Un cajón de sastre para cosas sobre música "clásica". Discos, conciertos, audiciones comparadas, filias y fobias, maledicencias varias... Todo ello con centro en Jerez de la Frontera, aunque viajando todo lo posible. En definitiva, un blog sin ningún interés.
miércoles, 4 de marzo de 2026
Concierto para piano nº 2 de Prokofiev: discografía comparada
Circula un chascarrillo sobre el Concierto para piano nº 2 de Prokofiev: es la obra ideal para los músicos de una orquesta, porque ellos solo tienen que quedarse sentados mirando cómo toca el solista. La broma tiene algo de verdad, en parte por la exageradísima duración de la terrorífica, intocable cadenza del primer movimiento –la del último tampoco es una tontería–, en parte por el tremendo protagonismo que adquiere el instrumento. No, no es que la parte orquestal sea precisamente insulta. Es que al pobre piano se le pide todo y más: velocidad y limpieza considerables, dinámicas extremas, densidad sonora a tope, temperamento combativo, ironía y –no hay que olvidarlo, aunque muchos lo hagan– un lirismo de la mejor ley.
Esto nos lleva a una cuestión escondida: ¿realmente hay que interpretar a esta obra escrita a los veintidós años bajo el prisma del Prokofiev de espíritu juvenil, chirriante y futurista, auténtico ruido y furia? Obvio es que hacerlo es una posibilidad totalmente plausible, pero a mí me parece que el compositor de El ángel de fuego siempre fue un indisimulado romántico. O tardorromántico, o posromántico, o como quieran ustedes entenderlo. Sinceramente, no creo que entre su mundo y el de Rachmaninov haya una distancia sideral, sino que más bien son dos caras de una misma moneda. Creo que en esta Op. 16 de Prokofiev hay mucho de exhibicionismo virtuosista en la más pura tradición, pero de virtuosismo con sentido. Y hay mucho de misterio y goticismo, de desazón melancólica, de conflictos existenciales e incluso de contemplación de la belleza. Incluso algunos pianistas nos han revelado ciertos puntos de conexión con el universo impresionista.
Es posible que su estructura en cuatro movimientos no haya facilitado la comprensión de la estructura global, como sí lo hizo con el mucho más popular Concierto nº 3. También cabe la posibilidad de que el esfuerzo físico que exige al pianista le haya hecho permanecer un tanto relegado. En cualquier caso, un simple repaso a la discografía deja claro que solo en los últimos veinte o treinta años esta página ha recibido la popularidad que merece.
Confío en que esta discografía ya definitiva contribuya a acercarles a ustedes a esta página.
1. Ashkenazy. Rozhdestvensky/Sinfónica
del Estado de la URSS (Urania, 1961). Aunque la muy pobre toma en vivo permite
más intuir que disfrutar, parece claro que Rozhdestvensky ofrece la dirección
“bestia” por excelencia, la que reivindica al Prokofiev más aristado, incisivo
y provocador. También el más lleno de rabia y angustia, como si hubiera escrito
la obra pensando –eso se ha afirmado– en el particularmente doloroso proceso de
enfermedad y muerte de su padre. Consigue esto el maestro con sonoridades
chirriantes, enorme tensión interna y una dosis extrema de sarcasmo –ideales las maderas, no así unos metales en exceso broncos–, lo que permite
a un joven Ashkenazy soltarse la melena y, haciendo gala del descomunal
virtuosismo que le caracteriza, responder al desafío con enorme garra y
potencia expresiva. La inmediatez que permite el vivo termina por perfilar una
visión en exceso unilateral, pero a la postre demoledora. (9)
2. Dagmar Baloghova. Ancerl/Filarmónica Checa (Supraphon, 1964). Dirección enérgica, con mucha garra y sabor a Prokofiev, siempre bien
controlada, con adecuados remansos líricos, aunque en general se cargan las
tintas sobre los aspectos poderosos, maquinistas y opresivos de la página. Muy
bien la pianista, en una línea poderosa, no del todo sutil ni imaginativa en
los pasajes más extrovertidos pero con mucha garra, y no carente de
introversión ni de emotividad lírica, como tampoco de concentración. Tremendos
