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martes, 17 de febrero de 2026

Concierto para piano nº 2 de Bartók: discografía comparada

Publiqué por primera vez esta comparativa en 2017, con motivo de la versión que iba a escuchar el Londres a Lang Lang; al final tocó Denis Kozhukhin pero, como explicaré más abajo, no salimos perdiendo mucho. Actualizo la discografía ahora que el sevillano Juan Pérez Floristán va a hacer la obra en su ciudad natal. ¿Dejará sangre en el teclado, como asegura András Schiff que le ocurre a él cada vez que toca esta obra de tan alucinantes exigencias no ya mentales, que también, sino puramente físicas?


Obviamente, dar las notas y hacerlo con un sentido expresivo no es el único reto. Hace falta también un director que sepa lo que se trae entre manos, y por tanto que atienda no solo a la vertiente más visceral de esta página, que es la que más llama la atención a ese público que sale huyendo cada vez que escucha al nombre de Bartók, sino también a lo que tiene de misterio, de vuelo lírico e incluso de espiritualidad más o menos inquietante. Y necesita asimismo una orquesta a muchísima altura en todas sus familias, siendo la obra particularmente exigente con unos metales que en el primer movimiento, manteniéndose la cuerda sin actividad alguna, cobran todo el protagonismo; en el segundo, curiosamente, es el metal el que permanece callado.

La partitura fue compuesta entre 1930 y 1931, cuando el compositor contaba cincuenta años, había dejado ya muy atrás El mandarín maravilloso y aún tenía que enfrentarse a la escritura de su Música para cuerdas, percusión y celesta. Él mismo fue el solista del estreno, que tuvo lugar en Fráncfort en 1933 bajo la dirección de Hans Rosbaud.

Una pena que no tengan ustedes a su disposición ninguna de las dos grabaciones radiofónicas con Barenboim dirigiendo de manera admirable esta obra, sobre todo a la hora de aportar una atmósfera densa y opresiva un segundo movimiento que le suena particularmente turbulento y lleno de malos presagios; la primera de esas grabaciones se remonta a 2005 y tuvo como protagonista a Lang Lang, la segunda es de 2011 y la protagoniza Yefim Bronfman. En cualquier caso, esta muestra es una buena representación de lo que circula en el mercado.




1. Sándor. Fricsay/Sinfónica de Viena (Orfeo, 1955). A pesar de la categoría de los intérpretes congregados, esta interpretación registrada en el Festival de Salzburgo deja mal sabor de boca. Lo hace, ante todo, por la pobreza de los metales de la Wiener Symphoniker, pero también por una planificación poco depurada, incluso confusa, al menos en los movimientos extremos. También por su relativa falta de concentración, particularmente por el excesivo nerviosismo en la sección central del segundo movimiento. Eso sí, el toque de Sándor resulta lo suficientemente variado –aunque su fraseo con frecuencia resulte más virtuosístico que rico en matices– y la expresión tanto del solista como de la batuta, ambos en un estilo impecable  (¡faltaría más, tratándose de quienes se trata!), muestra un considerable compromiso con las diferentes atmósferas propuestas por la partitura, desde lo violento y arrollador hasta lo lírico, pasando por lo sensual y lo religioso. La toma sonora no ayuda. (6)



2. Anda. Fricsay/Sinfónica de la Radio de Berlín (DG, 1959). Su orquesta berlinesa no es mucho mejor que la Sinfónica de Viena, pero en estudio –con la posibilidad de repetir hasta que salga bien– y contando con una toma de sonido espléndida para la época, el maestro de Budapest encuentra una oportunidad mucho más adecuada para plasmar su concepto. Ciertamente lo consigue, y buena prueba de ello es la superior concentración de los dos primeros movimientos, ahora mucho más misteriosos y paladeados (9’50 y 12’19 frente a los 8’52 y 10’51 de la interpretación editada por Orfeo); también más depurados en lo sonoro, más claros y mejor tensados, aunque de nuevo el gorjeo de los pájaros y toda la sección intermedia movimiento central ofrece especial agitación e incisividad. El toque del joven Géza Anda resulta un punto más percutivo y monolítico que el de Sándor, pero quizá se implique más a fondo en la partitura y subraye con mayor acierto sus tensiones. (7)



3. Richter. Svetlanov/Sinfónica del Estado de la URSS (Russia Revelation, 1967). Grabación en vivo francamente mediocre que permite apreciar la visión angulosa e incisiva de un Richter que, como era esperar, interpreta la partitura con vehemencia, electricidad y un cierto carácter demoníaco; el Adagio lo aborda con muy adecuada concentración y sentido de lo inquietante, aunque su sección intermedia resulta efervescencia pura y los pasajes dramáticos que flanquean la misma  descarguen una fuerza dramática abrumadora. Eso sí, su toque resulta poderoso y combativo por encima de otras consideraciones, lo que no le impide dar verdaderas lecciones de agilidad. La dirección parece comulgar plenamente con las maneras del solista, desplegando aristas y vehemencia en los movimientos extremos –que alcanzan clímax de gran incisividad– y combinando meditación con arrolladora electricidad –maderas particularmente incisivas– en el central; lástima que las insuficiencias de la toma apenas dejan apreciar hasta qué punto es minucioso el tratamiento de la orquesta, cuyos ásperos metales –a decir verdad– tampoco son los mejores que uno pueda imaginar. (8)



4. Kovacevich. Colin Davis/Sinfónica de la BBC (Philips, 1968). Lo más valioso de esta interpretación es la labor del maestro británico, sobre todo en un primer movimiento dicho con mucho empuje y muy bien diseccionado, dotado además del adecuado sentido del ritmo y de rusticidad bien entendida, cualidad que en principio no asociamos al arte directorial de Sir Colin. Flojea el solista, que aun superando con nota el enorme reto de tocar con la potencia y agilidad necesarias, resulta algo lineal en la pulsación y bastante insulso en lo expresivo. La orquesta se muestra solvente, pero los metales se quedan cortos en el tercer movimiento. Toma sonora francamente notable en la serie Eloquence. (7)



5. Richter. Maazel/Orquesta de París (EMI, 1969). Aun sin ser precisamente una maravilla de la tecnología, esta toma sonora sí que deja disfrutar del acercamiento de Richter a la partitura, en un enfoque parecido al de su registro en vivo con Svetlanov aunque quizá ahora menos tremendo, menos feroz y encrespado, más rico en sutilezas y significaciones, quizá por tener a un lado a un Maazel que, siendo considerablemente áspero e incisivo cuando debe, también sabe mostrarse muy estático en las secciones extremas del adagio –más lento, más sensual y misterioso que el de Svetlavov– y sustituir parte de la efervescencia de la citada grabación en vivo por muy apreciables sutilezas en la tímbrica y el fraseo. (9)



