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martes, 6 de diciembre de 2022

Fabio Luisi graba Nielsen

Nacido en Génova pero de formación y trayectoria netamente centroeuropeas, Fabio Luisi se ha movido entre el mundo de la ópera y el terreno sinfónico con unas maneras que pueden recordar a las –muy mediterráneas, si ustedes lo quieren ver así– de Riccardo Muti, aunque con una sonoridad menos musculosa y más incisiva: desarrolladísimo instinto teatral, sentido de los contrastes, mucho nervio interno, poco interés por la delectación sonora y un temperamento muy “descarado”, muy “echado para adelante”, más un atención plena a la globalidad de la arquitectura que no va en detrimento de la adopción de pinceles finos.

Con semejantes mimbres inició un ciclo de poemas sinfónicos de Richard Strauss que se quedó en cuatro discos porque rompió relaciones con la Staatskapelle de Dresde –titular desde 2007– antes de lo previsto. Quizá sea tan tempestuoso en lo personal como sobre el podio, porque en el Metropolitan de Nueva York duró siete años, menos de lo que un maestro con semejante talento podía haberlo hecho. Pasó cinco temporadas con la Orquesta de la Suisse Romande, con la que nos dejó un formidable ciclo de sinfonías de Honegger que reverdece los laureles de los tiempos en que la formación suiza era de Ansermet, y ahora anda con la Sinfónica Nacional Danesa, con la que empezó en 2017.

Traemos precisamente su primer disco juntos, lanzado a bombo y platillo por DG: sinfonías n.º 4, “Inextinguible” y n.º 5 del compositor danés por excelencia, Carl Nielsen. Los resultados son espectaculares, y no solo por la labor de los ingenieros del sello amarillo –impresionante sonido en Dolby Atmos-. Es el de Luisi un Nielsen sanguíneo y vitalista a más no poder, sacudido constantemente por la electricidad sin que el nervio se traduzca en nerviosismo, riquísimo en la paleta de colores y plagado de ángulos; muy combativo y hasta violento cuando debe, lleno de amenaza e incluso de violencia, pero también dotado de unas ganas de vivir y de un goce sensual que nos permite comprender mejor la música del autor.

La Inextinguible resulta más visceral y menos grandiosa que aquella de Karajan por completo imposible de alcanzar –comentado aquí–, pero engancha de principio a fin y deslumbra por la potencia sonora que el maestro es capaz de extraer de su nueva orquesta. En la n.º 5 la competencia es el milagro de Herbert Blomstedt con la Filarmónica de Berlín –filmación de 2013 en la Digital Concert Hall–. Aunque Luisi no alcanza semejante nivel de planificación de tensiones y depuración sonora, aporta un enfoque más fresco, mayor sentido del espectáculo –bien entendido– y una irresistible comunicatividad. A la postre, este se convierte en el mejor disco para realizar una primera aproximación a este universo sonoro.

 

PD. Efectivamente, este texto también lo he escrito para el libro de directores. Estoy utilizando el blog como laboratorio de ensayos.

miércoles, 29 de agosto de 2018

Sinfonías de Nielsen con la Sinfónica de Londres: Ole Schmidt y Colin Davis

Dos ciclos tiene la Orquesta Sinfónica de Londres de las seis sinfonías de Carl Nielsen. El primero lo grabó para Unicorn con el maestro danés Ole Schmidt en el año 1974, utilizando como estudio la misma iglesia de St. Gilles en la que por las mismas fechas mi queridísimo Bernard Herrmann registraba para idéntico sello diferentes páginas cinematográficas y no cinematográficas. El segundo lo protagonizaba nada menos que Sir Colin Davis, siendo registrado en vivo y editado por LSO Live a partir de una serie de conciertos ofrecidos entre 2009 y 2011 en el Barbican Hall, es decir, justo al lado del templo gótico antes referido.


Aquí se acaban las similitudes, porque son dos ciclos que, dentro de su excelencia, resultan muy diferentes. Abreviando para quienes no quieran leer el texto completo: Schmidt aborda las partituras desde una especie de expresionismo que llega de manera muy inmediata al oyente pese a resultar algo tosco, mientras que Sir Colin, como no podía ser menos, apuesta por el trazo fino y la emotividad lírica, pero sin eludir en modo alguno tensiones sonoras y el dramatismo expresivo.

Ya en la Sinfonía nº 1 esas diferencias quedan claras. Ole Schmidt ofrece una interpretación de trazo sólido, decidido, directo, de una adecuada rusticidad sonora y muy atenta a las tensiones, pero escasa de flexibilidad e imaginación, no muy poética ni emotiva, amén de algo gruesa en el trazo. La de Colin Davis posee las virtudes de la de Schmidt, pero añadiendo el refinamiento, la flexibilidad y el vuelo lírico que allí se echaban en falta. Eso sí, el enfoque es clasicista en el buen sentido, lo que significa que mira más al pasado y al presente, Elgar incluido, que al futuro más o menos expresionista.

