lunes, 30 de marzo de 2015

Barroco alemán para el Sábado de Pasión

La Semana Santa de Sevilla y Jerez son para mí la cita (¿cultural, religiosa, lúdica, emotiva?) más importante del año, y como quiera que suelo pasar el Domingo de Ramos –completo o en parte– en la ciudad de la Giralda, adelanté mi estancia al Sábado de Pasión para asistir a los dos conciertos que clausuraban el Festival de Música Antigua en su trigésimo segunda edición; el primero a la una del mediodía en la Sala Joaquín Turina y el segundo a las ocho y media en el Teatro de la Maestranza, en ambos casos con el barroco alemán como protagonista. Los dos me gustaron, pero ninguno de ellos me dejó honda huella. Por motivos distintos.

Lina Tur Bonet

Lo confieso: las sonatas a trío para violín, viola da gamba y continuo alemanas del último tercio del siglo XVII me interesan bastante menos que, pongamos por caso, la música de cámara de Brahms o los cuartetos de Bartók. Me agrada, me entretiene y por momentos me engancha, pero cuando termina me deja cierto vacío en mi interior. Claro que hay que matizar, porque me parecieron más sugestivas las tres sonatas de Buxtehude –una de ellas solo para gamba y continuo– que la de Krieger, la de Becker y la de Erlebach.

Las interpretaciones del conjunto Hispalensis Armonioso me parecieron irreprochables. Lina Tur Bonet –nunca la había escuchado– y Rami Alqhai demostraron pleno dominio técnico del violín barroco y la viola da gamba respectivamente – sonidos robustos, nada ratoneros– , también un perfecto estilo barroco con todos sus diferentes recursos, pero además evidenciaron un fino olfato a la hora de hacer que lo alemán sonase precisamente eso, alemán, con toda su densidad y severidad, sin que ello supusiese rigidez, pesadez o falta de la gracia, la elegancia y la brillantez que también anida en estas músicas. El muy veterano Juan Carlos Rivera a la tiorba y el bastante más joven Alejandro Casal al clave y al órgano hicieron excelente música de cámara al mantenerse en una sobria discreción en el continuo sin que ello supusiese, antes al contrario, escasez de imaginación o de matices. Público escaso –en buena medida amigo de los intérpretes, sospecho– y muy entregado para un concierto de incuestionable alto nivel, pero en exceso didáctico sobre un periodo y un género muy concretos: podía haber ganado en lo expresivo con un repertorio más variado.

En el concierto de por la noche no hay reparos que poner en lo que a la música se refiere: la Pasión según San Juan de J. S. Bach, menos profunda y humanística pero más inmediata y quizá más atrevida que su compañera –Rattle dice que el coro inicial le recuerda a Stravinsky– es una obra maestra absoluta. Si tampoco salí entusiasmado fue por la interpretación.

Cada día que pasa Philippe Herreweghe me parece más sobrevalorado. No voy a insistir en ello, últimamente ya he escrito sobre el tema. Solo diré que su visión de la BWV 245 –versión de 1724– me sigue pareciendo muy hermosa en lo sonoro, particularmente bella por la asombrosa calidad del coro del Collegium Vocale de Gante; que se encuentra fraseada con fina sensibilidad, amplitud cantable y perfecto equilibrio entre ligereza y densidad –y no solo por la moderación numérica de las fuerzas congregadas–; que desprende un cálido recogimiento espiritual no exento de una sensualidad muy atractiva; pero también que las aristas están en exceso pulidas, que la brillantez y la teatralidad (¿pensaría el belga en el mojigato público de Leipzig que tantos problemas diera al Cantor?) brillan por su ausencia, que las tensiones internas se encuentran algo relajadas, que los claroscuros son escasos… Algunos melómanos siguen enjuiciando las interpretaciones de este repertorio en función del número de integrantes, de si los instrumentos son o no originales o del presunto rigor histórico, pero a mí me parece que lo que Herreweghe hace con esta obra está mucho más cerca de Simon Rattle que del más radicalmente historicista pero también mucho más áspero, dramático y contrastado John Butt, por citar versiones que he escuchado hace poco. Por eso mismo, y aun gustándome mucho su dirección, no me acaba de emocionar.

