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jueves, 4 de junio de 2026

Sinfonía nº 25 de Mozart: discografía comparada

Mozart compuso su Sinfonía nº 25, KV 183/173 dB cuando solo tenía diecisiete añitos, moviéndose entre Viena y Salzburgo. Lo hizo en Sol menor, tonalidad infrecuente en la época que solo volvería a escoger en su celebérrima Sinfonía nº 40. La tonalidad ya dejaba claro el carácter del asunto: vehemente, dramático y de regusto bien amargo. Estamos en 1773, así que hablamos de Sturm und Drang. ¿Cómo interpretar el asunto, pues? ¿Equilibrio clásico, vehemencia protorromántica o quizá teatralidad heredada de tiempos barrocos? Las tres opciones existen. 

Realizando las audiciones, he tenido la sensación de que el primer movimiento es el que mejor interpretan los diferentes maestros, mientras que el segundo es el que sale peor parado: dificilísimo acertar yanto con el tempo preciso como con la expresión. Por otra parte, considero que el Menuetto no se ha interpretado realmente bien hasta la llegada de la escuela historicista. De hecho, considero que a esta obra los instrumentos originales les sientan mejor que los modernos, y que un clave al continuo lo le viene nada mal. Le recomiendo calurosamente que escuche la mayor variedad de opciones posibles: si se limita a una sola línea interpretativa, se perderá bastante "sustancia" de esta obra maravillosa.

Son sus movimientos:

1. Allegro con brio.
2. Andante.
3. Menuetto.
4. Allegro.





1. Walter/Sinfónica de Columbia (CBS,1954). El maestro berlinés contaba setenta y ocho años cuando realizó esta grabación en Nueva York –la orquesta es mezcla de la Filarmónica, el Met y la NBC– en la que nos entrega un Mozart de la más descarada tradición “romántica” centroeuropea: vehemente, flexible, contrastado, marcado más por el arrebato que por el equilibrio entre forma y expresión. No convence el primer movimiento, en exceso nervioso y precipitado, salpicado además por unas cuantas libertades propias de la tradición referida. Por el contrario, el Andante resulta algo pesadote. Decididos y muy bien tensados los dos movimientos restantes, pero carentes de la efusividad y el humanismo que la música también demanda. Correcto sonido monofónico. (7)



2. Klemperer/Orquesta Philharmonia (EMI, 1956). Por aquellas fechas Herr Klemperer contaba ya 71 años, pero aún no era el de las tremendas lentitudes por el que ha pasado a la historia. De hecho, los dos primeros movimientos de la interpretación van más rápido que la media y, en general, se percibe una vehemencia que habitualmente no asociamos al de Breslau. Sí que relacionamos con su arte el amargor que borra toda tentación de sensualidad y que preside esta lectura. En cualquier caso, se coloca bastante lejos de Walter: la forma sujeta férreamente la expresión, el rigor es absoluto, la flexibilidad resulta en todo momento muy sutil y la severidad granítica se termina imponiendo. ¿Neoclasicismo frente a Romanticismo? Algo así, pero aún no es “estilo mozartiano”. Imponente la orquesta, muy bien diseccionada. La restauración de 2023 rescata una toma que ha revelado buen sonido estereofónico. (9)



3. Böhm/Filarmónica de Berlín (DG, 1968). Ahora sí que podemos hablar de estilo mozartiano. O más bien de lo que hoy entendemos por tal cosa, porque quizá fuera un invento del propio Böhm. Los dos primeros movimientos son una maravilla, por perfecta síntesis entre elegancia, belleza y hondura perfectamente sostenidas por una tensión dramática mucho menos evidente que la de Walter; más subterránea, pero no por ello menos efectiva. En el Menuetto el maestro pincha, como le suele ocurrir: excesivamente severo. Tampoco convence el Allegro conclusivo, que le queda lento y pesadote, aunque tampoco podemos desdeñar su cantabilidad ni, menos aún, la claridad que consigue pese a contar con una cuerda musculada como la berlinesa. Se recomienda audición en Blu-ray audio. (8)


  

4. Britten/English Chamber Orchestra (Decca, 1971). Desde el punto de vista formal, esta es una interpretación de inmejorable ortodoxia dentro de una aproximación “tradicional renovada”: orquesta de tamaño moderado, articulación fluida, perfecto equilibrio de planos, trazo tan natural como rigurosamente llevado, apreciable belleza formal y extrema depuración sonora. En lo expresivo, sin embargo, esta es una recreación diferente y discutible, tal vez genial, que se encarga de poner por delante de cualquier otra consideración los aspectos más amargos de la escritura mozartiana, particularmente en un Andante algo más lento de la cuenta, pero cargado de profundidad. Sensacional la orquesta: ¡qué maderas en el Trío! Magnífica la grabación. (10) 

 
 

5. Krips/Orquesta del Concertgebouw (Philips, 1973). Consiguiendo la mezcla perfecta entre músculo sonoro y densidad en el fraseo, el maestro vienés ofrece un primer movimiento de acertado carácter urgente y dramático, un Minuetto al mismo tiempo adusto y con fuerza y un Allegro conclusivo que comienza pareciendo en exceso lento, pero que luego convence al estar lleno de fuerza y potencia expresiva, como también de vuelo poético en las frases líricas. No tan conseguido el Andante: anhelante mucho antes que sensual o contemplativo, lo que está muy bien, pero en exceso rápido y un tanto desaprovechado. (9)


 
6. Muti/New Philharmonia (EMI, 1976). Musculado y dramático el primer movimiento, pero de admirable naturalidad en el trazo y bien delineado, sin necesidad de acentuar claroscuros ni de perder esa “elegancia viril” que caracteriza el arte de Muti. Andante llevado como tal, sin lentitud ni pesadez alguna, perfecto en su equilibrio entre belleza y carácter lacerante, si bien tanto en lo uno como en lo otro se podría alcanzar un grado superior. Menuetto algo monolítico; aquí puede hablarse de cierta pesadez. Allegro conclusivo en la línea del inicial. Formidable la orquesta, que suena a Muti y no a Klemperer. Notable sonido en alta resolución. (8)


 
7. Böhm/Filarmónica de Viena (DVD DG, 1978). Aunque el concepto es globalmente el mismo, Böhm acelera de manera significativa el tempo del Andante con respecto a su grabación berlinesa, al tiempo que aligera el fraseo: le queda bien. Lo significativo, en cualquier caso, es la presencia de la Wiener Philharmoniker, sencillamente el mejor instrumento posible para lo que quiere conseguir el maestro con esta música. El resultado es una interpretación más fluida que la de antes y aún más hermosa, aun dentro de esa severidad marmórea que caracterizaba al de Graz. La filmación se realizó en celuloide en un precioso salón vienés. (9)


 
8. Marriner/Academy of St. Martin in The Fields (Philips, 1978). Sir Neville se inserta en la misma corriente de renovación formal que Britten, pero haciéndolo desde parámetros expresivos bien distintos: en lugar del amargor, lo que pone en primer lugar es la elegancia, la coquetería y la chispa de la música mozartiana, que aunque están ahí quizá no sean los factores que hacen grande esta página en concreto. Por eso los resultados defraudan, de manera particular en un Andante rapidito y algo liviano. En los movimientos extremos hay más efervescencia que tensión dramática: no son la misma cosa. Por lo demás, mucha elegancia y pulcritud formal extrema a cargo de una orquesta alucinante y de una batuta cuidadosa a más no poder. Formidable labor la de los ingenieros de Philips. (8)


