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domingo, 1 de febrero de 2026

Lahav Shani llega a lo más alto

Creo que fui uno de los primeros que en España escribió poniendo por las nubes a Lahav Shani. Ya me interesó en una primera entrada de junio de 2019, y ya en la tercera, publicada el mismo mes, llegué a decir "que podríamos encontrarnos, quizá, ante uno de los más grandes directores del siglo XXI". Han pasado seis años y medio. La interrogación la convierto en definitiva afirmación después de haber escuchado, vía streaming, el concierto ofrecido al frente de la Filarmónica de Berlín el pasado fin de semana, mientras yo estaba en Colonia. Mi padre -ochenta y ocho años recién cumplidos, por cierto- me había contado por teléfono que era una auténtica maravilla, y luego Ángel Carrascosa lo puso por las nubes en su blog. Yo no me quedo precisamente atrás en la valoración del evento.


Nunca me había gustado tantísimo esa breve maravilla que es La pregunta sin respuesta de Charles Ives, aunque solo la mitad del mérito es del joven maestro israelí: a él se debe el grado de intensidad creciente de las réplicas de las maderas, que estará en la partitura pero jamás había escuchado tan bien definido. La otra mitad corresponde a los artistas excepcionales que están detrás de esas maderas, a la trompeta y a toda la increíble cuerda berlinesa.

A tal cuerda, tal concertino principal. El japonés Daishin Kashimoto se atreve con el acongojante Concierto para violín nº 1 de Shostakovich y alcanza resultados excepcionales. Globalmente le supera el inmenso David Oistrakh, y quizá también lo haga Vengerov -ver discografía comparada-, pero tanto en lo técnico (¡qué tremenda la Cadenza del tercer movimiento!) como en la expresivo se encuentra a la misma altura que otros grandes que han abordado la página. La dirección de Shani, trazada con enorme solidez y de excepcional depuración técnica, me ha recordado a la que Barenboim le hizo al citado Vengerov en ese audio aún disponible en YouTube: tensa, antes dramática que atmosférica y de apreciable mordacidad. En perfecta sintonía el uno con el otro, Kashimoto y Shani nos entregan un primer movimiento muy notable -solo eso- y un segundo magnífico para luego pasar a una Passacaglia y un Finale de absoluta referencia. No es poco.

Nivel todavía superior en la Sinfonía nº 9 de Antonin Dvorák. Sí, han leído bien. En breve: no es la-mejor-versión-que-existe, pero sí que se ha convertido en mi favorita de cuantas he escuchado. Cuestión personal, claro: Lahan Shani hace con esta partitura lo que a mí me más me gusta, es decir, olvidarse del lirismo contemplativo, incluso de la sensualidad y de la ternura, para poner el dedo en la llaga y hurgar en ella. Interpretación altamente dramática, con frecuencia rebelde, llena de dolor y sonada con una aspereza digamos que eslava de lo más conveniente, pero no por ello descuidada -todo lo contrario- en lo que a belleza formal se refiere. De hecho, el dominio de los medios es tan absoluto que pocas interpretaciones se han escuchado tan soberbiamente planificadas con la presente.

El resultado es una especie de "Furtwängler de guerra", pero sin libertades en la agógica, con muchísimo mayor autocontrol y dosis muy superiores de refinamiento sonoro. Sí, ya sé que no se conserva ninguna grabación del mítico maestro alemán -la que hay es un fake como la copa de un pino-, pero quizá logre hacerme entender si les digo que esta recreación de Shani es algo así como una radicalización, con mayor técnica e imaginación de por medio, de las dos que nos dejó Istvan Kertész. No se parecen a las excepcionales de Celibidache en Múnich, y resulta muy distinta a la de Giulini en Chicago, otra de las más grandes. Mi favorita hasta ahora era la de Böhm con la Filarmónica de Viena. Ambas comparten la negrura del enfoque, pero la resolución de la idea es por completo dispar.

Concretar por movimientos es difícil. Decidido, directo al grano el primero, sin rastro de portamenti. Desolado, sin asomo de blandura el segundo. El tercero no necesita ser protobruckneriano como los de Kertész, pero por ahí van los tiros; el Trío es el único momento en el que Shani baja la guardia y nos deja gozar de la música, aunque no deje de aportar algún detalle inquietante.

