Mostrando entradas con la etiqueta Carter. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Carter. Mostrar todas las entradas

sábado, 18 de mayo de 2013

Más sobre el concierto del 70 cumpleaños de Barenboim

Aunque lo compré hace tiempo, hasta ahora no he podido ver el DVD editado por Deutsche Grammophon con la filmación del concierto del 70 cumpleaños de Daniel Barenboim cuya retransmisión televisiva ya comenté aquí. Confirmo punto por punto lo que escribí entonces, pero quiero hacer algunas matizaciones.

La primera es de orden técnico: la calidad de imagen es muy inferior a la que hubiera presentado un Blu-ray de haberse editado (¡malditos!), pero el sonido mejora de manera considerable. El multicanal, además, es auténtico, con los canales traseros recogiendo aplausos y ambiente de sala. Eso sí, lamento descubrir que ese fuerte desequilibrio de planos que aparece en el arranque del Primer concierto de Tchaikovsky no se debía, como pensé en su momento, a un problema técnico de la retransmisión, sino que fue cosa de Zubin Mehta.


En cuanto a cuestiones interpretativas, debo reconocer que la dirección del maestro indio no está a la altura de la de Celibidache con el propio Barenboim en el primer movimiento de la obra citada, y no solo por esa extraña introducción. En el resto me parece que sí –va claramente de menos a más–, y en cuanto al solista me reafirmo en que el de Buenos Aires, aun con menos agilidad digital y alguna limitación, no solo se supera a sí mismo sino que permanece desde la primera hasta la última nota dentro de la más absoluta genialidad. No creo que ni un solo pianista se haya acercado nunca a semejante grado de profundización en la partitura.

La obra de Elliot Carter merece la pena escucharla, como he hecho yo, varias veces, porque se le puede sacar mucha punta tanto a la partitura como a la capacidad de matices expresivos (sí: expresivos, que no “románticos”) que es capaz de extraer su dedicatario Barenboim.

Para volver a escucharme el Tercero de Beethoven, he comparado con la interpretación del propio Barenboim de 2007 dirigiéndose a sí mismo, que me sigue pareciendo la mejor, pero también he escuchado la que hizo con Klemperer en 1967, sin duda en la antípoda de esta con Mehta por la dirección –concentrada, sombría y amarga a más no poder– del genial maestro de Breslau. Pero dejando la batuta aparte, ¡cómo ha mejorado Barenboim en estos años! Sí, claro, en los sesenta estaba más ágil y su sintonía con el autor de la Pastoral era ya enorme, pero su sonido es ahora mucho más variado, su fraseo más flexible, su atención al matiz mayor y su variedad expresiva mucho más atenta a todas las vertientes del universo beethoveniano, con luces y sombras más equilibradas. ¡Y aún dicen algunos ignorantes que Barenboim es un pianista en decadencia!

El DVD se está vendiendo ahora a 12 euros en Amazon: no se le ocurre perdérselo si aún no lo tiene.

sábado, 19 de enero de 2013

Weilerstein interpreta Elgar, Carter y Bruch

Andan los chicos de Universal Music Spain realizando una tremenda campaña en la prensa sobre el primer disco en Decca de Alisa Weilerstein aprovechando la visita de la violonchelista norteamericana a la Sinfónica de Galicia y la Sinfónica de Cataluña. El compacto en cuestión, que incluye obras de Elgar, Bruch y Elliot Carter y cuenta con la participación de la Staatskapelle de Berlín bajo la dirección de Daniel Barenboim, todavía no ha llegado a nuestras tiendas, pero ya se puede escuchar de manera legal y gratuita a través de Spotify.

Como yo tengo la versión de pago, es decir, sin anuncios y con más calidad, y como además dispongo de las herramientas necesarias para pasar la grabación a compacto y ponerla en mi equipo de toda la vida, he podido escuchar ya los resultados. Musicalmente magníficos, como era de esperar, pero relativamente decepcionantes en lo que a la toma sonora se refiere: aunque para estar seguro de ello debería escuchar una edición “oficial” en compacto, evitando toda pérdida producida por el streaming, la impresión es que los tutti no están del todo bien recogidos, resultando un tanto turbios y sin toda la espacialidad posible. Ignoro en qué sala se realizaron los registros, que por cierto corresponde a abril y septiembre de 2012, pero probablemente la acústica de la misma tenga algo que ver con el problema.