los interrogantes casi al final de la obra. Lo menos conseguido por parte de
ambos es el segundo movimiento: podría ser más trepidante. Sonido mediocre. (8)
3. John Browning. Leinsdorf/Sinfónica de Boston (RCA-Sony,
1965). Magnífica dirección, con mucha garra, enorme claridad y perfecto estilo,
a lo que no es ajeno el tratamiento tímbrico que se aplica a la magnífica
orquesta; sensacional en este sentido todo el tercer movimiento, que sabe ser
al mismo tiempo irónico, grotesco y amenazador. Además, el maestro vienés
comprende perfectamente el espíritu de la obra y sabe acompañar los poderosos
arranques futuristas con la dosis suficiente –no la máxima posible– de sensualidad
y misterio, sin precipitarse ni caer en lo decibélico. Notable el pianista: a
pesar de no mostrarse del todo variado en el toque, “puede” con las partes más
abiertamente virtuosísticas mientras que intuye, aun sin adentrarse del todo en
ellos, la existencia de otros espacios expresivos detrás de las notas. Particularmente
logrados por su parte los dos últimos movimientos, justo en los que la batuta
alcanza su mayor grado de inspiración. La toma no es ninguna maravilla en lo
que a tímbrica se refiere, pero ofrece unos graves poderosos que en esta obra
son fundamentales. (9)
4. Béroff. Masur/Gewandhaus de
Leipzig (EMI, 1974). El joven pianista francés –aún no había
cumplido los veinticuatro– resulta sencillamente ideal para una obra como esta:
posee un toque percutivo y poderoso, también capaz de mostrarse muy delicado
sin perder densidad sonora, toca con una enorme limpieza digital y frasea con
toda la efervescencia que la música pide, aportando también su punto de ironía
ideal para Prokofiev y mirando con el rabillo del ojo a Stravinsky. Más aún, en
los momentos oportunos sabe bucear en los aspectos más misteriosos e
inquietantes de las notas haciendo gala de una concentración muy oportuna, si
bien es cierto que mostrarse lírico no es lo exactamente lo suyo. Masur dirige
mostrando sorprendente afinidad con el estilo y mucha implicación emocional,
aunque quizá viendo la obra desde un punto excesivamente unilateral: hay
pasajes que podrían estar más paladeados, mientras que en algún momento cae en la
brocha gorda y el efectismo. (9)
5. Ahskenazy. Previn/Sinfónica de
Londres (Decca, 1974). André Previn no posee en modo alguno
la personalidad ni la virulencia de Rozhdestvensky, pero conoce a la perfección
el estilo, trabaja con mucha precisión junto a la orquesta y logra, esto es lo
más importante, un alto grado de convicción atendiendo a los diferentes
aspectos expresivos de una obra con más caras de lo que en principio parece.
Por eso mismo es la suya una recreación que, sin ser genial, resulta por
completo irreprochable, ofreciendo así el respaldo ideal para que un Ashkenazy
con trece años más que los que tenía en el testimonio anterior ofrezca una
recreación más redonda y madura, poderosísima cuando debe, brillantísima
siempre, pero ahora más plagada de sutilezas, más rica en significaciones y, a
la postre, más emotiva. La toma es espléndida. (9)
6. Postnikova.
Rozhdestvensky/Ministerio de Cultura de la URSS (Melodiya, 1983). Acumulando una
considerable madurez interpretativa con respecto a aquel concierto con
Ashkenazy tan mal grabado –aun así, esta toma resulta chata en dinámica y relega
en exceso a la orquesta–, Rozhdestvensky firma la versión de referencia en lo
que a la parte del director se refiere. No es solo cuestión de sonoridad a
Prokofiev, que también, ni de implicación expresiva. Es la manera en la que
potencia los aspectos sarcásticos y grotescos de la partitura al tiempo que se
muestra atentísima tanto al misterio, las atmósferas y las texturas oníricas –primer movimiento– como a la pasión tempestuosa de corte digamos romántico que
se esconde tras las notas. Su señora esposa no posee un toque tan maravillosamente
variado como el de algunos de sus colegas, pero no solo se muestra sobrada en
lo que demanda fuerza y carácter percutivo, sino que también indaga en los
pliegues expresivos haciéndolo con tanta pasión como control. (10)
