Mostrando entradas con la etiqueta Traub. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Traub. Mostrar todas las entradas

sábado, 30 de abril de 2016

Znaider hace el concierto de Brahms con la Orquesta de Valencia

En mayo de 2004 tuve la ocasión de escucharle el Concierto para violín de Brahms a Gil Shaham en el Palau de la Música de Valencia. Pensé que nunca en mi vida iba a volver a disfrutar esta página tan increíblemente bien tocada en directo, pero lo cierto es que ayer viernes tuve la ocasión de hacerlo, y exactamente en el mismo recinto, esta vez con el grandísimo Nicolaj Znaider como solista. Me compré entrada en primera fila para paladear bien el acontecimiento, y vaya si lo hice. Su sonido es de una solidez impresionante, y además brahmsiano de pura cepa, con un grave carnoso y un agudo de seguridad a prueba de bombas. Su agilidad, abrumadora. Por no hablar de su capacidad para modelar el sonido, claro. Todo ello a cinco metros de un servidor. Imposible escuchar algo aún mejor en el resto de mi vida desde el punto de vista puramente técnico.

Ahora bien, tengo algún reparo en lo expresivo. Esta es una obra sumamente complicada que exige al intérprete atender a dos polos opuestos y complementarios. Por un lado, tensión dramática, rebeldía y no poco amargor: hay momentos de la partitura que exigen al violinista literalmente gemir y llorar con su instrumento, incluso gritar de rabia y dolor. Por otro, nobleza, cantabilidad, ternura y un profundo sentido humanístico sin los cuales Brahms no sería Brahms. Znaider atiende de modo muy convincente a lo primero, pero bastante menos a lo segundo. En este sentido, me recordó al inmenso David Oistrakh por su visión ante todo escarpada y doliente de la página, como también por su ardor digamos viril, por su carácter decidido y por su fuego absolutamente controlado, con la diferencia de que el genio de Odesa, aunque también unitaleral en lo expresivo, llegaba mucho más lejos y conseguía resultados memorables. Lo de Znaider, aun siendo magnífico, no alcanza tan inmensa altura.

Si Shaham tuvo la compañía increíblemente lujosa de Eschenbach y la Orquesta de Filadelfia -leo lo que escribí entonces y veo que me decepcionó un tanto-, Znaider se vio respaldado por la Orquesta de Valencia y Yaron Traub. Este hizo sonar a la formación de la que es titular con un sonido muy apropiado para el compositor -algo nada fácil de conseguir- y reslpaldó la visión expresiva del solista ofreciendo intensidad y extroversión bien entendida, evitando asimismo narcisismos y puntos muertos.

Pelleas und Melisande de Schoenberg en la segunda parte. A la hora de interpretar este monumental poema sinfónico, los directores pueden mirar hacia la sensualidad impresionista, la opulencia y la narratividad straussianas o la racionalidad distanciada del Schoenberg maduro. O también hacia el expresionismo ardiente y desgarrado de su discípulo Alban Berg, vía esta última que fue la que siguió Traub en un clarísimo deseo de llegar al público por la vía más directa, demostrándole que eso de que el universo del compositor de Moisés y Aarón  resulta frío y excesivamente intelectual es mentira. En consecuencia, el maestro de Tel Aviv ofreció una interpretación bastante rápida, tensa y escarpada, de clímax alucinados –incluso ásperos en lo sonoro– y considerable vehemencia dramática, pasándose quizá un poco de rosca: me hubiera gustado una recreación con mayor variedad expresiva, más atenta a las atmósferas, mejor paladeada en los momentos más introvertidos. También más cuidada en el juego de tensiones y distensiones, y más minuciosa en las dinámicas. Entiéndanse estos reparos como menores, porque Traub se mostró sincero, intenso y comunicativo en todo momento, consiguiendo que el público respondiera calurosamente a una obra de un compositor que no se cuenta entre sus favoritos.

