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sábado, 3 de diciembre de 2022

Peer Gynt por Jeffrey Tate: primera opción para acercarse a la obra

Quienes hemos tenido la oportunidad de escuchar en directo a Jeffrey Tate (1943-2017) no podemos olvidar la impresión que recibimos cuando le vimos entrar en el escenario por primera vez, apoyado en un bastón y afectado por una impresionante deformación física –espina bífida– que le obligaba a dirigir sentado en una silla con diseño especial. A pesar de los pesares, y de un diagnóstico médico –Wikipedia dixit– según el cual no sobrepasaría la cincuentena, desarrolló una importantísima carrera como director sinfónico y operístico al frente de gran parte de las mayores orquestas y de los más célebres fosos operísticos, evidenciando especial interés en Wagner y Strauss. Su legado mozartiano al frente de la English Chamber no tiene precio: tanto en las sinfonías grabadas para EMI como en la integral de los conciertos para piano junto a Mitsuko Uchida para Philips hizo gala de unos planteamientos a medio camino entre tradición y renovación siempre encomiables. Cierto es que podía meter la pata, como le pasó en el Rosenkavalier que le vimos en Madrid, pero alcanzó la excelencia en cosas como Hansel y Gretel y Los cuentos de Hoffmann. Que no aparezca mencionado siquiera de pasada en el libro de Rafael Ortega Basagoiti y Enrique Pérez Adrián me parece una soberana injusticia, por no decir otra cosa.

Como desagravio traemos uno de sus más interesantes discos: Peer Gynt de Grieg, con solistas vocales y coro, grabado al frente de la Filarmónica de Berlín en 1990 –con sesiones adicionales en Londres al año siguiente– para el sello EMI. El maestro británico ofrece diecisiete números, alcanzando así los sesenta y ocho minutos: muy por encima de las dos suites para orquesta tradicionales, y superando asimismo la barrera de los cuarenta y nueve minutos que estableció Sir John Barbirolli en su registro de 1968, musicalmente inalcanzado por ningún otro director.

Tate tampoco le alcanza, pero su recreación es de considerable altura: posee excelencia en el trazo, enorme depuración sonora y elevada teatralidad. El músculo de la formación berlinesa le sienta muy bien a esta música, y el Ernst-Senff-Chor raya a su excelencia habitual. Sylvia McNair está un poquito cursi como Soljev, era de esperar, pero hay que reconocer que la soprano norteamericana canta estupendamente. Más problemático Petteri Salomaa en el rol titular.

La toma sonora se realizó a volumen muy bajo para garantizar una gama dinámica amplia, logrando así una gran espectacularidad en la escena de la tormenta marítima. En definitiva, la versión de Barbirolli sigue ahí, pero el nivel interpretativo de esta lectura, las bondades de la grabación y la cantidad de números que se incluyen –los registros que conozco de la partitura completa no son gran cosa, y además tampoco falta música realmente grande– convierten a esta opción en la número uno para acercarse por primera vez a esta música hermosísima escénica.

PD. Efectivamente, estas líneas han sido escritas para mi propio libro de directores. Veremos.

lunes, 11 de marzo de 2019

Previn y Lupu en los conciertos de Schumann y Grieg

En homenaje al recientemente fallecido André Previn (¡qué pena, nunca le pude ver en directo!), aquí va un disco de su muy prolífica etapa al frente de la Sinfónica de Londres que es ya un verdadero clásico: conciertos para piano de Schumann y Grieg grabados junto a Radu Lupu por el sello Decca en el desaparecido Kingsway Hall de Londres, allá por enero y junio de 1973, con toma sonora excepcional. Seguramente podría haber escogido muchos otros registros, pero este sirve a la perfección para hacerse una idea de las maneras de hacer del artista nacido en Berlín y nacionalizado estadounidense: mantenerse neutro en el mejor de los sentidos, dejar hablar a la música por sí misma evitando "interferencias creativas", pero sin confundir esto con la inexpresividad o el distanciamiento. Antes al contrario.


Efectivamente, escuchando este Schumann no se aprecia rastro alguno de genialidad, como tampoco de especial personalidad. Sin embargo, en ningún momento la labor de Previn abandona la excelencia: tanto desde el punto de vista técnico –planificación ejemplar– como desde el expresivo –la sintonía con el autor es enorme–, el maestro deja bien claro que su misión no es otra que poner las notas en su sitio de la manera más ortodoxa y sensata posible, haciéndolo con máxima musicalidad y plena convicción. Y es que aquí está todo Schumann, con su fraseo alado mas no ingrávido, su mezcla de agitación y lirismo sin que esto signifique esquizofrenia, su capacidad para moverse entre lo rotundo y lo delicado evitando el amaneramiento, su intensidad poética… La Sinfónica de Londres se encuentra tratada con enorme plasticidad, frasea sin precipitación y ofrece admirables intervenciones solistas. ¿Y Lupu? Pues aquí sí que se aprecian detalles personales de enorme altura, pero a la postre su visión de la obra se mueve en la misma admirable ortodoxia de la batuta, siendo capaz de cantar las melodías con enorme aliento poético pero también (¡qué manera de modelar el sonido!) mostrándose viril y hasta rotundo cuando debe. A la postre, hay que ir a Barenboim/Celibidache para encontrar algo netamente superior, aun sin olvidar las grabaciones maravillosas de Arrau/Dohnanyi, Arrau/Davis y De Larrocha/Davis.

