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sábado, 2 de marzo de 2019

Chailly y Znaider en Leigpiz

Blu-ray del sello Accentus recogiendo, con excepcional calidad de imagen y sonido, dos interpretaciones a cargo de Nikolaj Znaider, Riccardo Chailly y la Orquesta del Gewandhaus de Leipzig, aun en los tiempos en los que el milanés se encontraba a su frente: el Concierto para violín de Beethoven y el Concierto para violín nº 1 de Mendelssohn.



Salvando la moderación del vibrato, apenas se detectan en Beethoven las pretendidas influencias del historicismo en la dirección de un Chailly mucho más centrado que en su lamentable integral de las sinfonías del de Bonn. Se trata, de hecho, de una interpretación sensata y ortodoxa, muy bien expuesta y de hermoso canto en el fraseo, aunque tampoco se puede decir que se muestre afín con el universo beethoveniano, particularmente en un primer movimiento considerablemente frío. Mejora el segundo y convence en un tercero de corte apolíneo pero dicho con convicción.

Lo extraño es Znaider, que arranca con cierta incomodidad en el registro agudo –por momentos parece desafinado– y no termina de sintonizar nunca con el espíritu de la pieza, con su poesía ni con su humanismo, como si quisiera limitarse a concatenar sonidos bellos. Ya en el Larghetto se muestra más sólido en su sonido –carnoso y muy homogéneo– y logra cantar con cierta hondura la música, para en el Rondo conclusivo ofrecer luminosidad, entusiasmo y sincero optimismo bajo un perfecto control de los medios. Una interpretación que va de menos a más, pues, pero que pincha en toda la primera mitad de la obra. De propina, Sarabande de la Partita nº 1 de Bach, en lectura de articulación recortada, abundantes asperezas y concentrada intensidad dramática. Sonido e imagen excepcionales.

Como en las dos grabaciones radiofónicas que le conocía junto a Barenboim, en Mendelssohn Znaider vuelve a ofrecer un verdadero derroche de belleza en el sonido violinístico –carnoso, homogéneo, de refulgente agudo–, de agilidad en la mano izquierda y de cantabilidad en el fraseo, así como una musicalidad que le permite atender tanto a la faceta luminosa y vibrante de la página como a los acentos líricos y dolientes que alberga. Sin embargo, aparece aquí algo menos centrado en lo expresivo, no tan inspirado, posiblemente por culpa de la dirección de un Chailly que, en todo momento gran concertador y sin sacar los pies del plato –sin los preciosismos de su Midsummer hace poco comentado– se muestra un tanto cuadriculado y en más de un momento llega a precipitarse. Sacrificar efervescencia para dejar volar más la música hubiera sido interesante, qué quieren que les diga. De propina, Sarabande de la Partita nº 2 de Bach en la misma línea que la anterior.

No sé hasta qué punto puedo recomendar este producto. Ustedes mismos.

sábado, 30 de abril de 2016

Znaider hace el concierto de Brahms con la Orquesta de Valencia

En mayo de 2004 tuve la ocasión de escucharle el Concierto para violín de Brahms a Gil Shaham en el Palau de la Música de Valencia. Pensé que nunca en mi vida iba a volver a disfrutar esta página tan increíblemente bien tocada en directo, pero lo cierto es que ayer viernes tuve la ocasión de hacerlo, y exactamente en el mismo recinto, esta vez con el grandísimo Nicolaj Znaider como solista. Me compré entrada en primera fila para paladear bien el acontecimiento, y vaya si lo hice. Su sonido es de una solidez impresionante, y además brahmsiano de pura cepa, con un grave carnoso y un agudo de seguridad a prueba de bombas. Su agilidad, abrumadora. Por no hablar de su capacidad para modelar el sonido, claro. Todo ello a cinco metros de un servidor. Imposible escuchar algo aún mejor en el resto de mi vida desde el punto de vista puramente técnico.

