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domingo, 7 de junio de 2026

Concierto para violín nº 1 de Prokofiev: discografía comparada

ACTUALIZACIÓN, 7.VI.2025

La entrada es del 7 de mayo de 2013 y la actualizo ahora con una buena cantidad de interpretaciones adicionales, entre ellas una que me ha parecido de referencia: Kashimoto, Rattle y Filarmónica de Berlín

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Sergei Prokofiev estrenó su Primer concierto para violín en 1923, pero lo había escrito unos cuantos años antes, entre 1916 y 1917, cuando contaba veintiséis. Es contemporáneo, pues, de la Sinfonía Clásica, posterior a la Suite Escita y algo anterior a El amor de las tres naranjas y el Tercer concierto para piano, por citar las obras maestras más cercanas en el tiempo.

En la partitura, pese a su brevedad –poco más de veinte minutos– se combinan de manera portentosa todas las características expresivas de un compositor aun muy joven, pero ya plenamente maduro en personalidad: por un lado un lirismo a medio camino entre lo onírico y lo melancólico, por otro una escritura escarpada, tensa y llena de aristas que nos hablan del fuerte sentido trágico que se esconde en el fondo de su música. Todo ello galvanizado por un irónico e inconfundible sentido del humor a veces jovial, a veces cargado de un sarcasmo que se convierte –acercándose así a Shostakovich– en máscara que pretende ocultar el dolor.

Permítanme confesarles algo personal: esta una de las creaciones del autor de Pedro y el lobo favoritas para quien suscribe. El problema es que no soy capaz de contarles con palabras qué es lo mucho que me dice esta música. Me limitaré a enumerar sus movimientos:
  1. Andantino
  2. Scherzo: Vivacissimo
  3. Moderato - Andante

 

Prokofiev concierto violin 1 Szigeti Beecham

1. Szigeti. Beecham/Filarmónica de Londres (Naxos, 1935). Esta grabación es impagable, pues fue el mítico violinista húngaro quien, tras el fracaso del estreno inicial en París, consiguió que la partitura fuera aclamada en Europa y los Estados Unidos en compañía de Frizt Reiner, aunque aquí le secunda un Beecham que a ratos paladea muy bien la música –no coge carrerilla en el Scherzo–, a ratos –final del primer movimiento, clímax del tercero– desarrolla las tensiones con desinterés y vulgaridad . En cuanto al propio Szigeti, si hacemos caso omiso de algunas notorias vacilaciones y de la abundancia de portamenti tan propia de la época, realiza una aproximación eminentemente incisiva, quizá intentando acentuar los aspectos más modernos de la pieza, aunque no deja de resultar incandescente –más que propiamente “romántico”- en los pasajes más líricos. Bastante extraña, en cualquier caso, la manera de dejar a un lado el legato al arrancar el tercer movimiento. La restauración sonora realizada por Naxos es excelente. (7)


Prokofiev concierto violin 1 Oistrakh Kubelik

2. David Oistrakh. Kubelik/Sinfónica de Praga (Andante, 1947). A sus treinta y nueve años, el gran violinista ruso hace una verdadera exhibición de medios técnicos e interpreta con esa intensidad viril y sincera que le caracteriza, pero en este primer testimonio de su acercamiento a la obra –tiene cinco más– todavía no ha alcanzado el suficiente grado de profundización en la misma. En parte la responsabilidad puede caer en un Kubelik tan lírico y apolíneo como suele, pero en exceso apresurado y falto de concentración. La toma sonora es muy precaria. (7)


Prokofiev concierto violin 1 Milstein Icon

3. Milstein. Golschmann/Sinfónica de St. Louis (EMI, enero 1954). No menos extraordinario violinista que su compatriota y contemporáneo Oistrakh, Milstein representaba un violinismo distinto, menos ardiente, dramático y escarpado, más lírico y sutil, más volcado hacia lo reflexivo, lo que no le impide ofrecer en esta bellísima recreación un clímax particularmente encrespado en el tercer movimiento. El director acompaña sintonizando por completo en esta línea y ofreciendo adecuada concentración en los momentos más evocadores, pero sin especial personalidad y pasando de largo ante los numerosos claroscuros de la página. (8)
 
 
Prokofiev concierto violin 1 Oistrakh Matacic

4. David Oistrakh. Von Matacic/Sinfónica de Londres (EMI, noviembre 1954). Bien secundado por una London Symphony en plena forma pero no tanto por una toma de sonido monofónica que deja en segundo plano a la orquesta y no permite apreciar el juego de texturas, el director croata dirige con emoción y propiedad estilística aunque acertando mucho más en los dos primeros movimientos que en el tercero, más bien lineal y apresurado, lo que limita seriamente al intensísimo, viril y asombrosamente virtuosístico Oistrakh a la hora de cantar las melodías. (8)



Prokofiev concierto violin 1 Stern Mitropoulos

5. Stern. Mitropoulos/Filarmónica de Nueva York (Sony, 1958). Lástima que la grabación sea monofónica, porque la interpretación de Stern, en perfecta sintonía con el director griego, es de una intensidad e incandescencia verdaderamente abrasadora, descubriéndonos, sin quedarse en modo alguno en el tópico de lo aristado, el lado más apasionado y dramático de esta música. Más adelante muchos artistas, incluido él mismo, enriquecerán este enfoque con una mayor atención a los aspectos líricos, evanescentes y ensoñados, pero esta interpretación no deja de ser admirable. (9)



6. Ricci. Ansermet/Orquesta de la Suisse Romande (Decca, 1958). El comienzo algo sollozante por parte del violín no resulta precisamente prometedor, pero poco a poco el solista se va centrando y, en compañía de una batuta solvente sin más, ofrece una muy digna recreación grabada por los ingenieros de Decca con un estéreo muy claro, aunque con distorsiones tímbricas. En cualquier caso, se pueden hacer las cosas mucho mejor en lo que a depuración sonora, variedad expresiva e imaginación se refiere. (7)



7. Milstein. Giulini/Orquesta Philharmonia (EMI, 1962). El violinista de Odessa repite su hermosísima y exquisita –más no por ello parca en dramatismo– aproximación, y lo hace en perfecta sintonía con un Giulini que frasea con la cantabilidad altamente emotiva que le caracteriza y con una concentración pasmosa (¡qué final el del primer movimiento!), pero también atentísimo a clarificar texturas, a planificar tensiones y a hacer que la soberbia orquesta londinense suene con el colorido –incisivo, coloreado en las maderas– adecuado para Prokofiev. Dicho de otra manera: ofreciendo lirismo a raudales, pero sin el error de “romantizar” la página ni de limar aristas. El resultado es admirable y anuncia el sendero que el futuro seguirán, con mayor éxito aún, Mutter y Rostropovich. (9)



8. Stern. Ormandy/Orquesta de Philadelphia (CBS, 1963). Aunque solo han pasado cinco años desde su registro con Mitropoulos, Stern adopta ahora un enfoque va a ser menos incandescente, al tiempo que más atento al lirismo melancólico que también albergan los pentagramas. Aporta incluso un toque de ternura muy interesante en el primer movimiento, si bien es en el tercero en el que alcanza el mayor grado de inspiración poética. Ormandy dirige con enorme sensatez y sin tomarse las cosas con prisa, pero resulta más eficaz que otra cosa. (8)



9. Friedman. Leinsdorf/Sinfónica de Boston (RCA-Sony, 1964). El maestro vienés fue un gran intérprete de Prokofiev, pero aunque su solvencia técnica y dominio del idioma son incuestionables, no parece sintonizar mucho con el espíritu de la obra; incluso ni siquiera parece muy atento al matiz. Erick Friedman cumple con enorme corrección sin emocionar apenas. La orquesta, ideal. La toma sonora podría ser bastante mejor. (7)



10. Igor Oistrakh. Rozhdestvensky/Gran Orquesta Sinfónica de la Radio de Moscú (Melodiya-Denon). El hijo de David sigue los pasos de su padre con una lectura tan encendida como controlada que opta abiertamente por las aristas y, sin dejar de ofrecer la adecuada cantabilidad, se interesa poco por la ensoñación lírica. La batuta acompaña con propiedad estilística y buen pulso, pero sin sacar el suficiente partido poético a la obra, sobre todo en los finales de los movimientos extremos. Cuando más adelante le dirija la obra a Perlman, hará uso de unos tempi más dilatados y alcanzará un grado mayor de inspiración. (8)


Prokofiev concierto violin 1 Oistrakh Sanderling

11. David Oistrakh. Sanderling/Sinfónica de Berlín (Harmonia Mundi, 1971). Por fin Oistrakh padre cuenta con un acompañamiento lo suficientemente paladeado, el de un Sanderling que no obstante aun podría darle una vuelta tuerca más a la obra, pero por desgracia en esta ocasión es el propio violinista, algo limitado por la edad en cuanto a virtuosismo, el que no alcanza toda la altura esperable desde el punto de vista emocional. La toma sonora es buena para la época y a pesar de ser de origen radiofónico. (8)


Prokofiev concierto violin 1 Chung Previn

12. Chung. Previn/Sinfónica de Londres (Decca, 1975). André Previn grabó mucho Prokofiev en los años setenta al frente de la orquesta de la que era titular, con resultados quizá no geniales pero siempre magníficos gracias a su perfecto dominio del idioma, a la gran claridad y riqueza tímbrica de su batuta y, desde luego, a la sinceridad expresiva de sus recreaciones. Es el caso de esta op. 19 de perfecto equilibrio entre los aspectos líricos, irónicos, dramáticos y fantasmagóricos, dicha además con pulso firme –el tercer movimiento resulta quizá algo apresurado– y un admirable sentido de las texturas. No podía tener aquí mejor acompañante que Kyung-Wha Chung, a sus veintisiete años no solo un prodigio de virtuosismo, sino también una artista de enorme madurez que ofrece una enorme intensidad emocional y una impresionante variedad expresiva, desde la muy femenina delicadeza del comienzo hasta los clímax más desgarradores de los movimientos extremos, pasando por la incisividad del segundo. (9)