La página de Grieg recibe una lectura sincera, intensa y con mucha garra, objetiva en el mejor de los sentidos, amén de perfecta en lo estilístico –suena a Grieg, no a Schumann–, en la que Previn vuelve a demostrar un extraordinario manejo de la orquesta y Lupu un virtuosismo portentoso sin que ninguno deje de atender a las diferentes facetas expresivas de la obra, por mucho que se inclinen un poco más por la extroversión que por el aliento humanístico. Eso sí, ni el primero alcanza la fuerza poderosa de Dohnányi ni la belleza suprema de Colin Davis, ni el segundo la inspiración poética suprema de un Arrau o la fuerza dramática de un Gilels. Incluso a veces, pese a la riqueza de su pulsación, el pianista rumano se encuentra tan volcado en la brillantez que parece dejarse cosas en el tintero. Espléndida interpretación, en cualquier caso, a la que colabora en buena medida una Sinfónica de Londres en perfecta forma. Un disco que hay que conocer.

miércoles, 21 de marzo de 2018

Peer Gynt por Barbirolli: imprescindible, inencontrable

El sello EMI ha reeditado una y otra vez las dos suites de Peer Gynt registradas por Sir Thomas Beecham con resultados –por muchas alabanzas que reciba de la crítica británica– más bien mediocres, pero lleva muchos años sin poner en circulación la selección de la música incidental grabada por Sir John Barbirolli con su Orquesta Hallé en 1968. Encontrar el disco resulta francamente difícil –yo lo compré hace siglos en Valencia–, y ni siquiera está en Spotify. En Rutracker hay un ripeado del vinilo que suena bastante mal. Una verdadera pena, porque se trata de la versión más recomendable de cuantas conozco. Por dos razones.

 
En primer lugar porque, aun sin ofrecer en modo alguno la partitura completa, incluye cuatro números más –dieciséis minutos– que las dos suites habituales, todos ellos de una calidad musical extraordinaria, particularmente la sublime Canción de cuna de Solveig; y lo hace además en la edición con coro y solistas vocales, y presentando los diferentes números en el orden en el que estaban pensados para el drama de Ibsen, lo que da una idea mucho más cabal del planteamiento original de Grieg para su música escénica.

En segundo lugar, porque Barbirolli realiza el milagro de destilar una perfecta fusión entre el mayor grado posible de refinamiento y el más conmovedor lirismo sin que haya la menor concesión a lo preciosista o lo decadente, y además manteniendo una sanísima rusticidad que se aparta por completo de esas sonoridades opulentas, sensuales y un punto relamidas de las interpretaciones tipo Karajan. La fusión de todos esos ingredientes parece imposible, pero Sir John lo logra. Y lo consigue no solo haciendo gala de una enorme convicción y de la adecuada variedad expresiva, sino también desmenuzando con mano maestra la orquestación y matizando mil y un detalles en la dinámica: escúchese El retorno de Peer Gynt para comprobarlo. Por si fuera poco, los Ambrosians Singers están a su nivel habitual, Patricia Clark realiza una buena labor en la Danza árabe y una exquisita Sheila Amstrong roza el cielo en las dos intervenciones de Solveig.

El disco se completa con la Suite Lírica op. 54, selección orquestal de sus hermosísimas Piezas líricas. Realizada en 1969 en el el Kingsway Hall con una toma algo pobre, se trata de una interpretación prodigiosa. El pastor ofrece un lacerante dramatismo. La Danza rústica noruega sabe ser precisamente eso, rústica y con carácter, resultando impagables los broncos metales de la orquesta, todo ello con trazo minucioso y soberbia planificación. El Nocturno es un prodigio, concentrado y de elevadísima poesía pero sabiendo no quedarse en lo contemplativo, sino aportando tintes misteriosos e incluso inquietantes. La Marcha de los enanos renuncia al espectáculo sonoro y a lo trepidante para ofrecer una buena dosis de potencia e incluso de carácter amenazador, sustituyendo el humor más o menos pintoresco por un manifiesto recochineo.

¿Qué quieren que les diga? Háganse con este disco sea como sea. Es una verdadera joya. Ah, no se olviden de las Suites por Leppard.

sábado, 23 de septiembre de 2017

Peer Gynt por Leppard

Raymond Leppard grabó tres discos con música de Edvard Grieg para el sello Philips, dos con la English Chamber Orchestra y uno con la Philharmonia, este último ya en digital. Acabo de escuchar el primero de todos ellos en la recuperación que el sello Pentatone ha realizado en formato SACD del original cuadrafónico, una toma correspondiente al mes de noviembre de 1975 que recogió las dos suites de Peer Gynt y de las Cuatro danzas noruegas. Grandes interpretaciones.


