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miércoles, 20 de junio de 2018

Domingo vs. Nucci

Dicen por ahí que Plácido Domingo es un monumental fraude en los papeles baritonales escritos por Verdi. Las mismas voces afirman que Leo Nucci, un año más joven que el tenor madrileño, sí que conserva las verdaderas esencia del canto verdiano. Y además es un barítono de verdad. Pues vale.



Aquí tienen estas dos versiones de la sublime aria "Pietà, rispeto, amore" de Macbeth a cargo de los dos citados artistas. La primera procede de una filmación de la Ópera de Los Ángeles realizada en 2016, y en ella Domingo se encuentra acompañado por James Conlon. La segunda es de ahora mismito y ha sido subida a YouTube por la Ópera de Lieja, donde se siguen ofreciendo estas funciones bajo la batuta de Paolo Arrivabeni protagonizadas por Leo Nucci.



Escuchen las dos, por favor. ¿Hace falta decir más?


martes, 14 de julio de 2015

Traviata en el Liceu: irregular la música, excelente la escena

Si prolongué, tras los dos conciertos de Barenboim, mi estancia en Barcelona para ver la Traviata que se ofrecía en el Liceu, era movido por la ilusión de escuchar a mi paisano Ismael Jordi en este teatro tan emblemático, más aún cuando junto a él –hay otro elenco alternándose en estas funciones– cantaba nada menos que Leo Nucci, un señor que nunca ha sido santo de mi devoción pero al que hay que reconocerle que mantiene vivas las esencias de esa "ópera a la antigua usanza" que hoy parece definitivamente perdida. Me saqué segunda fila de patio de butacas para disfrutar en condiciones. Al final vi una representación que me gustó mucho en la parte escénica –intentaré explicarlo luego–, pero que en lo musical me pareció francamente irregular.

Personalísima, llena de talento pero muy discutible en lo que a concepto se refiere la dirección musical de Evelino Pidò, un señor que aborda a Verdi desde la ligereza en todos lo sentidos: no solo en lo que se refiere a los tempi, sino también en sonoridad y, lo que es más importante, en expresividad. Esto es, un Verdi en las antípodas del que ofreció Barenboim unos días antes en el Palau, donde precisamente interpretó, entre otras paginas, los preludios de los actos primero y tercero de esta ópera.


Ya se pueden imaginar que si lo del de Buenos Aires me entusiasmó, lo de Pidò me gustó poco. Permítante radicalizar mi postura y confesarles que a mí me parece, sencillamente, que este señor carece de buen gusto musical. Porque por mucho que hiciera sonar francamente bien a la orquesta de la casa –que parecía contentísima con él–, sacase a la luz detalles en la orquestación rara vez escuchados, fraseara tanta fluidez como imaginación y ofreciese pasajes llenos de dinamismo, no me parece de recibo que esta partitura sonara ante todo frívola y distendida –el clímax del "Amami, Alfredo" fue el más flácido que jamás haya escuchado–-, que la electricidad se confundiera con el nerviosismo, que la agilidad rozara lo pimpante, que el drama avanzara a trompicones y, sobre todo, que el foso no respirase con las voces: en más de un momento los cantantes parecían demandar un tempo más lento mientras Don Evelino, a su bola, no dudaba en ponerles en apuros para batir todas las marcas de velocidad. Repaso mi blog y descubro que de su Boccanegra en Valencia opiné algo muy parecido a lo de esta Traviata, así que este es el modus operandi habitual de Pidò. ¿Cómo es posible que esté haciendo semejante carrera?

