viernes, 31 de diciembre de 2010

Galas de fin de año con sabor español: de la Philharmonie berlinesa al Teatro Real

Acabo de ver por la televisión vía satélite dos retransmisiones de San Silvestre en directo: la de la Philharmonie de Berlín y la del Teatro Real, ofrecidas para toda Europa por los canales Mezzo y Arte respectivamente. La diferencia ha sido abismal, y me temo que no a favor de España, aunque casualmente ha sido la cultura hispana la protagonista en gran medida de las dos veladas, repitiéndose incluso un cierto número de piezas en ambas.

El irregular Gustavo Dudamel, director que a veces muestra un gusto atroz (¿le han escuchado la Novena de Dvorák o la Segunda de Mahler?), ha dado lo mejor de sí mismo junto a la Filarmónica de Berlín en esta gala de fin de 2010 con recreaciones extrovertidas, brillantes, intensísimas, sinceras y hasta creativas, aunque por momentos al borde del desbordamiento, de la obertura de El carnaval romano, la Bacanal de Sansón y Dalila, diferentes fragmentos de Carmen y la Suite nº 2 de El sombrero de tres picos (con la danza final mucho menos descontrolada y ruidosa que cuando la ofreció en Sevilla en 2007 al frente de la Simón Bolívar). Discutible la sección central de la danza de La vida breve, que encontré demasiado “pesante” a pesar de estar marcada así en la partitura.

En cualquier caso la estrella de la gala fue una hiper-maquillada e increíblemente bella, Elina Garança, sensualísima en esa maravilla que es “D'Amour l'ardente flamme” de La condenación de Fausto (¿por qué demonios algunos operófilos siguen ignorando a Berlioz?) y en “Mon cœur s'ouvre à ta voix” (Dalila de infarto, no solo en el aspecto musical). La morbidez de su fraseo, su cuidado en la dicción y su musicalidad en el punto justo de equilibrio entre espontaneidad y control convierten a la mezzo letona en una intérprete ideal de este repertorio, aunque la voz pueda ser un punto más lírica de la cuenta. Estuvo también espléndida en las tres páginas de Carmen, pese al fiasco en el agudo final de las seguidillas. Lo mejor, la propina, nada menos que las carceleras de Las hijas del Zebedeo, mucho mejor dirigidas por Dudamel que -en el disco Habanera- por su marido Karel Mark Chichon, que por cierto se encontraba entre el público de la Philharmonie.



Veinte minutos después de terminar este concierto comenzó a sonar, con la Obertura Cubana de Gershwin, la Sinfónica de Madrid. Ay. Estábamos ya en España, de eso no cabía la menor duda. No sé si la culpa fue de la batuta de turno, Alejo Pérez, o quizá mía, por saltar de la Berliner Philharmoniker a la OSM sin prepararme mentalmente, pero aquello me sonó mal. Y siguió haciéndolo durante el resto del espectáculo, donde se volvieron a escuchar, entre otras cosas, páginas de Bizet y Falla que una rato antes habían hecho en Berlín de forma muy distinta. Flojísimo también el Coro Intermezzo. He sentido vergüenza. Vergüenza de que sea este el nivel de cuerpos estables que el presuntamente más importante teatro español ha mostrado en una gala retransmitida en directo a muchos países.

Entre los artistas invitados hubo de todo. En el apartado clásico solo estuvo bien Ismael Jordi, y aquí me siento no avergonzado sino muy orgulloso de ser jerezano, pues él sí que fue capaz de demostrar, con muy elegantes y belcantistas recreaciones del dúo de Doña Francisquita y de la romanza “Noche madrileña” de La chulapona, que en España se pueden hacer las cosas bien. María Bayo, envejecida en lo físico y mermada en lo vocal, estuvo muy discreta en la página de Vives e hizo el ridículo, por estar por completo fuera de tiesto, en Cecilia Valdés y en los cuplés babilónicos de La corte de Faraón. Además no se le entendía ni jota. También estuvieron por allí el ballet de Antonio Gades (excelente coreografía para la película Carmen de Saura), el guitarrista Cañizares, los bailaores Aída Gómez y Christian Lozano (con el Sombrero falliano) y una Luz Casal que -es de comprender dada la circunstancia de su enfermedad- a duras penas pudo con “Piensa en mí”.

Inenarrable la propuesta escénica de Emilio Sagi, quien pese a algún acierto aislado (la fotografía del atardecer sobre la iglesia de San Francisco el Grande) hizo gala de un terrible gusto con escenografías e iluminación mucho más adecuadas para un espectáculo de travestismo que para los sensualísimos contoneos de Sor María Bayo. Espantoso el vestuario, particularmente el pavo real que le hicieron llevar a la soprano navarra en la cabeza. En el cierre de la gala, con las sevillanas de El Bateo, Sagi daba la impresión de hacer un homenaje al madrileño barrio que lleva el nombre del autor, Chueca, con un despliegue de colorines de auténtico Orgullo Gay. Brindis con cava final para todos los artistas, a quienes se sumaron un Mortier y un Muñiz que parecían tan contentos. País, que diría Forges.

