viernes, 2 de abril de 2021

Tinieblas napolitanas: gran disco de Leonardo Leo por Rousset

Permítanme recomendarles para este Viernes Santo por la tarde un Oficio de Tinieblas diferente: el de Leonardo Leo (1694-1744). Este disco, editado por Decca en 2002, es uno de los muchos que me ha regalado un amigo. Lo escuché ayer y lo disfruté una barbaridad, pese a no ser este un repertorio de mi especial interés.

 

Precisamente porque nada sé de este mundo, solo puedo decir que todas estas músicas, escritas al final de su trayectoria por Leonardo Leo para la Capilla Real de Nápoles de quien luego sería nuestro Carlos III, me han parecido no solo muy inspiradas, sino también la mar de interesantes desde el punto de vista estilístico. La razón la expone la especialista Giovanna Ferrara en la carpetilla (traduzco lo mejor que puedo, detectando desajustes entre el original en italiano y el texto inglés):

“Una característica básica de la música religiosa y de iglesia de la escuela napolitana en el siglo XVIII es la convivencia del stile antico y el stile moderno, esto es, de la polifonía en el sentido más amplio del término, la preservación de un enfoque riguroso al contrapunto a capella en una mano, y las nuevas ideas de armonía y monodia y del estilo de cantata en el otro”.

Aunque el texto no quede del todo claro, la audición deja el asunto a la luz, muy particularmente en el Misereris omnium, Domine con que arranca el disco. El resto tiene más de “moderno” que de “antiguo”, pero está lleno de bellezas, empezando por el Salve Regina y terminando por las Lamentaciones de Jeremías que me han llevado a la audición por estas fechas. Aunque un reparo sí que voy a poner: me suena esta música demasiado “profana” para lo que debería ser. Pero claro, eso ya se lo dijeron el pobre de Pergolesi… Mejor no me hagan caso.

Ah, el irregular Christophe Rousset está en su salsa –órgano positivo y clave–, sus cuatro instrumentistas funcionan muy bien y entre los solistas vocales hay dos presencias de verdadero lujo que hacen subir altísimo el nivel interpretativo: Sandrine Piau y Hilary Summers. Lo dicho, ideal para esta tarde.

jueves, 1 de abril de 2021

Quo vadis, obra maestra de Miklós Rósza

Jueves Santo sin procesiones. Hasta no hace mucho se acostumbraba por estas fechas a ver películas como Quo Vadis? Y yo he vuelto a una de mis bandas sonoras favoritas: la compuesta entre 1950 y 1951 por el húngaro Miklós Rózsa para el filme de Mervyn LeRoy. Por descontado, no me he oído a por la grabación original, sino por la selección de más de cuarenta minutos registrada con excelente toma sonora –ingeniería de Stan Goodall en el Kingsway Hall– en la segunda mitad de los setenta por el sello Decca en la que el propio compositor dirigía con técnica e inspiración impresionantes mucho mejor que dos décadas atrás– a una formidabilísima Royal Philharmonic Orchestra y al Saltarello Choir.

Muchos dirán que esto suena en exceso a “película de romanos”. Permítanme parafrasear a André Previn cuando hablaba de Korngold: son las películas de romanos las que suenan a Rózsa, no al revés. ¿Y a qué suena Rózsa? Pues a lo que tiene que sonar: a la prolongación lógica y natural de Bela Bartók y Zoltán Kodály. Es fácil pensar en el Psalmus Hungaricus al escuchar el primero corte del disco, o en el Mandarín maravilloso al escuchar las síncopas de la escena de la persecución. Hay que reconocer que no posee nuestro artista la calidad de sus predecesores, eso desde luego, y que no tuvo más remedio que intentar sintonizar con la sensibilidad musical –más bien simplista, por decirlo de algún modo– de esos cientos de miles de personas que iban a ver la película de la MGM, pero creo que mantuvo en todas sus composiciones un alto nivel de calidad y, en el caso concreto de esta partitura, una portentosa inspiración.

