Un cajón de sastre para cosas sobre música "clásica". Discos, conciertos, audiciones comparadas, filias y fobias, maledicencias varias... Todo ello con centro en Jerez de la Frontera, aunque viajando todo lo posible. En definitiva, un blog sin ningún interés.
domingo, 8 de junio de 2014
Pogorelich en Úbeda: impresentabilidad extrema
La velada empezó, con un poco de retraso, haciéndole entrega del premio anual que concede la Asociación de Amigos de la Música de Úbeda. En el discurso se dijeron tres cosas: que es un artista extraordinario, que hay que admirar sus colaboraciones con causas altruistas y que es una suerte que haya vuelto a los escenarios después de haber estado retirado durante varios años tras el fallecimiento de su esposa. Tras esta breve intervención no hubo agradecimiento por parte del pianista, que invitó a quienes le hacían entrega del galardón a volver "a camerinos”. Tras unos minutos de inquietud apareció el director del festival, Antonio Sánchez Montoya, a quien le tocó dirigirse al respetable: Pogorelich había detectado móviles encendidos en la sala, de tal forma que si veía a alguien tomando fotos, “el concierto finalizaría inmediatamente”.
Tuvimos que esperar otra vez varios minutos antes de que Pogorelich se dignara a salir al escenario. “Nueva bronca”, pensé; más tarde se vería que estuve acertado. Finalmente el divo se sentó al piano: jamás he visto a pianista más distante y engreído en sus ademanes, ¡Hasta para quitarse una pelusa de la chaqueta resulta estirado! Por supuesto, la presencia de una chica pasando las páginas era absolutamente innecesaria.
Abría el recital la Sonata nº 8, Patética. Las cosas quedaron claras desde el principio: claridad digital extrema, amplísima gama dinámica y riquísimos colores frente a un sonido muy poco adecuado para el genial sordo de Bonn, un fraseo desinteresado por el legato y por el carácter orgánico de la escritura beethoveniana, rebuscamiento a la hora de colocar acentos y, desde luego, grave frialdad expresiva. Aquello estaba soberanamente bien tocado, pero no había quien se lo creyera. De humanismo beethoveniano, ni hablemos.
Sin apenas levantarse del asiento ni dirigir el más pequeño gesto de agradecimiento (o sea, de respeto) al público, Pogorelich desgranó el Rondó op. 129 beethoveniano de manera admirable, poniendo no solo su impresionante técnica sino también su gran instinto musical al servicio de la partitura, no de sí mismo. ¡Bravo!
Y ahí acabo la cosa, porque en el movimiento inicial de la Sonata op. 54, nº 22, ese mismo que interpreta formidablemente Javier Perianes, el pianista croata realizó el mayor destrozo de una partitura que ustedes puedan imaginar. Las notas se encontraban ahí, sí, pero las demás indicaciones estaban alteradas sin coherencia, sin sentido, sin discurso musical: todo sonaba artificial, forzado, pretencioso, cuando no abiertamente ridículo, además de terriblemente desarticulado en su arquitectura. El segundo movimiento funciono muchísimo mejor, porque aquí a Pogorelich se le acabaron las ocurrencias, pero ya era demasiado tarde.
Tras el intermedio, volvió a subir al estrado el director del Festival: “el maestro nos exige que pidamos disculpas por las falsedades que hemos dicho sobre él en el discurso de la entrega del premio”. ¿Será imbécil? En muchos sitios se puede leer que Pogorelich dejó la actividad pianística afectado por la muerta de su maestra y esposa, y si eso no es del todo cierto, pues se lo comenta en privado a los organizadores al terminar el concierto y santas pascuas. No necesita que le pidan públicamente disculpas. Más bien es usted quien debería pedírselas a Beethoven por lo que hizo a continuación con su Sonata nº 23, Appassionata, con esos acentos ridículos y esos parones interminables ajenos a cualquier idea expresiva detrás. Otro destrozo en toda regla, vamos. Recuerdo lo que me dije a mí mismo cuando terminó: si a Gulda le puse de “nota” un 4 en la comparativa que realicé en este blog, a Pogorelich no le pondría más de un 2. Aberrante.
Se cerró oficialmente el recital con la breve y apolínea Sonata nº 24, A Teresa. No recuerdo muy bien lo que me pareció, la verdad, porque yo estaba ya por los suelos; en cualquier caso, estuvo en la misma línea que la anterior.
La propina llegó de manera inmediata, sin esperar aplausos: algo lejanamente parecido al Nocturno op. 48 nº 1 de Chopin, pero que en manos de nuestro artista sonaba a Scriabin. Por cierto, ¡qué increíble crescendo en medio de semejante lección de pretenciosidad y divismo! Si Pogorelich quisiera, podría ser el mejor pianista del mundo. No será así: lo que le interesa es demostrar su “verdad revelada” al resto de los mortales. Y no dejó de haber entre el público quienes salieron creyendo haber visto a Dios.
sábado, 10 de mayo de 2014
María Bayo visita Úbeda
El 9 de octubre de 1996 escuché en Sevilla un recital lírico de María Bayo con obras de Canteloube, Rodrigo y Granados –acompañaba al piano una tal Tatiana Kriukova– que me marcó como melómano. El de ayer viernes 9 de abril de 2014 inaugurando el XXVI Festival de Úbeda, distó de producirme las sensaciones que me dejó aquel. Puede deberse en parte a la acústica de la iglesia del Hospital de Santiago, que crea una sensación de distanciamiento poco adecuada para la canción más o menos íntima –en aquella memorable ocasión estuve en primera fila del Maestranza–, pero las razones hay que encontrarlas sobre todo en que las cosas han cambiado. Para ella y, sobre todo, para mí.
