1) Me levanto con la noticia de que Francisco López Gutiérrez ("Paco López") va a ser nombrado nuevo director de la Bienal de Flamenco de Sevilla. Nombramiento que considero desafortunado. Aunque no les voy a ocultar, hacerlo sería jugar sucio, la aversión mutua que sentimos ese señor y yo. Él siempre mostró un indisimulado desdén hacia mi persona, más tarde transformado –cuando comencé a escribir reseñas sobre el Villamarta– en profundo desacuerdo con mi labor como crítico (me parece oportuno indicar que, de manera por completo coherente, dos de sus firmas de cabecera son Reverter y Mengíbar). Yo empecé admirando a López, y sigo pensando que en los primeros años realizó un formidable trabajo en su faceta de programador. A medida que fueron pasando los años, la admiración se transformó en todo lo contrario, pues en el momento en que se acomodó en el sillón, lo que hizo no fue tanto servir al Villamarta como poner al Villamarta a su servicio personal. Siempre a mi modo de ver, claro está. E hizo cosas altamente censurables, de las que ya he dado cuenta demasiadas veces como para repetirme. Sospecho que en la Bienal se autoprogramará con frecuencia, aunque eso no creo que importe a los sevillanos: es lo que hace Fahmi Alqhai en el FeMÀS. Bien pensado, los dos podrían montar juntos algún espectáculo de flamenco-fusión, que a ambos les va mucho ese rollo.
2) En mi sala de audiciones tengo un gran mueble con discos por escuchar. He reordenado los contenidos. La música antigua ha pasado al lugar más inaccesible del conjunto, como también lo ha hecho la ópera. A cambio, he colocado a Haydn, a Mozart y a la música contemporánea en unas baldas mucho más cómodas. Las bandas sonoras siguen estando demasiado arriba para mis brazos, aunque accesibles. Y en lugar preferente, como siempre, el repertorio sinfónico tradicional: Beethoven, Schubert, Brahms, Tchaikovsky, Bruckner, Sibelius, Prokofiev... Para que vean en qué cambian mis gustos. Y también en qué no lo hacen.
3) Una de las mejores experiencias musicales de mi vida está siendo escuchar la obra completa de Gÿorgy Ligeti. Me faltaban algunas páginas importantes suyas por escuchar, además de la mayoría de las "secundarias". Y de las que conocía, algunas no las terminaba de comprender en toda su dimensión. No quiero decir que me resultara duro escucharle: aunque fuera música "rara", mi oído no ponía ninguna pega. Simplemente, no reparaba en lo enorme que era. En este momento, cuando ya estoy en la recta final, me doy cuenta de que el autor de Lontano no es solo uno de los más admirables compositores del siglo XX, sino también uno de los grandes genios de la historia de la música. Es difícil ser al mismo tiempo tan creativo, tan personal, tan arriesgado y tan rico en sugerencias. Modernísimo a la vez que intemporal. Si alguien me está leyendo, que no pierda el tiempo como yo lo he hecho: que se zambulla en este universo cuanto antes.
PS. No hay que ser muy listo para darse cuenta de que alguien postulará en algún momento a Paco López como director artístico del Maestranza. Al tiempo.
Un cajón de sastre para cosas sobre música "clásica". Discos, conciertos, audiciones comparadas, filias y fobias, maledicencias varias... Todo ello con centro en Jerez de la Frontera, aunque viajando todo lo posible. En definitiva, un blog sin ningún interés.
sábado, 30 de septiembre de 2017
jueves, 28 de septiembre de 2017
Reiner en Wagner y Strauss: brillantez, electricidad y epidermis
Interesante este disco con obras de Wagner y Richard Strauss en interpretaciones de Frizt Reiner al frente de la Sinfónica de Chicago, grabado con sonido espléndido para la época –un punto estridente en el caso del segundo autor citado– por los ingenieros de la RCA. Interesante por lo que alberga de bueno, pero también por mostrarnos los puntos débiles del gran maestro de origen húngaro, que algunos tenía.
Ya en el preludio del acto primero de Meistersingers quedan claras sus virtudes: trazo firme, atención tanto a la arquitectura global como al detalle, sentido teatral, brillantez bien entendida, absoluta ausencia de pesadez y una apreciable electricidad. Características, por cierto, que todas juntas no dejan de anticipar las manera de hacer de Sir Georg Solti con la misma orquesta. Pero también se pone en evidencia la falta de sintonía de Reiner con el idioma wagneriano, independientemente de su experiencia de foso: todo suena un tanto seco, escasamente sensual, falto de lirismo y de profundidad emotiva. Con todo, no podemos dejar de aplaudir el carácter bullicioso de la secuencia humorística, en perfecta sintonía con unas maderas que son un prodigio de virtuosismo y están tratadas con admirable claridad, siempre con permiso de un Otto Klemperer que realizó verdaderos prodigios en su registro para EMI.