Hay aquí música religiosa muy bella. También secuencias descriptivas y unas cuantas piezas diegéticas -danzas, marchas- que funcionan bastante bien dentro de su carácter un tanto naif, aquí sí “hollywoodiense” en el más común de los sentidos. También secuencias atmosféricas –crucifixión de Pedro, muertes de Popea y Nerón– extraordinariamente sugestivas. Y hay, sobre todo, dos temas de amor excelsos: el voluptuoso de Marco y Ligia y el más bien agónico de Petronio y Eunice. Creo sigue siendo hoy una de las obras maestras de Miklós Rózsa.

¿Qué hay que hacer para escuchar este disco? En las plataformas está “oculto” haciéndose pasar por el disco de 1951: si ven que el tercer track se llama “Fertility Dance”, este es el de Decca que comento. Mi recomendación, no obstante, es que se compren el doble CD del sello Dutton, que trae también Ben-Hur y se encuentra reprocesado por el propio Michael J. Dutton.

PS. De acuerdo con que Peter Ustinov estuvo pasadísimo de rosca como Nerón, pero ¿y lo visionario que se mostró anunciando con esta recreación a Donald Trump?

martes, 30 de marzo de 2021

El Mesías por Klemperer

Es Martes Santo y toca El Mesías: recuerden que Händel se acostumbró a interpretar su genial oratorio precisamente en tal fecha. este año he optado por la interpretación registrada en 1964 por EMI con Otto Klemperer poniéndose al frente de la increíble Orquesta Philharmonia y de su no menos asombroso coro, dirigido este por el inolvidable Wilhelm Pitz.

Los primeros compases de la introducción, pesadísima y amorfa, un disparate de esos que no se olvidan, nos ponen los pelos de punta. Pero los peores augurios no se confirman, sino tan solo que nos encontramos ante la interpretación que nos podíamos esperar: claramente detrás en cuestiones estilísticas de los músicos más avezados por aquellas fechas en este repertorio –con el historicismo las distancias son siderales, pero no procede realizar esa comparación–, al tiempo que una monumental demostración de la capacidad de Klemperer para levantar edificios de granito en los que priman el análisis de la polifonía y los grandes bloques de tensión, todo ello bajo una óptica expresiva tan austera como dramática –en el sentido de hondura trágica, no en el de teatralidad– en la que la personalidad del intérprete se impone frente a cualquier otra consideración. Ideal, por tanto, para quienes quieran conocer desde una perspectiva aestilística, pero reveladora a más no poder, del magistral diseño salido de la pluma haendeliana. No así para quienes quieran disfrutar de la variedad en la expresión, la agilidad, el sentido de los contrastes y la delectación sensual que anidan en estos pentagramas.

¿Significa todo esto que la dirección de Klemperer no emociona? Pues tampoco es eso: la primera parte ofrece momentos de contemplación humanística tan recogidos como sinceros, la segunda indaga en el pathos de la música y la tercera culmina con una fuga de auténtica fuerza visionaria. Ni que decir tiene que orquesta y coro, de tamaño muy grande, tocan de manera insuperable y están tratados con una depuración sonora milagrosa.

Desigual el equipo de cantantes La morbidez del canto de Elisabeth Schwarzkopf y la valentía de Nicolai Gedda se ponen muy por delante de su falta de propiedad estilística. Pero Grace Hoffmann se limita a cumplir y Jerome Hines impacta más por su poderosísima voz de bajo que por otras cuestiones. En lo que a la toma sonora se refiere, hay cuerpo y una amplia gama dinámica, pero todo suena como velado. Soplido de fondo no hay apenas, así que se deduce que los que hicieron los “remasterizadores” de 1990 –ya se sabe cómo se las gastaban por entonces– decidieron contentar a los melómanos más catetos rebanando los agudos. Si volvieran a las cintas originales muy probablemente se ganaría en limpieza y brillante.