Anita Hartig (Romanía, 1983) era para mí una completa desconocida. En su currículo figuran Mimí, Butterfly, Micaela y poco más. Debutaba como Violetta precisamente esa noche del 9 de julio de 2015 en Barcelona. En el primer acto no me gustó nada: voz sin personalidad, aquejada de vibrato excesivo, incómoda en el fraseo, discreta en las agilidades e indiferente en lo expresivo. ¡Menudo cambio en el segundo acto! No diré que me pareciera una maravilla –en el dúo con Germont me quedo con lo que hizo Maite Alberola en Madrid unos días atrás, junto a Plácido Domingo–, pero ahí sí que estuvo centrada en todos los sentidos. Pensarán ustedes lo que se piensa en estos casos: claro, la chica será una lírica ancha y no una lírico-ligera, así que es de las que meten la pata en el "Sempre libera" para luego mejorar. Pues no, no me parece que sea así. Simplemente, estuvo más ajustada. A lo mejor era cosa de los nervios. Cierto es que su "Amami, Alfredo" fue de una frialdad glaciar –lógico, con ese señor en el foso–, pero en los actos segundo y tercero, concertante final en la casa de Flora incluido, estuvo bien; en el "Addio del passato" la voz se enturbió en el pianísimo conclusivo, pero aun así su labor fue estimable. Interesante debut, pues, de una Violetta que puede mejorar de manera considerable en el futuro.

Ismael Jordi ofreció, con sus virtudes y limitaciones, el Alfredo que ya le conocíamos desde su debut en Jerez junto a Gallardo-Dômas, pasando por el ya más madurado que le escuché en 2010 en el Maestranza: voz de pequeño tamaño y escasa en densidad, pero muy bien proyectada y manejada con exquisito gusto. Ismael es consciente de lo que puede y no puede hacer con ella, así que se centra en los aspectos más belcantistas del personaje: legato para derretirse, medias voces y reguladores admirables, sensualidad a flor de piel, etc. Sigue habiendo sonoridades molestas en el sobreagudo ("Amor è palpito" off stage) y cierta falta de evolución psicológica en el personaje, al que desde luego ve mucho antes desde la óptica de un Kraus que la de, pongamos por caso, un Villazón, pero aun así su labor resulta globalmente notable. Y no se piensen que lo pasa mal en los momentos más comprometidos: su trabajo va de menos a más, y donde mejor está es, precisamente, en el concertante del final del segundo acto, así como en toda la escena conclusiva.

Fue muy interesante escuchar a Leo Nucci como Germont tan solo unos días después de que un colega de su misma edad llamado Plácido Domingo, tenor por más señas, ofreciera el dúo con Violetta en el Real. Ya saben ustedes que soy rendido admirador de Domingo. Pues bien, en el referido dúo me quedo con Nucci, todo lo gastado que se quiera pero con una voz potentísima, rotunda, con una pasta mucho más adecuada para hacer justicia al personaje: no solo hay que "dar las notas", sino darlas con el color que les conviene. Además el italiano parece dominar los resortes psicológicos de tan crucial secuencia mucho mejor que el madrileño sin sufrir, además, los agobios de fiato por los que pasa éste. Ahora bien: ¿qué ocurre en el "Di Provenza"? Pues ahí, aun sin haber tenido la oportunidad de escuchar cómo lo hace, sí que eché de menos la efusividad, la elegancia, el humanismo y el estilo de Plácido. Nucci, todo lo sonoro que ustedes quieran, carece de cantabilidad –su legato me parece pobre– y resulta muy prosaico; estuvo mejor en la no muy frecuente cabaletta, que por fortuna no se eliminó.

Bien el resto de los cantantes: Gemma Coma-Alabert como Flora, Jorge Rodríguez-Norton como Gastone, Toni Marsol como Douphol, Marc Canturri como d'Orbigny, Fernando Radó como Grenvil y Miren Urbieta Vega como Annina. Muy digna la labor del coro.

Lo que más me gustó, ya lo dije antes, fue la producción escénica firmada por el irregular David McVicar, "realista" pero no excesivamente minuciosa ni mucho menos recargada, esencial pero no aséptica, respetuosa con el libreto pero no encorsetada, y desde luego mucho antes atenta al drama que a ofrecer espectáculo: estamos en las antípodas de la propuesta de Zefirelli que se vio en Sevilla. ¡Y qué alivio que se hiciera una relectura con mucha guasa de la escena de Piquillo! Cuando algún regista en vena andaluza se la toma en serio resulta insoportable.