Prokofiev concierto violin 1 Rozhdestvensky Perlman

13. Perlman. Rozhdestvensky/Sinfónica de la BBC (EMI, 1980). Ya más maduro como director en su breve etapa londinense, el maestro ruso alcanza una perfecta sintonía con Perlman para, decantándose por las aristas, ofrecer una lectura presidida por la tensión y por el alejamiento de la efusión “romántica”. Los momentos líricos no están precisamente descuidados, pero en ellos se opta más por la evanescencia fantasmagórica –excelente el estudio de texturas– que por la nostalgia. (9)



14. Perlman. Rozhdestvensky/Sinfónica de la BBC (DVD Medici Arts, 1980). Como su versión paralela en compacto, nos encontramos ante una interpretación antes incisiva que evocadora, pero no por ello desequilibrada en lo expresivo, en la que el violín siempre afilado de Perlman sabe encauzar su intenso ardor con un portentoso control de los medios y, sobre todo en el tercer movimiento, cantar las melodías como pocos lo han hecho, mientras que la batuta domina el idioma y controla de modo admirable el arco de tensiones. La toma sonora, monofónica, es bastante inferior a la del CD. (9)


Prokofiev concierto violin 1 Stern Mehta

15. Stern. Mehta/Filarmónica de Nueva York (Sony, 1982). Un comienzo vacilante y de dudosa afinación nos hace temer lo peor habida cuenta de la avanzada edad del solista, pero lo cierto es que la cosa no va a mayores y Stern vuelve a realizar una muy sincera e intensa aproximación a la partitura dentro de la misma línea lírica que ofreció junto a Ormandy dieciocho años atrás. Mehta evidencia su conocida sintonía con el autor y, quizá por buscar la mayor aproximación posible al planteamiento expresivo del solista, atiende antes a los aspectos oníricos de la obra que a los más rítmicos y extrovertidos: al segundo movimiento le podría sacar más jugo. En el tercero, por el contrario, utiliza todo su virtuosismo de batuta para ofrecer sugestivas veladuras y flexibilizar las tensiones de manera admirable, ofreciendo así el mejor respaldo al Stern, que vuelve a alcanza allí su momento de mayor inspiración. La toma sonora, espléndida. (9)


Prokofiev concierto violin 1 Mintz Abbado

16. Mintz. Abbado/Sinfónica Chicago (DG, 1983). Lectura presidida por el insuperable virtuosismo de solista, orquesta y batuta, capaces de desplegar una infinita gama de colores y matices y de trazar la arquitectura con absoluta perfección; se oyen, incluso, líneas instrumentales que generalmente pasan desapercibidas. El estilo es irreprochable y la interpretación tiene garra, aun faltando un punto adicional de calidez y emotividad, quizá porque los intérpretes, no del todo en sintonía con el contenido expresivo de la obra, prefieren apartarse del “romanticismo” para mirarla con cierto distanciamiento un tanto naif que ve hermosas evocaciones feéricas donde para otros intérpretes hay dolorosa nostalgia, y disonancias más o menos gamberras donde aflora el puro drama. (9)


Prokofiev concierto violin 1 Zimmermann Maazel

17. Zimmermann. Maazel/Filarmónica de Berlín (EMI, 1987). El maestro franco-americano ofrece, como era de esperar, una dirección muy idiomática, acertada en el fraseo, en el colorido y en la mordacidad, además de magníficamente planificada en su construcción horizontal. Todo ello, además, extrayendo un gran partido a la orquesta de la que por entonces esperaba convertirse en titular, aunque algo perjudicada por una toma sonora que no es muy allá. Notable realización, en todo caso, que no se ve acompañada por un violinista irreprochable en lo técnico y ajeno a cualquier veleidad expresiva, pero frio como un témpano. (7)



Prokofiev concierto violin 1 Sitkovetsky Davis

18. Sitkovetsky. Colin Davis/Sinfónica de Londres (Virgin, 1988). Sorprende encontrarse al maestro británico en este repertorio. Cierto es que a su batuta le falta estilo, sobre todo en el tratamiento de las maderas y en el sarcasmo propio del autor, pero a la postre su enorme musicalidad le hace sacar la obra adelante y conseguir junto al magnífico solista notabilísimos momentos líricos y un acongojante clímax en el último movimiento. (9)


Prokofiev concierto violin 1 Mutter Rostropovich

19. Mutter. Rostropovich/Sinfónica Nacional de Washington (Erato, 1988). Un tremolo en la cuerda tenso y claro; un violín cálido, humano, que canta su lamento con belleza extrema… El comienzo ya deja claro que nos vamos a encontrar ante una lectura intensa, sincera y no poco reveladora en la que los dos artistas sintonizan a la perfección en lo expresivo para poner de relieve, sin caer en la blandura, los aspectos más líricos, más humanísticos si se quiere, de una obra que tiene mucho de acongojante confesión personal. Cierto es que Rostropovich carece de la capacidad para matizar y para obtener texturas de un Abbado, quizá también de su incisividad, pero ofrece una enorme emotividad, matiza con tanta sabiduría como dominio del estilo –admirable el fagot en el arranque del Moderato– y planifica con enorme naturalidad la arquitectura hacia unos clímax mucho antes sinceros que vistosos en los que la Mutter sabe ser apasionada sin perder su apolínea elegancia. Particularmente asombrosa la doliente rebeldía que los dos artistas alcanzan en el clímax final para desembocar en una coda desgranada con particular lentitud y un regusto acertadamente amargo y desolado, mucho antes que feérico. Lástima que la toma no sea mejor. (10)



20. Repin. Svetlanov/Sinfónica Estatal de la Federación Rusa (Stage+, 1991). Aún no había cumplido los veinte cuando Vladimir Rempin dejó este testimonio filmado en Frankfurt. Impresiona la tensión con la que aborda una introducción bien paladeada, pero pronto se deja llevar por la emoción y se echa a correr. No falla ni una nota, el resultado es técnicamente deslumbrante, y ciertamente la fogosidad y convicción con las que toca no deja de atraparnos, pero la sensación global es de superficialidad, de quedarse en el envoltorio de la música, sobre todo en un movimiento conclusivo muy apresurado. Svetlanov intenta seguirle haciendo gala de muy bien conocimiento del estilo. Solo eso. (7)



Prokofiev concierto violin 1 Bell Dutoit

21. Bell. Dutoit/Sinfónica de Montreal (Decca, 1992). Adecuado idioma, buen pulso e irreprochable gusto son las virtudes que exhibe el director suizo frente a una página con la que, a pesar de lo dicho, no logra conectar del todo en lo expresivo; faltan garra, compromiso y calor humano. Tampoco convence el violinista norteamericano, distanciado y algo tendente a los portamenti en las secciones líricas, al tiempo que resulta descafeinado en las más extrovertidas. El resultado es una interpretación que se queda a mitad de camino. (7)



22. Zimmermann. Maazel/Filarmónica de la Scala (YouTube, 1992). Este testimonio de muy precaria calidad audiovisual interesará ante todo a los violinistas, porque tanto la cámara como la toma se centran en Frank Peter. En él podemos apreciar la firmeza asombrosa de su sonido, la seguridad absoluta de su mano izquierda y la tensión interna que imprime al fraseo. Sin embargo, y por muchos portamentos que meta a lo largo de toda la introducción, no se puede decir que emocione tanto como sus colegas, entre otras cosas porque Maazel no le deja explayarse n un tercer movimiento que dirige de manera muy apresurada. A destacar, en cualquier caso, el tremendo sarcasmo que son capaces de extraer del segundo movimiento. (7)



23. Lin. Salonen/Filarmónica de Los Ángeles (Sony, 1992). No se puede decir que a su dirección le falte tensión interna, como tampoco que sea fría, pero lo cierto es que el por entonces aún relativamente joven Salonen –treinta y cuatro años– no se muestra del todo afín a la expresión: todo está en su sitio, las complejas texturas están muy bien tratadas, pero la poesía no termina de brotar. Quizá por eso Cho-Liang Lin se quede, no es poco, en lo notabilísimo, siendo de subrayar la pasmosa naturalidad con que aborda su parte. Toca con tal capacidad técnica, con tal limpieza, con semejante lógica a la hora de planificar, con tanta ausencia de afectación, que no parece que esté abordando una página de dificultad extrema. Lo mejor es el segundo movimiento, espléndido por parte de los dos artistas. La toma resulta un poco espesa, lástima. (8)


Prokofiev concierto violin 1 Vengerov Rostropovich

24. Vengerov. Rostropovich/Sinfónica de Londres (Teldec, 1994). Al frente de una orquesta de mayor calidad que la de Washington y con una toma sonora más acorde con las circunstancias, Rostropovich repite y por momentos mejora –los tempi son algo más deliberados– su lectura anterior haciendo gala de una enorme sensibilidad lírica; se pueden preferir enfoques más incisivos y brillante, pero su comunión espiritual con la obra es máxima. Vengerov, armado de un virtuosismo extremo que seguramente nadie ha igualado en esta partitura, se encuentra en permanente estado de éxtasis en una actuación volcánica y arrolladora, aristada cuando debe pero de una cantabilidad acongojante, en la que los clímax alcanzan una poderosísima fuerza expresiva. Impresionante. (10)

 
Prokofiev concierto violin 1 Shaham Previn

25. Shaham. Previn/Sinfónica de Londres (DG, 1995). Veinte años después, Previn y la LSO vuelven juntos a la obra con un acercamiento igualmente idiomático y de irreprochable equilibrio, aunque quizá algo más distanciado en lo expresivo que entonces y, desde luego, sin la emotividad que la orquesta lució un año antes con Rostropovich. Shaham, de sonido muy hermoso, más lírico que desgarrado aunque en cualquier caso muy comprometido, destaca ante todo por la impresionante cantabilidad de su fraseo. La toma sonora es excepcional. (8)
 