¿Y el Finale? Voy a decir lo que jamás se debe decir, porque es una tontería: me parece muy, pero que muy superior al de todas las versiones en disco o vídeo que un servidor haya escuchado, que hasta el día de hoy son cincuenta -aquí discografía comparada-. La más rabiosa, implacable y dramática. La más sincera. La que por fin hace justicia al drama que se ha venido intuyendo en los tres movimientos anteriores. Y, mucha atención, la más increíblemente bien diseccionada de todas. Nunca se había percibido con semejante transparencia el entramado orquestal. Quizá tampoco se había tocado así de bien. ¡Qué técnica la de la orquesta y de la batuta! Bueno, esto último es un decir, porque el maestro dirigió con los brazos.

Pregunta inevitable: ¿es Lahav Shani superior a Klaus Mäkelä? David Hurwitz ha llegado a compararle a este último con un muñeco Ken de la Barbie: entiendo que la intensísima campaña de promoción, que aquí en España ha estado capitaneada por el aún poderoso Antonio Moral, llega a producir rechazo, y que debe de haber mucho dinero detrás del joven maestro, pero considero que el finlandés se encuentra lleno de talento. Ahí está su referencial Pájaro de fuego con la Orquesta de París, o esa soberbia Sinfonía alpina también en la Digital Concert Hall de la Filarmónica de Berlín. Dicho esto, a Mäkelä se le han escuchado demasiadas cosas que solo están medianamente bien -la Nuevo Mundo, sin ir más lejos-, mientras que Shani parece ofrecer mayor regularidad y, sobre todo, un punto de vista interpretativo más interesante: la intensidad en la expresión por encima de cualquier otra circunstancia. El de Tel Aviv ha llegado ya a lo más alto en partituras de especial dificultad expresiva. Mäkelä, aun con técnica de batuta en absoluto inferior, aún no. Apuesto por Shani.

sábado, 7 de septiembre de 2024

Lahan Shani y Pérez Floristán hacen un notable Rachmaninov

Concierto del año 2023 de la Filarmónica de Israel bajo la dirección de su titular Lahav Shani, visto a través del canal Mezzo. Comienza con una obra, no sé si de estreno, del compositor israelí de origen ucraniano Boris Pigovat: ...Therefore choose life... Lenguaje muy accesible por momentos parece música escrita para alguna película actual, abundante percusión feérica lo que alguna gente llama "música de campanitas" y buenos hallazgos de emotividad. Se escucha con mucho placer. Aquí la tienen ustedes en el canal de YouTube de la orquesta.

Seguidamente, una de las grandísimas obras maestras de Rachmaninov: Rapsodia sobre un tema de Paganini. Como solista, el sevillano Juan Pérez Floristán. A quienes le hemos visto crecer en el escenario del Maestranza se nos cae la baba irremediablemente, pero aquí estamos hablando de un concierto internacional, así que hay que tomar distancias para ser justos. La referencia no puede ser local: hay que calibrar poniendo al artista andaluz frente a los grandísimos que han abordado esta obra, que son los que intenté recoger en esta discografía comparada. Pues bien, el hijo de Juan Luis Pérez sale muy bien parado. Le falta para llegar a la excelencia un toque más variado, mayor riqueza de acentos y un punto adicional de intensidad, pero se mueve por encima de la media gracias a una virtud que muchos la mayoría, me temo no tienen: un fraseo natural, lógico y por completo apartado de lo mecánico. En lugar de dedicarse a correr y de montar el numerito de cara a la galería, lo que en no pocas ocasiones supone desplegar fuegos artificiales que destrozan la música con una mezcla de nerviosismo, machaconería y carácter mecánico, Pérez Floristán toca con sensibilidad, otorga sentido a las notas y canta de verdad las melodías, mientras que cuando le corresponde mostrarse tempestuoso lo hace sin dejarse llevar por el temperamento.