Weilerstein Barenboim

Por otra parte, este registro del Concierto para violonchelo de Elgar tiene que competir con las dos filmaciones realizadas en 2010 junto a la Filarmónica de Berlín por los mismos artistas, la de la Digital Concert Hall y la del Primero de mayo, la segunda de ellas técnicamente impresionante (audio y vídeo) en su edición en Blu-ray. La verdad es que esta nueva dos años posterior me parece igual de admirable en lo artístico que las anteriores. Weilerstein ofrece un sonido de enorme belleza, posee una agilísima mano izquierda, frasea con cantabilidad admirable y es bien consciente de la riqueza expresiva que albergan los pentagramas. La influencia de su admirada Du Pré es inocultable, pero el enfoque de la norteamericana es a la postre menos visceral e incendiario, yo diría que en gran medida lírico, incluso más puramente bello en lo sonoro, pero desde luego sin caer en la blandura narcisista (pienso ahora en Julian Lloyd-Webber o en Jian Wang) y aportando buenas dosis de garra dramática, particularmente en un cuarto movimiento que sabe no ser únicamente épico y luminoso.

Barenboim ha sido siempre entusiasta de la música de Elgar, desde aquellos registros de la obra que nos ocupa con la Du Pré hasta su reciente Sueño de Geroncio en Berlín, pasando por los discos que grabó en los setenta con la Filarmónica de Londres. Siempre lo ha abordado con más “densidad germánica” que con “distinción inglesa”, cosa que también ocurre en este registro, pero en cualquier caso su labor ofrece nobleza, calidez, profundidad y mucha convicción expresiva. Y lo hace, además, de manera mucho más madura y convincente de cuando interpretaba la obra con su esposa, aun sin llegar a la altura de Barbirolli en su mítico registro con la citada artista de 1965, inalcanzado e inalcanzable a día de hoy. Ni siquiera por una interpretación tan excelente como la que comentamos, ni por la no menos espléndida del propio Barenboim con un acongojante Yo-Yo Ma disponible en YouTube.

Precisamente para Ma y Barenboim escribió en 2000 su Concierto para violonchelo el recientemente fallecido (¡casi 104 años, que tío!) Elliott Carter, de la que ya circulaba alguna grabación que no he pudo escuchar. Dudo que alguna me pueda gustar aún más que esta de la Weilerstein, quien define la obra como mayormente humorística y sarcástica. No es fácil compartir semejante afirmación ante una obra cargada de aristas y fuerza dramática, y hasta con algún pasaje que destila profunda desolación, como ocurre con la sección lenta antes del final. Pero también es cierto que la partitura posee una evidente retranca en la que, como no podía ser menos, se mueve como pez en el agua un Barenboim que hace sonar a las maderas con enorme descaro burlón, pero que también aporta unas dosis fortísimas de tensión sonora y visceralidad, además de manejar a la orquesta (tratada por Carter en bloques sonoros) con absoluta propiedad, claridad y adecuada riqueza tímbrica, de dar apropiadas indicaciones expresivas a los solistas en sus muy decisivas intervenciones y de frasear con enorme concentración y hondura cuando debe: repárese en la sección lenta antes referida.

Weilerstein, por su parte, hace una verdadera exhibición de virtuosismo en su dificilísima parte al tiempo que despliega una enorme gama de matices y todas las aristas que demanda la partitura sin perder lo más mínimo de la elegancia, la belleza sonora y la expresividad de que hizo gala anteriormente en Elgar, entre otras cosas porque la partitura del norteamericano tiene también mucho de cantabilidad, sensualidad y carácter elegíaco, aunque a principio no pudiera parecerlo. Que la artista tuviera la oportunidad de estudiar la obra con el propio Carter, como pueden ustedes ver en el vídeo de aquí abajo filmado poco antes del fallecimiento del compositor, quizá tenga que ver con la excelencia de los resultados.