7. Gutiérrez.
Tennstedt/Filarmónica de Berlín (Testament, 1984). Pianista poderoso,
que puede con la obra, también sutil, apenas mecánico, pero cuyo acercamiento
es algo más romántico de la cuenta y no del todo variado en lo expresivo, sin toda
la garra posible. En la misma línea el director, que ofrece algún detalle
creativo interesante y se beneficia de la sonoridad oscura y carnosa de la
orquesta berlinesa. (8)
8. Feltsman. Tilson
Thomas/Sinfónica de Londres (Sony, 1988). Acordando utilizar tempi de
apreciable lentitud y renunciando a la brillantez sonora, que no precisamente
al poderío de un piano que suena como una apisonadora, los dos artistas
realizan una lectura eminentemente introvertida, atmosférica, ambigua, que pone
de relieve la atmósfera turbia y el lirismo enrarecido de la partitura sin
fallar a la hora de ofrecer un idioma convincente. Pueden preferirse
aproximaciones más incisivas y expresionistas, también con mayor frescura
digamos “juvenil”, pero esta es de enorme interés. La toma sonora es extraña,
un poco turbia. (9)
9. Gutiérrez. Neeme
Järvi/Orquesta del Concertgebouw (Chandos, 1990). Seis años después de su
grabación en vivo con Tennstedt, el pianista de origen cubano alcanza un grado
mucho mayor de fuerza, de garra, de compromiso expresivo, pero sobre todo de
estilo, atendiendo con más acierto, y siempre bien respaldado por un toque
poderosísimo, a los aspectos más escarpados e incisivos de la partitura, aunque
sabiendo igualmente ofrecer pasajes oníricos tan curvilíneos como inquietantes.
Es muy probable que con esta sustancial mejora tenga que ver la dirección de un
Neeme Järvi tan tosco y vulgar como siempre, pero conocedor a la perfección del
idioma de Prokofiev y director muy adecuado para una obra como la presente por
su interés por los aspectos más rocosos y decibélicos del autor. En esta
ocasión, además, se muestra altamente comprometido en la expresión, aunque a
veces se recree en exceso en las grandes explosiones y descuide el
lirismo que también subyace en la partitura. Muy apropiada, por otra parte, la
manera en la que hace sonar a la formidable orquesta holandesa con un carácter
oscuro, escarpado e incluso áspero –tremendas las trompas– que en ella resulta
insólito. Desdichadamente, la toma sonora –que posee apreciable definición
tímbrica– deja a la misma en segundo plano. (9)
10. Bronfman. Mehta/Filarmónica de
Israel (Sony, 1993). Yefim Bronfman posee la fuerza, la intensidad y el sonido
ideales para la obra, haciendo gala además de apreciable agilidad y mucho
control interno, sin espacio para el nerviosismo ni para el espectáculo
gratuito. Eso sí, en comparación con lo que hicieron Ashkenazy y Postnikova, no
digamos con lo que hará Kissin, hay muchos matices por poner y unas cuantas
frases líricas que se le escapan. El músculo y el empuje que tanto le gustan a
Mehta le sientan estupendamente a la partitura, pero su dirección resulta mucho
antes artesanal que otra cosa. Lo mejor, la toma sonora. (8)
11. Toradze. Gergiev/Orquesta del Kirov (Philips, 1995). Arranca
muy mal la cosa, no ya por la lentitud extrema, sino por la inaceptable
blandura con que la orquesta aborda su parte. Tras la introducción, solista y
director se muestran más centrados, evidenciándose la buena capacidad de
matización del primero y el deseo del segundo por explorar las texturas –llamémosla así– impresionistas de la página. Estupendo el segundo: ágil,
animado y virtuosístico, como tiene que ser. En exceso pesante el tercero, más
estruendoso que realmente amenazador, si bien resulta atractiva la manera en la
que se explora no solo la ironía, sino también el misterio que ocultan las
notas. una ironía en esta ocasión no poco sensual y misteriosa. En el Finale
partes notables y partes en las que se vuelve a perder el pulso; Toradze
deambula sin problemas por la cadenza y Gergiev cierra una interpretación a la
postre deslavazada y sin una idea expresiva clara detrás. (6)
12. Yundi Li. Ozawa/Filarmónica de
Berlín (DG, 2007). El maestro oriental siempre ha sido un excelente recreador