La cuestión es menos subjetiva en lo que a los solistas vocales de la interpretación sevillana se refiere: yo estaba en la fila tres del patio de butacas y a los encargados de las arias, ciertamente no situados en la embocadura del escenario sino detrás de la orquesta, se les oía regular. Ya se sabe, voces todo lo históricamente informadas que se quiera y lo suficientemente flexibles como para integrarse en el coro cuando les correspondía, pero de escasa proyección en una sala grande, además de tímbricamente anodinas y un tanto planas en lo expresivo. A destacar, en cualquier caso, la fina sensibilidad del contratenor Damien Guillon por encima de la soprano Grace Davidson, el tenor Zachary Wilder –sustitución a última hora– y el ya casi mítico bajo Peter Kooy, un señor que a mí nunca me ha entusiasmado y que ya anda vocalmente tocado. Sólido el Jesús de Tobias Berndt –otra sustitución– y, éste sí, magnífico el Evangelista de Thomas Hobbs, aunque la comparación con lo que hace Mark Padmore en esta parte resulta inevitable.

Dos pegas organizativas. Primera: ¿por qué no se colocan sobretítulos en una obra en la que el texto es tan fundamental? Segunda: ¿por qué la máquina de recogida de entradas en el Maestranza no funciona para este concierto? Al introducir la tarjeta me apareció aquello de “no tiene entradas pendientes que recoger”, así que tuve que ponerme en la cola cuando el espectáculo estaba a punto de comenzar. Me pasó a mí, le pasó a mi acompañante y le pasó a los dos matrimonios que venían detrás de nosotros. En la taquilla nos contestaron que era así porque el evento pertenecía al Femás y no a la programación del Maestranza, pero lo cierto es que tanto unas entradas como las otras se compran a través de GeneralTickets. Tome nota la organización.

Ah, apenas tosedores esta vez en el Maestranza. Me decía un amigo que estaban todos a esa hora en el Miserere de Eslava en la Catedral. ¿Sería verdad?

domingo, 29 de marzo de 2015

La Pasión como historia humana: Bach traducido por Sellars y Rattle

El otro día publicaba Diario de Sevilla una entrevista a Philippe Herreweghe preparando la Johannes Passion que debió de tener lugar anoche (estas líneas que ustedes leen ahora están precocinadas). En ella el maestro belga venía a decir que “la historia de la Pasión no es una historia religiosa, es una historia humana, comprensible y conmovedora para todos: la historia de una ejecución, como pudo serlo la del Che Guevara, donde un inocente debe morir”. Pues bien, parece que el fundador del Collegium Vocale de Gante estuviera pensando justamente en lo que con las dos Pasiones bachianas ha hecho Peter Sellars con la complicidad de nada menos que Sir Simon Rattle y la mismísima Filarmónica de Berlín, primero con la de Mateo (por partida doble: abril de 2014 y octubre de 2013) y luego con la de San Juan (febrero de 2014). Vi en su momento esta última a través de la Digital Concert Hall, y he vuelto a ella ahora que he pillado el blu-ray editado por la propia orquesta, por cierto con calidad audiovisual mejorada –cálido sonido surround– y subtítulos en castellano. Merece bastante la pena.


Lo de Sellars probablemente irritará a quienes se sienten incómodos ante las propuestas escénicas de claro contenido progre. Esta lo es, y en la línea citada por Herreweghe: lo que aquí se nos presenta es una historia profundamente humana, y profundamente conmovedora, de un hombre justo perseguido por un estado represor. Probablemente lo que ocurrió en la realidad histórica con Jesús de Nazaret, claro, lo que supone meter el dedo en el ojo de algunos: precisamente lo que intenta un Sellars que entiende que la música y la escena no están para entretener, sino para denunciar, emocionar y hacer pensar. Lo pone en práctica, por descontado, con enorme inteligencia teatral, rompiendo la rigidez litúrgica original y haciendo que coro y solistas se muevan constantemente recurriendo a una mímica –muy propia del regista americano– que tiene muy en cuenta tanto el texto como la partitura; de este modo, y aportando igualmente una iluminación de estudiados efectos dramáticos, consigue establecer complejas relaciones entre los personajes y una plena identificación del oyente con el Evangelista.