La Orquesta de Valencia, por su parte, demostró que puede enfrentarse a una partitura de extrema demanda técnica como este Pelleas, y aunque la batuta de Traub no es precisamente la de mayor depuración sonora posible, se alcanzó un buen rendimiento global –notable planificación de masas sonoras, con más atención a la globalidad que al detalle– y hubo espacio para que evidenciaran gran desenvoltura todos los primeros atriles, entre ellos el oboe que ya se había lucido con su decisiva parte en el concierto brahmsiano.



sábado, 14 de junio de 2014

Réquiem de Verdi en Valencia: un coro sensacional para una interpretación a olvidar

Ya desde la primera intervención a capella quedó bien claro por dónde iba a discurrir la interpretación del Réquiem de Verdi que ofreció ayer viernes 13 de junio, convertido en casual homenaje al tristemente fallecido Rafael Frühbeck de Burgos, la Orquesta de Valencia en el Palau de la Música de la capital: un coro absolutamente de lujo, el Philharmonia Chorus, que no será ya el mítico de tiempos de Wilhelm Pitz pero demuestra mantener la herencia intacta, manejado por una batuta (¡esos reguladores diseñados a hachazo limpio!) vulgar a más no poder, la de un Yaron Traub que ha firmado aquí el peor trabajo que le he escuchado al frente de la formación de la que después de muchos años sigue siendo titular.


No encuentro nada positivo que destacar de su labor. Ni siquiera se puede hablar en esta ocasión de comunicatividad primaria pero efectiva, de inmediatez expresiva o de seductora brillantez, que son las cosas que se suelen decir cuando la interpretación ha sido basta pero al menos ha llegado al oyente: su labor se limitó a hacer que orquesta y coros sonaran lo más fuerte posible en los momentos más espectaculares, y punto. No se debe confundir esto con la teatralidad a flor de piel, el sentido operístico y la electricidad apabullante de un Muti o un Solti (brillantísimos recreadores de la página en una línea muy distinta a la honda reflexión de un Giulini, un Karajan o un Barenboim): el maestro israelí se mostró no solo epidérmico, ajeno tanto a la poesía humanística como a la atmósfera ominosa y al sentido al mismo tiempo rebelde y suplicante de la página, sino también muy tosco a la hora de frasear, de modelar los planos sonoros, de marcar tensiones, de planificar los contrastes... ¡Qué lástima tener un coro así para una interpretación tan de andar por casa! ¡Qué desperdicio!

Maria Guleghina estuvo muy en la línea del director, es decir, a pepinazo limpio y sin detenerse en sutilezas; vocalmente anduvo accidentada (fatal el siempre peligrosísimo sobreagudo antes de la fuga final), y en lo expresivo confundió la obra verdiana con la que a esa misma hora la soprano de Odesa debería haber estado cantando -pues eso sí que lo hace muy bien- con Zubin Mehta unos metros más abajo del Turia: la Turandot de Puccini.

Del tenor César Augusto Gutiérrez solo puedo decir que se mostró sensible en lo expresivo, porque técnica e instrumento no me parecen suficientes para su parte. Enrico Iori fue el típico bajo tremolante, pero al menos fue sonoro y estuvo muy en estilo. En realidad, del cuarteto solo brilló mi siempre admirada mezzo grancanaria Nancy Fabiola Herrera, muy justita en el grave pero cantante y artista de mucha clase, además de una bellísima señora. Suyos fueron los únicos momentos emotivos de una velada decididamente a olvidar.

lunes, 17 de febrero de 2014

Meier trae la primavera a Valencia

Waltraud Meier es mi cantante favorita de los últimos lustros, así que procuro –ya una vez se me escapó su Poema del amor y del mar– no perderme sus comparecencias anuales junto a la Orquesta de Valencia que tienen lugar merced a su estrecha amistad con el titular de la formación, Yaron Traub: un inmenso lujo y privilegio para todos los aficionados levantinos. Esta vez venía con el primer acto de La Walkiria, nada menos, y yo acudí con un poco de miedo dado el lógico deterioro del instrumento que viene evidenciando en los últimos años la enorme mezzo alemana. Pues bien, no me ha defraudado en absoluto. La voz, incuestionablemente, está mermada con respecto a su época de esplendor, por lo que ahora la artista tiene que cantar reservándose, conociendo sus limitaciones, quedándose corta en determinados aspectos y sufriendo algún que otro accidente.

IMGP0257

A mi entender nada grave ocurrió en la tarde del pasado viernes 14 de febrero en la que, de manera casual pero significativa, la ciudad del Turia conocía un maravilloso anticipo de la primavera (“Winterstürme wichen dem Wonnemond…”) climatológicamente hablando. Pero a lo que vamos: Meier cantó de manera notable a Sieglinde en lo técnico y, por descontado, hizo gala de las enormes virtudes expresivas que ya le conocemos, por no hablar de su faceta teatral: ¡qué manera de recrear escénicamente, aunque se tratara de una versión de concierto, todos y cada uno de los pliegues psicológicos que va ofreciendo su personaje! No olvido, no, lo que a ella misma le escuché hace años junto a Plácido Domingo en el Teatro Real, ni tampoco la brillantez vocal que Eva-Maria Westbroeck ofreció con este papel en Valencia precisamente junto al tenor madrileño, pero aun así creo que su recreación de la infortunada welsunga sigue siendo de primera magnitud. Las limitaciones, insisto, cuentan poco frente a semejante derroche de estilo y sensibilidad.

