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jueves, 3 de noviembre de 2016

El Tannhäuser de Sinopoli

En el poco tiempo libre que he tenido esta semana he logrado escuchar el Tannhäuser que grabó Giuseppe Sinopoli en 1988 para Deutsche Grammphon. Acudo a la guía Las mejores grabaciones de ópera escrita por Fernando Fraga y Enrique Pérez Adrián –señores con cuyos gustos suelo coincidir muy poco– y veo que se la ningunea por completo, así que no me puedo resistir a dejar dos notas con mi opinión.


La labor de la batuta me ha parecido magnífica. Le falta un punto de idioma wagneriano, de esa densidad sonora –nunca el fuerte del maestro veneciano–, esa nobleza en el fraseo y esa hondura digamos que metafísica que asociamos con este repertorio. A cambio, ofrece una frescura y una brillantez irresistibles, un sentido del color asombroso, un tratamiento de las texturas difícilmente superable y un fraseo impulsivo, lleno de vida y de emoción, comunicativo a más no poder, cierto es que con ese punto de nerviosismo que caracterizaba al malogrado director, pero logrando concentrarse por completo en los pasajes más introvertidos de la obra, es decir, en el acto tercero. En cualquier caso, y habida cuenta de las características antes señaladas, es en el Venusberg donde Sinopoli nos entrega lo mejor de sí mismo, manejando con una técnica admirable a una Philharmonia Orchestra en plena forma y con unos metales relucientes capturados de maravilla por una ingeniería de sonido que, me adelanto a lo que suele dejarse para el final, es un prodigio: lo que aquí hace el señor Klaus Hiemann es de lo mejor que yo jamás haya escuchado en una grabación de ópera en estudio, por definición tímbrica, equilibrio de planos, espacialidad y gama dinámica, esta última impresionante a la hora de recoger el enorme despliegue decibélico que demanda la partitura wagneriana y en el que, sin el menor disimulo, la batuta se recrea.

Plácido Domingo carece del metal reluciente en el agudo que necesita su rol, y en este sentido resulta difícil no echar de menos al joven René Kollo en la referencial grabación de Sir Georg Solti. La verdad sea dicha, el tenor madrileño resulta un punto neutro en los dos primeros actos, como si no le gustasen mucho (¡qué cosas!) los placeres del Reino de Venus. Pero llega el tercero y aquí sí, en toda la narración de Roma el genial artista destapa el tarro de las esencias ofreciendo esa emotividad noble y sufriente al mismo tiempo, de una cantabilidad portentosa y de una sensiblidad a flor de piel, que le caracterizan en sus mejores recreaciones. Termina dejándonos con el corazón en un puño.

Cheryl Studer luce una voz de primera clase, esmaltada y bellísima, ofreciendo además una línea de canto refinada y con detalles belcantistas que son muy bienvenidos. Ahora bien, para mi gusto enfoca el rol de Elisabeth centrándose en exceso en los aspectos más frágiles del personaje, dejando a un lado lo que también tiene de rebelde, de decidida, e incluso de mujer apasionada dispuesta a entregarse no solo en alma. También un punto más ingenuo de la cuenta resulta el Wolfram de Andreas Schmidt, aunque aquí tampoco resulte fácil resistirse a la nobleza, la musicalidad y el legato increíblemente hermoso de su fraseo. Para derretirse. ¡Lástima que en 2002, con Barenboim en el Teatro Real, no estuviese en su mejor forma vocal!

Agnes Balsta resulta en exceso lírica para Venus, y por ende carece de la carnalidad que necesita la diosa, pero canta francamente bien y convence cuando tiene que ser, más que colérica, sutilmente seductora. Matti Salminen se mueve al mayor nivel posible como el Landgrave y Barbara Bonney es un lujazo como el pastorcillo. El Coro de la Royal Opera House, dirigido por Nobert Balatsch, está bastante mejor de lo que acostumbraba por aquellas fechas.

