domingo, 23 de noviembre de 2014

Don Giovanni vuelve al Maestranza: faltó Mozart

Repone el Teatro de la Maestranza el Don Giovanni mozartiano que estrenó como producción propia en 2008. Se presentaba como arriesgada por aquello de ubicar la acción en los años 20 y en un sitio indeterminado de la costa que nada tiene que ver con Sevilla ni con España, y al final terminó saldándose con un estrepitoso fracaso.

A mí en aquel momento me pareció horrorosa. Ahora –acudí el pasado viernes gracias a una invitación de mi buen amigo Juan José Roldán– me ha resultado simplemente mediocre: es verdad que los tonos azul turquesa de la escenografía de Ezio Frigerio son atractivos, pero el vestuario de Franca Squarciapino no termina de convencer (los trajes de la escena de la fiesta parecen envoltorios de los Reyes Magos de chocolate) y, sobre todo, la propuesta de Mario Gas se mueve la mayor parte del tiempo dentro de una gris corrección para fracasar rotundamente en todo lo relativo a las apariciones espectrales del Comendador, primero vampiro en su ataúd (en lugar de estatua) para luego, durante la cena, aparecer vivito y coleando con sus sicarios para hacer justicia. Don Giovanni al final termina matando a estos –rematadamente mal resuelta la escena, además de contradictoria con la visionaria música– y haciendo creer a todos, con la ayuda de Leporello, que el seductor ha terminado en los infiernos. Al menos en esta ocasión la dirección de actores, que ha corrido a cargo de José Antonio Gutiérrez, ha estado mucho más cuidada que la del propio Gas.

Don Giovanni Mario Gas

Lo que ha mejorado muchísimo ha sido la dirección musical: frente a un Antoni Ros-Marbà que se mostró soporífero, el jovencísimo Maxim Emelyanychev ha ofrecido una recreación rutilante en la que ha demostrado asimilar las mejores enseñanzas de Teodor Currrentzis, en cuyo grupo MusicAEterna ejerce de clavecinista: desinterés tanto por la belleza sonora en sí misma como por la delicadeza mal entendida (nada que ver con el repugnante Mozart “cajita de música” que hacen muchos, del fallecido Abbado a Norrington pasando por Víctor Pablo), elevado sentido de los contrastes, vigor controlado, rusticidad muy desarrollada, tímbrica atrevida, electricidad en el fraseo y, sobre todo, una teatralidad desbordante. ¡Allí no había quien se aburriera! Lo hizo, además, desde una óptica “históricamente informada”, incluyendo no solo algunos guiños organológicos en la orquesta sino también tempi más rápidos de lo que es habitual en la tradición y una articulación historicista a la que los miembros de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla se entregaron no siempre con acierto técnico –faltaba la costumbre–, pero sí con un entusiasmo digno de todo elogio. Ah, y todo ello sin caer en las excentricidades e incluso disparates que el citado Currentzis –o Harnoncourt, o Harding– sí que cometen en este repertorio. El mismo Emelyanychev tocó el clave en los recitativos, y lo hizo con imaginación y entusiasmo admirables.

¿Le faltó algo a su dirección? Pues sí, yo eché de menos esa particular sensualidad agridulce y esa poesía trascendente que demandan los más excelsos momentos de inspiración mozartiana. Volveremos luego sobre ello, pero ahora no nos olvidemos de citar la buena labor de la Orquesta Barroca del Conservatorio de Sevilla –sobre el escenario– y la muy digna del Coro de la A.A. del Teatro de la Maestranza.