A su lado, Lahav Shani ofrece una dirección de enfoque menos lírico y más aristado, por momentos muy combativo, pero no se produce un choque de trenes: las visiones son complementarias y el asunto funciona bastante bien. Su dirección sin partitura ni batuta resulta muy intensa, incisiva y dramática, quedando algo corta en esa sensualidad nostálgica tan propia del autor. En cualquier caso, y en colaboración con una orquesta en excelente forma, el resultado global es una Rapsodia de altura. De propina, Pérez Floristán ofrece una recreación estratosférica, acongojante en su mezcla de concentración, vuelo poético y sensibilidad para el detalle, de la Danza de la moza donosa de Alberto Ginastera. Shani se sienta cerca de él y permanece en éxtasis durante la interpretación. 

Petrushka en la segunda parte. Imposible olvidar aquella grabación de Bernstein con la misma orquesta. La de Shani es muy distinta: mucho menos simpática y distendida, bastante más de incisividad y mala leche. En buena medida es la del joven maestro una visión agria, pero sin llegar en modo alguno a la violencia de Muti ni a la genial corrosividad de Klemperer. Tampoco la increíble limpieza de este último: en este sentido, Shani no termina de clarificar las texturas, e incluso en la Danza de los cocheros cae en cierto barullo. Pero hay animación, vida, intensidad, marcados contrastes, humor negro, un considerable sentido del ritmo y un tratamiento bastante adecuado del color orquestal. Las indicaciones expresivas a los primeros atriles, fundamentales para que en este ballet de Stravinsky las cosas salgan bien, resultan todas muy acertadas. Un poco menos de velocidad y mayor interés por la atmósfera en determinados momentos no le hubiese venido nada mal. Ah, formidable el piano, que no es el de la orquesta sino el propio Pérez Floristán, que modifica por completo su toque para adecuarse a las maneras stravinskianas.

domingo, 4 de septiembre de 2022

Musikfest 2022: Shani con la Filarmónica de Rotterdam

El programa berlinés de esta noche, retransmitido en directo a través de la Digital Concert Hall, se ha abierto con una obra que me gusta especialmente: Atmósferas. La partitura de Ligeti no necesita una interpretación propiamente dicha, sino un director de técnica suprema y una orquesta de apreciable virtuosismo. Lahav Shani ha sobradamente demostrado lo primero. La Filarmónica de Róterdam parece mantener el alto nivel en que la dejó Nézet-Séguin en 2018. Pero no es de primerísima, como sí lo son los prodigios de Concertgebouw, Philadelphia o Cleveland que han desfilado los días anteriores, y eso se ha dejado notar: atreviéndose su titular a pedir lo imposible para extremar los contrastes, por momentos se ha quedado un pelín corta, e incluso ha habido algún desliz. 

Estreno en Alemania de la versión original de la Segunda sinfonía del holandés Willem Pijper (1994-1947), un compositor del que confieso no conocía nada. No es una obra larga, pero sí que exige una orquesta de dimensiones colosales –órgano, cuatro arpas, seis mandolinas, ocho trompas, dos pianos, legión de contrabajos–. Por ende, necesita una mano maestra que gobierne todo aquello sin que haya desmadre. Shani y los de Róterdam han triunfado plenamente en lo técnico y en lo expresivo, logrando que lo pasemos muy bien con una partitura que no será una obra maestra, pero que se sigue con enorme interés por su particular frescura y por sus hallazgos a medio camino entre la tradición y la modernidad.

Primera de Mahler para concluir. Versión de sólido trazo, irreprochablemente sonada y directa al grano en la expresión, sin narcisismos ni puntos muertos. Lo que ocurre es que quien firma estas líneas ya se ha vuelto viejo y, la verdad, necesita más imaginación, más personalidad y más fuerza expresiva en la batuta para disfrutar de la partitura. Para qué voy a ocultarlo: esta música ha dejado de gustarme.

viernes, 31 de diciembre de 2021

San Silvestre en Berlín con Lahav Shani

He seguido la retrasmisión a través de la Digital Concert Hall del Concierto de San Silvestre 2021 de la Filarmónica de Berlín. Cancelaba Kirill Petrenko y le reemplazaba a ultimísima hora –los ensayos ya habían empezado– Lahav Shani. Creo que hemos salido ganando de manera considerable, aunque también es cierto que la obertura de El Murciélago con que arrancaba el programa no me ha parecido gran cosa: muy entusiasta pero falta de unidad, como también de estilo. Aquello no sonaba a Johann Strauss II, y además hubo algún desajuste.