Este es un Grieg de enorme belleza y depuración sonoras; elegante a más no poder y dicho con tempi amplios que permiten paladear hasta el límite las sublimes melodías del compositor, aportando Leppard esa imprescindible mezcla de humanismo, hondura reflexiva y pathos dramático que convierten la mera puesta en sonidos, por hermosísima que sea, en una verdadera experiencia musical. ¿Reparos? La sección central de la Danza árabe la encuentro más rápida y nerviosa de la cuenta, mientras que en algunos números echo de menos un poco más de carácter –Danza de Anitra–  como también de rusticidad e incluso de carácter escarpado –Retorno de Peer Gynt–, aunque uno no puede menos que maravillarse ante el control de las dinámicas y de los planos sonoros de los que hace gala el maestro, por no hablar de la contrastada calidad de los profesores de la English Chamber. En cuanto a las piezas más líricas de las suites, particularmente el Amanecer y la Canción de Solvej, son una auténtica maravilla: es difícil alcanzar una fusión más perfecta entre perfección formal y emotividad sincera, sin espacio para la blandura, la dulzonería o el narcisismo.



La joya del disco son las Cuatro danzas noruegas op. 35, una música que parte de un original pianístico para cuatro manos y en la que, de manera sorprendente, Leppard sí está dispuesto a zambullirse de lleno en la animación, la rusticidad bien entendida, la incisividad sonora, el sentido del humor y el sanísimo sabor folclórico que esta deliciosa música desprende, si bien es nuevamente en los pasajes más líricos donde el inolvidable maestro londinense alcanza la mayor elevación poética.

A la toma sonora le falta un punto de definición tímbrica –cuerda algo ácida–, pero la transparencia, el equilibrio y el sentido espacial que ofrece el SACD multicanal son dignos de admiración, por no hablar de una amplísima gama dinámica. Eso sí, hay que poner el volumen bien alto.

lunes, 15 de febrero de 2016

Un clásico de Karajan: Grieg y Sibelius

Suites nº 1 y 2 del Peer Gynt de Grieg y el Pelléas et Mélisande –música incidental completa– de Jean Sibelius en grabaciones realizadas en la Philharmonie berlinesa en 1982 por el sello Deutsche Grammophon. Todo un clásico de Karajan y la Berliner Philharmoniker que hasta ahora no había escuchado un servidor. Lo he hecho, por cierto, en una copia de  un Super Audio CD japonés: sonido un punto frío, como era habitual en DG por aquellas fechas, pero de enorme calidad.


Peer Gynt es una música ideal para que el de Salzburgo haga toda una exhibición de su magia de batuta derrochando elegancia, rico colorido, preciosismo sonoro, nobleza en el fraseo y elevada cantabilidad. El problema es que, en su afán por seducir mediante la belleza en sí misma, o quizá porque su manera de entender la expresión resulta antes “burguesa” que “comprometida” –ustedes ya me entienden–, el maestro se olvida un tanto de inyectar la intensidad, la garra y la fuerza dramática que anida en los pentagramas. No solo eso: Karajan ofrece sonoridades en exceso pulidas, relamidas incluso, abundantes en portamenti y de un ultrarrefinamiento que no casa bien con el punto de rusticidad que demanda la música de Grieg, e incluso –Danza árabe– con el espíritu de la propia partitura.

Las cosas funcionan de manera más satisfactoria en Pelléas et Mélisande. De acuerdo en que el enfoque es antes lírico que dramático y que de nuevo Karajan hace exhibición de un virtuosismo sonoro sin parangón, pero aquí las sinceridad expresiva es mucho mayor, no hay preciosismos de cara a la galería y toda la enorme dosis de elegancia y refinamiento que destila la batuta se encuentra al servicio de una interpretación no solo increíblemente hermosa, cantada con delectación –los tempi son lentos– y un de un gusto exquisito, sino también llena de fuerza –impresionante el primer número–, de sentido del misterio y de poesía. Todo ello se encuentra materializado, además, por una orquesta sencillamente ideal –por músculo y oscuridad sonora– para el mundo de Sibelius. La otra interpretación que conozco de la suite completa, la de Berglund, no llega a semejante altura.

A la postre, un disco que hay que tener: pronto les diré un chollazo para hacerse con él.

jueves, 4 de febrero de 2016

Un recuerdo de la infancia: Peer Gynt por Fjeldstad

Hay cosas que a los mayores nos resultan indiferentes pero que a los niños les puede llamar poderosamente la atención. Seguro que ustedes albergan en algún rincón de su memoria objetos de su infancia que por algún motivo u otro ejercían sobre su mente un particular magnetismo. A mí me pasó, siendo todavía muy pequeño, con la portada de un disco en la colección de mi padre que ponía Peer Gynt – Oivin Fjeldstad – Orquesta Sinfónica de Londres. Cuando aprendí a leer los dos primeros nombres me quedaba contrariado por resultarme impronunciables, pero lo que realmente me atraía era la imagen de la portada, precisamente una ilustración de la obra de Ibsen en la que se ve al protagonista en la corte del Rey de la Montaña. No sabía de que iba el rollo, claro, pero la combinación de esa imagen con el contenido del disco, que en casa se ponía bastante, me debió dejar huella.


El vinilo aún lo conservamos, y precisamente lo tengo en este momento a mi lado. La portada es muy parecida a la que he tomado de internet, solo que la edición es española –discos Columbia– y de sonido monofónico, aunque el original fuera estéreo. La grabación, para ser concretos, se realizó en el hoy desaparecido Kingsway Hall de Londres entre el 17 y el 19 de febrero de 1958, con una toma digna para la época pero también un punto distorsionada y estridente incluso en la edición que he tenido la oportunidad de escuchar ahora, la realizada en Japón reprocesando el original a 96 kHz/24-bit. Se tuvo a bien incluir más música de la habitual: además de las Suites nº 1 y 2, se añadieron el Preludio y la burlesca Danza de la hija del Rey de la Montaña, aunque ésta colocada al final. Lo que no hay son solistas vocales ni coro.