 
9. Hogwood/The Academy of Ancient Music (Decca, 1979). Los instrumentos originales y la articulación historicista, así como la incorporación de un clave al continuo, se revelan muy convenientes para esta página. Hay que acostumbrarse a la sonoridad ácida de los violines y a la relativa gangosidad de los oboes, pero merece la pena. Otra cosa es que Chris no sea el más transparente y refinado de los directores posibles. Tampoco el más poético, aunque en cualquier caso ofrece una recreación animada, comunicativa y con garra que flaquea por un Andante poco efusivo, incluso algo anodino. (8)


 
10. Bernstein/Filarmónica de Viena (DVD Euroarts y CD DG, 1988). Aunque pudiera parecer mentira, Lenny consigue que los Wiener –siempre rendidos ante la magia de su batuta– suenen con aún mayor belleza y plasticidad que con Böhm. Y lo hace para ofrecernos una interpretación más cálida, sensual y comunicativa, mejor equilibrada entre lo apolíneo y lo dionisíaco, ante la que es imposible resistirse a pesar de que en el primer movimiento se detecte cierta tendencia al preciosismo, en el segundo haya más carácter otoñal –ojo, el tempo es el indicado de Andante– que amargor, y los dos últimos resulten un poco más corpulentos de la cuenta. El Minuetto se encuentra prodigiosamente delineado, mientras que el Finale se encuentra lleno de fuerza controlada. Mejor el vídeo que en el CD: como siempre, ver a Bernstein es una gozada. (9)


 
11. Tate/English Chamber Orchestra (EMI, 1989). La ECO, aun sin la belleza sonora de la Filarmónica de Viena, vuelve a mostrarse como la formación perfecta para la obra, por dimensiones y extremo virtuosismo. Con ella Tate nos ofrece una recreación más cercana que la de Britten, mucho más sanguínea y vitalista, también más rica en concepto. El primer movimiento es el que más me gusta de cuantos he escuchado: implacable, lleno de fuerza y comunicatividad, muy bien desmenuzado sin perder elegancia y belleza sonora. Un poquito más rápido de la cuenta el Andante, aun así espléndido. Demasiado severo el Menuetto, y formidable un Finale dicho de un solo trazo. La toma, siendo muy buena, no llega a la mayor altura posible. (10)


 
12. Abbado/Filarmónica de Berlín (Sony, 1992). Perfecta mezcla de músculo berlinés y agilidad de la batuta en los movimientos extremos, dichos con convicción y expuestos con virtuosismo difícilmente superable. Mucho menos bien el Andante: el maestro no anda descaminado a la hora de subrayar su carácter anhelante, pero aquí ya se evidencia el deslizamiento hacia el Mozart suavón que caracterizará los últimos años de la carrera de Abbado. Sí que convence, y mucho, su manera de aligerar un Menuetto que se suele interpretar con más pesadez de la conveniente. Una delicia las maderas en el Trío. (8)


 

13. Pinnock/The English Concert (DG, 1993). Pinncok sigue a Hogwood, también en la inclusión de un clave –ellos mismos, por descontado–, pero los resultados son mejores. La sonoridad es más carnosa, más natural, y menos encorsetado el fraseo; hay mayor atención a las voces intermedias y se consigue mayor inmediatez expresiva. Flojea, como en el caso de su colega, un Andante francamente insípido. El movimiento inicial es soberbio. El tercero acierta al resultar antes dramático que galante –estupendas las maderas–, mientras el Finale se desborda un poco con tanto pálpito vital. La toma es espléndida e integra de manera satisfactoria el rico continuo del maestro. (8) 
 



14. Ter Linden/Mozart Akademie Amsterdam (Brilliant, 2002). Paso atrás en el mundo historicista: Jaap Ter Linden es un gran violonchelista barroco, pero como director de este repertorio no pasa de la mediocridad. Aunque todo está más o menos en su sitio, las tensiones no surgen, faltan matices y se echan de menos contrastes tanto sonoros como expresivos. El resultado es plano y profundamente aburrido. (6)



15. Adam Fischer/Orquesta de Cámara Real Danesa (Dacapo, 2008). Opción “de tercera vía radical”, si es que se puede decir así: mezcla de instrumentos modernos y antiguos con articulación altamente influida por la praxis historicista. Partiendo desde esta opción formal, el maestro de Budapest ofrece la interpretación más “Sturm und Drang” de todas, auténtica tempestad de tempi rapidísimos, alta flexibilidad en el fraseo, contrastes muy marcados y no poca aspereza en la que le echa mucha imaginación al asunto sin terminar de redondear los resultados. En el movimiento inicial hay descubrimientos tan interesantes como discutibles que restan unidad al discurso. En el segundo, al oyente más tradicional le molestará la escasa vibración de la cuerda y la poca efusividad del fraseo. En el tercero, soberbiamente planteado, hay detalles que la batuta se podía haber ahorrado, mientras que en el Finale Fischer es de los que se deja llevar por la vehemencia. (8)



16. Pinnock/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2008). Salvando el rico y musicalísimo clave al continuo –otra vez Pinnock himself– y la búsqueda de una articulación relativamente ligera, el maestro británico ofrece una lectura de corte tradicional, de enfoque no excesivamente dramático, que sintetiza lo mejor de su lectura historicista de estudio con las posibilidades de una orquesta “normal” de superlativa calidad. El resultado se beneficia de un fraseo elegante y flexible que sienta muy bien a Mozart, como también de una gran tensión y entusiasmo en los movimientos extremos. que destacan por su enorme musicalidad, su calidez, naturalidad y su equilibrio. En el segundo movimiento, aunque mejor y más cálidamente paladeado que antes –bienvenida la recuperación del vibrato–, el artista británico no termina por sintonizar con el regusto amargo que la música parece pedir: su Mozart siempre ha preferido lo galante a lo conflictivo. La filmación resulta un tanto pálida si la comparamos con la soberbia calidad de imagen que hoy ofrece la propia Digital Concert Hall. (9)


 
17. Rhorer/Le Cercle de l’Harmonie (Erato, 2008). Distanciándose muchísimo de los Hogwood, Pinnock y compañía, Jérémie Rhorer propone una lectura de historicismo radical que incluye, como o podía ser menos, elementos de la praxis interpretativa barroca. Así, el fraseo de los movimientos es flexible e imaginativo, pero no natural; más bien forzado, excesivo en los claroscuros, cuando no violento. Los juegos dinámicos no parecen tener un fin expresivo, sino buscar un movimiento continuo para que el oyente no se aburra. En el Andante está muy bien captado el carácter anhelante de las notas, sin que la sensualidad logre de brotar: es lo que ocurre cuando se renuncia a la vibración de la cuerda. Interesantísimo el Minuetto, rústico en el buen sentido y con unas maderas muy carnosas en el Trío. La orquesta es de calidad, si bien las broncas trompas no terminan de empastar. (7)



18. Marcon/Sinfónica de la WDR (YouTube, 2018). El fundador de la Orquesta Barroca de Venecia opta por articulación moderadamente historicista y trompas sin válvulas para una interpretación dotada de sana rusticidad, pero lastrada por desigualdades. Funciona muy bien el primer movimiento, dramático e incisivo, pese a más de un desajuste y cierta tosquedad generalizada. Interesante el segundo, cuyo carácter amargo atiende bien sin necesidad de ralentizarlo. Un poco más de sensualidad no le hubiera venido nada mal. Excelente el Menuetto, de ritmo bien marcado y sin pesadeces. Mediocre el Finale, por precipitado, rígido y ajeno a sutilezas en el tratamiento orquestal. Por cierto, hay algún desajuste demasiado evidente. (7)



19. Kirill Petrenko/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2023). El muy reverberante interior de la Sagrada Familia de Barcelona sirve de marco a esta interpretación expuesta de manera sensacional, pero con las evidentes irregularidades que caracterizan al actual titular de la formación. El Allegro con brio es rapidísimo, rebosa efervescencia sin merma de la claridad, pero da la impresión de que el maestro lo que pretende ante todo es deslumbrar al personal con su virtuosismo. Flojísimo el Andante, un tanto en la línea frívola, ligera en el mal sentido, de un Abbado. El Menuetto es sensacional: sabe mantener su carácter dramático aportando incluso cierto desasosiego, al tiempo que agiliza de manera muy adecuada la articulación. Sublimes las maderas del Trío, mejor que con Pinnock. El Finale sigue la línea del primer movimiento. (8)

lunes, 8 de enero de 2024

Concierto para piano nº 2 de Beethoven: discografía comparada

ACTUALIZACIÓN
 
Esta entrada se publicó originalmente el 2 de junio de 2013. Incorporo doce nuevas reseñas, entre ellas tres con Ashkenazy y nada menos que seis con Argerich.

