Un cajón de sastre para cosas sobre música "clásica". Discos, conciertos, audiciones comparadas, filias y fobias, maledicencias varias... Todo ello con centro en Jerez de la Frontera, aunque viajando todo lo posible. En definitiva, un blog sin ningún interés.
Tal vez sea este: los Adioses de Wotan –final de La walkiria– en versión de George London, Hans Knappertsbusch y Filarmónica de Viena en registro de excelente sonido estereofónico realizado por Decca en 1958.
Lo es sobre todo por la dirección de un Kna que sabe conjugar grandeza trágica, ternura, congoja, y sensualidad con una convicción expresiva y una intensidad apabullantes, pero sin renunciar a la más excelsa belleza sonora. En este sentido, y aunque la formación vienesa no hubiera alcanzado por aquellas fechas la excelsitud técnica que le conocemos, la inconfundible tímbrica de la orquesta aporta unas cualidades muy especiales. ¡Y qué manera tiene el maestro de hacer que sus violonchelos canten, en su versión orquestal, aquello de “Der Augen leuchtendes Paar”! A uno se le caen las lágrimas, literalmente. Ni que decir tiene que la riqueza tímbrica es apabullante, que la claridad está muy conseguida –soberbio trabajo de los ingenieros de Decca– y que todo el fraseo está presidido por una enorme concentración que permite llegar hasta un final absolutamente mágico.
A London lo encuentro un poco engolado, pero el bajo-barítono canadiense da una verdadera lección no ya de estilo, que también, sino de comprensión del personaje. Aquí está Wotan en todas sus facetas, del más autoritario al más profundamente humano, por no hablar de la nobleza de su línea de canto. Lo dicho: si no es este el mejor Wagner "de estudio", poca competencia debe de tener.
Cuando el sello MCA pasó a compacto la Octava de Bruckner por Hans Knappertsbusch y Filarmónica de Múnich registrada en estudio en 1963 –revisión de 1892, a la que el maestro siempre se mantuvo fiel–, en las páginas de Ritmo –cuando era una revista más o menos serie, no el bochornoso publirreportaje en que hoy se ha convertido– la persona a la que le tocó comentar el disco concluyó la reseña escribiendo que “afortunadamente, ya no se dirige a Bruckner así”. Al poco tiempo, Ángel-Fernando Mayo replicó con burlas defendiendo a Kna. Yo tenía enorme estima al llorado experto wagneriano –se la sigo teniendo–, así que compré el doble CD. Me dejó más bien tibio.
Han pasado los años y muchas horas de audición de música bruckneriana. Ahora pienso que el crítico de Ritmo tenía razón. También que Mayo, como cualquier hijo de vecino, caía en los mismos prejuicios en los que caemos todos; en este caso, una muy considerable sobrevaloración de Hans el Rubio como director sinfónico. ¿Es mala esta Octava? Ciertamente no, y de hecho tiene virtudes importantes: un fraseo muy natural, ese sonido aterciopelado característico en el maestro –y eso que la orquesta no es precisamente la Filarmónica de Viena– y una espiritualidad muy hermosa y en absoluto meliflua. El problema es que Kna no solo se desinteresa por la vertiente dramática y visionaria de la obra (¡fundamental!), sino que se muestra incapaz de adecuar la adecuada tensión sonora a la complicada arquitectura de la página. Como consecuencia, pese a que aquí y allá realiza aportaciones personales de relativo interés –hermosos reguladores, ritenutos y ralentizaciones algo efectistas–, demasiados pasajes resultan flácidos, mortecinos, escasos de garra, y la interpretación termina siendo deslavazada e incluso aburrida.
Ya pueden ustedes imaginar las Octavas que a mí más me gustan: la “cañera” de Jochum de Hamburgo –lejos del ideal, pero absolutamente a conocer–, las de Giulini, las de Celibidache, las de Barenboim y, por encima de todas, la mítica filmación de Karajan en San Florián. A ver si pronto puedo presentar una discografía comparada.
Por estas fechas suelo traer a este blog alguna versión de El cascanueces, la última de las cuales fue la muy notable de Dudamel. En esta ocasión he decidido prescindir del ballet completo para decantarme por una comparativa de las suites. No hace falta decir que solo he podido escuchar unas pocas de las muchísimas grabaciones que existen, aunque quizá sí sea necesario recordar que eso de las puntuaciones del uno al diez no es más que una convención para entendernos. Ni esto es un concurso ni yo soy un profesor de conservatorio. ¡Feliz Navidad!