¿Qué he ha parecido la interpretación? Pues desde luego no llega a la altura de aquella con la que muchos años más tarde de conocer el referido vinilo aprendí a amar esta música, la de Barbirolli para el sello EMI, pero aun así me ha parecido muy notable. La mayor virtud del maestro noruego es que su Grieg suena precisamente a eso, a Grieg, con toda su sana rusticidad y evitando pulir en exceso las texturas y ofrecer narcicismos sonoros. Pero tampoco es que se trate de una interpretación basta, en modo alguno: la música está bien paladeada en lo melódico, el fraseo es muy natural, se revelan detalles interesantes en la orquestación –en la Danza árabe, por ejemplo- y la celebérrima Cueva del Rey de la Montaña está tratada con adecuada sorna y planificando un amplísimo accelerando desde el arranque hasta su apoteósico final.

Un disco recomendable, desde luego, y muy superior al tan cacareado de Thomas Beecham, quien quitando su muy británico sentido del humor ofrece una recreación más bien pesadota y prosaica, dicho sea de paso. Eso sí, Barbirolli sigue siendo para mi gusto el número uno en esta música maravillosa. ¿El problema? La del Baronet se encuentra por todas partes, pero las de Fjeldstad  y Barbirolli son difíciles de localizar.

sábado, 5 de diciembre de 2015

Desigual velada nórdica con Pablo González y la Orquesta de Valencia

Finlandia de Sibelius se tocaba en homenaje al compositor finés en su ciento cincuenta aniversario. Los metales arrancaron sin fuerza alguna y con una pobreza impropia de un lugar de la tradición musical de Valencia. A partir de ahí, Pablo González ofreció una interpretación fraseada con apreciable cantabilidad, pero terriblemente descafeinada: ni electricidad, ni sentido del conflicto, ni emotividad en la sección del himno, ni grandeza en el final. La cuerda de la Orquesta de Valencia sonó empastada y hubo un buen equilibrio de planos, pero globalmente la labor de la batuta me gustó muy poco.


Sí que lo hizo en el Concierto para piano de Grieg: interpretación marcadamente lírica, por eso mismo no muy dramática, pero muy bien expuesta y dicha con calidez, sinceridad y exquisito gusto. Quien me desconcertó, como en las sonatas de Beethoven que le conozco, fue HJ Lim. Se trata de una pianista de fraseo muy felino y digitación de gran agilidad, pero no siempre limpia: hubo más de una frase en el primer movimiento que sonó emborronada, por no decir mal tocada, aunque tampoco le vamos a regatear su capacidad para desplegar texturas de lo más atractivo.

Expresivamente la pianista coreana muestra tanta personalidad como inmadurez, y a mi entender le queda muchísimo para terminar de profundizar en esta bellísima obra maestra, de tal modo que en su lectura se alternaron frases de gran concentración, sensiblemente matizadas y con detalles de gran belleza, con otras dichas de prisa y corriendo, pensadas de cara a la galería, o lastradas por un muy inconveniente exceso de nervio. Hubo, eso sí, brillantez y comunicatividad en grandes dosis. Hubo propina: una página propia –gracias desde aquí al lector Bruno por la información, que obtuvo directamente de la pianista– de aires jazzísticos pensada única y exclusivamente para correr al límite sobre el teclado. Al personal le encantaron las carreras, dichas esta vez con absoluta limpieza, y la pianista oriental se fue cortando dos orejas y rabo.

Cuarta de Nielsen en la segunda parte. De nuevo aquí el maestro asturiano se mostró mucho antes lírico que escarpado, apartándose por tanto de las sonoridades rústicas y la virulencia expresiva que habitualmente asociamos con el compositor danés, pero creo que el enfoque funcionó satisfactoriamente, porque la arquitectura –tan difícil de clarificar ante el oyente– estuvo muy bien expuesta, las tensiones se desarrollaron con tanta lógica como naturalidad, con gran atención a las transiciones, y la emotividad fue apreciable, sobre todo en un segundo movimiento todo lo sensual que debe, pero también con el punto agridulce que le conviene, Me hubiera gustado, eso sí, un clímax más marcado y visionario en el tercer movimiento, al que le faltó fuelle. Los movimientos extremos estuvieron dichos sin prisa pero con la fuerza suficiente, y aquí metales y percusión respondieron al desafío con un muy digno nivel. La cuerda, pese a algún desajuste muy apreciable, siguió funcionando con tersura y homogeneidad. El público respondió (¡menos mal!) con el entusiasmo que la partitura merece, y la orquesta se mostró contentísima con su director.

Dos cosillas más. Una: me parece cutre, muy cutre, que acuda uno con su tarjeta de crédito a recoger la entrada sacada por internet y se encuentre con que las máquinas expendedoras hayan desaparecido, tenga que resignarse a  guardar cola y al final te diga la taquillera que sin el número de referencia no hay nada que hacer. Si no llego a llevar encima el smartphone con el correo electrónico, me quedo en la puerta.