Ahora bien, tengo algún reparo en lo expresivo. Esta es una obra sumamente complicada que exige al intérprete atender a dos polos opuestos y complementarios. Por un lado, tensión dramática, rebeldía y no poco amargor: hay momentos de la partitura que exigen al violinista literalmente gemir y llorar con su instrumento, incluso gritar de rabia y dolor. Por otro, nobleza, cantabilidad, ternura y un profundo sentido humanístico sin los cuales Brahms no sería Brahms. Znaider atiende de modo muy convincente a lo primero, pero bastante menos a lo segundo. En este sentido, me recordó al inmenso David Oistrakh por su visión ante todo escarpada y doliente de la página, como también por su ardor digamos viril, por su carácter decidido y por su fuego absolutamente controlado, con la diferencia de que el genio de Odesa, aunque también unitaleral en lo expresivo, llegaba mucho más lejos y conseguía resultados memorables. Lo de Znaider, aun siendo magnífico, no alcanza tan inmensa altura.

Si Shaham tuvo la compañía increíblemente lujosa de Eschenbach y la Orquesta de Filadelfia -leo lo que escribí entonces y veo que me decepcionó un tanto-, Znaider se vio respaldado por la Orquesta de Valencia y Yaron Traub. Este hizo sonar a la formación de la que es titular con un sonido muy apropiado para el compositor -algo nada fácil de conseguir- y reslpaldó la visión expresiva del solista ofreciendo intensidad y extroversión bien entendida, evitando asimismo narcisismos y puntos muertos.

Pelleas und Melisande de Schoenberg en la segunda parte. A la hora de interpretar este monumental poema sinfónico, los directores pueden mirar hacia la sensualidad impresionista, la opulencia y la narratividad straussianas o la racionalidad distanciada del Schoenberg maduro. O también hacia el expresionismo ardiente y desgarrado de su discípulo Alban Berg, vía esta última que fue la que siguió Traub en un clarísimo deseo de llegar al público por la vía más directa, demostrándole que eso de que el universo del compositor de Moisés y Aarón  resulta frío y excesivamente intelectual es mentira. En consecuencia, el maestro de Tel Aviv ofreció una interpretación bastante rápida, tensa y escarpada, de clímax alucinados –incluso ásperos en lo sonoro– y considerable vehemencia dramática, pasándose quizá un poco de rosca: me hubiera gustado una recreación con mayor variedad expresiva, más atenta a las atmósferas, mejor paladeada en los momentos más introvertidos. También más cuidada en el juego de tensiones y distensiones, y más minuciosa en las dinámicas. Entiéndanse estos reparos como menores, porque Traub se mostró sincero, intenso y comunicativo en todo momento, consiguiendo que el público respondiera calurosamente a una obra de un compositor que no se cuenta entre sus favoritos.

La Orquesta de Valencia, por su parte, demostró que puede enfrentarse a una partitura de extrema demanda técnica como este Pelleas, y aunque la batuta de Traub no es precisamente la de mayor depuración sonora posible, se alcanzó un buen rendimiento global –notable planificación de masas sonoras, con más atención a la globalidad que al detalle– y hubo espacio para que evidenciaran gran desenvoltura todos los primeros atriles, entre ellos el oboe que ya se había lucido con su decisiva parte en el concierto brahmsiano.



sábado, 3 de octubre de 2015

Concierto para violín de Korngold: discografía comparada

Actualización  03-10-2015

Añado comentarios sobre las interpretaciones de Armstrong/Marriner, Hope/Shelley  y Shaham/Mehta, esta última recientísima: de la semana pasada.


Actualización 27-02-2014

Esta entrada se publicó originalmente el 5 de marzo de 2010. Ahora he añadido comentarios sobre las interpretaciones de Schmidt/Ozawa, Quint/Prieto, Gluzman/Järvi, Korcia/Kantorow y Steinbacher/Foster. Hay cosas muy interesantes en alguna de ellas, aunque la de Gil Shaham con Previn sigue en su pedestal. No he cambiado nada en los comentarios anteriores.
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Un Korngold afincado ya definitivamente en California y nacionalizado estadounidense estrenó su concierto para violín en 1947 como intento de recuperar el prestigio que lustros atrás había obtenido en Viena y borrar, de paso, su etiqueta de “autor cinematográfico”, pese a que paradójicamente reutilizó en su partitura varias melodías procedentes de su trabajo previo para el medio fílmico. Para su desgracia, el compositor vienés nunca volverá a ser considerado como lo había sido en su juventud, aunque la bellísima partitura se convierte en un éxito y aún hoy es la más grabada del autor. Comparamos aquí buena parte de las versiones que circulan por el mercado discográfico.





