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domingo, 23 de febrero de 2025

Mahler, Sinfonía nº 4: discografía comparada

ACTUALIZACIÓN 23.02.2025

Esta entrada apareció por primera vez el 1 de marzo de 2020. La llegada de Andris Nelsons a España para hacer esta obra me lleva a realizar la presenta actualización. He vuelto a escuchar la versión del citado maestro para la ocasión, y añado unas cuantas grabaciones más. La de Dudamel me parece importantísima.

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En octubre de 1904 se estrenaba en Ámsterdam la Sinfonía nº 4 de Gustav Mahler, primero tocada bajo la batuta del compositor y seguidamente dirigida por Willem Mengelberg. A mi entender, logró su primera obra maestra en el género: mientras las tres anteriores se vieron lastradas por su tendencia a la hipertrofia y su marcado exhibicionismo, aquí limpió las notas de polvo y paja y se fue directo a hacer gran música. ¡Y cómo la hizo! Todavía hoy su tercer movimiento, Ruhevol, permanece como una de las cosas más bellas escritas por el artista bohemio.

Los directores tienen al menos tres grandes posibilidades para abordar la partitura. Una es apostar por el homenaje al clasicismo que, sin lugar a dudas, marca esta creación. Otra, dejarse de ensoñaciones nostálgicas y evocaciones seráficas para atender al componente demoníaco que se agazapa entre las notas, particularmente en el segundo movimiento –ya saben, el del violín diabólico con diferente afinación–. La tercera, centrarse en los aspectos más dionisíacos de la escritura y potenciar los contrastes tanto sonoros y expresivos sin miedo a caer en la vulgaridad o el ridículo. Probablemente esto último fue lo que quiso el propio Mahler, a tenor de los testimonios conservados.





1. Mengelberg/Orquesta del Concertgebouw (varios sellos, 1939). No es difícil reconocer las enormes fluctuaciones de tempo del propio Mahler interpretando el cuarto movimiento en los rollos de pianola a lo largo de toda esta interpretación, lo que resulta lógico habida cuenta de que el maestro holandés fue gran amigo del compositor, trabajó codo con codo con él en la interpretación de esta partitura y compartió con él el estreno. El asunto se complica si tenemos en cuenta de que muy pocos años después Bruno Walter, por quien el creador de La canción de la Tierra sentía no menor admiración, registraría una lectura en la antípoda de ésta. Sea como fuere, hay que entrar en el juego y aceptar rubatos –uno tremendo nada más arrancar–, portamentos y tirones de tempo que pueden perturbar considerablemente a un oyente actual. Porque lo que tenemos aquí es una interpretación en absoluto equilibrada, esquizofrénica más bien, que apuesta por los contrastes sin miedo a caer en la vulgaridad, en el atropellamiento o en lo amanerado, anunciando en este sentido las maneras interpretativas que mucho más tarde volverá a imponer un Leonard Bernstein no en esta obra en particular, sino en Mahler en general. Concretando un poco, el primer movimiento está lleno de frescura, de espíritu juvenil e incluso de intrepidez, apartándose de esa mezcla de elegancia y ensoñación nostálgica a la que estamos hoy acostumbrados, y por eso mismo perdiendo no poco de magia poética. El segundo está llevado con rapidez y marcando aristas tímbricas, subrayando como nunca nadie lo ha hecho su carácter alucinado y anticipando en este sentido el expresionista scherzo de la Sexta sinfonía; las maderas intervienen con adecuada mordacidad sin que las cuerdas dejen de cantar con encanto –y tomándose no pocas libertades– en las secciones líricas. El Ruhevoll comienza calmo, concentrado, pero al poco queda claro que no vamos a encontrar aquí esos éxtasis contemplativos mahlerianos a lo Muerte en Venecia; hay en él momentos muy vibrantes, pero la verdadera emotividad no termina de brotar, como tampoco lo hace en un cuarto que, obviamente, sigue la línea del primero y cuenta con una intervención de Jo Vincent que no deja huella. La que sí impresiona es la orquesta, verdaderamente formidable para la época tanto en lo técnico como en lo expresivo, y dotada de unas sonoridades –muy particular el oboe, redondísima la trompa– que no tienen mucho que ver con las de hoy día. La toma sonora presenta muchas menos insuficiencias de lo que se pudiera pensar. (7)

2. Walter/Filarmónica de Nueva York (Sony, 1945). Ni un solo portamento, parece haber advertido en los ensayos el maestro berlinés. Ni carreritas, ni blanduras, ni amaneramientos, ni la menor concesión al preciosismo, salvo un muy bien traido rubato en el primer movimiento. Tampoco hay dulzura ni ensoñación contemplativa: no estaban los ánimos para tales cosas tras la mayor devastación colectiva que había conocido la humanidad. En realidad, la lectura parece marcada por un clasicismo elegante y un punto distanciado, y por ello mismo no todo del todo poético ni emotivo, lo que no le impide a Walter subrayar los acentos dramáticos del Ruhevoll. Es en el cuarto movimiento donde las cosas funcionan menos bien, no solo por la falta de implicación de la batuta sino también por la muy discreta intervención de Desi Halban, a la que la batuta ni siquiera logra llevar en el tempo justo. La orquesta, por su parte, está trabajada con buen sentido del color y sus solistas intervienen con la intencionalidad adecuada, pero su virtuosismo no es en modo alguno equiparable al de las grandes formaciones de la actualidad. (7)




3. Kletzki/Orquesta Philharmonia (EMI, 1957). En esta desigual interpretación lo más satisfactorio es el segundo movimiento, que sin ser especialmente sarcástico resulta admirable. El primero es animado y comunicativo, pero tiene alguna solución discutible. El tercero no está del todo bien trazado, alternándose momentos correctos con otros muy dramáticos. En el cuarto hay detalles muy hermosos, pero lo estropea la muy cursi Emma Loose. La toma no es gran cosa. (7)



4. Reiner/Sinfónica de Chicago (RCA, 1958). No era Reiner un artista precisamente proclive a los devaneos sonoros, pero lo cierto es que en esta grabación, que suena muy bien para la época si se escucha en su trasvase a SACD, evidenció desconcertantes desigualdades expresivas. Esto ya queda claro en el primer movimiento, den el que la cuerda frasea con una agilidad que se acerca a lo frívolo, incluso a lo pimpante, pero sin la suficiente dosis de elegancia y equilibrio clásico, mientras la madera, admirablemente carnosa e incisiva, llena de ironía y sentido del humor los pentagramas. Es precisamente el tratamiento de esta familia instrumental, por descontado que técnicamente soberbia tratándose de una orquesta que comenzaba entonces su edad de oro, lo que hace que el segundo movimiento, dicho con la adecuada mezcla de inocencia y recochineo, alcance un nivel extraordinario. El Ruhevoll no arranca con placidez ni carácter contemplativo, sino que ofrece un sabor amargo hasta alcanzar un primer clímax lleno de lacerante dramatismo; a partir de ahí vuelven las frivolidades y amaneramientos llegando hasta el clímax final con precipitación y no poca vulgaridad. El cuarto movimiento, por fortuna, está dirigido de manera admirable, aunque no tanto celestial como terrenal, esto es, aportando sensualidad y hasta carnalidad en buenas dosis, a lo que no es ajena la presencia de una deliciosa Lisa della Casa. (8)


5. Bernstein/Filarmónica de Nueva York (CBS-Sony, 1960). Quince años después de la grabación de Walter con la misma orquesta –que sigue siendo mediocre: trompetas estridentes a más no poder–, el maestro norteamericano ofrece una interpretación diametralmente opuesta a aquella, es decir, dionisíaca antes que apolínea, implicada a más no poder en lo emocional, lanzada a marcar contrastes sonoros y expresivos, y muy dispuesta a explorar los aspectos más atrevidos, vulgares y hasta narcisistas de la música mahleriana. Lo hace sin caer, venturosamente, en los amaneramientos y los excesos de preciosismo de sus grabaciones posteriores. Aquí sobresale en un primer movimiento entusiasta, muy libre en el tempo y en el fraseo, plagado de descubrimientos y momentos mágicos, y más aún en un segundo de colorido rico y particularmente incisivo, lleno de mordacidad y de humor negro. El Ruhevoll resulta cálido y vehemente, pero no todo lo lacerante que debería en algunos momentos clave. El cuarto está dirigido con apreciable desparpajo, aunque aquí las características de soubrette de Reri Grist, que por otra parte canta muy bien, no son las más adecuadas para la parte, que le suena un tanto pizpireta. Sonido plano y áspero, con poca gama dinámica, al menos en la remasterización japonesa de 2007 para SACD. (8)



6. Solti/Orquesta del Concertgebouw (Decca, 1961). Vuelve la Cuarta a la gran formación holandesa, esta vez de un maestro tan personal como es Solti. Pero ojo, que este no es el Solti de su etapa de Chicago, sino el que estaba metido en medio de la grabación del Anillo. Y claro, lo que resulta ideal para la monumental Tetralogía wagneriana puede serlo mucho menos en la presente partitura: hay un exceso de rusticidad sonora, la inmediatez comunicativa se pone demasiado por delante de la elegancia aquí fundamental, la depuración sonora no es la mayor posible –se detecta incluso algún desajuste– y la carga de pathos conduce a cierto desequilibrio tanto sonoro como expresivo. El maestro ofrece frescura, desparpajo, intensidad y un apreciable sentido de los contrastes, pero no termina de atender a la delicadeza, la sensualidad, la nostalgia y –por qué no admitirlo– al decadentismo que le dan sentido a esta música. Hay que destacar, en cualquier caso, un Scherzo incisivo a más no poder, más aquelarre de brujas que danza macabra: Solti busca que el violín y los vientos arañen de verdad. A subrayar asimismo la enorme claridad del entramado de las maderas en el primer clímax del Ruhevoll –casi nunca se perciben bien– y numerosos detalles en un movimiento conclusivo al que, por desgracia, el maestro no termina de cogerle el punto. Aceptable Sylvia Stahlman(8)



