jueves, 30 de septiembre de 2010

Mucho ojo con Pablo Heras-Casado

Había leído bastantes cosas sobre el joven director andaluz Pablo Heras-Casado (Granada, 1977), pero jamás había tenido la oportunidad de escucharle. Su currículum es impresionante (web oficial), y por ello me desconcertaba el hecho de que apenas dirigiera no ya en Andalucía, sino en España en general. Por otro lado la magnífica entrevista realizada por Pablo J. Vayón (parte 1) (parte 2) nos muestra a una persona inteligente y con las ideas muy claras, si bien al leer que su principal mentor es “Harry Christophers, que para mí es un maestro de la música, por encima de cualquier consideración de género”, un escalofrío me recorrió desde la nuca hasta bastante más abajo.

Pues bien, gracias al grupo de correo Concertarchive (enlace) he podido escuchar un par de retransmisiones radiofónicas que nos muestran, con una excepción que luego comentaré, a un director de muchísimo calibre. Entusiasmado, le pasé las grabaciones a Ángel Carrascosa -una de ellas, la de Chopin, sin decirle quiénes eran los intérpretes- y le encantaron: en su blog ha dejado unos comentarios cuya lectura es muy recomendable (enlace). Y como precisamente hoy el granadino debuta en el Teatro Real con Ascenso y caída de la ciudad de Mahagonny no quiero dejar de ofrecer aquí mis propias impresiones sobre los dos conciertos referidos, a la espera de poder ir yo mismo a la obra de Weill y escuchar por fin a Heras-Casado en directo.

El primero de los conciertos referidos tuvo lugar en Copenhague el 8 de abril de 2010, debut del granadino al frente de la solvente -pero en absoluto excepcional- Sinfónica de la Radio Nacional Danesa. Se abrió el programa con una página poco conocida de Nielsen, Pan y Syrinx, de la que el joven maestro ofreció una lectura brillante y llena de fuerza, atenta a los aspectos expresionistas de esta música y con unas intervenciones solistas muy bien intencionadas en lo expresivo. Lo único que hay que lamentar es que la retransmisión radiofónica, como suele ocurrir en estos casos, comprima la gama dinámica.

A continuación venía el Segundo Concierto de Chopin (el primero en el tiempo, y el menos valioso de los dos). No recuerdo haber escuchado una dirección tan extraordinaria como la de Pablo Heras-Casado. Paladeando la partitura con lentitud y enorme concentración, y desmenuzando la escritura con tal minuciosidad que se escuchan cosas nuevas, el granadino ofrece una visión viril, decidida, tensa y dramática, totalmente alejada del preciosismo o la delicadeza mal entendida, en cuyo segundo movimiento nos conmueve en lo más profundo al tiempo que abre angustiosos interrogantes en su sección central.

El pianista es el turco Hussein Sermet. Nunca le había escuchado, la verdad, aunque se trata de un señor ya maduro con una buena trayectoria a sus espaldas. Me ha dejado de piedra: su manera de aunar sobriedad y cantabilidad, desmenuzando cada nota con sentido (nada que ver con lo mecánico o con el virtuosismo de cara a la galería) e inyectado una enorme fuerza interior es la de un grandísimo intérprete de Chopin. Me ha gustado muchísimo el modo en que plantea los dos movimientos extremos, con virilidad y decisión (puede que alguien eche en falta un poco más de emotividad en el primero de ellos y de sentido del humor en el último), pero donde roza el cielo -ya lo dijo Carrascosa en su comentario- es en el Larghetto, que en sus manos alberga, en perfecta sintonía con la batuta, una palpitación y hasta un dolor interno fuera de lo común. Para mí no hay duda: si esta interpretación saliese en disco compacto o en DVD sería mi favorita de la discografía. Y filmada debe de estar, porque en Youtube tienen ustedes completa la segunda parte del programa, de la que aquí les dejo una muestra.

