miércoles, 29 de enero de 2020

Fuentes de Roma, de Respighi: discografía comparada

ACTUALIZACIÓN 29-I-2020

Esta entrada se publicó originalmente el 21 de abril de 2012. Como mañana parto con mis alumnos hacia Roma, me ha parecido oportuno realizar una actuación de esta discografía incluyendo los registros de Kertész, Marriner, Maazel'04, Prêtre, Battistoni y Rizzi'07. He vuelto a escuchar el de Ozawa, reformando de manera sustancial el comentario. En el resto he realizado modificaciones menores, sin alterar las puntuaciones previas.

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Primero de los tres poemas sinfónicos que conforman el “Tríptico Romano” de Ottorino Respighi, Fuentes de Roma fue compuesto en 1916 y conoció su estreno al año siguiente bajo la batuta de Antonio Guarnieri, si bien fue con Arturo Toscanini con quien esta página alcanzó un éxito singular. Nadie hay quien dude que la gran virtud de la obra es su portentosa orquestación, pero suele repetirse el tópico de que se trata de una partitura conservadora, convencional y pensada de cara a la galería. No es del todo cierto: aun alejada de las más atractivas experiencias de la vanguardia del momento, la obra está impregnada de una poesía que va más allá de la mera tarjeta postal, si bien solo los más grandes directores han sabido sacar a la luz los aspectos más inquietantes de la misma, mirando hacia el expresionismo más que hacia el tardorromanticismo o el impresionismo. Sobre el presunto carácter cinematográfico de la creación, poco hay que decir: por aquellas fechas la música de cine estaba en pañales.

La obra visita cuatro fuentes de la Ciudad Eterna "en la hora en que el carácter de cada una se armoniza mejor con el paisaje que la rodea”. Son por tanto cuatro sus secciones. “La fuente de Valle Giulia al alba” ofrece una brumosa atmosfera pastoral que usualmente es recreada tendiendo en exceso a lo bucólico, si bien las batutas más arriesgadas apuestan por destacar sus aspectos angulosos e incisivos. “La fuente del tritón por la mañana” describe el agitado y elegante movimiento de los seres marinos representados en la célebre obra de Bernini. Tras unas pocas calles llegamos a “La fuente de Trevi al mediodía”, donde el poderoso cortejo de Neptuno impacta por su fuerza al visitante dejando un rastro de espuma a su paso; aquí la demanda de recursos orquestales es elevadísima, al tiempo que en el formato discográfico solo una toma de gama dinámica muy amplia es capaz de recoger la espectacularidad ideada por Respighi. Una transición portentosa –el compositor domina a la maravilla la orquesta– nos lleva hasta “la fuente de Villa Medici al atardecer” que, entre cantos de pájaros y campanas de iglesia, cierra la partitura de la manera más melancólica.



1. Toscanini/Sinfónica de la NBC (RCA, 1951). Quien se encargó de hacer triunfar esta obra por todo lo alto registró para el disco una interpretación muy atractiva por su carácter anguloso, incisivo y altamente teatral, amén de por su apreciable claridad. Le falta concentración en el primer movimiento y, en general, un poco de magia sonora, pero en cualquier caso el pulso firme y la ausencia de devaneos sonoros del maestro se terminan imponiendo. La toma sonora, obviamente, no está a la altura de las circunstancias. (8)



2. Ormandy/Philadelphia (Sony, 1957). El estéreo –fundamental para la presente partitura– llegó con esta lectura de enfoque ortodoxo, menos incisiva y más hedonista que la de Toscanini, que se encuentra excelentemente trazada y bien desarrollada en lo que al sentido del color y de las texturas se refiere. A destacar la ensoñación del primer movimiento y la excelente transición del tercero al cuarto. El sonido hubiera sido estupendo para la época si no fuera por la estrechez de la gama dinámica. (9)



3. Reiner/Chicago (RCA, 1959). La mejor toma hasta el momento –recomendable escucharla en SACD– llega con esta realización soberbiamente tocada en la que el inolvidable Reiner, aunando la incisividad de Toscanini con la plasticidad de Ormandy, ofrece una altísima dosis tanto de brillantez como de poesía sin caer en efectismos ni en devaneos sonoros. Un clásico que apenas ha envejecido con el tiempo. (9)



4. Dorati/Sinfónica de Minneapolis (Mercury-Newton, 1960). A precio muy barato se ha recuperado esta visión que, como ya hiciera Toscanini en su momento, se aleja de las brumas impresionistas para optar por la incisividad, la extroversión y cierto carácter nervioso, lo que no impide que la fuente de Villa Medici esté tratada con la concentración adecuada. Como además Dorati hace gala de un buen olfato para las texturas y de una gran brillantez, el resultado es francamente notable, y aún lo sería más con una dosis superior de poesía. La toma sonora resulta demasiado seca, aunque ofrece a cambio una amplia gama dinámica. (8)



