domingo, 24 de noviembre de 2019

Sensualísimo Albinoni por Banchini

Iba a ir hoy a Prado del Rey agradable pueblo a los pies de la Sierra de Grazalema a escuchar a la Barroca de Sevilla, pero una inoportuna enfermedad me hace quedarme en casa. Una pena, porque el programa es precioso y me había preparado el concierto a través de mi querida plataforma Tidal. Al menos la preparación me ha servido para acercarme a algunos discos interesantes, por un motivo u otro. Por ejemplo, al que tiene a Lina Tur Bonet dirigiendo y encargándose de la parte solista del Concierto para violín "Grosso Mogul" RV 208 de Vivaldi, un huracán de tensión, de contrastes y de fuerza expresiva aderezado con todos los para mí molestísimos tics del "BarroKo radiKal". La Onofri ibicenca, vamos.


Pero también he llegado a un disco que me ha parecido maravilloso, por las obras y por la interpretación: Sinfonie a cinque, Op. 2 de Tomaso Albinoni por Chiara Banchini y el Ensemble 415. De la música poco les puedo decir, porque mi ignorancia sobre el compositor italiano es absoluta. Bueno, apuntaré que todavía se encuentra aquí presente el espítito Seicentista –lógico, la colección se publicó en 1700– al tiempo que va tomando forma el germen –no lo digo yo, lo dicen los especialistas– de lo que luego va a ser el género de la sinfonía.

En cuanto a la interpretación, solo soy capaz de señalar que estas sonatas a cinco están dichas con enorme cantabilidad y una sensualidad desbordante (¡pura Italia!), con ensoñación bien entendida sin que las tensiones aflojen, al tiempo que expuestas con apreciable depuración sonora –fugas muy bien delineadas– y apoyadas en un bajo continuo sencillamente exquisito en el que sobresale la tiorba de Evangelina Mascard. Se podía pedir, si acaso, algo más de vivacidad y de contrastes en alguno de los movimientos rápidos, pero aun así creo que el resultado es excelente. Por supuesto, la óptica es historicista: difícil traducir satisfactoriamente esta música de otra forma.

He disfrutado muchísimo, y por ello invierto tiempo en escribir estas lineas y recomendarles a todos ustedes la audición. 

lunes, 18 de noviembre de 2019

Sansón y Dalila en el Maestranza (II): una propuesta escénica irregular

Continúo con el Sansón y Dalila de Saint-Säens que vi el pasado día 16 en el Maestranza hablando de la vertiente escénica, una coproducción con el Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida dirigida por Paco Azorín. Al público sevillano de la noche del sábado le gustó poco: en cuanto el regista salió a saludar, la intensidad de los aplausos –que ya había menguado al salir el director musicaldescendió de manera muy apreciable e incluso se escucharon unos abucheos ciertamente localizados filas superiores de Principal, me parece, pero tampoco responsabilidad de una única persona. A mí la propuesta me desconcertó en el primer acto, me gustó mucho en el segundo y me irritó considerablemente el tercero. La verdad es que comparto parcialmente el cabreo, aunque no estoy seguro de que sea por las mismas razones que tenían los que abuchearon.


Soy de los que no consideran que “actualizar” a tiempos recientes la acción escénica o alterar la dramaturgia original no es en sí mismo ni bueno ni malo. Lo que importa es, por un lado, el valor dramático, ideológico, estético que tenga la idea que sirve como punto de partida; por otro lado, se encuentra el cómo está materializada esa idea, lo que tiene mucho que ver con el talento del regista de turno y de su equipo, como también con la manera en que dialoga esa idea con la partitura musical. El punto de partida de Azorín, que traslada el drama desde la Gaza veterotestamentaria hasta la actual, y por ende a los tristísimos enfrentamientos entre hebreos y musulmanes en Oriente Próximo, es hablar sobre xenofobia, marginación, totalitarismo religioso y rechazo al diferente en unos momentos en los que semejante tipo de reflexión es más necesaria que nunca: los lectores de mi blog ya conocen mi preocupación por el hecho de que más de tres millones y medio de españoles (10% de los electores, y nada menos que el 23% aquí en Jerez de la Frontera) haya votado al neofranquismo de VOX, convirtiendo a uno de los países más progresistas de Europa en uno de los que tienen una ultraderecha más fuerte en el Parlamento.