Gran acierto, por otro lado, la escenografía y el vestuario de Tanya McCallin, de apreciable belleza y lograda elegancia aun recurriendo casi en exclusiva a un negro fúnebre que, por fortuna, nada tuvo que ver con el carácter tristón, pesado y sin matices de la producción que vi hace años en Berlín a cargo, nada menos, que de Götz Friedrich. Lo de McVicar, sin que vaya a pasar a la historia, es mucho mejor.

Al terminar la función subí a camerinos para saludar a Ismael, pero no me permitieron acceder: ultima vez que me gasto más de ciento cincuenta euros en el Gran Teatre del Liceu, un lugar al que –lo confieso– le tengo antipatía desde que acudí ilusionadísimo a ver el Makropulos y me encontré con subtítulos exclusivamente en catalán. Pero esa es otra historia.

sábado, 21 de septiembre de 2013

Un Barbero a conocer, por Rockwell Blake

Hacía bastantes años que no veía este Barbero de Sevilla, una filmación televisiva –con molestos fundidos en negro para la publicidad– realizada en 1989 en el Metropolitan de Nueva York que se ha conservado con imagen y sonido bastante decentes, aunque lejos de los estándares de hoy en día. Tras verlo de nuevo, me reafirmo en que su conocimiento es obligado, por una sola pero poderosa razón: Rockwell Blake. No diré que su Almaviva me guste más que el de Flórez, sin duda superior en belleza tímbrica, depuración sonora y sensualidad. Pero se muestra, a despecho de algunos momentos no del todo bien resueltos, magnífico en su línea, ofreciendo un enfoque mucho más viril, arrogante y atrevido que el de su colega; también menos ensoñado, probablemente más en sintonía con el personaje pensado por Rossini, y desde luego con un instrumento vocal mucho más cercano al de baritenor para el que presuntamente fue creado. Fue el norteamericano, además, quien recuperó para los escenarios el dificilísimo “Cessa di più resistere” que aquí canta con segurísima coloratura –impresionante para no ser una voz de la ligereza de la de Flórez– y resultados espectaculares.

En el resto del elenco hay de todo, con “un gran difetto”: la Rosina de Kathleen Battle, estupendamente cantada pero de una cursilería que echa para atrás. Sus abundantes ornamentaciones, al contrario que las de Blake, son una muestra del más trasnochado narcisismo. Leo Nucci, muy sobreactuado, cumple con solvencia en lo vocal pero ahí se queda. Mucho mejor Enzo Dara, que por fortuna canta a Don Bartolo en lugar de declamarlo, y además se desenvuelve con mucha simpatía por la escena; sus excesos cómicos se le pueden personar, porque la dirección escénica parece dar manga ancha a todos. Estupendo en este sentido Ferruccio Furlanetto, que comprende muy bien a Don Basilio y lo canta de manera irreprochable. Mal vocalmente la Berta de Loretta di Franco.

Galvaniza los resultados la notable batuta de Ralf Weikert, algo primaria y no muy refinada ni imaginativa, pero llena de fuerza teatral, cálida, comunicativa, llevada sin precipitaciones, dotada del adecuado sentido del humor y, sobre todo, bien atenta a no convertir a la música del de Pésaro –como empezaban a hacer ya algunos directores en aquellos años, empezando por Abbado– en un cúmulo de sonoridades volátiles, gráciles y amaneradas: este es un Rossini ágil y luminoso pero con su punto de densidad y de tensión sonora. Lo menos bueno quizá sea la obertura, que ya comenté en mi reciente comparativa.

