Un cajón de sastre para cosas sobre música "clásica". Discos, conciertos, audiciones comparadas, filias y fobias, maledicencias varias... Todo ello con centro en Jerez de la Frontera, aunque viajando todo lo posible. En definitiva, un blog sin ningún interés.
Aun sin conocer mucho de su discografía, tengo la sensación de que Claus Peter Flor (Leipzig, 1953) es uno de los directores más infravalorados de las últimas décadas. Las cosas que grabó para RCA, incluyendo un modélico ciclo Mendelssohn, se mueven dentro de una muy alta calidad, y lo que le he escuchado de tiempos más recientes también se mueve en un considerable nivel. Por desgracia, es muy raro encontrarle trabajando con orquestas de primera fila. Entre las europeas, tiene vínculos importantes con la Sinfónica de Milán, y precisamente poniéndose al frente de ella –en sustitución de Eschenbach– tuve la oportunidad de verle por primera vez en directo el pasado viernes 15 de mayo. Brevísimas líneas para comentar la velada.
Concierto para piano nº 5 de Beethoven en la primera parte. Dirección ortodoxa, sensata y convincente. Sin particular inspiración ni personalidad, pero muy bien. De kapellmeister de altura, por decirlo de otra manera. El joven Tom Borrow se encargó de la parte solista. En general tocó correctamente, y lo hizo con buen gusto y moderada inspiración, solo eso. Solvencia sin más: disfruté en mayor medida de la batuta que del piano.
Sinfonía nº 4 de Anton Bruckner en la segunda parte. Me pareció relativamente flojo el segundo movimiento, con todo en su sitio pero sin la poesía ni la efusividad necesarias. El resto estuvo francamente bien, de nuevo a lo kapellmeister: pura tradición germánica en manos de un maestro con notable técnica, pleno de sensatez y muy musical. Logró levantar el edificio con suficiente continuidad –reparos solo en algún momento del desarrollo del movimiento conclusivo, de transiciones en exceso nerviosas– y mucha naturalidad en el fraseo, además de con perfecto equilibrio entre las familias. Tratamiento de la masa orquestal irreprochable en el estilo y muy hermoso en su sonido. La formación milanesa lo dio todo. Notable interpretación y pleno disfrute, pues, a pesar del calor insoportable que hacía en el auditorio.
Por cierto, mi entrada estaba en posición centrada de primera fila y no se beneficiaba de una buena acústica, pero al haber decidido el maestro colocar los violines en posición antifonal, pude percibir mejor que nunca determinados diseños que ponen en evidencia el portentoso, genial y altamente imaginativo diseño polifónico tejido por Anton Bruckner, a quien tengo desde hace muchísimos años como uno de mis compositores favoritos. Lo seguirá siendo.
La entrada original es del 29 de septiembre de 2023. Como parece que dentro de poco podré escuchar esta página en directo a Claus Peter Flor, actualizo la discografía con la filmación de Daniel Harding y la Filarmónica de Berlín.
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Anton Bruckner escribió su Sinfonía nº 4, "Romántica" en 1874, pero de momento no la estrenó. Entre 1878 y 1880 realizó una sustancial revisión en la que el cambio fundamental era un Scherzo completamente nuevo, muy distinto del anterior; el antiguo solo puede conocerse en contadas recreaciones discográficas, si bien yo mismo tuve la oportunidad de escuchárselo en directo a Jesús López Cobos. Tras el estreno de esta revisión en 1881 vinieron más modificaciones que han dado lugar a las diferentes ediciones e la partitura que se conocen, pero en esa cuestión no voy a entrar: todas las grabaciones que se comentan a continuación corresponden a la versión revisada, es decir, a la que estamos acostumbrados a escuchar. Quien quiera más información sobre a qué edición corresponde cada registro, puede consultar en este enlace.
1. Furtwängler/Filarmónica de Berlín (DG, 1951). ¿Hasta qué punto puede permitirse un director atentar contra la una arquitectura catedralicia, es decir, de dimensiones colosales y tensiones milimétricamente calculadas, para dejarse llevar por la emoción? Porque si esta es la sinfonía “Romántica”, Furt la hace “ultrarromántica”. Eso sí, desde su muy personal punto de vista: adiós –excepto en el Trío– a la contemplación paisajística, a la sensualidad y al lirismo panteísta, bienvenidos los más tempestuosos conflictos existenciales. Habrá unos cuantos directores que sigan esta línea: sus resultados serán igual de discutibles, pero no tan interesantes, por la sencilla razón de que el mítico maestro alemán dominaba como nadie el arte de la transición, del desarrollo orgánico de una fuerza telúrica que no sale del podio, sino del sonido mismo, y que la batuta no puede sino ir encauzando mediante un enfrentamiento extremo que pone a las tres partes –la música, el director y la orquesta– al borde del precipicio. Que la edición sea la Löwe del estreno –con platillos en el Finale– es lo de menos en medio de semejante torrente de emociones. La toma de este concierto en Stuttgart recoge con suficiente gama dinámica los resultados del encuentro. (8)
2. Bruno Walter/Sinfónica de Columbia (CBS, 1960). Es esta una hermosa, lírica y contemplativa recreación, dicha con la nobleza propia del Walter anciano, en la que sobresale un primer movimiento admirablemente planificado y materializado. Al Andante le falta un poco más de efusividad y de calidez, aunque se encuentra paladeado con enorme naturalidad. En el Scherzo pincha seriamente un Trío tan suave que llega a irritar, mientras que el Finale arranca más nervioso de la cuenta y no termina de conseguir toda la unidad que necesita el monumental edificio sonoro. La orquesta tampoco es que sea muy allá, la verdad sea dicha. El nuevo reprocesado demuestra que la toma sonora sí que estuvo a la altura. (8)
3. Klemperer/Orquesta Philharmonia (EMI, 1964). No hay sorpresa, tratándose de quien se trata: la arquitectura es tan asombrosa como la ejecución orquestal, pero el enfoque resulta muy discutible por eliminar toda sensualidad y toda atmósfera para limitarse a subrayar los aspectos más escarpados de la página. Eso sí, nada que ver con la elasticidad de Furtwängler: aquí la arquitectura es de una severidad extrema. Quizá demasiado: el primer movimiento resulte aséptico mientras que el segundo, de interesante sabor amargo, esté bien a secas. El Scherzo, lento e interpretado a mala leche, es por el contrario sensacional, con un Trio en absoluto edulcorado pero lleno de cantabilidad. El Finale comienza demasiado rápido, para luego alcanzar unas dosis descomunales de fuerza telúrica y hasta de carácter visionario. A la postre, hay que conocer esta interpretación. (8)
4. Mehta/Filarmónica de Los Ángeles (Decca, 1970). Le quedaban dos semanas al maestro de Bombay para cumplir los treinta y cuatro. Hay que admirar que a esa edad lograse levantar con semejante solidez un edificio sonoro tan complicado como la Romántica, haciéndolo con una lógica constructiva tan indiscutible, con tan meridiana claridad de planos sonoros, desgranando la partitura con enorme naturalidad y manteniéndose ajeno tanto a blanduras más o menos pastoriles como al nerviosismo. Desdichadamente, ya desde el arranque se evidencia una absoluta desconexión de Mehta con el contenido espiritual de la obra. No es que el resultado sea frío, no es eso. Simplemente, la poesía, la sensualidad y la elevación espiritual no aparecen por ningún lado. Mejor, en cualquier caso, los dos últimos movimientos que los primeros, francamente flojos. (7)
5. Karajan/Filarmónica de Berlín (EMI, 1970). La tremenda espectacularidad de los contrastes dinámicos, la opulencia y brillantez de la orquesta y la capacidad para matiz refinado no ocultan que se estemos de una interpretación altamente superficial, bastante insincera, escasa en calado poético e incluso discontinua en las tensiones, incluyendo alguna caída puntual en la blandura. En definitiva, todo un desmadre made in Karajan. A olvidar. (6)
6. Kubelik/Filarmónica de Viena (DVD DG, 1971). El maestro checo nos ofrece una interpretación de total ortodoxia y gran sensatez pero, extrañamente, no termina de frasear con la concentración y la magia poética que demanda el primer movimiento, pese al perfecto equilibrio que alcanza entre los aspectos contemplativos y los dramáticos de esta música. Mejor el segundo, expuesto con transparente y nada meliflua belleza. Magníficos en su ortodoxia los otros dos, todo un modelo de fluidez, calidez, naturalidad y sentido de la arquitectura. La orquesta, cosa extraña, no está muy allá, mostrándose los metales bastante inseguros: probablemente se trate de una filmación sin retoques posteriores. Medici TV recorta la imagen a 16:9 y la trasvasa a alta definición, pero el sonido adolece de mucha compresión dinámica. (8)