5. Ansermet/Suisse Romande (Decca, 1963). Lejos de caer en la ensoñación hedonista, el director suizo ofrece una lectura extrovertida, colorista y muy narrativa, quizá no del todo paladeada pero maravillosamente tratada en lo que a timbres y texturas se refiere –en línea más incisiva que vincukada al impresionismo–, trazada con buen pulso y dicha con irreprochable musicalidad. (8)



6. Munch/New Philharmonia (Decca, 1966). La calidad de la orquesta es indiscutible, pero el director alsaciano frasea con escasa naturalidad y poco refinamiento, resultando las sonoridades más bien pedestres, incluso amazacotadas. Se equivoca, además, al ofrecer un primer movimiento en exceso bucólico, y no logra otorgar de fluidez y elegancia al resto. Encima la toma sonora, muy inferior a la de la propia Decca para Ansermet, presenta evidentes distorsiones y un estéreo demasiado artificioso, típico del sistema Phase 4. (6)



7. Kertész/Sinfónica de Londres (Decca, 1968). El maestro de Budapest desmiente esa impresión que da a veces de ser algo primario en el tratamiento de la orquesta ofreciendo una interpretación no solo trazada de manera irreprochable, sino también admirablemente trabajada en lo que a líneas, texturas y colores se refiere, algo fundamental en una página como la presente. Lo que nunca fue es un director particularmente poético, por lo que se mueve más a gusto es en la rusticidad del Tritón –tímbrica aristada, impulso rítmico– y en la grandeza imponente y un punto opresiva –de nuevo muy adecuado el sonido algo agreste de los metales– que en la sensualidad de los movimientos extremos. Espléndida interpretación, en cualquier caso, grabada con enorme acierto por el gran Kenneth Wilkinson en el tristemente desaparecido Kingsway Hall londinense. (9)



8. Ormandy/Philadelphia (RCA, 1974). Repiten las huestes de Philadelphia con una admirable interpretación de línea ortodoxa, sensual y contemplativa mas no otoñal, que sabe ser descriptiva, rica en el color y muy elegante. Asimismo, se encuentra magníficamente trazada, amén de matizada con atención y acierto tanto en el fraseo como en las intervenciones solistas. La grabación posee más cuerpo y una gama dinámica algo mayor que la que los mismos intérpretes realizaron para CBS, pero ofrece una molesta distorsión que no sabemos si se podría arreglar con un nuevo reprocesado en manos de Sony, que posee ahora los derechos de la antigua RCA. (9)



9. Karajan/Filarmónica de Berlín (DG, 1977). No podía el de Salzburgo resistirse a utilizar esta partitura para hacer gala de su dominio de la masa orquestal y de la asombrosa calidad de la Filarmónica de Berlín. En este sentido, como lección de técnica orquestal esta interpretación es impresionante, sobresaliendo el clímax de la fuente de Trevi por su capacidad para desarrollar suntuosidad, claridad, colorido y las más variadas texturas. Por desgracia, y como era de esperar, el enfoque de la batuta resulta excesivamente narcisista, poco sincero y nada natural, incluso algo relamido. Karajan en estado puro. La toma sonora es extraordinaria. (8)



10. Ozawa/Sinfónica de Boston (DG, 1977). El maestro oriental ofrece una lectura absolutamente ortodoxa, esto es, descriptiva y colorista ante todo, muchísimo antes contemplativa, evocadora y poética que inquietante o dramática. En cualquier caso, equilibra de manera impecable atmosférico y expresión, y luce en su plenitud una extraordinaria capacidad para desplegar refinamiento tímbrico y modelar con exquisita plasticidad a la soberbia orquesta norteamericana, ofreciendo desde el pianísimo más sutil hasta el forte más atronador sin perder nunca la transparencia y el equilibrio de planos sonoros. Faltando quizá un último punto de inspiración y de magia poética, se encuentra a un paso de las más grandes lecturas. Existe una edición japonesa en SACD que se puede conseguir en ciertos lugares de la red: su sonido es increíble por naturalidad y transparencia. (9)


11. Dutoit/Sinfónica de Montreal (Decca, 1982). A principios de los ochenta el aún joven Dutoit se dedicó a grabar multitud de discos en Montreal en los que, en pleno descubrimiento del sonido digital, lo que más sobresalía era la increíble naturalidad, transparencia y definición tímbrica conseguida por los ingenieros de Decca, por encima de unas interpretaciones que dentro de su solidez rara vez llegaban a lo más alto. Es el caso de esta notabilísima recreación a la que le falta un último punto de vuelo poético: a Villa Medici se le podía haber sacado mucho más partido. (8)



12. Muti/Philadelphia (EMI, 1984). El maestro italiano no se encuentra aquí especialmente poético ni inspirado, porque donde dio la campanada fue en los dos otros poemas sinfónicos de Respighi, particularmente en Fiestas. En cualquier caso triunfa por su sentido del color, su incisividad, su sentido teatral y su buen pulso. La sensacional orquesta, no menos brillante que con Ormandy, hace subir el nivel. Lástima que la toma sonora no esté a la mayor altura posible. (9)



