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domingo, 31 de diciembre de 2023

San Silvestre en Berlín con Petrenko y Kaufmann haciendo Wagner

Tenía muchas ganas de escucharle Richard Wagner a Kirill Petrenko, un señor al que le reconozco una técnica de batuta absolutamente descomunal, pero que no suele gustarme cuando se acerca al repertorio “no contemporáneo”. Pues bien, Wagner es lo que ha hecho esta tarde en el tradicional concierto de San Silvestre de la Filarmónica de Berlín. Jonas Kaufmann ha sido el gran reclamo comercial del evento, que se ha retransmitido en directo a través de numerosas salas de cine. Yo lo he seguido a través de la Digital Concert Hall.

Me ha gustado mucho la secuencia Obertura-Venusberg de Tannhäuser. ¿Algo hedonista? Sin duda. Ya saben: todo muy pulido, refinadísimo, voluptuoso a más no poder, de infinita riqueza tímbrica, tan contratadas como magistralmente planificadas dinámicas… La sombra de Karajan es alargada. Pero claro, esta música maravillosa y un punto narcisista parece pedir precisamente eso, así que, sin menoscabo de que otros directores se hayan aproximado con mayor garra, nervio, incisividad y sentido teatral –nadie duda que Solti fue el número uno en este título–, Petrenko ha logrado seducirme con la complicidad de una orquesta entregada al cien por cien.

Se decía que Kaufmann andaba cascado y que iba a cancelar su Siegmund. Pues no. Ha cantado, y muy bien. Entiéndaseme: la técnica de emisión de este señor nunca me ha gustado un pelo, y sigue sin gustarme, pero dentro de su línea no se puede decir que haya habido tropiezo alguno. Si acaso, ese riesgo innecesario –en general no fue valiente, hizo bien– de alargar el segundo de los Wälse, porque le condujo a desafinar por unos instantes. No le hacía falta alguna, al menos para quienes no nos interesa lo largo que tiene el fiato. Lo que sí interesa, y mucho, es como el tenor alemán es capaz de frasear con una morbidez y una cantabilidad que se alejan de las rigideces de otros tiempos –recuerdo la decepción que sentí la primera vez que escuché a Set Svanholm con Knappertsbusch– y aportan al personaje un humanismo, una fragilidad y hasta una ternura de lo más conveniente. O cómo el cantante sabe pasar de la súplica al orgullo, de esta a la rebeldía y finalmente al amor más sensual sin que resulte impostado.

A la lituana Vida Miknevičiūtė –confieso no conocerla de nada– puede que le falte un punto de temperamento, o quizá de personalidad, pero aun así ha estado estupendísima. Voz espléndida –pese a que parece una cantante ya madurita–, línea de canto sin fisuras y buena desenvoltura escénica. El que sí canceló –cantó la primera noche, la del 29– fue Georg Zeppenfeld, sustituido ayer y hoy por Tobias Kehrer. Muy bien, pero solo eso: su Hunding no metió el miedo suficiente.

¿Y Kirill? Pues en la misma línea que en la primera parte. Pero claro, el mundo del Anillo no es el mismo que el de Tannhäuser. Ni siquiera este primer acto de La Walkyria, que me parece necesita un colorido más oscuro y un carácter más bronco. A veces sobraba dulzura, como le ocurriera –siguiendo los designios de la batuta, qué duda cabe– a Bruno Delepelaire en sus solos de violonchelo durante la escena de la hidromiel. La Tetralogía no es Puccini. Dicho esto, la perfección expositiva fue casi absoluta, el trazo horizontal no conoció el menor altibajo y la belleza sonora resultó abrumadora. ¡Ya me gustaría a mí escuchar en directo cosas así todas las semanas!

Una cosa más: muy feo por parte de Kaufmann salir a saludar después de la soprano, no antes, y quedarse más tiempo que ella recibiendo aplausos cuando estos no fueron más intensos ni estuvieron más merecidos que los de su colega. Va de divo, y se nota.

De propina, un sensacional –brillantísimo y ardiente en el mejor de los sentidos– preludio del acto III de Lohengrin. ¡Feliz Año!

jueves, 29 de junio de 2017

Kaufmann triunfa como Otello

Como estos días trabajo no por las tardes sino por las mañanas, he podido por fin acudir a los cines UCC de la vecina localidad de El Puerto de Santa María para asistir a una de sus funciones de ópera en directo desde el Covent Garden: Otello de Giuseppe Verdi con debut de Jonas Kaufmann en el rol del moro, Antonio Pappano a la batuta y nueva producción escénica de Keith Warner. Precio más barato que el de las transmisiones del Met (15 euros) y buen surtido de canapés con champán en el intermedio cortesía de la casa. Sala llena y público muy silencioso. Así da gusto, oigan.