de Prokofiev, aunque interpretándolo desde un punto de vista mucho antes lírico
que mordaz o incisivo. Por eso mismo su batuta resulta para decir cosas nuevas
sobre el primer movimiento, en cuyos misterios se adentra como pocos directores
lo han hecho al tiempo que releva líneas, colores y texturas que generalmente
pasan desapercibidas. En el resto de la obra, sin mostrarse personal ni
creativo, por ventura sabe atender al lado expresivo de la escritura orquestal
sin perder el trazo fino que caracteriza su arte. El músculo de la orquesta
berlinesa se revela ideal para la partitura. Yundi Li, en exceso promocionado
en su momento y hoy más certeramente valorado que antes, se muestra como lo que
realmente es, un virtuoso sin cosas especiales que decir. Sus dedos pueden con
la obra, sabe mostrarse incisivo sin recurrir a lo percutivo y matiza con
acierto, pero ahí se queda: en lo notable, no en lo excepcional. (9)
13. Kissin. Ashkenazy/Orquesta Philharmonia
(EMI, 2008). La dirección es de enorme solidez, atenta al idioma y procurando
resultar tan ágil como lírica y equilibrada, sin cargar nunca las tintas ni
caer en la brutalidad. Falta ese último punto de mordacidad y de carácter
opresivo que sabía Rozhdestvensky, pero da igual. Porque en una obra como esta
quien manda es el pianista, y aquí tenemos a un Kissin que, sin resultar
particularmente agresivo (¡aunque sí poderosísimo en su sonido!), ni aristado,
ni sarcástico, nos descubre con virtuosismo inigualable, infinita gama de
matices, enorme creatividad, musicalidad de primer orden y tremenda
concentración interior, todo lo que lleva esta partitura en su interior:
rebeldía, enormes tensiones y mucho conflicto, pero también vuelo lírico,
sutileza y emotividad. Una visión nueva, reveladora y genial. La toma se
realizó en vivo en el problemático Royal Festival Hall, pero es espléndida. (10)
14. Kempf. Litton/Filarmónica de Bergen (BIS, 2008). Aunque el pianista londinense toca de
manera admirable y el maestro neoyorquino parece dominar el idioma de Prokofiev
–excelente tratamiento de las maderas–, lo cierto es que no uno ni otro terminan
de profundizar en la obra, quizá porque no logran dotar de continuidad a la
misma –algo bien difícil– ni ofrecer la suficiente variedad de atmósferas
expresivas. Lo peor es el movimiento inicial, escaso de fuelle, de mordiente,
de garra. El segundo resulta poco más que una exhibición de virtuosismo. En el
tercero las explosiones sonoras son ante todo eso, decibelios, y no la
consecuencia de la rabia que se acumula en los pentagramas, mientras que se
echan de menos ambiente enrarecido y mala leche. El cuarto empieza francamente
bien, pero los pasajes líricos de la sección central están dichos un tanto de
pasada; poco más adelante, a la acumulación de efes le falta sinceridad
dramática. (7)
15. Gavrylyuk. Ashkenazy/Sinfónica de Sydney (Triton,
2009). Mucho más que en el Nº 1 que completa el disco, Alexander Gavrylyuk materializa todo su potencial demostrando no solo tener dedos y potencia para dar las
notas de esta terrible partitura, sino también capacidad para planificar,
sensibilidad para matizar e intensidad para comunicar. Ashkenazy le acompaña
con enorme acierto en un primer movimiento de gran lentitud en el que la atmósfera
enrarecida está perfectamente plasmada; no tanto en un segundo al que le
falta nervio y un tercero que, acertando en la expresión, se encuentra dicho
con considerable vulgaridad. En el cuarto los dos artistas vuelven a
encontrarse para alcanzar admirables resultados. La grabación no es óptima,
pese a tratarse de un SACD de dos canales. (8)
16. Wang. Dutoit/Festival de Verbier (Medici TV, 2010).En este segundo testimonio de Yuja
abordando la partitura –hay una filmación de 2007, también con Dutoit–, queda claro que la pianista oriental dista de poseer el
sonido más adecuado para esta obra, que sería el de un Bronfman. El suyo es
ligero, cristalino, ciertamente hermoso, pero sin la densidad, la “carne” y el