1. Heifetz. Wallestein/Los Ángeles (RCA, 1953). Korngold se deshizo en elogios ante la interpretación que el mítico violinista lituano realizó de su obra con motivo de su estreno. No es para menos, porque al mismo tiempo que su virtuosismo resulta deslumbrante, Heifetz se muestra –al menos en este registro seis años posterior– muy centrado y voluntarioso en lo expresivo, y desde luego no trata a la página como una mera partitura de lucimiento. Ahora bien, la comparación con lo que ha venido después hace que su lectura nos deje con una notable sensación de frialdad, convenciéndonos tan solo en un tercer movimiento lleno de brillantez. La dirección es más que solvente, pero solo eso. (7)




2. Perlman. Previn/Pittsburg (EMI, 1980). Las cosas cambiaron sustancialmente con esta interpretación intensa, muy extrovertida, apasionadísima –pero siempre controlada– en la que Perlman luce su sonido afilado y un enorme virtuosismo. André Previn, que por entonces no tenía muy lejanos sus tiempos de Hollywood, dirige con sabiduría y sinceridad para controlar en todo momento fuego de las emociones. Eso sí, podría desplegar aún más sensualidad, sobre todo en el movimiento central, aunque en contrapartida el tercero ofrece un entusiasmo y una jovialidad inigualables. Lástima que la toma sonora deje que desear para la época. (9)




3. Shaham. Previn/Sinfónica de Londres (DG, 1993). Lo de Shaham con esta obra no tiene nombre. Dueño de un sonido pleno, firme, varonil, no afilado pero tampoco blando ni amanerado, hace gala de una musicalidad importantísima y de una absoluta perfección en el estilo, alcanzando el punto justo de equilibrio entre extroversión y decadentismo sin caer en la menor afectación. La dirección de Previn resulta muy sobria y sincera, realizando un asombroso análisis orquestal y sintonizando con el solista en un segundo movimiento más adusto y menos evanescente de lo esperable. Esta es, en conjunto, la versión más redonda e indiscutible de todas. (10)




4.Magad. Jansons/Chicago (CSO, 1994). Se trata de una toma radiofónica editada por la propia orquesta en un doble compacto dedicado a sus solistas. En esta obra es el protagonista uno de sus antiguos concertinos, Samuel Magad. Sin duda un notabilísimo violín, de bello sonido, ágil y musical, todo un lujo para la orquesta, aunque en lo interpretativo no diga nada en particular y se eche de menos el fuego y la garra de los grandes. Mariss Jansons apuesta por un enfoque ante todo sensual, lírico y decadente, esto último quizá demasiado. Al arriesgarse por unos tempi más bien lentos no evita que la tensión decaiga en algún momento. Carece además de la garra y el entusiasmo deseables, sobre todo en el tercer movimiento. (7)




5. Juillet. Mauceri/Radio de Berlín (Decca, 1995). El director neoyorquino mostró creer firmemente en la creación musical de Korngold cuando grabó varias de sus obras (entre ellas la monumental ópera El milagro de Heliane) para la serie Entartete Musik de Decca, dirigiendo siempre con irreprochable idioma, pulso firme y gran sinceridad expresiva. Por desgracia al registrar este concierto tuvo a su lado a una violinista de sonido algo débil y sin el necesario punto de compromiso expresivo e inspiración. El resultado es una notable pero no excepcional lectura con un primer movimiento algo más decadente de la cuenta, un segundo lírico y sensual sin toda la magia deseable y un tercero que se ha escuchado en otras ocasiones bastante más arrebatado. (8)




