenómeno natural –en su potencia, su tímbrica, su fiato, su maleabilidad y su brillantez en los agudos– que en la musicalidad, en la atención al matiz expresivo o la capacidad para la introspección psicológica. Por ello mismo son, a mi entender, cantantes irregulares, un tanto sobrevalorados, aunque en esta velada del sábado 26 de abril –última en la que se presentaban como protagonistas tras varias semanas de actividad– me parecieron formidables: el barítono onubense por su empuje algo primario pero muy efectivo en Sorozábal, el tenor tinerfeño por la seguridad técnica –de la que no siempre hace gala–, por el arrojo, por la intensísima expresividad netamente verista que ofreció y, también, por sus esplendorosos agudos. Su “Vesti la Giubba”, a pepinazo limpio pero sin tosquedades ni excesos, nos puso a todos –calurosísima reacción del público– los pelos de punta. No creo que le vuelva a escuchar a este señor, sin duda aquí en su elemento, algo aún más extraordinario.
La en otros tiempos ubicua María José Moreno –quién la ha visto y quién la ve desde que rompió con su agente, esto es, el mismo que ahora lleva a De León– se encargó de los principales roles femeninos en ambos títulos. Vocalmente la encontré peor que hace años, quizá mejor en los agudos pero con un centro considerablemente más pobre. En cualquier caso sigue siendo una espléndida cantante, cosa que demostró no tanto en una Princesa Sofía meramente cumplidora –a decir verdad el papel tiene poquito interés– como en una Nedda muy musical, venturosamente nada pizpireta en su aria, que supo estar a la altura en los complicados giros psicológicos de todo el cuadro final de la ópera de Leoncavallo.
Los demás ofrecieron buen nivel medio. En la obra de Sorozábal brilló con luz propia el White de Rubén Amoretti, sensacional como cantante y como actor. Funcionó sin problemas Javier Galán como Dupont (el verdadero rey al que suplanta Black por amor a la princesa) y cumplieron de manera aceptable Nuria García-Arrés y José Manuel Montero. Notabilísimo el actor MIguel Palenzuela como Gregorio Zinenko. En Leoncavallo estuvo estupendo Fabián Veloz como el rencoroso Tonio (el barítono argentino se encarga también de Black en el segundo reparto). El siempre sólido Carlos Bergasa aportó su enorme profesionalidad como Silvio. Correcto David Menéndez en la bonita serenata de Arlequín.
Total, que hubiera sido una velada lírica absolutamente redonda de no ser, ay, por el batutero de turno, un tal Domenico Longo –discípulo de quien se encargó de la mayor parte de las funciones, Donato Renzetti– que, si bien es cierto que hizo sonar a la Orquesta de la Comunidad de Madrid por encima de su nivel medio habitual, se limitó a inyectar energía y decibelios a Black, el payaso para luego pasar como una apisonadora sobre la partitura de Leoncavallo: no es ya que dirigiera muy aprisa y sin la menor atención al matiz, es que la vulgaridad e incluso la grosería fueron su rasgos más señalados. Un horror que, afortunadamente, no nos impidió disfrutar de los muchísimos aciertos de esta singular propuesta. Así da gusto venir a La Zarzuela
La yuxtaposición en una sola velada de ambas creaciones ha sido, más allá de la ambientación circense de las mismas, un gran acierto por parte del Teatro de la Zarzuela, como se explica con mucho fundamento en unas notas –sin firma– incluidas en la página 10 del libreto editado para la ocasión:
“(...) la idea que une ambas obras no es tanto la condición de cómico del protagonista sino la propuesta del teatro dentro del teatro. En los dos casos, la supuesta realidad que viven los personajes se abre paso hasta la ficción que están representando para mezclarse sobre las tablas y confundir a los espectadores. En ambas obras, en la opereta y en el drama, el público que hoy puebla el patio de butacas asiste a un juego de espejos en el que realidad y ficción, sinceridad e impostura, originalidad y representación se entremezclan hasta resultar si no indistinguibles, al menos sí intercambiables”.Semejante juego de espejos es multiplicado en su complejidad por la extraordinaria propuesta escénica –producción de 2006 para el Teatro Español– realizada por Ignacio García sobre la opereta de Sorozábal, haciendo que toda la acción –no solo su arranque– transcurra dentro de un escenario circense, difuminando aún más la línea divisoria entre realidad, escena y “teatro dentro del teatro”. Todo ello realizado con perfecto dominio de los recursos teatrales y mucha inteligencia, apoyándose además en el hermoso vestuario de Pepe Corzo y en la espléndida luminotecnia de Paco Ariza. Más discutible, pero a mi entender afortunada, la decisión de sustituir el final feliz original por uno más bien triste –sirviendo además de puente hacia la obra de Leoncavallo–, así como la de eliminar la mayor parte de los diálogos para enlazar los diferentes números musicales a través de una narración a cargo del admirable actor (nominado a los Goya por la película Blancanieves) Emilio Gavira. Eso sí, me parece que en el libreto editado por el Teatro de la Zarzuela se deberían haber explicado mejor estas modificaciones.