6. Pollini. Abbado/Sinfónica de Chicago (DG, 1977). No puede imaginarse orquesta más adecuada para esta obra que la Chicago Symphony, con unas maderas tan exactas y, sobre todo, con unos metales de tan asombrosa potencia y brillantez, insuperables en un primer movimiento en el que ostentan todo el protagonismo. Tampoco parece haber mejor director que el Abbado de los setenta, todo fuego y sinceridad, implacable en su sentido rítmico, portentoso a la hora de clarificar las texturas y muy dispuesto a subrayar todas las aristas necesarias, aunque también a paladear con concentración la atmósfera nocturna de un segundo movimiento que le suena, mucho antes que sensual o evocador, terriblemente desolado e inquietante. El relativo reparo es Pollini, soberbio de fuerza y exactitud, así como de vigor en el ritmo, pero excesivamente percutivo, sin toda la variedad deseable en el sonido ni en la expresión. La toma sigue siendo espléndida. (9)



7. Ashkenazy. Solti/Filarmónica de Londres (Decca, 1979). No sorprende que el primer movimiento sea formidable, pues estaba claro que nadie como Sir George para hacer sonar a los metales de la London Philharmonic con su máxima brillantez posible, ni para diseccionar así el entramado de las maderas, adecuadamente incisivas y ricamente matizadas. También lo estaba que el aún joven Ashkenazy poseía virtuosismo en grado más que suficiente para satisfacer las demandas extremas de esta partitura, así como un toque que sabe no quedarse en absoluto en lo percutivo. Lo que llama la atención es el Adagio, paladeado con extrema lentitud y una concentración prodigiosa, sutilísima en sus acentuaciones tanto desde el podio como en lo que al solista se refiere, quien aprovecha su sección intermedia para demostrar su enorme agilidad sabiendo no caer en el mero despliegue de fuegos artificiales. En el Allegro molto conclusivo los dos artistas vuelven a ofrecer tensión máxima y una fuerza arrolladora, pero de nuevo haciendo que el control de la arquitectura –magnífica manera de remansarse en los breves pasajes líricos– y la atención al matiz se pongan por encima del espectáculo sonoro. (10)



8. Kocsis. Iván Fischer/Orquesta del Festival de Budapest (Philips, 1987). Más que sabor folclórico, lo que el maestro húngaro ofrece es garra, inmediatez, frescura y comunicatividad, dentro de un enfoque valiente con las aristas y la agresividad que desprende la música, pero sin necesidad de subrayar tales aspectos. Por desgracia, en los movimientos extremos se echan de menos claridad, refinamiento y atención al matiz, mientras que el central no termina de destilar todo el lirismo inquietante que necesita. A mayor nivel se mueve Zoltán Kocsis, quien con un toque agilísimo pero con suficiente peso, además de muy poderoso en los grandes clímax, ofrece una recreación de una efervescencia y una electricidad como pocas veces se ha escuchado. La toma sonora es espléndida. (8) 



9. Bronfman. Salonen/Filarmónica de Los Ángeles (Sony, 1993). El maestro finlandés ofrece una dirección que va de menos a más, no particularmente inspirada ni con especial garra, tampoco todo lo clarificadora que uno pudiera esperar de una batuta analítica como la suya, pero que convence por alcanzar un perfecto equilibrio entre todas las vertientes expresivas que ofrece la partitura, combinando así lo aristado con lo sensual, la teatralidad con el vuelo lírico, lo dramático con la espiritualidad, sin suavizar aristas ni escatimar picos de tensión, pero atendiendo a todas las posibilidades poéticas que la partitura ofrece. Bronfman posee un sonido adecuadamente denso y poderoso, como también una agilidad diríase que insuperable –rapidísimo y efervescente el Presto central del segundo movimiento–, pero sabe no caer en lo meramente percutido y modelar su sonido para atender, como hace Salonen, a las diversas atmósferas propuestas por el compositor. La toma es francamente buena, pero no la más clara de las posibles. (8)



10. Schiff. Iván Fischer/Orquesta del Festival de Budapest, (Teldec, 1996). Nueve años después de su grabación para Philips, Iván Fischer y su orquesta vuelven a ofrecernos, sin diferencias apreciables, su atractiva pero no del todo convincente visión de la obra, esta vez con un András Schiff de enfoque parecido al de Kocsis, cierto es que sin llegar a las cotas de efervescencia de aquél, pero quizá con un toque algo más variado y un enfoque de mayor pluralidad. En cualquier caso, no termina de calar lo suficiente en la obra. Los ingenieros de sonido realizan una espléndida labor. (8)



11. Schiff. Rattle/Sinfónica de la Ciudad de Birmingham (YouTube, 1997). Sensacional la labor de Schiff, que aquí más implicado en lo expresivo que en su registro en audio del año anterior. El de Budapest ofrece efervescencia y electricidad a raudales, pero también un toque muy variado y apreciable cantidad de matices expresivos, comprendiendo perfectamente que no es solo cuestión empuje y tensión sonora, sino también de elasticidad y de ese particular lirismo bartokiano. La dirección de Rattle está llena de fuego, de vigor juvenil y de entusiasmo bien controlado, marcando asimismo el sabor folclórico de la página, siendo aquí su enfoque más anguloso y combativo que en su posterior registro con Lang Lang, en la que atenderá mejor la vertiente poética de la página. El movimiento conclusivo es pura electricidad, para lo bueno y lo no tan bueno. (9)


12. Andsnes. Boulez/Filarmónica de Berlín (DG, 2003). Como no podía ser menos cuando del compositor y director francés hablamos, el análisis, la claridad y la objetividad, entendiendo por esto último la decisión de no subrayar ningún aspecto expresivo y de controlar con absoluto rigor todas las emociones, se ponen por encima de cualquier otra consideración, lo que no significa precisamente que la interpretación carezca de tensión interna ni de potencia dramática. Desde este punto de vista los resultados son espectaculares, pero en este caso, y al contrario que en la mayoría de sus Bartók, se aprecia una relativa falta de compromiso en el primer movimiento, al que le faltan, aun estando admirablemente expuesto, algo de fuerza y carácter, sobre todo si lo comparamos con las maravillas que años más tarde Sir Simon Rattle conseguirá con la misma orquesta. Los otros dos son espléndidos, concentradísimo el Adagio y con una sección central llena de efervescencia –clara en el trazo, algo nada fácil–, y un tercero que sí posee toda la garra y vigor necesarios. Leif Ove Andsnes realiza un trabajo admirable por su virtuosismo, vigor rítmico y fuerza expresiva, pero –de nuevo son odiosas las comparaciones: imposible no pensar en Lang Lang junto a la misma Berliner Philharmoniker– se echa en falta un toque algo más variado en lo sonoro y rico en significaciones. La toma es soberbia. (9)