6. Kavakos. Wolff/Radio Frankfurt (DVD Arthaus, 2001). Sin ser la más recomendable de todas, casi resulta obligatorio escuchar esta interpretación altamente renovadora tanto por parte de la batuta como por la del solista, pues adoptan ambos una visión mucho más doliente y dramática de lo habitual. Destaca en este sentido un amargo y doloroso segundo movimiento en cuyos pliegues más oscuros sólo Perlman y Shaham, ambos con Previn, habían comenzado a indagar. Impresionante el sonido poderoso y en absoluto narcisista del violín, así como la concentradísima labor del excelente director norteamericano. El DVD incluye un interesantísimo documental y excelentes interpretaciones de otras obras del autor. Lástima que no haya sonido multicanal. (9)



7. Mutter. Previn/Sinfónica de Londres (DG, 2003). Un comienzo sollozante y lleno de portamenti anuncia ya una interpretación insincera, romanticoide, de cara a la galería, con numerosos pasajes blandos y amanerados. Eso sí, el sonido de la Mutter es incomparable, lo mismo que su virtuosismo. Tampoco la chica anda escasa de imaginación. Misterioso y evanescente, mucho antes que dramático, el segundo movimiento: aquí Previn se pliega ante las demandas de su esposa. Arrebatadores los pasajes trepidantes del tercero, aunque en las secciones líricas vuelven las blanduras y el resultado termina resintiéndose. La dirección es globalmente magnífica, más intensa aunque quizá menos clara que con Perlman y Shaham. (7)




8. Hahn. Nagano/ Deutsche Symphonie-Orchester Berlin (DVD DG, 2004). Al igual que había hecho Hugh Wolff, Kent Nagano intenta apartarse de lo decadente y voluptuoso para apostar por una dramática sobriedad. Por eso mismo su visión resulta algo unilateral, echándose de menos magia y sensualidad en determinados momentos. Como además hay algunos pasajes no todo lo trabajados que debieran, el resultado no es tan satisfactorio como el del citado Wolff. Eso sí, resulta impresionante Hilary Hanh por sonido, virtuosismo y palpitación interna, mostrándose intensísima sin dejarse llevar por el menor amaneramiento: es decir, ofrece las mismas virtudes que la Mutter y ni uno solo de sus defectos. La excepcional labor de la violinista de Virginia compensa la algo irregular de la batuta. (9)



9. Benjamin Schmidt. Ozawa/Filarmónica de Viena (OEHMS, Salzburgo 2004). La musicalidad sensual, evanescente, hedonista e hiperrefinada del maestro oriental, siempre asombrosa por su plasticidad y manejo de las texturas, encuentra en la Filarmónica de Viena la compañía ideal para ofrecer una interpretación lírica y ensoñada a más no poder, fraseada con morbidez, decadentismo bien entendido y auténtica magia sonora, todo sin descuidar, venturosamente, el desparpajo, la vitalidad y el sentido del humor del tercer movimiento. El vienés Benjamin Schmidt le sigue a la perfección en sus planteamientos haciendo gala de un sonido bonito, más frágil que vigoroso, y un temperamento inclinado a la delicadeza y ensoñación, amén de un virtuosismo más que sobrado. La toma sonora, menos buena de lo deseable para la fecha, recoge no solo las abundantes toses sino también los aplausos del público tras el segundo movimiento. Y se trata del Festival de Salzburgo, nada menos. (9) 




10. Znaider. Gergiev/Filarmónica de Viena (RCA, 2006). Esta podría haber sido una interpretación de primerísima magnitud, porque el increíble Znaider, haciendo gala de un sonido afilado, de una enorme intensidad emocional, de una fértil imaginación y de un total alejamiento del preciosismo decadente, logra una lectura realmente portentosa. Pero ahí está el mediocre Gergiev, que dirige con energía pero usando la brocha gorda, llegando a ser hortera en las explosiones de la coda del primer movimiento y tan grandilocuente como vulgar en el final. Como suele ocurrir, la Filarmónica de Viena pierde en sus manos el bellísimo sonido que la caracteriza. Un 10 para el solista, un 6 para el director. La grabación es demasiado reverberante. (8)