7. Klemperer/Orquesta Philharmonia (EMI, 1961). He aquí un experimento de lo más discutible, porque Klemperer, siempre rocoso en su sonoridad, sobrio en lo expresivo y alejado de cualquier frivolidad, capaz de deconstruir la partitura de manera reveladora por su rigor, lucidez y capacidad de análisis de líneas y colores, se distancia de la esencia de la música e incluso en ocasiones va a contracorriente de la misma. En cualquier caso, su discurso es tan coherente, dice tantas cosas nuevas y está tan soberanamente bien llevado a la práctica –increíble la orquesta–, que termina legándonos todo un hito de la discografía mahleriana. Interesa mucho el planteamiento del movimiento inicial, desgranado con gran lentitud, por completo alejado del entusiasmo y la chispa con que lo abordan otros directores, y dicho más bien desde una especie de “clasicismo” distante y elegantísimo que le sienta bastante bien a la música. En el segundo movimiento, obviamente, es donde el maestro se siente más a gusto; es mordaz ante todo, quizá un punto más introvertido de la cuenta, pero ello no impide que el maestro despliegue una hermosa cantabilidad en los momentos en que corresponde. En el Ruhevoll no hay espacio para lo sensual ni para lo contemplativo; por el contrario, está dicho con inmediatez, intensidad y una marcada desazón. El movimiento conclusivo está planteado en la misma línea que el primero, es decir, desde el distanciamiento, y Klemperer aprovecha para hacer gala de su humor sarcástico cuando se le presenta la ocasión –el buey de San Lucas–, si bien la inigualable Elisabeth Schwarzkopf vuela a su aire y ofrece un auténtico derroche de encanto y picardía sin aproximarse, ni de lejos, a lo cursi ni a lo trivial. En los compases finales, lejos de permitirnos descansar en paz, Klemperer nos deja con un regusto amargo e inquietante en los labios. La toma sonora parecía dejar un tanto que desear para la época, pero a medida que ha conocido nuevos reprocesados ha ido ofreciendo ofrece un relieve admirable. El SACD lanzado por Tower Records en 2019 parece sonar con algo más de agudos, siempre dentro de una excelencia que roza lo sobrenatural para el año en que se hizo la grabación. (10)



8. Szell/Orquesta de Cleveland (CBS-Sony, 1965). Siempre analítico, objetivo y por completo ajeno a narcisismos, blanduras o concesiones de cara a la galería, pero también, por lo general, un tanto prosaico y desinteresado por indagar en los pliegues expresivos, el maestro de origen húngaro alcanzó en esta Cuarta una de las cimas de su carrera discográfica gracias a su capacidad para atender a todos los componentes de la partitura en su punto justo, sin pasarse ni quedarse corto con ninguno de ellos. Así, los dos primeros movimientos suenan con el perfecto equilibrio entre lo naif y lo sarcástico, sin que el primero resulte meramente clásico y evocador ni que en el segundo lo demoníaco nos haga olvidar el encanto de la obra, para a continuación ofrecer un tercero sobrio e intenso, aunque ciertamente sin la sensualidad ni la poesía que otros intérpretes han alcanzado; tampoco al gran clímax final, pobremente recogido por una toma chata en dinámica, termina de sacarle todo el partido posible. En el cuarto no está a la altura de las circunstancias Judith Raskin, sin duda solvente pero poco interesante en lo vocal y no muy intensa en lo expresivo, si bien en la última estrofa, dirigida de manera sublime por Szell, frasea con exquisito gusto. La toma no era buena en su trasvase original a CD, pero la restauración en alta resolución realizada por Sony ha devuelto limpieza y naturalidad al original. (9)



9. Kubelik/Sinfónica de la Radio Bávara (DG, 1968). Irregular versión la que ofrece un maestro que, en su apuesta por un Mahler digamos que “clásico”, equilibrado, exento de narcisismos y de efectos a la galería, fresco y comunicativo ante todo, no supo en esta ocasión ofrecer una idea expresiva clara de la obra ni tampoco, lo que es más extraño, planificar de manera convincente. Los clímax del primer movimiento resultan no parecen bien preparados, resultando más bien atropellados y faltos de fuerza, al tiempo que en lo expresivo hay no solo animación sino una cierta frivolidad, aunque por fortuna no hay que sufrir los portamentos a que otros directores son tan aficionados. Bastante mejor funciona el segundo, pero en el Ruhevoll, expuesto muy de pasada y sin hondura reflexiva, hay demasiadas frases que rozan la cursilería. El cuarto también está dicho a la carrera, no pasando de lo digno la intervención de la soprano Elsie Morison. Lo más grave, en cualquier caso, es el estado de la orquesta, discreta en general y con unos metales particularmente pobres. La toma, aun en la reciente restauración HD, no es nada del otro mundo, echándose de menos una gama dinámica más amplia. (6)



10. Horenstein/Filarmónica de Londres (EMI, 1970). El que sigue siendo a día de hoy mejor director de la Tercera gracias a lo expresionista de su enfoque no opta aquí por la virulencia. Antes al contrario, ofrece una interpretación de impoluto clasicismo, expuesta con enorme transparencia y paladaeda con delectación, elegantísima y serena, aunque no por ella desinteresada por las asperezas tímbricas ni por los pliegues expresivos. Admirable en este sentido el segundo movimiento, dicho con marcada sorna e increíblemente bien desmenuzado. Margaret Price no resulta muy emotiva, pero canta de maravilla y ofrece una voz con más carne de lo que en esta parte acostumbramos a escuchar. (8)



11. Bernstein/Filarmónica de Viena (DVD DG, 1972). No mejora Lenny los resultados de su primera grabación. Más bien al contrario: el primer movimiento resulta rápido y contrastado, pero está plagado de caprichos y de algún detalle amanerado. Lo vuelve a haber en el segundo movimiento, por lo demás espléndido. El tercero está bien trazado y es emocionante, sin encontrarse especialmente inspirado y evidenciando nuevamente detalles de blandura. El cuarto resulta fresco y juvenil, sobresaliendo una deliciosa pero no cursi Edith Mathis, algo corta en el grave. (8)



12. Levine/Sinfónica de Chicago (RCA-Sony, 1974). Nunca ha sido Levine un director caracterizado precisamente por su elegancia, sutileza o atención a los pliegues expresivos. Tampoco por su cantabilidad ni por su elevación poética. Pero sí, sobre todo en su etapa juvenil, por las virtudes que hacen interesante esta interpretación: entusiasmo, frescura, apreciable jovialidad, brillantez, un sanísimo –más que retorcido– sentido del humor y muchas ganas de hacer música. Apartarse de la tentación del azúcar –posiblemente otra cosa hubiera ocurrido años después– y contar con una orquesta de primera son otros puntos a su favor, jugando en su contra la intervención de la soprano Judith Blegen, voz poco interesante aunque centrada en lo expresivo. La toma sonora, por debajo de la media. (8)


13. Previn/Sinfónica de Pittsburg (EMI, 1977). Este registro pone bien de manifiesto las características directoriales de Previn. Al menos, del Previn de los años sesenta y setenta. El enfoque es neutro, nada personal, pero no por ello distante sino todo lo contrario: la intensidad y la comunicatividad se ponen en primer plano. No se aprecia una especial riqueza de matices, la creatividad suele ser escasa, pero la depuración sonora es extraordinaria –sin que se note– y la planificación de las tensiones no merece reproche alguno. La inspiración nunca suele alcanzar la excelencia, pero casi siempre es elevada y no suele anclarse en la rutina, menos aún en la desgana. En suma, Previn es inmejorable si lo que se busca es una mezcla entre objetividad, ortodoxia, intensidad y buen gusto, lo que aquí se traduce en una Cuarta mahleriana que no posee la personalidad de las de otros maestros, pero que a la postre resulta modélica, ideal para un primer acercamiento. El primer movimiento logra ser muy animado y entusiasta sin que se pierdan la belleza formal ni la compostura clásica. El segundo ofrece rico colorido y se encuentra muy bien diseccionado, sin ser del todo sarcástico. El tercero se encuentra paladeado con enorme concentración; en él aparecen los portamenti que hasta este momento el maestro había evitado, pero lo cierto es que no se escora hacia lo dulce: el amargor que se esconde tras las notas se encuentra bien presente. En cuarto, finalmente, hay luminosidad sin espacio para la cursilería. En perfecta sintonía con la batuta, una Elly Ameling formidable en lo vocal logra ser radiante, fresca y emotiva sin acercarse siquiera a lo pizpireto. La toma sonora se ha conservado francamente bien. (9)



14. Abbado/Filarmónica de Viena (DG, 1977). Esta es la más interesante de las desiguales interpretaciones que de la obra nos ha legado el milanés. Ofrece en ella un primer movimiento clásico, elegante y mesurado, quizá en exceso, sobrando –como ocurrirá en sus posteriores lecturas– algún portamento y echándose de menos mayor compromiso expresivo. El segundo está muy bien dentro de una línea escasamente demoníaca, lo que no parece lo más adecuado pero resulta coherente con su visión global de la obra. Lo mejor viene con un lentísimo y concentradísimo Ruhevoll, abordado de una manera muy meditativa y espiritual –no blanda ni empalagosa–, pero no desdeñando la potencia expresiva de sus clímax. En el cuarto movimiento una dulce Frederica Von Stade sintoniza perfectamente con este enfoque sereno y aporta una rica crema vocal. (8)



15. Karajan/Filarmónica de Berlín (DG, 1979). En la cima tanto de su técnica como de su narcisismo, don Heriberto ofrece exactamente la interpretación que se podía esperar: depuración absoluta y asombrosa perfección técnica al servicio de un concepto en la que el exhibicionismo se pone muy por encima de la sinceridad de la expresión. El primer movimiento fascina en muchos momentos por la magia sonora desplegada por la batuta, pero la tendencia al preciosismo y la blandura lastra los resultados. El segundo, sin ser el más mordaz posible, sí que está bastante bien. Con el concepto puramente contemplativo y hedonista del Ruhevoll se puede estar muy en desacuerdo, pero es tal la belleza sonora desplegada, es tan cálido el fraseo, hay clímax tan seductores, que el maestro termina ganando la partida. Y en el cuarto no hay nada que hacer: tanta suavidad y dulzonería terminan irritando seriamente. Edith Mathis se muestra bastante más centrada, pero aun así se acopla al concepto de Karajan. La toma es bastante buena, como era propio en DG en los últimos años analógicos. (7)
 

