Pillé hace tiempo –ya no se encuentra disponible en la red, me parece– una filmación del Tristán e Isolda que se ofreció en Helsinki en agosto del pasado año con la Sinfónica de la Radio Local bajo la dirección de Esa-Pekka Salonen, una versión semi-escenificada de la célebre producción de Peter Sellars y Bill Viola, esto es, la que estos días se anda ofreciendo en el Teatro Real de Madrid y yo espero ver el 8 de febrero. ¿Semi-escenificada, he dicho, de una producción de la que todo el mundo dice que, representada “al completo”, es casi una versión de concierto? Pues sí, y me explico: la función se celebra en una enorme sala sinfónica, con la orquesta sobre el escenario y las proyecciones del videocreador norteamericano detrás de ella; los cantantes se mueven no solo en la parte delantera del escenario sino también por los pasillos siguiendo las instrucciones de Sellars, interactuando entre ellos con mayor soltura que en una versión de concierto propiamente dicha –no llevan partitura– pero sin llegar a teatralizar sus papeles por completo, salvando el monólogo de Marke al final del segundo acto.
Así las cosas, no puedo en absoluto juzgar el trabajo de Sellars, del que aquí solo podemos ver una parte (por eso mismo aparece como “colaborador artístico” y no como director de escena, aunque al final sale a recoger aplausos). Pero sí puedo juzgar las videocreaciones de Viola: no me terminan de convencer, al menos en los dos primeros actos. Es verdad que son plásticamente muy bellas, que su lentísimo desarrollo no interfiere con el discurrir de la música (sí lo harían imágenes atropelladas en plan videoclip), y que en su espiritualidad ritual y trascendida ofrecen paralelismos con el afán de elevación poética de algunos momentos de la música, pero en la partitura hay también una enorme cantidad de pasión, de carne y de sangre, de visceralidad, de desgarro, de odio, de deseo físico, de pasiones extremas en definitiva, que van mucho más allá del éxtasis neoplatónico –o budista, o lo que se quiera– que propone Viola. Lo diré de otra manera: el problema no es que las proyecciones no cuenten la historia del libreto –no tienen por qué hacerlo– , sino que no dialogan con la partitura. Van cada una por su lado.
En el tercer acto el asunto cambia. Aquí sí que las imágenes de sol y fuego riman a la perfección con las alucinaciones de Tristán, mientras que el sublime liebestod está (¡por una vez!) perfectamente sincronizado en su clímax con la bellísima imagen de “desintegración en la eternidad” diseñada por Viola. Eso sí, la principal idea dramática de este acto –la visión de Isolda como un espejismo– está directamente copiada de la célebre aparición del personaje de Omar Sharif en Lawrence de Arabia. En cualquier caso, insisto, hay que esperar a ver la propuesta escénica completa, con todo el trabajo de Sellars, para poder valorar la producción en su conjunto.
Salonen juega literalmente en casa (nación en Helsinki en 1958). No convence en absoluto en el preludio: lento y estático, ajeno a algo tan fundamental en Wagner como es el drama. Luego la cosa mejora de manera muy sustancial y nos ofrece una espléndida recreación que, siendo mejorable en estilo –sobre todo en lo que a la sonoridad orquestal se refiere–, ofrece intensidad bien controlada, excelente pulso y variedad expresiva. Al menos en los dos primeros actos, porque en el tercero, de nuevo tras un preludio lentísimo y extremadamente desolado, pierde el sentido teatral y el resultado, irreprochable desde el punto de vista meramente sinfónico, dista de sonar convencer desde el punto de vista operístico.
En el elenco hay dos cantantes que repiten ahora en Madrid: Violeta Urmana y Jukka Rasilainen. La cantante lituana, a despecho de algún roce sin importancia y de un agudo que ya no está en óptimas condiciones en sus alturas más comprometidas, es una Isolda vocalmente suntuosa, muy valiente en el canto, que en lo expresivo se centra, como no podía ser menos, en la faceta más vengativa del personaje –lo “amoroso” nunca ha sido lo suyo– sin caer en la truculencia ni en la ferocidad, sino manteniendo siempre una musicalísima línea de canto. Rasileinen, por su parte, es un Kurwenal del montón, tanto por una voz de tímbrica poco atractiva como por una expresividad más voluntariosa que inspirada.
Decepcionante la actuación de Ben Heppner como Tristán: la clase, el temperamento bien controlado y el saber decir siguen ahí, pero la voz ha perdido muchos enteros y ahora los gallos y las desafinaciones son abundantes. Sencillamente fantástica la Brangania de Michele de Young, que ya nos deslumbrara en el segundo acto bajo la dirección de Barenboim (y precisamente junto a Heppner) en Granada hace años. Claro que lo mejor de la filmación de Helsinki está en el más grande –en todos los sentidos– de los cantantes finlandeses que se conocen: Matti Salminen. La voz está ya algo tocada (normal, tiene 67 años en este vídeo), pero como recreador emocional de Marke es el número uno. ¡Y no digamos como actor! Por una vez Sellars establece contacto físico entre los personajes –está claro que para él Tristán y el rey son algo más que tío y sobrino– y Salminen, con gafas y ropa moderna, nos conmueve hasta lo más profundo de las entrañas
Total, un Tristán con sus más y sus menor pero con demasiadas cosas de interés como para pasarlo por alto. A ver si hay suerte y sale en DVD.
Un cajón de sastre para cosas sobre música "clásica". Discos, conciertos, audiciones comparadas, filias y fobias, maledicencias varias... Todo ello con centro en Jerez de la Frontera, aunque viajando todo lo posible. En definitiva, un blog sin ningún interés.
jueves, 30 de enero de 2014
miércoles, 29 de enero de 2014
El final de la alpina: más vale una imagen...
