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viernes, 4 de diciembre de 2020

Horowitz en Moscú: efervescencia y trivialidad

Confieso haber permanecido un tanto ajeno a la discografía de Vladimir Horowitz (1903-1098). A tenor de este DVD editado por Sony con su famoso recital en el Conservatorio de Moscú de 1986 –su retorno a la URSS después de sesenta y un años–, creo que he hecho bien en no interesarme demasiado.

 
Se abre la velada con tres sonatas de Domenico Scarlatti, concretamente las K. 87, K. 380 y K. 135 en interpretaciones fluidas y ágiles, sin la menor pesadez, que alcanzan un buen equilibrio entre sobriedad y galantería, pero que resultan bastante sosas e insustanciales a la postre. La agilidad digital, eso sí, admirable para un señor con ochenta y dos años a sus espaldas.

Viene a continuación nada menos que la Sonata nº 10, KV 330, de Wolfgang Amadeus Mozart, pero parece que el pianista ucraniano sigue en el mundo de Scarlatti: interpretar esta música así, mirando hacia el pasado, hace que los movimientos extremos no solo suenen clavecinísticos, sino también pimpantes, frívolos y hasta cursis, mientras que el Andante cantabile resulta trivial y solo en contados momentos el maestro indaga en el amargor que rezuma la página.

El Preludio op. 32 nº 5 de Rachmaninov sirve para que Horowitz deje constancia de su espléndida técnica, pero de nuevo la expresión resulta en exceso delicada. Mucho mejor el Preludio op. 32 nº 12 del mismo autor, todo lo agitado y dramático que debe; lástima que la conclusión sea algo repipi.

Dos Scriabin para terminar la primera parte. El Estudio op. 2 nº 1 está dicho de manera trivial. Impresionante, por el contrario, el Estudio op. 8 nº 12, en el que hay que admirar como su sonido se va haciendo más poderoso, su sonido se va encrespando y llega a alcanzar gran fuerza visionaria; otra cosa es que uno se quede con la sensación de que nuestro artista se precipite un tanto y resulte algo teatrero.

Insoportable el Impromtu op. 142 nº 3 de Franz Schubert, precipitado y frívolo hasta decir basta, por completo ajeno a la calidez y la cantabilidad que demanda el autor, y plagado de más de un detalle de cursilería. Pero acierta el veterano pianista en el Vals caprice nº 6 de Schubert/Liszt: poderoso, con fuerza y empuje, como también elegante, efervescente y con auténtico sabor a vals. Aquí la tendencia a lo “salonesco” por parte de Horowitz sí que tiene todo el sentido.

El Soneto nº 104 del Petrarca recibe una interpretación de perfecto sabor lisztiano, apasionada, elegante y vistosa al mismo tiempo, pero un poco limitada en los dedos –ahora sí se nota la edad–, y no del todo poética ni emotiva. Hay además alguna escala algo mecánica.

En la Mazurca op. 30º nº 4 de Chopin vuelve a aparecer lo “salonesco”, para lo bueno y para lo malo. Podría estar más paladeada, la verdad. La Mazurca op. 7 nº 3 resulta más galante que sensible. En cualquier caso, Horowitz demuestra un perfecto control de la rítmica y una buena atención a agógica y dinámica. Brillante y con galantería, más virtuosística que emotiva y también un punto lineal la celebérrima Polonesa op. 53 del polaco.

Tres propinas: bonita y delicada recreación de “Träumerei” de Schumann, efervescente y saltarín “Enticelles” de Moszkowski y fresquísima, burbujeante la Polca de Rachmaninov: decididamente, Horowitz se sentía mucho más cómodo en la música festiva que en otros terrenos con más claroscuros expresivos.

sábado, 21 de noviembre de 2020

Vers la flamme: el último Scriabin de Ashkenazy

Me habían dicho que este disco, grabado por Decca en 2014 con tecnología excepcional –en streaming HD es para caerse del asiento–, resultaba irregular en lo artístico. Que había momentos en los que Vladimir Ashkenazy estaba formidable dentro de esa plena compresión del universo de Alexander Scriabin que demostró hace ya muchos años en sus registros de las sonatas, y que había otros en los que el pianista ruso evidenciaba una merma en sus habilidades digitales y despistes en lo interpretativo. A mí no me lo ha parecido así; reconozco que en más de una pieza al maestro parece precipitarse un tanto, o al menos no poseer toda la concentración deseable, y que en alguna otra de particular “rareza” –Estudio nº 1 de su Op. 42– los dedos no parecen estar del todo cómodos, pero globalmente me ha parecido un disco muy notable. E interesantísimo.


Porque lo que tenemos aquí es una serie de piezas breves para piano, no grabadas por el de Gorki con anterioridad, que en su presentación estrictamente cronológica nos permiten realizar un sugerente recorrido que comienza con una estética muy heredera de Chopin, continua hacia el romanticismo más exuberante y luego camina hacia la esencialidad y la desmaterialización dentro de eso que algunos han denominado “impresionismo ruso”, otros encontramos más bien vinculado al pensamiento simbolista, y que probablemente no admita ninguna etiqueta: tan solo Scriabin. El de una primera y última madurez, habría que matizar, porque el artista falleció en 1915 a los cuarenta y tres años de edad. ¿Cómo hubiera evolucionado tras al contacto con las nuevas vanguardias? Nunca lo sabremos.