No me cuento entre los incondicionales del tenor alemán, porque soy de aquellos a los que las particulares sonoridades que emite del mezzoforte para abajo les resultan desagradables. Pero me ha gustado muchísimo su Otello, sin duda el mejor que he escuchado desde tiempos de Domingo.


Obviamente carece de la bellísima voz del madrileño, también de su línea de canto más claramente latina y, sobre todo, de ese punto de intensísima emoción que Plácido alcanzaba en el “Niun mi tema”. Pero Kaufmann es muy artista y triunfa por completo en el rol más difícil de todo Verdi: lo canta con excelente gusto, plena atención al texto, riqueza de matices expresivos, enorme sinceridad y sin concesión ninguna al efectismo. Nada de sollozos ni de truculencias. Tampoco se recrea en esos brillantes agudos que posee. Ni los escatima. Dicen que en el estreno se reservó, dados los altibajos de su estado vocal en los últimos tiempos, pero ayer miércoles 28 nada hubo de eso. Es además muy buen actor, así que a la postre convenció por completo vocal y escénicamente tanto en la vertiente amorosa del personaje como en aquellos momentos más desquiciados del mismo. Grande.

A Maria Agresta le escuché su Desdémona en Valencia en 2013, en aquella ocasión bajo una lenta y atmosférica dirección de Zubin Mehta. Me sigue gustando muchísimo: voz por completo adecuada, línea de canto sin fisuras –dicen que en el estreno sí hubo problemas–, italianidad al cien por cien y enorme sensibilidad expresiva, concibiendo al personaje con cierta carnalidad digamos que erótica y sin rastro de ñoñería. La esposa de Otello es cariñosa e inocente, pero no una ursulina. En sus dos maravillosas “arias” del último acto estuvo magnífica.


Esperaba mucho peor a Marco Vratogna. Su canto sigue siendo basto, vulgar, y su concepción del personaje bastante grosera, carente de la gran cantidad de pliegues psicológicos que exige Iago (¡cómo olvidar a Fischer-Dieskau!), pero al menos da las notas, las da de manera sonora y es excelente actor. Más que correcto el Cassio de Frédéric Antoun y magnífica la Emilia de Kai Rüütel.

Estupenda la lectura de Pappano, muy distinta de la genial de Barbirolli o de la de Mehta en Valencia, y más bien cercana a la de Sir Georg Solti en el propio Covent Garden (con Domingo: aún hoy versión de referencia) y a la de Carlos Kleiber en La Scala. Es decir, una dirección rápida, incisiva en la tímbrica y en la articulación, tempestuosa a más no poder e impregnada de un poderosísimo sentido teatral; por momentos terrible dramática –a ningún director le he escuchado con semejante desgarro el momento en el que Otello arroja al suelo a Desdémona frente a la embajada veneciana–, pero también maravillosamente paladeada en las escenas más íntimas y dotada de una cantabilidad admirable. También me ha impresionado su trabajo técnico: increíble conseguir mayor claridad con semejante velocidad en los tempi.

El trabajo de Richard Eyre no me ha gustado gran cosa. Respeta a Verdi, a Boito y a Shakespeare –Iago mata a su esposa a final, como en el drama original–, cosa que corriendo los tiempos que corren resulta muy de agradecer. La dirección de actores es buena. Pero no me vale el argumento de que la escenografía es neutra para potenciar el drama humano: la escenografía es fea, y punto. La iluminación oscurísima, incluso cuando no debería serlo, con la excepción de la escena final, en la que ocurre todo lo contrario: la música pide tinieblas y la propuesta nos ofrece un blanco radiante en el lecho de Desdémona, por otro lado de diseño muy contemporáneo a pesar del vestuario de época. Hay también más de una tontería, particularmente la escena en la que el protagonista juega con unos barquitos. Muy sangriento, y por ello mismo chocante, el suicidio del protagonista.

En cualquier caso, las desigualdades de la escena no lograron empañar el enorme nivel musical de este Otello que me hubiera gustado ver en directo: estaré en Londres por esas fechas pero no quedaban entradas, así que ya tengo otros planes para esos días. Y podré ver Turandot en la propia Royal Opera, lo que tampoco está mal.

lunes, 20 de octubre de 2014

Kaufmann canta Wagner

Siendo de los melómanos que valoran mucho antes la sinceridad expresiva, la riqueza de matices y la comunicatividad por encima de la belleza vocal o la ortodoxia en la técnica, debería contarme entre los muchos entusiastas de Jonas Kaufmann. No es así: cada vez que el telón muniqués abre la boca me pongo nervioso, tal es el grado de rechazo que me produce el paupérrimo sonido que se deriva de su particularísima técnica de emisión desde el mezzoforte hacia abajo. A partir del forte la seguridad es apreciable y la brillantez del canto termina emocionándonos, sobre todo estando respaldado por un amplio fiato que le permite realizar algunos tremendos alardes, pero para mi gusto las desigualdades son excesivas.