Coincidencias: estuve esta tarde escuchando la Sinfonía Alpina (de cara a una comparativa que me parece nunca terminaré de modo satisfactorio) y al concluir descubro que está nevando. Tras salir a la calle y recibir los copos de nieve sobre mi cuerpo –estas tonterías nos hacen ilusión a los que somos de costa, aunque llevemos unos cuantos años ya en la montaña–, he podido sacar desde la ventana de mi dormitorio una fotografía que es la mejor descripción posible del final del poema sinfónico straussiano. Cuánta belleza, y también cuánta reflexión sobre nosotros mismos, podemos encontrar encerrada en la naturaleza...
martes, 28 de enero de 2014
Barenboim y La Scala por Abbado: impresionante
Siguiendo una tradición del siglo pasado, el Teatro alla Scala ha rendido homenaje a antiguo titular Claudio Abbado ofreciendo la marcha fúnebre de la Sinfonía Heroica con la sala vacía y las puertas abiertas. En esta ocasión, claro, como las circunstancias tecnológicas son ya otras, se han instalados altavoces para que los aficionados que lo deseasen pudiesen seguir la pequeña pero altamente simbólica y emotiva ceremonia. También se ha retransmitido a todo el mundo por los canales habituales y se ha colgado en YouTube.
Impresionante, sin duda, escuchar esta genial música beethoveniana viendo la sala sin público. Y más impresionante aún escucharla dirigida por su actual titular, un Daniel Barenboim que, aparte de abordarla de manera muy distinta a como lo hubiera hecho el Abbado de los últimos años, alcanza con esta pieza una sintonía muy especial: solo a Furtwängler y a Klemperer se le han escuchado interpretaciones de este movimiento equiparables a las que ofrece el argentino, quien en esta especial ocasión ha sonado –o al menos eso me ha parecido a mí– un punto menos rebelde que en otras ocasiones –tremebundos, aun así, los clímax– y más lírico, más… ¿despidiéndose de un buen amigo desde la ternura, no con desesperación ante la muerte? Algo así.
Pero lo más impresionante no es eso, no, sino ver la plaza delante del teatro absolutamente atestada de melómanos –llevarían ahí horas, bajo un frío considerable– para rendir homenaje a su paisano. Algunos comentarios que me han realizado en este blog me dejan la duda de si, efectivamente, Abbado ha sido uno de los más grandes, como escribí en su momento, o simplemente uno de los importantes directores de los últimos cincuenta años, sin más. Pero lo que está clarísimo es que en Milán le adoran, además de tener en altísima consideración a los grandes artistas de la música. Ojalá fuera así en todas partes.
Impresionante, sin duda, escuchar esta genial música beethoveniana viendo la sala sin público. Y más impresionante aún escucharla dirigida por su actual titular, un Daniel Barenboim que, aparte de abordarla de manera muy distinta a como lo hubiera hecho el Abbado de los últimos años, alcanza con esta pieza una sintonía muy especial: solo a Furtwängler y a Klemperer se le han escuchado interpretaciones de este movimiento equiparables a las que ofrece el argentino, quien en esta especial ocasión ha sonado –o al menos eso me ha parecido a mí– un punto menos rebelde que en otras ocasiones –tremebundos, aun así, los clímax– y más lírico, más… ¿despidiéndose de un buen amigo desde la ternura, no con desesperación ante la muerte? Algo así.
Pero lo más impresionante no es eso, no, sino ver la plaza delante del teatro absolutamente atestada de melómanos –llevarían ahí horas, bajo un frío considerable– para rendir homenaje a su paisano. Algunos comentarios que me han realizado en este blog me dejan la duda de si, efectivamente, Abbado ha sido uno de los más grandes, como escribí en su momento, o simplemente uno de los importantes directores de los últimos cincuenta años, sin más. Pero lo que está clarísimo es que en Milán le adoran, además de tener en altísima consideración a los grandes artistas de la música. Ojalá fuera así en todas partes.
domingo, 26 de enero de 2014
Tercera Sinfonía de Lutoslawski: discografía comparada
Este post lo publiqué originalmente el 15 de septiembre de 2009. Aprovechando que ayer se cumpleron 101 años del nacimiento del genial compositor polaco, he ampliado la comparativa sobre esta fascinante sinfonía con cuatro registros adicionales: Lutoslawski 1992, Blaszczyk, Gardner y Rattle. Además. he vuelto a escuchar la de Lutoslawski 1985 y la de Barenboim. La primera de ellas sigue siendo mi interpretación favorita. A la segunda he decidido subirle del 9 al 10, no solo porque me ha gustado ahora aún más que antes, sino también porque la de Rattle, magnifica pero un poco menos personal que la del argentino, me anima a "empujar" a la de éste hacia arriba. No he cambiado nada en los textos ya escritos.
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El próximo sábado la Orquesta Nacional de España ofrece en Alicante la Sinfonía nº 3 de Witold Lutoslawski, una verdadera obra maestra que no parece interesar mucho a nuestros programadores. Como me he animado a visitar el Festival de Música Contemporánea, he considerado oportuno realizar un repaso de todas las grabaciones discográficas a mi disposición, seis en total.Me faltan dos: la de Miroslaw Blaszczyk con la Orquesta Nacional de Silesia para el sello Dux y la de Edward Gardner con la Sinfónica de la BBC para Chandos.
La obra fue un encargo de la Sinfónica de Chicago y se escribió durante un dilatado periodo de tiempo, siendo estrenada por la formación norteamericana bajo la dirección de Sir Georg Solti el 29 de septiembre de 1983. Escrita con mano maestra y un lenguaje tan hermético como comunicativo -tal paradoja es posible en la música del autor-, resulta destacable la utilización de técnicas aleatorias que ponen a prueba la intuición y el virtuosismo de los intérpretes. Ni que decir tiene que las demandas hacia la orquesta son extraordinarias y que, por ende, la calidad de la misma determina en gran medida el resultado interpretativo. Aquí va, como aportación adicional, una relación de las duraciones de los diferentes registros comentados abajo.
