miércoles, 15 de abril de 2026

Boulez, en medio del Concierto para orquesta: Bartók cuadrafónico en CBS

La compra de este SACD cuadrafónico editado Dutton Vocalion ha sido un capricho: hace años encontré en Londres un ejemplar de la edición original en este formato realizada por Sony y la dejé pasar. Me arrepentí mucho, así que he aprovechado esta nueva edición y remasterización. Me ha costado una pasta, porque con el Brexit, al llegar el envío a casa Correos me ha cobrado una importante tasa. ¿Ha merecido la pena? No lo sé, pero me lo he pasado muy bien escuchando este Concierto para orquesta de Belá Bartók registrado el 18 diciembre 1972 en el gran salón de baile del Manhattan Centre por Pierre Boulez y la Filarmónica de Nueva York el 11 mayo 1971.

En su momento, este registro fue un hito de la cuadrafonía. Se grabó con el maestro en medio de la orquesta, utilizando un podio en el que Boulez se podía dar la vuelta y colocando los instrumentos a su alrededor de la manera en que se mostró y sigue mostrando la carátula. ¿Resultados? Artificiales no, porque lo que el oyente percibe colocándose tal y como debe -los altavoces traseros verdaderamente detrás, no a los lados- es producto de grabar así, no de manipulación en la mesa de mezclas. Sí que son poco fieles con lo que Bartók pensó, esto es, una orquesta colocada a la manera tradicional. ¿Que aporta, entonces? Claridad, muchísima claridad: nunca antes había percibido el absolutamente genial tejido contrapuntístico de esta página como lo he hecho ahora. En cuanto a la versión, lo que dije en la discografía comparada: en absoluto la mejor tocada posible, y no siempre muy depurada en lo sonoro, pero beneficiándose de un Boulez que ama especialmente esta música y se muestra más vehemente que en sus ciertamente más refinadas grabaciones posteriores.

La versión completa de El mandarín maravilloso también lo comenté en la discografía comparada correspondiente. Gran recreación, dentro de una línea más bien expresionista. Se grabó el año anterior con una cuadrafonía mucho menos exagerada: solo se nota al principio y en la mágica intervención del coro. Obviamente, el reprocesado en alta definición ofrece sonido mucho más satisfactorio que el CD de Sony que muchos tenemos en casa.

En fin, si tiene usted dinero y ama a Bartók, permítase el lujo. Si no, escuche al menos el Mandarín en el compacto normal.

martes, 14 de abril de 2026

Con amigos así...

La Sinfónica de Sevilla interpreta esta semana el Tercero de Rachmaninov, con Anna Vinnitskaya como estrella solista. Una vez más, me lo perderé. Jordi Tort y María Jesús Ruiz, gerente y relaciones públicas, piensan que no soy absolutamente nadie en la crítica musical. También lo piensan, desde el muy principio, los estirados críticos de la "gran prensa" hispalense y el que fue alma mater del núcleo duro que se formó hace algunos años, no otro que Justo Romero. Lo cierto es que, para desesperación de algunos del citado grupo, yo podía haber estado entre los críticos de la prensa escrita y estar haciendo ahora mismo reseñas semanales de cada uno de los conciertos. Alguien se interpuso. Y ese alguien era quien yo consideraba mi mejor amigo.

Verán ustedes, hace ya unos cuantos años quedó un puesto libre en un célebre periódico sevillano, y la oportunidad se me ofreció directamente a mí. Se me ofreció, que casualidad, justo en la misma mañana en que yo me incorporaba a un instituto de Úbeda. Se invitó entonces a esa persona a incorporarse, y quedamos en que cuando yo volviese a esta tierra compartiríamos la responsabilidad. Volví. Y esa persona me dijo que no. Que nada de compartir. Que el puesto era suyo y solo suyo. Ya entraba gratis en todas las películas que les daba la gana en los cines de Sevilla repito: en todas, pero quería también la totalidad de la música más o menos clásica en Maestranza, Espacio Turina y Femás: sinfónico, ópera, antigua, contemporánea, jazz y hasta ballet. Así ha sido hasta el día de hoy, y lo seguirá siendo. No creo que exista en España un crítico tan extremadamente acaparador. 

Yo no protesté entonces. Le tenía un enorme cariño y profesaba por él una admiración inmensa. Solo me atreví a sugerirle que, para mejorar los resultados de sus críticas, hiciera como yo: audiciones comparadas de las obras más famosas. Recuerdo que se lo dije en un restaurante de Madrid. Montó en cólera. Que yo estaba loco por escuchar tantas grabaciones, que eso a él no le hacía falta, que qué me había creído. Incluso me dijo una mentira sobre la arriba citada María Jesús Ruiz para terminar de abrir la herida entre ella y yo. Consiguió esto último: jugada perfecta.

Luego ocurrieron cosas más graves, pero esas pertenecen al ámbito estrictamente privado. Solo quiero, necesito, contar lo que a la crítica musical se refiere. En fin, yo perdiéndome lo que me gusta. Mientras, él disfruta de lo lindo entrando gratis a mí cada vez que voy desplazamiento y aparcamiento me cuestan un huevo y escribiendo reseñas que tiran mucho de Wikipedia, porque de distinguir entre interpretaciones la cosa anda escasita. Eso sí, me parece bastante más fiable en sus gustos que los de la kale barroka, de aquí a Lima.

El jueves me quedaré en casa con mis discos. El viernes tendrán ustedes la reseña de alguien que ama el Tercero de Rachmaninov muchísimo menos que yo y que, con seguridad, no se ha sumergido en su discografía -aquí tienen lo que hice con la mejor de mis voluntades- dedicándole el tiempo que yo lo he echado. Si acaso, habrá escuchado alguna cosa esa misma tarde mientras hacía alguna otra labor. Dedicará media crítica a contar las circunstancias en que se escribió la obra, en cuáles son sus movimientos y tal. Hablará de la película Shine, sin duda. Y colará: ése es justo el problema.

Por cierto, he escuchado el Tercero de Vinnitskaya con la Filarmónica de Berlín disponible en la Digital Concert Hall. La señora toca divinamente, con naturalidad y sin rigideces, evidenciando facilidad pasmosa. Supera a muchos pianistas célebres que aquí caen en el mecanicismo, pero no llega al olimpo reservado a quienes ustedes y yo sabemos: Ashkenazy, Argerich, Gavrilov, Kissin, Lang Lang, quizá Trifonov... ¡Y Lugansky, que lo toca mañana en Bilbao! Apúntenlo los bilbaínos, por favor.

domingo, 12 de abril de 2026

Sinfonía 8 de Shostakovich: discografía comparada

El problema no son Trump, Netanyahu y quienquiera que encabece en este momento la dictadura iraní. Los culpables son los cientos de miles, millones de personas que en todo el planeta están de acuerdo con eso de que "nuestro país es lo primero", que piensan que se encuentra justificado imponer el modo de vida de la religión propia –la única verdadera– a toda la población y que consideran las guerras iniciadas por pura ambición son absolutamente legítimas. A veces los pueblos recapacitan y se dan cuenta de los errores cometidos –esta noche podría perder el poder ese demonio llamado Viktor Orbán–, pero a la postre el ser humano va a seguir siendo el mismo y recurrirá a la guerra una y otra vez no para defenderse, sino para imponerse sobre el otro. Por eso mismo la Sinfonía nº 8 de Shostakovich se encuentra más vigente que nunca: aquí van unas propuestas de audición.



1. Kondrashin/Filarmónica de Moscú (Melodiya, 1964). Enfoque y estilo extraordinariamente certeros en una lectura intensa y visceral, quizá algo externa en su violencia en algún momento y no del todo lograda en el movimiento conclusivo, que evidencia la perfecta comprensión que el maestro tenía del universo de Dmitri Dmítrievich. Lástima que la orquesta se quede muy corta en la sección de metales y que la toma sonora no la beneficie precisamente: la compresión de los fortísimos llega a resultar insoportable. (8)



2. Previn/Sinfónica de Londres (EMI, 1973). En la primera grabación de la página realizada en Occidente, y por ende sin apenas referencias fonográficas en las que apoyarse, Previn ofrece un logro mayúsculo en el que no solo demuestra comprender y amar la partitura, sino también un extraordinario de la técnica de batuta y un enorme control de su orquesta. Y es que no hay otro secreto detrás de este triunfo que el de una rigurosísima planificación que atiende especialmente la globalidad –nada sencillo trazar con semejante solidez los veinticinco minutos del primer movimiento– sin descuidar los detalles, clarificando en todo momento y orientando con certeza a cada una de las decisivas intervenciones solistas. Bueno, quizá haya uno más: no confundir la desesperanza con la languidez ni el dolor con lo lastimero, que es justo lo que les ocurrirá a otros maestros. Añadamos a esto una sonoridad que, sin necesidad de recurrir a la aspereza, se aparta del “romanticismo” en el que igualmente incurrirán otras batutas. Los dos primeros movimientos son particularmente impresionantes, mientras que el tercero, rápido y cortante, es una hiriente denuncia solo superada por el milagro que más adelante conseguirá  Solti en Chicago. Muy bien, solo eso, los dos últimos: una que al gran clímax central del quinto le falte un poco de fuerza, en parte debido a las relativas insuficiencias de una orquesta que, aun evidenciando gran nivel, no está a la altura de las más grandes. El reprocesado que circula en occidente deja muchísimo que desear. Intente conseguir los archivos del SACD japonés que de manera corsaria se localiza por la red: ahí sí que se puede disfrutar de una toma de sonido muy notable por redondez, equilibrio de planos y naturalidad. (9)