A Carlos Álvarez lo he encontrado bien de voz, salvando algún roce puntual que a mí no me importa. Interpretativamente, eso sí, sigue sin terminarme de convencer en el rol titular. Quizá haya estado ahora más entregado en lo expresivo que en Jerez (donde quisieron crucificarme por opinar que no daba la talla), pero creo que el personaje tiene que ofrecer muchos más matices canoros que enriquezcan su psicología. De las dos arias, mejor un muy vibrante “Fin ch'han dal vino” que un “Deh vieni alla finestra” sensible y voluntarioso, pero en exceso engolado. Semejantes limitaciones, todo lo relativas que se quiera pero apreciables, fueron compensadas por el malagueño con una desenvoltura escénica excepcional que le permitió personificar al libertino con total credibilidad.

Leporello fue David Menéndez. Personalmente me gusta que el criado tenga una voz más grave que la del amo, y no era el caso, pero el barítono asturiano cantó francamente bien y recreó el personaje –en lo vocal y en lo escénico– con mucha convicción; en el aria del catálogo tuvo la adecuada picardía pero no se pasó de rosca en busca del aplauso fácil. Francamente bien David Lagares como Massetto –un tanto monolítico, como la mayoría de los que se encargan de este poco lucido personaje– y correcto sin más el Comendador de Pavel Daniluk. No me gustó José Luis Sola como Don Ottavio: se mostró muy sensible y musical pero, precisamente por eso, quiso ofrecer unos matices canoros para los que su técnica no es suficiente, resbalando a la hora de ofrecer agilidades y pianísimos.

Tercera vez que escucho a Yolanda Auyanet como Doña Ana, tras las dos ocasiones (2005 y 2006) en que encarnó el personaje en la pedantorra producción de Francisco López para el Villamarta. La primera vez pensé que esta chica podría llegar lejos; ahora es cuando menos me ha entusiasmado: su vehemencia expresiva sigue ahí y la voz, sin ser para mi gusto atractiva en lo tímbrico, es de muy buena calidad, pero su línea me resulta algo dura. Estuvo muy bien, en cualquier caso, en “Or sai chi l'onore”, encontrándose más incómoda, comprensiblemente incómoda, en las terribles dificultades del sublime “Non mi dir”.

Flojísima la Doña Elvira de Maite Alberola. Me cuesta trabajo reconocerlo, porque la primera vez que escuché a esta chica la puse en este blog por las nubes y luego tuve dos ocasiones más de decir cosas buenas de ella. Aquí me pareció estridente, destemplada y poco musical, además de justita por abajo para el personaje. Rocío Ignacio cantó con corrección la Zerlina, pero la frescura, el sano erotismo y la picardía no las encontré por ningún lado. En realidad, el problema de la soprano sevillana fue el que tuvo casi todo el elenco: falta de verdadero espíritu mozartiano, es decir, de ese equilibrio entre belleza canora, morbidez en el fraseo, intensidad emocional y elevación poética que demanda esa música increíblemente hermosa y llena de claroscuros expresivos –siempre con el dolor detrás de la sonrisa escrita– por el genio de Salzburgo.

No seré yo quien suscriba la boutade del malogrado Mortier según la cual los cantantes españoles no saben cantar a este compositor, pero algo hubo de esto la función del pasado viernes 21. Y aquí la culpa entiendo que no es solo de los cantantes, sino también del director musical: creo que Emelyanychev estuvo tan volcado en inyectar entusiasmo teatral a la partitura que se olvidó de que esta música exige no solo eso, vitalidad y sentido de los contrastes, sino también una muy particular concentración imprescindible para destapar el tarro de las esencias. Eso debería haberlo trabajado más con la orquesta, y muchísimo más con unos cantantes a los que en este sentido encontré despistados. No sé si lo que falló fue la comunicación entre todos, pero lo cierto es que el gran ausente de este Don Giovanni a medio camino ha sido precisamente Mozart.

2 comentarios:

Pablo dijo...

Estuve anoche y me pareció un fiasco. Comparto en buena medida lo que has escrito. Un saludo.

Fernando López Vargas-Machuca dijo...

Estamos más o menos de acuerdo. Para los interesados:

http://www.elpatiodebutacas.com/2014/11/mediocre-don-giovanni-en-sevilla.html