No todas las piezas aquí registradas tienen la misma calidad, pero  siempre se disfrutan mucho, sobre todo estando tan bien interpretadas y grabadas. La que da nombre al disco, Vers la flamme, es estupenda; más larga que el resto y de texturas sinfónicas, por cierto, porque al parecer se planeó como obra orquestal. De propina se incluye una brevísima página del hijo del compositor, Yulian, escrita con tan solo diez años. Falleció poco después.

domingo, 11 de noviembre de 2018

Demidenko en el Vlilamarta: notable Schubert, sobresaliente Prokofiev

Lo único que le había escuchado a Nikolai Demidenko era el Concierto nº 1 de Chopin que tenía filmado con Antoni Wit: allí me pareció un pianista muy completo desde el punto de vista técnico, pero algo alicorto en poesía. Ayer sábado le pude escuchar en el Teatro Villamarta de Jerez (¡qué lejos quedan aquellos tiempos en los que ver sobre su escenario a gente como Pires, Ashkenazy o Sokolov entraba dentro de lo normal!) un recital en el que ha mejorado mi percepción de su arte.


Comenzó la velada con el Capricho nº 6 de las Soirées de Vienne de Schubert-Liszt, una nadería deliciosa en la que el ruso hizo gala un sonido tan hermoso como admirablemente regulado y de una gran elegancia en el fraseo. Palabras muy mayores a continuación: Franz Schubert. En la web del teatro y en el programa de mano se anunciaba la “Sonata en La Mayor Op. posth.”, mientras que en la página del artista se hablaba de la “Sonata No. 19 in Minor D. 958”. Al final fue la primera de ellas, es decir, la Sonata No. 20 en La mayor D. 959. La dificultad es la misma, en cualquier caso, porque llegar al punto justo de equilibrio entre belleza formal, fluidez y hondura en cualquiera de las tres últimas sonatas schubertianas solo está al alcance de los grandes. Demidenko superó la prueba y ofreció una espléndida recreación en la que planificó de manera admirable la arquitectura, resolvió estupendamente las transiciones, cantó las melodías con naturalidad y supo marcar los picos de tensión para que la música no se quedara en una sucesión de sonidos. Un punto más de fuerza expresiva, de emotividad y de magia poética no le hubieran venido mal, en cualquier caso: la comparación con la descomunal, histórica recreación que le escuché a Radu Lupu en Barcelona hace tan solo unos meses, deja claro que lo de ayer fue de notable alto, más no de matrícula de honor.

El Vals op. 38 de Scriabin estuvo dicho con fluidez y elegancia, mirando no tanto al pasado chopiniano como al impresionismo contemporáneo. Sensible en el toque y elegante en el fraseo, Demidenko controló de manera admirable su sonido pianístico para alcanzar la agilidad y la delicadeza pretendidas.

La misma capacidad para modelar la materia prima le permitió ofrecer increíbles veladuras con las que acentuó el lirismo onírico e inquietante de la Sonata nº 8 de Prokofiev, ofreciéndonos así una interpretación muy alejada del tópico: si la mayoría de los pianistas se centran –es lógico y plausible que así lo hagan– en los aspectos más combativos de esta música, en su carácter obsesivo y en sus sonoridades atronadoras, Demidenko se desentendió del carácter demoníaco de la misma –tampoco le faltaron contrastes ni tensión interna– y optó por esa melancolía amarga y desconsolada, recorrida por inquietantes turbulencias y a veces disfrazada de sarcasmo, que singulariza la creación del compositor. Como además la recreación supo ser brillante cuando está indicado y ofreció grandes dosis de agilidad –algunos deslices hacia el final del tercer movimiento importaron poco–, el resultado fue sobresaliente. Solo a Kissin –vídeo disponible en YouTube– le he escuchado algo todavía mejor.

Tres propinas: dos Scarlatti soberbios y un Chopin, el Vals del minuto, que debería haberse ahorrado.

lunes, 27 de agosto de 2018

Éxtasis Barenboim

He conseguido en YouTube la retransmisión televisiva del segundo de los conciertos ofrecidos este año por Daniel Barenboim y su West-Eastern Divan Orchestra en el Festival de Salzburgo, concretamente el del pasado 17 de agosto. La toma sonora sufre compresión dinámica, pero aun así se puede disfrutar de la excelencia artística de un auténtico genio de la interpretación musical en el mejor momento de su carrera. Y no solo de él, sino también de una Lisa Batiashvili repitiendo el milagro de su grabación del Concierto para violín de Tchaikovsky realizada hace tres años junto al maestro para DG. 

