lunes, 29 de abril de 2013

Znaider y Bronfman con nuestra Nacional

Qué quieren que les diga: hace unos días vi el Segundo de Brahms por Yefim Bronfman en mi televisor (enlace) y ayer domingo por la mañana le tenía a dos metros delante de mí -saqué primera fila- haciendo las mismas maravillas que hacía con Rattle. ¡Qué emoción! Se puede tocar con mayor imaginación y riesgo, ciertamente, pero me parece muy difícil que vuelva a escuchar en directo una interpretación con un sonido tan puramente brahmsiano, tan bien ejecutada -sin llegar al nivel incomparable de Zimerman- y dicha con tan lograda mezcla de objetividad e intensidad, siempre en una línea poderosa y enérgica, pero controlada y en absoluto desatenta con los aspectos líricos de la pieza. Grande Bronfman.

El misterio estaba para mí en Nikolaj Znaider, violinista genial ahora metido a director. Me habían dicho que lo hacía de manera mediocre. Pues miren ustedes, a mí me ha parecido más bien lo contrario. Por lo pronto, técnica parece tener mucha: su gesto es muy claro, dirige con precisión -y de memoria: no usó partitura- y la Nacional de España le sonó francamente bien dentro de sus posibilidades. Interpretativamente no lo hizo mal, pero aquí hay que matizar.

Me gustó mucho el Don Juan de Strauss que abría el programa: bien trazado, enérgico pero sin descontrol, emocionante y comunicativo. El oboe y la concertino intervinieron con indiscutible acierto. Solo eché de menos un poco más de lentitud y desolación en los compases finales (aún recuerdo lo que hizo Celibidache en Sevilla en 1992 con ese pasaje, aunque la comparación no procede). Tras el alto nivel conseguido en el poema sinfónico, me decepcionó la suite del Rosenkavalier: todo sonó en su sitio, y además lo hizo con entusiasmo y brillantez, pero Znaider no logró transmitir ni la magia sonora, ni el sentido del humor ni el particularísimo refinamiento valsístico de esta genial música.

El Brahms llegó en la segunda parte. Fue la del danés una dirección ortodoxa, sensata y  solvente: rápida más no precipitada, extrovertida sin perder concentración lírica, más luminosa que dramática -se puede preferir al revés- y muy respetuosa con los tempi marcados por el compositor: por eso mismo se puede echar de menos un tercer movimiento más paladeado. Por cierto, el chelista Miguel Jiménez lo hizo muy bien en sus dos difíciles y fundamentales solos, con intensidad viril y sin trasformar estas intervenciones, como hacen solistas de formaciones más afamadas, en una sucesión de lloriqueos insoportables. En cuanto a la compenetración con Brofnman, perfecta. Se aplaudió mucho, con toda la razón.

domingo, 28 de abril de 2013

Excepcional Romeo y Julieta por Goyo Montero

Estuve la noche del viernes 25 de abril en el Teatro Real viendo la penúltima de las funciones del Romeo y Julieta de Prokofiev coreografiado por Goyo Montero, en una producción que estrenó el Ballet de la Ópera Estatal de Nuremberg en 2009 y ahora ha retomado nuestra Compañía Nacional de Danza. Me dejó sabor agridulce en los labios por culpa de un foso que a mi entender no funcionó en condiciones. La Sinfónica de Madrid estuvo al mismo nivel que la Orquesta del Marinski en Valencia en diciembre de 2011, es decir, regular tirando a mediocre, y la dirección del señor Koen Kessels, responsable del Royal Ballet de Birmingham, fue mucho peor (aún) que la de Valery Gergiev: por completo carente de estilo, muy flácida, sin la menor garra dramática y apenas matizada en lo expresivo, dejando a los solistas de la formación madrileña moverse en la más absoluta desgana. Solo en la muerte de los dos amantes -eso sí, el momento clave de la obra- el maestro belga encontró inspiración y ofreció una interpretación musical muy digna de esta obra maestra absoluta no ya del repertorio balletístico, sino de toda la historia de la música.


Me pareció sensacional -así, con todas las letras- la labor del madrileño Goyo Montero: una coreografía moderna en el mejor de los sentidos, es decir, interesada muy poco en lo decorativo, solo lo suficiente en lo narrativo y muchísimo en lo expresivo, y haciéndolo con tanta sensibilidad, inteligencia e imaginación  como respeto a las reglas del juego, esto es, atendiendo a las sutilezas de la partitura, sin necesidad de romper con la tradición e incluso permitiéndose algún guiño local, como sustituir las mandolinas del segundo acto por guitarras y hacer que se bailara tocando las palmas.