Kaufmann Wagner

Ahora bien, no sería justo por mi parte regatear otras virtudes muy importantes que hay que añadir a las arriba señaladas: Kaufmann canta con exquisito gusto, el exhibicionismo (impactantes aquí sus Wälse, Wälse) está siempre al servicio del drama y el canto, desplegado con amplio legato no diré que italianizante pero sí lejos de rigideces presuntamente germánicas, se encuentra modelado por ricos pliegues expresivos; su sensibilidad es grande, como lo son su atención al detalle y la intencionalidad de sus difuminados.

Será por eso por lo que me ha gustado bastante en este recital Wagner registrado en Berlín en septiembre de 2012 en el que encarna, con mayor o menor fortuna pero siempre de modo convincente, a personajes wagnerianos tan ilustres como Siegmund, Siegfried, Rienzi, Tannhäuser, Walther von Stolzing y Lohengrin, todos ellos en sus escenas más características. Particularmente memorable su recreación del caballero del cisne, con un “In fernem Land” ofrecido aquí en su inhabitual –y más convincente– versión completa. ¡Bravo!

De postre nos ofrece Kaufmann los Wensendonck-Lieder, nada menos. Resulta raro escucharlos en la voz de un hombre, pero el tenor resuelve la papeleta, ya que no con especial inspiración, sí con apreciable sensibilidad: nada de cantante de ópera metido en el campo del lied, sino artista de verdad capaz de ponerse al servicio del canto más íntimo y sutil.

La Orquesta de la Deutschen Oper de Berlín se muestra en plena forma bajo la batuta de un Donald Runnicles solvente y ajeno a veleidades sonoras, pero alicorto en vuelo poético y no muy capaz de distinguir entre situaciones expresivas; a decir verdad, ni siquiera esto le suena mucho a Wagner. Eso sí, técnicamente el registro es una gozada: lo he escuchado en Blu-rau Pure Audio, en concreto en la pista DTS Master Audio a 24bit/96khz, y suena de manera soberbia.

sábado, 1 de marzo de 2014

El ultimísimo Mahler de Abbado: Canción de la Tierra y Adagio de la Décima

Parecía que Abbado iba a grabar la integral de las sinfonías de Mahler con la Orquesta de Lucerna, pero no fue así: sin dar más explicaciones sustituyó la ya programada Octava y el ciclo se quedó cojo, con la Novena registrada 2010 como punto y final del mismo. Sorprendentemente, el mismo año de la cancelación ofreció una velada frente a la Filarmónica de Berlín que incluyó el adagio de la Décima y la única obra importante del autor que nunca había grabado: La Canción de la Tierra, nada menos. Jonas Kaufmann y Anne Sophie Von Otter fueron los solistas. Esta filmación realizada el 18 de mayo de 2011, es decir, a los cien años justos del fallecimiento del compositor, se encuentra disponible en el Digital Concert Hall de la formación alemana, y queda así como último Mahler de toda la trayectoria del recientemente desaparecido maestro milanés.



¿Y como es, finalmente, su recreación de Das Lied von der Erde? Pues aunque de un director anciano y gravemente enfermo podía esperarse una interpretación otoñal, trascendida, más allá del bien y del mal, lo cierto es que Abbado ofrece por el contrario una recreación juvenil, extrovertida, muy a flor de piel, dicha con tanta sinceridad como frescura, ya que no con la profundidad ni con la trascendencia que le imprimen otros directores. En cualquier caso el maestro triunfa con su enorme inmediatez expresiva, además de por hacer gala en lo puramente sonoro de un sentido del color y de las texturas verdaderamente insuperable.

Con Kaufmann pasa lo que era de esperar: su emisión heterodoxa produce sonidos de escaso valor tímbrico que afean su intervención, pero se desenvuelve de manera formidable en la inclemente tesitura y en los terroríficos intervalos de su línea vocal, además de cantar con arrojo y la adecuada sensibilidad. Menos airosa sale la gran Von Otter, que canta con una enorme clase pero con un instrumento que está ya hecho polvo; a decir verdad, a veces ni se la oye. Una pena.



El acongojante Adagio de la Décima se ofreció en la primera parte del programa. Como ya ocurriera en su grabación con la Filarmónica de Viena de 1985, se trata de una lectura fresca, espontánea, directa, perfecta en el idioma sin tener que recurrir a portamenti ni otros detalles decadentes (¡menos mal!), logrando el enfoque justo entre romanticismo y expresionismo; más acertado aquí que en otros acercamientos mahlerianos suyos, Abbado sabe ser emotivo e hiriente al mismo tiempo sin quedarse en la mera delectación ni en la pura melancolía contemplativa. Se pueden preferir enfoques más maduros y/o visionarios, pero en su línea es indiscutible.