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En teoría Beethoven tiene cinco conciertos para piano, pero en realidad son siete si incluimos tanto la transcripción del Concierto para violín como ese curioso Concierto cero del que solo se conserva la parte del solista (no hace mucho se ha ofrecido una muy interesante reconstrucción a cargo de Roland Brautigam). Para liar aún más la cosa, la obra de la que vamos a presentar una discografía comparada, el Concierto para piano nº 2 en Si bemol mayor, op, 19, es en realidad el primero de la lista oficial de cinco.

La secuenciación cronológica correcta sería la siguiente: vendría primero el Concierto 0, escrito en 1784 cuando tenía tan solo trece años, en 1795 estrenaría el nº 2 –su gestación había sido compleja, y aún tendría que cambiar el movimiento conclusivo por otro–, y solo más tarde llega el nº 1, que data de entre 1796 y 1797. La obra que nos ocupa, pues, se encuentra claramente en una etapa juvenil, de tanteo, por completo dentro de los cánones del clasicismo y bajo la influencia de los estudios con el genial Haydn que por entonces el joven artista realizaba, pero anunciando ya en muchos aspectos el desarrollo ulterior del compositor.

Entre los dos mundos, pues, pueden oscilar las interpretaciones de la obra. Serán más indiscutibles las que miren a la tradición del mundo clásico y más arriesgadas las que lo hagan hacia el futuro, pero estas últimas son la que pondrán mejor de relieve la verdadera personalidad beethoveniana. Lo difícil, lógicamente, es sintetizar los dos aspectos alcanzando la mayor riqueza conceptual posible, cosa que en la pequeña selección discográfica que aquí se presenta solo consigue, a mi modo de ver, un tal Daniel Barenboim.

Son sus movimientos:
  • I. Allegro con brio
  • II. Adagio
  • III. Rondo. Molto allegro


Beethoven concierto piano 2 Schnabel Dobrowen

1. Schnabel. Dobrowen/Philharmonia (EMI-Testament, 1946). El pianista austriaco ya era un verdadero mito cuando a sus sesenta y cuatro años se metió en su odiado estudio de grabación de Abbey Road para volver a ponerse a las órdenes de Walter Legge –con quien ya había grabado todas las sonatas y conciertos del de Bonn– y dejar de nuevo constancia, magníficamente respaldado por la Philharmonia Orchestra recién creada por el citado productor, de su visión de la partitura. El resultado fue, por parte del pianista, una interpretación ardiente, viril, sincera y muy comunicativa, en absoluto exhibicionista, en la que no solo exhibe un sonido irreprochablemente beethoveniano (¡nada de mirar al pasado!), sino que demuestra además dominar el universo expresivo del compositor. Desdichadamente su ardiente temperamento no está del todo controlado, y en los movimientos impares las prisas terminan haciendo mella; quizá en parte sea culpa de un Issay Dobrowen que dirige con energía e indudable fuerza expresiva, pero también de manera más bien tosca y expeditiva. El Adagio sí es admirable por parte de ambos. La restauración sonora por parte de Testament, excelente. (8)


Beethoven concierto piano 2 Gould Bernstein

2. Gould. Bernstein/Sinfónica de Columbia (Sony, 1957). El joven e iconoclasta pianista canadiense estaba ya empeñado, aunque fuera a costa del propio Beethoven, en romper con la tradición. Junto a él, un Bernstein que acababa de estrenar West Side Story pero que en lo que a dirección de orquesta se refiere no había encontrado todavía –faltaba el contacto con Viena– esa misma tradición. Los dos, cargados de talento pero mucho antes atentos a la comunicatividad que a la reflexión. Así las cosas, en el primer movimiento la batuta se desborda con tal vehemencia que, pese al atractivo carácter lacerante que imprime a algunas frases, termina cayendo en la precipitación y en el nerviosismo, todo ello sin acercarse lo más mínimo al estilo beethoveniano. Gould, por su parte, hace primar el ímpetu rítmico con su habitual sonido recortado, clavecinístico, entregado a la exhibición de agilidad digital sin permitirse apenas matices en el fraseo. En el Adagio Bernstein se controla, logrando frasear con profundidad y marcados acentos dramáticos, mientras que el solista demuestra que se pueden ofrecer riquísimas sugerencias tímbricas y expresivas aun sin permitirse la menor concesión al legato ni a la maleabilidad de la agógica, pero también sin caer –como sí que le ocurría en el Allegro con brio– en lo mecánico y cuadriculado. En el tercer movimiento los dos artistas de nuevo pierden los papeles, aunque con resultados no tan mediocres como al principio. El sonido es monofónico, pero de buena calidad. (6)


Beethoven concierto piano 2 Arrau Galliera

3. Arrau. Galliera/Philharmonia (EMI, 1958). Lo que más asombra de esta grabación, por cierto estereofónica y muy notable para la época, es la magnífica labor de un maestro no muy conocido, pero que aquí muestra una enorme sintonía con Beethoven tanto en el sonido, plenamente conseguido con la ayuda de la portentosa orquesta de Klemperer, como en una expresión que se muestra siempre cálida, honda, plena de cantabilidad y siempre certera, si bien al Rondó conclusivo le podría poner un poco más de empuje y electricidad. El enorme Arrau, aun no del todo creativo por no haber llegado aún a su plena madurez, está maravilloso por la naturalidad de su fraseo, la belleza y variedad de su sonido, la alta sensibilidad para el matiz expresivo y el hondo humanismo que desprende su aproximación, desde luego mucho antes lírica y apolínea –en el buen sentido– que dramática. Solo se puede reprochar cierta tendencia al virtuosismo en la cadenza del primer movimiento, si bien en contrapartida el tercero es toda una demostración de cómo se puede ser coqueto, delicado y risueño sin caer en lo trivial ni en lo amanerado. (9)


Beethoven concierto piano 2 Backhaus Schmidt-Isserstedt

4. Backhaus. Schmidt-Isserstedt/Filarmónica de Viena (Decca, 1959). Tanto la dirección como el pianista abordan esta obra desde el clasicismo, pero mientras el primero lo lleva a cabo sin olvidar la tensión sonora y la sinceridad expresivas, e incluso ofreciendo claros acentos dramáticos, el segundo hace gala de un sonido en exceso alado y volátil, una frivolidad por completo inadecuada y una coquetería fuera de lugar, además de ser incapaz de frasear con poesía. Hay mitos que, desde luego, conviene revisar. (6)


Beethoven concierto piano 2 Kempff Leitner

5. Kempff. Leitner/Filarmónica de Berlín (DG, 1962). Armado de un sonido de gran belleza y de un fraseo flexible y lleno de sutilezas, el pianista alemán –que toca su propia cadenza– ofrece una visión eminentemente delicada y exquisita de su parte, aérea en muchos momentos y llena de coquetería bien entendida. Semejante aproximación puede ser válida habida cuenta de la temprana fecha de la obra, pero a la postre resulta en exceso frágil, delicada y exenta de tensiones para lo que parece demandar la ya relativamente definida personalidad beethoveniana. La Filarmónica de Berlín y la no particularmente inspirada pero sí muy sensata y centrada dirección de Leitner sí que aportan músculo y claroscuros a la interpretación. (7)


