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viernes, 20 de febrero de 2026

Lo de siempre

Pues sí, me ocurre lo de siempre con la ROSS. Al menos, lo de los últimos años. Desde que una persona decidió que yo no merecía lo mismo que otros críticos.

Compré  una entrada de balcón por 33 euros. Cogí mi coche en Jerez. Me gasté unos 20 euros en gasolina. Aparqué en el subterráneo habitual. Me tomé una tarda de queso con tocino de cielo en La despensa de Palacio.

Me disgusté con la cálida, pero terriblemente flácida obertura de Egmont que hizo György Ráth. Disfruté mucho con la singular -aquí discografía comparada-, muy lírica e inspirada recreación del Segundo de Bartók por Juan Pérez Floristán. Me aburrí a medias con la otoñal Quinta de Tchaikovsky que quiso ofrecer el maestro húngaro, en parte porque la dirección solo estuvo realmente inspirada en el movimiento central, en parte por el calor sofocante que hacía en la sala.

Salí admirado por la sonoridad de la cuerda de la Sinfónica y preocupado por unos metales que no empastaron en todo el concierto. Pagué los 9 euros del aparcamiento y, después de un susto que no viene al caso, me volví a mi casa. Si la ROSS quiere una crítica en condiciones, que la señora de Comunicación haga justicia a las muchísimas horas de trabajo que he dedicado a la orquesta a lo largo de no pocos años. 

sábado, 7 de septiembre de 2024

Lahan Shani y Pérez Floristán hacen un notable Rachmaninov

Concierto del año 2023 de la Filarmónica de Israel bajo la dirección de su titular Lahav Shani, visto a través del canal Mezzo. Comienza con una obra, no sé si de estreno, del compositor israelí de origen ucraniano Boris Pigovat: ...Therefore choose life... Lenguaje muy accesible por momentos parece música escrita para alguna película actual, abundante percusión feérica lo que alguna gente llama "música de campanitas" y buenos hallazgos de emotividad. Se escucha con mucho placer. Aquí la tienen ustedes en el canal de YouTube de la orquesta.

Seguidamente, una de las grandísimas obras maestras de Rachmaninov: Rapsodia sobre un tema de Paganini. Como solista, el sevillano Juan Pérez Floristán. A quienes le hemos visto crecer en el escenario del Maestranza se nos cae la baba irremediablemente, pero aquí estamos hablando de un concierto internacional, así que hay que tomar distancias para ser justos. La referencia no puede ser local: hay que calibrar poniendo al artista andaluz frente a los grandísimos que han abordado esta obra, que son los que intenté recoger en esta discografía comparada. Pues bien, el hijo de Juan Luis Pérez sale muy bien parado. Le falta para llegar a la excelencia un toque más variado, mayor riqueza de acentos y un punto adicional de intensidad, pero se mueve por encima de la media gracias a una virtud que muchos la mayoría, me temo no tienen: un fraseo natural, lógico y por completo apartado de lo mecánico. En lugar de dedicarse a correr y de montar el numerito de cara a la galería, lo que en no pocas ocasiones supone desplegar fuegos artificiales que destrozan la música con una mezcla de nerviosismo, machaconería y carácter mecánico, Pérez Floristán toca con sensibilidad, otorga sentido a las notas y canta de verdad las melodías, mientras que cuando le corresponde mostrarse tempestuoso lo hace sin dejarse llevar por el temperamento.

A su lado, Lahav Shani ofrece una dirección de enfoque menos lírico y más aristado, por momentos muy combativo, pero no se produce un choque de trenes: las visiones son complementarias y el asunto funciona bastante bien. Su dirección sin partitura ni batuta resulta muy intensa, incisiva y dramática, quedando algo corta en esa sensualidad nostálgica tan propia del autor. En cualquier caso, y en colaboración con una orquesta en excelente forma, el resultado global es una Rapsodia de altura. De propina, Pérez Floristán ofrece una recreación estratosférica, acongojante en su mezcla de concentración, vuelo poético y sensibilidad para el detalle, de la Danza de la moza donosa de Alberto Ginastera. Shani se sienta cerca de él y permanece en éxtasis durante la interpretación. 