1. Celibidache/Filarmónica de Londres (Decca, 1948). Decepciona el joven Celi –treinta y seis años– en una obertura pimpante y frivolona, como también en un Vals de las flores discutible en su planteamiento agógico, pero acierta por completo en el resto de las piezas, llenas de frescura y de animación, además de expuestas con trazo depurado y apreciable energía, lo que no impide al maestro remansarse en una danza árabe de perfume embriagador. Eso sí, poco que ver con lo que el rumano hará cuarenta y tres años (!) más tarde. (8)
2. Toscanini/Sinfónica de la NBC (RCA, 1951). El de Parma fue con frecuencia un músico de fraseo seco, rítmica machacona y alicorta inspiración, pero lo cierto es que su desarrollado sentido del humor incisivo y un punto agrio –ahí está su magnífico Falstaff–, unido a la incuestionable electricidad y sentido teatral de su batuta, le hacen acertar en buena parte de los números de esta música deliciosa. Y lo hace particularmente en los dos primeros, dichos con frescura y entusiasmo, como también en la danza china. La árabe no posee magia ni sensualidad –conceptos estos ajenos al universo toscaniniano–, pero funciona con más que corrección. La de los mirlitones podría estar más matizada, si bien posee la suficiente retranca; quizá ayude la nasalidad de las maderas de la orquesta neoyorquina, que por lo demás no puede ocultar su alarmante mediocridad. En la danza del Hada del azúcar y en el Vals de las flores, por desgracia, hace su aparición el Toscanini más lineal, grosero e insensible. (7)
3. Karajan/Philharmonia (EMI, 1952). Un auténtico placer descubrir que Karajan, a sus cuarenta y cuatro años, se mostraba bastante más centrado en esta música que en ocasiones posteriores. También menos personal, o al menos con más ganas de ser ortodoxo. La obertura y la danza árabe está dichas con sensualidad y adecuadamente paladeadas. La marcha y la danza rusa, llenas de fuerza, aunque también en exceso rápidas y lineales. Muy divertidas y atentas al recochineo de las maderas la danza árabe y la de los mirlitones. Expansivo y voluptuoso el Vals de las flores, antes que impregnado de magia poética. Delicada sin preciosismos el Hada del azúcar. Aunque en líneas generales se pueda ofrecer mayor riqueza en matices y personalidad, el propio Karajan demostrará en el futuro que hacerlo puede ser para peor. Correcto sonido monofónico. (8)
4. Beecham/Royal Philharmonic (EMI, 1954). En los dos primeros números el baronet se toma las cosas con calma, procurando paladear la música, pero el resultado es más bien pesadote y carece de gracia. En las dos siguientes las cosas funcionan con mera corrección. La danza árabe está llevada con prisas y carece de poesía. Sorprendentemente, danza china y mirlitones son un hallazgo: tratadas con lentitud pero esta vez para bien, rebosan mala leche y humor negro, anticipando en cierto modo lo que hará muchísimos años después Barenboim en su filmación del ballet completo. El Vals de las flores estaría francamente bien si no fuera porque Sir Thomas lo remata de manera desafortunada. Toma monofónica decente sin más. (7)
5. Malko/Philharmonia (EMI, 1955). Sin ser particularmente personal ni creativo, el maestro ucraniano ofrece una interpretación muy bien paladeada y desmenuzada, lenta pero de pulso sostenido, mucho antes lírica que extrovertida, pero en cualquier caso muy centrada en lo expresivo, rica en colorido y con apreciable encanto. Sonido estéreo muy bueno para la época. (9)
6. Markevitch/Philharmonia (Testament, 1959). Optando por tempi rápido y un colorido muy ruso, Markevitch hace una demostración de cómo la fuerza, la brillantez, la sana rusticidad y el entusiasmo no están reñidos con la frescura, la luminosidad, el encanto y el cuidado en la planificación. Por desgracia pinchan la danza Árabe y el vals, demasiado rápidos y sin toda la delectación debida. Trepidante y arrebatadora la danza rusa, y con mucho sentido del humor la de los mirlitones. Sonido magnífico para la época. (8)
7. Bernstein/Filarmónica de Nueva York (Sony, 1960). Interpretación llena de frescura, de animación y de sentido del humor, pero no muy paladeada ni llena de matices, a veces apresurada –danzas china y oriental–, en general dicha de cara a la galería, sin profundizar en ella. El Vals de las flores arranca con un solo de arpa más bien basto y luego está llevado con un aire festivo sin sensualidad valsística. (7)