Este corre a cargo de un absolutamente descomunal Mark Padmore, ya mayorcete –tiene problemas con los melismas– pero artista que acumula la enorme sabiduría de muchísimas Pasiones a sus espaldas, aquí aportando un plus de teatralidad y emotividad tanto musical como escénica que seguramente tienen que ver con la recreación diseñada por Sellars. Su presencia no es el único acierto: Christian Gerhaher se encarga de Pedro, de Pilatos y de las arias de barítono con apreciable comunicatividad y enorme sinceridad expresiva, a despecho de algunas insuficiencias en la franja más grave de su tesitura.

Los demás no llegan a semejante altura. Roderick Williams se limita a cumplir en el breve rol de Jesús, si bien resulta muy adecuadamente agónico en los momentos más dolientes del drama. Camilla Tilling, estridente en el agudo, se muestra discreta en su primera aria para mejorar en la segunda. En exceso lírico el instrumento de una embarazadísima Magdalena Kozená; en cualquier caso, la señora Rattle es experta bachiana y una artista sensible que logra en su última intervención ser muy emotiva. Topi Lehtipuu canta con sensibilidad las arias de tenor pero evidencia serios problemas técnicos.


¿Y Rattle? Su planteamiento, tradicional ma non troppo, disgustará a los talibanes de los instrumentos originales pero a mí me parece bastante sensato. Mis reparos vienen más bien en el plano expresivo: su dirección es muy fluida, muy elegante y de extraordinaria belleza, pero de articulación un punto más suave de la cuenta, incluso algo blanda. Creo que las pasiones bachianas no deben sonar tan suaves, que además de lirismo y espíritu contemplativo deben ofrecer claroscuros, asperezas y tensiones internas. Con mucha lucidez, Rattle habla en los bonus de la modernidad de la pieza y de su enorme carga trágica, pero a la hora de traducir eso en sonidos no termina de conseguirlo: anda en exceso preocupado por la belleza sonora.

La orquesta, por descontado, está gloriosa, lo mismo que el Coro de la Radio de Berlín. Este se encuentra muy nutrido, pero su director Simon Halsey logra enorme claridad polifónica al tiempo que modera el vibrato; todo un mérito, además, cantar sin partitura y desplegando una amplia panoplia gestual respondiendo a las demandas escénicas de Sellars, quien no duda en hacerles cantar tirados en el suelo. Lo cierto es que debieron de trabajar con muchísimo agrado, porque son los coristas quienes con mayor entusiasmo aplauden al norteamericano.

El blu-ray incluye dos extras de enorme interés. En el primero, Halsey ofrece a lo largo de veinte minutos una magistral explicación sobre la obra bachiana y las peculiaridades de esta interpretación tanto en su vertiente musical –rico continuo, afinación moderna– como en la escénica, poniendo especial atención a cómo los dos directores pusieron al coro en el mismo plano de importancia que la orquesta.

En el segundo, también disponible de manera gratuita en la Digital Concert Hall, unos extremadamente cálidos y comunicativos Rattle y Sellars se explayan durante más de media hora con unas reflexiones apasionantes. De paso, el norteamericano encuentra similitudes entre Cristo y la persecución a Nelson Mandela, denuncia la política belicista de la Casa Blanca –las turbas son para él el pueblo norteamericano pidiendo más agresividad contra el supuesto enemigo– y da un capón a algunos intérpretes historicistas, a los que acusa de caer en velocidades propias de la dance music. Permítanme que esté plenamente de acuerdo con él en esta y en otras muchas cosas.

jueves, 26 de marzo de 2015

La Pasión según San Juan por Herreweghe y Butt

Philippe Herreweghe grabó dos veces La Pasión según San Juan de Bach: la versión de 1724 en abril de 1987 y la de 1725, que aporta muy sustanciales cambios y adiciones con respecto a la anterior, en abril de 2001; lo hizo en ambos casos al frente de su magnífico Collegium Vocale de Gante y para el sello Harmonia Mundi. La primera aún no la he escuchado, pero pude conocer la segunda de ellas cuando me la mandaron para comentar en la revista Ritmo. Me gustó mucho, así que he querido volver a escucharla para tener una referencia de la interpretación que espero escucharle este sábado en Sevilla, en este caso siguiendo la partitura original de 1724.


