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martes, 19 de enero de 2016

Sansón y Dalila a cañonazos

Lo más llamativo del Sansón y Dalila que está ofreciendo el Palau de Les Arts ha sido, para mí, la dirección musical del nuevo titular, el milanés Roberto Abbado. Por decepcionante. Nunca había escuchado al sobrino de Don Claudio y la verdad, a tenor de su relativo prestigio internacional y de su buena cantidad de discos, esperaba otra cosa. Pues no: este señor tiene técnica, porque la magnífica Orquesta de la Comunidad Valenciana sonó como en sus mejores noches, pero desde el punto de vista expresivo deja bastante que desear, al menos en Saint-Säens. Hubo en su dirección brío, vehemencia bien controlada nada de nerviosismo ni de precipitación y un agudo sentido teatral. También hubo amplitud en el fraseo y concentración en momentos fundamentales como el dúo del segundo acto. Pero se echaron muchísimo en falta vuelo lírico y sensualidad en los pasajes amorosos, hondura en los lacerantes y, en general, variedad expresiva y riqueza de acentos. Imaginación, vaya. La magia sonora que emana de los inspiradísimos pentagramas del compositor francés brilló por su ausencia.

No fue eso lo peor de la batuta, sino su constante tendencia al abuso decibélico, algo limitada en el segundo acto pero bastante molesta en el primero y en parte del tercero. El resultado de tales excesos no fue solo de mal gusto musical, sino también problemático en lo técnico, porque por momentos incluido el decisivo y bellísimo arranque al coro no se le escuchaba. Y no piensen que era por la ubicación de mi asiento, porque ahí me pongo siempre y no suele percibirse semejante desequilibrio de planos sonoros.


El Sansón de Gregory Kunde me empezó defraudando, no por tener hueco el centro de su tesitura sino por el carácter lineal de su aproximación, pero poco a poco se fue calentando no solo en voz sino también en lo expresivoy, ya en el tercer acto, ofreció una recreación vibrante, entregadísima y llena de sentido dramático. Cantar sin movilidad en las piernas un accidente estuvo a punto de dejarle fuera de la producción es un mérito enorme, y más a su avanzada edad. Bravo por él.

Probablemente la voz de Varduhi Abrahamyan no sea la ideal para su parte, que necesita mayor cuerpo y unos graves más consistentes. Pero es una voz bella, homogénea, muy bien emitida, en manos de una artista que frasea con gusto exquisito y mucha adecuación estilística, que dice sus embriagadoras arias con enorme belleza ya que no toda la voluptuosidad posible y que se mueve muy bien en escena. Hace, en cualquier caso, una Dalila más fina que de rompe y rasga, que necesita aún una vuelta de tuerca en lo expresivo para paliar sus relativas limitaciones vocales.

André Heyboer estuvo correctísimo como Sumo Sacerdote y Alejandro López cumplió como Abimélech, pero Jihoon Kim ofreció un Viejo hebreo más bien ululante. Magnífico el Coro de la Comunidad Valenciana, tan relevante en esta obra: gracias a ellos y a la orquesta, el nivel musical de la interpretación subió de manera apreciable.

Teatralmente no es esta una obra sencilla de hacer, en primer lugar por su evidente carácter oratorial, y en segundo lugar por lo fácil que resulta caer en el ridículo: hace poco me repasé la producción de la Ópera de San Francisco a cargo de Nicolas Joel con Domingo y la Verret y me partí de risa. Precisamente alejarse del kish y buscar nuevas lecturas era la gran baza con la que contaban los chicos de La Fura dels Baus, quienes además saben ofrecer recursos muy atractivos tanto desde el punto de vista puramente visual espléndido el ballet del primer acto como desde el dramático, y solucionar de manera satisfactoria problemas de última hora como el accidente de Kunde. Comparto además la idea que me ha parecido ver detrás de la realización coordinada por Carlus Padrissa: una sociedad que gira en torno a la religión y que puede recurrir a la violencia para defender su teocracia frente a otra entregada al hedonismo consumista y alienante que no duda en sacar las entrañas a la población aquí literamente, aunque se trate de una metáfora como sacrificio hacia el dios del dinero. Hasta ahí, perfecto.