La orquesta está sensacional, no solo por su sonoridad global –el italiano la maneja como nadie– sino también por lo acertado de cada una de las intervenciones solistas. Concierto muy recomendable, pues, este del ultimísimo Mahler de Abbado. Imprescindible para fans del compositor y del director.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Nuevo Réquiem de Verdi por Barenboim

No tengo un recuerdo lo suficientemente claro de la anterior grabación del Réquiem de Verdi por Daniel Barenboim, la que realizó en Chicago en septiembre de 1993, como para realizar comparaciones, así que me limito a decir la que acaba de lanzar Decca en compacto, DVD y Blu-ray –tengo este último–, registrada en el Teatro alla Scala  con las huestes locales el 27 de agosto de 2012, me ha gustado muchísimo.

Barenboim Verdi Requiem Decca

En esta nueva recreación el maestro, inspiradísimo, me ha recordado a Barbirolli por la lentitud generalizada de su lectura, lentitud no solo clarificadora –todas las líneas están maravillosamente expuestas– sino también generadora de una atmósfera particularmente densa, siniestra y opresiva. La diferencia es que mientras el director londinense apuesta por el nihilismo más desolado, con el de Buenos Aires hay espacio para la espiritualidad; una espiritualidad digamos que “profana” –no sé hasta qué punto es válida la contradicción–, cargada de esa sensualidad tan particular de Barenboim en su “estilo tardío”, que más que apelar a una divinidad parece atender a la voluntad de trascendencia del ser humano sin necesidad de un “más allá”, lo que por otra parte no parece casar mal con lo que sabemos de la vida religiosa –más bien escasa– de Giuseppe Verdi.

Todo esto lo lleva Barenboim a cabo con un fraseo admirablemente natural y muy flexible, de amplia cantabilidad, elevado sentido del color y no pocos detalles creativos, por descontado que ajeno a la retórica vacua que amenaza en los pasajes menos inspirados de la partitura, que haberlos los hay, aunque también es cierto que sin ofrecer la garra electrizante de otros maestros. La de Barenboim es más bien una interpretación “de anciano director” en el mejor de los sentidos, dicha no desde la inmediatez operística (lo que no impide que haya momentos encrespadísimos: escuchen el “Tuba mirum” que les he dejado abajo) sino desde la más emocionada reflexión, una actitud que desde luego contagia a los cuatro miembros del elenco vocal.


Este tiene la insuficiencia común de la falta de italianidad, pero resulta no solo homogéneo sino de nivel altísimo. Anja Harteros, sin llegar a las alturas estratosféricas de la Caballé, resuelve su parte con un canto excelente y gran convicción expresiva. Elina Garança, un pelín justa por abajo pero seduciendo con su hermosísima voz. René Pape empieza a estar algo mayor –flaquean las notas más graves, y en un momento aislado aparece la “castaña en la boca”–, pero aun así canta francamente bien y sigue exhibiendo la línea de enorme sensibilidad, nada cavernosa, siempre sincera y admirablemente matizada, con que ya convenciera en la espléndida grabación de 2009 dirigida por Antonio Pappano (también con la Harteros, por cierto, que ahora está mejor).

La gran sorpresa –para mí– es Kaufmann, con las peculiaridades vocales de siempre pero luciendo una expresividad no solo valiente, sino también, sin dejar se ser suplicante cuando debe, muy angustiada y rebelde: su “Ingemisco” parece todo un desafío ante Dios. Tremendo. El coro se comporta de manera más que satisfactoria bajo la dirección del veterano Bruno Casoni; expresivamente, Barenboim lo matiza con mil y un detalles a través de una gestualidad mucho más amplia y “sobreactuada” de lo que en él es habitual. La orquesta no es precisamente de más brillantes de Europa, pero la ejecución es impecable y su sonido “verdiano a la Muti” se mantiene sin dejar de añadir una morbidez más del gusto de Barenboim.


La realización de Andy Sommer resulta muy original, sin llegar a ser tan “movida” como la de las sonatas de Beethoven del propio Barenboim; la planificación es creativa, muy atenta a la referida gestualidad del director pero también al rostro emocionadísimo de Anja Harteros en el “Libera Me”. La calidad de imagen del Blu-ray (búsquenlo en tiendas de la red y no se gasten una pasta, que a mí me ha salido por 21.40 euros) puede decepcionar un tanto: saturada de color y con movimientos algo artificiales.