PS. Youtube ha hecho su trabajo, así que aprovecho para incluir alguna muestra en esta entrada. El video de Berlín se puede ver completo en la web de Medici TV (enlace). La gala madrileña la retransmitirá Radiotelevisión Española (por "La 2") el 6 de enero próximo.

miércoles, 29 de diciembre de 2010

Barenboim, hombre del año

Ni el George Clooney ni el Brad Pitt. Tampoco el presidente Obama. Ni siquiera yo. El hombre del año es Daniel Barenboim. Al menos para The Telegraph (enlace), encabezando una lista de diez personalidades que por cierto incluye, en el número tres, a Plácido Domingo. No sé por qué se ha dado tanto bombo en los medios españoles al nombramiento del irregular Rafael Frühbeck de Burgos como “mejor director del año” en EEUU y tan escaso –por no decir ninguno- al de su colega. Para mí (¿descubro algo nuevo a quienes me conocen?) el de Buenos Aires se lo tiene merecidísimo: creo que nos encontramos ante quien, en un futuro no muy lejano, va a ser reconocido como uno de los más grandes intérpretes musicales de los últimos sesenta años.

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Hay datos objetivos que por sí mismos ya bastan para ponerle en la cumbre junto a unos pocos elegidos. Su repertorio es inmenso: no parece que haya existido nunca un intérprete que haya trabajado con un número tan elevado de obras. Como pianista de recitales y conciertos ha tocado intensamente a Mozart y a Beethoven, esto es, a los más grandes, pero también a Schubert, Schumann, Brahms y Tchaikovsky. A Chopin y a Liszt, desatendidos durante un tiempo, está volviendo en estos instantes, aunque no le interesen –ni falta que hace- las piezas más puramente virtuosísticas. Algunas páginas significativas de Albéniz, Debussy y Schoenberg forman también parte de su repertorio, y solo quedan las lagunas de Haydn, Rachmaninov, Ravel y Prokofiev por cubrir. Y luego está su Bach, claro, importante aunque sea escaso en número. A todo ello hay que añadir un amplio catálogo haciendo música de cámara, de nuevo Mozart y Beethoven fundamentalmente, y su labor como acompañante de lieder, en la que lo mismo toca a Schubert y Brahms que a Tchaikovsky o Mahler.

Como director de ópera, eso es cierto, apenas ha abordado más repertorio italiano que algún Verdi, pero su trabajo con Mozart (trilogía Da Ponte) y Wagner ha sido intenso, intensísimo en el caso de este último. Y aún debemos añadir a su catálogo obras clave de un Cimarosa, un Beethoven, un Berlioz, un Bizet, un Massenet, un Saint-Saëns, un Mussorgky, un Tchaikovsky, un Strauss, un Busoni, un Schoenberg, un Berg o un Prokofiev. En lo que al repertorio sinfónico se refiere, la lista es inmensa: Mozart, Beethoven, Schubert, Schumann, Brahms, Tchaikovsky, Rimsky, Bruckner, Richard Strauss, Debussy, Ravel, Elgar… E incursiones parciales en Haydn, Mendelssohn, Berlioz, Wolf, Saint-Saëns, Fauré, Dvorák, Mahler, Falla, Scriabin, Bartók, Stravinsky, Prokofiev y Shostakovich, entre otros. No ha hecho mucho de la segunda mitad del siglo XX, pero sí que ha realizado significativas incursiones la misma, particularmente en Boulez y en Carter, además de presentar diferentes estrenos mundiales. Aún habría que contar con esporádicas incursiones en el foso balletístico: estas navidades ha estado precisamente dirigiendo El lago de los cisnes en Milán. Y los tangos, claro. De casi todo ello queda testimonio en una de las más amplias discografías que jamás ha conocido intérprete alguno. ¿Hay alguien que pueda rivalizar con él en cantidad de repertorio interpretado si sumamos su labor en el teclado con la del podio? Lo dudo mucho. Solo por la cantidad de obras a las que se ha acercado ya habría que descubrirse ante un talento musical fuera de serie.

Daniel Barenboim ha trabajado junto a los más grandes de varias generaciones de artistas, desde Klemperer y Rubinstein hasta los prometedores Netrebko y Lang Lang, pasando por un Fischer-Dieskau, un Domingo, un Celibidache o un Boulez, amén de por sus queridos Du Pré, Perlman, Zuckerman y Mehta. Trabajó mucho con la English Chamber de los buenos tiempos, su titularidad de la Orquesta de París fue importante, y más aún destacó su larguísima colaboración con la Sinfónica de Chicago, aunque se pueda dudar -eso sí- que fuese el de Buenos Aires el más indicado para aprovechar las particulares características de la orquesta norteamericana. En este sentido la Berliner Philharmoniker y la Staatskapelle de Berlín resultan más adecuadas a su modus operandi, y precisamente con esta última devolvió a la Staatsoper de la capital alemana su esplendor. No fue una anécdota su paso por el Festival de Bayreuth. Con la Filarmónica de Viena ha actuado relativamente poco, aunque el haber sido invitado un concierto de Año Nuevo demuestra que le tienen en consideración. Como los músicos milaneses, que le han nombrado Maestro Scaligero.