Pese a que la orquesta se queda corta, nos encontramos ante una interpretación de Los Planetas planteada con toda la brillantez y el colorido que la partitura demanda -pero sin un gramo de retórica-, y trazada además con buen pulso y evidente entusiasmo, ya que no con particular personalidad. Marte posee la garra dramática necesaria sin caer en lo enfático. Venus resulta menos contemplativa y más emocionante de lo que suele, aunque a violín y violonchelo les sobren portamentos. Tras un ágil y animado Mercurio, en Júpiter hay que admirar su grandeza sin grandilocuencia y su lirismo emocionante, nada hinchado. Seco e implacable -aunque no del todo opresivo-, Saturno se ve lastrado por una sección de metales en baja forma. En Urano el maestro acierta a evitar lo meramente lúdico, aunque aún se le puede sacar mayor partido a la página, mientras que en Neptuno se pueden echar de menos el misterio, la magia sonora y el refinamiento que son capaces de obtener los grandes alquimistas sonoros (Karajan a la cabeza de ellos) que se han enfrentado a esta página. En cualquier caso nos encontramos ante una muy notable recreación de la celebérrima partitura de Holst, claramente por encima de la media.

El otro concierto es aún más reciente, del 22 de agosto pasado, y tuvo lugar nada menos que en el Concertgebouw de Amsterdam. Desdichadamente la Orquesta Filarmónica de Cámara de la Radio de Holanda se ve lastrada por serias limitaciones que quedan por completo en evidencia en una obrita genial e increíblemente difícil de interpretar: la Sinfonía Clásica de Prokofiev. Los violines, en concreto, resultan lamentables. En cuando a la dirección, es de admirar su planteamiento decidido y con excelente pulso, elegante pero no blando, ágil pero no pimpante. En cualquier caso, insisto, la obra se las trae, y Pablo Heras-Casado no se cuenta entre los poquísimos maestros (Guilini, Celibidache y, en menor medida, Rostropovich, Ozawa y Muti) que han salido airosos del empeño. En el primer movimiento no ha prestado la atención debida a todas las líneas melódicas, algunas de las cuales apenas se escuchan. El segundo lo resuelve con corrección, pero falta poesía. Mejor sin duda el tercero, más bien ligero pero no superficial, aunque sin toda la retranca que debería. Algo parecido ocurre en el cuarto: la mala leche de la partitura se le escapa.

El programa continuaba con el Segundo concierto de Beethoven, contando como solista con un viejo conocido de la melomanía: Stephen Kovacevich. El veterano pianista californiano ofrece un sonido hermoso, frasea con cantabilidad y presta atención al matiz, pero su enfoque resulta superficial, de un clasicismo amable y delicado que elude los elementos más densos de esta música, por lo que a la postre resulta plano y un tanto aburrido. La batuta de Heras-Casado sigue la misma línea de un Beethoven ajeno a grandes conflictos, pero sabe evitar la frivolidad y la timidez expresiva del pianista, ofreciendo una lectura que alberga fuerza, calidez y comunicatividad.

Quinta de Schubert para completar el programa, nada menos. De entrada sorprende escucharle un Schubert así a alguien vinculado al mundo historicista o semi-historicista. Es decir, un Schubert absolutamente en la tradición, alejado de cualquier planteamiento que derive de algún modo u otro de los instrumento originales. Un Schubert que podía estar realizado por cualquiera de las más célebres batutas de los años sesenta o setenta, un Schubert que, de no estar firmado por quien lo firma, es decir, por un señor que ha trabajado polifonía renacentista y se declara discípulo de Harry Christophers, sería inmediatamente condenado por esos talibanes que de entrada anatematizan cualquier interpretación no receptiva -en todo o en parte- a la renovación filológica de los últimos lustros.

