miércoles, 26 de junio de 2019

Algunas versiones de la Séptima de Beethoven

Habida cuenta del concierto que ofrecerán Daniel Barenboim y la West-Eastern Divan en el Teatro de la Maestranza el próximo domingo 30, me parecía un buen momento para sacar una comparativa de la Séptima sinfonía de Beethoven partiendo de las anotaciones que tengo en mi bloc particular. Tarea imposible de realizar con el escaso tiempo del que dispongo actualmente: ¡son ya setenta las versiones que tengo escuchadas y comentadas! Así que me voy a conformar con sacar solo quince, a manera de cata más o menos desordenada. No se alarmen de no encontrar su interpretación favorita. Aunque tenía claro que algunas de las finalmente escogidas "tenían que estar", hay otras importantísmas que he obviado porque quiero repasarlas antes de emitir una opinión, o bien porque ya he escrito sobre ellas en este blog. Al mismo tiempo, he querido sacar alguna otra más o menos inesperada simplemente "porque sí", para ofrecer variedad de enfoques, de épocas y de alturas interpretativas.

Por eso mismo les ruego a ustedes que no se tomen nada en serio la siguiente lista, mucho antes un juego o una travesura que un estudio riguroso para el que, sencillamente, yo no estoy capacitado. Otra cosa es que más adelante, en algún momento de este verano, saque la lista completa. Pero entonces tampoco será más que eso, una lista escrita por un aficionado. Lean estos textos como lo que son.




1. Toscanini/Orquesta dela NBC (Andromeda, 1939). El Beethoven de Toscanini dista hoy de convencer. Los ataques son excesivamente secos, el fraseo muy rígido, la sonoridad áspera y estridente, la cantabilidad nula… Falta, sobre todo, una idea expresiva detrás: las partituras parecen ser antes que nada un ejercicio de mecánico virtuosismo, por cierto no muy bien seguido por una orquesta con seria limitaciones. Pese a lo dicho, hay que reconocer que en la Séptima resultan muy convenientes dos de las grandes cualidades del de Parma: la tensión electrizante que mantiene de principio a fin y su controladísimo y exacto vigor rítmico. A destacar asimismo cómo en el Allegretto, ya que no vuelo lírico, aporta una encomiable fuerza dramática. Lo más discutible, los tríos del scherzo. (7)



2. Furtwaengler/Filarmónica de Viena (EMI, 1950). Toda la interpretación gira en torno a un lentísimo (en absoluto Allegretto), insondable y sublime segundo movimiento, cuyo fraseo humanísimo, dentro de una sonoridad densa y oscura, alberga un inmenso dolor y un deseo intenso de abrazar a la humanidad. En el resto Furt evita todo mecanicismo y opta por una flexibilidad, una nobleza y una sutileza en la matización llenas de significado. Asombrosa la plasticidad con que está tratada la maravillosa orquesta, bien recogida en estudio por los micrófonos de EMI. Supongo que no hace falta decirles a ustedes que este cofre de EMI, pese a sus serias irregularidades interpretativas y técnicas, resulta de conocimiento imprescindible por parte de cualquier aficionado. Ahora se vende a precio de saldo, así que hágase con ella quien no la tenga. (10)



3. Fricsay/Filarmónica de Berlín (DG, 1960). La flexibilidad en el trazo, la variedad de acentos y el alejamiento del espectáculo exhibicionista, de la trivialidad y de lo cuadriculado para optar por un enfoque dramático –antes que épico– nos rebelan a un director de mucho fuste. Tras una poderosa y dramática introducción, al Vivace le falta un poco de electricidad. El Allegretto está fraseado con amplitud; la verdad es que resulta un punto moroso, aunque son muy de agradecer su densidad expresiva y regusto amargo, además de los muy acertados acentos dinámicos en la parte de las maderas. En el Presto sobresale el dramatismo con que está tratado el doble trío, mientras que en el Allegro con brio final, desgranado sin prisas, no hay desbordamiento alguno y sí buena garra dramática. El sonido oscuro y prieto de la orquesta es ideal para el concepto de la batuta y contribuye a la bondad de los resultados. Digno sonido estereofónico. (9)