3. Sanderling/Sinfónica de Berlín (Berlin Classics, 1976). El maestro hace gala de su filosofía “humanista” y de su habitual renuncia en Shostakovich al expresionismo para optar por una visión más profunda y particularmente sombría, pero en esta ocasión, y aun logrando una interpretación más que interesante, no logra levantar el edificio sinfónico de manera del todo satisfactoria. El primer movimiento resulta algo moroso y no termina de levantar el vuelo; su final, eso sí, es mágico. El segundo necesita mayor intensidad dramática: aquí sí que se echa de menos un enfoque más visceral. Poca sintonía tiene el maestro con el tercero, en exceso descafeinado bajo su batuta. Lo mejor quizá sea la Passacaglia, más atmosférica y reflexiva que descriptiva: por eso mismo no es la más escalofriante que se puede escuchar, pero sí una de las más hondas. El quinto se encuentra planteado y resuelto de manera admirable, incluyendo algunos hallazgos –maderas en el minuto 12– de verdadero artista. El final no resulta desolador, tampoco resignado: se llega a él con una mágica mezcla de dignidad y serenidad sin necesidad de agachar la cabeza. La orquesta funciona magníficamente en lo que a la cuerda se refiere, si bien los metales se quedan cortos. Notable la toma, de apreciable relieve en el reciente rescate en alta resolución; por desgracia, y como era de esperar, su fuerte compresión dinámica fastidia alguno de los momentos más relevantes de la audición. (8)



4. Mravinski/Filarmónica de Leningrado (DVD Dreamlife y SACD Praga, 1982). Se suele decir que esta obra, de una manera u otra, pertenece a Mravinski. Razones no faltan, porque la implicación expresiva del maestro es tremenda, como ya queda de manifiesto en un primer movimiento rápido, trazado con excelente pulso, sincero en su carácter estremecedor y virulento, pero sin caer en un excesivo expresionismo ni olvidar la cantabilidad propia de una batuta que fue romántica ante todo. Scherzo implacable, mecánico, violento pero sin descontrol. Magnífico el Allegro non troppo, implacable sin ser mecánico, sobresaliendo la labor de una trompeta particularmente chulesca en la sección central; lástima que la toma desequilibre los planos. La Passacaglia parece menos atmosférica, más lacerante y dramática que otras veces. El Allegretto conclusivo se encuentra francamente bien planteado, dicho además con ganas tanto por parte de la batuta como de los solistas de la orquesta, pero también hay que reconocer que el clímax, aun siendo muy rebelde, no se halla todo lo preparado que debiera; se ve seriamente afectado (¡una vez más, qué cruz!) por la compresión dinámica. A la coda se le podría sacar mucho más partido, e incluso parece que, al subrayar la última nota de la flauta, el maestro quisiera abrir un cierto camino a la esperanza. De la orquesta solo cabe decir maravillas, particularmente en lo que a su cuerda se refiere, si bien sus metales ácidos y estridentes, muy “a la rusa”, pueden no resultar del agrado de los oídos más “occidentalizados”. Sus excesos, por otra parte, se deben a la toma. ¿Qué edición escoger? El vídeo suena monofónico, pero en contrapartida vemos al maestro en su faena. El SACD sí suena en estéreo, pero sufre la aludida compresión dinámica. La edición de Philips ha sido descartada por los especialistas por, al parecer, incorrecciones en la velocidad de la cinta. (9)



5. Haitink/Orquesta del Concertgebouw (Decca, 1982). Parece mentira que un director completamente ajeno al universo del compositor, que se acercó a este mundo por imposición de la discográfica, alcanzara tal grado de sintonía con una partitura que apenas se había grabado y –supongo– interpretado en Occidente. Y no solo con la partitura, sino también con el estilo: el holandés no necesita “romantizar” a la manera de Mravinsky, ni de extremar hasta el límite de lo soportable su vertiente expresionista como hará Rozhdestvensky. La proverbial neutralidad de su batuta sienta aquí de maravilla, y si por ello mismo los dos primeros movimientos no alcanzan el grado de temperatura emocional e inmediatez expresiva de Previn, los otros tres son de absoluta referencia: quizá ningún otro director haya reflejado de semejante manera la vertiente maquinista del tercero –Solti impresionará ahí por su incomparable electricidad, pero eso es otra cosa–, el carácter yerto –viento gélido, escalofriante– del cuarto y la sucesión de muecas macabras del quinto, hasta llegar a una conclusión que quizá nunca haya sonado tan falta de esperanza. Obviamente, para conseguir todo esto no hace falta solo una musicalidad fuera de lo común, sino también una orquesta de primerísima –por la sonoridad global y, sobre todo, por sus primeros atriles– y una técnica de batuta capaz de planificar con perfecta solidez el trazo y de sostener las tensiones en los momentos más necesitados de concentración, particularmente en la Passacaglia. Por si fuera poco, la toma sonora es de una pureza tímbrica, una transparencia y un equilibrio de planos fuera de lo común; falta un grado todavía mayor de gama dinámica, pero no se puede tener todo. Disco imprescindible. (10)



6. Rozhdestvensky/Sinfónica del Ministerio de Cultura de la URSS (Melodiya, 1983). El marido de la Postnikova ha sido quien desde siempre ha llevado más lejos la apuesta por un Shostakovich expresionista: extremadamente ácido y tenso, voluntariamente feísta en la sonoridad, por completo alejado de cualquier tentación de romantizar la música. Decisión radical y por ende sujeto a debate, aunque en una obra como esta resulta por completo convincente ya desde un arranque tenso a más no poder. El desarrollo del primer movimiento resulta muy visceral, aunque en la sección central hay algún momento no del todo controlado. El segundo, corrosivo y sarcástico en grado extremo: ¡qué maderas! El tercero llama la atención por unos metales particularmente estridentes y una trompeta que hace que alude a lo militar con indisimulada mala leche. Los dos últimos, lástima, no son tan personales e imaginativos: el cuarto resulta más seco y espectral que patético, mientras que en el quinto se borra todo rastro de emotividad y se adopta un punto de vista distanciado, abstracto incluso. La orquesta responde de manera satisfactoria a las demandas de virtuosismo que exige la partitura, si bien los metales se nos antojan demasiado broncos. (9)



7. Solti/Sinfónica de Chicago (Decca, 1989). Magnífica toma en vivo para una recreación que cuenta como gran baza con una CSO absolutamente espectacular, modelada por una batuta de técnica portentosa que es capaz de conseguir pianísimos imposibles y fortísimos atronadores, al tiempo que traza la arquitectura con perfecta solidez, clarifica todas las texturas y es capaz de descender al más minucioso detalle en absoluta complicidad con los primeros atriles. Otra cosa es que el maestro, en todo momento comunicativo y ajeno a la vulgaridad, termine de sintonizar con la obra. Al movimiento inicial le faltan esa atmósfera opresiva y ese desasosiego que sí conseguían un Previn o, sobre todo, un Haitink; incluso hay por ahí algún portamento muy inconveniente. El Allegretto es un prodigio, particularmente por unas maderas de virtuosismo tal que hay que oírlo para creerlo. Amenazador e implacable el tercero, con una trompeta más chulesca que sarcástica, concluyendo con un clímax espeluznante en el que los metales de los chicagoers, poderosísimos sin perder redondez, nos ponen los pelos de punta. Depuradísima la passacaglia, aunque de nuevo Haitink resulta muy preferible. El movimiento conclusivo sí que está a la misma altura, sobresaliendo la perfecta delineación del pasaje fugado y el solo de violonchelo, tal vez el más emotivo (¿recuerdos de los momentos felices?) de toda la discografía. El final resulta voluntariamente seco y austero. (9)



8. Ashkenazy/Royal Philharmonic (Decca, 1991). El maestro nacido en Gorki siempre sabe lo que tiene entre manos cuando de Shostakovich se trata, pero su tendencia a quitarle garra a la música la música se evidencia en exceso en esta lectura tan bien planificada como insustancial. El primer movimiento es muy correcto, sin languideces, pero suena a ratos demasiado pacífico y domesticado. El segundo es espléndido, y el tercero lo sería de no ser por la sosa trompeta. Asépticos cuarto y quinto, faltos de aristas y de carácter siniestro. El final es absolutamente descafeinado. Ahora bien, la labor técnica es tan sólida que hace subir puntos a la versión. (7)



9. Rostropovich/Sinfónica Nacional de Washington (Warner, 1991). Slava no opta por el expresionismo. La suya es una lectura humanista e interiorizada, poco visceral y no muy sarcástica, que destaca ante todo por su fraseo natural, cantable cuando debe, así como por el carácter espectral, desmaterializado y lleno de desolación que aporta a la obra, sobre todo en los dos últimos movimientos. El primero destaca por su congoja plenamente humanista. El segundo está muy bien, dentro de una línea ortodoxa. El tercero, esperpéntico antes que militarizado o implacable, resulta algo descafeinado. En general, en los clímax se echan de menos garra y virulencia, quizá porque la orquesta no es capaz de dar toda la gama dinámica requerida: esta vez no es culpa de la toma. (8)



