viernes, 30 de noviembre de 2018

Portentoso Brahms de Barragán y Floristán

Mañana sábado 1 de diciembre ofrece el Teatro de la Maestranza un recital del clarinetista Pablo Barragán, el violonchelista Andrei Ioniţă y el pianista Juan Pérez Floristán integrado por obras de Schumann en la primera parte y de Brahms en la segunda, correspondiendo esta última con el compacto grabado por los mismos intérpretes para el sello granadino IBIS, lanzado este mismo año: se omitirá la Sonata para clarinete nº 1 y se tocarán la Sonata nº 2 y el Trío para clarinete, violoncelo y piano. Gracias a la plataforma Tidal –me permito recomendarles a ustedes la suscripción– acabo de escuchar el disco, y he quedado mudo del asombro.


En realidad tenía que haberlo imaginado, porque tanto a Floristán como a Barragán –de este último hace tan solo un par de meses– he dedicado en este mismo blog encendidos elogios. Su interpretación de las dos sonatas es portentosa: tengo recientísimas las versiones de Werner Fuchs y Elena Bashkirova –filmaciones del año 1996 editadas por Euroarts– y les puedo asegurar que estas no les van a la zaga. Los andaluces andamos a veces algo acomplejados y podría parecernos exagerada la afirmación de que un chaval de Sevilla y otro de Marchena tocan a Brahms con el mismo acierto que intérpretes internacionales de enorme altura. Pues así es.

¿Y cómo son estas versiones? Pues apasionadas ante todo, llenas de fuerza, de convicción y de comunicatividad, dentro de un enfoque en el que los aspectos líricos, aun estupendamente atendidos, no tienen la primacía, sino que se encuentran bien equilibrados con los más dramáticos, alcanzando incluso momentos verdaderamente tempestuosos. En este sentido, nuestros intérpretes parecen no mirar tanto ese mundo de la nobleza y la calidez brahmsiana como el de la agitación de Robert Schumann: tiene todo el sentido que en el programa de Sevilla sea el autor de la Renana quien ocupe la primera parte.

Sobre los artistas ni puedo concretar mucho. Si en otros clarinetistas podemos encontrar subyugante el control del fiato o la sensualidad de su línea, en Barragán sobresale la enorme cantidad de inflexiones expresivas con que interpreta, otorgando a su fraseo unas cualidades expresivas, diríase incluso que teatrales, que recuerdan un tanto a las de la voz humana. Floristán destaca por el empuje, la decisión y la fuerza con que aborda su parte, alejándose por completo de la neutra “rutina de acompañante” –llamémosle así- y compartiendo protagonismo al cien por cien con el clarinete; ni que decir tiene el pleno dominio de los recursos técnicos del piano está por completo garantizado.

El rumano Andrei Ioniţă sintoniza con sus colegas en lo apasionado de Brahms, y aunque por momentos hay algún detalle en el fraseo que no me ha convencido, encuentro muy atractivo el intenso dolor con que aborda su parte en el Trío: los tres artistas tienen bien claro que la música, o al menos esta música, no es para deleitarnos con sonidos más o menos hermosos, sino para interpretarla a tumba abierta. Así lo hacen y los resultados, perdonen que insista, son magistrales. Queda claro que mañana hay que pasarse por Sevilla. Clarísimo.

jueves, 29 de noviembre de 2018

El arrollador Edgardo de Celso Albelo

Tras el concierto de la Filarmónica de Gran Canaria en Las Palmas pasé un par de días en Tenerife, una isla en la que jamás había estado y que me ha parecido fascinante, sobre todo teniendo en cuenta que he podido vivir en directo (¡y menuda vivencia!) aquellas cosas que yo mismo me veo obligado a imaginar en mis clases de geografía. Tampoco están mal la arquitectura y el arte que he visto, aunque en estas líneas lo que me corresponde es decir algunas cosas sobre la Lucia de Lammermoor organizada por la Ópera de Tenerife a la que asistí el sábado 24 en el auditorio diseñado por Santiago Calatrava, un edificio poco menos que fascinante desde el punto de vista plástico.


