sábado, 14 de febrero de 2009

Discografía de las sinfonías de Brahms (II): Toscanini, contundencia sin poesía

Del Brahms de Arturo Toscanini existen numerosos testimonios, incluido una integral digamos “oficial” en BMG, pero he preferido acercarme a esta reciente edición de Testament porque la Philharmonia me parece una orquesta superior (aunque las notas de la carpetilla afirmen lo contrario) a la suya de la NBC. Las cintas eran propiedad de Walter Legge y se corresponden con los dos únicos conciertos del mítico maestro italiano al frente de la magnífica formación fundada años atrás por el marido de la Schwarzkopf. Estos tuvieron lugar en el Royal Festival Hall de Londres los días 29 de setiembre y 1 de octubre de 1952. Ni que decir tiene que con Toscanini nos encontramos en las antípodas del universo expresivo de Furtwängler al que dediqué la anterior entrega (enlace). Ya se sabe el tópico: la supuesta objetividad del italiano frente a la manifiesta subjetividad del alemán.

¿Virtudes de este Brahms? Sin duda, la energía y electricidad que desprende una batuta de técnica extraordinaria que, aun no conociendo apenas a la orquesta que tenía delante, se mostró capaz de proyectar a la perfección una personalidad musical arrolladora, volcada a la extroversión, a la teatralidad y -a veces-a la rebeldía, aunque no siempre con la sinceridad deseable.

¿Defectos? El maestro, haciendo gala de su habitual rapidez en los tempi, se precipita en demasiadas ocasiones, cuando no cae abiertamente en la rigidez marcial. La fuerza interna que proyecta, inmensa, no suele está bien dosificada y le hace resultar con frecuencia machacón y hasta vulgar. Los excesos de la percusión, seguramente alentados por el propio Toscanini, son numerosos. Pero lo peor es la total ausencia de cantabilidad y vuelo lírico de estas interpretaciones: un Brahms sin ternura ni poesía no es Brahms.

El primer concierto se abrió con el himno nacional británico para dar paso a una interpretación en exceso contundente, muy escasa de verdadera hondura, de la Obertura trágica. Tras ella, la introducción de la Primera sinfonía no podía ser más bochornosa, por precipitada y machacona, con unos timbales completamente fuera de tiesto. El resto del primer movimiento estaría muy bien de no ser por algunas intervenciones de la percusión. El segundo es notable y presenta -como veremos también en el resto de los movimientos lentos- atractivos tintes de rebeldía. El tercero es bueno, antes extrovertido que poético. En el cuarto hay de todo, e incluso a ratos convence, pero la coda vuelve a resultar precipitada y mucho más epatante que grandiosa. La orquesta comete alguna pifia más o menos sonada.

La de la Segunda resulta una interpretación más equilibrada, pero tampoco sobrepasa el listón de la medianía: esta obra no puede jamás funcionar sin esa cantabilidad que le es propia. Al menos el primer movimiento está muy bien trazado y no tiene salidas de tono. El segundo interesa por su carácter anhelante y algo trágico. El tercero está bien, sobre todo por su rápido y electrizante trío, mientras que el cuarto alberga mucha fuerza, pero ésta es más bien efectista y la percusión resulta (¡otra vez!) brutal y gratuita.

El segundo y último concierto comienza con unas Variaciones Haydn tan correctas como aburridas que sólo empiezan a interesar -demasiado tarde- en la última variación. La gran sorpresa viene con la Tercera, precisamente la sinfonía más difícil de interpretar de las cuatro. Toscanini da la de cal con una lectura llena de sinceridad y apasionamiento. El primer movimiento, perfectamente trazado, sobresale por su fuerza y su rabia; el segundo muy rebelde y el cuarto angustiosamente dramático. Hay que reprochar, no obstante, un “Poco allegretto” impersonal y parco en poesía. Las codas de los movimientos extremos, por su parte, no están todo lo paladeadas que deberían. De no ser por estos reparos, sería una versión a colocar entre las grandes.

El nivel vuelve a caer en picado con la Cuarta, cuyo primer primer movimiento es el colmo de la vulgaridad e incluso llega a presentar alguna chapuza. El segundo resulta muy aséptico hasta que llega a un clímax interesante por su carácter encrespado. El tercero, como en las sinfonías Primera y Segunda, estaría muy bien por su electricidad si no fuera por los excesos de percusión. En el cuarto vuelve la contundencia “made in Toscanini”.

Que conste que lo hasta aquí escrito no pretende descalificar al italiano como director: su personalidad está muy definida y su batuta sabe conseguir lo que quiere. Ahora bien, para mi gusto sus maneras de enfocar la interpretación sinfónica resultan en general bastante poco convincentes, y desde luego escasamente adecuadas para un compositor como Brahms. De ahí que esta edición, de sonido monofónico sólo correcto y precio bastante caro, me parezca recomendable sólo para los fans del mítico maestro, a pesar de la notabilísima Tercera.

3 comentarios:

jmfurtwangler dijo...

Tengo este ciclo y es muy similar al oficial para RCA. Tal vez sea esta interpretación, aun dentro de su estilo, ligeramente menos radical que el de RCA.Sobre que la orquesta sea mejor no lo tengo tan claro. El mal sonido tampoco ayuda mucho a diferenciar este extremo. En la primera creo que es preferible esta de Londres a la otra. Sobre la tercera creo que tanto en un ciclo como en el otro es la sinfonía de Toscanini, le viene como anillo al dedo:la mejor tercera junto con la de Szell.
En líneas generales, por eso intervengo aquí, esta es una de las integrales que más me gustan, junto con Szell y Sanderling. Dentro de las modernas mención especial para Gardiner. No me importa que no sea bramhsiano,concepto discutible que sólo puede tener como testigo a la tradición; tradición que por cierto Gardiner discute.¿Y por qué no va a tener razón?

Fernando López Vargas-Machuca dijo...

Agradezco mucho comentarios en línea distinta a la mía que enriquezcan lo aquí escrito, pero no puedo estar de acuerdo en las dudas sobre la superioridad de la Phlharmonia sobre la NBC. Walter Legge sabía muy bien lo que se hacía: construir la mejor orquesta del mundo. Creo que ni Berlín, ni Viena, ni Chicago ni Cleveland podían compararse con ella en los cincuenta.

El Brahms de Gardiner me horroriza, ya lo he escrito en algún otro lugar de este blog. Obviamente tenemos gustos muy distintos. Un saludo.

jmfurtwangler dijo...

El ciclo este de Londres me lo bajé, como otros muchos, con la mula (archivos APE pasados a formato CD AUDIO, por consiguiente, sin pérdida)y aunque hace tiempo que no escucho la grabación oficial con la NBC para RCA (la tengo pero guardada por ahí)juraría que el sonido, en general es peor que el de RCA, a pesar de haber leido en Scherzo que era bueno, y, dentro de mis limitaciones, no puedo o no sé apreciar la superioridad de la Philharmonía. Lo que si se percibe es que suena ligeramente más aterciopelada (aun dentro del estilo Toscaniano)que la de la NBC.
En la introdución del primer movimiento de la primera con la NBC observo tantas aristas y tensión que me produce dolor de muelas, no así la de la Philharmonía.Esto si lo recuerdo.