10. Previn/Sinfónica de Londres (DG, 1992). No se puede aquí decir eso de “si quiere usted conocer la visión de Previn con la LSO, escoja esta grabación que es técnicamente muy superior a la de diecinueve años atrás”. Sencillamente porque, aunque las virtudes son muy similares, el ángulo de visión es distinto. Antes se sentían (¡y vivían!) las cosas desde primera fila –sin llegar a estar “dentro”, como Rozhdestvenski–, ahora se hace desde la distancia, espacial y temporal. Ni siquiera está del todo claro que el asunto vaya necesariamente sobre la guerra. Como Rostropovich, el anciano Previn parece que se interesa más por el más hondo dolor humano que por la herida sangrante; que intenta mover más a la reflexión que a la emoción; que se queda con la esencia más despojada de la música hasta aproximarse a la desmaterialización. Para lograrlo apuesta por tempi considerablemente más lentos –sobre todo en la Passacaglia, que pasa de 11’16’’ a 13’16’’–, pero sin miedo a que las tensiones pierdan pulso: tal es la habilidad de la batuta para planificar. La orquesta responde con enorme acierto y alguna aportación. Es el caso de la trompeta en su decisivo solo del tercer movimiento, que al recurrir al legato en algunos momentos resta carácter castrense y se aproxima a una especie de guiñol burlesco, lo que conociendo a Shostakovich no es ninguna tontería. Y no, no es cosa de Previn porque pocos años más tarde le escuché la obra a la LSO en Granada bajo la batuta de Haitink y se repitió la propuesta. (9)



11. Barshai/Orquesta de la WDR (Brilliant, 1995). Rudolf Barshai tenía línea telefónica directa con Shostakovich, y eso queda claro en esta soberbiamente interpretada lectura en la que el maestro demuestra conocer de primerísima mano estilo, expresión e intenciones. No solo eso: frasea con naturalidad y amplitud –los 27’27’’ del primer movimiento solo son superados por Previn–, construye con solidez, equilibra los planos y hace sonar con propiedad a una orquesta que ya era notable, pero que todavía no había alcanzado la excelencia de hoy. De hecho, hay algún error de ejecución que bien se podría haber corregido en la mesa de edición. Por lo demás, el segundo movimiento es excepcional, notable solo el quinto, pero globalmente es una lectura espléndida. Soberbia la toma, como no podía ser menos contando con la acústica de la Philharmonie de Colonia. (9)



12. Sanderling/Filarmónica de Berlín (YouTube, 1997). Veintiún años después de su registro en estudio, el gran Kurt Sanderling pasa de la Sinfónica a la Filarmónica –la de tiempos de Abbado– para ofrecer una interpretación en la misma línea: relativamente lenta en los tempi, atmosférica antes que visceral, reflexiva sin ser nihilista y marcada por un profundo humanismo. Lo interesante es que esta vez las cosas funcionan mejor, incluso mucho mejor. ¿La orquesta? Puede ser: a pesar de las muchas imperfecciones propias del directo –del directo de entonces: en la actualidad tocan de manera impecable–, los Berliner Philharmoniker ofrecen los mimbres ideales para la visión que el maestro tiene de la partitura y unos primeros atriles de lujo –impresionante la flauta de un jovencísimo Emmanuel Pahud– que encadenan un acierto expresivo tras otro. Pero no es solo eso. El maestro, sea por la sabiduría que otorga la edad o porque ese día se encontraba especialmente motivado, ofrece ahora un primer movimiento más sólido en su arquitectura, un segundo muy encendido que combina bastante bien rabia con sarcasmo y un tercero de cuerda implacable en el que se echa de menos una trompeta superior. Memorables los dos últimos, como era de esperar. Una referencia, pues, que hay que conocer a pesar de que la toma, una vez más, no está a la altura de las circunstancias. (10)



13. Jansons/Sinfónica de Pittsburg (EMI, 2001). Inexplicable que este disco recibiera algunas reseñas muy elogiosas. El primer movimiento no se encuentra bien construido: blando y mortecino y tendente al llanto. El segundo y el tercero están muy bien. Los dos restantes son aceptables pese a tender igualmente hacia la blandura. La orquesta se queda algo corta, aunque venturosamente Jansons no opta por limar las aristas tímbricas. (6)



14. Kitajenko/Gürzenich-Orchester Köln (Capriccio, 2003). Como en gran parte de su ciclo –hay excepciones–, aburrida corrección por parte de Kitajenko. Primer movimiento lento, flácido, insincero y aburrido. El segundo y el tercero son correctos sin más, faltando fuerza y rebeldía. La Passacaglia es más tristona que doliente; falta tensión interna. El quinto empieza bien, pero tras llegar al clímax –no muy rebelde–, se va deshilachando poco a poco, en parte por las intervenciones solistas. Al menos el formato SACD ayuda bastante. (6)



15. Caetani/Sinfónica de Milán (Arts, 2004). ¿Por qué demonios se graba esta música con una orquesta tan pobre? Tampoco es que el hijo de Igor Markevitch dirija bien. De hecho comienza mal, muy mal, con rigidez y movido por las prisas. Luego se centra y ofrece momentos muy intensos, aunque falta a veces claridad –segundo movimiento–, hay desajustes –la trompeta en el tercero– y algunos pasajes están desaprovechados –maderas en el cuarto–. Coda algo aséptica. A olvidar. (5)



16. Haitink/Sinfónica de la Radio de Baviera (BR, 2006). Veinticuatro años han pasado desde su soberbio, referencial registro en Ámsterdam, y Haitink recorre un camino parecido al que, a lo largo de diecinueve, cogió Previn en sus dos grabaciones londinenses: tempi considerablemente ralentizados -salvo en el segundo movimiento-, menor rebeldía, avance hacia la desmaterialización. En el primer movimiento aparen un par de detalles “románticos” que no convencen, mientras que -al igual que Previn, quizá inspirándose ambos en el solista de la LSO- la trompeta del tercero pierde todo su carácter militar para dibujar, quizá, las danza tristona y risible de un lastimoso payaso. Los dos últimos movimientos de esta nueva versión son por completo sensacionales, tanto por la dirección como por la labor de los primeros atriles muniqueses; grandes aplausos para los que se encargan de los solos tras las grandes explosiones finales, que a su vez dan paso a una escalofriante coda. La toma es suficiente, pero mucho menos buena que la de la ocasión anterior. (9)



17. Vasily Petrenko/Royal Liverpool Philharmonic (Naxos, 2009). Un enfoque abstracto como este no solo es muy válido, sino que puede funcionar de maravilla: lo demostró Bernard Haitink. Lo que no es de recibo es que la interpretación carezca de la tensión necesaria, se encuentre lastrada por una manifiesta timidez expresiva y caiga en la blandura. El primer movimiento se encuentra mal construido y carece de rebeldía. El Allegreto se queda en lo correcto, aunque la Royal Liverpool Philharmonic puede lucir en su sección final un notable virtuosismo. El tercer movimiento, con una trompeta sin la intencionalidad necesaria, no conduce bien sus tensiones hacia el gran clímax que precede a la estremecedora Passacaglia, que con el director ruso suena más bien tristona y apagada. En el Allegretto final se llega al clímax sin fuerza y, tras unas intervenciones solistas despistadas en lo expresivo, la partitura se cierra en medio de la indiferencia. Lo más flojo del ciclo de este, en otras ocasiones, admirable director. (5)



18. Nelsons/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2010). Irregular en sus aproximaciones al universo de Shostakovich, el maestro de Riga nos ofrece una lectura lenta, bien paladeada, pero no solo construida sin la suficiente tensión interna, sino también algo despistada en lo expresivo. El arranque algo blando; luego se centra, sin que termine de destilar rebeldía. Segundo y tercer movimiento están bien, a secas, dentro de un enfoque poco expresionista. Los tres golpes de timbal al final del segundo, muy separados entre sí –como hacía Previn–, no convencen. El cuarto, muy lento y atmosférico, carece de tensión suficiente. El quinto resulta muy correcto hasta el gran clímax, pero a partir de ahí se suceden una serie de solos muy desafortunados en lo expresivo, particularmente el del violonchelo; excepción es el violín. La coda, muy lenta, resulta atractiva por su extrema sequedad. (7)



19. Nelsons/Orquesta del Concertgebouw (Blu-ray Cmajor, 2011). Esta es una interpretación más sólida y mejor encaminada que la suya en Berlín, sin los detalles de blandura fuera de lugar que entonces había. Abstracto en su enfoque, antes distanciado y sobrio que virulento, funciona muy bien un movimiento inicial adecuadamente planificado. Irreprochable el segundo, que se beneficia de sensacionales solistas muy acertados en lo expresivo –sin cargar las tintas–; de nuevo no convence el cierre con tres golpes de timbal muy separados. Bien a secas el tercero, no del todo implacable y nada burlesco. Secos, sobrios y distanciados los tres últimos, sobresaliendo la fuga del quinto: admirablemente disección por parte de la batuta y fabulosa ejecución por la de la orquesta holandesa. Por una vez, la tecnología responde: impresionante la toma. (8)



20. Nelsons/Sinfónica de Boston (DG, 2016). En lo que a la ejecución se refiere, esta es una realización prodigiosa: la orquesta está soberbia y la batuta planifica con una atención tanto a la globalidad como al detalle digna de asombro. Tensiones y distensiones, dinámicas, tejido polifónico, tratamiento del color… Todo es de primerísimo nivel. En cuanto a la interpretación propiamente dicha, el maestro sigue en su línea llamémosle “objetiva” que recuerda a Haitink, solo que sin alcanzar el grado de emotividad que, pese al consabido distanciamiento del maestro holandés, alcanzaba aquella lectura. Hay que destacar, en cualquier caso, la soberbia planificación del dilatado primer movimiento, las portentosas intervenciones de los primeros atriles en el segundo –de nuevo no convencen los tres golpes de timbal– y el acierto generalizado por parte de Nelsons de no confundir, esta vez, lo triste con lo lastimero ni la resignación con la blandura. Impresionante la toma sonora tanto en alta definición como en Dolby Atmos. (8)