11. Quint. Prieto/Sinfónica de Mineria (Naxos, 2007). Un arranque algo nervioso y falto de concentración nos pone en alerta de que algo puede no funcionar bien. Efectivamente, Phillippe Quint ofrece un sonido bonito –siendo pequeño– y frasea con calidez, pero no ofrece ni la emotividad ni la tensión interna de los colegas que mejor han recreado en la obra; el violinista ruso-americano, más delicado que intenso, se queda un tanto en la superficie y no sabe ahondar ni en la poesía ni en el drama interno que se adivina tras los pentagramas, y solo se desenvuelve de manera convincente en la vivacidad y la frescura del tercer movimiento. A estos resultados relativamente decepcionantes contribuye la batuta del mexicano Carlos Miguel Prieto, desconcentrada y sin mucha inspiración, parca en poesía y un tanto plana, aunque al menos es resultona y el maestro se mueve dentro de los parámetros de una buena musicalidad. La toma sonora sí que es muy notable. (7)




12. Capuçon. Nézet-Seguin/Rotterdam (Virgin, 2009). He aquí otro increíble violinista. Su sonido bello y carnoso se ve acompañado por un temperamento cálido pero sin arrebatos, un punto distante, aunque siempre comunicativo. Por fortuna con él sí se encuentra una batuta a su altura, la de Yannick Nézet-Séguin. El aún joven pero extraodinariamente prometedor director ofrece una dirección cálida y extrovertida, muy romántica al tiempo que en absoluto decadente, en la que apuesta por una visión más optimista que dramática de la partitura. Además el canadiense sabe no caer en lo superficial, como tampoco en la brocha gorda, pues atiende a la claridad y paladea con calma el segundo movimiento. (9)



13. Gluzman. Neeme Järvi/Resident Orkest den Haag (BIS, 2009). Tras un encendido y  perfectamente controlado arranque, el violinista ucranianonos van enganchando , además de por la belleza de su sonido –incisivo, más que carnoso–, por su enfoque espontáneo, fresco, luminoso y altamente comunicativo, de fraseo admirablemente natural y virtuosismo tal que da la sensación de no realizar esfuerzo alguno; también es cierto que su alejamiento de la ensoñación, la ternura y la sensualidad que también están en la partitura le dejan un poco a medio camino en el segundo movimiento. Järvi padre acompaña como en él es de esperar, sin mucha poesía y con brocha más bien gruesa –sobre todo en el tercer movimiento–, si bien ofrece incuestionable eficacia y trasmite energía. (8)




14. Korcia. Kantorow/Real Filarmónica de Lieja (Naive, 2011). Ya desde un arranque fraseado de manera peculiar se evidencia que Laurent Korcia, armado del sonido poderoso, robusto en el grave y un punto ácido que extrae de su Stradivarius, va a intentar imprimir un sello particular a su interpretación. Lo consigue, mostrándose más incandescente y anguloso que reflexivo o interesado por la mera ensoñación sonora, pero lo cierto es que no termina de sintonizar ni con el estilo del compositor ni con la particular poesía de los pentagramas. Jean-Jacques Kantorow dirige con eficacia y hace gala de una apreciable concentración el Andamte central, pero su trabajo con la formación belga es más bien primario y más bien escaso de verdadera inspiración. Una toma sonora más bien opaca subraya la impresión de que la claridad orquestal no es la deseable. (7)



13. Armstrong. Marriner/The Colburn Orchestra (Yarlung, 2011). Como él mismo cuenta en las notas, para el jovencísimo violinista californiano –unos veinte años en ese momento– fue algo muy especial grabar esta obra junto a la orquesta de su conservatorio en la misma ciudad donde Korngold lo escribió, Los Ángeles. Desdichadamente, debemos añadir nosotros, la ingeniería de sonido no estuvo a la altura, por lo que esta toma en vivo, además de incluir toses abundantes y hasta ruidos de niños, dista de recoger los resultados de manera satisfactoria, incluso escuchando la grabación en HD. En cualquier caso, queda claro que Armstrong huye por completo del decadentismo y, armado de un sonido afilado y ácido en el buen sentido, frasea con concentración, energía bien controlada y tensión sonora, también con un apreciable sentido de lo amargo cuando debe, aunque aún le falte un poco de magia, sensualidad y perfume poético. Elegante y cuidadosa, aunque sin nada en particular, la dirección del muy octogenario Marriner. (8)
 


