lunes, 30 de diciembre de 2013

Tres estupendos jóvenes pianistas de Jerez y Sanlúcar

Como ando en mi tierra natal estas vacaciones, aproveché para asistir el pasado sábado 28 de diciembre al Concierto de presentación de la Orquesta FORESMUS, sin saber muy bien ni quiénes están detrás de ella –sigo sin saberlo– ni qué me iba a encontrar interpretativamente hablando en lo que respecta a la formación propiamente dicha, a los tres solistas locales convocados y al director Álvaro Corral Matute. Acudí, en todo caso, con ganas de apoyar con mi presencia una iniciativa de esas que se echan de menos en una ciudad que musicalmente se ha venido muy abajo.

Cuando llegué a la sala de los Claustros de Santo Domingo habilitada a tal efecto me llevé una desagradable sorpresa: no íbamos a escuchar las versiones habituales de los conciertos nº 9 de Mozart, nº 3 de Beethoven y nº 2 de Chopin, sino reducciones para solista y diez instrumentistas de cuerda. La opción es válida, ciertamente, pero creo que estas cosas hay que dejarlas bien claras antes de que el personal se compre su entrada, ¿no les parece?

Cuando aquello empezó a sonar se confirmaron mis peores sospechas: los muchachos –porque de jovencitos se trataba, claro– no sonaban bien. Y empecé a prepararme para el primero de los solistas, un chavalín de once añitos que, a tenor del currículo, se ha limitado a estudiar en el conservatorio y en una escuela de música local. Pues bueno, resulta que Gorka Plada Girón (Jerez de la Frontera, 2003)… ¡es un pianista estupendo! No crean que exagero: no solo toca francamente bien –que hubiera algunas notas falsas no tiene la mayor importancia–, sino que posee un sonido hermoso y variado, frasea con asombrosa concentración y recrea la partitura con un gran aliento poético.

Gorka Plada Giron

Y que conste que hablamos de un compositor tan complicado como Mozart –fácil es quedarse en la belleza superficial y en la coquetería mal entendida– y de una obra con tanta hondura como el sublime Jeunehomme. Si uno cerraba los ojos –o no veía al solista, que es lo que ocurría desde mi asiento–, se pensaba inmediatamente en un pianista hecho y derecho, maduro tanto en lo técnico como en lo expresivo, no en un niño de la ESO. Por cierto, que tanto por el físico como por la fría compostura ante el instrumento me recordó al jovencito Kissin. El tiempo dirá a qué altura llega Gorka. De momento, tengo clarísimo que este chico debería estar tocando ya junto las principales orquestas sinfónicas de la península. Rotundamente.

El Tercero de Beethoven estuvo en manos de Alberto Suárez Medina (Sanlúcar de Barrameda, 1994). Lo hizo muy bien: tocar, lo que se dice tocar, tocó estupendamente, e interpretó sin mecanicismo ni precipitaciones, paladeando bien la música y centradísimo en los diferentes aspectos expresivos de la partitura. Obviamente Beethoven es mucho Beethoven y aún se le pueden pedir al joven sanluqueño un sonido más apropiado para el compositor y una mayor riqueza de acentos, pero el nivel es ya más que digno. Otro chico, pues, que tendría que estar ya circulando por nuestros escenarios.

Y lo mismo se puede decir de la tercera en discordia, Victoria Guerrero Misas (Jerez de la Frontera, 1989), que –todo hay que decirlo– tenía la ventaja sobre sus compañeros de ser la más vieja: veinticuatro años. No se puede hablar aquí, pues, de niña prodigio, sino sencillamente de una estupenda pianista que ofreció un hermosísimo, cálido y muy comunicativo Concierto nº 2 de Chopin, dicha además con un sonido de enorme variedad –muy poderoso cuando debe– y con un perfecto dominio del rubato chopiniano. ¡Fantástica!

El maestro Álvaro Corral demostró durante toda la velada una apreciable musicalidad, sobre todo para los cruciales tiempos lentos de cada uno de los conciertos, pero entiendo que su principal preocupación fue la de hacer sonar con corrección al conjunto de cámara. Siento decirlo, pero solo lo consiguió a ratos. Esperemos que haya una segunda oportunidad en la que podamos apreciar una mejora del nivel de la agrupación; de momento, consiguieron llenar la sala y respaldar a tres jóvenes solistas que se merecen un futuro muy superior a lo que la mediocridad del mundillo cultural jerezano, lleno de envidias y puñaladas traperas, les puede ofrecer. Ánimo, porque tienen todo el mundo por delante.

jueves, 26 de diciembre de 2013

Dos apuntes sobre YouTube

Me preguntaba un lector sobre la mejor manera para descargarse los vídeos disponibles en YouTube. Por desgracia mi dominio de la tecnología tiene serias limitaciones y no le puedo dar una respuesta adecuada. Pero sí que puedo dejar un par de apuntes.

Primero: existen varias maneras de descargar esos vídeos, por ejemplo a través de plugins que se incorporan al navegador, pero yo suelo recurrir a JDownloader, que es un programa gratuito muy apañado –lento en el arranque, eso sí– para descargar cualquier tipo de archivo. Basta con copiar la dirección donde se encuentra el link que se quiere bajar, y ya él solito se encarga de rastrearlo a la espera de nuestra aceptación. Creo que es un programa que todo el mundo debería tener instalado en el ordenador.

Segundo: de cada vídeo existen, por así decirlo, varias “capas” en YouTube, unas con más calidad y otras con menos. Los plugins suelen preguntarte con qué calidad lo quieres. En el caso de JDownloader, éste sugiere automáticamente todas las “capas”, y eres tú el que tiene que seleccionar o deseleccionar en función de tus intereses. En mi caso, deselecciono todos los archivos menos el de mayor tamaño: ese es el que pongo en la cola. Obviamente, a mayor calidad se incrementa tiempo de descarga. Si es HQ hay que esperar un rato.

Ni que decir tiene que el buen aficionado no debe conformarse con ver los vídeos en el ordenador, pues lo normal es que el equipo de sonido conectado a éste sea de baja calidad. Mi recomendación es tener un disco duro externo capaz de leer archivos flv, que es el formato en el que vienen los vídeos en YouTube: una vez descargado el archivo que nos interesa, se pasa al disco externo en cuestión –por ejemplo, a través de un pen drive– y se ve en el televisor.

Todo ello dando por sentado, claro está, que el melómano tiene un buen equipo de música asociado a la tele para escuchar en condiciones sus DVDs y Blu-Rays. Si usted aún no ha dado este paso, no deje de darle prioridad absoluta siempre que sus circunstancias económicas lo permitan: disfrutará muchísimo más de sus películas óperas y conciertos. El disco duro externo es un segundo y muy conveniente paso, aunque les advierto: yo me gasté relativamente poco dinero para adquirir el mío y no estoy muy satisfecho de la compra. Si pueden, rásquense el bolsillo.

miércoles, 25 de diciembre de 2013

La Navidad más estirada

He tenido esta mañana de Navidad la malísima idea de escuchar un compacto que me compré hace meses en un mercadillo por un euro: páginas navideñas (desde Noche de Paz hasta el Panis Angelicus de Franck pasando por motetes de Guerrero y Cabezón) interpretadas por Alfredo Kraus, Renata Scotto, el Coro del Conservatorio Superior de Música de Badajoz y la Orquesta de Cámara de Bratislava bajo la dirección de Erich Binder, una producción de Edelmiro Arnaltes –que se reserva para sí el órgano–registrada en la catedral pacense en noviembre de 1991 por RTVE Música. Existe también filmación del evento, de la que les dejo un par de ejemplos.

¿Saben qué? Mi admiración por el tenor canario se ha transformado durante la audición en auténtica grima. Me importa un pito todo eso de la emisión canónica, de la técnica de la máscara, de la igualdad de registros, de la perfecta dicción y todo lo que los defensores del maestro quieran argumentar (Reverter acaba de publicar hace poco un libro sobre Don Alfredo: miedo me da) cuando se canta de manera tan fría, estirada y redicha (¡esas eses en Campana sobre campana!). Por no hablar de su narcisista obsesión por los agudos: el que se marca al final de Adestes Fideles –ahí abajo lo tienen–, todo lo bien emitido que se quiera, es de un mal gusto expresivo que echa para atrás. La Scotto, con sus problemas de siempre en la zona superior, me parece bastante más expresiva que su colega, la verdad.

En fin, que ya tengo un proyecto para el año que viene: plantearme seriamente si me gusta el arte de Alfredo Kraus Trujillo. De momento, quizá tenga que escucharme un poquito de su justamente mítica Lucrezia Borgia con la Caballé para quitarme el mal sabor de boca.

martes, 24 de diciembre de 2013

A modo de felicitación navideña

Tengo muchas cosas pendientes por escribir por aquí, pero –pese a estar de vacaciones– poquísimo tiempo disponible para el blog. Aun así, quiero desearles a todos ustedes lo mejor para estas Navidades con el más famoso villancico de todos los tiempos cantado por mi soprano preferida. Sí, ya sé que quedo fatal si no digo que mi podio lo ocupan la Callas o la Caballé. Qué le vamos a hacer, si ellas nunca me entusiasmaron como esta otra señora. Lo dicho, ¡Felices Fiestas!

domingo, 22 de diciembre de 2013

Las tres últimas sinfonías de Tchaikovsky por Karl Böhm

En los últimos años de su vida, Karl Böhm mantuvo una inesperada relación con la Sinfónica de Londres de la que ya hemos hablado aquí a propósito de algunos testimonios que se conservan del Festival de Salzburgo. En cualquier caso, el gran legado que nos dejó semejante asociación fue la grabación para Deutsche Grammophon de las tres últimas sinfonías de Tchaikvsky: la Cuarta en diciembre de 1977, la Sexta en diciembre de 1978 y la Quinta en mayo de 1980, ya en digital. El de Grazt contaba respectivamente 83, 84 y 85 años. Nada menos.

Que yo sepa, solo la última de las citadas ha circulado en compacto por el mercado internacional, aunque ya hace bastante tiempo que dejó de hacerlo. Las otras dos me las pasó un amigo de una edición japonesa. Afortunadamente, y sorteando la alarmante dejadez del sello amarillo, la melomanía corsaria ha tenido a bien poner por ahí un torrent para que los aficionados de todo el mundo puedan conocer semejante maravilla. En la entrada anterior, precisamente, un anónimo dejó el referido enlace. Y yo ahora aprovecho para ofrecer un comentario sobre estas interpretaciones altamente personales que se caracterizan por su enorme lentitud, su gran densidad sonora y expresiva, su desarrolladísimo sentido de la atmósfera y su alejamiento de ese arrebato espontáneo que con frecuencia asociamos con esta música. Gustarán más o menos –a mí me parecen por completo geniales–, pero no pueden dejar indiferente a nadie.