Solti (sin contar los aplausos): 26’14’’
Salonen: 31’24’’
Lutoslawski 1985: 30’22’’
Wit I: 27’50’’
Lutoslawski 1992: 30’28’’
Barenboim: 27’23’’
Wit II: 31’37’’
Otaka: 34'31''
Blaszczyk: 30'58''
Gardner: 30’50’’
Rattle: 29'16''

1. Solti/Sinfónica de Chicago (CSO, 1 de octubre de 1983). En la ocasión del estreno, Solti hizo gala de su poderosísima personalidad y ofreció una versión electrizante, muy angulosa e incisiva, agresiva en el tratamiento de los metales y en buena medida “expresionista”, lo que no le impide hacer gala de un rico colorido y de un buen sentido de las texturas, aunque sí le lleva a desatender al peso de los silencios, a no ofrecer la flexibilidad suficiente y a pasar por encima de los aspectos más líricos y atmosféricos de la obra, que –como demostrarán otros directores– también los tiene. En cualquier caso la comunicatividad y brillantez propias del maestro enganchan desde el principio y no dejan respiro a lo largo de esta interpretación que parece ideal para acercar la obra a quienes más les cuesta acercarse a la música contemporánea. Por desgracia solo se puede adquirir en una edición especial editada por la propia orquesta a un precio bastante elevado (enlace). (8)

2. Salonen/Filarmónica de Los Ángeles (CBS-Sony, 1985). En la primera grabación de la obra que se editó comercialmente, el aún joven Salonen ofrece la interpretación “didáctica” por antonomasia. Todo está maravillosamente expuesto y explicado, con asombrosa claridad y solidísima arquitectura, guiándonos por todos los recovecos de la obra, clarificando todos los puntos que pueden quedar oscuros y sorprendiéndonos con un tratamiento de las texturas que emparentan la página con Ligeti. El problema es que con tanta atención a los árboles se pierde de vista el bosque; por momentos se echa en falta una dosis mayor de comunicatividad y -por qué no- de emoción. El final, en cualquier caso, es admirable. (8)
3. Lutoslawski/Filarmónica de Berlín (Philips, 1985). La visión personal del compositor, mucho más atento al análisis, al misterio y a los aspectos sensuales de la página que a la electricidad o la espectacularidad, se encuentra mucho más cerca de Salonen que de Solti, solo que aportando frente al maestro finés una dosis mucho mayor de flexibilidad, colorido, imaginación y riqueza de matices expresivos, haciendo además respirar a la música con mayor naturalidad y demostrando que esta obra contiene, pese a su carácter aparentemente hermético, una intensa dosis de humanismo y hasta de emotividad. La orquesta de Karajan se rinde incondicionalmente entregando todo su virtuosismo y musicalidad, y los ingenieros de Philips ponen la guinda con una espléndida toma sonora. (10)
4. Wit/Orquesta Sinfónica Nacional de la Radio Polaca de Katowice (Polskie Nagrania, 1988). Al igual que “era necesario” que el compositor dejara su visión de la obra en el podio, estaba cantado que “hacía falta” una versión con denominación de origen. Curiosamente Antoni Wit ofreció una recreación muy distinta a la del propio Lutoslawski para acercarse, aunque con unos parámetros expresivos mucho más moderados, a las posiciones de un Solti, no tanto por la premura de los tempi sino por su carácter nervioso, la angulosidad del trazo y la -solo relativa- agresividad que desprende. Por desgracia Wit no es capaz de ofrecer la solidez de la arquitectura ni de la electricidad del maestro húngaro, como tampoco la capacidad de análisis y el refinamiento de un Salonen, y su notable orquesta polaca no puede compararse a la Sinfónica de Chicago o a la Filarmónica de Berlín. La toma sonora, analógica y sin reprocesar, no ayuda. (7)
5. Lutoslawski/Sinfónica Nacional de la Radio de Polonia (Accord, 1992). En este registro en estudio de excelente sonido, el último que realizó en su vida, el compositor polaco repitió el milagro de seis años atrás con la Filarmónica de Berlín, quizá abundando más aún en los aspectos oníricos y misteriosos de la página aun sin descuidar las descargas de electricidad y las asperezas sonoras en los momentos adecuados. La orquesta lógicamente no es de primera, y eso se nota en los metales, pero ofrece verdadera magia sonora bajo una batuta capaz de las mayores sutilezas expresivas. (10)

6. Barenboim/Sinfónica de Chicago (Erato, 1992). La tercera y última grabación “obligatoria” era, claro está, la de la formación que realizó el encargo, pero esta lo hizo ya bajo la batuta de su nuevo titular. No cabe imaginar una visión más distinta que la de Solti, y eso que la orquesta es la misma y la duración le empararenta antes con él que con Lutoslawski, a quien se aproxima en buena medida con su visión atmosférica y sensual en la que la sutileza del trazo y la variedad de texturas –increíbles en esta recreación– son más importantes que la fuerza expresiva de la arquitectura o la visceralidad de las emociones. ¿Mirando antes al Impresionismo que al Expresionismo? Algo así. Hay que puntualizar, en cualquier caso, que Barenboim carece de la firmeza de trazo y de la tensión sonora que ofrecía el propio compositor para Philips, también de su fuerza en los clímax, pero a cambio aporta una dosis adicional de cantabilidad, de vuelo lírico, de humanismo, como si quisiera mirar –en el de Buenos Aires es inevitable– no solo a la música del siglo XX sino también al pasado romántico. La orquesta aporta el increíble virtuosismo que ya mostró con Solti en el estreno, además de un enorme olfato musical para sus intervenciones aleatorias. La toma sonora, sin toda la transparencia tímbrica deseable, ofrece una admirable amplitud espacial y una amplia gama dinámica. Eso sí, hay que poner el volumen bien elevado. (10)
7. Wit/Orquesta Sinfónica Nacional de la Radio Polaca de Katowice (Naxos, 1995). Siete años después de su primera tentativa, las huestes polacas vuelven a probar fortuna y alcanzan un éxito mucho mayor. Tomándose las cosas con bastante más calma –es la interpretación más dilatada hasta la fecha–, Witt logra refinar el trazo, clarificar mejor las texturas, ofrecer mayor número de matices y enriquecer su enfoque atendiendo a los aspectos de la obra que antes había pasado por alto. La toma sonora, sin ser la ideal, es también mucho mejor ahora. Muy recomendable. (9)