Mi versión favorita sigue siendo la de Sir Colin Davis en LSO Live

lunes, 29 de marzo de 2021

La Pasión según San Marcos de Bach por Jordi Savall

En el tristísimo Domingo de Ramos de ayer dediqué la mayor parte del día a trabajar en material para mis clases –la acumulación de trabajo me impide tener vacaciones, literalmente–, pero pude sacar un par de horas para mi costumbre de escuchar una Pasión por estas fechas. Esta vez ha tocado La Pasión según San Marcos, BWV 247 de Johann Sebastian Bach. Es decir, una página que se ha perdido.

Resumo todo lo posible, porque la información la pueden ustedes encontrar fácilmente por la red. El libreto de Picander para el estreno de 1731 se conservaba. Los musicólogos habían llegado a la conclusión de que esta Pasión consistía, como el Oratorio de Navidad, en una parodia, es decir, una obra compuesta a base de fragmentos de creaciones anteriores, entre las cuales el gran genio pudo recurrir a creaciones de otros autores. Se hicieron algunos experimentos discográficos, de los cuales yo conocía el de Simon Heighes dirigido por Roy Goodman. En 2009 apareció el librero de Picander para la ejecución de 1744, con algunas variantes con respectos al anterior. Y el 26 de marzo de 2018 Jordi Savall y sus conjuntos habituales graban una reconstrucción a cargo del músico de Igualada, quien a su vez sigue en buena medida las propuestas de M. Alexander Grychtolik.

De esta forma, Savall toma como base la oda fúnebre Laβ, Fürstin, laβ noch einen Strahl, BWV 198, compuesta en 1727 para las exequias de Cristiana Eberhardina de Brandeburgo-Bayreuth, una opción ampliamente respaldada por la musicología, y muy sabiamente decide incluir única y exclusivamente música escrita por el propio Johann Sebastian, empezando por la de sus dos pasiones conservadas. Pues bien, este es el registro que, a través de la plataforma Qobuz –que facilita el libreto en castellano–, he tenido la oportunidad de escuchar. Mi opinión sobre el resultado es la siguiente: el resultado carece por completo de la unidad y de la capacidad de fascinación de San Mateo y San Juan, pero se disfruta mucho porque nos encontramos (¡lógicamente!) ante una música de una altísima calidad.

La dirección de Savall me ha parecido mejorable en lo técnico, porque tanto la orquesta como los coros, preparados por Lluís Villamajó, evidencian más desajustes de la cuenta. En lo expresivo sí que me ha parecido un enorme acierto: hay vida, teatralidad sin excesos en los claroscuros, carnalidad en el fraseo y una espiritualidad a medio camino entre lo mediterráneo y lo francés –no en vano el registro se realizó en el mismísimo Versalles– que arroja nuevas luces sobre un universo musical demasiado acostumbrado a las austeridades luteranas. Soberbio, maravilloso el continuo, con especial mención para el clave de Luca Guglielmi.

Por donde cojea seriamente la interpretación es por las voces, particularmente por la del insufrible Jesús de Konstantin Wolff: no puedo comprender que se haya editado comercialmente una actuación así. Espléndido, eso sí, el evangelista de David Szigetvári. Muy normalitos los solistas encargados de las arias. Aun así, creo que ustedes harán muy bien si le dan una oportunidad a esta reconstrucción.