 
16. Mehta/Filarmónica de Israel (Decca, 1979). Con todo lo que desde entonces ha caído y sigue cayendo sobre este autor –no nos engañemos, en parte la culpa es del genial Bernstein–, resulta un alivio volver la mirada a este registro y encontrarnos un Mahler tan fresco y comunicativo, tan libre –como diría Pedro González Mira– de adherencias, tan ajeno a narcisismos pseudofreudianos, blanduras y rebuscamientos; un Mahler más interesado en la emoción que en la seducción, en la sinceridad que en preciosismo narcisista; un Mahler que sabe ser nostálgico sin quedarse en lo contemplativo, risueño sin caer en lo cursi, sarcástico sin necesidad de cargar las tintas ni de perder la elegancia clásica, angelical sin que ello signifique infantiloide… Y un Mahler sin portamenti. ¿Bueno, y qué ocurre con el Ruhevoll? Pues que no es el más bello posible, como tampoco el más elevado en lo poético, pero resulta intenso y se encuentra bien trazado hacia el clímax con tanta naturalidad como falta de afectación. La orquesta, que parece en muy buena forma, está tratada con más sentido de la globalidad que del detalle, lo que no impide que la claridad sea de todo punto admirable; a destacar el cuidado expresivo en las intervenciones de las maderas. el instrumento de Barbara Hendricks no es el colmo de la sensualidad –falta carne, faltan graves–, pero canta estupendamente, se aleja de toda afectación, le pone entusiasmo al asunto y, al mismo tiempo, mantiene un punto de distanciamiento que resulta conveniente. Toma ya digital de gran calidad. (9)



17. Tennstedt/Filarmónica de Londres (EMI, 1982). Adopta un tempo animado y le pone ganas, pero el primer movimiento no le sale bien al maestro alemán: faltan elegancia, encanto y poesía. Eso sí, nos descubre algunas líneas de las maderas que casi nunca logran ser percibidas. El Scherzo es un acierto: afilado, clarísimo y con una buena dosis de sarcasmo, aun sin necesidad de cargar las tintas. Muy bien el Ruhevoll: alto e intensidad, bajo en azúcar. El lied celestial está dirigido con solvencia, solo eso, pero aquí aparece un Lucia Popp maravillosa en el canto y perfecta en lo expresivo, a medio camino entre lo ensoñado y lo pícaro sin descuidar cierta ironía. Una pena que la toma, aunque se beneficia de la acústica del Kingsway Hall, presente cierta distorsión tímbrica. (8)
 


17. Maazel/Filarmónica de Viena (Sony, 1983). Esta es, al menos dentro de un enfoque eminentemente clásico y apolíneo, una de las interpretaciones más redondas de todas. Bajo la batuta de un Maazel dispuesto a dar lo mejor de sí, los dos primeros movimientos resultan elegantísimos, equilibrados y de un inconfundible aroma vienés, también un punto distanciados y faltos de sarcasmo; la orquesta aporta su bellísimo sonido y Maazel con su prodigiosa técnica una extraordinaria claridad. Magnífico el tercero en su sobrio pero lacerante dramatismo, lleno de concentración interior, y absolutamente genial el cuarto, paladeado hasta el último detalle y con una Kathleen Battle con la emoción en los labios. La última estrofa, lentísima, está sostenida a un tempo lentísimo de manera milagrosa. De tener una sola grabación en casa, y dejando a un lado discutibilísima genialidad de Klemperer, quizá sea esta la elegida. (10)



18. Solti/Sinfónica de Chicago (Decca, 1983). Es esta una lectura soberbiamente tocada y planificada, dicha con intensidad y brillantez y sin rastro alguno de amaneramiento, pero no lo suficientemente trabajada ni personal como para que termine convencer. Además, y no es la primera vez que le ocurre, a Solti le falta idioma mahleriano. En cualquier caso, el primer movimiento es en su conjunto magnífico, como también lo es el clímax del tercero. El cuarto, por contra, resulta bastante rutinario, y Kiri Te Kanawa está algo cursi. (8)



19. Bertini/Sinfónica de la Radio de Colonia (EMI, 1987). El frente de una orquesta que funciona estupendamente –trompetas algo estridentes– y muy bien recogida por una espléndida toma sonora, el maestro israelí nos sorprende gratamente con una interpretación hermosísima y muy emotiva, fraseada con exquisito gusto, muy bien desmenuzada, ajena a narcicismos y dicha con todo el encanto naif, la ternura y la chispa vital que necesita, pero sin caer en absoluto en la trivialidad o la ñoñería más o menos seráfica, sino aportando una mirada desde el más entrañable humanismo y sin olvidarse de las imprescindibles gotas de ironía y mordacidad en el segundo movimiento. Únicamente se puede reprochar dentro de este enfoque, desde luego no el único posible, la suavidad excesiva de algunas frases dentro del Ruhevoll, en el que asimismo podemos echar de menos acentos más lacerantes y clímax más visionarios. Lucia Popp, espléndida pero no todo lo emotiva que podía haber estado. (9)



20. Bernstein/Orquesta del Concertgebouw (DG, 1987). En la plenitud de su dominio de la técnica de batuta y al frente de una orquesta sensacional y mahleriana hasta la médula, Lenny se suelta la melena para disfrutar en plenitud de melodías, timbres y atmósferas en una recreación apasionada, sensual y muy expresiva, todo lo dionisíaca que permite una obra como esta, con momentos muy arrebatados –admirable la flexibilidad perfectamente controlada de su fraseo– y otros plenos de la voluptuosidad esperable en el Mahler del norteamericano, aunque con detalles creativos que rozan el amaneramiento y frases en el tercer movimiento donde se le va claramente la mano en el azúcar. En el cuarto sorprende negativamente la utilización del niño soprano Helmut Wittek, a mucha distancia de las mejores cantantes que han interpretado esta parte. La toma sonora es espléndida. (7)
 


21. Ozawa/Sinfónica de Boston (Philips, 1987). No parece haber duda de que, al menos sobre el papel, la Cuarta es la sinfonía mahleriana a la que mejor le sientan las características directoriales de Ozawa. Elegancia sin amaneramiento, fraseo natural y de amplio vuelo melódico, gran refinamiento en el tratamiento de timbres y texturas, apreciable sensualidad y, también, cierto carácter inocente que deja de lado los aspectos más tensos y amargos de la música, se hacen aquí presentes para garantizar una lectura de gran categoría. Así, el primer movimiento se desarrolla alcanzando el punto justo de equilibrio entre vivacidad, chispa, nostalgia y cálida ternura, sin mojigaterias; hay también espacio para las angulosidades y los recovecos expresivos. El segundo no es el más demoníaco posible, si bien las intervenciones de las maderas poseen suficiente socarronería. El Ruhevoll está desgranado con enorme belleza y sin caer en la blandura pese a un par de detalles amanerados, pero el gran clímax irrumpe con insuficiente preparación y resulta un tanto brusco, incluso vulgar. En el cuarto Te Kanawa, como con Solti, está exquisita en lo canoro y un pelín cursi en la expresión. Soberbia la orquesta bostoniana, de empaste redondo y aterciopelado mas no exenta de las adecuadas aristas tímbricas. La toma está realizada a un volumen muy bajo que recoge a la perfección toda la amplitud dinámica de las muy contadas pero fundamentales explosiones sonoras de la partitura. (8)
 
 
 

22. Segerstam/Sinfónica de la Radio Danesa (Chandos, 1990). Este es un perfecto ejemplo de ese Mahler mal entendido que se puso de moda a partir de que la película Muerte en Venecia pusiera en relación la música del autor con languideces contemplativas, ojos en blanco y éxtasis agónicos. También, por qué no reconocerlo, este fue consecuencia de los momentos más desmadrados de Leonard Bernstein y de algunas de las tentativas de Karajan. Precisamente la Cuarta del salzburgués es el precedente más claro de esta lectura no solo lenta sino también lánguida, blanda en la expresión, carente de contrastes y con frecuencia amanerada. Muy bella, eso sí, como también flexible –no siempre las transiciones están bien resueltas–, atenta a los aspectos irónicos de la música y expuesta con apreciable claridad. En exceso vibrada la soprano Eva Johansson, aunque en contrapartida posee un buen registro grave –no hay cambios de color– y evita cursilerías. (7)



23. Haitink/Filarmónica de Berlín (DVD Philips, diciembre 1991). Es esta una interpretación clásica en el mejor de los sentidos: trazada con perfecto pulso y admirable naturalidad, muy bien desmenuzada sin que evidencie la menor sensación de intelectualismo, elegante sin amaneramientos y, sobre todo, equilibrada tanto en lo sonoro como en lo expresivo, aportando la dosis justa de encanto, truculencia, dulzura, nostalgia e incluso de decadentismo bien entendido sin renunciar a una belleza apolínea, serena y transida de hondura que sabe ofrecer –admirables los clímax del tercer movimiento– el adecuado carácter lacerante sin cargar las tintas. Ahora bien, para algunos paladares tanto equilibrio puede resultar excesivo, echándose quizá de menos una dosis mayor de claroscuros, de imaginación y de intensidad emocional. Sylvia McNair, luminosa y comunicativa, puede resultar más pizpireta que sensual. Imponente la orquesta, particularmente por sus sonidos graves en cuerda y madera. (8)




24. Dohnanyi/Orquesta de Cleveland (Decca, 1992). Era de esperar: el intelectual maestro alemán lectura objetiva, luminosa, fluida y natural, nada forzada, de una serena y transparente belleza que ni siquiera roza la dulzonería ni el amaneramiento. A los dos primeros movimientos les falta quizá algo de acidez y mala leche, aunque en general la batuta procura atender a todos los ingredientes de la partitura y la planificación es magnífica. El tercero es sensacional, tan sobrio como intenso y lleno de poesía. El cuarto, muy bien dirigido aunque no del todo personal, lo estropea la cursilería de Dawn Upshaw, lo que desluce bastante una interpretación que es de obligado conocimiento por el Ruhevoll. (8)


