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martes, 24 de abril de 2018

Mis favoritos musicales (IV): cantantes

La razón por la que he tardado tanto en escribir este capítulo de la serie dedicada a “mis favoritos” –casi un año desde la última entrega– no ha sido la falta de tiempo, sino el miedo. Y es que no hay un solo tema en el mundo de la música clásica que despierte tanta cantidad de virulencia entre los aficionados como el de las voces. Se puede discutir con cierta tranquilidad sobre compositores, sinfonías, batutas o pianistas, pero cuando de lírica se trata algunos melómanos parecen antes hinchas futbolísticos descontrolados que personas aficionadas a las manifestaciones musicales más exquisitas. Pero ahora que en este blog no se permiten comentarios –tuve que anular tal posibilidad por la presencia de un troll–, creo que puedo permitirme confesar la verdad y nada más que la verdad sin miedo a que me acosen desde las redes. Eso sí, estoy seguro de que no pocos de quienes me desprecian –profesionales de la crítica musical al sur de Despeñaperros, mayormente– encontrarán en las líneas de abajo una razón más para desacreditarme, al tiempo que algunos amigos se irritarán al descubrir que mis gustos, en algunos casos, chocan de manera considerable con los suyos propios. ¡Qué le vamos a hacer! He querido ser sincero ante todo y no tener más compromiso que conmigo mismo.

Dos cosas más, antes de pasar al listado. La primera, que en este tema de las voces hay un elemento por completo diferenciador frente a batutas y solistas instrumentales: puede ocurrir, y de hecho ocurre constantemente, que los aspectos puramente tímbricos de una voz despierten una atracción o un rechazo que tiene poco que ver con las bondades tanto técnicas como expresivas de la voz en cuestión. A mí también me pasa y no pienso ocultarlo. La segunda, que como he insistido en entregas anteriores, esto no es una relación de los que me parecen los mejores cantantes del siglo XX. En absoluto. Se trata de indicar quiénes más me entusiasman, no de clasificarlos en categorías cualitativas. Así que vamos allá.


Mi cantante favorito se llama Dietrich Fischer-Dieskau. ¿Por qué? Por todo. Bueno, quizá no tanto por la voz, que aun siendo bella encuentro menos hermosa que la de, por ejemplo, un Herrmann Prey, cantante este que también me gusta muchísimo. Pero el que fuera marido de Julia Varady posee la perfecta unión entre una técnica absolutamente superlativa y una expresividad llena de sutilezas –la propia de un señor especializado en el lied–, amalgamadas por una sensibilidad del más exquisito gusto y una enorme sinceridad en el decir. Ciertamente no era el suyo un arte marcado por la frescura y por la espontaneidad, sino más bien por el análisis y la inteligencia, pero los resultados de su arte se podían considerar cualquier cosa menos carente de corazón. Si a esto sumamos su enorme cultura, sus diferentes publicaciones, su trabajo con la batuta y hasta sus pinitos en el mundo de la pintura, tenemos el retrato completo de una de las personalidades artísticas más fascinantes de todo el pasado siglo.


Plácido Domingo es todo lo contrario: puro teatro, pero en el mejor de los sentidos. Con él no hay exquisiteces ni sesudas reflexiones, sino inmediatez en la expresión. Cantabilidad de la mejor ley. Enorme calidez a la hora de colocar los acentos. Capacidad para pasar de un estado anímico a otro opuesto en cuestión de segundos, y con la mayor veracidad expresiva. Más una voz hermosísima, muchas tablas sobre la escena y enormes ganas de hacer música. Con Plácido hay un enorme amor por el arte que se nota en todo momento, en todo rol operístico y en cualquier lugar. También en camerinos: ¡que derroche de cortesía, paciencia y saber estar a la hora de tratar a su público! ¡Y qué pena que durante años toda una estirpe de presuntos sabios en asuntos canoros hayan afirmado que “canta como un perro” (sic) y que “está arruinado desde mediados de los ochenta” (sic), entre otras lindezas! Pocas veces o nunca ha sido un cantante tan mal tratado durante lustro su propia casa como el cantante madrileño.