Dos: mientras en el Auditorio Nacional ya se permiten hacer fotografías durante los aplausos, al menos en los conciertos de la OCNE, en Valencia lo impiden incluso con la sala casi vacía. Una vez concluido el concierto, intenté que me tomaran una instantánea en el patio de butacas, con el escenario ya desalojado por completo de músicos, para colgarla en la red como recuerdo de mi retorno a esta tierra, y al instante saltó un acomodador bastante desagradable –si hay que decir estas cosas debe hacerse con simpatía– y nos llamó la atención –no solo a mí y a mi acompañante, sino también a otros chicos que intentaban hacer lo mismo– con aquello de "¡FOTOS NO!". Como resultado, no solo se impide que se haga propaganda de este auditorio en las redes, sino que se consigue que los melómanos salgamos mosqueados y con pocas ganas de volver. ¡Vamos para atrás, señores del Palau! Más le vale al nuevo responsable del centro, ese mismo que se ha llevado meses sin presentar la programación para deshacer a su antojo lo diseñado por su predecesor, tomar notas de estas cosas. No lo hará, por descontado.

domingo, 26 de julio de 2015

Indiana Jones en la Filarmónica de Berlín: Waldbühne 2015

La tarde del pasado 28 de junio celebraba la Filarmónica de Berlín, bajo la dirección de su titular Sir Simon Rattle, su concierto anual en el Waldbühne con programa más o menos festivo y cámaras filmando el evento para su posterior comercialización. Esta vez ha sido un poco especial: el Concierto para piano de Grieg con nada menos que Lang Lang como solista, rodeado de músicas escritas para el cine norteamericano. Todo un acontecimiento para los amantes de las bandas sonoras, entre los que me cuento.

Se abría la velada con la celebérrima fanfarria compuesta por Alfred Newman para la 20th Century Fox, aunque lo que la seguía sin solución de continuidad era una película de la Metro, Mutiny on the Bounty (la versión de 1962); partitura de Bronislau Kaper no especialmente inspirada, pero adecuada para poner el público en situación. Robusta y fogosa la lectura de Rattle y los berlineses. Tras los primeros aplausos llega el memorable tema de Laura, de David Raksin, en el arreglo que el propio autor grabó en los años setenta para RCA y que da pie para el lucimiento de buena parte de los primeros atriles de la formación alemana, que frasean la melodía con la más excelsa inspiración que ustedes puedan imaginar.


Aparece a continuación Lang Lang. Pocas veces he escuchado este concierto tan increíblemente bien tocado al piano: quizá solo en la grabación de Zimerman con Karajan y en la filmación de Kissin con el propio Rattle, en ambos casos precisamente junto a la Filarmónica de Berlín. Lo del chino es increíble, no solo por la pasmosa agilidad y absoluta limpieza de que hace gala, sino también por su capacidad para modelar el sonido y extraer los más ricos colores.

Ahora bien, una cosa es la ejecución y otra la interpretación, y en este sentido Lang Lang se muestra algo irregular: brillante y con garra en muchos momentos, apasionadísimo en otros –increíble la cadenza del primer movimiento–, también sabe resultar muy poético cuando quiere –pasaje lírico en el interior del tercer movimiento–, pero sonando más a Chopin que a Grieg y no todo lo efusivo y humanista que podría ser: imposible no pensar en Arrau, o en nuestro Perianes. Lo peor es que Lang Lang, como algunos otros grandes pianistas –Richter, por ejemplo– llega a caer en lo mecánico y lo cuadriculado en algunos de los momentos más virtuosísticos. Esta es una insuficiencia que ya le conocíamos al joven pianista: ¿de verdad necesita dejar claro que tiene más técnica que nadie cuando, además de poseerla, es capaz de hacer música al más alto nivel expresivo? La dirección de Rattle es espléndida, brillante y comunicativa, dicha con trazo sólido y pinceles finos, aunque tampoco termina de sonar a Grieg: debería ser más rústica y evitar la tendencia a lo dulce en alguna que otra frase. Pese a todos los reparos, una interpretación de muy considerable altura.

La segunda parte se inicia con el vibrante, memorable tema de Jerome Moross para The Big Country, dicho con enorme brillantez, para pasar luego a una suite de quince minutos del Robin Hood de Korngold: voluptuosa y sensual música que debería formar parte del repertorio habitual de las orquestas centroeuropeas, por venir de donde viene, y que de hecho funciona bastante mejor en las salas de concierto que en la película. En realidad, el vienés componía magníficas partituras a medio camino entre la ópera y el poema sinfónico, pero –precisamente por su carácter de pionero en el género– de integración con la imagen tenía poca idea.

Lo mejor de la velada era lo que menos uno se podía imaginar: siete minutos de música para una de las aventuras de Tom y Jerry, pero sin los dibujos animados. La música del californiano Scott Bradley, sin la imagen a la que está indisolublemente unida en todas y cada una de las carreras, golpes y gamberradas del gato y el ratón. ¡Qué delicia! Jazz y sinfonismo onomatopéyico se dan de la mano en un vertiginoso carrusel musical con el que los músicos de la Filarmónica de Berlín se lo pasan en grande y hacen aullar al público de entusiasmo

Pocas veces habrá sonado la obertura de Ben-Hur con semejante brillantez y grandeza, aunque quizá el maestro británico se tome demasiado en serio lo de “película de romanos”, porque no termina de paladear la música. Lo mismo le pasa en el desfile de las cuádrigas procedente de la misma película, que dirige con cierto despiste. El propio Miklós Rósza dirigió las dos piezas de manera más satisfactoria en su grabación de los años setenta frente a la Royal Philharmonic para Decca, aunque ya le hubiera gustado al maestro húngaro tener a su disposición unos metales de semejante potencia y seguridad, o una cuerda grave de tan increíble robustez.