El problema es que La Fura se repite mas que el ajo, y las buenísimas o no tan buenas ideas que van pasando por el escenario las hemos visto ya mil veces, desde las linternas que lleva el coro sobe la cabeza las recuerdo hace ya muchos años en el Martirio de San Sebastián de la Zarzuela hasta las insistentes creaciones videográficas, por no hablar de los señores dando vueltas en el aire. Además, por una vez y sin que sirva de precedente, la resolución de la Bacanal sacan a presuntos miembros del público, los desnudan, abusan de ellos, los cuelgan del techo y los abren en canal me ha parecido no solo muy desajustada con la música, sino efectismo barato de mal gusto. Por no hablar de la provocación gratuita de presentar al Viejo hebreo como un terrorista suicida. Que sí, que soy de los que opinan que a la ópera también se va a reflexionar sobre la actualidad: simplemente, este título no es la ocasión más apropiada para hacerlo.

En resumidas cuentas, una noche hablo de la del pasado domingo 17con cosas francamente buenas, pero en exceso desigual. A mí Abbado y Padrissa me molestaron lo suficiente como para no meterme en la obra. ¿Funcionará mejor mañana día 20 bajo la batuta de Plácido Domingo?

miércoles, 22 de junio de 2011

Impresionante Respighi de Prêtre en Les Arts

Presentó el pasado fin de semana el Palau de Les Arts tres funciones de un concierto-espectáculo (sic) consistente en interpretar la trilogía romana de Respighi bajo la dirección de George Prêtre acompañada de una imaginería visual a cargo de Carlus Padrissa que terminó siendo una proyección de diseños por ordenador –más algunas filmaciones reales- sincronizada con juegos de luces. Todo ello en el Auditori diseñado con enorme belleza y discreta acústica por Santiago Calatrava y con el concurso de la Orquesta de la Comunidad Valenciana ¿Resultados? A mi entender, interesante lo de La Fura y portentoso lo del veteranísimo maestro francés.

Y es que Prêtre, a sus ochenta y siete años, dio una verdadera lección tanto de técnica de batuta como de creatividad e inspiración, superando -sobre todo por contar con una fabulosa orquesta a su disposición- las interpretaciones del año pasado que comentamos en este mismo blog en las que dirigía a la Orquesta de la Scala (enlace). La de Valencia ha sido además muy superior a la más convencional y menos creativa interpretación en Sttutgart disponible en Youtube, de la que abajo he incluido un fragmento. En cualquier caso la línea ha sido la misma: puramente francesa, y por ende en el extremo opuesto a la de un Toscanini o un Muti, lo que significa que las asperezas tímbricas, las tensiones rítmicas y los aspectos más modernos de estas partituras fueron suavizados para priorizar la sensualidad, la atmósfera y el carácter contemplativo. Opción discutible, pero tan bien realizada que termina dejándonos clavados en el asiento.

La música

Comenzó la velada con Fiestas Romanas, la partitura más reciente de las tres y la menos adecuada a la opción “impresionista” de Prêtre: a los leones de “Circenses” les faltó fiereza y a los peregrinos de “El Jubileo” carácter agónico. Pocas veces, sin embargo, se ha escuchado “L’Ottobrata” con tan cálida y ensoñada sensualidad, y creo que nunca jamás tan claro -aunque sí más virulento- el complicadísimo entramado orquestal de “La befana”; muy conseguido además al “bamboleo” popular y verbereno de este último movimiento, aun a costa de algún desajuste en la función del sábado, no así en la del domingo (no tuve más remedio que repetir ante semejante maravilla).

