
En cualquier caso hay que admirar la manera en que el joven maestro ha logrado ofrecer un Ravel muy fresco y juvenil, por completo alejado del tópico del hedonismo sonoro, de las brumas excesivas o de la melancolía contemplativa, sin renunciar a la elegancia, el refinamiento, la riqueza tímbrica y la atención a las texturas que esta música demanda. Destaca en este sentido una brillante, impetuosa y extrovertida -pero en absoluto tosca o descontrolada- lectura de los Valses nobles y sentimentales. Su recreación de La Valse se encuentra en la misma linea, pero aquí sobran algunos detalles creativos que resultan amanerados y se echa de menos una atmósfera más enrarecida en determinados pasajes.
Más que notable la interpretación de la suite nº 2 de Daphnis et Chloé, muy bien trazada y con las dosis adecuadas tanto de brillantez sonora como de sensualidad; solo falta un punto más de creatividad, o al menos de personalidad, para ser excepcional. Y hermosísima la lectura de Mi madre la oca, alejada de la poesía otoñal inigualable de un Giulini pero igualmente válida, de una ternura y una ingenuidad ajenas a cualquier afectación. Una lástima que, pese a haber espacio en el disco, no se haya incluido el Bolero. ¿Miedo quizá a que con tan difícil partitura la muy digna Filarmónica de Rotterdam muestre sus limitaciones?
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