Siegmund fue el veterano Thomas Mohr: voz de heldentenor, poderosa y timbradísima en el agudo, de enorme belleza además, pero con obvios problemas técnicos que deslucieron su irregular interpretación; decepcionantes sus “Wälse”, conseguidos con feos portamenti. Por lo demás canta con estilo y arrojo, aunque sin mucha atención al matiz. Admirable el Hunding de su joven colega Tobias Kehrer.

Le suelo escuchar a los aficionados valencianos cosas malas sobre Yaron Traub. No lo entiendo, la verdad: si algo funcionó de manera insatisfactoria en el plano sinfónico en esta velada fue la orquesta, decididamente muy cortita a la hora de enfrentarse a Wagner, porque el maestro israelí dirigió el primer acto de Walkiria con solvencia y dignidad, ya que no con particular inspiración. Antes, en la primera parte, había ofrecido una estimable obertura de Tannhäuser, un preludio de Tristán realmente espléndido y una liebestod de la misma ópera que, ahí sí, tuvo problemas en el pulso y llegó de manera desafortunada a su clímax dejando caer el peso del mismo sobre la percusión.

Ah, el maestro estuvo muy simpático en su locución inicial presentando el concierto y tuvo la generosidad de convencer a la Meier para tener, al finalizar la sesión, un encuentro con el público –patio de butacas casi lleno– en el que pudimos preguntarle cosas a la artista. Yo aproveché la oportunidad para pedirle que comparase los tristanes de Heiner Müller y de Chéreau, pero los nervios me jugaron una mala pasada y apenas logré explicarme. En cualquier caso, Meier fue tajante: la producción de La Scala es para ella la definitiva de la obra. De la de Bayreuth afirmó que los cantantes trabajaron muy poco con Müller y que su fuerza se basaba en los diseños de producción de Erich Wonder, más que en el teatro. Traub añadió que fue precisamente en esas representaciones cuando ella y la artista se conocieron, pues él hacía de maestro repetidor a las órdenes de Barenboim. ¡Pues que no decaiga la amistad y nos sigamos beneficiando de ella!

sábado, 1 de junio de 2013

Sensacional Khachaturian de Khachatryan en Valencia

Hace poco hablé en este blog de Sergey Khachatryan y su manera de abordar el concierto para violín de Beethoven. Pues bien, ayer viernes 31 ofreció junto a la Orquesta de Valencia el muy vistoso y comunicativo, pero también ruidoso y algo superficial, que Aram Khachaturian escribió en 1940 con dedicatoria a un David Oistrakh que inmortalizó la página en una tremenda recreación para el sello EMI. El violinista armenio -compatriota del compositor, pues- lo grabó en 2003 para el sello Naive junto a la Sinfonia Varsovia y el maestro Emmanuel Krivine.


De esa interpretación apunté en mi bloc de notas lo siguiente:
"Dirección muy notable, bien llevada, menos incisiva que la del propio compositor, y con gran sentido de la sensualidad y la calidez en el segundo movimiento, aunque no logra soslayar la vulgaridad de la escritura en algunos tuttis. Solista espléndido, muy comunicativo y sincero además de pletórico en virtuosismo, que frasea con tanta cantabilidad como concentración y acierta en el sabor popular de la obra sin resultar superficial".
Pues bien, semejante descripción se queda cortísima con respecto a lo que pudimos escuchar ayer en el Palau de la Música de Valencia. Pudo influir la escucha en directo (¡no hay disco comparable con el fenómeno de la música en vivo!), pero mi impresión es que el aún joven artista ha profundizado más aún en la obra en estos diez años transcurridos desde la referida grabación: intensísimo y con no poca angustia vital -aunque no nerviosismo ni excesiva carga de aristas- su primer movimiento, cantado con un lirismo al mismo tiempo evocador y desgarrado el segundo, y luminoso pero no ajeno a los acentos lacerantes el tercero, su recreación se benefició además de un sonido de enorme maleabilidad en volumen, colores y texturas, que es ahí -y no principalmente en la agilidad digital, que de esa también la hubo- donde se demuestra el virtuosismo de un solista. A mi entender, a la altura de Oistrakh. El acompañamiento de Yaron Traub, no muy atento a los aspectos más nocturnales del movimiento central, fue eficaz y se mantuvo venturosamente ajeno a los aspectos más efectistas de la escritura.

