martes, 31 de marzo de 2009

Così en DVD por Pritchard

MOZART: Così fan tutte.
Doese, Lindenstrand, Perriers, Allen, Austin, Petri.
Glyndebourne Chorus, London Philharmonic Orchestra. Dir: John Pritchard.
Arthaus, 101 081
DVD. 158’
ADD
Ferysa
***
M

Este de Glyndebourne es un Così disfrutable. Fundamentalmente porque el conjunto está bien dirigido desde el foso y sobre las tablas, y eso en ópera es tan importante (¡oh, herejía!) como el propio elenco vocal. Así, la convencional realización escénica de Adrian Slak y la agradable escenografía de Emanuele Luzzati han envejecido mucho menos que otras propuestas cercanas en el tiempo, mientras que la batuta de Pritchard, que no es precisamente muy refinada ni poética, inyecta vitalidad y energía sin caer en cursilerías ni frivolidades.

Excepción hecha del mediocre Ferrando de Austin, el reparto es homogéneo y cumplidor, sobresaliendo la sensible Fiordiligi de Helena Doese (con sus apurillos en “come scoglio”, claro está) y el viril Guglielmo de nada menos que Thomas Allen. Filmación y sonido muy buenos para la época (1975). DVD recomendable, pues, aunque la versión que el lector no debe perderse es una que en su momento no fue comentada en RITMO: la prodigiosa de Daniel Barenboim y Doris Dörrie.
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Artículo publicado en el número de diciembre de 2004 de la revista Ritmo.

lunes, 30 de marzo de 2009

Jarre by Jarre

Ha fallecido Maurice Jarre. Que a sus ochenta y cuatro años llevara ya un tiempo retirado de la composición para la gran pantalla no impide que los aficionados a la música de cine nos sintamos apesadumbrados por la pérdida que quien ha sido, pese a sus insuficiencias y desigualdades, uno de los grandes compositores de bandas sonoras entre principios de los sesenta y finales de los noventa. Como pequeño homenaje personal quiero traer aquí el que quizá sea el disco más recomendable para acercarse a su música.

Jarre by Jarre fue una producción realizada para CBS por David Motley (más tarde responsable de las últimas grabaciones de Giulini) y pensada aún para el LP: de ahí su escasa duración de cuarenta y cinco minutos. Con la espléndida Royal Phiharmonic a sus órdenes, el propio compositor tuvo la oportunidad de dirigir suites o temas de Lawrence de Arabia, La hija de Ryan, Doctor Zhivago, Pasaje a la India, La caída de los dioses, Único testigo, Arde París?, Mad Max III y Villa cabalga. Una reivindicación en toda regla, pues, del Jarre sinfónico y espectacular (la página de Único Testigo se ofrecía en orquestación del malogrado Christopher Palmer) en un momento, el año 1987, en el que el compositor se hallaba inmerso en su período puramente electrónico.

En la temporada 1988-89 Maurice Jarre visitó los Encuentros Internacionales de Música de Cine de Sevilla (nunca lamentaremos lo suficiente su desaparición) para ofrecer en el Teatro Lope de Vega un programa con estas mismas suites de concierto, algunas de ellas ampliadas, más otras piezas diversas de su cosecha. De las ondas Martenot se encargaba nada menos que Jeanne Loriod, la cuñadísima de Messiaen. Se trató desde luego de un concierto muy vistoso, y muchos aplaudimos entonces a rabiar, pero la audición del disco compacto que más tarde editarían Varese Sarabande y la Fundación Luis Cernuda hoy no permiten dudar que se trató de un mal concierto, tanto por la mediocridad de la Sinfónica de Madrid como por la dirección de un Jarre entregado a la vulgaridad más estrepitosa.

Este disco de CBS, grabado de manera espléndida con tecnología digital, nos mostraba sin embargo a un Jarre comedido, elegante y cuidadoso que procuraba –orientado sin duda por el productor- disimular todo lo posible la tendencia al empalago de sus melodías y el regodeo decibélico de sus orquestaciones. El resultado fue magnífico. Como aún se puede encontrar con facilidad en las más famosas tiendas de Internet, me permito recomendar vivamente este compacto por el que, independientemente de sus cualidades puramente musicales, siento un cariño muy especial: fue el primero que compré en mi vida.