En Fuentes de Roma Prêtre rozó el cielo haciendo gala de un portentoso sentido de la agógica, con tanta firmeza como flexibilidad, y de un sentido del color propio del más experimentado maestro. Las brumas del amanecer en Valle Giulia estuvieron inmejorablemente elaboradas, lo mismo que la elegancia acuática del tritón, aunque lo más memorable llegó con Trevi: a nivel puramente técnico, lo que hizo el maestro con las texturas “espumosas” tras el clímax y la subsiguiente ralentización del tempo ha sido probablemente de lo más increíble que se ha escuchado en Les Arts, Maazel incluido, aparte de mostrar un riesgo y una creatividad que recordaba al mejor Celibidache. El atardecer en Villa Medici lo encontré quizá un poco más rápido de lo que al movimiento anterior parecía pedir, pero aun así su belleza y concentración nos dejaron a todos con la boca abierta.


El juego de niños con que se abría Pinos de Roma fue más bien inocente, un tanto naif, ya que a Prêtre no parecen gustarle mucho las estridencias; irónicamente, en la función del domingo un llanto muy real (¡a quién se le ocurre traer a criaturas tan pequeñas al Auditori!) terminó importunando su interpretación. El canto de los cristianos en las catacumbas (magnífico el fliscorno) sonó con enorme fuerza evocadora, aunque sin mucha rebeldía en su clímax. Como era de esperar, lo mejor llegó con los pinos del Gianicolo, de una belleza turbadora que solo he escuchado mejor a Celibidache en lo que a dirección se refiere, que no en cuanto a ejecución; el clarinete de Joan Enric Lluna dio le lección magistral de técnica y expresividad, como hicieron también todos los demás solistas. Los pinos de la Vía Apia, dichos con enorme brillantez y una perfecta planificación de la dinámica, pero sin aumentar la ya considerable dosis de efectismo que lleva la partitura, pusieron punto y final a una recreación de la trilogía que, de editarse comercialmente, estaría cerca de las más logradas (Sinopoli, Svetlanov, Muti) de la historia del disco.

Las proyecciones

El trabajo de Padrissa y los chicos de la Fura, realizado sobre una idea de Valentin Proczynski, ha sido despedazado por Atticus con su inimitable sentido del humor (enlace). Mi opinión, aunque lejos del entusiasmo, es bastante más positiva, sobre todo habida cuenta de la dificultad del reto: optar por la tarjeta postal no hubiera hecho sido acentuar las obviedades de la un tanto tópica partitura, mientras que decidirse por el discurso paralelo, que es lo que finalmente se hizo, termina sembrando el camino de contradicciones entre lo que se ve y lo que se oye. Por ejemplo, la robustez de las escenas más o menos atléticas con que se ilustró “circenses” podía en principio dar el pego, pero cuando la música se lanza a confrontar el cántico de los cristianos con muy onomatopéyicos andares, rugidos y zarpazos de los leones, la cosa no acaba de encajar. Mejor “El Jubileo”, donde la peregrinación medieval hacia el Vaticano se convierte aquí en una especie de reflexión sobre el peregrinaje interno del ser humano. “L’Ottobrata” se ilustró proyectando varios lienzos del Cavaraggio manierista, sin más: da la impresión de que a Padrissa se le agotaron aquí las ideas. Estupendo por el contrario su trabajo en “La befana”, un viaje en automóvil por los barrios de la Roma popular en cuyas paredes se iban proyectando imágenes en blanco y negro de antiguas películas.

En el más breve de los poemas sinfónicos se lograron los mejores resultados globales: gotas de agua para Valle Giulia, fascinantes escenas con una especie de “esculturas antiguas” que terminaban convirtiéndose en las fuentes reales del Tritón y de Trevi, y abstracciones diversas que concluían con la taza, también real, de la fuente de Villa Medici. Y lo peor vino con Pinos, donde la idea de buscar como hilo conductor la transformación de personas en árboles estuvo muy traída por los pelos a partir de una idea más bien pedante: como la obra comienza bajo los pinos de Villa Borghese y la obra más famosa de la galería homónima allí situada es el Apolo y Dafne de Bernini, se recrea el mito clásico filmando a una parejita –por cierto, de muy buen ver- correteando entre la vegetación hasta que ella queda convertida en un laurel. Como a partir de ahí ni Padrissa ni el director del vídeo, Emmanuel Carlier, saben cómo continuar, llenan las catacumbas de humo, humo y más humo. En el Gianicolo aparecen unas sombras chinescas en la que seres humanos terminan transformándose en árboles y el espectáculo se cierra visualmente con unos hombres-pino desfilando por la Vía Apia con una estética –no lo digo solo yo, lo han dicho todos- del más puro Disney.

