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domingo, 5 de noviembre de 2017

Norma en el Villamarta

La protagonista de la Norma con que el Teatro Villamarta recupera el pulso operístico –una única función, la de ayer sábado– ha jugado en casa. A la jerezana Maribel Ortega se le ha aplaudido una barbaridad al finalizar: su éxito es incuestionable. A mí me ha dejado un poco a medias. Entre sus virtudes encuentro, en primer lugar, una espléndida voz de lírica pura, de timbre hermoso, ricas en vibraciones y magníficamente proyectada. En segundo lugar, un gran dominio del legato y un amplio fiato que le permiten ofrecer frases de enorme cantabilidad. En tercer lugar, un irreprochable gusto cantando. Pero encuentra una seria limitación en una técnica que todavía tiene que desarrollar aspectos propiamente belcantistas: no ofrece apenas reguladores, las agilidades las resuelve de manera trabajosa y no pocos de sus sobreagudos resultan gritados, estropeando así la magia sonora que la soprano es capaz de ofrecer en buena parte de su recreación de la sacerdotisa gala. Me gustaría que siguiera estudiando duramente, porque esta señora –a la que no conozco de nada, dicho de cara a posibles suspicacias– podría ser mucho más de lo que ya es.


No me convenció Albert Montserrat por su emisión musculada, línea carente de morbidez y parquedad de matices, aunque hay que reconocerle que su voz de ex barítono es adecuada y que se esfuerza por inyectar intensidad a su personaje. Dicho esto, ¿dónde encuentran ustedes hoy Pollione que se pueda escuchar sin sobresaltos? Ya ha tenido bastante el Villamarta con encontrar a alguien que dé las notas.

Espléndida María Rodríguez. Sí, una soprano: a mí me gusta más así el rol de Adalgisa. Salvando un sobreagudo algo apurado, realizó una labor admirable por su solvencia técnica y perfecta mezcla de elegancia con intensidad expresiva. Fue quien más y mejor transmitió desde las tablas, y quizá también la que mejor se movió sobre ellas. Me ha gustado muy poco el Oroveso de Francisco Santiago, cuya voz se queda cortísima para el personaje: en su primera intervención la orquesta llegó a sepultarle casi por completo, y eso que un servidor estaba sentado en el sitio con mejor acústica –fila dos de paraíso– de todo el recinto.

La Orquesta de Córdoba se volvía a poner a las órdenes de Carlos Aragón tras aquella muy deficiente Novena de Beethoven de hace un año en la que el maestro no hizo más que marcar el compás. Ahora las cosas han funcionado mucho mejor. Cierto es que a su dirección le faltaron nervio y garra dramática, como también imaginación y flexibilidad –aunque hubo un estupendo ritenuto en la cabaletta de las dos chicas–, pero se nota la buena sintonía de su batuta con el mundo de Bellini, porque el fraseo hizo gala de esa holgura, esa morbidez y esa elegancia que esta música necesita. Hizo sonar a la orquesta con buen carácter sinfónico, sin optar por ese sonido “a banda de pueblo” que se dice históricamente informado, equilibrando bien los planos y sin incurrir en el menor exceso. Y se integró a la perfección con la línea de canto de los solistas, sin llevarlos con la lengua afuera. Hay que comparar para saber en qué nivel nos estamos moviendo: Maurizio Arena se llevó por delante las bellezas de la partitura en el año 2000 en el vecino Maestranza, mientras que el señor Fabio Biondi –la negra sombra que planea sobre el belcantismo en Les Arts– patinó en su filmación con June Anderson por su tendencia a lo pimpante. Carlos Aragón lo ha hecho con mayor sensatez y musicalidad que ellos. En cuanto al Coro del Teatro Villamarta, no me parece que pasara de lo discreto, aunque se confirma la tendencia de que las señoras, al contrario de lo que ocurría hace algunos años, realizan ahora una labor más satisfactoria que los caballeros.