8. Otaka/Orquesta Sinfónica Nacional de la BBC de Gales (BIS, 1995). Aprovechando la primera grabación mundial de Chantefleurs et Chantefables que dio razón de ser a este disco, el sello sueco enriquece la discografía con una interpretación que, además de estar espléndidamente grabada, es la más lenta de todas. Por ello mismo es quizá también una de las que ofrece mayor claridad en el entramado orquestal. Además, Tadaaki Otaka se muestra como buen concertador y un músico sensato que atiende a todas las facetas de la obra y posee cierta elegancia en su trazo. Por desgracia el maestro japonés, tal vez por culpa de la referida lentitud, no logra organizar de manera convincente las tensiones internas ni otorgar unidad, como tampoco es capaz de alcanzar las sutilezas del propio Lutoslawski ni de ofrecer la hondura de un Barenboim. El resultado, dentro de su digno nivel, termina siendo algo aburrido. (7)
9. Miroslaw Jacek Blaszczyk/Filarmónica Sinfónica de Silesia (Dux, 2004). Gran mérito el de una orquesta y un director fuera de los grandes circuitos internacionales levantar con semejante corrección esta obra maestra, con buen trazo, cuidadosa planificación e irreprochable equilibro entre los aspectos sensuales y líricos de esta música con los más viscerales. Por desgracia la competencia es importante, y aquí se echan de menos la magia sonora, la electricidad, la variedad expresiva y –en definitiva– la comunicatividad de las grandes recreaciones discográficas. Incluso la toma sonora, siendo muy buena, no está a la altura de los tiempos que corren. (7)
10. Gardner/Sinfónica de la BBC (Chandos, 2010). El maestro británico es de los que se apartan de la senda lírica propuesta por el propio compositor en su registro para Philips para apostar por el nervio, por la insicividad y hasta por lo agresivo, aunque sin renunciar a detallismo en el tratamiento de las texturas y sin precipitarse, sino dejando a la música respirar. El resultado es muy plausible, aunque sobra algo de estridencia, incluso de escándalo gratuito. La orquesta realiza una buena labor, pero su maleabilidad no es la de las grandes ni sus solistas resultan particularmente expresivos. (8)
11. Rattle/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2012). Sir Simon toma como modelo claro la realización del propio autor con la misma orquesta de 1985, y consecuentemente ofrece –armado de una técnica de batuta portentosa y secundado por una orquesta pletórica de facultades– una realización ante todo lírica y sensual, fascinante en el tratamiento de las texturas y muy emotiva, aunque quizá al británico se le va un poco la mano a la hora de “romantizar" la obra; un poco más de incisividad, de mala leche y de garra dramática en determinados no le hubiera venido mal a esta interpretación quizá un punto más amable de la cuenta, pero en cualquier caso de espléndido nivel. (9)
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El próximo sábado la Orquesta Nacional de España ofrece en Alicante la Sinfonía nº 3 de Witold Lutoslawski, una verdadera obra maestra que no parece interesar mucho a nuestros programadores. Como me he animado a visitar el Festival de Música Contemporánea, he considerado oportuno realizar un repaso de todas las grabaciones discográficas a mi disposición, seis en total.
La obra fue un encargo de la Sinfónica de Chicago y se escribió durante un dilatado periodo de tiempo, siendo estrenada por la formación norteamericana bajo la dirección de Sir Georg Solti el 29 de septiembre de 1983. Escrita con mano maestra y un lenguaje tan hermético como comunicativo -tal paradoja es posible en la música del autor-, resulta destacable la utilización de técnicas aleatorias que ponen a prueba la intuición y el virtuosismo de los intérpretes. Ni que decir tiene que las demandas hacia la orquesta son extraordinarias y que, por ende, la calidad de la misma determina en gran medida el resultado interpretativo. Aquí va, como aportación adicional, una relación de las duraciones de los diferentes registros comentados abajo.
Solti (sin contar los aplausos): 26’14’’
Salonen: 31’24’’
Lutoslawski 1985: 30’22’’
Wit I: 27’50’’
Lutoslawski 1992: 30’28’’
Barenboim: 27’23’’
Wit II: 31’37’’
Otaka: 34'31''
Blaszczyk: 30'58''
Gardner: 30’50’’
Rattle: 29'16''

1. Solti/Sinfónica de Chicago (CSO, 1 de octubre de 1983). En la ocasión del estreno, Solti hizo gala de su poderosísima personalidad y ofreció una versión electrizante, muy angulosa e incisiva, agresiva en el tratamiento de los metales y en buena medida “expresionista”, lo que no le impide hacer gala de un rico colorido y de un buen sentido de las texturas, aunque sí le lleva a desatender al peso de los silencios, a no ofrecer la flexibilidad suficiente y a pasar por encima de los aspectos más líricos y atmosféricos de la obra, que –como demostrarán otros directores– también los tiene. En cualquier caso la comunicatividad y brillantez propias del maestro enganchan desde el principio y no dejan respiro a lo largo de esta interpretación que parece ideal para acercar la obra a quienes más les cuesta acercarse a la música contemporánea. Por desgracia solo se puede adquirir en una edición especial editada por la propia orquesta a un precio bastante elevado (enlace). (8)

2. Salonen/Filarmónica de Los Ángeles (CBS-Sony, 1985). En la primera grabación de la obra que se editó comercialmente, el aún joven Salonen ofrece la interpretación “didáctica” por antonomasia. Todo está maravillosamente expuesto y explicado, con asombrosa claridad y solidísima arquitectura, guiándonos por todos los recovecos de la obra, clarificando todos los puntos que pueden quedar oscuros y sorprendiéndonos con un tratamiento de las texturas que emparentan la página con Ligeti. El problema es que con tanta atención a los árboles se pierde de vista el bosque; por momentos se echa en falta una dosis mayor de comunicatividad y -por qué no- de emoción. El final, en cualquier caso, es admirable. (8)