25. Boulez/Orquesta de Cleveland (DG, 1998). Como no podía ser menos, el compositor y director francés da una lección de arquitectura, claridad y elegancia interpretativa, extrayendo además un admirable partido de la nuevamente admirable formación norteamericana. Pero lo cierto es que las cosas le funcionan de manera algo irregular, como si no tuviera una idea clara de cómo abordar expresivamente la obra. Así, el primer movimiento lo traza con cierta rapidez y el resultado se acerca un tanto a la frivolidad aquí tan peligrosa, aunque no le podemos regatear a Boulez unos clímax muy conseguidos. Sorprende el segundo por ser mucho antes misterioso, evanescente incluso, que incisivo o sarcástico; peculiar y atractivo el tratamiento de las maderas, en cualquier caso. El tercero arranca con honda concentración contemplativa y poco a poco alcanza una emotividad doliente inesperada en Boulez; tampoco se esperaba, esta vez en sentido negativo, la abundancia de portamenti. El cuarto está dirigido con objetividad y excelente gusto, alcanzando tanto el director como la notable Juliane Banse altas cotas de inspiración poética –por completo alejada de la ñoñería– en la última sección. (8)



26. Sinopoli/Staatskapelle de Dresde (Hänssler, 1999). Ya atrás su desigual integral para DG, el controvertido maestro ofreció una lectura personalísima y muy arriesgada, y por ello mismo muy discutible. Los tempi son lentos, lentísimos los de la última parte del movimiento conclusivo, con un pulso en general bien llevado pero que a veces pierde gas, sobre todo en la coda del primer movimiento. El enfoque es sobrio, equilibrado y distanciado, bastante otoñal aunque no decadente, como tampoco frío ni aséptico. Lo menos bueno es el primer movimiento, que no aporta nada en especial salvo alguna excentricidad en los tempi. El segundo está muy logrado dentro de un enfoque mucho antes onírico que ácido o demoníaco. El tercero resulta bellísimo, muy sereno y contemplativo al tiempo que profundo, sin dulzonería ni devaneos sonoros, aunque a veces haya más fragilidad de la cuenta. En el cuarto Juliane Banse ofrece una voz excelente, echándose de menos una línea de canto más mórbida y sensual. El final es bellísimo. Hay muchísimos detalles orquestales que se descubren, y la orquesta ofrece una sonoridad extraordinaria, si bien los metales son algo fallones. La toma no es la mejor posible. (9)



27. Chailly/Orquesta del Concertgebouw (Decca, 1999). Cuando aún estaba en la cima de su carrera, el milanés triunfó con una versión que desprende una belleza sencilla y natural, muy equilibrada y lírica, de agudo sentido del color y prodigiosa claridad. Se aprecia, en cualquier caso,  un cierto desequilibrio: los dos primeros movimientos son sensacionales, al tercero se le podía pedir un poco más de magia aún y en el cuarto la Bonney está –era de esperar– deliciosa pero un tanto cursi. (9)



28. Abbado/Filarmónica de Berlín (DG, 2005). Frente a su antigua grabación con la Filarmónica de Viena, este registro nos muestra en toda su crudeza el declive artístico de Abbado. Los dos primeros movimientos siguen estando bien, aunque tanta amabilidad y distanciamiento expresivo no terminen de convencer. El problema viene con el tercero, que ahora resulta blando y empalagoso en exceso, al tiempo que las explosiones dramáticas resultan mucho más superficiales –puro deseo de epatar con los contrastes dinámicos– que sinceras. Lo peor es el cuarto, en el que diversos detalles de blandura horripilantes por parte de la batuta se combinan con los amaneramientos de Renée Fleming hasta el punto de hacer la audición casi insoportable. (4)



29. Haitink/Orquesta del Concertgebouw (RCO, 2006). Podía pensarse que a sus setenta y siete años de edad el maestro holandés ofrecería una interpretación escorada hacia lo otoñal. No es así. En realidad, volvemos a encontrarnos ante una lectura de maravilloso clasicismo en la que todos los componentes de la escritura mahleriana se equilibran con perfecta armonía sin necesidad de cargar las tintas en ninguno de ellos. Lectura dicha, además, con una sensibilidad exquisita, fraseada con enorme nobleza y expuesta con una depuración sonora insuperable. Desdichadamente Christine Schäfer evidencia una voz tímbricamente pobre y, aun cantando de manera muy musical, no termina de sintonizar con la partitura. Orquesta y toma sonora, soberbias. (9)



30. Maazel/Filarmónica de Nueva York (NYP, 2006). En esta grabación en vivo editada por la propia orquesta, Maazel vuelve a abordar el primer movimiento con esa elegancia un punto distanciada, pero de perfecto trazo y admirable belleza, de la que hacía gala en su registro vienés, solo que con una orquesta que, aun muchísimo mejor que en los tiempos de Walter y Karajan, no es precisamente la Filarmónica de Viena. El segundo de nuevo combina clasicismo con sentido de la ironía –particularmente ácido el violín–, aportando algún detalle creativo que termina siendo más rebuscado de la cuenta. En cualquier caso, y como en toda la interpretación, el tejido sinfónico se encuentra expuesto con una claridad meridiana, incisividad en su punto justo y desarrollado sentido del color. El Ruhevoll lo paladea Maazel con una lentitud arriesgadísima (se extiende nada menos que hasta los 24’53’’, casi dos minutos y medio más que antes) sin que decaiga el pulso, pero en lo expresivo desconcierta la aparición de momentos puntuales de blandura y amaneramiento –por ejemplo, hacia el minuto cinco– frente al amargor extremo con que aborda los pasajes más patéticos de la página, alcanzando en ellos una hondura y una intensidad incomparables. El cuarto movimiento está dirigido de manera soberbia, pero aquí la interpretación se viene abajo por la lamentable intervención de una Heidi Grant Murphy con la voz ya hecha polvo, plagada de desigualdades y una expresión en exceso aniñada incluso para una obra como ésta. Si no fuera por ella, nos encontraríamos ante una de las grandes interpretaciones recientes de la obra. (8)




31. Abbado/Orquesta Juvenil Gustav Mahler (DVD Medici Arts, 2006). El veterano maestro parece dejar a un lado los narcisismos para volver a una visión más fresca, más espontánea, aunque de nuevo nos encontramos aquí y allá con detalles que nos hablan de una batuta mucho más interesada por el sonido en sí mismo que por su significado. Así por ejemplo, nos ofrece un movimiento inicial fresco, animado, de tímbrica rica e incisiva, de una ingenuidad no demasiado naif, en el que hay que reprochar algún portamento y la obsesión por conseguir pianísimos inaudibles. En la misma línea el segundo, muy atractivo aunque sin toda la retranca que debería tener. El Ruhevoll ya no es malo sino simplemente aséptico, cuando no se ve empañado por los malditos portamenti y por algunas sonoridades ingrávidas (¡esos violonchelos!) made in Abbado. El cuarto movimiento se beneficia del arte de Juliane Banse, musical y ajena al empalago; de voz no está del todo bien, pues el centro ha perdido bastante desde sus grabaciones con Boulez y Sinopoli. EuroArts ha colgado el vídeo de manera gratuita y por completo legal en YouTube.  (6)



32. Abbado/Orquesta del Festival de Lucerna (Blu-ray EuroArts, 2009). Esta interpretación es una copia corregida y mejorada de la anterior, pues no en balde la formación suiza es en realidad –o eso dicen– la Gustav Mahler Jugendorchester con la adición de primeros atriles de lujo. Abbado ofrece aquí una lectura aún más ágil, fresca, natural y comunicativa, atenta a todos los resortes expresivos de la partitura, aunque de nuevo encontramos detalles insufribles, mientras que la concentración y belleza que el joven maestro había alcanzado años atrás en Viena no vuelven a aparecer aquí por ningún lado. Concretando un tanto, el primer movimiento resulta muy fresco, contrastado y comunicativo, pero con algunos horrorosos portamenti; a la coda le falta un poco de gas. Sin ser el colmo de la mordacidad, en el segundo hay un sentido muy desarrollado de lo siniestro y lo demoníaco; las maderas se encuentran maderas con asombrosos colores y el magnífico Kolja Blacher hace sonar afilado a su violín. Abbado canta el tercero con amplitud y concentración, consiguiendo momentos muy bellos no exentos del regusto amargo aquí muy conveniente, pero la tendencia del milanés a hacer sonar ingrávida la orquesta y a prodigarse en portamenti –probablemente los de Blacher son cosa de la batuta–, empaña un tanto el resultado. El cuarto está dirigido con frescura, riqueza de colores y sentido de los contrastes, pero aquí Magdalena Kozená, de voz pálida e impersonal, no muy cómoda en su parte, no termina de desplegar toda la emotividad deseable. Imagen y sonido excepcionales en Blu-ray. (7)



33. Herreweghe/Orquesta de los Campos Elíseos (Phi, 2010). Y los chicos HIP llegaron a Mahler. He aquí una versión fresca, animada y con sentido teatral, pero sin ningún concepto claro detrás de la interpretación, que se ve lastrada por el sonido ingrávido de las cuerdas de tripa y la tendencia a ofrecer un fraseo pimpante y frívolo. El primer movimiento resulta en este sentido cursi por momentos, aunque pueda resultar vistoso. Mucho mejor el segundo, por su sentido del color y por sus hallazgos teatrales, aunque estos no tengan una clara intencionalidad dramática y a Herreweghe se le escape la parte demoníaca de los pentagramas. El tercero está fraseado con concentración pero con mucha frivolidad, careciendo por completo de sensualidad y vuelo lírico; el primer violín ofrece portamenti insoportables y la batuta cae en el efectismo en el clímax final, con unos metales que no terminan de empastar. El cuarto está dirigido con mucha animación pero sin apenas inspiración, mientras que Rosemary Joshua, además de no matizar el texto, hace gala de un vibrato extraño y artificioso. La orquesta no es gran cosa. Grabación técnicamente sensacional. (5)



34. Eschenbach/Sinfónica de la NDR de Hamburgo (YouTube, 2010). Parece mentira que un director de semejante categoría se muestra tan desconcertante en el primer movimiento: no solo se alternan pasajes de expresión muy certera con otros bastante frívolos, sino que hay momentos resueltos con apreciable claridad y otros que le quedan más bien sucios. No solo falla el artista, sino también el director. Muchísimo mejor el segundo, francamente y demoníaco. Muy bien planteado el sublime Ruhevoll, directo al grano y muy doliente; lástima que el maestro se deje llevar puntualmente bien por la velocidad, bien por la dulzura. Notable la dirección del cuarto, pero Christiane Oelze solo convence en la última estrofa: la voz es grande pero el fraseo resulta duro y tosco. Al menos, eso desde luego, no cae en absoluto en lo monjil. La NDR ha colgado este testimonio en YouTube con calidad técnica solo aceptable para los estándares de hoy. (7)