13. Marriner/Academy of St. Martin in The Fields (Philips, 1990). Nadie puede discutir la depuración sonora que, en este y cualquier otro repertorio, alcanzaban Sir Neville y sus chicos, pero lo cierto es que aquí decepcionan seriamente con una interpretación no solo en exceso evanescente y ensoñada, sino también considerablemente deslavazada –la batuta apuesta por tempi muy lentos sin saber cómo mantener la tensión interna–, por no decir flácida, blanda y aburrida. Ni siquiera la ingeniería sonora está a la altura. A olvidar. (6)


14. Bátiz/Royal Philharmonic (Naxos, 1991). Con muy buen sonido nos ofrece Naxos esta notabilísima recreación realizada en un solo trazo, ortodoxa y ajena a devaneos, estupendamente dicha –pese a algún desajuste que se podía haber arreglado– y llena de vida, aunque en comparación con las más grandes lecturas resulta mucho antes espectacular –la batuta del mexicano se muestra brillante en grado sumo– que poética. (8)



15. Sinopoli/Filarmónica de Nueva York (DG, 1991). Haciendo gala de una fascinante paleta de colores, el maestro veneciano propuso una visión personal, mirando un tanto al expresionismo, en la que el primer movimiento resulta más nervioso e inquietante de lo acostumbrado y el último se cierra con un regusto amargo. Todo ello haciendo gala de una técnica de batuta impresionante: basta escuchar cómo realiza la transición de Trevi a Villa Medici y la manera en la que poco a poco va ralentizando el tempo en este último movimiento (¡lentísimo!) para darse cuenta de qué clase de director podía llegar a ser Sinopoli. La toma sonora, quizá la mejor de la que se ha beneficiado nunca este título, terminan de hacer imprescindible este disco. (10)



16. Rizzi/Filarmónica de Londres (Teldec, 1992). Es quizá el infravalorado Rizzi –milanés de nacimiento– quien ha logrado la mejor interpretación dentro de una línea sensual y hedonista, poco interesada por los aspectos más inquietantes de la partitura y ajena a la creatividad, pero en cualquier caso maravillosamente planificada, sabiamente matizada, riquísima en las texturas e impregnadas de poesía. Pocas veces se ha escuchado tan sugestiva en sus brumas la fuente de Valle Giulia, se han captado tan bien las espumas que rodean al Tritón, ha sonado Trevi tan poderosa y ha resultado Villa Medici tan concentrada. La magia sonora no alcanza los niveles de un Sinopoli o un Svetlanov, pero casi. Lástima que la toma de sonido, aun dotada de amplia gama dinámica, resulte un tanto turbia. (10)


17. Maazel/Sinfónica de Pittsburg (Sony, 1994). A estas alturas de su carrera Maazel había grabado ya dos veces los Pinos, pero nunca se había acercado discográficamente a las Fuentes. La de Valle Giulia le queda muy lenta y personal, clarísima pero también algo rebuscada. Muy elegante la danza de náyades y tritones. Trevi resulta brillante y un tanto estridente, quizá en exceso espectacular debido en parte a una grabación –realizada a volumen muy bajo– que pone en primer plano a los metales. Villa Medici la aborda más rápido de lo esperado, sin perder el pulso y sin narcisismos. Por lo demás, se trata de una interpretación no muy sensual, pero admirable por su claridad. (8)


18. Jansons/Filarmónica de Oslo (EMI, 1995). No sabemos si se será por una toma sonora un tanto confusa, por las limitaciones de la orquesta o por la incapacidad del irregular Jansons para destilar poesía sonora, pero lo cierto es que esta interpretación suena más bien pálida, pobre en colorido y en claridad, ayuna de tensión interna –mediocre Valle Giulia, tan ensoñada en su “desperezarse” que pierde el pulso– y a la postre rutinaria, aséptica y aburrida. La fuente de Villa Medici es la que sale mejor parada. (6)


19. Gatti/Orquesta de la Academia Nacional de Santa Cecilia (RCA, 1996). El primer registro a cargo de la orquesta romana por excelencia nos ofrece una visión dulce, brumosa y ensoñada en la que se liman todas las aristas y se difumina lo más posible la paleta de colores, que llega a resultar en exceso impresionista. Ensoñadísima la fuente de Valle Giulia, elegante y en exceso refinada la del Tritón, adecuadamente grandiosa Trevi y difuminada e hiperdecadente Villa Medici. El resultado es tópico, blando y aburrido. (7)



20. Svetlanov/Sinfónica de la Radio Sueca (Weitblick, 1999). Al frente de una orquesta que no es de primera pero que realiza un gran trabajo, el maestro ruso ofrece una lectura lenta, muy paladeada, de riquísimo sentido del color, fraseo muy flexible y exquisitas texturas, que resulta ortodoxa en su carácter contemplativo pero heterodoxa por su creatividad. La fuente de Valle Giulia suena particularmente sensual. La refinada orquestación de la fuente del Tritón se encuentra desmenuzada de manera inmejorable. Lentísima y muy discutible, pero reveladora, la transición a la fuente de Trevi, que por lo demás adquiere la grandeza deseable. Melancólico y algo doliente, pero no excesivamente ensoñado ni difuminado, el paisaje romano –con el Vaticano al fondo– desde Villa Medici. La grabación es espectacular. (10)