Beethoven concierto piano 2 Barenboim Klemperer

6. Barenboim. Klemperer/New Philharmonia (EMI, 1967). Como era de esperar, el personalísimo maestro de Breslau borra todas las referencias al mundo del pasado, y por tanto lo mucho que en esta partitura hay de galantería, sensualidad y carácter más o menos risueño, para crear un mundo de sonoridades graníticas y terribles claroscuros. Así, tras un Allegro con brio en exceso circunspecto nos estremece con un Adagio lleno de pathos y poderosísima tensión dramática que, renunciando al humanismo contemplativo pero no a la hondura reflexiva, extrae de los pentagramas un insólito amargor. El joven Barenboim, de sonido ideal para Beethoven y pleno de musicalidad, se pliega por completo a estos parámetros ofreciendo tan solo una parte de la enorme riqueza de matices expresivos que extraerá de la misma partitura en el futuro, aunque aportando en el movimiento final una dosis de coquetería bien entendida. Filtrada, eso sí, por el socarrón sentido del humor del octogenario maestro, que es el que aquí marca las pautas. (10)


Beethoven concierto piano Gilels Szell

7. Gilels. Szell/Orquesta de Cleveland (EMI, 1968). Todo en esta interpretación está increíblemente bien sonado, trazado con arquitectura delineada al detalle, dicho sin precipitación alguna pero con pulso firme, y siempre fraseado con naturalidad e irreprochable gusto. Además, con sonoridad y estilo expresivo netamente beethoveniano, sin lugar para la mirada al pasado galante y con atención plena a los claroscuros de la página. A pesar de todo ello, hay algo que no termina de funcionar, al menos en los movimientos extremos: tal vez contagiado de la austeridad espartana de un Szell al que no se le mueve un pelo, ese gran intérprete del de Bonn que fue Emil Gilels se muestra extrañamente distanciado, incluso descomprometido, ajeno a matices y sin apenas variedad expresiva. Menos mal que el segundo, aun dentro de esta misma línea marcadamente objetiva, sí está dicho con concentración y hondura. (7)


8. Ashkenazy. Solti/Sinfónica de Chicago (Decca, 1972). Haciendo gala de un virtuosismo y una depuración sonora formidable, Ashkenazy, Solti y los chicagoers construyen una interpretación ante efervescente ante todo, llena de chispa, de gracia y de desparpajo, que combina con gran acierto elegancia con vitalidad, encanto con impulso rítmico, sin menoscabo de que el segundo movimiento esté magníficamente cantado al tiempo que ofrece acentos muy teatrales y lacerantes en sus clímax dramáticos. Ciertamente la hondura poética no es la máxima y, al menos en el primer movimiento, se detecta cierta precipitación, pero en su línea es admirable. Suena estupendamente tras el nuevo reprocesado en alta definición. (8) 

 

 

9. Rubinstein. Barenboim/Filarmónica de Londres (RCA, 1975). La friolera de 88 años tenía el pianista polaco cuando llevó al disco por última vez el Nº 2 beethoveniano. Barenboim no había cumplido aún los 33. A mi modo de ver, las personalidades de los dos artistas apenas logran sintonizar en el Concierto para piano nº 2, aunque en un sentido contrario al que las respectivas edades nos podrían hacer pensar: mientras el joven maestro ofrece un Beethoven tenso, musculado y abiertamente dramático en el que el amargor toma protagonismo entre las bellezas más o menos clásicas que propone la partitura (¡qué maravilla la dirección del Adagio!, el venerable maestro se queda, aun haciendo gala de esa elegancia varonil y distinguida que le caracteriza, en una visión más o menos amable, incluso distanciada, que parece venir antes de un intérprete todavía no maduro que de un veteranísimo experto. Únicamente se muestra verdaderamente intenso y comprometido en el Rondo conclusivo, que es donde por fin llegan a encontrarse los dos artistas. Excelente reprocesado cuadrafónico en el SACD de Dutton. (9)

 

Beethoven concierto piano 2 Weissenberg Karajan

10. Weissenberg. Karajan/Filarmónica de Berlín (EMI, 1977). Nos encontramos aquí con una dirección muy propia de Karajan: bellísimamente sonada, rotunda y poderosa, desde luego brillante y comunicativa, pero también algo superficial, tendente a buscar los contrastes de grandes masas sonoras y la delicadeza antes que la emoción o la reflexión. En cualquier caso se trata de una labor de alto nivel, cosa que no se puede decir de un pianista que no solo carece de línea y sonido beethovenianos, sino que además matiza poco y tiende a quedarse en el despliegue de sonoridades aéreas y delicadas; todo ello dentro de una visión excesivamente distanciada, ajena a conflictos, como si quisiese ver la obra desde el prisma de un clasicismo mal entendido. Que su agilidad sea incuestionable y sus trinos de una enorme limpieza sirve de bien poco. En suma, una interpretación superficial y un tanto aburrida, aunque el tercer movimiento no funciona del todo mal gracias al empuje de la batuta. Hace tiempo circuló por la red un reprocesado casero que recuperaba la toma sonora cuadrafónica original, aportando más naturalidad que espectacularidad. (7)


Beethoven concierto piano 2 Lupu Mehta

11. Lupu. Mehta/Filarmónica de Israel (Decca, 1979). Una dirección viril, ágil, entusiasta, con nervio, pero también atenta a la belleza sonora y a la claridad, respalda a la perfección a un solista musical e imaginativo –magnífica la cadenza propia– que sabe sintetizar a la perfección lodos los ingredientes de la obra, ofreciendo elegancia, chispa y encanto, pero también acentos incisivos y sentido dramático, alcanzando así el equilibrio entre los aspectos de esta música vinculados al pasado y aquellos que miran al futuro. Hay interpretaciones con más sentido trágico (Klemperer), serena calidez (Arrau) y profundidad reflexiva (Barenboim), pero los resultados son inobjetables. La toma sonora es ya digital. (9)

 


12. Ashkenazy. Mehta/Filarmónica de Viena (Decca, 1983). La inconfundible personalidad de la orquesta parece marcar esta interpretación absolutamente apolínea, de belleza y depuración sonora admirables, delineada con tanta naturalidad como sutileza en los matices, que parece mirar al nostálgico y agridulce lirismo mozartiano en un Adagio verdaderamente mágico en el que la batuta, concentradísima, juega de manera mágica con el tempo y un piano rico en inflexiones demuestra exquisita sensibilidad. Ahora bien, la personalidad de Beethoven termina quedando un poco diluida por la falta de vigor y de contrastes en los movimientos extremos, sobre todo en un primero excesivamente distanciado. El tercero, risueño y ajeno a conflictos, funciona satisfactoriamente dentro de esta versión quizá en exceso equilibrada. Toma sonora de gran naturalidad realizada en la Sofiensaal. (9)


Beethoven concierto piano 2 Barenboim Berlin EMI

13. Barenboim/Filarmónica de Berlín (EMI, 1985). Aquí Barenboim ya logra ser él mismo y, habiendo alcanzado la madurez como beethoveniano, ofrece una excepcional lectura en la que por encima de todo destaca un segundo movimiento absolutamente sublime tanto en el piano como en la dirección del propio artista, lleno de emotividad y profundidad, con unos silencios cargados de significado. El Allegro con brio no tiene toda la chispa e incisividad deseables, pero alcanza un estupendo equilibrio entre lo clásico y lo romántico que no deja de subrayar los aspectos más modernos de la partitura, sobre todo en el tratamiento del piano. El Molto Allegro conclusivo no es genial, pero sí espléndido. (10) 

 

 