BohmTchaikovsky  sinfonias DG

De la Cuarta ofrece Böhm una visión particularmente sombría, sobria pero con una enorme tensión sonora, donde no hay lugar para languideces ni para excesos. El primer movimiento, mucho antes trágico que épico, plantea enormes contrastes de tempi, pero ni se precipita en los momentos rápidos ni se cae el pulso en los extremadamente lentos. El juego de las dinámicas, extremo, tampoco da pie la espectacularidad. Hay una sensación general tristeza y mala leche que continúa en el Andantino, dulcísimo –sin empalago– y al mismo tiempo muy amargo, con una melancolía mucho antes ominosa que evocadora o complaciente. El Scherzo tiene mucha mala leche. El Finale es de una fuerza enorme, pero sin retórica ni triunfalismo, sino más bien con mala uva. Enfoque discutible en general, pues, pero revelador y fabulosamente realizado.

La Patética conoce una interpretación muy sobria y concentrada, que no quiere derrochar pathos mas tampoco renuncia a la fuerza expresiva. Ajena a cualquier efectismo pero llena de crispación, de rabia y de rebeldía, tan controladas como implacables, resulta impresionante la administración de las tensiones. El Allegro con grazia, de regusto amargo, se aparta de lo consolador y lo meramente ensoñado. Poderosa, llena de fuerza pero sin jolgorio ni triunfalismo, la perfectamente planificada marcha. Acongojante los pizzicatti de los violonchelos en la coda del Adagio lamentoso. Maravillosa la London Symphony, sometida aquí a un asombroso, inigualable trabajo de disección orquestal.

La de la Quinta es de nuevo una lectura admirablemente desmenuzada, cantada con delectación –pero nunca falta de tensión interna– que se decanta por una visión muy otoñal de la obra, mucho antes contemplativa, melancólica y atmosférica que épica y brillante. De ahí que el primer movimiento pueda preferirse más escarpado, menos resignado. El Andante cantabile es bellísimo, emocionante a más no poder, doliente y de portentosa cantabilidad sin necesidad de perder la compostura ni pegar tirones de tempo; los retornos del tema del primer movimiento son mucho antes ominosos que épicos. Sereno y melancólico pero nada blando el Vals. Espléndido el cuarto movimiento, luminoso, emocionante y afirmativo aunque visto desde la distancia, sin caer en la aparatosidad y, podría decirse, llegando a él no desde el triunfo sino desde la serena, profunda y resignada aceptación de las circunstancias del ser humano, a manera de transfiguración final.

jueves, 19 de diciembre de 2013

Eschenbach con la Nacional de España: mejor que nunca

Escribir en la red sirve, entre otras cosas, para recordar lo que se ha visto. De este modo he logrado enumerar las veces que he escuchado en directo, siempre en su faceta de director, a ese músico desconcertante e inclasificable que es Cristoph Eschenbach: primero en Valencia en 2004 frente a la Orquesta de Philadelphia, después en la misma ciudad de nuevo con la formidable formación norteamericana en 2009, y finalmente en Granada con la Orquesta del Schleswig-Holstein en julio de 2011. De este modo la sesión matinal del pasado domingo 15 de diciembre ha sido la cuarta, y desde luego la más reveladora de la formidable técnica del artista alemán: con él la Orquesta Nacional de España ha sonado mejor que nunca.


Me refiero a sonoridad global, claro, porque entre los solistas hubo desigualdades; muy bien, por ejemplo, el primer violín en la partitura de Richard Strauss, pero bastante flojo –no solo por los deslices sino también por el fraseo- la trompa en la sinfonía de Tchaikovsky. Pero en cualquier caso puedo aseverar que nunca había visto a la ONE tan sólida, empastada y virtuosística como en la referida ocasión. Bueno, con Semyon Bychkov tampoco estuvo precisamente mal hace unos meses. ¿No será que nuestra orquesta necesita mucho antes a directores de primera, aunque sean invitados puntuales que vengan, cobren y se vayan, que el típico titular “paciente, honrado y trabajador” tipo Josep Pons? Porque ha sido marcharse el maestro catalán y subir rápidamente el nivel de la formación. Y miren ustedes lo que ha pasado con la Sinfónica de Madrid: cuando se largó López Cobos y vinieron los invitados de Mortier los resultados fueron espectaculares. Lamento decirlo, pero yo cada vez creo menos en el “día a día" y más en el talento.

Pero volvamos a Eschenbach. Se abrió el programa con Till Eulenspieguel. Formidable trabajo técnico: no solo la orquesta funcionó estupendamente –no está de más repetirlo–, sino que se escucharon todas y cada una de las líneas instrumentales del complejo entramado sonoro diseñado por Strauss. Interpretativamente se trató de una lectura ortodoxa, que sonó a lo que tiene que sonar, pero también flexible, creativa y ricamente matizada en lo expresivo; desarrolló, además, un buen sentido de la atmósfera y tuvo su imprescindible punto de humor negro, aunque en alguna que otra frase un poco más de retranca hubiera sido bienvenida.

Página infrecuente a continuación: el arreglo para piano y orquesta que hizo Franz Liszt de la Fantasía Wanderer de Schubert. Infrecuente y no del todo redonda, vamos a reconocerlo, porque el resultado está demasiado cerca del universo del autor de la Sinfonía Fausto y no termina terminar de dar al pobre Schubert todo lo que le pertenece.


La interpretación madrileña no fue precisamente inferior a la única que conozco, la que en 1986 grabaron Sir Georg Solti y Jorge Bolet para Decca. Eschenbach dirigió con energía magníficamente controlada y gran convicción, mientras que el joven Christopher Park no solo demostró plena solvencia en cuestiones de virtuosismo sino también una enorme sensibilidad y concentración; al contrario que Bolet, supo hacer sonar al piano de manera propiamente schubertiana, particularmente en un segundo movimiento que hubiera rozado lo sublime si no hubiera sido porque alguien del público montó un numerito. La verdad, no sé como no se paró la interpretación después de sufrir durante al menos un minuto el lento –parsimonioso, realmente sádico– derramar de monedas por el suelo del Auditorio Nacional. ¿Qué necesidad, señor o señora, tenía usted de rebuscar en su monedero o bolso durante uno de los pasajes más sublimes y concentrados de toda la inspiración schubertiana?

El pianista alemán de origen coreano perdonó este incidente y unos cuantos más con los móviles (¡menudo público el del domingo!) y ofreció de propina una buena –solo eso– interpretación de una página de Prokofiev que me fascina: Sugestión diabólica.

Quinta sinfonía de Tchaikovsky en la segunda parte. Interpretación lenta –cerca de cincuenta minutos– y otoñal, paladeada con amorosa concentración, dicha con toda la ternura, calidez y sensibilidad que demanda el autor. En lo puramente sonoro estuvo trabajada con enorme plasticidad y renunció a las asperezas propiamente rusas para optar por una visión digamos que occidentalizada, de gran belleza pero por completo ajena al amaneramiento, la blandura o el efectismo. Eso sí, personalmente eché de menos una dosis mayor de tensión sonora, de rabia y visceralidad, ingredientes que no son incompatibles con la visión madura adoptada; a veces me resultó excesivamente meditativa y poco teatral. Reparos menores, en cualquier caso, para una interpretación que ya quisiéramos como nivel medio para los programas de abono de nuestras orquestas.

domingo, 15 de diciembre de 2013

Elixir en el Real: la sonrisa en los labios.

Cuando voy a la ópera no ando buscando voces, sino que me cuenten una historia a través de la música y de la escena. Para eso hacen falta buenos cantantes, desde luego, pero hay otros ingredientes no menos importantes que hasta cierto punto pueden paliar las insuficiencias vocales y llevar de vida, de credibilidad y de inmediatez a lo que se está viendo y escuchando. Por eso mismo me lo pasé bien ayer sábado 14 y me lo he vuelto a pasar bien esta misma tarde de domingo en el Elisir d'amore que anda ofreciendo el Teatro Real de Madrid: plausible dirección musical y excelente dirección escénica han hecho disfrutables las dos veladas. Vayamos por partes pero rápido, que mañana me tengo que levantar muy temprano para "volver al redil".


De la dirección de Marc Piollet me había dicho un amigo muy sabio que era rossiniana. Estoy por completo de acuerdo: hubo más de la fluidez, del bullicio, de la agilidad y del carácter risueño que caracterizan el mundo del de Pésaro que de la expansión lírica y la relativa (¡solo relativa!) densidad del propio Donizzetti, con todas las virtudes y limitaciones que semejante enfoque supone. Personalmente me hubiera gustado un poco más de retranca (la que tiene Sir John Pritchard en su grabación, por ejemplo) y una mejor calculada acumulación de tensiones en los concertantes, pero en cualquier caso el nivel de la batuta, bien secundada por la Sinfónica de Madrid y el Coro Intermezzo, fue notable.

Sobre la producción de Damiano Michieletto ya hablé en la entrada anterior. Ha mejorado mi juicio sobre ella: no solo es trepidante e imaginativa, divierte mucho y está muy bien resuelta, sino que además sabe adaptarse a la personalidad de los cantantes de turno. El caso más claro es el de Dulcamara: un heterazo musculado, macarra, vulgar y un punto siniestro con Erwin Schortt, una auténtica loca –mucho más que en la filmación de Palermo disponible en YouTube– con Paolo Bordogna, que sale cogiéndole el culo a un señor, suelta plumas por todas partes y, tras haber intentado cepillarse a una guapa chica en el segundo acto, se presenta al final vestido de drag queen, tetas y tacones incluidos. ¿Que pese a la ubicación de la acción en una playa de nuestros días se trata de una propuesta en el fondo muy tradicional? Muy cierto, pero siendo yo un defensor de muchas regies "modernas", me parece que Elisir tiene que ser sobre todo una comedia y no, pongamos por caso, un tratado sobre la alienación humana.

