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viernes, 30 de enero de 2009

Manon Por Fleming, Álvarez y López-Cobos

MASSENET: Manon. Renée Fleming, Marcelo Álvarez, Jean-Luc Chaignaud, Alain Vernhes, Michel Sénechal, Franck Ferari, Jaël Azzaretti, IsabelleCals, Delphine Haidan, Christophe Fel, Josep Miquel Ribot, Nigel Smith, Sandrine Seubille.
Coro y Orquesta de la Ópera Nacional de París. Dirección: Jesús López-Cobos

Arthaus 107 003
2 DVDs 164’
DDD
Ferysa
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Arthaus continúa con su política de reeditar los primeros DVDs que en su momento lanzó TDK y ahora le llega el turno a esta Manon que se ofreció en 2001 en la Ópera de París con protagonismo absoluto de Renée Fleming y Marcelo Álvarez. Manon_Lopez_CobosComo han aparecido hace poco otras dos interpretaciones en este formato, las de la Staatsoper berlinesa y el Liceu barcelonés (DG y Virgin respectivamente), filmadas con pocas semanas de diferencia entre abril y junio de 2007, la comparación parece procedente.

Sensual, pícara, seductora y también desgarrada -sin aspavientos- cuando corresponde, es precisamente Fleming la que más me gusta de las tres protagonistas, pues luce un instrumento de mayor calidad y belleza aún que el de Anna Netrebko, un tanto sosa en las funciones berlinesas, y una capacidad para el matiz expresivo casi tan grande como la de ese animal escénico que es Natalie Dessay, lógicamente más ligera que sus colegas -y no muy cómoda en lo vocal- en Barcelona.

Rolando Villazón evidenció -como siempre- una emisión un tanto heterodoxa y cierta tendencia al exceso, no encontrándose del todo bien de voz en las funciones de la ciudad condal, donde además matizó menos que en Berlín. Marcelo Álvarez, tampoco impecable en lo canoro, se mostraba bastante más centrado en el estilo, elegante y refinado, pero en su Des Grieux se echan de menos la calidez y el apasionamiento del mexicano.

En la producción parisina, el Lescaut de Alain Vernhes parece preferible a un Alfredo Daza y un Manuel Lanza más bien toscos. Tanto Jean-Luc Chaignaud como el “barenboiniano” Christof Fischesser son preferibles en el rol del Conde al en otros tiempos grandísimo Samuel Ramey, que paseó los restos de su voz por el Liceu. Los secundarios de París alcanzan un gran nivel, sobresaliendo el veteranísimo Michel Sénechal como un Guillot tan divertido como indeseable.

De las tres realizaciones de foso sobresale con mucho la genial de Barenboim, llena de vuelo lírico y fuerza dramática. El siempre profesional Víctor Pablo Pérez se limita a cumplir. Y López Cobos, un director que a mí en general me gusta bien poco, da la talla en este doble DVD con una dirección irreprochable en el plano técnico y de perfecto estilo por su elevado sentido del color, mórbido fraseo y expresividad contenida (lo que no ha de confundirse con la sosería en la que otras veces cae el maestro).

Sin embargo, el otras veces admirable Gilbert Deflo no acertó en la capital francesa a la hora de insertar el bellísimo vestuario de William Orlandi en un concepto escénico convincente. Me quedo con la propuesta más teatral e imaginativa de Vincent Paterson en Berlín, y encuentro ambas muy preferibles a la fea de David McVicar que se vio en el Liceu.

En conclusión: imprescindible el DVD de la Staatsoper, muy recomendable este de París por su excelente apartado musical (para él son las cuatro estrellas) y de interés, por la acongojante recreación de la Dessay, el de Barcelona.
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Artículo publicado en el número de febrero de 2009 de la revista Ritmo, con muy ligeras amputaciones debido a la falta de espacio.

PS. En este blog tuve la oportunidad de escribir con más detalle sobre las interpretaciones dirigidas por Daniel Barenboim y Víctor Pablo (enlace).

jueves, 16 de octubre de 2008

Ballo en el Real: apoteosis del aburrimiento

Volví a caer en la trampa, como en Idomeneo: un título maravilloso que no se lleva a escena en España todo lo que debería, un equipo de cantantes a priori estupendo... y la batuta de López Cobos. ¿Cómo se me ocurre volver al Real con lo poquísimo que me gusta la manera de dirigir del de Toro? En este Un ballo in maschera el maestro ha tocado fondo en Verdi, más aún que en su Macbeth de hace algún tiempo. Hubo, eso sí, una gran atención al equilibro de planos sonoros y en general una concertación más que estimable, pero su lectura se caracterizó ante todo por la falta de pulso interno, la parquedad de matices expresivos, el modo escasamente cantable de exponer las melodías (¡qué obertura más plana y amorfa!), la blandura y el aburrimiento. Por si fuera poco hubo momentos pimpantes muy cercanos a la cursilería, como el coro "de la mofa" ("Ve', se di notte qui colla sposa") o en la mazurka que acompaña el baile en la última escena.