En fin, si se fían ustedes de mí no dejen de escuchar esta grabación. Y en Blu-ray no está nada mal la de Barenboim que comenté el pasado mes de mayo, con una dirección muy distinta y diríase que complementaria a esta que acabo de reseñar.

lunes, 28 de octubre de 2013

La Walkyria por Mehta y La Fura en Blu-ray

Quienes conozcan desde hace tiempo este blog ya saben que en junio de 2009 asistí a uno de los dos ciclos del Anillo del Nibelungo que ofreció el Palau de Les Arts a cargo de Zubin Mehta y el equipo de La Fura dels Baus coordinado por Carlus Padrissa. En su momento le dediqué entradas a la escena, a la dirección musical y a las voces. Como espero asistir a la Walkyria que anda reponiendo ahora el teatro valenciano con idéntica producción y batuta, acabo de ver el Blu-ray editado por Cmajor que se corresponde a las funciones de abril y mayo de 2007. Vayan aquí unos brevísimos apuntes.

Walkyria Mehta Fura Valencia Bluray

Fascinante visualmente la propuesta escénica, pero menos que en el Oro: el argumento no da aquí tanto pie a desplegar la muy imaginativa y algo superficial pirotecnia de La Fura. Una preciosidad el árbol del acto primero, aunque está descaradamente copiado del Tristán de Ponnelle. El bosque del final del segundo acto resulta difícil de interpretar como tal. Muy descuidada la dirección de actores, con la excepción del enorme acierto de que Siegmund enseñe a Sieglinde a caminar. Las grúas, eso sí, se desplazan teniendo muy en cuenta la partitura. Poco agraciado el vestuario, al menos el de las walkyrias: convence bastante más en las otras entregas de la tetralogía. Lo mejor, que se trata de una propuesta original y en absoluto rancia al mismo tiempo que respeta al cien por cien la dramaturgia wagneriana: no hay aquí necesidad de reinterpretar nada ni de ofrecer discursos más o menos políticos encima del que ya existe. Es decir, que no se toma al espectador por idiota.

Mehta dirige con técnica formidable, gran claridad y una enorme dosis de belleza sonora, además de con un enorme instinto teatral. Su visión es mayormente lírica, elegante y refinada, lo que no resulta precisamente lo ideal para esta obra: es preferible una sonoridad más bronca y oscura, así como una dosis mayor de garra dramática y carácter visionario. Aun así ofrece un altísimo nivel, desde luego muy por encima de lo que hace el propio maestro indio en El oro del Rin, donde se muestra despistadísimo. De lujo la orquesta.


Reparto de enorme categoría, aunque no puedo olvidar la impresión que como la pareja de welsungos me causaron Plácido Domingo y Eva-Maria Westbroeck: el matrimonio Peter Seiffert / Petra Maria Schnitzer no llega a esa altura, no solo por sus voces en exceso líricas sino también por temperamento, pero en cualquier caso lo hacen francamente bien. Aunque ya algo gastado vocalmente, sensacional el Hunding de Matti Salminen, que además se muestra soberbio como actor. Más que notable el Wotan de Juha Uusitalo, sin las irregularidades que le encontré en 2009: obviamente esta filmación procede de varias funciones y se ha tomado lo mejor de cada una. Le faltan “autoridad” y dimensión trágica, lo que en cierta medida se debe a un instrumento muy lírico para la parte. Estupenda Anna Larsson como Fricka, aunque pase apuros en algunos pasajes. Y excelente la Brunilda de la joven Jennifer Wilson por voz, estilo y –algo menos, pero también– convicción expresiva. Ojalá que ahora en 2013 se conserve como entonces, aunque a tenor de su Isolda del año pasado parece dudoso.

Imagen y sonido sensacionales (¡DTS Master Audio 7.1!) e irreprochables –sin excesivas florituras– los subtítulos en castellano. Media hora de extras. Muy recomendable.

lunes, 11 de enero de 2010

Reedición de un clásico: La flauta mágica por Jonathan Miller y Franz Welser-Möst

MOZART: La flauta mágica.
Beczala, Hartelius, Scharinger, Mosuc, Salminen, Vogel. Coro y Orquesta de la Ópera de Zurich. Dir: Franz Welser-Möst.
Arthaus, 107 067
2 DVDs - 151’
DDD
Ferysa
***


En su paulatina reedición de los primeros DVDs que lanzó TDK, el sello Arthaus rescata un verdadero “clásico moderno” que ha sido repetidamente alabado y premiado por la crítica internacional: la Flauta Mágica que ofreció la Ópera de Zúrich en el año 2000 bajo la batuta de Franz Welser-Möst en una producción escénica de Jonathan Miller.