Espléndida la dirección del Concierto para violín nº 1 de Max Bruch, similar a la toma radiofónica que le conocía al propio Shani con Zukerman: no especialmente poética pero sí intensa, desbordante de vida y de pasión sin que ello vaya en perjuicio de la claridad en las texturas ni del sentido del canto en el fraseo. En este sentido, se diría que hizo un especial esfuerzo para plegarse a las maneras menos inflamadas, más líricas de una Janine Jansen de hermosísimo sonido, insuperable elegancia y capacidad para la delicadeza ajena al narcisismo. Repaso mis grabaciones con la misma orquesta y veo que esta me gustado bastante más que la de Repin/Rattle y tanto como la de Midori/Jansons, aunque sin llegar al milagro inolvidable de la Mutter con Karajan. Como complemento, una maravillosa recreación de Liebesleid (Pena de amor) de Fritz Kreisler.

Espléndida la suite de El pájaro de fuego, soberbiamente tocada y de una solidez en el trazo a prueba de bombas, aunque a decir verdad esperaba todavía más de Shani en Stravinski: podía haber sido más incisivo y más teatral, quizá también más poético (¡Giulini!). El final, apoteósico en el mejor de los sentidos.

Lo mejor llegó con La Valse. No conozco ninguna versión, ni una sola, expuesta con mayor claridad que la escuchada esta tarde. Para llegar al mismo nivel de transparencia habría que irse a Boulez, a Barenboim en París o a Nelsons con la propia Berliner Philharmoniker. Tampoco conozco ninguna otra recreación que alcance mayor equilibrio expresivo que esta: las hay más siniestras, también más francesas o más vienesas, sin duda más expresionistas, pero pocas que atiendan con semejante acierto a todas las facetas de la genial partitura de Ravel. Lástima que la coda resultara un poco lineal, porque globalmente me parece una versión de referencia.

Galop de Masquerade de Khachaturian de propina, rutilante a más no poder. Gran triunfo para una Lahav Shani, que dirigió todo el tiempo sin partitura, a punto de cumplir tan solo treinta y tres. Y espléndido concierto que nos quita un poco del sabor amargo que nos ha dejado este maldito 2021. Feliz Año.

lunes, 26 de abril de 2021

Lahav Shani toca y dirige el Tercero de Prokofiev

Morbo a tope con este documento que acaba de subir Medici TV, filmado hace tan solo unos días, concretamente del pasado 15 de abril, a puerta cerrada y con las pertinentes medidas sanitarias. En él Lavah Shani hace el Concierto para piano nº 3 de Prokofiev junto a la Filarmónica de Rotterdam, de la que es titular desde 2018, ¡tocando y dirigiendo al mismo tiempo! Que yo sepa, nadie se había atrevido a hacer semejante barbaridad. Podría uno dejarse llevar por los prejuicios y pensar que nuestro artista iba a ser incapaz de atender a la orquesta y al piano con el mismo cuidado y atención al detalle. Y también que la juventud y contrastada fogosidad del músico israelí le iban a conducir a ofrecer una interpretación efervescente ante todo, llena de fiereza y comunicatividad, pero no del todo profunda ni interesada por los aspectos más introvertidos de esta partitura.

 

Nada de eso ocurre aquí. Por un lado, Lahav Shani no solo demuestra poseer dedos más que suficientes para dar las notas con precisión y riqueza de matices –sin llegar al nivel de un Ashkenazy, una Argerich o un Kissin–, sino también pinceles finos para diseccionar las líneas de la orquesta, gran sentido del color, capacidad para dotar de continuidad al tema con variaciones y mantener el pulso firme en todo momento, controlando muy bien las tensiones y sabiendo pasar con perfecta naturalidad de lo electrizante a lo introvertido y viceversa.