Los cantantes. Ayer sábado se llevó el gato al agua Ismael Jordi, que repitió el excelente Nemorino que ya le escuché otras veces en mi tierra. La voz no es grande, pero mi paisano canta con enorme belleza, multitud de detalles belcantistas de gran clase (¡hermosísimo doble regulador con que cierra la "Furtiva lagrima"!) y convence plenamente en su visión ensoñada y tierna del personaje. Como actor se maneja ahora mucho mejor que hace años y obedece fielmente las exigencias del director de escena, incluyendo la buena idea de hacerle cantar su aria sobre el tejado del chiringito que regenta Adina. Además, no tiene miedo de hacer el ganso ni de que le hagan toda clase de perrerías. Uno se cree el personaje en todos los sentidos.


Muy decepcionante Camilla Tilling, sobre todo habiendo esta señorita deleitado mis oídos –por mediación de su admirador Gerard Mortier– en esa obra maestra que es el San Francisco de Asís de Messiaen y en esa otra página no menos genial que es el Pelléas de Debussy. Como Adina tuvo ayer detalles muy bonitos, siempre dentro de un canto elegante y musical, pero la técnica hace aguas por los cuatro costados; las desigualdades a lo largo de la tesitura son evidentes, y en el primer acto ni se la oyó. Tampoco se puede decir que sintonice con el espíritu del personaje. Paolo Bordogna me decepcionó musicalmente con respecto a la función siciliana arriba referida (¿cosa de los micrófonos?), pero teatralmente estuvo arrollador: simpatiquísimo, desvergonzado, lleno de matices y pletórico de energía. Eso sí, casi se pega el castañazo con los tacones. El Belcore de José Carbó pasó por completo desapercibido, no así la excelente Gianetta de Mariangela Sicilia.

Hoy domingo el protagonista era Celso Albelo. Ha estado bien en lo musical, pero me quedo sin duda con Ismael, mucho más imaginativo y refinado, además de mucho menos interesado por imitar a cierto tenor canario que fue maestro de ambos. Teatralmente la cosa es más censurable. Comentando el vídeo de Palermo escribí que Albelo era mal actor y se empeñaba en adoptar poses de divo. La comparación con Ismael no deja lugar a dudas: este señor se pasa la escena por el forro y suprime buena parte de los detalles que considera inapropiados para un primo tenore. El resultado es que el personaje funciona escénicamente mucho menos bien, claro, aunque el pensará que así queda mucho más digno.

Bien a secas Nino Machaidze, lejos de las maravillas de su recientemente premiada Thais hispalense. A diferencia de su colega, la voz corre de manera aceptable y posee cierta personalidad –pelín sosa, aunque por fortuna nada ñoña–; de todas formas, tiene aún mucho que recorren en belcanto para terminar de convencer. Voz muy sonora la de Erwin Schrott para Dulcamara. Y ahí queda la cosa: su línea resulta más bien tosca y en la escena, siendo buen actor, no posee ni muchísimo menos el gancho y la simpatía de Bordogna.

Fabio Maria Capitanucci entró mal esta tarde, con problemas en la emisión, pero luego los fue resolviendo y ha ofrecido un digno Belcore. Excelente mi admirada sanluqueña Ruth Rosique como Gianetta.

¿Conclusión? Lo dicho al principio: excepción hecha de Ismael y, hasta cierto punto, de Albelo y Machaidze, el nivel vocal ha sido más bien gris, pero la mayoría de los que hemos estado en el teatro madrileño nos lo hemos pasado muy bien gracias a un foso y a una escena que han sabido dar vida a la obra pergeñada por Donizetti y Romani. Salimos con la sonrisa en los labios: no es poco.

jueves, 12 de diciembre de 2013

El Elixir por Micheletto en Palermo

He tenido la oportunidad de encontrar en YouTube –y de ver, una vez descargada y pasada a mi disco duro multimedia para ponerla en el televisor– una filmación de la producción de L’Elisir d’amore que Damiano Michieletto realizó para el Palau de Les Arts de Valencia. Es decir, la misma que estos días anda ofreciéndose en Madrid y que yo espero presenciar en directo el sábado y el domingo próximos. Esta función en concreto tuvo lugar en el Teatro Massimo de Palermo el 15 de junio de 2012 y cuenta en su elenco con dos de los protagonistas de las funciones madrileñas: Celso Albelo (que canta junto a Nino Machaidze) y Paolo Bordogna (que en el Real hace su Dulcamara junto a Ismael Jordi y Camilla Tilling, y por tanto sin coincidir con el tenor tinerfeño).


Me ha gustado la producción, más por fresca, ocurrente y divertida que por ofrecer algo en verdad rompedor. No lo es, me parece a mí, cambiar el campo por una playa hortera actual, convertir a Adina en la dueña del chiringuito, a Nemorino en socorrista, a Belcore en un chulo playero y a Dulcamara en un vendedor de bebidas energéticas; tampoco lo es, aunque para algunas mentes resulte una provocación, sustituir el elixir propiamente dicho por droga en bolsitas. En el fondo es esta una realización muy respetuosa con el original, con el traslado de la ubicación espacio-temporal resuelto con muchísimo ingenio y muy notable dirección de masas. En el lado menos bueno, cierta confusión por parte del regista italiano entre lo que resulta ser trepidante y la mera acumulación de movimiento sobre el escenario, a veces rozando un exceso no muy distante de un Zefirelli. En cuanto a lo que me comentaba un amigo acerca de que la superposición de acciones secundarias llega a molestar, lo cierto es que con la cámara de por medio eso deja de ser un problema: los primeros planos en su momento justo impiden la distracción. Otra cosa será en directo: ya veremos.

Lo que sí me parece censurable es lo poco que se ha trabajado la escena con Celso Albelo, mal actor que se pasa todo el tiempo ofreciendo posturas de divo a la antigua usanza. Musicalmente, eso sí, el tenor me ha gustado aquí más que en los las dos páginas de esta misma ópera que le escuché hace poco en Valencia, prueba quizá de mis sospechas de que la voz está ahora mismo en proceso de amoldarse a un nuevo repertorio. En Palermo no parece tener muchos problemas y luce una línea de –digámoslo así– “elegancia viril” muy cálida y comunicativa, aunque me parece que a lo largo de la velada alterna momentos muy logrados con otros que ganarían bastante con mayor riqueza de matices belcantistas. Justo los matices que sí ofrece su compañera en esta función, una Désirée Rancatore que, a pesar de mostrarse bastante corta por abajo y de ofrecer algún sobreagudo chillado, hace una espléndida Adina que sabe –tentación en la que sí sucumbieron algunas grandes cantantes– no ser pizpireta ni cursi. El público siciliano la aplaude con entusiasmo.

Paolo Bordogna –el otro cantante que está actuando en Madrid– se desenvuelve perfectamente en lo escénico ofreciendo un Dulcamara macarra y desmelenado, también un punto locaza, aunque musicalmente me parece que no pasa de lo cumplidor. A eso no llega, ni de lejos, el muy mediocre Belcore de Mario Cassi, al que hace poco tuvimos que sufrir como Fígaro en Madrid. La Gianetta de Elena Borin no me ha dicho gran cosa en lo musical, la verdad, aunque en lo escénico sí que está bien trabajada: parece salida de un especial veraniego de Los Morancos, lo que me parece un acierto. Corrientito el coro, y muy buena la labor de la orquesta bajo la centradísima y musical –algo gruesa, quizá– dirección de Paolo Arrivabeni.

Pues bien, esto es lo que hay en Palermo, para lo bueno y para lo bastante menos bueno. Está bien tenerlo en cuenta, para no perder la perspectiva.

domingo, 8 de diciembre de 2013

Giulini y la Sinfonía del Nuevo Mundo de Dvorák

Carlo Maria Giulini llevó al disco tres veces la Sinfonía del nuevo mundo. La primera fue en 1961 para EMI al frente de ese instrumento perfecto que era Philharmonia de tiempos de Klemperer, grabación que acaba de ser reeditada por el sello Warner. La segunda fue en 1978 para Deusche Grammophon, con la increíble Sinfónica de Chicago a su servicio. La tercera la hizo para Sony Classical en 1992 con una Orquesta del Concertgebouw no menos increíble que las otras dos formaciones. Tenía el maestro 47, 64 y 78 años respectivamente: primera madurez, madurez plena y ancianidad respectivamente. La oportunidad que he tenido de escucharlas dejando pasar pocas horas entre cada una me ha permitido apreciar las enormes diferencias entre ellas y lo bien que éstas ponen de manifiesto la enorme evolución de este músico excepcional al que, pese a mi enorme admiración por su arte, voy a intentar ponerle aquí algún reparo. En cualquier caso, y como no podía ser menos, las tres interpretaciones son de enorme categoría.

Giulini Warner London Years

La lectura con la Philharmonia ofrece una soberbia ejecución por parte de la orquesta británica y una magnífica exposición de todos y cada uno de los planos sonoros por parte de una batuta que domina de maravilla los medios a su servicio (¿quién dijo que Giulini no tenía técnica?). Todo ello dentro de un acercamiento de inmejorable ortodoxia en la que todos los ingredientes de la partitura, desde la rusticidad sonora bien entendida hasta la garra dramática pasando por el lirismo amargo y reflexivo, están equilibrados entre sí sin dejar espacio para lo pintoresquista, lo trivial o lo vulgar. Es decir, poesía a raudales pero ni la menor concesión de cara a la galería. Música para sentir y para pensar, no para pasar el rato. La pega es que todavía le falta un poquito de personalidad, de imaginación quizá, sobre todo en un último movimiento. Decididamente, las maneras de hacer del maestro aún no habían alcanzado su plenitud.

Giulini in America Chicago

En la grabación de Chicago Giulini sí que es ya plenamente él mismo, para lo bueno y para lo no tan bueno: el primer movimiento, ahora más depurado –y con repetición–, ha perdido la fuerza y el carácter agreste de su grabación con la Philharmonia. Pero el Largo se encuentra ahora mucho más paladeado (13’44’’ frente a los 12’33’’ de la anterior ocasión) gracias a esa asombrosa capacidad del italiano para cantar las melodías con una maravillosa mezcla de hondura filosófica y ternura humana, siempre con un fraseo de naturalidad y flexibilidad pasmosas. El Scherzo también ha visto desaparecer parte de su garra: ahora resulta severo e inquietante, con un trio que sustituye la extroversión de antaño por un carácter más bien naif y un punto onírico. En cualquier caso, se encuentra diseccionado de manera portentosa. El final, por su parte, sabe aunar belleza melódica y fuerza trágica sin la menor concesión a la retórica vacua a pesar de tener delante a los increíbles metales de la Chicago Symphony, y lo hace –ahora sí– logrando profundizar en todos los pliegues expresivos. La toma sonora, lástima, resulta un tanto extraña y no posee toda la gama dinámica deseable; probablemente ganaría con un nuevo reprocesado.