21. Kirill Petrenko/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2020). El maestro tiene una de las técnicas de batuta más grandes que se recuerdan. La orquesta es la ideal para esta partitura en concreto, por la oscuridad y rotundidad de su sonido pero también por la musicalidad de los primeros atriles, llamados en esta Op. 65 a ofrecer intervenciones decisivas. En lo que a cuestiones expresivas se refiere, Kirill se muestra tan sensato como moderado en sus planteamientos. No necesita “romantizar” la obra ni extremar su virulencia expresionista. Otra cosa es que no termine de encontrarle el punto al primer movimiento, sobre todo porque en los momentos más introvertidos parece confundir la aflicción lacerante con lo tristón, por no decir con lo lastimero; a medida que avanza se muestra capaz de ofrecer momentos muy encrespados (¡con semejante orquestón no podía ser menos!), pero se percibe una descompensación entre los gestos de rabia que transmite su rostro y lo que realmente se escucha. No hay reparo para el Allegretto: Petrenko sabe resultar áspero y sarcástico modelando a sus músicos con la sonoridad adecuada y clarificando las texturas con mano maestra. El allegro non troppo está muy bien. Solo eso: interesa más implacable y con más mala leche. La Passacaglia tampoco resulta del todo desasosegante, pero aquí la labor de los solistas es fundamental: ¡cómo están Mathieu Dufour y Andreas Ottensamer! Muy bien planificado el movimiento conclusivo, sin que Petrenko se muestre muy interesado en subrayar la ironía ni la negrura de los pentagramas. Grave compresión dinámica de la transmisión en vídeo: he escuchado en Qobuz la versión que procede del SACD editado por la propia orquesta y ahí se encuentra corregido el problema –suena de maravilla–, así que debe usted plantearse si conocer esta versión con imágenes o sin ellas. (8)



22. Currentzis/Sinfónica de la SWR de Stuttgart (YouTube, 2023). Se le suele dar estupendamente Shostakovich al maestro ateniense, y esta no la excepción. Sin embargo, al primer movimiento le cuesta un poco arrancar. Incluso más adelante las tensiones no terminan de encontrar del todo bien planificadas. La orquesta, pese a su incuestionable calidad, tampoco acaba de rendir al nivel en que lo han hecho las grandísimas que se han acercado a esta página; buenos sin más los primeros atriles, incluido un corno inglés no muy allá. Sensacional el segundo movimiento, el que mejor le suele salir a los diferentes maestros: mordaz y visceral, tocado con muchísima intensidad por unos músicos que, pese a esas relativas limitaciones antes referidas, se dejan la piel en el asunto. El tercero no acostumbra a salir tan maravillosamente bien como aquí a Currentzis, uno de los pocos maestros que se acerca a la inalcanzable recreación de Solti. Concentrada, severa, espectral la Passacaglia, como debe ser. Tras un clímax que suena con rabia, ya que no con el volumen que debería –la culpa es de la toma, para variar–, el movimiento conclusivo se desarrolla con solidez de trazo, acierto pleno en la expresión y apreciable intensidad. (8)



23. Altinoglu/Sinfónica de la Radio de Frankfurt (YouTube, 2025). Esta filmación sirve como botón de muestra de lo mucho que ha venido el nivel técnico de orquestas y batutas en las últimas décadas: hace tan solo cuarenta años hubiese sido impensable, salvo en las grandes capitales con las mejores formaciones del mundo, escuchar en directo una Octava tan bien tocada y expuesta, tan limpia y sólidamente trazada, capaz de superar con nota los terribles retos que plantea la partitura. En lo expresivo Alain Altinoglu se muestra certero, sensato y convincente, siempre dentro de una visión más “romántica” que expresionista, aunque no exenta de relativas irregularidades. Asl primer movimiento le falta un punto adicional de tensión interna y le sobra alguna decisión controvertida para llegar la excelencia. Esta sí se alcanza en el segundo y en el tercero, beneficiándose este último de una trompeta francamente notable. La dificilísima Passacaglia también sale a pedir boca: ¡qué clarinete! En el Finale los primeros atriles demuestran enorme categoría, si bien a la batuta le falta grandeza opresiva en el clímax; la coda, algo más resignada de la cuenta. Gloriosa imagen en 4K; el audio adolece de una severa compresión dinámica. (8)

jueves, 9 de abril de 2026

Primera Sinfonía de Tchaikovsky: discografía comparada

Actualizaciones

9-04-2026. Vuelvo a escuchar el registro de Rostropovich e incluyo comentarios de los de Bernstein, Heras-Casado y Paavo Järvi en Zúrich.


21-03-2012. Esta entrada se publicó originalmente el 15 de mayo de 2010. Añado ahora comentarios sobre las interpretaciones de Chailly, Svetlanov’02 y Valcuha, de referencia la segunda de las citadas.

______________________________


Tchaikovsky compuso su Sinfonía nº 1, Sueños de Invierno, en 1866, cuando contaba tan solo veintiséis años. Por ende, es lógico que en su escritura se evidencie una personalidad no del todo formada aún, lo que no impide que la partitura apunte con claridad el talento del joven compositor, albergue una admirable belleza melódica y se escuche con mucho placer. La partitura se divide en cuatro movimientos, los dos primeros de los cuales poseen contenido programático.

1. Ensueños de un viaje de invierno. Allegro tranquillo.
2. Tierra de desolación, tierra de niebla. Adagio cantabile ma non tanto.
3. Scherzo. Allegro scherzando giocoso.
4. Finale. Andante lugubre. Allegro maestoso.


1. Maazel/Filarmónica de Viena (Decca, 1964). A sus treinta y cuatro años, el tan talentoso como a la postre muy irregular Lorin Maazel era capaz de volcarse en una partitura poco habitual por entonces en el disco para ofrecer una interpretación fresca, directa y de un solo trazo, antes juvenil que otoñal, sobria y ajena a amaneramientos, aunque también muy brillante, en la que supo aunar la increíble belleza de la Filarmónica de Viena con una sana y muy adecuada rusticidad sonora. Cierto es que el segundo movimiento podría resultar más emotivo y albergar más magia, pero en compensación su clímax alcanza altas cotas de dramatismo. (9)


2. Dorati/Sinfónica de Londres (Mercury, 1965). El director húngaro tuvo la suerte de contar con una buena orquesta –trompetas algo estridentes– y con una toma sonora notable para la época, pero la inspiración apenas hizo acto de presencia. Siendo animado y flexible el primer movimiento, globalmente resulta bastante precipitado y parco en lirismo. El segundo está dicho completamente de pasada. En el Scherzo Dorati se sosiega y expone la arquitectura de modo admirable, si bien la poesía solo aparece en el Trio, fraseado con una belleza, una elegancia y una dulzura admirables. La rutina vuelve con un Finale tan vistoso como superficial. (7)


3. Markevitch/Sinfónica de Londres (Philips, 1966). Aunque comparte con Dorati no solo la orquesta sino también la rapidez en los tempi, Markevitch sí sabe ofrecer la sinceridad y el apasionamiento deseables en esta lectura extrovertida, de sonoridad adecuadamente rústica, magníficamente desmenuzada y llena de entusiasmo, hasta el punto de que el primer movimiento quizá sea algo más rápido de la cuenta. En el segundo las melodías se paladean con intensidad y aportando un cierto sentido anhelante muy atractivo. El tercero es ágil y dinámico, con un trío sensacional de gran cantabilidad. Espléndido y muy bien trazado el final, concluyendo en una coda electrizante. (9)


4. Tilson Thomas/Sinfónica de Boston (DG, 1970). Parece que esta partitura sienta bien a algunos jóvenes, pues con tan solo veintiséis años Michael Tilson Thomas debutaba en el mundo del disco demostrando su enorme técnica en una lectura en la que, aprovechando al máximo el potencial de la maravillosa Sinfónica de Boston, desmenuzaba y exponía con admirable claridad la arquitectura sabiendo aunar elegancia, refinamiento, vuelo lírico y fuerza expresiva. En este sentido, los movimientos impares son verdaderamente irreprochables. En el segundo, por desgracia, se alternan pasajes de admirable cantabilidad con otros tratados de una manera pimpante que por momentos roza la cursilería, mientras que en el Finale su deseo de ser original le lleva a plantear algunos juegos en la agógica que no terminan de convencer. El sonido es espléndido para la época. (8)


5. Bernstein/Filarmónica de Nueva York (CBS, 1970). Por las fechas en que se realizó este registro, por cierto que técnicamente espléndido, Lenny acababa de abandonar la titularidad de la orquesta neoyorquina y se disponía a emprender su gran aventura mahleriana europea. Momento de transición, por tanto, y eso se nota: este es ya un Bernstein de primera madurez, aún con el fuego de los sesenta pero mucho más controlado, capaz de construir con solidez, diseccionar con atención y cantar de manera amplia y natural las melodías, aun faltándole –eso sí– ese punto de intensidad melancólica y de sensualidad que más adelante conseguirá su amigo Rostropovich. En cualquier caso, sensata, comunicativa y por completo idiomática recreación que solo flojea relativamente por un Finale de maravilloso sabor folclórico –estupendos pizzicatti–, pero en el que el maestro se desmelena un tanto. (8)