14. Argerich. Sinopoli/Orquesta Philharmonia (DG, 1985). Cerca de cumplir los cuarenta y cuatro, la de Buenos Aires demuestra no estar aún preparada para Beethoven. Hay que descubrirse, sin duda, ante la limpieza y variedad de su toque, ante su reconocida agilidad en el fraseo, ante su sentido de la efervescencia y -también- ante su capacidad de dejar de volar la música en el segundo movimiento, pero globalmente no alcanza la efusividad poética que esta música demanda. Por ventura, el tiempo la otorgará lo que le falta. Sinopoli aporta una dirección que sabe ser apolínea e incisiva al mismo tiempo, adecuada para esta partitura sin que termine de apreciarse un lenguaje propiamente beethoveniano. Toma en el Walthamstow Town Hall algo reverberante. (7)
 
 

Beethoven concierto piano 2 de Larrocha Chailly

15. De Larrocha. Chailly/Sinfónica de la Radio de Berlín (Decca, 1986). Aunque resulte un tópico decirlo, lo cierto es que Alicia ofrece una versión marcadamente “femenina”, elegante, coqueta y delicada en el mejor de los sentidos, sin asomo de amaneramiento, y desde luego llena de humanidad, de ternura y de la más exquisita belleza sonora. Pero también, por eso mismo, un tanto escasa de esos claroscuros, esa densidad dramática y esa fuerza poderosa que va a caracterizar al Beethoven posterior: la pianista española prefiere más bien mirar a Mozart. Y a un Mozart sin la suficiente dosis de sal y pimienta, todo hay que decirlo. El joven y aun sensato Riccardo Chailly le pone a la interpretación el músculo y la tensión que le faltan a la solista, aun siempre dentro de un acercamiento apolíneo, luminoso y de refrescante naturalidad. Portentosa la toma. (8)
 
 

16. Ashkenazy/Orquesta de Cleveland (Decca, 1987). Esta vez el de Gorki se dirige a sí mismo, y lo hace alcanzando un admirable punto de equilibrio entre el músculo y el impulso rítmico de su grabación con Solti y el clasicismo vienés de la de Mehta. Ofrece así una interpretación animada, risueña, llena de desparpajo, como también muy fluida y elegante, sutilmente matizada y cantada con toda la amplitud lírica que esta música merece. ¿Algo trivial? No, aunque sí un tanto ajena a las posibilidades dramáticas que la partitura esconde entre sus pliegues. Estupenda la orquesta, tratada con depuración sonora por parte del maestro y recogida de manera excepcional por los ingenieros de Decca. (9)
 
 

17. Lubin. Hogwood/Academy of Ancient Music (Decca, 1987). Chris nunca fue un gran director del repertorio posterior al Barroco, menos aún de Beethoven, un autor al que grabó –él mismo lo confesó en alguna entrevista– por petición de la casa discográfica. Todo esto se nota dirección más bien frívola y superficial –y eso que intenta mantener la concentración en el segundo movimiento–, lastrada además por una orquesta que por aquellas fechas era bastante discreta. Steven Lubin intenta mantener el tipo, pero el fortepiano de 1795 que utiliza tiene muchas limitaciones expresivas, como también sonoras: la orquesta se ve muy reducida para intentar mantener el equilibrio. Todo un fiasco, pues, esta primera intentona historicista. (4)
 

 

18. Arrau. Colin Davis/Staatskapelle Dresden (Philips, 1987). A sus 84 años el maestro chileno redondea ya por completo una interpretación eminentemente lírica, apolínea pero sin distanciamiento ni trivialidad alguna, rica en matices y plena de humanismo, a todas luces bellísima, aunque ciertamente ajena al conflicto, al drama o a la desazón. Nadie mejor que Sir Colin, noble y musicalísimo a más no poder, aunque ciertamente lejos del nervio interno que los dos movimientos impares necesitan. (9)


19. Zimerman/Filarmónica de Viena (DVD y CD DG, 1991). Leonard Bernstein falleció antes de que pudieran completar la integral y el pianista polaco tuvo que tomar las riendas de la orquesta en los dos primeros conciertos. Lo cierto es que el virtuosismo nada mecánico del pianista y la belleza sonora de la orquesta –que canta maravillosamente–garantizan unos resultados muy notables, pero el enfoque, decididamente clasicista, le otorga demasiada importancia a los aspectos más coquetos y hasta frívolos de la pieza y resulta algo tímida en lo expresivo, lo que no impide que se ofrezca un emocionante Adagio. Mejor la dirección que el piano, curiosamente, pese a la insuperable técnica de Zimerman. (8) 
 
 

Beethoven concierto piano 2 Immerseel Weil

20. Van Immerseel. Weil/Tafelmusik (Sony, 1995). El equilibrio expresivo, la sensatez y el buen gusto presiden esta interpretación de perfecta ortodoxia historicista, obviamente obligada por la orquesta de instrumentos originales y el fortepiano a mirar hacia el pasado, independientemente de que en la cadenza propia Van Immerseel intente –sin mucho éxito– abrir una ventana hacia el Beethoven maduro. El problema es que ni él ni Bruno Weil son músicos realmente interesantes, y mientras entre ambos logran ofrecer un buen Allegro con brio, en el Adagio resultan por completo anodinos y en el Rondo sucumben al mero mecanicismo. La espléndida toma sonora no nos libera del tedio. (6)
 
 
Beethoven concierto piano 2 Pletnev Abbado

21. Pletnev. Abbado/Filarmónica de Berlín (DVD TDK, 2000). Aunque las sinfonías de Beethoven que por aquellas fechas hacía Abbado con esta misma orquesta oscilaban entre lo rutinario, lo vulgar y lo impresentable, lo cierto es que en este Segundo concierto, quizá por la temprana fecha de la partitura, el maestro consigue unos resultados mucho más aceptables, una muy bella y equilibrada –aunque también un punto insulsa– interpretación realizada desde la óptica de un clasicismo amable. Pletnev se limita a mecanografiar la partitura sin matizar en lo expresivo, salvo para aportar algunos detalles de coquetería que sintonizan bien con la posición de la batuta. Un distendido movimiento movimiento final es lo más aprovechable de esta interpretación que se ofreció dentro del ya tradicional Concierto Europeo del 1 de mayo de la formación berlinesa en el año 2000. En la segunda parte vendría una Novena sinfonía bochornosa. (7)


22. Argerich. Abbado/Mahler Chamber Orchestra (DG, 2000). Aquí claramente influido por el movimiento historicista, el milanés ofrece en esta oportunidad una dirección camerística en la sonoridad, ágil e incisiva en la articulación, también –como en su otro registro del mismo año– un tanto frívola en lo expresivo. De manera consecuente, Argerich se suelta la melena y acentúa sus habituales señas de identidad para ofrecer una recreación particularmente nerviosa, contrastada y efervescente. El resultado, por fuerza, ha de horrorizar a quienes busquen un Beethoven denso o, al menos, tradicional en concepto. Eso sí, en lo que a los movimientos extremos se refiere: en el central los dos artistas destapan el tarro de las esencias y, concentradísimos, ofrecen auténtica magia sonora. Excelente toma en vivo. (7)
 
 