En cuanto a la escena de Pagliacci, esta sí nueva producción, poco hay que decir: encaja muy bien con la anterior, posee personalidad dentro de su ortodoxia y está admirablemente realizada, aunque cosas aún mejores se han visto (pienso ahora en la realización de Del Monaco y, sobre todo, en la película de Zeffirelli).
Los protagonistas musicales masculinos fueron Juan Jesús Rodríguez y Jorge de León, Black y Canio respectivamente. Artistas ambos que suelen gustar mucho a un determinado de público: al más tradicional, al que se recrea antes en la fuerza de la voz como fenómeno natural –en su potencia, su tímbrica, su fiato, su maleabilidad y su brillantez en los agudos– que en la musicalidad, en la atención al matiz expresivo o la capacidad para la introspección psicológica. Por ello mismo son, a mi entender, cantantes irregulares, un tanto sobrevalorados, aunque en esta velada del sábado 26 de abril –última en la que se presentaban como protagonistas tras varias semanas de actividad– me parecieron formidables: el barítono onubense por su empuje algo primario pero muy efectivo en Sorozábal, el tenor tinerfeño por la seguridad técnica –de la que no siempre hace gala–, por el arrojo, por la intensísima expresividad netamente verista que ofreció y, también, por sus esplendorosos agudos. Su “Vesti la Giubba”, a pepinazo limpio pero sin tosquedades ni excesos, nos puso a todos –calurosísima reacción del público– los pelos de punta. No creo que le vuelva a escuchar a este señor, sin duda aquí en su elemento, algo aún más extraordinario.
La en otros tiempos ubicua María José Moreno –quién la ha visto y quién la ve desde que rompió con su agente, esto es, el mismo que ahora lleva a De León– se encargó de los principales roles femeninos en ambos títulos. Vocalmente la encontré peor que hace años, quizá mejor en los agudos pero con un centro considerablemente más pobre. En cualquier caso sigue siendo una espléndida cantante, cosa que demostró no tanto en una Princesa Sofía meramente cumplidora –a decir verdad el papel tiene poquito interés– como en una Nedda muy musical, venturosamente nada pizpireta en su aria, que supo estar a la altura en los complicados giros psicológicos de todo el cuadro final de la ópera de Leoncavallo.
Los demás ofrecieron buen nivel medio. En la obra de Sorozábal brilló con luz propia el White de Rubén Amoretti, sensacional como cantante y como actor. Funcionó sin problemas Javier Galán como Dupont (el verdadero rey al que suplanta Black por amor a la princesa) y cumplieron de manera aceptable Nuria García-Arrés y José Manuel Montero. Notabilísimo el actor MIguel Palenzuela como Gregorio Zinenko. En Leoncavallo estuvo estupendo Fabián Veloz como el rencoroso Tonio (el barítono argentino se encarga también de Black en el segundo reparto). El siempre sólido Carlos Bergasa aportó su enorme profesionalidad como Silvio. Correcto David Menéndez en la bonita serenata de Arlequín.
Total, que hubiera sido una velada lírica absolutamente redonda de no ser, ay, por el batutero de turno, un tal Domenico Longo –discípulo de quien se encargó de la mayor parte de las funciones, Donato Renzetti– que, si bien es cierto que hizo sonar a la Orquesta de la Comunidad de Madrid por encima de su nivel medio habitual, se limitó a inyectar energía y decibelios a Black, el payaso para luego pasar como una apisonadora sobre la partitura de Leoncavallo: no es ya que dirigiera muy aprisa y sin la menor atención al matiz, es que la vulgaridad e incluso la grosería fueron su rasgos más señalados. Un horror que, afortunadamente, no nos impidió disfrutar de los muchísimos aciertos de esta singular propuesta. Así da gusto venir a La Zarzuela
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
Sensacional debut discográfico de Lahav Shani y Múnich
En 2019 quedé hondamente impresionado por el Pelleas und Melisande de Schönberg que vi en un video, actualmente no disponible, en el que en...
-
Me permito rendir un pequeño homenaje a Beethoven en su 250 cumpleaños con esta breve comparativa de la Novena que he improvisado recogiendo...
-
La revista Scherzo publica, en lectura bajo pago , un artículo sobre los mayores directores brucknerianos y las mejores grabaciones de las s...
-
ACTUALIZACIÓN, 7.VI.2025 La entrada es del 7 de mayo de 2013 y la actualizo ahora con una buena cantidad de interpretaciones adicionales, en...