5. Lutoslawski/Sinfónica Nacional de la Radio de Polonia (Accord, 1992). En este registro en estudio de excelente sonido, el último que realizó en su vida, el compositor polaco repitió el milagro de seis años atrás con la Filarmónica de Berlín, quizá abundando más aún en los aspectos oníricos y misteriosos de la página aun sin descuidar las descargas de electricidad y las asperezas sonoras en los momentos adecuados. La orquesta lógicamente no es de primera, y eso se nota en los metales, pero ofrece verdadera magia sonora bajo una batuta capaz de las mayores sutilezas expresivas. (10)

6. Barenboim/Sinfónica de Chicago (Erato, 1992). La tercera y última grabación “obligatoria” era, claro está, la de la formación que realizó el encargo, pero esta lo hizo ya bajo la batuta de su nuevo titular. No cabe imaginar una visión más distinta que la de Solti, y eso que la orquesta es la misma y la duración le empararenta antes con él que con Lutoslawski, a quien se aproxima en buena medida con su visión atmosférica y sensual en la que la sutileza del trazo y la variedad de texturas –increíbles en esta recreación– son más importantes que la fuerza expresiva de la arquitectura o la visceralidad de las emociones. ¿Mirando antes al Impresionismo que al Expresionismo? Algo así. Hay que puntualizar, en cualquier caso, que Barenboim carece de la firmeza de trazo y de la tensión sonora que ofrecía el propio compositor para Philips, también de su fuerza en los clímax, pero a cambio aporta una dosis adicional de cantabilidad, de vuelo lírico, de humanismo, como si quisiera mirar –en el de Buenos Aires es inevitable– no solo a la música del siglo XX sino también al pasado romántico. La orquesta aporta el increíble virtuosismo que ya mostró con Solti en el estreno, además de un enorme olfato musical para sus intervenciones aleatorias. La toma sonora, sin toda la transparencia tímbrica deseable, ofrece una admirable amplitud espacial y una amplia gama dinámica. Eso sí, hay que poner el volumen bien elevado. (10)
7. Wit/Orquesta Sinfónica Nacional de la Radio Polaca de Katowice (Naxos, 1995). Siete años después de su primera tentativa, las huestes polacas vuelven a probar fortuna y alcanzan un éxito mucho mayor. Tomándose las cosas con bastante más calma –es la interpretación más dilatada hasta la fecha–, Witt logra refinar el trazo, clarificar mejor las texturas, ofrecer mayor número de matices y enriquecer su enfoque atendiendo a los aspectos de la obra que antes había pasado por alto. La toma sonora, sin ser la ideal, es también mucho mejor ahora. Muy recomendable. (9)

8. Otaka/Orquesta Sinfónica Nacional de la BBC de Gales (BIS, 1995). Aprovechando la primera grabación mundial de Chantefleurs et Chantefables que dio razón de ser a este disco, el sello sueco enriquece la discografía con una interpretación que, además de estar espléndidamente grabada, es la más lenta de todas. Por ello mismo es quizá también una de las que ofrece mayor claridad en el entramado orquestal. Además, Tadaaki Otaka se muestra como buen concertador y un músico sensato que atiende a todas las facetas de la obra y posee cierta elegancia en su trazo. Por desgracia el maestro japonés, tal vez por culpa de la referida lentitud, no logra organizar de manera convincente las tensiones internas ni otorgar unidad, como tampoco es capaz de alcanzar las sutilezas del propio Lutoslawski ni de ofrecer la hondura de un Barenboim. El resultado, dentro de su digno nivel, termina siendo algo aburrido. (7)
9. Miroslaw Jacek Blaszczyk/Filarmónica Sinfónica de Silesia (Dux, 2004). Gran mérito el de una orquesta y un director fuera de los grandes circuitos internacionales levantar con semejante corrección esta obra maestra, con buen trazo, cuidadosa planificación e irreprochable equilibro entre los aspectos sensuales y líricos de esta música con los más viscerales. Por desgracia la competencia es importante, y aquí se echan de menos la magia sonora, la electricidad, la variedad expresiva y –en definitiva– la comunicatividad de las grandes recreaciones discográficas. Incluso la toma sonora, siendo muy buena, no está a la altura de los tiempos que corren. (7)
10. Gardner/Sinfónica de la BBC (Chandos, 2010). El maestro británico es de los que se apartan de la senda lírica propuesta por el propio compositor en su registro para Philips para apostar por el nervio, por la insicividad y hasta por lo agresivo, aunque sin renunciar a detallismo en el tratamiento de las texturas y sin precipitarse, sino dejando a la música respirar. El resultado es muy plausible, aunque sobra algo de estridencia, incluso de escándalo gratuito. La orquesta realiza una buena labor, pero su maleabilidad no es la de las grandes ni sus solistas resultan particularmente expresivos. (8)
11. Rattle/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2012). Sir Simon toma como modelo claro la realización del propio autor con la misma orquesta de 1985, y consecuentemente ofrece –armado de una técnica de batuta portentosa y secundado por una orquesta pletórica de facultades– una realización ante todo lírica y sensual, fascinante en el tratamiento de las texturas y muy emotiva, aunque quizá al británico se le va un poco la mano a la hora de “romantizar" la obra; un poco más de incisividad, de mala leche y de garra dramática en determinados no le hubiera venido mal a esta interpretación quizá un punto más amable de la cuenta, pero en cualquier caso de espléndido nivel. (9)
viernes, 24 de enero de 2014
Medio millón de visitas
Con cerca de seis años que lleva en funcionamiento este blog –su creación se remonta a mayo de 2008–, a razón de unas tres entradas semanales como media, se alcanzó anoche la cifra de quinientas mil visitas. Aunque la cifra no es gran cosa para lo que es habitual en internet, entiendo que tengo motivos para estar satisfecho tratándose de lo que se trata: no una publicación periódica, ni un foro, ni un sitio de descargas, sino un rincón que gira exclusivamente en torno a los gustos personales, a los encuentros y desencuentros, a los trabajos realizados para diferentes medios y, en definitiva, a las circunstancias que rodean a un único individuo –obviamente un servidor– que no es más ni menos interesante que la mayoría de melómanos medianamente formados que circulan por ahí, pero al que le gusta que le lean (¡para qué ocultarlo!) tanto como le gusta a él leer a otros, y que por ende piensa que pueden aprender de lo que escribe tanto como él lo hace de los demás.