¿He cambiado de opinión tras la segunda audición? Ciertamente no, pero ahora tengo más claro que la excelencia de los resultados, como también sus aspectos discutibles, se explican por pertenecer a un momento de transición en las maneras de hacer de Herreweghe, un señor con incuestionable talento pero también con una progresivamente acentuada tendencia a la blandura, cuando no a la cursilería. Vuelvo a insistir, como en la entrada anterior, en que su Cuarta de Mahler es de las que las que descalifican de plano a un director por su mal gusto. Lo dicho se manifiesta en la Pasión según San Juan que comento: el estilo es irreprochable, el trazo ofrece cantabilidad y fluidez a partes iguales y, desde luego, se despliega ese aliento poético impregnado tanto de la serena espiritualidad como del sentido teatral que necesita esta música, todo ello tratando con una plasticidad y claridad polifónica impresionantes al soberbio Collegium Vocale, pero tanta es la obsesión por la belleza sonora que, alcanzada ésta en grado superlativo, por momentos la interpretación resulta en exceso suave de aristas, alicorta en claroscuros y algo timorata a la hora de inyectar tensión interna. El nivel, insisto, es altísimo, pero empieza a asomarse esa tendencia del maestro al preciosismo que ojalá no empañe su inminente realización sevillana.

Magnífico el equipo de cantantes, sobresaliendo un soberbio Mark Padmore en las arias de tenor y, más aún, en su labor como evangelista: calidad vocal, emotividad, sentido teatral y exquisito gusto, todo en uno, y muy lejos de las afectaciones de por ejemplo un Bostridge en La Pasión según San Mateo que grabara el propio Herreweghe dos años atrás. Cristo es Michael Volle, algo monolítico pero eficaz. Magnífica Sibylla Rubens, espléndido Andreas Scholl e irreprochable el bajo Sebastian Noack. Como la toma sonora es portentosa, mi opinión queda clara: una grabación que hay que tener, preferentemente en la edición que comenté en Ritmo porque sale más barata y añade un disco con notables interpretaciones –también he vuelto a escucharlas– de las cantatas para el Domingo de Quincuagésima grabadas en 2007.


Pero no es esta la única recomendación que voy a hacer, porque quiero decir algo de otra de las grabaciones que he escuchado en esta cuaresma. Me refiero a la de John Butt y el Dunedin Consort registrada para el sello Linn en 2012 siguiendo una edición “hacia 1742” con los presuntos últimos deseos del propio Bach. Interpretación particular por dos razones: incluir una reconstrucción de toda la liturgia del Viernes Santo, incluyendo motetes, corales y piezas para órgano, y adscribirse a la opción minimalista de dos voces por parte: aquí los solistas vocales forman ellos mismos el coro, doblados por un ripieno. ¿Nos encontramos, por ende, ante una versión más ligera e intimista que la de Herreweghe? Pues no exactamente. De hecho, la dirección de Butt –soberbio como instrumentista al órgano y al clave, particularmente en su ornamentación del coro inicial– resulta menos interesada por la belleza sonora en sí misma que la de belga, al tiempo que considerablemente más dramática, agitada incluso en las intervenciones de la turba, aunque no por ello deja de ofrecer concentración y nobleza en las piezas más recogidas. Siendo ambas interpretaciones por completo historicistas, ésta está en las antípodas de la anterior.