6. Muti/New Philharmonia (EMI, 1975). El milanés recuerda a Markevitch por su sonoridad rústica, su electricidad, su preferencia por la rapidez de los tempi y su total renuncia a los devaneos sonoros, pero la falta de morbidez en el fraseo y sensualidad en esta interpretación mediocremente grabada por los ingenieros de EMI se deja notar. El primer movimiento resulta así un tanto nervioso. En el segundo la cuerda no frasea con cantabilidad, aunque al menos hay algún subrayado dramático interesante. El tercero funciona de manera muy correcta, siendo admirable el virtuosismo de batuta y orquesta. En el cuarto hay irregularidades, pues encontramos una transición con poca fuerza y algunos pasajes sin mucha tensión, mientras que otros convencen por su brillantez, particularmente la coda final. (7)


7. Rostropovich/Filarmónica de Londres (EMI, 1976). El genial violonchelista nunca tuvo un repertorio muy amplio como director, pero en las ocasiones en que subía al podio acostumbraba a sentar cátedra. Aquí se lució con una recreación de carácter otoñal, pero en absoluto blanda o ensimismada, que se encuentra paladeada –muy lentamente– con una cantabilidad fuera de lo común y con ese hondo sentido humanista que caracterizó siempre sus interpretaciones. En cualquier caso, hay melómanos que podrían preferir el primer movimiento con un poco más de garra y extroversión. Pocos reparos se le podría poner al Adagio cantabile ma non tanto, que alcanza un clímax de intensísima emoción. Genial a todas luces el Andante lugubre que introduce el cuarto movimiento, como también lo es el pasaje sombrío antes del gran clímax final. La interpretación concluye con tanta grandeza como convicción. Una lástima que el reciente SACD no logre soslayar los problemas de la toma original. (10)


8. Karajan/Filarmónica de Berlin (DG, 1979). Volcado como siempre en la seducción de los sentidos, Karajan extrajo de su fabulosa orquesta las sonoridades más bellas y opulentas que uno imaginarse pueda para ofrecer una lectura cálida, efusiva, refinada y un punto otoñal, en la que sobresale un intenso y muy comunicativo Adagio cantabile ma non tanto. Al Scherzo le falta un punto de viveza y le sobra cierta dulzura en su trío. Al maestro, por fortuna, no se le va la mano en el final, pues sabe ofrecer toda la brillantez posible sin caer –como le pasaba en otras ocasiones– en la retórica. (8)


9. Haitink/Orquesta del Concertgebouw (Philips, 1979). El siempre objetivo Haitink alcanza el punto justo de equilibro entre extroversión e introversión, entre un enfoque juvenil y una óptica otoñal, sin cargar nunca las tintas en uno u otro sentido. Haciendo gala de un fraseo muy natural pero al mismo tiempo muy estudiado, traza la versión con excelente pulso, un gran sentido del color y una irreprochable claridad. El primer movimiento tiene vida, como también su poso de introversión. El segundo, muy paladeado, es antes poético e intimista que dramático. El tercero se ha escuchado otras veces más animado; este queda un punto soso, ofreciendo a cambio una buena dosis de lirismo. El cuarto está dicho con excelente gusto y un vigor muy convincente. (9)


10. Chailly/Orquesta del Concertgebouw (RCA, 1985). Al frente de una orquesta de asombrosa maleabilidad, y consiguiendo un perfecto equilibrio entre lo juvenil y lo otoñal, un Chailly de treinta y cuatro años –los mismos que tenía Maazel cuando registró esta sinfonía– ofrece una versión sensata y ortodoxa, de excelente trazo, fraseada con enorme naturalidad, sensual en su colorido, llegando sin esfuerzo hasta el clímax dramático del segundo movimiento –globalmente muy lírico pero no del todo profundo– y sabiendo ser brillante sin necesidad de frenesí ni de decibelios extra en el final. Falta un ultimo grado de poesía, de creatividad, como también quizá un punto más de rusticidad sonora. Tampoco la claridad es la mayor posible, lo que quizá se deba en parte a una toma sonora, de origen radiofónico, que no está a la altura de la época. (8)


11. Jansons/Filarmónica de Oslo (Chandos, 1985). La excelencia de la toma sonora es lo único realmente destacable en esta interpretación de corte clásico, lírica y sin arrebatos, quizá en exceso ensoñada, a la que la faltan fuerza y tensión interna y le sobra cierto ensimismamiento que –por fortuna– no llega a desembocar en blandura. Bella pero un tanto sosa, impersonal y no muy emotiva recreación, pues, de un Jansons que no termina de convencer ni en las secciones líricas ni en la más extrovertidas. (7)


12. Svetlanov/Sinfónica Estatal de la URSS (Canyon, 1990). Al frente de una orquesta de magnífica cuerda y metales algo broncos, el director moscovita ofrece una lectura –registrada en vivo en Japón– de muy buen pulso, hermosamente sonada y fraseada con notable elegancia, pero un tanto superficial y carente de pathos. Así las cosas, tras un Allegro tranquillo irreprochablemente expuesto ofrece un Adagio liviano y dicho un tanto de pasada, lo que también ocurre con el trío del scherzo, que por desgracia tiende a lo ingrávido. En el final hay que destacar la manera en la que la batuta sabe subrayar su sabor folclórico, aunque en la coda se precipita y cae en lo efectista. (7)


13. Abbado/Sinfónica de Chicago (Sony, 1991). La enorme técnica de la batuta de Abbado y el virtuosismo increíble de los chicagoers garantizan que nos encontramos ante una versión irreprochablemente planificada y expuesta, pero por desgracia el italiano, que cuando llevó al disco esta partitura había entrado ya plenamente en su prolongada decadencia artística, no termina de frasear ni con la garra dramática ni con el lirismo deseables, faltando un último punto de emotividad, calidez y compromiso expresivo. Sobran portamentos en el segundo movimiento, que se queda un tanto en la superficie, mientras que el final resulta más brillante que sincero. (7)


14. Pletnev/Nacional de Rusia (DG, 1996). Es de agradecer que el polifacético artista ruso se tome las cosas con calma y, haciendo uso de unos tempi de muy considerable lentitud, decida ofrecer una versión meditativa en la que, alejándose de cualquier tipo de devaneo sonoro, la arquitectura se expone con meridiana claridad y las melodías se paladean con delectación. El problema es que Pletnev, batuta de segunda donde las haya, además de quedarse corto en el sentido del color y de no matizar lo suficiente en lo expresivo, se muestra incapaz de inyectar tensión sonora a la partitura, con lo cual el resultado termina siendo tan flácido como aburrido, especialmente en el tercer movimiento y en el arranque del cuarto. (6)


15. Svetlanov/Sinfónica de la BBC (ica Classics, 2002). La recuperación de este live realizado en el Barbican Hall resulta un verdadero hallazgo, porque el maestro ruso corrige los errores de su grabación –también en vivo– de 1991 y redondea una interpretación que, siempre en una línea mucho más lírica que electrizante –más cerca de Rostropovich, al que casi alcanza, que de Markevitch–, se encuentra transida por una sobrecogedora belleza, particularmente en un Adagio ahora mucho más sincero, profundo y conmovedor, todo ello haciendo gala de la misma elegancia de entonces y de una muy particular atención a la polifonía de las diferentes líneas instrumentales. Una circunstancia añade a este registro un carácter particularmente conmovedor: Svetlanov falleció pocas semanas después de este concierto londinense. (10)


16. Juraj Valcuha/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2011). Interpretación lenta, muy bien paladeada y admirablemente desmenuzada que opta por una visión particularmente introvertida de la obra, lo que significa que en determinados pasajes –sobre todo en el primer movimiento– se van a echar de menos chispa, electricidad y garra dramática, ofreciéndose a cambio momentos de una cantabilidad muy dulce –que no dulzona– absolutamente conmovedora. A ello contribuye en buena medida los solistas de la orquesta, que encuentran en el segundo movimiento inmejorables oportunidades para dar buena cuenta de su musicalidad. (8)


17. Heras-Casado/Orchestra os St. Luke’s (Harmonia Mundi, 2014-15). No sé si el problema de esta interpretación es que el maestro granadino no tiene muy claro el tipo de Tchaikovsky que quiere hacer, o más bien algo tan sencillo como la falta de fe en la partitura. El primer movimiento se encuentra dicho con rapidez, trazo decidido y apreciable frescura, pero sin mucha imaginación a la hora de frasear, quedándose un tanto en la superficie de las posibilidades poéticas de la página. Heras-Casado busca el mayor contraste posible en el segundo, optando aquí por la lentitud contemplativa; no es mala opción, pero el resultado no tiene que ver con esa emotividad que obtenía Rostropovich, sino que más bien recuerda a Abbado cuando el maestro milanés se ponía insoportable recurriendo a portamenti, sonoridades ingrávidas y texturas en exceso pulidas. El tercer movimiento está muy bien, aunque en el Trío vuelva el exceso de refinamiento. Y el Finale está lleno de animación y vistosidad, pero a la batuta, que atiende bien a la claridad de los pasajes fugados, se le escapan las brumas de la introducción y evidencia poca convicción, sobre todo cuando en la coda cae en el peor de los tópicos del Tchaikovsky de bombo y platillo. Los excesos de la percusión los deja en evidencia una excelente toma sonora realizada a volumen muy bajo. (7)


18. Paavo Järvi/Tonhalle de Zúrich (Alpha, 2021). Desde el punto de vista técnico, esta es una dirección de enorme solidez, siempre en la línea que le gusta al maestro estonio: moderadamente incisiva, animada, rica en contrastes y con cierta tendencia al nerviosismo, lo que no le impide cantar la música con holgura y realizar un espléndido trabajo de disección sinfónica al frente de una orquesta formidable. En lo expresivo todo es sensatez y vistosidad bien entendida, pero mientras que los conflictos sonoros y dramáticos se encuentran muy bien planteados, la mezcla de sensualidad y vuelo poético agridulce que caracteriza al universo del autor no termina de ser destilada por la batuta. En YouTube (enlace aquí) tienen ustedes la versión en vídeo, con gloriosa imagen en 4K pero sufriendo al mismo tiempo cierta compresión dinámica. (8) 

domingo, 5 de abril de 2026

OJA 2026: no se la pierdan

No tengo tiempo ni fuerzas -ando un poco enfermo- para escribir una reseña del concierto que he escuchado esta tarde de domingo en el Teatro Villamarta, el de la Orquesta Joven de Andalucía bajo la dirección del maestro mexicano Carlos Miguel Prieto con un repertorio latinoamericano más el Concierto para violonchelo nº 1 de Shostakovich (aquí discografía comparada). Pero sí quiero llamar la atención de aquellos melómanos que aún están a tiempo de escuchar la función de mañana lunes 6 de abril en el Teatro de la Maestranza: no se lo pierdan.