En el preludio del acto III de la misma ópera se notan aún más las insuficiencias, por razones obvias: falta esa dimensión metafísica, esa hondura espiritual que caracteriza la página. El fragmento enlaza sin solución de continuidad con la danza de los aprendices y la entrada de los maestros, magníficamente dichas pero sin obtener todo el partido posible. De nuevo Klemperer es referencia indispensable.
No cambian las cosas en Götterdämerung. A Reiner le suena todo muy bien, pero no del todo a Wagner. El amanecer carece de misterio, si bien su climax refleja de manera abrasadora la temperatura erótica del encuentro entre Sigfrido y Brunilda. Fresco, animado y colorista el viaje por el Rin, mas no del todo poético, rematándose con un final de concierto más bien decibélico. Defrauda la marcha fúnebre de Sigfrido: lineal y poco matizada, escasa de atmósfera y un tanto castrense.
Don Juan de Strauss para terminar. Haciendo un verdadero derroche de adrenalina y virtuosismo, el maestro de Budapest y la formidable orquesta norteamericana ofrecen la lectura en ellos esperable, fogosa a más no poder, llena de sentido teatral, colorista en el mejor sentido –la tímbrica es rica y adecuadamente incisiva– y siempre de una enorme inmediatez expresiva. El problema es el mismo de la grabación de idénticos intérpretes seis años atrás, también para RCA: aunque no deja de paladear con sosiego los momentos amorosos, con frecuencia Reiner se precipita, frasea con rigidez y no es capaz de combinar la referida electricidad de su batuta con una buena dosis de esa sensualidad voluptuosa que también demandan los pentagramas. Tanto ardor juvenil, a la postre, termina eclipsando los aspectos más amorosos y poéticos de esta música.
En el preludio del acto III de la misma ópera se notan aún más las insuficiencias, por razones obvias: falta esa dimensión metafísica, esa hondura espiritual que caracteriza la página. El fragmento enlaza sin solución de continuidad con la danza de los aprendices y la entrada de los maestros, magníficamente dichas pero sin obtener todo el partido posible. De nuevo Klemperer es referencia indispensable.
No cambian las cosas en Götterdämerung. A Reiner le suena todo muy bien, pero no del todo a Wagner. El amanecer carece de misterio, si bien su climax refleja de manera abrasadora la temperatura erótica del encuentro entre Sigfrido y Brunilda. Fresco, animado y colorista el viaje por el Rin, mas no del todo poético, rematándose con un final de concierto más bien decibélico. Defrauda la marcha fúnebre de Sigfrido: lineal y poco matizada, escasa de atmósfera y un tanto castrense.
Don Juan de Strauss para terminar. Haciendo un verdadero derroche de adrenalina y virtuosismo, el maestro de Budapest y la formidable orquesta norteamericana ofrecen la lectura en ellos esperable, fogosa a más no poder, llena de sentido teatral, colorista en el mejor sentido –la tímbrica es rica y adecuadamente incisiva– y siempre de una enorme inmediatez expresiva. El problema es el mismo de la grabación de idénticos intérpretes seis años atrás, también para RCA: aunque no deja de paladear con sosiego los momentos amorosos, con frecuencia Reiner se precipita, frasea con rigidez y no es capaz de combinar la referida electricidad de su batuta con una buena dosis de esa sensualidad voluptuosa que también demandan los pentagramas. Tanto ardor juvenil, a la postre, termina eclipsando los aspectos más amorosos y poéticos de esta música.
martes, 26 de septiembre de 2017
Andris Nelsons dirige Wagner y Sibelius en Boston
Este disco, disponible tanto en CD como en descarga digital estéreo y multicanal, ha sido editado por la propia Sinfónica de Boston y ofrece la obertura de Tannhäuser y la Segunda de Sibelius que Andris Nelsons ofreció en el último trimestre de 2014, cuando comenzaba su andadura como nuevo titular de la soberbia formación estadounidense. Esta da una verdadera lección de virtuosismo y musicalidad, como no podía ser menos, siempre con esa particular sonoridad que le ha merecido la etiqueta de "orquesta más europea entre las norteamericanas". Por su parte, el maestro deja bien claro que es una de las mejores batutas de nuestros días haciendo gala de una capacidad para organizar la arquitectura, diseccionar el entramado orquestal y –al mismo tiempo– conseguir un empaste redondo y bellísimo como pocos directores pueden hacerlo.