7. Barenboim/Sinfónica de Chicago (DG, 1972). Un tanto a la manera de Furtwängler, el joven maestro se decanta por una lectura escarpadísima, extraordinariamente tensa, incandescente y furiosa, que por ende ofrece una imagen muy atractiva de la obra, pero que lleva tan a extremo sus planteamientos que a la postre resulta demasiado unilateral. La arquitectura se resiente de tanto ímpetu, yuxtaponiéndose momentos de gran intensidad sin que se encuentren correctamente planificados los grandes arcos de tensiones. Lo mejor, un Andante que alcanza un clímax muy escarpado. Lo peor, un Scherzo bordea el disparate. La orquesta está fabulosa y responde al cien por cien a las locuras que plantea la batuta. (8)
8. Böhm/Filarmónica de Viena (DG, 1973). Clásica en el mejor de los sentidos, este es la interpretación canónica y referencial de la página, renunciando el maestro a cualquier tipo de personalismo, a la creatividad arriesgada o a subrayar unos aspectos de la partitura por encima de otros para limitarse a trazar con absoluta perfección una arquitectura tan lógica y natural como elegante, clara y bien tensada, así como puramente bruckneriana en su sonoridad. Consigue así albergar con irreprochable equilibrio toda la espiritualidad, el sentido contemplativo, el vuelo lírico, la sensualidad y –por descontado– el drama a veces desgarrador que sobrevuela entre las notas sin renunciar a la más alta dosis de belleza. Particularmente impresionante el Finale, tenso y visionario a más no poder sin necesidad de resultar escarpado ni de perder esa elegancia marmórea tan característica del maestro de Graz. La orquesta, ideal e impresionante. En Blu-ray audio suena de manera admirable. (10)
9. Jochum/Staatskapelle de Dresde (EMI, 1975). Toma con amplia gama dinámica en la Lukaskirche de Dresde para una interpretación comprometida y vehemente, amén de irreprochable en el idioma, en la que Jochum se alinea con los maestros que proponen una visión de la página mucho antes dramática que contemplativa. Ello le lleva a flexibilizar el tempo a la manera de un Furtwängler sin importarle la uniformidad de la arquitectura, y he ahí precisamente el problema: el primer movimiento incurre en el nerviosismo, resulta discontinuo y carece de grandeza. Andante amargo y con desazón, intenso más no del todo poético. Bien a secas el Scherzo, dando paso a un Finale en la misma línea que el movimiento inicial, pero más aquilatado en su discurso. Lo metales de la orquesta no son muy allá. (8)
10. Kubelik/Sinfónica de la Radio Bávara (Sony, 1979). Este es un Bruckner en la antípoda del que por las mismas fechas –acababa de acceder a la titularidad de la Filarmónica– empezaba a hacer Sergiu Celibidache en la propia ciudad de Múnich. Si el del maestro rumano es ante todo denso y atmosférico, el del checo destaca por su fluidez, su lirismo apolíneo, su carácter luminoso y su ligereza bien entendida. Ligereza, que no superficialidad. No encontramos aquí grandes masas sonoras luchando la una contra la otra en una polifonía cargada de tensiones armónicas, sino un discurso ágil y de perfecta lógica en su planificación en el que se pasa de la concentración contemplativa a lo encrespado con una naturalidad pasmosa –portentoso dominio de las transiciones–, en el que las melodías están cantadas con un humanismo efusivo pero nada agónico –todo lo contrario de Celi– y en el que no hay el menos espacio para la pesadez, como tampoco para lo épico o lo terriblemente trágico, sin que semejante postura conduzca a la merma de tensión interna ni de fuerza expresiva. Kubelik nos ofrece, así, una Romántica bucólica en el mejor de los sentidos, en el punto justo de equilibrio entre el goce juvenil y la contemplación otoñal, holgada en su fraseo, cálido en la sonoridad, perfecto en el empaste polifónico y hermosísima en su canto. Temprana toma digital de amplia gama dinámica –volumen bajo– y buena definición tímbrica, aunque algo escasa de relieve. (9)
11. Solti/Sinfónica de Chicago (Decca, 1980). Grabación de extraordinaria limpieza y nitidez propia de los primeros tiempos digitales de Decca para una interpretación no menos nítida, como era de esperar de una batuta y una orquesta de virtuosismo extraordinarios, pero en la que falla la inspiración de un Sir Georg Solti tan brillante como superficial. El problema no es, como en la interpretación de Barenboim con la propia CSO ocho años anterior, el nerviosismo y el desbordamiento provocados por la incandescencia emanadas desde el podio; aquí todo está bajo férreo control, incluso en un Finale más rápido de la cuenta, pero aun así muy bien trazado. Simplemente, Solti se queda en la superficie y no indaga en el misterio, la poesía, la sensualidad ni la reflexión humanística que anidan en la partitura. Ni siquiera los aspectos escarpados de la misma quedan bien reflejados, porque la brillantez sonora –extrema sin caer en excesos– no posee una idea expresiva detrás, cosa que queda bien de manifiesto en una coda a la que, claramente, le falta grandeza visionaria. (7)
12. Celibidache/ Filarmónica de Múnich (Euroarts DVD, 1983). Ya hemos dicho algo sobre el concepto del maestro rumano al hablar de Kubelik, su antípoda. Aquí tenemos una típica interpretación celibidachiana de tempi lentísimos –salvando el Scherzo–, extraordinaria claridad polifónica, grandeza sin grandilocuencia y un carácter contemplativo que no elude momentos de verdadera rebeldía. Ahora bien, en esta ocasión no consigue el carácter visionario de sus mejores interpretaciones brucknerianas, lo que no impide que encontremos hallazgos como el Trio del Scherzo, o toda la coda del Finale. (9)
13. Muti/Filarmónica de Berlín (EMI, 1984). Tiene su morbo que el joven Muti le cogiera la orquesta a Karajan para hacer un repertorio tan asociado al salzburgués. Con ella nos entrega una interpretación tan musculada y poderosa como las suyas, pero muchísimo menos narcisista, menos retórica, más sincera y directa al grano, siempre dentro de una óptica –la esperable en el milanés– en la que los aspectos dramáticos se ponen en primer plano y hay espacio para la blandura ni el preciosismo. Se puede echar de menos una dosis superior de espiritualidad, como también de espíritu contemplativo –si varios directores se pasan de rosca con la sensualidad del Trio, Muti se queda más bien corto–, pero la planificación es tan admirable, y tan soberbia la respuesta orquestal, que no hay más remedio que descubrirse ante el resultado. Toma en la Jesus Christus Kirche no muy allá. (9)
14. Blomstedt/Sinfónica de San Francisco (Decca, 1988). El maestro sueco-estadounidense suele ser considerado antes como un artesano que como un artista creativo y arriesgado. Con razón, esa es la verdad, pero habría que especificar: su artesanía es de primera calidad. Esta Romántica es un perfecto modelo de sus maneras: equilibrio en la arquitectura –no hay espacio para arrebatos temperamentales–, pulcritud en el trazo, naturalidad en el fraseo y moderación en los aspectos expresivos, todos ello perfectamente atendidos pero sin ese “más allá” de poesía, de reflexión y de conflictos que convierta la audición en esa experiencia especial, por momentos al borde del abismo, que convierten a esta música en una obra maestra. Todo en su sitio, pues, y magníficamente grabado. Ideal para acercarse a la obra, insuficiente para comprenderla en toda su dimensión. (8)
15. Celibidache/Filarmónica de Múnich (EMI, 1988). Otra gran interpretación de Celi plagada de momentos mágicos, como el arranque de los movimientos extremos, plenos de misterio; o la coda del Finale, un prodigio de cómo alcanzar la más increíble mezcla entre transfiguración espiritual y fuerza dramática a través de una increíblemente lógica, minuciosa y amplia construcción de las tensiones. Sin embargo, la comparación con el testimonio que nos dejará Celi al año siguiente relega este registro a un segundo plano. (9)
16. Celibidache/Filarmónica de Múnich (Sony, 1989). Ahora Celi se alarga hasta unos increíbles 82’30’’ para ofrecernos una lección magistral de dominio de las más complicadas arquitecturas de tensiones y distensiones, de clarificación las complejas polifonías y de matización de la gama dinámica, todo ello al servicio de una idea expresiva de una elevación poética portentosa –mágico arranque de los dos primeros movimientos–, de un carácter contemplativo que sabe estar lleno de desazón como también de sensualidad –asombroso una vez más el Trío– y de una grandeza incomparable –abrumador clímax del Andante–. En cualquier caso, lo que más le deja a uno con la boca abierta, contradiciendo todos los tópicos sobre el carácter supuestamente espiritual del Bruckner del maestro rumano, es la tremenda fuerza dramática, llena de rabia y hasta de terror, que la batuta imprime a todo el Finale, que arranca abriendo las puertas del mismísimo Infierno y termina en una coda llena de interrogantes. Como único reparo musical, una orquesta que, a pesar de tocar al límite de sus posibilidades, no logra ocultar sus limitaciones. La toma sonora no es la mejor posible, pero ofrece una amplísima gama dinámica que resulta ideal en una obra como esta. (10)