Los resultados interesan menos en lo que a los cantantes se refiere. Bien a secas Nicholas Mulroy en la parte del Evangelista y Mathew Brook como Jesús. Convence Malcolm Bennet en las arias de tenor, más por intensidad expresiva que por calidad vocal. Notables las sopranos Susan Hamilton y Cecilia Osmond, así como el bajo Brian Bannatyne-Scott. Las contraltos son Clare Wilkinson y Annie Gill; una de ellas resulta deficiente en el aria del primer acto, pero en la carpetilla no se especifica cuál de ellas canta.

La edición se ofrece como descarga digital –he manejado esta última en su versión de alta resolución- y en SACD. Personalmente creo que merece la pena para tener una visión muy distinta y complementaria a la de Herreweghe. Por descontado, las dos deben ser evitadas por los alérgicos a los instrumentos originales, que se pueden seguir quedando con la descomunal interpretación de Wolfgang Gönnenwein (EMI, 1969).

miércoles, 25 de marzo de 2015

Quinta de Bruckner por Herreweghe

Como su Cuarta de Mahler me pareció horrorosa –mi opinión enseguida se ganó el desprecio de algunos ilustres críticos–, me quedé sin ganas de saber lo que el señor Philippe Herreweghe hacía con la Quinta Sinfonía de Bruckner. Pero hete aquí que el maestro belga visita el Maestranza el próximo sábado con La pasión según San Juan y que me he comprado entrada para verle –su Bach me parece excelente–, así que he terminado escuchando este registro realizado frente a su Orchestre des Champs-Élysées en febrero de 2008 para Harmonia Mundi. Y no me ha disgustado, esa es la verdad, aunque tampoco me parece que su interpretación sea nada del otro jueves.

Herreweghe Bruckner 5

Concretando un poco, diré que los dos primeros movimientos me han parecido bastante más que correctos; están planificados con un adecuado equilibrio polifónico y se encuentran fraseados con cantabilidad, elegancia y apreciable aliento espiritual, siempre y cuando se acepte una visión mucho antes lírica que dramática de esta música. El Scherzo ya me gusta bastante menos: no sé si será por las posibilidades de los instrumentos originales y del fraseo historicista o, más bien, por la incapacidad de Herreweghe para inyectar tensión, garra y potencia expresiva, pero lo cierto es que el movimiento suena apagado, incluso mustio. En el Finale hay momentos muy brillantes, incluso la coda final está muy conseguida, pero la batuta no logra levantar el complejísimo edificio de tensiones y distensiones y la discontinuidad se hace manifiesta.

En cualquier caso, hay que agradecer que Herreweghe no caiga en la cursilería del Mahler referido arriba, ni en la tosquedad y el carácter atropellado de su Novena de Beethoven para Harmonia Mundi: aquí todo está muy cuidado y, salvo alguna que otra frase algo más liviana o amaneradilla de la cuenta, no se sacan los pies del plato. La orquesta, por su parte, funciona con mucha corrección y aporta una sonoridad mate que tiene su atractivo, aunque al oboe de Marcel Ponseele lo encuentro algo fuera de lugar.

Muy en resumen, versión globalmente correcta pero un tanto apagada que interesa ante todo para saber cómo suenan en Bruckner los planteamientos históricamente informados. ¿Mis interpretaciones favoritas de la pieza? Unas en todos los sentidos muy distintas a ésta: la de Klemperer con la Filarmónica de Viena (Testament, 1968) y la de Solti con la Sinfónica de Chicago (Decca, 1980).

lunes, 23 de marzo de 2015

Jaroussky en el Maestranza: entre toses y fans

Nunca había escuchado en directo a Philippe Jaroussky, y por ende no había comprobado por mí mismo el delirio que rodea a este señor. Con el recinto abarrotado pese a ofrecer un programa nada popular de mélodies en torno a la poesía de Paul Verlaine (1844-1896), el contratenor francés fue recibido por una intensa ovación por el público del Maestranza, consiguió muy calurosoa aplausos tras el largo recital –se contaron hasta tres propinas– y, sobre todo, hizo que se formara la cola más larga que jamás he visto en el vestíbulo del teatro sevillano para conseguir un autógrafo en alguno de sus discos.