El instrumento de la artista ya no es el mismo. No puede serlo. Entonces brillaba en todo su esplendor. Ahora el grave suena desguarnecido y el agudo no muy grato, aunque la soprano de Fitero no lo vea así y se recree a gusto en notas que a mí me suenan algo duras. ¿Esto es importante? Creo que no, porque el centro suena con el maravilloso esmalte de siempre, porque su destreza técnica sigue siendo considerable –dosifica sin problemas el fiato, administra bien los reguladores, cuida muchísimo la dicción-, y sobre todo porque no creo que el principal objetivo de un recital de canciones francesas y españolas sea hacer exhibición de frescura vocal, aunque esta tenga su importancia
La razón de que no me emocionara como entonces hay, pues, que buscarla en que yo mismo he cambiado como melómano; mis gustos se han modificado, quiero suponer que para mejor, y ahora encuentro aspectos expresivos en María Bayo que no me satisfacen: a veces me suena un tanto pizpireta, de una chispa poco natural y un punto cursi. Solo a veces, desde luego, en función de su sintonía con el repertorio que se le pone por delante y de las demandas de éste.
El programa ubetense se movió de Francia a España pasando por Cuba. Primero vinieron seis canciones de George Bizet, dicha con exquisitez, frescura y un punto de picardía, más que de sensualidad, aunque sirvieron más calentar la voz que para otra cosa, porque musicalmente no parecen valer mucho. En conjunto fue un prólogo agradable pero más bien frío. Más me gustaron las tres bonitas –solo eso– Canciones Xacobeas de Antón García Abril, donde la artista lució delicadeza, ensoñación en su punto justo y galanura en la primera y la tercera, para en la segunda (“Cantiga de amigo”) ofrecer hondos acentos dramáticos.
La calidad musical y la implicación emocional de la soprano subieron varios grados con las canciones de Ernesto Lecuona sobre versos de Juana de Ibarbourou, moviéndose la artista como pez en el agua en su belleza melódica y variedad expresiva, siempre con ese carácter un punto afectado (¡ay, ese parlato!) propio de la artista. En cualquier caso, hubo ahí grandes destellos de lo que fue aquel recital de 1996 que me emocionaron mucho. Arriba tienen un vídeo pirata de YouTube que debe de ser reciente: merece le pena disfrutarlo.
Ya pasando a la zarzuela, me interesó menos el aria de entrada de la protagonista de la Cecilia Valdés de Gonzalo Roig, cantada con enorme desparpajo pero con un punto de cursilería. Algo parecido puedo decir de las célebres carceleras de Las hijas del Zebedeo, de Chapí: ahí estuvo la Bayo bastante redicha.
El carácter pizpireto de la artista sí que le vino muy bien a la Tarántula de La tempranica, primera propina; la rápida reacción del pianista acompañante, Rubén Fernández Aguirre, y la simpatía de la soprano dejaron esta circunstancia como simpática anécdota. Se cerró la velada con una muy hermosa recreación de Se equivocó la paloma, preciosa canción de Guastavino sobre Alberti, y otra no tan convincente de Cantares, de Turina.
Dos cuestiones organizativas: el recital empezó con un cuarto de hora de retraso y se echó de menos una lupa para leer las letritas del minúsculo programa de mano. Los melómanos ubetenses, por su parte, quedaron francamente mal: el recinto estuvo lejos de llenarse, tratándose de una inauguración, de toda una María Bayo, y de entradas –las más caras, yo me saqué fila siete– a 25 euros. Nos quedamos sin público, señores
sábado, 21 de mayo de 2011
Lo mejor, el marco histórico
Los cuatro artistas son o han sido miembros de la Staatskapelle de Berlín, y eso se nota para bien tanto en la sonoridad oscura y rica en armónicos del conjunto, como en una línea interpretativa muy tradicional -en el buen sentido- que prima la cantabilidad y el equilibrio sin menoscabo de ofrecer aristas cuando ello es necesario. En este sentido, el Cuarteto nº 8, op. 59 nº 2 (segundo de los tres Rasumovsky) se benefició de un estilo muy beethoveniano que tuvo en cuenta las aportaciones más visionarias del genio de Bonn; el cuarteto La alondra recibió una interpretación más “romántica” que “clásica” en la que, por desgracia, se echó de menos una más rica variedad expresiva, decayendo en un minueto más bien pesadote y sin gracia, mientras que La Muerte y la Doncella, sin sonar del todo a Schubert, ofreció un fraseo noble y cálido que careció del sentido de los contrastes deseable.