Janet Baker: para mí, la gran señora del canto. El equivalente a Fischer-Dieskau en femenino. No necesito decir nada sobre ella porque basta con aplicar lo escrito sobre el citado barítono. Escucharla me pone la piel de gallina y me toca en lo más hondo. Eso sí, no me quiero olvidar de Christa Ludwig, más espontánea y no tan sutil, pero no menos emotiva.


Elisabeth Schwarzkopf es mi soprano favorita. Esa mezcla de sensualidad, picardía y sofisticación en su fraseo me resultan de un erotismo irresistible. Obviamente su repertorio era el que era, siempre escogido en función de sus posibilidades y sin intención de meterse en camisa de once varas. Sabia decisión: en lo que hizo, brilló de manera inolvidable. ¡Y qué mujer tan bella! ¡Y qué manera de moverse sobre la escena! Tengo su filmación de la Mariscala como uno de los testimonios más increíbles del mundo operístico.


Y ya está. Luego hay una larguísima lista de cantantes que me gustan mucho o muchísimo, pero creo que ninguno a la altura de los citados. Bueno, sí, permítanme un placer culpable: Luciano Pavarotti y Mirella Freni, juntos o por separado. Ambos por la increíble belleza y sensualidad de los instrumentos –él puro terciopelo, ella auténtica crema–, pero también por su maravillosamente italiana manera de cantar, por su emotividad a flor de piel, por ser los más genuinos representantes de una manera de entender el canto que no es la que a mí más me gusta, pero que con voces como estas son capaces de derribar todas las murallas… Que el tenor no fuera del todo variado en lo expresivo me importa poco frente a los placeres sensoriales –diría que físicos– antes que intelectuales que su canto ofrecía. Y en cuanto a la soprano, qué quieren que les diga: escucharla es derretirse.

¿Cantantes que me horroricen o me parezcan altamente sobrevalorados? No los encuentro, la verdad, salvo que hablemos de ese fenómeno fugaz e incomprensible llamado Rolando Villazón o de Cecilia Bartoli una vez que se volvió loca –antes era excelsa–. Pero sí que quiero explicar por qué algunos nombres que muchísimos aficionados pondrían en cabeza de lista no han aparecido. De María Callas me molestan el timbre de su voz y las truculencias expresivas en las que a veces caía: el exceso de veracidad también puede ser un problema. Todo lo contrario Montserrat Caballé: voz bellísima pero con frecuencia al servicio de un fastidioso narcisismo canoro, por no hablar de su –para mí– inaguantable dicción. Ambas artistas me interesan mucho, en cualquier caso. No puedo decir lo mismo de Alfredo Kraus: su técnica era enorme, mayúscula su inteligencia y elegantísima su expresión, pero cada día me parece un cantante más frío e inexpresivo, incluso un tanto redicho. Canto vacío, sin alma.

miércoles, 12 de enero de 2011

Luisa Miller: Maag controlando a Pavarotti y Caballé

VERDI: Luisa Miller.
Caballé, Pavarotti, Milnes, Giaiotti, Van Allan, Reynolds, Céline.
London Opera Chorus. Nacional Philharmonic Orchestra. Dir: Peter Maag.
Decca, 457 8496 2 CDs. 144’
ADD
Universal Music
****
M

El sonido es extraordinario en esta nuevamente reprocesada Luisa Miller de 1975 en la que con su rústica, teatral, sincera y emocionante batuta Peter Maag supo “meter en vereda” a un Pavarotti que sabía ser mucho más que una voz de incomparable belleza cuando se lo proponía y a una Caballé algo incómoda y distante en el primer acto, pero descomunal artista en el tercero; incluso Milnes, quién lo diría, ofrece una recreación dramática de primer orden. Empaña los resultados la presencia de Van Allan como Wurm.