Kol Nidrei de Bruch para completar el disco. Aquí de nuevo la sombra de Jacqueline Du Pré es inevitable, toda vez que se conserva una absolutamente portentosa recreación suya de 1968, en vivo y con sonido monofónico, acompañada de su marido y de la Filarmónica de Israel. Las recreaciones que he escuchado para escribir estas líneas a cargo de Casals, Starker, Fourier, Haimovitz y la para mí desconocida Nina Kotova me parecen muy inferiores a la de la violonchelista británica. Pues bien, esta de Alisa Weilerstein es la única que, sin llegar en modo alguno a los extremos de rebeldía e intensidad dramática que alberga la recreación de la malograda artista, me parece la única digna al lado de ella. Sobran quizá algunos portamentos y el tono algo quejumbroso de determinadas frases, pero su fraseo es muy sincero, vehemente y comunicativo, sabiendo además ahondar en el dolor que asoma entre las notas. La dirección de Barenboim alberga emotividad y belleza a partes iguales, pero a decir verdad resulta más rápida (10’50’’ frente a 12’05’’), peor paladeada y menos profunda que la de hace cuarenta y cuatro años atrás. Lástima.

domingo, 18 de noviembre de 2012

Concierto de Barenboim a los setenta, en Berlín y con Mehta: gran Beethoven, increíble Tchaikovsky

El pasado jueves 15 de noviembre celebró Daniel Barenboim su setenta cumpleaños con un concierto en la Philharmonie berlinesa -su casa, la Staatsoper, se encuentra en obras- acompañado de su querida Staatskapelle de Berlín y de quien repetidamente ha confesado que considera su mejor amigo, Zubin Mehta. Tercero de Beethoven y Primero de Tchaikovsky en los atriles, más una breve pieza de Elliott Carter para piano y orquesta. Pensaba yo que el concierto iba a ser espléndido pero no especialmente relevante, toda vez que el de Buenos Aires ya tiene grabadas auténticas versiones de referencia de las dos partituras más famosas. Pues bien, cuando he visto la filmación emitida por el canal Arte me he llevado un par de sorpresas. La segunda de ellas, toda una conmoción.

Esperaba yo un Tercero de Beethoven rotundo, pesadote y un tanto cuadriculado por parte de Mehta para acompañar a un Barenboim que en principio iba a profundizar en la línea en que últimamente lo hace en este repertorio, es decir, en la vertiente más cantable, tierna y espiritual de los pentagramas. Pues no ha sido así, porque tanto el solista como -sobre todo- la batuta, aun sin renunciar en modo alguno a la concentración, al sentido humanístico ni a la hondura, han optado por ofrecer una lectura marcada por la extroversión, la luminosidad y la alegría de vivir. ¿Una recreación “de fiesta cumpleaños”, optimista y vital ante todo? Pues algo así.

Del sonido puramente beethoveniano de nuestro artista, de sus asombrosos trinos y de su capacidad para ofrecer momentos de infarto (¡increíble la cadenza del primer movimiento!) no hace falta decir nada. Tampoco hace falta añadir que, como era de esperar en el de Buenos Aires, se han ofrecido con respecto a sus anteriores recreaciones nuevas maneras de abordar las frases, nuevas acentuaciones, unas veces más convincentes y otras menos, en ocasiones limitadas por sus menguantes facultades digitales, pero en cualquier caso testimonio del espíritu inquieto y creativo del homenajeado. Dicho de otra manera: la interpretación del propio Barenboim tocando y dirigiendo en el festival del Ruhr en 2007 (vídeo en Euroarts, audio recién aparecido en Decca) sigue siendo sublime e inalcanzable, pero la presente, lejos de ser una fotocopia, resulta complementaria.

La obra de Elliott Carter, de muy corta duración y escrita para una formación reducida, supuso un doble homenaje transformado en triste paradoja: a Barenboim porque a él está dedicada en su cumpleaños, al compositor por su reciente fallecimiento ¡a los ciento cuatro años de edad! Seguramente no es Dialogues II la obra más relevante del neoyorquino, pero su atractivo es innegable (salvo para los imbéciles que aún piensa que la música contemporánea está hecha a base de ruidos) y además parece apuntar hacia unas maneras muy esenciales, muy “de síntesis” en el tratamiento tanto tímbrico como polifónico. De hecho, aquí la superposición de líneas habitual en Carter la encontramos ante todo en el piano, cuya parte no es precisamente sencilla. Barenboim -hace pocos días la interpretó en La Scala bajo la dirección de Dudamel- la aborda con enorme convicción y obteniendo unos colores interesantísimos. Mehta, por su parte, volvió a demostrar que esta clase de músicas técnicamente complejas son lo suyo.