La toma sonora sí es sensacional en definición tímbrica, equilibrio de planos y gama dinámica; el multicanal en principio parece que no va a ser tal, porque los aplausos del público suenan por delante, no detrás, pero las trompetas del “Tuba mirum” –tremendas, por cierto– situadas en los palcos del Teatro alla Scala lo hacen donde deben hacerlo, y siempre tras las grandes explosiones sonoras se escucha la reverberación de sala por los canales surround. Admirable la manera de recoger los pianissimos que consigue Barenboim. Y los graves son impresionantes: ¡tremendo el bombo! Disfrute sonoro pleno, pues, para una enorme versión de esta obra maestra que les recomiendo que no se pierdan.

lunes, 1 de octubre de 2012

Rattle fracasa con Carmen; Kozená, no tanto

En realidad no tengo en mi poder el doble CD recién editado por EMI Classics, pero sí que he escuchado -y visto, claro- la filmación de una de las funciones en versión de concierto de las que procede el registro de esta Carmen de la Filarmónica de Berlín con Sir Simon Rattle a su frente. La velada tuvo lugar el 21 de abril del presente año en la Philharmonie, justo después de que los mismos intérpretes rodaran la obra maestra de Bizet en el Festival de Pascua de Salzburgo. Hablamos, por tanto, de la producción que en principio se iba a traer al Teatro Real de Madrid y para la que al parecer ahora no hay dinero. ¡Menos mal! Y no por lo que yo pensaba, es decir, por la actuación de una Magdalena Kozená que al final me ha terminado pareciendo digna, sino por la mediocridad de la dirección de su marido.


Miren ustedes, tengo a Sir Simon por un artista de enorme talento, al menos en el repertorio que más le va, obviamente el de los últimos cien años. Pero aquí su despiste es manifiesto. El británico no cae en la trampa en la que cayó Karajan al grabar la partitura con la misma orquesta, es decir, en la del amaneramiento. Simplemente se limita a realizar un ejercicio de solfeo sin inspiración, obviando los matices expresivos, haciendo gala de unos tempi premiosos que no dan espacio a frasear con adecuado aliento lírico y cayendo en más de una ocasión en la brocha gorda y hasta en el efectismo hortera. Los dos primeros actos llegan a resultar irritantes: flojísimos momentos tan decisivos como la habanera, la pelea de las cigarreras o los couplets de Escamillo. En la segunda mitad de la obra el maestro se anima a ratos y ofrece adecuada electricidad y sentido dramático, sobresaliendo la escena del duelo y en el final, pero el conjunto no funciona. Lo mejor son los interludios, donde el titular de la orquesta sabe ofrecer brillantez y hacer gala de su buen sentido del humor. Pero Carmen es mucho más que eso, claro. Que la edición de la partitura sea la Oeser de 1964, con los diálogos muy recortados, no aporta mucha música inhabitual: el arranque del final del primer acto, la aparición de Escamillo, el duelo íntegro, el final de "a deux cuartos" y poco más. Todo ello estaba ya en la grabación de Karajan aquí reseñada.

En fin, me temo que Rattle se une a la larga lista de directores que se estrellan con la obra, de Prêtre a Sinopoli pasando por Ozawa o Lombard, por no hablar del mamarracho de Gardiner. La más reciente dirección de Carmen que me ha gustado mucho ha sido la de Pappano; Barenboim y Nézet-Seguin han ofrecido cosas muy interesantes, pero a mi modo de ver (al primero le faltan chispa, alegría y luminosidad, al segundo densidad y pathos) no terminaron de redondear sus realizaciones. Me encantaría escucharle la obra a Andris Nelsons. Que la grabe Riccardo Muti -creo que sería un director ideal para la página- es un sueño que ya doy por imposible.

De Magdalena Kozená esperaba un desastre, porque ni por voz ni por personalidad -excesivamente líricas ambas, en el doble sentido- resulta en principio adecuada para hacer justicia al personaje de la cigarrera. Pero al final resulta que, aun lejos del muy notable nivel que hoy día ofrecen en este papel cantantes como Elina Garança, Anna Caterina Antonacci, Anita Rachvelishvili o nuestra Nancy Herrera, la mezzo checa da buena cuenta de su arte y ofrece una recreación cuanto menos correcta y atendible, la mayor parte del tiempo alejada de excesos y truculencias, amén de musical a pesar de sus manifiestas insuficiencias; ni que decir tiene que en la escena de las cartas lo pasa fatal. En cuanto a Jonas Kaufmann, nada nuevo con respecto a sus filmaciones con Barenboim y Pappano: voz de una terrible pobreza -por no decir fealdad- tímbrica debido a una emisión defectuosa que solo se libera cuando le toca dar pepinazos; como artista se muestra voluntarioso y sensible, pero a pesar de su buena línea a un servidor su dúo con Micaela y el aria de la flor le siguen resultando insoportables. En el final está estupendo.