No solo eso: un buen puñado de melómanos que no tenían carátulas, o que no querían guardar la cola, se apiñaron cerca de la mesa de firmas, cámara de fotos en ristre, para capturar una imagen del artista. Los comentarios que se escuchaban no dejaban lugar a dudas de que aquello sobrepasaba los límites de la admiración artística: independientemente de su talento, parece claro que parte del entusiasmo que despierta Jaroussky tiene la misma explicación que el que levanta, pongamos por caso, Ana Netrebko o Elina Garança, esto es, su manifiesta belleza física, una circunstancia a la que el mercado del disco no puede quedar al margen. Como además Jaroussky se muestra muy simpático en sus alocuciones al respetable y posee un incuestionable encanto –pese a su notoria rigidez durante la actuación–, el triunfo está servido.


¿Hay para tanto? Un buen melómano me comentaba en el entreacto que lo encontraba un poco insípido, falto de la suficiente variedad expresiva. Compartí hasta cierto punto su opinión, pero cuando he tenido la oportunidad de escuchar el doble compacto en mi casa –sí, yo también me lo compré e hice la cola con no menor entusiasmo que el resto de los que allí estaban– y de seguir los textos, algo absolutamente imprescindible cuando de este género se trata, debo matizar. El problema no es tanto que a Jaroussky le falte un punto de voluptuosidad, de tensiones dramáticas y, en general, de claroscuros, sino que los poemas giraban siempre en torno al mismo ambiente expresivo.

Efectivamente, pese a escucharse a autores tan variados como Gabriel Fauré, Reynaldo Hahn, Poldowski, Charles Bordes, Claude Debussy, Déodat de Séverac, Ernest Chausson, Emmanuel Chabrier, Léo Ferré, Józef Szulc, André Caplet, Camille Saint-Säens, Arthur Honegger, Charles Trenet y Georges Brassens –faltaron Massenet, Schmidtt, Koechlin y Varèse, que sí estaban en la grabación–, las poesías seleccionadas incidían una y otra vez en una lánguida melancolía diríamos que “protosimbolista” que no daba mucho margen de maniobra; incluso varios poemas se repitieron en más de una e incluso dos ocasiones –en el disco hasta cuatro–, lo que termina generando, por muy diferentes que sean las músicas, una inevitable sensación de monotonía.


Es difícil resistirse, en cualquier caso, a la increíble belleza vocal de Jaroussky. Importan poco algún sobreagudo pillado por los pelos, algún filado quebradizo o alguna nota grave poco audible –también en la grabación–, porque el timbre es verdaderamente embriagador, su legato es de libro y la morbidez de su fraseo se convierte una verdadera caricia para el oído. Todo ello, por descontado, con una dicción exquisita y matizando con fina sensibilidad en plena sintonía con el tono decadente que exigen los textos. ¿Que yo hubiera preferido un acercamiento más temperamental y contrastado? Pues sí, pero no voy a ocultar que a mí la ortodoxia interpretativa francesa desde siempre me ha resultado insuficiente, trátese de voces, orquesta o piano; tanta exquisita indolencia, tanto difuminado preciosista, no terminan de emocionarme. Insisto en que el problema es mío: Jaroussky fue la ortodoxia pura dicha con depuradísima técnica e irreprochable musicalidad.

Sustituyendo con buen criterio algunas de las canciones del disco, se incluyeron una pieza para piano de Chabrier y varias de Claude Debussy, entre ellas dos de la Suite Bergamasque traídas muy al pelo, toda vez que el compositor se inspiró precisamente en las Fêtes galantes con que Verlaine homenajeó a la melancolía agridulce de Watteau; versión pianística, pues, de algunas de las poesías escuchadas en boca del contratenor. Jérôme Ducros acompañó de manera magnífica a Jaroussky, aportando precisamente la intensidad emocional que le faltaba a éste y evitando caer en excesivos difuminados, pero en las piezas pianísticas no logró convencerme. De nuevo aquí el problema está en mis oídos, tan acostumbrados a la genial grabación que realizara Claudio Arrau al final de su vida, que las del pianista francés me parecieron bastante prosaicas (Preludio) o notables pero algo fuera de estilo (Claro de luna y L’Isle joyeuse: imposible aquí olvidarse de Perianes).