La producción escénica de John Cox es de esas “que no molestan”. O sí: la casa de Don Bartolo es bien fea y parece un reciclaje de El rapto en el serrallo. El peluquín de Nucci es de antología, y para hartarse de reír ver a Rosina cantar la lección de música vestida de Jueves Santo, de negro y con mantilla. Al menos hay buenas intenciones humorísticas (nada que ver con la sobrevalorada producción de José Luis Castro que vimos en Sevilla, tampoco con la pretenciosidad de la de Sagi que estos días se recupera en el Real) y se saca notable provecho del escenario giratorio. Lo dicho: a conocer, por Rockwell Blake. Ahí arriba tienen el final, empezando por su impresionante “Cessa di più”.

lunes, 1 de julio de 2013

Rigoletto en el Maestranza: a la antigua usanza

Pude asistir –después de un muy molesto viaje en coche desde la sierra de Segura que terminó con la intervención de la grúa por avería– a la última de las ocho funciones que el Teatro de la Maestranza ha ofrecido de Rigoletto. Segundo reparto: Nucci, Pratt, Albelo. Mucho público foráneo que venía a escuchar al barítono boloñés. Ambiente de fans predispuestos a montar una fiesta. ¡Y bien que la hubo! El resultado fue una función en la que hubo insuficiencias más o menos claras en cada uno de los artistas congregados, pero que funcionó exactamente como cabía esperar y que nos hizo disfrutar de lo lindo a la mayoría de los que allí nos encontrábamos, entre otras cosas porque sabíamos bien a lo que íbamos.

Fue una función de ópera “a la antigua usanza” en el sentido más manido del término, con todo lo que ello implica: la música como vehículo de lucimiento para los cantantes, empeñados mucho antes en realizar proezas canoras –las que cada uno puede– que en poner su técnica al servicio de la historia que se está desarrollando, acompañados todos ellos por un foso convertido en colchón y dentro de una propuesta escénica pensada para deslumbrar visualmente al público menos cultivado, pero sin una verdadera idea teatral detrás. Y todo ello con un divo, en este caso Leo Nucci, dispuesto a dejarse querer sabiendo desde el primer momento que es el rey de la función. Vamos, una velada operística de esas en las que se disfruta de manera digamos “primaria”, dejando a un lado la reflexión y permitiéndose uno gozar del espectáculo en el sentido más estricto del término. Si se consigue entrar en el juego, se lo pasa uno en grande, incluso aunque no se sea fan de la estrella de turno.


Es el caso: a mí jamás me ha entusiasmado Leo Nucci, ni en disco ni en vivo. En Sevilla le pude ver hace ya años el Fígaro del Barbero y, precisamente, Rigoletto, y me aburrió de manera soberana. ¿Sigue siendo el mismo? Desde luego su canto es igual de monocorde, siempre en forte y sin el menor matiz canoro (¡ni un puñetero regulador!). La voz está ahora peor, lógicamente, aunque conserva un volumen muy considerable y un fiato sorprendente que le permite realizar unos cuantos alardes. Pero, a pesar de lo dicho, resulta ahora más convincente, por momentos muy emocionante, sobre todo en el segundo acto: su “Cortigiani”, rudezas y vulgaridades incluidas, estuvo dicho con la convicción de una figura que lleva toda su vida haciendo ópera y se mete en la piel del personaje al ciento veinte por cien. Incluso su sobreactuación escénica, que funciona regular en los primeros planos de una filmación, resulta eficaz vista desde el patio de butacas. Como además dejó la prudencia a un lado y decidió exhibir lo que le queda de voz, que no es poco para su edad, el impacto estuvo garantizado. Por supuesto que se bisó la “Vendetta”, por cierto bastante mejor que la horrenda que ofreció en 2009 en Madrid. Montó además el numerito de pedir aplausos –en medio de la función– para sus compañeros, para la batuta y para los solistas de la orquesta. El público, delirando.

La australiana Jessica Pratt, de voz no grande pero maravillosamente timbrada y con cuerpo suficiente, me deslumbró por su asombroso dominio de trinos y reguladores, que utiliza con claro afán exhibicionista (“Caro nome” de antología) pero sin caer en el cursi narcisimo de, por poner un ejemplo vistoso, una Gruberova. Solo en el tercer acto se quedó un tanto corta tanto en voz como en expresión, aunque siempre dentro de un buen nivel. Su buen gusto cantando parece indiscutible, a la espera de ir adquiriendo una mayor personalidad.