Por supuesto, no soy tan cretino como para pensar que la mayoría de quienes se pasan por aquí lo hacen interesados por mis opiniones. Menos aún para tomarlas como referencia. En realidad, son muchos los que llegan buscando una carátula, algún dato concreto sobre un compacto, referencias a determinados conciertos, documentales sobre temas musicales, información para realizar un trabajo escolar e incluso descargas discográficas corsarias. De ahí que algunas de las entradas más leídas sean cosas como "Discografía completa de Daniel Barenboim", "Las Cantigas de Santa María" o "Películas sobre Shostakovich". Otros sí que lo hacen interesados en una opinión sobre determinados discos o conciertos, claro, aunque solo sea por mera curiosidad, para contrastar con otras fuentes –eso es lo más saludable– o para reírse de lo que aquí se dice.
Sea como fuere, quiero dar las gracias a todos cuantos se pasan por este rincón, no por leerme sino porque con sus visitas están demostrando algo que hace mucha falta: interés por la música. También pedirles disculpas porque las numerosas insuficiencias que en muchos aspectos pueden encontrar, si bien es cierto –esto tampoco está de más hacerlo ver– que mi tiempo es limitado, que mi trabajo real es otro y que intento compaginar esta afición con la de investigar sobre arte medieval en mis ratos libres. También que, lógicamente, mis oídos y mi talento son los que son, con todas sus limitaciones.
Por otra parte, confieso que dos objetivos del blog que nada tienen que ver con los lectores se han cumplido: aprender cada vez más a base del sano ejercicio de reflexionar por escrito sobre lo que se ha escuchado, por un lado, y tomar nota de lo que me han parecido las cosas para acordarme en el futuro, por otro. Esto último les aseguro que me ha venido estupendamente. ¡No se pueden imaginar la de veces que yo mismo he buceado en los contenidos para hacer memoria! Obviamente la cosa es aún más grata si se ayuda a cubrir un hueco entre los aficionados españoles: se escribe mucho en la red de ópera, venturosamente, pero casi nadie se anima a compartir sus opiniones sobre repertorio sinfónico, que es de lo que aquí más se habla.
Lo dicho, muchísimas gracias. Ah, la foto es la más reciente que tengo: ensanchando mi perímetro con una porción de roscón de reyes (buenísimo, se lo aseguro) el 5 de enero en Utrera.
Por supuesto, no soy tan cretino como para pensar que la mayoría de quienes se pasan por aquí lo hacen interesados por mis opiniones. Menos aún para tomarlas como referencia. En realidad, son muchos los que llegan buscando una carátula, algún dato concreto sobre un compacto, referencias a determinados conciertos, documentales sobre temas musicales, información para realizar un trabajo escolar e incluso descargas discográficas corsarias. De ahí que algunas de las entradas más leídas sean cosas como "Discografía completa de Daniel Barenboim", "Las Cantigas de Santa María" o "Películas sobre Shostakovich". Otros sí que lo hacen interesados en una opinión sobre determinados discos o conciertos, claro, aunque solo sea por mera curiosidad, para contrastar con otras fuentes –eso es lo más saludable– o para reírse de lo que aquí se dice.
Sea como fuere, quiero dar las gracias a todos cuantos se pasan por este rincón, no por leerme sino porque con sus visitas están demostrando algo que hace mucha falta: interés por la música. También pedirles disculpas porque las numerosas insuficiencias que en muchos aspectos pueden encontrar, si bien es cierto –esto tampoco está de más hacerlo ver– que mi tiempo es limitado, que mi trabajo real es otro y que intento compaginar esta afición con la de investigar sobre arte medieval en mis ratos libres. También que, lógicamente, mis oídos y mi talento son los que son, con todas sus limitaciones.
Por otra parte, confieso que dos objetivos del blog que nada tienen que ver con los lectores se han cumplido: aprender cada vez más a base del sano ejercicio de reflexionar por escrito sobre lo que se ha escuchado, por un lado, y tomar nota de lo que me han parecido las cosas para acordarme en el futuro, por otro. Esto último les aseguro que me ha venido estupendamente. ¡No se pueden imaginar la de veces que yo mismo he buceado en los contenidos para hacer memoria! Obviamente la cosa es aún más grata si se ayuda a cubrir un hueco entre los aficionados españoles: se escribe mucho en la red de ópera, venturosamente, pero casi nadie se anima a compartir sus opiniones sobre repertorio sinfónico, que es de lo que aquí más se habla.
Lo dicho, muchísimas gracias. Ah, la foto es la más reciente que tengo: ensanchando mi perímetro con una porción de roscón de reyes (buenísimo, se lo aseguro) el 5 de enero en Utrera.
martes, 21 de enero de 2014
Los dos Abbados: cuestión de gustos
Creo que nadie duda que Claudio Abbado ha sido uno de los más grandes directores de orquesta de la era fonográfica. Sin embargo, depende muchísimo de la sensibilidad de cada melómano a cuál de los dos Abbados se admira, si al que duró hasta mediados de los ochenta o al que se desarrolló a partir de entonces, un tema del que ya he hablado por aquí en otra ocasión y del que hoy mismo ha escrito, como quien no quiere la cosa pero dejándolo caer con claridad, Luis Gago. Yo lo tengo muy claro: prefiero al primero. Por eso mismo estoy muy de acuerdo, en general, con la lista de discos esenciales del maestro que ha presentado Ángel Carrascosa, bastante con la de Luis Suñén y mucho menos con la de Arturo Reverter, aunque haya lógicas coincidencias entre ellos.
Yo no voy a presentar lista propia. Me limito a poner un par de vídeos. Uno con el que para mí es el Abbado más rematadamente genial, un prodigio de fuerza, tensión dramática, sentido del color y virtuosismo puesto al servicio de una tan sincera como controlada vehemencia expresiva; el otro con el más amanerado, ingrávido, trivial y repipi. Un Bartók demoledor y un Mozart convertido en cajita de música. Puede que a ustedes le parezcan todo lo contrario, el primero una innecesaria salvajada (“exceso de pathos”, he leído por ahí aplicado al Wagner de Barenboim) y el segundo una delicia. Decidan por ustedes mismos, pero no me digan que les gusta los dos: son dos maneras incompatibles de concebir el hecho musical. Descanse en paz, Don Claudio.