Beethoven concierto piano 2 Aimard Harnoncourt

23. Aimard. Harnoncourt/Chamber Orchestra of Europe (Teldec, 2001). Muy alejado del clasicismo más o menos distendido de por ejemplo el citado Abbado, el maestro berlinés ofrece un Beethoven seco, dramático, de alto sentido teatral, lleno de claroscuros y con una sonoridad relativamente áspera e incisiva –se ha moderado con respecto a su integral sinfónica– que arroja nuevas luces sobre esta partitura. Por desgracia, y como era de esperar, Harnoncourt se mantiene ajeno a la cantabilidad, el humanismo y la efusividad propias del mundo beethoveniano, y eso que se para a paladear el Adagio con apreciable delectación. Pierre-Laurent Aimard realiza una labor imaginativa, arriesgada y personal, por instantes mirando al pasado digamos que rococó con detalles bastante clavecinísticos, por momentos avanzando hacia el futuro, pero lo hace con un fraseo poco fluido, entrecortado por “hallazgos” sin duda sorprendentes pero no siempre satisfactorios desde el punto de vista de la lógica musical: hay más mecanicismo trufado de ocurrencias que flexibilidad verdadera, esto es, con naturalidad en las transiciones, realizada con sutileza y marcada por las necesidades expresivas. Lejos del desencuentro, Harnoncourt le apoya con sus aportaciones tan propias, por lo demás, de su habitual discurso iconoclasta. La toma sonora es magnífica. (7)
 
 

24. Kissin. Colin Davis/Sinfónica de Londres (EMI, 2007). Como era de esperar, Sir Colin ofrece en esta su tercera grabación (antes están Kovacevich y Arrau) una lectura cálida y equilibrada, completamente ajena a tensiones y conflictos, pero llena de serena y elocuente poesía. Junto a él, un piano creativo y rico en matices, no del todo profundo pero más interesado por los claroscuros que la batuta. Lo menos convincente es el último movimiento, rápido y no todo lo paladeado que debería, aunque no llegue a resultar en absoluto mecánico. Desde el punto de vista técnico, eso sí, Kissin se muestra insuperable. (9)
 
 


25. Barenboim/Staatskapelle Berlin (Blu-Ray Euroarts, CD Decca, Stage +, 2007). Todo es aquí descomunal, pues Barenboim atiende a todos los posibles aspectos de la partitura en una recreación poderosa y potente, pero también vistosa y chispeante, llena de energía, lirismo, profundidad e imaginación. Si hubiera que destacar algo sería, como en su anterior grabación en solitario, un Adagio inalcanzable, paladeado con una hondura y un humanismo realmente sublimes, fraseado con una enorme cantabilidad por la orquesta –espléndida, de empaste por completo beethoveniano– y muy ricamente matizado desde un piano sutil y emotivo al tiempo que repleto de interrogantes hacia el final del movimiento. A destacar, como siempre en el Beethoven pianístico del de Buenos Aires, la enorme naturalidad de los trinos. El Blu-ray suena y se ve de maravilla, pero quien no se pueda gastar el dinero siempre puede acudir a los baratísimos CDs editados por Decca. En cualquier caso la interpretación hay que escucharla, porque es la referencia. (10) 
 
 
Beethoven concierto piano 2 Cristifori

26. Arthur Schoonderwoerd. Cristofori Ensemble (Alpha, 2008). He aquí una lectura radicalmente historicista que apuesta por una plantilla de cámara con la que el fortepiano, por fin, parece llevarse bien. El planteamiento expresivo no tiene más remedio que plegarse a estas características, resultando interesante cómo los aspectos más rococós de esta música contrastan con los más visionarios, y poniéndose de manifiesto más que nunca la manera en la que Beethoven se enfrenta con la tradición. La sonoridad es muy distinta a lo que estamos acostumbrados, ofreciendo desconcertantes colores que unas veces convencen y otras no: a los alérgicos a los instrumentos originales esta lectura puede poner seriamente en riesgo su salud. Desde luego el fortepiano –una copia de un Anton Walter de 1800– evidencia importantes limitaciones, pero el solista le saca un buen partido derrochando musicalidad y buen gusto, sobre todo en un magnífico segundo movimiento que sabe ofrece tanto vuelo lírico como acentos dramáticos. El tercero es muy clavecinístico; no resulta lo ideal, pero descubre cosas. (8) 
 
 
Beethoven concierto piano 2 Brautigam Parrott

27. Brautigam. Parrot/Sinfónica de Norrköping (BIS, 2008). No se le puede negar morbo a este acercamiento: dos intérpretes de amplia experiencia historicista usando un Steinway y una orquesta convencional pero haciéndolos sonar como si tuvieran delante fortepiano y cuerdas de tripa, con todo lo que ello implica no solo desde el punto de vista técnico, sino también desde el expresivo. El resultado es atractivo desde el punto de vista meramente sonoro, y la dirección de Andrew Parrot ofrece empuje, vitalidad y alto sentido de los claroscuros en un acercamiento que mira más al Beethoven maduro que al juvenil, aunque le falte una buena dosis de cantabilidad, efusividad lírica y humanismo para terminar de convencer. El problema, en cualquier caso, está en un Brautigam en exceso vehemente, por momentos atropellado, que sin caer realmente en lo mecánico –su dinámica, aun voluntariamente recortada, no es ajena a los contrastes– toca sin dejar a las frases respirar, dejándose llevar por el nervio y sin pararse a pensar en el significado expresivo de las notas. El resultado aburre. (6)
 
 
Beethoven concierto piano 2 Lewis Belohlávek

28. Lewis. Belohlávek/Sinfónica de la BBC (Harmonia Mundi, 2009). Independientemente de que enganche bastante más el entusiasmo y empuje de la batuta que el toque poco variado en lo sonoro y un tanto inexpresivo del pianista, lo cierto es que los dos artistas coinciden en interpretar esta partitura desde la óptica de un clasicismo extrovertido, ágil y efervescente, mayormente luminoso y con sentido del humor, como si quisieran subrayar los lazos que unen esta música con el universo de Haydn. El resultado es atractivo y nos ofrece una imagen renovadora de esta música, pero la falta de pathos, de claroscuros y de contrastes expresivos terminan haciéndola un tanto superficial, sobre todo en un Adagio hermoso pero en absoluto emotivo. (7)
 
 

29. Uchida. Rattle/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2010). Lejos de ofrecer la interpretación delicada y exquisita que hubiéramos imaginado, la pianista oriental nos entrega una lectura efervescente, bulliciosa, llena de nervio controlado, de aires clavecinísticos bien entendidos –nada hay aquí de mecánico o precipitado– e impregnada de un sentido del humor de carácter rústico y viril –antes que coqueto o amable– que le sienta muy bien a la partitura, todo ello sin descuidar los interrogantes y acentos dramáticos del Adagio. Rattle, muy en su salsa cuando se trata de ofrecer jovialidad y desenfado, sintoniza perfectamente esta línea y ofrece una dirección haydiniana dicha de maravilla por una orquesta no por reducida para la ocasión menos formidable. En suma, una interpretación en la misma línea que la de Lewis y Belohlávek, pero bastante más conseguida. (9)

 

 

30. Argerich. Barenboim/WEDO (Medici TV, 2015). Fascinante comprobar cómo el mayor intérprete beethoveniano de los últimos cien años no solo no logra llevar a su terreno a la señora Argerich, sino que se amolda a las personalísimas maneras de hacer de su admirada colega. Al menos es lo que ocurre en un primer movimiento que parece sonar –ya desde los primeros compases– ahora más nervioso e inquieto, dotado de una desazón –ocurre en toda la introducción orquestal– de lo más atractiva y conveniente. El resultado es un Allegro con brio que suena menos noble y reflexivo, más dionisíaco, pero no por ello precisamente gozoso: más bien todo lo contrario, agitado y dramático en grado superlativo. En el Adagio Barenboim siempre rozó aquí el cielo, y aunque esta vez quizá no paladee la música con la poesía increíble que otras veces le hemos escuchado, lo cierto es que despliega ese humanismo, esa cantabilidad y ese equilibro entre vuelo lírico y reflexión que solo los más grandes son capaces de destilar, al tiempo que maneja con enorme plasticidad a la WEDO y la hace respirar (¡qué maderas!) de manera por completo beethoveniana. ¿Y la Argerich? Pues aquí serena su natural carácter felino y, luciendo ese sonido "duro" pero moldeable al cien por cien que la caracteriza y un fraseo riquísimo en acentos, hace música con intensidad y sinceridad proverbiales. En el arranque del tercer movimiento, como en todas sus grabaciones, cae un tanto en el virtuosismo mecánico, pero en seguida sus manos y la batuta sintonizan plenamente y, con un Barenboim enérgico y muy atento a la jocosidad un punto rústica de la página, se alcanzan unos resultados llenos de efervescencia. (9)