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Texto extraído de un artículo publicado en el número de noviembre de 2007 de la revista Ritmo sobre un lanzamiento de la serie "The Originals", editada por Decca.

lunes, 6 de septiembre de 2010

Pavarotti: Amore

PAVAROTTI, Luciano: Amore.
Arias y canciones.
Varios directores y orquestas.
Decca, 4661002
61’23’’
ADD/DDD
Universal
***

Firmas mucho más autorizadas que la mía han explicado ya en esta revista qué es (qué fue) Pavarotti: una materia prima de excepcional calidad, y concretamente una de las voces más hermosas jamás escuchadas, en posesión de un músico distante de lo genial. Cuando ponía voluntad y/o detrás de él se hallaba un director en condiciones, el goce podía llegar a ser indescriptible. Cuando no, podía pasar de todo.

Este es el producto más comercial de la reciente avalancha Pavarotti en Decca. Bienvenido sea: está planteado para satisfacer al “gran público”, pero también para crear afición. En el primer compacto, muy entretenida selección de las consabidas canciones italianas, por lo general cantadas con entrega y desparpajo; arreglos a veces vulgares, a veces rutilantes, como los que corren a cargo del inolvidable Henry Mancini.

En el segundo cedé, variopinto muestrario de su arte operístico en el que no hay ni Verdi ni Nessun Dorma, pero sí joyas del calibre de su Manina con Karajan. Para el “experto“ también tiene interés. Por ejemplo, escucharle sus inhabituales Mozart, Schubert, Giordani o Gluck, y sacar jugosas conclusiones. Si usted no tiene aún un sampler dedicado al modenés, ya sabe.

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Artículo publicado en el número de enero de 2002 de la revista Ritmo.

PS. Hoy lunes seis de septiembre se cumplen tres años de la desaparición del inolvidable tenor modenés. Descanse en paz.

miércoles, 10 de septiembre de 2008

Tres momentos de Pavarotti

Como pequeño homenaje a Pavarotti en el primer aniversario de su fallecimiento, aquí va esta reseña que escribí en febrero de 2007 para Ritmo.
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Estos tres DVDs ya aparecidos hace tiempo y que Decca ahora reúne en un pack, ofreciéndolos a un precio algo más bajo que el habitual, son reflejo de tres momentos bien distintos en la carrera de Luciano Pavarotti. En 1981 era aún el gran tenor que arrasó en los sesenta y setenta con un timbre increíblemente hermoso (¿ha habido otro semejante en esa mágica unión entre terciopelo y luminosidad?), una extensión considerable que no conocía pérdidas de homogeneidad, un irresistible verbo italiano y, sobre todo, un agudo segurísimo, fulgurante y arrebatador. Cierto es que se pueden preferir otros enfoques para el Duque de Mantua más digamos “psicológicamente complejos”, más “altareros”, o quizá más “señoriales”, que ya sabemos que la capacidad introspectiva no fue nunca el fuerte del tenor modenés; también es verdad que ciertos alardes canoros muy adecuados en un teatro sobran en una película pensada para ser vista en el salón doméstico, más aún si quién dirige ésta es un Jean-Pierre Ponnelle mucho más atento a la integración entre música y drama -es decir, a lo que ya con esta genial obra buscaba claramente Verdi- que al lucimiento de los solistas.


Pero Pavarotti utiliza como arma, junto a su instrumento privilegiado, una extroversión, un apasionamiento y una comunicatividad -mucho antes espontánea y natural que reflexiva- que le hace ganar plenamente la partida. Algo parecido a lo que le pasa a Riccardo Chailly con su dirección tan vitalista, contrastada y muy latina, ya que no atmosférica ni particularmente dramática, al frente de nada menos que la Filarmónica de Viena. Y todo lo contrario de lo que le ocurre a Edita Gruberova, que a pesar de contar con una voz no menos privilegiada y con un superior virtuosismo, fracasa con una Gilda insincera, narcisista, anémica y desmayada. Ingvar Wixell, ya se sabe, mucho mejor viéndolo que sólo escuchándolo en su papel del bufón. Una filmación de Rigoletto que sin duda hay que conocer, pese a que el playback resulta hoy bastante artificioso.