Pero lo importante, en fin, no es que el Schubert de Pablo Heras-Casado sea tradicional, porque eso no lo hace mejor ni peor, sino que es un Schubert magnífico dentro de un clasicismo bien entendido, es decir, de perfecto equilibrio entre forma y fondo, denso en lo sonoro al tiempo que ágil en la articulación, alejado tanto de la pesadez como de esos sonidos livianos ahora tan de moda, cuidadoso con las diferentes voces y, sobre todo, dotado de una calidez, un legato y un vuelo lírico para derretirse; destacan en este sentido el segundo movimiento y el trío del tercero, de una belleza conmovedora. Todo ello, además, sin dejar de lado el aliento dramático que de manera subterránea recorre estos pentagramas, situándose así lejos de intérpretes (¡y críticos!) que quieren ver únicamente amabilidad galante en la música schubertiana. Puede que le falte a la interpretación algo más de tensión interna en general, así como un punto de sal y pimienta, para llegar a lo excepcional, pero que un señor de treinta y tres años, andaluz por más señas, sea capaz de ofrecer una Quinta de Schubert a la altura -o casi- de los grandes maestros resulta poco menos que asombroso. Así que mucho ojo con Pablo Heras-Casado: podemos estar ante una de las grandes batutas del siglo XXI.

martes, 28 de septiembre de 2010

Mediocre Don Pasquale por Corena y Kertész


DONIZETTI: Don Pasquale.
Corena, Oncina, Sciutti, Krause. Coro y orquesta de la Ópera de Viena. Dir: István Kertész.
CIMAROSA: Il maestro di capella.
Corena. Orquesta de la Royal Opera House, Covent Garden. Dir: Argeo Quadri.
Decca, 475 8490
2 CDs, 138’19’’
ADD
Universal Music
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M

Este Don Pasquale de 1964 vale muy poco: Corena no maneja demasiado bien su excelente voz y hace gala de su habitual sensibilidad primaria y comicidad pasada de rosca, Sciutti ofrece una Norina insulsa y tirando a cursi, Oncina no pasa de lo correcto como Ernesto y Kertész dirige con energía pero sin mucho refinamiento ni sentido del humor. De poco vale que Tom Krause sea un sólido Malatesta, y si la compra merece la pena es por los dieciocho minutos de Il maestro di capella: es verdad que ahí está de nuevo Corena, pero Argeo Quadri dirige estupendamente la pequeña maravilla de Cimarosa.

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Texto extraído de un artículo publicado en el número de noviembre de 2007 de la revista Ritmo sobre un lanzamiento de la serie "The Originals", editada por Decca.

domingo, 26 de septiembre de 2010

La Novena de Abbado de Mahler en Lucerna: virtuosismo ante todo

Se han dicho maravillas sobre la Novena de Mahler que Claudio Abbado ofreció el pasado mes de agosto al frente de la Orquesta del Festival de Lucerna en el lujoso festival suizo. Pero como en su momento distaron de entusiasmarme las dos últimas grabaciones que el milanés hizo de la acongojante partitura, es decir, la de 1999 con la Filarmónica de Berlín y la de 2004 con la Orquesta Juvenil Gustav Mahler (la de 1985 en Viena no la conozco), no me fié demasiado de lo que por ahí se escribió. Pues bien, he podido por fin escuchar la aplaudida interpretación, y por partida doble, primero en un MP3 de la trasmisión radiofónica y después en la filmación realizada por el canal Arte. Y debo reconocer que me ha gustado bastante, desde luego más que los dos registros arriba referidos, aunque no llega a parecerme una interpretación de esas que dejan huella, a la altura de la de un Giulini, un Klemperer o un Bernstein (sus registros con las Filarmónicas de Viena y Berlín).

En cualquier caso las virtudes de esta recreación son importantes. En primer lugar está el buen pulso general de la batuta, que levanta la obra con trazo firme y evidente entusiasmo: uno nunca se aburre o se distrae a lo largo de la hora y media. En segundo lugar está el espléndido análisis tímbrico de la obra. Abbado posee una técnica portentosa, y su desarrolladísimo sentido del color, unido a su capacidad para diseccionar planos sonoros, le permite poner de relieve la inmensa riqueza de escritura orquestal que albergan los pentagramas, haciéndolo además de la manera más apropiada, es decir, con un tratamiento incisivo y contrastado. Su dominio del idioma mahleriano es además muy notable, atendiendo al sentido de los contrastes, al gusto por lo grotesco y al decadentismo que impregnan este universo. Y finalmente tenemos que contratularnos de que por esta vez Abbado haya decidido renunciar casi por completo tanto a esas sonoridades ingrávidas que le han arruinado interpretaciones de numerosos autores, Mahler incluido, como a la blandura lánguida y almibarada destinada a quienes buscan más evadirse o relajarse que plantearse lo que realmente ofrece el autor: grandes conflictos expresivos que son a su vez reflejo de hondos problemas existenciales.