En realidad, el planteamiento es muy similar al de la producción que Carlus Padrissa y los chicos de La Fura dels Baus realizaron en Valencia en enero de 2016, precisamente con el mismo protagonista con que han contado las representaciones sevillanas, Gregory Kunde. Aquí mismo dejé mis impresiones, similares a las que me ha dejado la producción del Maestranza: muy buenas ideas de por medio, pero sin funcionar globalmente y con cosas que molestaban demasiado. Empezando por la resolución de la bacanal: si entonces sacaban a presuntos miembros del público, los desnudaban, los colgaban y los destripaban haciéndoles chorrear sangre por todo el escenario, en esta ocasión hacen danzar en ropa interior a los prisioneros, los vejan y los van degollando uno a uno. Pura provocación. No dialoga con la partitura, resulta innecesariamente repulsiva y no solo no nos hace tomar partido en contra de la violencia, sino que nos hace ponernos en contra del director escénico de turno. Es lo mismo que ocurría, por poner un ejemplo muy cercano, en la efectista y desagradable escena de las furias del Orfeo de Gluck que el sevillano Rafael Villalobos, otro narcisista interesado mucho antes en llamar la atención sirviéndose de la partitura que en construir algo interesante fuentes bien informadas me aseguran que acaba de destrozar nada menos que Winterreise, ofreció en el Villamarta el pasado mes de enero.

También la traslación temporal chirría de manera considerable, por una sencillísima razón: en la actual franja de Gaza, y dejando a un lado el terrorífico asunto de Hamas, es Israel el opresor antes que el oprimido. Azorín intenta conciliar esta realidad con el libreto y se forma un lío monumental. ¿Son los refugiados con que arranca la acción israelíes o palestinos? El regista afirma en el libreto que “buscan la libertad del pueblo hebreo”, pero las fuerzas represoras con las que seguidamente se enfrenta Sansón más bien parecen sugerirnos lo contrario. Luego los mismos personajes parecen ser palestinos, con Dalila entre ellos; la vestimenta del sumo sacerdote no deja lugar a dudas. Parece que por fin queda clara la identificación de unos con otros, pero eso no encaja con la realidad actual: ¿son acaso los israelíes unos refugiados que sufren el acoso del aparato represor de la potencia palestina? Transcurre el segundo acto sin sobresaltos en este sentido, pero cuando arranca el tercero una proyección nos informa de que Sansón es prisionero no de los filisteos, sino de su propio pueblo israelí (!), que considera que le ha traicionado al dejarse seducir por el enemigo. Minutos después llega la bacanal, y claro, de quien es reo el protagonista no es sino de los filisteos/palestinos. Estos invocan a Dagon matando a unos prisioneros que ya no se sabe muy bien lo que son, si lo uno o lo otro, aunque con esas capuchas sobre las cabezas más bien nos recuerdan a las infortunadas víctimas del mismísimo Estado Islámico. Cerrando la ópera, caen las gigantescas letras de ISRAEL que han servido como única escenografía del espectáculo, mientras que la reportera que ha ido filmando toda la acción y ha sido degollada minutos antes “resucita” cámara en ristre, como queriéndonos insinuar (¡qué sutileza!) que el conflicto sigue en pie y que no podemos permanecer impasibles ante los testimonios que de él nos llegan. Al menos Azorín no convierte, como sí hizo Padrissa, al viejo hebreo en un terrorista suicida, porque eso hubiera liado todavía más el asunto.