 
Prokofiev concierto violin 1 Dutoit Josefowicz

26. Josefowicz. Dutoit/Sinfónica de Montreal (Decca, 1999). Solo siete años después de su registro con Joshua Bell, orquesta y director repiten su acercamiento mejorando un tanto el último movimiento, ahora más paladeado y más satisfactoriamente trazado hacia su disolución final. En cualquier caso, incuestionable ortodoxia que contrasta de manera extrema con la tremenda heterodoxia de una Josefowicz virtuosística a más no poder, en todo momento creativa, que confunde el lirismo con el amaneramiento (¡esos dichosos portamenti!) y aborda lo dramático haciendo sonar a su violín como un cuchillo recién afilado. El resultado es una interpretación que bascula entre lo insoportable y lo fascinante. Inclasificable, en suma. (7)


Prokofiev concierto violin 1 Gringolts Jarvi

27. Gringolts. Neeme Järvi/Sinfónica de Gotemburgo (DG, 2004). En esta grabación realizada durante su fugaz estrellato en el sello amarillo, el violinista de San Petersburgo mostró un virtuosismo indiscutible, pero al centrarse la batuta en los aspectos más incisivos y grotescos de la partitura, se quedaron a un lado los líricos. Así las cosas, consiguen entre ambos un magnífico segundo movimiento, mientras ofrecen un tercero que no es ni sugestivo ni emocionante. (8)

 
Prokofiev concierto violin 1 Fischer Kreizberg

28. Fischer. Kreizberg/Orquesta Nacional de Rusia (Pentatone, 2004). Lejos de ofrecer una interpretación tópicamente femenina, la violinista alemana despliega hirientes aristas a lo largo de la obra (¡tremendo el Scherzo!) sin problema alguno de virtuosismo, si bien no termina de sintonizar con la vertiente más emotiva y melancólica de la obra. La dirección de Kreizberg, antes profesional que inspirada, resulta irreprochable en el estilo pero un tanto primaria, sobre todo en un tercer movimiento en el que las texturas deberían estar mejor trabajadas. (8)
 
 
Prokofiev concierto violin 1 Chang Rattle

29. Chang. Rattle/Filarmónica de Berlín (EMI, 2005). Aunque la violinista es de Philadelphia, su ascendencia coreana nos hace pensar inmediatamente en Kyung-Wha Chung, con quien casualmente comparte no solo un virtuosismo asombroso, sino también su manera de ver la obra, esto es, potenciando los aspectos más líricos y digamos “femeninos” de la página, pero sabiendo también resultar sumamente encendida y hasta encrespada en los clímax. Rattle potencia esta misma visión –muy bien paladeados los finales de los movimientos extremos–, pero su empeño por ser personal jugando con los tempi –la solista también aprovecha para ofrecer novedades– y su escasa sintonía con la sonoridad propia del autor hacen que su dirección carezca de la suficiente unidad de trazo y resulte más virtuosística que emotiva. Venturosamente, años más tarde nos ofrecerá una dirección de referencia. (8)
 


30. Repin. Gergiev/Sinfónica de Londres (YouTube, 2007). Merece la pena detenerse a ver este testimonio por la asombrosa exhibición de un Repin que exhibe un sonido tenso y afilado, pero que no deja de ser bello, al servicio de un temperamento que vuelve a resultar de lo más incandescente. Por desgracia le acompaña un Gergiev que, aunque dirige con gran sentido del color, cae en la vulgaridad en el segundo movimiento y pasa de largo ante la vertiente lírica de la pieza. (7)
 
 
Prokofiev concierto violin 1 Frang Sondergard

31. Vilde Frang. Sondergard/Sinfónica de la Radio de Colonia (EMI, 2009). La violinista noruega parece caminar, en esta interpretación incluida en su debut discográfico, por un sendero parecido a la de su colega Julia Fischer, afilando su violín y deslumbrando con un virtuosismo de admirable agilidad, pero sin terminar de ofrecer la dosis de calidez y emotividad que también esta obra demanda. La dirección de Thomas Sondergard se muestra centrada y muy eficiente, pero no del todo atenta a la polifonía orquestal y, en conjunto, más vistosa que emocionante. (7)



32. Batiashvili. Iván Fischer/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2012). Aunque sepa resultar adecuadamente aristada en el segundo movimiento, la violinista georgiana –hermosísimo sonido, legato admirable– nos ofrece una interpretación netamente feérica, de ensoñado y bellísimo vuelo lírico, pero un tanto carente de la congoja y el desgarro interno que son motivo de la melancolía; solo en el estremecedor clímax antes de la coda Batiashvili parece alcanzar una incandescencia sincera. Iván Fischer dirige un tanto ajeno al estilo y sin preocuparse mucho de los matices, pero al menos resulta cuidadoso y sintoniza a la perfección con la propuesta lírica de la solista. (8)

 

33. Steinbacher. Vasily Petrenko/Orquesta Nacional de Rusia (Pentatone, 2012). Aunque los portamentos del arranque hagan imaginar que la violinista bávara va a ofrecer una interpretación blanda y con miras al romanticismo, lo cierto es que su aproximación, realizada haciendo gala de un sonido de primera magnitud –terso, con carne, de afinación admirable y enorme homogeneidad– y de un fraseo concentradísimo donde no hay lugar al nerviosismo ni a la precipitación, va a resultar de un lirismo tan elegante como sobrio. También distante, y por ende poco emotivo. Sí que se preocupa por los aspectos angulosos de esta música –detalles aristados en el algo excéntricos en el primer movimiento, fraseo reivindicando el staccato, frases muy afiladas en el segundo movimiento, clímax muy dolientes en el tercero–. Lo hace sin necesidad de cargar las tintas, pero lo cierto es que la calidez poética y esa peculiar nostalgia que desprende la partitura no termina de brotar. Quizá en buena medida ello se deba a la dirección de un Vasily Petrenko lento y analítico, perfecto conocedor del idioma, que planifica enorme rigor, subraya los colores con intenciones expresivas y trabaja las texturas oníricas con particular sentido de lo fantasmagórico, pero tampoco termina de sintonizar con el trasfondo de la obra. A la postre, una interpretación admirablemente tocada que pone de relieve los aspectos más sombríos de la partitura, mas sin atender a toda la variedad expresiva que ésta encierra. La toma soberbia del SACD multicanal se beneficia de la célebre acústica de la Gran Sala del Conservatorio de Moscú. (8)



34. Kashimoto. Rattle/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2013). Sir Simon firma la mejor dirección de la partitura. Opta por unos tempi tendentes a la lentitud y, mostrando una soberbia técnica a la hora de mantener el pulso, construir tensiones, equilibrar planos y planificar transiciones, nos entrega una lectura de enorme lógica en su discurso, transparente como ninguna otra, muy hermosa desde el punto de vista formal, que alcanza la fusión perfecta entre lirismo delicado, virulencia y emotividad de corte digamos que romántica. Daishin Kashimoto, “solamente” primer violín de la orquesta, arranca con una concentración, hondura e intensidad que ya quisieran la mayoría de los solistas famosos. A partir de ahí, nos deja boquiabiertos haciendo gala de un sonido pleno y de insólita firmeza, de limpieza absoluta en las diabluras que le exige Prokofiev y, sobre todo, de una enorme capacidad para emocionar. Se han escuchado recreaciones más imaginativas, pero Kashimoto no necesita ofrecer novedades: se limita a hacer increíblemente bien lo que dice la partitura para ofrecernos una incuestionabilísima referencia. (10)


35. Hahn. Pablo/Sinfónica de la RTVE (YouTube, 2013). En este su primer testimonio videográfico la formidable violinista norteamericana evidencia falta de sintonía con la obra; lo hace particularmente en un primer movimiento cuya introducción aborde de manera anodina y en el que su punto de vista resulta en exceso lírico. Su sonido hermosísimo sonido es capaz de adelgazarse de manera increíble y ofrecer interesantísimas cualidades oníricas, pero con ello no basta. Mejor un Scherzo afiladísimo y un Finale en el que el violín es verdadero viento frío en la espalda. Víctor Pablo Pérez no ayuda: su dominio del idioma de Prokofiev es incuestionable, trabaja con cuidado las texturas y en el segundo movimiento saca a relucir un elevado sentido del ritmo, pero dirige con apresuramiento y sin profundizar en las esencias expresivas de la página, que bajo su batuta suena tan vistosa como superficial. La orquesta está francamente bien. (7)



36. Batiashvili. Nézet-Séguin/Orquesta de Cámara de Europa (DG, 2015). Lo onírico, lo lírico y lo dramático, en esquizofrénica unión muy característica de Prokofiev, saben ser atendidos por la violinista georgiana en una lectura de extraordinaria belleza en la forma, fraseo tan natural como cantable y, no menos importante, considerable intensidad dramática. De esta forma, lo afilado del sonido violinístico –riquísimo en colores– y la tensión lacerante, a veces –desarrollo del primer movimiento– de una angustia y una agitación en verdad irresistibles, ponen de relieve los aspectos más combativos de la página, aunque también es verdad que echándose de menos un grado todavía superior de calidez, sensualidad y vuelo lírico. Nézet-Séguin hace gala de sentido del ritmo, transparencia, colorido tan variado como incisivo, amplia gama de acentos y una gran intensidad en la expresión, acertando al subrayar el lado más anguloso, combativo y dramático de esta música repleta de dolor, pero no tanto cuando parece negarle sus raíces románticas. Su lectura resulta, además, en exceso rápida y nerviosa en el tercer movimiento: su gran clímax (a partir de 6:05), al no encontrarse lo suficientemente preparado, no termina de descargar fuerza trágica. Eso sí, el trabajo de texturas y colores es asombroso: repárese en un segundo movimiento llevado sin prisas y sin deseo de convertirlo en una mera exhibición de virtuosismo, sino otorgándole un carácter siniestro muy necesario, o también en la fantasmagórica sección final. La toma, absolutamente soberbia en CD y en streaming de alta definición, ayuda a la claridad orquestal, escuchándose muchos detalles que generalmente pasan desapercibidos. (9)



