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viernes, 24 de abril de 2026

Sinfonía nº 4 de Mendelssohn, "Italiana": discografía comparada

Esta comparativa de la Sinfonía Italiana de Mendelssohn la publiqué inicialmente el 2 de junio de 2024. He añadido Solti/Israel, Solti/Viena, Muti y Nelsons, pero siguen quedándome algunas en el tintero. Como voy a estar ausente de este blog unos cuantos días, quede ahí el resultado.

 


1. Barbirolli/Orquesta Hallé (EMI, 1948). Sin prisa alguna desgrana el maestro londinense el Allegro vivace inicial, dejando que la música respire, realizando una notable labor de concertación –gran claridad en los planos sonoros, pese a algún desajuste– y manteniendo ese difícil equilibrio entre elegancia y fuerza que necesita Mendelssohn; pero sin sacar a la luz, lástima, la sensualidad y la poesía que esta música necesita. Tampoco lo consigue en el Andante con moto, aunque sí que se muestra sabio a la hora de atender a su amargor, llegando a obtener acentos muy lacerantes. Encanto, ternura y ensoñación siguen sin aparecer en el tercer movimiento, en el que se imponen la adustez dramática y la decisión del Trío. La personalísima recreación se cierra, con perfecta coherencia, con un Saltarello de carácter áspero y escarpado, lleno de nervio pero sin luminosidad alguna: la mala leche se convierte en protagonista. Deficiente la toma. (7)

 

2. Celibidache/Filarmónica de Berlín (BP, 1950). Aún estamos en la posguerra. La Berliner Philharmoniker se la reparten entre un Furtwängler aún demasiado cercano en el tiempo a los cumpleaños de Hitler y un joven de raza gitana lleno de talento que, como Furt, miraba con el rabillo del ojo la amenaza Karajan. Lo cierto es que hacer Mendelssohn le tocó a Celi, y este dio la campanada ofreciendo una interpretación de muchísimo fuste: madura antes que juvenil, de tempi amplios y gran elegancia melódica, sin contundencias ni rigideces, interesada mucho antes por la poesía que por la efervescencia y la trepidación, y atenta a no hacer demasiado leve esta música. Eso sí, a pesar de que el tratamiento de planos sonoros se encuentra bastante cuidado, ni la orquesta ni la batuta poseían el enorme virtuosismo que alcanzarán más adelante. Buen sonido monofónico. (8)

 

 

3. Toscanini/Orquesta de la NBC (RCA, 1954). Eso de que “Toscanini fue la persona que más daño le ha hecho a la música” (sic) no es sino una de esas tremebundas barbaridades que de vez en cuando salían de la boca de Celibidache, pero ciertamente es difícil encontrar a un director más opuesto en sus maneras al rumano que el mítico maestro nacido en Parma. Sea como fuere, el nervio, la incisividad, el indesmayable vigor rítmico y ese punto de “descaro” italiano que caracterizaban a su batuta le permiten triunfar por todo lo alto en un primer movimiento pletórico de electricidad, luz y frescura. Muchísimo menos bien el segundo: hay que admirar el formidable diseño rítmico de la cuerda grave, pero la sensualidad y la poesía brillan por su ausencia. El tercero posee intensidad, mas no cantabilidad ni elegancia; en el Trío sobran contundencias de dudoso gusto. En el Saltarello conclusivo se esperaban resultados simulares a los del movimiento inicial, pero no: aquí se imponen la rigidez y la machaconería, amén de la sequedad de los timbalazos. (7)

 

 

4. Cantelli/Orquesta Philharmonia (EMI, 1955). Se supone que Cantelli fue discípulo de Toscanini, pero en absoluto se reconocen aquí las características del maestro de Parma. Antes al contrario, su joven colega ofrece una lectura no particularmente briosa ni incisiva, tampoco de especial vivacidad rítmica, sino más bien bañada por una luz dorada y sensual. Se encuentra expuesta sin prisas, con nobleza y con cantabilidad, sin descuidar ciertos toques amargos y lacerantes en el tercer movimiento, todo ello con un perfecto equilibrio de planos y haciendo gala de un gusto exquisito. Lástima que el segundo movimiento se quede más bien corto en poesía. Buen sonido monofónico, recientemente recuperado en alta definición. (8)

 

5. Bernstein/Filarmónica de Nueva York (CBS, 1958). Por mucho nervio que aporte Bernstein, y por muy buena voluntad que le ponga a la hora de paladear con lentitud el Andante con moto, lo cierto es que a este Mendelssohn le faltan limpieza, elegancia y sensualidad, como también atención al matiz. Gran parte de la culpa es de una orquesta que se queda corta. Aceptable sonido estereofónico. (7)



6. Solti/Filarmónica de Israel (Decca, 1958). A sus cuarenta y cinco años, al maestro le quedaban aún cuatro meses para iniciar su gran aventura wagneriana, y por ende para profundizar en lo que a concepción orgánica del fraseo, flexibilidad y sentido de las transiciones se refiere. Por eso mismo encontramos aquí a un Solti heredando las maneras de Toscanini, permitiéndole estas ofrecer un primer movimiento que engancha de principio a fin por su electricidad, impulso rítmico, incisividad bien entendida y asombrosa claridad, para luego dejarnos a medias en un segundo tan admirablemente expuesto como falto de alma y aliento poético. El tercero interesa por sus acentos valientes, si bien necesita una dosis mucho mayor de sensualidad y encanto. El cuarto es puro nervio y precipitación sin caer, venturosamente, en los excesos del de Parma. La orquesta, pese a sus limitaciones, rinde a buen nivel en manos de una batuta exigente y clarificadora que madurará de manera considerable con el paso del tiempo hasta convertirse en una de las mejores recreadoras de esta página. Sonido estereofónico digno para la época. (7)

 

7. Maazel/Filarmónica de Berlín (DG, 1960). Treinta años tenía Lorin Maazel cuando le pusieron delante a esa joya llamada Berliner Philharmoniker para grabar la Italiana. Se trataba de dar la lección de técnica, y vaya si la dio: lectura dicha de un solo trazo, depuradísima en el tratamiento la orquesta y soberbiamente analizada en cada uno de los planos sonoros. Desdichadamente, la poesía se quedó por el camino: todo suena tan ortodoxo como sensato, sin contundencias ni rigideces toscaninianas, también ajeno a pesadeces y densidades que pudieran venir por parte de la orquesta, pero considerablemente aséptico. El movimiento conclusivo, sin ser ninguna maravilla, es quizá el único realmente satisfactorio. (7)

 

 

8. Klemperer/Philharmonia (EMI, 1960). Cuadratura del círculo: Klemperer mantiene esa sonoridad rocosa y prieta que tanto le gustaba, pero consigue una agilidad y una claridad pasmosas en una música necesitada de una ligereza muy especial. Tal cosa solo lo podía conseguir con un superlativo dominio de la batuta y con una orquesta capaz de lo imposible. No solo eso. El de Breslau tampoco renuncia a ese distanciamiento de la emotividad que le caracteriza, al desinterés por el arrebato o por las descargas de electricidad, al igual que no pretende adoptar grandes lentitudes –el fraseo es natural, moderado en los tempi sin bajar la guardia en el segundo movimiento–, pero al mismo tiempo destila un vuelo poético, una sensualidad y hasta una luz mediterránea que pocos directores han sido capaces de conseguir. Por lo demás, el análisis polifónico del último movimiento es una de las cosas más increíble que uno puede escuchar en lo que a técnica y virtuosismo se refiere. Muy buen sonido en SACD, no digamos en el reprocesado de 2023. (10)

 

 

9. Szell/Orquesta de Cleveland (CSB, 1962). Al contrario que Cantelli, Szell sí que parece heredar el concepto que Toscanini tenía de esta obra, solo que plasmándolo con una orquesta aplastantemente superior a la de la NBC (¡con qué virtuosismo y limpieza tocan los de Cleveland!), fraseando con menor sequedad e interpretando sin incurrir en los gestos de mal gusto del de Parma. Así, las cosas, comenzamos con un Allegro vivace luminosísimo, lleno de vida y de comunicatividad, si bien alguna frase podría estar paladeada con mayor flexibilidad y sentido de lo cantable. Seguimos con un Andante con moto rápido y por completo aséptico que, como el de Toscanini, solo se interesa por el diseño rítmico. El Con molto moderato, dicho con elegancia y apasionamiento, carece de la sensualidad y la magia poética que la música se merece. Se cierra con un Presto rapidísimo, ágil y con una levedad maravillosamente conseguida, pero también algo mecánico. (8)

 

10. Sawallisch/New Philharmonia (Philips-Brilliant, 1967). Que Sawallisch poseía una técnica de primer orden queda bien claro en esta interpretación increíblemente bien expuesta, dicha sin prisas pero con excelente pulso, clarificada de manera admirable y de apreciable pero en absoluto preciosista belleza sonora; siempre con una sonoridad a medio camino entre ligereza y densidad apropiada para Mendelssohn, y en sintonía con una orquesta que suena muchísimo menos personal que con su titular Klemperer, pero con no menor virtuosismo ni musicalidad. También se evidencian su irreprochable gusto y su sensatísima musicalidad. Ahora bien, en lo que a inspiración se refiere los resultados son irregulares: el primer movimiento es espléndido por su mezcla de entusiasmo, luminosidad y perfecto control, el segundo no termina de elevar el vuelo, el tercero queda un poco soso y el cuarto, sin ser el más electrizante que se haya escuchado, vuelve a convencer por su animación y frescura. (8)