Brahms y Korngold por Znaider y Gergiev: un genio mal acompañado

Me reprocha un amigo que la mayoría de los discos que comento en este blog son antiguos. Tiene razón. Pero aquí va una novedad: los conciertos para violín de Johannes Brahms y Erich Wolfgang Korngold en grabación realizada por RCA (con toma demasiado reverberante) en la Musikverein de la capital austríaca entre el 12 y el 19 de diciembre de 2006. Los protagonistas fueron un Nicolaj Znaider que se confirma plenamente como uno de los mejores violinistas del panorama mundial (en el que no escasean precisamente los grandes nombres asociados al instrumento), y un Varely Gergiev que vuelve a relevarse como un monumental bluff del mercado discográfico.

Znaider

El violinista danés lo tiene todo. Su sonido es poderoso, homogéneo, acerado y un punto hiriente, recordando no poco al del extraordinario Perlman. Su virtuosismo no conoce mácula. Y su poderoso olfato musical le hace ofrecer interpretaciones de una sinceridad y fuerza expresivas sobrecogedoras. Su recreación del bellísimo concierto de Korngold, a la altura de la de un Shaham y por encima de una Hahn, de una Mutter o de un Kavakos, por poner ejemplos recientes de grandes intérpretes de la obra, es un prodigio de imaginación y frescura, ofreciendo música a espuertas sin caer nunca -tentación grande de esta partitura- en el preciosismo decadente y ensoñado.

Y qué decir del Brahms. La monumental página no es precisamente fácil en lo técnico ni simple en lo expresivo, pero Znaider se codea sin ningún problema con los más grandes violinitas del pasado siglo ofreciendo una recreación apasionada pero no carente de control, hiriente a más no poder pero no por ello menos bella, encontrando el punto justo entre extroversión e introversión y consiguiendo un sonido y un fraseo puramente brahmsianos. La manera en la que su violín ilumina todas y cada una de las líneas de la partitura, amoldándose a las diferentes situaciones anímicas propuestas, es de las que dejan con la boca abierta. Basta comparar esta recreación con la también reciente y en cualquier caso muy notable de Vadim Repin (dirigida por un Chailly algo despistado) para darnos cuenta de que Znaider es un caso fuera de lo común.

En cuanto a Gergiev, pues lo de siempre. Mucho músculo, mucha robustez sonora y mucho decibelio, con resultados fogosos y a menudo aparentes, pero la brocha gorda de la que se sirve, su desinterés por profundizar en los pentagramas y su incapacidad para diferencia estilos terminan descubriéndonos a un batutero vulgar y mediocre. Su Brahms es tan masivo como superficial. En Korngold, donde en principio podría encontrarse más cómodo, hay verdaderas caídas en el efectismo hortera: ¡menuda coda la del primer movimiento!

Claro que lo más irritante no es eso, sino el “milagro” de hacer que la Filarmónica de Viena, por increíble que parezca, no suene a Filarmónica de Viena. ¿Dónde están esos inconfundibles violonchelos, cielo santo? Con una batuta en condiciones este disco hubiera sido de referencia. RCA se merece no vender un solo ejemplar por haberlo dejado a medias contratando a un director tan mediocre: parece que en “la mula” se puede encontrar, dicho sea a quien le interese imaginar lo que esta grabación, genial en la parte violinística, podía haber sido.

sábado, 28 de marzo de 2009

Una maravillosa horterada: Kismet con Gemiagni, Ramey & Co.

Aunque me gusta bastante el género (más que la zarzuela, sin ir más lejos), no soy precisamente un experto en musicales. Tanto es así que no conocía Kismet, una horterada pergeñada por unos tales Robert Wright y George Forrest sobre temas del mismísimo Alexander Borodin -las Danzas Polovsianas en primer plano, claro está- sobre un delirante argumento ambientado en la Bagdad del siglo XI (“A Musical Arabian Night”) que debió de dar pie en Broadway a un tan lujoso como cateto despliegue de escenografía, vestuario y chicas voluptuosas. Arrasó en los Tonys de 1953 y fue pronto llevada al celuloide (con Howard Keel y la dirección de Vincente Minelli: tampoco he visto la película).