Luego está la actividad digamos “político-musical” que ha ocupado buena parte de su tiempo durante los últimos años, fundamentalmente con el proyecto de la Orquesta del West-Eastern Divan. Dicen algunos que es mera propaganda. Para otros, entre los que me incluyo, nos encontramos ante un músico seriamente comprometido con los problemas de su tiempo que no duda en invertir esfuerzo y dinero (¿no ganaría muchísimo más ofreciendo recitales veraniegos que dedicando varias semanas a ensayar y hacer giras con la WEDO?) en cosas que le habrán reportado numerosos premios, sí, pero también una buena lista de enemigos -empezando por el propio gobierno israelí-, considerables quebraderos de cabeza y hasta algunas situaciones de riesgo. Vamos, que no es como lo de Pavarotti & Friends, dicho sea con todos los respetos hacia al tenor de Módena.Lo que no se sabe muy bien es cómo es posible que con tan frenética actividad Barenboim haya tenido tiempo para escribir dos libros y numerosos artículos (que sin duda han salido de su pluma y no de la de algún “negro”, porque se reconoce perfectamente su estilo algo disperso), textos todos ellos que nos hablan de una mente particularmente reflexiva, profunda y abierta. También nuestro artista ha denunciado públicamente todo cuanto le parecía oportuno denunciar, como hizo en su momento un Leonard Bernstein. ¿Por qué al inolvidable Lenny le elogiaban por ello y a Barenboim se lo critican? Podrán convencer más o menos sus ideas -en estos tiempos de derechización global lo tiene crudo-, pero nadie le podrá regatear su compromiso ni su valentía.

Luego están las cuestiones puramente subjetivas, esto es, las que afectan a la calidad de Barenboim como intérprete. Ahí sigue habiendo controversias, aunque cada vez menos. En España la revista Ritmo siempre lo tuvo muy claro: es un genio. En Scherzo no tanto, aunque ya pasan varios lustros desde que en sus páginas se publicó aquello de que era un “correcto pianista metido a director” (sic) y hoy buena parte de sus firmas suelen mostrar admiración por él. Incluso en Gran Bretaña, donde nunca le tuvieron particular aprecio, las cosas están cambiando, y este nombramiento realizado por The Telegraph es buena prueba de ello. ¿Hombre del año? Pues sí. Pero no de este año en particular, sino de cualquiera de los que estamos viviendo. Pocas carreras musicales han existido tan intensas, inquietas e incansables como la suya. Y lo que aún le queda…

lunes, 27 de diciembre de 2010

Carmina Burana por Harding: muermo total, o casi

Dicen que la industria está en crisis, pero se siguen grabando gilipolleces como esta que acabo de escuchar: unos Carmina Burana registrado en directo en abril de 2010 en Munich con Daniel Harding dirigiendo a los espléndidos conjuntos orquestales y corales de la Radio Bávara. El problema no es que esta interpretación no aporte nada a la discografía de la obra, que desde luego no lo hace, sino que la dirección del aun joven maestro británico es pura rutina: todo está en su sitio, la belleza sonora y la brillantez orquestal están garantizadas y, ciertamente, no hay salida de tono alguna, lo que es de celebrar en una obra que se presta a la grandilocuencia y el desmadre. Pero ahí acaba la cosa, porque Harding se limita a realizar un correcto ejercicio de solfeo sin aportar en absoluto la dosis de frescura, descaro, colorido, teatralidad y –lo que es más importante- tensión rítmica que la partitura demanda. Incluso por momentos resulta tímido y hasta mortecino, lo que no es de recibo en una página que, desigualdades en su escritura aparte, necesita una buena dosis de energía e imaginación para funcionar.

Harding Carmina Burana

Lo único que interesa de este compacto son los solistas vocales, un muy correcto Hans Werner Bunz –sustituyendo a última hora a Siegfried Jerusalem-, un Christian Gerhaher que derrocha teatralidad y cinismo como el abad cucaniense y, sobre todo, una Patricia Petibon que, pese a pasarlo tan mal como casi todas en Dulcissime, da una lección de sensualidad, belleza canora y emotividad contenida. Si no fuera por ellos, la audición de estos Carmina Burana sería un verdadero muermo. Compárese si no este registro de Deutsche Grammophon con los realizados hace lustros por Rafael Frühbeck de Burgos y Riccardo Muti para EMI, ambos al frente de la Philharmonia Orchestra. Grabaciones que, por cierto, necesitan urgentemente un nuevo reprocesado, porque en su trasvase a compacto suenan de pena. El que aquí comentamos de Harding sí que está estupendamente grabado, pero la cosa sirve de poco, la verdad.