Por otro, acierta plenamente con un estilo Prokofiev cien por cien sin quedarse en la vertiente más o menos “explosiva” de la obra. Antes al contrario: aunque hay también, faltaría más, bastante de incisivo, de irónico y de fogoso en su recreación, lo que más hay que admirar es cómo bucea en el lirismo a ratos inquietante, a ratos nostálgico, siempre agridulce que caracteriza al autor. Y no solo al piano, con un toque variadísimo y pleno de flexibilidad, sino también a la hora de planificar con la orquesta y de motivar a sus primeros atriles. ¡Qué maravilla la sección central del movimiento conclusivo! Claramente, Shani sigue la senda de la que tal vez siga siendo –más por el solista que por la batuta– la mejor interpretación hasta la fecha, la de Kissin dirigido por Ashkenazy. Solo que el muchacho –treinta y dos años– se ha marcado todo un dos por uno haciendo de solista y director. ¡Bravísimo!

domingo, 21 de febrero de 2021

Shani y Barenboim hacen Chopin

El pasado 1 de febrero Lahav Shani, la Filarmónica de Rotterdam y Daniel Barenboim –haciendo uso de su propio piano– filmaron a puerta cerrada un breve concierto que acaba de ser ofrecido en streaming por el canal Medici TV. La primera de las dos obras es el Preludio a la siesta de un fauno. De ella el joven maestro israelí ofrece una recreación perfecta en el estilo, que suena a Debussy y no a Ravel, tampoco al pasado romántico y menos aún al futuro “bouleziano” –Jeux está todavía lejos–, pero que por lo que realmente destaca es por su intensa mezcla de concentración y voluptuosidad erótica: difícil encontrar una recreación que suena más claramente a playa del Mediterráneo al comienzo de la tarde. Y eso lo consigue Shani, faltaría más, demostrando no solo conocimiento y sensibilidad, sino también capacidad para planificar con perfecto sentido orgánico –algo indispensable en esta obra que pasa del ensueño a la intensidad, y de ahí a la total relajación– y una exquisita sensibilidad para el timbre. Formidable la flautista, no tanto el primer violín.

En el Concierto para piano nº 1 de Chopin podría uno esperar que la batuta no terminase de rimar con el concepto del piano. Pues todo lo contrario: da la impresión que el antiguo asistente de Barenboim ha querido rendir homenaje a su maestro fusionando las dos personalidades que hoy anidad en el de Buenos Aires. Por un lado hay músculo sinfónico, densidad, opulencia más o menos “germánica” y un apreciable sentido de lo combativo. Por otro, se aprecian una sensualidad, una delicadeza y –muy especialmente– una ternura que el ya venerable artista ha desarrollado plenamente solo en los últimos años: el Larghetto, dirigido con tanta concentración como poesía, es de verdadero infarto. Lástima que en los tutti la orquesta se quede algo corta.

Bueno, ¿y nuestro querido pianista? Peor de dedos, ciertamente, pero mejor que nunca en lo que a técnica se refiere, es decir, en el conocimiento de las posibilidades del instrumento para usarlas con fines expresivos. Su manera de modelar cada una de las notas, de ligarlas entre ellas, de manejar el rubato, de encresparse para luchar contra la orquesta o de adelgazar el sonido al límite –las geniales “interrogantes” sin respuesta orquestal escritas por el polaco en el segundo movimiento– es de no dar crédito.

Por lo demás, Barenboim ha alcanzado por fin el mayor grado de afinidad con el compositor. Reconozcámoslo: en aquellas ya lejanas grabaciones para EMI y en los Nocturnos para DG había cosas dignas de admiración, pero la austeridad y el carácter dramático que caracterizaban por entonces el arte de nuestro artista le impedía alcanzar la sintonía absoluta. Ahora la cosa ha cambiado. ¡Y de qué manera! No es solo cuestión de sonoridad o de fraseo, que también, sino de espíritu. Ya saben el lado “femenino” de Chopin. Cada día queda más claro en la evolución del maestro. Lo frágil, lo coqueto, lo pícaro, lo amoroso… El avance con respecto a su magnífica grabación con Andris Nelsons de 2010 es manifiesto.