21. Maazel/Filarmónica Arturo Toscanini (YouTube, 2004). El marco de la Villa Adriana en Tívoli es bellísimo, pero el aire libre deja muy al descubierto las limitaciones de una orquesta discreta con la que tiene que apechugar un Maazel que, pese a todo, logra trabajar bien las texturas y levantar con solidez el edificio al tiempo que demuestra su buen olfato musical. Con una filmación y una toma en condiciones, este documento tendría quizá mayor valor del que aparenta. (7)



22. Ashkenazy/Filarmónica de la Radio de Holanda (Exton, 2004-05). Con una toma de sonido no tan extraordinaria como era de esperar, ni siquiera en la capa SACD, se ofrece esta recreación de sólido trazo e irreprochable gusto que, estando admirablemente expuesta, no desprende en absoluto el entusiasmo que en su gestualidad suele ofrecer Ashkenazy sobre el podio, sino que más bien cae en cierta rutina. La orquesta tampoco es nada del otro jueves. Prescindible. (7)



23. Pappano/Santa Cecilia (EMI, 2007). Pappano jamás se muestra como un director genial o particularmente creativo, pero rara vez ha dejado de ofrecer una solidez asentada en el mejor oficio y el más irreprochable buen gusto. De este modo, al frente de su orquesta romana –mejor aquí que con Gatti– logra ofrecernos una ensoñada, poética y sensualísima interpretación, lenta y muy hermosa en los movimientos extremos. Se puede quizá reprochar un punto de narcisismo en Valle Giulia, pero también hay que elogiar la elocuencia y fluidez del Tritón y Trevi, aun sin llegar a las cotas de genialidad de otros maestros. (9)


24. Chailly/Filarmónica de Berlín (DVD y Blu-ray Euroarts 2011). Al aire libre y con excesivo ruido entre el público nos ofrece el maestro milanés una recreación muy sensata, magníficamente realizada, que sobresale por su rico sentido del color, por la naturalidad de su arquitectura y por su sensualidad, tendiendo quizá hacia lo impresionista. La calidad de la orquesta contribuye a la excelencia de los resultados. (9)


25. Pretrê/Filarmónica de la Scala (Sony DVD, 2011). El anciano maestro la una interpretación impresionista por excelencia, muy francesa, sensual, elegante y refinada, altamente ensoñada pero sin llegar a la blandura. Para descubrirse su dominio de la agógica, que le permite ofrecer algún interesantísimo hallazgo en el Tritón, así como muy personales y creativas transiciones. Eso sí, se echa de menos por parte de la batuta una mayor tensión dramática, mientras que la orquesta se queda algo corta. (9)


26. Battistoni/Sinfónica de Tokio (Denon, 2014?). Es esta una lectura de gran solidez: muy bien planificada, de tímbrica rica e incisiva, expuesta con nervio e inmediatez sin que falle la concentración en los dos movimientos extremos, y llena de garra y empuje en los centrales. En cualquier caso, resulta más vistosa que poética, más efectista que personal, comprometida o verdaderamente inspirada. Toma sonora muy brillante en HD Audio. (8)



27. Rizzi/Sinfónica de Galicia (YouTube, 2017). Sorprende el italiano al apartarse del enfoque marcadamente impresionista de su registro veinticinco años anterior, y decepciona al parecer un tanto desconcentrado e incapaz de destilar la magia poética de aquella ocasión. Se trata, en cualquier caso, de una notable lectura, sobresaliente en el movimiento conclusivo –aquí Rizzi sí que da la talla–, que se beneficia de la espléndida técnica de la batuta y de la enorme profesionalidad de esa estupenda orquesta que es la Sinfónica de Galicia. Calidad de imagen y sonido excepcionales. (8)

domingo, 26 de enero de 2020

Repertorio francés con Daniel Smith y la ROSS

Precioso programa francés el escuchado el jueves 23 de enero en el Teatro de la Maestranza a la Sinfónica de Sevilla bajo la batuta del australiano Daniel Smith: Le toumbeau de Couperin de Ravel, El carnaval de los animales de Saint-Säens, la Petite Suite de Debussy –orquestación de Henri Büsser sobre el original para piano a cuatro manos– y la Sinfonía nº 1 de Bizet.


Ya en la página de Ravel quedaron bien definidas las maneras de hacer del maestro –del que un servidor no había oído hablar– en este repertorio: tempi rápidos, animación, frescura y un punto muy adecuado de sal y pimienta, pero sin descuidar la en absoluto la naturalidad en el fraseo –nada rígido– ni la finura en el trazo, como tampoco ese punto de levedad sonora que necesita la música francesa de esta época. Bien es verdad quien esto suscribe prefiere recreaciones más reposadas, más poéticas e interiorizadas, con un grado superior de sensualidad, de ternura, de capacidad evocadora y de magia, lo que en una obra como Le toumbeau equivale a decir Celibidache/Munich, pero no es menos cierto que el enfoque de Smith resulta perfectamente válido, recordándome su lectura –salvando las distancias– por su chispa y efervescencia a la más ortodoxa pero no menos memorable recreación de Cluytens (EMI, 1962).