En lo propiamente interpretativo el nivel es asimismo muy alto, aunque se pueden hacer matizaciones. Así, en la obertura de Wagner la propuesta de Nelsons es muy parecida a la que ya le conocíamos con la Filarmónica de Berlín: muy cálida y sensual, apolínea antes que arrebatada, en la que las secciones extremas ofrecen un misticismo sorprendente carnal (¡qué cuerda más acariciadora!) y la central, en lugar de entregarse a ardores orgiásticos, está cantada con una enorme nobleza y gran delectación, apostando por lo curvilíneo y lo ensoñado. Quizá en exceso: le sobran un par de detalles más voluptuosos de la cuenta.
La Segunda de Sibelius está más cerca de Bernstein que de Barbirolli. Es decir, no es la suya una interpretación escarpada ni electrizante, sino más bien equilibrada, contemplativa, de alto vuelo melódico, sonoridades opulentas en el mejor de los sentidos y enorme carga poética, lo que no le impide ofrecer una apreciable atmósfera ominosa y grandes clímax dramáticos en un segundo movimiento muy bien paladeado. Resulta ágil y adecuadamente nervioso el tercero, ofreciendo a su vez unos interludios muy pastorales sin caer en la blandura, en parte por la musicalidad enorme la de las maderas bostonianas. Sin embargo, creo que al cuarto le falta ese último punto de grandeza y fuerza visionaria con el que citado Bernstein alcanzó el cielo frente a la Filarmónica de Viena.
Ojo con las descargas: el FLAC multicanal en alta resolución solo he podido reproducirlo en mi nuevo equipo. El surround que semejante archivo aporta ofrece una espacialidad impresionante, pero lo cierto es que la definición tímbrica no es óptima.
La Segunda de Sibelius está más cerca de Bernstein que de Barbirolli. Es decir, no es la suya una interpretación escarpada ni electrizante, sino más bien equilibrada, contemplativa, de alto vuelo melódico, sonoridades opulentas en el mejor de los sentidos y enorme carga poética, lo que no le impide ofrecer una apreciable atmósfera ominosa y grandes clímax dramáticos en un segundo movimiento muy bien paladeado. Resulta ágil y adecuadamente nervioso el tercero, ofreciendo a su vez unos interludios muy pastorales sin caer en la blandura, en parte por la musicalidad enorme la de las maderas bostonianas. Sin embargo, creo que al cuarto le falta ese último punto de grandeza y fuerza visionaria con el que citado Bernstein alcanzó el cielo frente a la Filarmónica de Viena.
Ojo con las descargas: el FLAC multicanal en alta resolución solo he podido reproducirlo en mi nuevo equipo. El surround que semejante archivo aporta ofrece una espacialidad impresionante, pero lo cierto es que la definición tímbrica no es óptima.
domingo, 24 de septiembre de 2017
Alain Altinoglu debuta con la Filarmónica de Berlín
El maestro de ascendencia armenia Alain Altinoglu (París, 1975), titular del Teatro de la Moneda desde enero del pasado año, ha debutado al frente de la Filarmónica de Berlín con un atractivo programa integrado por obras de Ravel, Bartók, Debussy y Roussel que pude seguir la tarde de ayer en directo a través de la Digital Concert Hall. Con molestos saltos en la transmisión y una marcada compresión dinámica que me obligaba a bajar y subir el volumen continuamente, dicho sea de paso. Tampoco la realización visual estuvo esta vez muy fina. Sea como fuere, vamos a por la interpretación.
Me dejó frío la Rapsodia española: magníficamente tocada (¡faltaría más!), dicha con irreprochable gusto y sin excesos, pero más inquieta que inquietante, más distanciada que misteriosa, corta en sensualidad y en vuelo poético, amén de lineal en el trazo, parca en matices, no del todo bien diseccionada. Preludio a la noche y Malagueña pasaron sin pena ni gloria; mejor Habanera y vistosa Feria, pero sin llegar en ningún momento a enganchar.