Al tinerfeño Celso Albelo es la primera vez que le escucho. Me lo esperaba más claramente belcantista: el bloguero Atticus (uno de los más de veinte aficionados que habían venido desde Valencia) me comentaba en el intermedio que le recordaba muchísimo a Alfredo Kraus, pero el recuerdo que yo tengo del Duca que ofreció el gran maestro en el mismo Maestranza en 1991 no es exactamente ese. Su discípulo matiza mucho menos –su técnica también resulta muy inferior– y está por completo alejado del carácter aristocrático que Kraus imprimía al personaje, pero por eso mismo resulta más “echado pa’lante”, más fresco e inmediato, y quizá en mejor sintonía con el personaje. La primera escena la resolvió con corrección (alguien que estuvo en todas sus funciones me confirmó que esa noche obtuvo ahí mejores resultados); funcionó muy bien en el dúo y en “Parmi veder le lagrime” hizo una maravillosa exhibición de canto ligado. Me gustó menos en la cabaletta, dudosamente rematada, cosa que compensó con un brillantísimo final de “La donna è mobile”, por lo demás cantada con cierta tosquedad. Muy digno en el cuarteto, y en conjunto notable encarnación del antipático personaje.

Mi admirada María José Montiel derrochó clase, pero no fue su noche. Mejor dicho, Maddalena no es su personaje: la mezzo madrileña resulta demasiado lírica. Por cierto, vaya piernas más espectaculares que tiene esta señora. Sí que es perfecta la voz –impresionante– de Dmitri Ulyanov para Sparafucile, mejor aquí que en su reciente Banquo en el Real. Muy bien el Monterone de Miguel Ángel Arias, y buen nivel en los comprimarios.


La dirección musical de Pedro Halffter se quedó a medio camino, pero desde luego resultó aplastantemente superior a algunos mamarrachos que en el mismo Maestranza hemos escuchado en Verdi, como el Trovatore de Maurizio Arena o el Macbeth de Daniel Lipton. De hecho, en cuanto concepto fue todo lo contrario: si los batuteros citados fueron deprisa y corriendo, siempre con rigidez marcial, sin dejar a la música (¡y a los cantantes!) respirar, metiendo además decibelios a discreción y aplicando el concepto de "ópera italiana igual a chimpún”, el madrileño moderó las dinámicas –a mi entender en exceso–, fraseó con amplitud melódica, fue flexible en el discurso e hizo uso de pinceles finos a la hora de tratar la sonoridad de la orquesta. El problema es que abordó la partitura más como una sinfonía que como ópera, por lo que se perdió algo tan importante en Verdi como es la capacidad para narrar, el sentido dramático, la teatralidad.

Así las cosas, Halffter resultó algo plano y mortecino en el primer acto, ofreció un segundo plausible y convenció por completo en el tercero gracias a su habitual sentido de la atmósfera –muy conseguida la tormenta– y a su cuidadoso tratamiento de colores y texturas, por momentos de fuerte carga sensual; logró así poner en evidencia la maravillosa imaginación de la escritura orquestal verdiana, sobre todo en un dúo final desgranado con calma y gran cantabilidad.

La producción escénica venía del Teatro Regio de Parma y se debía en origen a Stefano Vizioli. Yo ya la conocía por el DVD recientemente editado, precisamente con Nucci de protagonista. Su concepto se resume fácilmente: despliegue de hilos de oro en la corte ducal, mucho cartón piedra para el resto, dirección de actores pobretona, resoluciones poco imaginativas y escasez de auténtica vida teatral. No, no creo que el verdadero respeto a la obra sea precisamente esto, hacerla en plan función escolar de fin de curso. Pero también es verdad que, con las pedanterías que continuamente tenemos que soportar a algunos registas que pretender dejar su huella por encima de cualquier otra consideración, se agradece una propuesta así, sensata y respetuosa con las convenciones del melodrama. O al menos, muy en sintonía con el tipo de espectáculo “a la antigua” que se ofrecía.