De este modo, y haciendo gala de un sonido increíblemente bello, carnoso en el centro y con un sobreagudo que parece milagroso, la joven artista georgiana ofrece una interpretación eminentemente lírica, fraseada con una cantabilidad, una delicadeza y una ternura difícilmente superables, pero por completo alejada de los preciosismos y amaneramientos de otras grandes figuras del violín –pienso ahora en la Mutter– que han intentado una aproximación semejante. Por otro lado, su enorme agilidad digital le viene de maravilla a un Finale que aborda con un planteamiento más efervescente que arrebatado, lo que no le impide rematarlo con un considerable ardor. Barenboim arropa a la solista con ese particular sentido de lo amoroso, lo cálido y lo sensual que ha adquirido a lo largo de los últimos años, fraseando con amplitud, nobleza y emotividad, pero sin olvidar ofrecer esos clímax dramáticos y esa fogosidad arrebatada que son marca de la casa. La conjunción de los dos artistas vuelve a ofrecer, como en el disco, unos resultados memorables, aunque ello no nos haga olvidar otras aproximaciones más temperamentales y escarpadas.

Ya en la segunda parte –la filmación solo ofrece unos segundos de la polonesa de Eugenio Oneguin que abría la velada, lástima–, Barenboim ofrece una recreación de La mer en la línea de sus dos grabaciones con la Sinfónica de Chicago del año 2000 que comenté brevemente hace tiempo en la discografía comparada: una lectura reflexiva, concentrada y sensual, mucho antes atmosférica que arrebatada, que sobresale ante todo por el carácter flexible y orgánico de un fraseo en el que el maestro parece querer demostrar que, como decía en referencia a Furtwängler, la dirección de orquesta no consiste sino en el arte de la transición. Diría que todavía esta recreación con la WEDO (por cierto: formidable Cristina Gómez Godoy!), a todas luces más personal y creativa que las anteriores, ha avanzado más aún en ese sentido: siendo cierto que en el tercer movimiento se echan en falta electricidad y carácter visionario, la resolución de todas las transiciones –en realidad, cada uno de los movimientos está concebido como una única transición– ofrece una minuciosidad en la planificación (¡qué increíble técnica de batuta!) y una magia poética que quien escribe estas líneas ha escuchado en pocas, poquísimas interpretaciones de esta obra maestra de Claude Debussy.

Creo que en el Poema del éxtasis –magnífica idea ponerla junto a la página del francés: sus paralelismos quedan más a la vista que nunca– Barenboim también supera sus dos lecturas discográficas anteriores, con París y Chicago respectivamente. Diré más: esta interpretación de la página de Alexander Scriabin es de lo mejor que le he escuchado al maestro en su faceta de director en los últimos años, que ya es decir. No encuentro palabras para hacerle justicia. Inútil apuntar la increíble voluptuosidad del fraseo, ni sensualidad de la tímbrica, ni la fascinación de las texturas, ni el carácter orgánico de una arquitectura al mismo tiempo flexible y perfectamente lógica, ni la fuerza visionaria alcanzada en los clímax… Hay que escucharlo para creerlo. Háganlo cuando antes, antes de que quiten el vídeo de en medio. Por favor.

domingo, 14 de enero de 2018

Pappano vuelve a Berlín

Ayer por la tarde pude seguir en directo a través de la Digital Concert Hall el retorno de Antonio Pappano (¡qué soberbia Tercera de Saint-Säens nos acaba de dejar en discos) al podio de la Filarmónica de Berlín. Comenzó la velada con Ravel. Primero una lenta, atmosférica y mágica recreación de Una barca en el océano, a la que solo le falta un punto más de carácter tempestuoso, es decir, de contrastes expresivos, para alcanzar lo excepcional. Después, una extraña recreación de la Alborada del gracioso: bien desmenuzada y de rico colorido, globalmente resultó también algo plana, falta de salero y de desparpajo, mientras que en su desarrollo se combinaron, tanto por parte de la batuta como por la de la orquesta, detalles de extraordinaria categoría con pasajes no muy bien resueltos, incluso no del todo depurados en lo sonoro.


Siguieron cuatro hermosísimas canciones, en versión para orquesta, de Henri Duparc. En ellas la dirección me pareció espléndida, sensualísima y en su punto justo de decadentismo: hubo sensualidad embriagadora, melancolía y hedonismo, amén de un extraordinario refinamiento, pero no se cayó en blanduras ni en languideces. Para la parte vocal se contó con la exquisita colaboración de una Véronique Gens aún en buena forma, y a la que en esta ocasión no se le puede reprochar su habitual sosería: su distanciamiento fue el justo que pide esta música, a las que supo servir con espléndida dicción y una enorme morbidez en la línea de canto. Como curiosidad les diré que la Gens es una de las pocas artistas que me ha negado un autógrafo.

La segunda parte arrancó con Mussorgsky y la versión original (1867) de Una noche en el Monte Pelado. Varios cortes en la transmisión me impidieron disfrutar lo que parecía ser una extraordinaria interpretación, incisiva a más no poder, llena de sana rusticidad y recorrida por una electricidad de muy alto voltaje, pero admirablemente controlada: ¡qué virtuosismo el de orquesta y batuta!