 


11. Abbado/Sinfónica de Londres (Decca, 1968). En febrero de 1968 un Abbado que aún no había cumplido los treinta y cinco se mete en el Kingsway Hall para dejar constancia de su prodigiosa técnica de batuta. Ciertamente lo consigue: no solo alcanza el adecuado punto de equilibrio entre vigor y agilidad que necesita Mendelssohn, sino que además realiza una disección de la refinadísima polifonía de esta música solo al alcance de unos elegidos, Klemperer aparte. Otra cosa es la expresión: en los dos primeros movimientos la poesía no aparece. Esta llega en el tercero, francamente sugestivo, mientras que el Saltarello es un prodigio de virtuosismo. La toma, pese a ser responsabilidad del gran Kenneth Wilkinson, se ha quedado un poco anticuada. (8)

 


12. Previn/Sinfónica de Londres (RCA, 1970). La sintonía del maestro norteamericano con la música de Mendelssohn queda bien de manifiesto en esta recreación de la más admirable ortodoxia, impecablemente expuesta y dicha con tanta calidez como convicción, que por desgracia pierde un tanto en unos movimientos centrales en los que la poesía no termina de brotar. A veces, la generalmente admirable objetividad de Previn puede ser un lastre. Toma sonora con muchísimo cuerpo, pero también excesivamente metálica. (8)

 

 

13. Karajan/Filarmónica de Berlín (DG, 1971). Las sonoridades son de una belleza increíble, robustas y tersas al mismo tiempo, empastadas y transparentes, lo que unido a la facilidad de Karajan para unir agilidad y músculo en el trazo, le permite triunfar en los dos movimientos extremos; quizá en el último el trazo volátil de maderas y vientos resulte un punto más aéreo de la cuenta. Los centrales resultan un punto fríos, demasiado estudiados y algo parsimoniosos, sobrando una mezcla de ensoñación y solemnidad que no les conviene a esta música: se echa de menos frescura, aunque cierto es que resulta difícil no dejarse llevar por el voluptuoso tratamiento de la cuerda berlinesa. (8)


14. Muti/Orquesta New Philharmonia (EMI, 1976). Podría esperarse del joven Muti –treinta y cuatro años en el mes que se realizó el registro– que siguiera la línea de Toscanini. Pues no. Al menos, no exactamente. Desde luego el resultado se parece poco a lo que hicieron Klemperer y Sawallisch con la misma orquesta, por lo demás suprema en su virtuosismo y tratada con extrema depuración sonora, pero tampoco efervescencia, incisividad y aspereza son protagonistas. La orquesta suena con el músculo en la cuerda que siempre le gustó a Muti, sin por ello restar importancia a las maderas, al tiempo que se busca un cierto sabor rústico que no necesita recurrir a lo descarnado. Los tempi son sensatos, lógicos y naturales, en absoluto lentos pero dejando que la música respire. El pulso se encuentra bien sostenido, siempre cuidando mucho de no caer en la rigidez y aportando un estudio de las dinámicas verdaderamente magistral. En cualquier caso, perdonen ustedes el tópico, lo que sobresale en este registro es el sabor italiano que la batuta imprime a la música: luz intensa no exenta de matices ni de claroscuros, pálpito vital, sensualidad bien entendida, un punto de descaro y -no se olvide- una apreciable delectación en la melodía. Los dos movimientos extremos, un prodigio. Muy notable el segundo, no es más poético posible pero con una dosis correcta de melancolía. Es el tercero el que se queda en lo correcto: impecable exposición, escaso encanto. El reprocesado de 2007 es bueno, sin evitar cierta distorsión tímbrica. (9)


 

15. Colin Davis/Sinfónica de Boston (Philips, 1976). Contando con la sonoridad ideal de la Boston Symphony de tiempos de Ozawa, con su cuerda mórbida y sus maderas carnosas, Sir Colin se aparta de las visiones más efervescentes e impetuosas de esta música para proponer una visión acorde con el clasicismo intemporal que caracteriza su batuta. De esta manera, la elegancia, la calidez, la nobleza y la poesía poco amarga, pero en absoluto superficial, toman protagonismo en una lectura dicha con extrema depuración sonora y admirablemente grabada por los ingenieros del sello holandés. (9)

 

16. Leppard/English Chamber (Erato, 1976). Llaman la atención la naturalidad del fraseo, la perfecta arquitectura y la enorme claridad conseguida, pese a que no da la impresión de tratarse en absoluto de un trabajo analítico o cerebral. Por lo demás, nos encontramos ante una lectura relajada en el buen sentido, luminosa sin ser particularmente ligera o chispeante, así como sutilmente matizada. La que la vivacidad se encuentra muy equilibrada con la cantabilidad y la sensualidad, destacando en este sentido un Andante con moto de insuperable vuelo lírico. (9)

 

 

17. Dohnanyi/Filarmónica de Viena (Decca, 1978). Admirable la sonoridad de la orquesta, con su habitual elegancia y también con una transparencia y agilidad formidables, sin que ello suponga caer en lo ingrávido ni en lo nervioso. El fraseo es elocuente, encontrándose los movimientos extremos llenos de entusiasmo y luminosidad, particularmente el último, también muy “festivo” e “italiano” pero cuidando muchísimo la elegancia. Los centrales están muy bien: aunque se puede preferir mayor calidez, triunfan la musicalidad, naturalidad y ausencia de afectación de la batuta. (9)

 

 

18. Bernstein/Filarmónica de Israel (DG, 1978). Lenny triunfa en el primer movimiento, pese a no ser el colmo de la depuración sonora, haciendo gala de esa mezcla de impulso dionisíaco, calidez y control que alcanza en la última etapa de su carrera directorial. En los dos siguientes se queda muy corto: todo está en su sitio, pero la sensualidad y el vuelo poético no hacen acto de presencia. El nivel se vuelve a recuperar en el cuarto, no el más efervescente de los posibles, pero dicho con sinceridad y muy bien diseccionado. En fin, mejor que con Nueva York pero lejos de lo esperable en un director de semejante categoría. (8)

 

 

19. Previn/Sinfónica de Londres (EMI, 1978). Batuta y orquesta repiten tan solo ocho años después, esta vez con una toma sonora que, tras su reciente rescate en alta definición, es claramente superior. El concepto sigue siendo el mismo, pero la materialización resulta más satisfactoria: el fraseo es más sensual, mayor la plasticidad en el tratamiento de la orquesta, más sutiles los matices y, en general, superior la inspiración poética. Un modelo de ortodoxia. (9)

 

 

20. Kondrashin/Orquesta del Concertgebouw (Philips, 1979). Notable lectura: sosegada, atenta a la disección del entramado orquestal y ajena a cualquier devaneo sonoro. Le falta un punto de chispa y brillantez, así como de emotividad, para resultar excepcional. (8)

 

21. Solti/Sinfónica de Chicago (DVD Decca y Stage +, 1979). ¡Qué increíble arranque el de la obra! ¡Qué intensidad, qué entusiasmo y valentía! ¡Qué fulgor tan irresistible! En realidad, todo el primer movimiento es una auténtica joya a la hora de poner en evidencia hasta dónde podía llegar la electricidad de un Solti cuando esta se encontraba en sintonía con la partitura, y también –todo hay que decirlo– cuando el maestro era capaz de encauzarla convenientemente. Cierto es que en algún pasaje podría dejar respirar un poquito a la música, pero importa poco si tenemos en cuenta la otra gran virtud de la propuesta, no otra que el increíble virtuosismo de una orquesta que pocos años atrás, gracias precisamente a Solti, ya había alcanzado la cima y que responde con precisión extrema a las exigencias de una batuta que clarifica todas y cada una de las líneas como si tal cosa. Los movimientos centrales, como era de esperar, no llegan a semejante nivel de inspiración: intensísimos pero algo rígidos y sin esa mezcla de sensualidad y ternura que, junto al regusto amargo que Solti sí sabe ofrecer, también necesitan estos pentagramas. El Saltarello conclusivo, un prodigio. (9)

 

22. Sinopoli/Orquesta Philharmonia (DG, 1984). Interesantísima recreación, mucho antes introvertida que luminosa, que tras un irreprochable primer movimiento apuesta en los dos centrales por una singular y arriesgada mezcla de cantabilidad –los tempi son más bien lentos–, sensualidad mediterránea y un muy marcado sentido de lo amargo, incluso de lo patético. Los resultados son reveladores. Una pena que el Saltarello, al que le falta de chispa, no alcance –pese a estar muy bien expuesto– la claridad y el virtuosismo conseguidos veinticuatro años atrás por Klemperer y la misma orquesta. Toma de calidad, aunque algo reverberante. (9)