El maestro indio -nada rutinario en esta velada, sino muy comprometido- dirigió de manera sobresaliente el Tchaikovsky en la segunda parte: con grandeza, amplio aliento épico, sonoridad adecuadamente rústica, brillantez, buen sentido del humor y algún pasaje muy escarpado. Una dirección, desde luego, más parecida a la que Barenboim le hizo a Lang Lang con la Sinfónica de Chicago (DG, 2003) que a la que Celibidache le ofreció al argentino en la justamente mítica filmación de 1991 que todos creíamos inalcanzable… hasta ahora.

Esta ha sido la otra sorpresa. Todos sabíamos que el maestro está ahora peor de dedos. La agilidad ni es ni mucho menos la de un Kissin o la del citado Lang Lang, enormes recreadores de la partitura. Por momentos las pasa canutas e incluso hay en esta interpretación (coda del primer movimiento) algún fiasco considerable. Pero ni los más devotos de Barenboim podíamos imaginar que la inspiración de aquel encuentro con Celi se fuera a multiplicar de este modo veintiún años después. ¡Qué manera de descubrir mil y un detalles nuevos en la obra! ¡Qué modo de frasear en arrebato continuo pero manteniendo la concentración para paladear con la más honda emoción y total ausencia de preciosismo vacuo cada una de las melodías de la partitura! ¡Qué sonido más poderoso y al mismo tiempo maleable! ¡Qué capacidad para aunar grandeza, ternura, delicadeza, arrebato, hondísimo dolor, ganas de vivir y  espíritu festivo! Mientras escribo estas líneas he vuelto a escuchar la interpretación junto al rumano. Me reafirmo en lo dicho: esta con Mehta es, a pesar de sus relativas imperfecciones técnicas, la más genial recreación de la parte pianística de la obra que he escuchado, y desde luego la mejor reivindicación de sus enormes valores musicales. Todavía sigo con ganas de llorar, se lo juro.


La orquesta berlinesa estuvo muy bien, pese a unas trompetas algo destempladas y a un solo de violonchelo un punto más dulce de la cuenta -para mi gusto- en el segundo movimiento del Tchaikovsky. Quien en el mismo estuvo espléndida fue la flautista con su decisivo solo, como bien puso de manifiesto el rostro del propio Barenboim. Al final hubo dos propinas, de Chopin concretamente, escamoteadas de la transmisión televisiva. Esperemos que se recuperen para la edición en DVD que probablemente prepara el sello Accentus, el cual rubrica los títulos de crédito. Confiemos también en que se solucionen  los graves problemas de la toma de sonido que crean confusión en los planos de la orquesta. Mientras tanto, disfrutemos de los vídeos que un alma de buena voluntad (y pasión villazonista, podríamos añadir) ha colocado en YouTube. Yo ya había conseguido la filmación por otra vía, pero en nombre de quienes se pasan por aquí y no aún la tienen, ¡gracias, Teresa!

PD. Los vídeos yan desaparecido de la red, pero la filmación está editada por DG en DVD.

martes, 29 de mayo de 2012

Céline Moinet, un descubrimiento

CÉLINE MOINET, oboe.Obras de J. S. Bach, Berio, Britten, Carter y C. P. E. Bach.
Harmonia Mundi, HMC 902118
64’ 31’’
DDD
Harmonia Mundi Ibérica
**** R
A S

Celine Moinet Harmonia Mundi
Primer oboe de la Staatskapelle de Dresde desde junio de 2008, Céline Moinet (Lille, 1984) demuestra en este debut discográfico ser una artista enorme categoría. En la Partita en la menor BWV 1013 de J. S. Bach, originalmente escrita para flauta travesera, exhibe un perfecto dominio de la respiración para enriquecer las notas con multitud de acentos sin perder de vista el trazo polifónico. En la Sequenza VII de Luciano Berio hace gala de un asombroso virtuosismo a la hora de desplegar la más increíble gama de colores y texturas.

Las Seis Metamorfosis sobre Ovidio de Britten nos revelan la cantabilidad con que es capaz de frasear y su perfecta manera de sacar a la luz esa elegancia melancólica tan propia del autor. En Inner Song de Elliot Carter se muestra capaz de humanizar una escritura especialmente hermética como es la del compositor estadounidense. Para terminar, con la Sonata en la menor de C. P. E. Bach, escrita en su momento para la flauta de Federico II de Prusia, nos demuestra que es posible compaginar coquetería con hondura expresiva alcanzando un perfecto equilibrio clásico y la mayor belleza sonora.