En la Sinfonía nº 2, "los cuatro temperamentos", Schmidt vuelve a combinar solidez y tensión dramática sin preocuparse demasiado de la tensión sonora, mientras que en el tercer movimiento, el dedicado al temperamento melancólico, resulta antes incandescente que sensual o emotivo. La de Sir Colin ofrece exquisito gusto, fraseo holgado y nobleza equilibrada con intensidad, aunque quizá resulta del todo idiomática. En este sentido, al primer movimiento, maravillosamente dicho y con incandescentes picos de tensión a los que se llega con lógica absoluta –sin necesidad de arrebatos, dejando respirar a la música– le falta un punto de rusticidad y carácter escarpado. En el segundo las maneras británicas de Sir Colin en principio son ideales para el temperamento flemático, aunque quizá su lírica visión, plena de sensualidad, resulte en exceso amable y contemplativa. En el tercero la cantabilidad, la poesía y la nobleza del maestro se imponen sobre los aspectos más ardientes. Lo que menos bien funciona es el cuarto, de nuevo paladeado sin prisas y con gran lógica constructiva, pero falto de nervio.

Reconozcámoslo: la Sinfonía nº 3, "expansiva", no es de lo mejor del autor. La lectura de Ole Schmidt resulta encendida, briosa, encontrándose más atenta al trazo global que al detalle, y suena con una rusticidad apropiada que se ve acentuada por la estridencia de la toma. No es muy imaginativa, pero sí comunicativa y sincera. Tras un muy notable primer movimiento, Schmidt sabe remansarse para ofrecer las esencias pastorales del segundo –solo correctos los dos solistas vocales– pero, pese a la excelencia del trazo, no logra salvar la escasa inspiración de la segunda mitad de la obra.

No hay novedad con respecto a Sir Colin: como en el resto del ciclo, interpretación ante todo musical, de gusto irreprochable y corte digamos “clásico”, que alcanza un gran equilibrio entre cantabilidad, entusiasmo, suave ironía y grandeza bien entendida; todo ello haciendo gala de una materialización sonora perfectamente delineada y de una lógica irreprochable. Se pueden preferir sonoridades más rústicas, enfoques más escarpadas y un sentido del humor más vitriólico, pero en su estilo es espléndida. Bien la soprano y el barítono.


En la Sinfonía º 4, "inextingible", hay mucha competencia, empezando por un tal Herbert von Karajan. Ole Schmidt ofrece una interpretación de sonoridad áspera y temperamento dramático, tendente a la virulencia expresionista, pero cayendo en el exceso de nervio y de crispación, sin aclarar del todo la polifonía –en el último movimiento hay bastante barullo– ni frasear con la grandeza debida. Entre tanto alto voltaje, el segundo movimiento se apacigua de manera admirable y sabe ser no solo sensual, sino también sarcástico e inquietante.

Extrañamente, a Sir Colin le funcionan mejor los momentos más extrovertidos e impactantes de la página, dichos con fuerza y grandeza, que los más líricos, que en sus manos suenan en exceso apolíneos. Se aprecia, en este sentido, cierta discontinuidad en el discurso. La LSO está imponente: ¡cómo ha mejorado el nivel de las orquestas en general a lo largo de las últimas décadas!

Schmidt ofrece una lectura rocosa, encendida y virulenta –magnífico el tratamiento de las maderas– de la Sinfonía nº 5, pero de nuevo se echan en falta sensualidad, emotividad lírica y, sobre todo, depuración sonora. Incluso grandeza: toda la acumulación de tensiones hacia el gran clímax final suena antes decibélica y masiva que bien delineada. La toma sonora pone demasiado en primer plano la caja, si bien en contrapartida ofrece una amplia gama dinámica ideal para esta partitura.

Sir Colin ofrece de la Quinta la interpretación en él esperable, esto es, realizada desde un clasicismo noble y elocuente, donde priman el equilibrio y la cantabilidad impregnada de humanismo, como pone bien de manifiesto la conmovedora, mágica manera de plantear el tema lírico del Adagio que ocupa la segunda mitad del primer movimiento. Esto no le impide conducirlo hasta un clímax lleno de tensión al que se llega con asombrosa naturalidad, ni hacer lo propio con la fuga rápida del segundo movimiento –la fuga lenta está planteada con una espiritualidad impregnada de desazón muy adecuada–; o con todo el final. Podrán preferirse interpretaciones más viscerales, pero en su línea resulta admirable. La toma sonora en SACD recoge muy bien la espléndida sonoridad de orquesta, y particularmente la formidable labor dos músicos extraordinarios, el clarinete y el solista de caja.

Como era de esperar, esa singularísima partitura que es la Sinfonía nº 6, "semplice", resulta mucho más adecuada para el temperamento del maestro británico que para el del danés. Aun así, Schmidt resulta muy atractivo por cargar las tintas en los aspectos más escarpados del primer movimiento y, en general, por ofrecer un sentido del humor mucho más gamberro y socarrón que el de su colega. Quizá la primera parte del cuarto movimiento resulte un poco insípido, pero luego va mejorando y ofrece un final con mucha fuerza.