Los amantes de Teruel, Maruxa, Don Pasquale, La Traviata, La canción del olvido, Romeo y Julieta, Orfeo y Eurídice, El elixir de amor, Rigoletto, Don Giovanni, Suor Angelica, Carmen, Doña Francisquita, La Flauta mágica, El trovador, Aida… Estos son los títulos que Francisco López ha dirigido escénicamente en el Villamarta a lo largo de estos últimos veinte años. La mayoría de ellos se han repuesto en una, dos e incluso tres ocasiones. A todos ellos hay que sumar los numerosos espectáculos más o menos vinculados al flamenco o la danza española de los que se ha hecho cargo. Dudo mucho que en ningún otro teatro público europeo –subrayo lo de público– haya habido un regista que haya acaparado tal porcentaje de producciones escénicas. No hace mucho dejó de ser director de la hoy extinta Fundación Teatro Villamarta –el ayuntamiento no se podía permitir el desembolso–, y lleva ya tiempo sin ser director gerente de este centro artístico jerezano, pero su sucesora ha decidido perpetuar esta relación: además del espectáculo con Ainhoa Arteta y Estrella Morente de las navidades y un evento de flamenco más adelante, ahora se encarga de esta nueva producción de Norma. No hace falta insistir en lo que he repetido muchas veces y resulta obvio en lo que a este peculiar vínculo se refiere, así que vamos a los resultados propiamente dichos.

No se le puede reprochar a López –el presupuesto resulta muy limitado– la extrema parquedad de medios con que ha contado en esta ocasión, hasta el punto de que no había escenografía: tan solo unas tarimas, una gran cama matrimonial a la derecha y abundantes proyecciones en el fondo. Tampoco que el vestuario resultara tan heterogéneo: el programa de mano no indicaba responsable alguno, tan solo “Teatro Villamarta”, así que todo apunta al reciclaje de producciones previas. Lógico si no hay de dónde tirar. Pero sí se le puede criticar la pedantería del concepto. López decide establecer un continuo paralelismo entre el libreto de Felice Romani y la Metrópolis de Frizt Lang, cinta de la que se ofrecen, en el fondo de la escena, continuas imágenes fijas o en movimiento, particularmente con Brigitte Helm en primer plano. Ni que decir tiene que aquí la sacerdotisa es Marie, o mejor dicho, la falsa Marie, el robot revestido de piel humana que inflama el ánimo de los obreros y los manipula. Me parece inteligente que la escena de Norma en la pira se resuelva proyectando el ajusticiamiento final del personaje fílmico, pero el conjunto no funciona porque la relación entre ópera y película está traída muy por los pelos, por mucho que se aluda a ese corazón como mediador entre el cerebro y la mano a la que se hacía referencia en obra de Lang.

Tampoco se pueden decir cosas buenas de la dirección de actores, pobre por no decir inexistente, algo raro en quien en otras ocasiones ha sobresalido precisamente por eso, por cuidar de manera especial este aspecto. La cursilería de las sacerdotisas vestidas “de primera comunión” y de la lluvia de pétalos sobre la protagonista antes de cantar Casta Diva son otra evidencia de lo fallido de esta producción de la que solo se salva la belleza plástica de la penúltima escena, con el coro al fondo mientras Norma y Pollione discuten sobre su destino, así como la voluptuosidad erótica del rojo que emanaba del lecho.

jueves, 12 de noviembre de 2009

Macbeth en el Villamarta

Que el Villamarta siga sacando adelante varios títulos de ópera por temporada es un verdadero milagro para un teatro que cada año cuenta con un presupuesto más y más apretado. Lo he dicho muchas veces y lo seguiré repitiendo cuanto haga falta. Pero de ahí a bajar el listón de exigencia, llamar bueno a lo mediocre y excelso a lo simplemente correcto hay un trecho: semejante “inflación” solo conduce al desprestigio de los que escriben y a un conformismo acrítico y pueblerino por parte del público.