Es precisamente la propuesta del regista británico lo más interesante de la función. Sobre una bellísima escenografía única de Philip Prowse consistente en una enorme librería masónica en la que no faltan obeliscos y pirámides, Miller se aparta de cualquier óptica que subraye lo que de lúdico, ingenuo o popular hay en la obra de Mozart y Schikaneder para abordar la trama como un conflicto entre el Ancient Régime de la Reina de la Noche y las luces de la Ilustración representado por el mundo de Sarastro, todo ello en el marco de la mismísma revolución francesa, a la que se alude directamente en el final: recordemos que Mozart escribe solo dos años después de la Toma de la Bastilla.

Si en manos de un director sin talento el resultado podría terminar siendo un ladrillo monumental, Miller logra convencer merced a una dirección de actores espléndidamente planificada y a un saludable sentido teatral que no renuncia en absoluto a la frescura ni al sentido del humor, y que llega a permitirse -dentro de su en general apreciable respeto por los diálogos- alguna que otra morcilla.

Muy alto el nivel canoro. Piotr Beczala sufre serios estrangulamientos en el aria del retrato, pero ya anuncia con su fraseo cálido y elegante, tan heredero de un Wunderlich, que se iba a convertir en uno de los más interesantes tenores líricos de nuestros días. No hay reparos ante la bellísima Malin Hartelius, una Pamina de voz perfecta para el papel y admirable línea de canto. Anton Scharinger (¿veremos algún día en DVD su filmación con Solti en Salzburgo?) se muestra como un cantante más que correcto y como un actor de primera: su Papageno rebosa naturalidad y simpatía sin necesidad de hacer payasadas. La otras veces estupenda Elena Mosuc inyecta toda la fiereza necesaria a la Reina de la Noche, pero vocalmente lo pasa mal en sus dos arias. Ni que decir tiene que Salminen ofrece un Sarastro referencial.

Correctísima, por su parte, la dirección del irregular Welser-Möst, y sería aún mejor si el director austríaco hubiera controlado su tendencia a la levedad y hubiera ofrecido mayor variedad expresiva. Espléndida la calidad técnica de los dos DVDs, pero hay algún descuido en los subtítulos en castellano, que son los mismos que incluía la edición anterior de TDK.

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Artículo publicado en el número de enero de 2010 de la revista Ritmo.

martes, 7 de julio de 2009

El anillo del Nibelungo en el Palau de Les Arts (y III): las voces

Ya he dejado mi opinión sobre la propuesta escénica (enlace) y la labor de batuta (enlace) del Ring del Palau de Les Art que presencié entre el 22 y el 30 del pasado mes de junio. Toca por fin decir algo sobre los cantantes. Aun con sus desequilibrios, lógicos habida cuenta de que nos encontramos ante quince horas de música que demandan un elenco de voces tan variado como exigente, fue admirable el conjunto canoro congregado sobre el antiguo cauce del río Turia. Superior probablemente a lo que se escucha hoy en Bayreuth, y muy difícil de superar por cualquier teatro de primera.

Los protagonistas

Un sensacional descubrimiento Jennifer Wilson. Dicen que ha madurado mucho desde el Sigfrido del pasado año. Aún le queda por madurar, pues no en balde cantantes menos dotadas en lo canoro que ella han sabido decir con su canto más cosas aún sobre la valquiria. Pero en cualquier caso la joven, oronda (¡perdón!) y simpatiquísima soprano norteamericana tiene todas las papeletas para convertirse en la gran Brunilda de la primera mitad del siglo XXI.

Su voz, robusta y bien timbrada, de enorme volumen, es francamente extensa, conociendo insuficiencias en el grave pero alcanzando un agudo poderosísimo y espectacular. Su fiato es amplio, su legato espléndido e incuestionable su capacidad para plegarse a las inflexiones líricas: fabulosa en sus “dúos” con Sigfrido. Siendo cierto que tiene aún que bucear en los aspectos más torturados del personaje, amen de madurar mucho como actriz, sus prestaciones en el Palau de les Arts fueron espléndidas.

Irregular Juha Uusitalo. Le encontré cansado y muy ajeno al drama en el Rheingold del 22 de junio. El barítono finlandés me pareció fabuloso, entregadísimo y perfectamente cómodo en lo vocal en la narración del segundo acto de Walküre la noche del 24. Volvió a cansarse en los “adioses” y ofreció en el Siegfried del 27 un notable Wanderer cuya vocalidad más grave no pareció producirle especiales trastornos.