Petrushka en la segunda parte. Imposible olvidar aquella grabación de Bernstein con la misma orquesta. La de Shani es muy distinta: mucho menos simpática y distendida, bastante más de incisividad y mala leche. En buena medida es la del joven maestro una visión agria, pero sin llegar en modo alguno a la violencia de Muti ni a la genial corrosividad de Klemperer. Tampoco la increíble limpieza de este último: en este sentido, Shani no termina de clarificar las texturas, e incluso en la Danza de los cocheros cae en cierto barullo. Pero hay animación, vida, intensidad, marcados contrastes, humor negro, un considerable sentido del ritmo y un tratamiento bastante adecuado del color orquestal. Las indicaciones expresivas a los primeros atriles, fundamentales para que en este ballet de Stravinsky las cosas salgan bien, resultan todas muy acertadas. Un poco menos de velocidad y mayor interés por la atmósfera en determinados momentos no le hubiese venido nada mal. Ah, formidable el piano, que no es el de la orquesta sino el propio Pérez Floristán, que modifica por completo su toque para adecuarse a las maneras stravinskianas.

lunes, 23 de diciembre de 2019

Más sobre el Tchaikovsky de Floristán

Un melómano sevillano me transmitió, con admirable educación y exquisito tacto, ciertas ideas en torno a mi crítica sobre el Concierto nº 1 de Tchaikovsky que interpretó el otro día Juan Pérez Floristán junto a la ROSS. Concretamente, me comentaba que el joven pianista sevillano tocó la "versión original" del concierto, y que de ahí podrían venir las "cosas raras" que notamos en la interpretación. Yo imaginaba que la cosa vendría porque alguien estaba molesto. Acabo de confirmarlo leyendo el comentario que el padre del pianista ha escrito en el blog de Juan José Roldán, quien precisamente fue la persona que me invitó al concierto (la ROSS, concretamente la señora María Jesús Ruiz, hace tiempo que decidió no saber nada de mí).

Voy a hablar con absoluta claridad. Primero, no sabía que se tratase de ninguna "versión original". Nada se decía en el programa de mano, como se debía haber hecho si la persona encargada de editarlo hubiera sido mínimamente profesional. Y decidí no asistir a la conferencia previa, donde al parecer se puntualizó el asunto, porque solo tenía ese rato antes del concierto para departir con Juan José: me hubiera encantado asistir a la charla, pero prefiero gozar de la compañía de quien sigue siendo mi mejor amigo. Tampoco creo que quienes vamos a escribir algo, aunque sea en un modestísimo blog, tengamos la obligación de asistir a las charlas preconcierto. Vamos, digo yo.

Segundo, de acuerdo con que esos arpegios iniciales podrían ser autógrafos de Tchaikosky (¿de verdad que todos los grandes intérpretes de la obra han tocado hasta ahora una introducción espúrea?). Vale con que aquí y allá puede haber detalles que sonaban "raros" no por capricho del intérprete, sino por cuestiones presuntamente filológicas. Pero eso no tiene nada que ver con que a mí el toque de Pérez Floristán me pareciera ingrávido, su fraseo amanerado, su concepto equivocado. El de un señor que confunde la delicadeza con el preciosismo y la poesía íntima con lo cursi. El de un artista que quiere "descubrirnos la verdad" para llamar la atención y no para servir al compositor. El de un chico al que se le han subido demasiado pronto los elogios a la cabeza.

Por descontado, quienes estén en desacuerdo con mi valoración pensarán que soy un imbécil y que guardo un enorme resentimiento contra el artista, quizá derivado de algún problema personal. Eso lo que se suele decir en estos casos, no nos engañemos. Acertarán en lo primero: soy un completo imbécil. Se equivocarán en lo segundo: Juan Pérez Floristán, con quien apenas he tenido trato, me cae estupendamente, estoy de acuerdo con casi todo lo que hace y escribe, me parece una persona inteligentísima y hasta ahora me resultaba un pianista sensacional. Y por su padre guardo una enorme admiración intelectual, amén de un muy sincero afecto personal, porque me parece una de las personas más modestas, sinceras, respetuosas y lúcidas que he conocido en este mundillo. Simplemente, el Tchaikovsky del otro día me pareció una cursilada. ¿Debo sentirme culpable por ello?

viernes, 20 de diciembre de 2019

Pérez Floristán, tentado por el lado oscuro de la Fuerza

Ayer jueves renuncié al estreno de The Rise of Skywalker, cinta que como todo buen friki de Star Wars estoy deseando ver, y conduje ida y vuelta a Sevilla en medio de un huracán muy peligroso para los conductores con la ilusión de ver a Juan Pérez Floristán interpretando el Concierto para piano nº 1 de Tchaikovsky en un programa de la ROSS íntegramente dedicado al autor del Cascanueces. Tengo al sevillano o le tenía, hasta hace unas horas por un artista destinado a ser uno de los más grandes del piano del siglo XXI. No tanto porque posea un mecanismo superlativo eso casi es lo de menos: de los conservatorios orientales salen decenas de perfectos mecanógrafos, sino porque tiene muchas cosas que decir, porque estas cosas son siempre certeras y porque, además, sabe cómo decirlas: a esto último se le llama técnica, que no se debe confundir con el "mecanismo" antes referido. Si durante los años de mi exilio segureño apenas pude sino tener noticias a distancia de sus éxitos, ya asentado en Jerez he  conseguido escucharle varias veces en directo y confirmar que, efectivamente, Pérez Floristán alberga un descomunal talento. En todas las ocasiones me ha gustado mucho, muchísimo o una barbaridad, de lo cual he dejado testimonio aquí mismo en diferentes reseñas.