volumen necesarios. Corriendo todo lo que puede sin merma alguna de la
claridad, sustituye estas carencias con un toque increíblemente ágil y efervescente
-electricidad pura en un segundo movimiento de infarto-, una buena dosis de
incisividad, apreciable sentido del humor y mucha atención a los momentos más
delicados de esta música, en los que parece apuntar hacia el universo
impresionista. Dutoit saca buen provecho de la voluntariosa orquesta y dirige manera
muy notable: irreprochable estilo, rico e incisivo colorido, atención a los
aspectos feístas del tercer movimiento y mucha comunicatividad. (8)
17. Bronfman. Nézet-Séguin/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2010). Bronfman vuelve a demostrar que posee el sonido y el toque exactos para este concierto, como también la posesión de un temperamento tan encendido como bien controlado que le convierten, a priori, en un intérprete ideal. Al final resulta que no hay para tanto, que hay muchos matices y mucho lirismo que se le escapan entre los dedos, pero en cualquier caso el nivel es muy alto. Justo lo que ocurre con un Yannick joven y de pelo negro que debutada con los Berliner Philharmoniker: le faltan estilo, análisis del entramado orquestal y personalidad, pero su dirección resulta muy fresca, intensa y altamente comunicativa. La orquestal ya lo sabíamos, se amolda a las mil maravillas a la partitura merced a su músculo y potencia sonoras. (8)
18. Wang. Dudamel/Simón Bolívar (DG, 2013). Dos años
después de la filmación con Dutoit, Yuja sigue evidenciando virtudes
y limitaciones: su muy efervescente manera de enfocar la partitura y su
sutileza en los momentos oníricos no disimulan que deja a un lado tanto la
fuerza trágica de los pentagramas como de la peculiar ironía de Prokofiev, que
solo capta a medias. Dudamel no muestra mucha sintonía con el universo del
autor; al menos dirige con entusiasmo y sensatez, salvo en el movimiento
conclusivo, cuando la tentación del efectismo le hace dejarse llevar por las
prisas. (8)
19. Bavouzet. Noseda/Filarmónica de la BBC (Chandos,
2013). El pianista toca con agilidad suficiente, frasea con flexibilidad –nada
de mecanicismo ni de carreras de cara a la galería– y ofrece una línea sensual
que resalta los aspectos más líricos y evocadores de esta página. En
contrapartida, pasa un tanto de largo ante los aspectos más siniestros y
dramáticos de la página y tampoco sintoniza con la peculiar ironía del autor;
en general, necesita mayor variedad de acentos, contrastes más marcados y una
dosis superior de chispa y garra. A la batuta, que descubre texturas muy
interesantes en el primer movimiento, le pasa algo parecido. (7)
20. Rana. Slobodeniouk/Sinfónica Nacional de la RAI (YouTube, 2014). La jovencísima
pianista italiana no solo satisface plenamente las terribles demandas de esta
partitura en lo que a potencia, densidad y agilidad se refiere. También atiende
con enorme acierto a la cargada atmósfera de la partitura, indaga en las
posibilidades expresivas de todos los pasajes, matiza de manera rica y variada,
demuestra apreciable sensibilidad lírica y, sobre todo, sabe poner de relieve
la mezcla de intensa melancolía, humor corrosivo e intensidad dramática que se
esconde detrás de las cascadas de notas y de las grandes explosiones sonoras. Muy
digna la dirección, a la que le falta un punto de garra e incisividad. La
orquesta se queda algo corta. (9)
21. Rana.
Pappano/Academia Nacional de Santa Cecilia (Warner, 2015). Si la pianista
repite su portentosa aproximación, Pappano demuestra una vez más su plena
sintonía con el idioma de Prokofiev –sonoridad incisiva al tiempo carnosa, gran
sentido del ritmo y gran cantabilidad– y atiende con el mismo acierto que la
solista a las diferentes facetas de la partitura, todo ello haciendo gala del
empuje y el entusiasmo diríamos que latino que caracterizan su batuta, además
de haciendo que la orquesta romana rinda al límite de sus posibilidades.
Lástima que la toma sonora no sea todo lo buena posible, ni siquiera en alta resolución.