La escenografía, abstracta y muy bien utilizada. El vestuario, intemporal y eficaz. La luminotecnia, muy hermosa. Solo me molestó que se recortasen unos cuarenta minutos de la partitura. Eché mucho de menos dos momentos fundamentales: la danza popular que abre el segundo acto -aquí fundido con el tercero-, música excelente que ofrece el necesario contraste luminoso con lo que vendrá después, y nada menos que la muerte de Teobaldo, de la que solo se dejaron los golpes de timbal y la marcha fúnebre, por cierto increíblemente bien coreografiada.

Me tocó el presunto "segundo reparto" de bailarines, y encima el Romeo era el "cover": el argentino Lucio Vidal, que me pareció que lo hacía con muchísima dignidad, y desde luego sin vacilación alguna por la sustitución a última hora. A su lado brilló de manera formidable la Julieta agilísima y sensible de Kayoko Everhart, muy bien matizada en la evolución psicológica del personaje que tan estupendamente trazan tanto Prokofiev con su música como Montero con su coreografía. Ryan Ocampo se encargó con pleno acierto del personaje de Mab, quizá la aportación más singular de Montero: aquí representa a algo así como el Destino o la Fortuna y permanece en escena en casi todo momento. El cuerpo de baile, quizá con más nombres extranjeros que propiamente españoles, se desenvolvió de manera irreprochable.

El éxito entre el público -que por desgracia no llenó el teatro- fue grande. Lástima que desde mi asiento en el Paraíso no pudiera terminar de meterme del todo en la acción. Me encantaría volver a ver este Romeo y Julieta, pero en una localidad más cercana, con una orquesta más comprometida y una batuta que tuviera cierta idea de lo que es Prokofiev. Si ustedes tienen la oportunidad, no se lo piensen dos veces: el espectáculo puramente balletístico es una auténtica maravilla pese a incluir solo 110 minutos de la genial partitura.

jueves, 25 de abril de 2013

RTVE con Paul Mann: dignidad y bastante más

Preguntan ciertos políticos, esos mismos que están empezando boicotear a la formación fundada por Igor Markevitch, para qué sirve la Orquesta de la RTVE. Pues miren ustedes, además de para difundir la buena música en la radio y la televisión y para dar a conocer parte de la creación contemporánea, sirve para que las personas a las que nos resulta imposible pagar la entradas de Ibermúsica y eventos similares -aficionados que somos cada vez más y más en número- podamos escuchar conciertos sinfónicos en directo de una calidad digna y aceptable. Y a veces mucho más que eso. Es el caso del programa que he escuchado esta misma noche en el Teatro Monumental, ese recinto cutre a más no poder pero de excelente acústica que desde hace tiempo acoge a la referida formación.

Ha dirigido Paul Mann, un señor al que hace tiempo escuché al frente de la Sinfónica de Sevilla en un concierto de resultados desiguales (enlace). Esta vez ha ocurrido lo mismo: la orquesta de la RTVE le ha sonado estupendamente en todas sus secciones (¡entérense, señores políticos, de que es la mejor orquesta estable de Madrid!), pero a nivel interpretativo han funcionado mucho mejor las cosas en la segunda parte que en la primera.

El Concierto nº 5, Emperador lo ha dirigido con vitalidad, excelente pulso y adecuado sentido épico, pero la sintonía del maestro británico con el universo de Beethoven me ha parecido nula: ni la sonoridad estaba conseguida ni se percibían cantabilidad, el humanismo y el sentido de los claroscuros propios del autor. Igualmente ajeno al universo expresivo correspondiente se mostró el pianista Steven Osborne, que en cualquier caso toca francamente bien y con un fraseo de la suficiente naturalidad. Lo dicho, una interpretación digna para ser escuchada en un concierto de abono. Nada más, nada menos.

El "bastante más" vino con la Sexta sinfonía de Vaughan Williams, una obra de lo más atractiva, espectacular y de corte muy cinematográfico (tiene su origen en una banda sonora frustrada), que esta misma semana me he podido machacar en las interpretaciones de Boult, Previn, Haitink, Norrington, Hickox y Colin Davis, sensacional esta última. La de Paul Mann, de nuevo sacando un estupendo partido de la orquesta española, ha sabido aunar carácter épico, humor negro y lirismo típicamente inglés en el primer movimiento. Ha logrado también calibrar las tensiones y distensiones del segundo con la adecuada concentración, y ha acertado con la inmediatez dramática del tercero con la ayuda de un saxo muy hermoso (aunque, para mi gusto, este debería haber sonado más canalla que seductor).