Yo no voy a presentar lista propia. Me limito a poner un par de vídeos. Uno con el que para mí es el Abbado más rematadamente genial, un prodigio de fuerza, tensión dramática, sentido del color y virtuosismo puesto al servicio de una tan sincera como controlada vehemencia expresiva; el otro con el más amanerado, ingrávido, trivial y repipi. Un Bartók demoledor y un Mozart convertido en cajita de música. Puede que a ustedes le parezcan todo lo contrario, el primero una innecesaria salvajada (“exceso de pathos”, he leído por ahí aplicado al Wagner de Barenboim) y el segundo una delicia. Decidan por ustedes mismos, pero no me digan que les gusta los dos: son dos maneras incompatibles de concebir el hecho musical. Descanse en paz, Don Claudio.
lunes, 20 de enero de 2014
Tristán con Barenboim y la WEDO en Sevilla: sencillamente redondo
Aún triste por el fallecimiento de Claudio Abbado, cuyas realizaciones de los años sesenta y setenta le colocan en el podio de lo más grandes directores de la era del disco, me toca escribir sobre el segundo acto de Tristán e Isolda que en versión de concierto ofrecieron ayer domingo 19 en el Teatro de la Maestranza Daniel Barenboim y sus chicos de la West-Eastern Divan. Diciéndolo alto y claro, el nivel fue aún superior al esperado, porque además de una batuta excelsa en este repertorio y de una orquesta cada día mejor y más entregada, había sobre el escenario algo que es muy difícil de reunir para la interpretación wagneriana, incluyendo los mejores teatros del mundo y las producciones discográficas de los sellos más prestigiosos: un equipo canoro de altísimo nivel y de enorme solidez, con algún inevitable desequilibrio pero sin ningún lunar de importancia. Ni uno solo.
Iréne Theorin es una de las Isoldas más apreciadas de la actualidad. No me extraña. La voz es de soprano dramática wagneriana cien por cien, robusta, esmaltada, homogénea en toda su extensión, de amplio pero bien controlado vibrato, poderosa en los agudos –todos ellos afrontados a tumba abierta– y de irreprochable proyección por la sala incluso en los momentos en los que la orquesta (no se olvide: sobre el escenario y no en el foso) sonaba con mayor potencia. Como intérprete la sueca no alcanza ni muchísimo menos el grado de sutileza, sensualidad y elevación espiritual de la inigualable Waltraud Meier –que ya no está para muchos trotes–, pero no es en absoluto una artista plana o vulgar: canta con musicalidad y atención al matiz, además de con estilo y un alto voltaje pasional.
Gratísima sorpresa –por no decir una revelación– Andreas Schager. Desde luego no es un heldentenor, sino un lírico. Pero un lírico de voz hermosa dotada de metal, excelentes agudos y gran maleabilidad, permitiéndole matizadas y sensibles medias voces en los momentos más delicados del dúo. Me recordó a Jerusalem –también físicamente– y, sobre todo, al joven Kollo. Ahora bien, de tanto poner la carne en el asador llegó un momento en el que Schager soltó un “gallo”; a partir de ahí se puso nervioso, sucediéndose algunos roces que afearon un tanto su interpretación, que se hizo más prudente y escamoteó alguna nota en los fortísimos. ¿Cómo abordará este joven el terrible tercer acto en una función completa? No lo sé, aunque de momento también anda cantando Sigfrido, que no es precisamente moco de pavo. En cualquier caso, en Sevilla estuvo admirable, desde luego muy por encima de los tristanes oficiales que hay por ahí, entre ellos Robert Dean Smith, que lo hizo precisamente en el Maestranza y lo anda haciendo ahora en Madrid, por no hablar del mediocre Jay Hunter Morris que vimos en Valencia y del literalmente inaudible Ian Storey con el propio Barenboim en La Scala.
El problema de Lioba Braun es que no es tanto mezzo como soprano corta; de hecho, actualmente suele hacer de Isolda, aunque en su momento cantara Brangania con Barenboim en Bayreuth. Al lado de Theorin, le faltaron diferenciación vocal y potencia canora, pero hubo mucho estilo y apreciable sensibilidad. Bien.
Sensacional Falk Struckmann, que pensé que iba a estrellarse contra el Rey Marke por su condición no de bajo, sino de barítono-bajo. Pues bien, es cierto que las notas más graves las tiene que trampear y que las características de su instrumento le impiden ofrecer ese particular toque de calidez que es propio del rol, pero a cambio ofreció, además de un volumen canoro de impresión, una recreación psicológica de una intensidad dramática comparable a la de los más grandes recreadores más o menos recientes del personaje, Kurt Moll y Matti Salminen. ¿Y Pape? Sin duda magnífico, pero Struckmann me parece aún más intenso y veraz. De libro.
El papel de Melot tiene dos frases, así que fue todo un lujo contar con una personalidad de la talla del ya veterano Graham Clark, al que los operófilos conocemos bien como actor-cantante en papeles de “tenor graznante” tipo Mime. Voz fea y con punta, perfecta en estilo y certera en la expresión. Lo dicho, de lujo.
De la dirección de Daniel Barenboim no voy a decir nada, porque unánimemente está reconocido como el más grande director de Tristán e Isolda de los últimos cuarenta años. Bueno, sí, debo apuntar que a tenor de su evolución en la interpretación de la sublime partitura esperaba en Sevilla una visión aún más lírica, sensual y amorosa que la suya de La Scala. Pues no: hubo concentración y elevación espiritual en grado sumo, desde luego, pero en el Maestranza tocó una de esas noches de “Barenboim ardiente” con momentos –entrada de Tristán, clímax antes de la irrupción de Marke– tan arrebatados que hubieran podido conocer un considerable descontrol de no ser porque los chicos de la West-Eastern Divan (¿alguien se atreve a repetir a estas alturas eso de “orquesta de bolos”, aunque hayan ensayado tan solo unos días?) demostraron una técnica y una entrega portentosas. Lo hicieron, claro, guiados por una batuta que les exigió en grado extremo y que la modeló con una plasticidad, un sentido del color, un equilibrio de la polifonía (¡increíble tratamiento de las texturas, con plena atención a todas las líneas intermedias!) y un estilo wagneriano como hoy ningún otro director –con la excepción de Thielemann, en cualquier caso muy inferior a Barenboim en esta partitura– puede conseguir.