El reparo, a mi modo de ver, es que Abbado no se muestra igual de comprometido en toda la obra. De hecho el primer movimiento me ha dejado, como en sus anteriores grabaciones de la partitura, bastante frío: todo está magníficamente expuesto, pero la honda emoción humanística que debe sentirse (¡Giulini!) no aparece por ningún lado. Tampoco hay agonía existencial, conflicto ni rebeldía. Incluso las sonoridades resultan por momentos algo más pulidas de la cuenta.

Los movimientos centrales desprenden un entusiasmo, una energía, una vitalidad y unas ganas de vivir incomparables. Quizá ahí esté precisamente el problema: el enfoque resulta excesivamente luminoso y despreocupado, cuando no lúdico, para dos páginas que albergan muchos pliegues expresivos en su interior. Aquí hay que escuchar a un Klemperer, con toda su mala leche, para descubrir todo el potencial de esta música, si bien resulta difícil resistirnos ante la orgía de ritmos y colores ofrecida por Abbado, máxime cuando en ella intervienen unos solistas (no hace falta insistir en el lujo de la plantilla) que matizan con soberano virtuosismo y agudísima intencionalidad.

Lo mejor es el movimiento conclusivo: aquí nuestro artista sí parece creerse esta música y le inyecta tal intensidad emocional -más “romántica” que “expresionista”- que hace que por primera vez en la interpretación nos olvidemos de la rutilancia orquestal y sintamos de verdad ese pellizco de agonía y desesperación que anida en la página. Abbado, concentradísimo no solo en el gesto sino también en la batuta, modela de manera magistral la progresiva disolución anímica y vital que cierra la obra, aunque uno hubiera preferido un enfoque menos distanciado, más amargo y nihilista. Con la mano alzada, Abbado prolonga la partitura con un largo y muy necesario silencio que solo interrumpen algunas inoportunas toses que -con toda la razón- molestan visiblemente al maestro.

¿Conclusiones? El milanés no ha vuelto a ser nunca el grandísimo director, todo fuerza y rusticidad, de los años sesenta y setenta, pero de vez en cuando renuncia al narcisismo y la blandura que caracterizan su labor de los últimos lustros para ofrecernos interpretaciones tan notables -pese a su irregularidad- como esta. Por eso mismo hay que hacer lo posible para acudir a alguna de las dos ejecuciones que ofrecerán el maestro italiano y su orquesta suiza de la Novena mahleriana en Madrid el próximo mes de octubre. Lástima que las entradas resulten carísimas para las economías más bien modestas de muchos aficionados.

PS. Las entradas no solo tienen precio de infarto: es que hoy viernes 8, cuando se han puesto a la venta las que no se habían vendido por abono, me ha sido imposible conseguir nada para la función del domingo, que es -lógicamente- la más demandada. ¡Hay que fastidiarse!

viernes, 24 de septiembre de 2010

El Rigoletto de Sinopoli


Verdi: Rigoletto.
Renato Bruson, Edita Gruberova, Neil Schicoff, Brigitte Fassbaender, Robert Lloyd, Kurt Rydl.
Coro y Orquesta de la Academia de Santa Cecilia de Roma. Dir: Giuseppe Sinopoli.
Philips/Decca. 2 CDs.
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Este Rigoletto, grabado en 1984 con espléndida toma de sonido, interesa por la turbadora encarnación del jorobado a cargo de ese enorme artista que es Renato Bruson, bastante mejor de voz que en el posterior registro en vivo con Muti. Por desgracia, ninguna de las dos grabaciones resultó redonda.