domingo, 26 de diciembre de 2010

Mesías en Sevilla por Robert King: el retorno del Rey

La primera vez que vi a Robert King fue allá por 1991, en un concierto al aire libre junto a la Torre del Oro en el que, frente a una orquesta de tamaño realmente inusual para tratarse de instrumentos originales, ofreció la Música Acuática y los Fuegos Artificiales; pese a las deficiencias del sonido amplificado, fue una experiencia inolvidable. Un par de años más tarde me lo volví a encontrar en los Reales Alcázares de Sevilla, esta vez con una formación reducida y con el concurso de la soprano Claron McFadden. Luego apareció en Jerez, primero con una selección del Oratorio de Navidad bachiano que contó con la lujosísima presencia de James Bowman, y después ya en 1999 con una versión escenificada de The Fairy Queen. Algo más tarde ofrecía el primero de los Mesías participativos de la Sinfónica de Sevilla organizados por La Caixa. Luego desapareció. Las hormonas le habían jugado una mala pasada, y la justicia fue menos piadoso con él que con otros músicos célebres que presuntamente habían cometido el mismo delito, como Giuseppe Sinopoli o James Levine (veremos qué ocurre con Mikhail Pletnev). Muchos nos echamos a temblar. Los músicos de su antiguo King’s Consort se marcharon con otro director y su propio sello discográfico borró de él todo rastro posible. Unos años entre rejas parecían haber acabado con la carrera de quien ha sido uno de los más grandes directores del repertorio barroco. Pero King ha organizado nuevos grupos corales e instrumentales y vuelve a la carga. En su tierra natal (¡hipócritas!) no parece que tenga muchas oportunidades, pero en otros países es bien recibido, especialmente en España. Sus primeras reapariciones han sido muy tímidas, no conociendo apenas divulgación, hasta que Sevilla ha dado un paso adelante y le ha llamado para un nuevo Mesías participativo publicitado por todo lo alto: señores, el Rey ha vuelto.

Ahora bien, ¿vuelve igual que antes? No estoy seguro. De hecho no me ha gustado este Mesías tantísimo como el de la otra vez. Puede que en parte se deba a que desde entonces ha escuchado grabaciones que me han descubierto cosas nuevas, como la radiofónica de Koopman (de momento no hay registro comercial), la última de Harry Christophers y, sobre todo, la tercera de Colin Davis. Pero aun así me dio la impresión de que el maestro británico dirigió de modo algo cuadriculado y rutinario, particularmente en la obertura y, en general, en toda la primera parte, sin la tensión interna, la perspicacia para el matiz, el sentido teatral y el vuelo lírico que esta genial música demanda. Le faltó a mi modo de ver ese último grado de compromiso expresivo que es de esperar en tan grandísimo director (o quizá lo que faltaron fueron ensayos, vayan ustedes a saber), pero en cualquier caso el nivel fue alto. Y es que King es uno de esos músicos que ha logrado ofrecer realizaciones encuadradas en el historicismo sin confundir –como le pasa a otros- la huida de la pesadez con la caída en la liviandad, la animación en el trazo con el fraseo pimpante ni la renuncia al pathos decimonónico con la sosería. Su Haendel es ante todo natural, fluido y muy musical, atento a la imprescindible polifonía y ajeno a cualquier tipo de exceso, guardando siempre un punto de distanciamiento muy “british”, pero mostrándose siempre comunicativo.

La orquesta –de instrumentos “modernos”, claro- se mostró un tanto incómoda en este repertorio, y eso que King, aun moderando el vibrato y cuidando en general la articulación, tuvo la sensatez de no forzar las tuercas de la manera en que un Koopman, un Pinnock o un Antonini lo han hecho con la Filarmónica de Berlín, porque obviamente la ROSS no posee ni el nivel técnico ni la flexibilidad adecuadas para así hacerlo. En cualquier caso hay que destacar el buen trabajo al clave de Tatiana Postnikova y al órgano de Alejandro Casal Medinabeitia, así como la solvencia técnica de la trompetista Nuria Leyva, quien por otro lado defraudó al no ornamentar en absoluto su parte. ¿Podremos algún día escuchar el Mesías con el King’s Consort “de verdad”? Porque el coro británico, en esta interpretación en el Teatro de la Maestranza, estuvo sensacional en afinación, agilidad, empaste y transparencia, siendo calurosamente aplaudido por los coros “participativos” invitados por La Caixa para la ocasión, a saber, la Camerata Vocal Concertante, el Coro del Ateneo de Sevilla, el Coro de la Sociedad Musical de Sevilla, el Coro de la Universidad de Huelva y el Orfeón Portuense.