De propina, una canción armenia recreada por Khachatryan con una concentración asombrosa y una cantabilidad de gran hondura al tiempo que transida de dolor. ¿Fue consciente el público valenciano de haber asistido a la actuación de un verdadero prodigio del violín? No estoy seguro, porque aunque los aplausos fueron intensos, lo fueron más aún en una Quinta de Tchaikovsky dirigida por el maestro israelí con ardor, sinceridad y ningún interés por los amaneramientos sonoros ni por los decibelios gratuitos, pero un tanto tosca en su planificación y no muy bien tocada por la Orquesta de Valencia, cuyos metales no parecían estar precisamente en el mejor de sus momentos.

En homenaje al maestro José María Cervera Collado, Traub cerró el concierto con una cálida aunque algo primaria recreación del no por celebérrimo menos hermoso Intermezzo de Cavalleria Rusticana.

lunes, 13 de febrero de 2012

Traub, De Maistre y la Orquesta de Valencia para Manos Unidas

Siento muy escasa simpatía por las altas jerarquías católicas, pero creo que dentro de la Iglesia hay un buen número de personas que merecen un reconocimiento mucho mayor del que generalmente reciben. Por ejemplo los misioneros, entre ellos el sacerdote que el pasado viernes 10 presentó en el Palau de la Música el concierto que la Orquesta de Valencia ofrecía en Beneficio de Manos Unidas, y más concretamente de las Mercedarias encargadas de trabajar con mujeres y niños de Mozambique. Apareció vestido con sencillez, por descontado que sin “uniforme”, fue humilde en su breve alocución y no tuvo reparos en confesar que hacían campañas de uso del preservativo (¡si le oyera Ratzinger!) para combatir al VIH, afirmando que según las cifras que manejan éste alcanza casi al 40 por ciento de la población del país africano. Este cura y estas monjas, junto con diferentes seglares de la ONG, se dejan la vida –casi literalmente- en atender a quienes realmente más lo necesitan, así que nosotros lo mínimo que podemos hacer es comprar una de estas entradas –considerablemente más caras que las de un concierto de abono de la misma orquesta- para tener derecho, al menos, de mirarles a los ojos sin que se nos caiga la cara de vergüenza. Lástima que esos chorizos que tan católicos aparentaron ser para forrarse con los sobrecostes de la visita del Papa a Valencia no se pasaran por el Palau: supongo que aún estarían celebrando la absolución del “honorable” Francisco Camps. Así es la vida.

Xavier-de-Maistre-Valencia

Dirigía el evento el titular de la orquesta, Yaron Traub. Comenzó con las Danzas Polovsianas de Borodin -que en principio no estaban en cartel-, y lo hizo muy bien: interpretación brillante pero no pachanguera, dicha con convicción y bien planificada a pesar de alguna pifia por parte de la orquesta. La obra que vino a continuación, el Concierto para arpa de Henriette Renié (1875-1956), me pareció un bodrio considerable por su mortal síntesis de falta de inspiración y mediocridad en la escritura. Si la audición se hizo soportable, incluso grata por momentos, fue por la sensacional intervención de Xavier de Maistre, el prestigioso arpista de la Filarmónica de Viena. Puede tocarse aun mejor –hubo algún pasaje emborronado-, pero no desde luego con mayor musicalidad, pasión, control y capacidad para descender a la sutileza sin perder de vista el trazo global. Traub dirigió con enorme solvencia.

Quinta de Tchaikovsky en la segunda parte. Espléndida labor por parte de la batuta: quizá lo mejor que le he escuchado al maestro israelí. No fue una interpretación ni rápida ni lenta, ni dramática ni épica, ni rústica ni elegante, ni rusa ni occidental. Fue una mezcla de todo con cada elemento en su punto justo; es decir, ortodoxia y sensatez al cien por cien. El trazo fue firme, sin arrebatos ni pérdidas de pulso, pero sin caer tampoco en la rigidez ni en lo cuadriculado, pues el fraseo resultó siempre natural, elegante, dirigido sin prisas pero con decisión hacia los clímax y paladeando sin narcisismos las bellísimas melodías de la partitura. El sonido que Traub extrajo de le la orquesta fue además muy adecuado, con carnosidad en las maderas y plasticidad en la cuerda grave. Puedo reprochar, si acaso, un tercer movimiento sin toda la poesía deseable, así como cierta precipitación en la coda final, pero el resultado global fue superior al que con esta obra consiguen ciertos directores de mayor renombre.