En fin, no me resisto a escribirlo: esta de Rotterdam es, al menos para los dos últimos movimientos, mi versión preferida. Hagan lo que puedan por escucharla.

domingo, 15 de noviembre de 2020

Lahav Shani debuta con la Filarmónica de Berlín

El israelí Lahav Shani (Tel Aviv, 1989) debutaba al frente de la Filarmónica de Berlín el pasado mes de septiembre, y lo hacía en compañía del pianista Francesco Piamontesi con un programa integrado por el Concierto para piano nº 27 de Mozart y la Primavera de Schumann. Teniendo en cuenta que su mentor Daniel Barenboim había ofrecido no hace mucho junto a la formación berlinesa ese mismo KV 595 y la Sinfonía nº 4 del marido de Clara, versiones absolutamente descomunales las dos, había mucho morbo por comparar.


En mi opinión, estas interpretaciones de Shani no se parecen en nada a las del veterano maestro. Su Mozart es mucho más ágil e incisivo en la articulación -sin intento de resultar “históricamente informado”-, mientras que en lo expresivo el enfoque sensualísimo, humanista y un punto otoñal de Barenboim se ve sustituido por un prisma juvenil, fresco e impulsivo, con su punto de efervescencia y no pocos claroscuros, pero sin renunciar a algo tan fundamental en la música del de Salzburgo como es la cantabilidad. Piamontesi, de extraordinaria depuración en el toque y exquisita musicalidad, sintoniza por completo con el planteamiento y sabe ser ágil, risueño y luminoso al tiempo que desgrana las melodías con incuestionable belleza. De propina, una maravillosa recreación del exquisito adagio de la Sonata para piano nº 12 KV 332.

La Sinfonía nº 1 de Schumann sigue parecidos parámetros: agilidad, incisividad y frescura. Hay baquetas duras (¡bienvenidas sean!) en los timbales y una clara renuncia a buscar el Schumann “protobrahmsiano” que tanto le gusta a Barenboim. Pero tampoco, mucho ojo, se cae en el error habitual en que incurren los directores que buscan el Schumann más esquizofrénico y efervescente: el exceso de nerviosismo. Todo está soberbiamente hilado e impecablemente expuesto, dentro de un espíritu adecuadamente “primaveral” en el que no hay espacio alguno para languideces ni, menos aún, para la pesadez o la morosidad. ¿Qué falta? Una dosis mayor de efusividad, de variedad expresiva y de vuelo poético. Hay que dar tiempo al todavía joven Shani a que considere todas las cosas que tiene que decir. Desde luego, sabe decirlas.

viernes, 28 de junio de 2019

Expresionista y genial Pelleas de Schönberg por Lahav Shani

Iba a terminar una comparativa sobre el Concierto para violín de Beethoven, pero tengo que dejarla para la semana que viene. Porque después del Prokofiev de ayer no he podido resistir la tentación de ver más vídeos de Lahav Shani, en este caso con el joven maestro israelí poniéndose al frente de la Filarmónica de la Radio de Francia para hacer una obra de esas "facilitas" de dirigir: Pelleas und Melisande de Arnold Schönberg. Los resultados me han parecido muy discutibles. Y geniales.

Para empezar, este chico hace gala de estar preparadísimo técnicamente para enfrentarse a semejante monstruo: la planificación tanto horizontal como vertical nos hablan de un director rebosante de virtuosismo. El pulso interno, la organización de las tensiones y distensiones, la concentración, el cuidado en las transiciones, la claridad, la riqueza de color, el tratamiento de las texturas… Estamos hablando de una batuta de muchísimo fuste.


Pero lo más importante es que toda esa técnica está al servicio de una idea tan clara como atractiva, amén de arriesgada: concebir la partitura desde la pasión más ardiente y extrema. Por eso mismo se puede y debe discutir, porque Shani se aleja de lo mucho que hay de sensualidad, de voluptuosidad, de misterio en las atmósferas, como también se aleja de paralelismos con el universo impresionista. Ni rastro de decadentismo mal entendido, ni tampoco del “bien entendido”. Nada de ver al Schönberg temprano como una especie de Richard Strauss, de recrearse en la belleza de las texturas ni en la opulencia sonora. La suya es una opción radicalmente expresionista: virulenta, encrespada, desasosegante, de clímax al borde del descontrol (¡sin caer en él!), llena de crispación, de rabia y –sobre todo– de dolor. Sincera a más no poder, no hay en ella concesiones al oyente. Hay quienes podrán preferir mayor levedad y coquetería en la escena en que Melisande juega con el anillo, o un carácter más sombrío en la muerte de la protagonista. Pero nadie podrá quedarse impasible ante el dramatismo terrible del asesinato de Peleas, o ante el llanto final de Golaud. Hay que acudir a Barbirolli para encontrar una interpretación así.