Me resulta inevitable comparar este Donizetti con el que hace muy poco pude escuchar en el Maestranza, máxime cuando la joven Leonor Bonilla, triunfadora de las funciones sevillanas, se encuentra muy vinculada a la ópera tinerfeña. En Santa Cruz la protagonista es Irina Lungu, cantante de prestigio que cantaba por primera vez el rol de Lucia. Los resultados han sido igualmente de alto nivel, pero con una gran diferencia con su colega: mientras Bonilla fue de más a menos, Lungu lo hizo de menos a más. La soprano sevillana se merienda con patatas a la rusa en “Regnava nel silenzio”, y creo que no únicamente porque su voz resulta ahí más flexible, sino también por un legato mucho más hermoso, un uso más sensible de los difuminados y una muy superior expresividad. Lungu cantó bien, pero la encontré fría e inexpresiva. En los enfrentamientos con Enrico y Raimondo –ofrecidos en su integridad, venturosamente– empezó a centrarse y pudo ir haciendo gala de una voz que, a la postre, es mucho más adecuada para el personaje –más carne en el centro y más peso en el grave- que la de Bonilla. Por eso mismo Lungu sí que estuvo a la altura en el fundamental sexteto, mientras que en toda la escena de la locura se encontró a sí misma y, pese a algunos muy puntuales resbalones canoros, demostró ser una gran artista ofreciendo una interpretación que, sin desdeñar las inflexiones propias del belcantismo, no se quedó en la mera belleza del canto, sino que supo atender a los matices psicológicos y transmitir sinceridad expresiva.
 

Celso Albelo jugaba en casa, si bien su abrumador éxito estuvo plenamente justificado desde el punto de vista artístico. Su Edgardo es muy diferente del de José Bros: si el catalán supera con inteligencia, técnica y musicalidad enormes las limitaciones de su instrumento, el canario triunfa luciendo una voz que es una maravilla por su volumen, homogeneidad y riqueza de armónicos, y haciendo gala de una línea de canto valiente, muy “echada para adelante”, en buena medida exhibicionista –lo que incluye algunas meteduras de pata, todo hay que decirlo–, pero con una virilidad, una vehemencia y una fuerza expresiva ante las que resulta difícil resistirse. Si controlase su tendencia a lucirse y corrigiese esas poses escénicas de tenor a la antigua usanza, mejoraría aún más su arrollador Edgardo.

No me gustó el Enrico de Andrei Kymach, barítono ucraniano cuyo magnífico instrumento se encuentra desaprovechado desde el punto de vista técnico y expresivo debido a un fraseo más bien tosco, incluso primario. Mucho mejor el Raimondo de Gabriele Sagona, jovencísimo bajo de voz lírica pero bastante sólida que llegó con el tiempo justo para sustituir –desde la primera de las tres funciones, la mía era la última– al cantante inicialmente previsto, demostrando un muy considerable potencial. Excelentes la Alisa de Vittoria Vimercati y el Normanno de Klodjan Kacani.

El coro estuvo muy correcto, aunque la gran baza de los cuerpos estables es la Sinfónica de Tenerife, a la que es una gloria escuchar en el foso: nada que ver con el sufrimiento que tenemos que padecer en todas y cada una de las funciones operísticas del Teatro Villamarta de mi tierra. Ni con la mera solvencia de un Teatro Real o de un Liceo, dicho sea de paso. Otra cosa es la labor de Christopher Franklin, maestro que me pareció muy interesante dirigiendo Peter Grimes en Les Arts y que en Lucia, a mi entender, se limitó a concertar con enorme técnica y sin caer en la menor vulgaridad. No estuvo mal, pero se le puede sacar más partido a la obra maestra de Donizetti.


El regista Nicola Berloffa defiende con inteligencia en el programa de mano su propuesta escénica. El problema es que leyéndole convence por completo, pero viendo los resultados lo hace bastante menos. Desconcierta la ambientación, y no tanto porque la acción se traslade a la Escocia de los años cuarenta del pasado siglo como por la pérdida de esa atmósfera romántica que la música necesita: sustituir la fuente, el castillo o la torre en medio de una tormenta por las diferentes salas de una vivienda termina resultando prosaico. Tampoco la dirección de actores fue del todo buena. Algo acartonada, más bien. Lo que sí funcionó de maravilla fue la escena de la locura, aprovechando el carácter giratorio de la escenografía para hacer deambular a Lucia por todas las estancias, lúgubre y sugestivamente iluminadas.