En ésta el eficiente Shicoff, entonces muy bien de voz, hace un Duca acertadamente antipático. La narcisista Gruberova, desenvuelta en sus famosos trinos, es una Gilda en exceso frágil y desmayada, gran contraste con la desgarrada Maddalena de Fassbaender. El malogrado Sinopoli (¿cómo se puede aún dudar de su valía?) dirige con gran sentido dramático y ofrece una lectura personalísima y muy atractiva por su clima alucinado y especialmente siniestro. Lástima de la discreta calidad de la orquesta romana.

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Texto extraído de un artículo publicado en el número de diciembre de 2002 de la revista Ritmo sobre el primer lanzamiento de la serie "The Opera Compact Collection", editada por Decca.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Crónica de un engaño anunciado

La siguiente historia hace referencia a uno de los más insólitos, fulgurantes e inesperados éxitos de venta de música digamos "clásica" de los años noventa. No voy a decir de qué disco se trata: baste con indicar que hablamos de un compositor europeo hasta entonces poco conocido pero que cuenta hoy con un gran prestigio entre los amantes de eso tan indefinido que llamamos "nuevas músicas". Yo me limito a dejar por escrito lo que me contaron, confiando en el buen juicio del lector para determinar si lo relatado es real o no. Para mí, desde luego, tiene todos los visos de ser cierto, porque si no el triunfo comercial de la obra de marras -un tostonazo pseudomístico- no se explica.

Pues bien, parece ser que cierta gran multinacional a la que el pequeño sello discográfico en cuestión estaba afiliado empezó a llenar las tiendas de Londres con ejemplares del disco. Los minoristas miraban con desconfianza a un producto que no parecía atractivo, pero la discográfica los dejó tranquilo: los compactos quedaban en depósito, y si no se vendían pues se mandaban de vuelta y ya está. Al principo no se vendía un ejemplar, claro está, pues el compositor no era nada conocido entre el "gran público", pero la distribuidora se la arregló para vender a la prensa la falsa noticia de que había arrasado en el mercado. ¿Consecuencia? El personal corrió a la tienda a por su ejemplar y, efectivamente, un producto destinado a minorías se convirtió en un auténtico fenómeno de masas. Y no solo en Londres sino en el resto del mundo: más de dos millones de copias se vendieron del CD en cuestión.

Así que ya saben, si leen u oyen por ahí que tal disco o DVD está siendo un éxito de ventas, yo que ustedes arquearía las cejas antes de correr a la tienda, que sigue habiendo mucho espabilado suelto.

domingo, 19 de septiembre de 2010

Josep Pons y la ONE van al cine (y II): monográfico John Williams

Lo digo sin complejos: me encanta la música de John Williams. No tanto su creación digamos "seria", que me parece algo aburrida, sino su amplia y célebre labor para la gran pantalla. Bueno, me gusta a mí y le gusta a muchísima gente más, por mucho que algunos críticos musicales de cierta -y dudosa- respetabilidad como mister Norman Lebrecht le haya puesto a caer de un burro. Le pese a quien le pese, el compositor norteamericano ha conseguido el milagro de hacer una música es que al mismo tiempo culta y popular, ofreciendo toda la inteligibilidad y toda la brillantez que demanda el público del cine hollywoodiense mientras mantiene unos altos niveles de calidad, apartándose de la vulgaridad y el efectismo y alcanzando una muy considerable inspiración en la escritura, además de integrada a la perfección con las imágenes.

Claro que hay en la obra de Williams un segundo milagro: hacer una música que es mezcla de muchas músicas -su labor como director de orquesta profesional ha sido decisiva en su conocimiento del repertorio- sin que se noten las costuras, llegando a desarrollar un lenguaje personal que, pese a las abundantes citas y homenajes, resulta claramente identificable. Música de calidad, sin duda, que ha contribuido bastante a generar aficionados al universo sinfónico (yo mismo entre ellos), y que lo seguirá haciendo si se le presta la atención que merece. Por eso hay que aplaudir a Josep Pons por su iniciativa de ofrecer el monográfico de ayer al frente de la ONE en un Auditorio Nacional repleto de público joven. ¿Por qué no vinieron esta vez, al contrario de lo que ocurrió la semana pasada (enlace), las cámaras de RTVE?