15. Steinbacher. Foster/Orquesta Gulbenkian (Pentatone, 2012). Por encima de una batuta cuidadosa, atenta, clarificadora y muy musical, la de un Lawrence Foster que trabaja con pinceles finos sin que la magia sonora termine de surgir, sobresale el violín incandescente de Arabella Steinbacher, pletórico de virtuosismo –robusto y bellísimo su sonido, enorme su variedad de colores y brillante su agilidad–, además de sincero a más no poder. Su primer movimiento sobresale por el ardor perfectamente controlado en el fraseo, culminando en una cadenza escarpada e incluso rebelde, llena de tensión sonora. La tensión sigue latente en el segundo, muy lento pero concentrado a más no poder, dicho con un lirismo conmovedor que en absoluto se queda en lo meramente contemplativo o hedonista, pues sabe ofrecer en él una emotividad doliente que nos deja regusto amargo. En el Allegro assai vivace con que concluye la obra, jovial y luminoso como debe ser, no se olvida de frasear con cantabilidad llena de emoción las bellísimas melodías de la partitura. Sin duda, la solista alemana se ha convertido por derecho propio en una de las grandes recreadoras de la página. (9)



16. Hope. Shelley/Real Filarmónica de Estocolmo (DG, 2013). Otro que se apunta a este concierto decididamente de moda es el británico Daniel Hope, quien armado de un sonido muy bello y un fraseo curvilíneo, ofrece en este “Escape to Paradise. The Hollywood Album” una recreación dicha con apreciable intensidad e inapelable virtuosismo. Le falta, en cualquier caso, una última vuelta de tuerca en lo expresivo, y parecen innecesarios los detalles decadentistas –muy hollywoodienses, eso sí– del primer movimiento. La dirección de Alexander Shelley es globalmente sólida, pero en general adolece de falta de colorido y parquedad en la imaginación. Además, el tercer movimiento resulta un tanto plano: la orquesta parece poco trabajada y el fraseo resulta más bien lineal. (8)



17. Shaham. Mehta/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2015). Veintidós años después de su grabación para DG, el violinista de Illinois demuestra de nuevo que posee una especial afinidad con página haciendo gala de incandescencia, comunicatividad, variedad expresiva, exquisito gusto y una perfecta comprensión tanto del lenguaje del compositor como del trasfondo que se oculta tras las notas, acertando muy especialmente en un Andante lleno de significaciones. Desdichadamente el anciano Mehta pone el piloto automático y se limita a concertar con la enorme profesionalidad que le corresponde, dejando que la portentosa orquesta ponga el resto; solo en el tercer movimiento se anima un poco y decide frasear de manera personal, lenta y jocosa aunque en exceso pesante, el tema que procede de la película Prince and the Pauper. ¡Qué lástima no haber contado para la ocasión con una batuta más comprometida! La filmación se encuentra disponible en el siguiente enlace. (9)

lunes, 29 de abril de 2013

Znaider y Bronfman con nuestra Nacional

Qué quieren que les diga: hace unos días vi el Segundo de Brahms por Yefim Bronfman en mi televisor (enlace) y ayer domingo por la mañana le tenía a dos metros delante de mí -saqué primera fila- haciendo las mismas maravillas que hacía con Rattle. ¡Qué emoción! Se puede tocar con mayor imaginación y riesgo, ciertamente, pero me parece muy difícil que vuelva a escuchar en directo una interpretación con un sonido tan puramente brahmsiano, tan bien ejecutada -sin llegar al nivel incomparable de Zimerman- y dicha con tan lograda mezcla de objetividad e intensidad, siempre en una línea poderosa y enérgica, pero controlada y en absoluto desatenta con los aspectos líricos de la pieza. Grande Bronfman.