Dicho todo esto, hay que reconocer valores muy importantes en la producción. Azorín resuelve bastante bien la acción teatral, y saca un soberbio partido de la escenografía las referidas letras gigantes diseñada por él mismo. La iluminación de Pedro Yagüe es soberbia. La coreografía escénica de Carlos Martos de la Vega, responsable de mover no solo al coro sino también a una enorme masa de figurantes, funciona bastante bien. Y el diseño audiovisual de Pedro Chamizo sabe ser tan funcional como atractivo sin convertirse en molesto protagonista ni caer en el efectismo.

Asimismo, hay que destacar los interesantes perfiles psicológicos con que, en consonancia con la inteligente actuación vocal de Nancy Fabiola Herrera, se enriquece al personaje de Dalila, aquí menos cruel y más dubitativa de lo usual, probablemente enamorada de Sansón además de comprometida con el sufrimiento de su pueblo. Mucho menos partido se saca al protagonista masculino, quizá porque Gregory Kunde no es buen actor.

Bueno, ¿y qué opino del carácter “inclusivo” de esta producción, es decir, de la decisión de haber contado para la figuración con numerosísimas personas provenientes de colectivos de discapacitados y otros “marginados” sociales? A mí me parece una idea absolutamente maravillosa, y por ella hay que hay que felicitar tanto a Azorín como a Mérida y al Maestranza. Pero esto no hace mejores ni peores en lo artístico aunque sí más humanos, más comprometidos y más solidarios los resultados de esta producción escénica, a mi entender en exceso irregular.

PD: las magníficas fotografías vuelven a ser de Julio Rodríguez.

domingo, 17 de noviembre de 2019

Sansón y Dalila en el Maestranza (I): el triunfo del coro

Ando justo de tiempo. Permítanme dejar la producción escénica para la siguiente entrada y hablar ahora de la vertiente musical de la función de Samson et Dalila segunda de las tres programadas que tuve la oportunidad de disfrutar anoche en Sevilla. Y que empiece por donde es de justicia hacerlo, destacando el enorme triunfo del Coro de la Asociación de Amigos del Teatro de la Maestranza y de su director Íñigo Sampil. Son muchísimas ya las representaciones operísticas que llevo escuchadas a este grupo de señores y señoras con quienes no guardo la menor relación personal, dicho sea por si las moscas, y puedo asegurar que este ha sido el mayor de sus triunfos. Pocas veces les he escuchado cantar tan homogéneos, empastados y bien afinados. Y pocas también las ocasiones en las que se han enfrentado a una partitura con intervenciones tan largas y decisivas como esta de un Saint-Säens que pensó primero en oratorio y después en ópera. Respirando con holgura gracias a los tempi lentos marcados por Jacques Lacombe desde el foso después volveré sobre la batuta, nos ofrecieron intervenciones todas ellas formidables; entre ellas quisiera recordar la increíblemente hermosa que las voces masculinas realizaron de “Hymne de joie, hymne de déliverance”, que quizá marcó el punto más alto de una representación de buen nivel musical, aunque no exenta de desigualdades.
 

Estas vinieron ante todo por parte del referido Lacombe. El maestro canadiense, ya lo dije antes, optó por tempi deliberados que permitieron a la música respirar con amplitud, bucear en las atmósferas y recrearse en las hermosísimas melodías que trufan la partitura. Por otra parte, acertó en la esencia de “lo francés” gracias a un fraseo mórbido y a una sonoridad difuminada de colores rebosantes de sensualidad. Pero desdichadamente desatendió algo tan fundamental como la tensión interna: su lectura resultó un tanto flácida nada que ver con la lentitud: escúchese a Barenboim, escasa de fuelle, poco contrastada y ajena a la garra dramática imprescindible en determinados números. Tampoco hubo suficiente brillantez: la bacanal quedó desdibujada. A la postre, un trabajo no desdeñable pero sí a medio camino.