13. Lang Lang. Rattle/Filarmónica de Berlín (Sony, 2013). Asombra en el pianista chino la insultante facilidad con la que parece tocar una partitura de dificultad extrema, hasta el punto de que probablemente nunca se haya escuchado una ejecución tan ágil y nítida en la digitación. Deslumbra igualmente su capacidad para modelar el sonido desde los fortísimos más atronadores hasta las más sutiles veladuras, desde lo muy percutivo hasta lo sutilmente impresionista. Y lo hace también su manera de frasear combinando cantabilidad y flexibilidad con una tensión interna que no deja lugar a tomar aliento. Pero lo que verdaderamente le encumbra a lo más alto es la riqueza, inteligencia y sensibilidad de sus matices, ofreciendo multitud de acentos que revelan que esta obra ofrece posibilidades que van más allá del mero contraste entre la fiereza de los movimientos extremos y el carácter nocturno del central, explorando especialmente el lirismo y la sensualidad que subyacen los pentagramas. Rattle dirige a su portentosa orquesta con mano firme, energía muy controlada y gran atención al detalle, aunque sin subrayar aristas ni resultar virulento; en este sentido, se echan de menos la energía, la incisividad y el colorido de un Solti, quizá también su imaginación en algunos pasajes. En cualquier caso, su técnica y su convicción terminan triunfando, sobre todo cuando se trata, como en el caso del solista, de poner de relieve los aspectos más líricos de la partitura, o de demostrar que los pasajes más virtuosísticos –por ejemplo, el “canto de pájaros” que es eje axial del simétrico Adagio– están llenos de poesía. Toma sonora excepcional en Blu-ray Pure Audio. (10)



14. Kozhukhin. Rattle/Sinfónica de Londres (Medici TV, 2017). Esta entrada apareció por primera vez como preparación personal para este concierto. Los que teníamos entrada para escuchar a Lang Lang en el Barbican Hall nos encontramos con Denis Kozhukhin, un joven que jamás había tocado la obra en público y se tuvo que preparar el asunto en pocos días. Le aplaudimos a rabiar, porque hizo mucho más que cumplir. Cierto es que su pulsación no es tan variada como la del chino, ni tan gran de su riqueza de matices expresivos; esto último tiene toda justificación, habida cuenta de la premura con que tuvo que enfrentarse a la partitura. Pero sí que posee un sonido macizo, muy robusto, poderoso sin ser especialmente percutivo, como también un tremendo sentido del ritmo. Y concentración, mucha concentración en un segundo movimiento en el que el piano le suena desafiante. En los otros dos, se enfrenta a la bestia con su tanque y la vence sin necesidad de dejar sangre en el teclado, si bien es cierto que, años más tarde, el pianista me confesaría en una firma de autógrafos que nunca olvidaría este concierto. Sobre Rattle y la LSO solo se pueden decir maravillas. La segunda parte del concierto está editada en disco: Haydn, An Imaginary Orchestral Journey(9)



15. Wang. Rattle/Filarmónica de Berlín (YouTube, 2017). Cuatro meses después del concierto londinense, Sir Simon se va a China y vuelve a hacer la obra con Berlín. Salvando un arranque no del todo brillante por parte de los metales, las cosas funcionan como en la grabación con Lang Lang. Es decir, de manera portentosa. La versión de la batuta, mucho más madura, por paladeada y rica en significaciones, que la que hacía en tiempos de Birmingham. Yuja Wang no posee el sonido tremendo que la obra demanda, pero compensa semejante insuficiencia con una electricidad desbordante –un tanto de cara a la galería, pero sumamente efectiva–, una claridad absoluta y muchísima comunicatividad, amén de atención plena a los aspectos líricos de la página. Lástima que la toma disponible no sea mejor. (9)



16. Bronfman. Nelsons/Filarmónica de Viena (Blu-ray CMajor 2022). Como era de esperar, una recreación de altísimo nivel en la que la batuta despliega incisividad, ritmo y fuerza telúrica sin descuidar la claridad ni la atención a los detalles, mientras que el pianista, quizá un punto menos variado en el toque que en otras ocasiones –hay varias tomas radiofónicas por ahí, incluida una con Barenboim–, ofrece todo el carácter percutivo que la página necesita al tiempo que se muestra muy dramático, doliente y rebelde en el segundo movimiento. Su virtuosismo es impresionante, tanto como el de la orquesta. Solo la comparación con las más grandes recreaciones de la página deja entrever que aún es posible una vuelta de tuerca más a esta, en cualquier caso, idiomática, intensa y soberbia lectura. (9)



17. Bronfman. Mehta/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2023). Yefim Bronfman otra vez. Poderosísimo. Percutivo ma non troppo. Decidido a combatir, a concebir su parte como un enfrentamiento con la orquesta, pero sin por ello renunciar a la limpieza digital ni a los matices. Un modelo perfecto del Bartók más tremendo, vaya. La orquesta no está menos increíblemente bien que en ocasiones anteriores y Mehta hace mucho más que concertar con la profesionalidad que le caracteriza: centra el estilo, motiva a los músicos y obtiene brillantez, aunque es el músculo que tanto le gusta lo que mejor le sienta a esta interpretación, disponible en 4K y con sonido Atmos. (9)

sábado, 6 de julio de 2024

Los planetas, de Holst: discografía comparada

ACTUALIZACIÓN 6.VII.2024

La publicación original de esta entrada se remonta nada menos que al 3 de septiembre de 2012: casi doce años ya. Hace muy poco han aparecido en un sitio demoníaco (click satánico aquí, usted verá lo que hace) versiones reprocesadas en alta definición de los registros de Karajan/Viena y Ozawa/Boston. He vuelto a ellos, claro está. Ya puestos, he escuchado de nuevo a Karajan y Colin Davis con la Filarmónica de Berlín. Para todos estos registros he escrito comentarios sustancialmente renovado. Añado, además, reflexiones sobre otros discos que he ido conociendo a lo largo de este tiempo, como son los de Sargent, Boult/New Philharmonia, Svetlanov, Mehta/Nueva York y Salonen. Por si fuera poco, esta misma tarde decido conocer una versión más que me ha dejado fuera de juego: la muy reciente de Daniel Harding. ¡Sensacional!

Una cosa más, por si hay algún despistado: esta obra NO habla de viajes por el espacio, sino del ser humano y sus circunstancias. Hay mucha más miga aquí de lo que parece.