sábado, 27 de marzo de 2021

La cultura no es segura

Llevo guardando silencio durante meses. Por prudencia y por respeto. Hasta que hoy he decidido hablar, porque hay varios periodistas escribiendo, precisamente sin prudencia ni menos aún respeto en un asunto en el que está en juego la vida humana, que la cultura es segura. No, la cultura no es segura. No hay nada seguro en esta pandemia. Nada en lo que se junten varias personas en un interior. Tampoco en la educación. Si en mi IES no se ha detectado ningún contagio dentro de las aulas es porque en los centros educativos hemos sido extremadamente prudentes y hemos soportado trabajar bajo condiciones inaceptables, incluyendo dar clase a siete grados en el interior –temperatura tomada por mí mismo termómetro en mano– y temblar bajo mantas tanto alumnos como profesores. Pero hasta antes de vacunarnos hemos acudido con miedo, con muchísimo miedo algunos días, sobre todo aquellos –allá por el mes de enero– en los que aquí en Jerez de la Frontera teníamos una tasa de contagio a más –e incluso bastante más– de 1.000 por 1000.000 habitantes, mientras nuestras autoridades se negaban a cerrar temporalmente las escuelas. En cuanto a los eventos culturales, yo recuerdo haber asistido a algunos pocos –muy pocos–, y lo hice descubriendo a posteriori que me equivocaba.

Porque sabemos que cierto teatro organizó una función de ópera en la que se contagiaron bastantes miembros del coro, más soprano, mezzo y tenor. Que ciertamente se habían hecho PCR negativo el día antes, pero que en la función estaban muchos contagiados y asintomáticos, porque a los pocos días empezaron las molestias. Y que todo terminó con el fallecimiento por covid de uno de los integrantes de la referida agrupación.

No hace falta insistir en lo que nos repiten continuamente en los medios: que hay un periodo ventana de varios días entre el contagio y los síntomas en los que se puede pasar el virus a los demás, que hay muchos contagiados que ni quisiera son sintomáticos –pero aun así pueden infectar–, y que aun llevando mascarilla el bicho sale por las ranuras. ¿Creen ustedes que ha habido alguna dimisión por semejante imprudencia que contagió a muchos músicos, se llevó la vida de uno y quizá puso en peligro a parte del público, todo ello en un momento en el que sabíamos que venía la tercera y más terrible ola hasta el momento? Pues no. No solo eso, sino que la prensa calló para que no se pidiera la responsabilidad a las personas –varias, porque el asunto implica también a otra institución de la localidad– a las que se les tenía que haber pedido. Y porque a quienes viven de esto y, con todo el derecho del mundo, quieren salir adelante en esta monumental crisis, no les interesa que se sepa.

Lo dicho, no se puede tener la irresponsabilidad de conducir los corderos al matadero. Ahora mismo está empezando la cuarta ola y solo somos un 10% los que hemos recibido alguna dosis de la vacuna. Quien no esté vacunado y quiera ir continuamente al cine, al auditorio, a los bares, a los cultos de su hermandad o a lo que sea (¡"lo que a mí me gusta es seguro", dicen todos!), que lo haga bajo su cuenta y riesgo mientras las autoridades se lo permitan. Pero que no digan que es seguro, porque no es verdad.

 

PS. La ilustración es una obra del jerezano Carlos González Ragel. Y una cosa más: ayer 26 de marzo la tasa de incidencia en Jerez era de 68, en Sevilla de 105 y en la Comunidad de Madrid (¡gracias, Díaz Ayuso!) de 241.

domingo, 21 de marzo de 2021

Las sinfonías de Vaughan Williams por Previn

Por fin he acabado el ciclo que entre 1967 y 1972 grabaron André Previn y la Sinfónica de Londres para RCA con las nueve sinfonías de Ralph Vaughan Williams (1872-1958). Me permito unas breves reflexiones.



1) Esta música merece mucho la pena, aunque a mi entender hay dos lunares. La Sinfonía nº 1, A Sea Symphony, me parece una pesadez por muy brillante que resulte el despliegue de orquesta, coro y solistas vocales. La Sinfonía nº 7, Antártica, no la encuentro del todo lograda: me gusta más la obra de la que parte, la banda sonora escrita para la película Scott of the Antarctic (1948). Las demás me parecen formidables, empezando por la perfecta mezcla entre pintoresquismo y emotividad de la Sinfonía nº 2, A London Symphony, para después pasar por el impresionismo de trasfondo amargo de la Sinfonía nº 3, la garra dramática de la Sinfonía nº 4, la combinación de poesía y humor negro de la Sinfonía nº 5, el desgarro expresionista de la tremebunda Sinfonía nº 6, las seductoras combinaciones tímbricas de la Sinfonía nº 8 y esa síntesis expresiva final que es la Sinfonía nº 9. Que haya por ahí algún manual de historia de la música del siglo XX que no se moleste ni en mencionar a este compositor resulta escandaloso.