17. Abbado/Filarmónica de Viena (DG, 1990). Hay aquí belleza sonora a raudales, calidez, sensualidad, contemplación paisajística, inquietud espiritual y grandes dosis de sentido teatral, pero lo cierto es que el maestro milanés no se cree la obra en ningún momento. Todo lo contrario: su enorme técnica se pone al servicio de un evidente narcisismo que le lleva a ofrecer numerosas frases en exceso suaves, languideces varias, contrastes dinámicos tan exagerados como innecesarios y opulencia desatada. La arquitectura se resiente por completo, y el resultado es una lectura tan vistosa, seductora y espectacular como discontinua, trivial e insincera. La toma tampoco ayuda. Por cierto, la interpretación se encuentra filmada y circula por la red. (7)
18. Wand//Sinfónica de la NDR (DVD TDK, 1990). No es esta la mejor recreación de quien fue un gran bruckneriano. En el primer movimiento se agradece el enfoque no desatento con los aspectos más escarpados de la música, pero el conjunto resulta nervioso y alcanza poco aliento poético. El Andante, correcto sin más, resulta a la postre aséptico. Solvente el Scherzo, de Trío dulce y hasta naif. El Finale, pese sus desigualdades, sí que alcanza la garra y el carácter visionario deseables. No ayudan ni la calidad de la orquesta ni la acústica de la iglesia en que se realizó la filmación. Hay que esperar para que el maestro nos legue su gran testimonio sobre esta partitura. (7)
19. Barenboim/Filarmónica de Berlín (Teldec y Digital Concert Hall, 1992). Recientemente recuperada con imágenes en la Digital Concert Hall, esta es una recreación en la que Barenboim, sin renunciar a lo temperamental del enfoque que había adoptado en Chicago, demuestra hasta qué punto la experiencia wagneriana de los años ochenta le permite desarrollar la habilidad de encauzar las tensiones concibiendo el discurso de manera orgánica, como una única transición plena de lógica arquitectónica. El resultado es así tan ardiente como hermoso, visionario en los clímax pero también muy efusivo, de manera particular en un segundo movimiento que desprende un carácter anhelante muy revelador. A destacar asimismo un Scherzo que él entiende de manera particularmente impetuosa sin caer en la precipitación. ¿Falta algo? Sí: la magia y la profundidad panteísta que el de Buenos Aires sabrá destilar más adelante. (9)
20. Wand/Filarmónica de Berlín (RCA, 1998). Aunque al igual que su lectura ocho años anterior los resultados van de menos a más, ahora el maestro alemán sí que está a la altura de las circunstancias, quizá no tener que dedicar el tiempo a lidiar con las limitaciones de la orquesta y poder concentrarse en ofrecer “su” versión. ¡Y vaya si lo hace! En los tres primeros movimientos, evitando caer en los riesgos de una visión meramente tempestuosa, se mueve a medio camino entre la naturalidad, la frescura y el lirismo de un Kubelik y la grandeza marmórea de un Böhm, aprovechando siempre la musculada sonoridad de la formación berlinesa y tratándola con un sonido cien por cien bruckneriano, empastadísimo y redondo, muy carnoso en la cuerda y poderosísimo en unos metales de resonancias organísticas. En el Finale logra el milagro de controlar la fuerza telúrica de la música, equilibrar su potencia tanto sonora como expresiva de esta música con una buena dosis de concentración, hondura y grandeza, dando como resultado una de las más imponentes recreaciones discográficas que se recuerdan. Impresionante la toma en vivo. (9)
21. Rattle/ Filarmónica de Berlín (EMI, 2006). Las primeras grabaciones de Rattle en Berlín intentaron consagrarle como director de gran repertorio, pero en el caso de la Romántica se enfrentaba a un reto considerable: las grabaciones de la orquesta inmediatamente anteriores fueron las espléndidas de Barenboim y Wand. Demasiada competencia. Lo cierto es que les igualó en solidez de la planificación, en naturalidad del arco de tensiones y, sobre todo, en belleza sonora. No así en emotividad: ahí el británico evidencia una cierta falta de conexión con esta música muy exigente también desde el punto de vista expresivo. Hay además alguna frase demasiado bonita en el Andante. El Trío del Scherzo es poquita cosa, mientras que en el Finale vuelve a aparecer una blandura que por momentos (escúchese a partir de 7:40) llega a ser inaceptable. La coda, por el contrario, es espléndida. Toma algo espesa. (8)
22. Thielemann/Filarmónica de Múnich (DVD CMajor, 2008). Hay que admirar en el berlinés su buen lenguaje bruckneriano, su sonoridad adecuadamente organística, su atención al peso de los silencios y a la atmósfera en general, así como su capacidad para ofrecer tanto sensualidad como opulencia trabajando con plasticidad a una orquesta que no es comparable a las mejores en este repertorio. Sin embargo, hay algo que no acaba de funcionar. El maestro apuesta por lentitudes no celibidachianas (67’41’’ frente a 73’09’’, para que nos hagamos una idea) que le plantean problemas a la hora de levantar el edificio y, sobre todo, de otorgar continuidad al mismo. Es precisamente por lo que el primer movimiento parece más un conjunto de secuencias muy bellas yuxtapuestas una detrás de la otra sin alcanzar sentido orgánico. En el Andante la batuta apuesta por la seducción, pero su enfoque resulta en exceso ensimismado, atento antes a la contemplación que a los conflictos dramáticos, desarrollándose sin toda la fluidez deseable, por no decir que con excesiva parsimonia; el gran clímax puede apabullar en lo sonoro, pero no se encuentra del todo bien preparado. El Scherzo está francamente bien, aun echándose de menos garra y extroversión y llegando a ser molesta la blandura con la que Thielemann plantea el Trío. En el Finale se alternan momentos espléndidos con pasajes rebuscados, culminando en una coda majestuosa, pero más externa que verdaderamente visionaria. La toma sonora, en surround auténtico, es soberbia por definición, relieve, gama dinámica y sentido espacial. (7)
23. Barenboim/Staatskapelle de Berlín (Blu-ray Accentus, 2010). Si sus anteriores registros de esta obra se caracterizaban por su carácter escarpado, incandescente y dramático, esta última lo hace por su naturalidad, lógica constructiva y sentido cantable. Y eso que los tempi no son precisamente ahora más lentos, sino todo lo contrario. Lo que ocurre es que Barenboim domina ahora mucho mejor la planificación de las tensiones y, además, se ha vuelto consciente de que la obra encierra otras facetas expresivas que antes quedaban arrinconadas por su ardor extremo. Podría dar la impresión de que se ha perdido intensidad, pero no es exactamente eso. En realidad, se ha limado la energía que sobraba y se ha planificado de manera más sutil el ascenso a los clímax de tensión. De este modo, y contando con la baza de una orquesta formidable tanto por su belleza sonora como por su adecuación al idioma del compositor –polifonía perfecta, con un idóneo equilibrio entre las familias–, amén de por la musicalidad de la que hace gala, Barenboim ofrece una interpretación perfecta en su concepto que sabe seguir ofreciendo ardor visionario en el clímax del primer movimiento, regusto amargo en el segundo, garra antes dramática que “de caza” en el tercero y grandeza sin retórica en el Finale, pero también una buena dosis de lirismo, sensualidad, elegancia y hasta ensoñación pastoril: escúchese el Trío del Scherzo. Excelente filmación a cargo de Andreas Morell. (10)
24. Haitink/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2014). Como era de esperar, el holandés ofrece una interpretación objetiva y poco personal, pero absolutamente portentosa por su arquitectura, de una claridad y una fuerza interna descomunales, al tiempo que atentísima al detalle –absoluto control de las dinámicas, perfecto equilibrio de planos- y de un idioma netamente bruckneriano. Eso sí, en lo expresivo va de menos a más, flojeando el primer movimiento por su relativa falta de vuelo poético. Tampoco el segundo es particularmente emotivo, si bien sus clímax están construidos de manera pasmosa y alcanzan una tensión imponente. Sobrio y viril el Scherzo, contrastando con un Trío sorprendentemente suave –que no blando- y ensoñado. Tremendo el Finale, construido con una grandeza ajena a la retórica y una fuerza controlada a la que resulta imposible resistirse. La enorme calidad de una orquesta adecuada a más no poder termina haciendo que, pese a las relativas desigualdades de la batuta, los resultados alcancen el sobresaliente. (9)