Enhorabuena a Harmonia Mundi por marcar un gol de este calibre.
_________________________________
 
Esta fue la última crítica discográfica escrita por mí para Ritmo, concluyendo así mis once años de colaboración. Ha sido publicada en el número de mayo de 2012.

martes, 1 de marzo de 2011

La Italiana de Mendelssohn por Barenboim: puro fuego

Todo discófilo con unos años a sus espaldas tiene en la mente una clasificación más o menos fija de sus versiones favoritas de las obras señeras del repertorio. En el futuro se podrá encontrar en alguna ocasión con interpretaciones que le gusten tanto como las más idolatradas, pero muy rara vez -hablamos de las partituras archigrabadas, no de aquellas que apenas cuentan con discografía- se encontrará con una que desbanque a todas ellas. Pues bien, me acaba de ocurrir justamente eso con la Sinfonía Italiana de Mendelssohn. Hasta ahora tenía la cosa muy clara: la de Klemperer de 1960 y la de Solti de 1985 estaban en cabeza. La primera, una interpretación reposada, muy paladeada, nada impetuosa ni arrebatada, pero de pulso perfectamente sostenido, admirable arquitectura, meridiana claridad y, sobre todo, impresionante cantabilidad, calidez y vuelo lírico. La segunda, una lectura extrovertida, luminosa y vibrante en los dos movimientos extremos, al tiempo que llena de lirismo y sensualidad en los dos centrales, añadiendo además interesantísimos tintes amargos en el segundo, todo ello alcanzando una claridad pasmosa y ofreciendo una ejecución difícilmente igualable a cargo de la Sinfónica de Chicago. Y luego había algunas otras que, sin llevar a semejante nivel, eran espléndidas, destacando por su ortodoxia la ya antigua de Dohnányi, su naturalidad la de Leppard –maravilloso el segundo movimiento-, su calidez la de Sinopoli, su carácter apolíneo la de Peter Maag y su brillantez la segunda filmación de Solti (con la Radio Bávara, no así la de Chicago de los años setenta, más bien cuadriculada). Ahí acababa la cosa. Y de pronto llegó Barenboim.

¡Ya está este pesado con Barenboim, dirán algunos! Pues miren, la verdad es que no me esperaba gran cosa del maestro dirigiendo a Mendelssohn. En realidad apenas teníamos testimonios discográficos del de Buenos Aires en este repertorio. Con Chicago grabó en los años setenta una interpretación de El sueño de una noche de verano (aún no en CD) que no resultaba particularmente memorable. Luego tiene el Concierto para violín con Perlman (más algunas grabaciones radiofónicas con el maravilloso Znaider) y el Concierto para piano nº 1 con Lang Lang. Y las Romanzas sin palabras que grabó hace ya bastante lustros claro, pero en el terreno sinfónico nada más. Ni una sola de las sinfonías. De hecho sigue sin grabarlas: esta Italiana de la que les hablo procede de la toma radiofónica (que he conseguido a través del grupo de Yahoo “Concertarchive”) que corresponde a un concierto al frente de la Filarmónica de Viena celebrado en la Musikverein de la capital austriaca el 7 de junio de 2009, tan solo tres días después de la velada en los jardines del palacio de Schönbrunn que comenté en este mismo blog (enlace) y que más tarde DG editó en DVD con calidad de sonido mucho más satisfactoria.

Bueno, ¿y cómo es esta Italiana? Pues puro fuego. Fuego controlado. Al borde del descarrilamiento, pero controlado, porque pasarse tan solo un milímetro en Mendelssohn -compositor que exige una arquitectura de perfecto clasicismo- termina pasando factura. Un fuego sincero y abrasador que no es solo el del sol radiante que ilumina las tierras meridionales (ya se sabe: que si la luz y el colorido italianos y todo eso), sino que sale directamente del corazón. ¿Una Italiana germánica? Algo de eso hay, porque las sonoridades son robustas, corpulentas, muy alejadas de la liviandad de otros directores en este repertorio, desde Claudio Abbado hasta el horripilante Thomas Fey, aunque tampoco tienen que ver con el carácter masivo e hipertrofiado de un Karajan: Barenboim tiene muy claro que el asunto no consiste en ofrecer espectáculo sonoro, y además la Filarmónica de Viena, aun sin estar en su mejor momento y patinando en más de una ocasión, sabe cómo conjugar la densidad centroeuropea con ese particularlísimo “terciopelo plateado” que es marca de la casa. En cualquier caso esta Italiana no suena ni brahmsiana ni protobruckneriana: suena a Mendelssohn, solo que a un Mendelssohn más preocupado por la “sustancia” y menos por la belleza apolínea que lo habitual.