Muy en resumen, estupenda orquesta y digna batuta al servicio de un elenco de considerable altura –con el borrón del Enrico–, más una puesta en escena que se queda a medio camino pero que no llegó nunca a molestar. Ya quisiéramos escuchar habitualmente este repertorio con semejante nivel medio.

martes, 27 de noviembre de 2018

Tocar Mozart con los pies

Hace diez años estuve por primera vez en Gran Canaria. Tuve entonces la oportunidad de escuchar a la estupenda OFGC en el Auditorio Alfredo Kraus, de lo que pude dar cuenta brevemente en este blog. El pasado viernes pude por fin pasarme nuevamente por la isla y repetir el rito de disfrutar a la Filarmónica en el soberbio edificio diseñado por Óscar Tusquets, esta vez con un programa dedicado a Haydn y a Mozart que estuvo bajo la batuta de Gérard Korsten, un señor al que solo conocía de una Elena Egipcíaca del sello Dynamic y del que, por tanto, podía esperarme cualquier cosa en un repertorio tan delicado como este.


Pues bien, lo resultados me parecieron dignos de admiración. Y por completo sobresalientes, yo diría que referenciales, en el caso de Franz Joseph Haydn: la interpretación de la Sinfonía n.º 73, “la caza”, me pareció superior a las dos que escuché previamente en disco, la muy digna de Adam Fischer y la más que notable de Neville Marriner. ¿Y cómo fue el Haydn de Korsten? Decir que, en el cinegético último movimiento –el que da título a la página– los timbales usaron baquetas duras mientras que se juntaron trompetas naturales con trompas de válvula, podría darnos una impresión inexacta. Porque este, al margen de semejantes decisiones organológicas –que encuentro acertadas, aunque habrá a quienes les parezcan incoherentes–, y también a margen de una reducción del vibrato y de una incisividad en la articulación bastante moderadas, fue un Haydn tradicional en el mejor de los sentidos. Es decir, de sonoridad densa y musculada pero en absoluto masiva, de fraseo ágil mas no aéreo (¡qué alivio!), de fraseo amplio y cantable, de expresión grave y cargada de pathos –tremenda la introducción– sin caer en lo protobeethoveniano, y lleno de encanto, de gracia, de sensualidad y de picardía sin confundir todo ello con lo trivial o lo insípido, que es lo que le pasaba en discos a los dos directores arriba citados. Korsten no quiso recrearse en delicadezas –aunque el trazo fue fino– y se decidió a impregnar la partitura, toda ella, de una gozosa rusticidad apropiadísima para el maravilloso universo de este compositor.

No me gustó tanto su labor en los Conciertos para trompa nº 3 y nº 2 –en este orden– de Wolfgang Amadeus Mozart. Por descontado que el ya veterano maestro siguió obteniendo un formidable rendimiento de una Filarmónica de Gran Canaria que parecía sentirse muy a gusto bajo su batuta, pero tengo la impresión, después de haber escuchado a Klemperer con Civil y a Zukerman con Baummann, que esta música ofrece más posibilidades poéticas: Korsten ofreció luminosa, amable y cálida belleza, sin más. El trompa Felix Klieser le secundó a la perfección en su concepto haciendo gala de un fraseo de enorme sensualidad que sedujo más por su capacidad para el canto que para los claroscuros. En cualquier caso, derrochó musicalidad por los cuatro costados. En lo puramente técnico su labor resultó admirable: que hubiera algún desliz sin importancia se puede explicar por el frío que esa noche en Las Palmas se colaba entre los dedos de nuestros pies. Ah, ¿es que no se lo he dicho? Klieser no tiene brazos y toca con sus extremidades inferiores, literalmente. Su éxito fue abrumador y estuvo plenamente justificado. Propina de Rossini.