Una cosa más. Los dos videos de Shani comentados con anterioridad tenían una calidad técnica excepcional y eran “de pago”. Este no se ve del todo bien y evidencia compresión dinámica, pero es gratuito y por completo legal: la propia France Musique lo ha subido a YouTube. Por favor, no dejen de verlo o, al menos, de escucharlo. Tal vez ustedes también comiencen a pensar que podríamos encontrarnos, quizá, ante uno de los más grandes directores del siglo XXI.

jueves, 27 de junio de 2019

Soberbio Prokofiev de Lahav Shani (¡y la Argerich!)

Me escribió esta tarde Ángel Carrascosa contándome maravillas de la Sinfonía nº 1 de Prokofiev a cargo de Lahav Shani al frente de la Filarmónica de Rotterdam, una filmación de diciembre de 2018 disponible con soberbia calidad audiovisual en Medici TV. Momento para ver el vídeo completo del concierto –Ángel no ha podido hacerlo, por un problema técnico– y escribir una segunda entrada sobre el joven maestro israelí.


¿Es tan buena esta Sinfonía clásica? A mi entender, la cuerda de la formación holandesa se queda algo corta en algunos pasajes, y quizá la batuta podría extraer aún un poco más de poesía en el segundo movimiento. También enriquecer su lectura con algún detalle creativo: pienso en ese portentoso final de la Gavotta que hacía Celibidache. Pero aun así, creo que esta versión se encuentra entre las mejores de todas cuantas he escuchado, que son las cuarenta y una que tienen ustedes en esta comparativa. Tan solo Giulini y el citado Celi me convencen todavía más que Shani, cuyo secreto parece ser, sencillamente, no tener ningún secreto. Nada hay de “especial” en esta lectura. Simplemente, el joven artista hace lo que hay que hacer de manera más satisfactoria que muchos grandes de la batuta, desde Koussevitzky hasta Muti pasando por Karajan o Rostropovich: la solidez de la arquitectura, la limpieza del trazo, la mezcla de agilidad y elegancia, el sentido del humor –más picarón que suave, pero no en exceso ácido–, la sal y pimienta en su punto justo… El resultado es una lectura clásica mas no distanciada, equilibrada pero rebosante de frescura. Y todo ello con un sonido cien por cien Prokofiev.

Con esta misma sintonía con el idioma del compositor deslumbra en lo que viene a continuación: una sensacional recreación del Concierto para piano nº 3 del autor de Pedro y el lobo. Ahí están ese tratamiento tan peculiar de las maderas, ese sentido de la ironía, ese impulso rítmico que debe resultar obsesivo pero no machacón, esa capacidad para resultar incisivo sin estridencias y ese vuelo lírico tan importantes en este universo. Puestos a pedir, hay un par de frases en el primer movimiento que podrían desprender aún mayor melancolía, más ensoñación y delectación melódica, pero en cualquier caso todo él convence por su vigor e intensa comunicatividad. El tema con variaciones ofrece plenamente la gama expresiva que demanda. Y el tercer movimiento es portentoso, quizá insuperable. Entregadísima y excelente la orquesta.

La solista es Marta Argerich. ¿Qué decir de ella? Esta recreación suya no es mejor que las no sé cuántas que ha grabado a lo largo de las últimas décadas. Tampoco es peor. La obra ha sido siempre suya. Y lo sigue siendo, hasta el punto de que uno llega a creerse que Prokofiev la escribió pensando en ella, en su pianismo percutivo, ágil y lleno de nervio, en su temperamento ardiente y sin miedo a desplegar potencia sonora, como también en su capacidad para el fino matiz y para la ironía, como también para la concentración –pone el corazón en un puño la cuarta variación– y para el vuelo lírico. Ya se imaginan lo que voy a decir: entre la batuta y la solista bordan una versión de referencia.