Se me olvidaba decir que, además de sobre la pantalla blanca situada al fondo del Auditori, las proyecciones se realizaron también sobre un telón semi-transparente colocado delante de la orquesta que de vez en cuando subía y bajaba sin entenderse muy bien por qué. Los juegos de luces, por su parte, estuvieron bien realizados sin que aportaran nada en particular. Total, un espectáculo visual interesante pero irregular en el que, después de verlo dos veces, nos dejó la impresión de que necesitaba por parte de Padrissa mayor trabajo intelectual y un más largo proceso de maduración. La verdad sea dicha, hubiéramos preferido que durante todo el tiempo se proyectara lo que se nos mostró solo al principio y al final, el rostro luminoso de un George Prêtre que fue, con su personal visión de la trilogía de Respighi, el verdadero protagonista de la función.

domingo, 5 de julio de 2009

El anillo del Nibelungo en el Palau de Les Arts (I): la escena

Se ha escrito mucho, muchísimo, sobre la unánimemente aplaudida producción de El anillo del nibelungo que acaba de cerrar, tras ir presentándose a lo largo de tres temporadas y en coproducción con el Maggio Musicale Fiorentino, el valenciano Palau de Les Arts. Internet está llena de análisis y comentarios, por lo general más interesantes los de blogs y foros que los que corresponden a críticas “oficiales” de la prensa. Poco puedo aportar yo ahora, pero intentaré dejar algunas impresiones personales sobre el ciclo que he presenciado -no llegué a conocer antes ninguna entrega suelta- entre los día 22 y 30 de junio del presente año.

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Pero antes he de insistir en una idea fundamental: la sola capacidad de ofrecer en nueva producción propia dos ciclos consecutivos de la Tetralogía, y de hacerlo con una orquesta y un coro formidables y contando con batuta, cantantes y director escénico de renombre, es una demostración de fuerza que coloca a cualquier teatro en primera fila de la lírica mundial, aunque solo tenga tres años de vida. De ahí que los reparos que se le puedan poner a los resultados, y por mi parte bien que se los voy a poner, han de entenderse partiendo de la base de que a un teatro que se propone llegar a la mayor altura hay que ponerle el listón en lo más alto.

Más espectáculo que emoción

Impactante, plásticamente muy creativa, sensata y bellísima la propuesta escénica coordinada por Carlus Padrissa. Pero no me acabó de emocionar. Como ocurre con otros trabajos de La fura dels baus -grupo teatral al que pertenece el director-, esta realización responde a un concepto, muy propio de los tiempos que corren, en el que la concatenación de imágenes y sonidos impactantes, esto es, el puro espectáculo audiovisual, se impone muy por encima de la reflexión.

Un concepto derivado de la cultura del consumo masivo y de la estética a ella asociada, que no es otra que la del videoclip y el spot televisivo, que necesitan enganchar al espectador con impulsos impactantes para que permanezca atento a lo que ocurre en pantalla y -sobre todo- no cambie de canal. Eso es lo que hoy impera en los blockbusters cinematográficos: una estética tan primaria como efectiva, y en cualquier caso fabulosamente realizada.

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Padrissa nos ofrece, así, un bombardeo de bellísimas imágenes diseñadas por ordenador por un tan inteligente como inspirado Franc Aleu; nos ofrece personas colgadas boca abajo y numerosas acrobacias fureras perfectamente integradas en la dramaturgia; nos ofrece grúas parecidas a las que usó Wagner para hacer que se desplacen por los aires dioses y valquirias; nos ofrece paneles escénicos en movimiento continuo que en un abrir y cerrar de ojos, con la ayuda de las proyecciones, nos trasladan a cualquier lugar de la acción; nos ofrece, además, un fascinante vestuario que, sin duda inspirado en las tres últimas entregas de la saga Star Wars, ha sido portentosamente materializado por Chu Uroz.