Fue un lujo para el Maestranza contar con Gregory Kunde, una de las pocas figuras que hoy “pueden” con el rol de Sansón, para el que sencillamente no hay voces o, si las hay, cantan de manera pedestre. Cierto es que el tenor norteamericano ya es mayor, que su instrumento ha perdido esmalte, que evidencia desigualdades aunque su zona central, es curioso, la he encontrado mejor que en otras ocasiones y que tampoco es el colmo de la expresividad, pero no es menos verdad que su canto está marcado por una técnica tan ortodoxa como sólida una suerte que venga del belcantismo y que dice sus frases con gran clase e irreprochable gusto.

 

Nunca entenderé por qué Nancy Fabiola Herrera no despierta entre otros aficionados el entusiasmo que a mí me suscita casi siempre. De acuerdo con que haya por ahí voces de mezzo más personales y suntuosas, también con que hubo en su labor de ayer sábado algún agudo gritado circunstancia que no pasa de lo anecdótico. También estoy de acuerdo, y esto sí que resulta relevante, que su voz no es en absoluto la de Dalila. ¡Pero menudo Arte, con mayúsculas, el de esta señora! Por todo: elegancia, fraseo mórbido y sensualísimo, atención a los acentos, equilibrio entre belleza canora y expresividad… Comprende además al personaje en toda su complejidad, léase humanidad, sin vulgarizar su potencia sexual ni potenciar en demasía su sed de venganza. No es su Dalila una bruja, sino una mujer que se mueve entre el deseo, el sacrificio por sus ideales y la rebeldía. Por si fuera poco, la grancanaria es una señora despampanante que, embriagadora mujer y soberbia actriz, llena el escenario con su mera presencia. Bravísima.

 
Una sorpresa el joven ubetense Damián del Castillo, al que debo de haber escuchado muchas veces sin que ahora mismo logre situarle del todo. Digo lo de sorpresa porque menuda voz de barítono sólida, homogénea, robusta en el grave, riquísima en armónicos tiene este chico. ¡Y qué buena técnica! Su sumo sacerdote se mostró, además, por completo entregado en lo expresivo. Si se anda con prudencia y no baja la guardia, gran carrera la que tiene por delante. Alejandro López y Francisco Crespo, Abimelech y viejo hebreo respectivamente, se movieron a nivel muy digno.

De la puesta en escena de Paco Azorín, tan bienintencionada como llena de contradicciones, espero hablar en la próxima entrada. Mientras tanto, les recomiendo encareridamente que vean las maravillosas fotos realizadas por Julio Rodríguez, que como siempre me permite usar algunas de ellas en este pequeño rincón de la red.

viernes, 15 de noviembre de 2019

Sansón y Dalila por Barenboim

No, no voy a dejar que este blog muera por culpa de algunas personas que han hecho oir su VOX para acusarme de cosas absolutamente inadmisibles. Por eso mismo me decido a escribir una entrada sobre la grabación que he escuchado hoy: Sansón y Dalila de Saint-Säens en la grabación de Deutsche Grammophon que en 1978 dirigió Daniel Barenboim, quien precisamente hoy viernes 15 de noviembre cumple 77 años y en estos días se prepara para encabezar unas representaciones de este bellísimo oratorio, perdón, de esta bellísima ópera, con las huestes de su Staatsoper berlinesa. Mañana sábado, por cierto, espero escucharla en directo en el Teatro de la Maestranza.


Este registro fue el primero que conocí. Hacía muchísimos años que no lo escuchaba, y debo decir que ahora me ha causado una impresión todavía mayor que la de entonces. Ante todo por la sensacional dirección que al frente de la Orquesta de París, de la que por entonces era titular, ofrece un Barenboim interesadísimo por la parte espiritual, religiosa si se quiere, de una partitura que alcanza mucha más profundidad de la que aparenta. También es capaz el maestro de desplegar una sensualidad y un erotismo de la mayor graduación y que, aun sin esa levedad que generalmente asociamos con "lo francés", enlaza perfectamente con lo que esta música necesita. Todo ello lo consigue fraseando con enorme delectación, respirando con verdadero sentido melódico cada una de las frases y atendiendo especialmente a la creación de atmósferas. Claro que también encontramos aquí, cuando llega la parte "operística" de la partitura, al Barenboim más característico, el dramático e inflamado, aunque controlándose a sí mismo gracias a una enorme concentración interior. Tampoco falta brillantez precisamente: la Bacanal resulta arrebatadora sin dejar por ello, como en toda la obra, de trabajar a la orquesta con la máxima depuración sonora.