8. Knappertsbusch/Filarmónica de Viena (Decca, 1960). Hans el Rubio ofrece una interpretación maravillosamente paladeada, expuesta con claridad meridiana, atenta al color y a la expresión de cada línea melódica, llena de gracia y de picardía como también de sensualidad, quizá algo más delicada de la cuenta en el Hada del azúcar, pero en cualquier caso muy certera en el espíritu de la página. Lástima que, decidido a seguir al pie de la letra la indicación allegretto de la danza árabe, se pierdan el misterio y la magia poética que esa pieza necesita. (9)
9. Karajan/Filarmónica de Viena (Decca, 1961). Solo un año después de la maravillosa versión de Kna, la formación austriaca vuelve a la carga con resultados muchos menos felices por culpa de un Karajan que ya es aquí plenamente Karajan, más para lo malo que para lo bueno. Introducción algo pesadota y sin mucha gracia, marcha muy bien expuesta pero no muy centrada en la expresión, Hada del azúcar pimpante y caprichosa –las maderas apenas se oyen–, danzas características dichas de manera un tanto lineal o pasando un tanto de largo… El cachondeo de la Danza china está bien, pero a la postre el salzburgués solo parece encontrarse a gusto en el Vals de las flores, cuando puede desplegar todo su sentido de la opulencia sonora haciendo cantar a la maravillosa cuerda vienesa. Tampoco la toma sonora ayuda mucho, desequilibrada en los planos y con demasiada distorsión para los oídos de un oyente actual, incluso en el Blu-ray Pure audio. (7)
10. Ormandy/Orquesta de Filadelfia (Sony, 1972). Interpretación bienhumorada, dicha con desparpajo, en la que sobresale una obertura miniatura lenta, soberbiamente expuesta y poseedora de la perfecta mezcla entre calidez, ternura y encanto sin cursilería. La marcha, por el contrario, es rápida –quizá en exceso– y efervescente. La danza del hada del azúcar, espléndida, incluye la coda final que tiene en el ballet. Irreprochables las danzas rusa, árabe y china. La de los mirlitones, demasiado rápida. Sorpresa desagradable en el Vals de las flores, interpretado con el fuego y la voluptuosidad adecuadas, pero con una seria modificación en la partitura: en las dos veces que se hace la repetición del tema principal, Ormandy sube de tono el mismo. La toma sufre distorsiones. (7)
11. Stokowski/Filarmónica de Londres (Philips, 1973). Tras una introducción animada y con gracia que parece anunciar que el maestro quiere ofrecer lo mejor de sí mismo, Stokowski comienza a hacer de las suyas, sobre todo con una marcha de una rapidez que resulta un verdadero disparate: a la orquesta le cuesta trabajo seguirle, y pese a su virtuosismo llena a sonar embarullada. Igualmente deplorable un Hada del azúcar que no es solo el colmo de las libertades y los más antimusicales caprichos en el fraseo, sino que además presenta en su arranque unas figuras de la cuerda que son añadido de la batuta a la orquestación original. Las danzas características se muestran bastante más centradas en la expresión, aunque don Leopoldo las adorna aquí y allá con amaneramientos varios. El Vals de las flores resulta rígido, marcial incluso –timbales en exceso marcados– y con muy poco encanto. La toma sonora, eso sí, es un verdadero milagro. (4)
12. Ozawa/Orquesta de París (Philips, 1974). Adoptando unos tempi más bien amplios –decididamente lenta la obertura– y valiéndose de una técnica de batuta descomunal, un Ozawa de treinta y ocho años consigue diseccionar el entramado orquestal de esta obra con una claridad pasmosa, haciéndolo además con ese enorme refinamiento y ese riquísimo sentido del color que le caracterizan, todo ello para entregarnos una lectura que es una reivindicación del Tchaikovsky más amable, elegante y sensual, el más poético y embriagador (¡formidable la danza árabe!), pero sin rastro de blandura ni de narcisismo. Se podrán echar de menos acercamientos más briosos y de humor más irónico, pero en su línea digamos que más francesa que rusa –ideal la orquesta parisina para las maneras de Ozawa– el resultado es formidable. Solo decepciona el Vals de las flores, entusiasta pero escaso de voluptuosidad. La toma sonora es francamente suena para estar realizada en la complicada Sala Wagram. (9)
13. Rostropovich/Filarmónica de Berlín (DG, 1978). Puede que la obertura resulte un poco pimpante, pero el resto es una verdadera maravilla. Por todo, empezando por la ejecución, continuando por la claridad, el sentido del color y la naturalidad del fraseo, y terminando por la enorme inspiración de una batuta emocionante, sincera, luminosa y también de enorme cantabilidad, que sabe matizar con creatividad y compromiso ofreciendo el mayor aliento poético posible, todo ello sin recrearse lo más mínimo en la belleza sonora ni en el músculo de la orquesta de Karajan. A destacar los maravillosos rubatos de la madera en el Hada del azúcar y los incandescentes violonchelos de un Vals de las flores memorable. La toma sonora fue siempre espléndida, pero la reciente remasterización en HD y una audición en el mismo formato recupera los agudos –incluyendo el siseo de la cinta– que se habían perdido en las dos encarnaciones en disco compacto. (10)