Genia Kühmeier, a despecho de las tiranteces en el agudo, compone una Micaela de muy buen nivel; para qué vamos a engañarnos, el papel es un bombón y pocas son las cantantes con un mínimo de sensibilidad que no logran deleitarnos. El rol imposible es el de Escamillo, y aquí sí que se queda cortísimo un tal Kostas Smoriginas, que no posee una mala voz pero que canta en plan muy basto y con tendencia al engolamiento. Buen nivel entre los secundarios, destacando el soberbio Zúñiga de Christian van Horn; simpática la presencia de Jean-Paul Fouchécourt como el Remendado. Buena labor la del Coro de la Staatsoper.

La filmación disponible en la Digital Concert Hall suena bien. El doble compacto de EMI, según tengo entendido, convence bastante menos. ¿Mis versiones favoritas de Carmen? En disco la de Abbado, en DVD la de Kleiber. Las dos con reparos. Esta de Rattle supongo que venderá mucho en el mercado británico, pero me parece que no está llamada precisamente a pasar a la historia.

martes, 10 de abril de 2012

Gran Tosca con Gheorghiu, Kaufmann, Terfel y Pappano

Los principales artistas aquí congregados ya tenían una Tosca comercializada en DVD. La Gheorghiu, Pappano y la Orquesta del Covent Garden, una pedante realización cinematográfica de Benoit Jacquot sobre el notable registro en audio realizado por los mismos junto a Alagna y Raimondi (EMI). Kaufmann, la personal propuesta de Robert Carsen en su realización en la Ópera de Zurich (Decca), ya comentada por aquí (enlace). Terfel, la producción holandesa con nada menos que la Concertgebouw y Chailly, con protagonismo de una Malfitano ya mayorcita, en la heterodoxa producción de Nikolaus Lehnhoff (Decca), también reseñada (enlace). ¿Aporta algo entonces esta transmisión, de soberbia imagen HD, realizada desde el Covent Garden londinense en 2011? Pues sí: entre todos, y en conjunción con la buena realización escénica de Jonathan Kent, logran una de las más equilibradas e indiscutibles realizaciones del genial título pucciniano que se han filmado.


No hay mucho que matizar, porque el lector ya imagina por dónde van los tiros. La soprano rumana, pese a las insuficiencias en el registro grave, ofrece una voz de enorme calidad y una línea pucciniana de primer orden. Comprende además muy bien al personaje: diva estúpida y sobreactuada encarnando a una diva estúpida que hace teatro las veinticuatro horas del día. Sobran en cualquier caso los pucheros de su “Vissi d'arte”, y se echa de menos autoridad en frases decisivas como “E avanti a lui tremava tutta Roma”. Sobre la escena luce bellísima, lo que hace más creíble el discurrir de la acción. Jonas Kaufmann, como era de esperar, alterna sonidos de censurable fealdad (“O dolci mani”) y agudos tremendos dentro de una recreación valiente y apasionada que va de menos a más. Como actor se muestra apañado, solo eso, y desde luego sin los excesos de la Gheorghiu.

El mejor es Bryn Terfel, no por su voz impresionante ni por su línea algo tosca, sino por su increíble recreación escénica del malo de la función. Olvida quizá -cosa que no le pasaba a Raimondi- que Scarpia es un barón, pero desprende una tan creíble dosis de animalidad porcina en cada uno de sus movimientos que cuando está en escena eclipsa por completo al resto de sus compañeros. Por cierto que repite aquí el ridículo cabezazo contra Cavaradossi que ya hizo en Valencia (enlace) por las mismas fechas: quizá el detalle fuera una aportación del propio barítono galés. Entre los secundarios destaca el Spoletta de Hubert Francis.

Antonio Pappano dirige con enorme instinto teatral, excelente pulso, rico colorido, buen olfato para las texturas y amplio aliento lírico. Ofrece también un punto de decadentismo que resulta adecuado en Puccini, aunque para mi gusto sobran portamentos en el primer acto. Sea como fuere, hoy día solo Mehta y Luisi son capaces de ofrecer una Tosca de semejante nivel. La propuesta escénica de Jonathan Kent, clásica a más no poder pero sin olor a rancio, es hermosa y posee una atractiva iluminación. A nivel teatral presenta una buena compenetración con la música, aunque no todas las escenas están igual de bien resueltas: el tercer acto flojea un poco. La filmación es francamente buena. Si no quieren ustedes esperar a que salga en DVD, hay por ahí quien les ofrece los links (enlace) para bajársela en una alta definición que luce espléndida en un televisor ad hoc. Ya saben.