Kismet_Gemignani

Pues bien, hete aquí que he podido escuchar (¡gracias, Amazon, por vender barato discos de segunda mano!) la grabación realizada por Sony Classical en 1990 y me lo he pasado realmente en grande. La idea, vuelvo a repetirlo, es una horterada monumental, pero está realizada de manera tan brillante que el resultado termina enganchando; la belleza melódica de Borodin tiene mucho que ver con ello. Y la interpretación contenida en este disco es sencillamente un prodigio.

Elemento fundamental, sin duda, la batuta de Paul Gemignani, quien al frente de una prodigiosa Sinfónica de Londres hace gala de una brillantez, un colorido, una chispa y un swing realmente excepcionales. Los Ambrosian Singers (si no fueron el mejor coro del mundo, poco les faltó) estuvieron maravillosos. Y los cantantes realizaron todos ellos una excepcional labor in que se notase que sus voces fueron grabadas en Nueva York sobre un registro previo de las partes orquestales.

Un Samuel Ramey ya algo mayor pero artistazo como él solo delineó al mendigo-poeta protagonista con una línea vocal envidiable pero sin sonar a cantante de ópera metido en camisa de once varas. Julia Migenes destiló con picardía y sensualidad toda el erotismo de su personaje. El malogrado Jerry Hadley y una deliciosa Ruth Ann Swenson, por entonces los dos aún bien de voz, compusieron a la parejita de enamorados evitando totalmente la cursilería. El actor Dom DeLuise (sí, el que hacía pareja con Burt Reynolds) es un villano gracioso pero afortunadamente no bufonesco. Y Mandy Patinkin tiene una breve pero divertidísima aparición casi al final de la partitura. Una impresionante toma sonora redondea un disco de esos para dejarse de prejuicios y pasárselo en grande.

viernes, 27 de marzo de 2009

La mujer sin sombra de Böhm de 1955

 
R. STRAUSS: Die Frau ohne Schatten.
Rysanek, Höngen, Hopo, Goltz, Weber, Böhme, Hellwig, Termal, Dickie. Coro y Orquesta de la Ópera de Viena. Dir: Karl Böhm.
Orfeo C 668 053 D
3 CDs. 199’33’’
AAD
Diverdi
****
A H

Tan sólo unos días antes de realizar la grabación de estudio en estéreo para Decca (con Schöffler en lugar de Weber), y veintidós años de registrar la lectura en vivo editada por DG, Karl Böhm dirigía a las huestes de la recién reabierta Ópera de Viena para ofrecer esta versión señera de La Mujer sin Sombra que ahora edita Orfeo, sello al que hay que alabarle su soberbia restauración sonora pero también censurarle su elevado precio.

El cast está dominado por la Emperatriz de Leonie Rysanek, entonces en la plenitud de sus facultades vocales y ya una acongojante recreadora del personaje. El resto mantiene un alto nivel para tratarse de una función en vivo: tosco aunque con poderosos agudos el Emperador de un Hans Hopf más soportable que de costumbre, engolado y algo bobalicón pero solvente Tintorero de Ludwig Weber, temperamental al tiempo que algo basta Tintorera de Christel Goltz y quizá adecuadamente agria Ama de una Elisabeth Höhngen a la que se le adivina una poderosa presencia escénica.
El de Graz logra el milagro de aunar tensión dramática, elevación poética (¡qué final del Acto I!), absoluta claridad de texturas y -por descontado- la más refinada belleza sonora. Impresionante.
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Artículo publicado en el número de abril de 2006 de la revista Ritmo.

miércoles, 25 de marzo de 2009

Discografía de las sinfonías de Brahms (V): la naturalidad del joven Giulini

Este ciclo editado por EMI no es exactamente tal. Las Variaciones Haydn se grabaron, con un sonido que dejaba que desear, en 1961. Las tres primeras sinfonías y la Obertura trágica fueron registradas por el sello británico entre octubre y diciembre de 1962, siempre con una fabulosa Orquesta Philharmonia que ya había grabado la integral bajo la dirección de Otto Klemperer. Pero la Cuarta no llegaría hasta 1968, mientras que al año siguiente Carlo Maria Giulini volvía a repetir la misma obra con una orquesta diferente, la Sinfónica de Chicago.