Solo se ha quedado la batuta algo corta en el movimiento conclusivo: Mann ha respetado la indicación de Moderato, pero otros maestros demostraron que con mayor lentitud y sequedad se puede ahondar más en el carácter desolado e incluso nihilhista de la página. Pese a ello, espléndida interpretación que ha servido, seguro, para descubrir a muchos esta estupenda música. ¿Y aún siguen preguntando para qué sirve la orquesta?

Don Giovanni en el Real: buen teatro, mala ópera

He aprovechado un puente laboral para venir a Madrid, donde acabo de presenciar la última de las funciones del vapuleado Don Giovanni que se ha venido ofreciendo en el Teatro Real, en la producción escénica de Dmitri Tcherniakov ya filmada, y supongo que en breve comercializada, en el Festival de Aix-en-Provence. Seré breve.

Dirección de actores magnífica. Vistosa escenografía. Sugerente iluminación. Sólido diseño de los personajes. Buen ritmo escénico, pese a las continuas caídas de telón. Ideas imaginativas resueltas de manera admirable. Momentos de gran emoción. Gran teatro, en definitiva. Pero teatro al servicio de una idea escénica que no solo no tiene nada que ver con lo imaginado por Da Ponte, sino que no guarda relación alguna con la genial partitura de Mozart, en la que hay una serie de códigos melódicos, armónicos, orquestales y estructurales que narran una historia muy concreta. ¿Se enriquecen mutuamente esa historia y la otra muy distinta que nos cuenta el regista ruso? No. ¿El choque entre ambas y las subsiguientes contradicciones revela cosas nuevas, o al menos aporta ideas intelectualmente estimulantes? Tampoco. Por eso me ha parecido una mala puesta en escena de Don Giovanni, amén de un monumento a la soberbia de ese señor con enorme talento llamado Dmitri Tcherniakov. Que la acción transcurra en la Sevilla del XVIII o en la mansión de una familia rica y pija de la actualidad es lo de menos.


Alejo Pérez en el foso. Dirección liviana, delicada, alejada de densidades sonoras e intelectuales, elegante y por momentos muy sensible, pero carente de tensión interna, y no digamos de pathos. De este modo, funcionó muy bien en momentos como las dos arias de Zerlina, dichas con gran cantabilidad, resultó aseada en las escenas más o menos dinámicas y se quedó cortísima en las dramáticas. La escena final de la estatua (aquí un actor contratado por los personajes para matar de un susto, literalmente, a Don Giovanni) estuvo rematadamente mal dirigida. En la Sinfónica de Madrid sobresalieron las maderas y se quedaron cortos la cuerda y los metales. Muy correcto continuo a base de fortepiano.

Los cantantes hicieron todos una realmente impresionante labor escénica que debió de fatigarles de manera muy considerable. Entiéndase por tanto que lo que a continuación voy a escribir se refiere a unos señores que tuvieron que cantar altamente condicionados por duras exigencias escénicas, a veces en posturas tan incómodas como antimusicales.

El disoluto fue Russel Braun: bajo mínimos. Bastante bien Kyle Ketelsen como Leporello; ya lo estaba en la filmación del Covent Garden con Mackerras, donde por cierto llevaba una peluca que le hacía parecer el feo de los Hermanos Calatrava. Muy digno el Masetto de David Bizic. Sonoro más que otra cosa el Comendador de Anatoli Kotscherga, ridículamente amplificado en sus dos apariciones “fantasmagóricas”.
Paul Groves merece párrafo aparte. En la filmación del Met de hace años (con Terfel y Fleming) ya evidenciaba tanto su buena línea mozartiana como un técnica mejorable. En Madrid ha hecho un “Dalla sua pace” afalsetada pero sensual y de exquisito gusto, más un “Il mio tesoro” con agilidades de vergüenza ajena. Me dio mucha pena verle salir de los camerinos cabizbajo y sin saludar a nadie. Por lo visto en otras funciones fue duramente abucheado.