 

2) Las versiones de Previn me parecen sobresalientes, sin que lleguen a la genialidad. Para entendernos, de 9 aunque no de 10. El maestro se superaría a sí mismo en las grabaciones digitales de las sinfonías Segunda y Quinta para el sello Telarc. Los testimonios dejados por Barbirolli de algunas de las sinfonías me parecen igualmente portentosos. Pero el nivel de esta integral, insisto, es altísimo. En el plano técnico, Previn modela con enorme plasticidad a la Sinfónica de Londres, organiza la arquitectura con gran solidez, se centra tanto en la globalidad como en los detalles y mantiene el pulso a la perfección. En el plano expresivo, pone el equilibrio entre comunicatividad y buen gusto por delante de otra consideración, lo que significa que no hay narcisismos ni excesos, que tampoco se opta –como sí hacía Barbirolli– por cargar las tintas y que el resultado es más “cinematográfico” que “poético”, antes para lo bueno que para lo menos bueno. Ninguna versión es de referencia absoluta, pero tampoco encuentro una sola que baje de lo excelente.

3) El ciclo que yo hasta ahora tenía es el de Bernard Haitink. Me resulta difícil escoger entre ambos. El del holandés es –ya lo pueden imaginar– menos inmediato y cercano, más adusto, perdiendo frente a Previn en comunicatividad lo que haga en hondura y vuelo poético. El trabajo puramente técnico es igual de sobresaliente en los dos directores. En lo que a la toma sonora se refiere, la de RCA se benefició del excelente hacer de Kenneth Wilkinson, quien supo recoger muy bien la “carne” de la orquesta, atender a los graves y equilibrar los planos de manera irreprochable. La de Haitink es ya digital, pero no todo lo buena que podía haber sido. En cuanto a los ciclos de Adrian Boult, solo conozco alguna versión suelta y no puedo opinar con fundamento.

4) ¿Conclusión? En Sony-RCA está la caja de Previn a precio barato, y en Qobuz y otras plataformas tienen la integral con sus bonitas portadas originales. Yo he disfrutado muchísimo escuchándola.

sábado, 20 de marzo de 2021

Adiós a García Abril

El coronavirus se ha llevado a Antón García Abril (Teruel, 1933). Como músico tenía insuficiencias, incluso defectos más o menos evidentes, pero una parte de él quedará siempre en mi corazón de melómano. Y no solo por pura nostalgia, por haber sido responsable de sintonías de televisión y partituras cinematográficas que formaron parte de mi infancia y juventud. También porque fue defensor de la melodía en unos momentos en que hacerlo estaba mal visto en ámbitos que presumían de selectos, de comprometidos y de no sé cuántas cosas más. Y porque lo hizo precisamente regalándonos melodías, muchas melodías, bellísimas e inolvidables melodías de exquisito gusto y enorme vuelo poético.

Mención aparte merecen sus arreglos de marchas procesionales para la película Semana Santa producida en 1992 por Juan Lebrón, grabada con la mismísima London Philharmonic. Hubo en ellos aciertos y desaciertos, momentos sublimes y momentos desafortunados, pero ese disco sirvió para poner en valor unas músicas, las escritas para pasos de palio, que con frecuencia poseen unos valores que las hacen merecedoras de mayor aprecio. Aquel trabajo marcó, sencillamente, un antes y un después en nuestra manera de mirar ese repertorio. Descanse en paz el maestro García Abril.

Sensacional debut discográfico de Lahav Shani y Múnich

En 2019 quedé hondamente impresionado por el Pelleas und Melisande de Schönberg que vi en un video, actualmente no disponible, en el que en...