De todos los años que he escuchado a la OJA, que son ya muchos, creo que esta ha sido la ocasión en la que mejor ha sonado, amén de una de la que con más entrega se ha interpretado. Y no me vale eso de que con estas obras basta con sentido del ritmo, decibelio y tal. Primero, porque no es verdad. Segundo, porque el Shostakovich lo han interpretado al mismo nivel técnico y expresivo. Mérito en gran medida de la batuta, sin olvidar del cellista Santiago Cañón-Valencia, pero también de toda la maravillosa juventud que integraba la formación. ¡Qué nivel! ¿Y de dónde demonios ha salido ese timbalero?

Lo dicho, no se lo pierdan. Y ahora, a ver cómo nuestros jóvenes artistas tienen que buscarse la vida por ahí porque al parecer, según dicen los sesudos expertos, en Andalucía no podemos permitirnos tantas orquestas. Que no hay dinero, que no hay público y tal. A lo mejor es que no hay voluntad por parte de quienes deberían tenerla.

martes, 31 de marzo de 2026

La camiseta de mi equipo

Como no hay manera de terminar la discografía comparada de Petrushka, dejo al menos esta foto de la camiseta que traje de Bonn y estreno hoy. Feliz Semana Santa.



sábado, 28 de marzo de 2026

Concierto para violonchelo nº 1 de Shostakovich: discografía comparada

ACTUALIZACIONES

28 de marzo de 2026

La Joven Orquesta Andaluza se dispone a interpretar esta obra, así que es buen momento de alcanzar las 30 reseñas.

8 de noviembre de 2014.


Esta entrada se publicó originalmente el 19 de enero de 2011. He incorporado comentarios a las interpretaciones de Tortelier con Berglund, Khomitser con Rozhdestvensky, Müller-Schott con Kreizberg, Bertrand con Rophé, Gabetta con Maazel y, finalmente, Mork con Vasily Petrenko. En el resto he realizado retoque menores de estilo.
_______________

Dmitri Shostakovich escribió su Concierto para violonchelo en 1959. Un momento, pues, ya de plena madurez, en el que el compositor se siente relativamente libre de las ataduras estéticas de tiempos estalinistas y alcanza una particular síntesis entre el deseo de comunicar con el público y la necesidad de manifestar ese complejo mundo interior que podría empañar el prestigio que, pese a todo, había alcanzado en la URSS. Los resultados de tal compromiso serían desiguales, pero esta op. 107 puede contarse entre las obras maestras de este período, y es sin duda uno de los espejos que mejor reflejan el alma torturada del compositor. Un espejo deforme, por supuesto, aunque el sarcasmo alucinado de raigambre expresionista –la rabia que produce en el ser humano la toma de conciencia de su propia condición se transforma en mueca descarnada– viene acompañado de un lirismo cantable y emotivo de la mejor ley que, hundiendo sus raíces en la mejor tradición rusa, nos habla de un nihilista con alma de romántico.

Entre estos dos polos, el romanticismo y el expresionismo, se van a mover las interpretaciones discográficas de la obra, entre las que obviamente sobresalen las de quien fue su dedicatario, Mstislav Rostropovich, quien la estrenó el 4 de octubre de 1959 bajo la dirección de Yevgeny Mravinsky. La partitura se divide en tres movimientos, o mejor en cuatro: Allegretto, Moderato, una larga y misteriosa cadenza que tiene entidad por sí misma y un Allegro con moto conclusivo en el que desembocan de modo frenético todas las tensiones acumuladas. Ni que decir tiene que la partitura resulta técnicamente de gran exigencia para el solista, aunque el trompa tiene a su cargo muy decisivas intervenciones. Pese a las referidas dificultades técnicas y a las complicaciones expresivas, que no son menores, la partitura ha gozado de gran fortuna discográfica.



1. Rostropovich. Ormandy/Orquesta de Philadelphia (Sony, 1959). Tan solo un mes después del estreno, el propio Rostropovich realizaba la primera grabación mundial de la pieza. Lo interesante es que ya en fecha temprana, el de Baku evidencia que lo que más le interesa de esta obra, por no decir de Shostakovich en general, es su vertiente humanista, y más en concreto su lirismo doliente –emparentado en cierto modo con el de Tchaikovsky– que nos conduce hacia una conmovedora reflexión sobre el ser humano que, en manos del cellista de Baku, no encuentra lugar para la burla y el desprecio. Por eso mismo Rostropovich pasa un poco de largo ante la vertiente sarcástica de la pieza, al menos en el primer movimiento, si bien el cuarto está recreado con toda la tensión y garra dramática que merece. Ormandy sintoniza perfectamente con la visión del solista y redondea con su irreprochable labor uno de los grandes clásicos del la historia del disco, beneficiado además por un sonido admirable para la época. (9)


2. Rostropovich. Rozhdestvensky/Filarmónica de Leningrado (BBC Legends, 1960). Esta toma de aceptable sonido, realizada en Edimburgo el 9 de septiembre de 1960, refleja el modo en que Rostropovich vuelve a dar la lección de calidez y humanidad en el estreno británico de la pieza, ofreciendo un intensísimo en el clímax del segundo movimiento y gran riqueza de acentos en su larga cadenza, aunque aquí lo que interesa es comprobar cómo el joven Rozhdestvensky ya se decanta por una visión particularmente ácida de la música del compositor. Lástima que la trompa deje que desear. (9)


3. Rostropovich. Groves/Sinfónica de Londres (DVD EMI, 1961). En esta filmación televisiva en blanco y negro Rostropovich ya ha madurado su visión de la pieza, añadiendo (¿influencia de Rozhdestvensky?) una buena dosis de corrosividad en el primer movimiento y una gran rebeldía en el segundo, y extrayendo de su violonchelo un sonido aún más rico en colores y expresión. Charles Groves acierta a equilibrar perfectamente los componentes irónico y trágico de la partitura, pero ni la orquesta ni el solista de trompa están precisamente en plena forma. (9)


4. Rostropovich. Svetlanov/Sinfónica de la URSS (Russian Disc, 1966). Rostropovich se mueve en la misma admirable línea que con Groves, pero no tan seguro desde el punto de vista técnico. Al frente de una orquesta de maderas ácidas, Svetlanov ofrece la versión expresionista, obsesiva y sarcástica por excelencia, algo precipitada quizá. Lástima que la trompa solista deje mucho que desear y que la toma sonora presenta evidentes desequilibrios: los timbales en primer plano llegan a molestar. (9)


  
5. Khomitser. Rozhdestvensky/Gran Orquesta Sinfónica de la URSS (Melodiya, 1968). Violines que cortan como cuchillos, flautas que resoplan como serpientes, timbales rotundos, una trompa descarada a más no poder… Rozhdestvensky ya tenía claro en los años sesenta (¡y se atrevió a demostrarlo en el seno de la Unión Soviética!) que la música de Shostakovich es ante todo una ácida y virulenta denuncia del lado más siniestro del ser humano en la que no hay apenas cabida para el vuelo lírico. Menos aún para el optimismo. Lo demostró, por ejemplo, con esta lectura extremadamente expresionista que pone de relieve los aspectos más grotescos, sarcásticos y alucinados de la partitura con una tensión interna y una rabia abrumadoras. Mikhail Khomister carece del humanismo de un Rostropovich –ingrediente que, por otra parte, no tendría sentido junto a un enfoque semejante–, pero frasea con una intensidad llena de convicción. El resultado es desarmante: existen lecturas más profundas y ricas de concepto que la presente, pero no tan demoledoras. (10)



6. Tortelier. Berglund/Sinfónica de Bornemouth (EMI, 1973). Protagonista de este registro es el proverbial humanismo del violonchelista francés, que canta las melodías con una belleza, sinceridad y calidez admirables para descubrirnos el lado más lírico y conmovedor de estos pentagramas, si bien es cierto que se echan en falta la visceralidad, la ironía y la garra dramática con que otros grandes de su instrumento han sabido redondear su aproximación. Un muy centrado Berglund compensa parcialmente semejante insuficiencia aportando –sobre todo en el último movimiento– una buena dosis de virulencia. (8)


7. Natalia Gutman. Sinfónica de la RTV de la URSS/Kondrashin (Live Classics, 1976). La magnífica batuta de Kondrashin marca una lectura ante todo sarcástica y corrosiva, llena de humor negro, aunque no especialmente dramática. Gutman ofrece un sonido no muy robusto, algo sollozante sin llegar a ser blando, de tal manera que se pliega muy bien a la parte más ácida la pagina mientras que en la sección central ofrece más congoja y llanto que nihilismo. La orquesta está espléndida. (9)