(9)
22. Yuja Wang. Paavo Järvi/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2015). Quizá sea esta la mejor de las interpretaciones de Yuja Wang, como siempre fulgurante en cuanto a agilidad digital, adecuadamente incisiva y muy certera a la hora de indagar en los aspectos oníricos de la pieza, pero carente de un sonido lo suficientemente denso y poco preocupada por los matices expresivos. La diferencia con respecto a sus anteriores incursiones la marca la Filarmónica de Berlín, que de nuevo se confirma como orquesta ideal para la obra por la robustez de la cuerda grave y, sobre todo, la elevadísima musicalidad de sus solistas, muy bien dirigidos todos por un Paavo Järvi no muy imaginativo no comprometido –ese nunca es su fuerte–, pero sí muy certero en el sonido y la expresión –incisividad, virulencia–, así como muy en sintonía con la solista a la hora de ofrecer texturas mágicas y veladuras. (9)
23. Haochen Zhang. Slobodeniouk/Sinfónica de Lahti (BIS, 2018). Pletórico de recursos pianísticos, el artista chino procura indagar, ya desde
un arranque particularmente suave y misterioso, en ese lirismo onírico,
melancólico y agridulce tan identificativo del compositor. Y lo hace fraseando
con cantabilidad suprema, graduando las dinámicas con mano maestra, desplegando
los más sensibles colores y matizando con enorme riqueza expresiva. Por
descontado, hay también muchísima agilidad –sin mecanicismo– y gran potencia
sonora cuando la música lo requiere, aunque también es cierto que algunos
preferirán un toque más percutido y un enfoque más claramente encrespado. Dima
Slobodeniouk vuelve a demostrar una buena sintonía con la obra y consigue que
la orquesta suena claramente a Prokofiev, aunque no puede evitar que esta
evidencie sus limitaciones en los fortísimos. Excelente toma en alta resolución. (8)
24. Matsuev. Noseda/Sinfónica de
Londres (YouTube, 2019). El pianista favorito de Putin es, ante todo, un señor
dotado de un mecanismo asombroso, caracterizado fundamentalmente por una enorme
potencia sonora y una enorme limpieza digital cuando corresponde ir rápido.
Virtudes importantísimas en una página como esta, qué duda cabe, pero no
suficientes. Matsuev se limita a desplegar un enorme poderío sonoro –tremebunda
cadenza la del primer movimiento– y a correr por el teclado con facilidad
pasmosa, pero sin apenas transmitir ninguna clase de emoción. Ni siquiera las
grandes explosiones suenan cargadas de rabia: son acumulaciones decibélicas, y
punto. La ironía, el vuelo lírico y la emotividad también se quedaron en el
tintero. Gianandrea Noseda se deja contagiar y resulta algo más aparatoso de la
cuenta, tendiendo incluso al decibelio y descuidando las texturas; al menos, capta el estilo e inyecta electricidad. (7)
25. Trifonov. Gergiev/Orquesta del Mariinsky (DG, 2019). El
pianista ruso demuestra no solo tener el tremendo sonido –poderosísimo,
percutivo cuando debe, capaz también de mil matices tímbricos y dinámicos– necesario para triunfar en la obra. Posee también el temperamento, el control,
el estilo. Se le puede –y debe– reprochar que atiende más a los aspectos
explosivos de la misma que a sus posibilidades líricas, quedándose algo corto
en este sentido en el primer movimiento, pero aun así su recreación posee numerosos
detalles magistrales que le hacen merecedor de ser considerado entre los
grandes recreadores de la página. La dirección de Gergiev es aplastantemente
superior a la de los tiempos con Toradze: los tempi son ahora más sensatos, la
tensión interna es mucho mayor, el acabado es más cuidadoso y hay mayor riqueza
de matices, al tiempo que insiste en atender a los aspectos más misteriosos de
la escritura orquestal. Incluso se percibe –raro en el maestro– cierta sensibilidad
poética. Soberbia la toma. (9)
26. Vinnitskaya. Janowski/Filarmónica de Dresde (YouTube, 2019). Euro Arts nos regala esta filmación a mayor gloria de Anna Vinnitskaya,
una señora que no solo puede con la parte “bestia de la obra”, sino que además realiza
un especial esfuerzo por sacar a la luz la vertiente más poética y efusiva de
la escritura pianística. Le falta, en comparación con Kissin, una dosis
superior de matices y creatividad para hacerle justicia a todo lo que la
partitura lleva dentro, así como una dosis superior de sal y pimienta que le
permita ofrecer un enfoque más plural, pero aun así hay que descubrirse ante su
trabajo. Marek Janowski siempre ha sido un director tan solvente como aburrido.