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Entre 1914 y 1918 compuso Gustav Holst su celebérrima suite para gran orquesta, una página tan popular como despreciada por buena parte de la crítica y de los melómanos más exigentes. Bien, justo es reconocer que la idea de componer cada uno de los movimientos a partir de las presuntas características astrológicas de cada uno de los planetas resulta un tanto naif, como lo es también el tratamiento sonoro de los mismos. Pero tampoco debemos desdeñar el gran vuelo melódico, la imaginación desplegada –sublime el coro femenino fuera del escenario en Neptuno–, la exquisitez de la tímbrica, esa particular elegancia inequívocamente británica y, al menos en los tres últimos números, la enorme sinceridad y fuerza expresiva que contienen los pentagramas. Por eso mismo, frente a enfoques interpretativos que se centran en los aspectos más convencionales de la obra, nos quedamos con las batutas que han sabido indagar en los pliegues tenebrosos e inquietantes que se esconden entre las notas, independientemente de que desde la pura ortodoxia se hayan podido obrar verdaderos prodigios de belleza, brillantez y comunicatividad, léase Herbert von Karajan.

En la siguiente lista creo haber reunido buena parte de las versiones que más circulan en el mercado. Conozco también una dirigida por el propio Holst que he decidido no incluir; otro día les cuento por qué, no la vayamos a liar parda.

Una cosa más: reparen en la enorme cantidad de grabaciones que se realizaron a principios de los años setenta. ¿Influencia quizá de la moda espacial impuesta por Stanley Kubrick en 1968 con su más célebre película?

Los movimientos de la obra son los siguientes:

  • Marte, el portador de la guerra.
  • Venus, el portador de la paz.
  • Mercurio, el mensajero alado.
  • Júpiter, el portador de la alegría.
  • Saturno, el portador de la vejez.
  • Urano, el mago.
  • Neptuno, el místico.



1. Stokowski/Filarmónica de Los Ángeles (EMI, 1956). No está claro si el principal problema es el mal estado de la orquesta o la evidente desgana de la batuta, pero en cualquier caso se trata de una lectura deficientemente trazada –el desvalazamiento es generalizado–, mediocremente ejecutada, dicha de pasada y carente casi por completo de inspiración, amén de trufada por algunos caprichos innecesarios. Solo se salvan la sección “elgariana” central de Júpiter y el final de Saturno, ambos por su adecuado lirismo, y un Urano humorístico al que, aun así, se le podría sacar mucho mayor partido. Sonido estereofónico meritorio para la época. (4)


2. Karajan/Filarmónica de Viena (Decca, 1961). El Maestrissimo ofreció algunos de los mejores trabajos de su carrera cuando se olvidó de la perfección técnica como objetivo último y permitió que la música saliera directamente de sus entrañas. Es el caso. Llega a sorprender, incluso, la cantidad de pequeñas imperfecciones por parte de orquesta y batuta, a pesar de que el trabajo que la batuta realiza es de enorme plasticidad y obtiene unas texturas tan claras como sugerentes. Puede que la toma algo áspera –lo sigue siendo en el excelente en el reprocesado de Esoteric para SACD– contribuya a transmitir la sensación, pero no es solo eso, sino también el descarnado enfoque que adopta Karajan, bien evidente en los dos números más logrados: un Marte de apreciable agresividad e imaginativamente tratado en sus tensiones y distensiones –implacable acelerando hacia el primer clímax– y un Júpiter de alegría desbordante en cuya sección central –por fin– se luce la incomparable cuerda de los vieneses. El resto es de alto nivel, solo eso. En Venus hay concentración y belleza, pero también más portamentos de lo deseable. Muy ágil y refinado en lo tímbrico Mercurio. En Saturno se echa de menos un clímax aún más terrible y rebelde. Espléndido Urano, aunque más bienhumorado que sarcástico. Hermosísimo Neptuno. (9)

 

 

3. Sargent/Sinfónica de la BBC (BBC Classics, 1965). Deficiente toma de origen radiofónico en el que el por entonces ya veterano Sir Malcolm –fallecería dos años más tarde–, valiéndose de tempi más bien rápidos –particularmente bullicioso Mercurio, Urano vivaz antes que corrosivo–, se muestra entusiasta, comunicativo y variado en lo expresivo, atento tanto a la brillantez como a la concentración poética, incluso áspero y dramático cuando debe, pero también algo efectista –Marte, Júpiter–, sin mucha inspiración poética y –lo que es peor– de trazo sin mucha unidad, incluso un tanto grueso. Esta última sensación puede deberse a tener que lidiar con una orquesta que, en vivo, evidencia limitaciones en su virtuosismo y cuenta con algunos primeros atriles –violín y violonchelo– de escaso nivel. (6)



4. Boult/New Philharmonia (EMI, 1966). Sir Adrian le toma prestada la orquesta a Klemperer y se mete en el Kingsway Hall para, apoyado por una estupenda ingeniería de sonido, ofrecer una interpretación que no es personal ni creativa, ni se encuentra especialmente inspirada, pero que se encuentra magníficamente trazada, ofrece un espléndido trabajo con las texturas y ofrece un espléndido equilibrio entre buen gusto e intensidad expresiva. A destacar, en este sentido, un Marte cargado de potencia dramática, un Venus maravillosamente paladeado y un Urano dicho con muy adecuada mala leche y beneficiado de las sarcásticas maderas de la formación londinense, que pese a la admirable labor del maestro termina siendo lo mejor de la función: hasta esa fecha es posible que no se hubiera escuchado a una orquesta, Filarmónica de Viena incluida, tocar con semejante precisión y empaste la presente partitura. La recuperación en SACD por parte de Esoteric bordea el milagro desde el punto de vista técnico. (9)


5. Herrmann/Filarmónica de Londres (Decca, 1970). Como ya explicamos por aquí, el registro realizado por el autor de la banda sonora de Vértigo, que pronto cayó en desgracia ante la crítica y en el mercado y solo en tiempos muy reciente ha pasado a compacto, resultó personalísimo. No ya por la extrema lentitud, sino por ofrecer una visión marcadamente sombría, gótica y macabra, como corresponde a la personalidad de Herrmann como compositor. Con él Marte resulta atmosférico y agobiante, más que desgarrador. Venus ofrece punzante lirismo. Mercurio no se encuentra del todo alado, pero aporta detalles muy interesantes en el entramado de las maderas. Júpiter emotivo, también en exceso hinchado en la sección central. Saturno muy desolado, de nuevo más siniestro que rebelde, con una introducción escalofriante en la que los violines suspiran con punzante emoción. Un Urano de marcadísimo humor negro, muy poco jovial, da paso a un Neptuno muy emocionante y expuesto con mucha concentración. La orquesta no está del todo fina, pero se encuentra maravillosamente diseccionada, logrando que se escuchen muchas cosas nuevas, atendiendo muy especialmente a las maderas y ofreciendo un desarrolladísimo sentido del color en las maderas. Decididamente, la interpretación más genial de la obra. También la más discutible. La grabación 4 Phases es algo artificial: pone en primer plano instrumentos que no deberían estarlo. (10)