Se cerraba el programa El poema del éxtasis. En teoría, una perfecta conexión con la primera mitad del mismo, pues no en balde hay quienes consideran a Scriabin como un impresionista ruso. Claro que también se puede hacer esta música mirando hacia Wagner: justo la opción de Daniel Barenboim, cuyas recreaciones discográficas –sobre todo la que tiene con la Sinfónica de Chicago, en edición comercial limitada de muy difícil localización– son las que más me gustan. Pero a mí me parece que Pappano lo que hizo con su extrovertida y vistosa recreación fue subrayar los vínculos con el otro ruso del programa, es decir, con Mussorgsky y con su Monte Pelado, particularmente por su genial manera de fragmentar las líneas de la arquitectura, por su virulencia tímbrica y por su habilidad para generar clímax paroxísticos. Desde luego, me gustó más que la interpretación que en esta misma plataforma le escuché a quien va a ser próximo titular de la orquesta: Kirill Petrenko.

martes, 5 de abril de 2016

Prometeo según Abbado: mucho mejor en compacto

En mayo de 1992 Claudio Abbado y la Filarmónica de Berlín ofrecieron un programa precioso en torno al mito del titán que robó el fuego a los dioses: selección del ballet Las Criaturas de Prometeo de Beethoven, el poema sinfónico Prometheus de Liszt, el inclasificable Poème du feu de Scriabin y unos extractos de la ópera Prometeo de Luigi Nono. Marta Argerich era la solista de lujo en la obra del ruso. Los resultados fueron recogidos en un compacto editado por Sony Classical que compré hace tiempo, y también en una realización televisiva a cargo de Christopher Swann cuyo trasvase a Blu-ray ha llegado ahora a mis manos. Sin rodeos: un producto muy decepcionante.


Para empezar, la toma sonora es monofónica en la obra de Beethoven, lo que resulta bochornoso cuando hablamos de un registro de 1992. El resto sí que viene en estéreo, pero en un estéreo discreto afectado por un muy considerable recorte de la gama dinámica, lo que en la obra de Scriabin resulta particularmente grave. El CD de Sony suena todo él muchísimo mejor. La imagen, por descontado, es 4:3.



En segundo lugar, aquí no se recoge todo el contenido del compacto: de Beethoven se incluyen solo once minutos del total de veintiuno de la grabación de audio, mientras que solo se incluye una pieza de las dos que venían de la partitura de Nono, perdiéndose de nuevo trece minutos de un total de veintidós.


En tercer y último lugar, la visualización de Christopher Swann, al parecer siguiendo las ideas de Abbado, es de índole creativa, lo que quiere decir que en lugar de filmar el concierto tal cual, se incluyen numerosas aportaciones presuntamente artísticas en torno al fuego. En Beethoven, a Abbado y sus chicos apenas los vemos: filmaciones de la naturaleza y obras pictóricas en su lugar. En Liszt se consigue un mayor equilibrio. En Nono, toda la imagen se distorsiona por ordenador para dar una impresión de modernidad. Y en Scriabin, ahí sí, radica el gran –el único– interés de este producto: ver el juego lumínico propuesto por el compositor para la ejecución de esta particular sinfonía que incluye piano "de luces" y coro. El resultado es muy hermoso, y quizá lo hubiera sido aún más si el señor Swann hubiera decidido no añadir colorido extra. Por otra parte, no estoy muy seguro de que la correspondencia entre teclado y luminotecnia sea exactamente la diseñada por Scriabin.

¿Las interpretaciones? Adecuadamente apolíneo Beethoven, opulento Liszt, sensualísimo Scriabin –ágil y felina la Argerich, por descontado–, subyugante Nono. Olvídense de este mediocre producto audiovisual y escuchen el compacto.

lunes, 22 de febrero de 2016

Labèque: Piano Fantasy

Termino el recorrido por el álbum Piano Fantasy de las hermanas Labèque. De música francesa, aparte del maravilloso disco dedicado a Bizet, Fauré y Ravel del que escribí hace unos días, se incluye su excepcional Concierto para dos pianos de Francis Poulenc en abril de 1989 junto a Seiji Ozawa y la excepcional Sinfónica de Boston. El maestro oriental realiza una labor formidable, no solo porque su batuta curvilínea, sensual y elegante, de refinado colorido, resulta la ideal para el repertorio francés, sino porque además ofrece enorme concentración en los pasajes más introvertidos de la página y –eso ya es más sorprendente en él– una buena dosis de electricidad en los extrovertidos.


Por su parte, Katia y Marielle despliegan una gama expresiva de enorme riqueza, desde el desenfadado cabaretero de no pocos pasajes hasta la magia onírica de otros, pasando por la coquetería, la delicadeza e incluso el sentido de lo ominoso. La misma variedad en la expresión, aun siempre presidida por una sutil y refinada poesía de sabor netamente francés, ofrecen las dos hermanas ya a solas en Capriccio d’apres Le Bal masqué, Élégie y L’Embarquement pour Cythere del mismo autor, como también en Scaramouche de Milhaud, en cuya Brazileira conclusiva se sienten, con su ritmo de samba, como pez en el agua. Problemas de espacio han dejado fuera la breve pero atractiva Sonata para piano a cuatro manos de Poulenc que venía en el disco original.