Por todo lo expuesto, comprenderá el lector que lo de ayer me supuso un verdadero jarro de agua fría. Porque su Primero de Tchaikovsky no solo no me gustó, sino que me irritó ya desde esos memorables acordes de la mano izquierda de la introducción, generalmente rotundos y poderosos, convertidos en arpegios desgranados con un toque aéreo y grácil con resultados de alarmante cursilería.

Fue la suya una interpretación por completo personal, que además de soberbiamente tocada estuvo ricamente matizada (¡qué portentosa manera de modelar colores y dinámicas, qué limpieza, qué control del pedal!) con una clara intención de huir de la rutina y de decir cosas nuevas, lo que en principio está muy bien: el riesgo siempre se agradece. El problema es que a mí esas cosas me parecieron equivocadas, porque iban en la linea de reivindicar ese Tchaikovsky leve, delicado y preciosista que muchos creíamos por completo periclitado, y encima añadiendo devaneos estilísticos (¡esto no es Chopin, por favor!) y una buena dosis de frivolidades, preciosismos y amaneramientos que desarticularon el discurso y lo convirtieron en una sucesión de pasajes más o menos bonitos sin una idea expresiva clara ni sincera detrás de semejante exhibición de virtuosismo.

Justo lo mismo que ocurrio con el célebre Moment musicaux nº 3 de Schubert que llegó de propina, una música maravillosa en su aparente sencillez que el pianista sevillano decidió "descubrirnos" a base de detalles preciosistas. Les juro que todavía no doy crédito: yo pensaba que este chico era el Luke Skywalker del piano español, y ahora resulta que podría tratarse de todo un Kylo Ren. Por si fuera poco, en una entrevista en ABC anuncia que su próxima actuación en Sevilla será haciendo el Cuarto de Beethoven al fortepiano, apuntando que la interpretación historicista "ofrece mayor libertad". Quizá ese futuro evento nos confirme su paso definitivo al lado oscuro de la Fuerza. O tal vez no, si el espíritu de su venerable maestra jedi Obi-Wan Leonskaja logra volver a su interior.

En cualquier caso, nada historicista hubo en el Tchaikovsky de ayer 19 de diciembre, porque tenía a su lado a la Sinfónica de Sevilla y a John Axelrod. Me pareció aceptable sin más la labor del maestro estadounidense en el Concierto para piano nº 1. Incluso se prestó al enfoque falsamente lírico e intimista de Pérez Floristán e hizo lloriquear a los violonchelos en el segundo movimiento para disgusto de un servidor, y quién sabe si de algunos cuantos melómanos más de los muchos que había en el Maestranza. Pero acertó en la obra que abría el programa, ese Hamlet tan desequilibrado en su desarrollo como interesante esta semana me he escuchado seis versiones para hacerme a una obra que frecuento poco– en la que su batuta logró dar unidad a la deslavazada pieza y desplegó un lirismo en la cuerda genuinamente tchaikovskiano.

Sinfonía nº 4 para terminar. Hay precedentes singulares en el Maestranza. Ese enorme director de Tchaikovsky que fue Rostropovich la interpretó frente a la Royal Philharmonic en 1992, una versión que me pareció –yo era jovencito, no sé qué opinaría ahora fogosa pero excesivamente estentórea. Mucho más cerca en el tiempo, la propia Sinfónica de Sevilla firmó una estupenda versión con Juan Luis Pérez, el padre de nuestro pianista. Y pocos años más tardes, el mismísimo Claudio Abbado hizo con la Simón Bolívar una lectura que, sin llegar a los resultados aún insuperados de su registro con la Filarmónica de Viena, fue a todas luces gloriosa.

