sábado, 21 de agosto de 2010

Salonen, el aburrimiento y el éxtasis

¿Ven ustedes? Escribí en mi entrada anterior que tras los Proms 2007 había yo regresado en Londres una única vez mas, pero ahora que estoy aquí me doy cuenta de que he estado otras dos veces más en fechas recientes. Está claro que a medida que pierdo la juventud me va fallando la memoria, así que este blog empieza a cobrar sentido: recordarme en el futuro las cosas que voy viendo o, mejor dicho, escuchando. En fin, aquí van unas notas sobre los dos conciertos que acabo de escuchar en el Royal Albert Hall.


El primero me ha permitido ver por fin en directo a Esa-Pekka Salonen. Comenzó con una obra célebre en su tiempo pero hoy bastante olvidada, La fundición de acero de Alexander Mosolov, puro constructivismo soviético concentrado en tres minutos de explosiones orquestales. La Philharmonia estuvo estupenda (sensacionales las ocho trompas) y el ya no tan joven maestro finlandés acertó a conjugar fuerza y claridad, aunque se pueda echar de menos el carácter opresivo de la memorable recreación discográfica de Riccardo Chailly para Decca.

A continuación se estrenaba en Reino Unido la Cuarta Sinfonia, "Los Ángeles", de Arvo Pärt, un encargo del propio Salonen en su etapa al frente de la orquesta californiana. A los primeros compases ya se reconoce el "estilo tintinabular" del compositor estonio, y a los treinta y siete minutos la música concluye con la paciencia del oyente ya por los suelos. Al menos de la mía, claro, porque los encendidos aplausos -redoblados al aparecer sobre el escenario el propio Pärt- demostraron que muchos encuentran belleza, y quién sabe si hondura espiritual, en esta interminable partitura de la que solo recordaré el doliente solo del violín en el tercer movimiento y esos pizzicatti del segundo que parecen casi idénticos a los de la canción Goldeneye que cantaba Tina Turner en la película de James Bond homónima. Lo demás, muermo total.

Disfruté escuchando en directo el genial Concierto para la mano izquierda de Ravel, pero la interpretación no me convenció del todo, tanto por un Salonen que no supo dotar de continuidad a la obra y a ratos se mostró en exceso nervioso como por un Jean-Efflam Bavouzet que, irrelevantes imperfecciones técnicas aparte, no terminó de extraer todo el contenido poético de los pentagramas, aunque sí se mostrara muy atento a la parte dramática de los mismos. La orquesta tampoco estuvo a la altura, particularmente en lo que al corno inglés se refiere.

Magnífica sin reparos la recreacion de El poema del éxtasis, siempre y cuando se acepte un Scriabin como el que propone Salonen, es decir, poco voluptuoso, no muy sensual y nada decadente, mirando mucho antes a la contemporaneidad que al mundo post-wagneriano. En cualquier caso fue una recreación intensa y sincera, de claridad asombrosa, magníficamente ejecutada y bien conducida -con un nervio por momentos algo excesivo pero no descontrolado- hasta un final recreado con una grandeza y una majestuosidad asombrosas. Y con una tremebunda acumulación de efes, dicho sea de paso. Magnifico el trompetista e intensos los aplausos. Aquí sí que hubo éxtasis, por fin.

Del concierto nocturno, que comenzó tres cuarto de hora más tarde, hablaré en la entrada siguiente.

PS. Como he hecho con mis otras entradas sobre los Proms, he añadido una vez en mi tierra las tildes que el teclado británico no me dejó colocar en su momento.

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