Bajo el título ¡España!, en febrero de 1993 grabaron un disco con obras de Manuel de Falla, Ernesto Lecuona, Isaac Albéniz y un señor de Osuna –pero residente en Francia– llamado Manuel Infante, cuyas Danses andalouses son la única pieza original para dos pianos de las incluidas; el resto, obviamente, son arreglos y transcripciones. Aquí las dos hermanas despliegan un sentido del ritmo, un salero, un garbo y un duende de tal calibre que la audición resulta en muchos momentos arrebatadora, pero… Pues sí, aquí hay un pero: tal es el grado de incandescencia que nuestras artistas, adoptando una postura algo tópica sobre lo español –desparpajo y carácter festivo por encima de otras consideraciones–, no terminan de paladear algunos pasajes o, sencillamente, desaprovechan las posibilidades expresivas que encierran.


The Tchaikovsky album se grabó en mayo de 1994, y es quizá lo menos interesante de la caja: a decir verdad, piezas como el Capricho italiano o la Marcha eslava demuestran su insustancialidad cuando pierden su orquestación, incluso recibiendo interpretaciones tan irreprochables como estas de las Labèque. Se disfrutan bastante más las selecciones de El lago de los cisnes y La bella durmiente, aunque lo mejor viene con la arrebatadora Fantasía en la menor de Scriabin, dicha con puro fuego visionario.

Queda George Gershwin, de quien se incluyen dos versiones de la Rhapsody in Blue, una para dos pianos solos –temprano registro de 1980– y otra con orquesta. En la primera de ellas hay que destacar el prodigioso de sentido del ritmo y del swing que tienen las Labèque, por no hablar de su capacidad para el matiz o del logro de inyectar nervio sin caer –como les pasa a muchos músicos de jazz cuando se acercan a este repertorio– en el nerviosismo; en la segunda se superan a sí mismas todavía con mayor creatividad y garra. Acompañan la Cleveland Orchestra y un Riccardo Chailly –grabación de 1985– que, sin ser muy personal ni creativo, dirige de manera irreprochable. No menos extraordinaria es la lectura del Concierto en fa –versión dos pianos solos–, demostrando nuestras artistas una singular capacidad para extraer sonoridades orquestales de los instrumentos.

Muy en resumen: una caja de seis compactos que merece muchísimo la pena.

viernes, 26 de octubre de 2012

DG recupera The Originals con el mejor Abbado

Deutsche Grammophon retoma su serie The Originals -hay una colección paralela en Decca- lanzando cuatro nuevos títulos, uno de ellos acompañado de catálogo y a solo cinco euros. Me he hecho con este último, no ya por lo barato del precio sino por el atractivo del contenido: Claudio Abbado en su mejor momento, cuando todavía primaban la tensión sonora, la comunicatividad y la fuerza expresiva, y no habían aparecido ese gusto por la ingravidez sonora, por el refinamiento extremo y hasta por la cursilería que durante la década de los ochenta irían haciendo mella en él hasta que, ya sobre el podio de la Filarmónica de Berlín y con el fantasma de Karajan a su lado, añadió a tales ingredientes la obsesión por los grandes contrastes sonoros hasta convertirse en el mediocre intérprete que es ahora. La audición ha confirmado mis sospechas: se trata de un disco globalmente formidable.

Concretando, este vinilo que pasa a CD el sello amarillo se grabó en 1970 y supone uno de los escasos encuentro del milanés con la Sinfónica de Boston, una formación que ya tenía amplia experiencia con Charles Munch en el repertorio impresionista al que está dedicado: Debussy en una cara y Ravel en la otra. La orquesta está que se sale, eso no hace falta decirlo, y a ella se unen las voces del new England Conservatory Chorus en una grabación que cuenta con una fantástica toma sonora debida a Günter Hermanns. En cualquier caso, quien dicta la lección es un Claudio Abbado que, aun con cierta irregularidad en los resultados, puso toda la carne en el asador.

Abbado Boston Debussy Ravel Scriabin Originals

Los Nocturnos de Debussy se convierten en una demostración de virtuosismo extremo tanto por parte de la orquesta como por la de una batuta de claridad y agilidad portentosas, riquísima además en colorido, refinada sin caer en el decadentismo y capaz de generar misterio pero también de resultar emocionante y comunicativa, como demuestra el muy encendido clímax central de Sirenas. Solo se puede reprochar la sección central de Fiestas, un tanto precipitada y tendente no ya a lo festivo, sino a lo verbenero. También es verdad que falta la magia de las más grandes lecturas fonográficas (Celibidache, Tilson Thomas, quizá también Previn), pero se trata de una magnífica recreación que el propio Abbado no llegará a igualar en su posterior filmación (TDK, 1998) con la Filarmónica de Berlín.