Menos interés guarda el Sigfrido de Lance Ryan. Parece que el tenor del año pasado no fue gran cosa, y que por ello se ha decidido repetir la grabación en DVD e inmortalizar así al joven canadiense en las dos últimas jornadas. Cumplió sobradamente luciendo un instrumento que es de genuino tenor heroico y dosificándose con prudencia para no llegar agotado al final, pero tiene la voz algo atrás, cala y desafinen alguna ocasión y, sin ser frío, no es el colmo de la expresividad. En cualquier caso, estuvo muy por encima de los Sigfrido-aulladores de los últimos lustros. Y eso ya es mucho.

Los demás

Repasemos el resto de los cantantes, empezando por las chicas. Espléndida, pese a algunas asperezas en el agudo, la altísima Anna Larson en el rol de Fricka. Notabilísima la Freia de Sabina von Walther. Sólida la Erda de Daniela Denschlag. Digno el pájaro del bosque de Marina Zyatkova. Admirable la Waltraute de Catherine Wyn-Rogers. Exhibición de voz y estilo por parte de Elisabete Matos en el desagradecido rol de Gutrune. Estupendas dos de las tres Ondinas -la otra chillaba-, y mejor aún las Nornas. Irregular el equipo de valquirias. Y sensacional la Sieglinde de Eva-Maria Westbroeck, sin el punto de calidez de la Meier (que es mezzo, no lo olvidemos), pero fantástica en lo vocal y apuntando muy buenas maneras en lo expresivo.

Los chicos. Mediocre como cantante y como actor el tosco Alberich de Franz-Josef Kapellmann. Muy notable el Loge de John Daszak, que por culpa de la regie tuvo que cantar todo el tiempo en patinete. Magnífico el Mime de Niklas Björling Rygert en Oro, que supo cantar y no graznar, y no tan interesante Gerhard Siegel en el mismo rol en Sigfrido. Irreprochable Stephen Milling haciendo (en el segundo ciclo, que es el que presencié) los dos Fafners. Discreto el Gunther de Ralf Lukas.

¿Y qué decir de Matti Salminen? Está ya mal de voz, pero quien ha sido uno de los tres mejores bajos wagnerianos de la segunda mitad del XX (los otros fueron Talvela y Moll, claro) conserva intactas toda la autoridad vocal, la capacidad para el matiz y la presencia escénica que lo hicieron grandísimo. Si estuvo sólo correcto como Fasolt, dio verdadero miedo como Hunding (el día 24, sustituyendo a un indispuesto Milling) y ofreció una verdadera lección de todo -técnica, estilo, expresión- en su mermado pero aun así referencial Hagen. Al fin y al cabo se trata de un verdadero mito viviente del canto. Claro que no fue él el único que hubo en este Anillo.

… y Plácido

Dicen los grandes expertos en voces que hay en este país que Plácido Domingo está acabado desde hace más de dos décadas. Si ellos lo dicen, así será. Pero a mí, en mi ignorancia, me dio la impresión de que este señor conserva a sus sesenta ocho años (setenta y cuatro dicen las malas lenguas) exactamente el mismo timbre de toda la vida, sin rastro de deterioro; que como Siegmund se mostró pletórico hasta que, a partir de un winterstürme con menos legato de lo que en él es habitual, la falta de fiato le fue dejando sin recursos; que pese la escasez de aliento terminó con dignidad el primer acto de Walküre para dar una auténtica lección en el acto II.

Y que cuando hay sobre la escena alguien que sabe realmente lo que es cantar, que posee una voz bellísima, que frasea de manera maravillosa, que procura en todo momento enriquecer la línea vocal con las más apropiadas inflexiones expresivas y que sabe desenvolverse por la escena sin importarle la inexistencia de una buena dirección actores, todo el aparato visual desplegado por los fureros queda en segundo plano para que la Ópera con mayúsculas haga presencia en el escenario. Lástima que nos de Unitel no grabaran esta función (¿falta de recursos económicos, o más bien escasez de confianza de Helga Schmidt y su equipo en el tenor madrileño?) para incluirla en los DVDs.