25. Janowski/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2017). No necesariamente tener a la orquesta más adecuada del mundo para esta música significa alcanzar grandes resultados. Janowski pincha en dos primeros movimientos gélidos: increíblemente bien planificados, tensos y claros en la polifonía, atentamente matizados en la dinámica, ajenos al preciosismo y al amaneramiento, pero sin alma. Ni vuelo lírico, ni poesía panteísta, ni delectación contemplativa, ni inquietud ante lo desconocido. Todo suena con una perfección aséptica, incapaz de conmover. Mucho mejor el Scherzo, no precisamente efusivo, pero sí vibrante y decidido. El Finale empieza nervioso y apresurado, pasando luego a secciones en las que el maestro hace gala de un fraseo "pastoril" a todas luces inapropiado. Poco a poco se va centrando y logra picos de tensión de admirable incandescencia, siempre beneficiados por el fulgor increíble de unos metales potentísimos y de una cuerda robusta a más no poder. Aun así, el movimiento no logra evitar serias irregularidades en su arquitectura; culmina sin grandeza ni fuerza visionaria. (6)
26. Harding/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2024). Difícil explicar por qué los tres primeros movimientos no acaban de convencer. El discurso es fluido, con nervio y sin nerviosismo, el equilibrio polifónico se encuentra cuidadísimo, el trazo de las tensiones en general resulta irreprochable –hay algún tirón innecesario en el Scherzo– y se ofrecen acentos valientes que generan adecuados claroscuros: Harding parece tener claro que esta música debe sonar dramática, no solamente bella o mística. El problema es la ausencia de sensualidad, de vuelo poético, de alma… ¿Y qué demonios es eso tan subjetivo? ¿Cómo se manifiesta de manera audible? No lo sé, no soy director de orquesta. Tiene que ver con el fraseo, desde luego, quizá también con la relativa moderación del vibrato, pero tendría que venir alguien a explicarlo con cuestiones técnicas que probablemente ni a usted ni a mí nos interesan. Solo sé que a mí me han dejado un tanto frío. Lo del Finale sí es más sencillo de explicar. En él la emoción está mucho más a flor de piel, la garra dramática se impone, hay momentos electrizantes, pero el británico falla en la construcción general: las transiciones suelen resultar más bruscas de la cuenta, resultando el edificio más una yuxtaposición de secciones contrastadas que un conjunto orgánico. La orquesta, imponente y muy bien captada por la toma Dolby Atmos. (7)
Acontecimiento el pasado sábado 2 de mayo en la Filarmónica de Berlín: con andador y llevando nada menos que noventa y ocho años a sus espaldas, Herbert Blomstedt se marcó una Séptima de Bruckner gloriosa. Largo silencio al terminar y prolongadísimos aplausos del respetable, que me parece que no eran solo por la interpretación, sino también como homenaje a la carrera del maestro noruego-estadounidense. Gran recreación, insisto, que ya mismo se pone entre las más grandes de las últimas décadas. Vamos a matizar, empezando por la orquesta.
Soy de los quienes piensan que la labor del director es la determinante, pero parece obvio que la Filarmónica de Berlín tuvo muchísimo que ver con la circunstancia de que Sergiu Celibidache y Daniel Barenboim lo hicieran particularmente bien allá por 1992 en sus referenciales recreaciones. Lo mismo puede decirse ahora, con el añadido de que esta nueva orquesta –de aquellos tiempos no debe de quedar casi nadie– es todavía mejor que la de entonces, aunque parezca imposible. Mejor en empaste, en solidez de ejecución (¡impresionantes metales!), en depuración sonora, en implicación expresiva de los primeros atriles (¡qué flauta la de Emmanuel Pahud!). También en maleabilidad, y justo aquí quería yo llegar: al señor Blomstedt la formación berlinesa no le ha sonado exactamente como suele, sino un tanto a orquesta sajona, más concretamente a la Gewandhaus de Leipzig de la que el maestro fue titular. Creo que es voluntario. Blomstedt quiere hacer un Bruckner sonado sin tanta densidad, más luminoso, más terso en la cuerda, sin tanto músculo, de metales especialmente empastados y gran tersura. Quiere hacerlo, sabe hacerlo y además convence a la orquesta para que lo haga.
Tales decisiones tienen que ver con la idea expresiva. ¿Bruckner otoñal? Si por ello entendemos lentísimo, desmaterializado, más pacífico que rebelde y un tanto resignado, pues no. Rotundamente no. Tempi normales, tensión dramática plena cuando es necesario –implacable, soberbio Scherzo– y ninguna resignación. Ahora bien, sí que es cierto que lo de Blomstedt se aparta de la línea digamos escarpada y combativa de un Furtwängler, un Walter, un Jochum o un Barenboim para acercarse a esa otra en la que podemos clasificar a Giulini, a Celibidache, a Ozawa y, curiosamente, a Sir Georg Solti, cuya grabación en audio de Chicago fue comentara en Ritmo con enorme lucidez por Luis Gago hace siglos: un Solti "disfrazado" que no parece él mismo.
¿Y qué línea es esa? Pues la de un Bruckner lírico, claro está. Ni lo épico ni lo
trágico –esta obra tiene más de lo primero que de lo segundo– se ponen
en primer plano. La música se ve desde cierta abstracción digamos que "clásica",
relativamente apartada del gran pathos "romántico", pero las tensiones están ahí. Y también el amargor: impresionante arranque del Adagio, que si no es la mejor música de la historia, como decía Böhm, bastante se le acerca. Lo importante es que, aun moviéndose en terrenos parecidos, Blomstedt no cae en el error de Andris Nelsons, precisamente en su registro con la Gewandhaus: confundir lo lírico con lo pacífico, con la ausencia de claroscuros y con lo en exceso meditativo.
El secreto del "archiveterano" maestro se encuentra en el estudio de las tensiones. Lo que decía Barenboim acerca de concebir el discurso como una única transición, lo consigue Blomstedt con una aparente facilidad que asombra. No hay ni rastro de ese nerviosismo que afecta a tantísimos maestros en este repertorio, el de Buenos Aires incluido. Tampoco caídas en el discurso ni puntos muertos, el otro gran peligro. Todos los ascensos a los picos de tensión suenan con la mayor naturalidad, como si se llegara a ellos sin esfuerzo. Nada de forzar a los metales ni de recurrir al decibelio y la opulencia sonora. ¡Qué distinto suena este Finale de los tan imponentes como artificiales que ofrecía Karajan!
Total, una versión increíblemente bien tocada y de enorme altura expresiva que sigue los pasos de una que hasta ahora no he citado, la de Haitink con la misma orquesta de 2019, pero que alcanza un grado de inspiración –por su cercanía y humanismo– aún mayor que aquella. Suena y se ve de maravilla. No se la pierdan.
La Sinfonía nº 8 de Anton Bruckner es una de mis partituras sinfónicas favoritas de todo el repertorio. Aunque sigo algo enfermo, he sacado fuerzas para recopilar y editar textos que ya tenía publicados, añadiendo otros que se encontraban inéditos para así ofrecer un pequeño panorama de la discografía de esta obra maestra. Faltan muchísimas grabaciones, claro está: he hecho lo que he podido.
No entro en la cuestión de las ediciones de la partitura. Quien desee más información al respecto, puede acudir a la imprescindible página a la que lleva este enlace. Por lo demás, pido disculpas por lo aburridos que puedan resultar los textos. Olvídenlos y escuchen esta música. De rodillas, a ser posible.
1. Furtwängler/Filarmónica
de Berlín (Testament, 1949). Pocos directores como Furt –que
utiliza su propia edición de la partitura: sobra algún platillazo– para ofrecer
una lectura incandescente, escarpada y a tumba abierta; lacerante y con
frecuencia pavorosa, comprometida, creativa y arriesgada a más no poder, y
desde luego muy alejada de la poesía contemplativa, de cualquier clase de
misticismo y –desde luego– de la grandeza retórica. Ua postura tan discutible
como fascinante, pero hay dos reparos. El primero tiene un problema conceptual: los famosos
tirones de tempo furtwänglerianos no terminan de casar con la peliaguda
arquitectura de Bruckner, y de hecho otros maestros se han encargado de
demostrar que con un pulso mucho más regular se pueden conseguir dosis
similares de tensión interna. El segundo es más concreto: no es que
resulte furioso, es que directamente le sale convulso, precipitado y hasta
machacón. La cinta editada por Testament, de sonido digno para la época, se
corresponde con la ejecución del 14 de marzo realizada para la radio, sin
público, y no debe confundirse con la toma en vivo del día siguiente editada
por EMI y otros sellos. (8)
2. Jochum/Filarmónica
Estatal de Hamburgo (DG, 1949): Sin ser redonda, esta lectura sincera y a tumba
abierta aporta un punto de vista muy interesante. El primer movimiento es
rápido, seco, e implacable. El segundo, de nuevo áspero y dramático, se
precipita en exceso, pero venturosamente evita lo cuadriculado y lo rutinario.