Es Sir Colin el que, en cualquier caso, gana la partida. Y no solo porque su técnica soberbia le permite alcanzar un altísimo grado de refinamiento al tiempo que traza la arquitectura con una solidez impresionante, sino también porque ofrece dos enormes virtudes expresivas. La primera, calidez, emotividad y poesía en un grado sorprendente para una obra tan enigmática como esta, tan llena de ironía, de autoparodia y de malintencionado distanciamiento digamos que "antirromántico". La segunda, un sentido del humor semejante al que le ha permitido siempre a Sir Colin triunfar en la música de Haydn, es decir, aquel que encuentra el equilibrio entre elegancia y vulgaridad bien entendida, entre suave ironía y carácter burlón, entre equilibrio y desenfreno.

jueves, 20 de octubre de 2016

Quinta sinfonía de Nielsen: notas al programa

Carl Nielsen contaba cincuenta y siete años cuando en enero de 1922 estrenó en Copenhague bajo su propia batuta la Quinta; había ya escrito no solo otras cuatro páginas del género, sino también un interesante Concierto para violín, algunas oberturas, dos óperas muy distintas entre sí y un buen puñado de canciones. De este modo, por mucho que todavía le quedase casi una década de vida por delante y varias creaciones de importancia que ofrecer, entre ellas el Quinteto de viento, la Sexta sinfonía, el Concierto para flauta y el Concierto para clarinete –páginas todas ellas mucho menos dramáticas y más digamos “esenciales”, también con mayor sentido del humor–, resulta claro que la página que escuchamos esta noche es una creación que corresponde por completo a una segunda madurez. Más aún: supone una síntesis plena de todo lo recorrido hasta entonces por el compositor danés en el terreno orquestal en una trayectoria que, siendo en principio deudora de las creaciones de autores de la personalidad de un Brahms, al que llegó a conocer personalmente, resulta desde fecha muy temprana abiertamente personal.


Esta Quinta sinfonía es su creación más singular hasta la fecha, avanzando aún en personalidad y en inspiración sobre el enorme logro de seis años atrás con la Cuarta sinfonía, La inextinguible. Ni la una ni la otra se parecen a nada. El expresionismo de la Segunda escuela de Viena queda muy lejos, lo mismo que ese otro expresionismo que está tanteando Prokofiev, por no hablar del romanticismo tardío que sigue practicando Rachmaninov. Las diversas experiencias más o menos neoclásicas que por entonces realizan compositores tan dispares como un Falla, un Stravinsky o un Hindemith caminan por otro sendero. Ravel recorre en parte ese mismo, pero también se encuentra atraído por las sonoridades jazzísticas que por las mismas fechas estaba aplicando Gershwin en la música para orquesta.

Nada que ver con el danés. En realidad, y aun arriesgándonos a caer en el tópico, el único que parece llevar una trayectoria paralela a la de Nielsen –significativamente nacieron el mismo año– es Jean Sibelius, en su juventud más “romántico” que nuestro autor pero luego igualmente personal. Ahora bien, no se trata en modo alguno de influencia mutua sino de coincidencia a la hora de elaborar, ajenos a la tradición, un discurso sinfónico sobre planteamientos rocosos en la sonoridad, basados en una extrema tensión armónica y de carácter orgánico en su discurrir. Precisamente es esta última característica, al ofrecer la sensación de que cada sección, cada idea musical e incluso cada frase sean una consecuencia directa de la anterior, marcando de manera espontánea un sendero de trazado impredecible y ajeno a fórmulas prefijadas, lo que hace que durante la audición nos cueste trabajo delimitar una estructura pese a que esta se encuentre perfectamente delineada.

Es justo lo que ocurre en esta Quinta Sinfonía a lo largo de sus dos únicos movimientos estructurados como díptico el inicial y como tríptico el conclusivo. El primero, que se extiende a lo largo de unos veinte minutos, se abre con unas figuraciones de cuerda y madera de carácter tan ambiguo como inquietante que nos alertan ya de cómo la cantabilidad, o al menos la facilidad melódica de una sinfonía de corte tradicional, ha sido sustituida por una serie de células entrecortadas y escurridizos motivos que se entrecruzan y repiten una y otra vez sin que sepamos muy bien a dónde nos conducen. A los cuatro minutos la caja nos avisa de la irrupción de una marcha, al mismo tiempo sensual y amenazadora, que los melómanos no muy jóvenes probablemente reconocerán por haber sido utilizada en 1991 por Televisión Española como sintonía de los informativos especiales sobre la I Guerra del Golfo. Una serie de motivos llamémosles “orgánicos”, como de “naturaleza en ebullición”, a cargo de las maderas, lleva al alejamiento de la marcha y a un breve silencio –entre el minuto nueve y el diez– que puede hacer pensar que el movimiento ha concluido, pero que en realidad da paso a la segunda parte del mismo.