Las chicas. Pues digna la Elvira de Ainhoa Arteta, no del todo bien cantada pero bastante emotiva (sí, a mí también me ha costado creerlo) y con detalles de gran clase. Seriamente deteriorada Christine Schäfer, una señora a la que adoro por su Lulu pero que aquí no ha dado en absoluto la talla; mejor el agudo que el grave, por cierto.

Y curioso el caso de Mojca Erdmann, que precisamente ha hecho Lulu con Barenboim: esta chica ha grabado Zerlina para DG (con Nézet-Séguin) y lo ha filmado en el Met (con Luisi), y en ambos casos está más pizpireta de la cuenta. Pues bueno, en Madrid no lo ha estado, y además ha cantado bien. Otra cosa es que su voz no parezca para tirar cohetes.


Aplausos, poquitos. Abucheos solo aislados: nada que ver con la función que escuché por la radio. Hubo abundante público rancio, estiradísimo en las butacas y en los pasillos, que parecía más enfadado por no ver las calles de Sevilla y la estatua del Comendador que por otra cosa. Lo mejor de la noche, la conferencia de José Luis Téllez. Lo demás, a olvidar.

sábado, 20 de abril de 2013

El enorme Rigoletto de Warren

Verdi: Rigoletto
Leonard Warren, Erna Berger, Jan Peerce, Nan Merriman
Robert Shaw Chorale. RCV Victor Orchestra. Director: Renato Cellini
Naxos, 8.110148-49
2 CDs, 129’22’’
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Rigoletto Warren Cellini Naxos

El malogrado Leonard Warren fue, por pasta vocal y temperamento dramático, un soberbio barítono verdiano, pero lo menguado de su discografía oficial le hacía ser apreciado hasta hace poco sólo por los que tenían peculio para adquirir costosas piratadas... y valor para soportar su sonido. Agradezcamos ahora a Naxos la restauración de este Rigoletto grabado en estudio por RCA en 1950, que viene a unirse al que ya ofreció del Met, junto a Björling y Sayao, cinco años anterior, pues podemos conocer su impresionante encarnación del jorobado por dos billetes verdes.

La Berger es una Gilda de una cursilería insoportable. ¿Una cantante anticuada? No: una mala soprano. Peerce hace un Duque altanero y desagradable, como debe ser, pero su talante exhibicionista no está en consonancia con sus medios vocales. Espléndidos Nan Merriman como Maddalena e Italo Tajo como Sparafucile, y de irregular nivel los comprimarios. Vehemente e intensa, también algo apresurada, la dirección de Cellini.

Se ofrecen veintiséis minutos de suculentas propinas para degustar el arte verdiano de Warren, entre las que destaca la aparición de una pletórica Varnay en Simon Boccanegra, que por entonces hacían en el Met.
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Artículo publicado en el número de septiembre de 2001 de la revista Ritmo.

miércoles, 17 de abril de 2013

Nelsons y Concertgebouw en Lucerna (I): Wagner, Strauss, Shostakovich

Andris Nelsons y la Orquesta del Concertgebouw ofrecieron en septiembre de 2011 en el Festival de Lucerna dos programas que han sido editados en DVD y Blu-Ray (he conseguido “prestados” estos últimos) por el sello Cmajor con alucinante calidad de imagen y sonido. Comento ahora el primero de ellos, en el que el director letón mejora, a mi entender, los resultados interpretativos de realizaciones suyas anteriores de las mismas obras.

La velada comienza con la obertura de Rienzi, que ya le conocía por una toma radiofónica de los Proms al frente de la orquesta de Birmingham de la que es titular. Entonces me pareció un pelín frívola en la sección central y en exceso hollywoodiense –incluso verbenera– en el final. Nada de eso hay aquí. Todo el primer tercio de la página está cantado, como entonces, con un lirismo sereno y concentrado de enorme belleza, elevadísimo en lo espiritual, diríase que sobrenatural. La sección central podría preferirse con mayor densidad: creo que Ángel Carrascosa ha sido muy lúcido al apuntar en su blog que aquí Nelsons mira mucho antes a Weber que al propio Wagner. El tercio final se encuentra ahora maravillosamente controlado, recreándose mucho antes el maestro en la asombrosa calidad de la formación holandesa que en los excesos a los que se puede prestar la partitura. Del uno al diez, un nueve. La nota máxima va para Klemperer y Böhm.