Aquí también, pero hay que agradecerle la sensatez generalizada –nada de meter
ruido para epatar al personal– y un notabilísimo análisis del entramado
orquestal que le permite hacernos ver cosas nuevas. (8)
27. Abduraimov. Sokhiev/Orquesta del Capitolio de Toulouse (Medici TV, 2021). Esta es una de esas versiones que seguramente se disfrutaron mucho en directo y que luego en casa no terminan de interesar. Todo es de muy buen nivel, todo se encuentra en su sitio, no hay problemas en la ejecución ni en la expresión, pero la comparación con las recreaciones verdaderamente grandes deja claro que los dos artistas se mueven en la mera solvencia, particularmente un Tugan Sokhiev que siempre ha demostrado conocer y amar este repertorio sin que la inspiración esté muy de su lado. Interesa, en cualquier caso, que su enfoque resulta antes misterioso que explosivo, idea que comparte por completo un Behzod Abduraimov de toque sensible y apreciable musicalidad, ofreciendo muy atractivas aportaciones tímbricas en la cadenza del movimiento conclusivo. (8)
28. Cho. Macelaru/Nacional de Francia (audio YouTube, 2022). Lo
de Seong-Jin Cho que nos deja boquiabiertos: sabíamos que este señor era capaz
de ofrecer las más delicadas exquisiteces de Ravel o un Chopin de exquisito
vuelo lírico, pero no que pudiera lidiar con semejante monstruo que pide no
solo agilidad extrema, sino también una potencia sonora fuera de lo común. El
pianista chino, aun sin incidir en los aspectos percutivos y brutales de la
música, satisface plenamente esas demandas, al tiempo que añade poesía,
cantabilidad e infinitas sutilezas –impresionante regulación del sonido– sin
que haya espacio para el nerviosismo ni para la efervescencia de cara a la
galería, firmando así una versión de referencia: hay que ir a Kissin para
escuchar algo aún mejor en la parte pianística. Cristian Macelaru no solo obtiene
de la formación francesa un sonido ideal para Prokofiev –coloreado e incisivo
al mismo tiempo, con músculo en la cuerda y carnosidad en las maderas–, sino
que también trabaja a fondo la claridad –soberbios los dos movimientos
centrales– e inyecta apasionamiento controlado. Lástima que la toma radiofónica
se vea limitada por una fuerte compresión dinámica, porque los resultados
globales de esta interpretación son de la máxima altura. (10)
29. Cho. Pappano/Sinfónica de Londres (Stage+, 2025). Pappano vuelve
a ofrecer una dirección tan admirable como la que hizo con Beatrice Rana:
carnosa en la sonoridad, absolutamente perfecta en el estilo, encendida en el
temperamento, pero siempre bajo el más absoluto control y no quedándose, en
absoluto, en el carácter "explosivo" de la página, sino indagando en
las notas. Seong-Jin Cho repite el prodigio que ofreció en París y redondea así otra posible referencia. El audio que he colocado es de origen radiofónico: en Stage+ tienen ustedes el vídeo con soberbia calidad audiovisual. (10)
Gracias de nuevo. Dos comentarios. El concierto 2 es el Op. 16, no el 19 como señala es su entrada. Y una cuestión que desconocía. Después del estreno, las partes orquestales se perdieron en un incendio en plena revolución soviética, con lo que Prokofiev tuvo que reescribirlo y cambió bastantes cosas de la partitura. Copio está información que he encontrado de internet:
Prokofiev reconstruyó y revisó considerablemente el concierto en 1923 (casi una década después) en el proceso, lo hizo, en sus propias palabras, «menos formal» y «ligeramente más complejo en su estructura contrapuntística». El resultado final, en opinión de Prokofiev, fue «tan completamente reescrito que casi podría considerarse el Concierto n.º 4». ( El Concierto para piano n.º 3 se estrenó en 1921).
Entiendo que nunca sabremos cómo sonaba en su versión original.
¡Gracias por corregir el error! Lo de la orquestación perdida lo había leído ya, pero gracias también. Parec claro que Prokofiev hizo algo más que reconstruir las partes quemadas. La orquestación me parece magistral, por cierto, aunque hay grandes directores que no terminan de diseccionarla. Por ejemplo, Mehta y Nézet-Séguin. ¡Incluso Ashkenazy empuñando la batuta!
A modo jocoso, añado que la crítica anglosajona ( David Hurwitz, Jed Distler, David Nice, etc) escogen como mejores, las versiones de Kempf/Litton, Toradze/Gergiev, Yundi Li/Ozawa, Brofmann/Mehta. Lo de siempre con estos críticos... Aunque en el caso de Bronfmann se lo compro. Saludos.
Don Fernando, muchas gracias por esta comparativa. Yo tengo la caja de vinilos de la versión de Ashkenazy -Previn y la sexta cara se completa con una versión de la Sinfonía Clásica dirigida por Ashkenazy. ¿Podría escucharla?