Las propinas no podían ser sino de John Williams: En busca del Arca perdida, E.T. y Star Wars. Toda una gozada para quienes amamos estas músicas, que somos millones, y más aún cuando las toca una orquesta insuperable en virtuosismo y brillantez. La dirección de Rattle, eso sí, no me parece todo lo extraordinaria que podría haber sido, pues aunque dirige con muy evidente entusiasmo y subraya magistralmente algún que otro detalle en la orquestación, su búsqueda de la brillantez a toda costa le lleva a simplificar la cuestión decibélica y a frasear con un poco de más apremio del que hubiera sido conveniente. Por cierto, ¿por qué no se tocó el Harry Potter inicialmente anunciado?

La velada termina, como siempre, con el Berliner Luft de Paul Lincke que Rattle, como en las demás ocasiones en que lo ha dirigido, aprovecha para pasárselo en grande metiéndose entre la percusión.

Total, una noche para el recuerdo de los amantes de las bandas sonoras. En cuanto a Lang Lang, confiemos que en el futuro madure su visión del Grieg para que nos ofrezca la posible versión de referencia que está en sus manos. De momento, entre las grabaciones más o menos recientes me quedo con la de Perianes y Oramo.

domingo, 24 de mayo de 2015

Grieg por Perianes: nuevo éxito

Determinadas circunstancias personales me obligaron a finales del mes pasado a poner este blog en piloto automático. Lo seguirá estando durante algún tiempo –tengo material solo para cuatro semanas más–, pero hago ahora una excepción y, aunque mis ánimos no están como para ponerse al teclado, escribo hoy domingo por aprecio personal al artista que protagoniza este compacto que acaba de aparecer en el mercado: Javier Perianes. Tras su portentoso, revelador disco Mendelssohn que ya comenté, le llega el turno a Edvard Grieg: Concierto para piano y una selección de las Piezas líricas. El primero se grabó en directo el 24 de octubre de 2014 en el Barbican Hall Londinense (con toma sonora muy superior a las que realiza la London Symphony en esa misma sala), siendo acompañado el onubense por Sakari Oramo y la Sinfónica de la BBC, mientras que las piezas para piano solo se registraron cuatro meses antes en los estudios Teldex de Berlín con la soberbia calidad que allí acostumbran.

Grieg Perianes

Los resultados artísticos son también formidables, y eso que en una pieza tan manida como el concierto de Grieg la competencia es enorme. En los últimos días he tenido la oportunidad de repasar algunas de las más importantes grabaciones de la obra, y puedo asegurarles que Perianes se incorpora al selecto grupo de los grandes intérpretes de la misma. Obviamente ni él ni nadie le arrebata el trono a Claudio Arrau, no el más virtuosístico y brillante de los pianistas (¡increíbles Zimerman con Karajan y Kissin con Rattle desde el punto de vista técnico!), pero sí el que ha extraído de ella la mayor dosis de poesía, tanto en la interpretación dirigida por un joven Dohnányi que se mostró hondo y dramático (Philips, 1963) como en la más apolínea de Sir Colin Davis (Philips, 1980).

El reinado de Arrau (tiene una grabación más, con Alceo Galliera, que no he podido escuchar) es incuestionable, insisto; pero Perianes se le acerca bastante con una interpretación que podemos situar al lado de la extrovertida de Lupu, las poderosísimas de Gilels (sendas filmaciones con Colin Davis y Paavo Berglund), la fulgurante de Zimerman y la clásica de Perahia, superando a pianistas de enorme prestigio como Curzon –muy notable pero algo más coqueto de la cuenta– Richter –sorprendentemente cuadriculado–, Anda –tópico y superficial– Kovacevich –parco en matices–, Ove Andsnes –entregado al más lamentable exhibicionismo junto a un vulgarísimo Jansons– o el citado Kissin –espléndido, pero por debajo de sus posibilidades–.

Las virtudes de Perianes son bien conocidas, y como era de esperar éstas le hacen rozar el cielo en el bellísimo Adagio: concentración absoluta, cantabilidad excelsa, belleza sonora extrema y poesía de altos vuelos son sus señas de identidad. Ahora bien, lo interesante es que en los movimientos extremos Javier sabe evitar la tentación del virtuosismo vacuo y, olvidándose de carreritas de cara a la galería, frasea con naturalidad, matiza de manera sensible y diferencia estados de ánimo –de lo evocador y lo amable hasta lo dramático– sin que se pierdan el empuje, la brillantez y la garra aquí imprescindibles. Hay mucho fuego en su recreación, sí, pero fuego admirablemente controlado y acompañado de una apreciable elegancia; impresiona por su sinceridad, pero también por la rotundidad de su sonido, la cadenza del primer movimiento, así como la fuerza expresiva que imprime al final.