35. Ivan Fischer/Orquesta del Concertgebouw (DVD RCO, 2010). Lectura notable la del maestro de Budapest, más robusta y cálida que refinada o imaginativa, en la que sobresale la importancia que le concede las maderas, que reciben un tratamiento carnoso y destacado sobre la masa orquestal, no solo en el segundo movimiento sino también en el primero; en el tercero, en general muy bello, Fischer cede a la tentación de la ingravidez y la cursilería en su sección central, lo que no solo molesta sino que también sorprende porque nada de ello hay en el resto de su recreación. El cuarto es el que está dirigido con menor inspiración, aunque aquí sobresale una Miah Persson que, aun pasando algún apurillo, luce una voz fresca, bien timbrada, y una expresividad que rebosa naturalidad y desparpajo. Ni que decir tiene que la orquesta más mahleriana del mundo realiza una labor insuperable y que sus solistas –la trompa, por cierto, se sitúa junto al violín en el segundo movimiento– se muestran a la altura de las circunstancias. Toma sonora espléndida. (8)




36. Nézet-Séguin/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2014). Músico de gran talento pero no poco irregular, el maestro canadiense nos da la de cal en una Cuarta no solo magníficamente construida por su batuta y maravillosamente tocada, como no podía ser menos, por la Berliner Philharmoniker, sino también muy convincente y sincera en lo expresivo en la que destaca un primer movimiento que rebosa frescura, entusiasmo, comunicatividad y poesía sin que lo inocente se confunda en ningún momento con lo cursi, y sin que haya la menor concesión a la blandura, la coquetería o el preciosismo sonoro. El segundo no está dicho con mucho sarcasmo o sentido de lo siniestro, pero tampoco es superficial y ofrece una enorme riqueza de colores, sensualidad y los toques inquietantes adecuados. Yannick sabe ofrecer un tercero muy bello, bien trazado y con sentido de la unidad, cosa no siempre fácil, y los solistas de la orquesta –admirable el oboe de Albrecht Mayer– dejan bien clara su enorme categoría, pero aquí hay que reconocer que en las secciones líricas se han escuchado recreaciones más hondas y emotivas; ahora bien, en las partes de espíritu naif y desenfadado que contrastan con las anteriores, Nézet-Séguin triunfa aplicando los mismos criterios que en el primer movimiento. El cuarto está de nuevo dirigido con una garra y entusiasmo desbordantes, si bien en la sección final se podría conseguir aún más magia. Más que notable, sin ser muy personal, la soprano Christiane Karg. (9)
 
 
 
37. Dudamel/Orquesta del Concertgebouw (Medici TV, 2021). Técnicamente, esta interpretación es un portento. La orquesta holandesa deja bien claro que es una de las mejores del mundo, estando entre las europeas a la misma altura de la Filarmónica de Berlín y la Filarmónica de Viena; tiene que envidiar a la cuerda de ambas, es cierto, pero creo que las maderas son aún superiores. Y precisamente son las maderas, que ya sobresalían en la comentada versión de Ivan Fischer, lo que con más interés y relieve trata la batuta de un Dudamel que demuestra aquí un dominio como pocas veces le haya escuchado. ¡Qué manera de clarificar todas y cada una de las líneas! La cuerda le suena aterciopeladísima; el metal muy redondo y empastado, sin que por ello deje de sonar con la incisividad apropiada cuando debe. En cuanto al discurso horizontal, el director mantiene magníficamente el pulso a pesar de la relativa lentitud de los tempi escogidos, y solo se puede poner reparo a ciertos juegos agógicos que no siempre suenan con la naturalidad deseable. En lo expresivo, parece más bien la lección de un director en una trascendida segunda madurez, una especie de Haitink menos distanciado y severo, más cálido, más animado en el tratamiento expresivo de las maderas –insisto en el papel que aquí desempeña esta familia– y con un más desarrollado humor negro, pero sin que llegue la sangre al río. Elegancia extrema, serenidad bien entendida, sensualidad y reflexión se dan de la mano dejando su espacio a los aspectos tenebrosos de la página sin que estos se pongan en primer término. Eso sí, creo que el primer violín se pasa con los portamenti del Ruhevoll. El cuarto movimiento cuenta con la participación de Camilla Tilling. Su instrumento vocal, siendo de apreciable calidad, no es la que más me gusta para esta parte, pero la soprano sueca canta divinamente y, sobre todo, matiza con muchísimo acierto el texto: hay que atender a lo que está diciendo exactamente para darse cuenta de cómo pone su técnica al servicio de la expresión, en la que venturosamente no cede ante la blandura ni la cursilería. (10)



38. Bychkov/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2021). El maestro de San Petersburgo ofrece una recreación de perfecta ortodoxia post-Bernstein, esto es, sensual, ensoñada, flexible en el fraseo, muy interesada por la belleza sonora y dotada un importante grado de decadentismo. Por fortuna los amaneramientos están controlados, no hay ingravideces, el pulso es firme y se atiende al dinamismo que también debe ofrecer la página. Inspiración poética hay solo la justa, pero la fabulosa orquesta ayuda sobremanera al director aportando una musicalidad a prueba de bombas. Chen Reiss luce una voz muy bien timbrada, un fraseo mórbido y mucha corrección expresiva. Imagen 4K y sonido Dolby Atmos sin mucha gama dinámica. (8)



39. Hannigan/Sinfónica de Londres (Mezzo y Symphony TV, 2023). Guapa, esbelta, con tacones y sin batuta. Dirige con la mirada, con los brazos, con el torso, con las piernas... Con todo su cuerpo, que mueve con flexibilidad extrema. Ver a Barbara Hannigan dirigiendo es todo un espectáculo. ¿Cómo dirige la Cuarta de Mahler? Pues más o menos igual, con entusiasmo, expresividad, nervio y un punto de histrionismo. Otra cosa es la manera en que esta extraordinaria actriz-cantante entiende la partitura. Y justo ahí está el problema: no tiene muy claro lo que quiere hacer. Arranca con lentitud y enseguida acelera con resultados bastante perniciosos: la música suena frivolona, pimpante, a la manera de un clasicismo –me refiero al antiguo clasicismo vienés– mal entendido. Luego la cosa se arregla y nuestra artista ofrece una recreación bastante fresca y comunicativa del primer movimiento, ya que no especialmente poético, en la que sobresale un toque de incisividad mucho más desarrollado en un magnífico Scherzo: Hannigan entiende de maravilla lo que hay aquí de demoníaco y se lo comunica estupendamente a las maderas londinenses. Pero en el Ruhevoll la directora vuelve a desconcertarnos: siendo el concepto intenso y doliente, como corresponde, y evitándose toda ensoñación excesiva, la canadiense quiebra su discurso con algunas frases ingrávidas que parecen salidas del peor Abbado. El último movimiento lo dirige bastante bien, con más ironía que encanto, inyectando nervio y marcando aristas sin caer en la precipitación. La soprano no es ella, sino Aphrodite Pataulidou: voz no muy interesante en la tímbrica y fraseo algo duro, pero el canto y la expresión son correctos. (8)



40. Ticciati/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2023). Protegido en su momento por Colin Davis y Simon Rattle, el maestro londinense realiza una verdadera exhibición de técnica al frente de una orquesta superlativa. No se trata solo de limpieza y claridad, que también. Ni de redondez en el sonido, ni del trazado global. Es la manera de controlar con enorme plasticidad cada una de las líneas de la música, de jugar con agógica y dinámica sin que el resultado suene rebuscado o falto de unidad. Otra cosa muy distinta, lástima, es la expresión, porque Robin Ticciati no consigue calar en la obra. El primer movimiento es muy animado, pero necesita una dosis mucho mayor de sensualidad y magia poética; además, hay una frase extremadamente dulce en la cuerda grave que llega a poner de los nervios. Bien a secas el Scherzo en lo que a la batuta se refiere: hay ironía, pero no atmósfera, y si la audición engancha es por la soberbia labor de los primeros atriles, con mención especial a la concertino Vineta Sareika-Völkner. Correcto el Ruhevoll, al que le sobra más de un detalle de blandura. En la canción celestial el nivel sube de manera considerable gracias a Elsa Benoit, que evita toda cursilería y canta con enorme calor expresivo. Un siete para el director: el ocho es por la orquesta y la soprano. (8)
 


41. Nelsons/Filarmónica de Viena (Stage +, 2024). Arqueamos las cejas en los primeros minutos: el director letón parece apostar por una suerte de "clasicismo vienés", pero entendiéndolo no desde la enorme lucidez de Maazel en 1983, sino desde una óptica más bien frivolona. Poco a poco se va centrando e incluso cambia de concepto. El resultado es un primer movimiento lleno de tensiones y de claroscuros, aristado en la tímbrica y revelador en las texturas –trabajadísimas–; todo ello sin necesidad de recurrir a una reinterpretación tipo Klemperer, porque también hay encanto, vitalidad más o menos risueña, adecuada flexibilidad en el fraseo y mucha belleza sonora. Lástima que en la transición a la coda haya alguna caída en la cursilería. En el Scherzo deja bien claro lo que hay de burlesco y sarcástico, pero equilibrándolo tanto con lo puramente demoníaco –increíble el violín de Rainer Honeck– como con la fantasmagoría nostálgica. Por lo demás, todo se expone con singular transparencia y enorme intensidad expresiva. Irregular el Ruhevoll, en el que se alternan momentos de belleza tan grande como superficial, momentos de enorme intensidad dramática y momentos –pocos– de amaneramiento. ¿Que los portamenti están en la partitura? Cierto, pero otros directores lograron sortear todas las trampas de esta música tan sublime como peligrosa sin renunciar a la sensualidad tímbrica ni a la delectación melódica. Ni que decir tiene que la Filarmónica de Viena se luce en plenitud, aunque al timbalero –magnífico– se le va la mano en el primer clímax. La dirección del cuarto movimiento me ha parecido de las mejores que he escuchado. Lo seráfico no queda al margen, pero el maestro evita caer en lo meramente contemplativo e ingenuo: vuelve a haber tensiones marcadas, claroscuros y un sumamente atractivo estudio de texturas. El problema –por eso pongo un ocho y no el nueve que se merecen orquesta y batuta– está en la soprano Christiane Karg, que me ha gustado aquí menos que en la versión con Nézet-Séguin arriba comentada. La voz es de buena pasta, pero vocalmente parece algo incómoda, de tal modo que el fraseo carece de la morbidez que pide su parte. Solo la última estrofa, dicha con el adecuado punto de sensualidad, resulta realmente notable. (8)

jueves, 2 de noviembre de 2023

Réquiem de Mozart por Bruno Walter: anticuado

Como hoy es el Día de los Fieles Difuntos, vayan las dos versiones oficiales –tiene cinco más– del Réquiem de Mozart por uno de los más reputados mozartianos del siglo XX, Bruno Walter. La primera de ella, registrada en vivo por EMI Francia en el Teatro de los Campos Elíseos, corresponde a una gira de la Filarmónica de Viena realizada en 1937. Como testimonio histórico, este documento alcanza un valor incalculable, no ya por ser la primera grabación completa de la página, sino porque el maestro berlinés, a sus 61 años, presuntamente recogía las esencias de una tradición centroeuropea que podía remontarse muchas décadas atrás; como también se supone que lo hacía –con una considerable cantidad de problemas en la ejecución– la Wiener Philharmoniker.