Nos ofrece esto y muchas cosas más. Pero, ¿qué hay detrás de todo ello? Pues poca cosa, a mi modo de ver, porque si quitamos toda esta maravillosa parafernalia de encima lo que nos encontramos es con una concepción escénica más bien convencional y no poco superficial.

Falta una dirección de actores en condiciones (hubo momentos de función escolar de fin de curso, como la agresión de Sigfrido a Brunilda al final del primer acto del Ocaso) que haga creíbles a los cantantes, y falta sobre todo una concepción de las diferentes situaciones dramáticas que nos explique los porqués de los diferentes personajes. Y se echa de menos, por paradójico que parezca cuando hablamos de La fura, “fisicidad” en la escena: a veces las voces parecían deambular en una versión de concierto ilustrada con espectaculares decorados multimedia.

Un Anillo para el siglo XXI

¿Quiero decir con todo esto que no me gustó la producción? No, en absoluto. Sólo digo que me entró mucho antes por la vista que por el corazón, lo que en Wagner (ya saben, el de la obra de “arte total”) significa quedarse a medio camino. Ahora bien, pese a semejante reparo conceptual creo que nos encontramos ante un Anillo importante. Más aún, ante un Anillo que va a marcar un antes y un después en los acercamientos escénicos a la Tetralogía. Por dos razones.

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La primera, la renuncia tanto al discurso político y filosófico explícito -innecesario, porque el Ring es filosofía pura- como a la reinterpretación del régisseur de turno y a la provocación gratuita: la propuesta de Padrissa, sin carecer en modo alguno de personalidad, tiene como único y exclusivo centro la dramaturgia wagneriana. Y semejante conservadurismo se convierte en los tiempos que corren en la más sensata, saludable y renovadora rebeldía.

La segunda razón, no menos importante, es la utilización masiva de la tecnología multimedia para visualizar, por primera vez desde que se estrenó el Anillo, buena parte de todo aquello que Wagner imaginó pero no pudo ver materializado. En los últimos cinco o diez años ha avanzado tanto el diseño por ordenador que ahora podemos ver muchas cosas que hasta hace nada eran impensables. Momentos como el descenso al Nibelheim o el posterior retorno al mundo de los dioses adquieren así, a través de unos zooms al estilo del Google Earth, una espectacularidad verdaderamente impactante.

Estos medios ofrecen, además, unas grandes posibilidades didácticas, pues permiten incorporar flashbacks en las largas narraciones que repasan los sucedido en entregas anteriores, otorgando así mayor unidad a las cuatro entregas. Me consta que personas que se acercaban a Wagner por primera vez en su vida no tuvieron problema alguno en seguir el hilo argumental a lo largo de las quince horas de la Tetralogía; tratándose de lo que se trata, ese logro es ya muchísimo.

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Otra cosa es que cuando el desarrollo argumental no ofrece posibilidades de lucimiento el espectador se puede sentir algo defraudado: es comprensible que la fascinación que produce El oro del Rin no se repita con tanta intensidad en las posteriores entregas, y que sea entonces cuando empiece a echarse de menos una dirección de actores verdaderamente trabajada que otorgue entidad dramática a lo que se está viendo sobre la escena.

Sea como fuere, las limitaciones de este Anillo tienen fácil arreglo. Basta con que Padrissa (que no es ningún genio: ahí está su bodrio de Flauta Mágica) se baje un poco de la parra y trabaje a fondo la dirección escénica con personas que realmente sepan de teatro-teatro. Es la única manera de que, en sucesivas reposiciones, adquiera una auténtica dimensión dramática su extraordinario, fascinante y -por las razones antedichas- histórico trabajo volcado en la vertiente plástica.

En las próximas entradas diré algo sobre la dirección musical (enlace) y el equipo de cantantes (enlace) de este Anillo valenciano.

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Esta comparativa de la Sinfonía Italiana de Mendelssohn la publiqué inicialmente el 2 de junio de 2024. He añadido Solti/Israel, Solti/Viena...