6. Haitink/Filarmónica de Londres (Philips, 1970). Tan solo unos días después de Herrmann, otro Bernard se puso al frente de la misma Filarmónica de Londres para dar su visión propia. Lo hizo con mucha más técnica que el norteamericano, hasta el punto de que logró firmar una de las lecturas de más admirable claridad de cuantas se han llevado al disco. Y ello, por descontado, haciendo gala de un pulso bien firme, una musicalidad irreprochable y de una gran convicción. ¿Qué falta para la genialidad? Pues lo de siempre en el siempre objetivo Haitink: una mirada más imaginativa y personal. O sea, justo lo que ofrecía Herrmann. A destacar en cualquier caso un Marte particularmente opresivo. (9)



7. William Steinberg/Sinfónica de Boston (DG, 1970). Beneficiándose de una orquesta fabulosa y de una brillante toma de sonido que ha quedado estupenda tras la última remasterización, el maestro traza una lectura extrovertida, teatral y entusiasta, expuesta de manera irreprochable, a la que le falta un punto de imaginación, de refinamiento y de magia sonora para alcanzar lo excepcional. Lo mejor es un Marte lleno de garra, y lo menos bueno un Urano ruidoso y superficial. (8)



8. Mehta/Filarmónica de Los Ángeles (Decca, 1971). Aunque merecen ser destacados la nobleza de la sección lírica de Júpiter, el final especialmente amargo y descarnado de Urano y la sensualidad del coro de Neptuno, la verdad es que se podría haber esperado más dosis de imaginación, riesgo y compromiso expresivo por parte del joven maestro indio en esta, por lo demás, muy sólida y bien llevada versión, ajena a blanduras y efectismos y dotada de toda la brillantez necesaria. Se nota, en cualquier caso, que la orquesta no es de primera. (8)



9. Bernstein/Filarmónica de Nueva York (Sony, 1971). Bernstein hace de sí mismo y ofrece una lectura extrovertida, fresca, impulsiva, llena de vitalidad –trepidantes Marte y Urano–, bien paladeada cuando debe –muy hermoso Venus, bellísimo el canto de la cuerda en la sección elgariana de Júpiter, mágico el final de Neptuno–, pero en la que solo en contados momentos se desciende al detalle en la planificación o se ofrecen aportaciones personales. Tampoco la orquesta es precisamente la mejor posible. En suma, una interpretación muy vistosa pero un tanto tosca y superficial, perjudicada por una toma sonora que no está a la altura de la época. (7)



10. Previn/ Sinfónica de Londres (EMI, 1974). Al frente de una orquesta en plena forma, su todavía joven titular ofreció una lectura no especialmente personal ni reveladora, pero admirable por su brillantez carente de retórica, su asombroso sentido del color y de las texturas, su admirable disección del entramado orquestal y, sobre todo, su comunicatividad y fuerza expresiva, sobresaliendo en este sentido los hirientes clímax de Saturno e Urano. La remasterización en DVD Audio de fugaz paso por el mercado, que recuperaba la cuadrafonía original, mejoraba de manera muy considerable el sonido. Deberían reeditarla en SACD, porque se trata de una de las más grandes interpretaciones que circulan por ahí. Si en este listado usásemos decimales, le podríamos el nueve y medio. Por lo menos. (9)



11. Susskind/Sinfónica de San Luis (Mobile Fidelity Sound Lab, 1974). Resulta difícil comprender el prestigio entre algunos aficionados de este registro claramente lastrado por una orquesta muy de segunda y una batuta que, siempre solvente y por momentos bien encaminada, no solo no resulta nada personal ni creativa sino que resulta más bien plana e incluso –flojísimo arranque de Júpiter– un tanto desganada. Tampoco la toma sonora –que reconozco haber escuchado en estéreo, no en la cuadrafonía original recuperada por el Super Audio CD– resulta especialmente destacable para la época. (5)



12. Ormandy/Orquesta de Filadelfia (DVD Euroarts, 1977). Ya en el último tramo de su dilatada carrera, Ormady demuestra creer firmemente en la partitura y entrega una recreación llena de fuerza y ajena a la espectacularidad gratuita, amén de soberbiamente tocada, pero a la que se le podía sacar mayor partido, sobre todo en un Saturno algo seco. Eso sí, Marte resulta sensacional. La toma sonora ofrece una dinámica muy amplia. (8)



13. Marriner/Concertgebouw (Philips, 1977?). La sensacional ejecución por parte de la orquesta holandesa y la enorme musicalidad de sus solistas –me han gustado menos los portamentos del violín– es la gran baza de esta interpretación en la que el joven Marriner ofreció toda la pompa y la flema británica posibles; también una gran elegancia y un elevado refinamiento tímbrico y melódico. Por desgracia al final se impuso su perfil de director escasamente implicado en lo expresivo, poco sincero y nada creativo, de tal modo que junto a un Venus, un Mercurio y un Júpiter muy convincentes, se ofrece un Marte más ampuloso que tenso, un Saturno dicho de pasada y un Urano tan escandaloso como desaprovechado. Más interesa Neptuno, aquí recreado con un nerviosismo que lo hace muy atractivo. La toma sonora es algo reverberante pero de muy buena calidad. (7)



14. Solti/Filarmónica de Londres (Decca, 1978). Valiéndose de unos tempi bastante rápidos, quizá los más cercanos a los del propio Holst, Sir George ofrece una lectura vibrante, extrovertida, directa, de una brillantez que para nada se acerca a la aparatosidad y de un nervio que no conoce descontrol alguno. Todo se encuentra magníficamente expuesto, tanto por la perfección técnica de una batuta que sabe extraer lo mejor de la orquesta –la que más veces ha registrado la partitura, con diferencia– como por la sinceridad y vehemencia de la interpretación. ¿Qué falta? Pues algo más de poesía en los momentos líricos y, en general, de imaginación y creatividad, particularmente en los tres últimos números. Lo mejor, como era de esperar dada la garra dramática y la inmediatez que suelen caracterizar a Solti, es Marte. (8)