El principal problema, en cualquier caso, fue de carácter técnico. Wolf-Dieter Batzdorf, nada menos que el concertino de la orquesta de Barenboim, evidencia de manera considerable las limitaciones de la edad con constantes desafinaciones y más de una confusión de la que sus compañeros no se lograron soslayar, hasta el punto de que en el sublime segundo movimiento de la página schubertiana hubo momentos de verdadero galimatías. Sascha Riedel al violín y Eberhard Wünsch a la viola cumplieron con solvencia, mientras que Franzisca Batzdorf (hija del primer violín, supongo) sacó un hermoso sonido a su violonchelo sin lograr que el conjunto empastara. Por otra parte, y olvidándonos de las limitaciones digitales, hubiera sido deseable un número mayor de ensayos para evitar los numerosos desajustes que se produjeron e inyectar una mayor seguridad, tensión interna e imaginación a las interpretaciones, que a la postre, y pese a las buenas intenciones expresivas arriba apuntadas, terminaron resultando inevitablemente aburridas. El público, de una media de edad bastante elevada, no fue muy abundante que digamos, y se notaron deserciones durante el intermedio.
domingo, 31 de mayo de 2009
Leonhardt encadenado
Y es que Leonhardt parece encadenado a esa marcada austeridad que él mismo contribuyó a convertir en emblema de la escuela holandesa. Con él no hay concesiones de cara a la galería: sobriedad, concentración, equilibrio y densidad digamos “filosófica” son sus señas de identidad al clave. Hasta ahí, perfecto. Lo que pasa es que hoy sabemos que este repertorio puede, y a veces debe, recibir una dosis mucho mayor de flexibilidad, contrastes, voluptuosidad y fantasía.
Con planteamiento tan espartano, no debe extrañar que la de por sí sobrias músicas de Louis Couperin y de Johann Jakob Froberger que ocupaban la primera parte del programa, a lo largo nada menos que de cincuenta y cinco minutos, nos obligara a realizar un especial esfuerzo de concentración para disfrutar de sus bellezas.
La segunda parte, por el contrario, supuso un alivio al trasladarnos de la severidad del XVII a la gracia y ligereza bien entendidas de la corte de Luis XV, con una amplia selección de las suites para clave de Forqueray que encontró en un Leonhardt igualmente austero pero ahora más comunicativo un admirable defensor. El magnifico instrumento gentilmente cedido por Pilar Tomás contribuyó a la excelencia de los resultados.
Siendo precioso el gran salón que alberga el archivo histórico -en el ático del edificio- y contando éste con una acústica espléndida para el clave, hay que lamentar que un significativo tanto por ciento de los asistentes (calculo que en total habríamos ciento treinta o ciento cuarenta) saliera huyendo tras la primera parte. Por mucho que ésta fuera exigente, disfrutar de tan mítica figura de la música en un recinto así, tan bello, y con tanto recogimiento por parte de todos cuento allí nos encontrábamos, es una delicatessen que debería ser más apreciada.
miércoles, 27 de mayo de 2009
Philips Glass en Úbeda
En el marco del XXI Festival Internacional de Música y Danza Ciudad de Úbeda pude asistir (domingo 24 de mayo) a uno de los concierto de cámara que está ofreciendo Philips Glass en una gira española en la que le acompañan la cellista Wendy Sutter y el percusionista Mick Rossi. El veterano compositor estadounidense (ya claramente “arrugado”: ¡qué rápido nos hacemos viejos!) cambió el programa como le dio la gana, y como su vocalización al hablarle al publico es deficiente no me enteré muy bien de qué piezas nos estaban ofreciendo.

Vaya por delante que conozco poco y mal la obra de Glass, pero a tenor de lo escuchado en esa magnífica obra de Vandelvira que es la iglesia del Hospital de Santiago se confirma la impresión que ya tenía: cuanto más “comercial”, “cinematográfica” si se quiere, es su música, mayor interés reviste, y cuanto más “elucubradora”, más pesada y pretenciosa se vuelve.
Así, sus partituras para el cine (no pillé ni un solo nombre) se apegan todas a unas mismas fórmulas tan tramposas como seductoras, y quizá por eso mismo tienen su aquél. Pero páginas como sus recientes Song and poems for cello, en presunto homenaje a Bach, son un muermo insoportable, aunque el propio el compositor se las cree a pies juntilla: a dos metros de distancia de donde estaba mi asiento, Glass las escuchaba, absorto, con los ojos cerrados. O quizá se estaba durmiendo, vayan ustedes a saber.
Wendy Sutter, de soberbia técnica y precioso sonido, sacó toda la música posible de las irregulares partituras que se le ponían por delante. Mick Rossi, admirable percusionista, mostró también unas espléndidas facultades al piano. Pero el propio Glass anda más bien torpe al teclado y, aunque le puso ganas al asunto, no se lució precisamente con la selección de sus Metamorphosis. El concierto fue largo: una hora cuarenta y cinco minutos sin intermedio. Yo me lo pasé bien a ratos y en otros momentos me aburrí. En cualquier caso, una presencia de lujo para Úbeda. ¿Alguien lo duda?
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