37. Hahn. Franck/Filarmónica de la Radio de Francia (DG, 2019). Seis años transcurren desde su filmación madrileña. Quizá sea que ha madurado la página, quizá que la dirección de Mikko Franck es bastante superior a la de Víctor Páblo y le permite respirar mejor las melodías, pero lo cierto es que Hilary Hahn, de sonido hermosísimo y capaz de adelgazarse hasta el infinito, ofrece una recreación admirable dentro de una, eso sí, visión eminentemente onírica, quizá surrealista y no exenta de malos presagios, de esta página muy plural en significaciones. De la dirección, siempre sensata y cuidadosa, interesa el planteamiento agógico de un tercer movimiento al que se le saca muy buen partido. (9)

 

38. Jansen. Mäkelä/Filarmónica de Oslo (Decca, 2023). Una toma a mi entender poco conseguida me impide valorar con justicia la labor del joven maestro noruego, que parece ser en origen bastante clara y bien tensada. También más atenta a las angulosidades de la música que a lo que debe a la tradición romántica, y no del todo metida en el idioma de Prokofiev. Sí que es fácil valorar a Janine Jansen, porque los ingenieros la ponen muy en primer plano: sonido hermosísimo y virtuosismo supremo para una recreación que, en consonancia con la batuta, subraya lo que de alucinado hay en esta página –impresionante segundo movimiento– y apuesta por la vehemencia controlada, al tiempo que juega con un lirismo atractivo y aporta numerosos detalles no del todo convincentes, incluso rebuscados. En cualquier caso, mejor escucharla (¡y verla, que es un espectáculo!) con Rattle. (8)



39. Jansen. Rattle/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2025). Janine Jansen arranca a media voz y con enorme delicadeza, pero en seguida vuelve a apostar por una interpretación particularmente aristada, rabiosa por momentos, con frecuencia áspera, en la que multitud de detalles personales, unos más convincentes que otros, demuestran no solo imaginación, sino también compromiso con una partitura con la que desea hurgarnos en las entrañas. No llega a conmovernos tanto como otros colegas, pero aun así su clímax del movimiento conclusivo alcanza una tensión abrumadora. Sir Simon baja un peldaño en inspiración con respecto a su lectura doce años anterior con Kashimoto, pero en cualquier caso ofrece una recreación de enorme altura por perfección técnica y comprensión de la obra. Portentosa la trasmisión en Dolby Atmos, en la que por primera vez escucho con claridad toses en los canales traseros. ¿Están ahora grabando en auténtica pentafonía? (9)



40. Jansen. Salonen/Sinfónica de la Radio de Suecia (YouTube, 2025). Esta es la grabación más reciente a la que he tenido acceso, diciembre de 2025. Janine Jansen insiste en su visión personalísima y llena de rabia, con frecuencia excesiva. Tanto, que a los pocos minutos se le rompe una cuerda y tiene que volver a empezar. En cualquier caso, merece la pena ver el espectáculo. Aun profesional a más no poder, Salonen vuelve a quedarse un poco a medio camino. (8)

miércoles, 25 de septiembre de 2024

Karajan y Mutter, en Blu-ray

Hice bien en comprar este Blu-ray editado por CMajor, de dos horas y media de duración, en el que se recuperan las filmaciones realizadas por Herbert von Karajan y Anne-Sophie Mutter junto a la Filarmónica de Berlín: han ganado de manera considerable respecto a las versiones en DVD. ¿Y los resultados musicales? De alto nivel, pero con unos cuantos reparos. Las repasamos en orden cronológico.

Primero viene el Concierto para violín de Beethoven ofrecido en febrero de 1984 en la Philharmonie de Berlín. No hay novedad frente a su registro de estudio cinco años anterior. La joven Mutter y el anciano Karajan nos ofrecen una interpretación eminentemente apolínea, de una depuración sonora extrema, en la que los dos intérpretes buscan –y consiguen– el máximo grado de belleza sonora, pero sin interesarse tanto por la emoción: los dos primeros movimientos carecen de ese lirismo hondo y lacerante que los más grandes intérpretes han sabido extraer de esta música, mientras que al tercero le falta un punto adicional de entusiasmo. En cualquier caso, uno no puede sino derretirse ante el increíble timbre del violín de la Mutter –el registro agudo es de no dar crédito–, su cantabilidad y sus trinos, o ante la cadenza –Kreisler– del primer movimiento. Tampoco puede resistir la seducción que ejerce la dirección idiomática y honda, concentradísima, llena de acertadas inflexiones expresivas, de un Karajan mejor aquí que en otras obras de ese universo beethoveniano en el que acertó mucho menos de lo que algunos creen, aunque bien es verdad que resulta un poco hinchada en esos tutti opulentos y musculados que tanto gustaban al maestro. La diferencia con respecto al CD viene por parte de la imagen: aquí se ve, no solo se oye, si bien es cierto es eso que se ve está pensado ad maiorem gloriam Karajan, resultando un poco irritantes esos planos en los que el de Salzburgo adopta una pose de elevación espiritual mientras escucha la cadencia de la Mutter. 

Pasamos al concierto de San Silvestre de 1984, dedicado nada menos que al Cantor de Leipzig: Concierto para violín º 2, BWV 1042 y Magnificat BWV 243. Hay que olvidarse por completo del historicismo para poder disfrutar de este Johann Sebastian Bach “a lo grande”, musculado y sin complejos que, dirigiendo desde uno de los dos claves congregados parea la ocasión, ofrece el maestro. ¿Fuera de estilo? Quizá, pero alejado de excesos y considerablemente musical. Lo mismo se puede decir en lo que se refiere a Mutter, que luce un sonido rico en carne y en vibraciones, un fraseo que es pudo legato y un desinterés por la ornamentación que hoy pueden irritar a los defensores de las prácticas HIP más radicales. El problema, en cualquier caso, no es de índole estilístico sino expresivo: a los dos artistas se les va un poco la mano en el segundo movimiento, porque en él encuentran el terreno más apropiado para dejarse llevar por la delicadeza, el ensimismamiento y la belleza puramente formal. Dicho esto, ¿quién puede resistirse ante la manera que tienen de cantar las melodías?

El Magnificat, obviamente sin Mutter, llega después del registro de estudio realizado entre 1975 y 1979, nada menos. Esta otra es una versión en vivo, y por tanto sin el “corta y pega” de la grabación anterior. Karajan repite su Bach a lo denso y brillante, discutibilísimo en la articulación, por momentos más suave de la cuenta, pero en todo momento beneficiado por la magia sonora de un artista que fue muy grande y por unos solistas instrumentales de enorme musicalidad. La parte vocal funciona mejor que en el CD, porque esta vez el coro es de mayor nivel, el de la RIAS de Berlín. Espléndidas Judith Blegen y Helga Müller-Molinari, bien Francisco Araiza y muy correcto Robert Holl. La toma de sonido no es buena. En contrapartida, resulta enternecedor ver al anciano maestro dirigiendo desde uno de los dos claves congregados para la ocasión. 

La filmación de Las cuatro estaciones de Vivaldi es ya de 1987, y se realizó con motivo de la inauguración de la sala de cámara de la Philharmonie berlinesa. Mutter y Karajan ya habían grabado la página tres años antes con la Filarmónica de Viena, dando como resultado muy floja interpretación. Ahora los parámetros son los mismos, pero las cosas salen bastante mejor: hay bastante menos devaneo sonoro. Por lo demás, hemos de reconocer el placer culpable: disfrutar en esta partitura tanto el músculo de una orquesta que logra el milagro de frasear con plena agilidad como el violín vibradísimo, pletórico de virtuosismo –hay un par de deslices propios del directo– e increíblemente hermoso de la Mutter. Otra cosa es que ella no termine de destilar la toda la poesía que propone la página, lo que no impide que el resultado sea de altura. La filmación se ve bastante bien después de su trasvase a Blu-ray, pero lo que no tiene arreglo es el narcisismo de un Karajan –se trata de su propia productora– que chupa cámara tocando otra vez –estupendamente, por cierto– uno de los dos claves del continuo.

sábado, 10 de agosto de 2024

Barenboim reaparece con un sueño veraniego: crónica del concierto en Bremen

Reapareció Daniel Barenboim. Habida cuenta de los horrores que se están viviendo en Oriente Medio, tenía que volver a ponerse al frente de su West-Eastern Divan Orchestra para dejar bien clara la vigencia –pese a todo, o precisamente por tenerlo todo en contra– del mensaje que con su creación se pretende transmitir. También para unirse, a través de un texto leído por varios miembros de la formación multicultural (ver aquí), a lo que exigimos la mayoría de los occidentales: devolución inmediata de los rehenes, alto el fuego definitivo y búsqueda de una solución para el conflicto justa y a largo plazo. Esta vuelta a los escenarios la realizó el de Buenos Aires el pasado miércoles 7 de agosto en el precioso auditorio art decó conocido como Die Glocke de Bremen, comenzando así una gira que le llevó ayer viernes a Berlín y mañana a los Proms; seguirán luego con Wiesbaden, Salzburgo y Lucerna.

Volvió a dirigir Barenboim, decía, y lo hizo en un estado de salud problemático. Le vimos entrar demacrado, caminando con dificultad y con problemas para subirse a la silla desde la que iba a dirigir el concierto. De esta última circunstancia se rio con Anne-Sophie Mutter, demostrando ser capaz aún de burlarse de su propia situación. Enseguida se puso serio, tomó la batuta e hizo música. ¡Y de qué manera! No es que haya perdido arte con la enfermedad degenerativa que está sufriendo. Todo lo contrario. El de Buenos Aires mantiene plena lucidez y ha subido enteros en su inspiración. Lo he defendido a partir de los testimonios videográficos de los últimos años, y lo sigo defendiendo después de escuchar el concierto de Bremen: Barenboim ha alcanzado el mayor nivel posible en la dirección de orquesta, solo comparable al Furtwängler posbélico, al Klemperer de su última década y a pocos más. Por ejemplo, al Karl Böhm de finales de los setenta y principios de los ochenta, a quien me recordó mucho el otro día. ¿Recuerdan al de Graz en ese vídeo de los ensayos de la Elektra con Rysanek, extremadamente débil en lo físico pero haciendo una recreación descomunal, llena de fuerza al tiempo que transparente en lo sonoro, de la partitura straussiana? Pues eso mismo.