4. Karajan/Filarmónica de Berlín (DG, 1961-62). Esta fue la primera versión de la Séptima que muchos tuvimos en nuestra casa. Una pena, porque el propio Karajan lo había hecho mejor poco antes con la Filarmónica de Viena y también lo hará de manera más satisfactoria con la propia Berliner Philharmoniker más tarde. Pero aquí sus peores defectos de herencia toscaniniana se hacen demasiado presentes: sequedad, rigidez, mecanicismo, espíritu excesivamente marcial y absoluto desinterés por indagar “detrás de las notas”. Por descontado, la brillantez sonora es apabullante y el maestro inyecta una tremenda dosis de electricidad a su lectura, pero con eso no basta. Todo suena insincero, demasiado estudiado, amén de un punto prosaico y bastante machacón. La calidad de la toma en blu-ray audio es asombrosa. (7)



5. Kletzki/Filarmónica Checa (Supraphon, 1967). El maestro polaco es de los que en esta obra se apartan de lo trepidante y extrovertido para tomarse las cosas con calma y realizar, sosteniendo bien el pulso y manteniendo siempre una apreciable sobriedad, un soberbio análisis de la escritura beethoveniana en el que todos los elementos están maravillosamente diseccionados sin que se pierda de vista la solidez de la arquitectura global. Lo hace, además, con un fraseo no exento de amplia cantabilidad y cierta nobleza, aunque sin terminar de penetrar en la médula expresiva de las notas. De este modo, los dos primeros movimientos resultan en exceso objetivos, escasos de aliento lírico y de sentido humanista, por no decir aburridos. Interesa más el tercero, con unos tríos flexibles y misteriosos que anuncian claramente los de Barenboim, y un final nada rápido pero lleno de implacable tensión. Nada del otro jueves la orquesta. (7)



6. Carlos Kleiber/Filarmónica de Viena (DG, 1975-76). Carlos hereda el concepto que de esta obra tenía su padre, concibiéndola desde la extroversión, ajena a las densidades filosóficas y recorrida por una implacable electricidad interna. Pero lo hace de manera mucho más satisfactoria, adoptando tempi no tan rápidos, respirando las frases con más holgura, concediendo espacio no solo para el análisis del entramado orquestal, aquí clarísimo, sino también para la sensualidad, el vuelo lírico y la delectación tímbrica. A esta última circunstancia no es ajena una Filarmónica de Viena en absoluto estado de gracia tanto por su belleza sonora como por la asombrosa precisión con la que responde a un Kleiber que a su vez la maneja con técnica maestra. Sigue echándose en falta, como en el caso de Erich, una idea expresiva clara detrás de toda esta borrachera de sonidos, sobre todo en un segundo movimiento no del todo aprovechado, pero en cualquier caso el resultado es arrebatador. La edición en SACD recupera la cuadrafonía original y una amplia gama dinámica. (9)



7. Norrington/The London Classical Players (EMI, 1988). En los años ochenta, varios directores de la órbita historicista emprendieron una renovación sustancial de la interpretación beethoveniana haciendo uso de instrumentos originales, buscando un nuevo equilibrio de planos instrumentales que diera mayor peso a vientos y percusión, modificando la afinación, moderando el vibrato, buscando una articulación más ligera e incisiva y haciendo uso del metrónomo para reivindicar los presuntos tempi originales del compositor. Aunque todo ello en principio se queda en lo filológico, semejantes criterios por fuerza tenían que llevar aparejada nuevos enfoques expresivos. Ahora bien, con lo que ha llovido desde entonces, conviene ahora no meter a todos en el mismo saco, sino distinguir bien el concepto de cada uno de los intérpretes. En el caso que nos ocupa, Norrington no potenció el carácter rústico y combativo de los instrumentos de época, ni tampoco buscó acentuar las aristas ni resaltar los aspectos teatrales de este repertorio, sino que por el contrario adoptó un enfoque apolíneo y se interesó por resultar elegante, aéreo y grácil restando la mayor dosis de densidad posible, pero sin tener del todo muy claro el modo de encajar semejante concepto con las necesidades expresivas del universo beethoveniano, en principio poco afín a su sensibilidad. Así las cosas, no debe extrañar que esta Séptima, entendida como “apoteosis de la danza” y muy ajena a densidades, resulte irregular en su desarrollo y floja en su conjunto: el primer movimiento está muy bien resuelto pero resulta en exceso suave, el segundo sonaría frívolo si no fuera por algunos timbalazos fuera de tiesto para llamar la atención, y los otros dos se quedan en una tan aseada como aburrida corrección en la que de nuevo algunos efectismos intentan paliar la falta de una auténtica planificación de las tensiones internas. Tampoco la claridad es muy grande, aunque desde luego la orquesta realiza un excelente trabajo. (6)