El Adagio se encuentra paladeado con tranquilidad, pero no por ello carece de
fuerza y tensión dramática, culminando en un clímax rebelde y nada grandioso.
El cuarto vuelve a ser seco y contundente. En conjunto, una interpretación nada
mística ni melancólica, quizá no del todo densa ni profunda, pero llena de
terror, dramatismo y rebeldía. La orquesta está bien. Toma de sonido
extraordinaria para la fecha. (9)
3. Klemperer/Sinfónica de
la Radio de Colonia (Medici Arts, 1957). No resulta fácil reconocer al de
Breslau en esta lectura todo lo escarpada, terrorífica y alejada del misticismo
complaciente que en él se podría esperar, pero también mucho más encendida, inmediata
e incluso arrebatada de lo que hubiésemos imaginado, además de mucho más rápida
de lo que el veterano maestro ya acostumbrada por aquellas fechas. Incluso los
dos primeros movimientos, los menos conseguidos, llegan a resultar un tanto
precipitados. Tampoco es que la orquesta de lo que hoy es la WDR sea
precisamente su Philharmonia. (8)
4. Knappertsbusch/Filarmónica
de Múnich (MCA, 1963). Haciendo uso de la hoy periclitada revisión de 1892, a
la que siempre se mantuvo fiel, Kna registró en estudio esta recreación en la
que dejó bien patente que su visión de la partitura se decanta por completo por
los aspectos líricos de la misma, haciendo gala de un fraseo muy natural, de
ese sonido aterciopelado característico en el maestro –y eso que la orquesta no
es precisamente la Filarmónica de Viena– y de una espiritualidad muy hermosa,
en absoluto meliflua. Por desgracia, Hans el Rubio no solo se desinteresa por
la vertiente dramática y visionaria de la obra, sino que se muestra incapaz de
adecuar la adecuada tensión sonora a la complicada arquitectura de la página
por lo que, pese a que aquí y allá realiza aportaciones personales de relativo
interés –hermosos reguladores, ritenutos y ralentizaciones algo efectistas–,
demasiados pasajes resultan flácidos, mortecinos, escasos de garra. El
resultado termina siendo deslavazado. incluso aburrido. (7)
5. Klemperer/New
Philharmonia (EMI, 1970). Han pasado trece años desde su grabación radiofónica
en Colonia, lo suficiente para comprobar cómo en ese periodo de tiempo
Klemperer, ya situado nada menos que en los ochenta y cinco cuando realizó este
registro en el Kingsway Hall, transformó sustancialmente su arte ralentizando
de manera considerable los tempi, distanciándose en lo emocional, adoptando una
postura eminentemente analítica y acentuando los aspectos más rocosos,
sarcásticos y antirrománticos de su personalidad. De este modo, esta Octava
tocada de manera insuperable por una Philharmonia aplastantemente superior a la
orquesta alemana, ha perdido en inmediatez, angustia, rebeldía y carácter
escarpado, pero ha ganado muchísimo en rigor arquitectónico, control, claridad,
concentración y –pese a todo lo dicho– grandeza espiritual, aunque siempre en
esa línea escasamente mística y trascendida propia del maestro. Increíble el
Scherzo: lentísimo, inigualable, discutible a más no poder y seguramente
genial, sobre todo por un Trío tan distanciado como anhelante y, al mismo
tiempo, indisimuladamente trascendido, auténtica llama fría ante la que resulta
imposible resistirse. Los cortes en el Finale, eso sí siguen ahí, porque a
Klemperer le da la gana. Magnífico el reprocesado de 2023 en HD. (9)
6. Kempe/Tonnhalle de
Zurich (Somm, 1971). Da gusto escuchar una versión así, tan sincera y
comprometida, abiertamente dramática, dicha a tumba abierta, con unos clímax de
una crispación que pone los pelos de punta, pero justo es reconocer que el
maestro alemán, con su fraseo premioso y sus abundantes tirones de tempo, no
consigue construir una arquitectura lo suficientemente sólida ni obtener la
concentración necesaria para profundizar en los aspectos más líricos y
espirituales de la página. Interesante la remasterización cuadrafónica que
circula por ahí. (7)
7. Mehta/Filarmónica de
Los Ángeles (Decca, 1974). Esta es una interpretación juvenil –el maestro indio
contaba treinta y ocho años–, para lo bueno y para lo menos bueno. Hay
brillantez bien entendida, comunicatividad, enorme dominio de la masa orquestal
y muchas, muchísimas ganas de hacer música. Pero también se aprecia una
evidente inmadurez, sobre todo en los movimientos iniciales, dichos de manera
bastante superficial; el gran clímax con que concluye el primero de ellos suena
ajeno a la agónica desesperación que reclaman los pentagramas. El Adagio
funciona bastante mejor, y hubiera sido magnífico de no ser por la
planificación brusca y aparatosa de su sublime clímax central. Soberbio el
Finale, poderoso y elocuente, irreprochable en el idioma bruckneriano hasta
que, lástima, se llega a una coda a la que le falta grandeza. La orquesta rinde
de manera formidable y se encuentra recogida por una toma espléndida. (8)
8. Karajan/Filarmónica de
Berlín (DG, 1975). En enero y abril de 1975 el de Salzburgo comenzó su ciclo
Bruckner para el sello amarillo con una Octava muy “de estudio”. Antes
que vehemencia, inmediatez o intensidad expresiva, lo que se busca es la
perfección formal, no solo en lo que a ejecución se refiere, sino también en
planificación tanto vertical como horizontal. ¡Y vaya si lo consigue!
Probablemente hasta esa fecha, con la excepción de Klemperer/Philharmonia, no
se había escuchado una recreación tan increíblemente bien tocada, tan depurada
y bella en la sonoridad, tan organística en la sonoridad y –al mismo tiempo–
tan bien clarificada, tan sólida en su arquitectura y construida con tanta
lógica hasta sus clímax. Todo ello, lo más importante, lo hace el maestro –al
contrario que en otras ocasiones en este y otros repertorios– sin desmelenarse
en decibelios, sin dejarse llevar por la mera opulencia y sin recrearse en
preciosismos. Serio, objetivo y quizá un punto más distante de la cuenta –sobre
todo en el primer movimiento–, aquí Karajan se muestra –solo en un instante se
deja llevar: las trompetas antes del primer golpe de platillos–
extraordinariamente riguroso en la expresión. E idiomático al cien por cien,
faltaría más. Cierto es que hay algún error de concepto puntual –muy poquita
cosa el oboe después del primer clímax– o general –el Trío no resulta nada
inquietante–, pero a cambio Karajan nos deja un Adagio hermoso, cálido y
comunicativo como pocos se hayan escuchado. Imponente, catedralicio el Finale.