Giulini Dvorak 9 Sony

En la grabación de Amsterdam el maestro italiano recorre la misma distancia que había entre las dos anteriores, y lo hace en la misma dirección: perder sabor rústico, empuje y garra dramática para ganar en humanismo, cantabilidad y depuración sonora. Se trata, por tanto, de una interpretación esencial, desmaterializada y trascendida, muy meditativa y nada épica, paladeada con infinita delectación (el Largo se extiende hasta los 15’26’’) pero sin morosidad, fraseada con una calidez fuera de lo común y cantada con toda la italianidad esperable, aunque dicha también con una densidad sonora emparentada con lo centroeuropeo. En este sentido, la portentosa Orquesta del Concertgebouw resulta, con su proverbial maleabilidad, el instrumento idóneo para sonar con ese empaste sensual propio de Giulini tan atento a las voces intermedias; esta última circunstancia, unida a la falta de rusticidad por la que apuesta el maestro, hace sonar a esta música más cerca de Brahms que del propio Dvorák. Sin duda habrá quienes, con razón, echen de menos "sabor checo".

Por todo lo expuesto, parece claro se trata de una realización discutible, no precisamente en lo técnico pero sí en lo estilístico y en lo expresivo, más aún cuando entre los minutos 7 y 8 del último movimiento asoma una ensoñación excesivamente relajada que roza la blandura. En cualquier caso, esta es la visión última de un profundo humanista que al final de su vida quiso superar los conflictos –que no negarlos, ni dejarlos a un lado– haciendo que belleza sonora y hondura expresiva alcancen la perfecta fusión para expresar su amor infinito por el ser humano y sus circunstancias.

miércoles, 4 de diciembre de 2013

War Requiem, de Britten: discografía comparada

La red está llena de información sobre el War Requiem de Benjamin Britten. Aquí me limitaré a recordar que la partitura fue un encargo de la Catedral de Coventry, destruida casi por completo por los bombardeos de la aviación alemana en 1940 y reedificada finalmente junto a los restos de la anterior. Con semejantes circunstancias, es comprensible que el compositor británico diera salida a toda su rabia antibelicista intercalando entre los textos latinos de la Misa de Difuntos poemas muy militantes –en inglés, claro está– del desdichado Wilfred Owen, reservando para los primeros orquesta sinfónica, soprano y coro, destinándose los segundos a una orquesta de cámara con tenor y barítono. En el plano celestial, un coro de niños aporta un toque onírico y esperanzado a los trágicos pentagramas.

La obra se estrenó en Coventry el 30 de mayo de 1962. Meredith Davies dirigió para la ocasión a la Orquesta de la Ciudad de Birmingham, reservándose el compositor la formación de cámara. Peter Pears y Dietrich Fischer-Dieskau fueron los solistas masculinos. Del evento queda un testimonio radiofónico que acaba de ser editado oficialmente por el sello Testament. Por mi parte, me limitaré a comentar las interpretaciones que he podido escuchar recientemente y a disculparme por no haber tenido la ocasión de conocer otras como las de Karel Ancerl, Helmuth Rilling, Mariss Jansons o Paul McCreesh. Adelanto ya que la dirección que más me gusta es la de Giulini, aunque el equipo vocal más equilibrado lo tiene Pappano: Bostridge, Hampson y Netrebko. La mejor toma sonora sigue siendo la de Hickox.


Britten War Requiem Decca

1. Britten/Sinfónica de Londres (Decca, 1963). Aunque posteriormente superada en varios aspectos, la grabación de referencia siempre ha sido y seguirá siendo la digamos “oficial” que, bajo la producción de John Culshaw, realizó el propio compositor en enero de 1963 contando con la London Symphony, el Melos Ensemble, los solistas masculinos del estreno y la soprano que no pudo estar presente pero para la que fue ideada la parte, que es irónicamente quien menos bien está: Galina Vihnnevskaya se muestra en exceso truculenta, por momentos desaforada, y más bien fuera de estilo. Todo lo contrario que Peter Pears, claro, pura distinción británica y saber hacer al servicio de su compañero. Fischer-Dieskau, inmenso: no se puede decir mejor su decisiva parte del “Libera me”. Britten se encarga de dejar claro cómo hay que hacer las cosas, y las hace estupendamente. Lo que ocurre es que otros lo harán aún mejor en el futuro. También la toma se ha quedado hoy un poco corta; es de suponer que la reciente reedición en Blu-ray Audio supondrá una mejora significativa. (9)



2. Giulini/New Philharmonia (BBC Legends, 1969). La primera vez que el maestro italiano dirigió el War Requiem fue en el Festival de Edimburgo de 1968, con Vihnevskaya, Pears y Fischer-Dieskau; a todos ellos se unió el propio Britten dirigiendo, como hacía en numerosas interpretaciones junto a reputados maestros, a la orquesta de cámara. Desgraciadamente no se conserva testimonio de aquella ocasión, sino esta del Domingo de Pascua del año siguiente con diferentes soprano y barítono, una Stefania Woytowicz de instrumento poderoso que sigue la línea tremendista de su colega rusa, y un Hans Wilbrink de voz muy lírica y clara que canta con buena línea y certera intención. El compositor dirige nuevamente de maravilla al Melos Ensemble. ¿Y Giulini? En absoluto la interpretación apolínea y humanística que de él podríamos esperar: aquí la música sale directamente de la angustia y el terror. ¡Qué clímax el del “Libera me”! Incluso Pears –ya con algunas desigualdades y descuidando un tanto la dicción– parece más vehemente y dolorido. Ni quiera la complicada acústica del Royal Albert Hall, la estrecha gama dinámica de la toma y la no óptima conservación de las cintas radiofónicas impiden que la audición sea toda una experiencia. Imprescindible. (10)


Rattle Britten EMI

3. Rattle/Ciudad de Birmingham (EMI, 1983). La primera grabación digital de la obra –no muy conseguida en lo técnico, a pesar de la amplia gama dinámica– vino de la mano de un Simon Rattle de 28 años que, a decir verdad, evidenció un apreciable sentido de la atmósfera y una desarrollada sensualidad a la hora de tratar el fraseo y la tímbrica, pero falló de manera evidente –sobre todo en la primera parte de la obra, no tanto en la segunda– a la hora de inyectar tensión dramática, angulosidad y fuerza expresiva a una partitura que está pidiendo a gritos un acercamiento mucho más comprometido. Si la interpretación termina alcanzando un nivel medio notable es gracias a los solistas. Elisabeth Söderström realiza una muy buena labor, mientras que Robert Tear y un sublime Thomas Allen superan a la pareja original Pears/Dieskau con una aproximación que sabe aunar la exquisitez de la línea de canto –elegantísima pero en modo alguno amanerada– con matizadísimos acentos dramáticos llenos de la más sincera congoja. (8)


Britten War Requiem Hickox

4. Hickox/Sinfónica de Londres (Chandos, febrero 1991). Aun siendo el estilo irreprochable y manteniéndose dentro de los parámetros de la elegancia y el distanciamiento típicamente británicos, el maestro sigue la línea de Giulini a la hora de acentuar las aristas de la música, dando como resultado una interpretación no muy atmosférica, pero sí encrespada e hiriente que hurga en los aspectos más rebeldes de la música; todo ello lo hace con una magnífica planificación y gran atención a la claridad, empeño en lo que se ve ayudado por una toma sonora absolutamente sensacional. Por otra parte, su larga experiencia como director coral le permite obtener un rendimiento formidable del Coro de la LSO. Heather Harper había sustituido en el estreno a la prevista Vihsnevskaya; desde luego se muestra mucho más centrada en lo expresivo que su colega, pero en 1991 su instrumento se haya seriamente deteriorado. John Shirley-Quirk, otro veterano, se muestra muy emocionalmente implicado. Philip Langridge posee no menos estilo que Pears y una voz mucho más hermosa, pero no llega a tan extraordinario grado de expresividad; aun así, está francamente bien. Existe edición en SACD. (9)



5. Gardiner/Sinfónica de la NDR (DG, 1992). En esta filmación en vivo de agosto de 1992, editada en CD y también en su momento en VHS y Laser Disc, el maestro británico hace verdad dos de los tópicos que circulan sobre su arte. El primero, que es un mago de la dirección coral: aquí obtiene un admirable rendimiento del Coro de la Radio de Alemania Septentrional de Hamburgo, unido a la sazón a su propio Monteverdi Choir. El segundo, que su proverbial “distanciamiento británico” puede convertirse en sinónimo de frialdad. Y es que es la presente una interpretación expuesta de manera irreprochable, llevada con adecuado pulso, bien tensada –los clímax dramáticos tienen garra- y muy ajena a los devaneos sonoros, pero fraseada con rigidez y ayuda de la calidez, del misterio y de la espiritualidad que la partitura demanda: una cosa es ser austero y otra quedarse en la epidermis de la música. El canto de Anthony Rolfe Johnson es bello y desde luego marcadamente británico, pero en exceso delicado: le falta carácter. Muy bien Boje Skovhus, y apabullante en lo vocal Luba Orgonasova. La presencia del Tölzer Knabenchor es un lujo. Los ingenieros del sello amarillo sortean con enorme habilidad los problemas de acústica de Santa María de Lübek (la iglesia donde tanto tiempo fue organista Buxtehude) y son capaces de recoger el concierto con una amplia gama dinámica. Como de momento no está en DVD, se puede disfrutar en YouTube. (7)


Britten War Requiem Masur front

6. Masur/Filarmónica de Nueva York (Teldec, 1997). En su etapa de titularidad de la orquesta neoyorquina, Masur ofreció en vivo una interpretación extremadamente irregular. Quejumbroso y mortecino “Requiem aeternam”, vibrante “Dies irae”, ridículo en su nada conseguido sentido del misterio el “Liber scriptus”, buen “Lacrimosa”, algo lúdica la fuga del “Quam olim Abrae”, más bien banal el “Sanctus”… Así hasta llegar a un “Libera me” que arranca y se cierra con excesiva laxitud. La orquesta de cámara está dirigida con corrección pero también algo de blandura por un tal Samuel Wong. Lamentables en lo técnico y muy discutibles en lo expresivo las intervenciones de Jerry Hadley. Mucho mejor Thomas Hampson, pero que su línea sea mucho antes lírica que dramática, incluso algo blanda por momentos, no parece lo más apropiado. Espléndida Carol Vannes. La toma sonora, salpicada por numerosas toses, recoge de maravilla a la orquesta grande y al Westminster Symphonic Choir, pero deja a la formación de cámara demasiado en la distancia. (6)