La de la Pavana para una infanta difunta sí que es una interpretación muy parecida a la suya posterior, la de 1985 con la London Symphony. Nos ofrece así el joven maestro un enfoque interesante por ser poco otoñal y no caer en lo ensimismado, para por el contrario trazar una visión de la página más extrovertida y luminosa de lo habitual. Cálida al tiempo que refinada -pero nada blanda-, no del todo raveliana en su sonoridad, destaca ante todo por una sección final de gran belleza.

En cuanto a la Suite nº 2 de Daphnis et Chloé, que por cierto se ofrece en la versión con intervenciones corales, nos presenta una interpretación de carácter no contemplativo sino eminentemente narrativo, llena de frescura, inmediatez y carácter teatral, comunicativa y vibrante a más no poder, amén de portentosa en el análisis de texturas -increíble el Amanecer- y tan clara como brillante en su puesta en sonidos, sin renunciar por ello a una amplia riqueza cromática ni al refinamiento propio de este estilo. Existen opciones más brumosas y sensuales, pero no conozco -de la suite- una sola tan arrebatadora como ésta.

El compacto completa su duración con la mitad de un vinilo grabado al año siguiente con la misma orquesta, el Poema del éxtasis que en su momento fue acompañado de un Romeo y Julieta de Tchaikovsky que desconozco. De esta singular página de Alexander Scriabin realiza Abbado una interpretación incandescente a más no poder, trazada con enorme seguridad y de nuevo con una asombrosa riqueza de colorido y enorme dominio de las texturas. Por desgracia resulta también más nerviosa de la cuenta, no del todo paladeada y sin el poso reflexivo suficiente, circunstancia que -por lo que recuerdo- no llega a empañar otras versiones posteriores en la misma línea, como las de Maazel y Sinopoli, si bien mi intérprete preferido en esta obra sigue siendo el mucho más denso y wagneriano Barenboim (particularmente en su registro con Chicago, difícil de encontrar). Sea como fuere, un disco estupendo este de Abbado.

domingo, 20 de mayo de 2012

Pons, Capuçon y un soberbio trabajo de la ONE

Desde hace algunos años vengo escuchando a la Orquesta Nacional de España  de manera regular cuatro o cinco veces por temporada, generalmente en los conciertos matinales de los domingos. El de hoy 20 de mayo, a mi modo de ver, ha sido uno de los mejores desde el punto de vista técnico, un mérito que ha de repartirse entre Josep Pons y los profesores de la formación. El sonido global fue esta mañana empastado y homogéneo, y las secciones más problemáticas sonaron con insólita seguridad. Esto último es de admirar especialmente en una obra como la que abría el precioso programa elaborado por el maestro catalán en torno al eje de esta temporada, “París, 1900”: nada menos que El poema del éxtasis.

Josep Pons Auditorio Nacional

Lo cierto es que la ONE pudo con la obra de Scriabin, incluso con sus exigentes “megafortísimos” que tanto ponen a prueba la capacidad de una orquesta. Además Josep Pons dirigió muy bien, y aunque alguna frase concreta se podría preferir un poco más ágil, se puede afirmar que fue la suya una notable interpretación que acertó con la sensualidad, el hedonismo bien entendido y el carácter visionario de la partitura. Que en discos se hayan escuchado cosas sin duda mejores (pienso ahora en los dos registros de Barenboim y en los de Maazel, Muti y Sinopoli) no nos debe impedir aplaudir con fuerza a quien ha sido hasta hace poco titular de la formación española. En cualquier caso, quien se merece el mayor de los elogios es el trompetista de la ONE, espléndido en las numerosas y decisivas intervenciones que tiene en esta sinfonía. Lamento no saber decirles el nombre de tan admirable músico.

Vino a continuación Tzigane, un Ravel menor que necesita un violinista con técnica de primerísima magnitud y sensibilidad aguda para sacar la música que hay aquí escondida. Renaud Capuçon logró lo primero, pero a mi entender no lo segundo: lo encontré algo desconcentrado y escasamente creativo, y por ende sin la pasión arrolladora que esta obra alcanza en otras manos. Pons acompañó francamente bien, aunque más atento a la energía que al detalle. Ya en la segunda parte vino una obra concertante con más enjundia, el Poema para violín y orquesta de Ernest Chausson. En ella el violinista francés poder exhibir su capacidad para la introversión, la sensualidad y el vuelo lírico. Ideal el sonido carnoso, oscuro y rico en armónicos de su violín.