El BR Audio a nada menos que 192 kHz permite disfrutar a tope de una toma
natural, equilibrada y transparente realizada en la Philharmonie. (9)
9. Jochum/Staatskapelle de Dresde (EMI, 1976). El
maestro sigue teniendo en mente el concepto crispado de su mítica grabación de
Hamburgo, pero los resultados ahora son mucho menos interesantes, sobre todo
por un primer movimiento en el que se deja llevar por el nerviosismo y cae en
la aparatosidad; la planificación es deficiente y no aflora la amenaza interna
de la música, que queda sustituida por el decibelio. En la misma línea el
Scherzo, del que al menos se pude rescatar un muy correcto Trío. Espléndido el
Adagio: ahora sí, Jochum consigue la concentración necesaria, destilando
belleza y ofreciendo calidez sin bajar la guardia, teniendo muy presente la
angustia existencial de la partitura; peculiar la manera de construir las
tensiones hacia el gran clímax, pese a que el estado de los metales de la
formación sajona juega en su contra. El Finale, al contrario que los dos
primeros movimientos, se encuentra bien planteado y se resuelve de manera
medianamente satisfactoria; formidable la coda, que arranca de manera mágica y
culmina con el adecuado desgarro. (8)
10. Böhm/Filarmónica de
Viena (DG, 1976). Aun sin llegar a los niveles de excelsitud de su referencial Cuarta
tres años anterior, Böhm ofrece una lectura globalmente admirable en la que hay
que destacar la extraordinaria planificación de la arquitectura, la
transparencia orquestal y la fabulosa respuesta de una Wiener Philharmoniker en
su mejor momento a la que el maestro, de manera milagrosa, hace sonar con la
mayor belleza posible sin que ésta sea nunca un fin en sí mismo, y por ende sin
hacer concesión a preciosismos ni trivialidades. Al contrario, el enfoque de la
batuta es austero y dramático, ajeno no sólo a los citados devaneos, sino
también al misticismo, a la sensualidad e incluso a la calidez humana. Por eso
mismo el primer movimiento, decidido y dramático, incluso un punto áspero,
puede parecer algo más premioso de la cuenta; al menos, no todo lo misterioso
que podría ser, y no del todo atento a ese lirismo acongojante que destilan las
notas. Riguroso, implacable y sin concesiones el Scherzo, magníficamente
trazado y con detalles de enorme clase, aunque quizá también un punto rígido; el
Trío se queda más bien en la superficie si lo comparamos con el milagro de
Klemperer, pero eso les pasa a todos. El Adagio es una maravilla, con unos
violonchelos vieneses haciendo esos prodigios que solo ellos saben, pero sin
que a Böhm se le mueva un pelo. El cuarto movimiento, en fin, resulta un
prodigio de trazo y de convicción, siempre dentro de este enfoque escasamente
retórico, poco preocupado por la opulencia del sonido y dispuesto a ser al
mismo tiempo dramático y épico sin decantarse por ninguna suerte de
triunfalismo. La toma es de gran calidad, y su bajo volumen garantiza una
amplia gama dinámica, pero lo cierto es que no tengo nada claro que el
reprocesado de Esoteric en SACD suene mejor que el CD de Deutsche Grammophon de
toda la vida. (9)
11. Karajan/Filarmónica Viena
(DVD DG y Stage+, 1979). Esta filmación en San Florián es un hito de la historia de la
fonografía de la música sinfónica. En ella un Karajan atípico –fuertemente
medicado justo antes del concierto debido a unos terribles dolores de espalda,
según me comentó un lector– construye una versión sin ninguna belleza
hedonista, escasamente melancólica. Tampoco hay grandilocuencia alguna, pero sí
una incomparable tensión dramática que, eso sí, se encuentra bajo el más
absoluto control: las tensiones se encuentran medidas al milímetro y los clímax
alcanzan una especial rebeldía, aunque no hay un solo arrebato momentáneo que
haga perder la concentración. La orquesta está maravillosa, si bien en una
línea mucho menos bella, más áspera y aristada, de cómo lo hará en su posterior
versión digital con el mismo director. ¿La mejor Octava? Pues sí. Bueno, vale, está la de Celibidache en Lisboa, pero eso es un secreto entre usted y yo. (10)
12. Barenboim/Sinfónica de
Chicago (DG, 1980). En la que es su primera grabación de la partitura,
Barenboim deja ya bien claro que la suya no es una visión lírica, menos aún
mística, sino abiertamente escarpada, dramática y visionaria, por momentos
verdaderamente terrorífica. A poner en sonido su concepto, atrevido y un tanto
unilateral, le ayudan una asombrosa concentración en la arquitectura –solo la
coda final, por querer ser por completo antirretórica, se precipita un poco– y
una orquesta brillantísima capaz de ofrecer los fortísimos más atronadores que
imaginarse puedan –increíble matización de la gama dinámica– sin perder
redondez y empaste. La toma de sonido sigue siendo en 2026 una de las mejores
que se han escuchado en esta obra. (9)
13. Jochum/Sinfónica de Bamberg
(YouTube, 1982). Cortesía de la NHK tenemos esta filmación en Tokio en la que
Jochum, al frente de una orquesta de buen nivel, nos deja su más tardía
aproximación a la partitura. Los dos primeros movimientos son rápidos e
implacables y están llenos de tensión, amenaza y desgarro, pero el discurso
resulta un tanto cuadriculado y la música no respira lo suficiente, por lo que
se pierden vuelo lírico y emotividad. El Adagio es magnífico, sabiendo
conjugar cantabilidad y hondo dramatismo a la perfección. El Finale, brillante
pero precipitado, está en la línea de los dos primeros, logrando impactar pero
no emocionar. (8)
14. Giulini/Orquesta Philharmonia
(BBC, 1983). Una pena que este registro en vivo sea de origen radiofónico y
tenga que lidiar con la problemática acústica del Royal Festival Hall, porque
en él el maestro de Barletta adopta una postura intermedia entre sus maneras de
la “segunda madurez” de los setenta” y la “tercera madurez” de los ochenta.
Incluso se podría decir que aquí Giulini es un poco menos el Giulini que se
podía esperar. Al menos en los movimientos extremos, no del todo efusivos en
sus partes líricas y sí muy escarpados, implacables (¡tremendo el arranque del
Finale!), incluso ásperos. Ideal en este sentido la Philharmonia, de cualidades
muy distintas a las filarmónicas de Berlín y Viena. No particularmente
visionario, pero sí interesantísimo el Scherzo: en lugar de decantarse por lo terrorífico,
el maestro aporta lirismo, plasticidad y flexibilidad para mostrarnos una nueva
cara de esta página. En el Adagio Giulini sí que es él mismo, mas sin bajar la
guardia. Su mejor registro de la obra, en definitiva. (10)
15. Giulini/Filarmónica de
Berlín (Testament, febrero 1984). Tres meses antes de su grabación oficial con
Viena, Giulini ofrece una interpretación que hace gala de esa naturalidad en el
fraseo que caracteriza al maestro, que luce un legato admirable, una
cantabilidad de la mejor ley y una sensualidad para derretirse, como también la
tensión interna y la garra dramática que exigen esta música, amén de el
particular sonido bruckneriano –ideal la orquesta– y su perfecto empaste
polifónico. El primer movimiento resulta todo lo tenso y escarpado que debe,
pero posee también una profunda espiritualidad que se hace aún más evidente en
el segundo, que como en su anterior testimonio londinense vuelve a ser
revelador. El Adagio es hermosísimo, sin necesidad de ser muy doliente. El
movimiento menos admirable es el último, no todo lo visionario que pudiera
haber sido, sobre todo en la coda. (9)
16. Giulini/Filarmónica de
Viena (DG, 1984). Conceptualmente es una lectura muy equilibrada entre lo
lírico, lo épico y lo dramático y, por ende, no muy aristada, rebelde ni
visionaria, pero sí dotada de una admirable cantabilidad y poesía. El primer
movimiento posee aquí apreciable concentración, sin resultar especialmente
tenso. El segundo movimiento está muy bien. El tercero es bastante más lento
que en las grabaciones anteriores del maestro, destacando por su
particularmente lírica poesía. El cuarto es magnífico, en esta ocasión más
lento y paladeado. La orquesta, ninguna sorpresa aquí, está impresionante.
(9)
17. Giulini/World
Philharmonic (DVD Euroarts, 1985). Al frente de una orquesta que se queda algo
corta, el maestro repite el concepto del año anterior presidido por ese sentido
humanístico propio de su arte. Por desgracia, al primer movimiento le falta
algo de fuerza y compromiso expresivo, incluso de concertación. Tampoco convence el Trío del Scherzo.