Mención aparte para el público del Maestranza. Mejor dicho, una pequeña parte, la que boicoteó de manera inmisericorde la primera mitad del recital con toses estentóreas y muy sonoras caídas de objetos. Cuando Jaroussku abandonaba el escenario para dejar al pianista con sus piezas en solitario, la cosa iba aún a peor. A tal extremo llegó el asunto que tras terminar el intermedio la megafonía rogó moderar los ruidos en un programa tan delicado, ruego que fue rubricado por el respetable con un muy significativo aplauso que dejó bien claro hasta qué punto los melómanos estamos hartos de aquellos que no saben guardar las normas básicas de educación. Desdichadamente, hubo señores y señoras que siguieron regalándonos toses sin que por su parte existiera la menor intención de amortiguar el sonido: cuando más suene, mejor.

Pese a todos los reparos expuestos, una noche para recordar.

sábado, 21 de marzo de 2015

Jaroussky vuelve a Vivaldi

Esta noche actúa el contratenor Philippe Jaroussky en el Teatro de la Maestranza con la intención de promocionar su último disco, Green, y yo no me he resistido a escuchar el penúltimo: Pietá, una selección de música sacra de Antonio Vivaldi registrado en París en marzo de 2014 para el sello Erato con estupenda toma sonora. El problema es que apenas tengo tiempo para escribir, así que voy a ser casi telegráfico.


El programa es irregular pero de interés, brillando el hermoso y emotivo Stabat Mater, RV 621. Se incluyen asimismo los motetes Clara stellae scintillate, RV 625, Filiae maestae Jerusalem, RV 638 y Longe mala, umbrae, terrores, RV 629, este último todo un descubrimiento. Completan el disco el “Domine Deus” del Gloria RV 589, el Salve Regina RV 618  y, como pieza puramente instrumental, el Concierto para cuerdas RV 120. No está mal.

Jaroussky luce sus mejores cualidades. La voz es de una calidad tímbrica extraordinaria y suena con una homogeneidad asombrosa, si bien es cierto que aquí no tiene que moverse mucho en el grave; el centro ofrece enorme suavidad y el agudo refulge con un brillo dorado cautivador. Asombran la capacidad del artista para regular el sonido –magníficos efectos de eco propios de este repertorio–, y muy especialmente su técnica para moderar o intensificar el vibrato, consiguiendo de este modo admirables efectos expresivos. En las agilidades, curiosamente, es donde menos llega a impresionar. En cualquier caso, el contratenor francés conoce muy bien este universo al que ahora ha vuelto discográficamente y es capaz de ofrecer, con musicalidad exquisita, esa particular sensualidad espiritual (o al revés en este caso: espiritualidad sensual) que demanda Vivaldi, incluyendo esas especialísimas languideces que con otros artistas derivan en la blandura o el amaneramiento.

Tentaciones estas últimas que también afectan a la escritura instrumental vivaldiana, tantas veces maltratada tanto por instrumentos originales como por instrumentos modernos, que la cursilería y el rebuscamiento no conocen fronteras. Por fortuna nada de eso ocurre aquí: el Ensemble Artaserse funciona bien dentro de su relativa sobriedad y dialoga de manera muy apropiada, aunque sin especial inspiración, con la voz de su fundador y, supongo, director tanto artístico como musical. Buen disco.

viernes, 20 de marzo de 2015

Mis canditados favoritos para la Junta de Andalucía

Para los lectores de allende los mares, aclaro que este domingo 22 se celebran en España elecciones para el Parlamento de la Comunidad Autónoma de Andalucía. Pues bien, aquí va la foto de mi canditado favorito.


También me encantaría votar a la siguiente candidatura conjunta.


Desdichadamente, me voy a quedar con las ganas. A ver si hay suerte y alguno de ellos se presenta a las generales.

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En 2019 quedé hondamente impresionado por el Pelleas und Melisande de Schönberg que vi en un video, actualmente no disponible, en el que en...