Plácido Domingo no es el cantante más idiomático posible para  el repertorio francés, ni en el rol de Sansón posee esos acentos lacerantes de los que hacía gala Vickers, pero es difícil resistirse ante su hermosísima voz llena de carne, ante su musicalidad extrema y ante su temperamento al mismo tiempo ardiente e introvertido. Su actuación va de menos a más: algo plano en el primer acto, notable en el segundo y portentoso en el tercero, que es en el que puede lucir más ricas inflexiones expresivas: reconozcamos (¡qué le vamos a hacer!) que su parte no es la más inspirada de la partitura.

La de Dalila sí que alcanza la excelsitud, eso por descontado. Espero que me perdonen ustedes que no me entusiasme aquí Elena Obraztsova: su voz es suntuosa y muy adecuada para las exigencias del rol (¡imprescindible no quedarse corta por abajo!), pero su emisión típicamente eslava la veo inconveniente en este papel, su dicción es ininteligible y su conexión con el personaje resulta solo parcial. La suya me parece una mujer voluptuosa pero no del todo sutil ni seductora. No la encuentro lo suficientemente erótica. Sea como fuere, hay mucho que admirar y que disfrutar en su actuación.

Algo parecido me pasa con Renato Bruson: le admiro muchísimo en otros repertorios pero aquí, aun estando muy bien hay frases sutilísimas, no me parece que nos ofrezca lo mejor de sí mismo. El Coro de la Orquesta de París me ha parecido formidable, lo mismo que la toma sonora. A la postre, un registro operístico de primera magnitud, muy especialmente por la batuta. Feliz cumpleaños a Don Daniel.

sábado, 9 de noviembre de 2019

Hay que frenar a VOX

VOX es un monstruo. Es el MAL, con mayúsculas. El MAL normalizado, cotidiano, aceptado y hasta aplaudido por nuestros familiares, amigos y compañeros de trabajo. Colándose por las rendijas de la democracia –muy imperfecta, y por ende con numerosas grietas– con la intención de destruirla. Los regímenes totalitarios nunca se han impuesto exclusivamente haciendo uso de la fuerza. A veces, incluso, esta no les ha sido necesaria. Han ido cangrenando poco a poco los diferentes estratos de la sociedad aprovechando las insuficiencias del sistema, recurriendo a las consignas más primarias (NOSOTROS frente a ELLOS, la PATRIA, etc.), manipulando la realidad –la historia pasada y el presentemediante análisis tendenciosos y, sobre todo, nutriéndose del miedo. Miedo a lo que es "de fuera", miedo a "lo distinto", miedo a que en un contexto de crisis tengamos que ser solidarios en lugar de velar cada uno por "lo nuestro". No hay que irse demasiado atrás, no es imprescindible mirar a Hitler. Basta con observar a nuestro alrededor: Trump, Putin, Le Pen, Brexit... Sí, también Quim Torra. Todas estas caras, aun con obvias diferencias entre sí, son manifestaciones del mismo fenómeno.

Mañana domingo los españoles nos la jugamos. Son miles de personas a nuestro alrededor las que van a votar a VOX, partido al que en modo alguno podemos blanquear. Nunca han ocultado su marcado carácter neofranquista. Su machismo, su homofobia, su racismo y su xenofobia. Tampoco su profunda insolidaridad. Ni su deseo de imponer ideas, aun disfrazándolo de todo lo contrario: su defensa de "la libertad" no es sino el deseo de censurar determinadas maneras de pensar o de comportarse. Las últimas encuestas, realizadas presuntamente desde Andorra, le otorgan un espeluznante número de escaños a los neofascistas.