Otra cosa es que hoy, con todo lo que ha llovido desde entonces, convenza el resultado. Se dirá que maestros como Karl Böhm o el mismo Karajan también apostarán por tempi lentos, sonoridades masivas y un enfoque que tenga muy en cuenta el pasado –llamémosle así– bruckneriano. Cierto. Pero no es menos verdad que con ellos la música fluirá con mayor naturalidad, lógica, depuración sonora y –no lo olvidemos– belleza formal. También que Walter se toma demasiadas libertades “románticas” sin que con ello –antes al contrario– la expresión resulte más variada y convincente. Elisabeth Schumann, Kerstin Thorborg, Anton Dermota y Alexander Kipnis conforman un elenco extremadamente lujoso: como escribir que a mí no me interesa lo que aquí hacen supondría excomunión inmediata, mejor me callo.

 

La otra grabación es la bien conocida de la Filarmónica de Nueva York grabada por CBS en 1956. Diecinueve años no pasan en balde, claro está. Los tempi son algo menos lentos, su estilo mozartiano se ha depurado, ya no se toma licencias y el discurso fluye con mayor continuidad. Aun así, esta música exige una depuración sonora muchísimo más elevada de la que pueden ofrecer las huestes neoyorquinas, así como una batuta más ágil, menos melodramática y de mayor riqueza en la expresión. El cuarteto, aunque a priori se pudiera pensar lo contrario, es mejor que el de la anterior ocasión: Irmgard Seefried, Jennie Tourel –la más floja–, Léopold Simoneau y William Warfield. La toma, aún monofónica, sigue dejando mucho que desear a pesar del reciente reprocesado.

¿Recomendaciones? Si usted, como yo, quiere acercarse a la historia interpretativa del Réquiem mozartiano, escuche estas dos grabaciones. Si no, olvídelas y acuda a la de Barenboim con la English Chamber.

sábado, 2 de septiembre de 2023

Sinfonía nº 1 de Gustav Mahler: discografía comparada

ACTUALIZACIÓN

2.IX.2023 

Esta entrada la publiqué el 3 de enero de 2020.

Ahora añado las grabaciones de Solti 1964, Mehta 1974 y 1980, Muti, Abbado 1989 y Boulez,

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No es esta la música que más me gusta del compositor bohemio. Su último movimiento me resulta un monumental ladrillo y, en general, aprecio cierta impostura expresiva: a mí me parece que el tremendo éxito que suele cosechar entre el público no se debe tan solo a la belleza de las melodías que extrae de sus Lieder eines fahrenden Gesellen o la enorme brillantez orquestal desplegada, sino en la tramposa manera de dar gato por liebre, es decir, de hacer pasar por complejo, profundo y psicoanalítico un mensaje en que realidad es más simple que un ocho. En cualquier caso, hay muchísimas cosas interesantes en esta partitura como para dejarla a un lado, así que allá vamos.



1. Barbirolli/Orquesta Hallé (Pye, 1957). Es esta una lectura concentrada y poética –verdaderamente mágica la introducción–, ajena a la retórica vacua y al efectismo, que aun sin ser de lo mejor que ha hecho en este repertorio, da buena cuenta de la vigencia de los planteamientos mahlerianos de Sir John. El primer movimiento despliega lirismo de la mejor ley. El segundo, expuesto con lentitud y cierta sorna en el tratamiento de las maderas, interesa por ofrecer más retranca que impulso o frescura. En el tercero, por el contrario, se hubiera agradecido una dosis superior de sarcasmo. Y en el cuarto Barbirolli logra el milagro de no aburrirnos gracias a un perfecto dominio de la arquitectura y a su capacidad para descubrirnos los aspectos más góticos de la página. A la hora de la verdad, el único reparo serio viene por parte de las manifiestas insuficiencias de la orquesta: la repetición de algunos pasajes no hubiera venido nada mal para dejar testimonio fonográfico de una interpretación más depurada. Tampoco la toma, primera estereofónica que recibe esta partitura, está a la altura de las circunstancias. (8)



2. Walter/Sinfónica de Columbia (Sony, 1961). Un introducción particularmente tierna y bucólica, en la que la llamada de la naturaleza no resulta inquietante sino seductora, y en la que hay detalles magistrales –admirables pizzicati– que revelan la espléndida técnica del maestro, da paso a una interpretación en perfecta consonancia con la idea que tenemos de Bruno Walter como “maestro amable”; o mejor aún, con la etiqueta de “moralista” que le aplicaba Klemperer a la hora de calificar su Mahler, en contraposición a la de de “inmoral” que el de Breslau –genio y figura– se aplicaba a sí mismo. Lo es al menos en el primer movimiento, espléndido visto desde semejante óptica, y también en un segundo más que correcto en cuyo trío sorprende no encontrar portamentos en los lugares esperados, pero sí donde no suelen hacerse. La marcha fúnebre, paladeada con una lentitud que le viene muy bien, se encuentra ricamente matizada y no es ajena a la ironía. El gran pinchazo de la interpretación, hasta aquí de alto nivel, se encuentra en un Finale desganado, falto de continuidad y lastrado por alguna chapucilla por parte de una orquesta que se queda un tanto corta. La toma sonora ha resultado ser muy notable tras el último reprocesado. (8)



3. Haitink/Orquesta del Concertgebouw (Philips, 1962). Una pena tener que sacar a relucir el tópico, pero lo cierto es que el maestro holandés, además de ofrecer una admirable perfección técnica a la hora de levantar el edificio sinfónico, hace gala de un distanciamiento expresivo que no solo evita cualquier blandura, preciosismo o concesión de cara a la galería, lo que resulta perfecto, sino que también se queda a medio camino en una música que parece pedir a gritos mayor compromiso, mayor creatividad y mayor intensidad poética. Dicho esto, se aprecia aquí unas ganas de comunicar digamos que “juveniles” –Haitink contaba treinta y tres años– que no siempre se harán presentes en sus posteriores acercamientos al mundo mahleriano, por lo que a la postre nos encontramos con una honestísima interpretación que, además, tras el reciente reprocesado suena francamente bien para la época. (8)


4. Leinsdorf/Sinfónica de Boston (RCA, 1962). Correctamente construida, bien diseccionada e irreprochablemente tocada, esta interpretación sirve como testimonio de que en fechas relativamente tempranas –todavía estaba por llegar el boom discográfico mahleriano– ya existían planteamientos que apostaban por un lirismo ensoñado y algo suavón para esta música, aunque tampoco se pueda hablar aquí de blandura ni de narcisismo. El maestro austríaco arranca sin conseguir la magia sonora deseable, para seguidamente desgranar aquello de “Ging heut’ margen übers Feld” con delectación, sensualidad y un punto quizá excesivo de suavidad, justo como pasa en el trío de un Scherzo que, por lo demás, resulta notable. Lenta y misteriosa la marcha fúnebre, no muy atenta a los aspectos “vulgares” tan decisivos en este universo musical. El Finale es correcto, solo eso: no hay excesos, pero tampoco se consiguen continuidad en las tensiones ni la electricidad que otras batutas aquí alcanzan. La toma es espléndida, a despecho de una gama dinámica no del todo amplia. (7)


5. Solti/Sinfónica de Londres (Decca, 1964). En plena primera madurez de su carrera, un Solti de increíble virtuosismo demuestra hasta qué punto se puede inyectar nervio, electricidad y brillantez a esta música sin renunciar a lo que tiene de poético, pero también sin caer en el menor amaneramiento. Y lo hace, claro está, haciendo gala de un portentoso control de los medios, de una concentración impresionante y de una atención plena tanto a la arquitectura global como al detalle. Un poco más de imaginación no le hubiera venido mal, en líneas generales, pero en contrapartida la marcha fúnebre es un hallazgo: sensual antes que inquietante, muy cálida y también con una buena dosis de retranca. (9) 

 


6. Bernstein/Filarmónica de Nueva York (Sony, 1966). Esta de Lenny no tiene nada que ver con las otras interpretaciones de esta misma época aquí comentadas: frescura, jovialidad, encanto, pleno goce hedonista de melodías, ritmos y colores, arrebatos de entusiasmo –tremendo el arranque del cuarto movimiento–, flexibilidad y creatividad en la agógica… Pero también encontramos una tendencia nada disimulada hacia el preciosismo y el más insufrible amaneramiento, que se hace bien presente en el Trío del Scherzo. Por otra parte, tampoco hay especial intensidad poética en esta recreación vistosa, sin la menor duda, pero un tanto superficial. (8)



7. Giulini/Sinfónica Chicago (EMI, 1971). Para muchos críticos una verdadera referencia, esta es una lectura presidida por el buen gusto, por la total ausencia de efectismo y de cursilería, por la naturalidad en el desarrollo y por el profundo sentido lírico y humanista esperable en Giulini. Se puede preferir una versión más ácida, con más nervio y con más sentido del humor, pero la propuesta resulta tan coherente como sincera, y se encuentra fabulosamente planificada y ejecutada. Si no le otorgo la máxima calificación es solo porque el propio Giulini se superará a sí mismo poco más tarde. (9)