Para terminar, Sinfonía nº 38 de Mozart. Es decir, ni más ni menos que la Praga. Palabras mayores. Sin llegar al nivel excepcional de su Haydn, Korsten triunfó a partir de una lúcida asimilación, aun sin necesidad de imitar al maestro berlinés ni de acercarse a sus excesos, de las mejores lecciones de Harnoncourt: teatralidad y claroscuros a tope, con enorme relevancia de metales y percusión –de nuevo trompetas naturales y baquetas duras– mas guardando el adecuado equilibrio con una cuerda bien nutrida y empastada, todo ello dentro de un concepto expresivo marcadamente operístico y muy alejado de preciosismos, ligerezas y coqueterías que siguen haciendo estragos en el universo interpretativo mozartiano. Gran concierto.

jueves, 15 de noviembre de 2018

Barenboim cumple setenta y seis

Se acaba el día y no he tenido tiempo para decir nada. Lo hago ahora: hoy cumple setenta y seis años el más grande intérprete musical del último medio siglo. En España no lo vieron en su momento los chicos de la revista Scherzo, o no no lo quisieron ver. "Correcto pianista metido a director", escribieron allá a finales de los ochenta y principios de los ochenta, cuando este señor tenía ya una importante parte de su tratectoria a sus espaldas.


Hoy el tiempo ha puesto a cada uno en su sitio, y por mucho que los discípulos de aquella generación de críticos sigan sin caerse del burro, la mayoría de los mortales lo tenemos claro: tanto empuñando la batuta y como al teclado –la merma de agilidad digital se ha visto compensada, con creces, por un inaudito dominio del sonido pianístico–, la música que nos ofrece alcanza casi siempre los más excelsos niveles de inspiración interpretativa. Feliz cumpleaños, Daniel Barenboim.

martes, 13 de noviembre de 2018

El sublime Brahms de los Khachatryan

He vuelto a este disco, registrado por el sello Naïve entre julio y agosto de 2012, y de nuevo he quedado por completo maravillado. En él los hermanos Sergey y Lusine Khachatryan interpretan las tres hermosísimas sonatas para violín y piano de Brahms, y lo hacen mejor, e incluso mucho mejor, que otros intérpretes más famosos que han grabado estas partituras.


Haciendo uso de tempi lentos y de un fraseo flexible, natural, rico en inflexiones, matizadísimo en las dinámicas, nuestros artistas ofrecen de la Sonata nº 1 una recreación acariciadora, sensual a más no poder, impregnada de atmósfera a ratos poética, a ratos luminosa, de enorme belleza y emotividad a flor de piel, que aún haciendo hincapié en la poesía íntima de la página ofrece picos de tensión a los que se llega con tanta lógica como incandescencia. Ni de lejos llegan a semejante altura Pauk/Vignoles, Znaider/Bronfman, Zukerman/Barenboim ni Perlman/Barenboim, que son las otras grabaciones con las que he podido comparar.

En la Sonata nº 2 la comparación ha sido con Oistrakh/Richter, Znaider/Bronfman, Pauk/Vignoles, Znaider/Bronfman y Perlman/Barenboim. Magníficas las dos primeras parejas, no así las otras dos; en cualquier caso los Khachatryan nos ofrecen la interpretación más intimista, más cantable, sensual y embriagadora, también la más atenta a la atmósfera, aunque por fortuna no resulta blanda ni deja de ofrecer apasionamiento en los clímax. Para derretorse el violín de Sergey, que dice cada frase con una emotividad y un aliento poético subyugantes.

Vuelven a maravillarnos en la Sonata nº 3 la efusividad del fraseo, el lirismo tierno y al mismo tiempo muy intenso que desprende, la flexibilidad y lógica absoluta del trazo –cuidadísimas las transiciones– y el desarrolladísimo sentido de la atmósfera, todo ello llegando a su culmen en un Adagio prodigioso. Lo que ahora hay que recalcar, dadas las características de la pieza, es el enorme grado de arrebato y extroversión, con carácter no poco escarpado pero manteniendo siempre la más absoluta belleza sonora, que los dos hermanos alcanzan en los movimientos extremos, particularmente en el último, que se beneficia de un sonido muy poderoso y muy brahmsiano por parte de Lusine. Un prodigio, que tampoco alcanzan Oistrakh/Yampolsky –desgarrador a más no poder el violinista– ni las ya citadas parejas de Znaider/Bronfman, Pauk/Vignoles, Znaider/Bronfman y Perlman/Barenboim. Solo se acercan, sin llegar a tan sublime excelsitud, Vengerov y Barenboim en su único acercamiento conjunto a este trilogía. ¡Lástima que no grabaran las otras dos!