Para quien no haya estado en uno de estos Mesías, hay que aclarar que estos coros adicionales se colocan a ambos lados del patio de butacas, sentados en “terraza”, y que no intervienen a lo largo de toda la velada sino solo en aquellos momentos que desde el punto de vista expresivo resulta adecuado, descansando la mayor parte de la tarea en el coro “oficial”, en este caso el que traía el propio Robert King. Me dicen que en la primera noche, la del miércoles 22, los invitados estuvieron regular. En la del jueves 23 a mi juicio lo hicieron en general bastante bien, pese a alguna inseguridad en las entradas y a un desigual nivel técnico entre sus miembros. Mi asiento tampoco era de lo más adecuado: compré lo disponible en patio de butacas, una localidad muy lateral y por ende poco adecuada para apreciar el verdadero empaste por estar demasiado cerca de una de las masas corales. Sea como fuere, todos los que participaron se lo pasaron estupendamente en un espectáculo que –no se olvide- no estaba pensado tanto para el público como para ellos. Lo que sería ideal es que todos estos señores y señoras, además de desarrollar la pasión por el canto, se pirraran por escuchar buena música en directo, algo que no siempre ocurre: ya se sabe que una cosa es ser músico y otra distinta ser melómano.

Dos apuntes sobre los solistas. El tenor Joshua Ellicott y la soprano Claire Debono tal vez no hagan carrera operística, pero las cualidades de sus respectivos instrumentos les hacen ideales para un repertorio, el del oratorio, en el que parecen moverse como pez en el agua. Menos cosas buenas se pueden decir de su colega el bajo David Wilson-Johnson quien, castagna in bocca, palió con una enorme teatralidad sus insuficiencias vocales. Finalmente, y en sustitución de Hilary Summers, el joven contratenor suizo Terry Wey lució una voz pequeña y muy femenina, en cualquier caso homogénea, que fue manejada con enorme elegancia y sensualidad. No sería este artista mala opción si King se decidiera finalmente a grabar el más célebre de los oratorios haendelianos. A ver si él y alguna compañía discográfica se animan. De momento, Welcome Back, Mister King!

viernes, 24 de diciembre de 2010

Hansel y Gretel en el Met con Von Stade: función escolar

HUMPERDINCK: Hansel y Gretel.
Von Stade, Blegen, Kraft, Devlin, Kesling, Norden, Elias. Metropolitan Opera Orchestra and Chorus. Dir: Thomas Fulton.
Deutsche Grammophon, 00440 073 4348
DVD. 103’ADD
Universal
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No merecía la pena haber pasado a DVD (imagen muy correcta y sonido por debajo de las buenas grabaciones de audio de la época) esta filmación televisiva correspondiente al 25 de diciembre de 1982. Fundamentalmente porque la propuesta escénica de Nathaniel Merril, que se remonta a 1967 y ha seguido reponiéndose hasta que hace dos años se estrenó una nueva, muy original y atractiva, a cargo de Richard Jones, resulta a día de hoy de una cursilería que echa para atrás. El problema no es, ni mucho menos, que se opte por un enfoque naif y muy respetoso con las convenciones de una historia tan emblemática como la de Hansel y Gretel, sino que la realización es cutre -pese al abundante presupuesto del Metropolitan- y de muy mal gusto, con numerosos niños haciendo monerías varias propias de una función de fin de curso y unos ángeles que parecen sacados de la más hortera estampita de primera comunión. Un horror.

Musicalmente la función es correcta sin más. El para mí desconocido Thomas Fulton ofrece una dirección animada y sin devaneos sonoros, pero por completo carente de vuelo lírico, emotividad e imaginación: nada que ver con la teatralidad de un Solti (CD en Decca y DVD en DG) ni con la poesía infinita de Jeffrey Tate (CD EMI), las dos batutas de referencia en esta partitura (muy por encima de Karajan en su sobrevalorada grabación de 1953, dicho sea de paso).

Vocalmente sobresale el Hansel de Frederica von Stade, algo justa por arriba pero siempre gran artista. Judith Blegen, también con apuros y más vibrada de la cuenta, hace una Gretel bastante cursi, aunque al menos se mueve muy bien en escena. Estupenda, más tenebrosa que sarcástica (el siniestro maquillaje ayuda en este sentido), la bruja de Rosalind Elias, que a sus cincuenta y tres años volvía a la producción que ella misma había estrenado en el rol de Hansel. El resto es aceptable: rotundo y tosco el padre de Michael Devlin, algo agria la madre de Jean Kraft, muy hermoso en su canto el hombre de arena de Diane Kesling y más discutible el hada del rocío de Betsy Norden. Bien la escolanía.

En cualquier caso, mi recomendación es que se olviden de este DVD y se hagan con el de la ya referida nueva producción del propio Met, editado por EMI, que además se ser mucho más atractiva en lo visual -y sonar mucho mejor, claro-, cuenta con la aristada batuta del cada día más valorado Vladimir Jurowski y con un elenco muy estimable en el que sobresale la bruja absolutamente impagable del llorado Philip Langridge. Por cierto, tanto la interpretación de 1982 como la de 2008 están cantadas en inglés, quizá en atención a los niños presentes en la sala neoyorquina.