Ozawa Britten War Requiem

7. Ozawa/Orquesta Saito Kinen (Decca, 2009). Como era de esperar, el maestro oriental mira mucho antes al impresionismo que al expresionismo, por lo que su lectura carece de la garra, de la incisividad y de la rebeldía de otras para ganar considerablemente en sensualidad y magia sonora. Curiosamente este concepto ya estaba implícito en la propia grabación de Britten, pero Ozawa lo lleva mucho más lejos con su portentoso dominio del color y de las texturas, sacando además muy buen rendimiento de su orquesta y de los cuatro coros nipones congregados. En este sentido se trata de una recreación que revela nuevos aspectos de la maravillosa escritura de Britten, a la que hace sonar menos inmediata y más sugerente, pero el resultado no es del todo equilibrado: a veces el anciano director parece perder la concentración y pasar de largo ante determinados números, que bajo su batuta carecen del carácter siniestro y opresivo necesario. Incluso a veces hay algo de brocha gorda: en el terrorífico clímax de la primera parte del Libera me parece haber más barullo que auténtica tensión sonora, mientras que la congoja del emocionante final, el “Let us sleep now” en el que se mezclan por fin todos los intérpretes, no está del todo conseguida. Anthony Dean Griffey canta con numerosas desigualdades vocales –muy feo su falsete–, circunstancia que intenta atenuar con una expresividad mucho más inmediata y vehemente, menos distinguida de lo acostumbrado. A la voz de James Westman le cuesta hacerse oír, pero el silencio orquestal de “Libera me” nos permite apreciar su hermosa línea canora y sensatez expresiva. La norteamericana Christine Goerke se limita a cumplir sin más. Espléndida la toma sonora en vivo, sin llegar al nivel de la de Hickox. (7)


Britten War Requiem Noseda

8. Noseda/Sinfónica de Londres (LSO Live, 2011). Tras la grabación oficial de Britten y la de Hickox, esta reciente de la London Symphony, realizada en vivo, supone un considerable paso atrás. La culpa es sin duda de Gianandrea Nosea, cuya dirección resulta sumamente morosa, flácida y aburrida. Y no es que el maestro pretenda hacer una interpretación descafeinada, suavizar aristas o mantenerse dentro de cierto distanciamiento emocional. Simplemente es que no sabe mantener las tensiones, diferenciar el colorido, construir clímax dramáticos ni motivar en lo expresivo a una orquesta que parece tocar como si estuviera dormida, aunque siempre dentro de un excepcional nivel técnico; en este sentido, los momentos más encrespados suenan apabullantes en lo sonoro pero insinceros. La interpretación es rescatada por los cantantes. Bostridge está maravilloso, por supuesto que con su línea flemática y un punto narcisista, pero de enorme belleza sonora, ricos matices y gran clase, por no hablar de la perfecta dicción. Simon Keenlyside, aun algo deteriorado vocalmente y sin las sutilezas de un Dieskau, convence por su expresividad viril e intensa. A despecho de algunas puntuales tiranteces en la zona más alta de la tesitura, Sabina Cvilak triunfa con unos agudos poderosos y muy bien timbrados. La toma sonora tiene como gran ventaja la naturalidad tímbrica y una impresionante gama dinámica muy bienvenida en esta partitura, pero presenta algunos desequilibrios que no estaban en la de Hickox. (7)


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9. Nelsons/Ciudad de Birmingham (Blu-ray Arthaus, 2012). La formación protagonista del estreno de la obra vuelve a la Catedral de Coventry conmemorando el cincuenta aniversario con una interpretación retransmitida por radio, televisión por todo el mundo que ahora recoge Arthaus en Blu-ray con las grandes ventajas que ofrece el sonido multicanal –el coro infantil, en esta ocasión de niñas, suena detrás–, aunque sin terminar de soslayar los esperables problemas de acústica del recinto. Su titular Nelsons realiza un trabajo técnico formidable en el que las fuerzas a su disposición están tratadas con plasticidad asombrosa, haciendo además gala de un fraseo amplio, natural y efusivo, aclarando todo lo posible las texturas sin restar por ello sentido de la atmósfera –muy desarrollada aquí–y renunciando por completo a los excesos y efectismos. El problema es que el joven maestro no solo se muestra poco interesado en la vertiente más escarpada de la partitura, sino que además tiende a la lentitud –como por otra parte es lógico en un recinto de tan grandes dimensiones– y no es capaz de ajustar las tensiones, hasta el punto de que en más de un momento parece más bien laxo, incluso mortecino; incluso la segunda aparición del “Dies Irae” resulta un tanto hinchada. En el crucial “Libera me” parece que de nuevo la arquitectura se va a venir abajo con la lentitud, pero lo cierto es que se llega al clímax con lógica y suficiente fuerza, si bien carente la rabia expresionista que imprimen al pasaje otros directores; también sin el barullo en que no pocos caen, todo hay que decirlo. Más hermoso que emotivo “In paradisum”. Hanno Müller-Brachmann luce voz bellísima y una línea muy cálida, natural y comunicativa, a despecho de alguna insuficiencia en el grave. Mark Padmore, de emisión muy británica, ofrece distinción y elevado compromiso expresivo; admirable su rostro, con ojos humedecidos, al mirar al barítono cuando este dice lo que “I am the enemy you killed, my friend”. Irreprochable la soprano Erin Wall, de voz muy adecuada para su parte. (8)



10. Rattle/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2013). Treinta años han pasado desde su grabación para EMI y Rattle, ahora Sir Simon, sigue sin terminar de convencer en su visión excesivamente apolínea de la obra. En cualquier caso el tiempo no pasa en balde, y ahora el deslavazamiento de entonces se ve corregido por una arquitectura mejor tensada, al mismo tiempo que el maestro sabe sacar un portentoso partido sonoro –no tanto expresivo– a los suntuosos medios a su disposición: excelente el Coro de la Radio de Berlín y la Escolanía, a su nivel habitual la Filarmónica de Berlín y todo un lujo tener en la orquesta de cámara a gente como Emmanuel Pahud o Albrecht Mayer. En cualquier caso, una labor de batuta bastante notable. A destacar como, al igual que en su primera grabación, Rattle va graduando en intensidad las lacerantes intervenciones de los violines de dicha orquesta en la última intervención del barítono (“I am the enemy you killed, my friend”). Emily Magee sufre por un agudo muy áspero, pero su expresión es muy certera: rebelde mas no desaforada. John Mark Ainsley está muy bien, mientras que Matthias Goerne, aun con la voz algo deteriorada, deja constancia de su condición de excelente liederista. La toma sonora es muy buena, pero carece de la gama dinámica que la obra demanda. (8)



11. Pappano/Academia Nacional de Santa Cecilia (Warner, 2013). El maestro británico saca aquí a relucir su ascendencia italiana en una lectura cálida, cantable, un punto naif (escolanía el final del “Offerturium”), antes esperanzada que nihilista, por ello un tanto discutible, pero en cualquier caso muy bella y –eso por descontado- admirablemente trazada, independientemente de que orquesta y coro no sean los mejores posibles. Con semejante enfoque sintoniza por completo un Thomas Hampson aún más humano, emotivo y sabiamente matizado –también más centrado en lo expresivo– que en la versión de Masur. Bostridge repite su admirable, y muy british, acercamiento con Noseda. La Nebrebko, aun algo tirante en el agudo –su parte se las trae–, posee el instrumento ideal y canta en el punto justo de equilibrio entre sobriedad y vehemencia dramática. La toma sonora es espléndida, pero en tiempos del multicanal se podría esperar otra cosa. Por suerte, parece que esa “otra cosa” llegará pronto. (9)




12. Pappano/Academia Nacional de Santa Cecilia (Unitel, junio 2013). Tras grabar la partitura en estudio en Roma, Pappano y su equipo –con excepción de la escolanía– ofrecieron una interpretación en el Festival de Salzburgo –el 18 de agosto, para ser exactos– que fue registrada por las cámaras de Unitel. Parece que saldrá en DVD y Blu-ray, probablemente en el sello Cmajor. Cuando lo haga, creo que será la primera opción de compra: he visto la filmación completa que circula por la red y me ha parecido una interpretación aún mejor que la de Warner. Pappano, sin terminar de convencerme plenamente debido a su renuncia a asumir por completo la negrura de la obra, dirige lleno de musicalidad y convicción. Bostridge canta de manera excepcional y está atento a los matices expresivos de cada sílaba. Hampson, de voz aún bellísima, se muestra cálido a más no poder. La Netrebko, sensacional y de referencia a pesar del modelito con que salió a escena. Esperamos con impaciencia la edición. (10)

lunes, 2 de diciembre de 2013

Rattle y sus chicos en Taipei

El pasado 8 de noviembre Sir Simon Rattle y la Filarmónica de Berlín se presentaban en Taipei –su tercera visita a la capital de Taiwán– con un programa Boulez/Bruckner en principio muy adecuado para mostrar todo el esplendor sonoro de la formación alemana, aunque quizá no tanto –como después se pudo comprobar– por la afinidad de su titular con el repertorio más adecuado para la misma. Los resultados los he podido degustar –espléndida calidad de imagen y sonido, pero con molestos cortes en la transmisión– en la Digital Concert Hall a la que en este blog ya tantas veces he hecho referencia.

Rattle Berlin Taipei

De Pierre Boulez se interpretan las cinco Notations orquestadas, aunque en un orden que no sé si me termina de convencer: I, VII, IV, III, II. En cualquier caso ofrece Rattle una admirable recreación plena de sentido del color y del ritmo, irreprochablemente planificada a través de su portentosa técnica de batuta y magistralmente puesta en sonidos por una orquesta de virtuosismo supremo.
Ahora bien, tras el visionado he querido volver a la interpretación de Barenboim con la Filarmónica de Viena de 2010 cuyo Blu-ray pude comentar aquí, y la comparación ha resultado muy interesante: la de Rattle pierde un tanto en lo que a refinamiento y sentido de las texturas se refiere, mientras que su enfoque es menos reflexivo y misterioso para, por el contrario, volcarse con la inmediatez, la extroversión y la comunicatividad que caracterizan al británico como director. Enfoques complementarios, pues, para una música que puede ser abordada desde más puntos de vista de los que aparenta.

Séptima de Bruckner como plato fuerte de la velada. Se trata, lógicamente, de una buena lectura. No puede ser de otra forma con la orquesta más adecuada en todo el planeta para este repertorio y con una batuta que no solo logra –asunto no precisamente fácil– planificar los dilatadísimos arcos de tensión de esta arquitectura, sino que además se mantiene muy alejado tanto de la pesadez como de los excesos de cara a la galería en los que se puede caer en esta música.