De la Petite suite solo conozco la grabación de Ansermet. Bajo la dirección de Daniel Smith, nuevamente el espíritu infantil más risueño y travieso se puso por encima de las posibilidades contemplativas de la página. Y en cuanto a la Sinfonía de Bizet, una auténtica obra maestra escrita a los diecisiete añitos, Smith triunfó una vez más por su mezcla de convicción, comunicatividad y buen tratamiento de la orquesta –equilibrada en los planos y con la sonoridad más apropiada, a despecho de unos violines algo ácidos–, sin hacerme olvidar los milagros de un Beecham, un Martinon o un Haitink, no tan impetuosos en el primer movimiento y más atentos a la magia poética.

Lo mejor del concierto, en cualquier caso, había estado en El carnaval de los animales, que inesperada pero juiciosamente se ofreció en su versión de cámara original. Smith cordinó y estimuló de maravilla a los solistas de la Sinfónica de Sevilla, con Tatiana Postnikova y Natalia Kucháeva al piano, todos ellos implicadísimos en la expresión y acertados tanto a la hora de bromear con las onomatopeyas como a la de destilar poesía. A destacar las muy hermosas las texturas del acuario y la cantabilidad por completo ajeno a la blandura del cisne de Dirk Vanhuyse. El concertino Éric Crambes recitó de manera magistral los textos de Francis Blanche incorporados a la presente recreación.

martes, 21 de enero de 2020

Babi Yar por Muti: quizá la primera opción

A más de uno le puede sorprender que aparezca una grabación de la Sinfonía nº 13 de Shostakovich a cargo de Riccardo Muti, pero lo cierto es que no se trata de la primera a cargo de este director: ya circulaba un registro en vivo de 1970, cantado en italiano, con la Sinfónica de la RAI y nada menos que Ruggiero Raimondi. Teniendo en cuenta que la partitura había sido estrenada en 1962 y que hasta ese mismo 1970 no conocía su estreno fuera de la URSS –Ormandy con Philadelphia–, parece claro que al joven maestro le interesaba particularmente esta partitura. Su interés lo revalida ahora con este registro de septiembre de 2018 al frente de la Sinfónica de Chicago editado por el sello de la propia orquesta. Por cierto, que la CSO también había grabado la obra: fue en 1995 bajo la batuta de Sir Georg Solti.


Como era de esperar, el resultado de este nuevo registro es una imponente interpretación. ¿Y por qué era de esperar? Pues porque la sonoridad musculada, redonda y oscura que le gusta al maestro napolitano (¡qué diferente suena con él la CSO con respecto a Solti!), su temperamento viril y decidido, su capacidad para levantar grandes edificios sinfónicos con la más sólida arquitectura, su desinterés por la belleza externa para en su lugar potenciar los aspectos más dramáticos, y especialmente su afinidad con esa especial mezcla de rusticidad, opulencia, densidad atmosférica y ardor expresivo que caracterizan a buena parte de la música rusa –ahí están sus memorables recreaciones de Prokofiev, aunque también algunos inmensos aciertos en Tchaikovsky o en Stravinsky–, son características que se ajustan como anillo al dedo a lo que demanda una página como la Babi Yar.

En cualquier caso, y contando con algunos ilustres precedentes discográficos, hay que matizar. No es la de Muti una interpretación extremadamente virulenta y sarcástica como la de Rozhdestvensky; ni reflexiva a la manera de la de Rostropovich, más movida por la compasión que por la denuncia; y poco tiene que ver con la teatralidad, la incisividad y el carácter extrovertido de un Solti. Más bien podrían encontrarse paralelismos con la atmósfera del modélico aunque un punto distante registro de Haitink, o con la inmediatez del más directo Nézet-Séguin en la filmación aquí comentada.

La versión de Muti es ante todo siniestra y opresiva, pero no quedándose en el mero dolor –no especialmente acentuado– sino aportando una dosis importante de rebeldía, de carácter desafiante y de tensión dramática, sin subrayar –insisto en ello– los aspectos más sarcásticos de la escritura, pero también sin olvidarse de aspectos tan importantes como el carácter elegíaco o el humanismo que esta música necesita. La orquesta, ni que decir tiene, realiza una labor descomunal, particularmente en un cuarto movimiento (¡qué tuba, santo cielo!) en el que Muti, aun quedándose un pelín corto en el último clímax, ofrece una recreación a todas luces genial. El Chicago Symphony Chorus está estupendo bajo la dirección de Duain Wolfe, pese a que su dicción del ruso no sea la idónea, mientras que Alexey Tikhomirov, de voz algo menos pesada y oscura de la cuenta, realiza una labor de apreciable calidad canora y bastante centrada en lo expresivo.