Tres propinas hubo: ¡Mi madre la oca a cuatro manos! Shani en el lado derecho, la de Buenos Aires en el izquierdo llevando la voz cantante. Laideronette efervescente y muy nerviosa –puro "Argerich Style"–, Jardin féerique intensísimo y, para terminar, la introducción a la suite llena de magia.

Estoy deseando escuchar más cosas de Lahav Shani. Veremos.

jueves, 13 de junio de 2019

Un primer acercamiento a Lahav Shani: Beethoven y Shostakovich

A sus veintinueve años de edad, Lahav Shani ha sido nombrado director de la Filarmónica de Israel. Completo desconocido para mí. He podido leer que tiene bastante malas pulgas en el podio. También que es protegido de Mehta y alumno de Barenboim. Y sospecho, además de dominar la batuta, debe de ser un pianista de enorme técnica, porque el de Buenos Aires le dirige el próximo octubre nada menos que el Tercero de Rachmaninov. Así las cosas, he querido realizar un primer acercamiento al joven artista: la filmación del concierto que ofreció el año pasado para dar comienzo a su titularidad de la Filarmónica de Rotterdam, disponible con soberbia calidad de imagen en la plataforma Medici TV, a la que estoy suscrito.

Se abre el programa con el Scherzo nº 2 del holandés Léon Orthel (1905-1985), una página escrita en los años cincuenta que se escucha con suma facilidad pero que no llega a decir nada interesante. Eso sí, ofrece importantes oportunidades de lucimiento orquestal al tiempo que exige una técnica de batuta muy considerable. Lahav Shani, rotundamente, demuestra poseerla ofreciendo una lectura llena de fuerza, pero también detallista y clarificadora.


El Concierto para piano nº 3 de Beethoven ya son palabras mayores. Solista invitado, Daniel Barenboim. El anciano maestro y el discípulo avezado sintonizan completamente para ofrecer una recreación personal, sugerente y un tanto unitaleral, porque los dos –sí, también Barenboim– apuestan por lo apolíneo, lo cantable e incluso lo lírico frente a los aspectos más escarpados y dramáticos de la página, al menos en un primer movimiento que un servidor hubiera preferido, tanto en el piano como en la orquesta, más incisivo y contrastado. En el Largo los dos rozan el cielo. Mejor dicho, lo alcanzan: no se puede ir más allá en concentración, hondura y poesía. Ni que decir tiene que la conexión del pianista con Beethoven es absoluta, como también su dominio de los recursos técnicos (¡increíbles los trinos!) a pesar de que los dedos no están en su mejor momento. El Rondó conclusivo es ante todo luminoso y risueño, si bien la ejecución de Barenboim no es del todo limpia digitalmente hablando y la orquesta tampoco es la más beethoveniana posible. Por cierto, el timbalero utiliza –muy acertadamente– baquetas duras.

Quinta sinfonía de Shostakovich para terminar. Shani acierta tanto en el planteamiento como en la resolución. Todo está en su sitio, la arquitectura es irreprochable, las tensiones se encuentran muy bien planificadas y la expresión es siempre la apropiada: no hay caídas en lo tristón ni en lo sensiblero, como tampoco en el exceso retórico, algo no infrecuente a la hora de interpretar esta música. Quizá la marcha en mitad del primer movimiento podría ser más descarnada, y el segundo movimiento tener más retranca; pero el corazón de esta música, el sobrecogedor Largo, está recreado de manera impresionante. En el Finale Shani no se cree nada, y hace muy bien, aunque para terminar de quitarle la careta a esta música podría hacerlo sonar aún más implacable y opresivo. En cualquier caso, el único reparo que le hago a esta lectura es la calidad de la orquesta, digna pero algo justita en su sección de metales para atender a las demandas shostakovianas.

Hay por ahí bastante material más de este chico. Seguiremos informando.

Sinfonía nº 4 de Mendelssohn, "Italiana": discografía comparada

Esta comparativa de la Sinfonía Italiana de Mendelssohn la publiqué inicialmente el 2 de junio de 2024. He añadido Solti/Israel, Solti/Viena...