Espléndido el Adagio: su arranque posee mayor vehemencia que en su lectura oficial
del año anterior en Viena y, en general, pierde en humanismo lo que gana en
carácter anhelante. Notabilísimo el Finale, no especialmente visionario, pero
sí dotado de una incontestable grandeza espiritual. La calidad de imagen deja
que desear para la fecha. (8)
18. Karajan/Filarmónica de Viena
(DG y Sony DVD, 1988). Aquí Karajan, a diferencia de su filmación del 79, sí
que es Karajan propiamente dicho, ofreciendo una lectura que se recrea en los
contrastes sonoros y en la belleza incomparable que ofrece la orquesta, pero
que sabe al mismo tiempo resultar emotiva y sincera sin perderse en
preciosismos. Ciertamente carece de la tensión dramática de un Böhm, o de la
cantabilidad y el humanismo de un Giulini, pero aporta a cambio una importante
dosis de brillantez, sin caer apenas en lo efectista –se buscan los contrastes
dinámicos extremos marca de la casa, faltaría más– e inyectando grandes dosis
de rebeldía en los clímax. En cualquier caso, los dos movimientos iniciales no
son redondos: en el primero se detectan algunas caídas de pulso, algunas
discontinuidades que hacen el arco de tensiones menos implacable, mientras que
al Trio del Scherzo se le podría sacar más partido. Pero el tercer movimiento
es tan bello como emotivo –qué planificación más natural, qué manera tan
maravillosa de desarrollar tensiones y distensiones– y el cuarto, sin duda
genial, alcanza una fuerza visionaria abrumadora, independientemente de que se
pueda preferir una coda no tan épica y más dramática. Aparte del CD editado por
el sello amarillo, existe una filmación realizada por el propio Karajan con su
habitual gusto de ribetes nazis: ya saben, trompetas perfectamente alineadas y
todo eso. De las dos ediciones realizadas por Sony, es el canal surround de la
primera de ellas, la de 1992, el que ofrece los resultados sonoros más
espectaculares, aunque la manipulación de la fuente original en los estudios
nipones resulta más que probable. Sensacional el sonido en el SACD de Esoteric,
pese a que en el tercer movimiento los graves de los contrabajos llegan a ser
excesivos. (9)
19. Solti/Sinfónica de
Chicago (Decca, 1990). Esta espléndida toma en vivo realizada en San
Petersburgo deja bien claro que, al igual que Solti maduró como director
bruckneriano –y se diría que como intérprete en general– en los años ochenta,
en la década siguiente empezaría a perder el nivel alcanzado. Por descontado
que la planificación es portentosa, que la polifonía está plenamente atendida,
que la claridad es admirable, que el fraseo resulta tan natural como concentrado
–ni nerviosismo ni precipitaciones, como tampoco blanduras o languideces–, que
los picos de tensión se alcanzan con una lógica portentosa y que la increíble
sección de metales de la orquesta está plenamente aprovechada para ofrecer una
brillantez fuera de serie sin que esta traiga consigo la ampulosidad o el
exceso de retórica. Sin embargo, el maestro no acierta: aunque no es él
precisamente, por su propia personalidad interpretativa, quien vaya a regatear
los aspectos más dramáticos y escarpados de la partitura, la falta de
inspiración se hace evidente. Todo suena un tanto lineal, frío, distanciado,
los clímax resultan más externos que sinceros y la sensualidad y la hondura
humanística se pierden por el camino. En el Finale se consiguen los mejores
momentos, aunque este tampoco es redondo y la coda decepciona de manera
considerable: suena equivocadamente épica. (8)
20. Celibidache/Filarmónica
de Múnich (Sony SACD, 1990). Esta filmación en vivo en Tokio fue el primer
testimonio comercializado de la Octava de Bruckner por Celi, en su
momento parte de una serie de Laser Disc en la que también se incluían la Sexta
y dos versiones de la Séptima. Como era de esperar, a quienes no
habíamos tenido todavía –yo le pude pillar una Tercera– la oportunidad
de escucharle en directo dirigiendo a este autor quedamos profundamente
impresionados por sus particulares maneras de hacer: tempi lentísimos (97’41’’,
aunque en su grabación de 1993 llegará los increíbles 104’), extrema depuración
sonora por completo ajena a preciosismos, absoluta claridad polifónica,
sonoridades “organísticas” ideales para el compositor y, sobre todo, una
increíble planificación de las tensiones que, pese a los tempi adoptados,
permite alcanzar clímax de implacable fuerza visionaria al tiempo que se
paladean hasta el límite las hermosísimas melodías. Todo ello dentro de un
concepto filosófico y espiritual, pero en absoluto meramente contemplativo,
sino también muy atento al drama existencial que se esconde tras las notas. Se
puede preferir un primer movimiento más desasosegante y escarpado, así como un Schrzo
donde el terror resulte más presente, pero es difícil resistirse ante la
infinita poesía del tercero y ante la monumental grandeza (¡sin rastro de
ampulosidad ni de retórica!) de un Finale construido con mano verdaderamente
maestra. El sonido en SACD es espléndido. (10)
21. Celibidache/Filarmónica
de Múnich (EMI, 1993). Celi repite el concepto de su interpretación en Tokio
dos años anterior, ahora con unos tempi sensiblemente más lentos en los dos
últimos movimientos, aunque con resultados no menos memorables. Personalmente
prefiero un enfoque más rebelde, ominoso y terrible en los dos primeros
movimientos, menos espiritual y esencializado que el que adopta aquí
Celibidache, pero es imposible resistirse ante tan genial muestra de
planificación –las tensiones están construidas de manera milagrosa a pesar de
la enorme lentitud–, de plasticidad en el manejo de la masa orquestal, de
dominio de la polifonía, de cantabilidad en el fraseo y, en general, de
convicción expresiva. El Adagio difícilmente encontrará parangón en la
discografía en su perfecta fusión de emotividad y control de la arquitectura,
mientras que en el Finale, pese a resultar poderosísimo y avanzar de manera
implacable, se iluminan multitud de recovecos de lirismo que generalmente pasan
desapercibidos. Lástima que la orquesta no sea la mejor posible y que la toma
sonora no esté a la altura de la época. (10)
22. Sinopoli/Staatspakelle
de Dresde (DG, 1994). Vistosa, extrovertida pero epidérmica versión, que nunca
aburre al estar bien llevada y recrearse en la brillantez de los metales y en
los contrastes dinámicos, pero que se queda en la superficie de la obra: suena insincera.
La coda del primer movimiento resulta muy indiferente. Al menos se agradece el
interés por paladear el trío del Scherzo y todo el Adagio. Eso sí, la belleza
sonora y el virtuosismo de la orquesta hacen subir el nivel, y la grabación es
portentosa. (7)
23. Barenboim/Filarmónica
de Berlín (Teldec, 1994). Al frente de una orquesta tan asombrosa como la de
Chicago de su registro anterior y aún más adecuada para este autor, Barenboim
repite su enfoque dramático, sincero y a tumba abierta, pero más rápida y menos
concentrada, lo que se traduce en un primer movimiento igualmente implacable
pero no tan atmosférico y ominoso, y en un Scherzo aquejado de un evidente
exceso de nervio. El resultado lo equilibra un Adagio más cálido y emocionante,
y un Finale quizá un punto más aquilatado en su arquitectura. La toma sonora,
siendo espléndida, carece de la espacialidad y gama dinámica de la grabación de
DG. (9)
24. Haitink/Filarmónica de Viena
(Philips, 1995). Versión extraordinariamente bien construida, de gran claridad
y admirable matización dinámica. Se encuentra, además, dotada además de una
gran belleza sonora pese a que la batuta no se interesa demasiado por el color,
sobre todo el de las maderas. Lo malo es que Haitink se muestra en exceso
distanciado, sobre todo en un primer movimiento muy aburrido, falto de poesía,
tensión y drama. El segundo está muy bien, el tercero es irregular y el Finale
resulta magnífico. (8)
25. Boulez/Filarmónica de
Viena (DVD Euroarts y CD DG, 1996). Soberbia arquitectura, sin devaneos, consiguiendo
clímax de enorme tensión –como el del primer movimiento o la coda del Finale– y
muy hermosa y elegante la sonoridad, sin renunciar a lo escarpado. El problema
es que Boulez atiende a los aspectos dramáticos de la partitura mas no a los
líricos, faltando efusividad en el fraseo, calidez y trasfondo humanista. Así
las cosas, el primer movimiento solo convence al llegar a su desgarrador clímax, para pasar seguidamente a una coda aséptica. Muy bien el Scherzo, pero su
Trio está dicho de pasada. El tercer movimiento conmueve poco, salvo en sus
clímax. El cuarto está muy bien, pues Boulez define muy bien las líneas y lo
expone con energía. La toma sonora satura los graves. (8)
26. Wand/Filarmónica de
Berlín (RCA, 2001). Con ochenta y nueve años recién cumplidos y una tan amplia
como irregular trayectoria bruckneriana a sus espaldas, ese director “de culto”
que era Günter Wand ofreció una interpretación que, beneficiándose de la
sonoridad robusta, oscura y empastada de la Filarmónica de Berlín, se apartó
del esperable sendero otoñal para ofrecer una versión que sabe ofrecer toda la
tensión interna y la garra que requiere esta complicada partitura, combinando
así la cantabilidad en el fraseo con sonoridades apreciablemente rocosas y
escarpadas. A destacar ciertos detalles creativos –no siempre convincentes– en