El público -se notaba que no muy preparado: la media habitual de toses, móviles y ruidos varios se multiplicó por cinco- no aplaudió todo lo que semejante recreación se merecía. Aun así, se ofreció como propina una buena interpretación, bastante menos ruidosa y precipitada de lo habitual, de la Danza del sable de Kachaturian. Lo mejor del concierto, en cualquier caso, no estuvo en la música.

martes, 21 de junio de 2011

La Orquesta de Valencia cierra temporada

Dos circunstancias dieron al traste con las ilusiones que me llevaron al concierto con que el pasado viernes 17 de junio la Orquesta de Valencia cerraba temporada. La primera, la sustitución de las Danzas Sinfónicas de Rachmaninov por dos páginas de Tchaikovski de mucho menor interés, el Capricho Italiano y la insufrible Obertura 1812. La segunda, que como la tarde anterior me desplacé hasta Baeza para escuchar a Pascal Rogé (enlace) y me acosté tarde, el cansancio acumulado pudo conmigo durante la primera parte del concierto. Como además la refrigeración del Palau de la Música dejaba muchísimo que desear, no disfruté casi nada de la interpretación de Las campanas, una obra maestra que pocas veces se hace, seguramente porque no es fácil encontrar tres solistas vocales y un coro que se defiendan bien en ruso.

En cualquier caso más o menos me enteré -y tomé notas- de cómo estuvo la interpretación: muy digna. Yaron Traub parece entender bastante bien el universo de Rachmaninov, ofreciendo el decadentismo necesario sin caer en blanduras ni amaneramientos, al tiempo que hace sonar a la orquesta con el punto justo de equilibrio entre rusticidad y elegancia. Si algo hubo que reprochar fue que el primer movimiento incurriera en excesos decibélicos y que el tercero resultara algo masivo y un tanto de cara a la galería. Muy sensual el segundo, y bien el cuarto a pesar de que la magia que debe tener su acongojante conclusión no hiciera acto de presencia.

Entre los solistas hubo desigualdades: al tenor Donald Litaker apenas se le escuchaba en tercera fila (imaginen más lejos), mi admirada Elena de la Merced lució un timbre muy esmaltado (sin evidenciar sus habituales durezas en el agudo) y el joven bajo Denis Sedov realizó una irreprochable labor en su expresivamente muy comprometida parte. El Orfeón Universitario de Valencia salió además más que airoso, así que el público valenciano pudo conocer en buenas condiciones una obra a la que se le debería prestar muchísima más atención. Justamente lo que no ha hecho quien preparó el programa de mano: la ausencia de traducción de los textos cantados (de Edgar Allan Poe, nada menos) resulta imperdonable.

En la segunda parte, quien esto suscribe mucho más despejado y los músicos de la orquesta ya sin sus chaquetas (deberían haberles dado permiso para quitárselas antes: con esa calor no se puede trabajar), Yaron Traub optó por la comunicatividad antes que por el refinamiento. El Capricho Italiano estuvo llevado con buen pulso, mucha vida y una gran dosis de brillantez y luminosidad; los matices en la dinámica y la imaginación estuvieron ausentes. En cuanto a la 1812, en la que los violines primeros chirriaron en algún momento de manera considerable, hay que elogiar el buen equilibrio de planos y la sabiduría del maestro israelí a la hora de evitar blanduras en las secciones líricas. El final, entusiasta a más no poder pero no descontrolado, incluyó cañonazos pregrabados que hicieron levitar al respetable: ya se sabe lo que a los valencianos les gusta una buena mascletá.

sábado, 28 de mayo de 2011

La Canción de la Meier

Escuché ayer decir a un veterano crítico eso de que "la Meier ya no es lo que era". Siento no compartir la apreciación: obviamente su edad se deja notar en algunas limitaciones vocales -y en un físico bastante mermado en su belleza, no vamos a ocultarlo-, pero sigue siendo la enorme artista que siempre ha sido. Para mí es la mejor cantante del mundo. De ahí que me parezca merecidísima la Medalla de Oro del Palau de la Música que, en un ritual que incluía entrada de la mezzo en la sala flanqueada por un par de uniformados -con plumeros en la cabeza- y discurso de las autoridades de rigor. Y de ahí también que, independientemente de la Tosca por Mehta de esta tarde, me haya merecido la pena viajar a Valencia solo por escuchar a la Meier cantando La Canción de la Tierra.