Axelrod resolvió ayer la papeleta con muchísima dignidad, sobre todo al lograr trazar con solidez y buena progresión de las tensiones la complicadísima arquitectura del primer movimiento, dicho con convicción plena; lástima que en el clímax principal los trombones, no muy brillantes a lo largo de la velada, se comieran al resto de la orquesta, algo que fue responsabilidad plena de la batuta. El Andantino estuvo paladeado con gran delectación, aunque tendiendo a la morosidad y sin naturalidad suficiente; en cualquier caso, el maestro hizo cantar a la cuerda con enorme belleza y la hizo sonar con una solidez y un empaste –admirables violines y violas– como no se la escuchaba desde hace años. Muy bien el Scherzo, particularmente por el trabajo de filigrana que realizaron las maderas durante un trío que supo ser bullicioso sin caer en la frivolidad. E irreprochable el final, enérgico como debe ser, con un punto de rusticidad de lo más adecuado, pero sin caer en la vulgaridad del bombo y platillo. El público aplaudió a rabiar, merecidamente.

viernes, 1 de noviembre de 2019

Barragán, Stadler y Pérez Floristán en el Villamarta

Ya he escrito sobre ellos en varias ocasiones, pero voy a insistir una vez más: Pablo Barragán (Marchena, 1987) y Juan Pérez Floristán (Sevilla, 1993) no son dos chavales de por aquí que lo hacen estupendamente y a los que hay que prestarles la debida atención. Son dos músicos de técnica superlativa que ya han alcanzado plenamente una primera madurez artística y que pueden codearse sin problemas con las más grandes figuras a nivel mundial.

En los comentarios a su disco con música de Brahms y a su recital en el Maestranza del pasado diciembre con música del hamburgués y de Robert Schumann ya dejé bien claro los prodigios que estos dos jóvenes pueden hacer juntos o en compañía de otros. En aquellas dos ocasiones contaron con la colaboración de Andrei Ioniţă. Ayer 31 de octubre en el Teatro Villamarta ofrecieron Mozart, Beethoven y nuevamente Brahms con un violonchelista diferente: Alexey Stadler (San Petersburgo, 1991), un señor de currículo considerable que a mi entender encaja estupendamente con las maneras de hacer de sus dos compañeros. A despecho de alguna inseguridad en Mozart, el ruso tocó muy bien, fraseó con enorme naturalidad y dialogó de maravilla. Pero bueno, ¿cuál es la estatura real del artista? Aquí podemos echar mano del disco para hacernos una idea: si nos limitamos al Trío op. 11 beethoveniano, Stadler no alcanza a la intensísima Jacqueline Du Pré (con De Peyer y Barenboim), pero convence bastante más que el blando Heinrich Schiff (con Meyer y Buchbinder). Creo que contar con Stadler ha sido no solo un acierto, sino también un privilegio. Y ahora, vamos a por las interpretaciones.

En su monólogo antes de empezar el concierto –el sevillano suele dirigirse bastante al público, siempre derrochando inteligencia–, Pérez Floristán reivindicó a Mozart como autor eminentemente operístico en su concepto. Decir que “solo compuso óperas” puede parecer exagerado, pero no le falta buena parte de razón. Y bien que lo demostraron él y sus colegas con una interpretación del Trío Kegelstatt –en su versión con violonchelo en lugar de viola– vitalista, contrastada y teatral a más no poder. Nada que ver con ese Mozart ligero en el peor de los sentidos, equivocadamente frágil e irritantemente “bonito” que con frecuencia tenemos que soportar, aunque tampoco optaron por densidades fuera de tiesto. Fue la suya una lectura ágil mas no nerviosa, tan valiente como sensata en los claroscuros, intensísima pero siempre bajo control, y (¡sobre todo!) fraseada con ese peculiar sentido del canto al que hacía referencia el pianista.

El Trío Gassenhauer op. 11 de Beethoven es considerado por algunos expertos como una de las peores páginas de Beethoven. No estoy de acuerdo; si hay algo vulgar, eso es el tema de Joseph Weigl que da pie a las variaciones del tercer movimiento. Nuestro artistas ofrecieron una interpretación maravillosamente inmadura de la obra. Me explico: mientras algunos podemos preferir una visión más “honda” y reposada de la partitura, nuestros artistas se limitaron a ver en las notas una obra juvenil y la abordaron con un verdadero derroche de adrenalina. Con rapidez, con nervio y con garra, pero también dejándose llevar por la vertiente más espectacular de la música: por momentos, el pianista parecía estar tocando la música de un dibujo animado. Lo que pasa es que lo hicieron todos con tal entrega y convicción, que engancharon de principio a fin en los movimientos extremos, mientras que en el segundo Pablo Barragán hizo gala de esa cualidad especial de su clarinete para imitar el habla humana, Stadler cantó con enorme sensibilidad y Pérez Floristán supo ofrecer detalles de verdadera exquisitez sin rozar siquiera el narcisismo.