Ésta se abre con una sección lírica de amplio aliento poético –aunque muy alejada de la emotividad romántica– que no sirve sino de remanso reflexivo antes del retorno de las tensiones sonoras en forma de un monumental crescendo de cerca de cuatro minutos de duración en el que se van a establecer violentas confrontaciones entre diferentes bloques sonoros con una participación decisiva, protagonista incluso, de la caja que ya apareció en la marcha. Este carácter digamos bélico de la sección ha hecho a muchos estudiosos aventurar que es esta sinfonía –y no tanto la Cuarta– la respuesta musical de Nielsen a la Gran Guerra (1914-18) que, aun habiendo permanecido Dinamarca neutral durante el conflicto, debió de conmocionarle tanto como a muchos otros europeos, si bien las explicaciones del autor fueron mucho más genéricas: “hay algo muy primitivo que quise expresar, la división entre las sombras y la luz, la lucha eterna entre el bien y el mal”. Un clarinete desolado y breves intervenciones de la caja, alejándose, ponen punto y final al movimiento de manera pacífica pero en absoluto tranquilizadora.

El segundo movimiento arranca con sorprendente vigor y pronto elabora un complejo tejido polifónico propio de la más madura etapa compositiva de nuestro autor, añadiendo algunas considerables asperezas tímbricas que demuestra que su interés no está en la belleza sonora, sino en la tensión electrizante que articula los diferentes bloques sonoros, que por momentos –hacia el minuto cuatro– llega a ser arrolladora. Luego esta se remansa para conducirnos, de manera inesperada, a una fuga que comienza de manera “saltarina” para ir adquiriendo progresivamente tintes agresivos no exentos de cierto humor negro; en cierto modo, podría verse como el scherzo de una sinfonía tradicional. La sección intermedia –minuto diez aproximadamente– de las tres que componen este movimiento apuesta por una nueva fuga, pero en esta ocasión con unas características sonoras y expresivas muy distintas: la cuerda cobra por primera vez protagonismo en la sinfonía para desplegar un singular aliento lírico y reflexivo, no exento de lacerantes tensiones internas pero en cualquier caso bellísimo, estableciendo esa contraposición de opuestos que da sentido a la sinfonía. Hacia el minuto trece comienza la sección conclusiva, más elaborada aún que cualquiera de las que la anteceden por la complejidad de su tejido polifónico y la superposición de ritmos contrapuestos, resolviendo el choque de las fuerzas en conflicto hasta culminar en un épico final que alcanza una potencia y una grandeza imponentes.

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Notas escritas para el concierto que la Orquesta Filarmónica de Gran Canaria ofreció bajo la dirección de Frank Beermann el 16 de noviembre de 2012.

miércoles, 13 de enero de 2016

Cuatro sinfonías para Thomas Dausgaard

Thomas Dausgaard (Copenhague, 1963) ha conseguido a lo largo de los últimos años notable reputación internacional por su trabajo al frente de la Orquesta de Cámara Sueca y de la Sinfónica Nacional Danesa, cuyas titularidades ostenta desde 1997 y 2004 respectivamente. Ha grabado numerosos discos, pero hasta ahora no había tenido la ocasión de poner ninguno en mi equipo. Pues bien, como espero escucharle este viernes al frente de la Orquesta de Valencia –Mendelssohn, Haydn, Chabrier, Elgar–, he creído oportuno hacerme con este Blu-ray editado por C Major que, con la soberbia calidad audiovisual acostumbrada en el sello, nos presenta al maestro danés frente a la última de las orquestas citadas interpretando cuatro sinfonías del repertorio puro y duro: Primera de Brahms, Novena de Dvorák, Quinta de Sibelius y Tercera de Nielsen. Ideal para hacerse una idea de cómo dirige este señor.


Empiezo por la Sinfonía nº 1 de Brahms. Una introducción rápida, plana y poco expresiva ya nos pone sobre aviso de que el maestro danés no va a sintoniza con esta obra. Efectivamente, el primer movimiento se desarrolla de manera lineal, bien construido pero sin mucha garra, amén de por completo ajeno al lenguaje brahmsiano, tanto por el fraseo como por la sonoridad de la orquesta, espléndida pero sin la calidez oscura y aterciopelada que asociamos con el autor. Tampoco encontramos, por citar una versión de tempi rápidos que sí es magnífica, la incisividad, la fuerza y el sentido dramático de un Solti. El segundo movimiento pone igualmente en evidencia las carencias citadas, ayuno de la ternura y el sentido humanístico imprescindibles en el autor; al menos, la batuta se mantiene alejada del preciosismo y de lo excesivamente otoñal. Mejora algo el tercero y en el cuarto, finalmente, Dausgaard obtiene muy buenos resultados con una recreación extrovertida y brillante, aunque sin la grandeza bien entendida que sería necesaria para redondearlo.

De la Sinfonía del Nuevo Mundo nos ofrece una lectura sólida, honesta, ortodoxa y de irreprochable gusto, magníficamente realizada y de pulso muy bien llevado, pero un tanto alicorta en inspiración, incluso desaprovechada en las posibilidades expresivas de la partitura. Globalmente va de más a menos, pasando de un primer movimiento muy notable –ya que no muy poético ni efusivo– a un segundo muy correcto, un tercero dicho un tanto de pasada y un cuarto sin una idea clara detrás. O mejor, con una idea en exceso épica y un tanto de cara a la galería.

La Quinta de Sibelius recibe interpretación muy aseada y solvente, mucho antes lírica que dramática, expuesta de manera impecable y dicha con un gusto exquisito por un director que sabe lo que se hace y una orquesta que responde con un estupendo nivel, pero a la que le falta una muy buena dosis de tensión interna y fuerza expresiva para convencer. Todo suena un tanto neutro, e incluso plano, mientras que los aspectos más visionarios de esta música quedan relegados. Demasiada competencia discográfica como para destacar. 