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Muy notable la dirección de Sakari Oramo. El maestro finlandés, si bien no muy personal ni especialmente inspirado, dirige con calidez, entusiasmo e irreprochable gusto, haciendo que la orquesta (¡magnífica!) respire con holgura, evitando dulzonerías –quizá en exceso: las sublimes frases de los chelos en el primer movimiento podría estar más aprovechadas– y sin caer en la ampulosidad en un final que, no obstante, yo hubiera preferido que sonara con mayor fuerza trágica. Por otra parte, acierta al no confundir este concierto con el de Schumann –sí, ya sabemos que fue la inspiración para el de Grieg– y aporta un grado de rusticidad muy conveniente, redondeando así una interpretación de verdadera categoría.

Los treinta y nueve minutos restantes del disco están ocupado por una selección de doce de las sesenta y seis Piezas líricas que Grieg escribió a lo largo de toda su carrera. Páginas bellísimas todas las escogidas, en ningún caso música menor, llenas de poesía honda y de confesiones personales, aunque también de deliciosas evocaciones folclóricas y hasta de sentido del humor.

Estas miniaturas conocen en manos de Perianes interpretaciones igual de formidables que la del Concierto para piano. En este caso la discografía no es muy pródiga y solo he podido contar con tres referentes: las selecciones de Emil Gilels (registrada por Deutsche Grammophon en 1974), Andrei Gavrilov (también DG, entre 1992 y 1993) y Leif Ove Andsnes (EMI, 2001, en el Steinway que perteneció al compositor). Obviamente los tres no coinciden en todas las piezas grabadas por Perianes, pero sí en la mayoría. He ido una a una tomando notas y he llegado a conclusiones más o menos claras.

Quien menos me ha gustado ha sido Ove Andsnes: interpretaciones notables, fraseadas con apreciable fluidez y buen gusto (¡nada que ver con su grabación del Concierto arriba citada!), pero un tanto lineales, no muy ricas en matices y más interesantes cuando hay que respirar el aire puro de los paisajes nórdicos que en los momentos en los que hay que destilar poesía íntima. Las interpretaciones de Perianes me parecen muy superiores, con la excepción del final de la op. 68/3, donde el pianista noruego logra, por una vez, estar a la altura de las circunstancias con una frase verdaderamente mágica.


Gilels y Gavrilov se mueven a otro nivel: el más alto posible. Pero aquí hay ostensibles diferencias de enfoque. El primero de ellos, además de hacer gala de la abrumadora densidad de su inconfundible sonido (por cierto: he comprado la descarga a 96KHz/24bits), desdeña tanto la belleza sonora como las evocaciones paisajísticas y nos entrega interpretaciones muy sobrias, de extraordinaria concentración interior, que subrayan los aspectos más amargos de estas páginas sin que se le mueva un pelo; no resulta fácil entrar en su propuesta, pero es él quien ofrece más profundidad y más filosofía, como si quisiera encontrar una conexión subterránea entre Grieg y el mejor Liszt. Interpretaciones como las de la op. 43/2, la 47/3 o la 68/3 son memorables.

Gavrilov no quiere hurgar tanto en las heridas y ofrece recreaciones de riquísimo colorido, infinitos matices y poesía suprema; su dominio de la técnica es absoluto –increíble como retiene el tiempo, prepara los clímax o gradúa las dinámicas–, su estilo resulta perfecto y su comunicatividad se encuentra siempre a flor de piel, alcanzando un certero equilibrio entre extroversión e introversión. El resultado es genial en piezas como la op. 43/1, la 47/3, la 54/4, la 68/3, la 68/5, la 71/1 o la 71/7.

Perianes

¿Y Perianes? De los cuatro pianistas citados, sus interpretaciones son las que ofrecen mayor belleza sonora. Su concentración iguala a la de Gilels, aunque su enfoque es muchísimo menos severo. En variedad de colores, maleabilidad y fantasía no llega a la cima de Gavrilov, pero sí le supera en cantabilidad, humanismo y poesía íntima; interpretaciones más maduras, más otoñales si se quiere las del pianista onubense, pero sin la menor concesión al narcicismo sonoro y partiendo siempre de una sinceridad emocional extrema. Mi impresión es que Javier hace con estas piezas lo que hubiera hecho Claudio Arrau si hubiera llegado a grabarlas. Destacaría el derroche de lirismo que destila en la op. 43/2 “Viajero solitario”, el equilibrio entre poesía y belleza sonora de la op. 47/3 “Melodía”, la fascinante sección central de la célebre op. 54/3 “Marcha de los trolls”, la emotividad crepuscular con que aborda la op. 54/4 “Nocturno”, las texturas fascinantes de la op. 57/6 “Nolstalgia” y las mágicas retenciones del tempo en la op. 68/5 “Canción de cuna”.

Muy en resumen: Gilels es el filósofo, Gavrilov el comunicador y Perianes el poeta. Creo que los tres discos son imprescindibles, porque ofrecen visiones distintas de una música maravillosa. Nuevo acierto pleno, pues, en la discografía de un Javier Perianes que ya se sitúa por derecho propio entre los mejores pianistas del orbe terrestre. Permítanme que me sienta orgulloso de que sea andaluz.

sábado, 31 de diciembre de 2011

Rattle y Kissin para terminar el año

Mi despiste a la hora de localizar el canal de televisión vía satélite me ha hecho perderme las dos primeras piezas, sendas danzas de Dvorák y Grieg, que abría el concierto de San Silvestre de 2011 de la Filarmónica de Berlín, pero he llegado a tiempo para lo más interesante del mismo: la posibilidad de escuchar por fin el bellísimo Concierto para piano del compositor de Peer Gynt a ese inmenso genio del piano que es Yevgeny Kissin.