No hace fata decir mucho más: el disco de los Khachatryan es de audición total y absolutamente imprescindible.

domingo, 11 de noviembre de 2018

Demidenko en el Vlilamarta: notable Schubert, sobresaliente Prokofiev

Lo único que le había escuchado a Nikolai Demidenko era el Concierto nº 1 de Chopin que tenía filmado con Antoni Wit: allí me pareció un pianista muy completo desde el punto de vista técnico, pero algo alicorto en poesía. Ayer sábado le pude escuchar en el Teatro Villamarta de Jerez (¡qué lejos quedan aquellos tiempos en los que ver sobre su escenario a gente como Pires, Ashkenazy o Sokolov entraba dentro de lo normal!) un recital en el que ha mejorado mi percepción de su arte.


Comenzó la velada con el Capricho nº 6 de las Soirées de Vienne de Schubert-Liszt, una nadería deliciosa en la que el ruso hizo gala un sonido tan hermoso como admirablemente regulado y de una gran elegancia en el fraseo. Palabras muy mayores a continuación: Franz Schubert. En la web del teatro y en el programa de mano se anunciaba la “Sonata en La Mayor Op. posth.”, mientras que en la página del artista se hablaba de la “Sonata No. 19 in Minor D. 958”. Al final fue la primera de ellas, es decir, la Sonata No. 20 en La mayor D. 959. La dificultad es la misma, en cualquier caso, porque llegar al punto justo de equilibrio entre belleza formal, fluidez y hondura en cualquiera de las tres últimas sonatas schubertianas solo está al alcance de los grandes. Demidenko superó la prueba y ofreció una espléndida recreación en la que planificó de manera admirable la arquitectura, resolvió estupendamente las transiciones, cantó las melodías con naturalidad y supo marcar los picos de tensión para que la música no se quedara en una sucesión de sonidos. Un punto más de fuerza expresiva, de emotividad y de magia poética no le hubieran venido mal, en cualquier caso: la comparación con la descomunal, histórica recreación que le escuché a Radu Lupu en Barcelona hace tan solo unos meses, deja claro que lo de ayer fue de notable alto, más no de matrícula de honor.

El Vals op. 38 de Scriabin estuvo dicho con fluidez y elegancia, mirando no tanto al pasado chopiniano como al impresionismo contemporáneo. Sensible en el toque y elegante en el fraseo, Demidenko controló de manera admirable su sonido pianístico para alcanzar la agilidad y la delicadeza pretendidas.

La misma capacidad para modelar la materia prima le permitió ofrecer increíbles veladuras con las que acentuó el lirismo onírico e inquietante de la Sonata nº 8 de Prokofiev, ofreciéndonos así una interpretación muy alejada del tópico: si la mayoría de los pianistas se centran –es lógico y plausible que así lo hagan– en los aspectos más combativos de esta música, en su carácter obsesivo y en sus sonoridades atronadoras, Demidenko se desentendió del carácter demoníaco de la misma –tampoco le faltaron contrastes ni tensión interna– y optó por esa melancolía amarga y desconsolada, recorrida por inquietantes turbulencias y a veces disfrazada de sarcasmo, que singulariza la creación del compositor. Como además la recreación supo ser brillante cuando está indicado y ofreció grandes dosis de agilidad –algunos deslices hacia el final del tercer movimiento importaron poco–, el resultado fue sobresaliente. Solo a Kissin –vídeo disponible en YouTube– le he escuchado algo todavía mejor.

Tres propinas: dos Scarlatti soberbios y un Chopin, el Vals del minuto, que debería haberse ahorrado.

sábado, 10 de noviembre de 2018

Barenboim y la WEDO en el Carnegie Hall

Perdonen los lectores, si los hubiere, que ya no ofrezca en este blog tantas entradas como antes, ni tan extensas. La disponibilidad que tengo para esta afición es ahora muy escasa, y el entusiasmo ante la misma mucho menor que antes. Pero a lo que vamos: concierto de Daniel Barenboim y la West Eastern Divan en el Carnegie Hall de Nueva York del pasado jueves 8 de noviembre, que he visto gracias a la página Medici TV, a la que estoy suscrito. Toma sonora mejorable y filmación con serios defectos, pero en ambos casos suficientes para disfrutar de una velada memorable.