Siguió el Concierto para viola de Belá Bartók, una de las últimas piezas escritas por el genial compositor, ahora en una nueva edición y orquestación –la página no llegó a ser completada por su autor– a cargo del viola Csaba Erdélyi que conocía aquí su estreno europeo. Confieso que no conocía la partitura, así que no puedo apuntar las diferencias con anteriores ediciones. Sí señalar que la batuta me pareció muy digna, aun por debajo de la soberbia labor de Máté Szűcs, primer atril de la formación berlinesa: intenso, directo y sincero, atento a la vertiente dramática de la obra y especialmente inspirado en lo que ésta alberga de vuelo lírico. Admirable igualmente al subrayar el poderoso sentido del humor de la escritura y todo lo que ésta guarda del folclore magiar. Chacona bachiana de propina.
A continuación se estrenaba mundialmente una suite orquestal del Peleas y Melisande de Debussy realizada por el propio director. El esfuerzo se agradece, porque permite escuchar en concierto una música que rara vez se hace en el foso. Los resultados son notables en lo que a la partitura se refiere, pero la dirección no me ha convencido: como pasara con Ravel, fría y sin magia. Parece claro que Altinoglu adora este repertorio, pero mi impresión es que no logra transmitir nada con él.
La sorpresa llegó con la suite nº 2 de esa excelente e infravalorada música que es el Bacchus et Ariane de Roussel, pues esta recibió por parte del podio y de un orquesta entregadísima –visiblemente satisfecha con el maestro al terminar– una interpretación formidable por su fuerza, colorido, incisividad y sentido del ritmo. No muy francesa, esa es la verdad, y por ello mismo no del todo sensual ni curvilínea, pero lleva de vida, de garra dramática y de comunicatividad.
Me dejó frío la Rapsodia española: magníficamente tocada (¡faltaría más!), dicha con irreprochable gusto y sin excesos, pero más inquieta que inquietante, más distanciada que misteriosa, corta en sensualidad y en vuelo poético, amén de lineal en el trazo, parca en matices, no del todo bien diseccionada. Preludio a la noche y Malagueña pasaron sin pena ni gloria; mejor Habanera y vistosa Feria, pero sin llegar en ningún momento a enganchar.
Siguió el Concierto para viola de Belá Bartók, una de las últimas piezas escritas por el genial compositor, ahora en una nueva edición y orquestación –la página no llegó a ser completada por su autor– a cargo del viola Csaba Erdélyi que conocía aquí su estreno europeo. Confieso que no conocía la partitura, así que no puedo apuntar las diferencias con anteriores ediciones. Sí señalar que la batuta me pareció muy digna, aun por debajo de la soberbia labor de Máté Szűcs, primer atril de la formación berlinesa: intenso, directo y sincero, atento a la vertiente dramática de la obra y especialmente inspirado en lo que ésta alberga de vuelo lírico. Admirable igualmente al subrayar el poderoso sentido del humor de la escritura y todo lo que ésta guarda del folclore magiar. Chacona bachiana de propina.
A continuación se estrenaba mundialmente una suite orquestal del Peleas y Melisande de Debussy realizada por el propio director. El esfuerzo se agradece, porque permite escuchar en concierto una música que rara vez se hace en el foso. Los resultados son notables en lo que a la partitura se refiere, pero la dirección no me ha convencido: como pasara con Ravel, fría y sin magia. Parece claro que Altinoglu adora este repertorio, pero mi impresión es que no logra transmitir nada con él.
La sorpresa llegó con la suite nº 2 de esa excelente e infravalorada música que es el Bacchus et Ariane de Roussel, pues esta recibió por parte del podio y de un orquesta entregadísima –visiblemente satisfecha con el maestro al terminar– una interpretación formidable por su fuerza, colorido, incisividad y sentido del ritmo. No muy francesa, esa es la verdad, y por ello mismo no del todo sensual ni curvilínea, pero lleva de vida, de garra dramática y de comunicatividad.
sábado, 23 de septiembre de 2017
Peer Gynt por Leppard
Raymond Leppard grabó tres discos con música de Edvard Grieg para el sello Philips, dos con la English Chamber Orchestra y uno con la Philharmonia, este último ya en digital. Acabo de escuchar el primero de todos ellos en la recuperación que el sello Pentatone ha realizado en formato SACD del original cuadrafónico, una toma correspondiente al mes de noviembre de 1975 que recogió las dos suites de Peer Gynt y de las Cuatro danzas noruegas. Grandes interpretaciones.
