¿Virtudes de este Brahms? Sin duda, la energía y electricidad que desprende una batuta de técnica extraordinaria que, aun no conociendo apenas a la orquesta que tenía delante, se mostró capaz de proyectar a la perfección una personalidad musical arrolladora, volcada a la extroversión, a la teatralidad y -a veces-a la rebeldía, aunque no siempre con la sinceridad deseable.
¿Defectos? El maestro, haciendo gala de su habitual rapidez en los tempi, se precipita en demasiadas ocasiones, cuando no cae abiertamente en la rigidez marcial. La fuerza interna que proyecta, inmensa, no suele está bien dosificada y le hace resultar con frecuencia machacón y hasta vulgar. Los excesos de la percusión, seguramente alentados por el propio Toscanini, son numerosos. Pero lo peor es la total ausencia de cantabilidad y vuelo lírico de estas interpretaciones: un Brahms sin ternura ni poesía no es Brahms.
El primer concierto se abrió con el himno nacional británico para dar paso a una interpretación en exceso contundente, muy escasa de verdadera hondura, de la Obertura trágica. Tras ella, la introducción de la Primera sinfonía no podía ser más bochornosa, por precipitada y machacona, con unos timbales completamente fuera de tiesto. El resto del primer movimiento estaría muy bien de no ser por algunas intervenciones de la percusión. El segundo es notable y presenta -como veremos también en el resto de los movimientos lentos- atractivos tintes de rebeldía. El tercero es bueno, antes extrovertido que poético. En el cuarto hay de todo, e incluso a ratos convence, pero la coda vuelve a resultar precipitada y mucho más epatante que grandiosa. La orquesta comete alguna pifia más o menos sonada.
La de la Segunda resulta una interpretación más equilibrada, pero tampoco sobrepasa el listón de la medianía: esta obra no puede jamás funcionar sin esa cantabilidad que le es propia. Al menos el primer movimiento está muy bien trazado y no tiene salidas de tono. El segundo interesa por su carácter anhelante y algo trágico. El tercero está bien, sobre todo por su rápido y electrizante trío, mientras que el cuarto alberga mucha fuerza, pero ésta es más bien efectista y la percusión resulta (¡otra vez!) brutal y gratuita.
El segundo y último concierto comienza con unas Variaciones Haydn tan correctas como aburridas que sólo empiezan a interesar -demasiado tarde- en la última variación. La gran sorpresa viene con la Tercera, precisamente la sinfonía más difícil de interpretar de las cuatro. Toscanini da la de cal con una lectura llena de sinceridad y apasionamiento. El primer movimiento, perfectamente trazado, sobresale por su fuerza y su rabia; el segundo muy rebelde y el cuarto angustiosamente dramático. Hay que reprochar, no obstante, un “Poco allegretto” impersonal y parco en poesía. Las codas de los movimientos extremos, por su parte, no están todo lo paladeadas que deberían. De no ser por estos reparos, sería una versión a colocar entre las grandes.
El nivel vuelve a caer en picado con la Cuarta, cuyo primer primer movimiento es el colmo de la vulgaridad e incluso llega a presentar alguna chapuza. El segundo resulta muy aséptico hasta que llega a un clímax interesante por su carácter encrespado. El tercero, como en las sinfonías Primera y Segunda, estaría muy bien por su electricidad si no fuera por los excesos de percusión. En el cuarto vuelve la contundencia “made in Toscanini”.
Que conste que lo hasta aquí escrito no pretende descalificar al italiano como director: su personalidad está muy definida y su batuta sabe conseguir lo que quiere. Ahora bien, para mi gusto sus maneras de enfocar la interpretación sinfónica resultan en general bastante poco convincentes, y desde luego escasamente adecuadas para un compositor como Brahms. De ahí que esta edición, de sonido monofónico sólo correcto y precio bastante caro, me parezca recomendable sólo para los fans del mítico maestro, a pesar de la notabilísima Tercera.


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