Por desgracia, y como era de prever, hay una falta de sintonía evidente entre Sir Simon y esta partitura: aunque los decisivos aspectos épicos de esta página están bien atendidos, se echa de menos esa particular mezcla de sensualidad, reflexión filosófica y carácter visionario que necesita. La grandeza espiritual (que no grandiosidad, ni grandilocuencia) que debe alcanzarse en los clímax también se halla ausente: mucho decibelio magníficamente empastado, pero poco más. A la postre resulta una interpretación un tanto fría y distanciada. Sosa incluso. Y no solo eso: hay cierta tendencia a hacer sonar los primeros violines con una ingravidez bastante inconveniente. Como si Abbado se hubiese pasado por los ensayos, vamos.

Aquí también me escuché otra lectura a continuación: la de Celibidache y la Filarmónica de Múnich en DVD. No hay color. Y si la que pongo es la de Celi con la propia Filarmónica de Berlín, ni les cuento.

viernes, 29 de noviembre de 2013

Caja Decca con conciertos y suites de Shostakovich

SHOSTAKOVICH: Conciertos. Suites orquestales. Jazz Suites 1 & 2. Sinfonías de cámara.
Orquesta del Concertgebouw, Royal Philharmonic Orchestra, Orquesta Sinfónica de Boston, Orquesta de Filadelfia, Orquesta Sinfónica de la Radio Bávara, Orquesta Sinfónica de Goteburgo, Orquesta de Cámara e Europa, Orquesta Sinfónica de la Radio de Leipzig. Varios coros y solistas vocales. Brautigam, Ortiz, Mullowa, Kremer, Schiff, Masseurs. Dirs: Vladimir Ashkenazy, Rudolf Barshai, Ricardo Chailly, Bernard Haitink, Neeme Järvi, Herbert Kegel, Seiji Ozawa, André Previn, Maxim Shostakovich.
Decca 475 7431
9 CDs 637’53’’
ADD/DDD
Universal
****

Shostakovich Conciertos Suites Decca

La mayor parte de las interpretaciones contenidas en esta caja alcanza un extraordinario nivel. Es el caso de los tres discos grabados por una insuperable Orquesta del Concertgebouw y un Ricardo Chailly que supo aunar frescura, chispa, sentido del color, refinamiento e imaginación en fenomenales lecturas de páginas a veces maestras (el Concierto para piano nº 1, con excelentes Brautigam y Masseurs), en ocasiones deliciosas (la mal llamada Jazz Suite nº 2) y con frecuencia en exceso convencionales y faltas de inspiración (buena parte de la música cinematográfica aquí incluida, con excepciones como el soberbio Hamlet).

De noble clasicismo -en el mejor sentido del término- e indiscutible sinceridad expresiva las lecturas registradas por Rudolf Barshai de sus orquestaciones de los cuartetos Tercero, Cuarto, Octavo y Décimo, beneficiadas asimismo por una admirable intervención de la Orquesta de Cámara de Europa. Espléndida la muy menor Obertura sobre temas rusos y kirguís de Haitink y, para terminar con las joyas de esta colección, portentoso el Primero para violín con una Victoria Mullowa que es en esta ocasión un auténtico témpano ardiente bajo la batuta de un arrollador André Previn.

Sin llegar a semejante nivel, son francamente sólidas las lecturas de Askenazy de obras como la vistosa Obertura Festiva, los fascinantes Cinco fragmentos op. 42, el infumable panfleto comunista La canción de los bosques, el convencional poema sinfónico Octubre y el tan fuera de su tiempo como emocionante Concierto para piano nº 2, aunque aquí Cristina Ortiz evidencie un sonido monocorde y una expresividad limitada. Asimismo más que notable la Ejecución de Stepan Razin registrada allá por 1968 por Sigfried Vogel y Herbert Kegel, único registro analógico de esta, por lo general, magníficamente grabada selección.

Interesan bastante menos las suites del Hamlet escénico, La edad de oro y El perno a cargo de Neeme Järvi, llenas de vida y entusiasmo pero trazadas con brocha gorda y no muy bien tocadas, el Segundo para violín –obra aburrida como ella sola– lastrado por un Kremer en su línea habitual a pesar de contar con una buena dirección de Ozawa, y los dos conciertos para violonchelo –ahora sí, soberbia música– registrados en 1984 por un Schiff de sonido bellísimo pero mucho antes lírico y evocador que aristado, sarcástico y dramático, y encima bajo una batuta escasa en cafeína de Maxim Shostakovich.

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Artículo publicado en el número de octubre de 2006 de la revista Ritmo.

martes, 26 de noviembre de 2013

Discreto Palumbo en el Teatro Real

Mientras el foso del Real era ocupado por los chicos de la Ópera de Perm bajo la dirección de su titular Teodor Currentzis para las maravillosas representaciones de The Indian Queen ya comentadas, los cuerpos estables del teatro madrileño, esto es, la Sinfónica de Madrid y el Coro Intermezzo, preparaban junto al maestro Renato Palumbo un programa sinfónico-coral en torno al Stabat Mater de Rossini, bellísima obra que se toca y graba bastante menos de lo que debería, para ser ofrecido el jueves 14 y el sábado 16 de noviembre. Estuve en la segunda de ellas.

Comenzó la velada con la muy infrecuente Sinfonia su temi dello Stabat Mater del celebre Rossini, una breve y agradable fantasía sinfónica escrita por Saverio Mercadante precisamente para prologar la obra en cuestión. Estuvo sin duda bien interpretada y parecía anunciar una gran noche. No fue así.

La Sinfonía nº 104, Londres, de Haydn estuvo muy mal interpretada. El problema no fue tanto que el maestro italiano parezca desconocer por completo el lenguaje haydiniano, con lo que tiene de vivacidad, de rusticidad bien entendida y de garra teatral; tampoco lo fue que Palumbo quisiera destacar los aspectos más melódicos y cantables de esta música frente a los que habitualmente suele llamar la atención, porque la intención fue buena; ni siquiera lo fue la apreciable lentitud de los tempi, porque cosas más lentas se han escuchado que alcanzan la genialidad (¡Klemperer!). El problema estuvo en la terrible flacidez de las tensiones: todo sonó blando, desganado, sin la menor agilidad, rutinario en el fraseo y plano en la expresión. Inaceptable de todo punto el Menuetto; el Finale funcionó bastante mejor, pero ya era demasiado tarde.

Buena sin más la dirección del plato fuerte de la velada, el Stabat Mater propiamente dicho: hubo nobleza, sensualidad, cantabilidad y un espíritu muy italiano por parte de la batuta. Faltaron teatralidad, fuerza dramática –no confundir con decibelios– y tensión sonora; de nuevo Palumbo sonó un tanto blando y descafeinado, aunque sin llegar ni muchísimo menos a los extremos del Haydn. Orquesta y Coro funcionaron con solvencia, solo eso.

Lo más interesante del Rossini estuvo en las voces solistas. Me gustó mucho de nuevo Julianna Di Giacomo, a la que ya había escuchado aquí mismo en Suor Angelica: voz de lírica con cuerpo, muy bien timbrada, que aunque sufrió un tanto por arriba puede desarrollar una importante carrera, porque la artista posee tanto estilo y como sensibilidad. Quizá un punto menos expresiva pero más redonda en lo vocal la mezzo Ann Hallenberg, globalmente estupenda. Y reencuentro con Dmitri Ulyanov (hace poco le vi en Aida) para confirmar que posee una voz y una técnica de primerísima línea, aunque esta vez no le encontrase del todo metido en la partitura.

Queda Ismael Jordi. Hace poco me congratulaba aquí mismo que mi paisano fuese a cantar un par de funciones de la Traviata de Les Arts con Zubin Mehta, aunque al final en la mía quien cantó fue el inicialmente previsto Ivan Magrì. Casualmente en el Real ha realizado este otro remplazo y por fin le he podido ver después de bastante tiempo sin escucharle en directo. Eso sí, me hubiera gustado que fuese en otra obra, porque la tan bella como ingrata parte de tenor de este Stabat Mater en absoluto es adecuada para un instrumento como el suyo. Ismael intentó resolver la papeleta –ha sido una petición expresa de Mortier– procurando llevarla a su terreno, ofreciendo detalles de delicadeza belcantista muy hermosos y haciendo gala de la enorme elegancia en el fraseo que caracteriza al tenor jerezano. En el Elixir que ya empieza a preparar el propio Teatro Real seguro que le encontraremos mucho más en su terreno. Y en julio, esto es novedad, Maria Stuarda nada menos que en el Covent Garden junto a una de mis cantantes favoritas, Joyce di Donato. ¡Enhorabuena!

sábado, 23 de noviembre de 2013

Gergiev, rutina frente a la Filarmónica de Berlín

Breves líneas para comentar el concierto de la Filarmónica de Berlín, disponible previo pago en la Digital Concert Hall, celebrado en la Philharmonie de la capital alemana el 22 de diciembre de 2010. El ruidoso Valery Gergiev –única presentación reciente, que yo sepa, del maestro amigo de Putin frente a la orquesta berlinesa–, dirige un programa marcadamente ruso contando como solista con un mecanógrafo muy de su agrado, Denis Matsuev.

Arranca la sesión con el estreno en Alemania del Díptico sinfónico “Canción rota” de Rodion Shchedrin (ya saben, el marido de la Plisetskaya), al parecer una especie de arreglo o suite orquestal de su “ópera de concierto” (esto es, no pensada para la escena) El caminante encantado, que se remonta a 2002. La música, vistosa pero sin nada especial que decir, parece una mezcla del Pájaro de fuego y la Suite escita, encontrándose servida por un Gergiev que sabe aquí ofrece lo mejor de sí mismo: riqueza de colorido, alto sentido teatral y un adecuado sabor ruso.


La velada continua con el Tercer concierto para piano de Rachmaninov. La verdad es que la interpretación me ha parecido bastante menos mala de lo que esperaba, pero en cualquier caso queda rezagada con respecto a las grandes recreaciones fonográficas de la partitura (Ashkenazy con Previn, Gavrilov con Muti, Postnikova con Rozhdestvensky). Matsuev posee un sonido muy poderoso y una enorme agilidad digital que son requisitos fundamentales en esta obra, fraseando con cierta sensibilidad y sabiendo aunar empuje y autocontrol en los momentos más encrespados, sucumbiendo en otros momentos al más cuadriculado e insulso virtuosismo sin espacio alguno para el matiz expresivo. Gergiev cuenta con la gran baza de una orquesta suntuosa llena de solistas formidables (los Mayer, Pahud y compañía), mostrándose más cuidadoso que de costumbre en una recreación tan correcta y sensata como funcionarial.