8. Solti/Sinfónica de Chicago (Decca, 1988). Los treinta años que median entre esta interpretación y la primera de las que grabó para Decca (1958: decepcionante) ponen bien de manifiesto la enorme evolución de Solti a lo largo de este periodo. Su línea objetiva, vigorosa y electrizante, llena de garra y teatralidad, sigue por completo intacta, pero ahora se ha enriquecido con una gran dosis de flexibilidad, sensualidad, belleza sonora y refinamiento, pero sobre todo de atención a los pliegues expresivos, como pone bien de manifiesto un Allegretto llevado con el tempo que marca la partitura, pero de gran fuerza dramática. El resultado, una interpretación muy en la línea de las de Kleiber hijo, pero con mayor riqueza de matices y sinceridad emotiva. El último movimiento pueda que sea el mejor de toda la discografía, a lo que no es ajena la calidad de la agrupación norteamericana. Una ejecución verdaderamente insuperable y una toma sonora sensacional redondean esta versión. (9)



9. Bernstein/Sinfónica de Boston (DG, 1990). Lenny dirigió manifiestamente cansado y enfermo en una lluviosa tarde de agosto ante una audiencia de seis mil personas en su querido Festival de Tangelwood. Le costó trabajo llegar al final. Fue su último concierto. Difícil es saber si somos nosotros los que queremos ver en esta lenta, densa y otoñal recreación un paisaje lleno de brumas teñido por una dulce y ensoñadora luz crepuscular, donde no hay lugar para la la vitalidad, el desenfado ni –menos aún– la apoteosis de la danza, sino para la reflexión y una última lucha contra el destino de amargo sabor e incierto desenlace… Quizá, sí, esté en nuestra mente que este Allegretto no suena a Beethoven, sino a las inolvidables despedidas de la vida de Mahler que Bernstein supo recrear como nadie. Pero lo cierto es que esta Séptima discutible y fascinante está matizada de manera admirable (¡qué técnica soberbia la del maestro, capaz de llenar de sutiles inflexiones el fraseo sin perder de vista la arquitectura!), se encuentra expuesta con gran flexibilidad y enorme cantabilidad, extrae un provecho insólito del peso de los silencios y explora rincones sonoros y expresivos que la mayoría de los maestros ni siquiera habían intuido. La toma sonora no está a la altura de la época, pero eso importa poco: esto no es la Séptima de Beethoven, sino el testamento de un enorme director. (9)



10. Abbado/Filarmónica de Berlín (DVD Euroarts, 2001). A pesar de enfrentarse a una de las obras de escritura más musculosa de la creación sinfónica beethoveniana y de tener delante a una orquesta tan robusta como la Berliner Philharmoniker, el maestro italiano se las arregla para ofrecer ya desde la misma introducción, y siempre que se le ofrece la oportunidad, esas sonoridades ingrávidas, volátiles y delicadas, por no decir relamidas, tan características de los últimos años de su carrera, no solo en la cuerda sino también en unas maderas que saben seguir a pies juntillas sus criterios. El resultado es insincero y aburrido –insulso a más no poder el Allegretto–, cuando no irritante. El último movimiento, especialmente rápido y dicho con perfecto control y virtuosismo extremo, se queda en un espectáculo pensado muy de cara a la galería. (6)



11. Rattle/Filarmónica de Viena (EMI, 2002). Bastante menos suave e ingrávido que Abbado, más juvenil y extrovertido, con mayor sentido teatral y más inmediata comunicatividad, y desde luego mucho más decidido a reducir el vibrato en la cuerda, Rattle también se sirvió de la edición Jonathan del Mar e intentó recoger algunas de las novedades de la escuela historicista para fundirlas con la ortodoxia y ponerlas en sonido con una orquesta de la más rancia tradición, en este caso la Filarmónica de Viena. En algunos casos (Segunda, en menor medida la Octava) lo hizo de manera muy satisfactoria, pero en otros se armó un verdadero lio. Es el caso de esta Séptima que arranca con sorprendente flojera y luego se desarrolla salpicada aquí y allá de sonoridades procedentes de los instrumentos originales y acentuaciones novedosas sin tener muy claro cómo fundir el músculo beethoveniano con una articulación más ligera, ni menos aún contando con una clara idea expresiva detrás. Decepciona en este sentido el primer movimiento, un tanto deslavazado, y más aún el segundo, el más abiertamente interpretado mirando al historicismo con resultados muy insípidos pese a que Rattle parece que no quiere rechazar del todo los aspectos dramáticos de la página. Los otros dos, muy vistosos y dichos con la extroversión esperable en el maestro británico, pero un tanto de cara a la galería. (7)