15. Boult/Filarmónica de Londres (EMI, 1978). A sus ochenta y nueve añitos, el maestro británico quiso dejar una nueva grabación de la página, entre otras cosas para beneficiarse de la mejora de la tecnología: suena mejor –sobre todo tras el nuevo reprocesado– que la de Solti grabada en ese mismo 1978. Interpretativamente se encuentra, eso sí, un punto por debajo, en parte porque la Filarmónica de Londres, aun espléndida, no es el prodigio de la Philharmonia, y en parte porque la inspiración es un punto inferior: todo está muy bien en esta equilibrada y nada efectista versión, pero falta un último grado de creatividad, colorido y tensión emocional para ser una lectura de primera. Marte está muy bien, no siendo nada aparatosa y ofreciendo una sección lenta central llena de malos presagios, hasta llegar a un final implacable. Venus es ahora bastante más rápida, pero sigue estando dicha con apolínea belleza y se mantiene ajena por completo a blanduras o portamenti. Mercurio resulta bullicioso antes que ágil. Júpiter se queda a medo camino, comenzando sin mucha agilidad y cayendo en cierta “solemnidad británica” que no va bien acompañada por la emoción que debería tener la sección lírica central. Saturno va un poco acelerado al principio -hay casi un minuto de diferencia con la grabación anterior-, aunque su clímax si es lo suficientemente rebelde y en la sección final hay un interesantísimo trabajo con las texturas. Urano vuelve a ser magnífico, con un tratamiento muy acertado de las texturas de las maderas y con una buena dosis de mala leche, llegando hasta un final lleno de rabia. Flojea Neptuno: si antes se extendía hasta los 7'09'', lo que resulta bastante sensato, ahora se queda en 6’18’’, si bien lo que se pierde en misterio se gana en carácter aéreo. (8)




16. Ozawa/Sinfónica de Boston (Philips-Newton, 1979). haciendo uso de su enorme técnica, particularmente de su desarrollado sentido del color y de su habitual elegancia, el maestro oriental da una verdadera lección de plasticidad en el tratamiento orquestal –impresionante la cuerda grave–, construyendo una versión fabulosamente planificada y ejecutada, de claridad meridiana, bellísimamente sonada, ajena a cualquier exceso y muy centrada en lo expresivo. Marte puede resultar algo seca en su marcialidad, pero Venus es un prodigio de elegancia, como Mercurio lo es en clarificación de texturas. La melodía central de Júpiter resulta algo hinchada –no tanto como con Herrmann–, Saturno sobrecoge en su introducción –no tanto en el resto–, Urano sabe ser mordaz y Neptuno alcanza enormes dosis de misterio. Una pena que el violín solista (¿Silverstein?) muestre un sonido algo frágil en Venus y Mercurio. Tras el reciente reprocesado, la toma ha demostrado ser de enorme calidad: solo le falta mayor gama dinámica. (9)



17. Rozhdestvensky/Sinfónica de la BBC (Ica Classics, 1980). En la línea de un Herrmann pero sin llegar a sus extremos, el maestro ruso ofreció en concierto una interpretación muy personal, espléndidamente desmenuzada y de tímbrica muy incisiva, que puso de relieve los aspectos más siniestros de la partitura. Su Marte es hosco, opresivo y especialmente siniestro, con detalles muy creativos. Venus lento, primorosamente paladeado, emotivo y sin asomo de blandura o narcisismo. Mercurio rápido, nervioso y escurridizo. Júpiter más solemne que alegre, con buen aliento lírico y un tratamiento incisivo de las maderas. Saturno arranca con una atmósfera gótica y concluye con gran nihilismo. Urano áspero y amargo. Neptuno, antes que ser místico, ofrece un inquietante distanciamiento. Discreta la orquesta y floja la toma sonora, con un coro que suena demasiado lejos. Aun así, otro nueve y medio. (9)



18. Karajan/Filarmónica de Berlín (DG, 1981). Aquí Karajan es mucho más claramente él mismo, por lo general para bien: su empeño en crear enormes contrastes dinámicos y por ofrecer un refinamiento extremo son bienvenidos en una página como esta siempre que se evite el mero narcicismo. Y Don Heriberto, en esta ocasión, lo evita. Bien es verdad que Marte y Júpiter han perdido un poco de la fuerza e inmediatez de la grabación vienesa, pero a cambio Venus se ha despojado de portamentos innecesarios, Mercurio ha ganado en refinamiento, Saturno y Urano han desarrollado mayor sentido de lo ominoso y Neptuno, más lento ahora (8’47’’ frente a los 7’37’’ de antaño), alcanza una magia tanto sonora como poética que no encuentra parangón en ningún otro registro. La orquesta realiza toda una exhibición, formidablemente recogida por una toma sonora que, con independencia de los trucos de mesa de mezcla que pueda utilizar, termina siendo absolutamente sensacional. Disco obligatorio. (10)


19. Maazel/Orquesta Nacional de Francia (Sony, 1981). Lo que coloca a esta versión en primera línea es la recreación de Marte: lenta pero muy tensa, absolutamente sombría y atmosférica –mucho antes que violenta–, opresiva como pocas, que culmina en un desenlace particularmente apocalíptico y abrumador. Es ahí donde Maazel da buena cuenta de su genialidad y –alargando al máximo la coda– de su técnica de batuta. El resto está muy bien, pero en una línea mucho más ortodoxa y menos creativa, con tempi más bien ligeros, sin querer caer en la retórica ni cargar las tintas, y haciendo gala de un buen sentido del color y de las texturas. Mercurio ofrece así la agilidad deseada y se encuentra espléndidamente desmenuzado, Venus no resulta demasiado ensimismado, pero ofrece momentos de punzante lirismo. Júpiter se aleja de la pesadez –podría alcanzar mayor cantabilidad–, Saturno emociona sin ser muy sombrío y el humor de Urano es más juvenil que amargo. A destacar el estático tratamiento del coro en un Neptuno más místico que nunca. Lástima que haya algún exceso decibélico y que la orquesta no sea de primera. (9)


 

20. Dutoit/Sinfónica de Montreal (Decca, 1986). Este registro alcanzó en su momento una espléndida acogida entre los aficionados, deslumbrados quizá ante las bondades de su portentosa toma sonora. Lo cierto es que Dutoit dirige con gran solvencia técnica, brillantez y refinamiento, mostrándose siempre centrado en lo expresivo y bien lejos de la retórica barata, pero –como le suele ocurrir al suizo– sin ese último punto de imaginación y, sobre todo, de emoción que le haga alcanzar la excepcionalidad. (8)



21. John Williams/Boston Pops (Philips, 1986). Lamento decirlo, por ser enorme admirador de su faceta de compositor, pero Williams parece confundir esta obra con su Star Wars y se limita a dirigir con entusiasmo y brillantez, procurando que esta nunca caiga en excesos, al tiempo que desatiende por completo los matices expresivos, camina de pasada sobre los aspectos más interesantes de la partitura y desaprovecha la fabulosa orquesta y una toma sonora –de volumen muy bajo– que ofrece una gama dinámica increíblemente amplia. El resultado es tan vistoso como superficial. A olvidar. (6)