Gran recreación, en definitiva, para poner al lado de las arriba citadas, y desde luego muy superior a las de Jansons, Ashkenazy o Kitajenko. Quizá solo la tremenda y muy personal de Rozhdestvensky sea preferible, pero está tan mal grabada que esta de Muti podría perfectamente convertirse en una primera opción para acercarse a la partitura.

lunes, 20 de enero de 2020

Ann Hallenberg en Sevilla: una lección de profesionalidad

Hace ahora aproximadamente un año tuve la oportunidad de asistir a un inolvidable concierto de la Orquesta Barroca de Sevilla en el que, bajo la sensacional dirección de Diego Fasolis, las mezzosopranos Ann Hallenberg y Vivica Genaux deslumbraron a cuantos estábamos en el Maestranza; aquí pueden leer mis comentarios. El pasado sábado 18 volvía la primera de ellas, reemplazando a la inicialmente prevista Anna Bonitatibus, con un programa titulado Donne disprezzate que incluía arias de Pietro Torri (ca. 1650-1737), Giuseppe Maria Orlandini (1676-1760), Vivaldi y Haendel. Ni que decir tiene que muchos acudíamos esperando que se repitiera el milagro. Un anuncio por la megafonía de que Hallenberg estaba comenzando un proceso infeccioso que afectaba a su garganta nos inquietó un tanto, pero a los pocos minutos quedó claro que nada había que temer: entre su soberbia técnica vocal y una inteligencia que debe de ser grande, la artista sorteó todo escollo y dio una lección de canto, que lo fue también de profesionalidad. Ahora bien, lo cierto es que un servidor distó de entusiasmarse como en la ocasión anterior, y que algo parecido le ocurrió a los amigos con los que pude departir al finalizar la velada.


No creo que el problema estuviera en la labor de Andoni Mercero. Como violinista hizo gala de un sonido bello, de una articulación nítida y de una apreciable capacidad para cantar las melodías. Como director me pareció sensato, musical y buen comunicador, irreprochable conocedor de las particularidades del estilo y artista mucho más atento a servir a los pentagramas que a utilizarlos para montar un numero exhibicionista. Verdad es que en el primer movimiento del Concierto para cuatro violines RV 580 de Vivaldi el fraseo resultó un poco más saltarín de la cuenta, también que se apreciaron algunos desequilibrios en los que prefiero no entrar, pero funcionó francamente bien la Sonata a 5 HWV de Haendel, mientras que todas las arias estuvieron dirigidas con acierto expresivo. Bajo su dirección la OBS sonó como en sus mejores noches, siendo de destacar una vez más el formidable clave de Alejandro Casal.

Tampoco creo que se le puedan hacer muchos reproches a Hallenberg. Hay que aplaudirla por su valentía a la hora de cantar enferma y admirar la carnosidad de su voz bien timbrada y homogénea –bien holgada por abajo–, la naturalidad con que desgrana las agilidades, la sabiduría con la que administra las vibraciones y la sutileza con que ornamenta las melodías. Otra cosa es que echemos de menos la personalidad, la imaginación o la fuerza expresiva de otras cantantes. En tal aria o en tal otra –el día anterior estuve realizando un repaso con la ayuda de la plataforma Tidal– podemos tener nuestras preferencias. Y lo cierto es que si realizamos comparaciones detectamos que por momentos la mezzo sueca puede parecer un tanto contenida, quizá en parte porque su incuestionable buen gusto le invitara a alejarse de todo exceso, y en parte porque su estado vocal le hiciera guardar una sabia prudencia y no poner toda la carne en el asador. En cualquier caso, su triunfo entre el público estuvo más que merecido. Profesionalidad enorme, insisto.

A mí me parece que las diferencias fundamentales entre el recital del año pasado y este vinieron por otro lado. En primer lugar, en que un "duelo" entre dos divas resultaba mucho más excitante de cara al espectador, y quizá más estimulante para las propias artistas; un recital de arias más algunas piezas instrumentales para que descanse la voz suena un tanto a déjà vu. En segundo lugar, creo que las páginas escogidas en esta ocasión no tuvieron la calidad de entonces, cuando tuvimos la ocasión de escuchar en exclusiva a Vivaldi y a Haendel. A mí las páginas de Torri y Orlandini me parecieron poco interesantes, meros vehículo de lucimiento sin mucha sustancia musical, y entre las de Vivaldi me resultó mucho más interesante "Sposa son disprezzata" que "Alma opressa". Qué quieren que les diga, cuando llegó Haendel la cosa cambió de manera sustancial y en las arias del alemán el arte de Hallenberg encontró el vehículo adecuado para demostrar cómo se puede poner la técnica al servicio de la expresión; especialmente memorables sus recreaciones de "Vieni o figlio" y de "Lascia ch'io pianga", esta última ofrecida como propina.