El día antes de viajar a Madrid escuché la retransmisión radiofónica -se encuentra en el Emule- de la función que ofreció el Covent Garden en 2005 con idéntica producción escénica, el mismo tenor y la teatral, vibrante, colorista y contrastada batuta de Antonio Pappano: la comparación deja en pésimo lugar al director español. Lo que más mosquea del asunto es que en su momento en el Real se estuvieron planteando contratar a Pappano y le dejaron marchar porque cobraba "demasiado caro", cuando al final han terminado trayendo a un señor que se lleva 17.000 euros por función (cifra que circulaba como rumor entre los aficionados y que ha confirmado recientemente Gonzalo Alonso en su web), sin contar con su sueldo mensual como director musical del teatro madrileño. Vamos, que el maestro se embolsa 238.000 euros (cerca de cuarenta millones de las antiguas pesetas) por hacer sonar medio bien a la orquesta y ofrecer un Verdi mediocre durante catorce noches. ¿Seguro que Pappano pedía más por aquel entonces? ¿Seguro? ¡Qué despilfarro! ¡Qué torpeza tan grande la de nuestros políticos!


Claro que en esta ocasión López Cobos no fue el único culpable de la mediocridad de los resultados. El no sabía que Carlos Álvarez iba a cancelar a última hora (parece que también se ausentará de la Luisa Miller de Valencia) y que en su lugar íbamos a tener que tragarnos a Marco Vratogna, a quien de todas maneras tampoco tenían que haber contratado para el segundo reparto: ni su voz , ni su técnica ni su estilo son para tirar cohetes, aunque al menos le puso voluntad al asunto.

Lo de Marcelo Álvarez fue para mí un chasco. Y lo fue porque en la referida función del Covent Garden no sólo se había mostrado pletórico de voz, sino porque supo ofrecer un Riccardo tan viril y apasionado en lo expresivo -aunque rozando quizá el exceso- como valiente en su línea de canto. Me aseguran fuentes bien informadas que en las primeras funciones estuvo así. Pero el 10 de octubre, la verdad, a mí me pareció apático y reservón, comenzando muy frío en una "La rivedrà" dicho completamente de pasada, y sólo terminándose de calentar en su maravillosa escena del último acto, donde hizo gala de excelente estilo verdiano a pesar de algún tropiezo vocal más o menos serio. Ahí sí estuvo muy bien, desde luego, pero tampoco es para gritarle "¡así se canta!", como alguien hizo al acabar. Digo yo.

De Urmana también esperaba más, y no porque resultara -como casi siempre- un punto fría, sino porque se mostró tirante en el sobreagudo: la famosa homogeneidad de su por lo demás fabuloso instrumento queda en entredicho. ¿Demasiado trabajo, quizá, combinar las funciones de este Ballo con los ensayos del Parsifal valenciano? Eso sí, tras una buena prestación en el maravilloso dúo del segundo acto ofreció un "Morró" de antología que despertó las únicas ovaciones intensas de toda la noche. Me gustó Alessandra Marianelli en el rol de Oscar, mientras que la Zaremba, aun no teniendo ni de lejos la voz adecuada para Ulrica, no me pareció tan lamentable como se había dicho por ahí.

Lo que sí me resultó fastidiosa fue la puesta en escena firmada por Mario Martone. Una cosa es ser tradicional, lo que en este título me parece lo más sensato, y otra cosa es carecer de un concepto claro, no sacar partido escénico a los cantantes y ofrecer una escenografía fea y pobretona la mitad del tiempo. Hay personas a los que esto no les molesta: a mí sí, porque la ópera es también teatro y lo que se ve sobre la escena tiene que estar bien resuelto. El baile fue muy vistoso, pero lo del espejo es ya un recurso bastante manido. El que se ofreciera la versión tradicional, la ambientada en Boston y no en Suecia, fue lo de menos en este Ballo in maschera no malo, pero sí profundamente aburrido. Y ya es mérito aburrir en una obra como ésta.

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