Don Quijote de Strauss en la primera parte. Nunca me entusiasmó la grabación de Barenboim en Chicago, pero sí lo hizo la que le escuché en directo en 2014 en Madrid frente a la Staatskapelle de Berlín. Lo que entonces escribí en este mismo blog es perfectamente válido para esta nueva recreación, de nuevo llena de sensualidad y de humanismo pero no por ello exenta de teatralidad, de carácter narrativo y de sentido de los contrastes, aun siempre con la salvedad de que la calidad de la WEDO no puede compararse con la excelsitud que en estos últimos años ha alcanzado la formación berlinesa. En lo que sí aventaja esta recreación neoyorquina a la que escuché en el Auditorio Nacional es en el chelista: si Claudius Popp estuvo estupendo, Kian Soltani se confirma como un verdadero prodigio. Estupenda la viola de Miriam Manasherov, aunque algunos de sus detalles me parecieran discutibles. Como propina, El cisne de Saint-Säens.

Desde aquel flojo registro en Chicago para Teldec, pasando por la interpretación que grabó con la WEDO en Ginebra y llegando hasta la que hizo con la Filarmónica de Berlín en el primero de mayo de 2014, Daniel Barenboim también ha mejorado mucho su comprensión de la Sinfonía nº 5 de Tchaikovsky. Esta con la WEDO ni aporta ni pierde nada en lo que a la labor de la batuta se refiere con respecto a la última de la citadas. Se ha tratado, por tanto, de una cálida y elocuente recreación en la que se equilibran de manera admirable los aspectos épicos, líricos y dramáticos de la página, sin renunciar a la sensualidad ni a la opulencia sonora, pero sin dejar tampoco espacio alguno a la blandura, al exhibicionismo o al descontrol. Todo está medido al milímetro, aunque la apariencia de lógica, de naturalidad e incluso de espontaneidad es absoluta. En cualquier caso, si por algo destaca esta lectura –como lo hacía la de Berlín– es por otros dos factores: la excelsa cantabilidad del fraseo (¡puro Tchaikovsky!) y la enorme plasticidad con que está tratada la masa orquestal.

Una tan cálida como honda recreación de Nimrod y una inflamadísima, aunque en absoluto descontrolada, obertura de Los maestros cantores, remataron un concierto estupendamente acogido por el público norteamericano. Igualito que aquí en Andalucía, donde hay que hacer milagros para vender las entradas y los entendidos terminan diciendo auténticas barbaridades sobre lo que escuchan. Así nos va.

viernes, 9 de noviembre de 2018

Un bodrio en la Filarmonía del Elba

Nada, que no encuentro tiempo para este blog. Me toca concluir mi repaso por el viaje que hice a Hamburgo aprovechando el puente de la semana pasada. Ya dije que el sábado por la mañana estuve en Bremen. Por la tarde regresé a la ciudad natal de Brahms y pude visitar la tumba del gran C.P.E. Bach, que allí fue maestro de capilla y falleció. La verdad es que ver su lápida es lo único que merece la pena en la cripta de la Michaeliskirche, cuyo billete de entrada no resulta precisamente barato para el turista. Como tampoco la entrada que compré para escuchar a Sabine Meyer en la Filarmonía del Elba, 96 euros de ala, aunque lo cierto es que era una oportunidad que tenía que aprovechar para escuchar en directo a la mítica clarinetista –creo que nunca lo había hecho hasta ahora– y para acceder al interior de esta reciente y prestigiosa sala de conciertos.


Mi opinión sobre el recinto ha terminando siendo muy positiva: aunque reconozco que el diseño del interior resulta un pelín pretencioso, lo cierto es que se trata de un edificio muy hermoso desde el punto de vista plástico que, al mismo tiempo, sabe ser funcional y atender tanto al acceso del público como a la acústica. Es decir, nada que ver con el Palau de Les Arts de Calatrava, maravilloso visualmente pero un absoluto desastre como recinto operístico y como sala de conciertos sinfónicos.
Eso sí, por mucho que un servidor disfrutara recorriendo la Elbphilharmonie, salí de allí decepcionado: el concierto de ese sábado 2 de noviembre me pareció, salvo en lo que a Meyer se refiere, un monumental bodrio, tanto por el discreto nivel de la Kammerakademie Potsdam como, sobre todo, por la incompetencia de su director Antonello Manacorda, durante años concertino de la Mahler Chamber Orchestra y ahora batuta de amplio currículo que graba para Sony Classical. ¡Apañados estamos!