14. Mehta/Filarmónica de Israel (Decca, 1980?). Interpretación fresca, extrovertida, con garra y su adecuado punto de humor. También ofrece una buena dosis de concentración y de sensualidad en la danza oriental, además de brillantez y trazo claro. Falta, en cualquier caso, un punto de imaginación, atención al detalle y personalidad, algo en lo que Mehta nunca ha brillado especialmente. El Vals de las flores resulta poco ensoñado o sensual, pero sí muy impulsivo y apasionado. (9)
15. Mravinski/Filarmónica de Leningrado (CD Philips y DVD Dreamlife, 1982). En lugar de interpretar la suite tradicional, el mítico director ruso ofrece los veintidós minutos finales del primer acto del ballet –prescinde del coro de niños, que en sus primeras frases es sustituido por los oboes–, añade el maravilloso paso a dos del segundo acto y termina con el último número de la partitura. Y lo hace de una manera muy personal: Mravinsky obvia lo aspectos más amables de esta música, aporta toda tensión dramática todo lo posible y alcanza clímax de insólita incandescencia. La peculiar sonoridad de la orquesta, con esos metales broncos y poco empastados propios de la era soviética, contribuye a subrayar la singularidad de los resultados, que globalmente son interesantísimos salvo en el vals conclusivo, un tanto rígido y machacón. La delicada coda, sin embargo, se encuentra muy conseguida. El DVD tiene sonido monofónico, no así el CD. (9)
16. Marriner/Academy of S. Martin in the Fields (Philips, 1982). Desmintiendo su fama de director más bien sosaina en este repertorio, Sir Neville ofrece una interpretación efervescente, bulliciosa y refrescante, que rebosa de chispa y sentido del humor sin descuidar la sensualidad en la danza árabe y, por descontado, desplegando la depuración sonora esperable en él y sus chicos. Lástima que flojee el Vals de las flores, impetuoso pero un tanto rígido. La toma fue la mejor hasta ese momento, y aún hoy sigue resultando espléndida. (9)
17. Karajan/Filarmónica de Berlín (DG, 1982). En la última de sus
grabaciones aparece el Karajan más depurado en lo sonoro. También el más
lírico y elegante en la expresión, el más equilibrado, muy lejos de la
excesiva efervescencia de algunos números de su registro de 1952 y
sustituyendo el pícaro sentido del humor de entonces por otro más
amable, pero en cualquier caso ofreciendo belleza sonora y magia poética
como solo él sabía hacerlo. Pero hay dos problemas. El menor, una
tendencia al amaneramiento y a la blandura que es marca de la casa, y que se evidencia sobre todo en el Vals de las
flores. El mayor, la rapidez y el nerviosismo –sobre todo esto último– de una Danza árabe que le dura tan solo 2’46,
frente a los 4’01 de su grabación con la Philharmonia, los 2’59 con la
Filarmónica de Viena o los 3’22 de su registro en Berlín de 1966 (que no
he escuchado). La toma es excelente. (8)
18. John Williams/Boston Pops (Philips, 1983). Pocos meses más tarde de terminar su memorable partitura para El retorno del Jedi, el norteamericano daba cuenta de sus buenas dotes para la batuta con esta entusiasta recreación que, lejos de ser “hollywoodiense” en el peor sentido del término, convence por su perfecto equilibrio entre animación, sentido del humor y buen gusto, además de por una espléndida disección del entramado orquestal para la que cuenta con la complicidad de una ingeniería de sonido que recoge a la perfección a una orquesta que no es otra que la Sinfónica de Boston. En cualquier caso, para estar a la altura de los grandes recreadores de la página sería necesaria una personalidad más clara a la batuta, mayor riqueza en los matices –a veces Williams resulta un tanto lineal– y, sobre todo, un más elevado vuelo poético. En este sentido, la danza árabe se queda algo corta en sensualidad, como también un Vals de las flores más apasionado que voluptuoso. (8)
19. Svetlanov/Sinfónica de la URSS (Warner, 1983). Frente a las irregularidades de la selección de El lago de los cisnes que se ofrece en el mismo disco, el maestro moscovita nos entrega aquí una recreación de la más admirable ortodoxia, diseccionada de manera admirable y dicha con atención no solo al encanto y a la sensualidad que esta música necesita, sino también a sus aspectos más irónicos e incluso a su humor negro. Lo más interesante, en cualquier caso, se encuentra en una danza árabe lentísima y en un Vals de las flores distinto a lo habitual, mucho antes elegante y ensoñado que fogoso. Se incluye una, esta sí, incandescente recreación del sublime paso a dos del ballet completo. Lástima que la orquesta no sea la mejor posible: la cuerda es espléndida, pero los metales no solo no andan muy empastados, sino que además resultan un punto verbeneros. Tampoco la toma, aun ofreciendo una amplísima gama dinámica, es la mejor posible. (8)