Por ello pienso que hay que llamar a las cosas por su nombre, aplaudir lo que -dentro de las consabidas circunstancias económicas- resulta manifiestamente positivo y rechazar lo que -también contando con las referidas limitaciones- parece un claro error por parte de la dirección del teatro. En esta nueva producción de Macbeth estrenada el jueves 5 cuya segunda y última función, la del sábado 7 de noviembre, pude presenciar, ha habido de las dos cosas.

Positivo es sin duda haber contado con José Luis Castro, director teatral sevillano que estuvo durante años al frente del Maestranza (hasta ser cesado presuntamente por Juan Carlos Marset) y que en los últimos tiempos ha estado más bien retirado de la vida pública (no le nombraron director del Cervantes de Málaga por presuntas presiones, de nuevo, del citado Marset, esta vez en su calidad de director del INAEM). En Jerez le vimos a Castro una buena Bohème y ahora se ha recurrido a él como decisión de última hora al no haber podido traer la producción inicialmente prevista.

El resultado ha sido la enésima demonstración de que la falta de medios económicos (este Macbeth fue muy pobre en ese sentido) se puede suplir con talento, buen gusto y un poquito de imaginación. Hacía falta, no obstante, una dirección de actores más trabajada (el protagonista vocal se movía mal en la escena), pero aun así el resultado convenció por su equilibrio entre sobriedad y fuerza expresiva.

Los personajes estuvieron bien definidos, sin caer en truculencias (la Lady es una señora terriblemente ambiciosa, no la caricatura de una bruja). Las proyecciones, muy bien realizadas por Álvaro Luna, se dedicaban a servir al drama y no a la exhibición narcisista (ay, La Fura). La iluminación de Olga García -oscura, como mandan los cánones en este título- estuvo planteada con un muy logrado carácter dramático. El vestuario de Jesús Ruiz, que defraudó un tanto en la escena del brindis, ofreció una gran belleza en el coro del acto IV y deslumbró con el hermosísimo traje rojo de la protagonista. Los cambios de escena estuvieron planteados con agilidad. Y el coro, algo monolítico, al menos no tuvo que ensayar poses propias de las representaciones operísticas de otros tiempos. Buen trabajo, sin duda, para una producción propia dignísima y muy exportable.

Negativo me parece el retorno de Miquel Ortega. Sobre las maneras de hacer de este señor en el foso he discutido mil veces durante años con Isamay Benavente cuando ésta era Directora de Producción. Ella afirmaba que yo le tengo manía al maestro catalán. Yo sostenía que el entonces director del teatro, Francisco López, no tiene ni pajolera idea de lo que es un buen director de ópera. Isamay es ahora la máxima autoridad del teatro y ha tenido a bien volver a contar con Ortega. Tiene todo el derecho a hacerlo, pues cada uno debe obecer a sus propios criterios. Y yo tengo derecho, como parte del público, a manifestar mi opinión de que contratarle ha sido un error monumental.

A Miquel Ortega i Pujol le he visto hundir muchos títulos de ópera y zarzuela, la mayoría de ellos en el Villamarta, pero también en Sevilla y Córdoba. De El barbero de Sevilla y Don Giovanni -en ambos casos con Carlos Álvarez, no por casualidad- tengo un recuerdo particularmente malo. Desaliño técnico, descoordinación con la escena, flacidez, falta de continuidad dramática, escasez de matices expresivos y un terrible aburrimiento del que se sale de cuando en cuando con algunas explosiones de grosería sonora son sus señas de identidad. De estilo, ni hablemos. “Maestro, questo non è Verdi”, le espetó una vez Elena Obratzova. Pues eso. ¿Que otros cantantes se sienten muy a gusto con él? No lo dudo. ¿Que conoce bien las partituras. Posiblemente, pero eso no significa que esté a la altura de lo demandan las mismas.