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PS. Escribí esta reseña el pasado mes de mayo para que apareciera en el número de Ritmo de Julio-Agosto, pero quedó fuera por falta de espacio.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Clásicos del siglo XX en EMI: de una tacada

Artículo publicado en el número de diciembre de 2010 de la revista Ritmo.
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Muy alto el nivel interpretativo de esta nueva entrega de la barata serie de dobles compactos dedicados a clásicos del siglo XX, ideal para hacerse de una tacada con obras no siempre fáciles de reunir. En el doble dedicado a Gustav Holst sólo desentona -por Júpiter y Neptuno- la en cualquier caso notabilísima lectura de Los planetas a cargo de Sir Adrian Boult (1978, cuarta y última de las que grabó), muy atractiva por su tratamiento de las texturas y por su admirable toma sonora. Todo lo demás es extraordinario, sobresaliendo las lecciones de André Previn en una entusiasta, colorista y muy “cinematográfica” lectura de The perfect fool y en una recreación de Egdon Heath lenta, concentrada y de un adecuado misticismo. Muy sensual registro del grupo 2 de los Himnos del Rig Veda a cargo de Sir Charles Groves, y una delicia la Suite nº 2 para banda militar. Notabilísimo también -y muy británico- Norman del Mar en las obras que le corresponden. En todo caso quien se lleva la palma es Sir Malcolm Sargent con su St Paul’s Suite, una asombrosa demostración de que la alegría y la luminosidad no están reñidas con la densidad y la tensión sonoras, revelándonos en el tercer movimiento insólitos ribetes dramáticos.

Más interpretaciones de lujo para música menor -y yo añadiría que bastante menos poética y más primaria que la de Holst, por no decir otra cosa- las encontramos en el volumen dedicado a Aram Khachaturian. Las suites de Spartacus y Gayaneh registradas por el compositor en 1977 con la Sinfónica de Londres que aquí se presentan son preferibles a las que grabó en 1962 para Decca, y no solo porque las selecciones -muy parecidas- están mejor hechas, sino porque la batuta consigue una mayor depuración técnica, lima estridencias -le ayuda una toma sonora de mayor naturalidad- y se muestra más atenta a la sensualidad; la celebérrima Danza del sable es buen ejemplo de lo dicho. Para la suite de Masquerade se ha recurrido a un registro de 1959 hasta ahora inédito en compacto en el que el compositor Alfred Newman, no todo lo elegante y refinado que debiera, inyecta entusiasmo y pasión desbordantes. Los conciertos para piano y violín, registrados con discreto sonido monofónico bajo la irreprochable dirección de Sir Adrian Boult y el propio Khachaturian respectivamente, se encuentran defendidos por un Mindru Katz de sonido poderoso y enorme sinceridad y por un David Oistrakh -puro fuego controlado- que canta las melodías con una calidez incomparable. Cristina Ortiz firma ágiles y un punto nerviosas versiones de varias piezas para piano solo.

La música grande de verdad llega con los dos cuartetos de György Ligeti, maravillosamente bartokiano el primero, personalísimo y genial el segundo. El Cuarteto Artemis (registro de 1999 prestado por Virgin) se enfrenta a ellos con un sonido delgado -algo raquítico el primer violín- y ágil, también con un apreciable estilo, pero evidenciando desigualdades: bastante inquieta y nerviosa la interesante versión del nº 1, que aporta mucha “guasa” en la sección más irónica, y menos lograda la del nº 2, carente de la tensión sonora, la imaginación y el virtuosismo de las tres referenciales grabaciones del Arditti. Como complemento se incluye el disco de páginas a cappella grabado en 1988 por el Groupe Vocal de France bajo la dirección de Guy Reibel, versiones algo frías pero que nos permiten maravillarnos con la evolución del compositor desde unos comienzos de raíces folclóricas hasta la madurez magistral de Lux aeterna. Correctas Ramifications, y sensacionales las Seis bagatelas para quinteto de viento por Tuckwell y sus muchachos.

Gran idea la de recuperar el CD en el que James Conlon recrea interesantes páginas orquestales del cada día más revalorizado Franz Schreker manteniéndose atento a la clarificación de texturas y ajeno al peligro del decadentismo, aunque quizá sin destilar toda la sensualidad que debiera. Completando el lanzamiento se ofrecen la Sinfonía de Cámara del mismo autor en interpretación extrovertida y angulosa de un Franz Welser-Möst que debería haber paladeado la obra con mayor reposo y atención a la claridad; las Variaciones sobre una canción húsar de Franz Schmidt por Hans Bauer, quien acierta sobre todo en la mágica introducción de carácter impresionista; y los Dos estudios sobre Doktor Faust de Busoni, dirigidos con estilo más británico que germánico -con más elegancia que atmósfera- por Daniell Revenaugh. De propina, Fischer-Dieskau y Thomas Hampson poniendo todo su arte al servicio de dos hermosas páginas de Schreker.