Concierto para violín de Brahms abriendo el programa. Cuarta recreación que le escucho al de Buenos Aires. Con un gran Zukerman (DG, 1979) y con un extrañamente descomprometido Vengerov (Teldec, 1997) ofreció recreaciones de corte apolíneo, siempre dentro de la más estricta ortodoxia brahmsiana y sin dejar de ofrecer incandescencia en los momentos obligados. Los resultados fueron más que notables por su parte en ambos casos, sin alcanzar en ninguno de ellos la genialidad. Sí que lo hizo con Perlman (EMI, 1992), pero en ese caso plegándose al concepto personalísimo del violinista: dolor y garra dramática en primer término. ¿Y en 2024? Yo diría que ha sido una vuelta al concepto clásico, solo que con una inspiración poética ahora en todo momento excelsa. ¿He conocido alguna vez expuesto con semejante efusividad el tema lírico del primer movimiento? Yo diría que nunca: en este momento estoy escuchando por los altavoces del ordenador cómo lo hizo con Vengerov, y lo del otro día en Bremen fue abiertamente superior. Y qué decir de la manera de frasear todo el Allegro non troppo, cargado de tensión sin necesidad de resultar en exceso rotundo, facilitando que la cuerda sonara con plasticidad y permitiendo que la música fluyera con cantabilidad suprema.

Lo del Adagio ya se lo imaginan ustedes: la mezcla de ternura y espiritualidad es precisamente la especialidad del maestro en esta etapa de su carrera. Al oboe –no pude ver su cara, pero era un varón– habría que ponerle un monumento. El Allegro giocoso conclusivo nos trajo al Barenboim dionisíaco, efervescente y de sanamente rústico sentido del humor, pero con todo bajo control: la habilidad de este señor para llevar a la orquesta por donde él quiere es asombrosa. En fin, que no conozco ninguna dirección de la Op. 77 brahmsiana que me guste más que esta.

Vamos a por el asunto Anne-Sophie Mutter. Aquí me resulta especialmente difícil ser objetivo, porque su excelsa grabación con Karajan (DG, 1981) fue la primera que tuve y la que llevo escuchando toda mi vida. El solo hecho de verle esta obra en directo ya era mucho para mí, pero también es verdad que cuando conocí –hace poco, porque me imaginaba cómo iba a ser la cosa– la que hizo con Kurt Masur (DG, 1997) me llevé el esperado disgusto. Qué quieren que les diga, yo en Bremen disfruté muchísimo. Cierto es que su enfoque es más lírico de la cuenta, también que hubo detalles de narcisismo, pero la he visto bastante más controlada que con Masur. ¿Cosa de Barenboim? Yo creo que no: simplemente a esta mujer ya se le ha pasado la edad de entregarse a eso que el gran crítico Pedro González Mira llamaría “devaneos sonoros” y vuelve a hacer música con mayúsculas. Por otra parte, a nivel estrictamente técnico es imposible escuchar un violín más hermoso en la tímbrica, más homogéneo en los registros, más seguro en afinación y en fraseo, más increíblemente capaz de hacer todas las diabluras habidas y por haber, esas mismas que le hicieron a Joachim jurar en arameo. Y como su interés por la delicadeza, la ternura y el canto íntimo coincidían con el concepto que ahora Barenboim tiene la obra, pues todo perfecto. Insisto en que yo me encontraba en el séptimo cielo. El público, enloquecido. Hubo sarabanda bachiana como propina, con todas las vibraciones habidas y por haber: anatema para los amantes de los HIP.

Sinfonía La Grande de Schubert en la segunda parte. Aquí no puedo decir que hubiese –salvando la supresión de la repetición en el cuarto movimiento– ninguna diferencia conceptual con respecto a su registro con la Filarmónica de Berlín (CBS, 1985) que comente aquí en la discografía comparada. Fue lo mismo, pero todavía mejor; quiero decir, con mayor inspiración poética y –por increíble que parezca– aún más depurado trabajo con la orquesta. Y si aquel ya antiguo registro es el que más me gusta de los cuarenta y dos comentados, imaginen qué me pareció este. ¿Pero cómo fue, exactamente? Miren ustedes, fue una Grande precisamente eso: grande. Orquesta de considerable tamaño. Sonoridad musculada. Tempi amplios. Importante dosis de pathos, de potencia expresiva. Triple equilibrio entre carácter épico, sensualidad terrena y grandeza espiritual.

Dicho esto, hay que especificar también lo que no fue, porque grandísimos directores de parecido planteamiento se han estrellado contra la partitura precisamente por caer en ciertos errores. La interpretación de Barenboim no fue pesada –Böhm–, ni trompetera –Karajan–, ni excesivamente severa –Klemperer, Szell–, ni otoñal –lo fueron las sensacionales lecturas de Giulini y Celibidache en su ancianidad–. Tampoco anduvo desatenta –aquí habría que citar a la mayoría de las batutas– a la particular mezcla de sensualidad, vuelo lírico y amargor que necesita el Andante con moto para funcionar: la mayoría se quedan en lo épico, cuando no cae en lo mecánico o –peor aún– en lo frivolón. De hecho, creo que este segundo movimiento fue la cumbre de la velada en Bremen, y no solo por la referida cuestión expresiva: también fue un milagro la manera que tuvo Barenboim de diseccionar la polifonía de la pieza, de hacer que se escuchasen cantos y contracantos, de otorgar su papel a las voces intermedias… De dejar, en definitiva, que la fuerza del movimiento no cargase en un constante vigor rítmico sino en el desarrollo orgánico, tomando el conjunto como si fuera una sola transición; desde el gran clímax dramático hasta el final, sección particularmente complicada en la que a demasiados directores les cuesta planificar con lógica, Barenboim dio la lección magistral de técnica de batuta. Por cierto, buenísima idea la disposición antifonal de los violines en esta partitura.

Pero volvamos atrás para reparar en que, tras una introducción en la que los violonchelos de la WEDO frasearon con idéntica belleza y elegancia con que lo hicieron los de la mismísima Filarmónica de Berlín, tampoco estuvo precisamente mal el primer movimiento: como en el disco de 1985, se consiguió la misma mezcla de arrebato y profundidad de un Furtwängler sin tener que recurrir a sus tirones de tempo, esos que infructuosamente ha intentado imitar Thielemann. Es fácil copiar las formas externas, lo difícil es conseguir un efecto expresivo similar.

En el Scherzo Barenboim no quiso cargar las tintas, dejando más bien que sirviera de alivio frente a las tensiones del Andante. Tuvo su adecuada dosis de vigor y de sonoridad musculada, pero en compañía de una elegancia, una transparencia y una alegría, incluso de picardía y hasta de ligereza bien entendida, que también son muy schubertianas; el Trío rebosó encanto y elevación poética. Todo ello lo logró en gran medida haciendo gala de un fraseo muy alejado de toda rigidez, matizando con una enorme sutileza a una WEDO que lució cuerda de empaste mórbido y maderas de enorme musicalidad.

Y fue justo esa capacidad de alejarse del mecanicismo, como también de ese énfasis rítmico y de esa brillantez a toda costa en los metales, lo que hizo que el Finale también alcanzara la excelsitud. El enfoque estilístico, además, fue el acertado. Hubo volumen, hubo potencia sonora y expresiva, hubo muchísima grandeza espiritual, pero Barenboim no quiso que esto sonara a Bruckner, sino a Schubert, con todo ese punto de equilibrio, de carácter bullicioso –por momentos recuerda a la “chispa “rossiniana”–, de ligereza e incluso de delectación melódica que contiene este movimiento. No, no hubo Bruckner, como tampoco “carga del Séptimo de Caballería”, lo que no impidió al maestro y sus músicos ofrecer una interpretación valiente y decidida.

No hace falta que les diga la emoción tan grande que me embargó durante los cincuenta y ocho minutos de este Schubert: una de las mejores sinfonías de todos los tiempos, y de las más difíciles de interpretar a plena satisfacción, en la lectura más redonda que yo haya escuchado. Es posible que buena parte del público pensara lo mismo, porque el éxito fue abrumador.

Barenboim y la WEDO ofrecieron algo como despedida. Lo más inesperado: el Scherzo de El sueño de una noche de verano. ¿Escogieron la pieza por el título? Lo veo muy posible, por aquello del deseo veraniego de alcanzar cierta justicia social en Oriente Medio. Pero la gracia para el melómano estuvo en ver cómo hacía Barenboim esta genial piececita que hasta ahora nunca se le ha escuchado en discos. Y ahí vino la sorpresa: con ligereza y carácter aéreo, cualidades imprescindibles en la música de Mendelssohn que los detractores del maestro jamás asociarían con sus maneras de hacer. Yo mismo no hubiera imaginado una interpretación así por parte de Barenboim hace quince o veinte años, pero su evolución como artista le ha llevado a explorar estos terrenos expresivos. Sin confundirlos, eso sí, con levedades mal entendidas, con frivolidades ni con otras cursiladas, y añadiendo una maravillosa dosis de sensualidad y carácter feérico. Bueno, son tantos los elogios hasta aquí vertidos que no me voy a cortar en las últimas líneas: desde el radicalmente distinto Klemperer no escuchaba cosa igual en el Sommernachtstraum. ¡Y qué llamativa la depuración sonora que supo ofrecer la orquesta, probablemente en su mejor momento! ¡Qué maderas, cielo santo!

Pues eso, noche de verano inolvidable. Ahora, a esperar la transmisión radiofónica del concierto de los Proms.

PD. Las fotos son de Manuel Vaca y Patric Leo, y las he tomado del Facebook oficial de la orquesta

martes, 16 de julio de 2024

Concierto para violín de Sibelius: discografía comparada

ACTUALIZACIÓN - 24.VI.2024

La entrada original es del 17 de junio de 2017. He añadido siete grabaciones más, a la espera de incluir la reciente de Jansen/Mäkëla y alguna otra más.