Yo disfruté mucho de la función, para qué les voy a engañar. Y el teatro casi se viene abajo con la respuesta del público.

jueves, 7 de febrero de 2013

I Due Foscari en Parma con Nucci

Para prepararme la función de I due Foscari que espero ver en Valencia este viernes, he localizado por ahí el DVD de la filmación realizada en el Teatro Regio di Parma en octubre de 2009 que se incluye dentro de la edición Tutto Verdi editada por el sello CMajor. La única interpretación que yo conocía hasta ahora era la televisiva de Renato Bruson, Linda Roark-Strummer y Alberto Cupido en La Scala bajo la dirección de Gavazzeni (1988), también disponible en este formato audiovisual. Mi recuerdo es tan vago que no acierto a decir si es más recomendable que esta de Parma, de alto nivel musical y mediocre puesta en escena.

Verdi Foscari DVD Nucci Parma 2009

La gran baza de esta nueva grabación es la espléndida labor de Donato Renzetti, quien lidiando con una orquesta y un coro más bien discretos, ofrece toda la rusticidad, el sabor popular, el nervio y el sentido teatral que demandan el Verdi primerizo. Aunque en algún momento se puede echar de menos algo  más de reposo, así como de sentido de la atmósfera, su sinceridad expresiva termina imponiéndose en esta partitura sin duda desigual y de libreto lamentable, pero de una comunicatividad portentosa. ¡Enorme Verdi!

Leo Nucci, con sesenta y siete años a sus espaldas, se muestra más bien irregular. Su voz, que nunca ha sido bella, no se conserva mal para la edad y ciertamente es muy adecuada para el personaje. Su línea es indiscutiblemente verdiana, aunque por momentos su afinación parece dudosa y ciertas frases suenan en exceso agrias. De nobleza, calidez y humanismo, más bien cortito. En los dos primeros actos aburre. Eso sí, en el tercero destapa el tarro de las esencias y, armado de un extensísimo fiato y de un caudal que parece muy considerable, se muestra verdaderamente sensacional (¡lo juro!) en su enfrentamiento con el Consejo, aunque en una línea mucho antes rebelde que matizada en lo psicológico.


Los mismos derroteros, esto es, poderío vocal más que sutileza y atención a los pliegues expresivos, sigue la pareja de enamorados. Notable el tenor Roberto de Biasio, voz de calidad e intérprete vibrante, entregado y muy emotivo, a despecho de obvias insuficiencias por arriba y por abajo. Tatiana Serjan apechuga con el rol más difícil de la partitura, el de Lucrezia Contarini, y lo hace con un instrumento apropiado -asunto este nada fácil aquí- y mucha brillantez en los pasajes de bravura. El bajo Roberto Tagliavini está espléndido en sus escasas intervenciones. Entre los comprimarios, por desgracia, hay alguno para salir corriendo.

Presuntamente esenciales pero a la postre de gran pobreza la escenografía y los figurines de William Orlandi, al servicio de una dirección escénica de Joseph Franconi Lee rancia y escasa en ideas. Los cantantes deambulan como buenamente pueden; Nucci lo hace poniendo su habitual cara de estreñido. La realización televisiva resulta abiertamente mediocre. La toma sonora, muy inferior a la media actual y por completo falsificada en los canales surround. La imagen sí es buena y se incluyen subtítulos en castellano, excepto en los diez minutos que introducen en inglés o italiano esta ópera verdiana. También existe edición en Blu-ray. ¿Merece la pena? Ustedes mismos.

jueves, 12 de enero de 2012

Berrea, berrea

Van aquí unos extractos de la noticia aparecida esta mañana en Diario de Sevilla (enlace) acerca de la posible próxima temporada del Teatro de la Maestranza.  Los subrayados son míos, obviamente.