Muy en resumidas cuentas: pese a todos los reparos apuntados, un Anillo de un nivel tan alto que difícilmente veré uno mejor en directo. Una gozada total. Enhorabuena a todos los implicados.

domingo, 14 de junio de 2009

Imprescindible Boris con Salminen en el Liceu

MUSSORGSKY: Boris Godunov (versión de 1869).
Salminen, Asawa, Arnet, Toczyska, Langridge, Shagidullin, Halfvarson, Lindskog, Kotcherga, Zapata, Mentxaka. Coro de Cámara del Palau de la Música Catalana. Coro Vivaldi. Pequeños Cantores de Cataluña. Coro y Orquesta Sinfónica del Gran Teatro del Liceo. Dir: Sebastian Weigle.
TDK DVWW-OPBORIS
152’
**** R


He aquí una obra maestra absoluta, el Boris Godunov en su versión original de 1869 -esto es, con la orquestación del propio Mussorgsky y sin el acto polaco- servida de manera difícilmente superable para tratarse de una función en directo. Y eso que la batuta de Sebastian Weigle, que obtiene un extraordinario partido de orquesta y coros, aún podía ser más opresiva, atmosférica e idiomática.

Pero en todo caso se trata de una dirección muy sólida y bien encaminada que se pone al frente de un equipo de cantantes-actores de auténtico lujo (¡cómo están todos, cielo santo!) capitaneado por un Matti Salminen inmenso en lo físico, en lo vocal, en lo interpretativo y en lo escénico. Por no hablar de la portentosa dirección escénica de Willy Decker, moderna y creativa pero siempre al servicio de Mussorgsky, o de la sugerente luminotecnia de David Finn.

Total, DVD imprescindible a pesar de la tomadura de pelo de TDK: no incluir la pista de sonido en DTS que sí se anuncia en la carátula del producto.
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Artículo publicado en el número de noviembre de 2006 de la revista Ritmo.

martes, 2 de junio de 2009

Carta de presentación: el Fidelio del Palau de Les Arts

BEETHOVEN: Fidelio.
Meier, Seiffert, Salminen, Uusitalo, Raimondi, Trost, Stabell.
Coro de la Generalitat Valenciana. Orquesta de la Comunitat Valenciana. Dir: Zubin Mehta.
Medici Arts, 2072498
DVD
148’
DDD
Ferysa
****


Fidelio_Mehta

Este DVD es más que un buen Fidelio: es la carta de presentación internacional de un Palau de Les Arts que tiró la casa por la ventana en su inauguración para congregar un elenco difícilmente superable. Por ello mismo hay que lamentar el descuido de Unitel y Euroarts a la hora de editar el producto.

La portada, sin ir más lejos, omite el nombre del gigante Salmin en pero sí incluye el del mediocre Carsten Stabell, cuyo papel de Don Fernando es muchísimo más breve que el de Rocco. No hay notas en castellano (los subtítulos, por suerte, son de Luis Gago). La realización visual es muy pobre. Y los técnicos no lograron domar la acústica que tuvo en sus primeros meses el edificio de Calatrava y ofrecieron una toma sonora turbia, exagerada en las frecuencias graves y poco natural en un 5.1, además, mal realizado.

La interpretación de la ópera beethoveniana, filmada entre el 21 y el 31de octubre de 2006, es de altísimo nivel en lo musical. Brillan con luz propia la calidad de los cuerpos estables del Palau de Les Arts: orquesta y coro están muy por encima de lo que se cuece en la mayoría (por no decir todos) los teatros españoles dedicados al asunto operístico, y sitúan al nuevo coliseo valenciano a la altura de los grandes templos de la lírica mundial.

Zubin Mehta ofrece a su frente una dirección cálida, sensual y -cuando es necesario- atmosférica, alcanzando un admirable equilibrio entre lo clásico y lo romántico, si bien esto también quiere decir que en los momentos más visionarios de la obra se pueden echar de menos garra dramática y creatividad.


Waltraud Meier sufre tiranteces en el agudo y se queda corta los exigentes graves escritos por Beethoven; interpretativamente es una Leonora de referencia por estilo, dicción, musicalidad y credibilidad dramática, tanto en lo que se oye como en lo que se ve. Peter Seiffert, aun siendo demasiado lírico para Florestán y mostrándose algo más vibrado de la cuenta, sobrevive a las terribles dificultades de su rol.