El concierto se abrió con una espléndida recreación de la marcha de En busca del arca perdida en la que el maestro catalán dejó bien clara cuál iba a ser su gran baza interpretativa durante la velada: la manera lenta y poética de paladear los temas líricos, en este caso concreto el de Marion, ayudado por una sección de cuerda en muy buen estado. También es verdad que quedaron ya en evidencia las limitaciones del concierto, a saber, unos trombones no del todo brillantes y, sobre todo, unas trompetas estridentes y destempladas que iban a rajar a menudo durante las dos horas siguientes (las trompas sí que estuvieron espléndidas).



A continuación vino la suite de E.T., "Adventures on Earth", una buena muestra -en su sección central- del Williams más intimista y delicado, aunque lógicamente el público con lo que se entusiasmó fue con la apoteosis final del celebérrimo tema principal, dicho quizá por Pons con un poco más de ampulosidad de la cuenta. Cerrando la primera parte se ofrecieron tres fragmentos de Atrápame si puedes arreglados como suite de concierto -más o menos jazzística- bajo el nombre de "Escapades", para saxo y orquesta. Me pareció un acierto su programación, toda vez que esta música gana bastante fuera de la pantalla, y además deja bien claro al personal que John Williams es mucho más que el autor de grandes fanfarrias. La interpretación contó con las bazas de una muy centrada sección de percusión de la ONE y del saxofón sensualísimo de Andrés Gomis.

Toda la segunda parte estuvo consagrada a Star Wars: una hora de música extraída de cinco de las películas de la serie (faltó El retorno del Jedi, desgraciadamente). En toda la creación para las dos trilogías galácticas se lo pasa uno en grande rastreando "homenajes": esto es Korngold, esto otro Holst, aquéllo Prokofiev, lo de más allá Stravinsky, etc. Pero además es una música que está escrita de manera irreprochable, que cumple maravillosamente su función en la pantalla y que funciona muy bien en la sala de concierto, al menos con los arreglos realizados a tal efecto por el propio compositor (en la película rara vez se escucha los temas plenamente desarrollados, como lo están en los discos o en los atriles de las orquestas).



Josep Pons empezó con una selección de las dos primeras entregas de la saga (los Episodios V y VI) que a decir verdad no estuvo bien realizada, porque tuvimos que escuchar nada menos que tres veces el tema dedicado a la protagonista femenina. Se arrancó con los korngoldianos "Main Titles" de toda la vida, que hubieran sonado con gran brillantez y opulencia -cita literal de Holst incluida- si no hubiera sido por las trompetas. Siguió el inocente "tema de Leila", paladeado con admirable delectación. Luego vino la marcha imperial, interpretativamente lo menos bueno del concierto: hubo más barullo de la cuenta. Tampoco terminó de convencer el hermosísimo tema de Yoda, algo deslavazado bajo la batuta de Pons, aunque los violonchelos de la ONE tuvieron la oportunidad de lucirse. Y en el inevitable "Throne Room" el maestro catalán tuvo el acierto de ralentizar su tema elgariano "a lo pompa y circunstancia", fraseándolo con tal sensibilidad que los resultados fueron superiores a los que suele conseguir en este pasaje el mismísimo John Williams. Eso sí, yo hubiera preferido escuchar los temas líricos de los Episodios V y VI, o el tema de los Ewoks, o el de Jabba el Hutt...

En la última media hora del concierto Pons se centró en las tres entregas más recientes de la saga, cinematográficamente muy endebles (por no decir otra cosa) pero con música interesante en su interior. Fue curioso escuchar el tema dedicado al ese insoportable personaje que es Jar-Jar, puro Prokofiev, o ese clarísimo homenaje al Ròzsa de Ben-Hur que es el desfile de vainas-cuádrigas, a su vez homenaje cinematográfico a la celebérrima secuencia del filme de William Wyler. Bellísimo el tema de Anakin, de nuevo con un Pons de pulso lento y concentrado. Espectacular el "Duel of the fates", que le quedó a Pons, a su orquesta y al Coro Nacional de España mucho mejor que la semana pasada cuando lo ofrecieron como propina. Pero para mí la mejor música de la saga es el acongojante tema de amor de El ataque de los clones, "Across the stars", donde el admirable vuelo lírico habitual en el compositor se funde con un hondo sentido de la tragedia: justo lo que la historia demanda y las tan planas como cursis imágenes de George Lucas no saben ofrecer. La recreación del maestro catalán, más lenta y sensual que la del propio Williams, quizá también menos desesperada, supo hacer justicia a esta hermosísima página que poco tiene que envidiar a algunas creaciones presuntamente más sesudas y "comprometidas" de la música de los últimos años. Claro que para algunos es más fácil "ser moderno" que emocionar, aunque esa es otra historia.