Vuelvo a releer está entrada para escuchar un par de versiones que desconocía. Solo una aclaración al comentario mío anterior. Cuando decía que "una cuestión que desconocía", en referencia a las partes orquestales quemadas me estaba refiriendo a mi mismo. Lo descubrí al consultar un par de páginas en internet. No sé si se entendió así. Por otro lado, la orquestación final de Prokofiev es maravillosa, efectivamente. Plenamente de acuerdo con ello. Y una anécdota final sobre la relación entre Rachmaninov y Prokofiev. En el maravilloso documental de Bueno Monsaingeon sobre Sviatoslav Richter, el pianista ucraniano comenta que Prokofiev echaba pestes de su colega, pero solo "oficialmente". En el documental se ve como Richter se ríe y reconoce la enorme influencia de Rachmaninov en la música de Prokofiev, mientras suena de fondo el Etude Tableaux Op. 33 no. 5 con su ritmos machacones y percutivos. No es una opinión cualquiera. Richter conoció y trato mucho a Prokofiev. Saludos
De alguna manera, lo que Richter observaba es que Prokofiev, con sus recursos compositivos y su estética nueva, recogía la herencia de la escuela pianística y compositiva rusa anterior, con sus melodías y armonías y lo llevaba a su terreno. Saludos.
9 comentarios:
Gracias de nuevo. Dos comentarios. El concierto 2 es el Op. 16, no el 19 como señala es su entrada. Y una cuestión que desconocía. Después del estreno, las partes orquestales se perdieron en un incendio en plena revolución soviética, con lo que Prokofiev tuvo que reescribirlo y cambió bastantes cosas de la partitura. Copio está información que he encontrado de internet:
Prokofiev reconstruyó y revisó considerablemente el concierto en 1923 (casi una década después) en el proceso, lo hizo, en sus propias palabras, «menos formal» y «ligeramente más complejo en su estructura contrapuntística». El resultado final, en opinión de Prokofiev, fue «tan completamente reescrito que casi podría considerarse el Concierto n.º 4». ( El Concierto para piano n.º 3 se estrenó en 1921).
Entiendo que nunca sabremos cómo sonaba en su versión original.
Saludos
¡Gracias por corregir el error! Lo de la orquestación perdida lo había leído ya, pero gracias también. Parec claro que Prokofiev hizo algo más que reconstruir las partes quemadas. La orquestación me parece magistral, por cierto, aunque hay grandes directores que no terminan de diseccionarla. Por ejemplo, Mehta y Nézet-Séguin. ¡Incluso Ashkenazy empuñando la batuta!
A modo jocoso, añado que la crítica anglosajona ( David Hurwitz, Jed Distler, David Nice, etc) escogen como mejores, las versiones de Kempf/Litton, Toradze/Gergiev, Yundi Li/Ozawa, Brofmann/Mehta. Lo de siempre con estos críticos... Aunque en el caso de Bronfmann se lo compro.
Saludos.
Don Fernando, muchas gracias por esta comparativa.
Yo tengo la caja de vinilos de la versión de Ashkenazy -Previn y la sexta cara se completa con una versión de la Sinfonía Clásica dirigida por Ashkenazy.
¿Podría escucharla?
El Hurwitz es directamente insoportable.
Gracias por el curro, Fernando!
Vuelvo a releer está entrada para escuchar un par de versiones que desconocía. Solo una aclaración al comentario mío anterior. Cuando decía que "una cuestión que desconocía", en referencia a las partes orquestales quemadas me estaba refiriendo a mi mismo. Lo descubrí al consultar un par de páginas en internet. No sé si se entendió así. Por otro lado, la orquestación final de Prokofiev es maravillosa, efectivamente. Plenamente de acuerdo con ello.
Y una anécdota final sobre la relación entre Rachmaninov y Prokofiev. En el maravilloso documental de Bueno Monsaingeon sobre Sviatoslav Richter, el pianista ucraniano comenta que Prokofiev echaba pestes de su colega, pero solo "oficialmente". En el documental se ve como Richter se ríe y reconoce la enorme influencia de Rachmaninov en la música de Prokofiev, mientras suena de fondo el Etude Tableaux Op. 33 no. 5 con su ritmos machacones y percutivos. No es una opinión cualquiera. Richter conoció y trato mucho a Prokofiev.
Saludos
Y añado algo más, esa melodía rusa, plena de amargor y misterio.
De alguna manera, lo que Richter observaba es que Prokofiev, con sus recursos compositivos y su estética nueva, recogía la herencia de la escuela pianística y compositiva rusa anterior, con sus melodías y armonías y lo llevaba a su terreno.
Saludos.
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