31. Argerich. Mito Chamber Orchestra/Ozawa (Decca, mayo 2019). Aunque arranca con un portamento no ya innecesario, sino un tanto molesto, el ya veterano y enfermo maestro oriental ofrece una notable recreación dentro de una línea apolínea y luminosa, aunque no por ello precisamente falta de músculo, que encaja de maravilla con la personalidad que ya mostraba Argerich en su primera grabación de la página. La de Buenos Aires, en cualquier caso, no vuelve a los tiempos de Sinopoli: los años no pasan en balde y se muestra mucho más madura, ofreciendo además algunos detalles de grandísima artista. (8)

 

 

32. Argerich. Shani/Filarmónica de Israel (Avanti, diciembre 2019). La artista porteña repite su aproximación de madurez, es decir, de efervescencia bien controlada, esta vez al lado de un Lahav Shani de treinta años que hace gala de una sensatez, musicalidad y entusiasmo admirables. Más que Ozawa, ciertamente, pero sin alcanzar el grado de inspiración de su maestro Barenboim. Toma de gran calidad, disponible asimismo como filmación en Medici TV. (8)

 

33. Zimerman. Rattle/Sinfónica de Londres (DG y Stage +, 2000). En plena pandemia –los músicos se sientan muy separados y con pantallas de seguridad delante–, la LSO se va a St. Luke's y graba la integral de los conciertos beethovenianos con un Zimerman bastante más crecidito que cuando trabajaba con Bernstein. No funcionaron las cosas en este nº 2, a pesar de que todos ofrecieron una ejecución de limpieza impecable, planificación milimétrica y no escasa belleza sonora. Sir Simon insiste en su concepto haydiniano de esta música, lo que en principio no está nada mal, pero esta vez se yerra el tiro resulta considerablemente frívolo, cuando no saltarín, sobre todo en el primer movimiento. Tan correcto como superficial el Adagio, para de ahí pasar a un Rondo en el que los aspectos lúdicos de la partitura se ponen en primerísimo plano. Mejor escuchar al maestro con Uchida, a decir verdad. ¿Y Zimerman? Pues en la misma línea que Rattle, cosa que ya se adivinaba atendiendo a su registro de 1991. De nuevo, mejor acudir a él para conocer lo que tiene que decir sobre esta obra. Al interesado, recomendarle que acuda a la filmación disponible en Stage +: cuenta con Dolby Atmos. (8)


34. Argerich. Barenboim/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2023). Ocho años después de su registro con la WEDO, Argerich y Barenboim se lo pasan en grande haciendo más o menos lo mismo de antes, pero con una dosis de inspiración todavía superior por parte de ambos. La guinda del pastel la pone una orquesta no solo ideal por tamaño –reducido, claro está– y sonoridad –calidísima, de empaste redondo y aterciopelado–, sino que además posee unas maderas que cantan de manera absolutamente sublime. Por si fuera poco, imagen 4K y sonido de alta definición. (10)

jueves, 17 de marzo de 2022

Suite orquestal n.º 3 de J. S. Bach: discografía comparada

Venga, como este sábado espero escuchar las cuatro Suites orquestales de J. S. Bach a Antonini con la Barroca de Sevilla, vamos a por una comparativa de la más famosa de la serie, la n.º 3, BWV 1068. Si todas las versiones escogidas son H.I.P. no se debe en absoluto a que desdeñe las lecturas tradicionales: simplemente, he intentado facilitarme las cosas. Tal vez en el futuro amplie esta lista con interpretaciones "de las otras".

Dos cosas antes de continuar. Una, recordar que el intérprete se puede plantear aquí diversas posibilidades: número de instrumentistas de cuerda, repetición o no de la sección fugada de la Obertura, violín solista en esta última y en la celebérrima Aria, diseño del bajo continuo, etc. Segunda, que esto de poner puntuaciones no es más que un juego para que todos nos divirtamos. La música está abierta a muchas posibilidades y simplemente quiero comentarles a ustedes cuáles me gustan más y cuáles menos. Las cosas serias se las dejo a los musicólogos, que para eso están.


1. Pinnock/The English Concert (Archiv, 1978). Tal vez revolucionaria para la época, la propuesta de un entonces jovencísimo Pinnock resulta hoy un dechado de sensatez, ortodoxia y buen gusto. Los aspectos puramente formales apuestan por la nueva línea HIP, pero la admirable tradición británica de la “tradición renovada” de un Leppard o un Marriner se hacen aquí presentes en una lectura admirablemente expuesta, equilibrada tanto en la forma como en la expresión, muy fluida en el fraseo –no es necesario acentuar claroscuros–, elegante al tiempo que sensual y dotada de una enorme musicalidad. Un acierto el Aria (4’49’’), en manos de un Standage que canta con delectación y ornamenta con buen gusto. Pinnock aporta carácter bullicioso con un clave que, como era habitual en Archiv, está grabado con excesiva presencia. (9)

 

 

2. Kuijken/La Petite Bande (Deutsche Harmonia Mundi, 1981). Notable propuesta belga para el momento en el que salió al mercado, rigurosa en su planteamiento HIP pero en todo momento muy sensata, dicha sin prisas y con buena caligrafía, que en lo expresivo resulta más solemne y menos luminosa que la de Pinnock. Las Gavotas quedan más severas de la cuenta y, en general, se echan de menos sensualidad y frescura. Espléndida labor la del clavecinista Robert Kohnen. La toma podría ser mejor. (8)

 

 

3. Harnoncourt/Concentus Musicus Wien (Teldec, 1984?). El berlinés, que ya había grabado la obra muchos años atrás –no he podido escuchar la grabación– es fiel a sí mismo y deja bien claras sus señas de identidad: sonoridad áspera, fraseo seco e incisivo, contrastes marcados, excesos de los metales y una cierta agresividad general que, siendo atractiva, relega lo que esta música tiene de sensualidad y de vuelo lírico. En este sentido, el Aria se resiente de una rigidez y una frialdad alarmantes. Tampoco acierta el maestro mucho en la construcción de la arquitectura: las secciones fugadas –hay repetición– del primer movimiento arrancan con una flacidez considerable, y el diseño no queda del todo claro. También las Gavotas sufren altibajos en las tensiones. Formidables, por el contrario, los dos movimientos conclusivos gracias a su impulso rítmico. La orquesta no suena equilibrada, y tampoco es ninguna maravilla. (6)

 

 

4. Hogwood/The Academy of Ancient Music (Decca, 1985). Escuchar este registro después del de Harnoncourt resulta revelador. La orquesta es apreciablemente superior, el equilibrio de planos es mucho más convincente, el fraseo resulta mucho más fluido y elegante. Se pierde en pesadez y en agresividad, se gana en elegancia, chispa y luminosidad. El oyente disfruta mucho más de la música. La fuga, bastante mejor delineada, es pura efervescencia. Flojea de manera muy considerable el Aria, quizá por demasiado british. Por cierto, de lo más haendeliana la trompeta en el tercer movimiento. Formidable el clave del propio Hogwood, y excelente la grabación. (8)

 