 

 

23. Abbado/Sinfónica de Londres (DG, 1984). Dieciséis años después Abbado y la LSO vuelven a la carga, esta vez en grabación digital. No muy allá, por cierto, ni siquiera escuchándola en Dolby Atmos: quizá a esto se deba parte de la impresión de que ahora el maestro no se muestra tan atento la claridad orquestal. En lo expresivo vuelve a tratarse de una tratarse de una ortodoxa y sensata interpretación a la que le falta una última vuelta de tuerca, resultando el primer movimiento más cálido y flexible que entonces, mientras que el tercero se encuentra ahora menos conseguido. El segundo sigue resultando más bien frío, mientras que en último, bullicioso y agilísimo, más tarantela que nunca, la batuta propone contrastes dinámicos extremo para llegar por la vía fácil al oyente. (7)

 


24. Solti/Sinfónica de Chicago (Decca, 1985). Haciendo gala de su habitual brillantez, electricidad y capacidad para tensar la arquitectura, pero evitando cualquier asomo de rigidez mediante un fraseo muy natural y de sutil flexibilidad –lo del tercer movimiento es asombroso, una enorme lección de técnica al servicio de la inspiración poética–, Solti consigue no ya superar su anterior recreación con la misma orquesta, sino ofrecer una interpretación literalmente redonda. Lo es hasta el punto de que podría considerarse como la referencia absoluta, si dejamos a Klemperer aparte: esta es menos personal, y por ello más indiscutible. Siendo extrovertida, luminosa y vibrante a más no poder en los dos movimientos extremos, el maestro esta vez logra también llenar de lirismo y sensualidad en los dos centrales, sin dejar de ofrecer esos interesantísimos tintes amargos que en su filmación había extraído del segundo. La soberbia calidad de la toma potencia más aún si cabe la insuperable ejecución de los chicagoers y la claridad que de ellos obtiene la batuta. (10)

 

 

25. Blomstedt/Sinfónica de San Francisco (Decca, 1989). A sus sesenta y dos años, el maestro sueco-estadounidense se muestra antes como magnífico artesano que como artista en esta interpretación sensata, y muy bien planteada, dicha sin prisas, sonada en el punto justo de equilibrio entre levedad y músculo y no escasa en comunicatividad, pero también un punto prosaica y no especialmente trabajada en las texturas. A destacar la perfecta mezcla de ligereza y nervio que alcanza en Finale, estropeadas por intervenciones excesivas de los timbales. (8)

 

 

26. Brüggen/Orquesta del Siglo XVIII (Philips, 1990). El maestro holandés demuestra que los instrumentos originales y la articulación “históricamente informada” le pueden sentar estupendamente a Mendelsohn, siempre y cuando se eviten el fraseo “a saltitos”, ingravideces y frivolidades varias, al tiempo que adopta un concepto acorde con la aspereza sonora que propone esta renovada tímbrica. Otra cosa es la habitual dificultad de Brüggen para destilar sensualidad, humanismo y calor lírico, de tal forma que tras un primer movimiento espléndido, vienen un segundo aséptico y un tercero francamente flojo del que se salva –eso sí– un trío dramático y valiente. En el Finale pueden resultar atractiva el descaro de metales y percusión, pero el maestro confunde el nervio con el mero nerviosismo; eso sí, en su carácter cabreado recuerda un tanto a Barbirolli. A la toma le falta cuerpo. (7)

27. Flor/Sinfónica de Bamberg (RCA-Sony, 1992). Solo la comparación con las más grandes recreaciones de la página –se pueden echar de menos la efusividad de Klemperer, el nervio de Solti o la claridad de ambos– modera el entusiasmo ante una interpretación de tan maravillosa artesanía como esta, paladeada con naturalidad, cantada con amplitud, sensual en su punto justo, admirablemente equilibrada –como toda la integral mendelssohniana de Flor– entre ligereza y densidad, de irreprochable estilo y de exquisito gusto, en definitiva. La orquesta alcanza el virtuosismo de las mejores, pero está muy bien modelada por la batuta. (9)

 

 

28. Solti/Sinfónica de la Radio Bávara (DVD RM y Stage +, 1992). Interpretación ágil, luminosa, entusiasta y de extraordinario virtuosismo, que ofrece dos movimientos extremos realmente soberbios y dos centrales que no alcanzan la altura de su registro de estudio, pero que resultan más flexibles y poéticos que los de su anterior toma videográfica. Impresionante la disección del entramado orquestal, realizada sin que se note intención analítica alguna. (9)




29. Solti/Filarmónica de Viena (Decca, 1993). Algo no funciona. La orquesta es una gloria de belleza sonora, el maestro la dirige con su habitual precisión y el estilo resulta irreprochable, con toda la ligereza bien entendida y sentido de lo bullicioso que esta música necesita, pero se ve afectado no se sabe muy bien si por la rigidez o por la falta de concentración. Le pasó demasiadas veces al final de su carrera: no es el Solti de los excesos de energía de los cincuenta y sesenta, tampoco el más poético de los setenta y ochenta, sino el que cayó en cierta rutina en los noventa. (8)


 

30. Abbado/Filarmónica de Berlín (Sony, 1995). La orquesta es claramente superior a la LSO de las dos grabaciones anteriores de Abbado, pero el milanés se ahora en horas bajas y la hace sonar con una molesta tendencia a la levedad, incluso a lo relamido, incluyendo pequeños portamentos en el primer movimiento. La atención a la claridad de planos sonoros es mucho menos que la de antes. Expresivamente todo es mucho más aséptico y distante, por no decía frío. Faltan vida, contrastes y entusiasmo. Una pena. Sonido no excepcional. (6)

31. Gardiner/Filarmónica de Viena (DG, 1997). Aunque modera tanto las vibraciones como el legato y busca una articulación incisiva, el británico dista aquí de la “tercera vía” que explorará más adelante en las interpretaciones mendelssohnianas con la Sinfónica de Londres. Aquí se limita a que todo suene en su sitio, a buscar el punto de equilibrio entre densidad y agilidad y a permitir que se luzca la belleza tímbrica vienesa. El resultado es una lectura tan hermosa en lo sonoro como aséptica en lo expresivo en la que solo se salva el último movimiento, dicho con cierto entusiasmo y una levedad que no llega a molestar. En realidad, la verdadera aportación de este disco es que incluye, como pistas adicionales al final del mismo, la primera grabación mundial los tres últimos movimientos en la revisión realizada por el propio Mendelssohn en 1834, al año siguiente del estreno de la versión original. Merece la pena conocerlos, particularmente por el cierre del Saltarello, pero tengo serias dudas de que superen a los primeros que salieron de la pluma del maestro, que son los que hoy se escuchan. (7)

 


32. Maag/Sinfónica de Madrid (Arts, 1997). Recreación de admirable e irreprochable carácter apolíneo, elegante y fluida, ligera pero sin sonoridades ingrávidas, de trazo firme, maravillosamente desmenuzada en su polifonía y fraseada con naturalidad y buen gusto, sin caer en lo ensoñado ni mucho menos en lo pesante, pero tampoco en lo trivial. Eso sí, se pueden preferir enfoques más sanguíneos y apasionados, y por momentos puede resultar algo sosa y descomprometida. Se nota que la orquesta no es de primera, pero los madrileños rinden muy bien, particularmente las maderas. (9)

 

33. Brüggen/Orquesta del Siglo XVIII (Glossa, 2009). El maestro holandés no ha variado su concepto de Mendelssohn austero, musical y riguroso en su carácter “históricamente informado”, pero los resultados son distintos. El movimiento inicial ha perdido muchísima fuerza, hasta el punto de que suena más bien desganado. El segundo, por el contrario, quizá resulta ahora menos distante, incluso parece buscar cierta sensualidad en su articulación. Vuelve a ser flojísimo el tercero, para dar paso a un Finale no tan cabreado, más ortodoxo. La toma sigue sin ser ninguna maravilla: distante y algo cavernosa. (7)

 

34. Chailly/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2013). Parece mentira que con semejantes mimbres a su disposición, y con una batuta tan técnicamente dotada como la suya, el maestro milanés construya una interpretación tan poco interesante. No es que no tenga animación, que sin duda la tiene, ni que el trazo no sea firme o destienda a la claridad. El problema es lo cuadriculado que resulta, lo parco en matices, lo limitado en sensualidad, el vuelo poético, en calidez humana…En el Saltarello se anima bastante la cosa, pero ya es tarde. (7)

35. Heras-Casado/Orquesta Barroca de Friburgo (Harmonia Mundi, 2015). El trazo es enérgico y decidido, la claridad resulta muy apreciable y el maestro tiene muy claro –en este disco, no en su mediocre Schumann– que hacer uso de instrumentos originales no implica caer en ligerezas sonoras ni en excesivas velocidades en los tempi, como tampoco renunciar al pathos, a los claroscuros expresivos y a la carga dramática que este repertorio –incluyendo esta luminosa sinfonía– sin duda exige. Desdichadamente el resultado es un punto frío, mecánico incluso –segundo movimiento–, alicorto en sensualidad y en vuelo lírico.  Total, otro que se estrella contra la partitura. (7)