En los Cuadros de una exposición de Mussorgsky/Ravel de la segunda parte lo que saca adelante la recreación es precisamente la increíble calidad de la orquesta y el altísimo virtuosismo de sus solistas, porque la dirección es más bien plana, lineal y rutinaria, de matices escasos y –cuando los hay– poco convincentes. Eso sí, de nuevo tenemos que agradecer que el maestro no caiga en los desmadres marca de la casa. Concierto tan correcto como prescindible, pues.

viernes, 22 de noviembre de 2013

Muchas gracias, querido Britten

Allá por 1985, a la profesora de música que yo tenía en Primero de BUP se le ocurrió ponernos la Guía de orquesta para jóvenes de Benjamin Britten, por descontado que en la interpretación de Lorin Maazel -con locuciones en castellano del propio director- que por entonces circulaba en España. La profe apenas hizo ningún comentario, pero a mí aquello me gustó mucho. De hecho, la fuga sobre el tema de Purcell se me metió en la cabeza y allí estuvo durante varios días.

Por lo explicado, pueden ustedes entender la ilusión que me hace cada año, en Primero de ESO, hacer lo que me tocó hacer precisamente ayer mismo: ponerle a los chavales un vídeo de la obra para ir explicándoles las familias de la orquesta y los instrumentos uno a uno. Quién sabe, lo mismo alguno sale rana y sigue mi senda... Muchas gracias, querido Britten, por lo mucho que te debo. Muchas gracias en el día en que se cumplen cien años de su nacimiento.


lunes, 18 de noviembre de 2013

Festival Purcell con Sellars, Currentzis y Lawrence-King: The Indian Queen

El lector medianamente informado ya se estará imaginando que voy a escribir sobre las representaciones de The Indian Queen que ofrece el Teatro Real, pero también habrá fruncido el ceño al leer el título: ¿qué demonios pinta aquí Andrew Lawrence-King? Pues que aunque por ahí nadie ha dicho nada, él es en esta ocasión el director del amplio grupo de bajo continuo de la Orquesta MusicAeterna, esto es, el nombre que lleva la de la Ópera de Perm cuando añade instrumentos originales; por ende, su mano tuvo mucho que ver con los excelsos resultados musicales de este título purcelliano. Ciertamente yo no le vi en el foso en mi función, la del pasado viernes 15 de noviembre, en la que el arpa la tocaba –de manera sensacional– Ekaterina King; su nombre aparece junto al de esta chica en el programa de mano a cargo de arpa y salterio, así que supongo que los dos se irán alternando. Sea como fuere, se notó muchísimo la personalidad del genial arpista británico en el referido continuo, realizado de manera tan imaginativa como exquisita y con todas esas sutilezas que tan bien conocemos sus admiradores, así que vuelvo a repetir que fue su trabajo uno de los pilares del éxito de este espectáculo braveado con enorme entusiasmo por el respetable pese a sus tres horas y media largas de duración. El firmante de estas líneas lo considera desde ya, y a pesar del solo aceptable nivel de las voces solistas congregadas, uno de los más fascinantes que ha visto en el teatro madrileño.

The Indian Queen Sellars Maritxell Carrero

Para empezar, el controvertido Peter Sellars logra sortear el problema de todas las semi-óperas de Purcell –esto es, cómo demonios darle sentido dramático a esta música fuera de su contexto– tomando como hilo conductor textos extraídos de la novela La niña blanca y los pájaros sin pie de la escritora nicaragüense Rosario Aguilar –muy hermosos, pese a estar traducidos a la lengua de Shakespeare– y añadiendo una enorme cantidad de música adicional del propio Purcell cuya letra encaje en el nuevo discurso teatral. Así, además de la hora larga de la música pensada para ser interpolada dentro de la obra teatral de John Dryden, escuchamos una larga lista de páginas de danza, música incidental, anthems, arias y canciones (¡incluidas O solitude, Sweeter than roses y Music for a while) a cual más absolutamente sobrecogedora, formando un discurso teatral que nada tiene que ver con la obra del citado Dryden pero que se sostiene por sí mismo. Es verdad que teatralmente fue más largo de la cuenta, que debiesen haber recortado algo, pero es que uno se derrite escuchando esta música y no quiere que acabe nunca…

Escénicamente el trabajo es muy de Sellars, incluido ese juego de mímica que ya hemos visto en otras ocasiones. Aun con algunos detalles poco convincentes, funciona francamente bien en el diálogo con la música y se obtiene un partido teatral extraordinario de unos cantantes que si canoramente sufrieron altibajos, supieron comportarse como actores profesionales. Atractiva también la manera de combinar los pentagramas con numerosos pasajes hablados a cargo de la actriz puertorriqueña Maritxell Carrero –irreprochable– y con las coreografías de Christopher Williams, aunque estas podían haber estado más conseguidas. Los cuadros del artista plástico Gronk, cuya participación –al contrario que la de Lawrence-King– ha sido muy cacareada, me parecieron algo desiguales, más interesantes los abstractos que los figurativos, pero funcionaron con corrección sustituyendo con sus subidas y bajadas a una escenografía propiamente dicha; ganaron bastante con la sutil iluminación a cargo de James F. Ingalls.

¿Discurso feminista y antibelicista el del director norteamericano? Desde luego. ¿Antiespañol? Obviamente no: si Sellars hubiera querido que así fuera, hubiera vestido a los soldados a la manera del siglo XVI y no a la de la segunda mitad del XX. ¿Antirreligioso? Más bien lo contrario, aunque se critique el uso de la violencia en nombre de lo que una nación que domina por la fuerza a otras considera “religión verdadera”. Lo que sí está claro es que es un discurso lleno de interrogantes que no habla tanto del choque entre civilizaciones como del fracaso del ser humano a nivel colectivo y también a nivel individual a la hora de relacionarse con los otros, hasta concluir con tristeza –últimos versos de The Indian Queen musicados por Purcell, pues la partitura quedó incompleta– que “there's nothing, no, nothing to be trusted here below”.


La interpretación musical resultó fascinante, tanto por la ya referida dirección del continuo a cargo de Lawrence-King como por la presencia en el foso de un Teodor Currentzis (entrevista) creativo a más no poder y dispuesto a romper moldes con unos tempi maravillosamente lentos desarrollados con una concentración a prueba de bombas, tremendas pausas pensadas en función de la dramaturgia y una exquisita sensibilidad a la hora de poner en sonidos la intensísima melancolía que desprenden los pentagramas. Por su fuera poco, hubo –en obvia connivencia con Sellars– más de una provocación, como los fragmentos de “música electrónica” elaborada con instrumentos originales (!) o el momento en el que los cantantes se arrancaron en plan medievalizante (!!). Absolutamente sublimes, prodigiosas e incomparables las intervenciones del Coro de la Ópera de Perm, muy particularmente en los anthems. Adiestrados de modo asombroso por su director Vitaly Polonsky, sus miembros respondieron con insólita perfección a los imposibles reguladores exigidos por Currentzis (¡de ciencia-ficción los pianísimos!) y cantaron con una intensidad expresiva acongojante al tiempo que se las ingeniaban para superar las tremendas exigencias escénicas de un Sellars que no dudó a la hora de hacerles cantar uno de los números tumbados en el suelo.

Los solistas, ya lo dije antes, cumplieron más que convencieron: solventes Julia Bullock y Nadine Koutcher, muy bien Christophe Dumaux (estupendo en Music for a while), discretos Markus Brutscher, Noah Stewart y Luthando Qave, y desagradable por su molestísimo timbre el contratenor Vince Yi. Todos ellos, en cualquier caso, cantaron muy en estilo y con un gusto exquisito, fruto sin duda de un minucioso trabajo junto a Currentzis. Con voces de más fustes el espectáculo hubiera sido prácticamente redondo, pero aun así el éxito, como dije arriba, fue apoteósico. ¡Cómo se nota en las representaciones de fin de semana que hay una gran cantidad de público que viene de fuera sabiendo qué es lo que se va a encontrar por delante! Sellars, que salió a recibir los aplausos, parecía radiante.

Esa función del día 15 fue filmada, y al parecer también lo será la de mañana martes 19 para su próxima edición en DVD. Mi impresión es que cuando salga le van a llover premios y se va a convertir en un hito, demostrando internacionalmente que la etapa Mortier, que ya por entonces estará cerrada, está aportando a Madrid muchas más cosas buenas de las que están dispuestos a reconocer una serie de señores que dicen amar la ópera (peor aún: que se consideran verdaderos guardianes de las esencias de la lírica), pero a los que en realidad les interesa muy poco el arte en general, el teatro… ¡e incluso la música en la que no hay voces!

jueves, 14 de noviembre de 2013

Recital de Isabel Rey y Celso Albelo en Valencia

Aprovechando mi visita a la ciudad del Turia para disfrutar de las funciones de Walkyria y Traviata ya comentadas, tuve la oportunidad de asistir a la celebración del 70 aniversario de la Orquesta de Valencia que se materializó en el Palau de la Música el pasado viernes 8 de noviembre con un recital lírico de Isabel Rey y su “hijo artístico” –así lo definió la soprano madrileña– Celso Albelo, con obras de Donizetti, Gounod, Bizet y Verdi –este ocupando toda la segunda parte– en los atriles. Fue una velada larga y exitosa, aunque con irregularidades.

Estas vinieron fundamentalmente por parte del tenor tinerfeño. A este señor solo le había escuchado una vez en mi vida, en el Rigoletto del Teatro de la Maestranza del verano pasado. Me gustó bastante entonces, pero esperaba que lo hiciera más aun en el repertorio que se dice que es el suyo, el propiamente belcantista. Pues no. En los dúos del Elisir d’amore y de La fille du régimen estuvo bien a secas, en la “Furtiva lagrima” me resultó más bien basto, y sí me entusiasmó en el nada fácil “Tombe de gli avi miei… Fra poco a me ricovero” de Lucia. En cualquier caso, donde me pareció más cómodo fue en Verdi: bien en el “Parmi veder le lacrime” de Rigoletto, más que notable en el dúo “Dio, ti ringrazio” de I Masnadieri y soberbio en “La mia letizia infondere”de I Lombardi, que cerró con un portentoso regulador. Sin haberle escuchado antes, ya les digo, mi sensación es que la voz le está cambiando y que, pidiéndole un repertorio más “cañero”, la técnica no termina de encontrar su camino, mientras que por temperamento sí que parece mucho más adecuado para los arrebatos verdianos que para las sutilezas de un Nemorino. Materia prima no le falta, así que si Albelo resuelve esta encrucijada, su futuro en nuevos repertorios puede ser altamente prometedor. De propina –la única de la velada– fue una “donna è mobile” brillantísima pero clavadita –en Sevilla no me lo pareció tanto– a las que ofrecía Alfredo Kraus.