12. Thielemann/Filarmónica de Viena (Blu-ray CMajor, 2008). Esta es una visión tradicional en el buen sentido, dicha con musicalidad y planteada con sensatez, sin la menor precipitación, además de sonada de manera muy hermosa y plenamente beethoveniana, circunstancia a la que no es ajena la calidad y tradición de la formación vienesa. Ahora bien, hay algunas desigualdades en el desarrollo. Tras una introducción más bien lineal, el primer movimiento ve afectada su unidad de trazo por ciertas aportaciones creativas que resultan más rebuscadas que convincentes. Amplio y con grandeza el Allegretto, no exento de cálida ternura, pero más sentimental –en el buen sentido- que impregnado de la grandeza dramática de otros directores de la tradición centroeuropea. Espléndido el tercer movimiento, muy bien diseccionado, aunque de nuevo hay algún detalle aislado que intenta sacar mayor partido de la página sin lograrlo. En el cuarto, finalmente, un Thielemann aquí admirable logra no dejarse llevar por el fuego y ofrece un perfecto control de la arquitectura para ir acumulando tensión hasta alcanzar un final poderosísimo e implacable, siempre con el excelente concurso de una orquesta que se pliega a la perfección a sus demandas sin dejar de sonar con una redondez y belleza asombrosas. (8)



13. Barenboim/WEDO (Decca, 2011). Al frente de una orquesta joven y multicultural pero modelada con el mismo bronce centroeuropeo de su Staatskapelle de Berlín, y ya situado interpretativamente en una madurez en la que la radicalidad de sus planteamientos de décadas anteriores se ha atemperado y enriquecido con nuevos aspectos expresivos, el de Buenos Aires ofrece una lectura por completo canónica, de perfecto lenguaje beethoveniano, en la que la electricidad, el empuje y la garra dramática dejan su espacio a la sensualidad del fraseo, a la plasticidad del tratamiento de las masas sonoras, a la flexibilidad –admirables los tríos del scherzo–, y –sobre todo– a la calidez humanística. Una toma sonora de impresionante naturalidad (¡se oye exactamente lo que se oía en las butacas de la soberbia Philharmonie de Colonia, lo juro!) redondea esta lectura ideal para un primer acercamiento a la obra. Como lo es todo el ciclo. (10)



14. Honeck/Sinfónica de Pittsburg (Reference Recordings, 2014). Parece mentira que se pretenda presentar como innovador a este Beethoven, o al menos como punto de encuentro entre la tradición y la renovación, cuando cualquiera que conozca la discografía se da cuenta de que no es sino una mezcla de los peores defectos de otros intérpretes: aquí se dan la mano la sequedad de Toscanini, la rigidez del peor Karajan, las ingravideces del último Abbado –del que el maestro austriaco fue asistente–, las “galanterías” de Norrington, los excesos en los metales de Harnoncourt… Honeck agita los indigestos ingredientes en la coctelera y, servidos por una orquesta que no puede ocultar la relativa endeblez de su cuerda ni las debilidades de su metal, nos ofrece una interpretación que arranca con excesiva contundencia; luego alterna entre el músculo y lo excesivamente suave; continua ofreciendo un Allegretto aéreo y delicado en el peor de los sentidos (¡insoportable!); prosigue con un tercer movimiento rígido en el que se intercalan tríos más bien blandurrios; y concluye con un Finale cargado de electricidad, aunque bastante monolítico, que podría calificarse como interesante si no fuera porque la batuta se empeña en descubrirnos alguna línea secundaria para llamar la atención. La toma sonora del SACD multicanal es muy notable. (6)