 

 

36. Manacorda/Kammerakademie Postdam (Sony, 2015). Si ya es delicadísimo resolver la serie de equilibrios que exige la música de Mendelssohn, Antonello Manacorda añade uno más, el que quiere encontrar entre tradición y renovación, optando por una “tercera vía moderada” –incluso en los metales se mezclan instrumentos “antiguos” y “modernos”– que molestará por determinadas opciones en la articulación a los melómanos que rechazan de plano el historicismo, al tiempo que resultará en exceso convencional a quienes busquen bien las levedades y ligerezas de un Norrington, bien la sequedad y los contrastes extremos de un Harnoncourt. A mí me parece una interpretación muy estimable, sensata en un planteamiento sin estridencias, atenta a las diferentes facetas de la música, cantada con holgura y fraseada con flexibilidad, aunque también un poquito rebuscada en los numerosos –aunque sutiles– matices agógicos y dinámicos que busca la batuta. Por lo demás, el trabajo con las texturas es de calidad y se encuentra recogido de manera formidable por los ingenieros de Teldex Studio. (7)

 

37. Savall/Le Concert des Nations (Alia Vox, 2022). El maestro catalán graba las dos versiones de la sinfonía, la original a la que estamos acostumbrados y la revisada. Lo hace, obviamente, bajo rigurosísimos parámetros historicistas. En cualquier caso, se la pega. Primer movimiento sensato y musical, dicho sin prisas, sensual y tornasolado, pero ni la orquesta ni la batuta son técnicamente de primera. Falta claridad, sobre todo en unos fortísimos ensuciados por los timbales. Segundo apresurado y aséptico, sin apenas vuelo poético. El tercero empieza con los peores tics historicistas, cursilerías incluidas; luego se queda en lo simplemente trivial. Cuarto muy vibrante, muy mediterráneo y con un punto de frenesí de danza popular que le resulta de los más adecuado, pero una vez más la percusión es machacona y lo ensucia todo. Toma de sonido mejorable. (6)


38. Nelsons/Orquesta del Gewandhaus de Leipzig (DG, 2023). Entiendo que esta lectura habría que analizarla en función de cómo encaja en la tradición sajona inmediatamente anterior, lo que significa escuchar a Masur y Chailly. No lo he hecho, así que vayan unas notas a la espera de volver sobre ella más adelante: primer movimiento de impecable equilibrio entre fuerza y naturalidad, segundo muy poético pero tendente en exceso a la relajación, tercero de enorme elegancia y Saltarello aéreo en el mejor de los sentidos. Espléndido sonido en Dolby Atmos. (9)

sábado, 27 de septiembre de 2025

El peor disco de los últimos años: Sueño de una noche de verano de Mendelssohn por Heras-Casado

No pensaba escuchar este disco, pero mi amigo Vicente me ha pedido que escriba la reseña. He realizado la audición (¡formidable toma sonora en alta resolución disponible en Qobuz!) y realmente ha merecido la pena: el Sueño de una noche de verano por Pablo Heras-Casado y la Orquesta Barroca de Friburgo, registrado en mayo de 2023 por los ingenieros de Teldex para Harmonia Mundi, me ha parecido no solo el más horrendo Mendelssohn que he escuchado en mi vida, sino también uno de los peores lanzamientos de música clásica de los últimos años, al nivel de los tres CD dedicados a Schumann por los mismos intérpretes y solo superado por esa innombrable Sonata Lunática de Lina Tur Bonet. Sí, por una vez coincido con David Hurwitz, aunque creo que su tremenda reseña llega incluso a quedarse corta.

Entiendo que el objetivo del maestro granadino no precisamente falto de formación ni de ideas es doble. Por un lado, reivindicar el uso de planteamientos propios de la praxis historicista barroca en esta música como manera de descubrir cosas nuevas en ella. Por otro, subrayar los aspectos más tempestuosos de la escritura mendelssohniana frente a quienes quieren ver en ella solamente ligereza, amabilidad y equilibrio clásico. Frente a lo primero, habría que replicar algo absolutamente obvio: la brutal diferencia entre la estética del barroco y la del primer romanticismo. Que compartan entre sí el interés por las pasiones no implica necesariamente que lo que resulta apropiado para una resulte adecuado para la otra. Yo puedo decir que en la pintura de Delacroix hay mucho de la pincelada y del colorido de Rubens, pero pongamos por caso si quisiera reconstruir un lienzo perdido del pintor francés a partir de un boceto en blanco y negro, nunca se me ocurriría pintarlo "a la rubeniana", es decir, imitando al flamenco. Sería un disparate, justo en el que aquí incurre Heras-Casado. Frente a lo segundo, lo de la tempestuosidad y tal, coincido en que está muy bien apartarse del tópico del Mendelssohn frágil y bonito. Lo que no puede ser es convertir pasiones en feroces huracanes que se lleven por delante todo lo demás, incluyendo la sensualidad, la delectación melódica, la evocación poética y todo eso que también es parte del universo del autor.

En cualquier caso, no es el concepto lo que convierte este disco en un auténtico bodrio. El problema es el extremo mal gusto con que está dirigido, muy particularmente esa celebérrima obertura que escribiera un adolescente genial. Todas las decisiones que en ella toma Heras-Casado suenan grotescas: la precipitación y el carácter convulso del fraseo en general, los contrastes dinámicos y tímbricos extremos y muy groseramente marcados, el carácter pimpante de las frases que necesitan aérea delicadeza, la brocha gorda con que están resueltas las transiciones, la suciedad generalizada por la superposición de unos planos sobre otros, los bramidos de unos metales faltos de empaste y, de manera especial, las brutalidades de una percusión desaforada que se come el tejido orquestal al tiempo que quiebra el discurso. Se lo juro a todos ustedes: no recuerdo, por parte de un director de orquesta famoso, ninguna interpretación musical de una obra sinfónica del compositor que sea resuelta con mayor grado de zafiedad que esta recreación de la Obertura. Para escuchar hoy día algo a semejante nivel habría que irse a por un Valery Gergiev. ¿Significa esto que tengo a Heras-Casado por uno de los peores directores del mundo? Sí, a partir de este disco ya me queda clarísimo. Uno de los dos o tres peores del momento, siempre hablando de los que son mundialmente famosos, claro está. Me avergüenzo de haberle aplaudido mucho cuando comenzaba su carrera internacional: no fui capaz de ver lo que en realidad había.

El resto del disco no es tan rematadamente malo. Hay momentos salvables. Por ejemplo, un Scherzo con adecuado nervio notablemente expuesto; la orquesta alemana toca con apreciable virtuosismo y la rusticidad de los instrumentos originales le sienta bien a este número. En el Intermezzo el carácter anhelante de la música se encuentra muy bien recogido, aunque al final terminan saliendo por ahí esas sonoridades sin vibrar por completo insulsas por parte de la cuerda, esos portamentos llenos de cursilería o esas tosquedades marca de la casa. Hay además una buena dosis de pedantería a la hora de tratar el tejido polifónico: para aparentar que descubre cosas nuevas y que consigue una claridad especial (¡juas!), lo que hace el maestro es romper el equilibrio de planos para que se escuchen unas líneas en lugar de otras, con el resultado que ya pueden imaginar. Por lo demás, se combinan momentos de apropiado instinto dramático acierta el director en no olvidar que esto es teatro, no música sinfónica con efectismos de toda clase, zafiedades varias y un sentido del humor imprescindible en esta obra del que no hay rastro. A destacar negativamente una Marcha de los elfos rapidísima y repipi, mientras que de la Marcha nupcial casi mejor no hablar. O sí: cuadratura del círculo hacer que suene al mismo tiempo canija y brutal, amén de convulsa y ajena a la nobleza que requieren las circunstancias.

La versión está en alemán. El trabajo de las señoras del Coro de Cámara de la RIAS es excelente. Las dos solistas que salen de él cumplen sin problemas. El narrador Max Urlacher lo hace bastante bien, pero como yo no entiendo ese idioma me he aburrido con sus intervenciones. Total, que si quiero una versión con textos en la lengua de Shakespeare, me voy a por la dirigida de manera más que notable por Seiji Ozawa: allí Judi Dench está maravillosa. Y si lo que deseo es disfrutar a tope con esta música, no hay que darle muchas vueltas: Klemperer, Klemperer y siempre Klemperer. Lo de Heras-Casado me parece una mezcla de prepotencia, incapacidad y chabacanería, además de una monumental tomadura de pelo.


miércoles, 13 de agosto de 2025

Mendelssohn por Lang Lang, Barenboim y la WEDO en Bremen

Paso a comentar la primera parte del programa que ofrecieron Daniel Barenboim, Lang Lang y la West-Eastern Divan Orchestra en Bremen el pasado sábado 9 de agosto. En los atriles, el Concierto para piano nº 1 de Felix Mendelssohn.