El primer movimiento resulta fulgurante ya desde los primeros compases: vigor, entusiasmo y ardor juvenil se conjugan con la atención al matiz, la concentración en el fraseo y la plasticidad en el tratamiento sonoro, toda vez que el peligro de lo cuadriculado queda conjurado. La transparencia es además, como en el resto de la interpretación, un verdadero prodigio. El Andante con moto es lo único que no me ha entusiasmado, quizá porque tengo demasiado en mente lo que en este pasaje hicieron Leppard y Solti en su grabación digital, demostrando que el pulso firme y el rechazo del amaneramiento no están en absoluto reñidos con el vuelo lírico más efusivo. Barenboim no se muestra partidario de la delectación y procura no bajar la guardia, aunque en cualquier caso el resultado es muy hermoso. Toda una revelación el tercer movimiento, particularmente el trío: donde la mayoría de los directores ven una incomparable elegancia, quizá una sugestiva evocación paisajística, nuestro artista nos revela una punzante angustia interior que lleva hasta un clímax rebelde y de dramatismo desgarrador.

Claro que lo más genial llega con el Saltarello: presto. El arranque es demoledor. Jamás he escuchado nada parecido, con semejante garra e ímpetu. El desarrollo, firme e implacable pero de nuevo muy sutilmente matizado, alejado de cualquier rigidez, y desde luego de asombrosa claridad, deja al oyente sin respiración. Sobre todo porque el concepto es distinto de lo habitualmente escuchado. ¿Una tarantela? Pues sí, pero mucho más frenética y hasta furiosa que alegre o chispeante. Al fin y al cabo, ¿no se trataba en origen en una danza destinada a sudar el veneno inyectado por la mordedura del arácnido? Barenboim parece tomárselo al pie de la letra y el resultado no es sino la culminación de todas las tensiones acumuladas a lo largo de la partitura. No creo que nunca director alguno haya logrado en este movimiento una tan increíble fusión de densidad, transparencia, electricidad, elegancia y fuerza expresiva, por contradictorios que puedan parecer estos términos. Los habrá igual de enérgicos, igual de transparentes e igual de ágiles (y desde luego bastante más “alados”, escúchese a Karajan), pero tan perfecta síntesis no la he escuchado nunca.

Algo habrá que decir sobre el resto del concierto. La velada se abría nada menos que con Elliot Carter: Soundings, para piano y orquesta. Página breve pero magnífica que Barenboim, responsable del encargo en sus tiempos en Chicago, interpreta con gran tensión sonora y haciendo sonar a la Filarmónica de Viena con una incisividad que raramente asociamos a tan emblemática formación. Luego venían las Noches en los jardines de España, que conocen aquí una recreación superior a la del día 4 en Schönbrunn, pues a pesar de algunos desajustes el argentino se muestra mejor de dedos y clarifica aún más la orquestación revelando mil y un detalles de la escritura falliana, todo ello sin perder esa particular densidad sonora tan cara al de Buenos Aires. Y para abrir la segunda parte se ofrecía la Pequeña Música Nocturna mozartiana, con resultados parecidos a los logrados en los jardines vieneses: el segundo movimiento, meramente correcto, sigue sin destilar la magia que debe, pero los extremos ofrecen un notable entusiasmo y el tercero ha perdido algo de pesadez sin caer -eso jamás ocurre con Barenboim- en lo liviano o en lo banal. Vamos, un Mozart-Mozart, no el “Mozartito” (la acertada expresión se la he escuchado a otro crítico) que hacen algunos. No hace falta decir nombres. En fin, nueva demostración de que Barenboim, al que por cierto ayer 28 de febrero el gobierno francés le concedió el rango de Grand Officer de la Legión de Honor, es el más grande intérprete musical en activo.