15. Michael Sanderling/Filarmónica de Dresde (Sony, 2017). El hijo del gran Kurt, cuyo Beethoven permanece aún como uno de los más sólidos e inspirados dentro de la "gran tradición" germánica, nos sorprende apuntándose en la lista de los que pretenden llegar a un punto de encuentro entre esa tradición y las maneras "históricamente informadas". Es decir, la misma lista de los Rattle, Mackerras, Järvi o Honeck, entre otros. Pero lo cierto es que lo hace de manera más satisfactoria que todos ellos. Primeramente porque el maestro se deja de dogmatismos y adopta una postura moderada frente a las aportaciones del mundo historicista: la cuerda vibra poco, se renuncia al legato continuo, hay ataques más incisivos de lo acostumbrado –ya desde el mismo acorde que da inicio a la obra–  y, en general, la articulación resulta más ágil que lo acostumbrado en las versiones "grandes", pero no se incorporan metales ni percusión "de época", ni se altera el equilibrio de planos tradicional en favor de los referidos instrumentos, ni se recurre a la mezcla de sequedad y violencia de los Harnoncourt y descendencia. En segundo lugar, porque Michael Sanderling tiene claro que adoptar formas distintas no tiene por qué implicar necesariamente un cambio en la expresión: forma y fondo están ligadas, claro está, pero es posible usar un "ropaje sonoro" (afortunada expresión del crítico Pedro González Mira) digamos que actualizado para enviar mensajes expresivos dentro de la más sensata ortodoxia. Y es que, a la postre, este Beethoven quiere también ser el de toda la vida: grandioso en el mejor de los sentidos, denso en la expresión y amplio en el trazo de los arcos melódicos. Dicho esto, se aprecian considerables desigualdades a lo largo de la obra. Poderoso y combativo en el primer movimiento, pero necesitado de imaginación, compromiso y verdadera inspiración. En el segundo la articulación de la cuerda y algunas sonoridades ingrávidas molestarán a algunos melómanos –mi amigo Ángel Carrascosa aún anda horrorizado–; no es mi caso, pero reconozco que encuentro un tanto asépticos los resultados, amén de innecesaria la decisión de colorear algunas frases concretas de las maderas. Lo mejor son los otros dos movimientos, vitalistas y sanguíneos sin necesidad de incurrir en el estrépito ni en lo militar. Por lo demás, la lectura se encuentra planificada con solidez, claridad, atención a las transiciones y cuidado en el detalle. La toma es francamente buena reproducida en HD. (8)

PS. Ya están dándome la vara con las versiones "que faltan". ¿Tengo que repetir que esto no es más que una cata que intenta, ante todo, ser variada? En cualquier caso, aquí van enlaces a mis comentarios sobre la última versión de Klemperer, la de Kubelik, la de Chailly y la de Kirill Petrenko.

9 comentarios:

Cristiandelicia dijo...

Estimado Fernando:

¿Qué nota le pondría a esta lectura de la Séptima, ya comentada en su blog?
http://flvargasmachuca.blogspot.com/2009/06/klemperer-1968-un-beethoven-genial-y.html

Saludos!

Fernando López Vargas-Machuca dijo...

Un diez, rotundamente. Ahora bien, quiero dejar claro que esto dar un número no se tiene que tomar más que como un juego, y quizá también como una muleta. ¿Realmente se debe "poner nota" a algo tan subjetivo como la interpretación musical? Yo creo que no. Se puede hacer con la ejecución propiamente dicha, cosa que solo podrán hacer con propiedad los grandes músicos con un excelente oído. Pero a la interpretación, creo que no. Si yo lo hago en parte es porque resulta útil para entendernos entre nosotros, para dejar más o menos claro si esta versión te gusta un poco más o un poco menos que aquella. Y porque resulta divertido, para qué engañarnos. Pero no se tome en serio, por favor. Sin ir más lejos, Ángel Carrascosa me acaba de mostrar su serio desacuerdo con mi "ocho" a Michael Sanderling. Creo que no habría que tomarse estas cosas tan en serio, la verdad.

Fernando López Vargas-Machuca dijo...

Añado que escribí este postscriptum, a raiz del comentario telefónico de un amigo, minutos antes de recibir el comentario escrito de Cristiandelicia:

"Ya están dándome la vara con las versiones "que faltan". ¿Tengo que repetir que esto no es más que una cata que intenta, ante todo, ser variada? En cualquier caso, aquí van enlaces a mis comentarios sobre la última versión de Klemperer, la de Kubelik, la de Chailly y la de Kirill Petrenko."

Archie_V dijo...

Le felicito por este resumen tan bien pensado y equilibrado de las versiones de una sinfonía que, a mi modo de ver, tiene tanto o más que ofrecer que cualquier otra de las "impares" de Beethoven. Seguramente Wagner solo pretendía enaltecer esta obra cuando la caracterizó como "la apoteosis de la danza", pero con el tiempo ha terminado haciéndole un flaco favor, puesto que tantas interpretaciones se han quedado en eso: enérgicas pero rematadamente superficiales y carentes de sutilezas (una tendencia que desgraciadamente con los años solo ha ido a más por la machacante influencia de los enfoques HIP). Son poquísimos los directores actuales que llegan a meterme de verdad en esta música, a sentirla, sin limitarme a pasar el rato dando golpecitos a compás en el brazo del sillón. Y ¿el que más lo ha logrado? Sí, es Barenboim, sin duda.