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Sobre un irreal trémolo de las cuerdas con sordina se va elevando, tímidamente, un tan hermoso como desgarrado lamento de violín. Tras una serie de acrobacias en la mejor tradición del concierto romántico, una orquesta de sonoridad oscura y potente termina de establecer el carácter trágico y no poco rebelde de lo que se va a escuchar. Algunos podrían pensar de manera inmediata en un territorio vasto y desolado, sin rastro de la presencia humana. Y en ese momento se pregunta uno si tiene sentido la afirmación tantas veces repetida según la cual esta soberbia página, como el resto de la producción sinfónica del autor, no es sino la plasmación musical de los paisajes de su Finlandia natal.


Por un lado, las investigaciones musicológicas apenas encuentran rasgos del folclore finlandés en su obra. Más bien, dada la falta de tradición musical en Finlandia y la formación de Sibelius, es perceptible la influencia tanto del denso romanticismo germano como del encendido, trágico y a veces grandilocuente lirismo de Tchaikovsky. Al menos en la primera de las dos etapas que se distinguen en su trayectoria creativa, la cual culmina precisamente en este concierto; a partir de la Tercera Sinfonía su estilo se hará más austero, concentrado y personal.

Por otro, e independientemente del hecho de que Sibelius fuera un nacionalista convencido, se percibe un aliento profundamente nórdico en su música, como en la del noruego Grieg o el danés Nielsen, que efectivamente nos podría traer a la mente paisajes fríos, extensos y desolados, habitados por almas recias y curtidas de gran potencia interior

Para complicar aún más este problema podemos acudir a la descripción que el propio Sibelius realiza del tercer movimiento de la obra estrenada en 1903 bajo su propia dirección y luego sustancialmente revisada: "una danza macabra a través de los páramos de Finlandia". Sí, en esto no hay duda: el dolor y la rebeldía del primer movimiento, y la desolada melancolía del segundo, sólo podían conducir al frenesí de la danza última: tal como ocurre en El Séptimo Sello, del sueco (¡qué casualidad!) Ingmar Bergman

¿Una danza macabra? ¿A través de los páramos de Finlandia, o quizás de los del corazón? De momento dejémoslo en la Muerte, simplemente.

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Las líneas anteriores las escribí –ahora han sido parcialmente modificadas– hace ya dieciocho años para unas notas al programa. Queda claro que son reflexiones muy personales. Quizá demasiado. Desde entonces mi manera de entender la obra no ha cambiado mucho, pero lo cierto es que en fechas recientes Lisa Batiashvili casi ha logrado convencerme de que la partitura se puede interpretar igual de bien desde una óptica apolínea, sin necesidad de subrayar aristas ni de caer en el desgarro emocional, concediendo amplio espacio a la belleza formal y al poder evocador de la música. O sea, justo lo contrario de lo que hacía mi violinista todavía hoy favorito en esta obra maestra, Pinchas Zukerman. Maxim Vengerov, tercero en discordia a la hora de disputarse el podio en esta partitura dificilísima de tocar e interpretar, supondría un perfecto punto de equilibrio entre ambos enfoques. Los tres, curiosamente, contaron con la complicidad de Daniel Barenboim en el podio. Un Barenboim ya admirable en los años setenta pero considerablemente más maduro en la última de sus grabaciones. Adelanto al lector que esas tres son, para quien esto suscribes, las claras referencias.




1. David Oistrakh. Sixten Ehrling/Orquesta del Festival de Estocolmo (EMI-Testament, 1954). Resulta difícil ponerle pegas a este violín recio, viril, ardiente a más no poder pero siempre controlado, de una rusticidad muy adecuada para una obra como esta y en todo momento dispuesto a poner de relieve los aspectos más tensos y rebeldes de la partitura. Y lo logra como pocos lo han hecho. Sin embargo, hay que reconocer que, entregado por completo al dramatismo, el enorme violinista ruso no termina de sintonizar con la vertiente más lírica de la obra, echándose de menos mayor dosis de sensualidad, de poesía y de fuerza evocadora para redondear su, en cualquier caso, impresionante acercamiento. El joven maestro sueco –treinta y seis años– sintoniza con la visión del solista para lo bueno y para lo menos bueno, ofreciendo un acercamiento muy escarpado pero de escaso vuelo poético, amén de más atento al trazo global que al detalle. La toma sonora, monofónica, ha resistido bien el paso del tiempo. (7)



2. Heifetz. Hendel/Sinfónica de Chicago (RCA, 1959). Tocar, lo que se dice tocar, es difícil hacerlo mejor que como lo hizo aquí el celebérrimo violinista de origen lituano, con un sonido de extraordinaria firmeza y sorteando cualquier escollo técnico de la endiablada partitura. Pero interpretar… Literalmente, la interpretación no existe. Su fraseo es mecánico, aséptico, anodino. Hay tensión en su fraseo, sí, pero esa tensión no va en ninguna dirección expresiva. Ni dolor interno, ni rebeldía, ni nostalgia, ni lirismo más o menos contemplativo. Nada de nada. La dirección de Walter Hendl es todo lo vistosa que le permite la formidable Chicago Symphony, pero resulta no menos superficial que la intervención del solista. La toma sonora en SACD de tres canales, impresionante pese a faltarle un punto de gama dinámica. (5)


3. Ferras. Karajan/Filarmónica de Berlín (DG, 1964). Sin ser su virtuosismo el mayor posible, resulta admirable el violín, de sonido bello y carnoso, gran variedad expresiva y apreciable aliento lírico, sin llegar al carácter doliente y la tensión extrema de otros colegas. Karajan ofrece una dirección de enorme belleza y sonido opulento, siempre sensual y poderosa, rocosa en su grado justo, pero mirando antes a la dimensión romántica del autor que a la expresionista, y por ende no muy electrizante ni encrespada. Así las cosas, lo mejor es un formidable segundo movimiento y lo menos conseguido un tercero trazado con naturalidad y poesía, pero sin el carácter bronco, obsesivo y demoníaco, de danza macabra, que aquí resulta tan atractivo. Muy buen sonido en la última remasterización, que en Blu-ray audio se ofrece en formato Atmos. (9)



4. Szeryng. Rozhdestvensky/Sinfónica de Londres (Philips-Mercury, 1965). Una pena ver a ese inmenso violinista que fue Szeryng tan despistado. Toca maravillosamente y con irreprochable gusto, eso por descontado, pero no solo se muestra excesivamente lírico, sino muy ajeno al espíritu de la pieza, parco en pliegues expresivos e incluso desganado. Rozhdestvensky sí que sabe lo que se trae entre manos y sabe hacer sonar a la magnífica orquesta lo suficientemente poderosa, pero tampoco termina de desplegar poesía. A la postre, lo mejor es la toma sonora realizada por Vittorio Negri, recientemente restaurada a nada menos que 192 kHz. (7)



5. Perlman. Leinsdorf/Sinfónica de Boston (RCA, 1966). Veintiún añitos contaba Perlman cuando realizó este registro, dejando a todo el mundo patidifuso por su enorme capacidad técnica para enfrentarse a una obra semejante. Por desgracia, ya desde los primeros compases se aprecia que le queda aún bastante para madurar su acercamiento: sin ser tan mecánico como Heifezt y mostrando ya un temperamento adecuadamente dramático, el joven violinista israelí frasea de manera muy superficial, a veces con nerviosismo y casi siempre pasando por encima de las posibilidades poéticas que le plantea esta música. No le ayuda precisamente la no menos despistada dirección de un Leinsdorf más bien ajeno al espíritu de la partitura. En cualquier caso, la interpretación va de menos a más, desde un primer movimiento flojísimo por parte de solista y batuta hasta un tercero muy correctamente encaminado. (7)



6. David Oistrakh. Rozhdestvensky/Sinfónica de la Radio de Moscú (BMG-Melodiya, 1966).  De nuevo nos encontramos aquí ante un violín recio, viril, ardiente pero siempre controlado, de una rusticidad muy sana y muy adecuada, también muy cantable y de honda belleza, aunque poco dado a la ternura y la sensualidad lírica. Ahora cuenta con una dirección más interesante que la de Ehrling: bronca, hosca, muy dramática, mirando más al futuro que al pasado del compositor. La interpretación pierde puntos por la orquesta, que se queda corta. La toma sonora, en estudio, es mejor de lo que se podía esperar. (9)



7. Chung. Previn/Sinfónica de Londres (Decca, 1970). En la primera de sus tres grabaciones de la página, Previn demuestra gran sintonía con el idioma de Sibelius en una recreación adecuadamente tensa, poderosa y escarpada, situada en el punto justo entre la tradición romántica y el lenguaje maduro del autor en el que la partitura, por su cronología, se encuentra situada, y todo ello lo hace demostrando sinceridad expresiva y la excelente capacidad de concertación que ya le conocemos, pero todavía sin terminar de profundizar en las notas, e incluso mostrándose un poco menos concentrado de la cuenta, particularmente en una introducción a la que le podía sacar más partido. Quizá por eso la violinista coreana, en su deslumbrante debut discográfico con tan solo veintidós años de edad, no logre tampoco redondear una lectura no tan escarpada como la de Oistrakh, Zukerman o Perlman, ni tan sensual y poética como la que muchos años más tarde hará Batiashvili, pero hermosísima en lo tímbrico, cantada con enorme naturalidad y pletórica de virtuosismo. Tampoco vamos a negar que carezca de temperamento: en el Adagio sabe resultar no solo lacerante, sino también rebelde, mientras que en el último movimiento despliega una garra irresistible. La toma sonora, ofreciendo gran equilibrio de planos y una buena gama dinámica, deja en evidencia su edad. (8)