En cuanto al sublime Trío Op. 114 de Brahms, nada nuevo con respecto al disco y el vivo en Sevilla salvo el reemplazo de Ioniţă por Stadler. Pero ahí siguieron, yo diría que todavía con un mayor grado de intensidad gracias a la referida sustitución, ese arrebato a punto del desbordamiento, esa tensión prodigiosamente planificada en el discurso horizontal, ese carácter dramático y sustancialmente sinfónico –de nuevo reveladoras las palabras previas del pianista– de la escritura brahmsiana y, desde luego, esa capacidad para ver en la música mucho antes emoción que belleza sonora. O expresado con mucha mayor propiedad: para ver en la belleza no un fin en sí mismo, sino un medio para expresar.

Una propina de Ginastera –arreglo del propio Pérez Floristán– que permitió al clarinetista ofrecer preciosos difuminados cerró una velada en la que el público, mucho más abundante de lo que se podía esperar, aplaudió con merecidísima intensidad.

miércoles, 5 de diciembre de 2018

Barragán, Ioniţă y Pérez Floristán

Fue portentoso el recital de Pablo Barragán, Andrei Ioniţă y Juan Pérez Floristán que los tres artistas ofrecieron el pasado 1 de diciembre ante un público, el del Teatro de la Maestranza, justificadamente emocionado. Con respecto a la segunda parte del programa, la Sonata nº 2 para clarinete y piano y el Trío para clarinete, violoncelo y piano de Johannes Brahms, poco puedo añadir a lo escrito por mí la noche antes en este mismo blog a partir del disco grabado este verano por los artistas. Pero sí puedo decir algo sobre la primera, dedicada a Robert Schumann: Papillons, las tres Romanzen op. 94 para clarinete y piano y las Fantasiestücke Op. 73 para violonchelo y piano.


En el autor de la Sinfonía Renana quedó bien clara la categoría de Pérez Floristán, a quien sin ningún temor, y a raíz de las cosas que últimamente le he ido escuchando, de Liszt a Gershwin pasando por Rachmaninov, quiero situar entre los mejores pianistas del mundo. Sí, vale, aún tiene que ampliar repertorio y demostrarnos qué es capaz de hacer en determinadas piezas clave, pero no es fácil hacer un Schumann de semejante nivel, con un sonido tan apropiado –más que en Brahms, en el que el sevillano se queda algo corto en densidad– y un tan admirable equilibrio entre lo musculoso y lo alado, entre la ensoñación y el arrebato, entre la poesía lírica y el tormento dramático, sin caer en las fáciles trampas del nerviosismo (¡basta ya de entenderle como un compositor eminentemente esquizofrénico!) o de su extremo contrario, la sosería disfrazada de apolínea elegancia. Y eso lo supo plasmar con soberbia técnica, haciendo gala de una pulsación de infinita riqueza de matices, amén de con una formidable agilidad, pero sobre todo evidenciando  una enorme convicción expresiva. No es ninguna tontería ofrecer una interpretación tan notable de Papillons –fíjense en que mi amigo Carrascosa en esta página solo le pone un 9 a Arrau, y a nadie un 10–, aunque fue en las dos piezas en las que se convertía en acompañante cuando Pérez Floristán dio lo mejor de sí mismo.

Dentro del mismo nivel de excelencia se movió Barragán, un señor que no solo no intenta seducirnos con esas amas de la sensualidad tímbrica y el fraseo curvilíneo del que justamente es uno de los instrumentos más seductores que existen, sino que apuesta fuerte, arriesga muchísimo –por ello mismo hay algún resbalón muy aislado– y ofrece interpretaciones a tumba abierta en la que lo único que interesa es la fuerza expresiva de las notas. Ya lo escribí al referirme a su Brahms: la teatralidad de su línea, repleta de acentos y claroscuros, recuerda a las inflexiones de la voz humana. Todo ello, como su compañero, desde un perfecto control de la arquitectura y sin dejarse llevar por el arrebato. Un artista colosal, al que venturosamente le queda toda la vida por delante.

Espero que ningún amigo del violonchelista se dedique a escribirme mensajes agresivos –ya me ha pasado con algún artista local al que prefiero olvidar–, pero en honor a la verdad –si oculto mi opinión, lo escrito arriba queda falto de validez– debo reconocer que Andrei Ioniţă me ha gustado menos que sus compañeros, sobre todo por algo que ya se intuía en el disco Brahms y que en Schumann ha quedado muy en evidencia: sus excesos en los portamenti, que en más de una ocasión le hacen sonar quejumbroso, por no decir blandengue. Ahora bien, nadie le puede negar que posee una muy sólida técnica y que sintoniza de maravilla con sus dos amigos a la hora de entender los momentos más arrebatados de uno y otro compositor: particularmente memorable el último movimiento del Trío brahmsiano.