Concluyendo el programa oficial se interpretó de manera irreprochable ese "auto-homenaje" que se hizo Williams para cerrar la saga que es "Battle of the Heroes", directamente inspirada en su "Duel of the fates". Se aplaudió muchísimo durante el concierto, también -pese a los esfuerzos de Pons- entre cada uno de los números de las suites-, así que tras este brillante final el público se desbordó. Como anécdota -significativa- de la velada, queda que por primera vez salió a saludar como nuevo titular del coro el tenor Joan Cabero, quien parece haberse tomado muy en serio su labor: ¡vaya si sonaron bien esta vez los madrileños! Empastados, potentes y sin estridencias por arriba, sí señor.

Los aplausos, creo que merecidísimos, obtuvieron como regalo "Dry Your Tears Afrika" de Amistad, una de las cintas menos conocidas de Spielberg. Página espectacular y muy apropiada como propina, espléndidamente recreada por un Pons que supo, como en el resto de la velada, atender al detalle y no dejarse llevar por el mero decibelio. Intérpretes y público marchamos todos muy felices (y yo con veinte años menos), pero lo mejor es que algunos que no frecuentan mucho las salas de conciertos a buen seguro salieron, además de radiantes, con ganas de volver pronto al Auditorio Nacional. Enhorabuena: así se hace afición. Pero la próxima vez que cuiden un poquito el programa de mano, que este era de un cutrerío que echaba para atrás.

viernes, 17 de septiembre de 2010

La polémica más vieja

Andan a la gresca Ángel Carrascosa y Arturo Reverter por culpa del Boccanegra de Plácido Domingo. No voy a terciar en una discusión que parece estar ya zanjada (enlace), pero sí que me voy a permitir realizar una pequeña reflexión: lo que en el fondo separa a mi amigo Ángel y a ese gran sabio (sin segundas) del que tanto aprendo y con el que tan pocas veces estoy de acuerdo que es Don Arturo no es ninguna cuestión personal, que me consta que no la hay, sino una de las más viejas polémicas del mundo de la lírica. ¿Qué va antes, la música o la palabra?

Dicho de otra manera: ¿hasta qué punto la pura belleza del canto es capaz de seducir nuestros sentidos al margen de su adecuación a los contenidos semánticos del texto y del contenido dramático -quiero decir escénico- del mismo? ¿Y hasta qué límites podemos obviar la falta de ortodoxia, belleza canora y adecuación a las demandas vocales de la partitura en una recreación que sí atiende a los contenidos expresivos? Obviamente no hay un solo melómano que se encuentre en un extremo de estas dos posiciones antagónicas, pues a todos nos importa tanto "la música" como "la palabra", pero sí que es cierto que la mayoría tenemos más o menos claro si nos movemos más a gusto en un terreno que en el otro. En mi caso no albergo dudas (¡le parole!), pero bienvenidos sean todos lo que encuentren en el lado opuesto siempre y cuando no tengan el atrevimiento de autoerigirse como los verdaderos amantes de la lírica y de acusarnos a los que pensamos lo contrario de no adorar la ópera como lo hacen ellos. Y lo mismo va por nosotros, claro, que ya la Condesa decidirá si prefiere a Flamand o a Olivier.


Sensacional debut discográfico de Lahav Shani y Múnich

En 2019 quedé hondamente impresionado por el Pelleas und Melisande de Schönberg que vi en un video, actualmente no disponible, en el que en...