8. Masuko Ushioda. Ozawa/Filarmónica Sinfónica de Japón (EMI, 1971). Nos encontramos aquí ante una hoy olvidada violinista de 29 años de hermoso sonido –carnoso en el centro– y virtuosismo sobrado que se muestra bastante ajena a la expresión de un primer movimiento que le queda bastante descafeinado, para luego destapar el tarro de las esencias en un Adagio cantado con tanta belleza somo intensidad poética; eso sí, desde una visión ajena a grandes conflictos y negruras. Aún ajeno a las blanduras de las que hará gala en el futuro. Ozawa se muestra voluntarioso y eficaz, saca buen partido de la orquesta –metales algo ásperos, como también lo es la toma–, traza bien la arquitectura y resulta comunicativo sin necesidad de implicarse hasta el fondo. (7)



9. Zukerman. Barenboim/Filarmónica de Londres (DG, 1975). El de Buenos Aires ofrece una dirección tan atractiva como discutible: rabiosa y muy escarpada, llena de tensión, en ese sentido más juvenil que madura, pero en cualquier caso sincera y con mucha fuerza. Lo asombroso de este registro, en cualquier caso, es un Pinchas Zukerman intensísimo y visceral, lleno de imaginación, de teatralidad y de sentido de los contrastes, capaz de volar con lirismo y de ser ensoñado pero, sobre todo, atento a la dimensión más amarga y rebelde de la página. El resultado, una interpretación de una inmediatez, una intensidad y un dramatismo impresionantes, pero sin que se resientan la arquitectura ni la belleza sonora: todo está bajo control. A mi entender, todavía hoy es la número uno. La toma sonora es francamente buena para la época. (10)



10. Kremer. Rozhdestvensky/Sinfónica de Londres (RCA, 1977). Tras un arranque sin suficiente concentración ni poesía, sorprende muy gratamente encontrarse ante un Gidon Kremer –treinta años– no solo con un sonido menos gatuno de lo que en él va a ser habitual, sino también resplandeciente en el agudo, fluido a más no poder en el fraseo y muy centrado en lo expresivo, y si bien es cierto que en el primer movimiento no va a lograr cogerle el pulso poético a la obra, en el segundo ofrece una recreación sincera, intensa y comunicativa a más no poder, la propia de un violinista de primera categoría. Desdichadamente en el tercero aparece el Kremer que todos conocemos, arañando la música con sonoridades poco gratas y ofreciendo excentricidades diversas en plan exhibicionista. Quizá por no contar esta vez con una orquesta rusa sino con la London Symphony, la dirección de Rozhdestvensky –quien asimismo alcanza su mayor inspiración en el Adagio– resulta mucho menos bronca y escarpada de la que ofreció junto a Oistrakh. Espléndida la toma. (8)



11. Perlman. Previn/Sinfónica de Pittsburg (EMI, 1979). Tan solo ocho años después de su registro con la Chung, Previn redondea su aproximación tomándose las cosas con un poco más de calma, moderando los tempi al mismo tiempo que añade una dosis extra de vuelo lírico e intensidad dramática: la fuerza que adquiere el gran clímax del segundo movimiento resulta muy emotiva. Perlman, muchísimo más maduro que en su primera aproximación, es ya el gran Perlman, y sin lugar a dudas resulta más adecuado para esta obra que la Chung, tanto por lo afilado de su sonido como por su personalidad particularmente encendida y visceral, lo que no le impide someter en todo momento las pasiones al más absoluto control técnico. Ofrece así una lectura ante todo doliente y rebelde, cargada de sentido trágico, desdichadamente sin la belleza sonora y la hondura contemplativa de las recreaciones de otros colegas, pero impactante en lo expresivo y en perfecta sintonía con la batuta. La remasterización en alta definición la hacen sonar bastante mejor que la de Previn con Chung. (9)



12. Kremer. Muti/Orquesta Philharmonia (EMI, 1982). Aunque su sonido sea más gatuno que en su grabación anterior y no falten las “travesuras” marca de la casa, el violinista letón confirma que es un importante recreador de esta página, pues hay en su acercamiento intensidad emocional, sinceridad y un muy marcado carácter dramático que le sienta como anillo al dedo. En cualquier caso, el protagonista aquí es un Muti en uno de sus escasos acercamientos al compositor: dirección bronca y abiertamente conflictiva, sin concesiones, todo ello en perfecta sintonía con la batuta. La aspereza sonora de la orquesta, todavía soberbia y recordando un tanto a la era de Klemperer, resulta la ideal para los objetivos de los dos artistas. La toma, realizada en el Kingsway Hall, dista de ser la mejor posible, pero escuchada a buen volumen ofrece una considerable gama dinámica. (8)


 

13. Mullova. Ozawa/Sinfónica de Boston (Philips, 1985). El suntuoso sonido de la orquesta norteamericana, al mismo tiempo aterciopelado y oscuro, en principio ideal para esta partitura, es lo único remarcable dentro de una lectura a todas luces decepcionante en la que dos grandes artistas se encuentran como pez fuera del agua. Ni por sonido –hermoso pero poco denso– ni por temperamento –ajeno a tensiones y conflictos– la Mullova es capaz de hacer justicia a la mezcla de poesía y dramatismo que exige la obra, mientras que el siempre refinado y elegante Ozawa parece preocuparse tan solo de ofrecer grandes sonoros –y su habitual exquisitez para el color– sin profundizar en las asperezas de la página. Tanta blandura por parte de uno y de otro termina irritando. (6)



14. Mintz. Levine/Filarmónica de Berlín (DG, 1986). El violinista ruso-israelí ofrece uno de los sonidos más hermosos que se hayan escuchado en este concierto, como también un virtuosismo a la altura del de los más grandes. Expresivamente, sin embargo, no termina de sintonizar con la partitura: consigue excelsos resultados en el Adagio y bastante menos en el resto. Levine dirige bien, con sensatez y mucho más centrado que en otros acercamientos suyos a este repertorio, pero dista de conseguir la garra y la intensidad deseables; los clímax, como era de esperar, suenan más opulentos que sinceros. La orquesta es la ideal para la obra y se encuentra recogida por una espléndida toma realizada en la Jesus-Christe-Kirche. (8)

 

15. Kennedy. Rattle/Sinfónica de Birmingham (EMI, 1987). En contra de lo que se podía esperar de un violinista tan comercial y de un director aún por madurar, lo que aquí encontramos es una muy hermosa versión de trazo claramente lírico, muy sensata y muy musical, aunque un tanto escasa de temperamento, de garra y de carácter, sobre todo en un tercer movimiento más bien descafeinado. Esto no le impide a Rattle, en cualquier caso, ofrecer un notable clímax dramático hacia el final del primer movimiento; en la conclusión de la obra se precipita innecesariamente. (8)


 

16. Shaham. Sinopoli/Philharmonia (DG, 1991). Hay que descubrirse ante la tremebunda exhibición técnica del joven violinista estadounidense (¡veinte años, uno menos que Perlman cuando grabó por primera vez la partitura!) en una partitura tan endiablada como esta. ¡Qué sonido más hermoso, qué homogeneidad, qué afinación! ¡Qué manera de resolver con pasmosa facilidad los pasajes más endiablados! ¡Qué habilidad para moverse entre los pianísimos más sutiles y el enfrentamiento con la masa orquestal! Por si fuera poco, en lo expresivo demostraba ya ser un artista comprometido, sincero, alejado de la mera exhibición y dispuesto a hurgar en los aspectos más dramáticos de la música, aunque es necesario reconocer que no termina de redondear su acercamiento, sobre todo en un segundo movimiento con tremendos picos de tensión pero algo ajeno a la sensualidad, la ternura y la emotividad lírica que asimismo alberga. Tampoco la tremenda cadenza del primer movimiento resulta del todo aprovechada. A Sinopoli le pasa un poco lo mismo: la labor técnica es colosal y el enfoque resulta adecuadamente escarpado, pero hay más vistosidad que hondura en su, en cualquier caso, muy notable acercamiento. La toma sonora es sensacional, una de las mejores que haya recibido esta página. (8)


17. Midori. Mehta/Filarmónica de Israel (Sony, 1993). Desagradable sorpresa: la partitura en principio resulta ideal para un Mehta que siempre se ha movido a gusto entre sonoridades opulentas y musculadas, pero aquí da la impresión de que el maestro de Bombay estuviese dormido. Por descontado que su profesionalidad está ahí, pero su lectura de los dos primeros movimientos se ve lastrada por cierta flacidez, falta de pulso y ausencia de contrastes; solo en el Allegro, ma non tanto parece animarse algo, pero ya es tarde. La interpretación la salva una Midori que, sin haber cumplido aún los veintidós, luce un sonido absolutamente increíble y frasea con una cantabilidad de belleza abrumadora. Eso sí, lo hace desde una perspectiva abiertamente lírica y romántica, así que deben buscar en otra parte quienes busquen aproximaciones más “modernas” o, al menos, de perfil más inquietante. (8)




18. Mutter. Previn/Staatskapelle de Dresde (DG, 1995). En su tercera y última aproximación discográfica, el ya anciano Previn se pone al frente de una orquesta soberbia –maravillosamente recogida por los ingenieros de Deutsche Grammophon– para ofrecer una lectura de enorme depuración sonora, muy bella y con frecuencia minuciosa –se escuchan detalles generalmente desapercibidos– que alcanza un perfecto equilibrio entre lo poderoso –sin resultar muy escarpado– y lo poético en una demostración no de genialidad, pero sí de plena madurez; el clímax del Adagio vuelve a estar muy bien construido, siempre haciendo gala de una muy natural planificación de las tensiones. El problema está en la que iba a ser en el futuro su señora esposa. Mutter es dueña del sonido violinístico más bello jamás escuchado y de una técnica insuperable, pero aborda la página oscilando entre un preciosismo narcisista proclive al amaneramiento y, en el extremo opuesto, un temperamento dramático algo artificioso, no del todo creíble. Entre un polo y otro, ofrece pasajes admirables en los que sabe aunar cantabilidad y carácter emotivo derrochando un lirismo de la mejor ley. Desconcertante. (7)