Una propina de Ginastera, en arreglo del propio Pérez Floristán, cerró una velada interpretativamente excelsa que, dejando por fin al margen los merecidos elogios a los artistas, nos permitió disfrutar en directo de una música maravillosa que debería escucharse muchísimo más de lo que se hace.

viernes, 30 de noviembre de 2018

Portentoso Brahms de Barragán y Floristán

Mañana sábado 1 de diciembre ofrece el Teatro de la Maestranza un recital del clarinetista Pablo Barragán, el violonchelista Andrei Ioniţă y el pianista Juan Pérez Floristán integrado por obras de Schumann en la primera parte y de Brahms en la segunda, correspondiendo esta última con el compacto grabado por los mismos intérpretes para el sello granadino IBIS, lanzado este mismo año: se omitirá la Sonata para clarinete nº 1 y se tocarán la Sonata nº 2 y el Trío para clarinete, violoncelo y piano. Gracias a la plataforma Tidal –me permito recomendarles a ustedes la suscripción– acabo de escuchar el disco, y he quedado mudo del asombro.


En realidad tenía que haberlo imaginado, porque tanto a Floristán como a Barragán –de este último hace tan solo un par de meses– he dedicado en este mismo blog encendidos elogios. Su interpretación de las dos sonatas es portentosa: tengo recientísimas las versiones de Werner Fuchs y Elena Bashkirova –filmaciones del año 1996 editadas por Euroarts– y les puedo asegurar que estas no les van a la zaga. Los andaluces andamos a veces algo acomplejados y podría parecernos exagerada la afirmación de que un chaval de Sevilla y otro de Marchena tocan a Brahms con el mismo acierto que intérpretes internacionales de enorme altura. Pues así es.

¿Y cómo son estas versiones? Pues apasionadas ante todo, llenas de fuerza, de convicción y de comunicatividad, dentro de un enfoque en el que los aspectos líricos, aun estupendamente atendidos, no tienen la primacía, sino que se encuentran bien equilibrados con los más dramáticos, alcanzando incluso momentos verdaderamente tempestuosos. En este sentido, nuestros intérpretes parecen no mirar tanto ese mundo de la nobleza y la calidez brahmsiana como el de la agitación de Robert Schumann: tiene todo el sentido que en el programa de Sevilla sea el autor de la Renana quien ocupe la primera parte.

Sobre los artistas ni puedo concretar mucho. Si en otros clarinetistas podemos encontrar subyugante el control del fiato o la sensualidad de su línea, en Barragán sobresale la enorme cantidad de inflexiones expresivas con que interpreta, otorgando a su fraseo unas cualidades expresivas, diríase incluso que teatrales, que recuerdan un tanto a las de la voz humana. Floristán destaca por el empuje, la decisión y la fuerza con que aborda su parte, alejándose por completo de la neutra “rutina de acompañante” –llamémosle así- y compartiendo protagonismo al cien por cien con el clarinete; ni que decir tiene el pleno dominio de los recursos técnicos del piano está por completo garantizado.

El rumano Andrei Ioniţă sintoniza con sus colegas en lo apasionado de Brahms, y aunque por momentos hay algún detalle en el fraseo que no me ha convencido, encuentro muy atractivo el intenso dolor con que aborda su parte en el Trío: los tres artistas tienen bien claro que la música, o al menos esta música, no es para deleitarnos con sonidos más o menos hermosos, sino para interpretarla a tumba abierta. Así lo hacen y los resultados, perdonen que insista, son magistrales. Queda claro que mañana hay que pasarse por Sevilla. Clarísimo.

sábado, 7 de julio de 2018

Formidable Gershwin de Pérez Floristán en Sevilla

Repaso mis anotaciones y calificaciones de las versiones de la Rhapsody in blue que tengo escuchadas: Leonard Bernstein –tres grabaciones distintas–, André Previn –por partida doble–, las hermanas Labèque –también por duplicado–, Stanley Black, Jeffrey Siegel, Tilson Thomas, James Levine, Jean-Yves Thibaudet, Joanna MacGregor, Michel Camilo, Marcus Roberts, Stephano Bollani, Lang Lang con Herbie Hancock y hasta el propio Gershwin, este último a través de los rollos de pianola. Bueno, pues la recreación de la parte solista que anoche le escuché a Juan Pérez Floristán junto a la Sinfónica de Sevilla y John Axelrod me gustó tanto o más que las de mis preferidos en la lista –Bernstein y Previn–, al igual que la que ofreció de las Variaciones I Got Rythm me pareció superior a las tres –Parkhouse, Siegel, Thibaudet– que tengo en mi discoteca. Este chico es un auténtico fuera de serie.