El desastre se vislumbró ya en la flacidez extrema de los primeros compases del Idilio de Sigfrido. Tal vez quiera ofrecernos una versión especialmente intimista, me dije intentando engañarme a mí mismo. Pues no: fue una interpretación tímida, blanda y lánguida, mal construida en sus tensiones, poco o nada contrastada, muy corta en su vuelo poético, aburridísima en suma. Ni que decir tiene que aquello no sonó en ningún momento a Richard Wagner.


Venía a continuación el estupendo Concierto para clarinete nº 1 de Weber, y para abordarlo salieron trompas y trompetas naturales que, por descontado, rajaron más que las modernas. En cualquier caso, no fue la de Manacorda una interpretación especialmente historicista en lo que articulación se refiere. Fue simplemente convulsa y emborronada, extrovertida pero de cara a la galería. Exactamente se puede decir de la página que abrió la segunda parte, la Konzertstück Nr. 1 para clarinete, corno di basetto y orquesta de Mendelssohn, para la que se contó con la participación del excelente Reiner Wehle. Sinfonía escocesa para terminar: momentos más que correctos, momentos discretos y blanduras fuera de lugar se sucedieron en una versión pseudohistoricista –más bien “historicista soft”– que no llegó a enervarme, pero sí me aburrió sobremanera.

¿Y la Mayer? Pues con un tipazo y un cutis absolutamente increíbles para sus cincuenta y nueve años. La artista conserva, además, toda su agilidad digital y ese enorme control del fiato que le permite construir frases con cantabilidad extrema. Y luciendo la musicalidad, la variedad expresiva y el compromiso que siempre han caracterizada a la clarinetista, cuyo Weber espero seguir escuchando en la grabación con Herbert Blomstedt, muchísimo mejor acompañada entonces que en este concierto que mereció mucho más la pena por el continente que por el contenido.

martes, 6 de noviembre de 2018

Harto de la corrección política. ¡Viva el humor!

Menuda la que se ha montado al sur de los Pirineos porque el presentador-humorista Daniel Mateos se limpió el otro día los mocos con la bandera de España en un programa de televisión. Su chiste no fue precisamente el colmo de la sutileza ni de la inteligencia, pero me solidarizo con él. Porque estoy harto de eso que ahora llaman corrección política, y harto de los colectivos que se ofenden gravemente cada vez que alguien hace un chiste sobre ellos.

Chistes, parodias y bromas sobre la "bandera española que nos representa a todos"; sobre la Patria española, catalana o andaluza; sobre Dios, Jesucristo y su Santísima Madre; sobre el Islam, la comida halal, el velo y el ayuno en Ramadan, "que también se merecen un respeto"; sobre el presunto "lenguaje no sexista" de todo y todas, ellos y ellas; sobre las mujeres maltratadas, sobre los gais discriminados y sobre los disminuidos psíquicos; sobre los animales "vilmente asesinados" para alimentarnos; sobre los capillitas y belenistas, que son tontos de capirote y de nacimiento respectivamente; sobre los que creen en fantasmas, males de ojo, extraterrestres, homeopatía y teorías conspiranoicas, porque "todas las creencias son respetables".

Pues no, miren ustedes. Va a ser que no. Porque el humor, el humor sobre todo ello y sobre lo que haga falta, es uno de los medios más acertados para mover a la reflexión y a la acción. Es decir, para cambiar las cosas. Y para hacerlo desde el pensamiento crítico. El humor, el humor inteligente y el humor provocador, también el humor gamberro, sigue resultando imprescindible para el ser humano como individuo y como colectividad. Querer ponerle límites siempre ha sido una forma de totalitarismo. Y lo sigue siendo, pese a que ahora quieran disfrazarlo de respeto a los demás.

Por eso mismo traigo, por segunda vez en este blog y por los mismos motivos que hace años, el segundo movimiento de la Sinfonía nº 13 de Dimitri Shostakovich y los versos de Yevgueni Yevtushenko –en traducción de Mónica Castro– que sirvieron de punto de partida al compositor. Más vivos que nunca. Mas necesarios.



Zares, reyes, emperadores
de toda la tierra señores
desfiles habéis dirigido
pero al humor no lo habéis regido. 

En los palacios donde los nobles
entre mimos recostados pasan el día
se presentó el vagabundo Esopo
y ante él pordioseros parecían. 

En las casas donde el zalamero
sus huellas mezquinas dejó
el ulema Nasredin con su jaraneo
las futesas como en ajedrez derribó. 