A pesar de la relativa dispersión los resultados fueron homogéneos y coherentes. Bueno, en realidad fueron mucho más que eso: seguramente el mejor Brahms hasta el momento y, aún hoy, uno de los ciclos discográficos más logrados sobre la materia. Lástima que, salvo la citada Cuarta de Chicago, estos registros se encuentren descatalogados, como también lo están casi todos los que realizó ya en la era digital para Deutsche Grammophon, aún más bellos y geniales que estos que ahora comentamos.

¿Cuál es el secreto de este primer Brahms de Giulini? Pues seguramente su naturalidad: la música fluye con una lógica pasmosa sin bache alguno en el discurso combinando de manera admirable elegancia sin amaneramientos, calidez en el fraseo y sinceridad expresiva, todo ello con una cantabilidad digamos “italiana” que, combinada al cincuenta por ciento con la imprescindible dosis de “brumas germánicas”, ofrecen un equilibro ideal para esta música.

Ni que decir tiene que aquí no encontramos tirones de tempo a lo Furtwängler (enlace), ni latigazos a lo Toscanini (enlace) ni sonoridades graníticas a lo Klemperer (enlace), como tampoco esa extrovertida luminosidad un tanto superficial de Bruno Walter (enlace). ¿Significa esto que se trata de un Brahms menos personal? Pues no exactamente: la impresión que da es que este Brahms es más auténtico que los de los directores citados, tal es el grado de identificación que el aún joven maestro italiano, por entonces más vinculado al foso operístico que al repertorio sinfónico, alcanza con el autor del Réquiem alemán.

No hace falta decir que Giulini evita en todo momento deleitarse en la mera belleza sonora, pero que al mismo tiempo no deja de trabajar a fondo con la Philharmonia para obtener ese peculiar sonido tan difícil de conseguir, oscuro y aterciopelado, que hoy inevitablemente asociamos con el autor. La comparación con los ciclos de Toscanini y Klemperer deja bien claro que el de Barletta, contando con una técnica no inferior a la de los citados, hace que la agrupación londinense se amolde con mucha mayor fortuna que aquéllos al peculiar universo sonoro brahmsiano.

En cualquier caso, y siendo en todo momento un ciclo de alto nivel, no podemos dejar de revelar algunos altibajos. De hecho es una relativa decepción la Primera Sinfonía, no en balde la página que menos extraordinariamente bien haría Giulini a lo largo de su carrera. Esta notable interpretación de 1962 resulta muy sincera y va directa al mensaje, pero le falta un poco más de de tensión interna y de imaginación en comparación con lo que más tarde haría el propio Giulini con la Filarmónica de los Ángeles, con la Filarmónica de Viena o con nuestra JONDE.

No hay reparo alguno ante esta cálida Segunda, pues aunque ciertamente sus dos registros posteriores (Los Ángeles y Viena)son aún más emocionantes, aquí ya Giulini alcanza el punto exacto entre dramatismo y vuelo lírico, entre belleza sonora y contenido expresivo, entre extroversión e introversión. Una maravilla.


La Tercera vuelve a ser una lectura de extraordinaria naturalidad y sinceridad expresiva que va al grano sin detenerse en ningún tipo de devaneo. Siendo sin lugar a dudas genial el primer movimiento y manteniéndose casi al mismo nivel el segundo, el Poco Allegretto queda muy por debajo del mucho más efusivo y conmovedor que más tarde haría con una milagrosa Filarmónica de Viena; al Allegro final, en todo caso espléndido, le faltan el arrebato y el poso siniestro de la referida versión.