No tengo mucho que añadir a lo que ya escribí en este blog sobre cómo recrea su parte (enlace): expresivamente estuvo sublime. Solo debo reconocer que en "De la belleza" reservó tanto sus recursos que en los exigentes pasajes en staccato -los jinetes y tal- apenas se la escuchó en segunda fila, y por lo visto nada en el piso superior del Palau; que pasó más de un apuro en el grave; y que la primera pareja de "Ewig" sonó algo agria. Por lo demás, ya digo, sensacional, hoy por hoy insuperable por ni una sola artista. Del tenor Thomas Mohr puedo decir que tuvo la voz adecuada. Ahí acaban sus virtudes: pobre legato, fiato insuficiente, línea tosca y sin flexibilidad. Donde mejor estuvo fue en "El borracho en primavera", pese a un puntual uso del falsete. "De la juventud", insufrible.

La Orquesta de Valencia no tuvo una buena noche ayer viernes 27. Cuanto más la escucho a ella y a su titular, más me da la impresión de que Yaron Traub no logra extraer el mejor partido posible: el maestro tiene las ideas bastante claras sobre cómo debe sonar Mahler, y además me parece que son ideas muy acertadas (más expresionismo que decadentismo), pero tiene que trabajar mucho más cosas como las entradas, el empaste de cada una de las secciones, el equilibrio de planos sonoros y la acumulación de tensiones. La dirección de Das Lied von der Erde fue buena, sin más. El escalofriante Adagio de la Décima Sinfonía que la precedió resultó más irregular: comenzó estupendamente y, tras un galimatías en los primeros violines en torno al minuto 16 -duró 25-, se llegó a los clímax sin tensión suficiente, y a partir de ahí se impusieron la rutina y hasta el aburrimiento. Claro que, ¿cuántas veces se tiene la oportunidad de escuchar en directo eso de "Die Sonne scheidet hinter dem Gebirge" en la voz de Waltraud Meier? Pues eso mismo. Noche inolvidable.

miércoles, 23 de febrero de 2011

Daniel Barenboim: de Valencia a Madrid con Liszt y Schubert

Se cerró anoche en Valladolid la pequeña gira por España que ha ofrecido en su faceta de pianista Daniel Barenboim con partituras de Liszt y Schubert, dos autores que no ha frecuentado especialmente a lo largo de su ya prolongadísima carrera; al menos, no tanto como a Mozart o Beethoven, que son piezas angulares de su repertorio. Los dos programas que le he escuchado, los conciertos de Liszt en Valencia y dos sonatas schubertianas en Madrid, han dejado bien claro que el de Buenos Aires no se encuentra en su mejor momento en cuanto a dedos, lo que quedó meridianamente claro en las hipervirtuosísticas partituras del autor de la Sinfonía Fausto, pero sí en una fase de particular madurez, creatividad e inspiración. La que le convierte, a mi modo de ver, en el más grande –por completo, profundo y comprometido- intérprete musical de nuestros días.

Liszt en Valencia

En el Palau de la Música de la ciudad del Turia actuó junto a la Orquesta de Valencia por mediación del titular de la misma, Yaron Traub, antiguo asistente del maestro. El artista tocó los dos conciertos con enorme esfuerzo físico, lo que creo que no le sienta mal a estas partituras. El concepto de “lucha” del intérprete contra la materia es, como el propio Barenboim ha señalado en sus escritos, una parte indispensable de la interpretación en un Beethoven, y me parece que la misma idea se puede aplicar a Liszt. Otra cosa, claro está, es que hubiera una importante cantidad de imprecisiones, roces y notas falsas. ¿Importó? Muy poco, porque la manera en que el artista buceó en las múltiples facetas expresivas de las partituras fue portentosa. No solo atendió, como en él era de esperar, a los tintes oscuros, turbulentos y hasta macabros de la escritura lisztiana, sino que además hubo mucho de sensualidad, de vuelo lírico y de emotividad, como también de carácter épico y triunfal, aunque esto último sin la menor retórica. Y todo ello jugando muy peligrosamente con el delicado equilibrio entre mente y corazón, arriesgándose a cometer tropiezos con tal de conseguir los fines expresivos necesarios; lo importante no es la perfección formal, sino el concepto, por lo que no cabe una sola frase musical que no tenga un “significado” más allá de la brillantez sonora. El resultado, con todos los reparos de ejecución que se quieran poner, fue absolutamente genial. Quizá Arrau, en su increíble grabación con Sir Colin Davis, haya llegado aún más lejos en lo que a poesía se refiere, pero no en riqueza de concepto, densidad filosófica e incandescencia emocional.