5. Goebel/Musica Antiqua Köln (DG, 1985). El alemán registró su interpretación dos meses más tarde que Hogwood. Ambos coinciden en la rapidez de los tempi, en la vitalidad desbordante y en la efervescencia de su enfoque, pero también hay diferencias importantes. El alemán opta por una plantilla reducida y, paradójicamente, busca una sonoridad más poderosa y contrastada, se interesa más por marcar el ritmo –a veces resulta mecánico–, pierde en elegancia y se atreve más con los timbres y acentos. La incorporación de dos claves, nada menos que Andreas Staier y Henk Bouman, es un hallazgo. El problema está en el Aria (4’35’’), aquí concebida desde un estricto camerismo en el que el propio Goebel se adelanta a su tiempo ofreciendo toda clase de ornamentaciones y amaneramientos propios del movimiento HIP posterior. Confieso que, después de muchos años repetidas audiciones de este disco, me he terminado acostumbrando. (8)

 

 

6. Koopman/Orquesta Barroca de Ámsterdam (Erato, 1988?). El maestro holandés parece querer alcanzar una síntesis entre las diferentes propuestas de sus colegas, por no decir entre las diversas facetas de esta partitura y sus deudas con las diferentes tradiciones musicales europeas. Y lo hace con enorme acierto, inyectando convicción sin necesidad de dejarse llevar por el impulso vital –es decir, dejando a la música respirar con holgura– y haciendo gala de un fraseo plenamente barroco en el que no hay cabida a excentricidades. En el Aria (5'34'') quiere llegar a un compromiso entre la tradición y el movimiento HIP, pero le queda algo fría. La orquesta es formidable, si bien el equilibrio de planos no está del todo conseguido. En parte es culpa de la toma, no la mejor posible. (9)

 

7. Savall/Le Concert des Nations (Alia Vox, 1990). La Obertura comienza amplia y solemne, como si el de Igualada quisiera mirar a la pompa versallesca. Y es que, como era de esperar, Don Jordi no podía sino mirar hacia el mundo francés, lo que en esta página, claro está, resulta por completo plausible. El maestro hace sonar a la orquesta con la carnosidad que a él le gusta, otorgando especial presencia a las maderas y procurando que las trompetas suenen con rusticidad. Al violín de Fabio Biondi, de sonido un tanto áspero, le concede protagonismo en los fugatos, pero después incurre en la presunta contradicción –en realidad, no tiene por qué ser tal– de encargar el Aria al ripieno. Esta la plantea con enorme lentitud (6’01’’) y sin apenas ornamentación, como si quisiera complacer a los oídos más tradicionales; se agradece la intención, pero el fraseo resulta pesante. Llenos de ímpetu, de goce vital y de frescura los movimientos restantes, bien sostenidos por el clave de Pierre Hantaï. (8)

 

 

8. Pinnock/The English Concert (DG, 1993-94). El genial clavecinista británico se mantiene dentro del mismo concepto expresivo, apolíneo y luminoso, pero esta vez el el conjunto de violines y no el solista el que se encarga de la fuga –ahora con repertición– de la Obertura y del Aria, cálida y noblemente cantada: quizá sea la mejor de todas las HIP que he escuchado. La orquesta alcanza ahora mayor belleza y depuración sonoras, y quizá sea todavía más equilibrado el tratamiento instrumental. La toma vuelve a realizarse en el Henry Wood Hall, esta vez con resultados óptimos. (10) 

 

9. Brüggen/ Orchestra of the Age of the Enlightenment (Philips, 1996?). El veterano maestro se pone al frente de la portentosa formación británica para ofrecer una interpretación irreprochable en el estilo, pulquérrima en la exposición, de perfecto equilibrio tanto en lo sonoro como en lo expresivo, vitalista sin necesidad de extremar los tempi, natural el fraseo y por completo ajena a cualquier suerte de excentricidad y amaneramiento. El reparo se encuentra esa habitual adustez, por no decir distanciamiento expresivo, que caracterizaban a Brüggen: a su visión le falta un poquito de alma. Formidable la toma. (8)

 

 

10. Antonini/Il Giardino armónico (Teldec, 2001). El travieso Antonini y sus chicos aportan frescura, desparpajo, sentido de los contrastes, variedad en el fraseo y un sentido muy italiano de la voluptuosidad en una recreación dionisíaca y desprejuiciada que tiene –lógicamente– muchísimo de italiano, y que por ende ofrece una visión renovada, pero no por ello más certera, de esta obra maestra. Muy plausible la propuesta de alternar entre violín y ripieno en el Aria (4’40’’), pero aquí Enrico Onofri, que había estado magnífico en la fuga y que no alcanza los niveles de extravagancia de los que hace gala en la actualidad, nos regala algún que otro suspiro y amaneramientos. Rico e imaginativo el continuo. (8) 

 

 

11. Suzuki/Bach Collegium Japan (BIS, 2003). El clavecinista oriental –exuberante al continuo– plantea una introducción lenta y solemne para la Obertura, buscando el máximo contraste posible con un vivace rapidísimo, a mi entender equivocado. Aunque los japoneses tocan muy bien, la música no respira –tampoco lo hace el violín de Natsumi Wakamatsu– y la claridad se resiente. El ritmo excesivamente marcado hace mecánica al Aria (4’44), fraseada sin cantabilidad y ajena a toda poesía. Las danzas están planteadas con sensatez y animación, sin nada en particular que destacar. Tampoco es que las líneas instrumentales queden del todo clarificadas, lo que en parte se puede deber a una toma sonora más bien turbia. (7) 

 

12. Koopman/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2010). El maestro repite su concepto, pero esta vez nada menos que al frente de la Berliner Philharmoniker, a la que hace sonar (¡milagroso!) como si fuera su propia orquesta, con una rusticidad muy adecuada. De nuevo el Aria, en la que limita mucho el legato, puede resultar no todo lo cálida y emotiva, pero el resto es un prodigio de fuerza, teatralidad, entusiasmo, sentido de los contrastes y fuerza expresiva. Estupendísima interpretación. (9)

 

13. Kuijken/La Petite Bande (Accent, 2012). En las notas de la carpetilla, el maestro belga confiesa arrepentirse del tamaño, según él, excesivamente grande de la orquesta que utilizó tres décadas atrás, y que “cautivado por el rico sonido de la Orquesta Lully de Versalles” intentó interpretar a Bach haciendo uso del mismo concepto sonoro”. Sin embargo, ahora “no hay ya ninguna justificación –ni histórica ni musical– para un número tan grande de ejecutantes”. La ventaja de este nuevo registro se encontraría “especialmente en la transparencia de las texturas”. Yo añadiría que, además, se gana en fluidez, en depuración sonora e incluso en variedad expresiva, como también en imaginación y en sentido de los contrastes. Por otra parte, esta vez Sigiswald decide lucir sus dotes como violín solista tanto en la Obertura –espléndida– como en el Aria, muy bien cantada por su parte pero lastrada por el clave muy mecánico de Benjamin Alard. (8)

 

14. Alessandrini/Concerto Italiano (Naive, 2018). Optando por la plantilla más reducida posible, Alesandrini nos ofrece una recreación extremadamente bulliciosa y animada, sin duda muy mediterránea, llena de luz y tocada con evidente entusiasmo, pero lastrada por ese fraseo excesivamente ligero y algo pimpante, digamos que “a saltitos”, que a algunos melómanos nos molesta al enfrentarnos a determinadas interpretaciones HIP. Lo cierto es que en la mayoría de los anteriores testimonios de esta lista no hacía su aparición. Aquí sí, empañando de manera considerable -molestísimo el violín de Boris Begelman- nada menos que el Aria, bastante rápida (3’53’’) y trivial, formidablemente apoyada -eso sí- por el clave del propio director. Soberbia la Bourrée. (7)

Sensacional debut discográfico de Lahav Shani y Múnich

En 2019 quedé hondamente impresionado por el Pelleas und Melisande de Schönberg que vi en un video, actualmente no disponible, en el que en...