Este es un Grieg de enorme belleza y depuración sonoras; elegante a más no poder y dicho con tempi amplios que permiten paladear hasta el límite las sublimes melodías del compositor, aportando Leppard esa imprescindible mezcla de humanismo, hondura reflexiva y pathos dramático que convierten la mera puesta en sonidos, por hermosísima que sea, en una verdadera experiencia musical. ¿Reparos? La sección central de la Danza árabe la encuentro más rápida y nerviosa de la cuenta, mientras que en algunos números echo de menos un poco más de carácter –Danza de Anitra– como también de rusticidad e incluso de carácter escarpado –Retorno de Peer Gynt–, aunque uno no puede menos que maravillarse ante el control de las dinámicas y de los planos sonoros de los que hace gala el maestro, por no hablar de la contrastada calidad de los profesores de la English Chamber. En cuanto a las piezas más líricas de las suites, particularmente el Amanecer y la Canción de Solvej, son una auténtica maravilla: es difícil alcanzar una fusión más perfecta entre perfección formal y emotividad sincera, sin espacio para la blandura, la dulzonería o el narcisismo.
La joya del disco son las Cuatro danzas noruegas op. 35, una música que parte de un original pianístico para cuatro manos y en la que, de manera sorprendente, Leppard sí está dispuesto a zambullirse de lleno en la animación, la rusticidad bien entendida, la incisividad sonora, el sentido del humor y el sanísimo sabor folclórico que esta deliciosa música desprende, si bien es nuevamente en los pasajes más líricos donde el inolvidable maestro londinense alcanza la mayor elevación poética.
A la toma sonora le falta un punto de definición tímbrica –cuerda algo ácida–, pero la transparencia, el equilibrio y el sentido espacial que ofrece el SACD multicanal son dignos de admiración, por no hablar de una amplísima gama dinámica. Eso sí, hay que poner el volumen bien alto.
Este es un Grieg de enorme belleza y depuración sonoras; elegante a más no poder y dicho con tempi amplios que permiten paladear hasta el límite las sublimes melodías del compositor, aportando Leppard esa imprescindible mezcla de humanismo, hondura reflexiva y pathos dramático que convierten la mera puesta en sonidos, por hermosísima que sea, en una verdadera experiencia musical. ¿Reparos? La sección central de la Danza árabe la encuentro más rápida y nerviosa de la cuenta, mientras que en algunos números echo de menos un poco más de carácter –Danza de Anitra– como también de rusticidad e incluso de carácter escarpado –Retorno de Peer Gynt–, aunque uno no puede menos que maravillarse ante el control de las dinámicas y de los planos sonoros de los que hace gala el maestro, por no hablar de la contrastada calidad de los profesores de la English Chamber. En cuanto a las piezas más líricas de las suites, particularmente el Amanecer y la Canción de Solvej, son una auténtica maravilla: es difícil alcanzar una fusión más perfecta entre perfección formal y emotividad sincera, sin espacio para la blandura, la dulzonería o el narcisismo.
La joya del disco son las Cuatro danzas noruegas op. 35, una música que parte de un original pianístico para cuatro manos y en la que, de manera sorprendente, Leppard sí está dispuesto a zambullirse de lleno en la animación, la rusticidad bien entendida, la incisividad sonora, el sentido del humor y el sanísimo sabor folclórico que esta deliciosa música desprende, si bien es nuevamente en los pasajes más líricos donde el inolvidable maestro londinense alcanza la mayor elevación poética.
A la toma sonora le falta un punto de definición tímbrica –cuerda algo ácida–, pero la transparencia, el equilibrio y el sentido espacial que ofrece el SACD multicanal son dignos de admiración, por no hablar de una amplísima gama dinámica. Eso sí, hay que poner el volumen bien alto.
viernes, 22 de septiembre de 2017
Ballets de Tchaikovsky por Karajan
Este Blu-ray Pure Audio contiene las suites de los ballet de Tchaikovsky que Herbert von Karajan grabó junto a la Filarmónica de Viena para Decca, en 1961 la de El cascanueces y en 1965 las dos restantes. Los resultados, para mi gusto, son desiguales, y desde luego muy desequilibrados frente a la maravilla de Rostropovich –precisamente con la orquesta del salzburgués, la Filarmónica de Berlín– hace poco aquí comentada.
La suite de El cascanueces no me ha convencido: introducción algo pesadota y sin mucha gracia, marcha muy bien expuesta pero tampoco muy centrada en la expresión, hada del azúcar pimpante y caprichosa –las maderas apenas se oyen–, danzas características dichas de manera un tanto lineal o pasando un tanto de largo… Karajan solo parece encontrarse a gusto en el Vals de las flores, cuando puede desplegar todo su sentido de la opulencia sonora haciendo cantar a la maravillosa cuerda de la Filarmónica Vienesa.