8. Ma. Ormandy/Orquesta de Filadelfia (CBS-Sony, 1982). No sé si es esta la mejor interpretación discográfica de la obra, pero sí una de las que más me gustan, haciéndolo particularmente por su enfoque negro y dramático. Los movimientos extremos son espléndidos, aun sin llegar al colmo del sarcasmo ni de la teatralidad. Donde se llega a lo genial es en el Moderato, que alcanza las más altas cotas de profundidad, angustia y nihilismo, en una línea diferente a la más humana y tierna, por así decirlo, de un Rostropovich. En la cadenza el joven Yo-Yo Ma está particularmente sensacional por sonido, técnica y sinceridad expresiva. De nuevo irreprochable el ya anciano Ormandy al frente de su magnífica orquesta. (10)


9. Heinrich Schiff. Maxim Shostakovich/Sinfónica de la Radio Bávara (Philips, 1984). Tras la hazaña de CBS los otros grandes sellos se animaron a grabar por fin la página. Aquí la dirección orquestal es estimable, pues aunque Maxim Shostakovich entiende la música de su padre de manera un tanto descafeinada, todo está en su sitio y los parámetros expresivos son bastante correctos. El problema es Schiff, que pese a su hermoso sonido se muestra excesivamente blando en general, más nervioso de la cuenta en el primer movimiento y hasta fuera de estilo en la trascendental cadenza, que le queda lenta y aburrida. (7)


10. Lynn Harrell. Haitink/Orquesta del Concertgebouw (Decca, 1985). Al frente de una orquesta portentosa y beneficiado por una toma de sonido sensacional, Haitink ofrece una muestra de su desigual comprensión de la música de Shostakovich, ofreciendo un primer movimiento deslavazado y sin garra, un Moderato lento, paladeado con concentración y particularmente desolado y un Allegro con moto conclusivo solvente sin más. Harrell ofrece un sonido bellísimo pero un compromiso expresivo bastante escaso, escapándosele el carácter poliédrico de la partitura y tendiendo a la blandura, aunque hay buenos momentos de lirismo en el segundo movimiento y la cadenza resulte apreciablemente misteriosa. (7)


11. Rostropovich. Ozawa/Sinfónica de Londres (Erato, 1987). Estaba cantado que con la llegada de la era digital Rostropovich tenía que volver a grabar la obra. Lo hizo con uno de sus directores favoritos, el siempre elegante y refinado Seiji Ozawa, lo que dejaba bien claro que el enfoque interpretativo iba a optar por una versión ante todo lírica y humana, de gran sinceridad y hondo calado dramático. De ahí que solista y batuta construyan un segundo movimiento profundo y desgarrador, y que se eche de menos algo más de garra y mordacidad en los movimientos extremos, sobre todo por parte del director oriental, quien por lo demás obtiene un fenomenal rendimiento de la orquesta. (9)



12. Ma. Dutoit/Sinfónica de Montreal (YouTube, 1989). Impresionante testimonio, pese a la pobreza de su calidad audiovisual, en el que Yo-Yo Ma revalida su condición de intérprete máximo de esta página, siempre junto a Rostropovich pero en una línea muy distinta. De verdadero escalofrío verle chorrear sudor mientras lucha contra su violonchelo para desplegar la máxima tensión dramática y un dolor que se acerca a lo insoportable. Charles Dutoit realiza una labor espléndida, pero Montreal y su trompa no son el prodigio de Philadelphia. (9)


13. Mischa Maisky. Tilson Thomas/Sinfónica de Londres (DG, 1993). Hay que reconocer que el histrionismo de Maisky le sienta como un guante a esta obra, de la que resalta su vertiente más grotesca e histérica, pero también que su sonoridad resulta demasiado sollozante y blandengue en el segundo movimiento, que no resulta de un lirismo realmente sincero. Por fortuna tiene a su lado a un Michael Tilson Thomas que se toma las cosas muy en serio y ofrece una dirección sensacional, llena de intención y con detalles reveladores en el último movimiento. (8)


14. Truls Mork. Jansons/Filarmónica de Londres (Virgin, 1995). Interpretación irregular en la que el primer movimiento les queda un tanto nervioso a batuta y solista, mientras que el segundo, algo pesadote y sin pulso, resulta más tristón que trágico. Mejor los otros dos, sin llegar a profundizar en el contenido de la obra. En cualquier caso hay que destacar lar riqueza del sonido de Mork, pleno de armónicos y capaz de resultar tan afilado como carnoso. (7)


15. Arto Noras. Ari Rasilainen/Radio Noruega (Finlandia/Warner, 1997). Esta grabación, realizada originariamente por Finlandia y reeditada más tarde por Warner, no aporta nada en especial. La dirección es buena en los movimientos extremos, aunque con maderas deberían ser más incisivas, resultando descafeinada en el central. El cellista, que carece de una idea clara de la partitura, ofrece un sonido frágil y poco variado, aunque hermoso para un segundo movimiento que, en cualquier caso, resulta poco emotivo en el segundo. La cadenza le queda muy lenta y aburrida. (6)


16. Alexander Ivashkin. Valeri Polyanski/Sinfónica de Moscú (Ode Records/Brillant Classics, 1997). La batuta se muestra muy bien encaminada, variada en lo expresivo y convincente, aunque sin terminar de profundizar en las aristas de la obra, sobrando además algún exceso en el final. El chelista posee un sonido algo débil y ofrece una visión un tanto descafeinada de su parte, además de incurrir en algún detalle de blandura; nada nuevo, como se ve. Por parte de la orquesta se podría pedir mayor virtuosismo en las maderas. Como curiosidad, hay que señalar que el registro se realizó en el mismo recinto en que se estrenó la partitura, la gran sala del Conservatorio de Moscú. (7)


17. Denis Shapovalov. Rostropovich/Sinfónica de Londres (MP3 Andante, 2002). Como era de esperar, la batuta de Rostropovich se centra en los aspectos líricos y dolientes de la partitura, en la que subraya toda su humanidad, consiguiendo además extraordinarios hallazgos fantasmagóricos e inquietantes en el segundo movimiento, si bien se queda corto en garra, sarcasmo e incisividad. El solista se muestra muy centrado y ajeno a devaneos, pero necesita un sonido más corpulento, rico y capaz de transmitir la variedad de estados anímicos que propone la obra. Este registro estuvo disponible en la sala de audición on-line del desaparecido sello Andante. Dado que se trata del único testimonio disponible que tenemos del dedicatario empuñando la batuta, consignamos aquí esta grabación a la espera de que un día vuelva a estar disponible en algún formato. (7)


18. Han-Na Chang. Pappano/Sinfónica de Londres (EMI, 2005). Batuta y solista deciden alejarse de la histeria, el histrionismo, el desgarro y el sollozo, adoptando una postura distanciada que intenta poner de relieve los valores más puramente musicales de la obra, exponiéndolos con virtuosismo técnico y admirable musicalidad. Quizá el resultado puede ser algo frío, o al menos poco conmovedor, pero la opción es coherente. Soberbio, lleno de tensión, sin resultar especialmente incisivo, el último movimiento. (9)



19. Müller-Schott. Kreizberg/Sinfónica de la Radio Bávara (Orfeo, 2005). Con la colaboración de la más importante orquesta de su ciudad, la formidable de la Bayerischen Rundfunks, el violonchelista muniqués pone el bellísimo sonido de su violonchelo –con punta más que cálido o robusto– al servicio de una recreación que, aun carente del punto de humanismo de un Rostropovich o de la concentrada negrura de un Yo-Yo Ma, convence por la intensidad y la sinceridad con que se navega por todas las situaciones expresivas que propone la partitura, siempre con amplio aliento lírico y sin dejar espacio para devaneos sonoros. La dirección del malogrado Yakob Kreizberg es algo primaria, pero muy decidida, de pulso bien sostenido y por completo certera en la expresión. Espléndida la toma sonora. (9)


20. Harrel. Maazel/Filarmónica de Nueva York (DG Concerts, 2006). Decididamente, Lynn Harrel no está hecho para esta obra. Cierto es que ofrece un sonido muy hermoso y una gran cantabilidad, pero de nuevo se queda muy corto en lo expresivo y tiende a la blandura: el chelo aquí tiene que reír y llorar al mismo tiempo, ofrecer sarcasmo y rebeldía a partes iguales y hacer gala de una teatralidad de primera magnitud. El veterano Maazel, en una de sus escasas incursiones en la música de Shostakovich, ofrece una lectura de buen pulso y excelente arquitectura, pero esta partitura parece necesitar una aproximación mucho más visceral, más intensa y contrastada. Lo mejor por su parte, y también de la del solista, es el último movimiento. Formidables la orquesta y su solista de trompa. La grabación no está pasada a disco compacto, pero su descarga la comercializa Deutsche Grammophon a través de Internet. (7)



21. Weilerstein. Eschenbach/Orquesta de Philadelphia (Descargas de la orquesta, 2006). Por tercera vez la soberbia formación norteamericana vuelve a demostrar su interés por la partitura, y esta vez lo hace con ese maestro siempre sólido, honesto y eficaz que es Christoph Eschenbach, quien aquí nos ofrece una lectura sin especial personalidad, pero soberanamente expuesta y en general –algo más ligero de la cuenta el arranque del Moderato– muy centrada en lo expresivo. Todo lo contrario que la otras veces grande Alisa Weilerstein, extremadamente creativa pero sin una idea clara detrás de tantas aportaciones, e incluso muy fuera de tiesto en un segundo movimiento excesivamente lírico y con tendencia a la blandura y el lloriqueo. Su sonido, eso sí, es hermosísimo, y su virtuosismo inapelable. El registro se puede encontrar fácilmente en los servicios de streaming. (7)