¿Quiero decir con lo expuesto en las últimas lineas que las páginas de los compositores menores no merecían ser interpretadas? En absoluto: me parece por completo pertinente escuchar tanto a los grandes como a los que no son tan grandes. Simplemente expongo las razones por las que me parece que al terminar el notable concierto del sábado no saliésemos con el entusiasmo con que lo hicimos tras el del pasado año.

viernes, 17 de enero de 2020

Gran concierto de la ROSS con Enrique Diemecke y Gutiérrez Arenas

Acudí ayer jueves 17 al Teatro de la Maestranza movido por el programa: Obertura para el Fausto criollo de Ginastera, Concierto para violonchelo de Elgar y Sinfonía nº 2 de Sibelius. Pero al final mereció la pena no solo por escuchar obras de semejante belleza, sino también por la labor de Enrique Arturo Diemecke (Ciudad de México, 1955), un señor al que nunca había tenido la oportunidad de escuchar y que ha resultado tener, al menos así ha querido parecerme en su comparecencia hispalense, una técnica de batuta portentosa.


Haciendo gala de una presencia en el podio muy teatral y desplegando una gestualidad tan magnética como clara y firme, el maestro mexicano logró hacer sonar a la Sinfónica de Sevilla como hacía mucho tiempo que no la escuchaba, solidísima en la cuerda y muy brillante en los metales. Lo del empaste me ha resultado especialmente notable habida cuenta de que, para “meterme” bien en la sublime parte del concierto elgariano, compré asiento en primera fila, el lugar en el que cualquier imprecisión se nota más. En cuanto a los metales, es bien sabido que suele ser la familia de la ROSS –y de la mayoría de las orquestas– que con más dificultades empasta y más expuesta al riesgo. Los de ayer parecían otros cuando –obviamente– eran los mismos de siempre, buena prueba de que la formación sevillana posee un potencial muy superior al que suele evidenciar con dos últimos titulares y con la mayoría de los invitados. Sencillamente, necesita batutas de nivel para demostrar qué es capaz de hacer.

Diemecke evidenció asimismo ser un músico cabal en sus planteamientos y comprometido en la expresión, capaz de hacer que los músicos toquen con enorme intensidad y poniendo toda la carne en el asador. Ya lo demostró en la página de Ginastera, dramática a más no poder en su arranque, concentradísima en los pasajes introvertidos y bien controlada, sin caer en el menor exhibicionismo, en los momentos en que la partitura abre paso a lo folclórico. Lo hizo igualmente en la obra de Elgar, trazada con pulso firme y decisión sin descuidar el vuelo melódico. E impartió la lección en una Segunda de Sibelius a la que acaso le faltó un poco de flexibilidad, también de sosiego a la hora de paladear determinados pasajes, y sin duda una mayor electricidad en el tercer movimiento, pero que estuvo planteada con tanto fuego como control y desde una óptica que renunció a toda blandura, a toda laxitud contemplativa y a cualquier suerte de exceso de retórica. Despojada de alharacas, construida con rigor y directa al grano. En el final Diemecke supo mezclar lo épico y lo dramático alcanzando no solo gran brillantez sonora, sino también una altísima temperatura emocional.

Imposible dejar a un lado la labor de Adolfo Gutiérrez Arenas (Múnich, 1974), violonchelista español de currículo importante cuyo bello sonido –sobre todo en el grave– y sólida técnica se ponen al servicio de la sensatez y de la musicalidad. Tiene claro lo que quiere hacer, sabe cómo conseguirlo y convence de principio a fin con una recreación en cierto modo apolínea, o al menos muy equilibrada en la expresión. No es su intención herirnos el corazón –imposible emular a Jacqueline Du Pré–, pero se mantiene muy a distancia de la languidez y de los narcisismos con que alguna otra figura del violonchelo intenta vendernos el producto: él se pone única y exclusivamente al servicio de la música. Para sorpresa de todos hubo propina con orquesta: encendida lectura de Bosques silenciosos de Dvorák. Gran concierto.

PD. La fotografía la he tomado del Facebook oficial de Diemecke.

lunes, 13 de enero de 2020

Wozzeck desde el Met: cuando la corrección no es suficiente

Estuve en los cines Yelmo de Jerez –escasísimo público– el pasado sábado 11 de enero asistiendo a la trasmisión en directo de la última de las representaciones que ofrece esta temporada el Metropolitan de Nueva York de Wozzeck de Alban Berg, un título que, por cierto, aún espera su estreno en Sevilla: parece que a algunos les preocupa más la presencia de la zarzuela en el Maestranza o la recuperación de la lírica española (¡horror!) que inquietarse con esta enorme obra maestra. Pues vale.


Creo que se trató, globalmente, de una correcta y estimable función operística, pero a mí apenas me conmovió. Ya se sabe que en este título no valen medias tintas: si lo que oyes y lo que ves no te parte el alma, hay poco que hacer. Por eso mismo me dejó frío la producción escénica de William Kentridge, a todas luces sensata, coherente, atractiva en lo visual en sus indisimuladas referencias al universo plástico expresionista, solvente en la dirección de actores, pero de escasa garra. Ojo, no es que un servidor echase de menos violencia o vísceras. No se trata de eso, en absoluto. Lo que eché de menos fue fuerza expresiva. Con unos medios técnicos mucho más sobrios, Patrice Chéreau dio en su momento una gran lección sobre cómo resolver este título. Por otra parte, el a priori atractivo uso de las proyecciones termina resultando un tanto cansino, mientras que la transformación del hijo de Marie en una marioneta está directamente copiada de la exitosa producción de Madama Butterfly de Anthony Minghella en el propio Met.