En las suites grabadas cuatro años más tarde el nivel es muy superior, sorprendiendo gratamente por ofrecer toda esa dosis de sensualidad, brillantez y belleza sonora (¡qué violonchelos los de Viena!) que es de esperar en un director y una orquesta semejantes sin que se perciban caídas en el narcismo ni en el amaneramiento. Antes el contrario, y aun siempre dentro de una línea voluptuosa, digamos que occidentalizada, que no tiene mucho que ver con la aspereza y la rusticidad más propiamente rusas, y apreciándose asimismo una en absoluto disimulada búsqueda de la espectacularidad, hay que reconocer que la comunicatividad, el ardor sincero y el vuelo lírico más intenso son protagonistas de estas recreaciones.
Me ha gustado especialmente la suite de El lago de los cisnes: es posible que todavía se pueda alcanzar un grado más de creatividad e inspiración en algún número concreto, pero el nivel es francamente alto. En La bella durmiente el maestro patina seriamente en un vals no solo no muy sensual ni ensoñado, sino también un poco machacón, pero el resto es una maravilla por su perfecta planificación e intensidad expresiva, sin olvidar el sentido del humor en la aparición del Gato con botas.
En lo que a las tomas sonoras se refiere, la de 1961 deja bastante que desear: desequilibrada en los planos y con demasiada distorsión para los oídos de un oyente actual. Las otras dos resultan mucho más equilibradas y naturales. Obviamente siguen evidenciando su edad, porque ni la definición tímbrica ni la amplitud de la gama dinámica son las deseables, pero el Blu-ray audio –he hecho la comparación con el CD– aporta cuerpo, carne y relieve a la reproducción.
La suite de El cascanueces no me ha convencido: introducción algo pesadota y sin mucha gracia, marcha muy bien expuesta pero tampoco muy centrada en la expresión, hada del azúcar pimpante y caprichosa –las maderas apenas se oyen–, danzas características dichas de manera un tanto lineal o pasando un tanto de largo… Karajan solo parece encontrarse a gusto en el Vals de las flores, cuando puede desplegar todo su sentido de la opulencia sonora haciendo cantar a la maravillosa cuerda de la Filarmónica Vienesa.
En las suites grabadas cuatro años más tarde el nivel es muy superior, sorprendiendo gratamente por ofrecer toda esa dosis de sensualidad, brillantez y belleza sonora (¡qué violonchelos los de Viena!) que es de esperar en un director y una orquesta semejantes sin que se perciban caídas en el narcismo ni en el amaneramiento. Antes el contrario, y aun siempre dentro de una línea voluptuosa, digamos que occidentalizada, que no tiene mucho que ver con la aspereza y la rusticidad más propiamente rusas, y apreciándose asimismo una en absoluto disimulada búsqueda de la espectacularidad, hay que reconocer que la comunicatividad, el ardor sincero y el vuelo lírico más intenso son protagonistas de estas recreaciones.
Me ha gustado especialmente la suite de El lago de los cisnes: es posible que todavía se pueda alcanzar un grado más de creatividad e inspiración en algún número concreto, pero el nivel es francamente alto. En La bella durmiente el maestro patina seriamente en un vals no solo no muy sensual ni ensoñado, sino también un poco machacón, pero el resto es una maravilla por su perfecta planificación e intensidad expresiva, sin olvidar el sentido del humor en la aparición del Gato con botas.
En lo que a las tomas sonoras se refiere, la de 1961 deja bastante que desear: desequilibrada en los planos y con demasiada distorsión para los oídos de un oyente actual. Las otras dos resultan mucho más equilibradas y naturales. Obviamente siguen evidenciando su edad, porque ni la definición tímbrica ni la amplitud de la gama dinámica son las deseables, pero el Blu-ray audio –he hecho la comparación con el CD– aporta cuerpo, carne y relieve a la reproducción.
miércoles, 20 de septiembre de 2017
El Shostakovich del anciano Rozhdestvensky
El melómano bruckner13 nos hace un favor a todos los amantes de la música de Shostakovich subiendo a Vimeo un par de audios de singular interés: Gennadi Rozhdestvensky dirigiendo la primera y la última sinfonías del compositor soviético frente a la Staatskapelle de Dresde en un concierto celebrado el 22 de junio de 2017, es decir, hace tan solo unos meses. Morbo enorme descubrir cómo hace este repertorio a sus ochentaiséis años
de edad el que ha sido uno de los dos mejores directores –el otro fue Rostropovich– de la música del autor de La nariz. La audición supone toda una sorpresa, porque las cosas han cambiado mucho desde los tiempos de su justamente célebre integral para el sello Melodiya.