8. Bernstein/Filarmónica de Viena (DVD DG, 1972). Aunque solo han pasado seis años desde su registro con Nueva York y el concepto sigue siendo el mismo, la presencia de la Wiener Philharmoniker conduce a unos resultados netamente superiores a los de entonces. Y no solo por la superlativa calidad de la más famosa formación austríaca, sino porque junto a ella Lenny parecía llegar a un punto de encuentro entre su propia personalidad y la de la orquesta, o lo que es lo mismo, entre lo dionisíaco y lo apolíneo, entre temperamento y belleza sonora. Ofrece de esta forma un magnífico primer movimiento, comunicativo a más no poder dentro de su irreprochable ortodoxia, y un cuarto fulgurante en el que la batuta hace cantar a la cuerda de manera prodigiosa, saca todo el brillo a la sección de metales y logra mantener la tensión a lo largo de estos veinte minutos en otras ocasiones soporíferos. El segundo estaría muy bien si no fuera porque los amaneramientos de la grabación para CBS vuelven a hacerse presentes. En la marcha fúnebre desconcierta por completo un contrabajo que parece apostar por el feísmo sin saber muy bien a dónde va, y –en general– el director no logra sacarle todo el partido a la página a pesar de un portentoso dominio de la agógica. La filmación es un placer, por motivos que todos conocemos: ¡ver a Bernstein dirigiendo Mahler! La toma sonora adolece de una molestísima compresión dinámica que fastidia de manera considerable la audición. (9)

 

 

9. Mehta/Filarmónica de Israel (Decca, 1974). Las maneras del Mehta joven –treinta y ocho años– le sientan de maravilla a una obra como esta. También a unos oídos como los nuestros, que tras muchos desmanes cometidos en este repertorio a lo largo de las últimas décadas desean encontrar sana rusticidad en lugar de ultrarrefinamiento –lástima que no renuncie a los portamentos del Trío del Scherzo-, ímpetu juvenil en lugar de blanda ensoñación, potencia expresiva en vez de grandes contrastes decibélicos. El de Bombay nos entrega todo eso sin renunciar al trazo cuidadoso, pero también es cierto que se queda un tanto corto en lo que a perfume poético y emotividad se refiere, manteniéndose en una superficial brillantez sin explorar detrás de las notas. La toma es francamente buena para la fecha. (8)


10. Giulini/Filarmónica de Berlín (Testament, 1976). Nueva vuelta de tuerca por parte de un Giulini que nos ofrece una lectura lentísima, maravillosamente paladeada, en la que la cantabilidad, la elegancia sin almíbar y el sentido humanista se imponen por encima de los aspectos épicos y humorísticos de la escritura, pero en la que –en cualquier caso– se alcanzan una hondura, una belleza y una emotividad extremas, particularmente en el canto de los lieder. Impresionante todo el arranque, y en absoluto retórico el final, pleno de grandeza y sin pesadez. Hay fallos en la ejecución, pero la orquesta de Karajan rinde al nivel que en ella se espera. La toma ofrece, venturosamente, una amplia gama dinámica que permite disfrutar sin problemas de la que quizá sea la más convincente lectura de todas las escuchadas. (10)




11. Kubelik/Sinfónica de la Radio Bávara (DVD Dreamlife, 1980). El enfoque lírico del maestro checo resta retórica, pesadez y escándalo gratuito al cuarto movimiento, logrando incluso que sus momentos más introvertidos no se hagan eternos, lo que se sienta estupendamente a esta flojísima música (¿lo peor del Mahler sinfónico?), pero lo cierto es que en el resto de la partitura, que sí alberga cosas de interés, Kubelik no solo no acierta a inyectar toda la fuerza y la convicción necesarias, sino que termina evidenciando, con múltiples detalles personales aquí y allá, cierta tendencia no ya a lo contemplativo, sino también a lo suavón –Trío del Scherzo, melodía de la canción “Die zwei blaue Augen von meinen” en el tercero– que no resulta de recibo. Tampoco la orquesta, solvente sin más, se encuentra en la mejor forma posible. La realización visual es correcta, pero la toma sufre de una fuerte compresión dinámica que impide percibir la música como es debido. (7)

 

12. Mehta/Filarmónica de Nueva York (CBS, 1980). Solo han pasado seis años desde su registro en Israel, pero aquí Mehta ya es otro músico, menos extrovertido y más personal, más creativo, pero no precisamente exento de irregularidades, entre otras cosas porque esta vez le va a abrir la puerta a la blandura. Sabe crear misterio y expectación en el arranque, navega luego con sensata ortodoxia y alcanza un final del primer movimiento lleno de fuerza y brillantez. Bueno sin más el segundo: en el Trío no solo no evita los portamentos, sino que además cae en una desafortunada cursilería. Paladea de manera muy insinuante la marcha fúnebre, también con mayor lentitud; le resulta mucho antes misteriosa que irónica, pero en el lied central se le va la mano. Justo lo que pasa en determinados pasajes en exceso contemplativos del último movimiento, por lo demás lo mejor de la función: brillantez, fuerza y convicción a tope, todo ello haciendo rendir a una orquesta no especialmente buena al máximo de sus posibilidades. Buena grabación digital. (8)


13. Abbado/Sinfónica de Chicago (DG, 1981). Nada que ver el lo que hacen aquí los portentosos chicagoers con lo que hicieron diez años atrás bajo la batuta de Giulini. No esperemos encontrar el vuelo lírico, la cantabilidad humanística, la ternura ni la efusividad del de Barletta. La del milanés es una lectura mucho menos profunda y reflexiva, más a flor de piel, más vistosa e inmediata, llena de color, de frescura, de sentido del humor –desenfadado, sin mucha retranca– y de brillantez venturosamente ajena al exceso y al efectismo. Solo algún detalle curso en el Trío del segundo movimiento –no obstante delicioso– anuncia la lamentable posterior evolución de Abbado en este repertorio. (9)


 

14. Markevitch/Gewandhaus de Leipzig (Tahra, 1982). Adoptando tempi rápidos y haciendo gala de esa electricidad que caracteriza su batuta, el maestro ucraniano acierta al ofrecer un Mahler fresco, vibrante y por completo alejado del preciosismo, no digamos ya de los amaneramientos, pero no termina de redondear su propuesta. El primer movimiento, sin dulzonería alguna, funciona estupendamente. En el segundo pincha el Trío, ligero en todos los sentidos, trivial y un punto cursi. El tercero necesitaría más sosiego y sentido del misterio, como también mayor retranca. Y el Finale se ve felizmente despojado de toda retórica y ofrece una rusticidad sonora de lo más refrescante, pero de nuevo algunos pasajes podrían estar más paladeados. Tampoco la orquesta parece en óptima forma, ni la batuta logra ofrecer la mayor depuración sonora posible, incurriendo incluso en algún desajuste. La toma deja bastante que desear para la época, incluso siendo de origen radiofónico. (7)


15. Solti/Sinfónica de Chicago (Decca, 1983). La gran aportación de este registro es una toma sonora sensacional, claramente superior a la ya muy buena conseguida por DG dos años antes en el registro de Abbado. Claro que no es solo por la soberbia labor de los ingenieros del sello británico por lo que la CSO suena aquí con mayor virtuosismo, redondez, riqueza tímbrica y depuración sonora, sino también por la perfección maestra con la que la trata su titular, un Solti en el momento más equilibrado de su carrera que sabe ofrecer no solo su habitual dosis de extroversión, incisividad y sentido teatral, sino también, como ya ocurriera en su lectura al frente de la London Symphony, delectación melódica –tempi muy deliberados–, sensualidad, atmósfera y sentido del misterio. Se ha perdido un poco de la frescura y del nervio de la ocasión anterior, pero lo compensa la soberbia respuesta de la formación norteamericana, brillante a más no poder sin que haya lugar para el exceso. (9)

 

 

16. Muti/Orquesta de Philadelphia (EMI, 1984). Siendo esta la única grabación mahleriana del maestro napolitano, podría esperarse una interpretación poco comprometida, realizada únicamente para lucir el tremendo fulgor de la orquesta. Pues no: Muti le pone muchísimas ganas al asunto y aborda la partitura haciendo gala no solo de su habitual intensidad, sino también de su muy loable deseo de apartarse de blanduras, preciosismos y amaneramientos. Puede ser que, por ello mismo, haya quienes prefieran que el lied del primer movimiento hubiera estado más paladeado, más atento a los efluvios poéticos, aunque a mi entender es mejor caer en este extremo de la vitalidad juvenil que en el contrario. En la misma línea el Scherzo, entusiasta a más no poder y dotado de un “descaro” muy conveniente; los portamentos del Trío se los podría haber ahorrado. Misteriosa y sin prisas la marcha fúnebre, pasando luego a un Finale fulgurante en el que, eso sí, en las secciones lentas se pierde un poco el pulso. Las fuerzas de Philadelphia lucen con una mezcla de brillantez y aspereza que le sienta de maravilla a la sección conclusiva. Lástima que la toma deje que desear. (9)


17. Bernstein/Orquesta del Concertgebouw (DG, 1987). Por fin una toma sonora a la altura de las circunstancias para disfrutar de la sensacional orgía tímbrica que Lenny despliega en esta espléndida interpretación, sólo empañada –ay, una vez más– por lentitudes y amaneramientos en el segundo movimiento. Esta es, en cualquier caso, la grabación del norteamericano que hay que escuchar. (9)



18. Ozawa/Sinfónica de Boston (Philips, 1987). Conociendo sus maneras interpretativas, podría esperarse del maestro oriental una versión algo más suave de la cuenta, más lírica que dramática y quizá algo descafeinada. Pues no: aunque están aquí el refinamiento, la elegancia y la sensibilidad para el timbre que en él son habituales, Ozawa ofrece una interpretación ante todo fluida y natural, que se desarrolla sin la menor parsimonia, con tanta frescura como control, ajena a preciosismos, decadente solo en el punto justo, brillantísima cuando debe serlo y comprometida en todo momento. Se pueden echar de menos el lirismo humanista de un Giulini o un Tennstedt, la electricidad de un Solti o el sentido de los contrastes de un Bernstein, pero lo cierto es que globalmente esta interpretación, soberbiamente tocada por los de Boston y admirablemente registrada por los ingenieros de Philips, termina siendo de enorme altura. (9)