La enloquecida, furiosísima y arrebatadora coda del Primer concierto –ofrecido en segundo lugar- arrancó encendidos aplausos que fueron correspondidos por tres propinas en las que de nuevo Barenboim hizo gala de un fraseo de impresionante naturalidad en su respiración, una riquísima paleta de colores y una potencia creativa inigualable: la Consolación nº 3 de Liszt, el onírico Vals olvidado No. 1 del mismo autor y nada menos que la Polonesa Heroica de Chopin, página en la que de nuevo se arriesgó muchísimo –con los comprensibles tropiezos- con el fin de arrojar mil y una luces nuevas sobre tan manoseada partitura. ¡Qué manera tan distinta, lírica y digamos “humanística”, de enunciar el celebérrimo tema principal! Increíble.

Yaron Traub, por su parte, realizó la noche del viernes 18 de febrero el más convincente trabajo que le he escuchado hasta la fecha, dirigiendo con enorme solvencia los dos conciertos y acertando con las piezas orquestales que completaban la sesión. Les Préludes de Liszt estuvieron muy bien trazados y ofrecieron un enfoque ante todo épico y extrovertido sin caer en la ampulosidad; un poco más de sensualidad no le hubiera venido mal. En cuanto a la obertura de Maestros Cantores, el resultado me recordó -salvando las distancias- a mi versión favorita, la de Barenboim con la Orquesta de París: lenta, muy bien paladeada en sus melodías, mucho antes lírica que chispeante y conducida con singular grandeza hacia un final cálido y sin pizca de retórica. Sobraba, eso sí, alguna excentricidad. Por otra parte Traub debe trabajar más aún determinados aspectos técnicos, toda vez que la orquesta, en la que los violines estaban colocados acertadamente de manera antifonal, presenta serias limitaciones. No obstante hay que quitarse el sombrero ante el chelista Iván Balaguer, impresionante en el bellísimo solo del Segundo concierto lisztiano.

Schubert en Madrid

La tarde del domingo 17 le escuché el recital Schubert que ofreció en el Auditorio Nacional. No pudo haber mayor diferencia con lo presenciado esa misma mañana en el mismo recinto madrileño, es decir, el Tercero de Rachmaninov por Yuja Wang ya comentado por aquí (enlace): frente a la aséptica e insensible perfección técnica de la pianista china, la imperfecta poesía del de Buenos Aires. O sea, la música de verdad –emoción más reflexión, a partes iguales- frente al más vacío virtuosismo al servicio de la nada. En cualquier caso lo más apasionante para quienes admiramos desde hace mucho el arte de Barenboim es ver cómo están cambiando sus maneras de ver las cosas. No sólo es que interprete ahora el Schubert pianístico mucho mejor que antes (¡pianista en decadencia, dicen algunos!), sino que en líneas generales su concepto de la interpretación musical es ahora más rico y, al mismo tiempo, más esencial. La evolución comenzó a notarse con su Clave bien temperado y la última grabación de las Sonatas de Beethoven, y se puede detectar en su Tristán milanés, en sus más recientes interpretaciones de Bruckner, en su Chopin filmado en Varsovia o en este Schubert. En las notas al programa Luis Gago se preguntaba si en estas sonatas D. 894 y D. 958, antepenúltima y penúltima de su autor respectivamente, podrían corresponder a ese “Late Style” del que hablaba Edward Said en su libro póstumo (editado en castellano por la Fundación Barenboim-Said, dicho sea de paso). Y yo me permito preguntarme ahora si el de Buenos Aires, tras sesenta años de carrera, ha entrado ya en su particular estilo tardío. Un estilo que estaría caracterizado por una parcial -y solo parcial- renuncia a ese denso y profundo sentido trágico que tantas veces le ha llevado a no hacer concesiones, para enriquecer el concepto con aspectos tales como la delicadeza, la ternura y, por qué no, la espiritualidad trascendida. Tal vez triunfa finalmente en Barenboim el espíritu sobre una materia “desmaterializada” en su divina imperfección formal, como en Miguel Ángel o en El Greco al final de sus vidas. O como en un Furtwaengler, un Celibidache o un Giulini, podríamos añadir.