Shostakovich: Symphony no. 1 - Rozhdestvensky & Staatskapelle Dresden 2017 from bruckner13 on Vimeo.
Y es que el maestro parece haber entrado por completo en eso que llamamos fase “de anciano director”, esa misma a la que han sido ajenas personalidades como la de Kubelik, Solti o Haitink –este último de momento, veremos si cambia cuando llegue a los noventa–, pero que resulta evidente en maestros como Furtwängler, Klemperer, Böhm, Giulini y, sobre todo, Celibidache. Los tempi se ralentizan, las tensiones se relajan –en ocasiones en exceso, con Rozhdestvensky también–, el sentido de la atmósfera se impone sobre la vehemencia, y la expresividad pierde garra dramática para dar paso a una desmaterialización en la que los aspectos más abstractos y espirituales de la música –no necesariamente religiosos– se ponen en primer plano.
Buen ejemplo de lo expuesto es esta Primera de Shostakovich lentísima (41’1'' frente a los 36’06'' de Celibidache/Múnich, ahí es nada) en la que no hay ni rastro de la electricidad ni de la virulencia expresionista con que abordaba esta música en los años setenta y ochenta –impagables testimonios en Brilliant y Melodiya–. Tampoco queda mucho de ese humor corrosivo marca de la casa; ahora es más irónico y distanciado, aunque no precisamente amable. Sí que permanecen el sentido de la negrura, del dolor y del patetismo del tercer movimiento en una recreación que termina siendo extremadamente sombría, mucho antes otoñal que juvenil, como si el director quisiera conectar con el carácter esencializado y la atmósfera mortuoria de la Sinfonía nº 15 que ofrecerá en la segunda parte del concierto.
En cierto modo, se podría decir que esta es la interpretación de una obra que en su momento fue literalmente “de conservatorio” –aunque ya de una asombrosa madurez–, realizada mirándola desde el final de la vida del compositor, y por ende filtrándola por todas sus amargas experiencias vitales. El resultado es no poco fascinante, por momentos revelador, aunque no se puede decir que sea una lectura redonda: para hacer plena justicia a esta música hacen falta picos de tensión mucho más marcados –al maestro se le va el pulso–, mayor variedad expresiva y una buena dosis de esa mala leche del Rozhdestvensky de antaño. El final del cuarto movimiento, pesante y carente de desgarro, deja un mal sabor de boca al concluir una recreación que, pese a sus desigualdedes, debe ser escuchada por todo shostakoviano que se precie.
Shostakovich: Symphony no. 15 - Rozhdestvensky & Staatskapelle Dresden 2017 from bruckner13 on Vimeo.
En la escalofriante Decimoquinta el maestro se aleja muchísimo de su rabiosa, tremenda grabación de los 1983 para Melodiya, adopta una extrema lentitud (54’03'' de duración total y 19’13'' el segundo movimiento, superando el récord absoluto de los 17’25'’ de Vasily Petrenko) y se acerca muchísimo a los dos últimos testimonios de Kurt Sanderling, con la Orquesta de Cleveland y con la Filarmónica de Berlín respectivamente. Y apenas con menor grado de genialidad: en el primer movimiento se podrá preferir el carácter de implacable denuncia –auténtico dedo en la llaga, y hurgando para producir el mayor dolor posible– que tenía su registro soviético, pero la fantasmagoría de los otros tres, nihilista a más no poder pero recreada sin caer en lo lastimero ni en lo mortecino, resulta escalofriante, siempre con la colaboración acertadísima de los solistas de la formación sajona.
Además, y al contrario que en registro de Melodiya, en el cuarto movimiento paladea mejor la música –hace caso omiso, como Sanderling, del tempo indicado por el compositor– y logra no precipitarse en su fascinante coda. Y en general los picos de tensión, sin ser ni mucho menos tan rabiosos como los del disco de los ochenta, ofrecen la potencia dramática que les faltaba a los de la Sinfonía nº 1 de la primera parte del mismo concierto. Una experiencia tremenda.
La orquesta, ni que decir tiene, destila su contrastada belleza sonora, particularmente en la cuerda grave, si bien es cierto que a lo largo de todo el concierto sufre alguna vacilación y que en el primer movimiento de la Decimoquinta (minuto 2:10-20:15) cae en algún serio desajuste. La toma sonora es francamente buena: sufre de la compresión dinámica propia de las retransmisiones radiofónicas, pero esta no resulta muy exagerada, al tiempo que el ingeniero de sonido consigue extraordinaria definición tímbrica y gran relieve. Muchas gracias, bruckner13.