Finalmente nos encontramos con un precioso doble dedicado a Vaughan Williams de altísimo nivel interpretativo en el que sobresale la concentrada objetividad de Bernard Haitink acompañando a unos inspiradísimos Sara Chang e Ian Bostridge en La alondra elevándose y On Wenlock Edge, respectivamente, un cálido Sir Adrian Boult defendiendo la Norfolk Rhapsody nº 1 y la Serenade to Music, un Vernon Handley que ofrece sendas lecciones de estilo en Las avispas y Flos Campi y, sobre todo, un Sir John Barbirolli conmovedor en la Fantasía sobre Greensleeves y genial en su visionaria recreación de la Fantasía Tallis, aunque quien nos termina dando la sorpresa es un juvenil y extraordinariamente cálido Anthony Rolfe Johnson en las Songs of Travel. Menos expresivo que su colega resulta Ian Partridge en el ciclo On Wenlock Edge, que se ofrece en su versión camerística original. En cualquier caso, si no tiene este repertorio en su discoteca, doble imprescindible.

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HOLST: A Somerset Rhapsody. Brook Green Suite. The Perfect Fool. The Planets. Suite nº 2 for Military Band. St. Paul’s Suite. Egdon Heat. Hymns from the Rig Veda. A Choral Fantasia.
Solistas. Orquestas. Dirs: Norman del Mar, André Previn, Eric Banks, Sir Malcolm Sargent, Sir Charles Groves, Imogen Holst.
EMI 6 27898 2
2 CDs. 143’17’’
ADD/DDD
EMI-Hispavox
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KHACHATURIAN: Spartacus (suite). Gayaneh (suite). Masquerade (suite). Concierto para piano. Concierto para violín. Cuatro piezas de “Imágenes de la infancia”.
Mindru Kazt, piano. Cristina Ortiz, piano. David Oistrakh, violín. Orquestas. Dirs: Aram Khachaturian, Sir Adrian Boult, Alfred Newman.
EMI 6 27890 2
2 CDs. 151’16’’
ADD
EMI-Hispavox
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LIGETI: Cuartetos para cuerdas nº 1 y 2. Ramificaciones. Seis bagatelas. Lux Aeterna. Tres fantasías sobre Friedrich Hölderlin. Cuatro canciones húngaras. Tres canciones folclóricas húngaras. Canciones de Matraszentimre. Dos canciones húngaras.
Cuarteto Artemis. Quinteto de vientos de Barry Tuckwell. Orquesta de Cámara de Lausana. Dir: Louis Auriacombe. Groupe Vocal de France. Dir: Guy Reibel.
EMI 6 27905 2
2 CDs. 115’04’’
ADD/DDD
EMI-Hispavox
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SCHREKER: Sinfonía de cámara. Intermezzo. Vorspiel zu einem Drama. Romantische Suite. Die Dunkelheit sinkt schwer wie Blei. Vorspielm zu einer grossen Oper. In einem Lande ein bleicher Köning. SCHMIDT. Variaciones sobre una canción hussar. BUSONI. Dos estudios sobre Doktor Faust.
Solistas. Orquestas. Dirs: Franz Welser-Möst, James Conlon, Fabio Luisi, Hans Bauer, Daniell Revenaugh.
EMI 6 27973 2
2 CDs. 148’39’’
ADD/DDD
EMI-Hispavox
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VAUGHAN WILLIAMS: Fantasia on a Theme by Thomas Tallis. Fantasia on Greensleeves. The Wasps. The lark Ascending. Flos Campi. Five variations of “Dives and Lazaru”. Norfolk Rhapsody nº 1. On Wenlock Edge. Silent Noon. Songs of Travel. Serenade to music.
Solistas. Orquestas. Dirs: Sir John Barbirolli, Vernon Handley, Bernard Haitink, Sir David Willcocks, Sir Adrian Boult.
EMI 6 27910 2
2 CDs. 155’38’’
ADD/DDD
EMI-Hispavox
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lunes, 20 de diciembre de 2010

Aida en Valencia con Omer Wellber y Hui He

La segunda tanda de representaciones de Aida en el Palau de Les Arts tenía dos puntos de interés con respecto a la primera, que ya comenté por aquí (enlace): el Radamés de Marcelo Álvarez y la batuta de quien sustituirá a Lorin Maazel a partir de la próxima temporada como titular de la casa, el israelí Omer Wellber. Canceló el tenor, así que tuvimos que escuchar otra vez a Jorge de León. Al joven maestro sí que lo hemos podido ver, pero lo cierto es que no soy capaz de emitir una opinión clara sobre su valía. Hombre, cierto es que la comparación con lo que la noche antes hizo Jordi Bernàcer en Manon con la misma orquesta (enlace) deja bien claro que no se trata de ningún director rutinario o de andar por casa, pero aun así he percibido en él insuficiencias que no estoy seguro que vayan a paliarse con el tiempo.