La Valse para terminar. Fue la de Pons una lectura cálida, por momentos muy sensual, planteada de un solo trazo, certera en el colorido “pastel” que demanda este repertorio y con algunos momentos muy buenos, pero en otras ocasiones de un trazo grueso que no casa bien con la idiosincrasia de Ravel. Hubo incluso alguna evidente caída en el efectismo que empañó el sin duda meritorio trabajo técnico del maestro y la ONE. No me dejó del todo buen sabor de boca. O quizá es que no me logro quitar de la cabeza la interpretación que le escuché en su momento a Maazel con la Orquesta de la Comunidad Valenciana (enlace). En cualquier caso, un concierto muy bello, bien planteado e interpretado de manera más que estimable. Bravo.

viernes, 27 de mayo de 2011

Alexeev visita Baeza

Siento bochorno de reconocer que no sabía de la existencia de un interesante ciclo de música en Baeza organizado por la Universidad Internacional de Andalucía. El de esta temporada ofreció ayer jueves 26 su penúltimo concierto con una figura no de primerísima fila, pero sí de considerable interés: Dimitri Alexeev (Moscú, 1947). Ni el instrumento era el mejor posible ni la acústica del recinto, una antigua capilla del Palacio de Jabalquinto, actuó a favor de los resultados, pero el ya veterano pianista supo ofrecer un recital de notables resultados merced a un temperamento de lo más ruso, si se nos permite el tópico: su elegancia no es grande, ni la delicadeza parece interesarle demasiado, pero hizo gala de un temperamento apasionado -sin descontrol alguno, aunque sí con más de una nota falsa- que emocionó a todos los que en la música amamos mucho antes la expresión que el virtuosismo.


Obviamente tal planteamimento no funcionó por igual en todos los autores. Así la primera parte, dedicada íntegramente a Robert Schumann, no fue tan admirable como la segunda por carecer Alexeev de ese particular refinamiento que demanda la música del autor de la Sinfonía Renana, aunque ciertamente es preferible escuchar la no muy frecuente Blumenstucke op. 19 y la célebre Kreisleriana de esta manera, con un sonido corpulento y pasión en las venas, que en manos de un pianista afanado por ofrecer sonidos leves y detalles amanerados.

La selección de piezas breves Scriabin que abría la segunda parte (preludios, poemas, estudios, etc.) fue sensacional: con un enfoque que miraba antes a Rachmaninov que a la inquietante esencialidad más propiamente "moderna", Alexeev extrajo una intensísima comunicatividad de esta música haciendo gala de un sonido poderoso, con "carne", sin miedo de pisar bien el pedal -la acústica a veces le hizo sonar algo emborronado- y haciendo gala de una enorme sinceridad expresiva. Tremendo.

Muy notable el Chopin que vino a continuación. En las cinco mazurcas Alexeev evitó por completo lo "salonesco" y se decantó por una expresión viril, aunque siempre cuidándose de mantener la concentración en el fraseo y mostrándose sabio en el rubato. Sin ser tan creativa como la genial recreación que le escuché en Valencia a Barenboim (enlace), la inevitable Polonesa op. 53 triunfó por su manera de conjugar vuelo lírico con pasión arrolladora. Únicamente en el vals ofrecido como propina el artista se dejó llevar por los fuegos artificiales, sabiendo que conseguiría así el arrebato entre un público no muy abundante, pero sí de lo más atento y educado. La próxima cita es nada menos que con Pascal Rogé, el jueves 16 de junio.

jueves, 26 de agosto de 2010

Ashkenazy en vena

El concierto que cerró mis Proms este año estuvo protagonizado por la Sinfónica de Sidney y su actual titular, Vladimir Ashkenazy, con la participación de una pianista que últimamente ha cancelando mucho por problemas de salud pero que afortunadamente hizo acto de presencia en el Royal Albert Hall, Hélène Grimaud. Lo he escuchado dos veces, en Londres en directo y aquí en Jerez en transmisión radiofónica: tras la segunda audición me reafirmo en que los resultados fueron muy positivos, cosa que no suele ser habitual en los últimos tiempos cada vez que el irregular maestro ruso empuña la batuta.

La verdad es que la velada no empezó demasiado bien. Recreando la suite del Rosenkavalier, el rostro de Ashkenazy desprendía un entusiasmo que se transmitió claramente al resultado sonoro, pero para hacer justicia a esta música maravillosa hace falta algo más que vitalidad, brillantez y seguridad en el trazo: esa particularísima magia sonora, mezcla de refinamiento, delectación y decadentismo en su punto justo no hizo su aparición por ningún lado, en parte porque la batuta se mostró un tanto gruesa y en parte porque la orquesta australiana deja que desear tanto en su sonoridad global como en los diferentes solistas. Tampoco el humor del que hizo gala el maestro, de una tosquedad más propia de Ochs que de Richard Strauss, parecía el más apropiado.

Las cosas cambiaron con la aparición de una Hélène Grimaud que recreó el Concierto en Sol de Ravel con menos nerviosismo que en su interpretación del pasado enero junto a la Filarmónica de Berlín (enlace), conservando la misma elegancia, sensualidad y vuelo lírico: el segundo movimiento, paladeado con lentitud, concentración y belleza fuera de lo común, fue el propio de una grandísima pianista. Vladimir Ashkenazy, bastante más centrado que Tugan Sokhiev, recreó la partitura con fino olfato para el colorido, aunque quizá eludió en exceso el componente jazzístico de la partitura para centrarse en los elementos más tópicamente ravelianos. La orquesta se quedó corta, particularmente la sección de metales y esa trompeta solista de tan decisiva participación en esta admirable partitura.