Sea como fuere, su interpretación de las dos sonatas fue sensacional. Los tempi, más bien lentos, permitieron paladear las melodías con la mayor cantabilidad posible, pero el pulso no se vino abajo en ningún momento. El fraseo fue siempre natural, fluido, elegante, y estuvo matizado con tanta flexibilidad como sutileza, atendiendo particularmente al peso de los silencios y de los acordes. El toque fue riquísimo en su pulsación, tanto en dinámica como en colorido (¡qué mano izquierda!), sin necesidad de exagerar los contrastes pero sin caer tampoco en la tentación de buscar la belleza sonora en sí misma. Muy sensible el pedal, elegantísimo el legato, pero sin rastro de dulzonería. E impresionante la planificación de las tensiones en cada movimiento y hasta en cada frase, todo ello sin que el equilibrio digamos “clásico” y el sentido de lo apolíneo se resintieran lo más mínimo. Interpretaciones excelsas, pues, en las que quisiera destacar el tercer movimiento de la Sonata en Sol Mayor y los dos extremos de la Sonata en Do Menor, realmente creativos. En las propinas, el Momento musical nº 3 y el Impromptu Nº 2, páginas que había grabado para DG en los años setenta, quedó bien claro lo mucho que ha profundizado en el mundo schubertiano un Daniel Barenboim que es cada día un pianista más genial y admirable. Lástima que, como les contaré en una próxima entrada, apenas pude disfrutar de tan excelso recital por culpa de la energúmena que me tocó al lado. ¿Cómo es posible tener tanta belleza delante y llevarse todo el tiempo navegando por internet con el móvil?

sábado, 16 de mayo de 2009

Meier se quita una espina en Valencia

Hace ahora poco más de un año pasé uno de los peores momentos que recuerdo en mi vida de melómano: mi adoradísima Waltraud Meier, para mi gusto la más admirable cantante de ópera del panorama internacional, se quedó sin voz cuando cantaba el tercero de los Cuatro Últimos Lieder de Strauss en el Teatro de la Maestranza. Fuero unos segundos terribles, interminables, y aunque la mezzo resolvió el resto del recital (Joseph Breinl la acompañaba al piano) con su enorme sabiduría, me quedó un regusto amargo que permaneció en mi paladar cuando le vi por la televisión su Siegliende con Barenboim y la Orquesta del West-Eastern Divan en Ravello.

Ayer, viernes 15 de mayo, Meier se sacó la espina. En el Palau de la Música de la Ciudad del Turia y muy correctamente acompañada por la Orquesta de Valencia y su titular Yaron Traub, cantando de nuevo la obra postrera de Richard Strauss, la excepcional cantante parece haber ya superado su bache vocal. Por descontado que la voz no es la de antaño, y las desigualdades -en el grave, sobre todo- se hacen bien patentes. Pero ahí están la cremosidad del instrumento, la morbidez de su legato, la claridad de la dicción, la sabiduría a la hora de controlar la respiración y, en general, la lucidez a la hora de administrar recursos que la caracterizan.

Que, de nuevo, la Meier evidenciara ser menos sutil y expresiva en el campo del lied que en la ópera importa poco. Fue la suya una recreación hermosísima en lo puramente canoro, estilísticamente impecable y dotada de ese distanciamiento digamos "aristocrático", de "llama fría", que suele venir asociado con su arte. Un acercamiento no exactamente otoñal pero sí "metafísico", pues, mucho antes espiritual que terrenal, lo que parece sentarle muy bien a esta música. De propina, un "Morgen" igualmente más allá del bien y del mal. Yo lo escuché con lágrimas en los ojos.

La Novena de Bruckner de la segunda parte no tuvo el menor interés. Yaron Traub, asistente de Barenboim en Bayreuth, dirigió con buenas intenciones expresivas y sin sacar los pies del plato, pero se mostró incapaz de dotar de continuidad al discurso, flácido y deslavazado ya desde la introducción. La Orquesta de Valencia, que me pareció en baja forma (¿quizá por las deserciones al Palau de Les Arts?), se quedó corta a la hora de satisfacer las demandas de la genial partitura. Me aburrí mucho, y eso que se trata de una de mis obras favoritas. Ahora bien, la espera mereció la pena, porque la paciente Meier aguardó una hora extra en el Palau para atender a los muchos aficionados que la aguardábamos. La artista tiene mucha clase, pero de diva, afortunadamente, ni un pelo.

PS. Acabo de descubrir que hay una foto del nuevo look de la Meier en el blog de Maac (enlace).
PS2. En el blog de Atticus hay otra crónica del recital (enlace). Parece que todos coincidimos en la excelsitud de la Meir y en la mediocridad de la orquesta valenciana y de su director.

Sinfonía nº 4 de Mendelssohn, "Italiana": discografía comparada

Esta comparativa de la Sinfonía Italiana de Mendelssohn la publiqué inicialmente el 2 de junio de 2024. He añadido Solti/Israel, Solti/Viena...