La manera más inmediata de frenar su avance –pararles "de verdad" es mucho más complicado– es ir a votar mañana. Y votar a la izquierda, nos convenzan mucho o poco esos partidos y sus respectivos líderes. Nadie puede mirar hacia otro lado y hacer como el que no se da cuenta: meter la papeleta de Ciudadanos o del Partido Popular es darle alas al monstruo. Muchos de ustedes lo harán, aun así. Me gustaría que reflexionaran un par de veces antes de decidirse. Por eso escribo estas líneas, y por eso mismo copio y pego en este blog un texto –abiertamente más lúcido y certero que el mío redactado por Cibrán Sierra Vázquez. Lo he encontrado en el Twitter de Antonio Moral a través del de Juan Pérez Floristán, dos de las pocas personas del ámbito de la música culta a las que estoy viendo "mojarse" en esta cuestión, nada más y nada menos que la preservación de los valores más admirables de nuestra civilización. ¡Bravo por ellos!



TEXTO DE CIBRÁN SIERRA VÁZQUEZ

Queridos amigos y amigas,

vuelvo a Facebook una vez más porque no puedo quedarme callado. Porque no dispongo de otro medio para compartir públicamente mis pensamientos y, dada la coyuntura actual, no puedo confinarlos al inútil ámbito de lo privado.

Este domingo nos jugamos mucho. Mucho más de lo que pensamos. Mucho más que un parlamento, mucho más que un gobierno. Nos jugamos la normalización de la barbarie. Arriesgamos que un grupo político que sin tapujos desprecia el pluralismo político, la diversidad cultural, racial, religiosa, sexual y lingüística, la libertad de prensa y asociación, y el derecho a la desobediencia civil –bases todas de una auténtica democracia– se valga de esa misma democracia que en el fondo detesta para acceder a las instituciones y desde allí dinamitar los derechos y libertades que a tantas generaciones costó conseguir. Es deber de toda la ciudadanía que verdaderamente valora la democracia no tolerar a los que se sirven de ella, como parásitos, para insultarla y sabotearla desde dentro. Es deber de cada uno de nosotros no permitir que se vuelva normal, como ocurrió hace un siglo, que por vías democráticas accedan al poder los que acabarán por minar la libertad, la igualdad y la fraternidad que dan sentido a una convivencia civilizada. No podemos olvidar la historia de Europa. Recordemos lo que ocurrió. Mirando hacia otro lado, relativizando al monstruo, sólo se le alimenta de manera irreversible. La apatía y la indiferencia son el alimento fundamental del fascismo.

Por eso, no importa que seas republicano o monárquico, socialdemócrata o liberal, progresista o conservador, creyente o ateo, autonomista o centralista, independentista o federalista… cuando la decisión es entre democracia o barbarie, todas esas líneas, otrora importantes, se trasladan a un segundo plano.

Y precisamente por eso, este domingo hay que ir a votar. Hay de derrotarles con el arma que más detestan… las urnas. La sinrazón sólo se derrota con la fuerza de la razón. Por eso, en estas últimas horas, en casa, en el trabajo, con los amigos, con la familia, en las redes sociales y por todos los medios posibles, los que amamos la democracia, los que respetamos el esfuerzo de tantas generaciones por dejarnos una sociedad europea libre, pacífica, plural, abierta, ilustrada y civilizada, debemos activarnos para concienciar a los demás de lo importante que es ir este domingo a votar, en conciencia, por una opción que rechace frontal y rotundamente a quienes jamás aceptarán a quienes no sean o piensen como ellos, a quienes sólo quieren servirse de nuestra tolerancia para implantar la intolerancia.

Comparte este texto, si quieres, o escribe el tuyo propio, pero no te quedes inmóvil, ni pienses por asomo que la democracia, como sistema, se protege por sí misma. La democracia sólo la protegen y sólo la pueden salvar los auténticos demócratas. Normalizar y aceptar la barbarie, como una opción más, permitir que se instalen en el sistema y lo fagociten paso a paso es abrir las puertas a un proceso que puede resultar irreversible. Y cuando sea demasiado tarde, de nada servirá lamentarnos.
Pues eso!!! 👍

Texto de Cibrán Sierra Vázquez

jueves, 7 de noviembre de 2019

Motivos musicales para temer a VOX

Lo siento, no me he podido resistir.