Los dos artistas habían grabado la obra en febrero de 2003 junto a la Sinfónica de Chicago para DG. Aquella fue una enorme recreación, muy en particular por parte del pianista. El asunto era ver qué hacía Barenboim ahora que tiende a ralentizar los tempi. ¿Cedería Lang Lang, con lo muchísimo que le gusta hacer exhibición de agilidad digital? Unos brevísimos vídeos de los ensayos disponibles en la red parecían apuntar a que sí, a que la página se iba a abordar con menor rapidez que entonces, pero al final no ha sido así: los tempi de Bremen fueron como los del disco. Está claro que hubo un tira y afloja en el que salió ganando el pianista chino. Habida cuenta de que cuando Barenboim toca con Argerich pasa algo parecido, hay que concluir que el maestro porteño está lejos de imponer sus ideas a los solistas. Más bien lo contrario.

Dicho esto, y aun similar en tempi, la dirección ha sido todavía mejor que en el disco: más intensos los movimientos extremos y, sobre todo, mucho más poético e inspirado el Andante central. El maestro ha sabido sacarle más jugo a la obra, aportado todo ese especialísimo sentido de la ternura y de la sensualidad que ha desarrollado de manera especial en estos últimos años. Y escandalícese el que quiera, pero en el referido movimiento la cuerda de la WEDO sonó con mayor belleza y fraseó con superior vuelo lírico que la de la Sinfónica de Chicago. Por lo demás, la formación multicultural se entregó a fondo para responder con el extremo virtuosismo que la obra demanda, ofreció una articulación adecuada para el autor, tocó con admirable depuración sonora y fue muy bien controlada por una batuta que equilibro los planos con transparencia al tiempo que desplegó tremendas dosis de energía. ¡Serán imbéciles los críticos que afirman, confundiendo lo que se ve y lo que se oye, que Barenboim ya no es capaz de transmitir electricidad a una orquesta! Que sus movimientos físicos anden muy limitados no significa que haya mermado su técnica para conseguir de una orquesta lo que él quiere.

Lang Lang no estuvo mejor que en 2003, porque eso es imposible. Tampoco lo hizo menos increíblemente bien. Allí en directo el piano me resultó mucho más rico, con mayor plasticidad que en el SACD editado por el sello amarillo, pero me parece que el problema estaba en la labor de los ingenieros de la grabación, a la que le faltaban densidad y relieve. La soberbia acústica de Die Glocken de Bremen permitió disfrutar de lo lindo de un sonido pianístico que, además de ligereza y refinamiento, posee elasticidad, enorme riqueza de armónicos y una potencia considerable en los momentos en los que el artista lo considera oportuno.

Otra cosa es que todo ese potencial lo use con sabiduría: a mí hay veces que Lang Lang no me termina de convencer, y en determinadas interpretaciones me llega a irritar, pero en Mendelssohn saca lo mejor de sí mismo. Cierto, su recreación fue efervescente, lúdico a más no poder, juvenil en el mejor de los sentidos, pero no solo no se dejó llevar por el nerviosismo, sino que en el segundo movimiento hizo música con mayúsculas: delicadeza, encanto, sensualidad y evocación poética sin caer en lo trivial o lo amanerado. Todo ello con la mayor convicción y, hay que insistir, con una técnica absolutamente suprema.

Los aplausos del público le llevaron a ofrecer una arrebatada Mazurca nº 23 de Chopin. Podía haber tocado alguna cosilla más, porque la de Mendelssohn es una página breve, pero en cualquier caso el plato fuerte estaba por llegar: la gigantesca, inolvidable Heroica de Beethoven que comente en la entrada anterior.

Fotografía: © Manuel Vaca

miércoles, 11 de junio de 2025

Concierto para violín de Mendelssohn: discografía comparada

Estúpidamente me dejé el pasado 1 de junio en el tintero, cuando renové esta entrada del 27 de diciembre de 2024, el comentario de la versión de Milstein/Abbado que tenía preparado. He aprovechado para escuchar cuatro versiones adicionales y llegar así a las treinta y cinco.


1. Milstein. Walter/Filarmónica de Nueva York (CBS, 1945). 16 de mayo de 1945. Hitler se había suicidado dos semanas atrás. Faltaban tres meses para que cayeran las bombas atómicas. Difícil resistirse a hacer literatura barata y escribir que todo el dolor de la guerra aún no finalizada rezuma en esta interpretación neoyorquina de un Walter altamente fogoso y dramático que, aun bajando un poco la guardia en el Andante para que la música cante como es debido, pone en primer término la agitación, el conflicto y los acentos dolientes de esta música para relegar lo que hay de sensualidad, belleza y carácter contemplativo. Discutible pero interesante. El que no tiene mucho perdón es Nathan Milstein, por completo ajeno al espíritu de la música durante la mayor parte del primer movimiento; solo en la Cadenza llega a interesar. En el segundo conecta bien con la idea de la batuta, pero en el tercero se deja llevar por los fuegos artificiales; vistosísimos, ciertamente, haciendo gala de una efervescencia contagiosa y una agilidad digital digna de toda admiración, pero nada más. La toma se realizó en el Carnegie Hall y es muy digna para la fecha. (6)


2. Stern. Ormandy/Orquesta de Philadelphia (CBS, 1950). Las comprensibles insuficiencias de la toma no deberían desanimar al buen melómano a la hora de acercarse a este registro: encontrará a un Isaac Stern en su mejor momento técnico ofreciendo una interpretación valiente, contrastada y encendida, aun siendo cierto es que no del todo atenta a lo que en esta música hay de sensualidad y ternura. También se muestra algo irregular, pues va de menos a más hasta culminar en un Allegro molto vivace que sabe aunar lo jovial y lo vibrante sin caer en la menor trivialidad. Una lástima que Ormandy no sea precisamente el colmo de la elegancia, el refinamiento ni la levedad mendelssohniana; al menos le pone ganas al asunto y dirige con una muy atractiva energía. (7)


3. Menuhin. Furtwängler/Filarmónica de Berlín (EMI, 1952). Batuta y solista –tan incandescente como controlado Menuhin– unen sus fuerzas para ofrecer una interpretación paladeada sin prisas y con naturalidad, apreciable carácter sensual y un intenso humanismo, sin dejar de aportar –faltaría más, tratándose de quiénes se trata– vigor dramático, claroscuros y cierto regusto amargo, particularmente en el final del primer movimiento y en buena parte del segundo. El robusto sonido de la orquesta no es el ideal para Mendelssohn, pero resulta perfecto para que materialice su concepto un Furtwängler que, aun en su etapa digamos que “serena”, sigue siendo él mismo. La toma ha quedado francamente bien tras el reprocesado en alta resolución de 2021. (9)


4. Oistrakh. Ormandy/Orquesta de Philadelphia (CBS, 1955). Escuchar esta interpretación justo después de las de Stern y Menuhin sirve para darse cuenta de hasta qué punto fue inmensa la técnica de David Oistrakh, muy superior a la de sus dos citados colegas y por aquellos años solo comparable a la de Heifetz, muy inferior a todos ellos desde el punto de vista expresivo. Hay que descubrirse ante la homogeneidad, solidez y afinación de su sonido, ante su agilidad sin mácula, ante la tensión armónica de su fraseo, ante su manera de mantener la belleza tímbrica sin renunciar al carácter afilado que es propio del instrumento… Otra cosa es la visión que el gigante ruso ofrece de la partitura: intensísima y altamente dramática, por completo ajena a frivolidades y amaneramientos, pero un tanto unilateral: la poesía se le escapa un tanto de las manos. Ormandy, como con Stern, ofrece eficiencia antes que otra cosa, y sigue quedando un tanto relegado por la toma. (7)


5. Heifetz. Munch/Sinfónica de Boston (RCA, 1959). Independientemente de la seguridad de su mano izquierda y de la extrema pulcritud en la ejecución, poco bueno puede decirse hoy del mítico Heifetz desde el punto de vista expresivo. Este Mendelssohn no hace sino confirmar su palmaria mediocridad: empieza mecánico e insensible a más no poder, alcanza cierta intensidad en el clímax del Allegro molto, hace un Andante tan “bonito” como carente de poesía y ofrece un movimiento conclusivo saltarín y trivial a más no poder, virtuosístico en el peor de los sentidos, en parte por culpa de un Munch que apuesta por tempi rápidos y no deja a la música respirar. Cierto es que el maestro francés sabe ser tempestuoso cuando toca, que matiza dinámicas y que saca un excelente provecho de su espléndida orquesta, pero en general permanece ajeno al espíritu poético de la pieza y llega a caer en el tópico del Mendelssohn alado y juguetón. Soberbio sonido para la época en SACD, de asombrosa gama dinámica. (4)