20. Solti/Sinfónica de Chicago (Decca, 1986). La efervescencia, la vivacidad y el carácter bullicioso de la batuta, poseedora de una técnica colosal que es capaz de trabajar con pinceles finísimo a una orquesta que ha tocado esta obra con mayor virtuosismo que ninguna otra, logran un gran triunfo en los dos primeros números, pero a partir de ahí queda en evidencia que la sensualidad, la ternura, el encanto y el sentido del humor no eran el fuerte de Sir Georg. En cualquier caso, la musicalidad de un Solti siempre directo, fresco y comunicativo le permiten salir más que airoso del empeño. Toma sensacional. (8)
21. Kogan/Sinfónica Estatal de Moscú (Alto, 1990). Hijo del mítico Leonid Kogan y sobrino de Emil Gilels, el maestro Pavel Kogan ofrece una lectura entusiasta, animada, llena de dinamismo y por momentos –danza rusa– de los más trepidante, dotada además de un sentido del humor que –venturosamente– no es solo amable sino también un punto socarrón. Por desgracia, se queda corto en encanto, delicadeza, sensualidad y vuelo poético, algo que en esta música resulta imperdonable. Tampoco hay mucha atención a las gradaciones dinámicas ni al matiz expresivo. (8)
22. Abbado/Sinfónica de Chicago (Sony, 1991). Una lectura ágil, animada y efervescente, trazada con pinceles finos –increíble el virtuosismo de la orquesta– y brillante en su punto justo, pero más nerviosa de la cuenta en la marcha, insípida en la danza árabe y en exceso liviana en un Vals de las flores bastante desaprovechado y rematado de manera efectista. La verdad es que, aun demostrando una técnica soberbia, en ningún momento Abbado llega a conectar con el espíritu de esta música. Y es que el milanés, a principios de los noventa, ya estaba dejando de ser el gran director que había sido para convertirse en el campeón de la ligereza mal entendida. (7)
23. Celibidache/Munich (EMI, 1991). Aquí sí que está ya el Celi analítico y personalísimo, riquísimo en el colorido, a veces extravagante en sus decisiones, pero siempre provocando una fascinación muy especial. La obertura es ahora un verdadero prodigio de delicadeza bien entendida, de candidez y de encanto. De la marcha, perfectamente diseccionada, se puede decir lo mismo. La danza del Hada del azúcar jamás se ha escuchado con tanta magia, ni tan lenta. El tempo es bastante “normal”, sin embargo, en la danza rusa, mientras que en la árabe se baten todos los récords de duración desprendiendo una magia poética inigualable. La danza china está llena de recochineo. La de los mirlitones, dicha muy pausadamente, matizando de manera portentosa y buceando en los pliegues expresivos menos risueños, anuncia lo que hará Barenboim con esta página. Un espléndido Vals de las flores pone punto y final a una recreación poco menos que histórica en la que solo hay que lamentar que la toma, de origen radiofónico, adolezca de compresión dinámica. (10)
24. Levine/Filarmónica de Viena (DG, 1992). Parece mentira que un director como Levine grabara tanto y con tan grandísimas orquestas. Esta suite es todo un rosario de muestras de sus peores señas de identidad: precipitación, frivolidad, cursilería –danza oriental–, tosquedad generalizada, contrastes vulgares, incapacidad para desplegar sensualidad, encanto o magia poética… El Vals de las flores, sin rastros de voluptuosidad ni de verdadero sentido valsístico (¡menos mal que nunca le llamaron para Año Nuevo!), es merecedor de pasar al museo de los horrores musicales. (3)
25. Ozawa/Filarmónica de Berlín (DVD TDK, 1993). Dos años después de realizar su admirable registro del ballet completo en Boston, el maestro oriental vuelve a la suite y revalida su enorme sintonía con esta partitura con una lectura que es un modelo de ortodoxia en su perfecta combinación de frescura, delicadeza, colorido, sentido del humor y poesía. A destacar un tratamiento de los fagotes lleno de recochineo –nada habitual en Ozawa– de las maderas en la danza china –mucho más lenta que en su grabación para DG, y todavía más lograda–, como también la mezcla de intensidad y elegancia en el Vals de las flores. En el lado negativo, una celesta bastante mecánica y prosaica en el hada del azúcar. La toma sufre una considerable compresión dinámica. (9)