19. Colin Davis/Radio Bávara (Novalis, 1988). Perfecta en su trazado y ejecución, de un encomiable buen gusto propio de Sir Colin, muy equilibrada entre todos los componentes de la partitura, sin caídas en la blandura ni en el efectismo, pero aún así se trata de una interpretación necesitada de un punto más de implicación, variedad expresiva y “locura”. Demasiado british. (7)

 

20. Abbado/Filarmónica de Berlín (DG, 1989). Pianísimos imposibles, fortísimos tan atronadores como redondos y limpios, riquísimo colorido, infinita capacidad para el matiz… Difícil no caerse del asombro ante la técnica del maestro milanés enseñoreándose con la que ya era su orquesta, dispuesta a dar lo mejor de sí misma y conseguir, como queda en evidencia en esta toma en vivo, la rendición incondicional del respetable. Sin embargo, Abbado ya no es el mismo de antes: ahí están, aunque no terminen de estropear su –a la postre– notabilísima recreación, esas sonoridades algo ingrávidas en la cuerda, esas frases que tienden a lo relamido, esos detalles narcisistas que son propios de la menos buena etapa del maestro; de todos ellos, es el muy discutible juego agógico y dinámico en arranque del tema del Scherzo lo que más llama la atención. (8)

 


21. Tennstedt/Sinfónica de Chicago (EMI DVD y CD, 1990). La formación norteamericana vuelve aquí a estar sensacional, pero en esta ocasión no luce como en ocasiones anteriores su potencial para lo espectacular –el final, no obstante, es para descubrirse– porque el maestro alemán construye una interpretación antirretórica, decidida a borrar lo menos interesante de la música mahleriana para quedarse con la belleza de sus melodías, paladeadas con delectación sin caer apenas –quizá el primer movimiento resulta contemplativo en exceso, y algo más dulce de la cuenta "Die zwei blauen Augen"– en el narcisismo, y afirmando que en esta música hay mucho de mensaje humanista que es necesario rescatar. En este sentido, es esta una versión “de anciano director”, serena y trascendida, dicha con tanto lógica como naturalidad, ricamente matizada sin que la flexibilidad apenas se note y dispuesta a llegar mucho antes al corazón que a los sentidos. Nada que ver con Solti y Abbado, pues, y sí mucho con Giulini. Lástima que la toma sonora del DVD no ofrezca toda la gama dinámica posible. (9)



22. Bertini/Sinfónica de la Radio de Colonia (EMI, 1991). No es esta una interpretación personal y creativa. Tampoco resalta los valores más poéticos de la página, ni se interesa por los pliegues más inquietantes de la misma. Sí que ofrece frescura, animación, sinceridad y entusiasmo controlado por una batuta que planifica estupendamente y trabaja a la orquesta, más que meritoria, con claridad y atención al detalle. Pero lo más importante, habida cuenta de lo que hacen demasiados directores, quizá sea la absoluta ausencia de blandura, dulzonería y amaneramiento, como también de planteamientos de cara a la galería. Bertini nos ofrece la partitura despojada de retórica, de trivialidades y de otras molestias adherencias. Música desnuda interpretada con plena convicción. Una toma sonora sensacional, realizada en vivo en el Suntory Hall de Tokio, redondea una interpretación perfecta para acercarse por primera vez a la obra. (9)



23. James Judd/Filarmónica de Florida (Harmonia Mundi, 1993). Uno no sabe muy bien para qué se graban cosas como esta. Primer movimiento muy correcto, aunque con tendencia a exagerar los pianísimos. Segundo sin mucha fuerza y con un trío blando y excesivamente ensoñado, cuando no amanerados y narcisista. Tercero con una sección central muy lánguida. En el cuarto están muy bien las partes extrovertidas, brillantes sin escándalo gratuito, pero las lentas sufren de nuevo de excesiva languidez. El bajo volumen al que se realizó la grabación permite obtener una amplísima gama dinámica. De hecho, quizá sea la toma, que además ofrece una enorme naturalidad, lo único interesante de esta edición junto con la propina: una ensoñada lectura de Blumine, el segundo movimiento sabiamente eliminado por el compositor. (5)


24. Chailly/Orquesta del Concertgebouw (Decca, 1995). He aquí una lectura excepcional por su absoluta claridad, desarrolladísimo sentido del color, elevada poesía y absoluta ausencia de retórica. El primer movimiento es extremadamente lírico y emotivo; el segundo más reposado de lo común pero lleno de frescura; el trío refinado y leve sin caer en el amaneramiento; el tercero nada humorístico y sí muy misterioso; el cuarto está lleno de fuerza sin caer en el efectismo ni el desbordamiento. En conjunto, una versión relativamente introvertida, pausada, poética, quizá más madura que juvenil, pero en todo caso reveladora. Hay que conocerla. (10)

25. Boulez/Sinfónica de Chicago (DG, 1998). La batuta-bisturí de Boulez, el virtuosismo inconmensurable de los chicagoers y la sensacional labor del ingeniero de sonido Rainer Maillard –es la versión que mejor suena en CD– nos entregan la más increíble radiografía sonora de esta música que uno pueda concebir. Se escucha todo, absolutamente todo, con una limpieza, un equilibrio de planos y una minuciosidad extraordinaria, pero sin que la atención al detalle haga olvidar una arquitectura de lógica y solidez a prueba de bombas. Expresivamente, Boulez nos desconcierta moviéndose entre su habitual rigor –la mayor parte de la página-, inesperada frivolidad –el Trío lo recrea con inconveniente ligereza– y una emotividad poética –última aparición del “Ging heut’ margen”– no menos inesperada. (9)

 



26. Eschenbach/Orquesta de París (YouTube, 2007). Interpretación sobria, directa, de un solo trazo, distanciada tanto del “romanticismo” como de enfoques más o menos expresionistas, poco interesada por el sarcasmo pese a no obviar los aspectos sombríos de la pieza, pero necesitada de un punto más de calidez, emotividad e imaginación para destacar. No es lo mejor de este globalmente magnífica integral que, según me contó el propio Eschenbach, intentaron de manera infructuosa que se editara comercialmente. Al menos está el YouTube. (8)



27. Harding/Orquesta del Concertgebouw (RCO Blu-ray, 2009). El "desperezarse" del arranque está maravillosamente plasmado merced a una técnica de batuta superlativa –el maestro hará gala de ella a lo largo de toda la interpretación– y de una cuerda de asombrosa maleabilidad, pero al llegar a la maravillosa melodía de “Ging heut' Morgen über's Feld” Harding opta por una suavidad extrema que encuentro contraproducente; a partir de ahí, comienza un tira y afloja en el que se alternan pasajes muy bien planteados con otros en exceso ensimismados. El segundo movimiento está francamente bien, aunque en el trío, aun no excediéndose en los portamenti como hacen otros, vuelve el exceso de dulzura. En el tercero la atmósfera y el misterio se imponen por encima de la ironía; eso sí, al llegar “Die zwei blauen Augen” (¿lo adivinan?) la batuta cae en una dulzonería ya insoportable. El Finale, aun de nuevo con más de un devaneo con la blandura, convence por el soberbio espectáculo sonoro, perfectamente planificado y sin escándalo gratuito, que plantean Harding y los portentos de Amsterdam. En definitiva, una recreación tan desconcertante como lo es el propio artista británico. (8)



28. Dudamel/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2015). Dudamel confunde ensoñación con languidez, delicadeza con excesiva suavidad y lirismo con cursilería. Así las cosas, el arranque resulta adecuadamente misterioso, pero en cuanto aparece en los violonchelos eso de “Ging heut' Morgen über's Feld” el azúcar empieza a hacer estragos. Y no, la culpa no es de Mahler. El segundo movimiento empieza bien, sobrando quizá algún detalle rebuscado que no hacía ninguna falta; al llegar al trío, otra vez el maestro se pone repipi. En el tercero sobra suavidad y se echa de menos sentido del humor sarcástico; lo de “Die zwei blauen Augen” ya es el colmo del empalago. En el cuarto Dudamel domina increíblemente bien las tempestades orquestales y, con la fuerza y comunicatividad que le caracterizan, consigue momentos portentosos, pero de nuevo las languideces entre todos esos picos llegan a resultar insoportables. Puede verse aquí. (6)



29. Roth/Les Siècles (Harmonia Mundi). Tenemos aquí la recuperación de la segunda versión, cuando todavía la partitura era Titán pero con los pentagramas ya sustancialmente revisados. Roth la materializa haciendo uso de instrumentos de la época y la ubicación geográfica del compositor, atendiendo a lo que este conoció en su experiencia en Viena. Resulta muy atractiva la sonoridad de las maderas. Discreta la de los metales. La cuerda de tripa, al menos la aguda, parece insuficiente para lo que pide la partitura, amén de no resultar muy ágil ni exacta. Pero esto último no es culpa de los instrumentos sino de Les Siècles, una formación lejísimos del nivel de grandes orquestas que han dictado leccciones magistrales en esta música. En cuestiones de empaste y claridad, Roth tampoco parece ninguna maravilla, e incluso en los tutti más explosivos de los movimientos extremos hay más barullo de la cuenta. La articulación ofrece muchos dejes historicistas, resultando irritante en determinados planteamientos, como el fraseo de la cuerda en el arranque del lied del primer movimiento o el contrabajo (¡inaguantable!) al comenzar la marcha fúnebre. Pero no es historicismo, sino pura cursilería, el modo en que está fraseado el lied "Die zwei blauen Augen". Como es también culpa de Roth, no del planteamiento “históricamente informado”, el rosario de gangosidades y blanduras varias que el director nos va regalando aquí y allá. En realidad, lo único realmente bueno es el Scherzo, dicho con un impulso y una frescura como pocas veces se haya escuchado; no así su trío, afectado por blanduras varias. Ah, se me olvidaba: como se trata de Titán, y no propiamente de la Sinfonía nº 1, hay que aguantar Blumine. (5)

Sinfonía nº 4 de Mendelssohn, "Italiana": discografía comparada

Esta comparativa de la Sinfonía Italiana de Mendelssohn la publiqué inicialmente el 2 de junio de 2024. He añadido Solti/Israel, Solti/Viena...