“En terreno verdiano, la dirección del Maestranza ha apostado por la ópera Rigoletto como plato fuerte (…). Será la tercera vez que dicho título suba a la escena del teatro del Paseo de Colón, tras las de octubre de 1991 (con Alfredo Kraus como el mejor Duque de Mantua imaginable) y las de febrero de 1996. Precisamente en esta segunda ocasión fue protagonista quien lo será de esta tercera entrega, el barítono Leo Nucci.





Considerado en la actualidad, a sus 70 años, como el mejor barítono verdiano, Nucci sigue manteniendo una frescura vocal y una capacidad de transmisión emotiva que le hace poseer aún una muy apretada agenda. El cantante, que también protagonizó en el Maestranza un soberbio Barbero de Sevilla en abril de 1997, será el centro de un primer reparto de campanillas en el que cantarán también figuras tan conocidas como el canario Celso Albelo y Patrizia Ciofi, cantantes ambos muy familiarizados con esta ópera y con el propio Leo Nucci. Los tres cantantes protagonizaron, la noche del 22 de junio del 2009 una velada histórica en el Teatro Real, al ser la primera vez que en dicho teatro se realizaba un bis durante una ópera. Fue la única función que Nucci cantó de aquel Rigoletto, y tras la interpretación del dúo Sí, vendeta, tremenda vendetta, junto a Patrizia Ciofi, los incesantes aplausos del público obligaron a repetir la pieza. Dicha actuación le valió a Nucci el galardón al mejor cantante masculino de ópera del 2009 en los Premios Líricos del Teatro Campoamor de Oviedo.”



Decir que Kraus fue en 1991 el mejor Duque de Mantua imaginable me parece, como mínimo, una exageración. Calificar de soberbio al Barbero de Castro/Zedda, altamente discutible (salvo que se considere soberbio lograr dormir a las ovejas en un título como este, que ya tiene mérito la cosa, ya). Pero decir que el señor Nucci mantiene su frescura vocal va mucho más allá, y no digamos ensalzar la “Vendetta” de 2009 en el Teatro Real, cuyo bis estaba (no hay más que remitirse a la rueda de prensa, donde se dejaban caer las intenciones) más que preparado. En fin, arriba les dejo esta perla por si no la conocían. A la histórica prueba me remito. Aprovecho para dejarles otra “Vendetta”, para que ustedes vean lo mal que estuvo Plácido Domingo haciendo lo que obviamente no debería hacer, pero también para que se pregunten por qué para los mismos que lo del tenor madrileño es un horror, que sin duda lo es, lo de Nucci resulta antológico. Y calibren, de paso, cuál de los dos cantantes (nacido en 1942 el boloñés, en 1941 o quizá varios años antes el madrileño) conserva mayor frescura vocal. ¡Cómo le pueden a algunos los prejuicios!




jueves, 14 de enero de 2010

Otro Nabucco con Guleghina: Ópera de Viena, con dirección de Luisi

Arthaus acaba de reeditar -el DVD original lo lanzó en su momento TDK- este Nabucco filmado en la Ópera de Viena el 9 de junio de 2001, solo dos meses después que la producción del Met cuya reseña colgué en la entrada anterior (enlace), asimismo protagonizada por Maria Guleghina. Junto a la soprano ucraniana se encuentran en esta ocasión el barítono Leo Nucci y ese excelente director que es Fabio Luisi.



Aunque no tengo fresco el recuerdo de la función filmada en el Met, me da la impresión de que Guleghina está mejor en Viena que en Nueva York, porque aquí no pega chillidos en el sobreagudo -en el grave se queda corta, pero es que el papel se las trae-; por lo demás, sigue haciendo gala de un instrumento magnífico, poderoso y esmaltado, y una destreza más que suficiente en las agilidades. Desde luego debería mejorar su pronunciación del italiano, pero globalmente ofrece una Abigaille más que plausible para los tiempos que corren.