La Cuarta con la New Philharmonia (recordemos que tras la ruptura con Walter Legge la formación británica había adquirido este otro nombre) es una versión admirablemente ortodoxa que sabe aunar poesía íntima y rebeldía sin caer ni en el preciosismo ni en el desmelene, si bien el tercer movimiento parece más lento de lo que pide el conjunto, que tampoco es precisamente rápido. Magnífica lectura, en cualquier caso, que palidece ante la que el propio Giulini grabó solo un año después con la portentosa Sinfónica de Chicago para la propia EMI.

Reeditada recientemente en la serie Great Recordings of the Century (y en una caja cuádruple dedicada a Giulini), es esta última una poderosísima interpretación, llena de fuerza interior, dramatismo y rebeldía, que en conjunto va de menos a más, culminando en un Allegro energico e passionato de una fuerza y sinceridad arrolladoras. Puede que se eche de menos el punto de melancolía otoñal, de esencialidad y de creatividad de su posterior interpretación con la Filarmónica de Viena para DG, pero ésta no es menos genial que aquélla y ofrece un punto de vista complementario e igualmente acertado.


La caja de EMI con las grabaciones londinenses se completa con unas magníficas Variaciones Haydn, de las que ofrece una versión paradójicamente tan ortodoxa como personal, muy sincera y poética, no especialmente brillante pero sí equilibrada, y con una Obertura trágica bastante menos interesante, pues manteniendo la sobriedad y estando magníficamente trazada, ofreciendo incluso algunos momentos espléndidos, en conjunto resulta algo impersonal y falta de magia. Sea como fuere, si se produjese la esperada reedición la compra sería absolutamente recomendable. Y con respecto a la Cuarta de Chicago, que sí se puede encontrar hoy en cualquier tienda, la cosa está clara: disco imprescindible en la discoteca de cualquier aficionado a la música sinfónica.

martes, 24 de marzo de 2009

El folclore según Béla Bartók y Ahmed Adnan Saygun

Bartok_Saygun

BARTÓK: Sonata para violín y piano nº 2. Rapsodia para violín y piano nº 1. ADNAN SAYGUN: Suite nº 3. Sonata op. 20.
Tim Vogler, violín. Jascha Nemtov, piano.
Hänssler PH09001
CD 70’
DDD
Gaudisc
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A S

En octubre de 1938 Béla Bartók viajó hasta Estambul con el propósito de conocer al joven compositor turco Ahmed Adnan Saygun (1907-1991). Con él tendría la oportunidad de viajar por la península de Anatolia para recopilar la música popular de la región, más húngara y menos persa de lo que en un principio el autor de El mandarín maravilloso había pensado.

Partiendo de esta colaboración, no muy diferente de la que el propio Bartók había mantenido con Kodály, se nos ofrece este disco en el que podemos escuchar sendas piezas para violín y piano, llenas de referencias folclóricas, de cada uno de los compositores. Las de Bartók, no hace falta decirlo, son magníficas. Las de Adnan Saygun no llegan a semejante altura, pero aun así merece la pena una escucha atenta tanto de la Sonata op. 20, escrita en 1941, que conoce en este soberbiamente grabado compacto su primer registro mundial, como de la espléndida Suite nº 3, ya de 1956. Ahora bien, que las piezas de ambos posean numerosos elementos en común no debe interpretarse como la influencia de un genio sobre un compositor menor, sino como el ofrecimiento de una respuesta parecida ante unos planteamientos estéticos similares.

El violín de Tim Vogler alcanza un admirable punto de equilibro entre tensión, rusticidad, vuelo lirico y sentido atmosférico.

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Artículo publicado en el número de febrero de 2009 de la revista Ritmo.

PS. En casos como este lo apropiado es hablar de la música, pero no por ello se puede obviar la excelencia de las interpretaciones. La toma sonora es fabulosa.

Sensacional debut discográfico de Lahav Shani y Múnich

En 2019 quedé hondamente impresionado por el Pelleas und Melisande de Schönberg que vi en un video, actualmente no disponible, en el que en...