El israelí viene de trabajar con Zubin Mehta y Daniel Barenboim, sus principales padrinos. Pues bien, su Aida no se parece en nada a la de los dos maestros citados (de las que tenemos grabaciones tan desiguales como complementarias entre sí: el de Bombay para los dos primeros actos y el de Buenos Aires para el resto). A quien me ha recordado Omer Wellber aquí es a Muti en su célebre registro con Caballé y Domingo, lo que en principio es muy de celebrar. Se trata pues de una Aida juvenil, briosa, llevada con muy buen pulso, planteada con un altísimo sentido del la teatralidad, espléndidamente desmenuzada y de enorme brillantez sonora sin que ello suponga caer en la grandilocuencia ni la pesadez elefantística con que algunos plantean los pasajes más de cara a la galería. Desde luego, nada que ver con la lentísima, narcisista, poco verdiana, escasamente teatral pero de todo punto fascinante recreación que semanas atrás realizó Lorin Maazel con la misma orquesta.

Dicho esto, se entenderá que como dirección de Aida de Verdi (repito: de Verdi) haya sido mucho más convincente Omer Wellber que el anciano Maazel. Pero aún le queda bastante al joven maestro por madurar. Su dirección fue más ligera de la cuenta, y no hablo de tempi sino de densidad sonora. Cayó a veces en el nerviosismo y hubo algún pasaje pimpante. De vuelo lírico y cantabilidad anduvo más bien escaso. La capacidad para generar atmósferas -pienso en el acto del Nilo, sobre todo- queda muy por debajo de lo que nos ofreció su predecesor. Y además tiende a confundir garra dramática con decibelio, de lo que el final de la escena del juicio (¡qué música!) fue buen ejemplo: donde Maazel o Barenboim acumulan tensiones de manera abrumadora hasta llegar a un final no ya ominoso sino cataclísmico, Wellber no supo más que dar rienda suelta a la masa orquestal, con el resultado de que no solo no se consiguió la fuerza expresiva deseada, sino que además no se oyó a Daniela Barcellona.

La mezzo italiana estuvo casi tan bien como con Maazel. Y digo casi porque se la notaba, después de tantas funciones como Amneris, algo cansada, sin todo el poderío ni la fuerza expresiva que exhibió con anterioridad. Y los cambios de color en el grave continúan estando ahí. En cualquier caso siguen deslumbrando la belleza de su canto, la sensualidad de su legato y la sinceridad expresiva de que hace gala, manejando sabiamente los recursos que le ha dado su bagaje anterior: el Verdi maduro no es en modo alguno Bel Canto, pero si no se dominan los recursos belcantistas no hay nada que hacer.

Esto último es precisamente lo que le ocurre a Jorge de León, una voz sin duda con posibilidades que no logra encontrar su sitio en este repertorio. Hay agudos con squillo, sí, pero de matices expresivos este señor sabe muy poco. Solo al final, cuando ya no tiene que esforzarse en ofrecer heroicidad vocal, logra destapar el tarro se las esencias, pero ya es demasiado tarde. Sigue sin gustarme su Radamés, aunque entiendo que a cierto tipo de aficionado pueda parecerle de lo más prometedor. Cuestión de concepto, claro.

Un horror sin paliativos el Amonasro de Marco Vratogna: línea vocal tosca y deficiente, sin legato alguno, en manos de un artista que recurre a la más vulgar truculencia del Verismo mal entendido. ¿Qué hace este señor cantando en Les Arts? Que lo explique Helga Schmidt, por favor. Y que explique también qué clase de compromiso tiene con la agencia de Stephen Milling (IMG Artist, la misma que la del Vratogna), porque si la presencia anual del bajo danés en otras ocasiones no ha sido mal recibida (pienso en su Fafner), como Ramfis no tiene nada que hacer. Desastre total. Muy bien Javier Agulló y Sandra Fernández, y algo menos el Faraón de Marco Spotti.

Bueno, ¿y la Aida propiamente dicha? Pues una gratísima sorpresa, ya que sin esperar gran cosa de Hui He, la soprano china convenció con una actuación de enorme solvencia presidida por la belleza vocal, la elegancia y la buena voluntad por ofrecer matices canoros, incluyendo reguladores y filados no siempre perfectos pero muy estimables. La voz, en exceso lírica para el rol, posee además un timbre agradable y con esmalte, y está manejada con buen legato y un fiato muy bien controlado con el que hasta ofrece algún alarde. Desde luego, muchísimo mejor que Indra Thomas con Maazel. Subsanado este grave lunar, el del rol titular, puedo afirmar con rotundidad que la función comentada, la del domingo 19 de diciembre, ha sido globalmente superior a la que vi el mes pasado, aunque no haya surgido del foso la magia sonora conjurada por el octogenario maestro parisino.

De la producción de David McVicar prefiero no volver a hablar, aunque sí quiero añadir -lo he escrito en alguna otra parte- que no me ha hecho gracia que la señora Schmidt haya realizado modificaciones con respecto al original, eliminando unos cadáveres que colgaban del techo (se ven en las fotos del Covent Garden) y suprimiendo, presuntamente, alguna escena de lesbianismo. Si no le gusta McVicar que contrate a Zefirelli, pero que respete la labor del artista, por favor, que ya luego el público emitirá su veredicto.

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