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PS. Han quitado esta filmación de YouTube, pero ahora está disponible en DVD y Blu-Ray en el sello EMI. Pongo la carátula.

miércoles, 18 de mayo de 2011

Abbado y La canción de la Tierra: triunfo total

Por fin se ha cumplido el sueño de muchos mahlerianos: Claudio Abbado ha hecho Das Lied von der Erde. Ha sido hace un rato, frente a la Filarmónica de Berlín, en un concierto conmemorando los cien años de la muerte de Gustav Mahler que quien esto suscribe ha podido seguir gracias a la Digital Concert Hall. ¿Resultados? A la altura de las circunstancias, con solo un reparo serio. Este no es otro que el estado vocal de Anne Sofie Von Otter, cada día menos mezzo y más soprano corta, que aun estando conmovedora recreando los poemas, ha sufrido lo suyo en los primeros minutos de “la despedida”. A ver si lo arreglan para la edición comercial y se redondea su -pese a todo- espléndida intervención. Magnífico Jonas Kaufmann, esta vez muy cómodo en lo vocal (la partitura le viene estupendamente para disimular sus defectos de emisión) y sencillamente irreprochable en lo expresivo, cantando con arrojo y sinceridad. ¡Bravo!

En cuando a Abbado, hemos tenido la suerte de que en esta ocasión ha disimulado sus defectos (tendencia a buscar sonidos ingrávidos, a descubrir detalles amanerados, a pasar por delante de los aspectos más desgarradores para deleitarse en el juego sonoro) y ha potenciado sus enormes virtudes: trazo firme, riquísimo colorido, asombroso trabajo con las texturas, admirable claridad -se han escuchado cosas nuevas-, agudo sentido teatral y una amplia variedad expresiva que, sin llegar a los extremos de negrura de un Klemperer, sabe inyectar toda la desesperación que esta música demanda sin dejar de atender a lo lúdico, lo desenfadado y hasta lo trivial. No se ha tratado, pues, de una interpretación personal, sino de un soberano ejercicio de ortodoxia mahleriana que también incluía, como no, su punto de decadencia bien entendida.

La belleza sonora, por lo demás, ha alcanzado en todo momento lo sublime, pero sin quedarse en la superficie, y la orquesta ha rendido a un nivel superior incluso a cuando la grabó con Carlo Maria Giulini. Total, que cuando salga en DVD será sin duda la referencia en este formato, por encima de Bernstein (que no estuvo tan concentrado ese día como cuando registró la pieza años atrás para Decca) y de Bychkov (aun así imprescindible por la Meier). El Adagio de la Décima Sinfonía que ha precedido la interpretación me ha parecido incluso superior al del otro día (enlace): intenso, apremiante, sincero, en el punto justo de equilibro entre romanticismo y expresionismo y -ni que decir tiene- bellísimamente sonado. Cálidos aplausos, enorme concierto. Lo mejor de Abbado en muchos años.


PS. Aprovecho para colocar un enlace a Youtube (¡qué rapidez se dan!) y para reconocer que, como me apuntan en los comentarios de abajo, quizá me excedí en mi entusiasmo hacia la interpretación. Precisamente en este fragmento pueden comprobar como Kaufmann pasa algún apuro (¿quién no, salvo Wunderlich?) y que el violín solista cae en alguna cursilería.

PS (2). La Filarmónica de Berlín ha obligado a retirar el vídeo de Youtube. Lo lamento mucho.

jueves, 12 de mayo de 2011

La Tosca de Carsen (y el Cavaradossi de Kaufmann), por fin en DVD

Iba siendo ya hora de que viera la luz en formato comercial la producción de Tosca que Robert Carsen preparó en 1996 para la Vlaamse Opera de Amberes, esa misma que tanto molestó a muchos cuando se vio en el Liceu barcelonés. Lo ha hecho en el sello Decca gracias al tirón mediático de Jonas Kaufmann, que fue quien protagonizó junto a Emily Magee y Thomas Hampson estas funciones ofrecidas por la Ópera de Zurich en abril de 2009. Y la verdad es que la propuesta del regista canadiense me ha gustado. Tengo la impresión de que quienes se irritaron tuvieron demasiado presente el cambio de ubicación cronológica y espacial de la acción, que transcurra aquí en un teatro del siglo XX: Cavaradossi es un pintor que trabaja en el mismo, Scarpia parece el maganer y Tosca… pues la diva, aquí más diva que nunca. No parece que esto aporte gran cosa, pero tampoco lo resta, y de hecho si no fuera por el vestuario los actos segundo y tercero podrían pertenecer a cualquier representación tradicional. Que no convencional: lo que hay que admirar aquí es la fuerza dramática de la luminotecnia de Davy Cunningham y la minuciosa, creíble e inteligente dirección de actores que realiza el propio Carsen, quien además aprovecha la oportunidad de subrayar la teatralidad consustancial al personaje titular sin hacerle caer en el histrionismo.