26. Van Immerseel/Anima Eterna (Zig-Zag, 2000). Salvo una danza oriental sosa, poco sensual y con poca atmósfera, nos encontramos ante una notable recreación, cuidada y muy bien tocada, que necesita mayores matices, más creatividad y más compromiso expresivo para ser tenida en cuenta. El vals, en este sentido, no posee mucho encanto. Lo de los instrumentos originales es lo de menos: poco relevante aportan. (7)
27. Norrington/Sinfónica de la Radio de Stuttgart (Hänssler, 2008). No es cuestión de que la cuerda de la formación alemana –nada del otro jueves– suene con poco vibrato, sino de que Norrington, independientemente de sus puntos de partida más o menos historicistas, es un director más bien mediocre, y si esta vez no llega a hacer gala –salvo en algún detalle– de su tendencia a la cursilería y no llega a sacar los pies del plato, lo cierto es que la inspiración brilla por su ausencia y el resultado es más bien gris, monótono e incluso aburrido, cuando no –danza rusa– de una alarmante flojera. A ignorar. (5)
Hay críticos que afirman que las mejores interpretaciones de Les Préludes son las que tiene grabadas -una en audio y otra en video- Daniel Barenboim (enlace). Como el de Buenos Aires ofrecerá la obra el próximo domingo 2 de agosto en el Teatro de la Maestranza al frente de su Orquesta del West-Eastern Divan, me ha parecido el momento oportuno para escuchar todas las versiones posibles del segundo y más famoso de los poemas sinfónicos de Franz Liszt y corroborar hasta qué punto mis gustos coinciden con tal apreciación.
Para realizar el recorrido, agotador pero fascinante, he contado con la ayuda de varios colegas (Ángel Carrascosa, Ángel Riego y José Sánchez: gracias desde aquí a todos ellos) que me han pasado todas las grabaciones que tenían en su haber. En buena parte de los casos, y a petición mía, lo han hecho sin decirme quiénes eran los intérpretes, para evitar así posibles prejuicios a la hora de valorar. He reconocido sólo a tres directores (evidentes: Mengelberg, Furtwängler y el Karajan desatado de los sesenta), mientras que en algún caso me he llevado un chasco monumental (Solti con la Filarmónica de Londres). Las de Barenboim y la mítica de Fricsay las he escuchado dos veces cada una, al principio y al final del proceso.
El orden que sigo para presentar mis apreciaciones es el cronológico. Son veintitrés registros en total, cifra bastante representativa de la discografía pese a que no he podido localizar algunas interpretaciones muy interesantes sobre el papel, como las de Bernstein, Masur y Muti. He caído en la puerilidad de otorgar una nota -de uno a diez- a cada una de ellas. Advierto, en cualquier caso, que aunque la batuta es el factor fundamental en la valoración, he tenido muy en cuenta la labor de las diferentes orquestas a la hora de puntuar.
Señalo finalmente que las fechas indicadas -puede haber más de un error por mi parte- corresponden a la grabación, no a la edición, y que en el caso de las interpretaciones históricas no he especificado sello discográfico toda vez que la mayoría de estas han conocido -y seguirán conociendo- varias ediciones diferentes.
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1. Erich Kleiber/Filarmónica Checa (junio 1936). La premiosidad de la batuta (13:53, la más rápida de todas las escuchadas) impide que la versión sea del todo clara y que se encuentre especialmente paladeada, incluso conduce a que la sección final se precipite un tanto, pero la dirección ofrece una incandescencia, un entusiasmo, una grandeza sin retórica y una comunicatividad absolutamente excepcionales. (9)
2. Mengelberg/Concertgebouw (octubre 1936). Tras una espléndida introducción se descubre a un director incandescente y sincero, que domina muy bien la agógica y que se mantiene ajeno a la grandilocuencia sin dejar de ser brillante, pero que, además de abusar de los portamenti “marca de la casa", se deja llevar por el entusiasmo y a ratos cae en la precipitación, sobre todo en la sección "bélica" central. El final, por el contrario, posee una incontestable grandeza. La toma sonora tiene problemas pero ofrece una amplia gama dinámica. (8)
3. Van Kempen/Filarmónica de Berlín (1937). He aquí una hermosa y cálida realización, comunicativa y natural, que necesita una arquitectura algo más trabajada, mayor tensión en los clímax y mayor creatividad para ser reamente grande. Magnífica la orquesta. Muy bueno el sonido para la época. (7)
4. Weingartner/Filarmónica de Londres (1940): Aun siendo muy correcta, esta lectura desprende cierta sensación de rutina e indiferencia, pues los clímax no alcanza la suficiente grandeza, los matices expresivos son escasos y las secciones no están lo suficientemente diferenciadas. El último tercio se anima un tanto, pero el final vuelve a resultar alicorto. Espléndida la orquesta. (5)