Por desgracia debo reconocer que los resultados no me han parecido a la altura de las expectativas. Obviamente el pianista ruso –qué lejos queda ya su fulgurante Primero de Tchaikovsky que ofreció con Karajan por estas mismas fechas– ha hecho gala de una técnica absolutamente portentosa y de una musicalidad fuera de serie, pero a mí me parece que no termina de comulgar con el espíritu de la obra, atendiendo mucho antes a los aspectos dramáticos –increíble, genial la cadenza del primer movimiento– que a los líricos, por los que pasa un tanto por encima. Incluso hay frases en las que el virtuosismo, en cualquier caso pasmoso, prima por encima de la poesía. La encendida y juvenil dirección de Sir Simon Rattle y la enorme sensibilidad de los músicos de la orquesta, con particular mención para el oboe de Albrecht Mayer (enlace), no logran paliar la sensación de que esta lectura, siendo notabilísima, no alcanza la excepcionalidad que las circunstancias demandaban.

La velada siguió con Ravel y su Alborada del gracioso: hubiera sido una gran versión de no ser porque Rattle, buscando el aplauso del público, ofreció un final ruidoso y precipitado. Sin reparos la Danza de los siete velos de Salomé, un verdadero prodigio de colorido, virtuosismo y brillantez. Vinos después el final –del ballet completo, no de alguna de las suites– de El pájaro de fuego, a partir de la Danza infernal, donde Rattle dejó una vez más en evidencia su gran sintonía con Stravinsky, y no solo con la faceta más aristada del compositor: la Berceuse fue sensualísima.

Danzas de Brahms y Dvorák –esta última de propina– interpretadas con gran convicción cerraron un programa precioso pero algo trillado. A ver si se edita en DVD.

lunes, 23 de agosto de 2010

Schumann en el congelador

Al igual que a Yannick Nézet-Séguin hizo con la Heroica de Beethoven en el Prom del pasado sábado (enlace), Thomas Dausgaard ha adoptado hoy para interpretar la Segunda Sinfonía de Robert Schumann una articulación marcadamente historicista. La diferencia es que mientras el joven director canadiense no encontró el camino apropiado para interpretar así este repertorio, el ya maduro maestro danés ha tenido las ideas más claras y ha ofrecido una interpretación más convincente desde el punto de vista formal (salvo para quienes detesten el vibrato muy reducido y las baquetas duras) y con bastante menos devaneos sonoros (léase "con menos mariconadas") que la de su colega. Pero el resultado tampoco ha sido positivo, por dos motivos: la discreta calidad de la Orquesta de Cámara Sueca, que se las ve y se las desea para que los violines empasten en los momentos de mayor agilidad, y la extrema frialdad con que la batuta recreó la obra. Hubo empuje y energía, sí, pero muy poco de vuelo poético y nada de desgarro dramático, lo que en el sublime tercer movimiento resulta poco menos que imperdonable.


La inclusión del primer movimiento de la incompleta Sinfonía Zwickau del propio Schumann, una obra juvenil de muy escasa inspiración, quedo en una mera anécdota. Lo mismo se puede decir del estreno en Reino Unido de A freak in Burbank, breve pieza del joven compositor sueco Albert Schnelzer que pretende realizar un doble homenaje: a la música de Haydn y a ese "friki" nacido en la citada ciudad californiana de Burbank que es el cineasta Tim Burton. Por fortuna la obra está bien escrita y evita tanto el pastiche como las concesiones de cara a la galería, así que se escucha con tanta facilidad como se olvida.

Si el concierto mereció la pena fue por la interpretación de Les nuits d'été, aunque no por la dirección de Dausgaard, extremadamente tímida en lo expresivo, sino por la intervención de una Ninna Stemme fuera de su elemento natural pero muy artista. Globalmente estuvo bien, aunque algunos reparos se pueden poner. La voz, ya que no hermosa en lo tímbrico, es amplia en el registro -los graves de la partitura los aborda sin problemas-. La técnica evidencia algunos puntos flacos en este repertorio tan exigente en sutilezas: en los pianisimimos la emisión se enturbia hasta el punto de que la linea vocal llega a quebrarse, lo que no es de recibo. El fraseo, eso sí, ofrece toda la morbidez que Berlioz demanda, manteniéndose la Stemme en todo momento ajena a la blandura y a la mera delectación, y no digamos a la cursilería. Le salen mejor, en cualquier caso, las canciones mas "negras" que las luminosas, donde la soprano se mostró en exceso distanciada.

De propina se ofreció una -esta vez sí- bien dirigida recreación del Andante Festivo de Sibelius. Y aún había alguna partitura más en el atril, pero a Dausgaard no le parecieron suficientes los encendidos (y a mi juicio injustificados) aplausos ofrecidos por el respetable, por cierto no muy abundante en esta ocasión: llegué con solo media hora de antelación al Royal Albert Hall, no tuve que guardar cola alguna -los que la hicieron ya habían entrado- y pillé un sitio estupendo en la arena, algo insólito en los Proms.

Sensacional debut discográfico de Lahav Shani y Múnich

En 2019 quedé hondamente impresionado por el Pelleas und Melisande de Schönberg que vi en un video, actualmente no disponible, en el que en...