Leo Nucci defrauda en los dos primeros actos con un canto vulgar y monocorde que se ve acompañado por una actuación escénica de verdadera mediocridad. Pero a partir del enfrentamiento con Abigaille la cosa cambia y el veterano barítono boloñés destapa el tarro de las esencias para ofrecernos, ya que no un canto inmaculado, sí una línea admirablemente verdiana, de amplio fiato y buen legato, y una apreciable calidez expresiva que se hace más evidente aún -sin llegar en modo alguno a lo excepcional- en el cuarto acto.

Giacomo Prestia le pone voluntad al asunto pero no puede disimular su grisura expresiva ni la tendencia al trémolo de su voz. Magnífica la Fenena de Marina Domashenko, recordada Carmen con Lombard (TDK) y con Barenboim (aún no en DVD). Miroslav Dvorsky no sale mal parado como Ismaele. En cualquier caso el nivel musical sube como la espuma gracias a Luisi, que ofrece todo lo que tiene que tener el Verdi joven, es decir, teatralidad, vigor, frescura y una sana rusticidad, pero sin caer en la brocha gorda y el efectismo de gente como Levine y compañía. Admirable el tratamiento coral, y fabuloso el Va, Pensiero.

De la puesta en escena de Günter Krämer no molesta la traslación a la época actual, porque no hay provocación alguna y tanto situaciones como personajes siguen siendo los que Verdi tenía en mente. Sí molesta la fealdad visual de escenografía, vestuario e iluminación, aunque quizá sea esto preferible a la horterada orientalizante. La dirección de actores no resulta particularmente memorable.

Sea como fuere yo he disfrutado mucho este Nabucco, que en el plano musical me parece globalmente superior al del Met, si bien quienes le concedan más importancia a las voces que a la batuta pueden no estar de acuerdo. Como son soberbios la imagen y sonido (amplísima la gama dinámica, aunque el 5.1 no es "real"), me parece muy afortunada la reedición de este DVD, que por cierto no hace mucho se pudo pillar a un precio bajísimo en la colección de ópera del diario El Mundo. Así conseguí yo el mío, claro.

martes, 6 de enero de 2009

Rigoletto con Nucci, Mosuc y Beczala

VERDI: Rigoletto.
Nucci, Mosuc, Beczala, Polgár, Peetz, Pessatti, Haunstein.
Coro y Orquesta de la Ópera de Zurich. Dir: Nello Santi.
Arthaus, 101 285
128’ DDD
Ferysa
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La revelación de este Rigoletto filmado en Zurich en 2006 es Elena Mosuc; hay Gildas más expresivas, pero no que acierten de tal manera en su faceta belcantista, aquí cubierta con admirable belleza canora, sin caer en ñoñerías ni olvidar la evolución del personaje. No le va a la zaga el cada día más valorado Piotr Beczala, que con una voz de lírico puro -no especialmente hermosa- sabe componer un Duca viril y apasionado, cantando con arrojo y sin cometer el error de imitar a nadie. Se muestra arrollador en el cuarteto, donde también se luce la mezzo Katharina Peetz. László Polgár hace un estupendo Sparafucile.



¿Y Nucci? Pues lo de siempre, y encima con sesenta cuatro años a sus espaldas, pero hasta lo que nunca hemos sido entusiastas del barítono boloñés hemos de reconocerle verbo italiano y muchísimas tablas. Incluso a ratos llega a conmover en esta interpretación dirigida con batuta pausada y atmosférica por Nello Santi. Original la propuesta escénica de Gilbert Deflo sobre unos fríos y sugestivos escenarios azulados de William Orlandi. Hay sonido DTS, algo no muy habitual en Arthaus.
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Artículo publicado en el número de enero de 2008 de la revista Ritmo.

Sinfonía nº 4 de Mendelssohn, "Italiana": discografía comparada

Esta comparativa de la Sinfonía Italiana de Mendelssohn la publiqué inicialmente el 2 de junio de 2024. He añadido Solti/Israel, Solti/Viena...