5. Knappertsbusch/Filarmónica de Berlín (1942, en estudio). Interpretación muy bien realizada, emocionante, intensa, muy musical, aunque más lograda en los momentos épicos, que alcanzan mucha garra, que en los líricos. Muy discutible la ralentización del tempo en la "marcha" final, aunque le sirve para preparar el retorno del tema principal. (8)
6. Van Kempen/Filarmónica de Dresde (1942). El maestro holandés vuelve a hacer gala de una gran musicalidad pero, aun moviéndose siempre dentro de la corrección y fraseando con su admirable naturalidad, el resultado es bastante impersonal y alberga escasa fuerza dramática. No engancha, e incluso llega a aburrir. (6)
7. Furtwängler/Filarmónica de Viena (EMI, 1954). Una interpretación muy bien paladeada, dicha con una enorme efusividad y construida con tanta solidez como naturalidad, que huye con sabiduría tanto del arrebato espontáneo como de la grandilocuencia o de la blandura. Admirables la cantabilidad, la nobleza y el enorme sentido humanístico del fraseo, siempre amplio y muy paladeado. Lástima que la sección de metales se quede corta. Y una pena que Furt no nos legara alguna interpretación en vivo de la partitura: sería menos indiscutible, perfecta y modélica que ésta, pero habría quizá un mayor número de hallazgos. (9)
8. Argenta/Suisse Romande (Decca, 1955). Fabulosa labor de podio, cálida y sincera, hermosísima y emotiva en las partes líricas y brillante sin grandilocuencia en las épicas, haciendo gala de una batuta flexible, con gran dominio de la agógica y una notable plasticidad el tratamiento de la orquesta. Ésta tiene como limitaciones unas trompetas estridentes y unos violines no siempre empastados. (9)
9. Silvestri/Philharmonia (EMI, 1957). Se agradecen la corrección general y la renuncia al efectismo, pero en conjunto resulta una versión distante en los momentos líricos y con escasa grandeza en los épicos, quizá por el deseo de restar "ruido", convenciendo sólo la primera secuencia "bélica", muy emocionante. La toma sonora es ya estereofónica. (5)
10. Karajan/Philharmonia (EMI, 1959). No es fácil reconocer aquí al maestro salzburgués; con razón se ha dicho que en su etapa frente a la fabulosa orquesta británica se mostró especialmente voluntarioso, pero también un tanto impersonal. Aquí ofrece una interpretación de trazo amplio, bien construida y mejor paladeada, de excelente musicalidad, pero a la que le falta un poco de tensión interna y de garra dramática. A la postre resulta un poco sosa y no muy emocionante. (7)
11. Fricsay/Radio de Berlín (DG, 1959). Nos encontramos ante una lectura justamente mítica. En ella hay que admirar, sin duda, la elocuencia, la calidez, la sinceridad y la fuerza dramática del maestro húngaro, aunque si algo destaca en esta interpretación es sin duda el fraseo efusivo, carnal y emocionante que desprenden las secciones líricas. Quizá a la enunciación del tema principal le falta un poco de grandeza, mientras que al final le sobra algo de estruendo para ser una dirección perfecta. La orquesta suena con una rusticidad atractiva, aunque se queda algo corta. (10)
12. Karajan/Filarmónica de Berlín (DG, 1967). Una batuta de enorme virtuosismo, al frente de una fabulosa orquesta, construye una interpretación lenta y fabulosamente trazada, pero claramente hedonista, volcada en la espectacularidad y la belleza sonora, y que por tanto cae en la grandilocuencia, la blandura y la insinceridad. El peor Karajan posible. (6)
13. Haitink/Filarmónica de Londres (Philips, 1968). Al principio parece una interpretación algo desvaída, aunque se evidencia la intención de alcanzar un gran vuelo poético, deslumbrando la belleza de los violonchelos en la primera sección lírica. Luego va mejorando y se alcanza un admirable equilibro entre los aspectos introvertidos y los épicos, expuestos con emoción y sin retórica. (8)
14. Barenboim/Chicago (DG, 1977). Sin tratarse de una lectura especialmente visionaria y siendo posible añadir aún más elocuencia y emoción en las partes líricas, son tales la perfección de la arquitectura, el ardor perfectamente controlado de la batuta y la brillantez llena de grandeza sin retórica del final que el resultado es portentoso. La atención a los diferentes planos sonoros es excepcional, lo que permite una claridad insólita: se escuchan muchas líneas melódicas que generalmente pasan desapercibidas. La orquesta es la perfección absoluta. Por si fuera poco, la toma sonora es de verdadero lujo. (10)