22. Gabetta. Maazel/Filarmónica de Múnich (Sony, 2011). Siendo el antepenúltimo disco grabado por Lorin Maazel en su extensa carrera –y único realizado al frente de la orquesta de la que apenas pudo disfrutar la titularidad–, el maestro norteamericano nos ofrece aquí la típica lectura “deconstructiva” de anciano director, muy lenta y portentosamente diseccionada, abstracta y esencial, antes espiritual y meditativa que incandescente, dicha desde más allá del bien y del mal… El problema es que con semejante lentitud el edificio sonoro se le viene por completo abajo, y aunque Maazel acierta por completo a la hora de hacer sonar incisiva a la madera, de desplegar atmósferas siniestras y de bañar la interpretación el adecuado carácter agrio, la continuidad del discurso se pierde y uno termina aburriéndose. Sol Gabetta, de sonido hermosísimo y técnica llena de recursos, no posee el temperamento adecuado para la obra, pero al menos se nuestra centrada en los movimientos extremos; en el Moderato se preocupa más de la belleza sonora que de la expresión, resultando un punto blanda, y en la larguísima cadenza divaga en lo expresivo sin saber a dónde va. Impresionante la toma sonora. (7)



23. Bertrand. Rophé/Orquesta Nacional de la BBC de Gales (Harmonia Mundi, 2012). Sorprendentemente buena la dirección de Pascal Rophé, muy centrado tanto en el estilo como en la expresión; la orquesta le suena de manera formidable, además de muy transparente y con el colorido apropiado. El problema es la solista. Emmanuel Bertrand: luce un sonido muy hermoso, rico en el registro grave y –por descontado– pleno de virtuosismo, pero tiende a la blandura, incluso a lo lacrimógeno, en el segundo movimiento. La cadenza resulta en sus manos más misteriosa que tensa o desgarrada. En el resto muy bien, pero solo eso. Formidable la toma. (7)



24. Mork. Vasily Petrenko/Filarmónica de Oslo (Ondine, 2013). Dieciocho años después de su grabación con Jansons, Truls Mork vuelve a dejar constancia de su visión de la obra, esta vez secundado por un Petrenko con el que sintoniza plenamente a la hora de ofrecer un primer movimiento incisivo, apremiante y nervioso, quizá en exceso, para luego pasar a un segundo cuyo carácter espectral queda muy bien reflejado. En la cadenza Mork da buena cuenta de la variedad de acentos que es capaz de extraer de su violonchelo, mientras que en el final batuta y solista se decantan por la virulencia de corte expresionista. Soberbia la ingeniería. (9)


25. Isserlis. Currentzis/The Mahler Chamber Orchestra (DVD Euroarts, 2013). En plena sintonía con un Currentzis siempre dispuesto a ofrecer la cara más negra y nihilista de Dimitri Shostakovich (¡que ya es decir!), el violonchelista londinense ofrece una recreación áspera y sórdida, incluso feísta, en la que el humor negro del autor revela más que nunca ser una terrible mueca expresionista de rabia y dolor, aunque controlando siempre el fraseo sin necesidad de caer en histerismos. Se pueden preferir enfoques más humanistas (Rostropovich) u otros que sepan fundir negrura y vuelo lírico (Yo-Yo Ma), como también se pueden censurar ciertas languideces del solista sobre el minuto 14, pero el resultado es de una coherencia total. Los solistas de la portentosa orquesta, bien aleccionados por el maestro griego –comprometido, virulento-, se encargan de cargar aún más las tintas en una recreación que termina resultando particularmente alucinada. (9)

 

26. Isserlis. Paavo Järvi/Sinfónica de la Radio de Frankfurt (Hyperion, 2013). Tal vez espoleado por un Isserlis que venía de la filmación junto a Currenztis realizada tan solo unos meses antes, el casi siempre eficaz pero raramente inspirado Paavo Järvi se muestra aquí por completo comprometido con la partitura y ofrece una recreación magníficamente trazada –salvando algún pasaje en exceso acelerado del último movimiento-, de muy apreciable claridad, rica y adecuadamente incisiva en el colorido y atenta a poner el dedo en la llaga subrayando los aspectos más expresionistas de la escritura. El solista vuelve a mostrarse ideal para poner de igualmente relieve el carácter alucinado de la obra, muy particularmente esa mezcla de sarcasmo, rebeldía y desesperación que caracteriza los dos movimientos extremos, pero en el segundo vuelve a sorprender desagradablemente con la muy sustancial reducción del vibrato en algunas de las frases, quizá pretendiendo abundar en el carácter desolado de la misma, pero consiguiendo más bien una expresividad algo lánguida que no le conviene. Magnífico sonido en alta resolución. (8)


27. Weilerstein. Heras-Casado/Sinfónica de la Radio Bávara (Decca, 2015). Nueve años después de su toma en vivo con Eschenbach, la violonchelista estadounidense mejora de manera sustancial su acercamiento a la partitura y, de nuevo con un sonido que es de los más hermosos jamás escuchados en su instrumento, mostrándose ahora más centrada, con las ideas expresivas más claras y más ajustadas al peculiar universo shostakoviano, pero sin terminar aún de implicarse en esta música. Ni en la locura y el frenesí de los movimientos extremos ni, menos aún, en el humanismo amargo del segundo, lo que no le impide alcanzar en este último un clímax de considerable intensidad expresiva; en la Cadenza está impresionante. Por su parte, Pablo Heras-Casado dirige con propiedad estilística, trazo cuidadoso y notable intensidad dramática, pero tampoco profundiza todo lo posible –otros directores han dicho más cosas aquí– y en el primer movimiento, extrañamente, se deja llevar por el nerviosismo y la precipitación. Magnífica la toma. (8)


28. Gautier Capuçon. Salonen/Orquesta de París (Medici TV, 2021). No terminan de convencer ninguno de los dos artistas en el Allegretto inicial, muy bien puesto en sonido pero sin ese punto de incisividad, ironía y carácter alucinado que necesita. Interesantísimo el Moderato: lento, muy atmosférico, nihilista y desmaterializado, parece apuntar hacia el Shostakovich más maduro, todo ello desplegando Capuçon un muy hermoso sonido y haciendo gala de una cantabilidad fuera de serie. Honda la Cadenza, pasando finalmente a un Allegro con moto en el que solista y batuta, aun renunciando a cargar las tintas, se deciden a alcanzar el grado suficiente de virulencia. (8)



29. Kanneh-Mason. Grazinyte-Tyla/Sinfónica de la Ciudad de Birmingham (Decca, 2017). Gratísima sorpresa esta interpretación, sobre todo por lo que a la directora lituana se refiere. No solo trabaja con admirable depuración sonora a la formación de la que es titular, frasea con enorme concentración y desmenuza de maravilla el entramado orquestal -le ayudan los ingenieros de Decca, sino que enlaza plenamente con la expresión de la obra (¡qué tremenda socarronería la de las maderas!) sin necesidad de subrayar su vertiente más expresionista ni de renunciar a su vertiente lírica. Esta es justamente la que más le interesaba al jovencísimo Sheku Kanneh-Mason -dieciocho años- en su debut discográfico, en el que hacía gala de un sonido francamente hermoso y, sobre todo, de una maravillosa cantabilidad en las grandes frases merced a un impresionante control del arco. En tensión dramática y en histrionismo se queda algo corto para lo que demanda una obra como la presente. La orquesta y su trompa rinden a altísimo nivel. Soberbio sonido en Atmos. (9)


30. Ma. Nelsons/Sinfónica de Boston (DG, 2023). Sesenta y ocho años cumplía el violonchelista de origen chino en el momento de la grabación, y eso se nota. Su sonido, aun increíblemente bello, es ahora menos firme, no tan seguro, y por ende no tan capaz de ofrecer determinadas frases con la tensión de antaño. Ahora bien, sigue siendo el violonchelista que mejor ha interpretado esta Op. 107: aunque determinados solistas han profundizado más en un aspecto u otro de la partitura, empezando por un Rostropovich de cantabilidad sin igual en el Moderato, Yo-Yo Ma integra como nadie las diferentes facetas de esta música, que va de lo lírico a lo payasesco lanzándose a un histrionismo que no hace sino disimular una angustia existencial difícilmente soportable. Ya saben, en Shostakovich lo bufonesco deviene en danza macabra para asumir nuestro ineludible destino final. Ma lo consigue sin necesidad de hurgar demasiado en la llaga, manteniendo cierta dignidad –no quiere que la locura le atrape– y no descuidando la belleza sonora, sin que esta implique "romantizar la música". ¿Preferible, pese a lo expuesto en último lugar, volver a la versión con Ormandy? No, porque aunque la del maestro de origen húngaro era ya espléndida, la dirección de Nelsons es quizá la que más me convence de cuantas he escuchado, realizando el por entonces titular de la Boston Symphony una labor redonda y muy en la línea de su solista: atención a todos los aspectos expresivos sin necesidad de forzar las cosas, es decir, sin volcarse en lo virulento. Increíble la orquesta, muy en particular unas maderas a las que el maestro hace sonar con todo el sarcasmo propio del compositor. (10)

Sensacional debut discográfico de Lahav Shani y Múnich

En 2019 quedé hondamente impresionado por el Pelleas und Melisande de Schönberg que vi en un video, actualmente no disponible, en el que en...