A Matti Salminen es difícil superarle en su papel. Juha Uusitalo hace un Pizarro más que correcto, Rainer Trost es un irreprochable Jaquino e Ildikó Raimondi una Marzelline deliciosa pero no cursi. El único borrón, ya lo dijimos, es Stabell.

La puesta en escena de Pier’Alli es de corte tradicional y muy sensata, lo que se agradece en esta obran proclive a relecturas que se pretenden más “políticas” aún de lo que ya lo es la obra beethoveniana, pero visualmente sólo resulta atractiva en las proyecciones que acompañan al descenso a los calabozos y, en general, adolece de soluciones escénicas excesivamente convencionales. Aun así, un Fidelio a tener en casa.
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Artículo publicado en el número de junio de 2009 de la revista Ritmo.

PS. Este texto lo redacté hace ahora dos meses. Tras haber visto el Tristán e Isolda de Pier’Alli en el Maestranza (enlace) he confirmado la impresión que no me atreví entonces a poner por escrito: este señor deja mucho que desear como director teatral. Como en el título de Wagner, lo mejor de su propuesta para Beethoven es el respeto al texto y la ausencia de disparates. Por lo demás, pura mediocridad. Ni que decir tiene que las cuatro estrellas de la calificación van para el apartado musical: el escénico se merece bastante menos. En cuanto a los señores de Unitel, suspenso rotundo. Esperemos que la Tetralogía se edite en condiciones mucho más satisfactorias.

jueves, 21 de mayo de 2009

Tristán, Isolda y Barenboim, por triplicado

Aparte de la soberbia grabación en estudio con la Filarmónica de Berlín registrada por Teldec en 1994, que por la altura de su elenco vocal y por la calidad técnica del producto es quizá la más recomendable versión de la obra en compacto, Daniel Barenboim cuenta en DVD con tres diferentes lecturas de Tristán e Isolda, página de la que es sin duda su más celebrado intérprete en los últimos lustros.
 
La primera corresponde al Festival de Bayreuth de 1983, en una aplaudida producción de Jean-Pierre Ponelle protagonizada por René Kollo y Johanna Meier; fue editada ya hace tiempo por Deutsche Grammophon con decepcionante calidad de imagen y sonido (la edición japonesa se veía bastante mejor).


La segunda nos ofrece otra producción de Bayreuth, la esencial de Heiner Müller, y contaba con el debut en los roles principales de Siegfried Jeruslem y Waltraud Meier; publicada también por el sello amarillo, cuenta con una calidad técnica realmente irreprochable.

La tercera, que suena y se ve maravillosamente, es la que se ofreció en el Teatro alla Scala en 2007, con Ian Storey y de nuevo Waltraud Meier, y supuso el retorno a Wagner del cineasta Patrice Chéreau, en una producción que se ha repuesto en esta misma temporada. Edita el sello Virgin. Los tres registros audiovisuales, que han sido unánimemente aplaudidos por la crítica, nos ofrecen enfoques complementarios de la genial obra wagneriana.

Así la espléndida dirección de 1983, a pesar de estar grabada –como se suele hacer en Bayreuth– sin público, nos hace pensar en el Barenboim “en vivo” por su carácter nervioso, extrovertido e incendiario. Por eso mismo, y aunque la batuta no caiga abiertamente en el descontrol, el resultado es un acercamiento tan atractivo y emocionante como falto de madurez.

Ésta la conseguirá en 1995, de nuevo un prodigio de estilo, sinceridad, sensualidad y fuerza expresiva, solo que aquí galvanizando todos esos ingredientes con una solidísima arquitectura de la pieza, ahora mejor planificada y desarrollada. De la orquesta, fabulosa, Barenboim obtiene una gama de colores ocre de lo más apropiada. Se trata, en fin, de una dirección abiertamente genial, a mi modo de ver sólo equiparable a la mítica –y bien distinta– de Furtwängler.

En La Scala Barenboim parece haber evolucionado. Ha perdido un poco de garra dramática y de carácter alucinado, pero a cambio nos ofrece una dosis aún mayor de sensualidad, de carácter “amoroso” y, por qué no, de “espiritualidad”. Realiza además un verdadero milagro con la orquesta milanesa, a la que hace sonar con una propiedad asombrosa y de la que extrae unas riquísimas texturas. Logra además que solistas del foso maticen con una gran intencionalidad expresiva.