Tampoco me acabó de convencer la dirección de Yannick Nézet-Séguin, maestro de enorme técnica que clarificó de manera admirable las texturas, tratadas con refinamiento y atención al detalle, y supo paladear la música sin prisas haciéndola respirar, dejando que aflorase el lirismo albergado en los pentagramas. Pero también Yannick permaneció un tanto ajeno a la tensión dramática, a la visceralidad y a la rabia sin las cuales esta música no es lo que necesita ser. En cualquier caso, la compresión dinámica de la transmisión pudo afectar seriamente a lo que se percibía desde la butaca del cine. Es posible que una edición comercial en Blu-ray "liberase" a la orquesta y la hiciese sonar, ya que no con más tensión interna, sí con los decibelios que necesita en determinados momentos clave.

Peter Mattei ofrecía, como apuntaba Nézet-Séguin en la presentación, su "role debut". Y lo hizo de manera absolutamente irreprochable en lo vocal, quizá no tanto en lo expresivo: el barítono sueco hizo bien en no caer en excesos ni truculencias, pero a mi entender necesitaba una vuelta de tuerca adicional a la hora de sacar a la luz la enajenación, los celos y el patetismo del desdichado personaje, bastante más complicado en lo psicológico de lo que en esta función parecía serlo.

Algo parecido le ocurrió a Elza van den Heever, soprano dramática que cantó maravillosamente –sin problemas en los agudos– y con un gusto exquisito, pero ofreciendo una Marie que no fue "ni chicha ni limoná", no del todo ardiente en lo sexual, ni torturada por sus demonios interiores, ni aterrorizada en el final de la obra. Sí que estuvieron muy bien Christopher Ventris y Gerhard Siegel como el Tambor Mayor y el Capitán, respectivamente, y mejor aún Christian Van Horn como el Doctor, este último haciendo gala de un adecuado histrionismo escénico.

Se aplaudió sin especial entusiasmo. Lo comprendo y lo comparto: todo fue correcto e incluso más que eso, pero aquí la corrección no es suficiente.

domingo, 12 de enero de 2020

Sin comentarios

Me limito a exponer algunos datos de manera objetiva, sin interpretar nada. Dejo a ustedes que realicen para sí mismos las consideraciones oportunas.


29 de diciembre de 2018

Diario de Sevilla publica la crítica del concierto, bajo la batuta de Juanjo Mena y con Javier Perianes como solista, ofrecido por una orquesta formada al cincuenta por ciento por integrantes de la Joven Orquesta de Andalucía y de la Academia de Estudios Orquestales de la Fundación Barenboim-Said. Sin embargo, el crítico Andrés Moreno Mengíbar comenta el evento como un concierto ofrecido única y exclusivamente por la OJA: "al frente de la OJA", "hay que dar las gracias a los responsables de la OJA". En la ficha de la crítica reza lo mismo: "Piano: Javier Perianes. Orquesta Joven de Andalucía. Director: Juanjo Mena". En este enlace encontrarán la referida crítica.

Las invitaciones para el evento se las facilitaba a todos los críticos directamente la Fundación Barenboim-Said, no la OJA.


30 de junio de 2019

En la crítica del concierto de la Orquesta del West-Eastern Divan bajo la dirección de Daniel Barenboim con obras de Beethoven, el citado Moreno Mengíbar escribe que "cabría preguntarse por la pertinencia de seguir costeando desde el gobierno andaluz este proyecto personal del director argentino y si no sería mucho mejor dedicar ese esfuerzo a fortalecer definitivamente a los conjuntos sinfónicos regionales y a mejorar la enseñanza musical de calidad en los conservatorios y por medio de la Orquesta Joven de Andalucía, necesitada de mayor visibilidad de forma escandalosa" (las negritas están en el original). Pueden leer la crítica aquí.


4 de enero de 2020

En Diario de Sevilla se publica la crítica de un nuevo concierto de la misma formación, en este caso con Pablo Heras-Casado a la batuta. Esta vez la ficha es correcta: "Orquesta Joven de Andalucía / Fundación Barenboim-Said". El texto del crítico Pablo J. Vayón, sin embargo, omite toda referencia a la Fundación: "para ponerse al frente de la OJA", "Los jóvenes de la OJA", "la OJA se ha acostumbrado". El texto se encuentra disponible aquí.

Nuevamente la composición de la orquesta era OJA/Barenboim al cincuenta por ciento. Y de nuevo la gestión de las invitaciones de los críticos corrían a cargo de la Fundación Barenboim-Said, por lo que no había confusión posible con un concierto "normal" de la OJA (este tendrá lugar el 13 de abril: Séptima de Bruckner).

Ah, las notas al programa de este concierto con obras de Tchaikovsky y Mahler corrían a cargo de Andrés Moreno Mengíbar.

Lo dicho: sin comentarios.

Sensacional debut discográfico de Lahav Shani y Múnich

En 2019 quedé hondamente impresionado por el Pelleas und Melisande de Schönberg que vi en un video, actualmente no disponible, en el que en...