El humor comprar quisieron
sólo que él no se vende eso es fijo.
El humor matar quisieron
y un corte de mangas les hizo. 

Lidiar con él, dura fatiga.
Sin cesar le han ajusticiado.
Su cabeza cortada ensartaron
en la lanza de un soldado. 

Pero apenas la flauta del juglar
empezó a cantar su melodía
en voz alta gritó: aquí estoy yo
y se lanzó a bailar con gallardía. 

Con un guiñapo por abrigo
abatido y al parecer confeso
como reo político prendido
al patíbulo se encaminó. 
Toda su traza sumisión expresaba
para la vida ultraterrena dispuesto semejaba
cuando, zas, del abrigo se escabulló
y agitando su mano dijo: adiós, adiós.

En celdas al humor quisieron tender celada.
Pero, ¿qué os creéis? ¡de eso nada!
Las rejas y muros de piedra
de un lado a otro cruzó.

Tosiendo por un resfrío
cual soldado raso marchó
era una coplilla fusil al hombro
camino del Palacio de Invierno. 

Avezado a miradas hurañas
ya no le dañan.
Y a veces con humor el humor
a sí mismo se contempla. 

Es eterno. 
Eterno. 

Es astuto.
Astuto.

Y ágil.
Y ágil.

Todo y a todos atraviesa.
Así pues ¡brindemos por el humor!
Que audaz muchacho es.

lunes, 5 de noviembre de 2018

Buscando a Brahms desesperadamente

El ridículo precio de ochenta y cuatro euros el vuelo de ida y vuelta desde mi ciudad –Jerez de la Frontera– me animó a improvisar un viaje a Hamburgo con estancia los días 1 y 2 de este mes de noviembre. Intenté encontrar a Johannes Brahms, pero no le encontré por ninguna parte: la ciudad es grande, dinámica y próspera, pero los terribles bombardeos sufridos en 1943 arrasaron con casi todo lo que podía retrotraernos a la época del autor de El canto de las Parcas. La casa museo, a la que no me acerqué, ni siquiera es la original, sino una recreación moderna realizada en una ubicación más o menos cercana. Eso sí, pude acercarme la primera tarde a la sala de cámara de la Laeiszhalle, próxima a donde efectivamente nació el compositor, para escuchar un recital de violín y piano que incluía la hermosísima Sonata nº 3 del hamburgués.


Artistas para mí desconocidos: Adrian Iliescu al violín y Alina Azario al teclado. Él, concertino de la Sinfónica de Hamburgo, me gustó por su sonido repleto de carne y por su intensidad expresiva. Ella –dice en su biografía que ha actuado en el Maestranza– me pareció una pianista solvente sin más, musical pero un tanto plana e impresonal. Abrieron el programa con la Sonata para violín y piano D 574 de Schubert, que no me dejó especial huella. Continuaron con la Sonata nº 2 de Enescu, que pese al enorme cansancio que tenía en mi cuerpo me dejó conmocionado: ¡qué música más grande! Y qué espléndida interpretación, habría que añadir, toda ella compromiso con los aspectos más intensos y desgarrados de los pentagramas. En la segunda parte llegó la esperada Sonata nº 3 brahmsiana, bien dicha aunque sin nada especial que destacar. Cerraba el programa, en tan obvia como legítima búsqueda de brillantez, Introducción y Rondo capriccioso de Saint-Saëns, buena oportunidad para evidenciar no solo el referido virtuosismo, sino también la intensidad sabiamente controlada de Iliescu. De propina, Debussy arreglado por Heifetz.

En fin, una velada agradable que no terminó de paliar mi frustración por no “oler a Brahms” en su ciudad natal. Paradójicamente lo pude hacer al día siguiente en Bremen, preciosa localidad en cuya catedral se estrenó el Réquiem Alemán. Reconozco que no tenía idea: lo leí en el museo de la misma y quedé hondamente impresionado. No pude resistir la tentación de escuchar unos minutos a través del móvil allí dentro. De escalofrío, se lo juro. Y ya de vuelta a Hamburgo pude realizar una visita a la tumba de C.P.E. Bach y conocer esa Filarmónica del Elba ahora tan de moda, pero eso se lo cuento a ustedes en otra entrada cuando encuentre tiempo para escribirla.