En 1991 Pavarotti era ya el personajillo de los “mass media”, el de la sonrisa tan amplia como falsa y el pañuelo en la mano, el de la voz aún hermosa pero ya declinante, el de la rutina y el escaso compromiso expresivo. Sólo un año antes el concierto de los Tres Tenores en las Termas de Caracalla le habían convertido en ídolo de masas comparable a una estrella del pop, y este célebre recital en Hyde Park bajo la lluvia terminó de cincelar su imagen pública y de abrirle el camino del dinero fácil que le llevaría, a medida que iban mermando sus facultades, a sustituir las funciones de ópera por Pavarotti & Friends y horrores similares. Claro que quien tuvo retuvo, y ante un público londinense que debió de mojarse mucho y escuchar bien poco, y que parece más atento a saludar a la cámara que a disfrutar en lo posible de la música, pudo aun exhibir buenos medios y una excelente línea en arias como “Recondita armonía” o “Vesti la giubba” -en otras se quedó muy corto-, por no hablar de la luminosidad y el vuelo lírico con que cantó las inevitables canciones italianas. Le acompañaba sin mucha inspiración y sin aprovechar lo suficiente a la Philharmonia Orchestra Leone Magiera, su colaborador durante muchos años.

Es precisamente el ex marido de la Freni uno de los entrevistados que aporta cosas interesantes en el documental de hora y media que ocupa el tercer DVD. En él se acompaña a Pavarotti desde marzo de 2003 hasta su despedida del Met un año después, prestando especial atención a acontecimientos como su boda con Nicoletta (se oye “cantar” a Bocelli durante la ceremonia) e indagando de manera más bien superficial en su vida cotidiana. El resultado es muy triste: lo que aquí vemos es un Pavarotti en una anticipada decrepitud, torpe en los movimientos y con escasos reflejos en la palabra, ridículamente maquillado y un tanto ajeno a la corte que le rodea, amén de bastante mermado vocalmente en lo poco que se le escucha cantar. Desde luego el documental está realizado de manera espléndida (magnífica la dirección de Francis Hanly, y sobresaliente la narración de Ian McKellen), pero es más un producto promocional que otra cosa, pasando completamente de lado sobre lo que es el arte del tenor. Tampoco logra convencernos a la hora de presentarnos su figura como la de un hombre sencillo, de provincias y buen amigo de sus amigos, porque ya sabemos cómo se las gastaba el italiano. Lo más interesante, la breve pero curiosa entrevista a Pavarotti -quien no regatea elogios a Di Stefano y Corelli, sus dos grandes ídolos- y la más extensa a Roberto Alagna en torno al tenor modenés. Se incluyen como propinas tres arias filmadas en recitales multitudinarios de los noventa y los excelentemente realizados videoclips de las dos últimas canciones que grabó: el simpático “In canto” y el tan hortera como divertido “Ti adoro”. Poco después un tumor en el páncreas empezaría a acabar con la vida de quien, pese a todo, ha sido uno de los más grandes tenores de los últimos cincuenta años. Y el más popular. Descanse en paz.


VERDI: Rigoletto. Pavarotti, Wixell, Gruberova, Furlanetto, Vergara, Barbieri. Coro de la Ópera de Viena. Orquesta Filarmónica de Viena. Dir: Riccardo Chailly.
Decca, 00440734166.
DVD 116’
DDD
Universal
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M


PAVAROTTI EN HYDE PARK. Obras de Verdi, Meyerbeer, Puccini, Massenet, Leoncavallo, etc. Angrea Grimielli, flauta. Coro y Orquesta Phiharmonia. Dir: Leone Magiera.
Decca, 0711509.
DVD 99’
DDD
Universal
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M


PAVAROTTI: THE LAST TENOR. Una película de Francis Hanly, escrita y producida por Adam Sweeting.
Decca, 0743102.
DVD 88’ (+ 77’ extras)
DDD
Universal
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M
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Artículo publicado en el nº 807, abril de 2008, de la revista Ritmo.

Sinfonía nº 4 de Mendelssohn, "Italiana": discografía comparada

Esta comparativa de la Sinfonía Italiana de Mendelssohn la publiqué inicialmente el 2 de junio de 2024. He añadido Solti/Israel, Solti/Viena...