Muchos menos altibajos hubo en las intervenciones de Isabel Rey. La voz sigue siendo muy bella en el centro –el agudo es claramente metálico–, su técnica es solvente y canta con una musicalidad a prueba de bombas. Le faltan esa personalidad y esa creatividad que hacen a un cantante realmente artista, eso es cierto, pero esta señora es la eficacia personificada: en el recital de Valencia nunca bajó de lo muy bueno. Si acaso en el aria de Micaela, correcta pero perjudicada por la referida dureza de la parte superior de la tesitura. Pero estuvo francamente bien en los dúos de Donizetti y Verdi con Albelo, aportanto enorme elegancia frente al temperamento de su colega, fue una digna Amelia de Simon Boccanegra (cada día me fascina más el “Come in quest’ora bruna”) y estuvo estupenda en el Fausto de Gounod, tanto en la canción del rey de Thulé como en la emblemática aria de las joyas. Brava. Por cierto, la Rey tiene ya sus años pero lució un tipo espléndido magníficamente subrayado por un precioso vestido blanco.

Empuñaba la batuta el joven Lorenzo Coladonato, quién abrió la velada con lo que parecía una fulgurante interpretación de la Obertura 1812 de Tchaikovsky: todo fuego, tensión sonora, rusticidad y cañonazos. El problema es que la partitura en los atriles era la sinfonía de Don Pasquale. Algo parecido ocurrió después, cuando la orquesta tocó la sinfonía de La fille du régimen (¡qué música más mediocre!) y el maestro parecía estar dirigiendo la Marcha eslava. La obertura de La forza del destino sí que sonaba a Verdi, pero a un Verdi basto y brutal a más no poder. Acompañando a los dos cantantes se mostró considerablemente más centrado, y aunque hubo alguna vulgaridad (“Dio, ti ringrazio” de I Masnadieri) también hizo gala de una buena dosis de teatralidad y de intensidad expresiva.

La orquesta, que debería haber sido verdadera protagonista de la noche, no siempre se movió a gusto bajo los arrebatos de la batuta, por lo que su manifiesta profesionalidad se vio puntualmente empañada por algún desajuste –flojitos los primeros violines– más o menos notorio. Los aplausos fueron grandes y merecidos para el violonchelista Mariano García, espléndido en la sinfonía de Don Pasquale y, sobre todo, en el preludio de I Masnadieri. Un lujo contar con un solista como él. En cuanto a las notas al programa, me remito a lo que dije en una entrada anterior. Qué cruz.

martes, 12 de noviembre de 2013

Una Walkyria muy lírica en Valencia

La Walkyria que anda estos días ofreciendo el Palau de Les Arts y que yo vi en la función del sábado 9 de noviembre –al día siguiente estuve en una Traviata ya comentada– tiene una terrible competidora: la que allí mismo disfruté, en esta producción de La fura dels baus y también bajo la batuta de Zubin Mehta, el 24 de junio de 2009 con unos sensacionales Plácido Domingo, Eva-Maria Westbroeck y Matti Salminen haciendo respectivamente de Siegmund, Sieglinde y Hunding, más la impresionante Brühnilde de Jennifer Wilson, única cantante que ha repetido en esta ocasión. El nivel ahora ha sido claramente inferior, pero aun así, y con todos los reparos que le voy a poner, ha sido una interpretación de mucha altura que difícilmente pueden hoy día superar teatros de presupuesto más abultado. Yo, desde luego, disfruté de manera considerable.

Me gustó mucho el Siegmund de Nikolai Schukoff, pese a que la voz es demasiado lírica para la parte y en más de un momento se echaran de menos robustez y peso en las zonas central y grave: cantó con estilo, variedad de acentos y muy brillantes agudos. A su lado cumplió sin problemas la joven Heidi Melton, voz sólida aunque poco personal que no termina de profundizar en los pliegues expresivos de su parte. Stephen Milling, más que notable Fafner en aquel ciclo valenciano que vi en 2009, fue un Hunding absolutamente irreprochable, aunque sin ese “algo más” que le he escuchado en directo a un Tomlinson o al citado Salminen.

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Correcto el Wotan de Thomas Johannes Mayer. ¿Hay muchos por ahí que sean mejores? Ni voz –muy lírica, poco atractiva– ni expresión son para quedar en la memoria, y de “autoridad” anda cortísimo, pero al menos da las notas e intenta –más que consigue– ser expresivo en el monólogo y en los adioses. Igualmente en exceso lírica la voz de Elisabeth Kulman para Fricka, pero aquí sí que hay gran nivel canoro y altas cotas de musicalidad. Aceptable el grupo de walkyrias. Jennifer Wilson, finalmente, nos quitó el amargo sabor de boca de su Isolda de 2012 con una actuación que quizá no llegue al fulgor vocal de sus Brühnnildes de hace unos años, pero sigue siendo de altísimo nivel en todos los sentidos. Me emocioné mucho cuando la vi aparecer volando en el artilugio diseñado por los fureros: fue un felicísimo retorno, siquiera puntual, a un pasado que recuerdo con enorme cariño.

¿La dirección de Mehta? Pues como casi todo –menos la Wilson– en esta Walkyria: muy lírica. Demasiado, y con escaso sabor a “Wagner auténtico”. Pero hubo un perfecto dominio de los medios a su disposición, agudo sentido teatral, rico colorido, admirable tratamiento de las texturas y una gran cantabilidad en el fraseo, amplio y muy bien delineado. Esta es, sin duda, la entrega de la Tetralogía que mejor le sale. A destacar que en el primer acto los tempi han sido considerablemente más lentos que en 2009: entonces mandaba la escasez de fiato de un –aun así– memorable Plácido Domingo. La Orquesta de la Comunidad Valenciana, a menor nivel que entonces pero todavía con solistas fuera de serie.

De la puesta en escena, globalmente muy apreciable, ya he hablado aquí demasiado: a la reseña del Blu-ray y a los enlaces allí incluidos me remito. Lo dicho: ha habido evidentes insuficiencias en esta Walkyria, pero que vengan otros y la superen. Estoy por verlo.

lunes, 11 de noviembre de 2013

La Traviata en Valencia, por fin con el elenco previsto

Estuve en la función de ayer domingo 10 de noviembre de La Traviata en el Palau de Les Arts. Sexta de las programadas y primera en la que por fin han actuado juntos los dos protagonistas originalmente convocados: Sonya Yoncheva (que apareció el día 7 con Ismael Jordi) e Ivan Magrì (que dejó la función del estreno a la mitad). No me extenderé sobre el asunto de los cambios de elenco; no tengo tiempo, así que al grano.

Me ha gustado mucho la Yoncheva: voz no muy personal pero de calidad, homogénea, con cuerpo, de sonoridad claramente eslava –algo que puede resultar molesto en Verdi para algunas sensibilidades–, pero en cualquier caso bien controlada en la respiración para delinear frases amplias con rico legato y matizada acentuación. ¿Importó que el aria del primer acto fuera simplemente buena y que la cabaletta se quedara en lo pasable? Para mí no demasiado, porque en el dúo con Germont y en el "Amami, Alfredo", sin duda el más intenso que he escuchado en directo, estuvo estupenda con una perfecta conjunción de canto y de sentido dramático, además de con unas excelentes dotes escénicas.  Y es ahí, en toda esa secuencia en la que Verdi nos legó una de las más inspiradas páginas de toda la historia del género, donde realmente se mide la estatura de una Violetta. Igualmente admirable estuvo en la secuencia en la casa de Flora. El "Addio del pasato", de menor nivel: aún debe depurar su línea y enriquecerla con recursos belcantistas. Aparte de todo lo dicho, la chica es muy hermosa y luce bien en esta producción escénica tan ligerita de ropa.

 
El que no cantó en calzoncillos, a pesar de ser lo previsto por Willy Decker para su personaje en el aria, fue Ivan Magrì. Aparte de eso, voz sin interés y técnica tosca acompañadas de muy buenas intenciones expresivas. Me pareció que cumplía en el primer acto, no me interesó en aria y cabaletta, sorprendentemente superó con nota esa prueba de fuego que es la escena de la casa de Flora; para terminar, en el "Parigi, o cara" se hundió sin remisión. Lástima.

Simone Piazzola me pareció un muy apreciable Germont, pero mucho antes por su buena técnica y excelente sentido del canto verdiano que por una voz pobre, desigual y sin armónicos. Buen nivel en el resto, y muy emocionante ver cómo el Doctor Grenvil lo encarnaba quien lo hizo en el estreno de la producción en Salzburgo con Netrebko y Villazón, el veterano Luigi Roni: daba la impresión de que la Muerte en persona había venido a presenciar otra vez esa historia que, como sugiere Willy Decker en el momento en que el coro monta en un gigantesco reloj a una nueva Violetta vestida de rojo mientras la protagonista desfallece, está condenada a repetirse una y otra vez.

Desconcertante a más no poder Zubin Mehta: entregado a la "rutina de altura" –que diría Ángel Carrascosa– en el primer acto, se mostró más comprometido y creativo en el segundo –muy bien la escena festiva de gitanas y toreros– hasta conseguir rematarlo en un concertante de gran fuerza expresiva; en el tercero se dedicó únicamente a que las cosas sonaran en su sitio, con claridad y con la mayor belleza sonora posible, pero sin mucha sustancia dramática. Muy por debajo, pues, del nivel al que debería haber estado. ¿Y cuál es ese nivel, se preguntará el lector? Pues el de él mismo en el excepcional Otello de hace unos meses. La excelente orquesta, a mi modo de ver, ha perdido algo de nivel con respecto al año pasado: los recortes también empiezan a notarse en el foso.

De la producción escénica ya hablé en una entrada anterior. Cada vez me gusta más: en directo he apreciado muchos detalles inteligentes que hasta ahora me habían pasado desapercibidos. En resumen, una Traviata con apreciables desequilibrios pero aun así de mucho nivel medio musical y escénico.