El misterio estaba para mí en Nikolaj Znaider, violinista genial ahora metido a director. Me habían dicho que lo hacía de manera mediocre. Pues miren ustedes, a mí me ha parecido más bien lo contrario. Por lo pronto, técnica parece tener mucha: su gesto es muy claro, dirige con precisión -y de memoria: no usó partitura- y la Nacional de España le sonó francamente bien dentro de sus posibilidades. Interpretativamente no lo hizo mal, pero aquí hay que matizar.

Me gustó mucho el Don Juan de Strauss que abría el programa: bien trazado, enérgico pero sin descontrol, emocionante y comunicativo. El oboe y la concertino intervinieron con indiscutible acierto. Solo eché de menos un poco más de lentitud y desolación en los compases finales (aún recuerdo lo que hizo Celibidache en Sevilla en 1992 con ese pasaje, aunque la comparación no procede). Tras el alto nivel conseguido en el poema sinfónico, me decepcionó la suite del Rosenkavalier: todo sonó en su sitio, y además lo hizo con entusiasmo y brillantez, pero Znaider no logró transmitir ni la magia sonora, ni el sentido del humor ni el particularísimo refinamiento valsístico de esta genial música.

El Brahms llegó en la segunda parte. Fue la del danés una dirección ortodoxa, sensata y  solvente: rápida más no precipitada, extrovertida sin perder concentración lírica, más luminosa que dramática -se puede preferir al revés- y muy respetuosa con los tempi marcados por el compositor: por eso mismo se puede echar de menos un tercer movimiento más paladeado. Por cierto, el chelista Miguel Jiménez lo hizo muy bien en sus dos difíciles y fundamentales solos, con intensidad viril y sin trasformar estas intervenciones, como hacen solistas de formaciones más afamadas, en una sucesión de lloriqueos insoportables. En cuanto a la compenetración con Brofnman, perfecta. Se aplaudió mucho, con toda la razón.

domingo, 5 de febrero de 2012

Znaider triunfa con Sibelius en Berlín

El pasado 8 de octubre ofrecía la Filarmónica de Berlín un concierto que comenzaba con la obertura de la ópera Euryanthe, de Carl Maria von Weber, y continuaba con dos páginas propias para días de frío: el Concierto para violín de Sibelius y la Sinfonía nº1, Sueños de Invierno, de un Tchaikovsky aun joven y no del todo inspirado. De la batuta de iba a encargar Bernard Haitink, que tiene en discos una magnífica interpretación de la última página citada (enlace), pero fue reemplazado por enfermedad por el desconocido maestro eslovaco Juraj Valcuha. El que sí hizo acto de presencia fue el gran Nikolaj Znaider para enfrentarse a una de las obras más complicadas de todo el repertorio para su instrumento. El evento fue registrado por las cámaras de la Digital Concert Hall (enlace) y lo he recuperado en este apropiado fin de semana de gélidas temperaturas.

Znaider Sibelius Berlin

Me ha gustado mucho la actuación de Znaider. Quizá su sonido no sea muy potente en directo, pero desde luego ofrece una solidez impresionante: es capaz de adelgazarse hasta el límite sin perder vigor. Por descontado que la mano izquierda se muestra agilísima y que la gama de colores que extrae de su Guarnieri es admirable. En cualquier caso, y siendo tales virtudes imprescindibles para acercarse a la obra, lo decisivo es que el violinista danés se aparta de esa óptica ensoñada y complaciente con que otros abordan la página para ofrecer una recreación que, aun siendo más introvertida que extrovertida, se encuentra marcada por el dolor y la rabia. Le acompañan perfectamente una dirección sobria, rocosa, sin concesiones, y una orquesta de sonoridad poderosísima e inmejorable.