Queda el compositor danés por excelencia, y quizá lo más logrado precisamente de esta edición sea la Sinfonía Expansiva. Es el de Dausgaard un Nielsen que no necesita resultar tan rústico y escarpado como el de Ole Schmidt, ni tampoco apuntar al clasicismo intemporal de un Colin Davis, sino que alcanza un punto intermedio entre ambos polos que atiende a todas las vertientes de la página. Por descontado, se puede pedir un poco más de incisividad y sentido del humor en el primer movimiento, también de poesía en el segundo –muy bien los dos solistas vocales–, pero lo cierto es que los resultados son bastante apreciables.

En fin, que por mucho que en los cuarenta minutos de entrevistas Dausgaard diga cosas muy sensatas sobre las partituras que interpreta, lo cierto es que como directo de este repertorio solo parece estimulante en la obra de su compatriota. Por otra parte, en su discografía abundan interpretaciones del primer romanticismo en una línea abiertamente historicista –mientras estoy al teclado escucho una desafortunada Novena de Beethoven a través de Spotify– que sería necesario conocer bien para tener una idea de la verdadera categoría de este director. Sea como fuere, de momento no puedo mostrarme muy entusiasta sobre sus maneras de hacer. Veremos qué tal se le da el concierto de Valencia.

sábado, 5 de diciembre de 2015

Desigual velada nórdica con Pablo González y la Orquesta de Valencia

Finlandia de Sibelius se tocaba en homenaje al compositor finés en su ciento cincuenta aniversario. Los metales arrancaron sin fuerza alguna y con una pobreza impropia de un lugar de la tradición musical de Valencia. A partir de ahí, Pablo González ofreció una interpretación fraseada con apreciable cantabilidad, pero terriblemente descafeinada: ni electricidad, ni sentido del conflicto, ni emotividad en la sección del himno, ni grandeza en el final. La cuerda de la Orquesta de Valencia sonó empastada y hubo un buen equilibrio de planos, pero globalmente la labor de la batuta me gustó muy poco.


Sí que lo hizo en el Concierto para piano de Grieg: interpretación marcadamente lírica, por eso mismo no muy dramática, pero muy bien expuesta y dicha con calidez, sinceridad y exquisito gusto. Quien me desconcertó, como en las sonatas de Beethoven que le conozco, fue HJ Lim. Se trata de una pianista de fraseo muy felino y digitación de gran agilidad, pero no siempre limpia: hubo más de una frase en el primer movimiento que sonó emborronada, por no decir mal tocada, aunque tampoco le vamos a regatear su capacidad para desplegar texturas de lo más atractivo.

Expresivamente la pianista coreana muestra tanta personalidad como inmadurez, y a mi entender le queda muchísimo para terminar de profundizar en esta bellísima obra maestra, de tal modo que en su lectura se alternaron frases de gran concentración, sensiblemente matizadas y con detalles de gran belleza, con otras dichas de prisa y corriendo, pensadas de cara a la galería, o lastradas por un muy inconveniente exceso de nervio. Hubo, eso sí, brillantez y comunicatividad en grandes dosis. Hubo propina: una página propia –gracias desde aquí al lector Bruno por la información, que obtuvo directamente de la pianista– de aires jazzísticos pensada única y exclusivamente para correr al límite sobre el teclado. Al personal le encantaron las carreras, dichas esta vez con absoluta limpieza, y la pianista oriental se fue cortando dos orejas y rabo.

Cuarta de Nielsen en la segunda parte. De nuevo aquí el maestro asturiano se mostró mucho antes lírico que escarpado, apartándose por tanto de las sonoridades rústicas y la virulencia expresiva que habitualmente asociamos con el compositor danés, pero creo que el enfoque funcionó satisfactoriamente, porque la arquitectura –tan difícil de clarificar ante el oyente– estuvo muy bien expuesta, las tensiones se desarrollaron con tanta lógica como naturalidad, con gran atención a las transiciones, y la emotividad fue apreciable, sobre todo en un segundo movimiento todo lo sensual que debe, pero también con el punto agridulce que le conviene, Me hubiera gustado, eso sí, un clímax más marcado y visionario en el tercer movimiento, al que le faltó fuelle. Los movimientos extremos estuvieron dichos sin prisa pero con la fuerza suficiente, y aquí metales y percusión respondieron al desafío con un muy digno nivel. La cuerda, pese a algún desajuste muy apreciable, siguió funcionando con tersura y homogeneidad. El público respondió (¡menos mal!) con el entusiasmo que la partitura merece, y la orquesta se mostró contentísima con su director.

Dos cosillas más. Una: me parece cutre, muy cutre, que acuda uno con su tarjeta de crédito a recoger la entrada sacada por internet y se encuentre con que las máquinas expendedoras hayan desaparecido, tenga que resignarse a  guardar cola y al final te diga la taquillera que sin el número de referencia no hay nada que hacer. Si no llego a llevar encima el smartphone con el correo electrónico, me quedo en la puerta.