PD. Para quienes no son de aquí, VOX es el partido fascista, xenófobo, racista, homófobo, machista y, en definitiva, ultraderechista, que amenaza con ascender peligrosamente hasta el tercer puesto en las elecciones generales del próximo domingo. Y luego nos preguntamos por qué "gente normal" votó a Hitler...

domingo, 3 de noviembre de 2019

Un descanso

Me gustaría escribir sobre muchas cosas. Ahora mismo me apetece hacerlo sobre Henry Mancini, sobre Franz Joseph Haydn y sobre Anton Webern, compositores a los que últimamente les dedico bastante tiempo de audición. También quisiera publicar de una vez mis comparativas sobre la Cuarta y la Quinta de Mahler, sobre la Sinfonia del Nuevo Mundo o sobre el Concierto para orquesta de Bartók, entre otras muchas que tengo ya más o menos completas. Pero no puede ser. Este blog consume considerable tiempo y esfuerzo, y ha llegado el momento en el que necesito otro descanso.

No escribo estas líneas para llamar la atención. Las dejo para obligarme a mí mismo a no tocar este blog durante un mes como mínimo, con la única excepción de la crónica que confío en escribir sobre el Sansón y Dalila que se verá en el Teatro de la Maestranza. Sí que intentaré atender dentro de lo posible a los mensajes que me puedan llegar (salvo a los del pesadísimo de Úbeda, que se piensa que no le hemos reconocido). Pero nada más voy a hacer por aquí, porque la vida tiene otros muchos aspectos que atender y ahora mismo necesito concentrar mis esfuerzos en algunos de ellos. Confío en reencontrarles dentro de algunas semanas.


sábado, 2 de noviembre de 2019

Shostakovich tardío para los Difuntos

Para un día tan triste como hoy –más aún con el tiempo que hace aquí en Jerez–, nada mejor que música fúnebre. Yo me he llevado toda la mañana con cuartetos tardíos de Shostakovich. Y ahora les propongo a ustedes escuchar el último de ellos, el nº 15, el de los seis adagios consecutivos. Espectral y mortuorio en grado extremo. Les sugiero este audio que se encuentra en YouTube, el de la grabación de 1979 del Cuarteto Borodin para Melodiya.




La interpretación es escalofriante. Pero mucho ojo: aunque el fraseo ofrezca una concentración extrema, no es esta una lectura ante todo lenta y fantasmagórica ante todo, sino terriblemente tensa, doliente, rebelde y alejada de toda resignación. Nada hay de blandura ni de quejumbroso, sino todo lo contrario. Los gritos de desesperación del primer violín, Mikhail Kopelman, son estremecedores, lacerantes a más no poder. Ni que decir tiene que la sonoridad del cuarteto no es nada romántica, sino puramente shostakoviana. En fin, toda una experiencia.

viernes, 1 de noviembre de 2019

Barragán, Stadler y Pérez Floristán en el Villamarta

Ya he escrito sobre ellos en varias ocasiones, pero voy a insistir una vez más: Pablo Barragán (Marchena, 1987) y Juan Pérez Floristán (Sevilla, 1993) no son dos chavales de por aquí que lo hacen estupendamente y a los que hay que prestarles la debida atención. Son dos músicos de técnica superlativa que ya han alcanzado plenamente una primera madurez artística y que pueden codearse sin problemas con las más grandes figuras a nivel mundial.