Muy bien la obertura de Weber. Personalmente me sobran los portamentos del primer tercio, pero por lo demás se trata de una interpretación sincera, elocuente y sonada de modo rotundo, muy germánico, pero no por ello masivo ni falto de transparencia. De la página de Tchaikovsky ofrece Valcuha –gesto atento y minucioso- una interpretación lenta, muy bien paladeada y desmenuzada, que en lo conceptual se muestra particularmente introvertida, lo que significa que en determinados pasajes -sobre todo en el primer movimiento- se van a echar de menos chispa, electricidad y garra dramática, ofreciéndose a cambio momentos de una cantabilidad muy dulce -que no dulzona- absolutamente conmovedora. A ello contribuye en buena medida los solistas de la orquesta, que encuentran en el segundo movimiento inmejorables oportunidades para dar buena cuenta de su musicalidad. El saldo es positivo. Quizá el veteranísimo Haitink lo hubiera hecho mejor, pero a este joven no parece que le falte talento.

lunes, 30 de marzo de 2009

Brahms y Korngold por Znaider y Gergiev: un genio mal acompañado

Me reprocha un amigo que la mayoría de los discos que comento en este blog son antiguos. Tiene razón. Pero aquí va una novedad: los conciertos para violín de Johannes Brahms y Erich Wolfgang Korngold en grabación realizada por RCA (con toma demasiado reverberante) en la Musikverein de la capital austríaca entre el 12 y el 19 de diciembre de 2006. Los protagonistas fueron un Nicolaj Znaider que se confirma plenamente como uno de los mejores violinistas del panorama mundial (en el que no escasean precisamente los grandes nombres asociados al instrumento), y un Varely Gergiev que vuelve a relevarse como un monumental bluff del mercado discográfico.

Znaider

El violinista danés lo tiene todo. Su sonido es poderoso, homogéneo, acerado y un punto hiriente, recordando no poco al del extraordinario Perlman. Su virtuosismo no conoce mácula. Y su poderoso olfato musical le hace ofrecer interpretaciones de una sinceridad y fuerza expresivas sobrecogedoras. Su recreación del bellísimo concierto de Korngold, a la altura de la de un Shaham y por encima de una Hahn, de una Mutter o de un Kavakos, por poner ejemplos recientes de grandes intérpretes de la obra, es un prodigio de imaginación y frescura, ofreciendo música a espuertas sin caer nunca -tentación grande de esta partitura- en el preciosismo decadente y ensoñado.

Y qué decir del Brahms. La monumental página no es precisamente fácil en lo técnico ni simple en lo expresivo, pero Znaider se codea sin ningún problema con los más grandes violinitas del pasado siglo ofreciendo una recreación apasionada pero no carente de control, hiriente a más no poder pero no por ello menos bella, encontrando el punto justo entre extroversión e introversión y consiguiendo un sonido y un fraseo puramente brahmsianos. La manera en la que su violín ilumina todas y cada una de las líneas de la partitura, amoldándose a las diferentes situaciones anímicas propuestas, es de las que dejan con la boca abierta. Basta comparar esta recreación con la también reciente y en cualquier caso muy notable de Vadim Repin (dirigida por un Chailly algo despistado) para darnos cuenta de que Znaider es un caso fuera de lo común.

En cuanto a Gergiev, pues lo de siempre. Mucho músculo, mucha robustez sonora y mucho decibelio, con resultados fogosos y a menudo aparentes, pero la brocha gorda de la que se sirve, su desinterés por profundizar en los pentagramas y su incapacidad para diferencia estilos terminan descubriéndonos a un batutero vulgar y mediocre. Su Brahms es tan masivo como superficial. En Korngold, donde en principio podría encontrarse más cómodo, hay verdaderas caídas en el efectismo hortera: ¡menuda coda la del primer movimiento!

Claro que lo más irritante no es eso, sino el “milagro” de hacer que la Filarmónica de Viena, por increíble que parezca, no suene a Filarmónica de Viena. ¿Dónde están esos inconfundibles violonchelos, cielo santo? Con una batuta en condiciones este disco hubiera sido de referencia. RCA se merece no vender un solo ejemplar por haberlo dejado a medias contratando a un director tan mediocre: parece que en “la mula” se puede encontrar, dicho sea a quien le interese imaginar lo que esta grabación, genial en la parte violinística, podía haber sido.

Sinfonía nº 4 de Mendelssohn, "Italiana": discografía comparada

Esta comparativa de la Sinfonía Italiana de Mendelssohn la publiqué inicialmente el 2 de junio de 2024. He añadido Solti/Israel, Solti/Viena...