6. Laredo. Munch/Sinfónica de Boston (RCA, 1960). Solo unos meses separan esta grabación de la anteriormente realizada por la misma orquesta y director, todo con vistas a promocionar a un chaval de 19 años. ¡Menuda apuesta artística y económica la de RCA! Lo cierto es que la diferencia es brutal a favor del nuevo registro. El boliviano le da mil vueltas al mítico Heifetz en la expresión: su hermoso sonido y su admirable limpieza de ejecución están al servicio de una lectura de enorme fluidez en el discurso, serena más no autocomplaciente, sutilmente matizada; lírica en el mejor de los sentidos, se encuentra bañada por una luz dorada y sensual que difumina la música sin renunciar a los claroscuros. Lo más asombroso es que Munch es ahora otro: con independencia de que el trabajo técnico con la orquesta sea igual de admirable, los tempi son muchísimo menos rápidos, la música respira como es debido y no se confunde la agilidad con lo pimpante. Teniendo en cuenta de que el joven Jaime Laredo no era nadie para dictarle a Munch cómo tenía que hacer las cosas, parece claro que el maestro alsaciano se plegó en la anterior ocasión a los muy antiestéticos designios del divo Heifetz. (8)


7. Francescatti. Szell/Orquesta de Cleveland (CBS, 1961). Decepcionante y –al mismo tiempo– curioso desencuentro entre un violín delicado y de amplio aliento lírico –no por ello incapaz de mantener las tensiones– y una batuta de fraseo enjuto y un tanto mecánico, incapaz de hacer volar a la música, pero muy interesada por los aspectos dramáticos de la página, amén de portentosa a la hora de clarificar las refinadísimas texturas mendelssohnianas y de construir tan severos como poderosos clímax. La toma es de buena calidad. (7)


8. Milstein. Hendl/Sinfónica de Chicago (DVD Vai, 1962). La batuta prosaica, cuadriculada y rutinaria de Walter Hendl podría ser uno de los motivos por el que Nathan Milstein, que hace gala de un sonido increíble, no termine de levantar el vuelo poético. O quizá no, y el problema se encuentre esencialmente en el gran violinista ruso. Sea como fuere, mejor los dos últimos movimientos que el primero. (6)


9. Perlman. Previn/Sinfónica de Londres (EMI, 1972). A sus cuarenta y tres años y con Hollywood todavía no demasiado lejos –aún le quedaba por hacer Jesus Christ Superstar–, André Previn ofrece una dirección que a día de hoy aún permanece como una referencia: sin prisas, muy bien paladeada, de perfecto equilibrio entre agilidad y vuelo lírico, ajena a cualquier trivialidad y, eso por descontado, soberanamente expuesta: no muchas veces el maestro alcanzó la genialidad, pero casi todo lo que hizo con la London Symphony permanece como un modelo en lo que a la hora de planificar se refiere. Tampoco se queda precisamente corto de técnica el joven Itzhak Perlman –difícil es hacerlo mejor–, pero aquí hay un problema: su sonido afilado y un punto ácido no es el más adecuado para Mendelssohn. Eso sí, la tensión interna de su fraseo y la incandescencia emocional de que hace gala, manteniéndose alejadísimo de toda frivolidad, le convierten en un nombre inexcusable para un melómano que quiera profundizar en esta música. Gran versión, en definitiva, a la que solo le falta una dosis superior de belleza sonora y magia poética. (9)


10. Milstein. Abbado/Filarmónica de Viena (DG, 1975). Arranca la interpretación y arqueamos una ceja: algo le pasa a Milstein. El sonido vacila, parece inestable. Luego el asunto mejora en este sentido, aun con sus intermitencias, pero lo que no se arregla es la relativa falta de afinidad del mítico violinista de Odesa con esta música. Se confirma que cuando realizó la filmación con Hendl el problema no estaba solo en la dirección: era también él que no parece frasear con la concentración y riqueza de matices que demanda esta dificilísima música. Lo mejor, un Allegro molto conclusivo en cuya ligereza se mueve muy a gusto. El joven Abbado sabe hacer sonar a la fabulosa orquesta (¡qué increíble belleza sonora!) al mismo tiempo ágil y con cuerpo, sin esas sonoridades ingrávidas y relamidas que caracterizarán a sus acercamientos posteriores a este compositor, pero aún tendrá que dar una vuelta de tuerca a la obra. (8)

11. Szeryng. Haitink/Orquesta del Concertgebouw (Philips, 1976). Gratísima sorpresa ver al siempre adusto y objetivo –aquí también lo es– maestro de Ámsterdam acertar en un compositor tan difícil alcanzando el punto justo entre ligereza y densidad, entre extroversión y vuelo lírico, entre delicadeza y frescura juvenil: demasiados equilibrios como para que salga bien. Pero lo consigue, aunque ciertamente en una línea ante todo sensual, ensoñada, poética en grado extremo, en la que se pueden echar de menos los acentos dramáticos de un Furtwängler, y en la que los partidarios de un Mendelssohn saltarín, bullicioso y chispeante no encontrarán lo que buscan. Todo ello lo hace, en cualquier caso, obteniendo una claridad, una precisión y un equilibrio polifónico admirable de la sensacional Orquesta del Concertgebouw, y sintonizando plenamente con un Szeryng –octava grabación del violinista polaco– a la que le sienta muy bien la lentitud de los tempi para desplegar humanismo, delicadeza y cantabilidad. En lo que a virtuosismo se refiere, a decir verdad, aún se han escuchado cosas mejores. La toma es magnífica para la época. (9)


12. Chung. Solti/Sinfónica de Chicago (DVD Decca, 1979). Tomándose las cosas sin prisa, y dentro de una línea introvertida y poética –quizá un poco más objetiva de la cuenta–, Sir Georg ofrece una dirección francamente inspirada en la que la robustez sonora desmiente todos los tópicos sobre el autor. Lo mismo hace Kyung Wha Chung: violín poderoso y con cuerpo al servicio de un lirismo de altos vuelos, lo que no le impide en el tercer movimiento adelgazar el sonido hasta el límite y mostrarse adecuadamente grácil en la expresión. Un poco más de chispa, de garra y de personalidad convertirían a esta interpretación, ejecutada con increíble pulcritud, en verdaderamente extraordinaria. (9)


13. Mutter. Karajan/Filarmónica de Berlín (DG, 1980). Haciendo sonar a la Filarmónica de Berlín con su músculo habitual y la opulencia que a él le gusta –la recuperación en Blu-ray audio hace sonar a la cuerda grave con una robustez quizá excesiva para esta obra–, el salzburgués ofrece una recreación lenta –mágico el arranque–, de desarrolladísima cantabilidad, poderosa cuando debe, sensual a más no poder y muy atenta a la hondura reflexiva, dejando por ello a un lado los aspectos más luminosos de la escritura y apartándose todo lo posible de esa faceta saltarina que muchos asocian a Mendelssohn. Lo cierto es que la apuesta resulta particularmente atractiva en un Andante impregnado de poesía agridulce, antes doliente que ensoñado, en la que una adolescente Mutter –diecisiete años– despliega intensidad y concentración exhibiendo un sonido robusto, carnoso, muy cálido en el grave y de asombrosa brillantez en el agudo, capaz de enfrentarse a las tempestades sonoras desplegadas desde el podio. En lo que a la expresión se refiere, lo que esta chica hace es para derretirse: manteniéndose apolínea en todo momento, lo que significa que belleza sonora y equilibrio se ponen en primer plano, destila una intensidad poética como pocos violinistas han logrado. (10)


14. Stern. Ozawa/Sinfónica de Boston (CBS, 1980). No por ser algo conocido deja uno de entristecerse al escucharle: el pobre de Isaac Stern había perdido considerablemente sus facultades al final de su trayectoria y ofrecía un sonido que dejaba que desear. ¿Hizo mal en volver a grabar el concierto? Pese a lo dicho, creo que no, porque su visión es ahora mucho más lírica que la de años atrás y tiene cosas que decir. De Ozawa se podía pensar que ofrecería una interpretación aérea y curvilínea. Pues no; al menos, no hasta el último movimiento, porque en los dos primeros apuesta por tempi amplios que sacan el máximo provecho de la cantabilidad de la música, ofrece buenas dosis de calidez y no renuncia en modo alguno al músculo sonoro, en este caso el de una orquesta maravillosa pese a no estar del todo bien grabada. Mismo mes que la versión de Mutter/Karajan, por cierto, que suena bastante mejor. (8)


15. Mintz. Abbado/Sinfónica de Chicago (DG-Pentatone, 1980). El violinista ruso-israelí despliega un sonido maravilloso y una poesía infinita, además de un virtuosismo aplastante, mostrándose capaz de ofrecer mil matices sin menoscabo de la línea global y sin caer en el menor amaneramiento. Aporta además un apreciable regusto dramático en el Andante, sin que por ello se resientan la delicadeza y la elegancia propia del autor. Abbado mejora su grabación con Milstein adoptando tempi más lentos que, manteniendo siempre el pulso y garantizando la agilidad mendelssohniana, le permiten paladear la música de manera más satisfactoria: memorable su manera de hacer cantar a la cuerda en el tercer movimiento, delicioso y sin el menor atisbo de frivolidad. Pentatone recupera en SACD la toma cuadrafónica con excelentes resultados, siempre con la orquesta al fondo y sin uso efectista de los canales traseros. (10)