Dos: mientras en el Auditorio Nacional ya se permiten hacer fotografías durante los aplausos, al menos en los conciertos de la OCNE, en Valencia lo impiden incluso con la sala casi vacía. Una vez concluido el concierto, intenté que me tomaran una instantánea en el patio de butacas, con el escenario ya desalojado por completo de músicos, para colgarla en la red como recuerdo de mi retorno a esta tierra, y al instante saltó un acomodador bastante desagradable –si hay que decir estas cosas debe hacerse con simpatía– y nos llamó la atención –no solo a mí y a mi acompañante, sino también a otros chicos que intentaban hacer lo mismo– con aquello de "¡FOTOS NO!". Como resultado, no solo se impide que se haga propaganda de este auditorio en las redes, sino que se consigue que los melómanos salgamos mosqueados y con pocas ganas de volver. ¡Vamos para atrás, señores del Palau! Más le vale al nuevo responsable del centro, ese mismo que se ha llevado meses sin presentar la programación para deshacer a su antojo lo diseñado por su predecesor, tomar notas de estas cosas. No lo hará, por descontado.

martes, 1 de diciembre de 2015

Increíble Cuarta de Nielsen por Karajan

Como tengo previsto disfrutarla en directo el próximo viernes en Valencia, en los últimos días he estado escuchando varias grabaciones de la Sinfonía nº 4, Inextinguible, de Carl Nielsen, una obra nada fácil de comprender que necesita de varias audiciones para intuir su estructura y sus posibilidades expresivas. Conocía desde hace tiempo la de Karajan, y más recientemente las de Osmo Vänskä y Barbirolli; ahora han pasado por mi reproductor –en este orden– las de Martinon, Colin Davis, Schmidt, Oramo, Blomstedt I y Blomstedt II. Así hasta llegar de nuevo a la de Karajan, registrada por Deutsche Grammophon en la Philharmonie berlinesa en febrero de 1981. Volver a ella ha sido una experiencia reveladora.

Nielsen Karajan

Esta interpretación sorprende, por un lado, por la asombrosa fusión que se produce entre la rusticidad sonora que exige el autor danés y la suntuosidad propia de Karajan, ni que decir tiene que maestro insuperable en el dominio técnico de una Filarmónica de Berlín en verdadero estado de gracia: hay que oírla para creerla. Por otro lado, engancha por la manera en la que el salzburgués combina una tensión extrema con un fraseo natural, flexible, concentradísimo y muy paladeado, que permite cantar las melodías con lirismo y sensualidad extremas sin caer en la tentación de romantizar la partitura, y construir las tensiones con lógica implacable y fuerza abrumadora hasta alcanzar picos de tensión realmente visionarios. Por no hablar de la grandeza trágica y emotiva –combinada con exquisita ternura– en el Poco adagio, de una sinceridad no muy habitual en este maestro otras veces más preocupado de la forma que del fondo; su clímax, por cierto, recuerda no poco a Bruckner, aunque Karajan no confunda el idioma de los dos compositores.

Además de todo lo dicho, esta interpretación es la más rica en el color –con la incisividad y virulencia aquí imprescindibles, pero también incluyendo sensualidad cuando corresponde–, la más clara en la compleja polifonía y la que mejor explica la estructura horizontal de la obra, dotando a cada sección de la expresividad adecuada sin caer en el “expresionismo perpetuo” de otras interpretaciones. También es, sin la menor duda, la trazada con mayor depuración sonora. Y la más impactante: tremendos los dos timbaleros en el movimiento conclusivo.

En fin, se podrán preferir enfoques más viscerales e inquietantes –el segundo movimiento, aquí más bello que nunca, quizá se deba hacer un poco menos amable–, pero tengo claro que ninguna de las grabaciones arriba citadas se acerca globalmente a ésta, que por si fuera poco está escandalosamente bien grabada. Ah, la edición en compacto se acompaña de un Tapiola de Sibelius sensacional. Si usted no tiene este disco, cómprelo cuanto antes.

sábado, 19 de septiembre de 2015

Zinman y Blomsted frente a la Quinta de Nielsen

Las podrán ser odiosas, pero en ocasiones son también reveladoras. Comparemos si no cómo hacen la Quinta sinfonía de Carl Nielsen (ya saben, “la sintonía de la Guerra del Golfo” desde que fue utilizada por Televisión Española) dos maestros norteamericanos de avanzada edad, David Zinman (Nueva York, 1936)  y Herbert Blomstedt (Springfield, Massachussets, 1927) frente a la Filarmónica de Berlín, en sendos conciertos filmados por la Digital Concert Hall, el primero de ellos el 15 de enero de 2011 y el segundo el 25 de mayo de 2013.