En cualquier caso lo mejor estaba por llegar en la segunda parte. En ella hizo su aparición el mejor Ashkenazy posible, el director de soberbia técnica, perfecto estilo y elevadísima inspiración, el de sus fenomenales recreaciones de los años ochenta de la música sinfónica de Rachmaninov y Sibelius, ofreciendo en estos Proms una no genial –faltaba quizá ese último punto agónico que sabe conseguir Barenboim- pero sí magnífica lectura de un hueso duro de roer, nada menos que la Sinfonía nº 3, Poema Divino, de Alexander Scriabin, un autor con el que ya consiguió hace años portentosos resultados en su música para piano. Adoptando tempi mas bien rápidos, Ashkenazy ofreció a los prommers una interpretación de un solo trazo, tensa y sin puntos muertos, muy sincera y emocionante, desde luego en una línea muy distinta a la que siguió Salonen días atrás con El poema del éxtasis (enlace): si el finlandés acentuó los aspectos más “intelectuales” de Scriabin, el ruso potenció la carga voluptuosa, mórbida y digamos “romántica” de la partitura con un fraseo particularmente efusivo, un colorido de tanta riqueza como sensualidad y un tratamiento de los volúmenes y planos sonoros de plasticidad insuperable. Hasta logró que la cuerda sonara compacta y se compenetró con los metales para que estuvieran a la altura de las circunstancias, trompeta incluida. Los aplausos del público que abarrotaba el Royal Albert Hall fueron intensos, así que el maestro y su orquesta ofrecieron una bellísimamente fraseada recreación de Chanson de Matin de Elgar.

sábado, 21 de agosto de 2010

Salonen, el aburrimiento y el éxtasis

¿Ven ustedes? Escribí en mi entrada anterior que tras los Proms 2007 había yo regresado en Londres una única vez mas, pero ahora que estoy aquí me doy cuenta de que he estado otras dos veces más en fechas recientes. Está claro que a medida que pierdo la juventud me va fallando la memoria, así que este blog empieza a cobrar sentido: recordarme en el futuro las cosas que voy viendo o, mejor dicho, escuchando. En fin, aquí van unas notas sobre los dos conciertos que acabo de escuchar en el Royal Albert Hall.


El primero me ha permitido ver por fin en directo a Esa-Pekka Salonen. Comenzó con una obra célebre en su tiempo pero hoy bastante olvidada, La fundición de acero de Alexander Mosolov, puro constructivismo soviético concentrado en tres minutos de explosiones orquestales. La Philharmonia estuvo estupenda (sensacionales las ocho trompas) y el ya no tan joven maestro finlandés acertó a conjugar fuerza y claridad, aunque se pueda echar de menos el carácter opresivo de la memorable recreación discográfica de Riccardo Chailly para Decca.

A continuación se estrenaba en Reino Unido la Cuarta Sinfonia, "Los Ángeles", de Arvo Pärt, un encargo del propio Salonen en su etapa al frente de la orquesta californiana. A los primeros compases ya se reconoce el "estilo tintinabular" del compositor estonio, y a los treinta y siete minutos la música concluye con la paciencia del oyente ya por los suelos. Al menos de la mía, claro, porque los encendidos aplausos -redoblados al aparecer sobre el escenario el propio Pärt- demostraron que muchos encuentran belleza, y quién sabe si hondura espiritual, en esta interminable partitura de la que solo recordaré el doliente solo del violín en el tercer movimiento y esos pizzicatti del segundo que parecen casi idénticos a los de la canción Goldeneye que cantaba Tina Turner en la película de James Bond homónima. Lo demás, muermo total.

Disfruté escuchando en directo el genial Concierto para la mano izquierda de Ravel, pero la interpretación no me convenció del todo, tanto por un Salonen que no supo dotar de continuidad a la obra y a ratos se mostró en exceso nervioso como por un Jean-Efflam Bavouzet que, irrelevantes imperfecciones técnicas aparte, no terminó de extraer todo el contenido poético de los pentagramas, aunque sí se mostrara muy atento a la parte dramática de los mismos. La orquesta tampoco estuvo a la altura, particularmente en lo que al corno inglés se refiere.

Magnífica sin reparos la recreacion de El poema del éxtasis, siempre y cuando se acepte un Scriabin como el que propone Salonen, es decir, poco voluptuoso, no muy sensual y nada decadente, mirando mucho antes a la contemporaneidad que al mundo post-wagneriano. En cualquier caso fue una recreación intensa y sincera, de claridad asombrosa, magníficamente ejecutada y bien conducida -con un nervio por momentos algo excesivo pero no descontrolado- hasta un final recreado con una grandeza y una majestuosidad asombrosas. Y con una tremebunda acumulación de efes, dicho sea de paso. Magnifico el trompetista e intensos los aplausos. Aquí sí que hubo éxtasis, por fin.

Del concierto nocturno, que comenzó tres cuarto de hora más tarde, hablaré en la entrada siguiente.

PS. Como he hecho con mis otras entradas sobre los Proms, he añadido una vez en mi tierra las tildes que el teclado británico no me dejó colocar en su momento.

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