En los comentarios a su disco con música de Brahms y a su recital en el Maestranza del pasado diciembre con música del hamburgués y de Robert Schumann ya dejé bien claro los prodigios que estos dos jóvenes pueden hacer juntos o en compañía de otros. En aquellas dos ocasiones contaron con la colaboración de Andrei Ioniţă. Ayer 31 de octubre en el Teatro Villamarta ofrecieron Mozart, Beethoven y nuevamente Brahms con un violonchelista diferente: Alexey Stadler (San Petersburgo, 1991), un señor de currículo considerable que a mi entender encaja estupendamente con las maneras de hacer de sus dos compañeros. A despecho de alguna inseguridad en Mozart, el ruso tocó muy bien, fraseó con enorme naturalidad y dialogó de maravilla. Pero bueno, ¿cuál es la estatura real del artista? Aquí podemos echar mano del disco para hacernos una idea: si nos limitamos al Trío op. 11 beethoveniano, Stadler no alcanza a la intensísima Jacqueline Du Pré (con De Peyer y Barenboim), pero convence bastante más que el blando Heinrich Schiff (con Meyer y Buchbinder). Creo que contar con Stadler ha sido no solo un acierto, sino también un privilegio. Y ahora, vamos a por las interpretaciones.

En su monólogo antes de empezar el concierto –el sevillano suele dirigirse bastante al público, siempre derrochando inteligencia–, Pérez Floristán reivindicó a Mozart como autor eminentemente operístico en su concepto. Decir que “solo compuso óperas” puede parecer exagerado, pero no le falta buena parte de razón. Y bien que lo demostraron él y sus colegas con una interpretación del Trío Kegelstatt –en su versión con violonchelo en lugar de viola– vitalista, contrastada y teatral a más no poder. Nada que ver con ese Mozart ligero en el peor de los sentidos, equivocadamente frágil e irritantemente “bonito” que con frecuencia tenemos que soportar, aunque tampoco optaron por densidades fuera de tiesto. Fue la suya una lectura ágil mas no nerviosa, tan valiente como sensata en los claroscuros, intensísima pero siempre bajo control, y (¡sobre todo!) fraseada con ese peculiar sentido del canto al que hacía referencia el pianista.

El Trío Gassenhauer op. 11 de Beethoven es considerado por algunos expertos como una de las peores páginas de Beethoven. No estoy de acuerdo; si hay algo vulgar, eso es el tema de Joseph Weigl que da pie a las variaciones del tercer movimiento. Nuestro artistas ofrecieron una interpretación maravillosamente inmadura de la obra. Me explico: mientras algunos podemos preferir una visión más “honda” y reposada de la partitura, nuestros artistas se limitaron a ver en las notas una obra juvenil y la abordaron con un verdadero derroche de adrenalina. Con rapidez, con nervio y con garra, pero también dejándose llevar por la vertiente más espectacular de la música: por momentos, el pianista parecía estar tocando la música de un dibujo animado. Lo que pasa es que lo hicieron todos con tal entrega y convicción, que engancharon de principio a fin en los movimientos extremos, mientras que en el segundo Pablo Barragán hizo gala de esa cualidad especial de su clarinete para imitar el habla humana, Stadler cantó con enorme sensibilidad y Pérez Floristán supo ofrecer detalles de verdadera exquisitez sin rozar siquiera el narcisismo.

En cuanto al sublime Trío Op. 114 de Brahms, nada nuevo con respecto al disco y el vivo en Sevilla salvo el reemplazo de Ioniţă por Stadler. Pero ahí siguieron, yo diría que todavía con un mayor grado de intensidad gracias a la referida sustitución, ese arrebato a punto del desbordamiento, esa tensión prodigiosamente planificada en el discurso horizontal, ese carácter dramático y sustancialmente sinfónico –de nuevo reveladoras las palabras previas del pianista– de la escritura brahmsiana y, desde luego, esa capacidad para ver en la música mucho antes emoción que belleza sonora. O expresado con mucha mayor propiedad: para ver en la belleza no un fin en sí mismo, sino un medio para expresar.

Una propina de Ginastera –arreglo del propio Pérez Floristán– que permitió al clarinetista ofrecer preciosos difuminados cerró una velada en la que el público, mucho más abundante de lo que se podía esperar, aplaudió con merecidísima intensidad.