Shostakovich: Symphony no. 1 - Rozhdestvensky & Staatskapelle Dresden 2017 from bruckner13 on Vimeo.
Y es que el maestro parece haber entrado por completo en eso que llamamos fase “de anciano director”, esa misma a la que han sido ajenas personalidades como la de Kubelik, Solti o Haitink –este último de momento, veremos si cambia cuando llegue a los noventa–, pero que resulta evidente en maestros como Furtwängler, Klemperer, Böhm, Giulini y, sobre todo, Celibidache. Los tempi se ralentizan, las tensiones se relajan –en ocasiones en exceso, con Rozhdestvensky también–, el sentido de la atmósfera se impone sobre la vehemencia, y la expresividad pierde garra dramática para dar paso a una desmaterialización en la que los aspectos más abstractos y espirituales de la música –no necesariamente religiosos– se ponen en primer plano.
Buen ejemplo de lo expuesto es esta Primera de Shostakovich lentísima (41’1'' frente a los 36’06'' de Celibidache/Múnich, ahí es nada) en la que no hay ni rastro de la electricidad ni de la virulencia expresionista con que abordaba esta música en los años setenta y ochenta –impagables testimonios en Brilliant y Melodiya–. Tampoco queda mucho de ese humor corrosivo marca de la casa; ahora es más irónico y distanciado, aunque no precisamente amable. Sí que permanecen el sentido de la negrura, del dolor y del patetismo del tercer movimiento en una recreación que termina siendo extremadamente sombría, mucho antes otoñal que juvenil, como si el director quisiera conectar con el carácter esencializado y la atmósfera mortuoria de la Sinfonía nº 15 que ofrecerá en la segunda parte del concierto.
En cierto modo, se podría decir que esta es la interpretación de una obra que en su momento fue literalmente “de conservatorio” –aunque ya de una asombrosa madurez–, realizada mirándola desde el final de la vida del compositor, y por ende filtrándola por todas sus amargas experiencias vitales. El resultado es no poco fascinante, por momentos revelador, aunque no se puede decir que sea una lectura redonda: para hacer plena justicia a esta música hacen falta picos de tensión mucho más marcados –al maestro se le va el pulso–, mayor variedad expresiva y una buena dosis de esa mala leche del Rozhdestvensky de antaño. El final del cuarto movimiento, pesante y carente de desgarro, deja un mal sabor de boca al concluir una recreación que, pese a sus desigualdedes, debe ser escuchada por todo shostakoviano que se precie.
Shostakovich: Symphony no. 15 - Rozhdestvensky & Staatskapelle Dresden 2017 from bruckner13 on Vimeo.
En la escalofriante Decimoquinta el maestro se aleja muchísimo de su rabiosa, tremenda grabación de los 1983 para Melodiya, adopta una extrema lentitud (54’03'' de duración total y 19’13'' el segundo movimiento, superando el récord absoluto de los 17’25'’ de Vasily Petrenko) y se acerca muchísimo a los dos últimos testimonios de Kurt Sanderling, con la Orquesta de Cleveland y con la Filarmónica de Berlín respectivamente. Y apenas con menor grado de genialidad: en el primer movimiento se podrá preferir el carácter de implacable denuncia –auténtico dedo en la llaga, y hurgando para producir el mayor dolor posible– que tenía su registro soviético, pero la fantasmagoría de los otros tres, nihilista a más no poder pero recreada sin caer en lo lastimero ni en lo mortecino, resulta escalofriante, siempre con la colaboración acertadísima de los solistas de la formación sajona.
Además, y al contrario que en registro de Melodiya, en el cuarto movimiento paladea mejor la música –hace caso omiso, como Sanderling, del tempo indicado por el compositor– y logra no precipitarse en su fascinante coda. Y en general los picos de tensión, sin ser ni mucho menos tan rabiosos como los del disco de los ochenta, ofrecen la potencia dramática que les faltaba a los de la Sinfonía nº 1 de la primera parte del mismo concierto. Una experiencia tremenda.
La orquesta, ni que decir tiene, destila su contrastada belleza sonora, particularmente en la cuerda grave, si bien es cierto que a lo largo de todo el concierto sufre alguna vacilación y que en el primer movimiento de la Decimoquinta (minuto 2:10-20:15) cae en algún serio desajuste. La toma sonora es francamente buena: sufre de la compresión dinámica propia de las retransmisiones radiofónicas, pero esta no resulta muy exagerada, al tiempo que el ingeniero de sonido consigue extraordinaria definición tímbrica y gran relieve. Muchas gracias, bruckner13.
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