sábado, 19 de enero de 2019

Orfeo y Eurídice en el Villamarta: una mala noche de ópera


Lamento decir –me había gastado los cincuenta euros con intención de pasármelo bien, aun sin saber qué me iba a encontrar– que el Orfeo y Eurídice de Gluck –versión francesa de 1774– que se presentaba anoche en producción propia ha sido una de las malas noches de ópera que he vivido en el Villamarta. Que son ya unas cuantas: eso de que el teatro jerezano ha sido un modelo de programación lírica a mí me parece una tergiversación de quienes se han llevado años atacando a Pedro Halffter y ensalzando a ese rey de la autoprogramación y príncipe de la carcundia estética llamado Paco López para convertir a este último en responsable del Maestranza. Felizmente no lo han conseguido, aunque me consta que han estado a punto de hacerlo hace tan solo unos días. ¡De la que nos hemos librado!

En cualquier caso, la responsabilidad última del tremendo fracaso de ayer ha sido no de López, que oficialmente ya no pinta nada en el Villamarta, sino de su actual directora. Y eso que he de aplaudir su valentía de no poner por una vez la responsabilidad escénica en manos de Don Francisco y realizar un encargo a mi viejo conocido Rafael Villalobos, con quien pude compartir hace años más de una función en este mismo teatro cuando era un chavalito extraordinariamente conocedor de la lírica. Por desgracia, Rafa ahora pretende ser el rey de la función con una propuesta a todas luces pretenciosa que funcionó a ratos sí y a ratos no, y en la que se alternaron logros muy interesantes con cosas que a mí –y me parece que también al público, que le aplaudió poquísimo– me irritaron bastante.

En sus notas al programa, el joven artista sevillano cita a Sartre y a Hakene como referentes para transformar el mito clásico en una reflexión sobre el envejecimiento, la enfermedad y la muerte, así como sobre la necesidad de pasar el duelo como única manera de alcanzar la reconciliación con uno mismo y con la existencia. Curiosamente, el planteamiento es similar al de la producción de Jürgen Flimm que, protagonizada por un excelso Bejun Mehta, pude ver en la Staatsoper de Berlín el pasado mes de julio y comenté aquí mismo. Sea como fuere, la materialización de la idea es muy distinta entre ambos; en el caso del regista alemán, yo diría que hubo aciertos mucho mayores y errores considerablemente más chirriantes y molestos que los que ha habido con Rafa. En Jerez las furias no eran nazarenos de Semana Santa, sino ancianos agonizantes en un muy siniestro hospital, mientras que el acto tercero no ha sido una pelea de alcoba entre los esposos sino un encuentro del Orfeo anciano con su mujer desdoblada entre la anciana enferma y la joven que guardaba en su mente, que es en lo que Villalobos transforma al personaje de Amor. Toda esta parte es lo que peor funcionó: el regista se arma todo un lío, y con él nosotros. Mucho más sugestiva la escena de las furias, sobre todo en su visualmente fascinante arranque, aunque al final la propuesta caiga en una extrema truculencia y en el más vulgar efectismo, incluyendo esas luces parpadeantes que están más vistas que el tebeo y que solo sirven para molestar.

Dicho esto, me pareció injusta la reacción del público frente a la labor de Villalobos cuando se volcó en aplausos ante lo realmente malo de la función, que fue la parte musical. No pude soportar casi en ningún momento el trabajo del tenor José Luis Sola; me destrozó la obra de principio a fin con su canto estrangulado, lleno de carencias técnicas y por momentos fuera de estilo, que alcanzó el cúmulo de despropósitos en las agilidades de “L'espoir renaît dans mon âme”. Muy mal que Villalobos le obligara a cantar fuera de escena y con micrófono la primera parte de su llegada al Elíseo, como tampoco fue de recibo que le quitara algunas frases al Amor para dárselas a Eurídice, una Nicola Beller Carbone voluntariosa y centrada, aunque con alguna carencia. Excelente la joven sevillana Leonor Bonilla, pero eso sirvió de poco en semejante contexto.

El Coro del Teatro Villamarta no puede con la obra. De acuerdo con que el de la Staatsoper berlinesa estuvo muy mediocre en aquella función antes citada, pero este no ha llegado ni a eso. Y muy gris, rutinaria, cuadriculada la dirección de Carlos Aragón al frente de una Filarmónica de Málaga de sonido más bien pobre. Solo en la Danza de las furias y en el ballet final se consiguieron buenos momentos en los que, sin tener que soportar a Sola, pudo brillar la enorme belleza de la partitura gluckiana.

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