Nelsons Concertgebouw Shostakovich

Richard Strauss completando la primera parte: Danza de los siete velos de Salomé. Nelsons ya tenía una grabación comercial en el sello Orfeo con la City of Birmingham Symphony registrada en 2010. Esa ya era magnífica por su planificación de absoluta lógica, por su perfecto equilibrio entre refinamiento y fuerza expresiva y por su decadentismo aplicado en el punto justo, sin excesos evanescentes pero tampoco haciendo la menos concesión al efectismo. En la de este Blu-ray, aparte de haber cambiado algunos ligeros detalles creativos, lo que marca la diferencia es la presencia de la Orquesta del Concertgebouw, probablemente en el mejor momento de su historia: si los solistas en sus intervenciones se muestran acertadísimos en lo expresivo, la sonoridad global del conjunto, sin la personalidad de Berlín o Viena, ofrece un empaste insuperable, un colorido de enorme belleza y una maleabilidad absoluta. Para mí, la mejor orquesta de Europa hoy por hoy. Las texturas que la batuta obtiene con semejante instrumento (¿se ha escuchado alguna vez algo así en esta pieza?) son un milagro. Diez sobre diez.

La Octava Sinfonía de Shostakovich que ofreció Andris Nelsons al frente de la Filarmónica de Berlín en la Digital Concert Hall ya la comenté en este blog: soberbiamente tocada y con momentos de enorme inspiración, entre ellos la coda final, pero en conjunto algo decepcionante por su relativa falta de garra y sus caídas en la blandura; he vuelto a escucharla y mi opinión ha cambiado poco. Esta de Lucerna con la Concertgebouw me parece más convincente, mejor construida –tremendo el movimiento inicial– y sin los detalles fuera de lugar que entonces había tanto por parte de Nelsons como de (eso es lo más extraño) algunos solistas de la formación alemana. Los de la holandesa, desde luego, están formidables en lo expresivo, aunque quizá el violín no sea tan intenso como el de la Berliner Philharmoniker.

En cuanto a la batuta, se pueden echar de menos la virulencia de Rozhdestvensky en los dos primeros movimientos, la tensión arrolladora de Solti en el tercero y el carácter particularmente esencial y fantasmagórico que Rostropovich imprime a los dos últimos, pero la realización de Nelsons, objetiva y abstracta, quizá algo distanciada, resulta en todo momento certera. Lo menos conseguido a mi entender es el tercer movimiento, no del todo implacable y sin el humor negro que debería tener; el pasaje fugado del quinto está diseccionado con precisión y la coda vuelve a ser acongojante. No me parece una lectura de referencia, pero el nivel es muy alto: nueve sobre diez, en parte gracias al milagro de la Orquesta del Concertgebouw. El diez iría quizá, a mi entender, para la primera de las dos grabaciones de Previn con la Sinfónica de Londres (EMI).

Eso sí, este Shostakovich de Lucerna tiene algo que no posee ningún otro del mercado: una toma sonora en DTS-HD Master Audio para caerse de espaldas si se reproduce en un Blu-ray con salida multicanal y su correspondiente batería de satélites. ¡Cuidado con los vecinos!

lunes, 15 de abril de 2013

Sir Colin, un caballero

No suelo escribir obituarios en este blog, pero en el caso de Sir Colin Davis voy a hacer una excepción. No por la admiración enorme que me suscita el arte de quien sin duda ha sido una de las más grandes batutas de los últimos cincuenta años, a la que pude escuchar en directo un par de veces en Londres (enlace) y otras tantas en Granada, sino por algo más personal: de los muchos músicos a los que he tenido la oportunidad de acercarme para pedir autógrafos, este ha sido uno de los que "mejores vibraciones" me ha transmitido en lo personal. Educado, cordial, elegantísimo, atento, todo un caballero.



Sé que parece una tontería, pero hay mucho de todo ello en sus sensacionales interpretaciones de Haendel, de Haydn, de Schubert, de Sibelius, de Britten y -gran especialidad de la casa- de Berlioz. Significativamente, su último disco ha sido el Réquiem del autor francés al frente de la Sinfónica de Londres. Quede aquí un fragmento del concierto celebrado el pasado junio en la Catedral de St. Paul en que se realizó la grabación, donde pueden ver cómo el maestro tuvo ya que resignarse a dirigir sentado. Descanse en paz.


Sensacional debut discográfico de Lahav Shani y Múnich

En 2019 quedé hondamente impresionado por el Pelleas und Melisande de Schönberg que vi en un video, actualmente no disponible, en el que en...