Este Macbeth lo encontré mal dirigido, tanto que casi eché de menos al López Cobos que durmió a las ovejas en el Real (no así al horroroso Daniel Lipton, que destrozó la obra en Sevilla con mayor saña aún). La Filarmónica de Málaga ofreció una de las peores actuaciones de las muchas que ha realizado en el Villamarta, con unos violines que iban cada uno por su lado, unos trombones propios de banda de pueblo y un clarinete que debería volver al conservatorio. Al menos el Coro del Villamarta sigue atravesando un buen momento, y bien que lo demostró en este título tan exigente para él. No obstante, cosas mejores se les ha escuchado en los últimos años: si hubo algo de barullo hay que achacárselo al señor que estaba en el foso.

Positiva me parece la apuesta por cantantes jóvenes de la tierra, independientemente de que unas veces se acierte más y otras menos. La jerezana Maribel Ortega no se estrelló como Lady Macbeth, lo que para una señora que acaba de llegar al mundo de la lírica -debutó en escena en 2006-, enfrentándose a un rol poco menos que imposible, es ya muchísimo. ¡Bien por ella! No hace falta insistir en que -no podía ser de otra forma- el papel le viene aún muy grande. En lo vocal es obvio que el registro grave le queda muy corto. En lo técnico, que este rol necesita un mayor dominio de los recursos belcantistas: estamos hablando de una ópera escrita en 1847.

Pero aun así el resultado me pareció muy interesante, porque pudimos escuchar a una soprano lírica de verdad, con una voz de estimable volumen, con cuerpo, rica en armónicos y muy esmaltada. Además, Maribel Ortega intenta resultar comunicativa en lo vocal (ojo: tiene que diferenciar mucho mejor en lo expresivo las partes del brindis) y demostró moverse con cierta habilidad en la escena. Mi impresión es que la soprano jerezana tiene muchas cosas que hacer y que decir en el futuro. El tiempo dirá si se convierte o no en una gran cantante.

A Carlos Almaguer sí que lo conocíamos ya en el Villamarta. No hay novedad: de nuevo puso su voz de estupenda pasta baritonal y su habilidad para el canto ligado al servicio de una expresividad muy limitada que no conoce matices expresivos. Tiene que trabajar más, mucho más, si quiere convencer como Macbeth, aunque al menos sacó adelante el papel con dignidad y correcto estilo. Para el presupuesto que maneja el teatro dudo que se hubiera podido encontrar algo mejor.

Francisco Santiago (Banquo) sigue con la voz en la gola, pero al menos en esta ocasión mostró buena línea verdiana y se esforzó en lo expresivo. Francisco Corujo (Macduff) estropeó su hermosa aria con unos gimoteos veristas fuera de lugar. Y Pablo García (Malcolm) sigue apuntando buenas maneras: prestaré atención a su carrera tanto como a la de Maribel Ortega, porque la cosa promete. Qué alegría que sigan apareciendo jóvenes con talento.

En resumidas cuentas, y siempre en opinión del firmante (¿hace falta recordar que tan discutible como la de cualquier otro?), lo que se nos ofreció fue una buena producción escénica que podía haber estado acompañada de un muy digno nivel musical de no ser porque orquesta y batuta se movieron dentro de la más lamentable mediocridad. Y que conste que no se trata de presupuesto, sino de sabiduría a la hora de contratar: si hubiésemos tenido a la Orquesta de Córdoba (¡no digamos a la de Granada!) y a un Enrique Patrón de Rueda a su frente, por citar un nombre habitual del Villamarta, las cosas posiblemente hubieran salido mejor.

Miren ustedes, hay en España gente con mucho talento, y los aficionados no tenemos por qué conformarnos con quienes, a nuestro modo de ver, han demostrado una vez tras otra su incompetencia. De seguir escogiendo en función de “la comodidad de los cantantes”, de los acuerdos con la Junta, de quien sabe de qué oscuros compromisos con agencias o, sencillamente, de la tradicional sordera de la directiva del teatro en lo que a las tan decisivas cuestiones de foso se refiere, los resultados de las producciones líricas del Villamarta desmerecerán de los enormes aciertos que esa misma directiva ha venido ofreciendo a lo largo de estos años y han convertido al teatro jerezano en un referente a escala nacional.

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