22. Previn/Royal Philharmonic Orchestra (Telarc, 1986). Al igual que hizo con su justamente célebre Segunda de Rachmaninov, Previn repitió la grabación con la Sinfónica de Londres para EMI de los setenta una década más tarde con la Royal Philharmonic para Telarc, ya en digital. En esta ocasión, al contrario de lo que ocurrió con la partitura del ruso, no hubo cambios de concepto. Si acaso, se evidencia aquí menor compromiso expresivo e inspiración que en su realización para el sello británico, siempre dentro del alto nivel que garantizan el dominio de los recursos orquestales que posee el maestro y su siempre admirable buen gusto. La toma sonora no es todo lo espléndida que se pudiera pensar: escuchada en DVD-Audio, la de EMI no es en absoluto inferior. Un disco muy bueno, pero inútil. (8)


 
23. Groves/Royal Philharmonic (varios sellos, 1987). Una lectura de alto nivel en la que Sir Charles, adoptando unos modos muy británicos, ofrece esa elegancia y esa nobleza tan particulares en el fraseo al tiempo que sabe ser elocuente sin caer en arrebatos y brillante –incluso brillantísimo– sin perder la compostura. Ahora bien, se puede reprochar algún exceso decibélico, y echarse de menos una dosis adicional de imaginación y compromiso expresivo, excepción hecha de un Neptuno lentísimo y fascinante. Es la opción más barata del mercado –ha conocido varias ediciones a precio de saldo–, y una de las que mejor suenan. Recomendable. (8)



24. Colin Davis/Filarmónica de Berlín (Philips, 1988). Sir Colin se pone al frente de la orquesta que todavía era la de Karajan para ofrecer una interpretación menos personal y apabullante que la de este, también menos inspirada, pero no menos soberbiamente expuesta, dotada de una “distinción británica” muy adecuadas para la partitura y, por descontado, dicha con enorme sinceridad expresiva. Marte resulta antes implacable que ominoso. Elegancia enorme la de Venus, aunque aún se podría sacar mayor partido a la página. que no están reñidos con la fuerza expresiva. Flaquea un tanto Mercurio, falto de chispa y electricidad. Soberbio Júpiter, lleno de grandeza y solemnidad sin la menor grandilocuencia. Excelente Saturno. En Urano vendría bien un mayor sarcasmo, mientras que en Neptuno hay que destacar de manera especial la mágica intervención de las mujeres del Coro de la radio de Berlín, bajo la dirección de Dietrich Knothe. La toma no es en absoluto tan buena como la de Karajan: la aventaja en equilibrio de planos, pero la tímbrica es algo dura y no posee toda la pegada posible. (9)


25. Levine/Sinfónica de Chicago (DG, 1989). Al frente de un instrumento de una potencia, brillantez y virtuosismo insuperables, el norteamericano se vuelca en el puro espectáculo sonoro en una lectura decibélica, sonada con excesiva robustez y brocha gorda, vulgar y dicha de pasada. Hace gala de su habitual mal gusto, particularmente en Marte, completamente desmadrado, en buena parte de Júpiter y en los clímax de Saturno y Urano, aunque en este último sí acierta en el cómico tratamiento de las maderas. Los pasajes más introvertidos los recrea por el contrario con mucha corrección, sin pasarse con el azúcar, pero podían estar mucho más aprovechados en su colorido y en su potencial vuelo lírico. Magnífica la grabación, como también la portada. (6)

26. Mehta/Filarmónica de Nueva York (Teldec, 1989?). Otra vez Mehta haciendo gala de una artesanía de primerísima calidad con una interpretación admirablemente expuesta, muy sensata en lo expresivo, pero falta de ese último punto de compromiso e imaginación que distingue un producto de irreprochable eficacia de aquel en el que hay arte verdadero. A destacar, en cualquier caso, la admirable plasticidad del tratamiento de la cuerda –por ejemplo, en la sección central de Marte–, la amplitud y naturalidad del fraseo –los tempi son algo más reposados que en su versión de Los Ángeles– o la manera particularmente evanescente y dulce de abordar Neptuno. La grabación es muy buena, pero no todo lo que podía haber sido. Incluso en el último número hay algún empalme en exceso evidente. (7)

 

 

27. Eduardo Mata/Sinfónica de Dallas (Sion, 1990). Ante todo sorprende la manera en la que la carátula subraya las presuntas cualidades de la toma sonora cuando en realidad nos encontramos ante una grabación turbia, confusa y afectada por una extraña reverberación. Por lo demás, al optar aquí el malogrado director mexicano por la lentitud de los tempi, podemos escuchar un Venus particularmente sensual, un Saturno muy atmosférico y un Neptuno embriagador, pero la tensión interna no brota y la interpretación termina resultando deslavazada, incluso desganada. Tampoco logra la batuta extraer todo el colorido deseable de una orquesta no muy allá. (7)

 

28. Svetlanov/Orquesta Philharmonia (Phoenix-Brilliant, 1991). Un verdadero placer escuchar a Svetlanov al frente de una orquesta occidental de primera y recogido por una toma sonora de verdadero lujo. Nada que ver con sus testimonios del mundo soviético. Por lo demás, esta grabación –editada originalmente por Phoenix Music– pertenece ya a la última y más personal etapa del maestro ruso, que aquí opta por unos tempi de marcada lentitud y una gran atención a los aspectos atmosféricos y ominosos de la obra, siempre dibujando el entramado orquestal con pinceles muy finos –todo meridianamente expuesto– y sin dejarse llevar por la espectacularidad gratuita. Desdichadamente, con semejante lentitud la tensión no termina de ser toda la deseable, mientras que en lo que a la expresión se refiere, dentro de esa misma línea digamos que trágica y siniestra se echa de menos la creatividad admirable de Bernard Herrmann, mucho más arriesgado; a Svetlanov, siendo su trabajo en muchos sentidos admirable, le falta un último punto de inspiración. Cameo de lujo en Neptuno para The Sixteen y Harry Christophers. (8)

 

29. Gardiner/Philharmonia (DG, 1994). El trazo es firme, la claridad muy notable y la objetividad irreprochable, pero Gardiner se muestra no ya en exceso ortodoxo e impersonal sino bastante distanciado en lo expresivo, siendo el resultado un frío producto de laboratorio; nada nuevo en el maestro británico. No convence el violín solista en Venus, por sus excesivos portamentos. Como era de esperar, fabuloso el Monteverdi Choir. Increíble la grabación, sin necesidad de poner en primer plano celesta o arpas. En tiempos circuló una edición en SACD. (7)