el tratamiento de la agógica y la grandeza conseguida en un final amplio y
solemne, pero carente por completo de retórica vacua. (9)
27. Nagano/Deutsche Symphonie-Orchester Berlin (DVD
Arthaus, 2005). Sorprende que del maestro estadounidense, tan poco asociado a
la música de Bruckner, nos llegue una Octava de tan alto nivel. Altura
que viene dada, fundamentalmente, por su perfección técnica: no solo obtiene un
soberbio rendimiento de la antigua orquesta de la RIAS, sino que planifica con excelencia tanto en lo horizontal como en lo vertical. Todo está en su sitio,
todo es transparente, los planos sonoros se encuentran equilibrados y la
arquitectura discurre con una lógica y naturalidad aplastantes, sin dar lugar a
nerviosismos ni a puntos muertos. Interpretativamente el logro no es tan
grande: quizá el enfoque apolíneo no sea el más apropiado para una obra como
esta, que parece pedir una aproximación más a flor de piel, más atmosférica y
con un carácter visionario más acentuado. En cualquier caso, los dos últimos
movimientos –muy
hermoso el Adagio– funcionan
mejor que los primeros. La filmación deja que desear: planificación visual
caprichosa y mareante. (8)
28. Thielemann/Filarmónica
de Berlín (Digital Concert Hall, 2008). Por descontado que el lenguaje es
el adecuado, que la sonoridad –germánica hasta la médula– es idónea, que el
trazo es firme y que está por lo demás muy brillante y sólida interpretación no
conoce caída en la retórica, la ampulosidad o la pesadez. Pero el riesgo, la
creatividad y el compromiso expresivo de antes se ven ahora sustituidos –o al
menos esa es mi impresión– por el distanciamiento, la ortodoxia menos
interesante y hasta la rutina. El primer movimiento desprende cierta sensación
de frialdad, y solo al llegar a su acongojante clímax la tensión parece llevar
a alguna parte; la muy indiferente coda nos deja sumidos en la asepsia. Mejoran
las cosas en el Scherzo, mucho más trabajado y muy convincente; el Trío no lo
huele. El Adagio está muy bien construido, pero no hay rastro de esa
emotividad, de ese profundo sentido humanista que convierten a esta página en
una de las cimas de toda la música sinfónica. Y muy bien el Finale, bien
trazado y dicho con energía, aunque echándose de menos el carácter visionario
que debe desprender su acumulación de tensiones. (8)
29. Thielemann/Staatskapelle
Dresden (Hänssler, 2009). Aquí el maestro berlinés parece estar mejor. Bruckner
muy robusto, denso y corpulento, muy masivo, con grandes contrastes sonoros,
muy a lo Karajan, pero acertadamente rebelde y hasta crispado; poco
contemplativo, pero no por ello escaso de poesía. Eso sí, hay alguna que otra
frase algo más frágil de la cuenta y ciertas caídas de tensión. El primero
movimiento es lo que menos convence por sus irregularidades en la tensión
interna, aunque el clímax es muy encrespado y emocionante. Indiferente otra vez
la coda. Muy poderoso el Scherzo. Admirable el Adagio, sin llegar a las mayores
cotas de humanidad posibles. En el Finale hay frases que podrían estar más
paladeadas, pero la tensión se acumula de manera implacable. Toma sonora
confusa y estridente. (9)
30. Barenboim/Staatskapelle
de Berlín (Blu-ray Accentus y CD DG, 2010). El nivel es altísimo gracias al
perfecto idioma, al concepto que sabe aunar lirismo y rebeldía, a un pulso
perfectamente sostenido que no cae en nerviosismos ni en innecesarios letargos
contemplativos, a la gran atención a la claridad –hay incluso reveladores
detalles en las texturas– y a una orquesta que responde estupendamente con un
sonido bruckneriano cien por cien. El primer movimiento es rápido, apremiante,
deteniéndose poco en crear atmósferas para optar abiertamente por el dramatismo
implacable. El segundo resulta espléndido en su ortodoxia, no viéndose lastrado
por el nerviosismo de su interpretación con la Filarmónica de Berlín. El Adagio
es maravilloso, siempre dentro de un enfoque anhelante que, pese a su
incandescencia, sabe hacer fluir a la música con lógica y naturalidad
portentosas hasta alcanzar un clímax de enorme garra. El Finale, quizá el más
redondo de la interpretación, posee mucha garra, evita precipitarse y acumula
tensiones de manera tan sutil como implacable, cargándose de garra dramática
sin caer en la brillantez meramente externa ni en la opulencia. La coda no es
tan furiosa como en sus anteriores grabaciones y está recreada con mayor
grandeza, sin ser la más visionaria de las que se hayan escuchado. En cualquier
caso, la mayor aportación de este nuevo acercamiento es su naturalidad y su
cantabilidad, atestiguando la afirmación del maestro de que el trabajo en el
foso de su orquesta le permite realizar estas aportaciones. Sonido
impresionante en Blu-ray. (10)
31. Blomstedt/Filarmónica
de Berlín (Digital Concert Hall, 2015). Blomstedt juega con ventaja, porque no
hay una sola orquesta en el mundo –incluidas Viena, Concertgebouw, Chicago
y todas las que ustedes quieran– más adecuada para semejante partitura. Su
empaste denso y prieto, su perfecto equilibrio entre masas sonoras, su
robustísima cuerda grave y sus metales redondos, poderosos, pero nunca
excesivamente brillantes o con afán de protagonismo, convierten la audición en
toda una experiencia. Por supuesto, esto no serviría de nada sin una cabeza
rectora que sabe lo que se hace, y aquí tenemos a un Blomstedt que construye la
magna catedral sonora con absoluta perfección, sin languideces ni puntos
muertos, fraseando con sutil flexibilidad, cantando las melodías con holgura,
evitando toda pesadez y alcanzando los clímax, jamás retóricos ni
hipertrofiados, con absoluta lógica y naturalidad. El problema es que sueco-estadounidense,
maestro serio y profesional donde los haya, rara vez termina comprometerse con
lo que toca. Se echa de menos un grado más de terror ante el abismo, de
anhelo de encontrar respuesta en el más allá, de súplica agónica… También de
sensualidad terrena, de profundidad mística y de exaltación visionaria. La coda,
por otra parte, suena más épica que trágica. Para entendernos, una gran
interpretación de “kapellmeister” de los de toda la vida, pero no una de esas
que hacen plena justicia a la obra como una de las más geniales sinfonías que
se hayan compuesto. (8)
32. Domingo Hindoyan/Sinfónica
Simón Bolívar (YouTube, 2016). Interpretación de corte juvenil, antes escarpada
que meditativa, de marcado sentido dramático, y todavía inmadura en su
concepto. Arranca de manera admirable, con decisión y espíritu combativo, pero
a medida que se desarrolla el primer movimiento se evidencia la falta de esa
sensualidad, esa cantabilidad un tanto agónica y esa calidez que caracterizan a
la música de Bruckner: los resultados son vistosos pero unilaterales en la
expresión, y no del todo sinceros. El Scherzo no alcanza especial interés, pues
aun estando bien tensado tiene poco que decir; cuando apuesta por leves
frenadas y acelerones, no convence en absoluto. Muy bien el Adagio, que pese a
su falta de efusividad poética y de carácter visionario se encuentra
admirablemente planificado y cantado, dicho con naturalidad y con exquisito
gusto, sin preciosismos ni puntos muertos. Espléndido el Finale, perfecto en su
arquitectura y adecuadamente dramático, aun no convenciendo una coda en exceso
épica, incluso triunfalista. La orquesta, de tamaño gigante, se queda bastante
corta: la cuerda no termina de empastar y los metales son pobretones. Imagen
4:3 y sonido con gama dinámica recortada. (7)
33. Mehta/Filarmónica de
Berlín (Digital Concert Hall, 2019). En este concierto previo a una gira por
Japón, un Mehta recién salido de su lucha contra el cáncer que tiene que
caminar con bastón y dirigir sentado ofrece una lectura con más oficio que
inspiración, pero irreprochable en su idioma bruckneriano y trazada con
absoluta perfección, el fraseo es plenamente orgánico, las tensiones están
planificadas de manera inmejorable y la concentración se mantiene en todo
momento. En lo expresivo se encuentra planteada desde un perfecto equilibrio
entre lo lírico y lo dramático, lo contemplativo y lo escarpado. Quizá por eso
al primer movimiento, expuesto con lógica aplastante, se le podría pedir un
mayor sentido de la amenaza y unos clímax más escarpados: el resultado en
absoluto es descafeinado, pero el maestro tampoco quiere ponerse al borde del
abismo. Justo como ocurre en un Scherzo sensatamente planteado y mejor
resuelto, aunque a Zubin le ocurre lo que a la mayoría de los directores en
esta obra: el Trío no lo huele ni de lejos. Cuando llega el sublime Adagio la
cosa cambia: aquí sí que aparece el Mehta no solo gran director, sino también
gran artista. No solo hay en él fluidez, naturalidad y un portentoso
tratamiento de dinámicas y transiciones, sino también sensualidad, elevación
poética y sentido de los trascendente, aun siempre guardando el mencionado
equilibrio: no encontramos en la religiosidad de Mehta nada de dulzón o de
exceso de confianza en el más allá, pero tampoco su planteamiento es torturado
ni rebelde. Dolor y aceptación se dan de la mano. El Finale está desgranado con
mano maestra y culmina con una coda en absoluto hinchada, pero sí llena de la
más noble grandeza. Lástima que la toma sonora, aun espléndida, adolezca de un
poco de compresión dinámica cuando las efes se acumulan. (8)