16. Lin. Tilson Thomas/Orquesta Philharmonia (CBS, 1982). Un auténtico placer para los sentidos escuchar a Cho-Liang Lin –veintidós años cuando se realizó el registro–, de sonido increíblemente bello (¡qué registro grave!), enorme limpieza en la digitación y fraseo de musicalidad excelsa. Otra cosa es que podamos preferir enfoques más centrados en los conflictos, como también habrá quienes se decanten por acercamientos más efervescentes, porque el del violinista chino es eminentemente lírico, en buena medida tierno y amoroso, para decantarse en el Allegretto conclusivo por el encanto feérico. Le sigue ahí muy bien Tilson Thomas ofreciendo frases de enorme sensualidad, si bien en los dos movimientos anteriores hace sonar a la orquesta londinense de manera excesivamente musculada y no del todo clara. (8)


17. Mintz. Mehta/Filarmónica de Israel (DVD Huberman, 1983). Una vez más es increíble la labor de Shlomo Mintz, esta vez junto a un Mehta que dirige de manera pausada y atenta, pero sin resultar especialmente poético. (9)


18. Perlman. Haitink/Orquesta del Concertgebouw (EMI, 1983). El maestro holandés vuelve a ofrecer una interpretación admirablemente expuesta, sensata en lo expresivo y muy bien enfocada en lo estilístico. Deja a un lado, eso sí, los aspectos más vivaces de la música mendelssohniana, con la intención de centrarse en lo que esta tiene de sensualidad, melancolía y vuelo poético, sin descuidar acentos dramáticos. En cuanto a Perlman, no solo su sonido ácido de Perlman sigue sin casar bien con esta música, sino que esta vez su personalidad parece un tanto ajena a los pentagramas en gran parte del primer movimiento. Por fortuna, en el último tercio del mismo ofrece algunas frases introvertidas de enorme belleza, para seguidamente destilar en el Andante ese lirismo tan intenso como contenido y un punto amargo que caracteriza a su arte. En el tercero está irreprochable, solo eso. Lástima que la toma sonora, extraña y ciertamente inferior a la anterior del propio Haitink en la misma sala, deje bastante que desear. (8)


19. Shaham. Sinopoli/Orquesta Philharmonia (DG, 1988). Recuerda aquí Sinopoli a lo que hizo con la Italiana del mismo autor: recreación lenta, cantable a más no poder, cálida al tiempo que agridulce, sensual y ensoñada sin por ello resultar otoñal… La orquesta se encuentra muy bien tratada, sonada “a lo grande” pero fraseando con enorme limpieza, lejos de la pesadez y haciendo que las maderas suenen con un punto aéreo muy adecuado. Junto al veneciano, un Shaham de diecisiete años decididamente, esta obra se le da muy bien a gente jovencísima hace gala de un sonido extraordinariamente firme, hermosísimo y lleno de carne, así como de una capacidad admirable para mantener la concentración a pesar de los tempi propuestos por la batuta y para hacer volar las melodías con poesía infinita. Un encuentro memorable, felizmente registrado con soberbia ingeniería. (10)


20. Vengerov. Masur/Gewandhaus de Leipzig (Teldec, 1993). Maxim Vengerov deslumbra no solo por la solidez de su sonido –brillante y afilado en el agudo, prieto en el centro– y la infalibilidad de su mano izquierda, sino también por la enorme carga de intensidad emocional que despliega en cada una de sus frases sin perder dos aspectos fundamentales en estas obras maestras: el sentido melódico y la elegancia formal. Pocos, muy pocos violinistas han volado aquí tan alto como él. La dirección de Kurt Masur es notable: todo en su sitio y dejando que la música vuele en el Andante, echándose de menos agilidad y frescura en los movimientos extremos. La toma se realizó en septiembre de 1993 y suena divinamente en el Dolby Atmos que ofrece Tidal. (8)


21. Kyoko Takezawa. Flor/Sinfónica de Bamberg (RCA, 1994). Pueden preferirse enfoques más vibrantes, incisivos y contrastados para la partitura, pero interpretada desde un prisma lírico es imposible imaginar una recreación más hermosa e inspirada que esta. Y lo es, sobre todo, por una Kyoko Takezawa de timbre bellísimo y depuración sonora extrema –increíble su mano izquierda– que frasea con un legato para derretirse, una ternura y una delicadeza que saben no confundir morbidez con amaneramiento, una infinita capacidad para ofrecer sutilezas sin merma de la lógica en el discurso y, sobre todo, una comunicatividad tan directa como sincera gracias a la cual la música nos llega con una frescura y una naturalidad admirables. Claus Peter Flor le concede todo el protagonismo poniendo a sus pies una dirección amplia, cálida y sensualísima, con toda esa particular ligereza mendelssohniana y buscando el mayor equilibro posible con el delicado sonido de la solista, pero sabiendo atender a las tensiones internas y a la necesidad de cierto músculo. Por si fuera poco, la toma es sensacional. (10)


22. Hahn. Wolff/Filarmónica de Oslo (Sony, 2002). Violín de sonido y afinación maravillosas, excepcional agilidad y musicalidad probada, aunque quizá no especialmente intenso, en compañía de una batuta sensata pero en exceso nerviosa y apremiante en el primer movimiento, carente de la poesía requerida aunque, eso sí, atenta a los aspectos dramáticos de la música. En el segundo solista y director sí que se muestran en perfecta sintonía y ofrecen una recreación tan hermosa como emotiva, para en el tercero optar por lo bullicioso, lo chispeante y extrovertido sin perder el más exquisito gusto. (8)


23. Mullova. Gardiner/Orquesta Revolucionaria y Romántica (Philips, 2002). No se puede decir, como ocurrirá en acercamientos posteriores de Sir John a Mendelssohn, que el fraseo sea cuadriculado y machacón, que la precipitación haga acto de presencia y que música no respire. Aquí, simplemente, Gardiner se limita a poner el piloto automático y a dejar que la música fluya de manera insulsa y anodina, no desdeñando los acentos dramáticos pero ignorando casi por completo el lirismo, la cantabilidad y la efusividad que esta música necesita. Es justo lo que también hace una Mullova fría y distanciada a más no poder, a ratos tímida y por momentos más frágil de la cuenta. Correcta sin más en los dos primeros movimientos, la interpretación termina de naufragar en un Allegretto non troppo al que le faltan chispa, nervio y luminosidad, y que no se anima hasta que llega la coda. En SACD la pureza tímbrica es extraordinaria, pero a la orquesta le faltan cuerpo y presencia. (6)


24. Midori. Jansons/Filarmónica de Berlín (Sony, 2003). La violinista de origen japonés hace gala de un sonido tan firme como luminoso y apabulla con la agilidad de su mano izquierda en una recreación que, además de virtuosística, sabe cantar las melodías con efusividad, ofrecer delicadeza y alcanzar el punto justo de equilibrio entre efervescencia, ternura y desgarro dramático sin perder la belleza de la forma. En contraste con su violín femenino en el mejor de los sentidos, Jansons despliega carácter y hace rugir a la maravillosa orquesta aprovechando bien su poderosísimo registro grave, aunque sin destilar mucha poesía ni atender lo suficiente a los detalles, ofreciendo a la postre una recreación vistosa pero un tanto expeditiva. Nueve para ella y los berlineses, ocho para él. Magnífica la toma en vivo. (8)



25. Mutter. Masur/Gewandhaus de Leipzig (YouTube, 2008). Han pasado veintiocho años desde su mítico registro con Karajan. Anne-Sophie sigue deslumbrando con uno de los más firmes, homogéneos y hermosos sonidos de violín que se recuerdan. También con un virtuosismo superlativo (¡qué cadenza!) y una capacidad asombrosa para combinar cantabilidad con brillantez. Se detectan 
ya saben ustedes cómo evolucionó esta señora algunos amaneramientos, pero importa poco frente a todas estas virtudes. Lo que sí importa es que en el Andante se muestra bastante menos inspirada, algo que puede tener que ver con un Masur más ortodoxo que Karajan, menos masivo y “romántico”, pero también bastante más lineal, rutinario incluso dentro de su más que solvente nivel de kapellmeister. La orquesta posee denominación de origen -la Gewandhaus está a unos metros de la casa donde falleció el compositor- y es la idónea para Mendelssohn por su perfecta combinación de músculo, sensualidad y ligereza bien entendida. No tengo seguridad alguna, pero entiendo que este vídeo se corresponde con la toma en audio publicada en CD por Deutsche Grammophon. (8)


26. Alina Ibragimova. Jurowski/Orchestra of the Age of the Enlightenment (Hyperion, 2011). No debemos confundir el uso de los instrumentos originales con el enfoque expresivo adoptado. El de Gardiner era distanciado, el de Vladimir Jurowski muy tempestuoso. La consecuencia es la esperable: junto a momentos muy vibrantes, con mucho empuje y entusiasmo y una gran atención a los conflictos, hay también un exceso de nervio, escasez de sensualidad, de vuelo lírico y de cantabilidad. Por lo demás, el tratamiento sonoro resulta bastante tosco y primario: el maestro no se lo ha currado lo suficiente. Alina Ibragimova evidencia enorme agilidad y apreciable sensatez dentro de su enfoque historicista, pero sin aportar inspiración especial. Toma a volumen altísimo y, por ello, con saturaciones. (6)