Lamento no poder ofrecerles la dirección de Rapisdhare para bajarse este concierto, porque no está permitido sacar los links fuera del grupo, pero sí me atrevo a sugerirles que, si no lo han hecho ya, se suscriban a Concertarchive (enlace).

miércoles, 19 de mayo de 2010

Barenboim hace Carter y Strauss en Berlín

Siguiendo con los programas que estoy disfrutando en la Digital Concert Hall de la Berliner Philharmoniker pasamos a la velada del sábado 13 de junio de 2009, protagonizada por un Daniel Barenboim que venturosamente suele aparecer al menos una vez por temporada junto a la fabulosa formación berlinesa, al margen de conciertos extraordinarios como el del pasado primero de mayo.

En teoría el mayor interés estriba en el estreno en Europa de un encargo realizado conjuntamente entre Jerusalén, Boston y la capital alemana a Elliott Carter: su Concierto para flauta. Pero la verdad es que, aun tratándose de una música llena de sugerencias, me ha dejado un poco frío, y eso que un portentoso Emmanuel Pahud pone toda la carne en el asador para extraer todas las inflexiones expresivas posibles de su instrumento. Aquí tienen una muestra colgada en YouTube por la propia Filarmónica.



Me ha entusiasmado, por el contrario, una pieza anterior que no conocía, Dialogues para piano y orquesta. Al teclado se encontraba quien la estrenó en 2004, el británico Nicolas Hodges, que realizó una ejecución de quitarse el sombrero. Barenboim, como ya hizo en la interpretación de la Sinfonía de Carter en Granada (enlace), resaltó en lo posible los elementos más comunicativos de esta música extremadamente hermética y estimuló a los miembros de la orquesta para que dieran lo mejor de sí mismos.



Richard Strauss no es el compositor más adecuado para Daniel Barenboim, porque hay en su escritura orquestal un componente hedonista, de pura recreación en colores y texturas, que el de Buenos Aires no quiere -o no sabe- atender como sí lo hace a la solidez de la arquitectura, a la sinceridad de la expresión y al dramatismo que pueda extraerse de los pentagramas. Consigue ofrecer no obstante, abriendo la velada, una admirable recreación de Don Juan en la que la solidez, la elocuencia, el rigor constructivo, la ausencia de devaneos sonoros y la sinceridad expresiva resultan desarmantes. Falta quizá, para alcanzar la genialidad, un trabajo con mayor riqueza tímbrica en las texturas, así como un poco más de imaginación en algún momento concreto. En contrapartida, la sección lírica central ofrece una ternura muy especial rara vez escuchada.



Cerrando el programa ofrece Barenboim una emocionanteinterpretación de Till Eulenspiegel, realizada de un solo trazo y sonada con una robustez en absoluto reñida con la sensualidad. Los admirables solistas de la filarmónica berlinesa realizan intervenciones de impagable expresividad. Cierto es que ni la orquesta ni la batuta alcanzan la frescura, la riqueza de colores y el increíble virtuosismo de quienes a mi modo de ver han dicho la última palabra en esta partitura, Sir Georg Solti y la Sinfónica de Chicago, pero esta recreación es en cualquier caso de primerísima línea, sobresaliendo un final que alcanza -cómo no, con Barenboim al frente- unas cotas impresionantes de dramatismo. Para quien le interese escuchar el concierto, ahí va el enlace.

En el blog de Ángel Carrascosa (enlace) pueden encontrar otro comentario de este mismo concierto.

jueves, 21 de enero de 2010

Zubin Mehta y su sensacional Sinfonía Doméstica

Zubin Mehta realizó allá por los años ochenta para CBS un registro -hoy descatalogadísimo- de la Sinfonía Doméstica de Richard Strauss verdaderamente portentoso, tanto por él como por la soberbia ejecución de la Berliner Philharmoniker. El director hindú volvió a ofrecer la partitura al frente de la orquesta berlinesa en enero de 2009, y a través de la Digital Concert Hall hemos podido conocer los resultados: a mi modo de ver, una de las mejores interpretaciones de Richard Strauss que uno puede escuchar por ahí.

Esta Doméstica lo tiene todo: solidísima arquitectura, pasmosa claridad, infinito colorido, ricas texturas, admirable sentido narrativo, inigualable variedad expresiva, desbordante frescura, sanísimo sentido del humor y, por descontado, una brillantez "made in Mehta" que -en esta ocasión- no conoce retórica vacua, ampulosidad o efectismo. Y es que esta soberbia, verdaderamente histórica recreación se encuentra trazada con una sinceridad, una emoción y una fuerza expresiva descomunales, desde luego muy superiores a las que el maestro suele evidenciar en muchas de sus interpretaciones de los últimos lustros. La Filarmónica de Berlín, por descontado, está imponente, y sus solistas hacen gala de una musicalidad fuera de lo común.