La de David Ziman me parece francamente floja, aunque resulta difícil determinar si es voluntad del maestro neoyorquino ofrecer una interpretación distendida, sin conflictos, antes atenta a la belleza sonora que a las tensiones internas de la música, o simplemente es que su batuta resulta incapaz de inyectar electricidad, vida y sentido de los contrastes a esta página. Lo cierto es que, ya desde el principio, se aprecian una flacidez y un deslavazamiento en la arquitectura –las tensiones no se acumulan hacia los clímax: simplemente se incrementa el nivel de decibelios– que provocan que la audición se haga cuesta arriba. Eso sí, no podemos regatear que la orquesta suena igual de bien que siempre –formidables los solistas– y que la batuta se esfuerza por aclarar las texturas y ofrecer claridad, si bien ésta no sea la máxima posible en la primera fuga del segundo movimiento.


La de Blomstedt esto es otro mundo. Aquí hay vida, color, variedad anímica y, sobre todo, mucha intensidad expresiva. El fraseo es cálido, rico en matices, certero en la incisividad de las intervenciones solistas, elocuente y humanístico en su lirismo, dramático a más no poder cuando debe aun sin necesidad de ofrecer una lectura expresionista ni desgarrada. A destacar la tremenda acumulación de tensiones en el gran clímax del primer movimiento (¡qué diferencia con Zinman!) o la grandeza abrumadora, por completo ajena a la retórica, que adquiere el final en manos del muy veterano maestro. La orquesta suena aquí con una rusticidad muy adecuada, y los solistas parecen bastante más motivados.

A destacar también que la filmación de 2013 es muy superior a la de Zinman, particularmente en vivacidad cromática, lo que nos habla de cómo ha ido mejorando la calidad técnica de las retransmisiones de la Digital Concert Hall. Lo dicho, una comparación reveladora.

jueves, 30 de septiembre de 2010

Mucho ojo con Pablo Heras-Casado

Había leído bastantes cosas sobre el joven director andaluz Pablo Heras-Casado (Granada, 1977), pero jamás había tenido la oportunidad de escucharle. Su currículum es impresionante (web oficial), y por ello me desconcertaba el hecho de que apenas dirigiera no ya en Andalucía, sino en España en general. Por otro lado la magnífica entrevista realizada por Pablo J. Vayón (parte 1) (parte 2) nos muestra a una persona inteligente y con las ideas muy claras, si bien al leer que su principal mentor es “Harry Christophers, que para mí es un maestro de la música, por encima de cualquier consideración de género”, un escalofrío me recorrió desde la nuca hasta bastante más abajo.

Pues bien, gracias al grupo de correo Concertarchive (enlace) he podido escuchar un par de retransmisiones radiofónicas que nos muestran, con una excepción que luego comentaré, a un director de muchísimo calibre. Entusiasmado, le pasé las grabaciones a Ángel Carrascosa -una de ellas, la de Chopin, sin decirle quiénes eran los intérpretes- y le encantaron: en su blog ha dejado unos comentarios cuya lectura es muy recomendable (enlace). Y como precisamente hoy el granadino debuta en el Teatro Real con Ascenso y caída de la ciudad de Mahagonny no quiero dejar de ofrecer aquí mis propias impresiones sobre los dos conciertos referidos, a la espera de poder ir yo mismo a la obra de Weill y escuchar por fin a Heras-Casado en directo.

El primero de los conciertos referidos tuvo lugar en Copenhague el 8 de abril de 2010, debut del granadino al frente de la solvente -pero en absoluto excepcional- Sinfónica de la Radio Nacional Danesa. Se abrió el programa con una página poco conocida de Nielsen, Pan y Syrinx, de la que el joven maestro ofreció una lectura brillante y llena de fuerza, atenta a los aspectos expresionistas de esta música y con unas intervenciones solistas muy bien intencionadas en lo expresivo. Lo único que hay que lamentar es que la retransmisión radiofónica, como suele ocurrir en estos casos, comprima la gama dinámica.

A continuación venía el Segundo Concierto de Chopin (el primero en el tiempo, y el menos valioso de los dos). No recuerdo haber escuchado una dirección tan extraordinaria como la de Pablo Heras-Casado. Paladeando la partitura con lentitud y enorme concentración, y desmenuzando la escritura con tal minuciosidad que se escuchan cosas nuevas, el granadino ofrece una visión viril, decidida, tensa y dramática, totalmente alejada del preciosismo o la delicadeza mal entendida, en cuyo segundo movimiento nos conmueve en lo más profundo al tiempo que abre angustiosos interrogantes en su sección central.

El pianista es el turco Hussein Sermet. Nunca le había escuchado, la verdad, aunque se trata de un señor ya maduro con una buena trayectoria a sus espaldas. Me ha dejado de piedra: su manera de aunar sobriedad y cantabilidad, desmenuzando cada nota con sentido (nada que ver con lo mecánico o con el virtuosismo de cara a la galería) e inyectado una enorme fuerza interior es la de un grandísimo intérprete de Chopin. Me ha gustado muchísimo el modo en que plantea los dos movimientos extremos, con virilidad y decisión (puede que alguien eche en falta un poco más de emotividad en el primero de ellos y de sentido del humor en el último), pero donde roza el cielo -ya lo dijo Carrascosa en su comentario- es en el Larghetto, que en sus manos alberga, en perfecta sintonía con la batuta, una palpitación y hasta un dolor interno fuera de lo común. Para mí no hay duda: si esta interpretación saliese en disco compacto o en DVD sería mi favorita de la discografía. Y filmada debe de estar, porque en Youtube tienen ustedes completa la segunda parte del programa, de la que aquí les dejo una muestra.