Funciona bien la batuta de Paolo Carignani, que dirige con magnífico pulso teatral y notable sentido del color, aunque no resulte particularmente inspirado y se pase en los portamenti del tercer acto. A Emily Magee le pasa lo de siempre: su voz -de lírica pura- es de buena calidad y la línea de canto no presenta apenas fisuras, pero en lo expresivo resulta un punto impersonal. Además le faltan la italinidad de una Dessí o la intensidad de una Mattila, por citar a dos grandes intérpretes recientes del rol. Buena Tosca, en cualquier caso. Hampson está bastante mejor de lo que en un principio se podría esperar, porque aunque su instrumento sea inadecuado -en exceso lírico- y le falte autoridad vocal, el barítono norteamericano recrea al personaje de manera sutil e inteligente, de modo particular en su vertiente escénica, siendo en este sentido el que parece sentirse más a gusto en la regie de Carsen.

¿Y Kaufmann? Lo de este señor cada vez lo tengo menos claro. Que su técnica sea heterodoxa es para mí lo de menos (¡cuántas barbaridades se siguen diciendo sobre Domingo amparándose en su presunto desprecio de lo canónico!); lo que me molesta es la pobreza, por no decir fealdad, de muchos de los sonidos que emite, particularmente cuando canta piano. En este sentido el arranque de “Recondita armonia” llega a poner de los nervios. Ahora bien, de justicia es reconocerle una gran sinceridad en la expresión y un manifiesto interés por matizar de manera sensible, y que incluso es capaz de ofrecer hallazgos de verdadero artista. Su sensible y emocionante “E lucevan le stelle” es un magnífico ejemplo de esto último. Grabación y filmación son irreprochables, y se incluyen subtítulos en castellano de Luis Gago.

domingo, 2 de mayo de 2010

Recomendable Fidelio con Harnoncourt, Nylund y Kaufmann

BEETHOVEN: Fidelio.
Nylund, Kaufmann, Polgár, Muff, Rae Magnuson, Strehl, Groissböck. Coro y orquesta de la Ópera de Zúrich. Dir: Nikolaus Harnoncourt.
Arhaus, 107 111
DVD - 134’
Ferysa
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Aprovechando el tirón comercial del guaperas Jonas Kaufmann, Arthaus reedita este Fidelio registrado en la Ópera de Zúrich el 15 de febrero de 2004 que en su momento presentó TDK.

El tenor muniqués no era por entonces conocido, pero ya hacía gala de sus señas de identidad: un impresionante talento dramático y un irreprochable estilo para la ópera alemana, lastrados por una técnica precaria que se manifiesta en una emisión defectuosa y en un sonido de obvia pobreza tímbrica.

Mucho mejor que él está Camilla Nylund, soprano a la que veremos en Valencia como Salomé el próximo junio: su voz es muy notable, se muestra -en esta grabación, no siempre ocurre así- muy segura en los agudos y recrea a Leonora con convicción. La de László Polgár quizá sea una voz en exceso lírica para Rocco, pero el siempre profesional bajo húngaro canta con nobleza e intención su parte. Elisabeth Rae Magnunson, Christoph Strehl y Günther Groisböck (Marzelline, Jaquino y Don Fernando respectivamente) son aceptables. El borrón lo pone Alfred Muff, Don Pizarro tosco y con la voz hecha polvo.





Harnoncourt convence mucho más en este Beethoven que en su integral sinfónica de principios de los noventa, toda vez que ha eliminado buena parte de la rigidez, mecanicismo y machaconería de que hacía gala al tiempo que sigue conservando una muy atractiva rusticidad sonora, una electricidad verdaderamente irresistible -el final es de infarto- y, sobre todo, un sentido teatral de la mejor ley, revelándonos multitud de acentos nuevos. Por desgracia el maestro se queda muy corto en sentido humanístico y en elevación poética, y hace gala de esa excesiva sequedad y de esas caídas en la excentricidad que son marca de la casa. Orquesta coro son espléndidos.

Jürgen Flimm respeta la cronología de la acción y apuesta por trajes de época, al tiempo que se vale de una escenografía abstracta y de una iluminación voluntariamente deshumanizada. Su dirección escénica es espléndida, realizando numerosas aportaciones sobre los personajes para intentar en lo posible soslayar las desigualdades del libreto.

La imagen (16:9) es excelente y el sonido ofrece surround auténtico (es decir, los canales traseros reciben la información de micrófonos que realmente están colocados detrás). Fidelio recomendable, pues, aunque no por delante del reciente de Mehta en Valencia (con Meier, Seiffert y Salminen), menos conseguido en lo escénico pero más sustancioso en lo musical (enlace).

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Artículo publicado en el número de abril de 2010 de la revista Ritmo.

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