¿Virtudes? Todas. Por encima de su agilidad digital o de su sentido del ritmo, encomiables, yo destacaría la asombrosa riqueza de su pulsación. Que es justamente (¡y no en el número de notas por segundo, como quieren hacernos creer muchos embaucadores!) donde se encuentra el verdadero virtuosismo por parte de un pianista. Desde el pianísimo más delicado hasta el forte más macizo y abrumador dispuesto a enfrentarse a una orquesta de grandes dimensiones, Pérez Floristán es capaz –a sus veinticinco años– de cualquier cosa. Con los más ricos colores y detalles de verdadera filigrana. Por no hablar de la chispa, del “descaro” popular y de la frescura con la que recreó los pentagramas de Gershwin. Pero aún hay algo que me ha impresionado todavía más, que es su capacidad para aunar flexibilidad y lógica en un fraseo perfectamente orgánico, y por ende muy jazzístico, en el que la fantasía no está reñida con la coherencia; es decir, en el que la solidez del discurso no se ve enturbiada por el exceso de nervio –aunque hubo algún momento al borde del precipicio– ni por la capacidad para ornamentar. Por cierto que el pianista sevillano no solo ornamentó, sino también improvisó, lo que hubiera resultado discutible si no fuese porque sus aportaciones evidenciaron estilo perfecto, musicalidad excelsa e interés mucho antes por el compositor que por el ego propio: justo lo contrario de la amaneradísima interpretación de la Rhapsody aquí comentada que grabaron Lang Lang y Herbie Hancock precisamente junto a John Axelrod.

Sobre la labor de batuta del norteamericano escribí en referencia a aquel disco que ofrecía “una dirección idiomática y con garra, inspiradísima en la célebre sección nocturna central, pero en general algo gruesa y un punto efectista”. Puedo repetir lo mismo sobre la lectura de ayer cerrando la temporada de una ROSS a la que hizo sonar de manera verdaderamente espléndida.

Junto a las Variaciones y a la Rhapsody –por cierto, en su orquestación original de 1924 para jazz band, que parece imponerse últimamente–, se ofrecían anoche otras dos piezas que abrían cada una de las dos mitades de la velada: Harlem de Duke Ellington y los Three Dance Episodes de On the Town de Leonard Bernstein. En la primera de ellas habría que destacar el soberbio trabajo del muy ampliado conjunto de metales de la orquesta, no únicamente sólido sino también idiomático a más no poder; por esto hay que felicitar tanto a los propios instrumentistas como al titular de la ROSS, como pez en el agua desplegando brillantez, incisividad y desgarro arrabalero. En la segunda es de justicia aplaudir la frescura, el colorido y el sentido del swing con que se recreó la deliciosa composición de quien fuera maestro de Axelrod, este último no precisamente un director preocupado por las sutilezas –con él todo tiene que sonar mucho, muy brillante y muy de cara a la galería–, pero sí un músico vistoso y comunicativo que en esta ocasión ha triunfado con toda justicia.

Dos cosas antes de terminar. Una, que el concierto de ayer viernes 6 de junio fue el último en la orquesta del primer viola Jacek Policinski, con la Sinfónica desde su programa inaugural por aquel lejano enero de 1991 que muchos seguimos recordando como si fuera ayer. Hemos envejecido con él, y por ello su despedida nos resultó especialmente melancólica. Hubo muy sentidos discursos, se aplaudió con intensidad y se tocó un fragmento de Romeo y Julieta de Tchaikovsky en su homenaje. La segunda, que al terminar el concierto Pérez Floristán ofreció dos propinas de Gerswhin en memoria de nuestra queridísima Pilar Ruiz, azafata del Maestranza recientemente fallecida; la última de ellas fue interrumpida por un inoportuno teléfono móvil, pero el solista hizo supo improvisar unos trinos que imitaban el sonido del aparatejo y lo integraban de manera sorprendente en el discurso musical. ¡Qué formidable ingenio!

lunes, 30 de enero de 2017

Juan Pérez Floristán: maduro a los veintitrés

El jovencísimo pianista hispalense Juan Pérez Floristán se la jugó ayer domingo 29 de enero al todo o nada presentándose en el Teatro de la Maestranza con la Sonata en si menor de Liszt. Es decir, una obra con la que no solo tiene que demostrar que posee una técnica de enorme altura, sino que además se encuentra lo suficientemente maduro como para no quedarse en los fuegos artificiales e ir más allá de las notas. El fracaso podía haber sido morrocotudo, pero no: la jugada le ha salido tan bien que se puede afirmar, sin ningún género de duda, que es un artista perfectamente formado al que hay que ponerle el listón en lo más alto. Porque demostró de manera sobrada satisfacer las dos demandas arriba referidas.