Para complementar la escucha de esta obra en cualquiera de las docenas de versiones ahora disponibles, yo recomendaría un vídeo que es una de mis joyas youtubianas preferidas: Karl Böhm con la Sinfónica de Viena en un ensayo de la Séptima de una hora de duración (en alemán pero con subtítulos en inglés). Es una maravilla de documento audiovisual no solo por la interpretación de la partitura -que, como sería de esperar, se encuentra muy en la línea de Kubelik, Solti y ahora Barenboim-, sino principalmente por los comentarios e instrucciones que da Böhm a la orquesta, llenos de iluminaciones y de verdades y poniendo de manifiesto, además de un conocimiento de la obra de lo más profundo, un amor tan evidente por todos los detalles claroscuros que alberga. Desgraciadamente, nos encontramos aquí y ahora, cincuenta años después, con un panorama en el que se deja ver muy rara vez semejante sensibilidad matizada y percepción astuta a la hora de interpretar esta sinfonía. Este domingo en Sevilla será una de esas veces, de eso no me cabe duda.

El vídeo de Böhm: https://www.youtube.com/watch?v=1MmYV8m6ZIQ

Fernando López Vargas-Machuca dijo...

Muchas gracias por las aportaciones.

De Böhm creo que son cuatro las versiones que conozco, entre ellas esa de la Wiener Symphoniker. La que más me gusta es la última, un vídeo filmado en Japón con la Filarmónica de Viena que tuve que importar desde el país oriental y que me costó un pastizal. Mereció la pena: versión gótica por excelencia.

El concierto de Barenboim, por desgracia, está gafado en varios sentidos. Aún quedan entradas sin vender, mientras que la crítica en Scherzo muy probablemente la escriba Ismael Cabral, que detesta las maneras de hacer del argentino. Asimismo, dudo mucho que en Diario de Sevilla alcance la máxima calificación: creo que esta Barenboim y la WEDO solo la obtuvieron con el segundo acto de Tristán, mientras que a su Mozart, a mi entender por completo sublime, fue rotundamente suspendido. Eso sí, si Barenboim estña a su altura habitual, los que estemos allí seremos conscientes de haber estado ante algo muy grande, seguramente -y por desgracia- irrepetible en el Maestranza.

Archie_V dijo...

Dedos cruzados. ¡Todo eso y encima una ola de calor! Lo de aún quedar entradas es inexplicable, porque los precios son muy asequibles (a menos que sea por la coincidencia de la fecha con el Festival de Granada). También va a ser la primera actuación de la WEDO de esta nueva temporada, con lo que puede que no vengan muy rodados y finos. Además, Barenboim llegará con poco tiempo para ensayar con ellos, porque mañana viernes le toca dirigir las cinco horas de Tristán en Berlín. A nuestro favor tenemos el hecho de que de todo el repertorio sinfónico de la WEDO la Séptima es la obra que la orquesta mejor conoce, ya que fue la primera que tocaron juntos ya hace 20 años.

También me hace ilusión escuchar el concierto de violín. Michael Barenboim me inspira bastante confianza y las dos versiones que su padre grabó en Chicago con Perlman y, especialmente, Zuckerman son sublimes.

Ya veremos. Como digo: dedos cruzados.

Fernando López Vargas-Machuca dijo...

La ola de calor remite el domingo, venturosamente. Sobre el concierto para violín espero sacar una comparativa esta misma semana. Y sobre la cuestión de las entradas sin vender, acabo de escribir una entrada.

Observador dijo...

Estimado Fernando:

Qué lástima que no hayas agregado la versión de Sir Colin Davis de 1961 (EMI). La misma es ÚNICA por su clasicismo. Fíjate:

https://www.youtube.com/watch?v=7Mb5TPidSSo

¡Saludos!

Observador dijo...

Coincido plenamente con el Sr. Fernando en haber calificado con un diez a la grabación en estudio de Furtwängler de 1950. Sin embargo, Furtwängler supera ampliamente dicha versión con una GLORIOSA tomada del vivo (con la misma orquesta y con mejor sonido) desde el Festival de Salzburgo, 30/08/1954. Sólo le restaban tres meses de vida al más grande director de orquesta alemán del siglo XX.

Esta versión salzburguesa del 30 de agosto de 1954, fue su última séptima registrada. VERSIÓN ANTOLÓGICA, junto a su berlinesa de 1943.