Pese a que la orquesta se queda corta, nos encontramos ante una interpretación de Los Planetas planteada con toda la brillantez y el colorido que la partitura demanda -pero sin un gramo de retórica-, y trazada además con buen pulso y evidente entusiasmo, ya que no con particular personalidad. Marte posee la garra dramática necesaria sin caer en lo enfático. Venus resulta menos contemplativa y más emocionante de lo que suele, aunque a violín y violonchelo les sobren portamentos. Tras un ágil y animado Mercurio, en Júpiter hay que admirar su grandeza sin grandilocuencia y su lirismo emocionante, nada hinchado. Seco e implacable -aunque no del todo opresivo-, Saturno se ve lastrado por una sección de metales en baja forma. En Urano el maestro acierta a evitar lo meramente lúdico, aunque aún se le puede sacar mayor partido a la página, mientras que en Neptuno se pueden echar de menos el misterio, la magia sonora y el refinamiento que son capaces de obtener los grandes alquimistas sonoros (Karajan a la cabeza de ellos) que se han enfrentado a esta página. En cualquier caso nos encontramos ante una muy notable recreación de la celebérrima partitura de Holst, claramente por encima de la media.

El otro concierto es aún más reciente, del 22 de agosto pasado, y tuvo lugar nada menos que en el Concertgebouw de Amsterdam. Desdichadamente la Orquesta Filarmónica de Cámara de la Radio de Holanda se ve lastrada por serias limitaciones que quedan por completo en evidencia en una obrita genial e increíblemente difícil de interpretar: la Sinfonía Clásica de Prokofiev. Los violines, en concreto, resultan lamentables. En cuando a la dirección, es de admirar su planteamiento decidido y con excelente pulso, elegante pero no blando, ágil pero no pimpante. En cualquier caso, insisto, la obra se las trae, y Pablo Heras-Casado no se cuenta entre los poquísimos maestros (Guilini, Celibidache y, en menor medida, Rostropovich, Ozawa y Muti) que han salido airosos del empeño. En el primer movimiento no ha prestado la atención debida a todas las líneas melódicas, algunas de las cuales apenas se escuchan. El segundo lo resuelve con corrección, pero falta poesía. Mejor sin duda el tercero, más bien ligero pero no superficial, aunque sin toda la retranca que debería. Algo parecido ocurre en el cuarto: la mala leche de la partitura se le escapa.

El programa continuaba con el Segundo concierto de Beethoven, contando como solista con un viejo conocido de la melomanía: Stephen Kovacevich. El veterano pianista californiano ofrece un sonido hermoso, frasea con cantabilidad y presta atención al matiz, pero su enfoque resulta superficial, de un clasicismo amable y delicado que elude los elementos más densos de esta música, por lo que a la postre resulta plano y un tanto aburrido. La batuta de Heras-Casado sigue la misma línea de un Beethoven ajeno a grandes conflictos, pero sabe evitar la frivolidad y la timidez expresiva del pianista, ofreciendo una lectura que alberga fuerza, calidez y comunicatividad.

Quinta de Schubert para completar el programa, nada menos. De entrada sorprende escucharle un Schubert así a alguien vinculado al mundo historicista o semi-historicista. Es decir, un Schubert absolutamente en la tradición, alejado de cualquier planteamiento que derive de algún modo u otro de los instrumento originales. Un Schubert que podía estar realizado por cualquiera de las más célebres batutas de los años sesenta o setenta, un Schubert que, de no estar firmado por quien lo firma, es decir, por un señor que ha trabajado polifonía renacentista y se declara discípulo de Harry Christophers, sería inmediatamente condenado por esos talibanes que de entrada anatematizan cualquier interpretación no receptiva -en todo o en parte- a la renovación filológica de los últimos lustros.

Pero lo importante, en fin, no es que el Schubert de Pablo Heras-Casado sea tradicional, porque eso no lo hace mejor ni peor, sino que es un Schubert magnífico dentro de un clasicismo bien entendido, es decir, de perfecto equilibrio entre forma y fondo, denso en lo sonoro al tiempo que ágil en la articulación, alejado tanto de la pesadez como de esos sonidos livianos ahora tan de moda, cuidadoso con las diferentes voces y, sobre todo, dotado de una calidez, un legato y un vuelo lírico para derretirse; destacan en este sentido el segundo movimiento y el trío del tercero, de una belleza conmovedora. Todo ello, además, sin dejar de lado el aliento dramático que de manera subterránea recorre estos pentagramas, situándose así lejos de intérpretes (¡y críticos!) que quieren ver únicamente amabilidad galante en la música schubertiana. Puede que le falte a la interpretación algo más de tensión interna en general, así como un punto de sal y pimienta, para llegar a lo excepcional, pero que un señor de treinta y tres años, andaluz por más señas, sea capaz de ofrecer una Quinta de Schubert a la altura -o casi- de los grandes maestros resulta poco menos que asombroso. Así que mucho ojo con Pablo Heras-Casado: podemos estar ante una de las grandes batutas del siglo XXI.

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