La velada (domingo 11 de enero) se había abierto con las breves Three Illusions de Elliott Carter, particular homenaje al compositor norteamericano que acababa de cumplir cien años. Música dura, interpretación sensacional. Por su parte, el Concierto para piano nº 4 del genial sordo de Bonn conocía una recreación muy notable, más lírica que dramática, muy bella en cualquier caso, en manos de un Mehta gran profesional (léase "gran artesano") y de un Murray Perahia de sonido rico, fraseo flexible y admirable cantabilidad, pero por momentos algo nervioso y no del todo sintonizado con la profundidad filosófica de la partitura. Disfrutable pero prescindible. La Doméstica, por el contrario, me parece de conocimiento obligado. Aquí dejo el link para ver -previo pago- el concierto completo. Les aseguro que merece la pena (enlace).

domingo, 12 de julio de 2009

Barenboim en Granada 2009 (II): Carter, Wagner

Las entradas para el concierto del sábado 11 se agotaron el mismo día que se pusieron a la venta a pesar de incluir en el programa la larga y dura Symphonia: Sum Fluxae Preti Spei de Elliot Carter. Daniel Barenboim le agradeció al público su fidelidad antes de comenzar y además prologó la interpretación con unos minutos de explicaciones sobre la partitura. Parece que sirvió de algo: se aplaudió sin especial entusiasmo, pero desde luego bastante más que tras el adagio de la Décima de Mahler del día anterior (enlace).

La interpretación caminó por un sendero muy distinto al de la portentosa grabación discográfica (Deutsche Grammophon) a cargo de Oliver Knussen. Con el siempre personal Barenboim hubo menos visceralidad, ciertamente también menos garra y menos tensión interna; el colorido fue menos virulento e incisivo, y la claridad no fue tan grande.

A cambio, el argentino acentuó la componente “impresionista” del Allegro scorrevole (que interpretó en primer lugar y no en el tercero, toda vez que los tres movimientos fueron concebidos como piezas independientes y se prestan a semejante tipo de intercambio), al que otorgó de una enorme sensualidad. Profundizó de manera asombrosa en el carácter gótico del Allegro tenebroso central, que sonó abrumadoramente atmosférico, denso y ominoso. Y otorgó a las aristas stravinskianas de la Partita (un encargo del propio Barenboim en su etapa de Chicago) una densidad dramática alejada del mero racionalismo. En suma, una interpretación muy personal que descubre nuevas perspectivas en semejante obra maestra.

Wagner en la segunda parte del programa. Hasta los más acérrimos enemigos de Barenboim reconocen su magisterio en Tristán e Isolda. Menos mal. Del Preludio y Liebestod ofreció una versión menos encendida y visionaria que en otras ocasiones, pero también más sensual, refinada y mística de lo que acostumbra. Una interpretación, pues, en la línea más reciente en la que aborda el de Buenos Aires estos pentagramas (enlace).

A destacar la increíble plasticidad del tratamiento de la orquesta, que aquí se mostró fabulosa en lo técnico y sublime por sonoridad. En cualquier caso, me quedo con la irrepetible interpretación que el propio Barenboim ofreció hace pocos años aquí mismo, en el Palacio de Carlos V, al frente de la Orquesta del West-Eastern Divan (lo único del programa que no se editó en DVD, dicho sea de paso, aunque sí se retransmitió por televisión).

Por el contrario, la recreación del Preludio del acto I de Maestros Cantores me ha gustado más aún que las que le he escuchado últimamente al frente de su formación multicultural, porque la he encontrado más controlada y mejor planificada: se ha perdido quizá fogosidad pero se ha ganado en transparencia, atención al detalle, creatividad e incluso en vuelo lírico. Por descontado, ni rastro de pompa y grandilocuencia. Excelente interpretación. Se aplaudió mucho, pero no hubo propina.

Sinfonía nº 4 de Mendelssohn, "Italiana": discografía comparada

Esta comparativa de la Sinfonía Italiana de Mendelssohn la publiqué inicialmente el 2 de junio de 2024. He añadido Solti/Israel, Solti/Viena...