30. Levi/Sinfónica de Atlanta (Telarc, 1997). Versión rápida, directa, honesta y bien realizada, desde luego ajena a la blandura y al narcisismo, pero bastante pobre en variedad expresiva, color, imaginación y personalidad, resultando Yoel Levi bastante expeditivo, cuando no rutinario. Solo algunos detalles aislados en Venus o Saturno despiertan nuestro interés. En contrapartida, Urano resulta bastante ruidoso. La toma sonora podría ser mejor. (7)



31. David Lloyd-Jones/Royal Scottish National Orchestra (Naxos, 2001). Marte decibélico y en exceso brutal, por no decir vulgar. Muy bien Venus, hermosa y sin blanduras. Mercurio más intenso que ágil y refinado. Júpiter hinchado y vulgar en la sección central, y más bien ruidoso en la final. Saturno comienza admirablemente, muy misterioso, con una frase inicial de los violines muy arrastrada y sugerente, pero luego la percusión vuelve a hacer de las suyas. Claro que donde esta está verdaderamente descontrolada, hasta el punto de no dejar escuchar el resto de la orquesta, es en un Urano vulgarísimo. Muy correcto pero sin particular magia Neptuno. Sin problemas la orquesta y espléndido el coro. La reproducción en DVD-Audio ofrece un gran relieve a las frecuencias graves, aunque la grabación original no es del todo clara. (6)



32. Colin Davis/Sinfónica de Londres (LSO Live 2002). Como ocurriera con su anterior testimonio con la Filarmónica de Berlín, Sir Colin ofrece una interpretación no genial pero sí perfecta, muy equilibrada en todos sus componentes, sean estos dramáticos, líricos o humorísticos, sincera siempre y por completo ajena a la grandilocuencia y al efectismo, como también a la blandura o la mera ensoñación. Suena un poco menos bien. (9)



33. Rattle/Filarmónica de Berlín (EMI, 2006). Sir Simon intenta seguir los pasos de Karajan, pero carece de su talento y las cosas se quedan a medio camino. Marte bien a secas, aunque hay una transición resuelta de manera poco convincente. Venus y Mercurio están muy bien, sin particular magia. Júpiter correcto, no muy lírico y con algún efectismo, aunque se descubre algún detalle nuevo en la orquestación. Lento, carente de pulso y sin fuerza dramática Saturno. Urano soso, sin humor. Bien Neptuno, aunque podría haber mayor sentido del color y de las texturas. Total, una interpretación de “rutina de altura” en la que solo interesa la inclusión del Plutón de Colin Matthews, más las propinas ("asteroides") del segundo disco. (8)


34. Andrew Davis/Filarmónica de la BBC (Chandos, 2010). Una toma sonora espaciosa, natural y de amplia gama dinámica, modélica en suma, es la gran baza de esta lectura en general muy bien trazada -flojea Júpiter, falto de tensión interna-, perfecta en el idioma y puesta en sonidos con incuestionable buen gusto, pero más bien parca en matices, carente de verdadera inspiración y dicha un tanto de pasada. Sólida, pero plana y aburrida. Sólo para obsesionados por la alta fidelidad. (7)


35. Heras-Casado/Nacional Danesa (Youtube, 2010). Pese a que la orquesta se queda muy corta en todas sus secciones, el maestro granadino ofrece una interpretación con toda la brillantez y el colorido que la partitura demanda pero sin un gramo de retórica, trazada además con buen pulso y evidente entusiasmo. Marte posee la garra dramática necesaria sin caer en lo enfático. Venus resulta menos contemplativa y más emocionante de lo que suele, aunque a violín y violonchelo, como ocurre en tantas y tantas interpretaciones, les sobren portamentos. Mercurio resulta muy ágil. En Júpiter hay que admirar su grandeza sin grandilocuencia y su emotivo lirismo. Bien a secas Saturno, seco e implacable, aunque no todo lo opresivo que pudiera ser. En Urano el director evita caer en lo meramente lúdico y atiende a la mala leche de la página. A Neptuno le faltan el misterio, la magia sonora y el refinamiento que han sido capaces de obtener los grandes alquimistas sonoros arriba relacionados. (8)

 

36. Salonen/Philharmonia Orchestra (Blu-ray Signum, 2012). La personalidad del maestro sueco queda bien en evidencia en una lectura que deja de lado los aspectos más atmósfericos de la obra y pasa por encima de su potencial poético para ofrecer una interpretación seca y angulosa, incisiva y marcada por el nervio, por momentos más violenta de la cuenta y, en cualquier caso, atractiva por su tímbrica descarnada y por su asombrosa claridad. Distinta y reveladora, pues, aunque mucho más partido expresivo se le puede sacar a la partitura. Sin solución de continuidad, tras Neptuno se ofrece Worlds, Stars, Systems, Infinity, un encargo al compositor Joby Talbot que este resuelve con fórmulas digamos que cinematográficas llenas de atractivo y de inspiración. La realización visual, pese a contar con nada menos que treinta y siete cámaras y ofrecer en Blu-ray la posibilidad de alternar el ángulo de visión, no resulta muy atractiva. La toma sonora sí que es extraordinaria, y el ingeniero de sonido juega indisimuladamente con el sonido surround a la hora de ubicar el coro femenino. (8)

 

37. Harding/Sinfónica de la Radio de Baviera (BR, 2022). No sé si será por el contacto “con las alturas” que le permite su trabajo como piloto de aviación profesional o, más bien, la madurez que concede la edad, pero lo cierto es que Harding consigue aunar el concepto siniestro de Herrmann -sin llegar a su genial radicalidad- con la magia tímbrica e inspiración poética de un Karajan -sin alcanzar tampoco su grado de seducción- y ofrecer, de esta forma, una de las más interesantes grabaciones de esta página. Yo diría que la mejor, junto a las dos citadas. A destacar la manera en la que el maestro sostiene el pulso a pesar de la lentitud de los tempi (56’48’’, frente a los 49’36’’ de Previn LSO o los 52’ de Karajan/Berlín, aunque habría que restar medio minuto de “coro difuminándose”), como también la enorme emotividad que bajo su batuta adquiere el tema lírico de Neptuno, aunque basta con los estudiadísimos reguladores del minuto inicial de Marte, particularmente siniestro y mascadísimo hasta el primer clímax, para darse cuenta de que estamos ante una interpretación muy especial. Fabulosas las señoras del coro muniqués, y formidabilísima la grabación a pesar de que la acústica de la Herkulessaal no sea la mejor posible. (10)

Sinfonía nº 4 de Mendelssohn, "Italiana": discografía comparada

Esta comparativa de la Sinfonía Italiana de Mendelssohn la publiqué inicialmente el 2 de junio de 2024. He añadido Solti/Israel, Solti/Viena...