27. Tetzlaff. Rattle/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2013). Temperamento a tope el de un Christian Tetzlaff rebosante de virtuosismo y dispuesto a dejarse la piel en una recreación dionisíaca a más no poder, muy alejada de cualquier suerte de ligereza o clasicismo mal entendido, pero en la que el arrebato emocional logra llevarse por delante –ya desde sus primeros compases, altamente prosaicos– buena parte de la poesía, la delicadeza, la sensualidad, la ternura que también alberga la sublime partitura mendelssohniana. Le sigue plegándose a sus maneras un Rattle que logra compatibilizar el músculo de Berlín con la ligereza mendelssohniana, pero que entre tanto fuego no logra encontrar la magia de la obra. En cualquier caso, el espectáculo que los dos artistas montan en el tercer movimiento en conjunción con los berlineses es para no perdérselo. La toma, siendo muy buena, se ve algo perjudicada por la acústica de la Waldbuhne. (8)


28. Znaider. Chailly/Gewandhaus de Leipzig (Blu-ray Accentus, 2014). Como en las dos grabaciones radiofónicas que le conozco junto a Barenboim, Znaider ofrece un verdadero derroche de belleza en el sonido violinístico –carnoso, homogéneo, de refulgente agudo–, de agilidad y de cantabilidad en el fraseo, así como una musicalidad que le permite atender tanto a la faceta luminosa de la página como a los acentos dolientes que alberga. Sin embargo, aparece aquí algo menos centrado en lo expresivo, no tan inspirado, posiblemente por culpa de la dirección de un Chailly que, en todo momento gran concertador y sin sacar los pies del plato –nada de insufribles ligerezas ni de preciosismos– se muestra cuadriculado y en más de un momento llega a precipitarse; sacrificar efervescencia para dejar volar la música hubiera sido interesante. Sonido e imagen excepcionales. (8)


29. Frang. Rattle/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2016). Evidencia clara de hasta qué punto puede un director cambiar su concepto en función del solista es esta recreación –primero de mayo en Noruega– tan solo tres años posterior a la que Sir Simon y sus chicos hicieron junto a Christian Tetzlaff: aquí no hay derroche de estamina, sino un perfecto equilibrio entre vuelo lírico y pasión para adaptarse a la recreación mucho más ortodoxa, sensata y musical, aunque también menos arrebatadora, de una Vilde Frang que toca como los ángeles y logra emocionarnos en los movimientos extremos; el Andante está dicho con intensidad pero no con toda la poesía posible. La orquesta es un prodigio, y de nuevo el que por entonces era su titular extrae de ella el sonido adecuado para Mendelssohn evitando los dos peligrosísimos extremos de la ligereza mal entendida y la pesadez. Excelente la toma, quizá por la madera de la iglesia en que está realizada la filmación. (8)




30. Chouchane Siranossian. Jakob Lehmann /Anima Eterna (Alpha, 2016). Versión “históricamente informada” en varios sentidos: edición original de la partitura, instrumentos “de época” y articulación historicista. De hecho, dice Chouchane Siranossian en la carpetilla haber usado exclusivamente las digitaciones, golpes de arcos e indicaciones de Ferdinan David y Joseph Joachim, que ensayaron la obra con el propio Mendelssohn. Pues qué bien. Yo lo que aquí oigo es una interminable sucesión de sonidos fijos y portamentos a cual más cursi que destrozan una de las más bellas obras escritas para el violín y la transforman en un monumento al maullido gatuno. Ni siquiera se salva el tercer movimiento, que siempre les sale bien a los violinistas con gran técnica; esta señora la tiene, qué duda cabe, pero el resultado es un ya pimpante sino repipi. En fin, un horror. La orquesta es espléndida y se encuentra dirigida con vehemencia y elevado sentido dramático por un tal Jakob Lehmann, quien 
como tantos maestros, no vamos a ocultarlos no huele la parte lírica de la página y, por descontado, nos regalas algunos indigestos tics HIP. ¿Lo peor? Enseguida tendrán compañía. (3)


31. Faust. Heras-Casado/Orquesta Barroca de Friburgo (Harmonia Mundi, 2017). El maestro granadino ofrece aquí exactamente lo que se espera de él cuando se pone el disfraz de Mister Hyde “históricamente informado”: ataques muy secos, fraseo rígido, contrastes dinámicos exagerados, buenas dosis de rusticidad sonora y una expresión vibrante que se centra en los aspectos más tempestuosos de la música mendelssohniana dejando un tanto de lado lo que tiene de sensualidad y de magia embriagadora, todo ello cayendo con frecuencia en el exceso de nervio, por no decir en la precipitación. En cuanto a la solista, el sonido que obtiene de su Stradivarius me parece terriblemente ratonero y su acumulación de portamentos me resulta estomagante. O tal vez la culpa no sea de mis oídos, porque lo que hicieron Mullova e Ibragimova, aun distando ambas de convencerme, me parece mucho menos malo que lo de la señora Faust. No, no es cuestión de que haya mayor o menor cantidad de sonidos fijos o de ataques bruscos, ni de que se acentúen hasta el límite los contrastes sonoros. Es cuestión de sensibilidad. O más bien de honestidad, porque yo aquí lo que veo es una mezcla de cursilería, pedantería y excentricidad camuflada como intento de vanagloriarse de recuperar “recursos expresivos sin explotar previamente” –eso reza la carátula– que presuntamente fueron arrinconados por una tradición. Bueno, vale: lo de Siranossian era aún peor, pero la dirección de Heras-Casado supera a la de Lehmann. (3)


32. Vengerov. Pappano/Academia de Santa Cecilia (YouTube, 2021). A puerta cerrada y con los músicos muy distanciados entre sí por la pandemia, un Vengerov de cuarenta y ocho años revalida su condición de gran intérprete de la obra con una recreación cálida e intensa, vibrada e indisimuladamente romántica sin los excesos en los que poco más tarde caerá María Dueñas, que destaca por alejarse del tópico del Mendelssohn saltarín y efervescente para en su lugar recrearse en un fraseo pletórico de cantabilidad y rico en matices. Falta, quizá, indagar un poco más en el regusto amargo del segundo movimiento. Pappano dirige con la solvencia, honestidad y vehemencia controlada que le caracterizan. No se muestra especialmente sutil nunca lo ha sido ni clarificador, pero deja que la música fluya atendiendo más ala intensidad que a la belleza del envoltorio, logrando así una interesante síntesis entre músculo germánico” y luminosidad italiana”, por decirlo de manera tópica. (9)


33. Dueñas. Franck/Filarmónica de la Radio de Francia (Stage +, 2023). No convence la violinista granadina en el arranque: sonido duro, vibrato excesivo para Mendelssohn y algún portamento que sobra. Poco a poco uno va entrando en el juego propuesto por María Dueñas, no otro que ofrecer una interpretación abiertamente romántica de la partitura y no poco cercana a Tchaikovsky haciendo gala de imaginación en los matices, valentía en los contrastes y mucha personalidad. A mí me interesa el resultado, pero también es verdad que para mi gusto no termina de sintonizar con la sutilísima poesía de esta delicada música. A los amantes de las prácticas HIP posiblemente les irritará, como también la dirección masiva y algo pesadota de un Mikko Franck que parece coincidir en el enfoque de la solista, pero sin hacer gala de la frescura de ella. (7)


34. Jansen. Pappano/Filarmónica Checa (Stage+, 2023). Aun dominando con plenitud los recursos técnicos escúchese la cadenza y haciendo gala de una cantabilidad extraordinaria, Janine Jansen no termina de convencer en el primer movimiento: le suena más frágil de la cuenta, algo quejumbroso incluso se pasa con los portamentos, sin el vigor interno que debe tener su parte. Mucho mejor el Andante, en el que su expresividad parece más sincera y ofrece una emotividad amarga de lo más adecuada. El movimiento conclusivo, irreprochable. Pappano repite su notabilísima aproximación aportando el empuje y el músculo que le faltan a la solista, al tiempo que permite a esta desplegar con holgura ese sentido melódico antes referido que es su punto fuerte. (8)


35. Janowski. Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2024). Augustin Hadelich no es ningún mediocre. Toca francamente bien, frasea con naturalidad y se mantiene muy alejado de cualquier tipo de veleidad expresiva. Por desgracia, se queda cortísimo en un primer movimiento lineal y poco inspirado, sin ese perfume poético por otra parte tan difícil de conseguir en esta página. Mucho mejor los otros dos, particularmente en un Finale impecablemente expuesto y que remata en una coda electrizante. El anciano Janowski ochenta y cinco años dirige con la corrección y profesionalidad en él esperables dentro del estricto concepto de la “gran tradición” centroeuropea. Solo eso: a la divina orquesta y sus solistas corresponde que esta versión “de siete puntos” suba hasta los ocho. (8)

Sinfonía nº 4 de Mendelssohn, "Italiana": discografía comparada

Esta comparativa de la Sinfonía Italiana de Mendelssohn la publiqué inicialmente el 2 de junio de 2024. He añadido Solti/Israel, Solti/Viena...