15. Solti/Filarmónica de Londres (Decca, 1977). Se agradecen las buenas intenciones de la batuta, sobre todo en las secciones líricas, pero la arquitectura está mal construida, resultando flácida y deslavazada, rematándose en un clímax final deshilachado. La orquesta se queda bastante corta. La toma sonora es muy buena, pero distante. (5)
16. Karajan/Filarmónica de Berlín (DG, 1984). Interpretación de sonoridad muy robusta, mas no exenta de claridad, espectacular y un punto narcisista, no del todo sincera, pero emocionante, muy bien trazada y de enorme brillantez. Apabulla más que conmueve. (8) 17. Joó/Sinfónica de Budapest (Hungaroton, 1984). Tras una solvente introducción y un primer clímax canijo, incluso ridículo, se desarrolla una interpretación muy hermosa -aunque quizá en exceso ensimismada- en las partes líricas, pero por completo descafeinada y sin grandeza en las épicas, además de deslavazada en su trazo. (5)
18. Solti/Sinfónica de Chicago (Decca, 1992). El anciano director se quita la espina de su antigua interpretación de estudio, pero los resultados no llegan a ser óptimos. Y es que Solti se muestra más nervioso y menos concentrado de la cuenta, no paladeando del todo las partes líricas y no alcanzando la suficiente grandiosidad visionaria en las épicas. Ahora bien, la ejecución es de tanto nivel, y tan portentosas resultan la brillantez, el colorido y la plasticidad de la batuta, que el maestro y su increíble orquesta terminan triunfando. (8)
19. Mehta/Filarmónica de Berlín (Sony, 1996). Interpretación de trazo amplio, maravillosamente sonada, opulenta y muy hermosa. Por desgracia las secciones líricas no sólo resultan flácidas, sino que tienden a lo excesivamente ensoñado, incluso lo dulzón, mientras que en la vertiente épica la batuta tiende a subrayar los elementos marciales. Seduce, mas no engancha. Fabulosa la toma sonora. (6)
20. Sinopoli/Filarmónica de Viena (DG, 1996). La introducción, lenta y misteriosa, es estupenda. El primer clímax, siendo muy bueno, no alcanza toda la grandeza deseable. A partir de ahí se desarrolla una interpretación muy bien puesta en sonidos pero no muy cálida ni comunicativa en los momentos líricos, y sin especial garra en los dramáticos. Mal el último clímax, nervioso y volcado en los excesos de la percusión. (7)
21. Barenboim/Filarmónica de Berlín (DVD TDK, 1998). El argentino repite y mejora su interpretación de estudio con una lectura de nuevo maravillosamente trazada, intensísima pero controlada al mismo tiempo, que se aparta de lo grandilocuente pero aun así alcanza una gran dosis de grandeza y carácter épico, como también de vuelo lírico y efusividad. Quizá ahora se haya perdido un poco de la inigualable claridad de su realización en Chicago, pero se ha ganado en emotividad lírica. La orquesta contribuye lo suyo a la excelencia de los resultados. (10)
22. Hamar/Filarmónica Nacional de Hungría (Budapest Music Center, 2001). Si bien la orquesta se queda bastante corta, la batuta realiza una notable labor a la que le faltan, eso sí, grandeza y tensión en los clímax, pero que no obstante ofrece momentos tan interesantes como una introducción especialmente oscura e inquietante en la que se presta una gran atención a los silencios. (6)
23. Van Immerseel/Anima Eterna (Zigzag, 2007). La orquesta de instrumentos originales es buena, pero su sonido, por el tamaño, resulta en determinados momentos muy canijo, muy especialmente en lo que se refiere a la cuerda. La articulación historicista, en sí misma, aporta hallazgos interesantes. Ahora bien, la dirección nos descubre a un director más bien mediocre: planifica las tensiones de manera insuficiente, resulta aséptico en los momentos líricos, y carece de fuerza en los épicos. A destacar, negativamente, cómo enuncia el tema principal de manera precipitada y sin grandeza alguna. La sección final resulta impresentable, por cuadriculada y machacona, con unos metales y una percusión que hacen a la cuerda inaudible. (3)
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¿Conclusiones? Barenboim es, desde luego, uno de los directores que mejor ha dirigido Los Preludios. Aun tras realizar las comparaciones, sus dos registros me siguen pareciendo formidables: las hay aún más emocionantes, teatrales y elocuentes, pero el argentino triunfa por la perfección de su arquitectura y, ciertamente, por el virtuosismo de las orquestas de Berlín y Chicago.
Sea como fuere, la interpretación de Fricsay no es menos imprescindible en la discoteca de un buen aficionado, siendo además muy recomendable conocer las realizaciones de un Erich Kleiber, un Furtwängler y un Argenta. Y quien se crea que con tener en su casa la de Karajan de los sesenta, la de Solti o la de Joó (tres de las mas difundidas en el mercado), apañado anda.