En suma, una interpretación de primera magnitud y todo un hito en la interpretación wagneriana en Sevilla. Dice mi amigo Juan José Roldán en su crónica que “llegará el día, y no será muy lejano, que recordemos este paso periódico del gran y genial maestro con su espléndida formación, crecida a nuestro amparo, con tanta nostalgia como orgullo”. Estoy de acuerdo, y añadiría que sentiremos bochorno al recordar como cada vez que llegaba esta cita anual, los de siempre andaban tergiversando la información (¡qué demagogia hacer creer a los menos informados que el dinero de la Fundación sirve tan solo para sufragar dos conciertos!) y pidiendo que Barenboim se vaya con la música a otra parte. Ya lo verán: el tiempo pondrá a cada uno en su lugar. Mientras tanto, quede esta velada para el recuerdo.
Iréne Theorin es una de las Isoldas más apreciadas de la actualidad. No me extraña. La voz es de soprano dramática wagneriana cien por cien, robusta, esmaltada, homogénea en toda su extensión, de amplio pero bien controlado vibrato, poderosa en los agudos –todos ellos afrontados a tumba abierta– y de irreprochable proyección por la sala incluso en los momentos en los que la orquesta (no se olvide: sobre el escenario y no en el foso) sonaba con mayor potencia. Como intérprete la sueca no alcanza ni muchísimo menos el grado de sutileza, sensualidad y elevación espiritual de la inigualable Waltraud Meier –que ya no está para muchos trotes–, pero no es en absoluto una artista plana o vulgar: canta con musicalidad y atención al matiz, además de con estilo y un alto voltaje pasional.
Gratísima sorpresa –por no decir una revelación– Andreas Schager. Desde luego no es un heldentenor, sino un lírico. Pero un lírico de voz hermosa dotada de metal, excelentes agudos y gran maleabilidad, permitiéndole matizadas y sensibles medias voces en los momentos más delicados del dúo. Me recordó a Jerusalem –también físicamente– y, sobre todo, al joven Kollo. Ahora bien, de tanto poner la carne en el asador llegó un momento en el que Schager soltó un “gallo”; a partir de ahí se puso nervioso, sucediéndose algunos roces que afearon un tanto su interpretación, que se hizo más prudente y escamoteó alguna nota en los fortísimos. ¿Cómo abordará este joven el terrible tercer acto en una función completa? No lo sé, aunque de momento también anda cantando Sigfrido, que no es precisamente moco de pavo. En cualquier caso, en Sevilla estuvo admirable, desde luego muy por encima de los tristanes oficiales que hay por ahí, entre ellos Robert Dean Smith, que lo hizo precisamente en el Maestranza y lo anda haciendo ahora en Madrid, por no hablar del mediocre Jay Hunter Morris que vimos en Valencia y del literalmente inaudible Ian Storey con el propio Barenboim en La Scala.
El problema de Lioba Braun es que no es tanto mezzo como soprano corta; de hecho, actualmente suele hacer de Isolda, aunque en su momento cantara Brangania con Barenboim en Bayreuth. Al lado de Theorin, le faltaron diferenciación vocal y potencia canora, pero hubo mucho estilo y apreciable sensibilidad. Bien.
Sensacional Falk Struckmann, que pensé que iba a estrellarse contra el Rey Marke por su condición no de bajo, sino de barítono-bajo. Pues bien, es cierto que las notas más graves las tiene que trampear y que las características de su instrumento le impiden ofrecer ese particular toque de calidez que es propio del rol, pero a cambio ofreció, además de un volumen canoro de impresión, una recreación psicológica de una intensidad dramática comparable a la de los más grandes recreadores más o menos recientes del personaje, Kurt Moll y Matti Salminen. ¿Y Pape? Sin duda magnífico, pero Struckmann me parece aún más intenso y veraz. De libro.
El papel de Melot tiene dos frases, así que fue todo un lujo contar con una personalidad de la talla del ya veterano Graham Clark, al que los operófilos conocemos bien como actor-cantante en papeles de “tenor graznante” tipo Mime. Voz fea y con punta, perfecta en estilo y certera en la expresión. Lo dicho, de lujo.
De la dirección de Daniel Barenboim no voy a decir nada, porque unánimemente está reconocido como el más grande director de Tristán e Isolda de los últimos cuarenta años. Bueno, sí, debo apuntar que a tenor de su evolución en la interpretación de la sublime partitura esperaba en Sevilla una visión aún más lírica, sensual y amorosa que la suya de La Scala. Pues no: hubo concentración y elevación espiritual en grado sumo, desde luego, pero en el Maestranza tocó una de esas noches de “Barenboim ardiente” con momentos –entrada de Tristán, clímax antes de la irrupción de Marke– tan arrebatados que hubieran podido conocer un considerable descontrol de no ser porque los chicos de la West-Eastern Divan (¿alguien se atreve a repetir a estas alturas eso de “orquesta de bolos”, aunque hayan ensayado tan solo unos días?) demostraron una técnica y una entrega portentosas. Lo hicieron, claro, guiados por una batuta que les exigió en grado extremo y que la modeló con una plasticidad, un sentido del color, un equilibrio de la polifonía (¡increíble tratamiento de las texturas, con plena atención a todas las líneas intermedias!) y un estilo wagneriano como hoy ningún otro director –con la excepción de Thielemann, en cualquier caso muy inferior a Barenboim en esta partitura– puede conseguir.
En suma, una interpretación de primera magnitud y todo un hito en la interpretación wagneriana en Sevilla. Dice mi amigo Juan José Roldán en su crónica que “llegará el día, y no será muy lejano, que recordemos este paso periódico del gran y genial maestro con su espléndida formación, crecida a nuestro amparo, con tanta nostalgia como orgullo”. Estoy de acuerdo, y añadiría que sentiremos bochorno al recordar como cada vez que llegaba esta cita anual, los de siempre andaban tergiversando la información (¡qué demagogia hacer creer a los menos informados que el dinero de la Fundación sirve tan solo para sufragar dos conciertos!) y pidiendo que Barenboim se vaya con la música a otra parte. Ya lo verán: el tiempo pondrá a cada uno en su lugar. Mientras tanto, quede esta velada para el recuerdo.
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