19. Vengerov. Barenboim/Sinfónica de Chicago (Teldec, 1996). Veintiún años después las cosas han cambiado y Barenboim, aunque sabe ser poderoso cuando debe –tremenda la garra de los clímax– y aprovecha el tercer movimiento para hacer gala de su siempre desarrollado sentido de lo trágico, se muestra menos escarpado, quizá también menos vehemente, al tiempo que más atento al vuelo lírico –Adagio algo más lento y mejor paladeado–, más dado a la reflexión y más profundo. Más maduro, en definitiva, aunque se pueda preferir el enfoque más inmediato de la anterior ocasión. La orquesta aporta, además de virtuosismo en grado superlativo, una sonoridad oscura y densa en la cuerda grave que el director aprovecha de maravilla. Por su parte, el entonces joven Vengerov sabe encontrar el punto perfecto de equilibrio entre la calidez humanista de la vertiente lírica de la página y el dolor y la tensión interna que asimismo demanda la partitura; sin necesidad de acentuar ninguno de los dos extremos, pero mostrándose conmovedor en grado extremo. Todo ello lo hace, además, con un sonido carnoso y de enorme belleza, una agilidad incontestable y un fraseo de enorme concentración. Lástima que la toma sonora, como tantas realizadas por Teldec en el Orchestra Hall de Chicago por aquellos años, resulte algo turbia y difusa, aunque a cambio ofrezca una amplia gama dinámica. (10)



20. Vengerov. Barenboim/Sinfónica de Chicago (DVD Arthaus, 1997). De nuevo impresionante el violín, de sonido firme y bellísimo, un punto aristado, fraseando con una intensidad doliente fuera de lo común, también con hondura y reflexión en el segundo movimiento y con su pizca de humor en el tercero, siempre dentro de un enfoque sobrio y dramático, poco dado a las ensoñaciones poéticas, pero no precisamente escaso de cantabilidad. El mismo enfoque es el de la batuta, intensa y poderosa, que hace sonar a la portentosa orquesta de manera particularmente bronca y oscura, mirando hacia el Sibelius maduro antes que al juvenil en esta obra de transición. Eso sí, en algún clímax resulta un punto nerviosa, muy escarpada pero sin toda la grandeza opresiva posible: quizá la grabación que los mismos intérpretes hicieron en disco sea un poco mejor. La toma sonora se beneficia de la acústica extraordinaria de la Philharmonie de Colonia, pero posee un punto de distorsión que la hace algo áspera. (9) 


21. Suwanai. Oramo/Sinfónica de la Ciudad de Birmingham (Decca, 2002). Otra maravillosa violinista en la lista de enormes recreadoras de la partitura. Sonido hermoso, fraseo cálido, virtuosismo sobrado… Si entramos en comparaciones hay que reconocer que en ninguna de estas virtudes es la número uno, pero toca con tan enorme soltura y alcanza tan admirable equilibrio entre belleza, vuelo lírico y emoción –al drama se acerca un poco, guardando las distancias- que termina ganando la partida. Sakari Oramo ofrece una dirección absolutamente idiomática que mira mucho antes al Sibelius maduro que al juvenil, y que por ende apuesta por las sonoridades ocres, la adustez y la tensión sonora sin dejarse tentar por bellezas ni opulencia, pero también sin necesidad de cargar las tintas; únicamente encuentro discutible alguna decisión en los tempi del primer movimiento. Excelente la orquesta, de la que el maestro finlandés era por entonces titular. (8) 



22. Tetzlaff. Dausgaard/Sinfónica de la Radio Nacional Danesa (Virgin, 2002). Queda claro que el violinista de Hamburgo posee destreza digital sobrada para abordar esta obra, pero su sonido pequeño y bonito no parece el más adecuado para la misma –necesita más carne–, ni su expresividad termina de resultar comprometida, pareciéndose interesar más por la belleza sonora y la elegancia –arranque tan apolíneo y luminoso como falto de garra– que por el mundo de tensiones que anida en la partitura. Tampoco Dausgaard, en todo momento correcto, parece dejar volar su inspiración, mostrándose un tanto insípido en los pasajes líricos y más nervioso que desgarrador en los dramáticos. Tampoco se preocupa mucho de matizar las diferentes líneas del entramado orquestal ni de graduar las tensiones. La toma sonora es buena, pero solo eso. (7)

 
23. Khachatryan. Emmanuel Krivine/Sinfonia Varsovia (Naive, 2003). Aquí se bate el récord de Shaham: el violinista armenio graba la obra a sus dieciocho años. Pasmoso. Pero ocurre lo que tenía que ocurrir: si bien es cierto que muestra una tremenda agilidad, su sonido no es del todo poderoso y su enfoque no todo lo tenso que debería; incluso algún pasaje resulta un pelín blando. Siendo su interpretación globalmente notable, Khachatryan no era todavía el genial artista que es a día de hoy. No le ayuda una batuta muy solvente pero un tanto plana e impersonal. Toma sonora con relieve pero turbia e incluso con distorsión en los tutti. Esperemos que Khachatryan tenga en el futuro una nueva oportunidad para dejar testimonio de su visión de la partitura. (7)



24. Kraggerud. Engeset/Sinfónica de Bournemouth (Naxos, 2003). Siguiendo la tónica habitual en el sello Naxos, lo que aquí se nos ofrecen es una interpretación más que digna, pero solo eso, a cargo de artistas desconocidos en toma sonora notable sin más (ni siquiera en el SACD multicanal, que es lo que he escuchado). En este caso nos encontramos con un violinista, Henning Kraggerud, de sonido no ya pequeño sino un punto canijo, que toca bastante bien y se muestra sensible dentro de un enfoque fundamentalmente lírico –no puede permitirse otra cosa–, y ante un director, Bjarte Engeset, que dirige con solvencia y cierta prisa en el tercer movimiento, pero sin demostrar especial interés por desmenuzar la partitura ni derrochar mucha inspiración. Prescindible. (7)



25. Hahn. Salonen/Radio Sueca (DG, 2007). Resulta muy atractivo el enfoque tenso, austero, dramático y escarpado por parte de los dos artistas, ajenos a cualquier devaneo sonoro, pero se echan de menos vuelo lírico, calidez humana y emotividad. En cualquier caso, hay que quitarse el sombrero ante la exhibición de técnica que realiza la violinista norteamericana. La grabación podría ser mejor. (8)



26. Zjnaider. Juraj Valcuha/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2011). Nos encontramos aquí ante un violinista de sonido no muy potente pero sí robusto, capaz de adelgazarlo hasta el límite sin perder solidez, amén de pletórico de agilidad y poseedor de una amplia gama de colores, abordando la partitura en una línea introvertida pero de enorme tensión interna, muy doliente, en absoluto narcisista o ensoñado. Dirección sobria, rocosa, sin concesiones frente a una orquesta increíble. Resultado, una importantísima interpretación. (9)


 

27. Esther Yoo. Ashkenazy/Philharmonia (DG, 2014). Violinista de sonido hermoso y gran técnica que ofrece una interpretación lírica y luminosa en el buen sentido, es decir, en absoluto blanda ni meramente contemplativa, pero que se queda corta a la hora de desplegar el sentido dramático y la emotividad intensa de esta obra. Es decir, lo mismo que le había ocurrido antes a otros colegas. Por su parte, y aun sin terminar de sintonizar con la partitura, Ashkenazy demuestra, muchos años después de su magnífica integral sinfónica para Decca con esta misma orquesta, seguir sintonizando perfectamente con el idioma de Sibelius, tratándolo en el punto justo de equilibrio entre romanticismo tardío y modernidad, evitando la tentación de quedarse en la belleza epidérmica y sabiendo hacer que suena hosco, poderoso y hondo sin necesidad de forzar las cosas. Muy buen sonido en alta definición, pero hay un poco de soplido o de ruido electrónico que no soy capaz de identificar. (8)



28. Kavakos. Rattle/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, Atenas, 1 mayo 2015). El violinista griego posee un sonido robusto y un punto rústico, en absoluto almibarado, que le sienta de maravilla a la obra. Sin embargo, su interpretación no termina de conectar con el espíritu de la misma, resultando adecuadamente escarpada y doliente mas no del todo cálida, ni humanística, ni tierna, que también debe serlo. En cualquier caso, va de menos a más, y tras un excesivo distanciamiento el primer movimiento se va calentando hasta alcanzar un clímax muy escarpado y, a partir de ahí, mantener un nivel sostenido. Rattle hace sonar a la orquesta con la adecuada suntuosidad, pero tampoco se encuentra demasiado metido en la partitura, a la que ve quizá con excesivo carácter contemplativo, y solo llega a interesar realmente cuando ofrece asombrosas ráfagas de electricidad en el movimiento conclusivo. (8)


 

29. Batiashvili. Barenboim/Staatskapelle Berlín (DG, 2016). Violín de sonido muy hermoso, quizá excesivamente lírico, ofreciendo una interpretación de maravillosa cantabilidad que quiere ser ante todo contemplativa y evocadora. Es decir, lo mismo que ya intentaron muchos otros con anterioridad sin lograr redondear los resultados. Pero esta vez las cosas funcionan de maravilla: además de lo dicho, la violinista georgiana sí que se muestra muy atenta a los aspectos dolientes de la partitura y a su marcado carácter trágico, sabiendo ofrecer tensión interna, acentos lacerantes y apasionamiento bien controlado, aunque haciéndolo sin necesidad de subrayar asperezas, extremar los contrastes expresivos ni caer en el desgarro, sino más bien alcanzando un equilibrio con la extrema belleza formal de la propuesta. Una aproximación apolínea, en definitiva, pero por completo convincente, en magnífica sintonía con un Barenboim que desde los tiempos de su grabación con Zukerman conoce a la perfección el dolor que se esconde tras las notas, pero que en esta más reciente fase de su carrera sabe asimismo ser esencial y ofrecer un lirismo concentrado y esencial de altísimo vuelo poético. Impresionante la Staatskapelle berlinesa, a la que el maestro hace sonar de manera poderosa y escarpada ideal para Sibelius. Una toma soberbia redondea un disco (¡menudo Tchaikovsky!) imprescindible. (10)

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