Por un lado, Pérez Floristán tocó la imposible partitura con una destreza admirable. No es su limpieza digital tan extrema como la de un Zimerman o un Pollini, ni su agilidad la de una Argerich –hubo algún pasaje un pelín trabajoso–, ni su capacidad para desplegar colores la de un Pogorelich, ni la densidad de su sonido tan claramente lisztiana como la de Barenboim (véase discografía comparada); pero demostró no solo ser capaz de dar las notas, cosa que parece un milagro para su edad, sino también dominar las dinámicas, trabajar el sonido con plasticidad, resultar apabullante sin hacerlo a través del mero despliegue de potencia sonora, sino planificando con inteligencia las tensiones, y ofrecer texturas pianísticas tan hermosas como delicadas. Posee además una poderosísima concentración que ni siquiera fueron capaces de romper las muy maleducadas toses que torpedearon los pasajes más íntimos de la partitura.

Por otro lado, y esto me parece muchísimo más importante, demostró una musicalidad de primer orden. No hubo en su recreación ninguna frase mecánica. Ni una sola. El fraseo, holgado y natural, de tempi más bien reposados –treinta y un minutos–, estuvo dotado de sentido incluso en las secciones más rápidas y claramente virtuosísticas. De hecho, no hizo nuestro artista la menor concesión al efectismo. Nada de carreritas de cara a la galería ni de grandes efectos teatrales. Todo estuvo presidido por la lógica, la sinceridad y la sintonía entre la forma y la expresión, siempre desde un punto de vista que me recordó, antes que a pianistas de la línea digamos electrizante, al lirismo humanista de un Claudio Arrau. En este sentido, Pérez Floristán podrá enriquecer en el futuro su acercamiento a la genial página lisztiana atendiendo más a la atmósfera enrarecida de la partitura, como también a la reflexión filosófica que las notas proponen. También podrá subrayar con mayor incisividad, retranca y fuego infernal los aspectos mefistofélicos de la página. Añadir acentos y aportar ideas propias. Pero tendrá difícil llegar más lejos en lo que a cantabilidad, pasión amorosa y vuelo poético se refiere: en la sección lírica comprendida aproximadamente entre los minutos diez y quince alcanzó, merced al mágico legato del que ya hablé al referirme al recital que le pude escuchar en Úbeda el pasado mes de mayo, unas cotas de inspiración de primerísimo orden.

Hubo más en el concierto. Mucho más. Los cuatro Preludios de Debussy me parecieron de referencia, aunque en lugar de optar por el distanciamiento un tanto estático, esencial y lleno de misterio al que estamos acostumbrados, el joven sevillano decidió marcar contrastes y subrayar emociones: incisiva y tremendamente racial La Puerta del vino, sensual Canope, caricaturesco y hasta gamberro General Lavine, impetuoso el Viento del Oeste. Haciéndolo con sensibilidad, con belleza sonora y con enorme sensibilidad a la hora de aportar matices.

Tremenda la Sonata de Bartók, en la que hizo gala de un sonido muy adecuado –poderoso y percutivo ma non troppo–, desplegó un sabor folclórico y una rusticidad impresionantes y nos atrapó con un sentido del ritmo irresistible; pero fue capaz también de capturar ese inquietante espíritu nocturnal típico de Bartók que posee el movimiento central. Al mismo nivel los tres Preludios de Gershwin, dichos con una mezcla de elegancia, sensualidad y sentido del swing insuperables, mas sin el exceso de nervio en el que caen los pianistas provenientes del jazz al abordar este repertorio. Cerrando el programa oficial, las Danzas argentinas de Ginastera le permitieron hacer una exhibición de ritmo, de color, de frescura y de fuerza expresiva.


Dos propinas. La primera fue una impactante pieza fúnebre del norteamericano Henry Cowell denominada The Tides of Manaunaun. La segunda, una bulería del jerezano Gerardo Nuñez arreglada por él mismo, le permitió homenajear al flamenco que tanto le entusiasma –no se olvide que su padre, el director Juan Luis Pérez, es de Jerez– y realizar una exhibición de dedos de esas que levantan al público del asiento. Lo consiguió, aunque para convencernos de su excepcional talento no hacía falta semejante exhibición: en el resto del concierto había dejado perfectamente claro que, además de un virtuoso, es un artista hecho y derecho que se encuentra ya por completo adentrado en una primera y admirable madurez. A sus veintitrés años.

PD: La fotografía la he robado del Facebook del Maestranza.

Extraño bloqueo

Bueno, parece que mi ordenador no me permite subir más imágenes. Anoche se quedó sin subir la carátula de la Cuarta de Tchaikovsky por Dohná...