Las realizaciones escénicas también arrojan ideas complementarias sobre la obra. La más hermosa es la de Ponelle, no exactamente “realista” pero sí muy respetuosa con las tradiciones teatrales (salvando la discutible idea de convertir en un sueño el retorno de Isolda). Es, desde luego, convincente para todos los paladares; la belleza plástica del segundo acto pone los pelos de punta.

La producción de Müller, inteligente y arriesgada, es de corte conceptual, ajena por completo a lo que entendemos por “realismo” teatral. La escenografía –hermosísima, obra de Erich Wonder– se reduce al mínimo, y la dirección de actores evita todo gesto o movimiento circunstancial para ceñirse al plano de los símbolos. Propuesta en conjunto de enorme atractivo, justo es señalar que los actos extremos (¡qué belleza la del liebestod!) convencen más que el segundo, no del todo bien resuelto.


En el extremo opuesto a Müller se sitúa Patrice Chèreau. Con él la acción no es sólo psicológica sino también física. Se recibe con agrado la presencia de elementos del libreto que en otras ocasiones se ignoran, tales como la presencia de la marinería –que hace aún más incómoda la atracción entre los protagonistas– o la lucha entre los hombres de Kurwenal y los de Marke. Hay además aciertos de enorme inteligencia, si bien el conjunto, que en lo plástico sólo engancha en el segundo acto, adolece de cierta frialdad. En cualquier caso la dirección de actores es soberbia y el espectáculo ofrece teatro de primera calidad.

Nos queda hablar de los cantantes. En 1983 sobresale un espléndido Kollo, aún estupendo de voz, que ofrece canto muy hermoso y lleno de sentido. A su lado realiza una más que notable labor Johanna Meier, Isolda quizá no del todo sensual. Espléndida también Hanna Schwarz. Irregular pero en conjunto solvente el Kurwenal de Hermann Becht. Matti Salminen deslumbra en el plano vocal, pero aún no ha calado a fondo en Marke.

En 1995 Waltraud Meier se muestra ya sensacional, pues a pesar de las tiranteces en el agudo (lógico, es una mezzo) hace gala de un legato y una dicción admirables y de una asombrosa capacidad para matizar el personaje. Jerusalem se ve lastrado por una voz leñosa, pero recrea a Tristán con verdadera emoción. Mathias Hölle es un sólido pero bastante plano Marke; lo mismo le pasa a Uta Priew como Brangäne. A Struckmann le cambia el color en el grave, pero ofrece un notable Kurwenal. Bueno el Melot de Elming, y excelente el pastor de Peter Maus.


 En La Scala el gran lunar es Ian Storey, cuya voz de discreta calidad, tremolante y de timbre poco grato, no se beneficia precisamente de su técnica precaria y de sus limitaciones como recreador del personaje, si bien va de menos a más y ofrece, sobre todo en el tercer acto, frases llenas de intención; cuando le pude escuchar en directo, un par de semanas después de esta filmación del 7 de diciembre, tuvo aún más problemas.

Los que estuvieron mejor desde el punto de vista vocal en la referida función que presencié (enlace) fueron Michelle De Young, notable Brangäne, y Matti Salminen, que en lo interpretativo nos ofrece el más acongojante y matizado rey Marke que uno pueda imaginar. Claro que lo que resulta histórico es lo que hace Waltraud Meier con Isolda: hay desigualdades, asperezas y tiranteces, e incluso comienza a aparecer cierto trémolo, pero la mezzo alemana, sensualísima y mucho antes amorosa que colérica, realiza tan una increíblemente bella, matizada y profunda recreación del personaje que dan ganas de calificarla como la mejor Isolda de la era del sonido grabado. Más que correcto el Kurwenal de Gerd Grochowski, y excelente el Melot de Will Hartmann.

¿Conclusiones? Estos tres Tristanes, con sus lógicos desequilibrios, son portentosos. El de 1983, admirable aunque no redondo por parte de la batuta, hay que conocerlo por el trabajo de Ponelle. El de 1995 es imprescindible en la estantería de cualquier amante de la música y las artes escénicas. Y el de 2007, que en España se vende bastante más barato que los otros dos, dicho sea de paso, alberga Isolda y Marke históricos dentro de un conjunto musical y dramático de alto nivel. Hay que tener los tres.

Dedicado a Rodríguez Zapatero, la gran decepción

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